Secuelas de un Arrebato de Locura

Cero días desde la Última Muerte (Catorce Muertes)

"Mi nombre es Natsuki Subaru, y soy el nuevo Arzobispo del Orgullo. ¡Es un honor conocerlo, arzobispo Romanée-Conti!" Todavía cegado por la ira, el dolor y la desesperación, Subaru se presentó como el desaparecido Arzobispo del Orgullo.

Subaru, aun en su estado de espontanea locura, recordaba que tal táctica resultaría inútil. Una vez Petelgeuse le preguntará por el evangelio, se desvelaría que su título como Arzobispo del Pecado era una farsa. Aun así, si con ello alcanzaba para provocar que Petelgeuse atacara a Utada, entonces se daría por satisfecho y aceptaría su castigo como el hereje que era.

"¡¿Es acaso posible?! ¿Finalmente ante mí ha aparecido el ausente siervo de la bruja, cuyo paradero había permanecido desconocido durante tantos años? Pero, pero, pero, pero, ¿cómo es posible? En un momento como este, en una situación como esta… ¿Es que acaso he fallado todo este tiempo en notar la presencia de un creyente del amor de tal envergadura?"

Como de costumbre, el arzobispo arrancó sus cabellos y trituró sus huesudos dedos, mientras sangre fluía de su cabeza y boca. La locura del sujeto no había disminuido en lo más mínimo. El único que había cambiado era Subaru, todo lo demás que le rodeaba permanecía igual, inalterado a pesar de la sangre y las cenizas que recubrían su alma. Con ello en mente, Subaru comprendió que lo mejor que podía hacer era calmar a Pereza y entonces dirigir sus acciones hacia el asesinato de Utada.

"Es como usted dice, Arzobispo Romaneé-Conti; sin embargo, se equivoca en una cosa, sola una. Usted no ha fallado en notar mi presencia todo este tiempo, simplemente yo la había mantenido oculta, esperando el momento adecuado para mostrarme ante usted y el resto de mis camaradas."

En el estado de desorden mental en el que Subaru se encontraba, idear un artificio que satisficiera al Arzobispo de la Pereza era cuanto menos complicado. Por exactamente esto mismo, Subaru optó por utilizar las erradas conclusiones de Utada a su favor. Ya se había sumergido demasiado profundamente en la mentira, y no había vuelta atrás. En ese bucle desahogaría la mayor cantidad de frustración acumulada que le resultara posible.

El rostro del mercenario en cuestión se retorció aún más por la ira, sin embargo, a diferencia de Subaru, Utada nada podía hacer para desahogar su enojo. La barrera invisible permanecía en su lugar, impidiéndole tomar la vida del asqueroso parasito que, a escondidas, se había alimentado por más de un año de sus superiores. Las llamas de la ira que ardían con fuerza en su interior estaban siendo alimentadas constantemente por las descaradas aseveraciones de Subaru.

"¿Has ocultado tu presencia…? ¿De eso se trataba? En dado caso, ¿acaso no has estado renegando del amor de la bruja? En todos mis preciados años como servidor de la bruja Satella, nunca escuché de tal cosa. Un Arzobispo del Pecado capaz de renegar de la presencia de la bruja en su interior… ¿No te has vuelto demasiado engreído, arzobispo Natsuki Subaru?"

"¿Engreído, dices? Soy el Arzobispo del Orgullo, compañero Romaneé-Conti, ser engreído es parte de mi naturaleza. No pretenda ahora que rechace esa parte de mí ser." Sudor frío comenzó a acumularse en la frente de Subaru. Debía mantener la fachada, debía convencer a Petelgeuse con sus palabras de que él en verdad era el desaparecido Arzobispo del Orgullo.

Sin embargo, sus palabras lo único que estaban logrando era sembrar cada vez más dudas en el enloquecido individuo. Puede ser un lunático asesino, pero no un idiota; pensó Subaru. La ingenuidad nacida de su amor hacia la bruja y del olor que desprendía el cuerpo de Subaru tenía un límite, Petelgeuse no se conformaría solo con su palabra por siempre. Eventualmente pediría a Subaru una prueba de su afiliación a la bruja; el objetivo de Subaru era conseguir que el arzobispo asesinara a Utada antes de ello.

"Hmm… No te falta razón, Arzobispo del Orgullo, Natsuki Subaru." Concedió Petelgeuse. No obstante, rápidamente el sujeto entrecerró sus parpados, mirando amenazadoramente a Subaru. "Sin embargo, tu falta de devoción hacia la bruja es preocupante, alarmante, pavorosa. ¡Despreciable! Es cierto que entre aquellos fieles a la bruja, están aquellos cuya fidelidad flaquea; mi persona no ha escatimado en reprimendas para con ellos, que haciendo oídos sordos siguen viviendo irreverentes existencias."

Así que entre los Arzobispos del Pecado, existen aquellos que no poseen la misma, ferviente fidelidad hacia la bruja que Petelgeuse Romanée-Conti. Subaru ya estaba al tanto de ello. Aun en su mente turbia y desorganizada, las palabras de desprecio de Sirius hacia Satella reverberaban. Aunque, sin quererlo, su tren de pensamiento rápidamente se desvió hacia zonas más pantanosas de su biblioteca de memorias. Un sentimiento violento y corrosivo surgió en Subaru.

La sombra que le torturaba cada vez que rompía el tabú, impendiéndole así compartir su dolor con aquellos allegados a él. Los vagos recuerdos de la sombra triturando su corazón, nublados completamente por la insoportable agonía, inundaron su mente. Si estaba en lo correcto, esa sombra y la bruja estaban cercanamente relacionados, incluso podría decirse que eran lo mismo… Y esa sombra, sin lugar a duda, tendría algo que ver con su llegada a ese mundo.

En un rincón de su ser, un odio como ningún otro ardió iracundamente. Ese fragmento de su ser, nacido de la tortura de la Cazadora de Entrañas, se prendió en llamas. Aquel odio alienado ya no era simplemente eso. Mientras Subaru y esa parte extraña de él no convergieran con las mismas emociones, las emociones albergadas por el fragmento seguirán por siempre siendo emociones alienadas. No obstante, en caso de que ambas partes se sincronizaran, sentimientos extremadamente intensos nacerían…

"…" Con sentimientos peligrosos borboteando en su interior, Subaru miró en completo silencio a Petelgeuse. El arzobispo, comenzando a inquietarse por la ausencia de respuesta, procedió a introducir sus delgados dedos en su boca y a triturarlos con sus amarillentos dientes recubiertos de caries.

"¿Debo suponer que no responderás a mis palabras, infiel Arzobispo del Orgullo?" Alcanzó a murmurar el hombre, aún con sus dedos ensangrentados entre sus dientes.

"…" Una vez más, el silencio de Subaru se mantuvo inalterado. Sacando sus manos de su boca, Petelgeuse señaló a Subaru con expresión de desprecio.

"Mi cerebro tiembla, tiembla, ¡tiembla! ¡Tiembla ante tu falta de amor hacia Satella! No puedo aceptar que un despreciable aliado de los haraganes espíritus, que se contentan con su patético estancamiento, falto de fidelidad hacia nuestra benefactora, la Bruja de la Envidia, como tú, haya sido aceptado entre los creyentes del amor. ¡Me niego a aceptarlo! ¡Y no lo haré hasta tener frente a mi mirada tu prueba del amor!"

No fue hasta que escuchó las palabras, "prueba del amor", que Subaru finalmente reaccionó. Esas eran las palabras que Subaru menos deseaba escuchar, dado que ponían en peligro su plan. Y aun así, Subaru ni se inmutó al escuchar a Petelgeuse hablar de ello. Si existen personas en el culto que no alaban a la bruja, entonces no hay problema; pensó él, ingenuamente. Fue con ello en mente, y con odio creciendo efervescentemente en su corazón, que Subaru se atrevió a cometer una estupidez innombrable.

"¿El evangelio…? ¡Pues da la casualidad de que estoy de acuerdo con ellos, nuestros compañeros! ¡En lo que a mí concierne, esa perra de la bruja bien podría desaparecer de la faz de éste mundo! Y como conformo parte de la facción que está en contra de la bruja, no tuve reparo en quemar ese estúpido libr-" Antes de terminar de expresar su vehemente declaración, Subaru se detuvo.

Un aura peligrosa comenzó a emanar de Petelgeuse. Una sed de sangre capaz de helar la sangre de cualquiera que se encontrara en el extremo receptor de ésta. Como si un balde de agua fría hubiera caído sobre su cuerpo y espíritu, las calcinantes emociones de Subaru fueron aplacadas. Una vez más, su ira lo había cegado y había terminado hablando de más. Sin percatarse de ello hasta que fue demasiado tarde, Subaru había cruzado un límite que jamás debía ser cruzado. Despertando así, la furia de la única persona que en ese momento podía servirle como aliado temporal.

Habiendo recuperado mayormente el control de sus propias emociones, producto del miedo infundido por la asesina presencia del Arzobispo de la Pereza, Subaru pudo finalmente contemplar que tanto se había dejado llevar por la amalgama de emociones negativas, como la ira, odio y frustración, que se había formado en su corazón. No cabía duda, ese mundo estaba por terminar…

Aun así, adhiriéndose a aquella promesa que le encadenaba, Subaru no aceptaría su muerte sin luchar por alargar vanamente su vida. Aunque sea un solo segundo; si en ese tiempo conseguía valiosa información, entonces su muerte finalmente valdría la pena. No habré desechado un mundo simplemente por mis egoístas emociones; se dijo internamente, intentando aplacar, aunque en vano, la culpa que estaba borboteando violentamente en su corazón.

"¡Tú! ¡Tú, despreciable usuario de las artes espirituales! ¡¿Tienes la osadía de lanzar palabras desdeñosas contra nuestra benefactora?! ¡¿Cometes tan descaradamente el atrevimiento de insultar a la magnánima, esplendida, generosa mujer que te otorgó tú autoridad?! La prueba del amor… violentada, despreciada, ultrajada… ¡Es inaudito! ¡Lo que escucho de tu boca es el pecado máximo, un pecado mortal! ¡Yo, el Arzobispo del Pecado del Culto de la Bruja, a quien ha sido asignado el pecado de la Pereza, Petelgeuse Romaneé-Conti, no permitiré que el nombre de la bruja y su infinito amor sean ensuciados por tus indignos labios y manos herejes!"

Con su mirada inyectada en sangre, Petelgeuse despotricó mientras rasgaba la parte alta de su túnica con sus huesudas manos. Sangre comenzó a brotar de su pecho, donde ahora se encontraban tres largas heridas con forma de garras. Ardiendo en ira, el Arzobispo de la Pereza clavó sus uñas en su piel; acumulando pedazos de piel ensangrentada tan profundamente bajo sus uñas, que parecían llegar a la cutícula.

"Mierda…" Susurró Subaru, sintiendo como la peligrosa aura de hostilidad del arzobispo impactaba contra su cuerpo, causando que todos sus músculos se tensaran. Si no actuaba pronto, sin lugar a duda Petelgeuse le asesinaría. Solo le quedaba una opción; desechar su falso título impuesto por Utada y el Culto de la Bruja. Si recordaba al enfurecido Petelgeuse que observará su evangelio, entonces su estatus de anomalía saldría a la luz.

No existía garantía de que la revelación de su identidad como anomalía bastará para aplacar el descontrolado enojo de Pereza, sin embargo, en ese momento, esa era su mejor carta. Movido por sus tóxicas emociones, había realizado mala jugada, tras mala jugada; no sería exagerado decir que esta ocasión se había dejado ganar. El destino en ese momento reía a carcajadas de sus desgracias, de eso estaba seguro.

"¡Arzobispo Romanée-Conti, todo esto es un malentendido! ¡Si tan solo se fijara en su e-!" Pero las suplicas de Subaru fueron enmudecidas. Sin que Subaru o Petelgeuse pudieran reaccionar, Utada envolvió al primero con sus gruesos brazos cubiertos de pelaje…

Ocurrió mientras Petelgeuse despotricaba en contra de Subaru, y éste finalmente caía en cuenta de su gigantesco error. Utada había aprovechado el tiempo para analizar cuidadosamente su entorno. Aquello que le mantenía separado de Subaru era indetectable a la vista, sin embargo, tal cosa en efecto tenía presencia; realmente existía, simplemente era invisible. Y si existía, entonces, fuere lo que fuere, tendría que poder ser percibido por los demás sentidos.

Esa era la conclusión a la que llegó el hombre bestia. Y poniéndola a prueba, Utada se esforzó al extremo para poder delimitar en su mente el contorno de aquello que le separaba del Arzobispo del Pecado que había convivido, encubierto, con su jefa, sus compañeros y él durante meses. Fue necesario que empleara al máximo sus sentidos y que se concentrara profundamente, no obstante, finalmente lo consiguió. La forma del objeto invisible era de lo más confusa; lo que más se le acercaba era la forma de una mano. Utada no comprendía como tal cosa podía existir, sin embargo, rápidamente restó importancia al asunto. Lo realmente importaba era que finalmente conocía el contorno del objeto invisible.

Con esa información, Utada esperó el momento en que ambos enemigos se encontraran más distraídos. El Arzobispo del Pecado recién llegado no paraba de autoinfligirse daño, y parecía completamente concentrado en Subaru. Ambos discutían por algo, pero Utada no había prestado atención al contenido de la discusión. Aun así, Subaru parecía mantenerse atento a su entorno, y ello le impedía a Utada actuar.

Utada había malinterpretado el que Subaru se encontrara sumido en sus pensamientos, pero ello no había afectado el resultado final. Cuando Subaru finalmente habló para defender su caso, Utada creyó ver la abertura que necesitaba. Subaru había estado pensando en cómo lidiar con su situación, moviendo constantemente su mirada alrededor de su entorno. Ello había confundido a Utada, que realmente creía que Subaru era un arzobispo que se había mantenido encubierto. En la mente del mercenario, Subaru era un astuto maestro del engaño.

Tal vez por ello le sorprendió de sobremanera que su apresurado plan, medianamente bien ejecutado incluso cuando se encontraba considerablemente nervioso, hay funcionado tan a la perfección. Con un brazo había atrapado el cuerpo de Subaru, restringiendo el movimiento de sus brazos. El otro lo había colocado en la parte superior del cuerpo de Subaru, las garras de sus manos peludas rozando el cuello de Subaru.

Con la llama de la ira siendo renovada en el interior de su cuerpo, Subaru se retorció violentamente, intentando así sacarse de encima al traidor mercenario. Sin embargo, su cuerpo se detuvo instintivamente al sentir como el filo de las garras del hombre bestia se clavaba ligeramente en su piel. Con gritos ahogados por la inclemente mano de Utada, Subaru le maldijo.

Aquel desagradecido mercenario que había olvidado lo que Subaru había sacrificado durante bucles anteriores para, aunque fuera indirectamente, salvar su vida. Injustamente, Utada había olvidado todo ello y ahora se posicionaba en su contra. Completamente impotente, Subaru no pudo hacer más que quejarse en silencio, ante la calcinante mirada del extremadamente enfadado Arzobispo de la Pereza.

"¡Quédese quieto! ¡No haga ninguna clase de movimiento!" Ordenó Utada nerviosamente, su mirada fija en el enloquecido arzobispo. Quien, al observar el extraño actuar del mercenario, finalmente pareció calmarse. "¡Si no hace como digo, su despreciable compañero tendrá que aprender a vivir sin cabeza!" Si tan solo Utada hubiera prestado atención a la conversación entre Subaru y Petelgeuse, habría sabido que tal amenaza carecía de sentido.

"Mi cerebro tiembla." Dijo Petelgeuse, con sus ojos entrecerrados y un dedo en su boca. "El destino de los necios es perecer ante la fuerza de mi diligente amor por la bruja. Mano Oculta." Con exterior aparentemente calmo, pero espíritu enardecido, Petelgeuse dictó la sentencia de Utada y Subaru, que se encontraba maniatado.

Utada pudo detectar un cambio en la atmosfera, pero cuando lo hizo ya era demasiado tarde. Aquel objeto invisible finalmente se había movido, y sus objetivos eran Utada, y Subaru en sus brazos. Subaru, que era capaz de observar a la Mano Oculta, pataleó y se retorció, pero su resistencia fue en vano.

Ambos, inventor y mercenario por igual, fueron atrapados por el invisible agarre de la Mano Oculta. La fuerza inhumana de la Autoridad de la Pereza detuvo a ambos en su lugar y entonces los alzó en el aire, separando a Subaru del fuerte agarre de Utada. De no ser porque el mercenario había perdido fuerza en su brazos debido a la estupefacción, es posible que Subaru hubiera sido desgarrado por el choque de las fuerzas de ambos seres inhumanos.

Aun así, eso no significaba que Subaru se había salvado del sufrimiento. Ante la enloquecida mirada de Petelgeuse, Utada y Subaru comenzaron a ser retorcidos por la brutal fuerza de las manos invisibles. Cuales frutas, ambos fueron exprimidos. Subaru intentó inútilmente revelar que él era la anomalía con la que el culto no debía interferir, no obstante, de su garganta solo alaridos de angustia y dolor surgieron.

Con sumo detalle, Subaru pudo sentir y observar como las manos que normalmente serían invisibles le tomaban de las piernas, de los brazos y del torso, y entonces comenzaban a retorcer su cuerpo. El sonido de huesos siendo resquebrajados de pronto abrumó por completo el sonido de alaridos. Utada rugió de ira y frustración, e inútilmente intentó liberarse. Pero esa era una trampa mortal, y de ella nadie se libraría. Ese día, ese bucle, Utada y Subaru encontraron una dolorosa muerte.

Las rodillas y los codos fueron luxados, extendidos hasta distancias antinaturales y luego arrancados de cuajo. Sangre y fragmentos de hueso llovieron sobre el suelo de madera, añadiendo más carmesí a la escena de la masacre realizada por Utada. Luego de que las extremidades fueron cercenadas, las manos que sostenían los torsos oprimieron con fuerza asesina. Órganos, y los fluidos que estos contenían, fueron expulsados por el ano y la boca.

Los intestinos explotaron, añadiendo otro matiz al cuadro carmesí. Con parte de la tráquea y todos los intestinos sobresaliendo, por delante y por detrás respectivamente, ambos herejes encontraron sus muertes. No obstante, Petelgeuse no estaba satisfecho. Diligentemente, el Arzobispo de la Pereza utilizó su Mano Oculta hasta que no quedó más que pulpa del necio que osó profanar el amor de la bruja y del necio que osó entrometerse en su santo deber.

"Al final, ambos realmente fueron pereza… Ja, ja, ja, ja, ja, jajajajajajajajaja…" Ante la traumatizada mirada de un Otto cuya mente y corazón ya habían sido completamente destruidos, obliterados, Petelgeuse rió estrepitosa y desquiciadamente. Solo Otto quedaría como testigo de las consecuencias del ataque de locura de Subaru; sin éste saberlo, Otto finalmente habría compartido plenamente su sufrimiento.


Cero Días desde la Última Muerte (Quince Muertes)

El sonido de sus huesos siendo triturados, el intenso dolor en su garganta, debido a los terribles berridos de agonía que había llegado a proferir, la helada sensación de su cuerpo siendo drenado completamente de su sangre, el insoportable sufrimiento de su cuerpo siendo retorcido por fuerzas sobrenaturales, la agónica explosión de sus órganos internos que finalmente había causado su muerte… Una vez más, el tiempo había sido rebobinado. Su cuerpo se encontraba básicamente intacto, pero lo mismo no podía decirse de su mente.

Su juicio y su razón habían sido eclipsados por sus desequilibradas emociones, y ello le había llevado a cometer una seguidilla de imperdonables errores. Su lengua afilada como el acero había cortado todo lazo de amistad con sus allegados, causando su propio debacle. Sin considerar por un momento lo que estaba diciendo, Subaru había descarrilado por completo el destino de un bucle, llevándolo por el camino de la perdición total.

Una vez más, había quedado demostrado que en sus manos existía el poder de alterar el destino, de alterar las líneas del tiempo, provocando todo tipo de ramificaciones. Si utilizaba inteligentemente la información recolectada en anteriores bucles, entonces tendría la capacidad de, tras considerable esfuerzo y lidiar con incontable sufrimiento, conseguir un resultado favorable. Una línea temporal donde los peores destinos fueran evitados.

Por lo contrario, si no consideraba cuidadosamente los pasos que daba posteriores al forzoso uso de Regreso por Muerte, entonces bien podría traer el infierno a la vida de quienes habitaban ese mundo. Otto, Leith y Utada recientemente habían experimentado la magnitud de cuan terriblemente podía torcerse el destino si Subaru no era cuidadoso.

El dolor, la ira y el sufrimiento le habían llevado a sufrir un ataque de pánico, algo cercano a un arrebato de locura inclusive. Subaru había perdido parcialmente la conexión con la realidad y se había dejado llevar por completo por la amalgama de emociones negativas que residían en su corazón. El Estrés Postraumático estaba haciendo mella en su delicada estabilidad emocional y cada muerte Subaru se encontraba más roto mentalmente.

Viendo en retrospectiva lo ocurrido, Subaru no podía evitar pensar que era inevitable que un episodio de locura como ese eventualmente tuviera lugar. Lamentaba lo ocurrido debido a ello, y se odiaba por ser tan débil que ni siquiera era capaz de mantener control sobre sus emociones; sin embargo, no podía permanecer lamentándose por ello el resto de su vida.

Un mundo entero, una línea temporal, un futuro que nunca tendría lugar… habían sido completamente obliterados por su estupidez. Que el peso de la culpa que le carcomía por dentro fuera suficiente para que nunca volviera a cometer un error semejante; eso es todo lo que Subaru podía esperar. Si de algo había servido ese lamentable despliegue de debilidad emocional, era que finalmente se sentía capaz de seguir adelante.

Ya había desahogado parte del miasma de negatividad que se había acumulado en su alma. La claridad había regresado parcialmente a su mente, y debido a ello podría seguir adelante… No obstante, la cicatriz de una nueva y agónica muerte había sido añadida a su alma. La sensación de su cuerpo siendo exprimido, triturado, permanecía grabada en su mente.

Palideciendo, Subaru cayó de rodillas. Con fuerza apretó la palma de su mano derecha contra sus labios, sellándolos así por completo. Con éxito logró sobrellevar el agónico regreso a la vida; ni una traza de vomito abandonó su cuerpo.

"Estoy bien…" Susurró, al tomar la mano de Otto. El escenario se repetía una y otra vez, y ello resultaba en una gran carga para su inestable psique. Aun así, se tragó las despreciables palabras que amenazaron con salir de su boca y se forzó a sonreír.

"…" Un gesto de incomodidad se dibujó en el rostro de Otto. La sonrisa torcida de Subaru traicionaba por completo sus ingenuas intenciones de aligerar la tensión de la atmosfera de la habitación. Aclarando su garganta, libreándola así de residuos de vomito que se habían estancado allí, Subaru habló.

"Mi plan, ¿verdad?" ¿Cuántas veces había escuchado la misma pregunta? Subaru ya no estaba seguro, le resultaba difícil recordarlo. Para él era como si llevara semanas atrapado en ese mismo punto en el tiempo.

"Ehmm… Sí, Subaru-sama… Aun así, si no se siente en condiciones de pensar en uno, no tiene que forzarse a hacerlo." Respondió Utada, ligeramente inseguro. Es una fachada, pensó Subaru. En el fondo, el mercenario estaba pensando como asesinarlo; o al menos eso pensaba el pelinegro.

"No hace falta que te preocupes por eso, Utada. Me mareé un poco, eso es todo. Para ser honesto, tal cosa es el menor de mis problema. ¿No es así?" Entrecerrando los ojos, Subaru observó detenidamente al mercenario. Éste le devolvió la mirada, y tras unos tensos segundos, asintió.

"Tiene razón, Subaru-sama. Con el culto rondando las calles de la capital, no tenemos tiempo para preocuparnos por nimiedades." Entonces mi salud es una nimiedad, se vio tentando Subaru a responder; no obstante, se abstuvo de hacerlo. Si antagonizaba a Utada, no llegaría muy lejos en ese bucle, de eso estaba seguro.

"Exactamente, Utada, una nimiedad. Cometí un desliz y expuse mi patético miedo por el Culto de la Bruja, eso es todo. No vale la pena que se preocupen por ello." Habiendo dicho eso, Subaru miró a Otto, que estaba a la izquierda del mercenario. "Dejando mi tonto desliz de lado… ¿Otto, recuerdas que te había hablado de mi Protección Divina?"

"¿Eh? ¡Ah, sí! Lo recuerdo vagamente. Algo relacionado con visiones, si no me equivoco." Tras hacer un poco de memoria rápidamente, Otto asintió.

"Bueno, resulta que se activó y pude ver lo que nos espera. Puedo asegurar que mi patética reacción no se debe a que nos espera un futuro prometedor…" Sin entrar en detalles, Subaru nuevamente relató el destino que se avecinaba; aquel que contenía a los dos arzobispos ubicados en el distrito comercial y a los otros dos ubicados en el distrito de la nobleza.

"Mierda…" Murmuró Utada. ¿Acaso lo decía por el peligro que representaban los arzobispos, por la ira calcinante que le causaba escuchar sobre los líderes del culto, o por qué ardía en deseo de ir a cazarlos? Subaru solo podía preguntárselo.

"En efecto, mierda." Comentó Subaru, posando su mirada en el mercenario que normalmente ocultaba sus verdaderas emociones con una capa de indiferencia. "Con cuatro Arzobispos del Pecado asediando la ciudad, nos encontramos completamente atados de manos. Cualquier movimiento que hagamos, podría acercarnos a nuestras prematuras muertes."

"¿E-En ese caso, que consideras que deberíamos hacer?" Le cuestionó Otto, esforzándose, en vano, por ocultar el terror que Subaru había infringido en su espíritu al reportar lo visto en la falsa visión.

"Sí. Como dice Suwen-san. ¿Cuál cree usted que es el mejor curso de acción que podemos tomar, Subaru-sama?" Una vez más, Subaru se preguntaba como su patético ser había llegado a resultar tan confiable para aquellos que le rodeaban. Aunque estaba convencido de que el único que hablaba con completa sinceridad era Otto. ¿Utada? Él probablemente solo quería probarlo. Dependiendo de que optara Subaru por hacer, Utada actuaria de una y otra forma.

"Hey, ¿no creen que están colocando demasiada responsabilidad en mis manos?" Preguntó Subaru, con un gesto complicado. "Después de todo, mi Protección Divina solo me muestra como moriré si sigo un camino predeterminado. No me muestra ninguna de las alternativas."

Ya no quería cargar con la responsabilidad de decidir. Debido a ello, había llevado a Otto, Leith y Utada hacia sus muertes. Debido a ello, había perdido la confianza de Utada y provocado que quien debía protegerle le asesinara. Sus decisiones llevaban la mayoría de las ocasiones a callejones sin salida, que en lugar de terminar en un sólido muro de concreto, terminaban en agónicas muertes.

"Tienes razón… Es cierto que estamos colocando una enorme carga sobre tus hombros, a la vez que renunciamos a nuestras responsabilidades." Respondió Otto apenado, bajando la mirada. "Me gustaría ser más fuerte, más capaz, para así poder ayudarte… Sin embargo, no lo soy. Asimismo, me gustaría poder decirte que gracias a lo que relataste sobre tu visión, encontré la manera de sobrevivir al ataque del culto. Pero no puedo… Realmente no sé cómo ayudarte, más que ofrecerte mi apoyo. Y si cometieras el error de pedir mi opinión sobre lo que deberíamos hacer, traicionaría tu confianza al dejarme llevar por el miedo que me invade. Porque sé que no importa lo que pase, tú no abandonarás a quienes son importantes para ti. Tú jamás abandonarías a Anastasia…"

Con autodesprecio y vergüenza desbordando de su cuerpo, Otto explicó su razón para no aportar ideas sobre el que debían o no hacer. Subaru lo entendió perfectamente. Su amigo se estaba viendo superado por las terribles circunstancias, y prefiriendo no proponer una salida tan cobarde como el abandonar la capital por sí mismos, optó por simplemente abstenerse de expresar cual curso de acción consideraba que debían seguir.

"No hace falta que me coloques en un pedestal, Otto. Yo entiendo cómo te sientes, así que no hace falta que bajes la mirada. Si yo estuviera en tu lugar, probablemente me sentiría de manera similar." Admitió Subaru, con una sonrisa torcida. Otto le regresó el gesto; una sonrisa melancólica se dibujó en su rostro. Estaban lidiando con el grupo de personas más peligroso de ese mundo, cualquier sentimiento derrotista estaba completamente justificado.

Suspirando profundamente, Subaru se volteó hacia Utada. Él mercenario rápidamente comprendió el mensaje. "Yo haré lo que usted ordene, Subaru-sama." Otro suspiro lamentoso fue exhalado. Una vez más, Subaru era él responsable de tomar las decisiones que definirían el curso de sus vidas.

"Bien, como sea…" Murmuró abatido. Ese resultado no era inesperado. Utada deseaba dejar a Subaru elegir, para así impartir su injusto juicio sobre él. Y Otto, que en otras ocasiones podría haber aportado ideas, aunque fueran escazas, había sido completamente abrumado por la información recolectada por Subaru. Cuatro arzobispos, cuatro caminos de muerte y cero alternativas; escapar estaba fuera de la cuestión. "Iremos al castillo y nos reuniremos con Anastasia."

"…" Esa no era una afirmación que resultara sorprendente para sus compañeros. Tal vez por ello ninguno fue movido en absoluto por sus palabras. Aun así, ambos se abstuvieron de hablar. Después de todo, podían percibir que Subaru no había terminado de hablar.

Subaru no podía negar que le molestaba que Otto, quien en otros bucles había aclamado que le ayudaría, fuera incapaz de aportar opciones válidas para sobrevivir a ese maldito juego del destino. También le molestaba que Utada le estuviera poniendo aprueba solo por el olor que involuntariamente emanaba de su cuerpo. Aun así, debía impedir que ello le afectara como lo hizo durante el bucle anterior.

"Pero antes…" Ya lo había pensado durante otro bucle, pero había desechado la idea al considerar que tomaría mucho tiempo. Aun así, de nada le servía ahorrarse el gasto de tiempo si nunca lograba su cometido de llegar al castillo. "Iremos al mansión de Anastasia." Específicamente, irían por Halibel, la mejor carta en su mazo.