Contrataque al Atardecer
Una Hora y Diez Minutos desde la Última Muerte (Quince Muertes)
La declaración de Subaru fue precedida por otro extenso y pesado silencio. De su boca habían surgido gran cantidad de mentiras y artificios, patéticos intentos de ocultar sus circunstancias y debilidades. En unas ocasiones había mentido por voluntad propia, y en otras había sido coaccionado a hacerlo. Después de todo, grande sería el castigo que caería sobre él si se atrevía a romper el tabú de la sombra.
Un dolor insoportable e infernal sería la consecuencia de intentar revelar la verdadera naturaleza de su habilidad, que fungía tanto como bendición, como maldición. Y esto solo podía hacer más sorprendente el hecho de que durante el bucle anterior, en medio de un violento arrebato de locura, se sublevara en múltiples ocasiones en contra la sombra que le atormentaba.
Si Subaru se esforzara por recordar en cuantas ocasiones intentó revelar la verdad a Utada, Otto y Leith, esto resultaría en vano. Había roto el tabú de la malévola y celosa sombra en demasiadas ocasiones. Las lágrimas carmesí, el vómito sangriento, y el sangrado nasal y de oído, que terminaron mancillando por completo su rostro, fueron prueba de que tan lejos llegó en su intento de, por al menos una sola vez, expresar lo que yacía oculto en lo profundo su alma.
Sin embargo, su esfuerzo en efecto había sido en vano. Al final, en lugar de verdades, de su boca no surgieron más que gritos carentes de razón y coágulos sanguinolentos. Ahora la cicatriz dejada por sus repetidos intentos de traición hacia la sombra era aquel insoportable dolor que quedó grabado en su mente; una cicatriz psicológica que le atormentaría el resto de su vida. Subaru antes temía romper el tabú, pero ese temor había evolucionado en un horror paralizante.
Aun así, él había sido capaz de ignorar el terror y el agonizante dolor, y había seguido intentando fútilmente el superar el sello de la sombra; eso dice mucho sobre qué tan trastornado y desquiciado se encontraba durante ese arrebato de locura e ira. Subaru había enloquecido y su mente había sido capaz de ignorar temporalmente el dolor infringido por la sombra, sin embargo, él no podía afirmar que lo mismo ocurriría de nuevo.
Además, intentar revelar la existencia de su misteriosa habilidad, Regreso por Muerte, no solo provoca la aparición del ente sombrío, que augura una paranormal e insoportablemente extensa tortura, sino que causa que la energía de su cuerpo se vea drenada violentamente. Porque, no importa cuánto sufra su cuerpo durante la infinita tortura de un milisegundo, su vida nunca será extinta. Si su corazón es destrozado mil veces, mil veces su corazón será regresado a la normalidad.
En ese infinito lapso inferior a un segundo, el tiempo se detiene y la sombra hace con su cuerpo lo que le plazca. Con la única secuela real siendo un cansancio indescriptible y la sangre acumulada en su cuerpo, que inmediatamente terminada la tortura es expulsada por los orificios de su cabeza. Siendo la sangre una anomalía nacida de la celosa desesperación de la sombra.
Por lo tanto, mentir no era producto únicamente de su egoísmo y estupidez, de sus debilidades. Si Subaru llegó a acostumbrarse a ocultar tanto, es debido especialmente a sus despreciables circunstancias. Subaru no tenía control sobre la sombra cuya mano implicaba un dolor indescriptible, y, ultimadamente, tampoco tenía control sobre las circunstancias desesperanzadoras que le llevaban a tomar decisiones desesperadas.
Subaru no deseaba crear un arma, y definitivamente no quería ocultarle la creación de una reinvención a Anastasia. Aun así, después de sufrir dos atentados en contra de su vida, Subaru inconscientemente comenzó a necesitar algo con lo que defenderse. Subaru se esforzó por evitar recurrir a ello, temiendo convertirse en el responsable de miles de muertes, pero su falta de talento le cerró los pocos caminos alternativos que le quedaban. Al final, Subaru se vio obligado a tomar decisiones que no deseaba y a callárselo.
Existía aquello que no quería decir, y por lo tanto mentía al respecto. Existía aquello que necesitaba decir, pero tenía prohibido hacerlo, y por lo tanto mentía al respecto. La mentira se había convertido en la única manera que tenía para poder mantener la frágil y poco estable vida que había construido en ese mundo. No obstante, es bien sabido que una mentira es imposible de mantener oculta por siempre…
Había mentido por deseo y por obligación, sin embargo, sus deseos poseían nulo valor en comparación con aquello que le obligaba a mantener oculta la verdad. Por lo tanto, solo aquello sobre lo que había mentido para mantener las apariencias y para evitarse indeseados problemas, terminó siendo revelado. Revelar que su Protección Divina no era más que una fachada para su verdadera habilidad era imposible.
Ocultarles a Anastasia, a Julius y a los líderes del Colmillo de Hierro, la existencia del boceto del arma de fuego y la verdadera afiliación de Halibel, había sido un error, y ahora podía verlo; al menos debió de haber hablado de ello con Anastasia. La presión, el miedo y el estrés le habían empujado a tomar decisiones equivocadas. Mentir había resultado ser contraproducente. Subaru no se sorprendería si ello provocara la pérdida total de la confianza que poco a poco se había ganado.
Fue por ello por lo que, mientras el tenso silencio seguía extendiéndose segundo a segundo, Subaru comenzó a analizar en su mente diversos cursos de acción por tomar. ¿Cuáles eran las probabilidades de que Ricardo quedara satisfecho con sus palabras? ¿Acaso había logrado convencerlo? ¿Había convencido a los dos trillizos?
En un instante todo lo que Ricardo, Tivey y Hetaro pensaban de él había sido obliterado. La percepción que los tres tenían de Subaru sin lugar a dudas había sido alterada como resultado de ello. Probablemente lo mismo había ocurrido con los miembros restantes del Colmillo de Hierro, pero a Subaru no podía importarle menos la opinión de esos mercenarios. Su destino dependía de los líderes de la organización, no de esos empleados.
Si Subaru había fallado en trasmitir sus sinceras emociones a los demi-humanos, entonces una vez más se vería en la necesidad de tomar una decisión desesperada, una difícil decisión que podría alterar enormemente el rumbo de su vida en ese mundo, alejándolo por completo de aquellos a los que había llegado a apreciar. Justamente lo que había deseado impedir, al ocultarles la verdad. Irónicamente, o tal vez no tan irónicamente, esas mentiras no habían hecho más que acelerar el proceso de distanciamiento.
¿Qué haría? El mismo Subaru aún no lo tenía claro. No obstante, una súbita y salvaje sugerencia surgió de lo profundo de su subconsciencia. Aborrecible era la parte de él que había concebido tan despreciable idea. Tivey, Hetaro y Ricardo, personas de ese mundo que en algún momento le tendieron la mano y le apoyaron cuando más lo necesitaba. Pensar en pagar la bondad de esos demi-humanos de tal forma…
Aun así, la sugerencia reverberó en su mente una y otra vez, hasta que Subaru realmente comenzó a considerar darle uso. ¿Lo haría? ¿Convocaría al Culto de la Bruja y los usaría para asesinar a los mercenarios? No, eso no funcionaría. Existía la posibilidad de que Halibel no lo aceptara, después de todo, él había trabajado junto a ellos durante meses… Aun así, Halibel había afirmado sentirse aburrido de trabajar como mercenario…
¿Acaso funcionaría? Tal vez los seguidores de los arzobispos no bastarían para asesinar a los más poderosos del Colmillo de Hierro, pero en efecto servirían para facilitar su propio escape. Huiría de la mansión junto a Halibel utilizando a los cultistas como distracción y se apresuraría en llegar al castillo. Una vez le explicara todo detenidamente, Anastasia lo comprendería. ¿Verdad? Ella lo entendería. Ella sería capaz de entender sus razones y las aceptaría, y entonces lo consolaría, aliviaría la carga emocional y la culpa que le abrumaban.
No. Anastasia jamás recibiría a una basura como él con los brazos abiertos. Una vez ella se enterara de sus traicioneras acciones, Anastasia sin lugar a duda lo consideraría un problema con el que tendría que lidiar. Subaru dejaría de ser útil para ella, Subaru se volvería un peligro. Lo despediría, o peor… No, si eso sucedía de esa manera, simplemente tendría que raptarla. Sí, si era necesario, la protegería del destino a la fuerza, incluso contra su voluntad…
Que mierda estoy pensando; ese pensamiento de pronto surgió y el anterior tren de pensamiento se detuvo abruptamente. Si secuestraba a Anastasia con la excusa de protegerla, entonces finalmente perdería todo aquello por lo que se había esforzado. En verdad estoy perdiendo la cabeza… Subaru había cedido terreno ante la parte corrompida de su ser y casi había cometido un terrible error.
Utilizar al culto ya no era una opción. No solo por el peligro que ello implicaba, sino porque no deseaba traicionar genuinamente a Anastasia y sus empleados. Subaru en verdad era leal a Anastasia, y así deseaba mantenerse. En dado caso, solo le quedaba una opción. Aceptaría el castigo de Ricardo, aceptaría el juicio de Utada y moriría a mano de quienes consideraba aliados. Entonces empezaría de cero y se aseguraría de mantener sus mentiras ocultas hasta el fin de sus días…
"Te creo, chico. Bueno, realmente nunca dudé de ti. Estás medio loco, y a veces haces que nos preocupemos un poco por tu salud, pero nunca has mostrado indicio alguno de tener la intención de traicionarnos. Si realmente lo quisieras, lo habrías hecho hace mucho tiempo. Después de todo, oportunidades no te hicieron falta. Además, la señorita en verdad te necesita para lograr sus objetivos. Así que confiaré en tu palabra, Subaru."
"¡¿Eh?!" Subaru, que en su mente solo había considerado los peores escenarios, no pudo más que responder con una expresión de estúpida confusión.
"¿Por qué suenas tan sorprendido, Subaru Onii-san? En Priestella arriesgaste tu propia vida para salvar la de la señorita, la de mis hermanos y la mía; de no ser por ti, hoy no estaría aquí, cumpliendo mi deber. Desde ese momento, todo rastro de desconfianza que pudiéramos sentir hacia ti desapareció por completo." Quien respondió ante el gesto de desconcierto de Subaru fue Hetaro, que utilizando sus muletas se acercó a él con una sonrisa plasmada en su rostro.
"Es como dice mi hermano, desde ese día te ganaste por completo nuestra confianza y aprecio. Jamás traicionaríamos ese bondadoso sacrificio dudando de ti. Además, si lo hubiéramos hecho, nuestra hermana nos habría matado." Añadió Tivey, colocándose al lado de su hermano.
"Así que no tienes que estar tan tenso, chico." Finalizó Ricardo, palmeando a Subaru en la espalda. Sin embargo, inmediatamente después añadió. "Por supuesto, tendremos que informar la pequeña señorita al respecto, pero no dudo que ella también lo entenderá. También nos gustaría que nos explicaras con detalles todo esto del artefacto arma, del miasma de la bruja y del asunto de Halibel realmente trabajando para ti y no para el Colmillo de Hierro. Pero ya tendremos oportunidad de lidiar con ello una vez hayamos superado esta maldita crisis."
Sonrisas se habían dibujado en sus anteriormente tensos rostros, sin embargo, para Subaru estaba claro que todo ello era una fachada. Y no es que él hubiera detectado mentira alguna en las palabras de los líderes del Colmillo de Hierro, tan solo que esas falsas expresiones de tranquilidad no eran más que el intento de éstos por calmar a un visiblemente agitado Subaru.
Todos allí habían sido testigos de los terribles ataques de pánico del pelinegro, y lo que menos deseaban era que uno de ellos tuviera lugar allí, en ese momento. Tranquilizar a Subaru, que en su mente se había rendido ante el peor de los destinos, dígase morir a manos de sus propios aliados, se había vuelto una prioridad. Pero eso no significa que no estuvieran disgustados por sus acciones furtivas. Lo estaban, y mucho.
Las mentiras de Subaru en efecto habían diezmado parte de la confianza le tenían, y eso era inevitable. Reparar la relación que habían formado no sería fácil, pero ese no era momento para pensar en ello. Un peligro de gran escala se cernía sobre ellos, por lo que no tenían tiempo para lidiar con conflictos internos.
Todos allí estaban de acuerdo en que, a pesar de que sus acciones habían sido despreciables y deshonestas, dignas de total desconfianza, Subaru merecía una segunda oportunidad; después de todo, sus aciertos eran abrumadoramente superiores a sus desaciertos. Comprendiendo el cómo se sentían realmente, Subaru resolvió demostrar que confiar en él había sido decisión correcta salvando a Anastasia; una vez más todo concurría con ese objetivo de vital importancia.
Por lo tanto, todos estaban de acuerdo con tal conclusión temporal; todos menos una persona. "¡Tienen que estar bromeando! ¡¿Es que acaso son estúpidos?! ¡¿No ven que él es el enemigo?!" Utada, que permanecía inmovilizado en el suelo, gritó encolerizado.
"Utada, comprendo tu enojo, pero necesito que te calmes de una buena vez. Hasta el día de hoy siempre has sido un subordinado disciplinado, y por ello estoy dispuesto a ignorar tu comportamiento insurgente y tu intento de ataque a Subaru. Pero no voy a permitir que sigas insultándolo a él y a nosotros, tus líderes." Dijo Ricardo con una mirada hostil en su rostro. El capitán del Colmillo de Hierro se acercó a Utada y le miró desde arriba, esperando la respuesta de éste.
"¡Coma mierda… capitán! ¡Ese cultista de la bruja infiltrado les lavó el cerebro, por eso lo protegen aun cuando acaba de aceptar haber actuado a sus espaldas durante todo este tiempo!" Pero Utada no se vio intimidado por las palabras de Ricardo, todo lo contrario, su ira solo había aumentado.
"Hablas del hombre que salvó a la señorita, tu patrona, ¿acaso no lo entiendes?" Aunque el aura de hostilidad de Ricardo incrementaba contantemente a la par de la ira enceguecedora de Utada, éste aún se estaba esforzando por mantener la calma. El Colmillo de Hierro no sacrificaría a uno de sus "hermanos" si era posible impedirlo; en ese momento corregir el accionar de Utada y hacerle ver que estaba dejándose llevar por su ira era primordial.
"¡Usted es el que no entiende, capitán! ¡Tiene que recapacitar! ¡Todo eso fue una farsa, una mentira! ¡Lo hizo para ganarse su confianza y así infiltrarse más fácilmente en la facción de Anastasia-sama! ¡Es probable que su verdadero objetivo sea la Selección Real!" Los delirios de Utada habían llegado demasiado lejos. Sin embargo, Subaru no podía afirmar tranquilamente que carecían por completo de sentido. Dependiendo de cómo se analizaran las acciones de Subaru desde que se reunió por primera vez con Anastasia, podría decirse que las afirmaciones de Utada poseían cierto grado de veracidad.
Mierda, Ricardo y los trillizos dijeron confiar en mí, pero las palabras de Utada podrían hacerlos cambiar de opinión si es que no se calla; pensó Subaru, sus preocupaciones una vez más en ascenso. Lanzando miradas nerviosas a los líderes del Colmillo de Hierro, Subaru nuevamente comenzó a considerar cual podría ser su mejor curso de acción. ¿Debía ordenarle a Halibel que silenciara de por vida a Utada? No, él sabía que con ello solo provocaría la ira de los mercenarios. En ese caso, solo le quedaba un opción.
"¡Mierda, Utada, dices eso porque no estás pensando con claridad, pero-!" Antes de que el capitán de los mercenarios pudiera seguir hablando, Subaru se colocó frente a él, interrumpiéndolo.
"Déjamelo a mí, Ricardo." Le dijo Subaru, mirándolo de soslayo. Por un momento, Ricardo no supo cómo responder, sin embargo, tras unos segundos una sonrisa se formó en su rostro y entonces levantó uno de sus pulgares. "Gracias por confiar en mí…" Susurró Subaru mientras su mirada volvía enfocarse en lo que tenía frente a él. Allí, con el entrecejo fuertemente fruncido, se encontraba Utada completamente inmovilizado.
"¡Maldito traidor, nada de lo que digas bastará para convencerme! ¡Toda mi vida me he movido con un único objetivo en mente! ¡Así que no importa cuánto lo intentes, a mí no me podrás lavar el cerebro!" En silencio, Subaru esperó a que Utada finalizara su berrinche. Una vez vio su oportunidad, Subaru dijo lo único que podía decir en un momento como ese.
"Yo sé que venganza es todo lo que anhelas." Subaru ya había sido testigo de ello a lo largo de ese ciclo de muerte, Subaru había presenciado de primera mano el odio inconmensurable de Utada, y en sus carnes había sufrido la sed de sangre que movía al mercenario. "Probablemente te convertiste en mercenario porque eran consciente de que tenías que volverte más fuerte para lograr consumar tu venganza. También es probable que lo hicieras pensando que en algún momento te contratarían para atacar al Culto de la Bruja; después de todo son bastante odiados en todo este mundo. ¿Me equivoqué en algo, Utada?"
"¡Tch! ¡Maldito chiquillo insidioso! ¿Qué crees que lograras diciéndome todo eso? No es como sea un secreto que odio al Culto de la Bruja. Es probable que también sepas que lo hago porque atacaron mi aldea cuando solo era un niño y asesinaron a mi familia. ¡¿Y qué con eso?! ¡Tú apestas al miasma de la bruja! ¡Apestas a los asesinos de mis padres, a los destructores de mi hogar! ¡La única razón por la que no te maté antes es porque no habías hecho nada que justificara el que lo hiciera! ¡Pero ahora tengo suficientes razones para tildarte de traidor, así que haz que tu perro faldero quite ese kunai de mi espalda para que pueda destrozarte con mis propias manos!"
"Halibel…" Tranquilamente, Subaru dijo el nombre del guerrero Shinobi. Utada por un momento no comprendió el porqué de ello.
¿Es que acaso se atrevería a liberarlo? Pero Subaru no era tan estúpido como para hacerlo. Lo que Utada no sabía es que su vida estuvo a pocos centímetros de ser segada. Halibel estaba harto de las afirmaciones de Utada en contra de Subaru, y cuando éste amenazó una vez más con matarlo, él lobo negro estuvo dispuesto a asesinar a Utada. De no ser por Subaru, Utada habría muerto en ese momento.
"…" Incapaz de moverse, Utada no hizo más que lanzar una silenciosa mirada de odio a Subaru. Tras un pesado suspiro, el joven pelinegro reanudó la conversación.
"Es cierto que he ocultado varias cosas que no debí haber ocultado. Y aunque tuve mis razones para hacerlo, eso no lo justifica. Aun así, no fue hasta hace poco que me enteré de que apesto al miasma de la bruja, y no estaba completamente seguro de ello… Así que gracias por confirmar mis sospechas, Utada." Poniéndose de cuclillas, Subaru habló tranquilamente con un cada vez más molesto Utada. El hecho de que una sonrisa extremadamente falsa se estuviera dibujando en el rostro de Subaru, solo servía para fastidiar todavía más al mercenario con facciones de tigre. "Sin embargo, no soy lo que crees. Y eso es algo que quiero que quede completamente claro de una vez por todas; y espero no tener que repetirlo en otro bucle."
"¿Hmm?" La forma en que Subaru expresó lo último que dijo desconcertó no solo a Utada, sino que también al resto de los presentes. Aun así, Subaru no lo explicaría; no podría hacerlo aunque quisiera.
"No soy un miembro del Culto de la Bruja; y quiero que todos aquí presentes se lo graben en su cabeza, así que lo diré de nuevo. ¡No soy un jodido miembro del Culto de la Bruja! ¡Los odio tanto como ustedes, tal vez incluso más! ¡Y sí, eso te incluye, Utada! ¡Así que deja de insultarme diciendo que soy un cultista infiltrado!" Fervientemente, Subaru negó su afiliación al Culto de la Bruja, cuyos miembros le habían hecho sufrir insoportables penurias a lo largo de ese ciclo de muerte.
"¿En serio eres tan ingenuo? Crees que con decir solo eso bastará para que te crea." Insistió Utada. Una respuesta más que esperable, por lo que Subaru no mostró el menor signo de frustración en su rostro.
"Y no hace falta que lo hagas, Utada. El simple hecho de que estés vivo y esté discutiendo tranquilamente contigo a pesar de que intentaste matarme, es prueba de que no soy un traidor." Tras decir esto, Subaru y Utada se miraron el uno al otro en completo silencio. Fue entonces que Subaru sonrió una vez más; una asquerosa y falsa sonrisa. "Tú no eres estúpido, Utada. Para este punto ya debiste de haberlo entendido… Así que ayúdanos a llegar al castillo a salvo. En el camino tendrás oportunidades de sobra para vengarte del culto, te lo aseguro." Utada estaba por reprochar, pero Subaru se le adelantó. "Lo entiendo, no confías en mí. Aun así, no es necesario que lo hagas. Vigílame todo lo que quieras. Al final entenderás que si quieres vengarte del Culto de la Bruja, me necesitarás."
Una atmosfera de silencio entonces se asentó en la habitación. Todos allí esperaban atentos a la repuesta del mercenario inmovilizado. Entonces toda la tensión fue disipada por un gruñido de frustración. "Mierda… Supongo que tienes razón. Si realmente lo quisieras, yo ya estaría muerto." La tensión acumulada en músculos de Subaru entonces fue liberada abruptamente, relajándose visiblemente, al punto en que tuvo que ponerse en pie o de lo contrario habría caído de cara contra el suelo.
"Dicho eso," Dijo Subaru, siendo una vez más el encargado de retomar la conversación. "me gustaría dejar en claro otra cosa. El olor de la bruja que emana de mi cuerpo sirve para atraer al Culto de la Bruja, es por ello por lo que nos atacaron hace poco. Y por alguna razón que se escapa a mi conocimiento, eso también está relacionado con el hecho de que los Arzobispos del Pecado me favorecen ligeramente. Y eso no significa que sean mis aliados, simplemente no me van a asesinar."
"Eso suena jodidamente sospechoso, Subaru-sama." Nuevamente respondió Utada antes que nadie más tuviera la oportunidad de hacerlo. El hecho de que una vez más utilizara honoríficos al decir el nombre de Subaru era prueba de que su ira había sido considerablemente aplacada.
"Lo sé, lo sé. Pero eso también significa que podríamos tener la oportunidad de arribar al castillo sin un solo rasguño. Y si ello falla, entonces serviré como un señuelo para los Arzobispos del Pecado, estoy seguro de que no quieres desaprovechar la oportunidad de enfrentarlos, ¿verdad, Utada?"
Subaru sabía que revelar que los arzobispos le favorecían podía provocar que todos sus esfuerzos por convencer a Utada y los demás miembros del Colmillo de Hierro terminaran siendo en vano, pero también sabía que ocultarlo también lo haría. Ese era otro de los misteriosos aspectos que le rodeaban que eventualmente saldría a la luz, así que Subaru consideró que le mejor momento para hablar de ello era ese.
"Como sea. Si en algún momento me parece que piensa traicionarnos, no dudaré en rebanarle la garganta con mis propias garras… señor."
"Me parece perfecto." Respondió sarcásticamente Subaru.
"El arma, Halibel, el miasma de la bruja, los Arzobispos del Pecado… Voy a tardar semanas procesando toda esa información." Murmuró uno de los trillizos.
"Sí…" Respondió el otro. Esa corta conversación provocó varias risas tenues, haciendo por fin más ligera la atmosfera de la habitación.
"Lo manejaste bastante bien, chico. ¡Estoy orgulloso!" Dijo Ricardo, dándole a Subaru otra fuerte palmada en la espalda; éste le agradeció con un ligero gesto de dolor en el rostro. "Aun así, todo esto del miasma de la bruja y que los Arzobispo del Pecado te favorecen… Como dijeron los pequeños… ¿Subaru, podrás explicarlo luego con más detalle?"
Ya habiendo recuperado el aliento, Subaru negó con una expresión de seriedad en el rostro. "Ni siquiera yo mismo lo entiendo, así que me temo que no. Con suerte, si vencemos a alguno de esos malditos lunáticos, podremos preguntárselo directamente."
"Hmm… Me parece bien, chico. Démosles una paliza a esas alimañas." Habiendo llegado a un acuerdo, Ricardo y Subaru compartieron sonrisas; así fue hasta que una voz fastidiada llegó a sus oídos.
"¡Subaru-sama, podría hacer algo respecto a mi parálisis." Se trataba de una queja de Utada, que permanecía inmovilizado en el suelo.
"Halibel." Comandó Subaru.
"Si intentas hacerle algo a Su-san, no vivirás para ver el anochecer." Amenazó el Shinobi a Utada, mientras se agachaba cerca de su espalda. Tras llamar a uno de los curanderos, removieron el kunai y Utada recuperó la movilidad. Fue entonces que finalmente comenzaron a planear el cómo llevarían a cabo el recorrido por la cuidad. Sin embargo, aún habían un asunto por resolver.
"Subaru, realmente necesito ir por mi familia." Se trataba de Leith, quien, con Otto a su lado, se había acercado a Subaru para recordarle aquello que le había prometido en el antiguo taller.
"¡Cierto! Lo siento, lo había olvidado." Exclamó Subaru, causando que el artesano frunciera ligeramente el entrecejo. "Ricardo, necesito que les órdenes a tus mercenarios que no permitan que ninguno de estos dos abandone la mansión."
"¡¿Q-Qué dices, Subaru?!"
"¿Qué pretendes, Natsuki?"
Como era de esperarse, ninguno de sus colegas tomó bien semejante petición. Sin embargo, Subaru ya una vez había renunciado a su amistad con ellos y no estaba dispuesto a volver sobre sus pasos, ya era demasiado tarde para tener consideraciones. Aun si ello causaba que Otto y Leith le odiara por el resto de sus vidas, los retendría a la fuerza en la mansión. Haría todo lo necesario, ese era el alcance de su resolución.
¿Acaso los débiles tienen derecho a decidir? Esto aplicaba tanto para sus colegas como para él. Subaru no deseaba tomar medidas tan extremas para manejar las situaciones con las que tenía que lidiar, pero si no lo hacía, por siempre pesaría en su consciencia que podría haber hecho algo por sus compañeros, pero no lo hizo.
Las imágenes de sus cuerpos inertes siendo torturados por Capella destellaron en su mente. Subaru no estaba dispuesto a seguir soportando con esa carga emocional. Si el resultado eran resentimientos y odio, eso no le resultaba importante; ya no había razón para que le importara. Subaru, por una última vez, alteraría sus destinos. A partir de eso momento, finalmente sus vidas ya no le concernirían; la deuda entonces estaría saldada. Esa sería su forma de pagarles por ser los primeros en ofrecerle estabilidad, amistad y apoyo en ese maldito mundo hostil.
"No había querido hablar de esto, pero ya que estamos en racha de revelaciones, se los diré." Como era de esperarse, esas palabras causaron que todos los presentes se tensaran nuevamente. Por suerte para la mayoría de ellos, la revelación no sería tan trascendente como las anteriores. "Otto, Leith, ¿recuerdan que les dije que mis visiones no fallan?" No hubo respuesta; estaban molestos. "Leith, la visión que recibí no fue exactamente como les dije, dado que me vi en la necesidad de omitir una parte. Y eso es que, antes de toparnos con los Arzobispos, nos desviamos y fuimos por tu familia. Lo que encontramos ahí es una las principales razones por la que decidí venir por el arma y Halibel. En esa visión, íbamos por tu familia y ello era el causante de nuestra muerte a manos de los Arzobispos del Pecado."
"¡Hnk! ¿M-Mi familia? Entonces-" Leith aún parecía no comprender del todo lo que Subaru quería dar a entender; el brillo de la esperanza no había desaparecido de sus ojos. Y Subaru sería el encargado de hacerlo desaparecer.
"Están todos muertos, sus cadáveres no son más que la expresión artística de alguno de los tantos degenerados del Culto de la Bruja." Las reacciones no tardaron en llegar. El piso del salón de la mansión terminó cubierto por el vómito del artesano. Otto corrió para sostener a un Leith que estaba por desmayarse, pero Subaru no pareció afectado en lo más mínimo por la escena. No podía compararse con su reacción al momento de ver de frente los cadáveres de su familia.
"… ¡Leith, respira hondo!" Mientras un alarmado Otto se esforzaba por ayudar a un pálido Leith, Subaru continuó con lo que estaba diciendo.
"Así que no voy a permitir que desperdicien su vidas y la de alguno de los miembros del Colmillo de Hierro, regresando al distrito comercial." Concluyó Subaru, volteándose a mirar a Ricardo. El mercenario, comprendiendo lo que Subaru quería transmitirle, asintió.
"Entiendo, Tivey y Hetaro se asegurarán de que ninguno de los encargados de vigilar la mansión les permita abandonarla hasta que hayamos regresado." Si Ricardo estaba o no de acuerdo con sus métodos, eso era un misterio, sin embargo, el capitán del Colmillo de Hierro aceptó sin problema su petición. Los trillizos, de igual manera, asintieron sin oponerse a la decisión de Subaru.
"Gracias." Haciendo una pequeña reverencia, costumbre que aún mantenía de su país natal, Subaru les agradeció. Quien no parecía agradecido era Otto, que molestó confrontó a Subaru sin alejarse del lado de un semiconsciente Leith.
"¡¿Quién te dio el derecho a decidir sobre nuestras vidas, Natsuki?! ¡Tú no eres el dueño de nuestros destinos!" Para sorpresa de Otto, esa última afirmación causó que Subaru reaccionara violentamente.
"¡Créeme, lo sé muy bien! ¡Sin embargo, mi maldita bendición me hace el único responsable de los destinos de todos los que me rodean, y estoy cansado de ello! ¡No voy a cargar con la culpa de tu muerte y la de Leith, Otto, así que se quedarán aquí lo deseen o no!"
"Natsuki… ¿Qué diablos te ocurrió?" Le cuestionó Otto, conmocionado. La persona que estaba encarando no era el mismo Subaru que conoció en el distrito comercial hace más de un año atrás.
"Empecé a ver las cosas como son, Otto. Comprendí que si quiero ganar este maldito juego del destino, tendré que hacer todo lo que haga falta, incluso si ello implica ensuciarme un poco las manos. Entendí que si no descarto todo lo que no me resulta completamente prioritario, que si no renuncio a aquello que simplemente no puedo proteger, entonces terminaré perdiéndolo todo. Así que puedes agradecerme luego…"
"¿Agradecerte…? ¿Acaso no lo entiendes? No tienes por qué cargar con toda la responsabilidad por ti solo. ¡No intentes resolver todo por tu cuenta! Así que por favor, no nos hagas a un lado…" Con palabras de súplica, Otto, en un último intento desesperado, estiró su mano hacia Subaru, esperando que él la tomara.
"Otto, lo siento, pero soy el único capaz de resolver todo esto; pero para ello he tenido que sacrificar demasiado, así que es mejor que se mantenga así." Respondió Subaru egoístamente, rechazando la mano de Otto; su maldito infundado orgullo volvía a filtrarse entre sus palabras.
Una vez más se negaba a empatizar con el dolor de los demás. Pero era necesario. Para mantener la poca cordura que le quedaba se desprendió de aquello que no consideraba prioritario, daría la espalda a aquellos que entorpecieran el alcanzar sus objetivos y a sus sentimientos; porque era débil, tenía que recurrir a ello.
Otto, agobiado, finalmente comprendió que no convencería a Subaru con nada de lo que dijera y dejó caer su mano, abatido. Subaru entonces se alejó de Otto y se acercó a Ricardo. Ambos, junto a Halibel y el resto de los mercenarios que irían al castillo, comenzaron a trazar apresuradamente un plan con base en la información recolectada por Subaru a lo largo del actual ciclo de muerte.
Una Hora y Veinte Minutos desde la Última Muerte (Quince Muertes)
En medio de una calle tapizada con muerte, un siniestro sujeto se encontraba. Sus dientes amarillos, uñas carcomidas y pelo grasiento, eran prueba de que éste no se preocupaba demasiado por su aspecto e higiene personal. Su mirada vacía, carente de razón, se encontraba enfocada en un solo punto ubicado a varios metros frente a él. Lentamente, una sonrisa desencajada reptó por su pálido y poco saludable rostro.
Allí donde estaba mirando el sujeto, la entrada a un angosto y solitario callejón, apareció un sequito de personas encapuchadas, sus rostros completamente ocultos. Sin embargo, la aparición de este peculiar grupo no fue el causante de aquella enloquecida sonrisa, sino el joven pelinegro que caminaba en medio del sequito de encapuchados. Sin producir silencio alguno, el grupo de personas se trasladó por la calle pestífera, cuyo aire hedía a sangre.
Unas cuantas zancadas bastaron para que el sujeto de mirada maniática y el peculiar grupo de encapuchados se encontraran cara a cara. No obstante, el sujeto enfermizo ignoró por completo al peculiar grupo de personas y posó su mirada en el único joven cuyo rostro era visible. El joven y el desquiciado hicieron contacto visual, y entonces la sonrisa del hombre se ensanchó aún más, hasta súbitamente desaparecer y transformarse en un gesto de completo disgusto.
"Es un placer conocerlo finalmente, Arzobispo Romanée-Conti. Mi nombre es Subaru Natsuki, y soy la anomalía que le indicaron aparecería."
