Capítulo 10: Lengua materna
Jedha era tan inhóspito como lo recordaba. La atmósfera apenas era respirable luego del desastre ambiental que la primera Estrella de la Muerte generó al desintegrar la Ciudad Sagrada. Tras décadas, el núcleo expuesto de la luna había endurecido. Ahora, un abismo de kilómetros quebraba el horizonte.
Maestro y aprendiz bajaron del Halcón con el viento agitando sus ropas, Chewie y R2 optaron por quedarse en la nave. Dando uno de sus eternos suspiros, el Jedi observó alrededor y se internó en el desierto. Rue lo siguió arrebujándose en su capa, explorando sus emociones con practicada distancia.
Sí, la abandonaron ahí. Pero gracias a una visión de la Fuerza, Maz Kanata la había encontrado horas después. Le dio un hogar, amor, guía y seguridad. Había luz y oscuridad, en todas las cosas…
- Se sentía cálido cuando decidí volver a Takodana, a pedir perdón a Maz por huír –comentó-. O al tomar la mano de Finn, dejando la Starkiller. O al llegar a Ahch-To, buscándolo a usted… Así es como distingo una elección alineada con el lado luminoso. Una corriente cálida, guiando.
El Jedi se giró a mirarla con sus compasivos ojos azules. Asintió con lentitud tras oír su reflexión.
- Ahora que puedes guiarte por la luz sin mi intervención, has probado estar lista para el siguiente paso. Este es el único sitio en el que aún es posible encontrar cristal kyber para construír tu sable de luz. Antes de ello, sin embargo, nos espera otra clase de desafío: averiguar la verdad.
Señaló una duna a lo lejos. Pestañeando para evitar la arena en los ojos, Rue distinguió un brillo plateado del lado contrario al viento. Su pulso se disparó al notar que se trataba de los restos de una nave, y tuvo que esforzarse en mantener el estado mental necesario para seguir aislada de la Fuerza.
- Por favor no me haga ir allá –susurró, incapaz de verlo a la cara-. Hay algo que no le he dicho…
- ¿Que te culpas por el abandono, y el accidente? –la voz de su maestro era suave-. Lo sé. Lo vi al guiar tu primera meditación. Yo no te culpo, Rue. Pero hay más detrás de esa historia…
- Nazzer odiaba a los sensibles a la Fuerza –le cortó, conteniéndose-. Me echó de la nave al averiarla por enésima vez, y Mara no salió a frenarlo. La nave despegó y estalló. Eso es todo.
Con un nudo en la garganta, observó su desolación. Su pasado dolía, pero el presente apremiaba.
- Mara nunca habría dejado a su hija aquí –replicó él, de pronto serio-. No de tener otra opción…
- Me dijiste que trató de matarte varias veces. ¿Por qué la defiendes?
Entornó los ojos, suspicaz. No quería saber nada de sus padres biológicos, pero el Jedi insistía en otra versión de Mara. Él guardó reflexivo silencio mientras el viento desordenaba su cabello entrecano.
- He esperado a decirte esto, porque quería que tuvieras certeza de la luz en ti primero. Antes de asociarse con Nazzer, incluso antes de ser una contrabandista, Mara sirvió al Emperador.
Dijo esto con delicadeza, atento a la reacción de Rue. Aturdida, ella solo atinó a contener el aliento.
- Continúe… -masculló, con el alma pendiendo de un hilo.
Si la serenidad y la emoción podían coexistir, sería el momento de comprobarlo. Por su manera de examinarla, intuyó que el su maestro pensaba algo parecido. Rue dejó vagar la vista por el desierto.
- Él la entrenó desde niña para ser su agente y la compelió a asesinarme antes de morir. No fue fácil para ella subsistir tras Endor, perdió su posición en el Imperio, pero la orden persistía. Nos topamos seguido tras ello, y al intuír que su deseo de matarme era un artificio del lado oscuro, le ofrecí ayuda. Tratamos en vano de revertirlo mientras ella colaboraba con Inteligencia de la Nueva República. Mara era fuerte, leal e ingeniosa, pero la orden era cada vez más difícil de resistir. La atormentaba, así que decidió alejarse. Cerrándose de la Fuerza permanentemente, aceptó una larga misión de incógnito en las Regiones Desconocidas, rastreando eximperiales...
- …y tiempo después huía de algo, conmigo y con Nazzer –exhaló Rue-. ¿La Primera Orden?
- No lo sé –él reconoció con pesar-. Tengo mis teorías, pero quiero estar seguro antes de hablar.
Asimilando con calma la marea de emociones que la atravesaban, Rue calló por largo rato. Conocía íntimamente la reacción de Ben Solo al descubrir su relación con Vader, y entendía las aprehensiones de su maestro. Frunció el ceño, encajando el pasado imperial de Mara con los restos de la nave. Había cambiado de bando, al final. Pero no cambiaba el hecho de que estuviese muerta por su descontrol…
- Comprendo –asintió-. Quizá Mara tuvo sus razones para dejarme. Pero no me voy a ilusionar.
- No quiero que lo hagas, pero sí que me acompañes a examinar los restos. Por duro que sea.
- Lo haré –juntando valor, inspiró y se puso en marcha-. Tan solo acabemos pronto con esto.
Caminaron a los restos de la nave. A su lado Skywalker se veía sereno, pero profundamente triste. Ella se concentró en mantener la calma. Al llegar, tras un breve silencio, él pasó la mano por un trozo de metal aún expuesto, como en una especie de trance. Rue se preguntó si debía hacer lo mismo, pero el Jedi se estremeció sacando la mano de repente. Estaba pálido cuando sus ojos se encontraron.
- Fue ella –su reacción le erizó la piel-. La Primera Orden los seguía, y Nazzer iba a entregarte a Snoke. Mara estalló la nave antes de contactarles, para que no sufrieras su mismo destino…
Su mente hizo corto circuito por la impresión, y Rue olvidó el bloqueo de la Fuerza. Ésta acudió en una avalancha de sensaciones. Un resplandor blanco. Un ardor insoportable. Gimió al oír el alarido de millones de personas dentro de su cabeza, y todos sus sentidos se apagaron a la vez.
Siguiendo a su nuevo aliado, Finn intentaba recordar el camino entre callejones repletos de gente. A la onceava vuelta se rindió, confiando en que la buena memoria de Nix se aplicara a lugares también.
Su amiga se había aferrado a su brazo y no lo había soltado en todo el trayecto. Solo fue hasta ver unas twi'lek encadenadas a la entrada de un café, que él entendió el por qué. Estrechó suavemente una de sus manos para reconfortarla, y el contrabandista se volteó a mirarles con expresión apenada.
Se detuvo frente a una sobria puerta de latón entre dos tiendas de repuestos de naves. Los guió a través de un estrecho pasillo hasta el fondo del edificio y les hizo subir una escalera. A través de una trampilla llegaron a una bodega llena de contenedores de piso a techo. Sobresaltados, ambos rebeldes lo apuntaron con sus blasters al ver el símbolo de la Primera Orden sobre éstos. Él mostró las palmas.
- Son robadas. Recuperadas, mejor dicho. Una amiga de la Flota Libre me pidió dejar unas aquí.
La Flota Libre era el grupo de Maz. Finn se preguntó si podría usar la Fuerza para saber si el tipo era fiable. Pero tras intentarlo unos instantes, concluyó que no podía activarla a voluntad. Bajó el arma, sopesando las molestias que había tomado para alejarlos de los soldados. Nix no estaba tan segura.
- ¿Eres un rebelde? –inquirió alzando una ceja-. ¿O solo te encontraste el broche? Di la verdad.
- Era de mi madre –el tono del contrabandista era conciliador-. Fue parte de la Alianza Rebelde.
- Eso no responde la pregunta –Nix entornó los ojos, sin bajar el arma-. ¿Eres tu, un rebelde?
- No, pero soy un simpatizante. He visto y oído lo que la Primera Orden hace a la galaxia, nada de eso está bien –el joven miró de reojo a Finn-. Eres uno de los desertores que buscan. Ambos figuran en sus listas de arresto. Mi madre también está ahí. Entraron a su casa hace unos días, ella alcanzó a huír. Quedamos de encontrarnos en el espaciopuerto, pero la esperé por horas y no apareció. Su nombre es Hera Syndulla, probablemente habrán oído de ella...
- Pues no te ves como ella –sus lekkus se sacudieron-. Eres humano. Ella es twi'lek, como yo.
Antes de que Finn volviese a apuntarlo, el contrabandista replicó en un idioma desconocido. Alerta, vio como se llevaba lentamente las manos a la gorra, quitándosela. Su cabello era verde como sus cejas. Atado en una coleta, dejaba ver unas orejas levemente puntiagudas del mismo tono. Era mestizo. Nix dudó y bajó el blaster, respondiendo algo breve en una tosca versión del mismo idioma.
- Jacen Syndulla –el contrabandista le ofreció la mano-. Veo que el Ryl no es tu lengua materna.
- Nix Ventura –ella la estrechó con las mejillas encendidas-. Estoy aprendiendo. Realmente lamento lo de tu madre, la he admirado desde niña. ¿Crees que la han capturado?
Jacen frunció el ceño desviando la mirada y por un instante pareció irse muy lejos. Negó finalmente.
- Confío en que solo la han retrasado. Era una experta en pasearse bajo las narices del Imperio. Y tú eres Finn –estrechó su mano-. Es un gusto. ¿Qué les trae por aquí? Si se puede saber…
Luego de un significativo intercambio de miradas con Nix, el joven decidió responder sinceramente.
- Vinimos para hablar con el Colectivo de Corellia. Nos dieron una dirección para contactarlos.
- Corellia, de todos los lugares –él se cruzó de brazos-. El Colectivo está bastante lejos de casa.
- Consideramos la posibilidad de que sea una trampa –Nix hizo una mueca-. Pero no podíamos darnos el lujo de no venir. Nos urge hablar con ellos.
- Buscan información exclusiva –sus ojos brillaron con astucia-. Les costará. Esos tipos no se andan con rodeos para pedir créditos. Ni siquiera por una buena causa.
- Lo sabemos -Finn sacó el holomapa de su bolsillo-. ¿Puedes indicarnos dónde queda esto?
- Déjame ver… -se interrumpió al ver el punto señalado-. Karavast. Esa bodega fue allanada por stormtroopers hace días. Los sobrevivientes se dieron a la fuga. Den a su contacto por perdido.
- Osea que Myca nos tendió una trampa –exhaló Nix, sombría-. Finn. La base ya no es segura.
Estremeciéndose, comprendió que era cierto. Sin conocer el paradero o el estado de Myca, debían tomar precauciones respecto a la base. Pero no tenía sentido que el desertor colaborase con ellos…
- O le tendieron una a él –Finn la miró con pesar-. Hicimos lo que estaba a nuestro alcance, pero continuar con la Primera Orden rondando será arriesgarnos a ser atrapados. Debemos volver…
El repiqueteo de un comunicador sonó en la muñeca de Jacen. Éste lo activó precipitadamente, y se oyó a un droide hablando en lo que Finn asumió era binario. No lo entendía. El hombre apretó los dientes mientras oía, luego su rostro se suavizó. Nix se llevó una mano al pecho, afectada.
- ¿Es binario? –susurró a Finn. Él se encogió de hombros-. Pobre droide. No logro comprender…
- Entendido. Nos veremos allí en una hora. Tal vez lleve unos amigos conmigo. Fuera.
Cortó la comunicación con un suspiro de alivio. Al ver la expresión confundida de ambos, explicó:
- Mi madre fue interceptada repostando su nave. Afortunadamente, llevaba dos blasters encima. Llegará pronto a un puerto de aterrizaje privado, al otro lado del complejo. Podemos sacarlos de aquí a salvo, y llevarlos a donde pidan. Pero a cambio, necesito hablar con Luke Skywalker.
El ambiente de la pequeña habitación se enfrió de golpe.
- Nunca dijimos que está con nosotros… -dijo Nix con recelo, tocando el blaster en su cinturón.
- No, pero corren rumores. Es urgente –miró fijamente a Finn-. Es hora de que los Jedi regresen.
El joven puso su mano sobre la de Nix para evitar que sacara el arma. La twi'lek lo miró confundida.
- Discutamos eso en la nave –resolvió-. Cuando nos las hayamos arreglado para salir de aquí.
A Finn no le gustaba la idea de confiar a ciegas, y confirmar su identidad con Maz por comunicador no era una opción en un lugar invadido por la Primera Orden. Pero intuía un doble significado en las palabras de Jacen, y algo le decía que debía arriesgarse.
Lo había soñado, y lo había vuelto a olvidar… Con un sobresalto, Rue abrió los ojos. Tendida en el asiento junto a la mesa de dejarik en la bodega principal del Halcón, se incorporó mirando alrededor.
- Con gentileza… -advirtió el pálido Jedi, sentado al otro lado-. ¿Cómo te sientes? ¿Oíste la voz?
- Estoy bien –gruñó, aún aturdida-. No oí esa voz. Pero sí… personas gritando. Demasiadas.
Lo interrogó con la mirada sintiendo un escalofrío al recordar. Skywalker la tranquilizó con un gesto.
- Energía oscura residual. Sentiste la herida causada en la destrucción de Jedha, creí adecuado que te expusieras lo mínimo a ella cerrándote de la Fuerza -suspiró-. Pero me dejé impresionar y olvidé que estás aprendiendo. Debí esperar a dejar la luna para contarte lo que vi. Lo siento…
- Estoy bien -repitió, asimilando que Nazzer era un infeliz y que Mara sí la había protegido a su manera. El accidente no fue su culpa-. Creo... estaré bien. Un momento, ¿en dónde estamos?
Notó que sentía la Fuerza, mas no la agonía de instantes atrás. Se precipitó a la cabina, donde R2 y Chewie orbitaban NaJedha. Miró el rosa planeta recortado contra el negro espacio, y la destruída luna suspendida algo más arriba. Cerró los ojos y exhaló su frustración. No. Eso aún no se terminaba.
- Quiero volver –volteó a mirar a su maestro-. Déjeme volver. Aún debemos buscar el kyber.
- Te desmayaste –asomado a la cabina, el color había vuelto a su rostro-. Lo que es entendible…
- Puedo hacerlo –insistió-. No sabía que eso pasaría. No estaba preparada. Lo estoy ahora.
- Debes buscar el kyber usando la Fuerza. Debes tolerar eso que sentiste, mientras buscas…
Rue tragó saliva al sentirlo dudar. Él quería ahorrarle el dolor. Pero no tenían tiempo para eso.
- Me dijo que estaba lista para esto. Solo se trata de otro desafío. Déjeme intentar de nuevo...
Chewie gruñó con aprehensión, y R2 se sumó bipeando. No les parecía buena idea. El Jedi suspiró.
- Estoy de acuerdo con ellos. Una aprendiz con tu poder necesita retos, pero también humildad, para saber cuando es suficiente –la estudió con la mirada, vacilando-. Sólo una vez más. Pero si se torna demasiado debes decirnos, y buscaremos otra forma de obtener kyber. ¿Prometido?
- Lo prometo, maestro –dicho esto, miró a Chewie y R2-. No deben preocuparse. Estaré bien.
El wookie replicó de mala gana que esta vez no irían sin él, y R2 dio una breve sacudida en acuerdo.
Tamborileando con los dedos sobre uno de sus muslos, Nix volvió a sondear la habitación. Esperar a que su heroína de infancia la viniese a rescatar del apestoso Kafrene parecía demasiado bueno para ser verdad. Finn le había dicho que estaba todo bien, y ella había aprendido a confiar en su intuición...
Pero también, era esa confianza ciega la que casi los lleva a una trampa. Extrañaba ser la optimista.
- No me gusta esto –bisbiseó, mirando de reojo a Jacen-. Sabe más de lo que dice.
- ¿Desde cuándo eres tú la paranóica? –tras mirarse, entendió que se había pasado-. Lo siento.
- Da igual –suspiró ella-. Tienes razón, en parte. No estoy pensando con claridad últimamente.
- Oye… -Finn tomó su mano-. Considerándolo todo, creo que lo estás haciendo de maravilla.
Supo que el joven lo decía de corazón. Ella le dedicó una sonrisa, y se giró a ver al contrabandista. Jacen Syndulla revolvía en un baúl, buscándoles ropa para pasar desapercibidos en Kafrene. Le tendió un mono gris sin distintivos a Nix, y una túnica a Finn. Él la estiró, intentando resolver cómo ponérsela.
- ¿No tendrás algo más… no lo sé, práctico? –se veía larga, y engorrosa de llevar.
- Claro, por supuesto. Solo creí que te sentaría bien -encogiéndose de hombros, volvió al baúl.
Por sus expresiones, Nix sintió que se perdía un chiste privado. Uno que Finn no disfrutaba. Luego de tenderle un poncho a él, Jacen apartó un biombo cerca del muro y lo acomodó en un rincón. Solo entonces vio que había un estrecho camastro y una mesita con objetos personales tras el. ¿Vivía ahí?
- Puedes cambiarte ahí –le ofreció en voz queda-. Sé que no es ideal, pero viste como es afuera.
- Que… caballeroso… –ella lo miró de arriba abajo, con recelo-. Gracias por la consideración.
Aún no sabía si le agradaba. Travis también fue así al inicio, y Nix estaba dolorosamente consciente ahora de su debilidad por los rostros apuestos. Jacen podría decirle que el cielo de Jakku era verde y ella tal vez lo consideraría perdiéndose en sus ojos. Fue a cambiarse tras el biombo, oyéndolos hablar.
- Habrán reforzado la seguridad tras lo del espaciopuerto –apuntó Finn-. Lo mejor que podemos hacer es movernos por las zonas más concurridas. Afortunadamente, hay mucho de eso aquí.
- Usarán droides de vigilancia ahí donde los stormtroopers no lleguen, así que traten de no mirar hacia arriba. Kafrene es un buen lugar para perder a quien te persigue. No se olviden de eso...
Nix detectó un matiz ansioso en su voz. A través de una rendija del biombo, lo estudió con libertad. Sentado en el pequeño camastro, se veía cómicamente alto. Si bien amables, sus ojos no dejaban de vagar. La mirada del hombre encontró la suya a través de la rendija y con un salto al corazón, la twi'lek salió de ahí ya vestida. Justo para ver como Finn, sentado junto a él, se paraba con expresión tensa.
- ¿Qué ocurre? –inquirieron Jacen y Nix al unísono.
- Un presentimiento –fue su inquietante réplica, buscando salidas con la mirada-. Uno malo.
Sus lekkus temblaron y su estómago se cerró. Finn de pronto actuaba como una criatura enjaulada. Para peor, Jacen también comenzó a removerse inquieto, guardándose un par de cosas de la mesita.
- ¿Qué tan malo? –preguntó, poco entusiasmada por la respuesta. Su amigo hizo una mueca.
- Nivel, Caballeros de Ren en los niveles bajos, malo. Tenemos que salir de aquí, ahora.
Aquella segunda vez bajó a la luna ya abierta a la Fuerza. Practicando respiraciones para mantener la serenidad, notó que el frío y la angustia aumentaban al acercarse al abismo. Una niebla siniestra se arremolinaba en lo profundo, y sintió vértigo al mirar. Bajo los atentos ojos de su maestro, se sentó al borde del precipicio, meditando con la luz en su interior como guía para no caer en la desesperación.
En lugar de rechazar los lamentos, esta vez debía aceptarlos, y dejarlos ir. Tras un largo periodo de adaptación, creyó oír algo distinto. Un canto, distorsionado por la oscuridad emanando del abismo.
- Ahí… -señaló un saliente rocoso, varios metros abajo-. No es solo oscuridad. Hay algo más...
Con el Halcón como apoyo y Chewie a cargo del descenso, bajó amarrada a una cuerda. Sentía el frío de la oscuridad acariciándole la piel, invitándola, pero se concentró en el débil llamado de la Fuerza unos metros más abajo. Solo al asegurarse de lo firme del terreno, buscó el origen del peculiar sonido.
Venía de la roca misma. Por instinto, extendió la mano al acantilado. El canto resonó en su corazón, cada vez más fuerte, suplicando ser liberado. Un tenue brillo violáceo la hizo ver arriba a la izquierda. Ahí, incrustado en la pared de piedra, encontró un cristal. Al tocarlo, el mundo alrededor se disolvió…
…ahogó un grito y se forzó a volver en sí, o pisaría en falso y se desbarrancaría. Pero aunque veía de nuevo el acantilado, con un escalofrío, sintió que no estaba sola. Se giró a encontrarse con la Rue del lado oscuro, observándola con depredadora anticipación. Su voz era un ronrroneo casi irresistible.
- No niegues la verdad que ya conoces. Necesitas más poder para mantenerlos a salvo. Caerás.
Con un nudo en la garganta, se forzó a acompasar su respiración. Estaba sintiendo el frío en su interior, pero esta vez, sabía que no era algo terrible. Pues había luz y oscuridad en todas las cosas…
- Eres parte de mí, pero tú no decides eso…–replicó suavemente frente a su reflejo, justo como en la cueva. Estaban por tocarse cuando Rue sujetó con firmeza su muñeca-. Yo lo hago.
La visión se disolvió como una sombra fría dentro de sí. Aferrándose al muro, mantuvo el pánico a raya y buscó la luz en su interior. Rue era ambas, y ella elegía a cuál servir. Respirando profundo, dejó que la calidez del lado luminoso la inundase y reconfortase. Se limpió el sudor de la frente, ya calmada.
Escuchó los gruñidos angustiados de Chewbacca, y al verlo a él y al Jedi asomados arriba, retomó su tarea. Extrajo con delicadeza el cristal, lo guardó, y tiró de la cuerda para que la ayudaran a subir.
En cuanto llegó arriba, le contó a su maestro sobre la visión. Él la escuchó con expresión pensativa, mientras Rue jugueteaba con el kyber entre sus dedos. Tras una breve pausa, pidió a Chewie que les aguardara en el Halcón, que lo alcanzarían pronto. Luego, se volvió a ella, hablando con solemnidad.
- Integrar tu sombra sin ceder a ella es un trabajo constante. Lo has hecho bien, pero recuerda que el lado oscuro seduce mediante acertijos. Quiero que reflexiones esto hoy al meditar.
- Lo haré -hizo un mohín-. Pero creí que ya había aprendido todo sobre dominar mi oscuridad...
Su maestro le dedicó una mirada que solo podía significar paciencia. Calló, dispuesta a escuchar.
- Los Jedi son personas imperfectas aspirando a un ideal, por lo que nunca dejan de aprender. De sus triunfos, y sus fracasos. Sé que dije al conocernos que la Orden debía acabar. Tal vez las viejas formas y nociones, desconectadas de la gente y su compleja dualidad, deben acabar. Fui incapaz de entenderlo a tiempo de guiar a Ben a través de su oscuridad, pues creyéndome la leyenda del Jedi, suprimí ese aspecto de mí. Hasta que pensé en matar a mi propio sobrino. Enseñarte distinto me ha forzado a aprender de mis errores, y a recordar el propósito de la Orden: servir al balance, la paz y la justicia en la galaxia. El resto puede cambiar, porque esa es la naturaleza de la Fuerza y de la vida misma: el cambio -señaló el kyber-. ¿Cómo se siente?
Rue se concentró en el cristal, y le conmovió sentir que tenía vida propia. Su canto le recordaba al de una criatura herida. Deseó reconfortarlo. Acarició sus vetas opacas, del mismo color de un moretón.
- Se siente… está llorando.
- Ha estado expuesto a la oscuridad por décadas –explicó-. Pero el cambio también reside ahí. Así como la energía luminosa puede corromperse por el lado oscuro, la energía oscura puede purificarse por el lado luminoso. Cualquier sensible a la Fuerza puede transformar dicha energía en un estado de profunda meditación. Es lo que harás tú, para sanar tu cristal kyber.
- ¿Puedo hacer eso? –Rue lo miró sorprendida- ¿No es... complicado, para una aprendiz?
- Lo es. Pero he visto que prosperas con los desafíos. Te guiaré en un principio. ¿Puedo…?
Con su permiso, la hizo acunar el kyber entre sus manos, sentándose frente a frente. Cerraron los ojos, y guió su meditar. Rue volvió a sentir el resplandor, el ardor y los lamentos de Jedha concentrados en el cristal. Dejó que las lágrimas cayeran. El Jedi la guió a transformar, desde la compasión, el dolor en sosiego, la oscuridad en luz. Ella lo imitó, enfocada en la corriente cálida que fluía a través de sí...
…y luego, en un arranque de inspiración, dejó que la luz tomase el control…
Notando esto, él la dejó seguir por su cuenta. En medio de aquel trance percibió el canto del kyber, resonando cada vez más armonizado. Sintiéndolo vibrar, separó las manos y dejó que éste se elevara. Al intuir que era suficiente abrió los ojos… y su bello y reluciente kyber cayó a la arena, partido en dos.
- Lo he roto... –susurró con voz estrangulada.
Conteniendo el aliento, recogió las piezas y miró al Jedi. Éste simplemente se encogió de hombros.
- Puede que ya estuviera así. Y que la Fuerza te esté sugiriendo qué construir…
Ella supo que no debía de ser grave. Su maestro le guiñó un ojo, reprimiendo apenas una sonrisa.
- Espadas dobles… –comprendió aliviada, y se puso de pie-. Claro. Tiene mucho senti… oh…
El desierto helado y el Halcón oscilaron peligrosamente a su alrededor, pero Skywalker alcanzó a sujetarla a tiempo. De pronto Rue apenas se podía su cuerpo.
- Suficiente por hoy –resolvió él, con calma, medio arrastrándola a la nave-. Estoy orgulloso de ti, pero ahora debes descansar.
Se dejó llevar, demasiado exhausta, agradecida y satisfecha consigo misma como para protestar.
- Gracias por confiar en mí, maestro. Con las enseñanzas de la Fuerza, sus historias… y las de Mara. ¿Es por las viejas formas de los Jedi que lo vuestro no funcionó...? –a lo repentino de la pregunta, él la miró escandalizado, y Rue sonrió con travesura-. Se respetaban... por favor...
Subiendo al Halcón, el Maestro Jedi enrojeció hasta las orejas, esbozando una sonrisa nostálgica.
- Ella era una mujer excepcional. Pero nuestros caminos no estaban destinados de esa forma.
Concluyó que, en efecto, había guardado un cariño especial por Mara. Ahora, él cuidaba de su hija.
Cada segundo de su escape contaba. Durante el camino por los atiborrados callejones de Kafrene, y con la misma inquietud previa al ataque del bajo Coruscant, Finn explicó en murmullos a Nix la razón de sus presentimientos. Ella aún no terminaba de digerir que era sensible a la Fuerza cuando Jacen los condujo dentro del hangar en el que el legendario carguero Espíritu aguardaría.
Tampoco tuvo tiempo ahí. Porque antes de que pudiese alertarles del frío que se acumulaba en el interior, se toparon de cara con los Caballeros de Ren, reteniendo a Hera Syndulla frente a su nave.
- ¡Jacen, corre! –exclamó en cuanto los vio.
Pero la entrada ya se había cerrado tras ellos. Nix, Jacen y Finn sacaron sus blasters listos para el combate. Pero uno de ellos acercó un hacha amenazadoramente bajo la barbilla de la ex general.
- Suelten sus armas –ordenó-. O alguien se quedará huérfano.
De mala gana, dejaron las armas en el suelo. Una sensación de terror empezó a perturbar a Finn. Notó que a su lado Nix hiperventilaba, y la piel de Jacen sudaba. Recordando Cuyacán, supo que se debía a uno de ellos. Recordando el bajo Coruscant, intuyó que aquello no funcionaría desde lejos.
- El miedo que sienten es un turco de la Fuerza –masculló entre dientes-. Lo he sentido antes.
- Vaya, vaya… -Kuruk ladeó la cabeza-. Eso explica lo tedioso que ha sido atraparte, desertor. Eres sensible a la Fuerza. Realmente tuvimos que ponernos creativos esta vez. Suerte que Syndulla apareció a tiempo...
- Hice lo que me pidieron. Los traje aquí. Ahora dejen a mi madre fuera de esto.
Con una sacudida de impotencia, Finn se giró a Jacen. El contrabandista los había traicionado. Nix le dijo algo en Ryl que lo hizo encogerse, mirándoles con una mezcla de vergüenza y arrepentimiento.
- Me abordaron en el espaciopuerto y ya tenían a mi madre. Lo lamento –luego agregó en un susurro-. Pero tengo un plan de escape, en cualquier momento ahora…
Los motores del Espíritu se encendieron. Jacen se llevó una mano al antebrazo y unos diminutos proyectiles salieron disparados al rostro del tipo del hacha. Con la distracción, Hera corrió fuera de su alcance. Finn se lanzó por su arma y disparó al que iba tras ella, pero los rayos rebotaron con un clang.
El guerrero se volteó a él, sacando un rifle blaster de su espalda, pero el Espíritu se puso a disparar a los Caballeros, levantando humo y chispas. Mientras ellos esquivaban los rayos, Nix y Jacen tomaron sus blasters y se refugiaron tras un contenedor. Finn vio a Hera subir a la nave, comunicador en mano.
El Espíritu se elevó para evitar que los Caballeros subieran. Finn oyó un silbido. Un bombazo abrió la entrada, y mientras la nave mantenía a sus rivales ocupados, Jacen y Nix salieron haciéndole señas.
El joven corrió fuera del hangar viendo como el carguero se elevaba y se iba, y por poco se estrella con un bothano. El ruidoso exterior estaba abarrotado de gente ignorando lo ocurrido, y el alma se le cayó a los pies cuando no vio a Nix. Aterrado, comenzaba a imaginarla encadenada en un café cuando ésta lo tomó del brazo, instándolo a perderse entre la multitud con el contrabandista a su lado.
Caminaron por largos y tensos minutos por los laberínticos callejones cubiertos de tubos, chocando seguido con personas de todas las especies por lo reducido del espacio. Rechinando los dientes, Finn se debatía entre apartarse silenciosamente llevándose a Nix, o gritarle un par de verdades a Jacen.
- Volverán por nosotros luego –aseguró él, adelantándose a la indignación de Finn-. Debemos ocultarnos hasta entonces. ¿Tal vez una cantina en donde pueda compensarles el mal rato?
- Te diré lo que puedes hacer para compensarnos el mal rato… -siseó Nix, incluso antes que él.
- ¡Quietos! –exclamó un stormtrooper a centímetros de ella, haciéndola saltar- ¡Identifíquense!
Rodeados como estaban por ocho de esos, ya no tuvieron a donde escapar. El único consuelo que Finn pudo obtener era que al menos no se trataba de los Caballeros de Ren.
