¡Alabado sea el Apóstol de la Bruja!

Trece Horas desde la Última Muerte (Cincuenta Muertes)

Esa no era la primera ocasión que Subaru cometía un error de similar naturaleza. ¡Oh, sí que no lo era! Tampoco era la primera vez que cometía un error de juicio al momento de conversar con Petelgeuse. En el pasado había creído que podría manipularlo para que asesinara a Utada, en aquel bucle maldito que él mismo había descartado al permitir que la desesperación le controlara. Petelgeuse, un lunático de excéntricas creencias que resultaba fácil de engañar.

O al menos así lo parecía. Su inestabilidad mental y emocional hacían que predecir el cómo reaccionaría ante una acción o palabra fuera de lo más retador. Así como se había equivocado al creer que podría ocultar que no tenía un Evangelio en su posesión, con el artificio de que pertenecía a la facción del Culto de la Bruja que no adoraba a la bruja, y que con ello bastaría para no provocar la ira de Petelgeuse, se había equivocado al creer que enterarse de que él poseía el título de Envidia le satisfaría.

"¡Una vez más! ¡Una vez más! ¡Una vez más! ¡Una vez has insultado al amor, al amor que ha sido depositado sobre ti! ¡Es obvio, evidente, indudable, incuestionable, innegable que no has escarmentado lo suficiente por tus pecados! ¡Escupiste blasfemas palabras en contra de la magnánima bruja! ¡Y a pesar de haber sido indultado por ello, vuelves a hacerlo! ¡Incapaz de aprender de sus errores, incapaz de avanzar! ¡Necia anomalía orgullosa! ¡Estancada en su estupidez! ¡¿No es acaso pereza tu indolencia en cambiar aquellas despreciables partes de tu personalidad?!"

"¡No sé de qué hablas! ¡Simplemente te dije la verdad!" Exclamó Subaru, mientras que esquivaba una de las manos negras de Petelgeuse.

"¡Argh! ¡Imposible! ¡Una vez más te atreves a desafiar la autoridad que se me ha concedido! ¡¿Por qué la despreciable anomalía es tan amada?! ¿Qué has hecho? ¡¿Qué?! ¡¿Qué?! ¡¿Qué?! ¡¿Qué?! ¡¿Qué?! ¡Desprecias a la bruja con tus palabras y acciones, no te postras ante su divino nombre, ni respetas su sagrado Evangelio, y aun así eres injustamente favorecido! ¡Pecado, tú anómala existencia no es más que un terrible pecado! ¡Mi cerebro tiemblaaaaa!"

"¡Podrías dejar de decir cosas sin sentido! ¡No he hecho nada en contra de tu amada bruja! ¡Incluso me uní al Culto de la Bruja! ¡¿No es eso prueba suficiente de mi lealtad a la bruja?!"

"Podrás haberte unido a nosotros los seguidores de la bruja tal como clamas, pero tú blasfema lengua, que no ha dejado de pronunciar insultos hacia el amor de la bruja y su buena voluntad, traiciona tus intenciones. No has cambiado, te has estancado en tus inadecuadas actitudes y por ello has incurrido en la pereza. ¡Este diligente creyente en el amor no aceptará que manches el título de la Envidia!"

Resultaba inútil. Dialogar con Petelgeuse ya de por sí resultaba complicado cuando éste se encontraba calmado. Ahora que estaba tan agitado por la afirmación de Subaru, el dialogo no era una opción. Antes de hacer otro intento de convencerlo de que no estaba mintiendo al afirmar que era Envidia, necesitaba que dejara de atacarlo. Lo tranquilizaría a la fuerza.

Subaru no estaba seguro de si podía lograrlo, pero debía intentarlo. "¡No te metas, Patrasche! ¡Déjamelo a mí, Hal-san!" Gritó Subaru, para desconcierto del enfurecido Petelgeuse.

Era entendible que Petelgeuse no comprendiera lo que había salido de la boca de Subaru, después de todo, ese mensaje iba dirigido al guerrero que se encontraba oculto a una distancia segura y a su dragón de tierra, que ya se había colocado en posición para embestir a Petelgeuse. Ese era su primer combate desde que el factor de la Ira en su interior fue activado, y debía librarlo solo; era su momento para demostrar que ya no era tan débil como antes, que ya no era impotente.

"¡Debes recapacitar, anomalía blasfema, tú diligencia se encuentra mal empleada! ¡¿Por qué rehúyes tan diligentemente al castigo que ha de caer sobre ti por tus faltas, pero te niegas a aceptar que has faltado al amor y la bondad con la que has sido bendecido?! ¿Acaso no lo entiendes, entiendes, entiendes, entiendes? ¡Debes rendirte ante la bruja!"

"Todavía no la he nombrado, así que por ahora esto tendrá que servir…" Murmuró Subaru, haciendo oídos sordos a las vociferaciones de Petelgeuse. Mirando fijamente a Pereza, preparado para esquivar otro de sus ataques si resultaba necesario, Subaru dejó fluir la ira que ardía en el núcleo de su alma. "¡Arzobispo Romanée-Conti, no me deja más opción que compartir parte de mi dolor con usted, Autoridad de la Ira!"

"¡Hnk! ¡¿Qué es esto, esto, esto, esto?!" Exclamó Petelgeuse, enfurecido. Su cuerpo, al igual que el de sus subordinados, se encontraba cubierto por una túnica negra, y por ello en principio no resultó evidente, pero desagradables ampollas habían envuelto sus dos brazos.

"¡Y eso no es todo!" Subaru era incapaz de ver como se había manifestado su autoridad en el cuerpo de Petelgeuse, debía seguir atacando.

La mirada de Subaru se movió hacia el cuello descubierto de Petelgeuse, y hacía allí dirigió su ira. Ningún tipo de energía fue emanada fuera del cuerpo de Subaru, nada que pudiera indicar que su habilidad había sido activada más allá que un pequeño matiz carmesí que iluminó sus ojos. Un corte superficial apareció en el cuello de Petelgeuse, del cual rápidamente comenzó a fluir sangre.

El daño parecía ser mínimo, no obstante cada pequeña herida que aparecía en el cuerpo de Petelgeuse, servía para hacer que éste perdiera cada vez más la compostura. No obstante, el precio de ello era simplemente demasiado alto. Con ojos humedecidos y una expresión de inmenso dolor en su rostro, Subaru llevó una de sus manos a su garganta. Subaru lo sabía, durante su despertar había conseguido comprenderlo; el precio de utilizar su Autoridad de la Ira.

Pero finalmente había podido sentir en su propia piel el significado de ello; utilizar su Autoridad lo dañaría a él tanto como a sus enemigos. Un dolor intenso recorrió sus brazos, al punto en que sentía que podía gritar. Podía sentirla, la sensación de su cuello siendo rebanado y sus brazos siendo prendidos en llamas. Estaba reviviéndolo, estaba experimentando una vez más el dolor que estaba haciendo sentir a Petelgeuse. Ese era el castigo de la Ira.

"¡No es posible, no es posible! ¡Simplemente no es posible! ¡Imposible! ¡Imposible! ¡Imposible! ¡Imposiiiiible! ¿Acaso han sido mi amor y devoción suprimidos? ¿Acaso han sido superados? ¡¿Por qué este hereje, que estancado en su pereza se niega a cambiar su inadecuada manera de vivir su vida, es capaz de alcanzarme con su autoridad, y yo no soy capaz de alcanzarlo a él?!" Vociferó Petelgeuse, aumentando la cantidad de brazos sombríos con los que estaba atacando a Subaru.

"¡T-Tal vez no eres tan amado como crees, Petelgeuse!" Bramó Subaru, con una mueca de dolor.

Subaru dirigió velozmente sus ojos hacia la barrera de manos negras que llovía sobre él, y al hacerlo recordó la terrible sensación de ser desmembrado por la Cazadora de Entrañas. Como si un espadachín invisible las hubiera rebanado con una afilada Katana, las manos sombrías fueron cercenadas. No obstante, esto solo bastó para que Subaru pudiera salir del rango de ataque de éstas, pues Petelgeuse rápidamente las reemplazó liberando un chillido de furia.

"¡Mi bendición, mi bendición, mi bendición, mi bendición, mi bendición, el regalo que me fue otorgado con tan buena voluntad, profanado! ¡Profanado por tus ojos, profanado por tu Autoridad! ¡No lo permitiré! ¡No permitiré que mi diligencia y lealtad resulten en vano! ¡No permitiré que te burles del amor que se me ha dado! ¡El amor que se me ha otorgado es superior al que se te ha otorgado a ti, perezoso hereje usuario de las Artes Espirituales! ¡Y lo demostraré con diligencia!" Subaru lanzó una mirada de desdén a Petelgeuse.

Cínicamente, Petelgeuse se quejaba por no ser lo suficientemente favorecido por la maldita bruja, simplemente porque Subaru había sido capaz de dañarle con su Autoridad. ¿Acaso estaba obviando que él era capaz de asesinar a Subaru con el solo toque de uno de sus brazos sombríos? Con solo pensarlo, Petelgeuse podía reducir a Subaru a una pulpa sangrienta. Mientras que Subaru sufriría insoportable dolor para solo conseguir dañarlo.

"Pandora tenía razón…" Murmuró Subaru, mientras saltaba a su costado, evadiendo así otra barrera de golpes fantasmales.

Pandora había afirmado que la efectividad de su Autoridad de la Ira dependería de la psique de la persona en quien la que la utilizara. Si su enemigo poseía un mente débil y doblegable, terribles efectos físicos tendrían lugar. Si su enemigo poseía voluntad de acero, éste no experimentaría más que un intenso dolor. Petelgeuse al parecer sí que había sido afectado físicamente, sin embargo, con efectos tan débiles jamás podría vencerlo. Y destruir sus manos sombrías no le llevaría a ningún lado, simplemente estaría retrasando su inminente derrota.

"¡Esto debe ser una prueba del amor, amor, amor, amor, amor! ¡Prueba del Amor! ¡No puede haber otra explicación a la blasfema aparición de una anomalía capaz de ver la bendición que se me ha concedido, la bendición que solo mis ojos tienen permitido observar! ¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! ¡Así debe ser! ¡La bruja está poniendo a prueba mi amor, mi diligencia, mi lealtad! ¡No puede ser de otra manera, yo debo superar diligentemente esta prueba que se me está imponiendo! ¡Debo dominarte, someterte, subyugarte, aplastarte con el amor que sido depositado sobre mí! ¡Debo someterte con la bendición que se me ha otorgado! ¡Debo pagar la buena voluntad con la que he sido tratado! …"

Mientras que Petelgeuse no paraba de despotricar, buscando así convencerse a sí mismo de que la existencia de Subaru no era más que una prueba para, valga la redundancia, poner a prueba su diligencia, Subaru aprovechó el tiempo para buscar una manera de detener el ataque de Petelgeuse. No podría vencerlo, eso lo tenía claro. No obstante, eso no implicaba que no podría detenerlo.

¿Pero cómo llevaría a cabo tal hazaña? ¿Cómo detendría al lunático Arzobispo del Pecado que aclamaba avanzar diligentemente hasta alcanzar su objetivo? Implacable, Petelgeuse aplastaría todo lo que se interpusiera entre él y aquello que, creyera, serviría para pagar por el amor que se le había concedido. Subaru podía admitir que respetaba esa parte de Petelgeuse, esa diligencia implacable, esa fuerza demoledora, esa determinación para sobreponerse a su pecado; Subaru la anhelaba.

¿Cómo podría detenerlo? ¿Acaso algo lo había detenido antes? Pandora. Si el Evangelio lo ordenaba, Petelgeuse se detendría. Resultaba probable que Petelgeuse hubiera deseado regresar al lugar donde su dedo había caído vencido, para así cumplir su promesa de hacer desaparecer a Subaru y Halibel. Si tal cosa no había ocurrido, solo podía deberse a que nuevas órdenes habían aparecido en su Evangelio. Pandora le había ordenado preparar el recibimiento de Subaru. ¿Tal cosa había sucedido?

Sin embargo, Subaru no tenía manera de contactar a Pandora… Era inútil. ¿Realmente era imposible hacer que Petelgeuse cambiara de opinión respecto a algo? ¿Resultaba imposible detenerlo sin antes destruir todos sus dedos? No… Subaru lo recordó. Roswaal y Emilia había sido capaces de hacerle retroceder. ¿Cómo lo habían logrado?

Si se quitaba la vida y utilizaba Regreso por Muerte, tal vez aparecería de nuevo en la mansión y entonces podría cuestionar a Emilia al respecto. Subaru consideró seriamente esta opción, pero mientras esquivaba por poco otra de las manos sombrías de Petelgeuse, maldijo por lo bajo. Podía bajar la cabeza y aceptar la derrota, pero con ello solo estaría demostrando una vez más que seguía siendo débil, tan débil como el día que pisó ese mundo por primera vez. Subaru ya no era impotente, debía demostrar eso, a sí mismo, a sus aliados y a su nuevo "camarada".

Tal vez Halibel tenía razón, a veces podía llegar a ser demasiado orgulloso y testarudo. Es cierto que ya había roto la promesa que había hecho a Anastasia en aquel hueco infernal, pero no por ello dejaría de regirse por ésta por completo. Era demasiado temprano para rendirse. Una vez más, Subaru exprimió fervientemente su cerebro. ¿Cómo podría detener a Petelgeuse?

"¡Te tengo!" Exclamó Petelgeuse, su expresión de locura y frustración metamorfoseándose en una de locura y éxtasis. "Dices ser el Arzobispo de la Envidia, pero resulta evidente que careces del amor y la pasión necesarios para cargar con un título de tan inmenso valor."

"Mierda…" Subaru se había descuidado, y ahora se encontraba entre las garras de una de las gigantescas manos sombrías. Su cuerpo ahora se encontraba a merced del corrompido juicio de Petelgeuse.

Subaru no perdió el tiempo retorciéndose, tratar de liberarse solo implicaría un desperdicio de energía inútil. Como un ave atrapada en una jaula, solo le quedaba observar a su captor, esperando a que abriera la puerta de su cárcel para volar lejos de allí. No obstante, los dedos de la mano sombría eran tan implacables como lo era su dueño, ésta no se abriría sin importar lo que ocurriera.

¿Sería ese el momento de aceptar su derrota y dejarse arrastrar por las garras de la muerte? No, todavía no era el momento de hacerlo. Si gritaba y pedía la ayuda de Halibel, la mano sombría sin duda se cerraría, aplastándolo hasta su muerte. No, tal cosa no resultaría necesaria, Halibel sin duda ya se estaba moviendo hacía allí. No obstante, eso no implicaba algo bueno.

Si Halibel se inmiscuía en la reunión, Subaru sin duda alguna perdería su oportunidad de convertir a Petelgeuse en un aliado. ¿Cómo podría convencerlo de que no mentía al decir que el pecado de la Envidia descansaba en su interior? La presencia de la bruja sin duda detendría a Petelgeuse de asesinarlo, y a la vez le convencería de que Subaru no mentía…

Subaru sabía qué hacer.

"Para mí no eres más que un patético mentiroso, que de manera desesperada busca otorgar valor a su vida carente de sentido y amor. No obstante, haz osado tomar el pecado de la bruja para ti mismo, cuando tu alma carece de la envidia necesaria para ser digno de tal honor. Por ello, ahora utilizaré tu carne para expiar semejante transgresión. Ahora, con la Autoridad que se me ha otorgado, yo he de-"

"P-Petelgeuse, espera… un momento." Dijo Subaru con dificultad, debido a la fuerza con la que la mano sombría lo estaba sujetando en el aire.

"Nada de lo que pueda surgir de tu boca blasfema podrá convencerme de no utilizar la autoridad que se me ha concedido para silenciar las herejías que escupes insistentemente. Para purgar a seres despreciables como tú es que se me ha otorgado la Pereza, para servir a la bruja que tanto me ha concedido. He de pagar por el amor que ha sido vertido sobre este creyente del amor con la diligencia implacable de mis actos. El nombre de la bruja ni su pecado volverán a ser manchados con-"

"¡Petelgeuse…! ¡¿No quieres conocer a la bruja de la que tanto hablas?!"

El flujo de palabras fuera de la boca de Petelgeuse se detuvo abruptamente. Con desconcierto, el arzobispo observó paralizado a Subaru; éste pudo percibirlo, pudo sentir como la fuerza del agarre de la mano sombría disminuyó ligeramente. Para entonces aumentar una vez más violentamente; odio se dibujó en las facciones de Petelgeuse.

"¡Solo tú muerte purgará los pecados de tu alma corrompida! ¡Has manchado el amor que con tan buena voluntad se te ha concedido, has profanado la figura de la bruja! ¿No puedes ver tu propia pereza, maldito pecador? ¡Eres irredimible! ¡He de utilizar tu sangre para purgar-!"

"¡A-Argh! ¡Te dije que te calles, maldita sea! ¡Te demostraré que Envidia en verdad reside en mí!" Exclamó Subaru, mirado al Arzobispo de la Pereza a los ojos. Pudo sentirla, la Ira fluyendo por sus venas. Una amalgama de intensas emociones ardió en su alma. Era el momento para romper el tabú y hacer que Petelgeuse experimentara las expresiones de amor de Satella; cumpliría el deseo de Pereza. "En verdad poseo la Autoridad de la Envidia y la llamo Regreso por-"

El tiempo se detuvo. En retrospectiva, el escenario que rodeaba a Subaru realmente no había cambiado demasiado. El cambio más evidente había sido el cesar de la brisa que suavemente meneaba las hojas de los árboles que rodeaban la casa abandonada. No obstante, esto resultaba difícil de notar, cuando te encuentras completamente rodeado por personas encapuchadas.

Congelados y enmudecidos, los cultistas subordinados de Petelgeuse se habían mantenido al margen del combate. El grupo de asesinos solo había estado sirviendo como espectadores de la lucha entre los dos Arzobispos del Pecado. Antes de que Subaru rompiera el tabú, se habían mantenido inmóviles, y así se habían mantenido cuando la sombría figura hizo acto de presencia.

Subaru pudo percibirlo inmediatamente, la ira y los celos que emanaban violentamente de la sombra. Nunca antes Subaru había percibido tan imponente hostilidad, ni siquiera cuando se había enfrentado a la falsa Zarestia. Una sed de sangre asesina envolvió a Subaru, que paralizado no pudo hacer más que soportar el castigo de la sombra.

Mientras su corazón era estrujado como lo habría sido uno de esos estúpidos juguetes para aliviar el estrés, Subaru pudo sentir como los celos de la sombra invadían su cuerpo y alma. Y en respuesta a estas emociones invasivas, la ira de su corazón ardió con más intensidad. Subaru pudo sentir un pensamiento aflorar en su cabeza, un déjà vu de emociones; ya no era impotente.

La sombra trituró incansablemente el corazón de Subaru, una y otra vez, convirtió el órgano en una pulpa de carne y sangre. No obstante, sus emociones nunca alcanzaron a Subaru, sus celos nunca sobrescribieron el alma de Subaru. Ya era demasiado tarde para forzar su enfermizo amor en él. Frustrada, la sombra regresó al vórtice del que provino y se desapareció de manera tan abrupta como apareció.

Una vez el tiempo volvió a su flujo normal, el agarre de la mano invisible sobre Subaru desapareció y éste se desplomó sobre la tierra, cual marioneta a la cual la habían cortado los hilos, sangre brotando por su nariz, ojos, boca y oídos. Sintiéndose profundamente desorientado y con la vista borrosa, Subaru intentó buscar a Petelgeuse, empleando toda su energía en ello. Pero resultó en vano. Lo único que pudo ver eran las túnicas negras de los cultistas.

Así como antes éstos habían rodeado a Subaru y a Petelgeuse, ahora un grupo más pequeño rodeaba únicamente a Subaru. O al menos esto es lo que él creía. Sin embargo, en ese mismo instante, Petelgeuse estaba experimentando lo mismo que Subaru. Con sangre brotando de cada orificio de su cabeza, Pereza yacía en el suelo, rodeado por un grupo de sus subordinados. Subaru había conseguido con éxito transmitir sus sensaciones a Petelgeuse.

A pesar de que Subaru había conseguido acostumbrarse a lidiar con el daño de retroceso que acompañaba el romper el tabú de la sombra, Petelgeuse fue el primero de ambos en levantarse. Con su mirada enrojecida y su rostro empapado de sangre, el Arzobispo del Pecado apartó de su camino a sus subordinados que le habían estado rodeando.

"Quedarse… ¡Koff! parados… ¡Koff! pereza…" Musitó Petelgeuse, entre una tos sangrante. Con paso tambaleante, Petelgeuse avanzó hacia donde se encontraba Subaru. Como nunca antes, decisión y diligencia dirigían sus acciones. "¡Quítense, quítense, quítense, quiétense de mi camino! ¡¿Acaso son tan ciegos que son incapaces de ver que están cometiendo el peor de los pecados?! ¡¿Es esa manera de pagar por el amor que han recibido?!" Con éstas palabras, Petelgeuse ordenó a sus subordinados que le abrieran campo.

Una vez los encapuchados se hicieron a un lado, la figura de Subaru fue descubierta. La imagen de Subaru era un reflejo de la de Petelgeuse. Tierra ensuciaba su rostro y su abrigo se encontraba manchado de barro ensangrentado. Tosiendo un coagulo de sangre, Subaru fijó su vista sobre los ojos de Petelgeuse; estaba preparado para continuar el combate si resultaba necesario.

No obstante, tal cosa resultó innecesaria. Para la gran sorpresa de Subaru, apenas los ojos de Petelgeuse se toparon con su rostro manchado, éste se echó al suelo, sus rodillas y sus codos sobre la sucia tierra bañada de sangre. Sin importarle si con su acciones podía manchar su túnica, sin importarle si con sus acciones perdía su dignidad, Petelgeuse se postró ante Subaru; finalmente, la frente de Petelgeuse tocó el suelo. Petelgeuse había clamado que sometería a Subaru, pero en ese momento era él quien se estaba sometiendo.

"…" Atónito Subaru no pudo hacer más que observar a Petelgeuse en silencio. Lo cierto es que, al forzar en Petelgeuse la sensación de ser torturado por la sombra de la bruja, Subaru jamás, ni en sus cavilaciones más alocadas, consideró que podría doblegar el espíritu de Petelgeuse de semejante manera.

"Mi cerebro… tiembla… Maravilloso… Simplemente maravilloso…" Murmuró Petelgeuse, éxtasis rebosando de cada palabra pronunciada. Al escuchar esto, el desconcierto de Subaru solo aumentó. Ante él se encontraba postrada la persona más volátil que conocía, y por ello resultaba imposible predecir que podría ocurrir a continuación. "Maravilloso, maravilloso, maravilloso… ¡Maravilloso! ¡Maravilloso! ¡Maravilloso! ¡Maravilloso! ¡Maravilloso! ¡MARAVILLOSO!"

Vociferando frenéticamente de manera repetida la misma palabra, Petelgeuse comenzó a golpear su cabeza contra el suelo una y otra vez. Era difícil decirlo debido a que la sangre de Subaru ya había llovido sobre el área, pero aparentemente el lunático había estado golpeado el suelo con tanta fuerza que se había abierto la cabeza. Sin importarle su propia salud, Petelgeuse continuó repitiendo la misma palabra mientras golpeaba su cabeza contra el suelo.

Ninguno de los presentes se movió para detener las acciones autodestructivas del representante de la pereza. Sus subordinados estaba acostumbrados a situaciones como esas, y Subaru se encontraba demasiado atónito como para tan siquiera moverse; igualmente, no es como que haría algo por detener a Petelgeuse si fuera capaz de hacerlo. En medio de aquella arboleda, frente a la casa abandonada, la única fuente de sonido fue la gutural voz extasiada de Pereza.

Transcurrido casi un minuto, Subaru salió de su asombro y fue capaz de pronunciar palabras nuevamente. "¿Qué se supone que sea tan maravilloso?" La estrambótica escena que se estaba desarrollando ante él era un completo sin sentido, y Subaru necesitaba darle fin de una vez por todas.

Abruptamente, Petelgeuse cesó sus movimientos. Un charco de sangre se había formado bajo su rostro, y ahora gotas del líquido carmesí caían constantemente de su rostro al charco. Por un par de segundos, Petelgeuse se mantuvo inmóvil, como si estuviera procesando la pregunta que le habían hecho. Y entonces, sin levantar su cabeza, el fanático de la bruja habló.

"Maravilloso, magnifico, extraordinario, estupendo, asombroso… Lo que clamaste resultó ser cierto, de tu boca que erróneamente había considerado blasfema verdades sagradas han surgido. ¡Finalmente comprendo por qué eres tan amado!" Conmovido hasta estar al borde de las lágrimas, Petelgeuse habló extasiado.

"Por fin lo entiendes." Dijo Subaru, dejando salir una gran cantidad de aire de sus pulmones. Petelgeuse por fin lo había comprendido. Una pequeña sonrisa se formó en los labios de Subaru, una sonrisa que vaciló al percatarse de que Petelgeuse no había terminado de hablar.

"¡He pecado!" Exclamó el lunático, golpeando su cabeza contra el suelo. "¡Mucho me duele admitir que he pecado! Dado que me he estancado en la impresión que me dejaste el día de ayer y he dudado de ti, soy culpable del mismo pecado del que tanto te acusé. ¡Me estanqué en una sola idea, y por lo tanto he caído en la pereza!" Con más ímpetu que antes, Petelgeuse reanudó su autoflagelación. "¡He fallado al amor y he pecado contra la buena voluntad de la bruja! ¡He sido cegado por la pereza y por ello no podido percibir la envidia que fluye en tu alma!"

"Olvídalo… Agua pasada no mueve el molino, ¿verdad?" Como en bucles anteriores, Subaru intentó calmar al enloquecido Petelgeuse, aunque en vano.

"No, no, no, no, no, no… ¡He fallado! ¡He pecado en contra del amor! ¡He fallado en percibir la presencia de la bruja en tu corazón! ¡He ignorado los deseos de Satella! ¡Tendré que usar este cuerpo para purgar los pecados que he cometido! ¡No hay forma de que un despreciable pecador como yo pueda ser perdonado! ¡He pecado! ¡He pecado! ¡He pecado! ¡He pecado! ¡He pecado!"

"¡Cálmate de una buena vez! Yo te perdono. ¿No te basta con eso?" Con pocas esperanzas de que sus palabras fueran a alcanzar a Petelgeuse, Subaru afirmó que le perdonaba. Sin embargo, Petelgeuse escuchó sus palabras fuerte y claro.

"¿Lo que dices es cierto?" Le cuestionó Petelgeuse, mirándole a Subaru a la cara por primera vez desde que se había postrado ante él. "¿Serías capaz de perdonar a éste sucio pecador que ha fallado en percibir la razón del enorme amor que ha sido vertido sobre ti? ¿Mostrarás indulgencia a éste pecador que ha insultado la bendición que se te ha concedido?"

"No me importa nada de lo que pudieras haberme dicho." Aclaró Subaru, escupiendo la sangre que se había acumulado en su boca. "Si consideras que el pecado que has cometido en mi contra es tan terrible, entonces compénsamelo. Conviértete en mi aliado y ayúdame a purgar del Culto de la Bruja a los verdaderos Arzobispos del Pecado blasfemos. Ayúdame a alcanzar mis objetivos, y con ello estarás sirviendo a la bruja que tanto adoras."

"En verdad has recibido la buena voluntad de la bruja, en ti, su envidia habita…" Musitó Petelgeuse, su mirada brillando con admiración y devoción. Para entonces salir de su ensimismamiento y exclamar. "¡Eres maravilloso! ¡En verdad he cometido el peor de los pecados al dudar de tu devoción y lealtad hacia la bruja! ¡Puedo sentirlo, puedo sentir el amor de la bruja emanando de ti, puedo percibir sus celos infinitos envolviendo tu alma! ¡Con sus manos, con sus dedos, con sus garras, con su sombra envuelve tu corazón y lo hace suyo!"

"…" Con una expresión de desdén formándose en su rostro, Subaru escuchó las alabanzas de Petelgeuse. La bruja… Subaru lo sabía, vengarse de ella no era posible, así que explotaría Regreso por Muerte a expensas de ella, exprimiría su propia vida y se aseguraría de no dejar nada para ella. Y utilizaría a sus fanáticos para su propio bienestar.

"¡Ningún individuo que haya pisado éste mundo maldito jamás ha podido contener en su cuerpo una sola fracción de la bendición de la envidia! ¡Tú eres el primero, el más fiel seguidor de Satella! ¡No puede ser de otra forma, tú, y nadie más que tú, eres el Apóstol de la Bruja! ¡La representación de sus deseos y emociones en este mundo! ¡Tú traerás a este mundo el futuro que desea Satella, tú, la representación de su amor y su buena voluntad, eres el único digno de llamarte Envidia, el verdadero representante de la Bruja! ¡Tú impondrás sus Pruebas sobre los desdichados habitantes de este mundo y traerás de regreso a Satella!"

"¿Apóstol de la Bruja?" No podía negarlo, le disgustaba ese nombre, pero si le servía para conseguirse un aliado poderoso como Petelgeuse, entonces no le impediría que le llamara de esa manera. Aun así… Subaru observó detenidamente a Petelgeuse en silencio. Sus ojos humedecidos se habían desbordado y ahora lágrimas empapaban su rostro manchado de sangre y barro.

Una vez más, Subaru tuvo que admitir que jamás creyó que la efectividad de su Autoridad de la Ira sería tan alta; y no solo a nivel psicológico, sino que además físico. Anteriormente, solo había conseguido que pequeñas heridas superficiales se formaran en el cuerpo de Petelgeuse, pero al transmitirle la sensación de ser torturado por la sombra, Petelgeuse, al igual que él, había terminado sangrando por cada uno de sus orificios.

Subaru nunca se había visto en un espejo al experimentar tal tortura, y por lo tanto nunca había podido ver que tan espantosos eran sus efectos. Era como si de pronto hubiera subido varios metros en la Cuarta Capa del Abismo… Alejando esos pensamientos de su mente, dado que lo menos que quería pensar en ese momento era en su mundo o los animes que vio en éste, Subaru volvió a reflexionar respecto a los resultados de su Autoridad de la Ira.

¿Por qué antes había afectado tan poco a Petelgeuse? ¿Por qué al romper el tabú, Petelgeuse había sufrido los mismos sangrientos efectos que él? ¿Qué había cambiado? ¿Había otras condiciones que influyeran en la intensidad de los efectos de su habilidad, aparte de la fuerza de voluntad de su objetivo? ¿Tenía algo que ver con la presencia de la sombra de Satella? Subaru sabía que ese no era el momento indiciado para buscarle respuesta a esas preguntas, pero eventualmente tendría que hacerlo.

"Sí, sí, sí, sí, sí, sí, definitivamente sí. Apóstol de la Bruja, en efecto un título digno de la persona que carga con los deseos de la bruja, con los anhelos de Satella. ¡Vive tu vida con diligencia, Apóstol de la Bruja! ¡Persigue diligentemente los objetivos de la bruja y cumple con tu sagrado destino! ¡Yo, el representante del pecado de la Pereza, me aseguraré de pagar por mis pecados asistiéndote en todo lo que mi pidas! ¡Aun si no estuviera en deuda contigo, lo haría con fervor! ¡Mi alma es tuya, Apóstol de la Bruja!"

"Es bueno saberlo…" Murmuró Subaru, cansado de escuchar los monólogos de fanático religioso de Petelgeuse. Buscando desviar el curso de la conversación, Subaru introdujo su mano en su abrigo y extrajo su Evangelio, ignorado por completo el sentimiento de incomodidad que le había impedido hacer tal cosa antes. "Petelgeuse, se me indicó que me reuniría contigo aquí, pero nunca se me especificó que sucedería al llegar. No creo que esa estúpida pelea tuviera algo que ver, ¿o sí?"

"¡Gah!" En lugar de responder la pregunta de Subaru, Petelgeuse dejó salir un sonido de sorpresa. Sus ojos, los cuales había abierto ampliamente, se humedecieron nuevamente y lágrimas comenzaron a fluir como un río, lavando su sucio rostro. "Ya había sido convencido de la veracidad de tus palabras al percibir la presencia de la bruja en tu interior, pero ver la prueba del amor en tus manos en verdad llena mi indigno espíritu de regocijo."

"…" Subaru no respondió a la afirmación extasiada de Petelgeuse. En silencio, esperó a que su pregunta fuera respondida. Advirtiendo la afilada mirada de Subaru, Petelgeuse recuperó su compostura, y con una sonrisa que bien podría partir su rostro en dos, señaló a un grupo de cultistas que se encontraba a pocos metros tras de él.

"Por supuesto que no, Apóstol de la Bruja, traerlo ante mí por una razón como esa bien podría considerarse una deshonra al amor que le envuelve. Esos de allí, son diligentes creyentes del amor, que con absoluta lealtad han seguido la palabra de la bruja desde que fueron llamados por ella para unirse al Culto. Se me ha indicado que debo desprenderme de ellos, para que así sean asignados a usted, Apóstol de la Bruja."

"Estoy seguro de que hace unos minutos no habrías considerado una deshonra el hacerme venir solo por eso…" Murmuró Subaru con tono irónico, mientras miraba con detenimiento a los cultistas señalados por Petelgeuse. Tras unos segundos, no pudo encontrar ningún rasgo que los distinguiera de los demás cultistas, así que miró de vuelta a Pereza. "Bien, supongo que podrían llegar a serme de utilidad en algún momento. ¿Tengo que darles alojamiento o alimento?"

Subaru sabía que su pregunta bien podría malinterpretarse, después de todo, sonaba como si estuviera preguntando por los cuidados de una mascota y no de seres humanos. Sin embargo, se encontraba entre lunáticos, por lo que una pregunta como esa jamás sería calificada de estúpida. Petelgeuse sacudió su cabeza con vehemencia.

"Eso no será necesario. Ellos actuaran como sombras. Vivirán vidas normales, mezclándose entre aquellos que viven vidas carentes de sentido, esperando el momento en que usted requiera su presencia."

"Ya veo… Eso explica como hacen para aparecer casi de la nada." Respondió Subaru, asistiendo con satisfacción. Tal vez en otro momento había rechazado las asistencia de asesinos despreciables como esos, pero considerando que podría encontrarse cientos de peligros a lo largo de su camino hacia la venganza, no podía darse el lujo de hacer tal cosa; a caballo regalado no le mires el colmillo, dicen. "¿Hay algo que deba hacer para indicarles que necesito su ayuda? ¿Qué me asegura que no me ignoraran cuando lo haga?"

"El poder del Evangelio, aunque no tan fuerte en ellos como en los Arzobispos del Pecado, les hará saber cuándo deberán actuar en nombre del Culto de la Bruja. Además, uno de ellos siempre estará cerca suyo, preparado para servirle; entre ellos se mantendrán comunicados. ¡Y puedo asegurarle que jamás fallarán a la hora de aparecer a su lado y servirle con completa devoción! La razón por la que se me ha indicado que he de concederle un grupo de mis propios seguidores, es porque son considerados dentro del Culto de la Bruja como los más fieles y diligentes entre todos. Puedo asegurarle que cada uno de ellos daría su vida por usted si así fuera requerido, después de todo, solo conocen el camino del amor."

"Suena bien… Entonces… ¿Eso es todo lo que tenías que darme?"

"También se me indicó que le entregara esto, Apóstol de la Bruja." Dijo Petelgeuse, mientras llamaba con su mano a uno de sus subordinados. La persona encapuchada se acercó a él, con un paquete oscuro en sus manos. Petelgeuse tomó el paquete, e inmediatamente se lo entregó a Subaru.

"¿Y esto es…?" Subaru inspeccionó el paquete; lo desenvolvió, dando forma a una túnica morada, casi negra, como la utilizada por los Arzobispos del Pecado. A diferencia de las capuchas que poseían las de los subordinados, la de ésta no cubría por completo el rostro. Además de la túnica, en su interior se encontraba un Espejo Convergente.

"Con él podrá contactar con cualquiera de los creyentes del amor que se encuentren cerca, en caso de que lo necesite, Apóstol de la Bruja. Asimismo podrá contactar conmigo y con cualquiera de nuestros camaradas que cargan con uno de los pecados si nos encontramos cerca suyo." Petelgeuse se abstuvo de mencionar algo respecto a la túnica, probablemente no había nada que tuviera que decir al respecto.

"Gracias…" Ya poseía un Espejo Convergente, pero no había razón para rechazar que le regalaran un segundo.

"Eso es todo lo que se me ha indicado que debía entregarle como bienvenida al Culto, Apóstol de la Bruja. Si llegase a encontrarse con esa persona, es posible que pueda recibir uno de sus títeres si así lo desea; yo no veo como podría una petición suya de recibir uno ser rechazada, después de todo no existe nadie más digno de recibir subordinados que usted, representante de la bruja."

"¿Esa persona, eh?" Murmuró Subaru para sí mismo, pensando en Pandora, para entonces dirigirse a Petelgeuse. "Gracias por todo, Arzobispo Romanée-Conti."

"¡No debe agradecerme! ¡El solo encontrarme en su presencia, que rebosa del amor de la bruja, hace que mi corazón se llene de regocijo!" Exclamó Petelgeuse vehementemente. "Ya he cumplido con mi sagrado deber de darle la bienvenida al Culto de la Bruja, y por lo tanto es libre de partir si así lo desea, Apóstol de la Bruja." Le informó Petelgeuse, haciendo una reverencia.

"¿Puedo preguntarte una cosa?" Inquirió Subaru a su camarada Arzobispo del Pecado, tras un momento de silencio.

"¡Pregúnteme lo que desee, Apóstol de la Bruja! Si soy capaz de responder su pregunta, lo haré, y si no soy capaz de hacerlo, utilizaré esta carne mía para expiar mi falta de información, pues ello solo puede ser el resultado de la despreciable pereza."

"No hace falta que te castigues a ti mismo…" Mencionó Subaru, antes de hacer la pregunta. "Dime, Arzobispo Romanée-Conti, ¿sabes dónde puedan estar los arzobispos de la Lujuria y la Gula?" Antes de tan siquiera responder la pregunta de Subaru, Petelgeuse tomó con fuerza sus cabellos y comenzó a jalar de ellos.

"¡Una vez más he pecado en contra de la bruja y su emisario, he fallado en pagar por el amor con el que he sido bendecido! ¡He incurrido en la pereza! ¡He fallado en complacer al Apóstol de la Bruja, el representante de su envidia y de su amor! ¡Tristeza, desolación, melancolía, desconsuelo inundan mi corazón, pues desconozco la ubicación de esos herejes que reniegan del amor del bruja!"

"Al menos tenía que intentarlo…" Y con esas palabras, Subaru se alejó de Petelgeuse, en dirección a Patrasche. Una vez sobre Patrasche, Subaru le lanzó una mirada a Pereza, que continuaba con su sesión de autoflagelación. "Estaré esperando por el momento en que trabajemos juntos, Arzobispo Romanée-Conti." Y con ésta como su despedida, Subaru se encaminó de regresó a la mansión de Anastasia.

Lo cierto es que se sentía abrumado por todo lo que había ocurrido y deseaba dirigirse al punto de encuentro que había acordado con Halibel cuanto antes. Mientras se alejaba de Petelgeuse, quien había comenzado a reprender a sus subordinados par alguna razón desconocida para Subaru, seguido por el grupo de encapuchados que se le había asignado, éste miró hacia la túnica que le habían entregado.

Tal vez si hubiera tomado decisiones distintas, nunca hubiera terminado en esa situación. Sin lugar a duda, tendría que utilizar su ira y su resolución, su deseo de salvar a Anastasia y Julius, y su deseo de venganza, como el combustible que le mantendría moviéndose hacia al frente sin importar cuanto se ensuciara las manos y corrompiera su alma. Alcanzaría sus objetivos, aunque ello implicara convertirse verdaderamente en el Apóstol de la Bruja.


Por fin pude enseñarles la Autoridad de la Ira en acción, y sí, puede que no parezca demasiado poderosa de momento, considerando sus desventajas, pero ya verán… Y sí, Subaru por fin reclutó al primer Arzobispo que quería como aliado, ¿qué mejor forma de hacerlo que compartir un poco del amor de la bruja con él? El siguiente es Regulus, pero todos sabemos que ese no será tan fácil.

Ok, hoy no tengo mucho que decir, solo que no se preocupen si no actualizo la otra semana. Ya salió Pokémon Leyendas Arceus, y para los que no lo sepan, soy muuuy fanático de la franquicia. Así que puede que me la pase viciando jeje. En fin, como siempre, gracias por su apoyo y hasta… ¿la próxima semana?