El Costo de Vivir

Nueve horas desde la Última Muerte (Cinco Muertes)

La asesina arremetió velozmente contra el caballero, dejando tras de sí el silbido del aire siendo cortado por sus cuchillos. Elsa utilizó todo lo que quedaba del comedor, para abrumar a Julius con múltiples ataques a la velocidad del viento. Impulsándose contra una de las mesas, Elsa se lanzó con su filo apuntando al abdomen del caballero, que reaccionó a tiempo y desvió su cuchillo con su espada.

La Cazadora de Entrañas volvió a saltar contra una de las paredes y regresó apuntando a la pierna derecha del caballero; otro bloqueo. De esa manera, ambos siguieron chocando uno con otro. Pared, pierna, bloqueo. Mesa, brazo, esquive. Suelo, pared, mesa, abdomen, choque de filos, pared, pierna, esquive, brazo, bloqueo, pared, cuello, choque de filos, suelo, pared, pared, espalda, bloqueo… Utilizando su casi interminable estamina, Elsa saltó de punto en punto mientras intercambiaba ataques con Julius.

Choque, salto, corte, salto, corte, corte, corte, bloque, corte, corte. Sin embargo, conforme pasaba el tiempo, cada vez era más difícil para ambos mantener el ritmo. Ahora, tanto el cuerpo del caballero, como el cuerpo de la asesina, estaban llenos de cortes; y en el caso de la última, sus heridas cada vez ser recuperaban más lentamente. Aun así, el combate continuó sin que ninguno de los dos combatientes cediera terreno.

"¡El Cluasel!" Dispuesto a romper el impasse, Julius utilizó otra de sus técnicas espirituales. La punta de su espada fue rodeada por los seis espíritus menores que lo acompañaban, empezando a emitir brillo. Estirando su espada, Julius se preparó pare recibir el siguiente ataque de Elsa.

Ella colocó su tacón contra la pared y se impulsó en dirección al caballero. Con su cuchillo derecho preparado, realizó una finta en el suelo y lo clavó con fuerza en el abdomen de Julius. No dañé ningún órgano vital, pensó la mujer, lamentándose. Antes de poder intentar otro corte, un fuerte impacto la lanzó contra el suelo; y, por un momento, un brillo extremadamente potente envolvió la habitación.

Pasado un instante, el brillo se desvaneció y entonces los resultados del ataque del caballero se hicieron visibles. La espada de Julius había atravesado el pecho de Elsa de lado a lado, y ahora su cuerpo se encontraba clavado al piso. El caballero tenía un cuchillo clavado en su abdomen y la asesina tenía una espada clavada en su pecho. La vida de uno de los luchadores estaba por terminar, de eso no había duda.

"¡Graaaaaah!" Vociferando, Julius aplicó más fuerza en la espada, atravesando aún más a Elsa.

Dado que la pieza de acero había atravesado entre sus costillas, perforado uno de sus pulmones y la punta de ésta se encontraba clavada en el piso de madera, Elsa era incapaz de hacer nada para liberarse. Escupiendo sangre sin parar, la asesina intentó clavar su cuchillo en una de las piernas de Julius, pero él no le dio la oportunidad.

Jalando con fuerza extrema su espada hacía sí, Julius rebanó gran parte de la caja torácica de Elsa. Su espada cortó desde la base de uno de los pechos de la asesina hasta su hombro, por donde salió el filo de la espada. Una enorme abertura se formó en el pecho de la mujer, de la cual brotaba sangre y más sangre, al punto en que el charco de líquido rojo cubría gran parte del piso del devastado comedor.

Aun así, su vida estaba lejos de extinguirse. La técnica de Julius, Clarista, aparentemente era parte de la razón del porque sus heridas estaban tardando en recuperase, la otra parte sería la gran cantidad de daño que había recibido en tan poco tiempo. Sin embargo, Clarista aparentemente no había sido suficiente para cercenar completamente el alma de Elsa. Y claramente, El Clausel, la técnica que usó para atravesarla, tampoco lo había logrado.

Sin embargo, Elsa no creía que Julius había afirmado que poseía tal técnica capaz de matarla, como un simple artificio para intimidarla. Ella estaba segura de que Julius en verdad poseía una técnica capaz de extinguir por completo la llama eterna de su vida. La cual, por alguna razón desconocida para Elsa, él no había utilizado aún.

Por lo mismo, a pesar de que se pecho había sido completamente rebanado y gran parte de su sangre se encontraba regada sobre el suelo de madera, Elsa aún seguía viva. Pero eso no la tranquilizaba, puesto que tendría que esperar hasta al menos un minuto antes de poder seguir luchando; tiempo en que la dejaba expuesta y, por ello, se encontraba en una situación extremadamente desventajosa.

"Es hora…" Y acorde a sus mayores temores, Elsa pudo observar como Julius se alejaba de ella y se colocaba en posición para liberar un ataque. Eso era lo que estaba buscando el caballero, dejarla inmovilizada para poder ejecutar su técnica definitiva: Al Clarista. Una versión de Clarista con mayor rango y poder, en la que su espada absorbe una gigantesca cantidad de mana, con la que es capaz de liberar la energía mágica suficiente para desvanecer al blanco del ataque.

"Ray-os… P-Parece que o-otra vez es-toy en una po-si-ción muy des-venta-josa" Escupiendo sangre, Elsa se esforzó por moverse, pero fue inútil. El daño en su cuerpo era demasiado masivo como para poder moverse aún.

"Lo siento, pero si no me encargo de acabar hasta con la última parte de tu cuerpo, es posible que tu cadáver carente de alma persista con el objetivo de seguir asesinando, hasta que no quede nada de él. Esa es la maldición inherente del Muñeco Maldito. Así que tendré que eliminar tu existencia por completo…" Declarando sus intenciones, Julius elevó su espada en el aire. "¡Ia! ¡Kua! ¡Aro! ¡Ik! ¡In! ¡Nes! ¡Al Clarista!"

Los seis espíritus de Julius volvieron a hacerse presentes. Todos juntos flotaron en dirección de la espada que él mantenía elevada sobre su cabeza. El acero de la espada absorbió a las esferas de luz, lo que hizo que su filo emitiera más brillo del que lo había hecho hasta ahora. Esa técnica era Al Clarista, el ataque definitivo del Caballero Amable.

Con forme cada segundo que pasaba, el brillo iba aumentando, sin embargo, Julius claramente no era capaz de moverse libremente durante ese tiempo. Esa era la razón por la que había buscado incapacitar a Elsa, para poder tener la oportunidad de impactarla con todo el poder de su más poderosa técnica sin riesgo a que ella la esquivara o escapara.

Empezando a recuperarse, la asesina finalmente pudo comenzar a moverse. Sin dudarlo un momento, Elsa miró hacia Julius y, con perfecta puntería, lanzó el cuchillo que le quedaba en dirección de su abdomen. Ahora serían dos cuchillos los que se encontrarían clavados en el abdomen del caballero. O eso esperaba Elsa. Sin embargo, el cuchillo revotó contra su cuerpo, sin lograr atravesarlo.

Abriendo sus ojos de par en par, Elsa observó como su último recurso de supervivencia había sido negado. El cuchillo que antes le había clavado seguía ahí, pero el que recién había lanzado no había roto la defensa del caballero. La única explicación para ello, era la técnica del hombre, Al Clarista. Aparentemente, aunque limitaba el movimiento de su usuario mientras la ejecutaba, impedía que ataques dañaran su cuerpo, debido a la gran cantidad de energía espiritual que lo cubría durante la ejecución de ésta.

"Esa en v-verdad es la técnica definitiva de un c-caballero con perfecto control de las artes e-espirituales…" Aun escupiendo sangre, aunque menos que antes, Elsa alabó la técnica del Caballero Espiritual Julius. "¡Que i-increíble oponente! ¡No puedo perecer sin antes haber apreciado la elegancia de tus entrañas!" Extasiada, Elsa se forzó a volver a ponerse en pie.

La herida que iba desde su hombro hasta su pecho aún no se había cerrado del todo, aun así, siendo movida por la adrenalina y la excitación, Elsa se arrastró hacia Julius. No le quedaban más cuchillos a mano, pero igualmente ella sabía que de nada le servirían. No, su intención era menos desesperada y mucho mejor pensada que eso… Elsa pensaba usar el cuchillo que ya estaba enterrado en el abdomen del caballero, para así arrancar las vísceras que se encontraban en su interior.

Un pie, otro pie, un pie, otro pie. Arrastrando sus tacones, la siempre ágil Elsa se movió lentamente hacia Julius, dejando un río de sangre tras de sí. Otro paso, un paso más, solo uno más. Excitada, Elsa se obligó a sí misma a vivir su vida como siempre lo había hecho, aun cuando se encontraba a solo instantes de su perdición. Elsa, la Cazadora de Entrañas, le haría honor a su nombre aún en el lecho de su muerte.

"¡Perece ahora, Cazadora de Entrañas, Elsa Granhiert!" Diciendo el nombre de su enemigo como señal de su honor de caballero, Julius finalmente dejó caer sus brazos. Con ellos, la espada realizó un arco en el aire y liberó toda la energía espiritual que había almacenado en su filo.

Elsa escuchó las palabras de Julius y supo que su tiempo se había acabado. Negándose a morir sin ver las entrañas de hombre que la llevó al borde de su muerte, la Cazadora de Entrañas saltó hacia él, impulsándose con sus tacones. Estirando su mano, estirando sus dedos… Elsa lo sintió, sintió el mango de su cuchillo, que se encontraba clavado en el abdomen de su enemigo; la llave a sus deseos finales. Una sonrisa excitada apareció en su rostro y entonces todo fue cubierto por el brillo de la espada…

Al Clarista había evaporado todo lo que quedaba del comedor, dejando atrás los escombros de lo que una vez fue el lugar en donde comió junto a su señora. Emitiendo un agotado suspiro, Julius finalmente se dejó caer. Su cuerpo entero le dolía, pero sobre todo lo hacía su abdomen. El cuchillo que Elsa le clavó fue un mal cálculo, así no debió de haber sucedido. Sin embargo, al final había logrado su objetivo, y eso finalmente le daba un poco de calma a su corazón.

De haberse tardado solo un segundo en ejecutar Al Clarista, es probable que Elsa hubiera logrado abrir su abdomen con el cuchillo que tenía clavado en él. Ahora, lo mejor sería dejarlo allí hasta poder aplicar magia curativa, o podría morir desangrado. "Necesito regresar con Anastasia-sama…" Murmuró el caballero, mientras su conciencia se desvanecía por completo; así como lo había hecho la existencia de la mujer conocida como la Cazadora de Entrañas, Elsa Granhiert.


"¡Arghh!" Sacudiendo su espadón de más de un metro de largo, Ricardo rebanó toda mabestia que se encontraba frente a él.

Desde que había comenzado el asedio al hotel, su objetivo había sido dar con la persona a cargo de controlar a las bestias; que, según había dicho el chico, era una niña. Ricardo aún se sentía renuente a confiar del todo en su palabra, pero debido a que la señorita y Julius habían decidido hacerlo, no le quedó de otra que seguir el mismo camino. Al fin y al cabo, Ricardo confiaba plenamente en la palabra de ambos, pero sobre todo en la de su señora.

"Que ser tan moooolesto! Chicos, ¿podrían acaaaabar con él de una veeez?" Una voz infantil llegó a sus oídos mientras cortaba en dos a un Oiranguma que se había abalanzado sobre él. Se trataba de la voz de la niña que comandaba al enorme grupo de mabestias; tal como había dicho el chico.

Después de bastante tiempo luchando contra múltiples mabestias junto a varios de sus camaradas, Ricardo finalmente había dado con ella. Aunque hacerlo habría sido algo mucho más tardado, de no ser porque de un momento a otro, todas las mabestias comenzaron a ignorarlos y se acumularon en un mismo punto. Ricardo no había comprendido la razón de esto, hasta que vio a la niña subida sobre un Wagpig. ¿Los había reunido ella? Eso es lo que suponía, pero no entendía bien la razón. Y así era hasta que…

"¡¿Chico?!" Allí, en medio de decenas de mabestias, se encontraba Subaru. Sus piernas parecían estar en muy mal estado, tenía un vendaje improvisado en un brazo y se encontraba bañado en sangre.

Quería preguntarle que había sucedido con la señorita, Mimi, Hetaro y Tivey, pero estaba claro que primero debía rescatarlo y procurar que uno de sus subordinados tratara sus heridas. Su otra prioridad, la principal, era lidiar con la niña. Sin embargo, la idea de matarla no le agradaba del todo. Aun así, si no encontraba una forma de obligarla a hacer retroceder a sus mabestias, no le quedaría de otra.

"¡Waaarrrghh!" Lanzando un potente grito, Ricardo desintegró a gran parte de las mabestias que rodeaban a Subaru. Ese ataque mágico había sido del mismo tipo que el utilizado por los trillizos; algo esperable, considerando que él fue quien se los enseñó. Aun así, por la expresión de dolor en su rostro, era obvio que el daño de retroceso era equivalente al daño del ataque. "¡Vayan con el chico y empiecen a tratarlo! ¡Yo me hago cargo de cubrirlos!" Indicó a varios de sus subordinados, tras abrirles el paso hacia el rehén.

Junto a Ricardo había un grupo de hasta diez mercenarios. Dentro del Colmillo de Hierro, fuera de los altos rangos, ellos se podían considerar los mejores en cada una de sus especialidades. Los mercenarios a los que se había dirigido su capitán eran tres, una mujer y dos hombres. La mujer era la mejor maga del grupo enfocada en el uso del elemento tierra. Uno de los hombres era el mejor en uso de magia del elemento agua, enfocado en curación. El último era un demi-humano con facciones de tigre, una especie rara de ver, aún en un grupo conformado por demi-humanos, y su fuerte era el combate cuerpo a cuerpo.

Sin decir palabra alguna, los tres especialistas se separaron del grupo principal y recorrieron el camino de cadáveres de mabestia dejado por el potente grito de Ricardo. Un par de mabestias que lograron sobrevivir se abalanzaron es su dirección, para terminar descuartizadas por las filosas garras del mercenario enfocado en combate cuerpo a cuerpo.

Siguiendo una formación simple pero efectiva, el mercenario enfocado en ataque físico se mantuvo en la vanguardia, despejando del camino cualquier mabestia que se interpusiera entre ellos y el rehén. El mercenario enfocado en curación se mantuvo en el centro, donde podía ser cubierto por sus compañeros. Y la mercenaria hechicera se mantuvo en la retaguardia, donde podría lanzar sus hechizos de elemento tierra a cualquier mabestia que intentara atacarles por detrás.

"¡Argh! Es sorprendente que una niña humana sea capaz de controlar tantas mabestias. ¿Cómo es posible?" Preguntó el curandero a nadie en específico, saltando sobre los restos de lo que hasta hace un momento había sido un enorme Wagpig.

"¡Probablemente se deba a una Protección Divina, esa sería la única explicación que se me ocurr- ¡Al Dona!" La hechicera, por su parte, teorizó mientras hacía que cúmulos de tierra explotaran bajo los pies de las mabestias.

"¡Yiagh!" Olfateando el aire, el mercenario guerrero frunció la cara en señal de disgusto. "Otra explicación sería el olor que emite…" Dijo tras sacudir su nariz. De los tres, él, por mucho, era el que ostentaba el mejor olfato; y uno de los pocos que había sobrevivido a un encuentro con el Culto de la Bruja.

"¿Qué captas?" Lo cuestionó su compañero curandero.

"Miasma… La niña apesta al miasma de la bruja. Sea cual sea la razón de ello, no puede ser buena. No estamos lidiando con una niña humana normal, tengan eso en mente. Si tienen la oportunidad, acaben con ella sin dudarlo." Dando un recordatorio tétrico, el guerrero se aseguró de que sus compañeros tuvieran en mente que, de poder hacerlo, deberían asesinar a la niña. La idea no era del gusto de nadie dentro del grupo, pero era algo que debía hacerse ignorando cualquier regla moral innecesaria durante el combate. "Aunque también…" Mirando en la dirección de donde se encontraba Subaru, se formó un gesto de sospecha en su rostro; aun así, se abstuvo de decir algo al respecto.

Sin comentar nada más, los tres siguieron avanzando en silencio, con gestos de incomodidad en sus rostros. Asesinar niños o mujeres, acciones que a veces son necesarias durante la guerra, pero que pueden corromper el alma de todo aquel que las lleve a cabo. Aunque se tratara de una niña desviada, Meili no dejaba de ser una niña…

Subaru observó a los tres mercenarios acercarse a él. Recordándole a un equipo policial de élite, los tres mantuvieron siempre su posición dentro de la formación. La hechicera cubrió a Subaru, mientras que el guerrero se aseguraba de cubrir a sus compañeros. El curandero, sin tomarse un segundo para pensarlo, se acercó al humano de pelo oscuro, la ayudó a voltearse y comenzó a emitir magia sobre sus pies.

"¿Subaru-sama, cómo se encuentra?" Haciendo la pregunta de rutina, el curandero miró el rostro de Subaru mientras trataba con su magia las heridas infringidas en sus piernas.

"He estado mejor, a decir verdad." Riendo nerviosamente, Subaru respondió la pregunta del mercenario. "Ehmm… ¿Podré seguir c-caminando?" Ansioso, Subaru decidió preguntar lo que más le preocupaba. Perder la movilidad de sus pies lo haría alguien más débil e inútil de lo que ya era, y la sola idea lo hacía querer vomitar de nuevo.

"Si hubiéramos llegado unos minutos más tarde, es probable que nunca más hubiera podido volver a caminar. Por suerte, ese no es el caso, así que una semana de descanso debería bastar para que pueda volver a caminar y correr sin problema alguno."

Subaru, tras escuchar la respuesta del curandero, no pudo sino emitir un suspiro de alivio; liberando así aire que ni siquiera se había percatado que había estado aguantando en sus pulmones. Él era consciente de que las heridas se podían curar con magia, pero lo mismo no siempre podía aplicar para los efectos remanentes de las heridas.

Según había escuchado mencionar a Leith, solo existía un curandero en Lugunica capaz de curar cualquier herida y sus efectos, y la idea de tener que pedirle a Anastasia que lo ayudara con ello, lo disgustaba en extremo por lo patético que le parecía seguir esperando ayuda de ella. Subaru deseaba ayudar a Anastasia, no seguir dependiendo de ella...

Satisfecho, Ricardo observó como los tres subordinados que envió a por Subaru ya lo estaban tratando. Ahora debía asegurarse de eliminar a todas las mabestias que se encontraban en los alrededores, tras ello podría cuestionar a Subaru y averiguar si sabía algo sobre el paradero de Anastasia y los trillizos.

Sonriendo con fuerza, Ricardo se preparó para eliminar lo más rápidamente posible a la multitud de bestias. De haber contado con un Liger, hacerlo habría sido un día en el parque. Lastimosamente, el viaje a Priestella nunca lo hicieron con un combate a tal escala en mente. Tomando con fuerza su enorme espadón, Ricardo rebanó, mutiló y descuartizó cuanta mabestia se encontrara en su rango de visión.

De entre las sombras, un imponente Guiltylowe surgió con las intenciones de asesinarlo atacándolo por la espalda. Percatándose de la presencia de la bestia, Ricardo realizó un arco con su espadón, rebanando una de sus patas. La bestia, desconociendo el término rendirse, rasgó uno de los brazos del mercenario con sus mandíbulas, dejando atrás profundas marcas de batalla. Pero ese fue el error de la mabestia, pues Ricardo aprovechó la cercanía para realizar un corte profundo en su cuello. La cabeza y parte de la melena cayeron al suelo, dejando atrás un gran rastro de sangre.

"Esto es maaaalo. Si Elsa no llega cuanto antes, voy a teeeerminar perdiendo a todos mis chiiicos." Retorciéndose sobre la espalda del Wagpig que montaba, Meili se quejó mostrando un gesto infantil. Ricardo pudo verle de reojo, y su estómago se revolvió al solo pensar en la necesidad de asesinar una niña no mayor a los doce años. "Hmm… ¡Que bieeen! ¡Por un momeeeento pensé que habías muerto, pequeñíiiin! ¡Ataca a ese feeeeo demi-humano! ¡Ataca con tooooodo! ¡Mátalo de una veeez!"

Ricardo vio como, traicionando la inocencia que había pensado que ella tenía, Meili sonrió perversamente mientras lo señalaba y ordenaba su muerte. Él no había sido capaz de comprender a que se refería la niña ni a quien hablaba. ¿Acaso se trata de la Cazadora de Entrañas? Pensó, empezando a temer por la vida de Julius. Pero sus especulaciones se encontraban erradas.

De entre las mabestias, presentándose como su rey, surgió un gigantesco Wolgarm. Su tamaño anteriormente tuvo que haber sido menor que el de un Wolgarm normal, puesto que Ricardo no pudo notarlo hasta que sobresalió entre las demás mabestias por varios metros de altura. Haciendo temblar la tierra con su rugido, el masivo Wolgarm ignoró al resto de mercenarios que trabajan en conjunto para eliminar a las mabestias, y se abalanzó contra Ricardo.

"¡Heh! ¡¿Acaso eso es todo lo que tienes que ofrecer, mabestia?!" Su tamaño había incrementado y, aunque en verdad era más poderoso que el resto de mabestias que se encontraban en ese lugar, no era nada con lo que no pudiera lidiar. Sacudiendo su espadón, Ricardo arrancó varios de los colmillos del gigantesco Wolgarm, los cuales cayeron al suelo junto a gran parte de las encías donde habían estado aferrados.

Rugiendo en agonía, la enorme bestia intentó destrozar a Ricardo con un zarpazo, pero Ricardo fue más rápido y logró esquivar con facilidad el ataque… O eso creyó. Justo cuando estaba por evitar el ataque, dos esferas de fuego fueron lanzadas hacia su espalda. Percatándose de la situación en la que se encontraba, Ricardo intentó huir hacia arriba, pero allí fue recibido por la otra pata del Wolgarm, que lo hizo rebotar contra el suelo a enorme velocidad.

"¡Así se hace, chiiiicos! ¡Todos atáquenlo a la veeeeez, no lo dejen recuperar el alieeento!" La niña, riendo, volvió a lanzar órdenes a sus mabestias.

Sin embargo, Ricardo, que estaba volviendo a ponerse en pie mientras vomitaba un poco de sangre, notó que varias de las bestias de las que desconocía su especie no quisieron obedecerla. Era la misma especie que lo había atacado por la espalda con esferas de fuego. Esa especie era la segunda más poderosa, detrás del enorme Wolgarm, y tenía algo que le daba muy mala espina a Ricardo.

"Esos malditos son impredecibles." Murmuró, mientras esquivaba otro ataque de zarpa por parte del enorme Wolgarm. Cubriéndose con su espadón, Ricardo recibió un segundo ataque de zarpa y saltó hacia un costado, realizando un profundo corte en la base de una de las patas frontales de Wolgarm.

Las mabestias impredecibles volvieron a atacarlo por la espalda, pero Ricardo se encontraba preparado esta vez. Lanzando un potente grito mágico, las bestias fueron convertidas en plastas de carne antes de poder atacar con fuego una vez más. Pero la vida de las dos bestias le costó recibir un profundo corte en su espalda, causado por las garras de su principal contrincante.

"¡Capitán, nosotros nos encargamos de cubrirle la espalda! ¡Acabe de una vez con esa mabestia!" Rebanando a un grupo de Ratas de Alas Negras, aparecieron dos de sus más confiables subordinados. Aparentemente, el número de mabestias había disminuido lo suficiente como para que ellos pudieran acercársele a ofrecerle ayuda. Sonriendo, Ricardo les respondió.

"¡Genial! ¡En ese caso observen desde atrás como me encargo de esa enorme molestia!" Apuntando al enorme Wolgarm, Ricardo preparó un grito que lo dejaría con dolor de mandíbula por un par de días. Necesitaba reunirse con su señorita, así que perder el tiempo, aunque hiciera llorar a una niña, no era una opción. "¡Wwwwaaaaaaaaaaahhhhhh!"

Una potente onda de sonido salió de su garganta, convirtiéndose en un enorme torrente de energía. El ataque impactó de lleno el hocico del Wolgarm, mandando a volar la parte baja de su mandíbula, su lengua y uno de sus ojos. Aun así, la bestia parecía seguir con ganas de continuar luchando, pues lanzó un desesperado zarpazo en dirección a Ricardo. Éste lo desvió con su enorme espadón, tras lo que corrió debajo de la mabestia y, estirando su brazo en alto, realizó un corte a lo largo de todo el abdomen de ésta.

Mientras Ricardo salía de debajo del Wolgarm gigante, las vísceras de la bestia, de tamaño equivalente a ésta, se regaron por todo el patio del hotel. Liberando un muy fuerte olor a sangre al aire, el Wolgarm se desvaneció, dejando atrás un gigantesco cadáver. Ricardo y el resto de los mercenarios estaban por celebrar, cuando la situación tuvo un cambio radical…

Con sus ojos bien abiertos, Subaru presenció como Ricardo se deshizo, por sí mismo, de la enorme bestia que había surgido de la nada. Incluso los compañeros del ruidoso demi-humano parecían sorprendidos. Por un momento, una sonrisa de alivio empezó a formarse en su rostro, pero ésta desapreció al presenciar los sucesos que se desenvolvieron a continuación.

Todo empezó con las mabestias en forma de centauro, luego las acompañaron las mabestias en forma de oso. Como si de una revuelta se tratara, las mabestias comenzaron a luchar entre sí, asesinando al resto de mabestias que no pertenecían a sus dos especies. Pero el ataque no era algo tan optimista como esto. En medio del caos, las mismas bestias comenzaron a atacar de manera enloquecida a los mercenarios. En pocas palabras, estaban atacando a todo lo que tuvieran al frente, como si estuvieran en modo berserker.

El caos comenzó a reinar. En medio del desorden, Subaru pudo notar como decenas de bestias se comenzaron a amontonar alrededor de Ricardo, que ya se encontraban bastante herido. Intercambiando miradas con sus compañeros, el mercenario con rasgos de tigre que había ido a salvar a Subaru, decidió ir en ayuda de su capitán, dejándolo a él con solo sus dos compañeros.

Con su corazón palpitando velozmente, Subaru presenció como las mabestias oso descuartizaban a las mabestias en forma de serpiente y rata con alas. Presenció como los centauros diabólicos incineraban a las bestias hipopótamo. Observó como, en medio del caos, múltiples mercenarios recibían profundas heridas; incluso varios perdieron sus extremidades. Y allí, en medio de todo eso, se encontraba Ricardo, cuyo espadón no paraba de rebanar, cortar y descuartizar cuanta mabestia se encontraba cerca de su rango.

"¡El Dona!" Tan distraído estaba observando la batalla campal, que no se percató cuando hasta casi diez mabestias se acercaron a él y sus dos salvadores. El curandero acababa de terminar de tratarlo, así que ahora estaba lanzando magia curativa sobre la hechicera, que aparentemente había recibido uno de los ataques de fuego de los centauros. Una vez más, la situación se empezaba a desviar hacia el camino de la muerte.

"¡Maldita sea, se revelaroooon contra mí!" Entonces Subaru la escuchó. Mirando hacia un costado, notó a Meili montada sobre la bestia con forma de hipopótamo. Se encontraba rodeada de mabestias centauro y oso, y solo su montura la estaba protegiendo. Aun así, la mabestia hipopótamo que Meili montaba, aparentaba ser mucho más poderosa que los otros de su misma especie, ya que se mantenía firme contra los rebeldes.

"¡Ul Dona!" La hechicera a su lado intentó formar una cúpula de tierra para cubrirlos, pero fue inútil. Una mabestia centauro reventó el muro de tierra y lanzó una esfera de fuego a la única persona combatiente que permanecía cerca de Subaru. "¡Maldición! ¡El Dona!"

La hechicera, incapaz de esquivar el ataque, decidió apostar todo a la ofensiva. Púas de roca surgieron del suelo, atravesando al centauro demoniaco. Antes de que la mabestia pudiera intentar algo más, la tierra bajo sus pie estalló, transformando su cuerpo en una pulpa de sangre. Siendo golpeada por la esfera de fuego y el agotamiento, la hechicera cayó al suelo, inconsciente. Sin dudarlo, su compañero curandero corrió hacia ella para comenzar a curarla.

Sin embargo, Subaru apenas y notó nada de lo que había ocurrido cerca de él. Su vida acaba de encontrarse una vez más pendiendo de un hilo, pero su atención se encontró todo el tiempo en otro lado; en Meili. Subaru debería de haber pensado en las personas que lo habían salvado. Subaru debería de haberse preocupado por su vida. Pero, en ese momento, su cerebro se encontraba cubierto por niebla. Todo lo que había en su mente era el deseo de venganza. Venganza, venganza, venganza… Con sus propias manos, Subaru quería tomar la vida de la niña cuya bestia tomó la suya.