Manchas de Sangre

Nueve horas desde la Última Muerte (Cinco Muertes)

Sus ojos, enrojecidos por el odio, solo eran capaces de fijarse en la indefensa niña rodeada por las mabestias que la habían traicionado. Subaru sabía que era débil, inútil. Así que, aunque tenía una gran sed de venganza capaz de nublarle la mirada con odio, no era capaz de hacer nada más que observar a la distancia. Si él no podía cobrarse la vida de la niña, al menos observaría como lo hacían las mabestias traicioneras.

Relamiéndose los labios, Subaru observó y observó. Era solo cuestión de tiempo. La vida de la niña… No, la vida de Meili, la Usuaria de Mabestias y asesina, estaba por acabar a una corta edad. Y Subaru, que había sido víctima de una de sus bestias, estaba favoreciendo en silencio a las mabestias que querían asesinarla. Sin embargo, justamente fue un Guiltylowe, la especie que lo asesinó, el que apareció para ayudar a la niña.

Surgiendo de entre las sombras, la quimera atacó por la espalda a uno de los centauros, degollándolo en el proceso. Frustrado, Subaru maldijo a la bestia por interferir en la muerte de Meili. Oprimiendo con fuerza su mandíbula, Subaru observó enfurecido como la mabestia sombría despachaba a uno de los osos con flores creciendo sobre su cuerpo.

Pero el gesto de ira se fue trasformando en una sonrisa corrompida por el odio y la locura, al observar como entre tres centauros y un oso rodeaban al Guiltylowe. El oso mandó a volar parte de su lomó con un zarpazo, momento que los centauros aprovecharon para incinerar vivo al Guiltylowe. Para el momento en que la mabestia imponente cayó al suelo, carbonizada, Subaru ya se encontraba riendo.

"Ja, ja, ja, ja… Te lo merecías… Ja, ja, ja…" Entre rizas, Subaru se burló del Guiltylowe. Si ese era exactamente el mismo que se alimentó de su torso torturado durante su primera muerte en el ciclo en Priestella, o no, realmente no le importaba. Fuera el mismo o no, Subaru igualmente saboreó su muerte como si se tratara de una venganza más que tenía pendiente.

Quedando una vez más acompañada solo por la mabestia que le servía de montura, Meili finalmente comenzó a mostrar señales de desesperación. ¿Acaso estaba llorando? Subaru no estaba seguro, pues la distancia y la oscuridad de la noche le impedían determinarlo. Aun así, dentro de sí se regocijó con la idea de la niña engreída llorando por desesperación.

Finalmente, el momento que Subaru había esperado llegó. Abrumada completamente, la mabestia hipopótamo cayó, y con ella también lo hizo Meili. Al ver a la niña resbalarse del lomo de la mabestia que había estado montando, la risa de Subaru tomó un tono más desquiciado que antes.

Sin embargo, su regocijo fue frustrado una vez más, pues el Wagpig, nombre que Subaru desconocía, volvió a ponerse en pie. Enfrentando con su enorme cuerpo a los Gabaou, o centauros, como los había estado llamando Subaru, el Wagpig se dispuso a cubrir a su ama hasta dar su último aliento.

"¡Mierda!" Frustrado, Subaru observó como Meili se escabullía lejos de las mabestias traicioneras, mientras su montura se aseguraba de evitar que la atacaran. "Espera…" Pero entonces, Subaru se percató. La niña se estaba dirigiendo hacia su dirección, aparentemente sin saberlo.

Con su mente cada vez más nublada por odio, un odio tan fuerte que lo hacía sentir como si no controlara del todo su cuerpo, Subaru se forzó a sí mismo a ponerse en pie, dejando atrás a su salvadores. Los cuales no se percataron de su partida, debido a que el curandero se encontraba completamente concentrado en salvar la vida de la hechicera.

Sus pies le dolían, le dolían mucho. Cada paso se sentía como si estuviera volviendo a sufrir el ataque de las mabestias. Cada paso era como si miles de cuchillos estuvieran siendo clavados en sus muslos y pantorrillas. Sus heridas acababan de ser sanadas casi por completo, pero las sensaciones aun persistían. Por eso mismo, en parte, el curandero había dicho que tendría que esperar hasta una semana para volver a caminar con normalidad. Pero Subaru no iba a desaprovechar la oportunidad.

Él era débil, muy débil. Sin embargo, Meili no dejaba de ser una niña. Si él, con su fuerza de hombre casi adulto, la tomaba desprevenida, sin apoyo de sus mabestias, era probable que la venciera. ¿Es acaso lo correcto? Es una niña… ¿Voy a asesinar a alguien? ¿Voy a asesinar a una niña? Algo dentro de él no paraba de hacerse esas preguntas. Sin embargo, su odio y su ira eran más fuertes… La niebla de ira y odio que cubría su mente era lo suficientemente densa como para no dejarlo pensar con completa claridad.

Es una asesina… Es peligrosa… Puede controlar mabestias… Permitió mi tortura… Causó mi muerte… Causó que fuera devorado aún vivo… Contraargumentando las molestas preguntas que no dejaban de surgir en el interior de su mente aturdida, Subaru siguió caminando, ignorando el dolor.

Recordó ese día, ese momento… Recordó a Elsa colocada sobre la cornisa de una casa… Recordó a la mabestia que bloqueó su camino… Recordó… Recordó su tortura… Recordó su muerte… Recordó el sonido de sus costillas siendo trituradas por los colmillos del Guiltylowe… Recordó las palabras de Meili… "No olvides masticar", había dicho, con su estúpida voz infantil. Subaru no la perdonaría… No la perdonaría a ella… No perdonaría a Elsa… Y, sobre todo, no perdonaría al maldito que las contrató…

Como un zombie siendo movido por el odio y la ira, Subaru se acercó a Meili. La niña se estaba arrastrando erráticamente por el suelo de roca, su cuerpo estaba cubierto de heridas e incluso uno de sus brazos tenía una quemadura. Había sufrido heridas durante el combate entre las mabestias, lo que la hacía una presa más acorde para él; una presa acorde para el débil Subaru. Ahora estaba a solo unos metros de ella y, aparentemente, todavía no lo había notado. Impaciente por la sed de venganza, Subaru la embistió.

"¡¿Onii-sa-?!¡Arghhh!" Meili lo sintió acercarse, pero su estado le impidió hacer nada para esquivarlo. Su objetivo, la persona para la que había sido contratada a asesinar, ahora la tenía tomada por el cuello. Elsa y ella habían sido cuidadosas como el cliente dijo, ¿entonces que había salido mal? El miedo que había estado sintiendo la niña, tras ser traicionada por las mabestias del desierto, aumentó.

Meili intentó tomar el cuchillo que tenía guardado en su vestido. Había sido un regalo de Elsa. "En algún momento podrías necesitarlo… En caso de que no tengas a tus mabestias cerca", esas habían sido sus palabras al dárselo. En el momento Meili había pensado que era un obsequio estúpido. ¿Por qué se alejaría ella de sus chicos? Pero ahora agradecía la previsión de su compañera… de su Onee-san.

Logró tomar el cuchillo y, sin dudarlo por un momento, lo clavó en uno de los brazos de su objetivo. Pero él, como si no sintiera el dolor, siguió oprimiendo su cuello, ahora con más fuerza que antes. Lo volvió a tomar, lo sacó y volvió a clavarlo… Pero una vez más fue inútil. Se estaba quedando sin aire, su cuerpo estaba perdiendo fuerza cada segundo que pasaba.

Meili intentó volver a tomar el cuchillo, pero sus dedos le fallaron y éste cayó al suelo, deslizándose lejos de su alcance. Ofuscada, Meili maldijo su suerte y comenzó a usar lo único que le quedaba para defenderse. Clavó sus uñas en los brazos de su objetivo, arrancando el vendaje de tela que tenía en uno de ellos en el proceso.

Heridas de mordidas, zarpazos y marcas de uñas aparecieron ante sus ojos nublados por las lágrimas, por lo que, sin dudarlo, comenzó a clavar sus uñas en esas heridas. Cual felino despellejando a su presa, Meili arrastró su uñas por las heridas antiguas y la recién hechas. Como tiras, la piel de los brazos de su objetivo fue arrancada, dejando el músculo expuesto. Y aun así, la fuerza aplicada a su cuello solo siguió aumentando.

Pataleando y revolcándose, Meili luchó aún más para liberarse, pero era inútil. Ella, la niña que había aprendido que el asesinato era el único camino, se había quedado sin esa opción. Matar se había vuelto un hábito para Meili, cuyos problemas siempre habían sido resueltos de esa manera; pero esa vez se había quedado sin esa salida, se había quedado sin opciones. El camino del asesinato había sido bloqueado por completo.

La niña pudo ver su vida cruzando frente a sus ojos… Recordó cuando la adoptaron las mabestias, recordó cuando Elsa llegó por ella… Recordó como Mama la entrenó… Su corta vida se estaba desvaneciendo, su vida estaba por concluir abruptamente. Elsa, Onee-chan… Meili pensó en su compañera, suplicando porque llegara a salvarla. Pero esta vez estaba sola, completamente sola. Nadie la salvaría…

Meili, a solo segundos de que su conciencia se esfumara, miró a su objetivo directamente a sus ojos y observó un odio como nunca había visto en su vida. Sin embargo, también pudo ver miedo, mucho miedo… Las lágrimas de su asesino cayeron en su rostro, mezclándose con la sangre que también había caído sobre ella… Ahora lo entiendo, esto era a lo único que llevaba el camino de la muerte y el asesinato… Lo siento Elsa Onee-chan… Lo siento Mama… Fallé… Con esos últimos pensamientos surgiendo en lo profundo de su cerebro moribundo, su vida finalmente fue arrebatada por las manos de quien había sido su objetivo…

Subaru apenas y podía ver a través de las lágrimas que nublaban su mirada. Para, para, para, para, para… Una parte de él no paraba de suplicarle por que se detuviera. Pero Subaru no la escucharía. No estaba haciendo nada incorrecto, ese era el camino… Ignorando la resistencia de Meili, ignorando el dolor que sentía en sus brazos, Subaru recordó una vez más la tortura. Ese doloroso recuerdo era el combustible necesario para avivar el odio y la ira requeridos para poder llevar a cabo esa tarea.

¡Más fuerza! ¡Para! ¡Más fuerza! ¡Para! ¡Mucha más fuerza! ¡Detente! ¡Mucha más fuerza! ¡Detente ya! ¡Mucha más fuerza! ¡Detente! ¡Mucha más fuerza! ¡Detente! ¡Más, más, más fuerza! ¡Detente, detente, detente! ¡Más, más, más fuerza! ¡Detente, detente, detente! ¡Mátala! ¡No la mates! ¡Mátala! ¡No la mates! ¡Mátala! ¡No la mates! ¡MÁTALA!

Subaru sintió algo ceder contra su manos y entonces todo se detuvo… Sintiendo miedo recorrer todo su cuerpo, Subaru miró hacia sus manos. Allí yacía el cuello de Meili, el cual se encontraba anormalmente estirado y su piel estaba moldeada por las marcas de sus dedos. Con sangre brotando de su boca y sus ojos completamente en blanco salidos de sus cuencas, Subaru comprendió que finalmente había acabado con la vida de Meili, la Usuaria de Mabestias.

Un instante después, sin soltar el cuello destrozado del cadáver de la niña, Subaru vomitó sobre ella el poco bilis amarillento que era el contenido de su estómago. De sus ojos, ya llorosos, comenzaron a brotar más lágrimas. Entrando en estado de shock, Subaru se quedó encima del cadáver de la niña, sobre el cual lloró y vomitó sin detenerse; el conflicto en su mente había sido completamente descarrilado por el impacto emocional que acababa de sufrir. Una vez más, la muerte había sido el camino…


Diez horas desde la Última Muerte (Cinco Muertes)

Había matado. Subaru, a lo largo de su vida, nunca había arrebatado la vida de nadie. De hecho, antes de llegar a ese mundo, Subaru nunca había llegado a pelar en serio con nadie. Y así hubiera preferido mantenerse por el resto de su vida. Sin embargo, Subaru no tenía ni una hora de haber llegado a ese mundo, y ya se había visto envuelto en una pelea real…

"… Suéltala, chico." Subaru era incapaz de determinar cuánto tiempo pasó desde que la vida de Meili se desvaneció entre sus manos, y el momento que Ricardo se acercó a él y le dijo esas palabras.

¿Segundos? ¿Minutos? ¿Horas? Para él ese tiempo no había sido más que una mancha de sangre en medio de su vida. Una vida que no podía considerar digna, pero al menos, hasta ese día, él jamás se habría considerado una persona violenta, y menos aún un asesino. No había vivido una vida digna, sin embargo, al menos nunca había sido una completa escoria. Pero ahora era demasiado tarde, ya había ensuciado sus manos. Y con la sangre de una niña, además.

Al haber sido regresado a la realidad por las palabras de Ricardo, Subaru se encontró con una imagen grotesca, una que había estado ignorando hasta ese momento. Sus manos seguían en el cuello de Meili, el cual se encontraba antinaturalmente estirado y poseía marcas negras en formas de dedos en su superficie. Sus ojos se encontraban salidos y estaban completamente teñidos en sangre. Su rostro, carente de vida, estaba pálido; un tono blanco que solo podía ser alcanzado tras la muerte.

Y sus brazos, no los de la niña, los suyos… Tenían marcas de uñas. Ambos antebrazos estaban cubiertos por múltiples heridas, que iban desde el codo hasta la muñeca, prueba de que la niña no se había rendido a vivir hasta que la fuerza de sus manos le quebró el cuello. ¿O había muerto por la falta de aire, y la quebradura sucedió después? Subaru no lo sabía, y el solo pensárselo lo hacía sentir profundas náuseas; el cadáver ya había sido profanado por sus lágrimas, su sangre y su vómito, pero no deseaba mancillar la imagen de la niña asesina aún más.

Subaru había entonces intentado soltar el cuello de la niña, pero le resultó imposible. Una parte, algo profundo dentro de él, se negaba a liberarla, como si haber acabado con su vida no hubiera sido suficiente. La niebla de odio que lo había cegado ya se había disipado, dejando atrás solo arrepentimiento y dolor. Y aun así, esa parte de él permanecía aferrada a la venganza, como si todo lo que le diera vida fuera el odio que sentía hacia los causantes de la tortura que empezó ese ciclo de muertes.

No fue hasta que Ricardo, casi forzándolo, lo ayudó a soltar el cuello de la niña, que Subaru finalmente pudo comenzar a calmarse. Sin embargo, cada vez que lo intentaba, la imagen de Meili luchando por su vida aparecía frente a sus ojos, haciendo que su cuerpo temblara, sus ojos lloraran y su mente se quebrara un poco más. La imagen de la niña muriendo por su mano nunca dejaría de atormentarlo, de eso estaba seguro…

Como si de un zombie se tratara, Subaru respondió a las preguntas de Ricardo. Él quería saber sobre el paradero de Anastasia y sus guardaespaldas trillizos, así que Subaru fue al grano y le contó la verdad. Ricardo parecía dudoso, pero Subaru no se molestaría en repetirlo. Cuando se encontraran con Anastasia de nuevo, quedaría demostrado que todo lo que había dicho era verdad.

Así que, en silencio, Subaru siguió a Ricardo y el resto de los mercenarios sobrevivientes. Durante el asedio habían muerto varios, pero haciendo honor al nombre de Colmillo de Hierro, uno de los grupos de mercenarios más eficaz del continente, la gran mayoría salió del evento con vida. Claro, muchos habían sufrido terribles heridas; había incluso algunos que había perdido hasta un par de extremidades. Pero Subaru, que ni siquiera estaba dispuesto a pensar en repetir el bucle, ignoró la culpa que se acumulaba en su interior y siguió caminando.

Sus heridas habían vuelto a ser tratadas, pero, como era de esperarse, el dolor no había desaparecido del todo. Por lo mismo, ahora estaba siendo ayudado por el uno de los tantos mercenarios, quien le estaba prestando un hombro para que pudiera caminar. Y así como el dolor no había desaparecido del todo, las cicatrices tampoco lo harían. Las múltiples marcas de uñas en sus brazos, tanto suyas como de Meili, lo acompañarían por siempre, como recuerdo de sus pecados.

Caminaron por un rato más, hasta que regresaron al comedor donde todo había comenzado. Incluso Subaru, cuyo estado mental le impedía prestar atención a su entorno, quedó estupefacto al percatarse del estado en el que había quedado el lugar. Alguien gritó el nombre de Julius y Subaru pudo notar que el mismo curandero que lo había tratado, corrió hacia los restos de comedor.

Siendo casi arrastrado por el mercenario que lo estaba ayudando a caminar, Subaru se acercó a lugar, donde pudo observar a un muy herido Julius siendo tratado. Se encontraba con vida, o al menos eso le daba a entender la situación. Uno de los mercenarios retiró el cuchillo que el caballero tenía clavado en su abdomen y las manos del curandero comenzaron a emitir luz con más intensidad que antes.

Subaru, suponiendo que Julius sería salvado, ignoró la escena y comenzó a buscar algo con la mirada. No es que la vida de Julius, la persona por la cual pudo encontrar las agallas de revelar la información que conocía sobre el ataque de Elsa y Meili, no le importara. Es solo que… Esa parte de sí mismo, esa parte dentro de él, necesitaba confirmar la muerte de Elsa. Si no se aseguraba de que Elsa también había muerto…

¿Acaso esa era su prioridad? El autodesprecio lo invadió, percatándose de sus verdaderos pensamientos. ¿Tan importante se había vuelto la venganza para él? Un corto vistazo a sus recuerdos de él siendo torturado y devorado, del suicidio y el previo lecho de muerte junto a Anastasia. Recordar todo el dolor emocional y físico por el que pasó durante ese ciclo de dos muertes, convenció a Subaru de que el deseo de venganza era solo un resultado esperable de sucesos que él no había provocado…

"Está muerta…" Cuando esas palabras llegaron a los oídos de Subaru, éste, sobresaltado, miró en dirección a Julius una vez más. Ricardo se encontraba arrodillado a su lado y, al parecer, él acababa de recuperar la conciencia. "La Cazadora de Entrañas está muerta, me aseguré de ello…" Julius dijo algo más y Ricardo le respondió, pero Subaru ya había dejado de escuchar la conversación para entonces.

Con su mirada fija en un punto en el suelo, una sonrisa quebrada comenzó a formarse en su rostro. Justo donde se había posado su vista, estaba un pedazo de tela negra, totalmente cubierto de sangre. Mientras ríos de lágrimas recorrían sus mejillas, la sonrisa en sus labios se ensanchó aún más. La mujer causante de su primera muerte… La mujer que llevó a cabo la tortura que lo quebró mentalmente… Había muerto. La niña y la mujer, ambas asesinas habían perecido.

"Ja, ja, ja…" Angustiado y relajado a partes iguales, Subaru contempló con su sonrisa quebrada el pedazo de tela, dejando escapar una risa carente de cordura. ¿Estaba feliz? ¿Estaba extasiado? ¿Estaba enojado? ¿Estaba melancólico? Era difícil definir… Pero si de algo estaba seguro, es de que se encontraba aliviado. Nunca, en toda su vida, una muerte lo había hecho sentir de tal manera. "Al fin…" Susurró, sabiendo que nunca volvería a ser torturado por esa mujer, sabiendo que su abdomen nunca volvería a ser cortado por su cuchillo, sabiendo que nunca tendría que volver a escuchar su voz.

Mientras dejaba de reír, Subaru notó algo. Cerca de la tela había una roca, una roca color esmeralda que estaba amarrada por una cuerda, convirtiéndola en una especie de colgante improvisado. Subaru lo reconoció de inmediato y, con sus pies temblando, se intentó acercar a él. El mercenario en el que se estaba apoyando intentó detenerlo, pero él lo ignoró.

Dando un par de pasos, Subaru terminó cayendo al suelo. Pero a Subaru no le importó. Estirando su mano, él intentó tomarlo, pero alguien fue más rápido que él. Ligeramente molesto, Subaru miró hacia la persona que se le había adelantado. Se trataba de Julius, que aparentemente había logrado lidiar con los efectos de convalecencia mejor que él. Ricardo, como era de esperarse, se encontraba cerca de él.

"Me alegra ver que te encuentras bien, Subaru. Incluso cuentas con el tiempo de pensar en piedras preciosas." Subaru no estaba seguro de si Julius estaba siendo sarcástico o no, pero aparentemente no lo decía con malas intenciones, así que decidió no pensar más en el asunto. Estirando una de sus manos en su dirección, Julius ofreció ayudarlo a ponerse en pie, oferta que Subaru no rechazó. "Toma. Por alguna razón la querías, ¿no?" Una vez Subaru estuvo en pie, Julius le ofreció la roca esmeralda que había recogido.

"Gracias…" Subaru la recibió, pero tan solo tocarla, causó que su mano empezara a temblar violentamente. Sintiendo los profundos efectos de su trauma, Subaru se vio en la necesidad de regresársela al caballero. Julius, extrañado, la tomó de regreso.

"¿Pasa algo?"

"¿Alguna vez has escuchado de un mineral mágico capaz de mantener con vida a una persona, sin importar lo que pase con su cuerpo?" Subaru hizo la pregunta que había tenido en mente desde que vio la roca…

A Subaru no le interesaba el posible valor de la roca. La razón por la que quería tomarla, era porque tenía fe de que pudiera darle alguna pista que lo llevara hasta el último actor faltante; la persona que contrató a las asesinas. La persona de la que más intención tenía de vengarse. Ahora que había asesinado a Meili con sus propias manos, no podía simplemente echarse para atrás. Y con la muerte de las únicas personas que podrían guiarlo al cliente, esa roca era su única pista.

"Hmm… No me esperaba esa pregunta, a decir verdad. Para ser sincero, nunca he escuchado de un mineral mágico o piedra de Prana con ese tipo de magia. Lo más cercano sería la maldición conocida como Muñeco Maldito. La misma que le daba a Elsa su aparente inmortalidad. ¿Crees que Elsa obtenía su habilidad de la roca? Yo estoy bastante convencido de que la maldición del Muñeco Maldito era la que le daba su supuesta inmortalidad. Además, Elsa misma lo confirmó; aunque es cierto que sus palabras no son de fiar…" Julius había entendido mal sus palabras.

Subaru sabía que la mujer era considerada inmortal, pero solo lo sabía porque Julius lo había mencionado hace solo una hora atrás, poco antes del ataque de las asesinas. Pero Subaru no había hecho la pregunta con eso en mente. Aunque, por supuesto, Julius no podía saber que él realmente pensaba en lo sucedido durante la tortura.

"No, no hablo de eso… Entonces, ¿no existe forma de imbuir un mineral mágico con esa maldición que mencionaste o alguna magia similar?" Subaru, deseoso por obtener alguna pista, decidió plantear la pregunta de manera diferente.

"Hmm… No digo que no sea posible. Simplemente nunca había escuchado de algo así. Solo un mago con increíble poder podría lograr tal hazaña. Tal vez el mago de la corte, Roswaal L. Mathers, podría saber algo al respecto. Pero es una persona… ¿cómo decirlo…? excéntrica. Además, no es precisamente accesible. Sobre todo los últimos meses, puesto que se dice que ha entrado en un profundo estado de depresión."

"¡Escuché de la señorita que ese ya no es el caso!" Interrumpió Ricardo a Julius. "Supuestamente su estado mejoró hace unas semanas. Incluso se encargó de lidiar con el Culto de la Bruja, que atacó su territorio tras la revelación de la candidata medio-demonio. Aunque claro, eso era algo de esperarse…"

Tras el comentario de Ricardo, los tres se quedaron en silencio. Subaru no sabía nada de ese tal Roswaal. Pero aparentemente no sería de mucha utilidad preguntarle a él por la procedencia de la roca esmeralda; además, no quería pedirle a Anastasia que lo ayudara a contactarlo, solo por su deseo de venganza. Desde un principio supuso que la roca no sería una pista muy sólida, pero al menos tenía que intentarlo.

Lo que sí llamó su atención fue la mención de la candidata medio-demonio y el Culto de la Bruja. La primera se trataba de Emilia, de eso no tenía duda. ¿Así que Emilia estaba relacionada con ese tal Roswaal? ¿Acaso era su caballero? ¿Un mago podía tomar ese puesto? Percatándose de que su tren de pensamientos se había desviado del tema principal, Subaru sacudió la cabeza ligeramente.

El segundo nombre que había llamado su atención era el Culto de la Bruja. Su mención no se podría considerar un tabú al nivel del nombre de la Bruja de los Celos, pero tampoco se encuentra tan lejos. Los seguidores de la bruja, aquellos que desean despertarla; ese el Culto de la Bruja.

Subaru no sabía mucho de ellos, pero sí había escuchado mencionar que se trataba de un grupo enigmático obsesionado con las medio-elfas, por su relación de sangre con la bruja. Subaru estaba de acuerdo con Ricardo, tenía sentido que atacaran las tierras de la persona que apoya a la candidata medio-elfa. Y aunque la idea de que habían atacado a la chica que lo salvó el día que llegó a ese mundo le preocupaba un poco, al menos lo tranquilizaba saber que la persona que se encontraba con ella era el mago de la corte; alguien mucho más capaz que él.

"Ricardo…" Dejando de lado los pensamientos relacionados con Emilia y el Culto de la Bruja, Subaru intentó probar suerte una vez última vez; realmente no valía la pena seguir rozando su trauma solo por una pista tan pobre como la roca. "Supongo que tú tampoco sabes de una roca mágica o piedra de Prana capaz de mantener con vida a una persona, sin importar el daño que sufra el cuerpo."

"Lo siento chico, pero al igual que Julius, nunca había escuchado de nada parecido. Aun así, tal vez a la señorita le interesaría vender algo como…"

"Subaru." Interrumpiendo a su compañero, Julius lo llamó. Su mirada había ganado un tono de firmeza. "La razón por la que me vine hacia ti, ignorando las recomendación del curandero, definitivamente no era para hablar sobre la roca… ¿En verdad no sabes nada del paradero de Anastasia-sama?" Como era de esperarse, Julius no se había contentado con la explicación que Subaru le había dado a Ricardo y él mismo se había acercado en búsqueda de más información.

"Cómo le dije a Ricardo…"

"¡Julius-sama, capitán! Ya regresó Anastasia-sama, y viene acompañada por varios de los nuestros y algunos guardias de Priestella."

"Hablando del rey de roma…" Susurró Subaru, sintiendo el pulso de su corazón latir con más fuerza. Como era de esperarse, Julius y Ricardo decidieron ir a recibir a su señora, pero Subaru detuvo momentáneamente a Julius antes de que se alejara. "Guárdamela la roca, por favor. Algún día podría pedírtela de vuelta." Julius pareció haber sido tomado por sorpresa, pero tras un momento, asintió.

"Como desees, Subaru…" Tras decirle eso, se mantuvo en silencio por un rato, sin mostrar señales de querer alejarse aún. Después de un rato, Julius peinó su flequillo y le sonrió. "Me alegra haber confiado en ti." Habiendo dicho eso, el caballero finalmente se alejó de él… Por el momento, Subaru era incapaz de sostener la roca debido a que avivaba el dolor de sus traumas, pero una parte de él, en lo profundo de su mente, esperaba poder darle uso algún día…


Subaru se sentía nervioso por su reencuentro con Anastasia. Tras todo lo ocurrido desde su llegada a Priestella, sus sentimientos hacia ella habían cambiado radicalmente. Antes la admiraba y quería seguirla, pero ahora se sentía como algo… diferente. Subaru no podía ponerle nombre aún y sentía que llamarlo amor sería algo errado; sobre todo considerando su deteriorado estado mental y emocional actual. Así que por el momento ignoraría esos sentimientos y se enfocaría en cumplir su nueva promesa.

Aun así, esa no era la única razón por la que se sentía nervioso. Su camisa de manga corta, bajo ningún concepto, era capaz de cubrir las notorias marcas en sus brazos. Las cicatrices dejadas atrás por sus pecados eran muy evidentes, y no se sentía capaz de mostrarlas con orgullo; todo lo contrario. Esas cicatrices, aquellas dejadas por Meili, eran prueba de que una vez más había tomado el camino de la muerte; aunque no fuera la suya.

Pero los pensamientos de Subaru difirieron un poco en el momento en que su mirada se posó sobre ella. Su hermoso quimono blanco ahora estaba roto y manchado de sangre, y su piel blanca se hallaba más pálida de lo normal. Aun así, para alivio suyo, la chica parecía encontrarse bien. Junto a ella se encontraba Tivey, pero no había señal de sus dos hermanos. Además, había llegado acompañada por varios de los refuerzos del Colmillo de Hierro que Ricardo había contactado y algunos guardias de Priestella.

"Se encuentran en el bunker al norte, ambos ya están siendo tratados…" Como si hubiera escuchado sus pensamientos, Anastasia dijo esas palabras… no, Anastasia le dijo esas palabras. Sin percatarse de en qué momento ella se había acercado a él, ahora Anastasia se encontraba frente a él.

"¿C-Cómo…?" Con su pulso volviendo aumentar, Subaru se atragantó con las palabras que quería decir.

"¿Cómo supe que querías preguntarme eso? Simple… Se notaba en tu mirada." Sonriendo tiernamente, la chica le respondió. Tras un momento, la chica frunció ligeramente el ceño y lo miró de arriba hacia abajo, como analizándolo; lo que lo llevó a ocultar sus cicatrices inmediatamente. Sin decir nada al respecto, la chica volvió a sonreír, para entonces dar su veredicto. "Me alegra que estés bien, Natsuki-kun."

Incapaz de resistirlo más, Subaru se lanzó hacia ella, envolviéndola con sus brazos. En su mente seguían flotando las dolorosas imágenes de la muerte de ella, de su tortura y del asesinato de Meili. La cicatrices que habían sido grabadas en su carne y espíritu eran muy profundas y lo hacían querer volver a aislarse del mundo dentro de su mente. Pero sabía que no podía, tenía que seguir adelante. Tenía objetivos que alcanzar y promesas que cumplir.

Siento que… al menos todo valió la pena. Pensó, mientras abrazaba a Anastasia con un poco más de fuerza. La chica, en vez de reaccionar negativamente y alejarlo de ella, respondió dándole suaves palmadas en sus espalda, como si estuviera… consolándolo. Sin percatarse, Subaru había comenzado a llorar de nuevo; una vez más, estaba dejando salir parte del dolor y frustración que había acumulado dentro de sí desde la tortura.

"¿Él predijo el ataque, no es así?"

"Él fue el que asesinó a la niña, verdad?"

"¿Ese no es el que hace un momento comenzó a reír de la nada?"

"Cierto, y durante el camino hacia acá parecía encontrarse como en trance."

"Sin él no hubiéramos ganado hoy."

"A mí me parece una persona interesante…"

"Para mí es muy sospechoso."

"¿Por qué la señorita permite que ese lunático la toque?"

"Creo que tiene problemas graves en la cabeza…"

Ignorando las miradas y comentarios de admiración, interés, reproche, desagrado, sospecha, enojo y demás emociones causadas por sus acciones y comportamiento a lo largo de ese día, Subaru se aferró a Anastasia. Con su delicado cuerpo entre sus brazos, sintiendo su calor, los latidos de su corazón, su respiración… Sintiendo esas señales de vida en ella, Subaru se pudo decir a sí mismo que todo había valido la pena y que, definitivamente, alcanzaría ese final feliz que había buscado desde que dejó todo en manos de Reinhard, el Santo de la Espada.

"Natsuki-kun…" Pasado un tiempo, Subaru finalmente soltó a la chica. Éste, intentando ocultar la vergüenza que sentía, la escuchó mientras miraba en otra dirección. "Está claro que no podremos quedarnos acá en Priestella. Aun así, tengo que resolver varios asuntos de la Compañía Hoshin, por lo que tendré que ir hasta Kararagi. Julius regresará a la capital junto con Hetaro, para conseguir que sus heridas sean tratadas por el mejor curandero del reino. Así que si lo deseas, puedes regresar junto a ellos y volver con tus compañeros. Aunque, también podrías venir conmigo a Kararagi. Allí podrías conocer a todo el departamento de diseño, lo que sería especialmente útil para adelantar el inicio de operación de la Operación Reinvención. Aunque entendería si no te sientes en condición de…"

"¡Iré contigo! ¿Te lo dije, no? Que juntos convertiríamos la Operación Reinvención en un éxito. No pude hacer nada de lo que vinimos a hacer a Priestella, así que me niego a regresar a la capital deprimido y derrotado. ¡Iré contigo a Kararagi!"

Subaru, habiendo decido acompañar a Anastasia a la sede principal de la Compañía Hoshin, dejó atrás el ciclo de muertes de Priestella. Sin embargo, las cicatrices grabadas en su mente, cuerpo, y espíritu, eran extremadamente profundas. Y por mucho que él se esforzara en ocultarlo, él había cambiado por ello. Para bien o para mal… Ahora, dentro de él, el ardiente deseo de la venganza tomaba fuerza cada día que esperaba por encontrarse con una pista, que lo llevara a la identidad de la persona que contrató a las asesinas o la persona que ambas consideraban su Madre.

Aun así, Subaru sabía que era cuestión de tiempo para que "el cliente" volviera a hacer un movimiento; solo tenía que estar preparado para lidiar con lo que ocurriera una vez sucediera. ¿Acaso su mente podría soportar más? No estaba seguro, pero para alguien débil como él, sin importar cuanto se esforzara, a veces la muerte sería el único camino…

"Seas quien seas, me vengaré de ti, hijo de puta… Ya verás…" Haciendo una promesa más, Subaru abandonó Priestella, la ciudad que lo rompió en miles de pedazos.


FIN DEL ARCO I