Relaciones Distorsionadas

Cero días desde la Última Muerte (Trece Muertes)

Una vez más, las sombras cedieron y su cuerpo recuperó el calor de la vida. Una nueva vida tenía comienzo, una vez más, su espíritu corroído regresaba a la vida. Su cuerpo permanecía intacto, daño alguno había sido infringido en su superficie. No obstante, lo mismo no podía decirse de su esencia, del espíritu que contenía, del alma que encapsulaba. Las cicatrices del duro paso del tiempo permanecían. Mientras que el cuerpo no había envejecido, el alma sí que lo había hecho.

Un alma que almacena en su interior el recuerdo de trece muertes, trece agónicas muertes, trece dolorosas muertes, trece frías muertes, trece ardientes muertes, trece solitarias muertes, trece descorazonadoras muertes, trece desoladoras muertes, trece traumatizantes muertes, trece muertes que habían sido revertidas. Una y otra vez, su alma era arrancada de su cuerpo, para entonces ser forzada de nuevo en éste en un punto anterior al momento de su muerte.

Su cuerpo permanecía igual. Para los demás, para aquellos que le rodeaban, Subaru era el mismo. Nada había cambiado; sin embargo, todo había cambiado. El dolor, el frío congelante, el calor calcinante, la aterradora soledad del lecho de muerte. Muerte, muerte, muerte, muerte. Muerte propia, muerte ajena; el olor de la muerte había permeado en su espíritu. Cicatrices invisibles para aquellos que le rodeaban habían marcado su corazón.

Terribles situaciones que solo permanecían en su mente, se habían acumulado con el paso del tiempo. Y Subaru, incapaz de discutir sobre ello, incapaz de compartir su dolor, cargó con el peso de los recuerdos en silencio. Muerte tras muerte, Subaru no hizo más que avanzar vanamente hacia su anhelado destino. En silencio, lidió con el peso de sus pecados, con el dolor fantasma remanente de cada muerte, con el sufrimiento nacido de las cicatrices que nunca serían borradas… Solo, sin nadie que pudiera escucharle, Subaru siguió adelante.

Sin embargo, ¿cuánto podría soportar una mente humana bajo tremenda presión física y emocional? Su mente ya había comenzado a fragmentarse en miles de pedazos, su espíritu ya había sido corrompido por el negro de la muerte, y su corazón ya se había endurecido como una roca, para así soportar mejor la crudeza de aquellas desgracias infinitas. Y aun así, el dolor no desaparecía. Lidiando en silencio con los recuerdos de sus muertes y las de aquellos que le rodeaban, Subaru se esforzó por ignorar el dolor, la agonía y la desesperación…

"¡Arrggggghhhh!" Aun así… un ataque de pánico estaba destinado a ocurrir tarde o temprano. "¡Aléjense de mí, aléjense!"

Dolor, dolor, dolor, dolor, dolor, dolor, dolor, dolor, dolor, dolor, dolor, dolor, dolor, dolor, dolor, dolor, dolor, dolor, dolor, dolor, dolor, dolor, dolor, dolor, dolor, dolor, dolor, dolor, dolor, dolor, dolor, dolor, dolor, dolor, dolor, dolor, dolor, dolor, dolor, dolor, dolor, dolor, dolor, dolor, dolor, dolor, dolor, dolor, dolor, dolor, dolor, dolor, dolor, dolor, dolor, dolor, dolor, dolor, dolor…

Dolor era lo único en la mente de Subaru. Su cuerpo se encontraba en perfecto estado, no había un solo rasguño en su piel; a excepción de sus brazos vendados. Sin embargo, Subaru era el único testigo restante de infiernos que se extendían hasta donde alcanzaba la mirada. Fuego, Hielo, Sangre, Acero, Mabestias, Pecados, Gritos, Torturas y Mutilaciones, Martirios infinitos; mundos de Gore. Subaru era el último superviviente de cada uno de esos mundos, donde sus fracasos habían conducido a los peores desenlaces. Los recuerdos de esos mundos solo permanecían en su mente.

En los mangas y novelas ligeras que leía cuando era un hikikomori, las heroínas hablaban de dividir la carga; en esos mundos de fantasía, las hermosas heroínas aclamaban que ayudarían al trágico héroe a cargar con su dolor. En esos mundos de fantasía, el héroe no tenía que cargar con el peso de sus fallos en silencio, en esos mundos, el héroe tenía un cálido hombro sobre el cual apoyarse.

¿Entonces… por qué nadie me apoya a mí? Quiero compartir mi carga… Quiero que los demás puedan empatizar con mi dolor. No quiero ser el único marcado por mis terribles pecados. ¿Acaso he sido el único que se ha equivocado? ¿Acaso soy el único responsable del terrible destino de cada bucle? No, esa nunca fue mi responsabilidad… Yo no soy un héroe, no hay razón alguna por la cual deba cargar con la culpa por mí mismo.

Subaru se retorció mientras gritaba, lágrimas corriendo por sus mejillas empalidecidas. En su mente, solo podía reclamar por la injusticia del Regreso por Muerte, su bendición y su maldición. Subaru simplemente no podía considerarse el único culpable de todos los mundos fallidos… Él no era un guardia, o un mercenario, o un caballero, mucho menos un héroe; era un inventor, un patético y falso inventor. Su trabajo no era salvar a otras personas…

Aun así, poseer una habilidad como Regreso por Muerte, le obligaba moralmente a utilizarla para prevenir el sufrimiento de los demás. Si estaba en su poder evitar las lágrimas de los inocentes, ¿no era lo correcto hacer todo cuanto le fuera posible? Sin embargo, había un error en esa lógica; al final, él era el único que cargaba con todo ese dolor; un dolor del que no era responsable. A cambio de ayudar a los demás, él mismo se estaba autodestruyendo, emocional y físicamente.

¿Eso era justo? Tal vez un santo habría estado de acuerdo, un santo dispuesto a ofrecer su bienestar a cambio del de los demás. No obstante, Subaru no era tal cosa; Subaru jamás calificaría como santo. ¿Buena persona? Dependiendo de a quien se le preguntara, la respuesta sería afirmativa; pero nadie se atrevería a llamar a Subaru santo o héroe. Así que, bajo ninguna circunstancia, Subaru podría eternamente repetir bucles para salvar a quienes le rodeaban.

Su bondad tenía un límite, poseía fecha de caducidad. Poco a poco, Subaru fue descartando a más personas… No fue un cambio o una decisión abrupta. Sin embargo, todo empezó cuando dio la espalda a Emilia, Felt y al Viejo Rom. Ese fue el disparador. Tras ello, optó por negligir de las vidas pérdidas de los empleados y clientes de la posada en Priestella, además de las vidas de aquellos mercenarios que cayeron en batalla contra las mabestias.

Luego fue capaz de utilizar a decenas de personas en Kyo como escudo humano; suceso que fue borrado por su muerte, pero que nunca desapareció realmente de su mente. Decidió, por razones egoístas, ignorar el desvanecimiento de Crusch Karsten y la muerte de sus subordinados; una facción que una vez había apoyado a la de Anastasia. Finalmente, completamente triturado por el peso de la muerte, dio la espalda a aquellos compañeros con los que había comenzado el camino que actualmente se encontraba recorriendo.

El dolor de presenciar sus muertes indefinidamente, la impotencia de ser incapaz de prevenirlas, la cicatriz dejada en su psique tras cada horrida muerte… Repetirlo una y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra y otra vez. Subaru estaba destinado a sufrir esa agónica tortura infinitamente.

Tal vez en otra línea temporal, si es que realmente existía tal cosa, en una en que no se hubiera habituado a negligir de los demás, a ignorarlos, a darles la espalda y seguir adelante… En otro mundo tal vez nunca se habría rendido de salvarlos. Sin embargo, Subaru, completamente desgastado, no se veía capaz de lidiar con el tormento que se avecinaba presenciando una y otra vez la muerte de sus aliados. Dado que era incapaz de salvarlos, simplemente los alejaría de él; aceptaría su impotencia y los abandonaría.

Su habilidad tenía una particularidad, y era que los futuros de otras personas podían ser alterados por él. Si alguien moría, Subaru podría sacrificar una de sus vidas para regresar en el tiempo y salvar a esa persona… O tal vez simplemente abandonaría un mundo donde esa persona murió y partiría a uno en el que esa persona aún no hubiera muerto. Como fuere, era indudable que los destinos de quienes le rodeaban se encontraban bajo su control.

Una persona fuerte, con espíritu firme y con brazos poderosos con los que pueda ser capaz de abarcar todas las vidas que desea proteger, podría ser el héroe de miles de personas. Sin embargo, Subaru era débil, el alcance de su agarre era ínfimo, patético. Los destinos que podía proteger eran escasos, y al final ello le obligaba a decidir. Por ello, con el paso del tiempo, cada vez fue prescindiendo de más personas; cada vez soltó más destinos, dejándolos a su suerte.

Podía tomarlos, protegerlos, salvarlos, prevenir que las garras de la muerte finiquitaran sus efímeras existencias prematuramente. Pero esa no era su responsabilidad; era la responsabilidad de alguien como Reinhard Van Astrea, un verdadero héroe. Subaru ya se había decidido, protegería solo aquellos destinos que le resultaban prioritarios; los destinos de aquellos más valiosos para él y sus objetivos.

Solo así sería capaz de disminuir la carga que llevaba sobre sus debilitados hombros. Entre menos destinos protegiera, menor sería su carga… Aun así, la carga seguía siendo demasiado pesada para él. Subaru era demasiado débil, su propio destino por sí mismo ya resultaba demasiado arduo de alterar. Sin importar a cuantas personas abandonó a lo largo del camino, el peso no había disminuido… Ya estaba agotado.

¡No soy ningún héroe de fantasía! ¡Incluso he desamparado a la heroína de mi cuento! ¡Pero, por favor, alguien ayúdeme con esta carga tan pesada! Gritó Subaru en su mente. Tal vez él no era el héroe invocado para salvar ese mundo, sin embargo, sí que estaba en un lugar de fantasía… ¿Acaso era mucho pedir que apareciera una doncella capaz de apoyarle, de ayudarle a cargar con el abrumador peso del Regreso por Muerte? Hasta un mozo bondadoso serviría, después de todo, no estaba en condiciones como para ser quisquilloso.

A la heroína le había dado la espalda… Sin embargo, la doncella y el mozo sí que podrían escucharle. Anastasia ya había mostrado la disposición de hacerlo, Otto igual. Sin embargo, su bendición maldita le impedía revelar lo acontecido en aquellos mundos desembocados en fracaso. Su carga era suya y de nadie más, y eso nunca cambiaría; resultaba en vano rogar por apoyo. En silencio, tendría que lidiar con el peso de sus fracasos, con el dolor nacido de sus pecados, con el sufrimiento producto de sus errores, con la agonía naciente de su debilidad.

Por ello, lo único que le quedaba era gritar, mientras internamente se desmoronaba. Había traicionado a sus amigos, y como resultado, su guardaespaldas lo había traicionado a él. No importaba que hiciera, todos los caminos resultarían en sufrimiento y desesperación. Aún más, Utada había bloqueado todo camino para él. Con sus imponentes brazos, con sus trituradores colmillos, con sus afiladas garras; Utada desgarró sus esperanzas.

Si escuchaba a sus aliados, todo terminaría en sufrimiento causado por el Culto. Si los abandonaba, la traición de Utada llevaría a la inevitable muerte de Subaru. Solo podía gritar por la desesperación, solo podía bramar por el sufrimiento, solo podía aullar por el dolor causado por sus prohibidas memorias. En sus carnes aún sentía el ardor de la traición de Utada. El hombre bestia que con mirada de desprecio lo observaba mientras se revolcaba en su propia miseria. Subaru podía sentirlo, la traición asesina una vez más se abalanzaría sobre él.

"¡Natsuki! ¡Tranquilízate, Natsuki!" Otto, anonadado, intentó calmar a Subaru desesperadamente. Sin embargo, sus palabras no estaban logrando alcanzarlo. En un arrebato de locura, Subaru empujó a Otto, que insistentemente lo sacudía mientras le tomaba por los hombros.

El entrecejo de Subaru se frunció pronunciadamente, una mueca de ira se dibujó en su rostro de mirada naturalmente malvada. "¿¡Por qué solo yo debo cargar con ésta maldición?! ¡¿Por qué?!" Gritó, poniéndose finalmente en pie. El ataque de pánico había comenzado a rescindir, sin embargo, Subaru estaba lejos de recuperar la compostura.

"¿N-Natsuki…?" Dijo Otto, perplejo. El aura que estaba emanando Subaru era una de abrumadora hostilidad, una hostilidad tan densa que obligó al mercante, cuyo cuerpo había sido impactado por un intenso escalofrío, a retroceder hasta cinco pasos.

"¡No es justo que yo sea el único que deba sufrir!" Exclamó Subaru, haciendo sus manos dos puños. Los músculos de sus dedos estaban tan tensionados, que empezaron a palpitar violentamente, mientras sangre se escurría de entre sus palmas.

Otto, Leith y Utada no recordaban nada. En silencio, sintió pena por un alma tan patética como la de Leith, que se quebraba ante la primera mala noticia y quedaba en estado catatónico. Ninguno jamás sabría de todo el infierno que había vivido con y sin ellos. Injustamente, ellos podrían reanudar sus vidas con relativa normalidad tras cada regreso, sin embargo, su mente se encontraría cada vez más fragmentada, su espíritu más desgastado. Sin importar cuantas veces se levantara, el destino se haría cargo de ponerlo una vez más de rodillas. Sin importar cuantas veces renovara su resolución y determinación, la muerte se encargaría de desmontarlos.

Subaru estaba obligado a sufrir en silencio, mientras aquellos que le rodeaban se mantendrían ajenos al infierno que les esperaba adelante. Solo Subaru sería consciente del alcance total del sufrimiento, mientras que todos los demás gozaban de bendita e indulgente ignorancia. Solo él cargaría con el peso de los fracasos y el sufrimiento de cada una de las muertes, ajenas y propias. Su mente, aun considerablemente desensibilizada, seguiría siendo expuesta a muertes cada vez más grotescas, dolorosas, agónicas, traumatizantes; el infierno es el límite para el grado de sufrimiento que puede causar una muerte. Acostumbrarse a esto por completo simplemente le resultaría imposible.

Y, aun si no existiera el tabú de la sombra, que le impedía compartir el sufrimiento almacenado en su memoria, ninguno de ellos jamás comprendería lo que se siente toda esa agonía en carne propia. Estaba solo… Resultaba extremadamente injusto, pero innegablemente estaba solo… ¡Yo quiero que ellos también lo sientan! ¡Quiero que ellos compartan mi dolor! ¡Quiero que todos comprendan, realmente comprendan todo lo que he sufrido! ¡Quiero que ellos sientan en su piel mi agonía!

Ardiendo en envidia por aquellos ignorantes y ajenos a la terrible extensión de su carga emocional, Subaru deseó por primera vez que otras personas sintieran lo que él. En lo profundo de su ser, en la raíz de todo odio e ira, surgió una tóxica envidia, que dio paso a un retorcido anhelo; que los demás empatizaran con su sufrimiento infernal. Aun así, cumplir ese deseo resultaba imposible, así que frustración, ira y odio inundaron su mente, dejándole como única opción atacar a aquellos que, indirecta y directamente, habían catalizado esos sentimientos.

"…" Deteniendo su monólogo interno, Subaru observó a Otto y Utada con ojos carentes de razón.

Ciertamente, Subaru estaba actuando hipócritamente. El desea que los demás empatizaran con su dolor, pero él había sido incapaz de empatizar con el de ellos. Negligía del sufrimiento de Leith, que perdió a su familia, ignoraba el temor de Otto, que en vano intentaba resolver conflictos que le superaban enormemente, así como ignoraba la agonía del traumático pasado de Utada, que había dado nacimiento a su odio hacia el Culto de la Bruja. A su vez, había descartado por completo el sufrimiento de la niña y la joven que asesinó para poder seguir viviendo…

Sufría presenciando las muertes de Leith, Otto y Utada, sin embargo, lo único en lo que podía pensar era en abandonarlos, para así simplemente dejar de ser testigo de éstas. Ultimadamente, Subaru solo era capaz de pensar en su propio sufrimiento, mientras negligía del de los demás. Un egocentrismo patético era el que le impedía notar esto, y así permanecería hasta el fin de los tiempos; ese era su infundado orgullo… Creer que era el único que sufría era un pensamiento egoísta y autocomplaciente, sin embargo, ¿realmente podía culpársele por ello? Sin lugar a duda, la magnitud del sufrimiento de Subaru estaba en una escala diferente al de aquellos que le rodeaban…

"¿N-Natsuki, de que estás hablando? ¿Sufrimiento? ¿Te refieres a lo ocurrido en Priestella y en Kyo?" Esforzándose por establecer una línea de comunicación con el enfurecido Subaru, Otto intentó razonar mientras le cuestionaba sobre sus acaloradas aclamaciones. Otto genuinamente deseaba comprender a Subaru, que abruptamente había perdido el control de sus emocione y había sufrido un violento ataque de pánico. Sin embargo, Subaru juzgó la mirada compasionada de Otto como una mirada de condescendencia; lo que aumentó aún más su desenfrenada ira envidiosa.

"¿De qué hablo, dices? ¡Hablo de todo el sufrimiento que he padecido debido a ustedes!" Exclamó Subaru, con lágrimas empapando su colorado rostro. "Una y otra y otra y otra vez, sin parar… He sufrido en silencio, mientras ustedes seguían tranquilamente con sus vidas, incapaces de recordar todos esos infiernos… Como si nada realmente hubiera ocurrido. ¡Como si ustedes nunca hubieran muer-!"

Mientras despotricaba contra aquellos que habían recibido la bendición de la ignorancia, Subaru terminó hablando de más. Una torpe lengua incapaz de mantener secretos, era castigada por la despiadada garra sombría. Subaru lo sabía, por ello mismo había creado un artificio para ocultar su verdadera habilidad. Por ello sufría en silencio, mientras cargaba sobre su espalda el peso de sus pecados. Por ello su corazón se encontraba revestido de profundas cicatrices y su mente se había fragmentado.

Subaru podía hablar de los eventos ocurridos durante cada uno de los bucles, pero tenía terminantemente prohibido revelar el cómo había adquirido tal información. No podía hablar de su muerte, y, a su vez, no podía intentar hablar de su muerte. Podría hablar de lo sucedido en cada bucle, pero no podía dar demasiados detalles, no podía esclarecer la completa verdad de los terribles acontecimientos.

Cuanto podía o no revelar, realmente dependía del criterio de la sombra. Si ésta consideraba que Subaru rompería el tabú, la penitencia caería sobre Subaru. Y esa cruel regla era la que lo ataba a una vida de interminable e insoportable sufrimiento solitario. Si hablaba demasiado, terminaría vomitando sangre; eso era conocimiento general para él. No obstante, en el estado de extrema alteración en el que se encontraba, olvidó por completo tal regla.

"¡Natsuki!" Para Otto, Utada y el silencioso Leith, que seguía en estado catatónico, se trató de solo una milésima de segundo, quizás menos. El tiempo se había congelado, de un vórtice negro había surgido una mano sombría… No, era la silueta de una mujer. Sus facciones no eran visibles, pero indudablemente se trataba de una mujer. La mano sombría era parte de ella, el castigo igualmente fue aplicado.

"Argkgghhh…" Sangre empapaba su rostro y sus ropajes. Hemorragias letales habían tenido lugar en su nariz, oídos, ojos y boca, pintando su cara de un rojo demoniaco. Aun así, para sorpresa de los testigos de tan espantosa escena, Subaru volvió a ponerse en pie, alejando de un empujón a Otto, que había vuelto a acercársele para comprobar su estado. "… S-Su cul…pa… Es su… culpa ¡Su culpa! He muert- ¡Arghhh! ¡Blergh! U-Una… y… o-otra… vez… ¡Una y otra vez! ¡Cargando siempre a solas con el dolor de cada muer-! ¡Agghhhgh! S-Siempre… por… mí… mismo ¡N-No es justo! ¡Quiero compartir mi dolor! ¡Quiero hacer también suyo mi sufrimiento! ¡¿Por qué debo ser yo el único que sufre?! ¡¿Por qué debo cargar con esta maldición en silencio?! ¡Yo no pedí tal cosa! Mor- ¡Arghh! Mori- ¡Arrgghahh! P-Por us-tedes… Una y otra vez, por todos ustedes, por todos quienes consideraba importantes. ¿Por qué no me tienden una mano, así como yo se las he tendido a ustedes? ¡¿Por qué no me ayudan a cargar con este dolor?! ¡Ya no puedo hacerlo! ¡Ya no puedo seguir así! ¡Necesito ayuda! ¡Así que por favor…! ¡Arrebátenme esta maldición! ¡Si no es posible, entonces compartan mi sufrimiento! ¡Sientan mi dolor! ¡Empaticen con mi agonía! ¡Recuerden lo que yo recuerdo! ¡Mue-¡ ¡Arrhhhghhhk! ¡ … cómo yo! ¡Sientan en sus carnes lo que yo he sentido desde que llegué a aquí!"

Con una horrible y patética mueca pintada en su rostro, Subaru siguió escupiendo demandas imposibles y egoístas, ignorando los constantes castigos de la sombra femenina. Horrorizado, Otto observó como Subaru vomitaba cada vez más sangre conforme más se esforzaba por hablar, lágrimas carmesí fluían constantemente de sus ojos, y chorros de sangre borboteaban de su nariz y oídos. Suficiente sangre para causar una muerte por hemorragia había sido expulsada del cuerpo de Subaru, sin embargo, éste no moría. Era como si la sangre no proviniera de su cuerpo.

Cada vez que el tiempo se detenía, la sombra destrozaba con sus garras rencorosas, con sus manos celosas, con su agarre envidioso, el corazón palpitante de Subaru. Y antes de regresar a la normalidad el natural flujo del tiempo, restablecía su corazón a un segundo antes de ser destrozado. No obstante, el dolor agónico de su corazón siendo triturado permanecía allí, pues no era solo un dolor físico; Subaru simplemente negligía de éste mientras escupía sus frustraciones. La sombra no quería que él hablara, pero él simplemente no aceptaría no hacerlo…

"Natsuki…" Otto, estupefacto, se acercó por tercera vez a Subaru; a paso lento, para así evitar volver a ser rechazado. "Realmente no lo entiendo… Parece que sin percatarnos, viviste un inferno a nuestras espaldas. ¿Tiene que ver con tu pasado? ¿O más bien con lo sucedido durante los ataques que sufriste junto a Anastasia y los demás…? Ya había notado que estabas desanimado; Leith y yo lo hicimos. Sin embargo, claramente nunca nos esforzamos lo suficiente para ayudarte, para comprenderte. Y por ello me disculpo." Haciendo una pequeña reverencia, Otto se detuvo a un metro de Subaru, que se encontraba parado sobre una piscina de su propia sangre, con una expresión de terrible agonía en su ensangrentado rostro. "Por eso, voy a insistir con lo que en más de una ocasión te dijimos. Si necesitas hablar con nosotros, hazlo. Nosotros te escucharemos, y haremos lo posible por compartir tu dolor…"

"¡Já!" Una risa de desprecio surgió involuntariamente de la boca de Subaru, cuya mirada había recuperado gran parte de su brillo. Sin embargo, era un brillo corrompido; un brillo de locura, un brillo de ira. "¿Compartirán mi dolor? Eso no es más que palabrería condescendiente. ¡Koff!" Tosiendo sangre, Subaru utilizó uno de sus brazos vendados para cubrir su boca. Tras ello, alejó su rostro del brazo y se detuvo a contemplar la mancha carmesí que rápidamente se confundió con las otras, más antiguas. "¿Cuántas veces lo has dicho, Otto? ¿No habías prometido lo mismo antes? ¿No compartirías mi dolor y me ayudarías a seguir adelante cuando ya no pudiera? ¿No prometiste acaso que juntos sobrellevaríamos el sufrimiento que estaba por venir? Lo prometiste, pero lo olvidaste, Otto… Esa no fue más que una vana promesa olvidada en el tiempo, al parecer… Al final me vi en la obligación de cargar, una vez más, con todo el sufrimiento por mí mismo." Murmuró Subaru, recordando los acontecimientos posteriores a su primera muerte. "Si realmente pudiera compartir la maldita carga que llevo… Si pudiera compartir mi dolor, mi sufrimiento… Ya lo habría hecho. Lastimosamente, no es posible. Así que supongo que todo esto no fue más que una rabieta sin sentido de mi parte. Ahhhh… Mierda, parece que este bucle no será el bueno." Cubriendo su rostro con su otra mano, Subaru suspiró.

Subaru parecía haber recuperado la compostura, pero Otto podía sentirlo, ese no era el caso… Sin embargo, se encontraba demasiado confundido por las palabras de Subaru como para pensar demasiado en ello. "¿Promesa? ¿Bucle…?"

"Hágase a un lado, Suwen-san." Mientras que Otto, confundido, preguntaba por las extrañas declaraciones de Subaru, fue apartado suavemente del camino por Utada. El mercenario parecía estar tranquilo, pero su mirada transmitía todo lo contrario; era una fachada. Todo era una fachada. "¿Finalmente va a revelar su verdadero rostro, Subaru-sama?" Le cuestionó Utada, tomando el hacha que descansaba sobre su espalda.

"¿Mi verdadero rostro…?" Preguntó genuinamente confundido Subaru, mostrando solo un ojo, aquel que se asomaba entre su pulgar y su índice; había llorado gotas de sangre, así que este tenía un tono rojizo carmesí muy intenso. Ese no era el rostro de un humano… "Cierto." Como si finalmente hubiera recordado algo, Subaru sonrió, pero solo una parte de ésta sonrisa era visible; esa no era una sonrisa genuina. "Nada de lo que diga importará, ¿verdad? Ya decidiste por ti mismo que soy realmente…"

"No es que yo haya decidido nada. Usted lo decidió por sí mismo, Subaru-sama. ¿O debería decir, cultista de la bruja?"

"¡¿Cultista?!" Leith seguía en estado de shock, así que el único que reaccionó sorprendido fue Otto, en quien se dibujó una expresión de completa perplejidad.

"Eso supuse…" Murmuró Subaru, suspirando. ¿Utada se había percatado? El mercenario tenía mejores sentidos que él, así que era probable que sí. Esa sensación desagradable que estaba recorriendo su cuerpo, era muy familiar… "En ese caso, ¿por qué no juego con el rol que me asignaste? Una vez más representaré ese maldito papel que tú y esos lunáticos me impusieron. De todas formas, no es como que pueda hacer nada para convencerte de lo contrario. Tampoco cuento con el tiempo necesario… Ya es demasiado tarde, así que solo me queda apostar a todo o nada. Si fallo, simplemente volveré a intentarlo otro vez… ¡El Arzobispo del Orgullo, Natsuki Subaru, se los ordena, asesinen a ese bruto mercenario traidor!"

Como si se trataran de robots que habían recibido una orden de su creador, los encapuchados ocultos en las sombras desenfundaron sus afiladas dagas con forma de cruz y se abalanzaron sobre Utada. Arzobispo del Orgullo… Utada realmente no había esperado escuchar tal declaración proviniendo de la boca de Subaru. El olor que emanaba Subaru sin duda era el de la bruja, sin embargo, esa peste nunca había sido tan intensa como lo era en ese especifico momento. ¿Qué está sucediendo? Se había preguntado Utada.

¿Subaru era miembro del Culto de la Bruja? En algún momento había creído tal cosa, sin embargo, cuando el olor disminuyó, llegó a atribuirlo a una enfermedad o algo similar. Subaru nunca dio señales de ser un doble agente o un cultista infiltrado… Aun así, la duda había permanecido. El violento incremento del olor que desprendía lo tomó por sorpresa, descontrolando sus emociones.

Aun así, había logrado mantener la calma… Hasta que escuchó que todo ese tiempo había convivido con un Arzobispo del Pecado. Ni siquiera con el peor panorama en mente, Utada llegó a creer que Subaru en verdad sería un desgraciado Arzobispo del Pecado. Enajenado por la ira, Utada fue incapaz de reaccionar ante el ataque de los cultistas. Un profundo corte en una pierna, un brazo y tres profundos cortes en la espalda; ese fue el resultado de su descuido. Y, aun así, Utada falló en notar que había sido atacado. Su mirada estaba completamente fija en el despreciable rostro de Subaru…

"¡Mátenlo! ¡Mátenlo! ¡Mátenlo! ¡Mátenlo! ¡Mátenlo! ¡Mátenlo! ¡Mátenlo! ¡No importa él que no vaya a recordarlo, por un momento, por un pequeño momento, sentirá lo mismo que yo! ¡Sufrirá un destino similar al m-! ¡Arrghhhhag! M-Mald-ita sombra…" Negligiendo por completo del tabú que lo encadenaba, Subaru siguió esforzándose por hablar del infierno que en silencio lo atormentaba. "¡El Arzobispo del Orgullo se los ordena, malditos lunáticos! ¡Hagan sufrir a ese desgraciado traidor! ¡Hagan que se arrepienta de sus pecados!" Comandó, señalando al iracundo hombre bestia. "¡Es como una vez dijiste, Utada! ¡Si Anastasia se enterara de que atentaste contra mi vida, te despediría enseguida! ¡No solo eso, probablemente Ricardo no dudaría en cortar tu cabeza! ¡Así que paga por tus pecados! ¡Expíalos así como yo he hecho todo este tiempo sin que ustedes se percataran de ello!"

Sin embargo, Utada prestó nula atención a los desquiciados berridos de Subaru. Como si de una bestia salvaje se tratara, utilizando sus garras, utilizando sus dientes, utilizando sus músculos, luchó contra las hordas de cultistas. Cabezas, piernas y brazos fueron desprendidos debido a sus violentas arremetidas. Los cultistas nunca mostraron intención alguna de rendirse; aun cuando solo jirones de carne quedaban donde debían de estar algunas de sus extremidades, ellos siguieron luchando.

Otto observó totalmente paralizado el terrible combate. En algún momento había reaccionado por puro instinto, había tomado a Leith y se había ocultado junto a él bajo la mesa de conferencias. Gran parte del antiguo taller había sido demolido por los agresivos ataques del mercenario, y las llamas de los ataques mágicos de los cultistas habían comenzado a consumir el techo de madera.

Las sillas, la pizarra de madera, la pila de archivos sobre la Operación Reinvención, todo fue destruido por el acalorado combate entre el mercenario y los cultistas. Y en el centro de todo, con mirada pérdida, se encontraba Subaru; una retorcida sonrisa plasmada en su pálido rostro ensangrentado. Era una sonrisa de locura, de satisfacción, de dolor, de agonía… Todo y nada a la vez. Subaru estaba disfrutando tanto ese momento como el mismo Otto. Ambos estaban sufriendo profundamente por aquel terrible desenlace, no obstante, una retorcida parte oculta en lo profundo del alma de Subaru sí que estaba disfrutando ese baño de sangre.

Otto quería cuestionar a Subaru. ¿Desde cuándo había sido miembro del Culto de la Bruja? ¿Desde antes de que se conocieran? ¿Acaso siempre había sido un traidor oculto en la sombras? ¿Siempre planeó asesinarlos cuando llegara el momento? ¿Por qué se les había unido? Al culto, y a Leith y él… Acaso, si hubieran tratado a Subaru de manera diferente, ¿ese infierno habría sido evitado…? Otto tenía muchas preguntas, muchas preguntas que sabía que nunca tendrían respuesta. Ese era el oscuro final…

Frente a la mirada aterrorizada de Otto, solo permanecieron Subaru y Utada. Lo único que separaba al mercenario y al inventor, era un mar de cadáveres. Jefe y empleado en algún momento, protegido y guardaespaldas… Ahora enemigos jurados. Todos los cultistas subordinados de Subaru habían caído, pedazos de carne y un mar de sangre era todo lo que quedaba de ellos. Con chorros carmesí fluyendo de su mandíbula, Utada señaló a Subaru.

"Ahora me encargaré de ti, arzobispo hijo de puta." Ante sus ojos no se encontraba Subaru, sino el Arzobispo del Orgullo; Utada no se contendría. Utada se abalanzó sobre Subaru, sus brazos extendidos hacia su rostro; sin embargo, el ataque nunca fue concretado. Atónito, Otto observó como Utada se había detenido a solo centímetros de Subaru; era como si algo invisible le hubiera detenido.

"Ahora… ¿Qué se supone que está sucediendo aquí? Mis dedos me informaron de la presencia de un compañero creyente del amor, y cuando vengo a su encuentro, lo único que hallo es que uno de mis dedos ha sido cercenado. ¡Que terrible! ¡Que trágico! ¡Que espantoso! ¡Que funesto destino! ¡¿Es qué mi dedo acaso ha fallado a la hora de llevar a cabo sus deberes?! ¿Ha sido acaso… pereza? No, no, no, no, no… Ese no parece ser el caso. Terriblemente, injustamente, ignominiosamente, mi dedo índice ha sido asesinado mientras se esforzaba por cumplir con mis órdenes diligentemente. ¿Quién ha sido el perpetrador de tan despreciable hazaña?"

De entre un enorme hoyo dejado atrás por el impacto del uno de los cultistas, que Utada salvajemente había lanzado contra la pared, apareció un hombre delgado vestido con una túnica negra. Cabello castaño, piel pálida enfermiza y ojos rojizos carentes de razón; no era otro más que Petelgeuse Romanée-Conti. Utada, percibiendo el enorme peligro que presentaba el extraño hombre, se colocó en posición de ataque, con su mirada fija en él.

"¡¿Tú también eres uno de los malditos arzobispos?!" Exclamó Utada, agitado. "¡¿Viniste a salvar a tu compañero?!" Subaru estaba siendo bloqueado por una especie de barrera invisible, y para Utada no había sido difícil deducir que el recién llegado era el culpable de ello.

"Hmm… Ya veo, así que tú eras el creyente del amor del que mis dedos estaban hablando…" Ignorando por completo el agresivo cuestionamiento del hombre bestia, Petelgeuse posó su enloquecida mirada en Subaru, al que analizó detenidamente. Tras un par de segundos, su mirada se movió hacia Utada, que se estremeció involuntariamente. Así como a Subaru, Petelgeuse analizó a Utada, y transcurridos unos cortos segundos, el arzobispo volvió a hablar. "Mi cerebro tiembla… Ahora ambos me responderán esto, ¡¿quiénes… son… USTEDES?!"