Madre de Negra Alma

Veinticinco Minutos desde la Última Muerte (Diecisiete Muertes)

Lo había logrado. Por fin lo había logrado. Anonadado, Subaru se dejó caer al suelo; sus piernas simplemente no poseían la fuerza suficiente como para seguir manteniéndolo en pie. Con sus pies extendidos, Subaru observó detenidamente la porción de la pista de carreras de dragones donde hasta hace un momento yacía inconsciente la temible Arzobispa de la Ira. Incrédulo, esperó a que la nube de polvo y humo se disipara.

Tal vez Sirius había encontrado alguna forma de sobrevivir. Tal vez había empleado un técnica reservada solo para situaciones de emergencia y se había escapado de las garras de la muerte. Tal vez había conseguido despertar al último momento y, como siempre había hecho hasta entonces, había esquivado el proyectil ardiente que se dirigía hacia ella.

Subaru esperó, esperó con los nervios de punta. Estaba dispuesto a empezar de cero, de no ser así, nunca se habría arriesgado a intentar asesinar a Sirius cuando existía la posibilidad de que esto resultara en el causante de su propia muerte. Sirius le había humillado una y otra vez, Sirius le había visto sobre el hombro, Sirius había sido la causante directa e indirecta de su muerte. Sirius había dado inicio a ese ciclo de muerte.

Sirius había avivado las llamas de la ira y el odio que flameaban en el interior de su ser, y tras hacerlo había afirmado que Subaru era incapaz de sentir ira; le había subestimado. Y por ello, Subaru deseaba no solo presenciar su muerte, sino que además ser el causante de ella. Subaru había arriesgado un bucle entero solo para demostrarle a Sirius que estaba equivocada y que la ira que ardía en su corazón no solo podía compararse con la de ella, sino que además superarla.

Lucha fuego contra fuego, ira contra ira; Subaru quería demostrar que las llamas de sus emociones brillaban con más intensidad y quemaban con más fuerza que las de Sirius. Por ello, a pesar del dolor insoportable que sentía en ambos brazos, se forzó a empuñar su arma de fuego, la representación de su ira explosiva, y con ella dar el golpe de gracia a la mujer que tanto le había atormentado a lo largo de los bucles de ese ciclo de muerte.

Esperó, esperó inmóvil, sin atreverse a mover uno de sus dedos o tan siquiera parpadear; temía que si lo hacía, se perdería el resultado final del combate que se había alargado por tres bucles. Esperó, incluso cuando la intensa sensación de ardor en sus brazos incrementaba conforme el exceso de adrenalina en su torrente sanguíneo era diluido; esperó. Una vez el polvo se asentó y el humo fue disipado por el suave viento del atardecer, Subaru por fin pudo verlo. La distancia no ayudaba a percibir los detalles, pero no cabía duda. Un cadáver carbonizado yacía en medio del cráter de la explosión.

"Al fin…" Susurró Subaru, sintiendo entonces un intenso déjà vu. Matar se había vuelto hábito; tal vez por ello toda sensación de culpa había desaparecido de su conciencia.

Exhalando el aire que no se había percatado que había estado reteniendo, Subaru dejó que su cuerpo se relajara. No obstante, se tensó nuevamente al sentir un intenso dolor recorrer por completo sus brazos. Subaru bajó la mirada y observó el tejido carcomido por las llamas; tenía quemaduras en cada parte de sus brazos. Esa sería la marca de éste nuevo pecado.

Sin embargo, a diferencia de cómo había creído, las anteriores marcas no había desaparecido del todo. Las cicatrices dejadas por la niña asesina eran visibles en algunas partes de sus brazos, y puntos negros como el carbón cubrían también varias secciones de éstos. Esa era una señal del destino, una señal de que nunca podría olvidar los pecados que había cometido con el fin de extender su propia vida.

"¡Subaru-sama!" Aún estaba sumido en sus pensamientos, con la mirada fija en sus brazos, cuando fue regresado a la realidad por el llamado de Utada. Subaru levantó la mirada y pudo ver como el imponente mercenario se le acercaba. Sus ropajes estaba desgarrados y su cuerpo estaba cubierto de cortes, de los que algunos todavía fluía sangre. Y aunque algunos eran particularmente profundos, ninguno parecía ser letal.

"Me alegra ver que aún puedes moverte sin problemas." Dijo Subaru con una pequeña sonrisa, sonrisa que vaciló al notar que el clon de Halibel no se veía por ningún lado. "¿Y el clon?"

"Se desvaneció antes de que usted ejecutara a la arzobispa. Me dijo que su reserva de maná ya se había agotado, y entonces… ¡Puff! Se convirtió en una nube de humo."

"Rayos, esperaba que aún pudiera acompañarnos por un rato más, ahora nos tomará aún más tiempo llegar al castillo." Respondió Subaru con una mueca de fastidio. Era evidente que el bienestar de sus compañeros y el suyo propio eran factores de menor importancia para él. El tiempo, el tiempo era lo que realmente le importaba; el tiempo era su prioridad.

"Subaru-sama… ¿Está seguro de sentirse en condiciones de seguir adelante hacia el castillo? Sus brazos parecen estar en muy mal estado. Tal vez deberíamos regresar a la mansión para que allí traten nuestras heridas." Propuso Utada tras observar el terrible estado de los brazos cubiertos por quemaduras de Subaru.

"Esa no es una opción, Utada. Debemos llegar al castillo lo antes posible, solo así podré recuperar el destino de Anastasia." Dijo Subaru, desestimando las preocupaciones de Utada. Después de decir esto, intentó ponerse en pie, pero sus pies volvieron a ceder ante el peso de su cuerpo y cayó sobre sus nalgas. "Mierda…" Murmuró.

"No debería forzarse tanto, Subaru-sama; está agotado. Y no solo usted, yo también me siento exhausto." Indicó Utada, mientras se acuclillaba al lado de Subaru.

No se trataba solo de agotamiento de naturaleza física, sino que también mental. Es cierto que habían tomado medidas para evitar la influencia de la Autoridad de la Ira, pero dichas medidas no eran perfectas. Inevitablemente, ambos habían sido afectados ligeramente por la autoridad, y sus mentes ahora se sentía completamente desgastadas. Sus cuerpos habían sido drenados de energía. Podían considerar esto el regalo de despedida de Sirius.

"Maldita perra revoltosa, aún muerta resulta un dolor en el culo." Escupió Subaru con desprecio.

"Entonces… ¿Qué hacemos, Subaru-sama?" Le cuestionó Utada, provocando que Subaru cerrara sus parpados y una vez más se sumiera en cavilaciones. Pasados unos segundos, Subaru abrió nuevamente los ojos y miró a Utada.

"¿Qué se hizo el dragón de tierra que terminó convirtiéndose en nuestro inesperado aliado?"

"Me pareció ver que había regresado a toda prisa a los establos. Pero no estoy completamente seguro, lo vi cuando me estaba alejando de la arzobispa y en ese momento estaba más preocupado por aumentar lo más posible la distancia entre ella y yo antes de que usted disparara su arma."

"Ya veo." Dijo Subaru, asintiendo. "En ese caso, necesito que me lleves a los establos."

"Como usted diga, Subaru-sama." Entonces Utada alzó a Subaru con cuidado de no tocar sus brazos y se alejó de la pista de carreras en dirección a los establos que estaban a solo poco más de cien metros de allí.

Una vez en los establos, Subaru indicó a Utada que le colocara de nuevo en el suelo y éste así lo hizo. El par comenzó a escudriñar el lugar con la mirada. Para su sorpresa, lo que se encontraron no era muy diferente al resultado de una terrible y sangrienta batalla campal. Decenas de dragones de tierra yacían en el suelo, desprovistos de sus vidas. Marcas de garras y colmillos cubrían los cuerpos de los dragones, y charcos de sangre se habían formado bajo sus cadáveres.

Al dar un vistazo de cerca a los hocicos de las bestias, era fácil deducir lo que había ocurrido, dado que restos frescos de sangre, carne y escamas quedaban entre sus colmillos. La Autoridad de Sirius los había enloquecido y provocado que entre ellos se mataran. Los cadáveres carecían de patas, parte de la cola o incluso la cola entera, partes de su boca, la mandíbula inferior entera, uno o ambos ojos, pedazos de espalda o abdomen, en cuyo caso órganos sobresalían de las enormes heridas. Ese había sido el resultado de la batalla por la supervivencia; no obstante, ningún superviviente quedaba para declarar la victoria. Todos habían resultado ser perdedores al final.

No, eso último era falso, no todos los combatientes habían acabado convertidos en perdedores. En lo profundo del establo había un corral que se encontraba aislado del resto de los corrales por una gruesa pared de madera, el doble de gruesa que las delgadas paredes que delimitaban los demás corrales, y una puerta con bisagras de acero que ahora yacía en el suelo hecha pedazos. Por el aspecto de éste corral particular, era fácil asumir que su habitante no era igual al resto de los dragones de tierra del establo.

En este corral se encontraba echado el campeón, el verdadero ganador de aquella batalla campal. Con indiferencia, la bestia lamió sus sangrantes heridas, buscando así acelerar el proceso de sanación. Subaru y Utada se adentraron en el establo lentamente, buscando así no esforzar demasiado sus debilitados cuerpos, y fue cuando uno de ellos pisó un puñado de heno que servía como lecho para las bestias, que finalmente atrajeron la atención del particular dragón de tierra.

Subaru y el dragón cruzaron miradas. Ojos cafés se encontraron con ojos dorados. Subaru dio uno, dos, tres pasos, su mirada se mantuvo adherida a los ojos del dragón de tierra, era como si una fuerza invisible le impidiera alejar la mirada. Esa bestia le había salvado la vida. Subaru estaba convencido de que sin su inesperada ayuda, Sirius le habría ejecutado como lo hizo en su primer encuentro en el distrito comercial.

Un intenso calor comenzó a esparcirse por todo su cuerpo con un extraño rincón de su cuerpo como núcleo. Subaru no tardó en percatarse de que se trataba de aquella fragmentada parte de sí mismo. Podía sentirla, una inusual conexión con aquel animal. Últimamente, Subaru se detuvo a pocos metros del animal, uno de sus pies ahora pisaba los restos de la densa puerta de madera y acero.

Por primera vez desde que sus ojos se cruzaron con los del dragón, Subaru se permitió dejar vagar su mirada. Fue entonces que pudo notarlo. Durante su primer encuentro no había tenido la oportunidad de analizar con detenimiento el cuerpo del animal, y por ello solo había notado las muy evidentes heridas que había sufrido durante su combate contra los demás dragones; aun así, la poca letalidad de las lesiones que había sufrido su cuerpo era evidencia de cuan superior había sido a su competencia. Pero ahora que veía con detenimiento la piel escamosa del animal, pudo ver las cicatrices.

Cicatrices que sin duda alguna habían sido provocadas por el impacto de un látigo. Ese animal había sido maltratado, probablemente con el fin de obligarle a obedecer las órdenes de su dueño. Ira y odio hacía los humanos sin duda habían florecido en su corazón, y aun así había salvado a Subaru. Subaru, empático, estiró uno de sus brazos. El animal alejó su cabeza abruptamente, evitando así que Subaru pudiera tocarlo. Subaru comprendió el mensaje y detuvo el avance de su extremidad, optando así por respetar el espacio personal del dragón.

A pesar de que era evidente que no deseaba ser tocado, el dragón no parecía disgustado con la presencia de Subaru. Subaru una vez más pudo sentirla, esa conexión invisible. El animal y Subaru permanecieron estáticos por varios segundos, y entonces el dragón movió sus ojos, posándolos sobre el brazo que permanecía congelado en el aire a varios centímetros de su hocico. Después de ello, una vez más no ocurrió nada por varios segundos.

Subaru entonces se dispuso a recoger su brazo, después de todo, ya estaban empezando a dolerle los músculos de su antebrazo. Ya se había acostumbrado parcialmente al ardor de la quemadura, así que al menos ello no era un problema por el momento inmediato. Sin embargo, antes de que moviera su brazo, percibió movimiento en la cabeza del dragón. El animal de fantasía abrió su hocico y una lengua alargada y rasposa reptó fuera de éste.

La lengua de animal se acercó lentamente al brazo de Subaru hasta que la punta rozó su piel. Subaru instintivamente hizo una mueca de dolor y sacudió el brazo ligeramente, asustando así al dragón que recogió su lengua, mas no del todo. Subaru, percatándose de su error, mantuvo el brazo estirado, elevado sobre el aire. Pocos segundos pasaron para que el animal volviera a intentar lamer a Subaru, esta vez con éxito.

La lengua del dragón de tierra era áspera, no muy diferente a una lija. Realmente, cada lametazo dolía lo suficiente como para hacerle querer llorar, no obstante, Subaru supo leer las intenciones del animal y por ello soportó el dolor sin chistar ni hacer una mueca de dolor. Ya estaba acostumbrado a lidiar con el dolor, solo debía seguir haciéndolo.

Una vez el animal pareció satisfecho con su trabajo, retrajo su lengua de nuevo dentro de su hocico y miró a Subaru a los ojos otra vez. Subaru pudo percibirlo, esa conexión natural, ese lazo invisible, se había reforzado. Ese era el momento indicado. "Ven conmigo." Propuso Subaru, sin apartar la mirada de la del animal. ¿Cuán inteligentes son los dragones de tierra? Subaru no estaba seguro, esa era la ocasión que más cerca había estado de uno. Aun así, Subaru pudo ver una inteligencia cercana a la humana en los ojos brillantes del dragón negro. "Es obvio que aquí te lastiman y te aíslan, así que ven conmigo, y te prometo que nunca volverás a ser tratado como si fueras una simple cosa."

"Subaru-sama, no estoy seguro de que ese animal pueda entenderlo." Escuchó a Utada hablándole cerca de su espalda.

"¡Shush! Silencio, estoy en proceso de convencerlo de unírsenos." Exclamó Subaru fastidiado.

Por suerte para ambos, el dragón nunca alejó su mirada de Subaru. Una vez más, Subaru intentó acercar su mano al dragón. Su mano no estaba cubierta de quemaduras tan severas como las de su brazo, pero aun así estaba lastimada. Sus dedos se acercaron lentamente a la cabeza del dragón, lentamente… Y entonces Subaru pudo acariciar la cabeza del animal, que cerró sus ojos apaciblemente. Subaru pudo sentirlo, en ese momento, en ese instante, había adquirido a un compañero que le acompañaría de por vida…

"Entonces, ¿pretende quedárselo?" Le cuestionó Utada al momento de abandonar el establo tapizado por cadáveres.

"¡Por supuesto! ¡Solo mira sus escamas, es obvio que lo golpeaban con látigo, probablemente para convencerlo así de correr en las carreras!"

"Hmm… Lo cierto es que yo no sé demasiado de dragones de tierra, pero con solo verlo puedo decir que se trata de un ejemplar muy fino; debe de ser exageradamente costoso. Así que espero que no se meta en problemas por robarlo."

"¿Meterme en problemas? ¿Utada, acaso olvidas todo lo que ha estado sucediendo? No me sorprendería que sus dueños hayan muerto a manos del Culto de la Bruja. E incluso si ese no fuera el caso, dudo que un dragón de tierra perdido sea el mayor de los problemas del dueño del lugar; sobre todo considerando que todos su demás dragones están muertos."

"Puede que cada dragón tenga un dueño diferente y simplemente decidieran dejarlos alojados en el establo cercano al Dracódromo." Ante el comentario de Utada, Subaru volteó su rostro hacía él y le lanzó una mirada desagradable. Suspirando, Utada añadió. "Pero tiene razón, considerando los tiempo oscuros que se ciernen sobre Lugunica, no tengo duda de que un dragón desaparecido será el menor de los problemas de su dueño."

"Exacto." Dijo Subaru, satisfecho. "Bien, creo que ya perdimos demasiado tiempo y ahora es nuestro deber recuperarlo. Ayúdame a subirme en Patrasche y así podremos largarnos de este lugar."

"¿Patrasche?" Preguntó Utada, confundido.

"Sí, ese es el nombre que le puse. ¿Qué opinas? Perfecto, ¿no es así?"

"Ehmm… Supongo."

Ante la duda de Utada, Subaru chasqueó la lengua. "¡Tch! Como sea, ayúdame a subirme en él, que con el estado de mis brazos no creo posible poder hacerlo por mí mismo."

"¿Está seguro de que no quiere que volvamos a la mansión? Con la ayuda del dragón de tierra deberíamos poder-"

"¡Utada, ayúdame a montar a Patrasche!"

"Sigh… Como ordene, Subaru-sama. Solo una pregunta, ¿alguna vez ha montado un dragón de tierra?"


Subaru nunca había montado un caballo en toda su vida, menos aún un dragón de tierra. Con sus brazos lastimados era espectacularmente difícil aferrarse al cuello de Patrasche y la debilidad de sus piernas hacía que aferrarse a su torso fuera una tarea extremadamente ardua. No obstante, era evidente que Utada no había mentido al afirmar que Patrasche era un dragón de tierra extremadamente fino. Por sí mismo, él era capaz de hacer todo el trabajo. Podía mantener el equilibrio de manera tan perfecta y tenía una postura tan firme al moverse, que incluso el inexperto y lastimado Subaru podía montarlo sin problemas.

Gracias a ello, el trío pudo avanzar a paso constante por un par de minutos. No había señal de presencia hostil y parecía que se estaban acercando progresivamente al castillo, por lo tanto Subaru comenzó a sentirse confiado. Confiaba en que su recorrido hacia el castillo sería uno sencillo gracias a la colaboración de Halibel, Ricardo y el resto de los mercenarios del Colmillo de Hierro, quienes allanarían el camino. Pero, una vez más, estaba equivocado.

"¿¡Qué demonios!? ¡¿Subaru-sama, está viendo lo mismo que yo?!"

"Me encantaría decir que no, pero lo cierto es que estaría mintiendo." Respondió Subaru, su mirada fija en el rojizo cielo de hermosos celajes. Espectáculo cuya belleza sin igual era perturbada por una gigantesca silueta que surcaba entre las nubes carmesí.

"¡Un jodido dragón, ¿estás bromeando?!" Exclamó Utada, incrédulo.

"Mierda… Este definitivamente es el peor día de mi vida." Murmuró Subaru, su voz cargada de una mezcla de ira, frustración, agotamiento y abatimiento. Pero tras un momento, acarició la cabeza de Patrasche y añadió. "Excepto por ti, tú eres la perla brillante en una fuente de sangre y mierda."

Utada miró a Subaru con extrañeza, pero se abstuvo de decir nada al respecto. Su jefe estaba mal de la cabeza; por suerte, él ya estaba al tanto de ello. Sin embargo, la locura de Subaru era un asunto de poca importancia en ese momento. "¿Qué hacemos, Subaru-sama? ¿Seguimos avanzando? ¿Cree que nos haya visto?"

"No podemos darnos el lujo de seguir perdiendo tiempo, así que lo mejor será no detenernos y en lugar de ello aumentar el ritmo de nuestras zancadas."

"¡Bien! ¡Apresurémonos en llegar al castillo!"

Subaru, Patrasche y Utada entonces aumentaron la velocidad de su movimiento. No obstante, esto pronto demostró resultar contraproducente, pues se volvió evidente que el dragón les estaba dando caza. Subaru propuso moverse en zonas techadas y callejones estrechos, para así entorpecer la vista del dragón y conseguir entonces que los perdiera de vista. Con lo que no contaban era la insistencia sobrehumana del dragón, que en poco tiempo comenzó a pisarle los talones; ¿o pisarles las cabezas?

La velocidad de vuelo del dragón era suprema, así como lo era su visión. Ni siquiera cuando surcaban las más enrevesadas y estrechas calles techadas de la capital, se acercaban a perderlo. Y, para desesperación de Subaru, esta persecución estaba consumiendo valiosos, no renovables segundos de tiempo. Cada vez que perdían tiempo desviándose hacia callejuelas que los alejaban de su destino, para así intentar perder al dragón, Subaru se sentía más y más frustrado.

Fuera lo que fuera ese dragón, no cabía duda de que su objetivo eran ellos, y haría lo que fuera para atraparlos. Y para ese momento, Subaru estaba comenzando a desear que descendiera de una vez por todas y los enfrentara, para así dejar de desperdiciar tiempo en vano. Deseo que inmediatamente el dragón cumplió, dado que erraron al salir de un callejón y entraron sin desearlo en una avenida con el espacio suficiente para que la creatura pudiera aterrizar.

Tras varios minutos de persecución y como si de un cometa negro se tratara, el dragón se estrelló contra el suelo elevando una densa capa de polvo, bloqueando las posibles vías de escape con su enorme cuerpo. Era un dragón de cuerpo completamente negro azabache, ojos perversos color carmesí y cuernos dorados que se elevaban sobre su cabeza. Riendo como si de una bestia enloquecida se tratara, la fiera creatura bajó su rostro para ver más de cerca a sus víctimas.

"¡Gajajajaja! ¡Finalmente los atrapé, escurridizas criaturas de carne! ¿Realmente creyeron que escaparían de la gran yo? ¡Patético, vergonzoso, penoso! ¡Gajajaja! ¡Cuánta vergüenza dan, deberían morir!" Se burló la creatura, mientras sacudía su cola de un lado al otro, mostrando parcialmente la entrada al callejón del que acaban de salir; era evidente que estaba jugando con ellos.

"Maldita perra…" Utada se encontraba totalmente desconcertado por el comportamiento despreciable del dragón negro, mientras que Patrasche no paraba de gruñirle a la figura agigantada y alada semejante a sí mismo, pero Subaru no falló en reconocer esa tóxica voz y repugnante actitud.

"Capella Emerada Lugunica, así que eres tú." Esa no era una pregunta, sino una afirmación.

"¡Oh! ¡Pareces ser un insecto más inteligente de lo que creí! Aun así, ¿cómo has reconocido a la hermosa Capella aun cuando se encuentra en esta poderosa forma? Yo no recuerdo haber visto a una despreciable creatura como tú alguna vez en mi vida. Aunque claro, no es extraño que una fea creatura como tú no sea almacenada en mi memoria, mientras que mi hermosa figura quedó plasmada en tu patética memoria."

"¡Tch! Y me llaman a mí Orgullo." Murmuró Subaru con asco, mientras acariciaba constantemente el cuello de Patrasche para calmarlo; después de todo, no deseaba que su dragón de tierra fuera asesinado solo minutos después de haberlo adquirido. "Como sea, soy la anomalía que te ordenaron no atacar; probablemente por eso no me mataste la última vez. Así que déjanos ir." Subaru sabía que era inútil, aún más cuando una parte de sí mismo le rogaba que asesinara a Capella allí mismo, pero había optado por escuchar a su razón y probar suerte.

"¿La última vez…? ¡Tch! ¡Que creatura de carne tan engreída! Aun así… La anomalía… Si sabes de ello, eso en sí mismo te convierte en una anomalía. ¿O no será que tú eres el ridículo pecado faltante?"

"¡No lo soy! ¡Yo soy la maldita anomalía, así que déjanos pasar de una buena vez!" Exclamó Subaru, exasperado.

"Tch, tch, tch. No tan rápido, tú, patético insecto que no conoce su lugar. ¿Qué te hace creer que dejaría ir a alguien más, además de ti, la despreciable anomalía? ¡Gajajaja! Además, si estoy aquí, es por he sido avisada de que uno de mis despreciables compañeros Arzobispos del Pecado fue asesinado. Ustedes están asquerosamente cubiertos de heridas y sangre, parecen haber librado un combate muy reñido recientemente. ¡Sospechoso! ¡Muy sospechoso! ¡Gajajajajaja!"

"Mierda… Lo supuse…" Subaru sabía que ese sería el resultado, y aun así lo había intentado. Era de esperarse que la muerte de Sirius no tardaría en ser descubierta, y aun así había ocurrido antes de lo previsto. Lastimosamente, ya no quedaba nada que pudiera hacer. Sin embargo, Utada, que se encontraba a su lado y no había dejado de observar su rostro, no pensaba igual.

"Subaru-sama, no se preocupe por mí. Siga adelante y rescate a Anastasia-sama; después de todo, de no ser por ella, jamás habría tenido la extraordinaria oportunidad de asesinar a un Arzobispo del Pecado." Dijo Utada a Subaru, interponiéndose entre él y el enorme dragón que los observaba con la misma petulancia con la que un niño despreciable observaría a dos hormigas.

"Así que ustedes sí fueron los responsables de la muerte de esa lunática de mal gusto. ¡Gajajaja! ¡Qué mujer tan patética! ¡Que vergonzoso resulta afirmar que compartimos rango dentro del Culto de la Bruja! ¡Si yo hubiera estado en su lugar, me habrá inmolado antes de sufrir un destino tan ridículo, tan patético! Aunque claro, no hay forma de que tal cosa suceda, yo, quien debe monopolizar todo el amor y admiración de éste triste mundo de asquerosos seres inferiores, jamás caería tan bajo."

"Utada, ¿realmente comprendes a quien tienes ante ti?" Preguntó Subaru al mercenario, haciendo oídos sordos a las palabras de autoalabanza de Capella. "Odio tener que decirlo, pero estoy seguro de que no tienes oportunidad alguna."

"Por lo que he escuchado, visto y olido, no dudo que sea otro de los Arzobispos del Pecado. Tres en un día, éste debe de ser mi día de suerte." Respondió Utada casualmente. Por supuesto que Utada, capaz de detectar el olor de la bruja, habría conseguido deducir ante qué se encontraban.

"Pues no te equivocas, estúpida creatura de carne. Supongo que realmente también debería de ascenderte a insecto. ¡Gajajaja! ¿No crees que es obvio quién soy? ¡Es obvio! ¡Sí que lo es, tú eres lento de mente, eso es todo! Después de todo, nadie en este mundo debería de ser capaz de exudar un aura tan magnánima como la mía. ¡Capella Emerada Lugunica, la Arzobispa del Pecado de la Lujuria y el único ser en este asqueroso mundo merecedor de amor!"

"Lujuria, ¿eh? Pensé que había dicho que ella solo era capaz de usar su sangre para torturar, Subaru-sama."

"Eso dije, pero aparentemente esa no era su autoridad; o al menos, no era todo lo que su autoridad podía hacer."

"¿Así que saben sobre las Autoridades? Hmm… Puedo ver por qué esa mujer te catalogó como anomalía. ¡Gajajaja! ¡Aun así, no te emociones demasiado, pequeño insecto patético! Si crees que ser una anomalía para esa mujer es algo positivo, entonces te llevarás una enorme sorpresa cuando finalmente se muestre ante ti. En ese momento entenderás que habrías estado mejor convirtiéndote en uno de mis sujetos de prueba. ¡Gajajaja! Así habrías conseguido alguien en quien depositar tu amor que realmente lo mereciera."

"¡Tch, maldita! Como sea, es obvio que todo esto de la anomalía resultará en algo contraproducente en el futuro, pero por ahora no me queda de otra que aprovechar los pocos beneficios que tiene. Así que deja de regodearte y déjanos pasar, tenemos prisa."

"Ya te lo dije, estúpido insecto de orgullo sin sentido, solo tú, la anomalía, podrás seguir adelante. Debes sacar de tu pequeño y putrefacto cerebro la idea de que la cosas saldrán como tú quieres. Tú no eres nada, y seguirás así hasta tu muerte. Así que acepta la realidad de una buena vez, o te espera un deprimente futuro. ¡Un deprimente futuro muy cercano! ¡Gajajajaja!"

"Subaru-sama…" Utada volteó ligeramente la cabeza y miró de soslayo a Subaru; él comprendió lo que su guardaespaldas deseaba decirle. Frustrado, Subaru convirtió sus manos en tensos puños, y entonces estiró uno de sus brazos hacia Utada.

"No puedes morir, Utada. Tu desconfianza me causó demasiados problemas y ahora espero que pagues por ello sirviendo a mi lado, ¡¿me escuchas?!"

"Por supuesto, Subaru-sama." Subaru no era capaz de recordar un momento en el que Utada sonriera, y menos aún uno en el que una sonrisa de Utada fuera dirigida a él; tal vez por ello ver a su guardaespaldas sonreírle le asombró tanto.

"Siempre es conmovedor ver a dos patéticos insectos despedirse con absurdas promesas que ellos mismos comprenden que son imposibles de cumplir. No puedo esperar para aplastar las esperanzas de ambos con mi cola, mis patas, y mis mandíbulas. ¡Gajajaja!"

"Perra…" Murmuró Subaru con disgusto, e inmediatamente levantó la cabeza para poder mirar los afilados ojos del dragón negro. "Sí puedo irme en mi dragón de tierra, ¿verdad? Sin él me resultaría imposible llegar a donde voy, y por lo tanto estarías interfiriendo conmigo. ¿No crees?"

"Así no es cómo funcionan las cosas." Afirmó Capella, meneando su enorme cabeza. "No obstante, los animales nunca fueron parte de la purga de ésta maldita ciudad, así que realmente no hay nada que me obligue a asesinar a tu dragón. Hmm… ¿Qué debería hacer? Sí es cierto que separarte de tu dragón implicaría interferir con tus asuntos, sobre todo considerando el patético y feo estado en el que te encuentras. Esa mujer podría molestarse, y esa no es mi intención. Mierda, como sea. Estoy de buen humor porque se deshicieron de esa molesta lunática que ingenuamente creía comprender lo que es el amor, así que dejaré que conserves a tu dragón de tierra. Solo espero que recuerdes esta acción, orgulloso insecto, ya que es prueba de que Capella, la más amable arzobispa, es la verdadera merecedora de todo el amor que este feo mundo pueda dar."

"Como digas…" Respondió Subaru de mala gana. Subaru estaba por indicarle a Patrasche que comenzara a moverse lejos de allí, pero se detuvo un segundo antes de hacerlo. "Un grupo de guerreros compuesto mayoritariamente por demihumanos se dirigía al castillo. ¿Acaso también interferiste con ellos? ¿Los mataste?" Si Capella se encontraba allí, ello no podía implicar buenas noticias para los mercenarios del Colmillo de Hierro.

"¿Hmm? ¿Ahora estás interesado en sacarme información? En verdad estas forzando tu suerte, patético insecto. Conoce tu lugar." Respondió Capella con desprecio. Subaru, asumiendo que no obtendría respuesta, decidió no insistir, pero, para su suerte, Capella siguió hablando. "Supongo que hablas del asqueroso grupo de creaturas de carne que hace un rato interrumpió tan desvergonzadamente mi espectacular trabajo con su despreciable presencia. Estaba por destruirlos personalmente, lastimosamente fui informada de la muerte de esa patética lunática antes de poder hacerlo. Pero no te preocupes, dejé a uno de mis subordinados menos incompetentes a cargo de lidiar con ellos. ¡Gajajajaja!"

Subaru no dudaba que Capella se refería al poderoso cultista de múltiples brazos, el único además de los arzobispos capaz de darle pelea a Utada por sí solo. Subaru apretó con fuerza su puño, siendo invadido por la ira y la frustración nuevamente, pero rápidamente se tranquilizó. Ricardo y los suyos podrían lograr derrotarlo, debía confiar en ello. Y si no era el caso, y el cultista en verdad los masacraba, entonces no había nada que él pudiera hacer; sus vidas no eran su prioridad. El destino de Anastasia en ese momento solo dependía de Halibel, que se movía aparte de los mercenarios.

Habiendo obtenido esa pequeña pieza de valiosa información, Subaru decidió escapar de allí inmediatamente antes de que Capella cambiara de opinión; ya no podía seguir forzando los límites de su suerte. "Utada… No dudes en escapar si te encuentras en problemas." Utada asintió y para Subaru esa fue la señal de que podía retirarse.

"Una última cosa antes de que escapes, insecto patético… Yo te otorgué información, y ahora espero recibir información a cambio; ¿no crees que lo merezco?" Subaru, que había comenzado a alejarse montando a Patrasche, le indicó que se detuviera. Sin decir nada, se volteó hacia Capella que permanecía en su forma de dragón. Esta continuó con lo que estaba diciendo. "Antes mencionaron a Anastasia Hoshin, ¿hablaban de la candidata a Rey?"

"No te importa, ¿o sí?" Preguntó Subaru de vuelta.

"¡Ese patético orgullo tuyo no te llevará a ningún lado! ¡Deberías recapacitar, maldito insecto carente de inteligencia! ¡Gajajaja! No cabe duda, eres un perro de Anastasia Hoshin, ¿verdad?"

"¡Tch!" Subaru chasqueó la lengua, molesto.

"Sí lo eres. La anomalía es un perro de esa candidata, ¿será acaso una simple coincidencia? ¡Hey, tú, patético insecto repulsivo! ¿De casualidad no serás…?" Subaru creyó que escucharía una vez más esa tediosa pregunta que había llegado a odiar escuchar, pero estaba equivocado. "¿De casualidad no serás tú la asquerosa creatura de carne que ese sospechoso sujeto deseaba que mis hijas hicieran sufrir? ¿No serás tú el culpable de la muerte de mis dos hijas más talentosas?"

Fue entonces que el cuerpo de Subaru se congeló por completo y su mente quedó en blanco. Subaru fue transportado por sus recuerdos a aquel callejón en Priestella, al momento en que su tortura por fin estaba por finalizar. La palabra madre reverberó en su cerebro, la Cazadora de Entrañas la había pronunciado; y entonces ese fragmento de información almacenado en un rincón recóndito de su mente hizo click.

"¡Tú! ¡Maldita perra despreciable, tú enviaste a esas asesinas a por mí!"

"Supongo que eso responde mi pregunta." Dijo Capella con frialdad. "¿Sabes? Llevo meses deseando conocer a aquel que logró arrebatarme a dos de mis asesinas más prodigiosas. Las dos me resultaban extremadamente útiles, y ahora que tengo a la despreciable creatura de carne parlante responsable ante mí, me resulta difícil no aprovechar la oportunidad para hacerle pagar por los problemas que me causó... Supongo que realmente puedes agradecerle a esa persona…"

"Mierda… ¡Mierda! ¡Mierda! ¡MIERDA! ¡Me lleva la puta!" Cada palabra que salía de la boca de Subaru se percibía más distorsionada por la ira. "Tú lo sabes, ¿no es así? Tú sabes quién las envió para asesinarme. ¡Tú conoces al Cliente!" La ira estaba apoderándose una vez más de su cuerpo. Sangre ardiente como magma recorría sus venas, dilatando cada uno de los vasos capilares de su rostro, el cual estaba completamente enrojecido por la ira.

"¡Gajajaja! ¡Estúpida creatura de carne! ¡¿Por qué debería yo responder a un ser patético e inferior como tú?!"

"¡Ya antes me respondiste! ¡Así que te ordeno que me digas su nombre! ¡Dime quien es el maldito Cliente! ¡Dime quien es el desgraciado que ordenó mi tortura!" Mantener el control de sus emociones era más difícil conforme transcurrían los segundos, aquella parte fragmentada de su ser rogaba por tomar control de su cuerpo.

"¡Conoce tus límites! ¡No eres nada! Jamás revelaría la identidad de uno de mis clientes. No daría tal información a una de mis hijas que no esté trabajando directamente con el cliente, menos a una patética creatura de carne como tú. ¡Gajajaja! ¡Así que si sigues poniendo a prueba tu suerte, me aseguraré de divertirme convirtiéndote en algo que será ante mis ojos mucho menos repugnante de lo que ya eres!"

"¡Mierda! ¡No sabes cuánto te odio y te detesto, Capella!" Exclamó Subaru frustrado y entonces miró a Utada una última vez. "No mueras, es una orden." Pasmado, Utada solo alcanzó a medio asentir; nunca en su vida había visto a Subaru tan enfadado.

"¡Ya verás! ¡Nos veremos de nuevo, patético insecto de patético orgullo! ¡Y cuando suceda me aseguraré de que nadie en el mundo sea capaz de amarte o tan siquiera volver a verte sin vomitar, antes de convertirte en alimento de mabestia!"

"¡Yo me aseguraré de sacarte a la fuerza toda la información que poseas del Cliente y luego haré que tus últimos minutos de vida sean toda una tortura!"

Habiendo intercambiado con Capella promesas de un reencuentro destinado, Subaru dio un pequeño golpe al cuello de Patrasche y entonces finalmente partió lejos de Utada y la Arzobispa de la Lujuria. Aun así, Subaru podía sentirla, podía sentir la ira fluctuando por su cuerpo e inundado su cabeza. Anhelaba regresar y luchar junto a Utada contra Capella. Con dificultad ignoró los sonidos de combate que surgieron a sus espaldas y siguió avanzado hacia el castillo.

Por fin, por fin había dado con una pista solida que podía llevarle ante el Cliente. Capella Emerada Lugunica era la madre de las asesinas que le había torturado. Y sin importar si esa era una relación consanguínea o no, eso significaba que la Arzobispa de la Lujuria había sido una de las culpables de la terrible tortura que había fragmentado su mente. Antes tenía una razón para desear vengarse de ella, pero ahora ese deseo se había multiplicado miles de veces. Capella había causado indirectamente la Selección Real, y asimismo era una de los orquestadores de la tortura que destruyó su mente; en verdad capella era la responsable de todas su desgracias.

De no ser porque el tiempo se acababa y necesitaba reunirse con Anastasia, Subaru no habría dudado en luchar y morir todas las veces que fuera necesario para asesinar a Capella. Aun así, Utada estaba dispuesto a sacrificarse para que él pudiera tener una oportunidad de recuperar el control sobre el destino de Anastasia, y no sería honorable de su parte el menospreciar tal resolución. Salvaría a Anastasia y volvería a reunirse con Halibel, y entonces comenzaría a buscar la manera de ubicar a Capella y el cómo derrotarla.

Anastasia, Anastasia era su prioridad. No podía permitir que su ira le controlara, o de lo contrario sufriría un destino similar al de Sirius. Sí, su prioridad era el destino de Anastasia, su deseo de venganza se encontraba en un segundo plano. Con ello en mente, Subaru cabalgó por las calles del distrito de la nobleza sin perder de vista la silueta del castillo.


Cuarenta Minutos desde la Última Muerte (Diecisiete Muertes)

Cinco minutos habían transcurrido desde que abandonó a Utada y Capella, cuando finalmente logró ingresar a la avenida principal de la capital, la que le llevaría al Castillo Real. Suspirando aliviado, Subaru comenzó a recorrer el sangriento paisaje sobre Patrasche. Las señales de la masacre provocada por quien probablemente era el Arzobispo de la Codicia ya era visibles. Pronto alcanzaría la zona en la que aún se libraban escaramuzas entre guardias y cultistas.

Fue entonces que Subaru vislumbró una pequeña silueta completamente fuera de lugar parada entre un mar de cadáveres pertenecientes a guardias y cultistas de la bruja por igual; la figura poseía una pureza celestial que la hacía sobresalir exageradamente en ese paisaje de muerte. Subaru consideró por un momento que lo mejor era ignorarla, pero su vista fue atraída hacia la figura como si ésta poseyera atributos magnéticos. Era una niña, no, una mujer de pequeña figura, cuya hermosura resultaba antinatural, deslumbrante, cegadora. Esa pequeña mujer poseía una belleza capaz de asesinar a aquel que se atreviera a mirarla por demasiado tiempo.

Por instinto, Subaru tocó el cuello de Patrasche, indicándole así que se detuviera. La figura estaba a pocos metros de él, y permanecía estática al lado del camino de adoquines. Solo su hermoso cabello platinado y la tela blanca que cubría su cuerpo se movían por efecto de la suave brisa que soplaba. Subaru observó pasmado a la chica, incapaz de pronunciar palabra alguna. Y no salió de éste estado de trance hasta que la voz de la chica llegó a sus oídos.

"Por fin nos encontramos… Me parece que la Prueba a la que te sometí finalmente está por dar frutos."


Finalmente Subaru descubrió que Capella estaba relacionada con la tortura que lo comenzó todo, y con ello encontró una pista sólida que le llevará al "Cliente"; el primer objetivo de la venganza de Subaru ha aparecido. Además, Patrasche se unió oficialmente al grupo, Subaru ya no tardará tanto tiempo trasladándose de un lugar a otro.

Utada, después de haber intentado asesinar a Subaru, y haberlo logrado en dos bucles, ha decidido poner en riesgo su vida por Subaru. ¿Por qué tal cambio? Porque Subaru le dio lo que nadie más, la oportunidad de consumar parte de su venganza; todo gira alrededor de la venganza. Allí yace el nacimiento de una posible lealtad.

Por último, el encuentro de Subaru y Pandora finalmente ha tenido lugar. Con ello, hemos alcanzado el climax de este arco oficialmente. ¿Qué sucederá con Subaru ahora que Pandora se mostrado ante él? ¿Podrá evitarse lo ocurrido en el castillo? Lo que puedo decirles es que ello implicará un cambio importante en el rumbo que ha tenido el fic. En fin, como siempre, gracias por el apoyo.