Almas Contaminadas de Ira
Una Hora y Cuarenta Minutos desde la Última Muerte (Quince Muertes)
La ira se habían expandido como una contagiosa enfermedad, y aquellos que habían caído víctimas de ésta se habían vuelto en contra de sus aliados. Civiles que no tenían nada que ver con el conflicto también habían sido afectados por esta terrible enfermedad, tomaron lo primero que tuvieran a mano y con ello atacaron a aquellos que Sirius consideraba enemigos. Con berridos enloquecidos, la Arzobispa de la Ira lavó el cerebro de todos bajo su control e incrementó la corrosiva ira que los cegaba.
"¡Muere, maldito gusano! ¡Te haré arder con mi ira!" Repitiendo las palabras de Sirius, los zombis de la ira atacaron indiscriminadamente. Tal vez no todos portaran armas convencionales, de hecho, la gran mayoría blandía simples palos de madera o herramientas de trabajo, pero ello no les impidió causar la mayor cantidad de daño posible antes de caer noqueados.
"¡Maldición, son demasiados! ¡¿Subaru-sama, falta demasiado para que Halibel-sama logre encargarse de esa puta arzobispa?!" Utada, que hace menos de un par de minutos había afirmado que enfrentaría a Sirius, parecía desesperado por que el combate finalizara. Con sus brazos y el costado de su enorme hacha había mantenido a raya a los enemigos lanzándolos siempre lo más lejos posible sin asesinarlos, pero la cantidad de estos ya estaban comenzando a abrumarlo.
Ni un solo mercenario había acudido a la ayuda de Halibel, y ello se debía a que su formación de ataque y defensa se había desplomado por completo. El efecto de la Autoridad de Sirius se había propagado aún más de lo calculado, y cada vez más aliados se transmutaban en enemigos. Alarmado, Subaru intentó llamar a Ricardo, pero todos los mercenarios del Colmillo de Hierro habían sido engullidos por la ola de subordinados de la ira.
"¡No debería tardar demasiado!" Respondió Subaru, así buscando calmar no solo las preocupaciones de Utada, sino que también las suyas propias.
Pero con simples palabras no conseguiría nada; creer lo contrario sería delusorio. Subaru ya se había engañado a sí mismo con delusiones de su propia factoría, y sabía cuánto daño podía provocar no confrontar la realidad. Tenía que pensar en una manera de sacarlos a Utada y a él de ese lugar, era necesario que se reunieran de nuevo con el resto de los mercenarios y planearan una mejor manera con la cual lidiar con las víctimas de la Autoridad de la Ira.
Los números abrumadores de enemigos no paraban de aumentar, y Utada cada vez tenía que utilizar más fuerza para repeler a los atacantes. Con su antebrazo golpeó a un hombre que se había abalanzado sobre él blandiendo un cuchillo de cocina, éste cayó fuertemente al suelo y sangre comenzó a brotar copiosamente de su cabeza. Antes de que el pobre hombre pudiera recuperarse, la horda de zombis de la ira pasó por encima de este sin tan siquiera prestar atención a los restos de carne que habían manchado las suelas de sus zapatos.
Con asco, Utada siguió repeliendo enemigos violentamente. Esa persona que había muerto aplastada era una víctima, igual que sus asesinos. Sin embargo, si Utada se detenía a pensar y lamentarse por cada atacante al que dañaba, no sobrevivirían. Subaru, que se encontraba cubierto por el imponente cuerpo del hombre bestia, también fue testigo de la desagradable muerte del hombre, y también llegó a la misma conclusión que Utada.
Sus propias vidas eran prioridad. Si deseaban vivir debían luchar, aún si ello implicaba dañar a personas que podían considerarse inocentes. En ese mundo cruel en el que se encontraba, solo sobrevivía el más fuerte, solo sobrevivía aquel dispuesto a hacer todo lo necesario para seguir viviendo un día más. Y para vivir, necesitaba encontrar una solución a su problema actual.
Subaru seguía pensando en maneras de salir de la compleja situación en la que se encontraban, cuando percibió que le atacaban. "¡Muere, repugnante gusano! ¡Muere!" Un hombre que parecía estar en sus cuarentas se abalanzó sobre Subaru. Utada había fallado en contener a los enemigos. El hombre llevaba en sus manos un martillo, parecía tratarse de un herrero.
"Mierda, debería de andar encima una espada para situaciones como esta." Murmuró Subaru, esquivando el ataque; el hombre trastabilló y cayó al suelo. "¡Utada, tenemos que retroceder! ¡Shamak!"
Una nube de oscuridad envolvió los alrededores. Subaru fue levantado abruptamente del suelo y cargado fuera del manto de negrura. La sensación traumática de estar a punto de ser reventado contra una pared o el suelo recorrió su cuerpo, provocando que su sangre se helara y que su cuerpo se estremeciera involuntariamente. Sin embargo, Subaru fue capaz de mantener la compostura; no era momento de ceder ante sus debilidades.
"Sostenme bien, voy a disparar mi arma." ¡Son civiles, Subaru-sama! Tal vez Subaru esperaba ser detenido con palabras similares a esas, pero tal cosa no sucedió. Utada era consciente de que sacrificios debían de hacerse. El sonido de una potente explosión provino del núcleo de la nube negra. Empujados por el impulso de la onda expansiva, Utada y Subaru abandonaron el Shamak.
Matar se había convertido en una válida forma de lidiar con sus problemas. Entender esto realmente le fastidiaba. Matar se estaba convirtiendo en hábito. Si no fuera tan débil, tal vez habría sido capaz de encontrar una alternativa. No obstante, pensar en ello no le llevaría a ningún lado; no era momento para estar dudando. Velozmente buscó a Ricardo, pero lo único que podía ver eran personas con ojos enrojecidos blandiendo viciosamente toda clase armas; civiles y mercenarios por igual.
"¡No veo al capitán!" Exclamó Utada, externando los temores de Subaru. Subaru estaba por decirle a su guardaespaldas que siguiera buscando, cuando pudo observar un particular mohicano entre la multitud. El mohicano se estaba acercando a ellos, cosa que alivió las preocupaciones de Subaru. "Olvide eso, Subaru-sama. Ya lo encontré. ¡Capitán, estamos aquí!"
Fue entonces que un estremecedor escalofrió recorrió la espina dorsal de Subaru. Estuvo por silenciar a Utada, pero ya era demasiado tarde. Su guardaespaldas ya había llamado a Ricardo. Espero estar equivocado, pensó Subaru. No obstante, su intuición había sido forjada en el calor de las llamas de la muerte y el frío de su propia sangre derramada. Esa sensación no era una simple casualidad.
"¡Arghhh! ¡Ch-ico…! ¡A-Aléjate, maldita sea!" Cuando el rostro de un rabioso Ricardo emergió de entre la multitud, era obvio lo que había ocurrido. Sin detener sus desesperadas zancadas, sus ojos completamente ensangrentados, Ricardo abrió ampliamente su hocico entre gruñidos enloquecidos. "¡Muere!" Pronunció antes de que una esfera de maná comenzara a condensarse dentro de su hocico.
"¡Oh, mierda! ¡Lo siento, Subaru-sama, no me queda más opción que hacer esto!" Sin darle tiempo a Subaru a reaccionar, Utada lo lanzó alto por los aires, lejos de la multitud de aliados y civiles controlados por la Autoridad de Sirius. Desde el aire, Subaru pudo ver como una luz fantasmal comenzaba a engullirlo todo. "¡Dígale a Anastasia-sama que al final cumplí con mi debe-!"
Una tercera explosión tuvo lugar en la avenida. Una luz de un color azulado fantasmagórico envolvió gran parte de la calle, donde se encontraba Utada como núcleo de ésta. Era uno de los poderosos gritos de maná que Ricardo y los trillizos eran capaces de utilizar. Subaru nunca pensó que llegaría el día en que él sería el blanco de estos.
El suelo se acercó vertiginosamente rápido, por suerte, Subaru había aprendido como caer sin lastimarse durante su entrenamiento junto a Julius. Acomodando su cuerpo en el aire y dando un giro al caer, Subaru logró aterrizar con solo un pequeño dolor de espalda como resultado. Rápidamente se puso en pie y revisó los alrededores. A pocos metros de él, Halibel y Sirius seguían enfrentándose, y al lado contrario, la masa de enemigos se movía hacia él con ira ardiendo en sus miradas.
Sin dudarlo demasiado, Subaru empuñó su arma de fuego y apuntó su cañón hacia el grupo de civiles y mercenarios; en ese momento eran enemigos, no podía permitir que la moral de su mundo lo detuviera, o simplemente moriría y volvería a empezar de cero. Finalmente se había reunido con Halibel, así que no podía aceptar tal frustrante destino.
Subaru apretó ligeramente el gatillo, pero antes de disparar, se detuvo. No porque de pronto se sintiera incapaz de hacerlo o porque su consciencia lo hubiera detenido, sino porque notó algo peculiar en la multitud de víctimas de la ira. La mayoría de aquellos controlados por la Autoridad de la Ira se estaban moviendo lentamente, muy lentamente. Era como si se trataran de zombis reales; aquellos zombis en proceso de descomposición de las películas más clásicas del horror.
Subaru aún se encontraba cavilando respecto a ello, cuando sintió un profundo malestar invadir su cuerpo. Se sentía como si toda la energía de su cuerpo hubiera sido drenada. Junto con esa sensación, una ira indescriptible comenzó a borbotear en su corazón. Unas enormes nauseas hicieron que casi perdiera el equilibrio. Se había acercado demasiado a Sirius, concluyó. Eso explicaba la ira… Pero, ¿qué sucedía con ese inusual agotamiento similar al desfallecimiento?
"Desgraciado subordinado de esa maldita mosca, no p-permitiré que apagues el fuego de mi ira con tus despreciables maldiciones cobardes." Un grito desesperado proferido por Sirius llegó a los oídos de Subaru. ¿Ira, cansancio? Nada de eso importaba, Sirius estaba al borde de la muerte, el combate estaba por terminar.
Con ello en mente, Subaru se volteó hacia Halibel y Sirius una vez más, su dedo aún en el gatillo de su arma. Halibel tenía quemaduras en sus brazos y piernas, además de un corte en su rostro y abdomen; no obstante, no parecían ser heridas comprometedoras. Un poco de magia curativa sería suficiente para que pudiera seguir luchando sin problema alguno.
Ágilmente, Halibel esquivó el garfio dorado ubicado al final de la cadena ardiente y se acercó a Sirius. La Arzobispa de la Ira compendió las intenciones de su enemigo y lo atacó con el otro extremo de su cadena. El garfio rozó el brazo izquierdo de Halibel, cortando pelaje y piel, pequeñas cantidades de sangre comenzaron a brotar, pero esto no detuvo a Halibel. Subaru pudo notar que Halibel se estaba esforzando por terminar el combate lo antes posible.
"¡Muere! ¡Muere! ¡Muere! ¡Muere! ¡Maldito subordinado de ese despreciable insecto! ¡Cae derrotado ante mi ira!"
No importaba cuanto se resistiera Sirius, desde el momento en que Halibel la rozó con sus dagas malditas, su destino estuvo sellado. La Arzobispa de la Ira se encontraba demasiado debilitada para mantener el ritmo frenético de combate; su energía había sido drenada y se encontraba ante las puertas de la muerte. Fue entonces que, sintiendo como su estómago daba un vuelco, Subaru finalmente lo comprendió.
"¡Halibel, detente, no lo ha-!" Pero ya era demasiado tarde. La daga de Halibel atravesó el cuello vendado de Sirius de un extremo al otro, la punta de ésta sobresaliendo por su nuca, y entonces todos aquellos presentes en la avenida cayeron al suelo completamente abatidos. En aquella avenida, solo Halibel permaneció con vida.
Cero Días desde la Última Muerte (Dieciséis Muertes)
"¡Hnk!" Sintiendo que le faltaba el aire, Subaru levantó violentamente la parte superior de su cuerpo. Violentas nauseas le asolaron, pero arcadas infructíferas fueron lo único que precedió. En su estómago no quedaba nada que vomitar, ni si quiera bilis o jugos gástricos corrosivos.
¿Dónde se encontraba? ¿Qué había sucedido? Subaru se encontraba tan desorientado como nunca lo había estado en su vida. Haciendo un enorme esfuerzo, debido a que sentía sus parpados antinaturalmente pesados, Subaru intentó analizar sus alrededores. Sin embargo, se vio en la necesidad de permitir que sus parpados cayeran una vez más por su propio peso.
Liberando gemidos de agonía, Subaru apretó fuertemente su cabeza con sus dos manos. Se encontraba paralizado por una terrible jaqueca, era incapaz de formar pensamientos coherentes. ¿Qué estaba sucediendo? Le dolía el rostro, le dolían las sienes, su cabeza parecía estar a punto de explotarle y no había nada que pudiera hacer para escapar de ese sufrimiento. ¿Había muerto? ¿Permanecía con vida?
"¡Su-san! Me alegra que por fin hayas despertado. Estaba a punto de despertarte yo mismo, pero Kitzu-san no dejaba de insistir con que debías descansar. ¡Te lo dije, Kitzu-san! ¡Su-san expresó claramente la necesidad de llegar al castillo en el menor tiempo posible!" Una voz retumbante y reverberante sacudió sus tímpanos, provocando que se viera en la necesidad de ahogar un grito de dolor.
"¡Insisto, Halibel-sama, Subaru-sama no se encuentra en condiciones de moverse, mucho menos de correr hasta el castillo! ¡Solo mírelo, está claro que aún sufre secuelas del ataque del Arzobispo de la Pereza!" Otra voz se unió a la primera, violentando aún más sus hipersensibles oídos. De pronto se escucharon pasos y pudo percibir como la segunda voz se acercaba. "¿Cómo se encuentra, Subaru-sama?"
Por mucho que esa fuera una pregunta de rutina, se trataba de una pregunta muy estúpida para formular en ese momento, juzgó Subaru. Entre quejidos ahogados, Subaru murmuró. "D-Dolor…"
"¿Qué tan intenso es el dolor, Subaru-sama? ¿Le resulta insoportable? ¿Necesita que vuelva a aplicar magia curativa en su rostro?" Sin dudarlo, Subaru asintió torpemente. Una ola de alivio entonces envolvió su cuerpo, empezando por su cabeza. Con ello, los pensamiento comenzaron a fluir con mayor facilidad en su cerebro.
Dolor. Arzobispo de la Pereza. Magia Curativa. Rostro. Los engranajes en la mente de Subaru, que se había comenzado a habituar lentamente al extremo dolor, fueron lubricados por la magia curativa y empezaron a moverse con sorprendente velocidad. El rompecabezas de información fue rápidamente armado en su mente. Era evidente lo que había sucedido. El punto de guardado había cambiado. Al principio había dudado de ello, pero las pruebas indicaban irrefutablemente que ese era el caso.
Esa era la primera vez que el punto de guardado cambiaba durante un ciclo de muerte. Subaru había asumido que éste permanecería fijo hasta que el ciclo de muerte en cuestión fuera superado y los bucles de muerte concluyeran. Pero ese ya no era el caso; su hipótesis había resultado errada. No obstante, el cambio de punto de guardado funcionaba a su favor.
Los recuerdos de su muerte fluyeron con más facilidad ahora que sus dolencias habían sido aliviadas por la magia del curandero. En su mente aún pesaba la amargura causada por la idea de tener que empezar una vez más desde la casa de Leith; la amargura provocada por el hecho de todos sus esfuerzos habían resultado en vano. Pero tal amargura había resultado innecesaria, porque su bendición y maldición finalmente había trabajado a su favor.
Aparentemente se había despertado ligeramente antes que cuando lo hizo durante el bucle anterior. Por ello Halibel no había comenzado a llamarlo y por ello el intenso dolor en su rostro había resultado aún más insoportable que antes; o al menos eso pensaba Subaru. Por supuesto, no podía descartar que el aumento de la intensidad del dolor estuviera relacionado con el malestar que comúnmente acompañaba a cada regreso. Ambas dolencias se habían multiplicado entre sí, haciendo de su despertar uno todavía más terrible.
No obstante, aunque fueran solo segundos, ello implicaba que ahora contaba con un poco más tiempo que el bucle anterior, y solo por ello consideraba que soportar ese amargo despertar había valido la pena. Ahora solo debía continuar desde donde quedó y… evitar encontrarse con Sirius. Los recuerdos de aquel breve combate inundaron su mente.
"¡Hal-san, debemos irnos de aquí inmediatamente!" Sin demorarse un segundo, Subaru se levantó ignorando el dolor remanente y se volteó hacia Halibel, abriendo por fin sus pesados parpados.
"Subaru-sama, aún no he terminado de aplicar la magia curativa, el dolor podría-" Subaru silenció al curandero con facciones de zorro levantando una de sus manos.
"Llama a Ricardo." Disgustado pero sin refutar, el curandero se alejó de Subaru y fue en búsqueda de Ricardo, que no debía de encontrarse muy lejos.
"No tenemos tiempo para discutir al respecto, Hal-san, pero tuve otra visión." El gesto despreocupado de Halibel flaqueó momentáneamente al escuchar esas palabras. "En pocos minutos nos encontraremos con la Arzobispa de la Ira. Debemos evitar ese encuentro."
"¿Tan terrible fue el resultado de encontrarnos con ella?" Preguntó Halibel, ante lo que recibió un pronunciado asentimiento.
"¿Qué pasa, chico?" Justo a tiempo, el capitán del Colmillo de Hierro se acercó a ambos.
"Ricardo, debemos irnos de aquí, ¡ahora! Si no lo hacemos, todos moriremos."
"¿No puedes explicármelo aunque sea brevemente?" Dijo Ricardo, con una tenue mueca de molestia.
"La Arzobispa de la Ira es un enemigo más aterrador de lo que pensé. No solo puede controlar mentes, sino que, además, todo daño que le hagamos rebotará y afectará a aquellos bajo su control." Informó Subaru ominosamente. "Tendrás que conformarte con eso, Ricardo."
"Bueno, en primer lugar yo planeaba evitar enfrentarnos a ella, así que escuchar que podríamos encontrarnos con ella es suficiente razón para desear escapar de aquí lo antes posible."
"¡Bien! En ese caso informa a todos." Y con esas palabras, Subaru comenzó a moverse hacia el callejón más cercano. Antes de entrar en éste, miró un momento al cadáver de Petelgeuse. "… ¿Un dedo, eh?" Lo que fuere que eso significaba, le daba muy mala espina. Antes Subaru había llegado a creer que Petelgeuse llamaba dedos a aquellos subordinados más cercanos a él, pero ya no podía estar tan seguro de ello.
Con Subaru y Halibel a la cabeza, seguidos de cerca por Ricardo y Utada, el grupo, consistente en su gran mayoría por mercenarios, se movió hacia el norte por dos cuadras, antes de regresar a moverse en dirección noroeste. Según Subaru, con ello tal vez podrían evitar encontrarse con Sirius. Sin embargo, Subaru realmente no confiaba en ello. Sirius era capaz de captar el hedor de la bruja que desprendía su cuerpo, así que era cuestión de tiempo para que los encontrara. Aun así, tal vez si conseguía más tiempo lograrían encontrar la manera de derrotarla sin morir en el proceso…
"… ¿Yo soy inmune?" Preguntó Halibel, ligeramente sorprendido por la revelación.
"Sí, ese parecía ser el caso por lo que pude ver en la visión. Así que no hará falta que te alejes de la zona si es que llegásemos a encontrarnos con ella; aun así, no bajes la guardia. Realmente no sé qué sucedió contigo una vez diste el golpe de gracia a Sirius, así que no podemos descartar que también fuiste afectado por su autoridad y moriste."
"Entiendo… Pero Su-san, por lo que dices, mientras no la mate, todo estará bien, ¿no es así?" Dicha pregunta provocó que Subaru, quien se encontraba mirando el camino frente a él, le mirara de soslayo. Halibel prosiguió. " ¿No debería bastar con simplemente dejarla inconsciente?"
"Considerando la situación de la capital, no creo que tomar preso a uno de los Arzobispos del Pecado sea buena idea. Además, eso no resuelve el problema de que la mayoría de nosotros somos susceptibles a ser controlados por su autoridad en mayor o menor medida."
"Hmm… Tal vez podríamos-"
"Lamento interrumpir su afable paseo por la ciudad, pero me gustaría hacerles una pregunta."
Halibel parecía dispuesto a seguir aportando ideas, cuando él y Subaru se detuvieron en seco al escuchar una voz tranquila acompañada por el sonido de cadenas siendo arrastradas. Ambos, junto a los miembros del Colmillo de Hierro, buscaron la fuente de esa voz, y no tardaron en encontrarla. En el tejado de una de las casas que rodeaba la callejuela en la que estaban ubicados, se encontraba un mujer con el cuerpo completamente vendado, iluminada por el rojizo sol del atardecer.
"Mierda… Hal-san, prepárate para atacar." Susurró Subaru con una voz cargada de hostilidad y nerviosismo.
"¿No serán acaso ustedes los culpables del asesinato de uno de los preciados dedos de mi querido? Quisiera disculparme por adelantado en caso de que no es así, pero es que temo que ustedes son las únicas personas armadas en el área. Así que por favor, podrían responderme… ¡¿Fueron ustedes los malditos insectos que osaron lastimar a mi querido?!"
"…" Ninguno de los presentes se movió, ninguna voz fue proferida. El tenso silencio permaneció inalterado, hasta que Subaru finalmente se atrevió a hablar.
"No queremos tener problemas con usted, señorita. Solo estábamos de paso. Puedo asegurarle que no somos culpables de ese asesinado del que habla." Subaru sabía que era inútil, pero al menos debía de intentar engañarla, así como había intentado engañar a Petelgeuse.
"Tú." Dijo Sirius, señalando con su dedo índice a Subaru; un garfio conectado a una cadena dorada colgaba a pocos centímetros de su muñeca. "Lo siento, pero tus palabras no son muy confiables. La peste de la bruja es fuerte en ti, así que debo disculparme, pero me resulta imposible creer en nada de lo que pronuncie tu engañosa lengua. Hace un rato pude escuchar de uno de los dedos de mi querido que un individuo particular había aparecido. ¿Eres tú, no es así? ¡El hedor de esa perra es intenso en ti! ¡Además te atreves a hablarme con tan desvergonzada confianza y a mentirme tan descaradamente! ¿No serás tú Orgullo?"
"…" Subaru permaneció en silencio. Lentamente tomó el arma que colgaba en su espalda, el arma que había recuperado de manos de Ricardo poco después de que haber escapado de la avenida en la que yacía el cadáver del esposo de Sirius; o al menos Subaru esperaba que fuera el cadáver de Petelgeuse. En un inicio había olvidado pedírsela de vuelta, pero lo ocurrido al salir esa mañana de la mansión no volvería a repetirse.
"¡No cabe duda! ¡Tu maldito y despreciable orgullo te cegó y asesinaste a uno de los dedos de mi querido, al dedo principal de hecho! ¡Después del fiasco que resultó esa innecesaria Prueba, mi querido no ha conseguido recuperar por completo sus dedos y ahora tú asesinaste a uno de ellos! ¡Tú eres el culpable de esa muerte, así que me aseguraré de reducirte a cenizas con mi ira!" En el instante en que las cadenas que rodeaban los brazos de Sirius ardieron con la llameante ira de su alma, Subaru comprendió que no había escapatoria.
El hedor de la bruja le perseguiría por siempre, y un ser despreciable siempre estaría siguiendo tal despreciable rastro. Si no eliminaba a Sirius, no podría llegar al castillo. Tal realización provocó que algo en lo profundo de Subaru palpitara con tenebroso vigor. Una vez más, la ira de Sirius resonó con su alma. Su destino estaba escrito en piedra, la Piedra del Dragón así lo dictaba; Natsuki Subaru debía asesinar a Sirius Romanée-Conti.
Diez Minutos desde la Última Muerte (Dieciséis Muertes)
Subaru no había tenido suficiente tiempo para pensar en una nueva manera de lidiar con Sirius, una vez más, un bucle estaba destinado al fracaso apenas había comenzado. Aun así, Subaru no iba a darse por vencido tan fácilmente; esa era la maldición que Anastasia le había lanzado. Si no luchaba por vivir, entonces estaría rompiendo la promesa que le había hecho.
Como era de esperarse, el combate comenzó de manera muy similar a como lo hizo durante el bucle anterior. Pero, a excepción del bucle anterior, Subaru sabía sobre el gran rango de la Autoridad de la Ira. Así que esta vez había informado a Ricardo que lo mejor era evitar separarse lo más posible y mantener la mayor distancia posible entre ellos y Sirius, mientras que Halibel se encargaba de debilitarla.
Dado que matarla implicaba el enorme riesgo de que ellos también sucumbieran junto con ella, optaron por dejarla inconsciente en lugar de asesinarla. El qué harían con ella una vez fuera noqueada, era algo aún por definirse. Debido a que los eventos se habían desarrollado tan rápidamente, Subaru no había tenido el tiempo necesario para afinar esos detalles. De igual manera, mientras Sirius se encontrara consciente y pudiera utilizar a su favor sus sorprendentes habilidades de combate y las victimas de su autoridad, sería inútil cavilar demasiado respecto a que harían con ella. Era vital que primero la derrotaran.
"… ¡Eres un despreciable, repugnante, asqueroso, sucio insecto! ¡Aseguras sentir una ira y odio hacia el Culto de la Bruja y hacía mí capaces de superar la ira que yo siento porque hayas cercenado el nuevo dedo principal de mi amado, pero eres incapaz de convertir esas emociones en un fuego capaz de incinerar a tus enemigos! ¡Patética y vergonzosamente empleas a otros para que se encarguen de conseguir lo que tú deseas! ¡No tienes la dignidad, la determinación, la resolución de hacer las cosas por ti mismo, a pesar de que con esa repugnante lengua te atreves subestimar mi ira! ¿Estás seguro de que no eres Orgullo?"
Mientas que vociferaba en contra de Subaru, Sirius manipuló habilidosamente su cadena dorada, haciendo que se moviera por el aire como si de una serpiente escupe fuego se tratara; no, se trataba de un agresivo dragón chino dorado con afiladas mandíbulas. Cualquiera que se encontrara en el extremo opuesto de las cadenas de la ira, sufriría una muerte inevitable; no obstante, Halibel no era cualquiera persona.
Arrastrando sus cadenas, Sirius se acercó velozmente a Halibel. La velocidad de movimiento de la arzobispa era tal, que Subaru no era capaz de percibir más que un manchón intangible que se desplazaba por el aire. Aun así, Halibel no parecía tener problema alguno para seguir a la enfurecida arzobispa con su vista. Sirius se acercó hasta encontrarse a menos de un metro de Halibel y dio un salto, agitando sus cadenas.
La cadenas brillaron como si estuvieran al rojo vivo. Estas giraron en el aire antes de estrellarse en el lugar donde hasta hace medio segundo se encontraba Halibel, rompiendo los adoquines que conformaban la calle. Subaru no pudo evitar pensar que los ataques de Sirius se parecían a los de un hombre cubierto de cenizas, que había sido capaz de exterminar a casi todo el panteón de los dioses griegos en una legendaria saga de videojuegos.
Sirius jaló con fuerza sus cadenas, arrancando los garfios que se habían clavado profundamente en el suelo. Con su único ojo visible buscó a Halibel, pero antes de que pudiera encontrarle, percibió como algo se le acercaba por la espalda. La mujer reaccionó a una sorprendente velocidad, pero no pudo evitar que dos kunais lograran clavarse en su espalda baja. Gruñendo, Sirius sacudió sus brazos, lanzando con precisión el extremo derecho de su cadena hacia el lugar en el que se encontraba Halibel.
"Demonios…" Murmuró Halibel. Había conseguido evitar que el garfio le impactara de lleno, pero no había salido ileso. Sangre comenzó a brotar copiosamente del costado izquierdo de su abdomen. "Su-san, sí sabes que yo me especializo en asesinar a mis objetivos, ¿verdad?"
"¡Lo siento, Hal-san, pero eso no servirá contra ella!" Respondió Subaru, mientras usaba la espada que había tomado prestada de uno de los mercenarios para detener un ataque dirigido hacia su cabeza.
"¡Cállense! ¡Cállense! ¡Cállense! ¡Cállense! ¡Cállense! ¡Cállense, malditos insectos, gusanos, moscas! ¡Dejen de subestimar el poder de mi ira! ¡Te asesinaré a ti primero, hombre bestia, y después asesinaré a tu amo! ¡Tras ello me aseguraré de incinerar ambos de sus cadáveres uno al lado del otro!" Rugió Sirius, mientras se abalanzaba sobre Halibel.
"¡Cállense! ¡Cállense!" Repitieron aquellos bajo el control de la Autoridad de la Ira, mientras que Sirius aumentaba la brutalidad de sus ataques. Estaba claro que las emociones de Sirius y las de aquellos bajo su control se encontraban en sincronía.
Lo que Subaru temía estaba ocurriendo, la cantidad de mercenarios bajo el control de la autoridad estaba en aumento y no se detenía. Para aquellos que luchaban a su lado, era cada vez más difícil mantener la concentración en la batalla, mientras la voz de la ira les susurraba al oído que debían ventilar la ira anidada en sus corazones. Cada vez más mentes cedían ante Sirius y enloquecían por la ira inyectada en sus mentes.
"¡No se separen, no dejen que las olas de aquellos controlados por la Arzobispa de la Ira causen que la formación se rompa!" Gritó Ricardo, usando el contrafilo de su arma para repeler a todo aquel que le atacara. Sin embargo, esa orden resultó en vano, la formación ya había caído.
"Ricardo, es inútil, debemos salir de aquí o moriremos." Dijo Subaru, que, para acercarse a Ricardo, tuvo que surcar un mar de mercenarios enloquecidos, seguido de cerca por Utada. De momento no todos sus aliados se había convertido en zombis de la ira. Muchos de ellos simplemente habían enloquecido por la ira y murmuraban insultos al unísono; si no eran provocados, entonces no atacarían. Pero Subaru sabía que eso no se mantendría así por siempre.
"Mierda, supongo que tienes razón, chi-"
"¡Muere! ¡Muere!" Uno de los mercenarios que había caído por completo ante la influencia de la ira se abalanzó sobre Ricardo, haciéndole un profundo corte en su hombro izquierdo. Ricardo, que había tardado demasiado en reaccionar, se lo sacó de encima con la otra mano y lo alejó de él con una poderosa patada.
"¡Tenemos que movernos, capitán!" Indicó Utada alarmado, mientras que con el largo mango de su hacha repelía a otro de sus enloquecidos compañeros. Una vez más la situación se había salido por completo de control.
"¡Ricardo, Utada, necesito que me sigan! Voy a utilizar Shamak para aturdir a las víctimas de la Autoridad de Sirius." Así como había indicado Subaru, una nube negra lo cubrió todo.
El combate se estaba desenvolviendo en una estrecha callejuela que se bifurcaba en tres caminos, haciendo que el movimiento dentro de ésta fuera especialmente complicado de realizarse. Halibel y Sirius se encontraban luchando en los tejados de las casas que rodeaban la callejuela, mientras que ésta estaba aglomerada por aquellos habitantes de esas casas y los mercenarios del Colmillo de Hierro.
Posterior a la aparición de Sirius y el inicio del combate, los ciudadanos que vivían en esas casas, que ahora no era diferentes a zombis enloquecidos por la ira, sin dudarlo habían saltado por las ventanas y roto las puertas de madera, que anteriormente se habían encontrado selladas con tablas, probablemente debido al estado de alarma y al miedo de sus habitantes, y se habían abalanzado sobre Subaru y sus aliados.
En solo minutos, el lugar había terminado completamente abarrotado, moverse era extremadamente difícil, y más lo era evitar los embates enemigos. Inicialmente habían realizado una formación circular en el cruce de caminos, y de esa forma se habían defendido de los ataques enemigos, pero ahora que Sirius había sembrado el caos en la callejuela, moverse eran aún más difícil que antes; evitar entrar en contacto con enemigos resultaba una tarea titánica.
Con su espada sobre su cabeza, así buscando evitar que le golpearan allí y por ello terminar perdiendo la consciencia, Subaru se movió en la nube de oscuridad, ocasionalmente recibiendo ataques que era incapaz de ver. Con tantos enemigos blandiendo sus armas, era imposible evitar ser golpeado. La estrategia de Subaru había fallado; el tiempo, un factor que siempre había resultado vital para él, una vez más era la raíz del problema.
Halibel no podía matar a Sirius, y por ello no había utilizado maldiciones letales. Sirius, que era aún más resistente que Petelgeuse, no caería derrotada antes de que Subaru y sus aliados fueran dominados completamente por la Autoridad de la Ira. Tendría que abandonarlos. Si deseaba sobrevivir… No, si lo hacía, sus posibilidades de salvar a Anastasia se reducirían más de lo que ya lo habían hecho. Necesitaba que Halibel derrotara a Sirius, que la noqueara.
"¡Hal-san, ¿cuánto te falta?!" Necesitaba escuchar una buena noticia.
"C-Chico… ¡Muere, muere, muere!"
"¡Mierda! ¡Hal-san, no me siento tan afectado por su habilidad como la última vez, mátala, rápido!" Ricardo finalmente había caído, si Sirius no moría y con ella lo hacía Ricardo, Subaru no creía poder evitar por segunda vez el ataque del capitán de los mercenarios. "¡Halibel!" Gritó desesperado.
Mientras que el guerrero Shinobi esquivaba otro agresivo embate de Sirius, los gritos de Subaru llegaron a sus oídos. Confundido, se alejó de Sirius y miró hacia la callejuela desde el tejado en el que se estaba desarrollando la batalla principal. "¡Si hago eso podrías morir, Su-sa-!" Halibel se detuvo antes de poder terminar su advertencia. La callejuela estaba cubierta por la penumbra, Halibel solo pudo percibir los gritos enloquecidos de aquellos cubiertos por la manta negra. "¿Su-san?"
Abruptamente, una luz de un tono azulado fantasmagórico envolvió por completo la callejuela. El tejado sobre el que Halibel y Sirius estaban luchando se sacudió violentamente. Atónito, Halibel observó como la casa contraria a aquella sobre la que se encontraba era demolida por la onda sónica. Primero las paredes y luego el techo, finalmente toda la estructura cedió y se derrumbó, levantando una densa nube de polvo. Y cuando esta se disipó, estaba claro que el cruce de caminos, y todos los que se encontraban allí, había sido sepultado por los escombros. Para ese Halibel, su deseo de ver como Subaru cambiaba el mundo con su particular habilidad, nunca sería concretado; su destino ahora no sería muy diferente al de sus clones desechados.
¡Hola, aquí Geisterivain! Quiero empezar este mensaje disculpándome por la anormal pausa de dos semanas. Debido a asuntos de la universidad, no tuve la oportunidad de dedicarle tiempo al fic, sin embargo, acabo de terminar el presente cuatrimestre y por lo tanto cuento con el tiempo para volver a dedicarme a tanto escribir como traducir capítulos. Por lo pronto, no deberían ocurrir pausas similares, al menos hasta terminado el arco actual.
Bien, habiendo dicho eso, me gustaría comentar un par de cosas. Tal vez a veces no lo parezca, pero yo leo todos los comentarios que dejan en el fic (Wattpad y Fanfiction), y por lo tanto estoy al tanto de que les agrada y que no. Sé que algunas personas piensan que me he estado excediendo con el "sufrir y morir", y no puedo afirmar que están equivocados; no obstante, debo decir que todo ello tiene un fin, y ese es que la pronta metamorfosis de Subaru no se sienta en lo más mínimo forzada.
Aun así, he de decir que Subaru cada vez será más "fuerte" a partir de poco. No haré a un Subaru invencible, pienso que con ello la esencia de Re: Zero se perdería, pero sí que ya no será impotente, será bastante fuerte de hecho. También mantendrá las cicatrices mentales causadas por todo lo vivido, no podía ser de otra manera, pero sí que será más determinado, sobre todo porque su deseo de luchar por lo que desea irá en aumento a partir del final del arco actual.
Con respecto a este arco. Sí, tal vez se ha comenzado a sentir un poco largo, pero no pueden decir que yo no les avisé con antelación, siempre dije que sería el arco más largo del fic. Tenía muchas cosas en mente que quería escribir y al final se me fue un poco de las manos la cantidad de capítulos (yo mismo comencé a sentirme cansado para el final), pero debo decir que ya está terminado. Creo que el final resultó bien, pero eso es a gusto personal, ustedes decidirán por sí mismos en unas semanas.
Relacionado con lo anterior, también leí varios comentarios que decían que mis capítulos eran cortos. Bueno, debido a que no quería que el final del arco se alargara más de lo que ya se estaba alargando, los últimos capítulos resultaron ser ligeramente más largos. Eso lo notarán a partir del próximo capítulo… Así que… Espero que los que querían capítulos más largos los disfruten.
Finalmente, quiero añadir que a partir de ahora explicaré cosas al final de cada capítulo que consideré que explicarlas directamente en el capítulo arruinaría la experiencia. Y responderé a aquellas dudas que considere necesarias responder mediante esta forma. Y con respecto al siguiente capítulo, solo diré que es muy importante, será la primera vez que cambie el POV en este arco. La batalla contra Sirius se aproxima a su final y con ella llegará el climax del arco; un personaje que aún no ha aparecido en el fic ayudará a Subaru a vencer a Sirius, ¿pueden imaginar quien es? En fin, ¡gracias por su apoyo!
