La Inagotable Diligencia del Perezoso
Una Hora y Diez Minutos desde la Última Muerte (Quince Muertes)
"… ¿Estás completamente seguro de hacerlo? Si algo sale mal…"
"No me pasará nada, Ricardo. Como ya dije, el culto no me hará nada siempre y cuando yo no me muestre directamente hostil hacia ellos."
"Aun así, sigue siendo demasiado arriesgado."
"Y no solo será arriesgado para usted, Subaru-sama. No olvide que yo no confío del todo en usted; ¿cómo puede asegurarme que no intentará aprovecharse de que estará alejado de nosotros para trazar un plan con el arzobispo?"
"Si ese fuera el caso, no le habría pedido a Ricardo que reuniera a los miembros más capaces del Colmillo de Hierro disponibles. Con ello solo estaría complicando más esta supuesta traición de la que hablas."
"Podría tratarse de un intento por disminuir la seguridad de la mansión. Así, mientras se encuentra lejos de nuestro alcance, podría indicar al arzobispo que es el momento indicado para atacar la mansión. O tal vez pretende asesinar a varios de los guerreros más poderosos del Colmillo de Hierro a la misma vez."
"Estás analizando demasiado las cosas, Utada. Sigh… ¿Ves esto? Es el metia que estúpidamente dejé en mi habitación cuando salí de la mansión en la mañana."
"Yo sé que es un jodido metia, ¿a qué quieres llegar con esto?"
"Al salir de la mansión comunicaremos mi metia con el de Ricardo y lo guardaré en mi bolsillo, así podrán escuchar todo lo que voy a conversar con el Arzobispo del Pecado. Si consideran que mi intención es traicionarlos, podrán regresar inmediatamente a la mansión… O atacarnos. Lo que consideren más oportuno."
"Si el metia estará en tu bolsillo, significa que no podremos ver lo que estarán haciendo el arzobispo y usted, Subaru-sama. Podría usar señas para informar al arzobispo mientras procura no revelar nada con su voz."
"¡Maldita sea, Utada! ¡¿Qué quieres, seguirme a mi encuentro con el Arzobispo del Pecado?!"
"Su-san, ¿no crees que en ese caso yo también debería de seguirte?"
"¡No, ninguno lo hará! Utada, lo siento, entiendo que todo lo que oculté y mi olor te impidan confiar en mí, pero tendrás que conformarte con escucharnos a través del metia. Tú tienes oídos agudos, ¿no es así? Úsalos para percibir si muevo mi cuerpo sospechosamente, porque si el culto llegara a percatarse de los están siguiendo, atacarán sin dudarlo. Recuerden que es primordial evitar el conflicto."
"Sigh… Como usted diga, Subaru-sama. Preferiría asesinar a esos hijos de puta en el momento en que muestren sus feas capuchas, pero por el bien de la misión y de Anastasia-sama, esperaré a que usted discuta lo que tenga que discutir con el Arzobispo del Pecado. Aun así, estoy seguro de que no hace falta que se lo recuerde, pero lo haré de todos modos; si percibo la mínima intensión en usted de traicionarnos, aunque me cueste la vida, le arrancaré el esófago."
"Gracias por la comprensión, Utada…"
"Todavía no entiendo del todo por qué debemos evitar atacar a esos despreciables lunáticos. Yo estoy con Utada-san, deberíamos asesinarlos a todos."
"Porque nuestro objetivo es llegar lo antes posible al castillo. Si lo que vi en mi visión llegase a ocurrir antes de que lo hagamos, resultaría todo en vano. Debemos asegurarnos de informar a aquellos en el castillo sobre la situación en la capital y sacar a Anastasia de allí antes de que el lugar se atacado. Si eso llegase a pasar y aún no estuviéramos ahí, ustedes se asegurarán de pagarlo con sus propias miserables vidas. ¡¿Entendieron, maldita sea?! ¡Anastasia es nuestra prioridad, no enfrentar al maldito culto, ni vengarnos por el puto pasado!"
"Estoy seguro de que sí lo entienden, chico…"
"Como sea… Voy a repetirlo una vez más. Es muy probable que, debido al miasma de la bruja que exuda de mi cuerpo, el Culto de la Bruja dé con nosotros tarde o temprano. Cuando suceda, yo les ordenaré a los cultistas que me lleven con su líder, que bien podría ser Pereza, Ira o Lujuria."
"¿Y le obedecerán así sin más, Subaru-sama? Eso en verdad es muy sospechoso."
"Cree lo que quieras creer, Utada. Podrás escuchar mi conversación con el arzobispo a través del metia, y teniendo en cuenta tus afilados sentidos, así como los resto de todos los demihumanos reunidos aquí, estoy seguro de que podrás confirmar de primera mano que mi intención no es traicionarlos."
"Tch, eso ya lo veremos."
"En fin… Gracias a que, como señaló tan amablemente Utada hace un rato, mi olor es comparable al de un Arzobispo del Pecado, los cultistas de bajo rango me obedecerán siempre y cuando mis ordenes no contradigan a las de los arzobispos. Cuando me reúna con el Arzobispo del Pecado, intentaré convencerlo de que nos permita pasar. Si la negociación falla, ustedes entrarán en acción y lo atacarán. ¿Entendieron?"
"Hay una cosa que no me queda clara."
"Hmm… Kitzu, ¿cierto?"
"Correcto, Subaru-sama."
"Bien, entonces, Kitzu, ¿qué es lo que no entiendes?"
"Si usted distraerá a los cultistas de la bruja, y ellos le favorecen a usted, ¿por qué no simplemente les pide que le dejen pasar, mientras que nosotros aprovechamos la distracción para escabullirnos hacia el castillo? Podríamos pactar un punto de encuentro cerca del castillo."
"Es una buena sugerencia; lastimosamente, eso no servirá. Si ellos me encuentran con ustedes, aunque les ordene que los dejen solos, estoy seguro de que no lo harán por completo. Estoy convencido de que mientras un arzobispo no ordene lo contrario, no los atacarán, pero definitivamente le avisarán a su líder sobre su presencia, y en ese momento sus vidas estarán condenadas."
"¿Y si nos separamos al momento de salir de la mansión?"
"El problema persiste. El culto nos atacó a cinco minutos de la mansión, así que es posible que ya se encuentren barriendo el área circundante. La masacre nos alcanzará en cualquier momento. Una vez me encuentren, cosa que sucederá más temprano que tarde, no dudo de que investigarán con más fuerza los alrededores. Eventualmente los encontraran y serán atacados, y si ustedes los vencen, eso atraerá a los Arzobispos. Y no desean encontrarse con uno de los Arzobispos del Pecado sin mí cerca, se los aseguro."
"Perfecto, entonces haremos como dice el chico. Considerando la velocidad a la que el Culto se está moviendo por la capital, lo mejor será partir de inmediato. Porque yo apoyo al chico, nuestra prioridad máxima es la señorita. Así que más les vale no fallar…"
Una Hora y Veinte Minutos desde la Última Muerte (Quince Muertes)
"¿La anomalía, dices? ¿Cómo es que tú, despreciable aliado de un perezoso espíritu, sabe sobre ello? ¡¿Por qué alguien como tú es tan amado?! ¡¿Subaru Natsuki, quién eres?! ¡¿Quién eres?!"
Con ojos teñidos de rojo, mientras jalaba agresivamente de sus cabellos, Petelgeuse escudriñó el rostro de Subaru, como si en él fuera a encontrar las respuestas a sus preguntas. Subaru no llevaba consigo el arma que había reinventado, por lo tanto no había razón por la que él tuviera que temer a tal revisión; con él no llevaba nada que pudiera levantar las sospechas de Pereza.
Escapar del Culto de la Bruja era imposible, de ello ya se había percatado desde su tercer encuentro con ellos. Su olor, su olor era la clave. Subaru ya había notado las señales sutiles y no tan sutiles que daban prueba de la existencia de un factor en su cuerpo que atraía a los seres y personas que tuvieran algún tipo de relación con la Bruja de los Celos o, en su defecto, el Culto de la Bruja.
Las mabestias, seres monstruosos creados por la bruja, similares a animales pero con una sed de sangre insaciable y totalmente hostiles hacia los humanos; en sus frentes es normal encontrar cuernos. La falsa Zarestia, una chica Oni que había robado el tesoro del Gran Espíritu del Viento, o también conocida como el Gran Espíritu del Asesinato, Zarestia, con el objetivo de vengarse del Culto de la Bruja, que había atacado su aldea y asesinado a todos sus seres queridos. Utada había sufrido un pasado similar al de la chica, y compartía su objetivo. Y, finalmente, los miembros del Culto de la Bruja, personas de sanidad mental dudosa cuyo objetivo personal era desconocido, que eran leales a la Bruja de los Celos y deseaban su retorno.
Falso, Subaru ya había descubierto que este objetivo principal no era compartido por todos los miembros del culto. ¿Entonces que los había unido en una misma organización? Subaru no lo sabía, lo que sí sabía, es que sin duda todos estaban relacionados con la Bruja de los Celos, le fueran leales o no. Todos estos seres y personas eran capaces de detectar su olor. Olor que, conforme más veces moría, más se concentraba en su cuerpo y que solo el paso del tiempo era capaz de disipar.
Subaru había muerto cinco veces desde que comenzó el asedio a la ciudad por parte del Culto de la Bruja, y no cabía duda de que su cuerpo en ese momento debía de estar emanando un hedor muy intenso al miasma de la bruja. Sin embargo, morir no era la única manera en que la concentración de miasma de la bruja aumentaba en su cuerpo. Romper el tabú de la sombra, intentar revelar la existencia del Regreso por Muerte, también era responsable del incremento de ese ominoso olor que solo escasos individuos de ese mundo eran capaces de percibir.
Antes de su última muerte, Subaru había roto ese tabú decenas de veces, hasta que la sangre había remplazado el sonido de sus palabras. No había duda de que su cuerpo apestaba a la bruja, tanto o más de lo que lo haría el de un Arzobispo del Pecado. ¿Acaso entre más miasma de la bruja emanara de una persona, más cercana sería ésta a la bruja? Ese parecía ser el caso, no obstante, Subaru nunca había interactuado con ella, ni siquiera la había llegado a ver en persona.
¿Era la sombra que le torturaba la Bruja de los Celos? ¿Su esencia? Subaru creía que sí, así como creía que ella era la responsable de su presencia en ese mundo. Entender las razones de la bruja era algo abrumadoramente lejos de su alcance, no había razón que se le ocurriera sobre por qué él había sido elegido y no otra persona. Él era cercano a la bruja, sin embargo, ella solo se mostraba ante él para torturarle.
No deseo esa clase de cercanía y afecto, pensó. El miasma de la bruja, su amor. La persona frente a él estaba convencida de que había una relación directamente proporcional entre ambos. Petelgeuse Romanée-Conti adoraba a la bruja con locura, la amaba con un fervor enfermizo. Subaru era, aparentemente, extremadamente amado por la bruja, no obstante, no formaba parte del Culto de la Bruja.
Odios y celos estaban destinados a florecer; una oscura flor coloreada por resentimiento. Con tal cantidad de miasma emanando de él, escapar del culto le sería imposible, por lo tanto, negociar con ellos resultaba vital para que él y sus aliados pudieran llegar al castillo. De ese negociación dependía el atravesar pacíficamente esa zona; tiempo vital estaba en juego. Por lo tanto, Subaru debía manejar con extremo cuidado la situación, o podría volver a incurrir en la ira del Arzobispo; en caso de que ello ocurriese, todo lo obtenido en la mansión de Anastasia bien podría perderse en la nada misma de la muerte.
"Fue durante una visión, Arzobispo Romanée-Conti. Se trata de mi Protección Divina, la cual me permite vislumbrar los eventos futuros. En esa visión fue susurrado a mí oído que yo era una anomalía para el Culto de la Bruja, y que ello resultaría en mi salvación." La mentira con la que había ocultado su bendición maldita estaba enormemente arraigada a su ser y todo lo que le rodeaba, así que había optado por mantener la coherencia en sus discursos. "Y sobre el porqué soy tan amado, como usted dice, lo cierto es que la razón se escapa a mi conocimiento. De hecho, para ser honesto, no tenía la menor idea respecto a ello hasta ahora que usted lo menciona. ¿Soy amado entonces? Es debido a ello que soy una anomalía, ¿tal vez?"
"Una visión… El amor podría en efecto estar en relacionado con ello, no te equivocas, usuario de las artes espirituales. ¿Será una bendición otorgada a un miserable y patético ser carente de un camino el cual seguir? ¿Se tratará acaso del regalo del amor que se te ha concedido? Dime, dime, dime, Subaru Natsuki… ¿Por casualidad no serás Orgullo?"
"No, no soy aquel que representa el pecado del Orgullo, a pesar de que muchos me han dicho que sería apto para portarlo. Tristemente, no se me ha concedido tal prueba del amor." A pesar de que le desagradaba enormemente, Subaru se vio en la necesidad de alagar con sus palabras el amor de la bruja. De lo contrario, podría volver a repetirse el desenlace del bucle anterior.
"¡Pensar que un prospecto a creyente del amor se encontraría tan cerca de mí! ¡Ha de ser un pecado el no haberlo notado con anterioridad!" Aulló el arzobispo, llevando a cabo su típico ritual de autoflagelación. Con sangre fluyendo de entre sus dedos y dientes, el enloquecido hombre miró fijamente a Subaru. "¿Es que acaso has venido con diligencia ante mí con el maravilloso deseo de convertirte en un creyente del amor? Tú, Subaru Natsuki, has pedido específicamente una audiencia con mi persona. ¿Significa eso que comprendes cuan corrompidos se encuentran aquellos que, así como yo, han recibido la bendición máxima del amor?"
"Lo cierto es que no se nada sobre los otros Arzobispos del Pecado, Arzobispo Romanée-Conti; así que no soy capaz de opinar respecto a ellos." Respondió Subaru, negando levemente con la cabeza. "Sin embargo, pedí específicamente ser traído ante usted porque tengo una petición que hacerle."
"¿Una petición? ¿Significa eso que yo estaba en lo correcto? ¿Deseas, anhelas, ambicionas, quieres, ansias fervientemente el convertirte formalmente en uno de mis seguidores, en un creyente del amor?" Los ojos carentes de raciocinio del lunático sádico brillaron de emoción ante la idea de que Subaru se uniría a sus filas. No obstante Subaru rápidamente se vio forzado a echar abajo tal ilusión.
"Me encantaría formalizar mi lealtad a la bruja, Arzobispo Romanée-Conti, pero me temo que antes tengo asuntos de los que hacerme cargo." Tal respuesta provocó que el entrecejo del Arzobispo de la Pereza se frunciera pronunciadamente. Subaru tragó audiblemente. "Como le dije anteriormente, soy aquella anomalía de la que ha sido informado. Si se fija en su evangelio, podrá comprobar que no miento." Sin mediar palabra, Petelgeuse extrajo su evangelio de su túnica y comenzó a escudriñar su contenido con aterradora velocidad; era obvio a la vista que se trataba de un hábito repetido cientos de veces al día. Satisfecho con ello, Subaru continuó. "Verá, Arzobispo Romanée-Conti, tengo asuntos que atender en el Castillo Real, así que deseaba pedirle permiso para cruzar esta zona junto a unos aliados, nuestro obj-"
"Lo que dices es correcto, correcto, correcto, completamente correcto. Sorprendentemente, no hay tal cosa como constancia de tu existencia en mi Evangelio. Algo inaudito, insólito, extraño… Sin embargo… Hablas y hablas y hablas de cosas que carecen sentido para este diligente servidor del amor. ¿Cómo pretendes, procuras, esperas cruzar la ciudad que se nos ha ordenado purificar con sangre?"
"Ehmm… Yo soy una anomalía, ¿no es así? Eso debería bastar-" Con el palpitar de su corazón aumentando de velocidad cada segundo, Subaru intentó defender su punto, sin embargo, Petelgeuse no se lo permitió.
"Se nos ordenó no interferir en los asuntos de la "anomalía". Aun, aun, aun, aun, aun así, cabe señalar que "anomalía" se refiere a un solo individuo, no un grupo de ellos." Transmitiendo una peligrosa aura hostil, Petelgeuse se acercó a Subaru, mostrando nulo interés en respetar el espacio personal de éste. "En efecto aparece constancia de aquellos a los que consideras aliados en mi Evangelio, y éstos ya han sido localizados por uno de mis dedos. Su destino es formar parte de la purga que busca purificar las entrañas de este reino maldito; un castigo digno para los descendientes de aquellos que osaron sellar a nuestra amada bruja. Tú, la insólita anomalía, puedes hacer lo que plazcas, mientras permanezcas siendo leal al amor de la bruja, contarás con la simpatía de este diligente creyente del amor."
En ese momento Subaru comprendió que había sido demasiado ingenuo. "Mierda…" Subaru pudo notarlo en la mirada enloquecida del Arzobispo de la Pereza, nada de lo que pudiera decir bastaría para convencerlo de dejar vivir a los mercenarios. Dialogar con el enloquecido hombre había sido una mala idea desde el principio, pero después de que sus suplicas de salvación fueron rechazadas por Sirius, Subaru sabía que solo le quedaba acudir a Petelgeuse.
Si finjo ser un "creyente del amor", si finjo ser un adepto de la Bruja de los Celos, entonces obtendré la simpatía de Petelgeuse, y con ello debería de ser capaz de conseguir evitar que ataque a Halibel y los miembros del Colmillo de Hierro; eso había llegado a pensar ingenuamente. Pero una vez más se había mentido a sí mismo y había decidido creer en una conveniente ilusión.
¿Pereza cedería ante sus suplicas por simple simpatía? ¿Desde cuándo las cosas se solucionaban para él de manera tan conveniente? Sirius ya había rechazado ayudarlo alegando que nunca se les había ordenado interferir de tal forma con la anomalía; ellos simplemente se limitarían a dejarlo vivir, a él y nada más que a él. Además, si alguien externo al culto lo atacaba, ninguno de los arzobispos le tendería una mano. El Culto de la Bruja no era su aliado, eso tenía que grabarlo con fuego en su mente.
"… Y si no son mis aliados, entonces son mis enemigos." Murmuró Subaru, mirando hacia el suelo de adoquines bajo sus pies. Petelgeuse, que permanecía incómodamente cerca de su rostro, no falló en captar sus palabras.
"¿Enemigos? ¿Acaso significa eso que pretendes ponerte en contra del amor que con tan buena voluntad ha sido vertido sobre ti? No, no, no, no, no… Debo de estar cometiendo un error, ha de ser un fallo en mis oídos, ¿acaso he escuchado mal? El amor debe de ser pagado con amor, nunca se es demasiado generoso al momento de pagar la buena voluntad del amor."
"¡Me importa un carajo el amor de la bruja! ¡Si tras todo lo que sufrí para que tanto amor fuera "vertido" sobre mí, este aún no alcanza tan siquiera para conseguir un boleto de pase para mis aliados, entonces realmente no me interesa en lo más mínimo ser amado por esa puta bruja!" Explotando en ira, Subaru gritó mientras se alejaba de Petelgeuse sin darle la espalda. No podía darse el lujo de quitar por completo la vista de encima de él.
"¿Después de todo el amor que se te ha otorgado, así lo retribuyes…? Aun así, aun así, aun así, aun así, ¿¡con esa lengua, con esa boca, has insultado al amor y a tu benefactora!? ¡¿Cómo osas insultar así al amor?! ¡No eres más que un ser desgraciado y malagradecido! ¡Una peste egoísta que solo es capaz de pensar en sí mismo! ¡Puedes negarlo todo lo que desees, pero estás completamente manchado con el pecado del orgullo! ¡Sin embargo, no eres digno de ocupar el asiento vacante!"
"¡No me interesa unirme a su estúpido culto de fanáticos religiosos! ¡Si ustedes se entrometen en mi camino, entonces yo haré todo en mi poder para destruirlos!"
"¡Egoísta, egoísta, egoísta, egoísta, blasfemo del amor! ¡Poco importa que se nos haya ordenado que te dejáramos andar libremente por esta ciudad maldita, si tú decides hacer de este devoto creyente del amor tu enemigo, entonces me encargaré de eliminarte personalmente! ¡Aunque seas un anomalía, si tu interfieres con nuestros objetivos, entonces me veo en la obligación de usar mi diligencia para destruirte, destruirte, destruirte, destruirte por completo!"
"¡Solo uno de los dos sobrevivirá hasta el final de éste día, Arzobispo Romanée-Conti! ¡Sin embargo, debo decirte que no importa cuán diligente sea, yo desconozco lo que es rendirme una vez me determino a hacer algo! ¡Intente asesinarme todo lo que quiera, mi espíritu no conoce tal cosa como la muerte!" El escenario de muerte estaba listo y las declaraciones asesinas ya había sido proferidas; el combate estaba por iniciar.
"¡Tú, tú, tú, tú, maldito blasfemo del amor! Tú orgullo te consume y te vuelve ciego. ¡Te demostraré toda la extensión de mi diligencia y devoción al amor! ¡Autoridad de la Pereza, Mano Oculta!" Subaru lo había estado esperando, ese era el momento. La Autoridad de la Pereza, Subaru ya la había visto en acción en varias ocasiones, y debido a ello era la habilidad de los Arzobispos de Pecado que mejor comprendía; era la Autoridad de la que más había reunido conocimiento.
Subaru realmente no podía estar seguro de ante cual Arzobispo sería llevado una vez fuera encontrado por los cultistas. Y no fue hasta que se vio rodeado por las personas encapuchadas, que el nombre de Petelgeuse salió de su boca. Subaru no sabía si pedir ser llevado ante uno de los Arzobispos del Pecado serviría de algo; aun así, lo había hecho por instinto. De todos los lunáticos que dirigían al Culto de la Bruja, Subaru estaba convencido de que Pereza sería el que más fácil le resultaría derrotar.
Cuando la mano sombría surgió de la espalda de Petelgeuse, Subaru no pudo evitar sonreír. Su locura lo hace predecible, pensó. Una vez el Arzobispo de la Pereza estallara en ira, éste perdería los estribos y la compostura, tras ello no dudaría en atacar con su Mano Oculta. Los mercenarios ya estaban informados respecto a la existencia de ésta, aun así, nada cambiaba que Subaru era el único capaz de percibirla con la vista. Por ello él sería vital para derrotar al Petelgeuse; debía permanecer atento en todo momento durante la pelea.
"Buen intento, Arzobispo Romanée-Conti, pero me temo que ese truco lo conozco a la perfección." Declaró Subaru osadamente, esquivando sin problemas la mano sombría. La espada de Julius se mueve a mayor velocidad, concluyó Subaru mientras se giraba para encarar a Petelgeuse.
"¿Cómo? ¿Cómo? ¿Cómo? ¿Cómo? ¿Cómo? ¿Cómo? ¡Esto tiene que ser un error, un total y completo error! ¡Nadie debería ser capaz de ver el regalo con el que fui bendecido por el amor! ¡Mi Mano Oculta no puede ser vista, no puede serlo! ¡Solo yo, solo mi persona debería de poder ver mi Mano Oculta! ¡¿Subaru Natsuki, qué cosa eres tú! ¿Cómo es que un despreciable-?" Pereza no había terminado su discurso, cuando abruptamente su cuerpo se sacudió de manera violenta.
"Jamás deberías de perder la concentración de lo que te rodea cuando estás en medio del campo de batalla, ello podría llevar a que caigas derrotado incluso antes de aterrizar un ataque en el enemigo." Con tono casual y una sonrisa despreocupada en su rostro, el guerrero Shinobi se colocó tranquilamente al lado de Subaru.
"Hal-san, me alegra que llegaras tan rápido. Cuando Petelgeuse dijo que su dedo ya había descubierto donde se encontraban, temí que no pudieran llegar a tiempo." Sintiéndose considerablemente más tranquilo, Subaru habló a Halibel sin despegar su vista del lastimado Arzobispo del Pecado.
"¡Malditos sean! ¡Malditos sean! ¡Malditos sean! ¡¿Qué trucos despreciables utilizan para revelarse en contra del amor que se me ha concedido y oponerse a mí diligencia?!" Gritó el enloquecido arzobispo, ignorando por completo los afilados kunais que tenía clavados en su brazo y pierna derechos, además de parte de su espalda.
"¡Se trata del amor, Arzobispo Romanée-Conti! ¡El amor que tan cruelmente fue vertido en mí me ha otorgado la habilidad de contrarrestar el amor que se le concedió a usted." Respondió Subaru irónicamente, provocando así que la ira de arzobispo aumentara.
"¡Burlarse del tal manera del amor! ¡Inconcebible! ¡No puedo quedarme atrás, mi devoción no puede ser subestimada! ¡No puede! ¡No puede! ¡Con mis manos debo acabar con la anomalía y sus aliados! ¡Debo regar la sangre de los herejes del amor!"
"Oye, Su-san. ¿Estás seguro de que es buena idea provocarlo de esa manera? Allá atrás había bastantes cultistas de la bruja, así que no creo que nadie venga a ayudarnos hasta dentro de un buen rato." Preguntó Halibel, no especialmente intranquilo.
"Mierda, Hal-san, debiste de decírmelo antes…" Respondió Subaru molesto. Sin embargo, tras un instante, frunció el entrecejo y meneó su cabeza. "Este será nuestro gran debut como maestro y seguidor. Confió en que juntos podremos vencerlo; yo te diré dónde están las manos mientras tú atacas."
"Después de escuchar eso no puedo negarme, Su-san." Dijo el Shinobi con una sonrisa humeante. "Igual no te preocupes por mí, definitivamente no puedo ver esta Mano Oculta de la que hablas, pero puedo percibir su movimiento, así que voy a estar bien. Nada más avísame en caso de que falle en detectar algún ataque."
"¡Bien, hagámoslo de una vez! ¡El tiempo apremia!" Por primera vez, Subaru y Halibel lucharían juntos desde que el guerrero de Kararagi decidió comenzar a seguir a Subaru. Sin embargo, esta charla despreocupada solo había servido para aumentar aún más, si es que era posible, la ira del arzobispo.
"¡Estoy siendo observado por encima del hombro! ¡Mi diligencia y el amor están siendo menospreciados una y otra y otra y otra vez! ¡Es imperdonable que la buena voluntad de la bruja esté siendo ridiculizada! ¡Que humillación! ¡No se los perdonaré! ¡Jamás! ¡Jamás! ¡Jamás! ¡Los haré arrepentirse de su infundado exceso de confianza!" Con dedos ensangrentados en su boca, resecos cabellos castaños entre ellos, Petelgeuse explotó contra Subaru y Halibel.
Abruptamente, un mar de manos sombrías emergió de la espalda de Petelgeuse. Su objetivo era aquellos a los que consideraba blasfemos del amor. Subaru se congeló. Una vez más, pensamientos negativos comenzaron a inundar su mente, bloqueando cualquier otra tipo de pensamiento que pudiera surgir. ¡Fui un idiota! ¡Que ingenio que soy! ¿En serio creí que una persona inútil y patética como yo podría hacerle frente a un monstruo como ese?
Por supuesto, la velocidad de las manos sombrías no había aumentado. Seguían moviéndose a la velocidad que cualquier extremidad normal lo haría. Sin embargo, jamás podría comparar el esquivar una o dos manos con esquivar esa hidra de manos. Los ataques lloverían sobre él en cualquier momento y su mediocre habilidad jamás alcanzaría para esquivar todas y cada una. Subaru lo sabía; si una sola de esas manos tocaba su cuerpo, moriría; Utada, cuyo cuerpo era cientos de veces más resistente que el suyo, había sido dejado al borde de la muerte con un simple apretón. Una vez más, su cuerpo sería convertido en una pulpa sangrienta.
"¡No te quedes simplemente ahí parado, Su-san!" Sin embargo, su hilo de pensamientos pesimistas fue interrumpido por un grito, el cual fue inmediatamente seguido por una fuerte sacudida.
En lugar de actuar como habían acordado, Halibel desistió de atacar a Petelgeuse y tomó en sus brazos a Subaru, sacándolo así del rango de ataque de la barrera asesina invisible. "H-Hal-san… Me alegra poder contar contigo." Murmuró Subaru, mientras Halibel lo colocaba en el suelo. Sus pies estaban ligeramente débiles y temblorosos debido al miedo, pero Subaru rápidamente se recompuso y se paró firmemente.
"Deja los halagos para cuando hayamos derrotado al Arzobispo del Pecado." Respondió Halibel, dando un rápido vistazo a sus alrededores. Con su mirada enfocada en un punto distinto a donde se encontraba Petelgeuse, añadió. "Esos cultistas que te trajeron podrían convertirse en un problema si simplemente los dejamos ser."
"A mí no me atacarán, pero es cierto que eventualmente intentarán interponerse en tu combate contra Petelgeuse." Comentó Subaru, mirando hacia el estático grupo de personas encapuchadas.
"¡No sé queden ahí parados perezosamente! ¡Eso es pereza, pereza, pereza, una maldita demostración de la despreciable pereza! ¡El castigo máximo caerá sobre ustedes si no empiezan a moverse de una buena vez! ¡Ataquen a ese demi-humano que interfirió en nuestra reunión secreta! ¡Yo mismo me encargaré de lidiar con el blasfemo orgulloso!" Enloquecido, Petelgeuse reprendió a sus subordinados.
Hasta ahora, los cultistas habían respetado la orden de Subaru de no atacar a sus aliados, pero eso se acababa en ese momento. Petelgeuse, debido a lo que había leído su Evangelio, había ordenado a otro grupo de cultistas atacar a los mercenarios; o al menos así lo había interpretado Subaru. Por lo tanto, lo más probable es que el grupo que lo había guiado hasta Pereza no había recibido esa orden. Aun así, si tan solo fuera capaz de anular las órdenes del Arzobispo del Pecado…
"¡No lo ataquen, él es mi aliado! ¡Les ordené cuando me encontraron que no les pusieran un dedo encima y ustedes obedecieron! ¡Pues esa orden no ha cambiado!" Valía la pena intentarlo. Si lograba negar la orden de Petelgeuse, entonces todo se reduciría a un combate contra él.
"¡Engreído, presuntuoso, arrogante, soberbio! ¡Creer que posees la potestad de dar órdenes a los leales y diligentes seguidores del amor es despreciable! ¿En verdad no eres Orgullo?"
"¡Ya te dije que no lo soy, mi respuesta no va a cambiar sin importar cuanto preguntes!"
"¡Entonces es inútil! ¡Todos ellos son devotos del amor comandados por uno de mis dedos, tú que no has recibido la bendición de la bruja jamás podrás lograr que desobedezcan mis ordenes!" Respondió Petelgeuse, señalando a Halibel. "La única manera correcta de vivir la vida es con diligencia! ¡Demuestren cuan diligentes y devotos son, y acaben con todo aquel que se oponga al camino del amor!"
Como era de esperarse, los cultistas no tardaron en desechar las ordenes de Subaru y se abalanzaron sobre Halibel. Este, sin embargo, no se mostró lo más mínimamente intranquilo. Cerrado sus ojos y juntando las palmas de sus manos, Halibel se dividió en dos seres; uno era el Halibel original y el otro era un clon.
"¡Acabemos con esto rápido, tenemos un grupo de hermosas señoritas que salvar, Su-san!" Una vez más, cultistas de la bruja comenzaron a caer como títeres cuyos hilos habían sido rebanados. No importaba si se trataba de un clon, la fuerza, agilidad y habilidad de Halibel superaba abrumadoramente aquella de los subordinados de Petelgeuse.
Con un kunai en cada mano, el clon cortó los puntos vitales de cada uno de los encapuchados, infligiendo poderosas maldiciones. Solo aquellos cultistas más afortunados morían rápidamente con sus cuellos completamente rebanados, sangre empapando sus capuchas oscuras. Durante siglos, el culto había sido la pesadilla de los habitantes de ese mundo, no obstante, ese día ellos habían encontrado la fuente de las suyas.
"¡Malditos sean! ¡Malditos sean! ¡Malditos sean! ¡Malditos sean! ¡Malditos sean! ¡Malditos sean! ¡Malditos sean! ¡Mueran, blasfemos del amor! ¡Decaigan en su despreciable estancamiento y sean reducidos a carne y huesos! ¡Mi amor, mi devoción, mi lealtad, mi diligencia, no serán superados!"
Gritos carentes de raciocinio fueron escupidos por un enloquecido Petelgeuse que no dejaba de convocar manos ocultas con las que atacaba incesantemente a Halibel. Sin embargo, el Arzobispo de la Pereza estaba en evidente desventaja. Tal vez el guerrero Shinobi no era capaz de percibir la Autoridad de la Pereza con sus ojos, sin embargo, el resto de sus sentidos sí que era capaz de hacerlo. Con agiles saltos y movimientos que hacían parecer que se estaba teletransportando una y otra vez, Halibel se movió alrededor de Petelgeuse, atacando solo cuando veía aberturas en su enemigo.
No se trataban de golpes mortales, el Arzobispo del Pecado estaba usando su habilidad para bloquear a su enemigo, dificultando así que Halibel pudiera lograr impactos certeros. Aun así, cada corte sumaba, y poco a poco el delgado y enfermizo cuerpo del Arzobispo de la Pereza fue cubierto por estos. Sangre estaba comenzando a empapar su túnica y sus enrojecidos ojos estaban comenzando a perder su brillo.
"L-Lo lograste, Hal-san…" Murmuró Subaru al percatarse de las señales.
Era evidente cual había sido la estrategia de Halibel; y todo había empezado con los kunais del ataque sorpresa. Halibel había colocado decenas de poderosas maldiciones en Petelgeuse. Y no importaba cuan grande fuera su resistencia física, a cuentagotas, el cuerpo enfermizo del arzobispo se había debilitado hasta encontrarse al borde de la muerte.
"Me gustaría decir que estoy de acuerdo, Su-san. Pero lo cierto es que ese monstro debería de estar muerto desde hace minutos. No entiendo como alguien con un cuerpo tan descuidado es capaz de soportar tantas maldiciones sin desplomarse." Todavía moviéndose alrededor de Petelgeuse, Halibel reveló la inquietante verdad a Subaru.
"¡Ya se los dije, necios! ¡Mi diligencia es inmortal, mi amor y lealtad insuperables! ¡Mientras mi espíritu, mi alma, permanezca, yo seguiré luchando para pagar el amor que se me concedió! ¡El amor, amor, amor, amor! ¡Así que mueran de una vez, estúpidos necios!"
"¡Hal-san!" Alarmado, Subaru advirtió a Halibel con un grito. De todas las direcciones manos sombrías habían sido lanzadas hacía él.
"¡Ya lo noté, Su-san!" Respondió brevemente Halibel; él podía estar manteniendo su actitud casual, pero estaba claro que el Arzobispo del Pereza no era un enemigo al que él pudiera derrotar con extrema facilidad.
"¡Muere! ¡Muere! ¡Muere! ¡Muere! ¡Muere! ¡Muere!" El cuerpo de Halibel fue aplastado por las manos sombrías, pero ningún grito de desesperación salió de la garganta de Subaru; solo humo quedó en el lugar donde se suponía que estaba Halibel. "¡Arghhh!" Un quejido sangriento se escapó de la boca de Petelgeuse. En la parte baja de su abdomen, justo donde se encontraba la gran mayoría de sus órganos vitales, se encontraban enterrados dos dagas de acero. "¿Cómo? ¿Cómo? ¡¿Cómo?! ¡¿Cómo?! ¡Qué existan dos personas además de mí que sean capaces de verlo! ¡Inconcebi-!"
"Yo no puedo verlo. Pero lastimosamente para ti, hay otras maneras de percibir ataques como el tuyo." Con un rápido corte en el cuello de su enemigo, Halibel dio por terminado el breve combate contra el Arzobispo de la Pereza; al mismo tiempo, el último de los cultistas, aquel que había logrado durar más, cayó de costado, sus órganos regándose por la parte baja de su túnica.
"¡Gha! ¡Mi diligencia es infinita… ¡Gah!… y no conoce la muerte… ¡volveré todas la veces que sea necesario… hasta haber destruido al último de ustedes!" Aun vomitando sangre a borbotones, Petelgeuse lanzó una última amenaza vacía. Las manos negras se dispersaron, dejando atrás solo una incómoda sensación ominosa.
Por fin lo había logrado, había derrotado a un Arzobispo del Pecado. Conmovido, Subaru observó el cadáver de Petelgeuse y después a aquel responsable de la muerte de esa bestia con forma de humano. Con la ayuda de Halibel podré lograrlo, finalmente mis objetivos se encuentran a mi alcance. Sin embargo, una vez más, Subaru se había equivocado.
"¡Su-san-!" Una mano negra se encontraba a solo centímetros de su rostro. Halibel no sería capaz de ayudarlo, la distancia entre ambos lo impediría… Súbitamente, el mundo de Subaru fue envuelto por las sombras.
