Resonancia de Pecados
Un mundo completamente oscuro, un mundo en el que las sombras reinaban. Seres de sombra, cuyo único alimento era el miasma palpitante que emanaba del aire mismo, eran lo único que lo habitaban. En ese mundo, una sola emoción lideraba con mano de hierro; celos. Ardientes celos nacidos de la más corrosiva envidia, que cual óxido en una enorme estructura de hierro, se habían extendido por la completitud de ese mundo, absorbiendo todo lo que no fueran sombras.
En ese lugar, Subaru se encontraba una vez más. Las sombras, cual jauría de fieras salvajes, se abalanzaron sobre el chico, con sus afilados colmillos preparados para aferrarse cada extremidad de éste. Esta vez no huiría; ese parecía ser el mensaje transmitido por sus desesperados movimientos. Sin embargo, a solo centímetros de entrar en contacto con Subaru, las sombras se congelaron en el tiempo.
Algunas se paralizaron en el aire, otras lo hicieron sobre el suelo mientras se arrastraban tétricamente; en la negra superficie, su presencia resultaba indetectable por la ausencia de matices. Todo movimiento en ese mundo de sombras cesó en un instante; una perfecta fotografía de un mundo de completa oscuridad. Lo único que superaba incluso al estancamiento del tiempo, era una sola voz, una sola voz y un solo par de orbes brillantes que, como amatistas, centellaban en la lejanía.
"¡Ámame! ¡Ámame! ¡Ámame! ¡Ámame! ¡Ámame! ¡Ámame! ¡Ámame! ¡Ámame! ¡Ámame! ¡Ámame! ¡Ámame! ¡Ámame! ¡Ámame! ¡Ámame! ¡Ámame! ¡Ámame! ¡Ámame!" Una voz insistente, una voz desesperada. Un intenso odio brotó en el interior de Subaru, quien instintivamente intentó responder a las suplicas con caustico desprecio. No obstante, palabra alguna salió de la boca del también congelado Subaru.
El ciclo estaba por repetirse una vez más. Una y otra y otra y otra y otra vez, y entonces él regresaría a su cuerpo, mientras los recuerdos de su paso por ese mundo sombrío permanecerían allí. Con ira ebullendo en su espíritu, Subaru intentó prepararse mentalmente, pero él era consciente de que ultimadamente nada de ello serviría. Subaru se preparó para el impacto de los corrosivas sombras celosas…
Pero nada pasó. Aún no era su momento… Todavía quedaban cosas por hacer. Subaru no sabía cómo es que sabía eso, simplemente lo sabía. Y la despreciable sombra celosa también. El tiempo empezó a fluir una vez y las sombras comenzaron a ceder. La luz comenzó a superar a la oscuridad y su consciencia comenzó un abrupto y violento descenso a aquello que consideraba su realidad.
Hora y Media desde la Última Muerte (Quince Muertes)
"… san… ¡Su-san! ¡Despierta, Su-san! ¡No hay tiempo para descansos, Su-san! ¡Tú mismo lo dijiste!" Un retumbo violento sacudió sus oídos en el momento en que finalmente su alma dejó atrás el mundo de las sombras. No había señal de aquella pregunta que ya se había acostumbrado a escuchar, solo el reverberante sonido de la voz de Halibel desgarrando sus oídos.
"¡Ya te escuché, maldita sea! ¡No tienes que hablar tan fuerte, me vas a dejar sordo!" Gruñó Subaru, moviendo sus brazos para indicar que ya estaba despierto. Con incomodidad, abrió lentamente sus ojos, para inmediatamente después cerrarlos una vez más pero con mayor fuerza. No solo le dolían los oídos, también sus retinas. De hecho, le dolía toda su cabeza. Tenía un dolor tan fuerte de cabeza que por un momento consideró que le explotaría. "¡Arghh!"
Liberando un quejido agónico, Subaru agarró con fuerza su cabeza, como si esperara aplacar el insoportable dolor con ello. No se trataba de un simple dolor de cabeza, era una jaqueca, una especialmente severa. Por ello cualquier estímulo externo le causaba la sensación de agujas eran clavadas en su cerebro. El dolor se encontraba ubicado especialmente en su lóbulo frontal y su cienes, pero también pudo sentir que su nariz y su boca se encontraban especialmente adoloridas.
"Ese parecer ser un muy duro despertar…" Murmuró alguien cuya voz Subaru no pudo reconocer. Se vio tentado a responder sarcásticamente a tal comentario, pero no se sentía en condiciones de hacerlo; probablemente el solo mover su boca le causaría más dolor, y no le atraía la idea de sufrir más de lo que ya lo estaba haciendo por simplemente responder al mercenario molesto.
"¿Qué demonios sucedió, Halibel? ¡Arghj!" Preguntó Subaru de mala manera, liberando un quejido al final debido al dolor que inundó la parte baja de su rostro; debido al doloso despertar, se encontraba particularmente agresivo. Comprendiendo esto, Halibel decidió ir al grano.
"Ese lunático del Arzobispo de la Pereza insistió tanto con eso de "su diligencia" que se tomó la molestia de intentar asesinarte ante de morir él mismo. Te agarró de la cabeza con su habilidad de las manos invisibles, o como sea que se llame, y te elevó por el aire. De no ser porque mi clon no se encontraba tan lejos de ti, es probable que tu cabeza hubiera sido completamente triturada. Aun así, estuviste por morir, Su-san. De no ser porque Ricardo llegó a tiempo con los demás, es probable que no habrías sido atendido a tiempo y hubieras muerto por las heridas."
"Mierda… Entiendo… Fue mi culpa… Me confié." Murmuró Subaru entre largas pausas. Conforme los segundos pasaban, más se acostumbraba al dolor, por lo que gradualmente lidiaba mejor con éste.
"También fue mi culpa. Se supone que mi trabajo es protegerte y aun así no pude hacerlo bien." Respondió Halibel. Subaru no podía verla la cara, pero por su tono de voz pudo deducir que se sentía genuinamente frustrado por ello.
"No digas estupideces, Hal-san. Yo te pedí expresamente que lidiaras con Petelgeuse; y lo hiciste de maravilla. Gracias a ti ahorramos muchísimo tiem-" Mientras masajeaba lentamente su frente, Subaru alagó a Halibel, quitándole responsabilidad por lo sucedido con Petelgeuse. Sin embargo, se detuvo súbitamente, percatándose de algo que había ignorado hasta ahora. "¡¿Cuánto tiempo estuve desmayado?!" Exclamó Subaru, levantándose como si sus pies fueran un resorte y olvidando por completo el dolor que hasta hace un segundo le había obligado a mantener los ojos cerrados.
"Supuse que preguntarías algo como eso, Su-san." Respondió Halibel con una sonrisa despreocupada plasmada en su hocico. "Pero no tienes que preocuparte. Me aseguré de despertarte lo antes posible a pesar de la insistencia del curandero de no hacerlo; así que apenas han pasado un par de minutos, máximo."
"Un par de minutos… Sigh…" Con un suspiro, el cuerpo de Subaru se relajó. Todavía no era demasiado tarde. Si partían ese momento, en menos de cuarenta y cinco minutos deberían de ser capaces de llegar a las afueras del castillo si se movían todo lo rápido que podían, sin abandonar la cautela. Lastimosamente aún tenía cosas que hablar ante de poder partir. No obstante, Subaru sabía que guerreros como Halibel serían capaces de reducir sin problemas ese tiempo a media hora, si no se veían entorpecidos por el ritmo de los demás, así que Subaru ordenaría a su seguidor dirigirse al castillo por sí mismo si la situación se complicaba más de lo considerado. "Buen trabajo, Hal-san. Me aseguraré de que Anastasia te aumente el sueldo cuanto toda esta mierda termine."
Mientras respondía a Halibel, Subaru comenzó a limpiar los restos de sangre acumulados en su rostro con uno de sus brazos vendados. ¿En qué estado había quedado su rostro tras recibir de lleno el ataque de Petelgeuse? Subaru solo podía imaginárselo, y el resultado definitivamente no era agradable. Realmente agradecía la existencia de magia curativa.
"¡Subaru-sama, por favor espere un momento! Lo recomendable sería que se sentara y descansara un poco." Ante Subaru apareció un hombre zorro vistiendo la típica capucha blanca con anaranjado utilizada por los mercenarios del Colmillos de Hierro. Con sus patas peludas bloqueó el avance de Subaru y con su mirada le suplicó que no diera un paso más. "Perdió una considerable cantidad de sangre y todavía no he terminado de curarle por completo, así que por favor descanse unos minutos antes de que sigamos el camino hacia el castillo."
"¿Tú eres Kitzu, cierto?" Le preguntó Subaru.
"Sí señor."
"En ese caso debería agradecerte. Esta es la segunda vez que me salvas de morir." Dijo Subaru haciendo una pequeña reverencia; gesto de agradecimiento considerado innecesario por parte del curandero. Sin embargo, Kitzu fue incapaz de pronunciar palabra alguna debido a que Subaru prosiguió hablando sin apenas pausar. "Considerando eso, me gustaría poder hacer como dices. Sin embargo, si lo hago no quedará nada por lo que valga la pena vivir. Mi cuerpo y espíritu son prescindibles. Sin importar el estado en que lo haga, debo llegar al Castillo Real lo antes posible. Solo te pido que te asegures de que lo haga con vida."
"Y-Yo…" El curandero fue incapaz de responder inmediatamente, y Subaru le negó la oportunidad de hacerlo del todo. Sin mirar atrás, Subaru se acercó a Ricardo. El capitán mercenario aun cargaba con el arma que Subaru le había confiado poco antes de partir con el grupo de cultistas a su encuentro con Petelgeuse.
"Es una lástima que no haya podido estrenarla contra Petelgeuse, pero supongo que valía la pena intentar ganarme su confianza; aunque todo eso haya resultado en vano…" Con un suspiro, Subaru extendió sus manos.
"Por lo menos todo salió bien, chico. Es bueno que no tengamos ninguna baja que lamentar. De no haber sido por la información que nos otorgaste, eso habría resultado completamente imposible." Afirmó Ricardo mientras regresaba el arma a Subaru.
En manos de Subaru una vez más se encontró el arma de fuego reinventada. Con una mirada que reflejaba asco, desprecio, añoranza y calma por igual, Subaru analizó cada recoveco de esta; necesitaba asegurarse de que todo se encontrara en su lugar. Tal vez estaba siendo demasiado quisquilloso, pero quería asegurarse de que el brusco agarre de Ricardo y que su combate contra los subordinados de Petelgeuse no hubiera dejado huella en su arma.
Tras una minuciosa inspección, Subaru asintió y colocó el arma en su espalda, sujetándola con una cinta de tela similar a la utilizada en las fundas de las espadas. Subaru habría preferido no volver a desprenderse del arma en primer lugar, pero dadas las circunstancias, resultaba inevitable. Y no solo porque Subaru temía incurrir en las sospechas y la ira de Petelgeuse llevando un objeto extraño a su encuentro, sino porque además era consciente de que su arma resultaría poco efectiva contra el difunto Arzobispo de la Pereza.
Con manos sombrías capaces de reducir el cuerpo robusto de Utada a una pulpa de carne, era poco probable que las municiones de rocas de fuego bastaran para penetrar sus defensas; y aún si alguna lo lograba, el gasto de munición sería considerablemente extenso. Subaru contaba con pocas municiones, su intención había sido nunca utilizarla. Por lo tanto, prefería guardarla para así darle uso contra los arzobispos que podrían esperarle más adelante.
La imagen de un despreciable monstruo lujurioso disfrazado de mujer surgía especialmente en su mente al pensar en utilizar su arma. Si tenía la oportunidad, Subaru no dudaría en utilizar sus nuevos números a su favor para eliminar a la Arzobispa de la Lujuria; se trataba de una venganza pendiente. Por lo que podía recordar, Lujuria no parecía especialmente poderosa; su verdadera preocupación era el poderoso sirviente de múltiples brazos.
Realmente no le importaba lo que ocurriese con la mujer que ocultaba sus verdaderos colores con una fachada de amabilidad, Sirius Romanée-Conti; ella había enviudado, así que ya estaban a mano. Sin embargo, Subaru no aceptaría que Capella sobreviviera. Aun así… No puedo dejar que el deseo de venganza me consuma; pensó repetidamente. Su prioridad era salvar a Anastasia, después se preocuparía por hacer correr la sangre de sus enemigos. Con ayuda de Halibel se creía capaz de conseguirlo.
"¡Bien, se acabó el descanso! ¡No tenemos tiempo que perder!" Exclamó Subaru, indicando así la reanudación del camino hacia el castillo.
Dado que ya se encontraban en el distrito de los nobles, solo necesitaban moverse en dirección noreste para alcanzar el castillo. Si eran cuidadosos, podrían evitar encontrarse con Capella; por mucho que ello disgustara a Subaru. Sin embargo, considerando que su encuentro con el culto poco antes de llegar a la mansión había atraído a Petelgeuse a una zona tan al oeste, Subaru asumió que su encuentro con Sirius resultaría inevitable.
Todo está al revés, pensó malhumorado. Encontrarse con Capella y eludir a Sirius resultaba ser un escenario más atractivo para Subaru. Sin embargo, sobre todas las opciones, eludir a todos los Arzobispos del Pecado en su camino hacia el castillo era lo ideal; aunque en ello se quedaba, un ideal. Considerando la muerte de Petelgeuse y el olor desprendido por Subaru, llegar al castillo sin antes entrar en conflicto con el culto una vez más, resultaba casi inconcebible.
Sonidos de cadenas siendo arrastradas por el suelo alertaron a todos los allí presentes. "Asesinar a uno de los dedos de mi querido… Imperdonable." Subaru nunca había acertado tan correctamente un pronóstico de sucesos. Allí, a pocos metros del cadáver de Petelgeuse, se encontraba una mujer con todo su cuerpo ominosamente vendado.
Todos los presentes en el lugar, una amplia avenida que conectaba aquel conocido como el distrito urbano con el distrito de la nobleza, giraron violentamente su cabezas hacia el lugar del que provino aquella voz. Una potente y peligrosa aura de hostilidad envolvió abruptamente la atmosfera, pero pocas de esas emociones provenían de Subaru, Halibel o los mercenarios del Colmillo de Hierro.
"Mierda… Este es definitivamente el peor escenario…" Susurró Subaru, prácticamente inafectado por la pesada sed de sangre de Sirius.
"¿Ésta es la Arzobispa de la Ira, Su-san? Siento una densa aura de hostilidad proviniendo de ella; esa de allí es una mujer extremadamente peligrosa." Halibel, aún más que Subaru, se encontraba inafectado por la hostilidad de Sirius; su usual despreocupación permanecía prácticamente inalterada.
"Sí. Es como dices." Respondió Subaru sin alejar la mirada de Sirius, quien con movimientos toscos, similares a los de una marioneta, se había movido hasta agacharse al lado del cadáver de Petelgeuse. Estaba claro que el conflicto estallaría en cualquier momento, sin embargo, había algo que había llamado la atención de Subaru. "¿A qué te refieres con dedo?" Esa pregunta no iba dirigida hacia nadie más que la Arzobispa de la Ira.
"Siento tener que decir esto, ¿pero no crees que me estás hablando con demasiada despreocupación?" Incluso cuando la ira se desbordaba de su delgado cuerpo, la máscara de racionalidad y el tono de disculpa con el que hablaba todavía no habían sido diluidos por la densa hostilidad.
"Supongo que tienes razón… Aun así, resulta vital que obtenga toda la información necesaria antes de que las oscuridad envuelva todo una vez más." Esa respuesta de Subaru ocasionó que ahora todas las miradas cayeran sobre él. ¿Qué ocurría con Subaru? ¿Acaso había perdido la cabeza? ¿Por qué estaba hablando tan tranquilamente con ella? Esas preguntas dominaron las mentes de los nerviosos mercenarios.
"Me parece que estás subestimando mi ira…" Murmuró Sirius, que seguía sin mirar a Subaru; su vendado rostro seguía estando dirigido hacía el cadáver de Petelgeuse.
"Dedo… Escuché a Petelgeuse hablar de eso, pero realmente nunca llegué a entender completamente a que se refería con ello. Y ahora qué dices que uno de sus dedos murió no puedo evitar sentirme ligeramente nervioso. ¿Acaso no asesinamos al Petelgeuse real?" Esa era una pregunta a la que necesitaba encontrar respuesta sin importa qué.
"Lo siento, pero me temo que no puedo seguir tolerando tal insolencia. Pisoteas, disminuyes, subestimas la ira que arde dentro de mí. Te atreviste a acabar con uno de los preciados dedos de mi querido, incurriendo así en mi ira, y pretendes eludir la responsabilidad de ello. ¿Es que acaso no tienes vergüenza? Además apestas a la bruja… ¿Orgullo…? No, no, no, no… ¡No permitiré que salgas de aquí con vida! ¡Te haré arder con toda la fuerza de mi ira y regaré tus cenizas sobre un mar de sangre!" Mostrando finalmente su rostro vendado, Sirius rugió mientras observaba directamente a Subaru con su brillante ojo color amatista.
"¡Mierda, esperaba que no tuviéramos que enfrentarnos a ella, pero parece que no nos queda de otra! ¡No olviden lo que dijo el chico! ¡Sean muy cuidadosos de su poder para controlar mentes! Mierda, mierda, mierda…" Aunque bien esas palabras podrían haber provenido de Subaru, ese no era el caso. Un muy alterado Ricardo no tardó en ejercer su posición de capitán.
A diferencia de Subaru, que se encontraba ligeramente confiado tras su victoria sobre Petelgeuse, Ricardo y el resto de los mercenarios se encontraban completamente abrumados por los nervios. Nunca en su vida habían enfrentado a un ser que emanara un aura tan aterradora. Ante ellos se encontraba la Arzobispa de la Ira, una mujer capaz de controlar mentes con su poder otorgado por la malvada bruja.
Desde que Subaru reveló las habilidades de cada uno de los arzobispos que aparecieron en su visión, Ricardo había temido especialmente encontrarse con esa mujer vendada. Subaru afirmaba poder ver las extremidades invisibles del Arzobispo de la Pereza, ello sin lugar a duda facilitaría un combate contra él. Y por lo que había dicho Subaru, mientras fueran capaces de evitar que la sangre de la Arzobispa de la Lujuria, y el agarre de su poderoso subordinado de múltiples brazos, entonces no tendrían problema al luchar contra ella.
No obstante, Subaru había dejado bien en claro que él no era completamente inmune al poder de la Arzobispa de la Ira. Un poder que, para empeorar las cosas, infringía un terror absoluto y paralizante en los corazones de guerreros como ellos. No se trataba de una habilidad de la que pudieran defenderse usando la fuerza de sus músculos ni sus habilidades en combate. Sus mentes se encontraban vulnerables ante la espeluznante habilidad de la mujer vendada; Subaru la había llamado… la Autoridad de la Ira.
Algo dentro del cuerpo de Subaru se estremeció. Lo sentía en sus carnes, ese combate implicaría un importante paso hacia el final feliz que tanto añoraba; sin embargo, no estaba seguro de hacía que dirección sería dado ese paso. Su destino una vez más se vería alterado, lo presentía. La ira de esa mujer resonaba con él, era como si lo llamara. Esa parte oculta de su ser, ese fragmento nacido en las llamas de la tortura, esa voz en su cabeza suplicaba por aquel encuentro. La voz, la voz, la voz… ¡La ira le llamaba!
"Ja… Ja, ja, ja… Jajajajajajajajajajaja." Súbitamente, Subaru estalló en carcajadas. En su rostro, enrojecido por el impacto recientemente recibido, se formó una perversa sonrisa carente de cualquier rastro de sincera alegría. "Eso es gracioso, viniendo de alguien como tú. ¡¿Me hablas de ira, Sirius?! ¡Después de todo lo que ustedes me han hecho, no tienes derecho a decir que subestimo tu ira!"
"¿Dices que no tengo el derecho de decirlo, tú estúpida mosca?" Preguntó Sirius, sacudiendo ligeramente las cadenas de oro enrolladas a sus brazos, que apenas eran visibles debido a que las mangas de su túnica las ocultaban. "¡Yo soy ira! ¡La ira que arde en mí lo consume todo! ¡Tú no eres nadie para poner la magnitud de mi ira en tela de duda!"
"Yo no estoy dudando de la intensidad de tu ira, Sirius." Dijo Subaru, sacudiendo lentamente su cabeza de lado a lado. "No dudo que la ira del Arzobispo que lleva el nombre de dicho pecado capital sea inconmensurable. Sin embargo… Yo soy producto de esa ira. ¡Así que déjame decirlo una vez más! ¡Después de todo el sufrimiento que tú y tus compañeros me han pecho pasar, nadie aquí es capaz de sentir más odio e ira que yo!" Subaru se había dejado llevar, ya ni siquiera era capaz de pensar coherentemente; simplemente deseaba fastidiar a aquella mujer que una vez lo observó morir sin hacer nada, a esa mujer que prendió llamas a su cuerpo y lo redujo a cenizas. "¡Pero ya basta de discutir por estupideces sin valor! ¡Hal-san, ya sabes que hacer!"
"¡Sí señor!" Respondió Halibel, desapareciendo antes de que sus palabras alcanzaran a todos los allí presentes.
"Asesinar al dedo principal de mi querido… Empequeñecer mi ira… Burlarse de mí… Lo lamento, pero el simple hecho de que ustedes sean compañeros de esa persona implica que también deben de ser reducidos a cenizas." Llamas abrasadoras envolvieron la cadena dorada en manos de Sirius; sin embargo, aunque esta permaneció enrollada a los brazos de la mujer, el fuego no parecía dañarla.
"¡C-Capitán!" Gritó uno de los mercenarios, agarrando con fuerza su cabeza. En poco menos de un segundo los demás mercenarios de menor rango se encontraban haciendo lo mismo.
Aquellos en las cercanías de Sirius comenzaron a ser consumidos por la ira. Subaru lo notó inmediatamente. Él se encontraba a varios metros de Sirius, sin embargo la abrumadora emoción también comenzó a afectarlo, aunque menos que a aquellos que se encontraban más cerca de ella. Además, Subaru pudo sentir que el efecto de la habilidad era considerablemente menor que durante sus anteriores encuentros. ¿Acaso saber sobre la existencia de la Autoridad influye en algo? Pensó.
"¡Tch! ¡Maldita sea, el efecto es menor de lo esperado! Una vez más, mi ardiente ira está siendo empequeñecida." A pesar de que la mayoría de los mercenarios habían sido inmovilizados por los efectos de su habilidad, Sirius parecía disgustada con el resultado. Subaru inmediatamente dedujo que, efectivamente, tener conocimiento de la habilidad influía en su efecto. Aun así… "Por suerte, esta zona aún no ha sido purgada, por lo tanto deberían quedar suficientes conductos para que mi Autoridad de la Ira sea esparcida."
Subaru una vez más pudo confirmar una de sus hipótesis. Así como había dicho Petelgeuse, las habilidades de los Arzobispos del Pecado eran llamadas Autoridades. ¿Acaso tenían relación con las Protecciones Divinas? Ese definitivamente no era el momento ni el lugar para pensar en ello. Rápidamente, Subaru miró a sus alrededores. En las silenciosas calles de la capitán se levantó un enorme alboroto.
Sonidos de vidrios siendo quebrados, ruidos de madera rompiéndose, ruidos de metal siendo golpeado, aullidos enloquecidos, gritos de ira. Subaru no había considerado a cuantos objetivos podría afectar la Autoridad de la Ira; no hacerlo había sido un gigantesco error. Un poderoso estruendo sacudió las casas más cercanas. Personas ensangrentadas, con ojos rojos como Luna Carmesí, emergieron de sus casas empuñando armas de todos los tipos. Armas improvisadas y armas genuinas.
"Maldita sea, la dificultad del combate acaba de elevarse considerablemente." Murmuró Subaru, acercándose al mercenario que se encontraba más cerca de él. Sin embargo, lo había hecho sin fijarse de quien se trataba; y al notarlo, lamentó enormemente su descuido. Con ira ardiendo en su mirada, el mercenario se volvió hacia él. "¿U-Utada…?"
El mercenario que durante ese eterno ciclo de muerte había servido como su guardaespaldas ya lo había asesinado en dos ocasiones, consumido por completo por la ira. No existía persona más susceptible a la Autoridad de la Ira que él. ¿Moriría una vez más? No podía permitirlo. Torpemente, Subaru se alejó del mercenario lentamente sin alejar su mirada de él. No obstante, este rápidamente extendió sus afiladas garras hacia él.
"No debería alejarse demasiado, Subaru-sama. Esa perra ha puesto a la mitad de nuestras fuerzas y a todos los ciudadanos que vivían en el área en contra de nosotros."
"¿Eh?" Un sonido estúpido se escapó de la boca de Subaru.
"¿Qué sucede, Subaru-sama? No me diga que creyó que esa tal Autoridad de la Ira sería capaz de controlarme. Yo diariamente lidio con más ira que esta, y he aprendido a controlarla. Solo yo decido hacía donde dirijo mis emociones, nadie más. Y por ahora… por ahora usted no es mi objetivo, Subaru-sama. No se preocupe." Con el ceño fruncido, pero su eterna mirada de indiferencia plasmada en su rostro, Utada aplacó los mayores temores de Subaru, en cuyo rostro una sonrisa torcida se formó.
"Me alegra haber decidido traerte." Dijo Subaru, sin conseguir respuesta por parte de Utada. Aun así, esto no molestó a Subaru.
Utada tenía razón. Éste nunca le atacó a menos que sus acciones resultaran indudablemente sospechosas, incluso cuando de su cuerpo emanaba un intenso hedor al misma de la bruja. Contrario a lo Subaru había creído anteriormente, Utada había obtenido un casi absoluto control sobre sus propias emociones durante sus años como mercenario, y por ello era muy respetado y admirado dentro del Colmillo de Hierro. Eso lo convertía en una poderosa carta que podía usar en contra de Sirius.
"Eviten a toda costa lastimar a los civiles y a los compañeros que haya caído presa de la habilidad de la Arzobispa; solo háganlo en el extremo caso de que sus vidas se encuentren en peligro. Será considerado un acto en defensa personal, así que no se preocupen por las represalias. ¡Aun así, deben priorizar ante todo eliminar a la mujer vendada!"
Con esas palabras, Ricardo intentó recuperar el orden dentro de su pelotón de mercenarios, pero eran muchos aquellos cuya ira ahora era dirigida hacia los aliados. La mayoría de aquellos no consumidos por la ira asintió y se acercó a Ricardo, organizándose en una especie de formación de ataque y defensa; Subaru nunca había visto formación similar. Con pocas palabras, Ricardo asignó a una parte de sus subordinados el mantener bajo control a aquellos cuyas mentes habían cedido ante la autoridad de Sirius, y asignó a otra parte de ellos la tarea de atacarla a ella.
"¿No deberías estar tú con ellos?" Le preguntó Subaru a Utada. En ese momento, ambos se encontraban separados por unos metros de los demás mercenarios.
"Mi trabajo no ha cambiado, Subaru-sama. Lo protegeré a usted y asesinaré a esa maldita adoradora de la bruja lava cerebros."
"Es reconfortante escucharlo." Respondió Subaru, mientras daba una rápida revisión a su arma reinventada y quitaba el seguro de ésta. "Yo me encargaré de darte apoyo desde la retaguardia."
No sería una exageración afirmar que esas palabras dieron paso al choque de fuerzas contrarias. Mientras que Sirius observaba con su único ojo visible el cómo se desenvolvían en el combate las víctimas de su habilidad, un proyectil de color rojo brillante se dirigió hacia ella a grandes velocidades. El silbido del aire siendo surcado fue lo que alertó a la mujer, que rápidamente saltó hacia atrás.
Un potente estallido arrancó varios adoquines de la calle. La zona fue iluminada por una luz salvaje y asesina, la onda de choque sacó de equilibrio a aquellos controlados por la ira de Sirius. "¡Sirius, muérete de una maldita vez, no tengo tiempo para entretenerme contigo!" Un grito exasperado llegó a los oídos de una estremecida Sirius, que se encontraba completamente deslumbrada.
La luz de la explosión la había cegado y la fuerza de la onda expansiva la había desorientado. Sirius se encontraba vulnerable, y esa era la abertura que Halibel había estado esperando desde la distancia. Antes de tal encuentro, Subaru desconocía como era que Sirius controlaba las mentes de las personas. Por ello, había optado por ordenar a Halibel que se alejara lo más posible y que monitoreara el combate desde lejos; la luz de la explosión sería la señal.
Si Sirius resultaba inafectada por la explosión, entonces Halibel debía retirarse inmediatamente, para evitar que la Autoridad de la Ira la afectase. No obstante, eso no había resultado necesario. Blandiendo dos afiladas dagas, el guerrero Shinobi se lanzó contra la espalda de la mujer. Dos metros, un metro, medio metro, diez centímetros, cinco centímetros. A la velocidad del viento, Halibel se acercó al área desprotegida del cuerpo de Sirius.
"¡Aléjate de mi cuerpo, maldito demi-humano!" Rugió Sirius, volteando por completo su cuerpo y recibiendo a Halibel con sus cadenas de fuego. Subaru no lo había notado hasta ese momento, pero fue entonces que se volvió aterradoramente evidente; la cadena terminaba en dos afilados garfios.
"Eso estuvo cerca." Comentó Halibel, aterrizando a varios metros de Sirius; su reacción había sido igual o superior a la Sirius. Dos enemigos formidables se encontraban uno frente a otro.
"Hmm… No cabe duda de que tú eres el subordinado principal de ese gusano que ha insultado la ira que él mismo provocó. ¿Cómo es que un guerrero de tan alto grado como tú se rinde ante una mosca molesta como él? En verdad no entiendo el cómo piensas, poderoso guerrero bestial." Mientras que acortaba distancias con Halibel, Sirius comenzó a cuestionarlo. ¿Cuál era su objetivo? Subaru solo podía preguntarse al respecto.
"No tengo por qué responderte, lunática. Mis decisiones son asunto mío." Respondió Halibel, mirando rápidamente la pierna de Sirius. Subaru, que estaba siendo protegido por Utada, miró hacia ese lugar. Allí, cerca de la rodilla vendada de Sirius, podía verse una pequeña mancha de sangre. ¡Lo logró! Celebró Subaru mentalmente.
"¿Lunática? Me alegra que me llames de esa manera, así es como siempre ha sido calificado mi querido. Lunáticos que comparten su ardiente amor y locura, bañados en la sangre recién derramada de los depravados que se atreven a cuestionar nuestros ideales. Sin embargo, él se desvive por esa perra demonio. ¿Por qué alguien tan magnifico como mi querido sigue a alguien tan despreciable como ella? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué un guerrero como tú sigue a una mosca como ese sujeto? ¡No me importa que no me lo digas, en tu sangre encontraré la respuesta!" Con un rápido movimiento de brazos, las cadenas se estiraron hasta casi rozar el rostro de Halibel; no obstante, Halibel no era equiparado al Santo de la Espada como el guerrero más poderoso de su país en vano.
"Eres una mujer peligrosa, demasiado peligrosa. Tú locura ha inhibido cualquier sentido de racionalidad en ti y te hace escupir idioteces sin parar, al punto en que incluso insultas a la bruja, que el grupo de fanáticos al que perteneces adora." Sin que Sirius fuera capaz de esquivarlo, un kunai se enterró en el costado derecho de su abdomen. "Puedo percibirlo en mi pelaje, para que Su-san pueda cambiar el destino de este mundo, es necesario que tú perezcas."
Satisfecho con lo visto, Subaru alejó la mirada momentáneamente del combate entre Halibel y Sirius; su resultado ya estaba decidido. Halibel era demasiado poderoso. Un solo corte de sus armas, y tu destino estaba sellado. El guerrero más poderoso de Kararagi, alguien capaz de, teóricamente, codearse con Reinhard Van Astrea; su mejor carta era capaz de conseguirle cualquier victoria.
No obstante, Subaru, que se había sumido en observar el combate entre los guerreros más poderosos presentes, había olvidado monitorear la situación que le rodeaba. Y esta no era una prometedora. Gritos de desesperación fueron arrancados de aquellos mercenarios que en defensa propia debían herir a su compañeros. Gritos de dolor fueron arrancados por las armas de aquellos cuyas mentes habían sido controladas por la ira. Si deseaba continuar con vida, todavía no podía dar el combate por concluido; el virus de la ira no paraba de esparcirse.
