Humildad Autocomplaciente e Infundado Orgullo

Media Hora desde la Última Muerte (Once Muertes)

"¡Maravilloso! ¡Simplemente maravilloso, esplendido, extraordinario! ¡Que mis ojos, que mis oídos, que mis labios, que mi nariz, que mis carnes hayan osado obviar hasta ahora la presencia de tal creyente del amor, solo puede considerarse el más terrible de los pecados! ¡Sí! ¡He pecado, he pecado en contra del amor! ¡Mientras que un diligente siervo de la bruja navegaba entre los solitarios caminos de la maldita Capital Real, yo negligentemente ignoré su presencia! Eso… ¡Eso es perezaaaaaaarrhhh!"

Mientras aclamaba abrumadoramente conmovido a los cielos, el Arzobispo de la Pereza reprendió contra su propia inacción. Había negligido de la presencia de Subaru, y debido a ello había incurrido en el pecado de la pereza. Al no hacer nada, había pecado; esa era la mentalidad del hombre que representaba al pecado de la Pereza. Y su única manera de expiación era el autoflagelarse; por lo mismo, vehementemente, Petelgeuse mordió sus dedos hasta que el sonido de huesos resquebrajándose llenó el lugar, y, aun así, continuó mordiendo con más fuerza.

Completamente anonadado, Subaru presenció la perturbadora escena que se estaba desenvolviendo ante sus ojos. Con una repugnante fascinación floreciendo en un rincón corrompido de su mente, Subaru observó los actos desquiciados del hombre, una sonrisa torcida arrastrándose desde las comisuras de sus labios. En la enloquecida diligencia del hombre, Subaru encontró algo que consideraba mínimamente admirable. Odiaba al Culto de la Bruja, pero la principal razón por la que lo hacía, era debido a Capella Emerada Lugunica, la despreciable Arzobispa de la Lujuria.

Es cierto que el culto fue el culpable de la terrible masacre llevada a cabo en el distrito comercial, pero Subaru realmente no tenía nada que ver con ello; su mente ya se había desensibilizado parcialmente, y le costaba seguir odiándolos simplemente por ello. Sus actos eran despreciables, tanto así como lo era la actitud de Capella, pero Subaru realmente no encontraba en ello razón suficiente para odiar a los arzobispos restantes; sin embargo, sí que albergaba sentimientos negativos dirigidos hacia la mujer vendada que ya una vez le había asesinado, pero estos jamás se compararían al odio intenso que sentía por Capella. Aun así, ellos estaban interfiriendo en sus planes, y por ello Subaru velaría por su destrucción.

Sin embargo, él era incapaz de llevar a cabo tal cosa, por lo tanto, lo único que podía hacer era esforzarse por salir con vida de su encuentro con Petelgeuse. El hombre que, a pesar de su representar al pecado de la pereza, era famoso por su terrible diligencia asesina. Alguien que se esfuerza por sobreponerse al pecado con el que ha sido marcado; esa era la principal característica de ese lunático, que Subaru no podía abstenerse de respetar, aunque fuera ligeramente. En ese sentido es mejor que yo; pensó, frustrado.

"Realmente no creo que sea de importancia que no me hubiera encontrado hasta ahora, lo importante es que finalmente lo hizo. Eso por sí mismo debería considerarse diligencia, ¿no es así?" Comentó Subaru, esperando así avanzar la estancada conversación con Pereza. El Arzobispo del Pecado, que había comenzado a arrancarse los cabellos con sus manos ensangrentadas, se detuvo y lo miró con sus ojos completamente enrojecidos; un escalofrío recorrió el cuerpo de Subaru en consecuencia.

"… diligencia… ¡Tienes razón! ¡Tienes toda la razón! No vale la pena llorar sobre la leche derramada, ¡eso es cierto! Por lo tanto, debo proceder acorde a lo establecido. Ahora que ha tenido lugar un evento fortuito como la aparición de otro camarada creyente del amor, debo asegurarme de darle el recibimiento adecuado. Aun así… Estamos en medio de un trabajo en progreso. Sin embargo, la participación del orgulloso diligente podría permitirme cumplir mi segundo cometido… Claro, el orgullo impulsa a la diligencia, ¿no es así? En ese caso, contigo a mí lado, síiiiii… ¡Es posible! ¡Podríamos continuar con la sagrada prueba que ese melancólico payaso perezoso interrumpió! Sí, si somos diligentes, podremos llevar a cabo la prueba por segunda ocasión…"

"…" En silencio, Subaru observó al lunático mientras divagaba; enloquecido, el hombre discutió consigo mismo. Y aunque la mayoría de las cosas que dijo resultaron de nula importancia para Subaru, hubo algo que en efecto llamó su atención. "La sagrada prueba que el payaso melancólico interrumpió"; Subaru inmediatamente supo que se refería al ataque dirigido a los territorios del benefactor de Emilia.

En efecto, Subaru recordaba que Ricardo había mencionado que Roswaal había repelido al Arzobispo de la Pereza. Y ahora que el Culto de la Bruja estaba atacando la Capital Real, lugar donde se estaba llevando a cabo la reunión entre candidatas al trono, y por lo tanto, donde se encontraba Emilia, no era sorprendente que el lunático quisiera concluir con el trabajo pendiente.

Aun así, para Subaru era un misterio a que prueba se refería Petelgeuse, aunque lo más probable es que, debido al linaje de Emilia, estuviera relacionado con la bruja. Tampoco era capaz de comprender si tal prueba tenía algo que ver con el ataque a la capital; por las palabras de Petelgeuse, parecía no ser el caso, o sea, se trataban de dos asuntos aislados uno de otro. Fuera como fuera, si Subaru sinceramente deseaba expiar su pecado y enmendar el haber roto la primera promesa que hizo en ese mundo, entonces haría todo lo posible para impedir que el Culto de la Bruja llevara a cabo tal "prueba".

Sin prestar atención a Subaru, que se había sumido en sus pensamientos, Pereza continuó hablando consigo mismo. "Pero no podemos apresurarnos, no… Es necesario concentrarnos en el presente. Hmm… ¿Cuál debería de ser el correcto accionar a seguir? ¿Cuál… ? ¿¡Cuál? Ya ambos nos hemos presentado, así que, por ahora, solo una cosa posee la mayor importancia sobre todo lo demás. Debes de mostrarme la evidencia del amor… ¡Amor! ¡Amor! ¡Amor! ¡Amor! ¡Amor! ¡Amor! ¡Amor… Sí… La evidencia del amor de la bruja…"

"¿Evidencia del amor…?" Preguntó Subaru, confundido. Seguir el hilo de la conversación resultaba casi imposible cuando uno de los individuos no dejaba de tener ataques de locura.

"Si has sido bendecido con el regalo de la bruja y has sido asignado al vacante asiento del orgullo, entonces no hay duda de que la evidencia de tal acto existe..." Murmuró Petelgeuse, como si ello se tratara de sentido común. Sin mediar otra palabra, el hombre introdujo su mano en el interior de su túnica, a la altura de su pecho, y de ella formó un tomo negro. Con una mirada húmeda, producto de la extrema emoción que le abrumaba, el hombre extendió el libro de cubierta negra frente a él. "El Evangelio es la prueba de que eres un seguidor de la bruja. ¡La prueba del amor que se te ha concedido! La copia del Evangelio. ¡Nuestra identidad, nuestra alma, nuestro corazón!"

Subaru se mantuvo en completo silencio, sin responder a las aclamaciones del lunático. Para él estaba claro que se había equivocado, y que una vez más la muerte acechaba cerca. Se trataba de algo obvio, pero que debido a las circunstancias ni siquiera había considerado. Una método de identificación; algo que impidiera que cualquiera se pudiera infiltrar entre las filas del Culto de la Bruja. Ahora que había comprendido su error al ignorar la existencia de esto, no le quedaba de otra que, una vez más, rendirse ante su muerte.

"…" Su mirada y la del hombre se mantuvieron fijas una sobre la otra, tensa expectación inundando el ambiente.

Conforme cada segundo que pasaba, la tensión fue en aumento. Frunciendo el entrecejo, Pereza recogió su mano y, tomando con extrema delicadeza ambas partes de la cubierta del evangelio negro, empezó a escudriñar entre sus páginas, sus ojos inyectados en sangre se movieron al anormal ritmo del paso de las hojas. Después de eternos segundos, el sonido de hojas de papel en movimiento se detuvo. Un peligroso silencio se formó en el callejón, y entonces la atmosfera explotó abruptamente.

"No hay mención de tu nombre en mi evangelio, no tal cosa como un registro de tu existencia… ¿Arzobispo del Orgullo? ¡¿Qué se supone que está sucediendo aquí?! ¡Esto es un error, un error! ¡¿Por qué estás aquí, ante mí, pero no hay información respecto a este suceso en mi evangelio?! ¡Mentira, falsedad, engaño, ardid, treta, artificio! ¡Mi cerebro tiembla!" Despotricó el hombre, retorciéndose y doblando su cuerpo de la formas más antinaturales posibles. Entonces, el brillo de la ira se apoderó de la mirada carente de razón de éste. "¡Debo encargarme de los tontos sacrílegos que blasfeman contra el divina amor de la bruja! ¡Autoridad de la Pereza, Mano Oculta!"

Instintivamente, el cuerpo de Subaru se puso en modo de alerta. Ya había descartado toda esperanza de sobrevivir a su encuentro con el Arzobispo de la Pereza, y aun así su cuerpo no estaba dispuesto a rendirse sin luchar. Supongo que la promesa que le hice a Anastasia se ha arraigado en lo profundo de mi corazón sin que yo me hubiera percatado, pensó Subaru, con su mirada fija en el enfurecido Petelgeuse.

Abruptamente, una sombra surgió de la espalda del arzobispo. Al principio, Subaru fue incapaz de deducir que era; sin embargo, después de analizarla con detenimiento, la reconoció. Era una de las manos gigantes y negras que habían lanzado lejos a Utada. Como una serpiente sombría, la mano sombría reptó en el aire, dirigiéndose hacia él; ésta no era particularmente rápida, dado que se movía como una extremidad cualquiera.

Cuando la mano fantasmal estuvo por rozar su cuerpo, Subaru la esquivó saltando hacia un costado. La mano entonces hizo un movimiento de agarre, pero dado que Subaru se había movido, no logró tomar más que aire, que rápidamente se esfumó de entre sus dedos. Si se trataba de escapar de la mano sombría, Subaru se creía capaz de hacerlo; eso estaba pensando, cuando escuchó como Petelgeuse murmuraba estupefacto.

"¿La viste…? ¿Pudiste ver mi Mano Oculta? La extremidad que solo yo tengo permitido ver, mi autoridad, otorgada por el amor… ¡Esto definitivamente tiene que ser un error! Es intolerable, inconcebible, inadmisible, inaceptable! ¡¿Quién eres tú, despreciable usuario de las artes espirituales amado por la bruja?!" Cegado por la ira, Petelgeuse introdujo los cinco dedos de cada mano en su boca y mordió con toda su fuerza, esparciendo sangre por los alrededores. Con sus ojos inyectados en sangre y líquido carmesí chorreando de su boca, Petelgeuse lo señaló con uno de sus destrozados dedos."¡¿Quién demonios te crees que eres?! ¡Me aseguraré de eliminar a una hereje anomalía como tú-u…!" Entonces, tartamudeando, Petelgeuse se detuvo súbitamente.

"¿Qué sucede? ¿No ibas a matarme?" Le retó Subaru, frunciendo el entrecejo. Petelgeuse hizo caso omiso de estas palabras y tomó de nuevo su tomo negro, para entonces analizarlo con aún mayor detenimiento que la primera vez.

Mientras que Petelgeuse leía su libro negro, Subaru escudriñó con la mirada cada rincón de callejón, incluso detrás suyo. Estaba sopesando sus posibilidades de escape. Si moría, regresaría y haría todo de nuevo aplicando algunos ajustes; pero, si tenía la oportunidad de escapar de Pereza y seguir su camino hacia castillo, entonces no la desperdiciaría. Estaba considerando regresar por donde había llegado, corriendo con todas sus fuerzas, cuando escuchó a Petelgeuse murmurar de nuevo.

"Puedes irte… Retírate de aquí y no vuelvas a cometer sacrilegio alguno contra el eterno, sagrado amor de la bruja." Hablando con una cordura que no cuadraba con su persona, Petelgeuse pronunció palabras que Subaru nunca esperó escuchar saliendo de la boca de un miembro del Culto de la Bruja.

"¿Qué?" Exclamó Subaru estúpidamente. Su mente simplemente no estaba respondiendo ante el abrupto cambio en el desarrollo de eventos.

"Una anomalía, una anomalía del amor; eso es lo que eres. La providencia no tiene registro de tu existencia, el evangelio que guía mis acciones no hace mención de tu nombre; algo en extremo peculiar, peculiar sin lugar a duda… Los designios de la bruja son inescrutables, aun para aquellos creyentes de su amor; no obstante, oponerse a estos no podría ser descrito como nada más que herejía, traición a su amor. Así que, como se me ha ordenado, dejaré ir a la anomalía, desistiendo así de interponerme en su camino; aún sea esta anomalía un despreciable usuario de las artes espirituales y un hereje del amor. Así que desaparece de mi vista, falso Orgullo."

Frunciendo el ceño, y con su libro, aún abierto por la mitad, descansando en la palma de su mano derecha, Petelgeuse se hizo a un lado. Subaru, estupefacto, frotó sus ojos, como esperando que con ello que el espejismo ante él se desvaneciera. Una ilusión producto de una experiencia cercana a la muerte, concluyó. Pero sus expectativas fueron traicionadas.

Subaru, cuya vista había sido nublada por su sudor y lágrimas, derramados durante el advenimiento de lo que pareció una muerte segura, pudo percatarse que, al fondo del callejón, hasta diez cultistas se encontraban resguardando su salida. Lo más probable es que fuera igual en la entrada. Que estúpido fui, nunca tuve oportunidad, pensó. Petelgeuse, con su dedo índice, delgado como una rama y embadurnado tanto de sangre como de saliva, señaló el final del callejón; los cultistas rápidamente se dispersaron, abriendo campo para que así Subaru pudiera salir de allí.

Subaru seguía siendo incapaz de comprender que estaba sucediendo. ¿Se trataba de una trampa? ¿Sería asesinado si obedecía al Arzobispo de la Pereza? No, no había razón para tomarse la molestia de llevar a cabo tal artimaña; Subaru no merecía tal esfuerzo. Por ello, instintivamente Subaru comenzó a caminar hacia donde señalaba el arzobispo. Si no obedezco, sin lugar a duda moriré, así que solo puedo seguir adelante.

Paso a paso, Subaru se acercó a Petelgeuse. El aura opresiva que emanaba el Arzobispo del Pecado aumentaba entre más se acercaba, dándole la sensación de que sería aplastado contra la pared de al lado. ¿Acaso era esa la verdadera habilidad de la pereza? Sin moverse, sin hablar, Petelgeuse infundió terror en el corazón de Subaru; aun así, él no se detuvo. El rostro pálido y enfermizo de Pereza fue apoderándose de cada vez más espacio en su campo de visión, hasta que casi lo dominó por completo.

Petelgeuse parecía finalmente haberse calmado parcialmente. Lo que fuera que había descubierto en su evangelio negro, había aplacado su rabia enloquecida. No obstante, el brillo del odio y el desprecio que emanaba su mirada carente de raciocinio era tan abrumador, que Subaru se vio en la necesidad de alejar la mirada; los hombres encapuchados al fondo del callejón cubrieron ahora su campo de visión.

Así como había asegurado Petelgeuse, Subaru no fue atacado por la espalda. ¿Qué clase de entidad había obtenido semejante resultado? ¿De qué se trataba ese asunto de la "anomalía"? ¿Qué decía ese libro negro que según Pereza, señalaba su destino? ¿Quién era Subaru realmente…? Con esas preguntas, sobre todo la última, aquella que tantas ocasiones había llegado a escuchar en ese mundo, reverberando en su mente, Subaru dejó atrás al arzobispo.

Pereza no despotricó. Con un opresivo silencio, observó a Subaru alejarse hasta que finalmente llegó al final del callejón. Subaru, sin prestar atención a los cultistas encapuchados, cruzó entre la multitud negra de lunáticos y finalmente se liberó de la opresora presencia de Pereza. Sin mirar atrás, Subaru comenzó a correr. Y no fue hasta que se hubo alejado varias cuadras, que finalmente pudo detenerse a tomar un respiro.

Con sus manos apoyadas en sus rodillas, Subaru respiró una y otra y otra y otra vez; estaba hiperventilando. Gordas lágrimas se formaron en las comisuras de sus ojos, las cuales rápidamente empaparon su rostro, y entonces vomitó el poco contenido de su estómago. Con su mirada en el pequeño charco de líquido verde-amarrillo que había salido de su boca, Subaru comenzó a reír; era una risa de alivio, una risa de dolor, una risa de tensión, una risa desquiciada…

Una vez recuperó la compostura, Subaru reanudó su desesperada carrera hacia el Castillo Real. Mientras que tras salir de la casa de Leith se había movido cautelosamente y con sigilo entre los callejones más solitarios de las capital, tras su encuentro con el Arzobispo de la Pereza, Subaru desechó toda cautela. Imprudentemente, corrió en línea recta hacia el castillo.

Para Subaru, su encuentro con el Arzobispo del Pecado había significado su muerte; o al menos así es como debía de haber procedido. Sin embargo, todavía conservaba su vida, aun cuando ya había renunciado a ésta. Una segunda oportunidad imposible, inverosímil. Que siguiera con vida no era más que un capricho del destino, que todavía no se había cansado de verlo esforzarse en vano.

Su vida debió de haber terminado en el momento en que Utada fue asesinado por Petelgeuse, así como había sucedido antes de su penúltima muerte. Sin importar cuanto escapara, la muerte siempre daría con él. No obstante, había sido perdonado; la providencia del evangelio así lo había dictado. Sin miramientos para su propia seguridad, sin contemplar su propia vida, Subaru siguió corriendo.

Se encontraba solo, no había nada que pudiera hacer… Aun así, su vida había sido perdonada. Ya no tenía cartas que jugar, sus piezas habían desaparecido del tablero, solo le quedaba su propio ser, su vida. Apostaría todo y llegaría al castillo antes que Codicia; "All-in". Sin el apoyo de Utada, se encontraba completamente desprotegido. Además, le resultaría imposible enfrentarse a ningún tipo de fuerza enemiga. Correr era todo lo que le quedaba.

¿Podía ser sigiloso? Ello solo implicaría un estúpido desperdicio de valioso tiempo. Antes había sido sigiloso y eso había terminado desembocando en su encuentro con Pereza. Subaru recordó el déjà vu que sintió cuando fue atacado por los cultistas en el callejón; ¿Cuántas veces no había sufrido situaciones similares?

Esa no era la primera vez que era atacado en callejón, tampoco la primera vez era rodeado por personas encapuchadas. Solo eso sería suficiente para causar un déjà vu, y sin embargo, ninguna de las dos era la razón por la que su corazón todavía no podía olvidarse de esa repugnante sensación. Así como sucedió con las mabestias, y después con la falsa Zarestia, Subaru había sido encontrado como si algo de él atrajera a sus enemigos. ¿Mi olor? Pensó Subaru…

Halibel había mencionado que la chica Oni buscaba venganza contra el Culto de la Bruja, y las mabestias eran creaciones de la bruja. ¿Acaso su cuerpo emitía un olor similar al de la bruja? Halibel, aun con sus sentidos agudos, nunca pareció detectar tal olor en él, por ello Subaru no podía asegurar tal cosa. Sin embargo, no había duda de que la Bruja de los Celos tenía algún tipo de relación con que siempre fuera encontrado por enemigos conexos, de alguna manera, a ella.

Ello, aunado a una sensación de desvinculación con su propia vida, causada por su encuentro con Petelgeuse, desembocó en que Subaru prescindiera por completo de la cautela. Si moría, simplemente reiniciaría, justo como tuvo que haber sucedido tras su encuentro cara a cara con un Arzobispo del Pecado; si sucedía un milagro y llegaba al castillo, procedería como había planeado.

En pro de llegar al castillo, había negligido de la vida de sus amigos, de la vida de su guardaespaldas y la suya propia. ¿Podría Utada haber sobrevivido al ataque de Petelgeuse? Subaru no lo sabía, y no estaba dispuesto a averiguarlo. Devolverse en busca de Utada implicaba regresar al territorio de Petelgeuse y perder valioso tiempo. Seguiría adelante.

"Aun así… ese ataque…" Murmuró Subaru, entre alientos. Mientras se acercaba a la entrada con forma de arco que daba paso al distrito de la nobleza, Subaru rememoró la espeluznante forma de la mano negra.

Esa era la primera vez que la veía… No, Subaru aún tenía grabadas en sus retinas aquellas creaturas translucidas que habían asesinado a Utada, Leith y Otto; el aura perversa que emanaban era la misma que emanaba la mano sombría. También estaba la mano sombría que emergía de la nada cada vez que rompía el tabú. ¿Podían ser lo mismo? Tomando en cuenta la reacción de Petelgeuse al percatarse que Subaru había visto su Mano Oculta, Subaru inmediatamente asumió que, de alguna forma, las primeras dos eran lo mismo; sin embargo, no podía estar seguro con respecto a la mano negra del tabú de Regreso por Muerte y la Mano Oculta de Petelgeuse.

Además… ¿Por qué antes de su primera muerte apenas era capaz de percibir las manos sombrías de Petelgeuse, y ahora era capaz de verlas claramente? Subaru no lo sabía, después de todo, las habilidades de los Arzobispos del Pecado eran un enigma incluso para los habitantes de ese mundo. Despojar a sus víctimas de sus memorias, e incluso su existencia misma. Gozar de una aparente invencibilidad. Infligir un dolor insoportable mediante la sangre. Subaru estaba seguro de que su comprensión de las siniestras habilidades de los arzobispos era extremadamente superficial.

Con un poder así yo podría… Percatándose de que sus pensamientos se estaban desviando a un terreno peligroso, Subaru sacudió su cabeza. Una vez más, estaba dejando que la ira y el odio lo consumieran, si no era cuidadoso, podría terminar corrompiéndose. Petelgeuse había llegado a confundirlo con un Arzobispo del Pecado; ello le había dejado con un terrible sabor de boca, provocando que miedo hacía sí mismo comenzara a florecer.

¿Acaso tenía ello que ver con su menosprecio hacia su propia vida? Subaru realmente no quería pensar en cosas complicadas como esa en un momento como ese. Por lo mismo, Subaru silenció su mente y se enfocó en correr. A solo metros de él se encontraba el muro de concreto con un arco, bajo el cual surcaba la avenida principal; una vez lo cruzara, estaría en el distrito de la nobleza.

"Hmm… ¿Qué haces aquí? No se supone que deba haber nadie por estas inmediaciones. ¿Acaso fue un error de mi parte? Si es así, perdón…" Su carrera fue detenida por completo al escuchar esas palabras. "¡Oh! ¡Mis disculpas! Me parece que tienes prisa por llegar a algún lugar. Aun así, sería de gran ayuda si pudieras esperar un momento y me escucharas."

Surgiendo de la cabina donde usualmente se encontrarían apostados los guardias reales que vigilaban la frontera entre el distrito comercial y el distrito de la nobleza, una mujer de cuerpo completamente vendado le habló entrañablemente y desbordando racionalidad; una evidente fachada que resultaba incapaz de cubrir el aura desagradable que ella emitía. Al solo estar en presencia de esa mujer, Subaru sentía la necesidad de escurrirse entre las sombras.

Entre Petelgeuse y la mujer vendada, Subaru sin lugar a duda prefería al primero. No porque Pereza le agradaba, todo lo contrario; sin embargo, mientras que él es directo y sincero respecto a sus emociones, al punto en que cada movimiento que realiza transmite perfectamente lo que piensa y siente. Por el contrario, la mujer vendada, así como cubría su cuerpo, cubría sus verdaderas intenciones utilizando una repugnante actitud bondadosa; tal vez porque se veía reflejado en ella, en ese aspecto, Subaru era incapaz de tolerar su presencia.

"No tengo tiempo para esto. Como dices, tengo mucha prisa por llegar a un lugar." Respondió Subaru, con intenciones de reanudar su escape hacia el castillo. No obstante, se había abstenido de comenzar a correr abruptamente, dado que sabía que con ello provocaría su muerte indudablemente. Cumpliría su promesa y haría todo lo posible por no morir; con ello en mente, caminó lentamente frente a la posible Arzobispo del Pecado. Sintiéndose disociado de su propia vida, Subaru fue capaz de moverse aun en presencia de la aterradora mujer.

"Ya veo… Entonces estaba en lo cierto, hay un lugar en el que deberías estar en este momento." Murmuró ella. Solo su cabello y uno de sus ojos eran visibles; uno revestido de plata y el otro revestido por un morado amatista. Sin embargo, se trataba de color corrompido y desgastado por el paso del tiempo; un metal y una gema que perdieron su valor. "Aun así, ¿podrías detenerte y escucharme? No creo que vaya a tomarme mucho tiempo llevar a cabo lo que necesito hacer. Lo siento si resulta una molesta que te pida tal cosa."

Haciendo una pequeña reverencia, la mujer insistió. En ese momento, Subaru comenzó a sentir como su juicio comenzaba a ser nublado por una sensación intrusiva y alienada de sosiego; de igual manera que antes de morir quemado. Estaba claro que, utilizando una habilidad desconocida para él, la mujer estaba manipulando sus emociones para así hacer que cediera ante sus suplicas. Un estado de calma estaba siendo forzado en él.

No obstante, la mujer nunca consideró lo que provocaría utilizar tal habilidad en Subaru, que anteriormente había muerto consumido por las llamas de su cadena de la ira. La mente de Subaru inmediatamente asoció esa sensación de sosiego con el insoportable dolor de las llamas consumiendo cara célula de su ser. El sufrimiento había sido grabado en su alma. Inmediatamente, la influencia de aquel fragmento alienado de su ser incrementó, nublando su mente con otra emoción contraria a la calma: la Ira.

Aquella parte de sí mismo, que se le hacía difícil considerar como parte de sí mismo, empezó a causar interferencia con lo que fuera que la mujer estaba utilizando para manipularlo. Aun así, Subaru inmediatamente supo que si no hacía algo, sería sumergido en la poderosa sensación de calma. Como si hubiera sido lanzado al agua con una piedra amarrada a un pie, Subaru estaba comenzando a hundirse en las aguas indulgentes de la alienada calma.

"E-El Arzobispo de la Pereza… Petelgeuse Romanée-Conti me permitió el paso…" Logró decir Subaru, mientras tomaba con fuerza su cabeza y se forzaba a mantenerse a flote. Dado que Subaru ya había asumido que podría encontrarse con ella, había preparado de antemano esas palabras. Inmediatamente tras terminar de hablar, la sensación de calma que estaba siendo forzada en su cuerpo comenzó a diluirse.

"¿Mi querido? ¿Mi querido te permitió pasar? ¿En verdad? ¿Mi querido ha dejado que vagues libremente por esta área, donde se nos ha indicado que debemos eliminar sin discreción a toda persona que veamos? ¿No estarás mintiendo?" La mujer, desconcertada, comenzó a cuestuario. Conforme hacia cada pregunta, su actitud entrañable se fue disolviendo, dando paso a una más inestable, que aparentaba poder reaccionar violentamente en cualquier momento, cual potasio en contacto con el agua.

"¡N-No estoy mintiendo! ¡Él dijo que yo era una anomalía y por ello me dejó seguir adelante!" Su última esperanza radicaba en convencer a esa mujer de que le permitiera seguir viviendo, así como Petelgeuse. También tenía la opción de intentar engañarla y presentarse como el Arzobispo del Orgullo aparentemente desaparecido, pero la había descartado debido a que temía incurrir en su ira en caso de que, al igual que Pereza, ella se percatara de su mentira. "Compruébalo mirando en tu evangelio, estoy seguro de que si lo haces, te darás cuenta de que estoy diciendo la verdad."

El evangelio negro era clave para su supervivencia. Subaru no tenía idea de que se encontraba escrito en sus páginas, pero, fuera lo que fuera, esto le había salvado la vida. Petelgeuse había afirmado que su providencia estaba allí escrita. ¿Tenía ello un significado literal o metafórico? Subaru no podría estar seguro. No obstante, solo le restaba depender de aquello escrito en el evangelio para poder seguir viviendo.

Existía la posibilidad de que la mujer vendada no poseyera su propio evangelio, pero Subaru dudaba que ese fuera el caso. Petelgeuse lo había llamado la prueba del amor, pero aparentemente era un tipo de identificación otorgada a los miembros del Culto de la Bruja; ¿lo poseían solo aquellos de alto rango, es decir los arzobispos, o todos los cultistas? Subaru tampoco sabía la respuesta a ello. Aun así, Subaru confiaba en que esa mujer no fuera una simple subordinada.

"¡¿Eh?!" Exclamó ella, anonadada. "¿El evangelio dices? Si se trata de eso, es posible que mi querido se haya percatado de algo que no puede ser notado a simple vista. Aun así, para que tú sepas del evangelio… Aunque el miasma de la bruja rebosa de ti anormalmente…" Murmuró ella, aunque Subaru no alcanzó a escuchar bien sus últimas palabas. Antes que pudiera preguntar al respecto, ella prosiguió. "Lo siento por preguntar, pero… ¿Acaso eres Orgullo?" Esa pregunta de nuevo, pensó Subaru. ¿Es que había sido en vano todo su esfuerzo por asimilar la humildad en su corazón? El inútil siempre sería un idiota orgulloso…

"¿El Arzobispo del Orgullo…? Lamentablemente no. Sin embargo, al parecer soy alguien amado por la bruja." Alguien favorecido por la Bruja de los Celos, que era adorada por el Culto de la Bruja, sin lugar a duda tendría un trato preferente por parte de sus miembros. Así había pensado Subaru, pero sus expectaciones fueron demostradas erróneas por la terrible aura que emanó la mujer.

"¡¿Amado por la bruja, dices?! ¡¿Por ese demonio desgraciado que se robó el corazón de mi amado?!" Ira brilló en el único ojo visible de la mujer, que enfurecida se acercó a él. Subaru inmediatamente comprendió que se había equivocado al asumir que todos los miembros del Culto de la Bruja la adoraban…

"¡N-No es como que yo tenga nada que ver con eso! ¡Ni siquiera tenía idea de que fuera así hasta que el Arzobispo Romanée-Conti me lo dijo!" Se defendió Subaru, mientras retrocedía, para así mantener distancia entre la mujer y él.

"¡Hmk! Si no fuera porque mi querido te perdono la vida, ya te habría reducido a cenizas, adorador de la bruja." Todo rastro de la fachada bondadosa había desaparecido, pero así de rápido como desapareció, regresó… "Lo siento, parece que me dejé llevar… En todo caso. ¿Cuál es tu nombre? Perdón por preguntar…"

"S-Subaru, Subaru Natsuki."

"Subaru… Hmm… ¡Encantada! Y bien, en ese caso yo también me presentaré." La boca de la mujer se encontraba oculta por las vendas que la cubrían, y aun así Subaru pudo notar una retorcida sonrisa formándose en el lugar donde su boca debía de encontrarse. "Soy el Arzobispo de la Ira del Culto de la Bruja; me llamo Sirius, Sirius Romaneé-Conti."

"U-Un placer conocerla." Respondió Subaru. El aura tétrica de la mujer seguía en aumento, poco importaba que Subaru ya hubiera explicado el porqué de su presencia en ese lugar. Aun así, ¿es esa la esposa del Arzobispo de la Pereza?; pensó Subaru. Dado que, por puro descarte, ya había asumido que la identidad de la mujer vendada era la del Arzobispo de la Ira, Subaru poca importancia le prestó a esta revelación.

"Hmm… Entonces dices que eres una anomalía… Lo siento, déjame mirar en mi evangelio, no tardaré demasiado…" Así como Pereza, la mujer escaneó el tomo de cobertura negra con su mirada. Transcurrido un minuto, la mujer asintió satisfecha. "Como dices, eres una perturbadora anomalía; no hay registro alguno de tu existencia en mi evangelio. Hmm… No es del todo de mi agrado, pero así como dijo esa persona, no me entrometeré en tus asuntos. Haz lo que creas conveniente. ¡Lo siento por hablarte tan fríamente, pero sinceramente no me interesan tus asuntos!" Y haciendo una pequeña reverencia, la mujer le dio la espalda a Subaru. "Aun así, lamento haber tomado de tu tiempo innecesariamente, así que te diré… Deberías empezar a correr."

"¿Empezar a corre-?" Subaru no había terminado de hacer esa pregunta, profundamente desconcertado, cuando sintió una abrumadora sed de sangre dirigida hacia él. Actuando por instinto, saltó hacia al frente; decisión que rápidamente probó ser correcta, dado que justo donde se había encontrado milisegundos atrás, ahora se encontraba clavado el enorme filo de un hacha.

Aterrado, Subaru levantó su mirada, para entonces toparse con los enfurecidos ojos de su guardaespaldas. Sus ropajes estaban completamente desgarrados, su cuerpo estaba bañado en sangre, tenía profundas heridas a lo largo de éste y le faltaba gran parte de un brazo, cuyo sangrado había sido detenido con un improvisado torniquete. Con ira nublando sus ojos y su razón, Utada observó a Subaru como si se tratara de una presa.

"Y-Yo… ¡Grhhh! …razón." Alcanzó a decir Utada, entre inentendibles gruñidos. La ira ya lo había consumido por completo, y se encontraba en modo berserker. "Uno… ¡Grrhh! …de ellos…" Con mirada vacía, observó a Sirius y Subaru; con ello Subaru comprendió que sucedía. Aun así, no se sentía confiado de lograr convencer a Utada de su inocencia; después de todo, Utada lo había encontrado en el peor momento.

"¡E-Es un malentendido, Utada!" Gritó Subaru, pero Utada, ignorándolo, desenterró el filo del hacha con su única mano funcional. Comprendiendo que sería inútil seguir hablando con él, Subaru se volvió hacia Sirius y, arrastrándose, le suplicó por su vida. "¡Por favor, ayúdame! ¡Soy una anomalía, ¿no es así?! ¡Algo de valor debo tener, de lo contrario no me habrían dejado con vida! ¡Así que sálvame de Utada!"

"Lo siento, pero mi única orden fue dejarte andar libremente, esa persona no dijo nada sobre defenderte." Le dijo Sirius, mientras lo observaba desinteresada. Subaru intentó suplicar una vez más, pero lo único que salió de su boca fue sangre. Un dolor insoportable empezó a extenderse con su corazón como epicentro. Con su mirada comenzando a opacarse, Subaru perdió toda fuerza en sus brazos.

Espantado, Subaru sintió como su cuerpo era levantado desde el pecho. Su cabeza, que no era capaz de mantenerse sostenida, cayó apoyada sobre su pecho; fue entonces que pudo notar la punta de mango del hacha de Utada sobresaliendo de lado izquierdo de su pecho. Súbitamente, fue violentamente sacudido y su cuerpo una vez más se precipitó al suelo. El mango del hacha había sido arrancado de su cuerpo, dejando atrás un hueco en su pecho.

El dolor en su pecho, específicamente en su corazón, ya había comenzado a entumecerse por la enorme pérdida de sangre; en pocos segundos moriría. Se trataba de una muerte rápida. Después de todo, su corazón había sido atravesado. Utada le había otorgado al menos ese nivel de misericordia. "Muere, maldito cultista…" Escuchó a su guardaespaldas gruñir. Aquel encargado de cubrir su espalda, lo había apuñalado por la espalda. En sus últimos momentos de lucidez, Subaru saboreó la patética ironía.

Sus ojos, de ahora tono blanco, aun desenfocados apuntaban hacia la mujer vendada, Sirius. Subaru no podría notarlo, pero una larga cadena dorada ahora se encontraba en sus manos. "Lo siento, pero aparentemente no eras tan amado por las brujas como creías... Por mucho que apestes a la bruja, su despreciable amor nunca te llegará… ¿Cuándo entenderá eso mi querido?" Y eso fue lo último que Subaru alcanzó a escuchar, aunque su cerebro moribundo fue incapaz de procesar tal información recibida, antes de finalmente regresar al mundo de las sombras al que ya se había acostumbrado a visitar.