#23 El resto de la semana
—¿Qué dices? ¿Cómo va a estar Patrick besándose con Sam?
Milly no se podía creer las palabras de Tamiya.
—¡Te digo lo que he visto!
—A ver... ¿no será que le dijo algo al oído...?
—No. ¡Sam le comió la boca! —Tamiya estaba exasperada por el escepticismo de su amiga—. Mira, yo sé lo que vi. Sam salía del dormitorio de los Belpois. Y cuando se pensaban que nadie miraba, fue cuando ella le besó.
—Pero... ¿él se apartó o algo?
—Que va. Sonreía. Ahí está pasando algo raro.
—Yo pensaba que Sam se había hecho amiga de Emily. No me puedo creer que le esté intentando quitar el novio —Milly recordó cierto comentario que había escuchado sobre sí misma en los pasillos en una ocasión. «Es demasiado inocente». ¿Tal vez por eso no se creía la historia? No, ella misma sabía distinguir entre buenas y malas personas, y no creía que los del grupo de Jeremy pudieran ser así—. No me lo creo. Ni de ella ni de Patrick.
—Entonces, ¿dices que me lo estoy inventando?
—Digo que tiene que haber otra explicación. ¿Y si son muy buenos amigos?
—Los buenos amigos no se dan besos en la boca —le recordó Tamiya.
—Mi prima sí —respondió Milly—. Este verano estuve con ella, y cuando quedamos con sus amigos se saludaban con un pico. Yo me extrañé pero me dijo que para ellos era lo normal.
Tamiya se quedó en silencio por unos momentos. La prima de Milly. Esa era un año mayor que ellas, por lo que sabía. Bueno, y ella misma había navegado por internet y sí que había leído stories en las redes sociales donde la gente se podía mostrar así con sus amigos sin que pasara nada. Pero…
—No sé. Llámalo intuición, pero no les vi comportarse como si fuera algo inocente —volvía a la carga. Tal vez por no darle la razón a Milly, tal vez porque estaba segura de que había algo raro en lo que había visto y se negaba a dar su brazo a torcer.
Milly se mordió la lengua. Sospechaba por qué Tamiya se empeñaba en ver un engaño donde no lo había. Su amiga había tenido un acercamiento con una chica de su curso. Pero esta había resultado ser una fresca que se veía con otro chico de fuera de la academia. Y pese a lo que decía habitualmente, sabía que Tamiya aún seguía enfadada por aquello. Y nunca había tolerado bien la mentira, vivirla en primera persona era aún peor.
—Bueno, si vuelves a ver algo sospechoso, lo hablamos —dijo finalmente, intentando poner punto y final a una conversación futil—. Pero no le des más vueltas. Seguro que todo ha sido un malentendido.
—Seguro que no —dijo la otra—. ¿Ha salido otro episodio de la serie de médicos?
—Sí —respondió Milly, y levantó su tablet—. ¿Lo vemos?
A su amiga le convenía con tal de no pensar en ese momento, de modo que se pusieron los pijamas y se metieron ambas en la cama de Tamiya. Compartieron el auricular de cable para escuchar, pero antes del final del segundo arco del episodio, ambas estaban dormidas.
Sam estaba leyendo el temario de Historia cuando sonó la alarma que se había puesto. Se levantó y se puso las zapatillas. Había que respetar un ratito de las tardes para que los amigos estudiaran, y ella misma tenía que aprobar con la mejor nota posible, pero no podían descuidar el ocio. Tenía algo pendiente de hacer desde que habían vuelto a clases, y decían que si Mahoma no iba a la montaña, la montaña iba a Mahoma.
Tras un vistazo rápido al espejo, salió de su dormitorio y se encaminó a la planta de los chicos. O estaban todos estudiando o se la había comido un monstruo, pero no había nadie por los pasillos. Se encaminó a la puerta de su amigo, pero a cinco metros de llegar, se detuvo. Ulrich salía de aquella habitación.
—Hasta luego —dijo al interior, y luego fue a su cuarto—. Hola, Sam —le dijo con una sonrisa.
No podía ser verdad.
Continuó avanzando y dio unos toques a la puerta aún abierta. Carlos se dio la vuelta como si tal cosa, pero ella detectó el detalle de que se estaba ajustando la camiseta.
—Hola, Sam —saludó. Sin devolverle el saludo, ella cerró la puerta.
—¿Te lo acabas de tirar? —preguntó a bocajarro.
—¿A quién?
—A Ulrich.
—Ah. Sí —reconoció el chico como si tal cosa.
—¡Joder! ¡Eso sí que no me lo esperaba!
—Ya, bueno. Tuvimos una charla, y… —se dio cuenta de que la chica estaba pendiente de cada una de sus palabras—, pensamos que podíamos tener sexo en un entorno más íntimo. Que nos permitiera expresarnos sin sentirnos expuestos o juzgados. Y bueno, sé que él tiene más experiencia porque lo hace con Odd, pero... es demasiado impulsivo. Y yo me siento más cómodo con él.
—Ya veo que lo de la orgía fue una buena idea —bromeó Sam—. Me sorprende pero oye, me alegro de que lo pases bien.
—Gracias. ¿Y qué querías? —preguntó—. ¿O solo era la pregunta morbosa de la tarde?
—No, no, yo venía a preguntarte algo. ¿Qué pasa conmigo?
—¿Contigo?
—Ya sabes. Lo que hablamos por mi cumple.
El día que cumplía la mayoría de edad, Sam había enviado una foto al grupo en top-less con un "18" que parecía salir de sus labios enviando un besito. La mayoría de sus amigos habían respondido con un "Felicidades, guapa", pero Carlos le había entrado al trapo. "¿Cómo voy a dormir tranquilo ahora?", le había dicho. Ella se animó a responder. "No sé. Igual tenemos que arreglar eso. ¿Qué te apetece?". "Tus tetas", había sido la respuesta. Wow, no se anda por las ramas, pensó ella divertida, y le envió otra foto. "A ver cuánto te gustan", le desafió. Y se llevó una agradable sorpresa cuando él había respondido con una foto de su erección y el mensaje "Mira". Sam se había animado aún más y habían mantenido un intenso sexteo merecedor de un buen orgasmo. Pero ahora no había una pantalla por delante.
—Me dijiste un montón de cosas que me harías si estuviéramos en la misma habitación —le recordó ella—. Hace días que hemos vuelto de vacaciones… y sigo esperando a que me hagas esas cosas. ¿O solo era una bravuconada?
—Oh… eh…
—¿Qué pasa? ¿Ulrich ya te da todo el amor que necesitas? —bromeó ella, y le pasó las manos por detrás de la nuca—. ¿O es que acaso... no te gustó tanto como a mi?
—No, no es eso. Lo pasé muy bien esa noche, en serio... Es que no pensé que te apeteciera, simplemente.
—Podías haberme preguntado —le recordó ella—. No es la primera vez que lo hacemos. Salvo que... nuestros encuentros no te hayan satisfecho. Igual por eso te has lanzado a los brazos de...
Fue acallada por un beso del chico. De pronto se vio aprisionada contra la puerta. Sonrió para sus adentros, buscaba una reacción impulsiva de su amigo y la estaba consiguiendo. Le siguió el juego con el beso hasta que de pronto sus labios se separaron, aunque continuaban rozándose.
—No digas tonterías. Me encanta lo que hacemos. Y si de verdad quieres... hoy te puedo hacer todo lo que te dije y más —le susurró al oído. Ella sonrió y le dio otro beso, pero de pronto el chico la soltó—. Pero primero, nos vamos a cenar.
—¿Qué? —dijo ella, confusa—. ¿Cómo que a cenar?
—Pues eso, que estoy de antojo —respondió él como si tal cosa—. Pensaba ir a por una hamburguesa. ¿Vienes? Te invito. Y luego... hacemos una locura —le propuso.
—¿Prometido?
—Prometido. Además, me apetece salir contigo a tomar algo. Que luego parece que solo me interesas por el sexo —dijo él mientras sacaba el abrigo del armario.
—Te acepto la invitación —dijo ella, halagada—. Pero... ¿tiene que ser necesariamente hamburguesa? ¿No te apetecerían mejor unos tacos?
—Comida china —contraofertó el chico.
—De acuerdo. Pues nada. Vamos a ello. ¿Te parece si subo a por mi chaqueta y nos vemos fuera?
—Allí la espero, madame.
Sam salió de allí a paso ligero. Su plan no había salido exactamente como esperaba. Pero desde luego, esa noche el chico no se le iba a escapar.
Por su parte, Patrick y Emily estaban en el dormitorio del chico. El Acuerdo hacía que no hubiera problemas si los primos se pillaban en algún momento manteniendo relaciones. Aunque no era el caso en aquella tarde. Simplemente se habían metido en la cama, tapados por la sábana y la ropa interior. El chico estaba bocarriba, con las manos en la nuca, mientras su novia descansaba sobre su torso.
Estaban cómodos, en esa clase de silencio que no pensaba y podía permanecer sin la necesidad de decir una palabra. O al menos, así era en el caso de Patrick. Emily estaba inquieta, pero por suerte para ella, en esa posición el chico solo podía ver sus cabellos cayendo suavemente.
Emily tenía una cosa clara: era feliz con Patrick. Le gustaba estar con él. Incluso se había dado cuenta de que sonreía como una niña cuando le veía por las mañanas o con sus mensajes deseándole las buenas noches. Era bueno con ella, y además no había ningún problema con sus respectivos históricos amorosos (Patrick seguía siendo amigo de Carlos pese al conato de relación que hubo entre su chica y este; por su parte, Emily era consciente de que Patrick había tenido citas con varias compañeras de la academia, las cuales no eran siempre del agrado de ella. Pero eso había quedado atrás).
Incluso la noche de hotel que habían pasado juntos antes de volver a clase había sido especial para ambos.
Pero de pronto, volvían a estar en la academia. Tenían que acabar el curso. Las mañanas se resumían en clases y apuntes. Y por las tardes, debían estudiar, por lo que lo máximo que hacían era quedarse y estar en compañía del otro. Emily incluso sentía que había perdido parte del apetito sexual. La tarde anterior se habían acostado pero… había sido tan similar a la noche del hotel. Bonito, romántico… lo cual estaba bien pero no para todos los días.
¿Tan pronto hemos llegado a esta situación?, pensaba la chica para si. Llevamos apenas un mes juntos y ya nos come la rutina. Lo peor encima era que no sabía cómo decírselo a él sin que se ofendiera. No quería herir sus sentimientos. Pero sentía que debían hacer algo. Si se aburría de él… sería terrible. Haría daño a alguien a quien quería y se convertiría en una clase de persona que no le gustaba.
Giró suavemente la cabeza hasta alcanzar el torso de Patrick con los labios y le empezó a besar. Este sonrió y disfrutó el sentir cómo iba subiendo hasta que sus labios se encontraron.
—Hola, amor —saludó el castaño.
—Holi —respondió ella—. ¿Te puedo confesar una cosa?
—Dime.
—No es algo malo pero… bueno, igual nuestra percepción es distinta…
—¿Percep…? —Patrick se alarmó—. ¿A qué te refieres?
—¡No es nada malo! ¡No es nada malo! —aseguró ella al ver la expresión asustada en su novio—. Te quiero. Te quiero —puso las manos sobre el pecho del chico y sintió como sus latidos volvían a relajarse poco a poco—. Es solo que desde que hemos vuelto… no hemos hecho nada. Sólo estudiamos y vamos a clase.
—Yo también he pensado en eso —confesó Patrick—. Pero estamos empezando. Yo quería hacer planes contigo a solas pero…
—¿Pero?
—Mencioné a Jeremy que quería ir al cine contigo. Me dijo que si podían ir Aelita y él con nosotros. Luego Laura también me dijo que podíamos ir a cenar en plan parejitas el sábado. Y a ver. Yo quiero mucho a nuestros amigos pero parece que la única forma de estar un rato a solas contigo es quedarnos aquí… por eso no había propuesto nada.
—Comprendo —respondió ella—. Y lo entiendo. De verdad. A mi también me gusta estar a solas contigo pero… ¿Qué hacemos? ¿Renunciamos a los demás? Tampoco podemos hacer eso. Incluso si dejamos el Acuerdo. Son nuestros amigos. Y Jeremy es tu primo.
—¿Insinúas que quieres dejar el Acuerdo? —preguntó Patrick sin alterar su tono.
—No. Es decir, no lo sé —dijo ella—. Sería lo normal para darnos más exclusividad al principio, ¿no? Pero también dijimos ambos que nos parecía bien continuar. Y me parece bien seguir si tú quieres.
—Entonces en eso estamos de acuerdo. Hasta que deje de parecernos bien.
Emily asintió.
—Y sobre lo otro… podemos darle una vuelta —dijo Patrick—. Nos buscamos un par de días por semana para estar juntos, ¿te parece? Pensamos algo qué hacer a solas. Y el resto del tiempo podemos estar juntos, o no, con los demás.
—Me parece bien —sonrió Emily—. Te quiero.
—Y yo a ti —respondió él y aceptó el beso que ella le daba.
—Entonces... ¿nos movemos? ¿Quedamos con alguien? ¿O vamos a seguir haciendo el perezoso?
—Podemos quedarnos haciendo el perezoso y empezamos a quedar con los demás mañana —propuso él.
—Podemos quedarnos, pero... somos jóvenes. Tenemos que hacer ejercicio —comentó Emily mientras empezaba a quitarle la camiseta al chico. Este sonrió. No contaba con una sesión de sexo aquella tarde, pero no iba a rechazarla.
Era casi la hora límite para los alumnos mayores para regresar al Kadic cuando Sam y Carlos regresaron de su cena improvisada. Se lo habían pasado bien. A la chica le despertaba curiosidad el país natal de su amigo y le gustaba escuchar lo que esté le contaba sobre su vida allí antes de mudarse casi a la fuerza. Por su parte, a él le sorprendía el pasado de la chica en el cual había pasado muchos años con su familia viajando de un lado a otro del país hasta que se establecieron hacía relativamente poco en un lugar fijo, lo que había permitido a la chica inscribirse en la academia.
—Lo bueno es que aquí encontré un buen grupo de amigos —concluía ella mientras subían por las escaleras del edificio de los dormitorios.
—Sí, son buena gente —afirmó él—. No me esperé tan buena acogida cuando me aceptásteis.
—Deberías abrirte más. En general —bromeó ella—. Pero me alegra de haberlo hecho.
—Gracias.
—Oh. Porras —exclamó Sam—. He venido por costumbre.
Se había dirigido directamente a su dormitorio. Casi había olvidado sus planes para con el chico aquella tarde. Pero él sonrió.
—No pasa nada. Es decir, podemos quedarnos en u cuarto y terminar lo que empezamos. Si te parece bien.
—Pero ¿y si te pillan fuera de tu habitación?
—Te pillarán a ti si no —le recordó él—. Hoy corro yo el riesgo. Además Jim ya me hizo la inspección anoche.
Sam tuvo que contener una carcajada.
—¿Así que Jim "te hizo la inspección anoche"?
—Idiota —respondió Carlos.
Sam abrió la puerta y se aseguró de que nadie les veía saltarse las normas mientras Carlos entraba en la habitación. Ella entró después y cerró tras su paso. Ese momento de voltearse le costó perder la ventaja, pues entonces el chico la abrazó por la espalda, apresándola contra la puerta.
—Como te iba diciendo esta tarde —empezó él. Cambiaba sutilmente su tono de voz—, voy a hacerte lo que te prometí ese día.
—¿De verdad? —preguntó ella, y sintió su voz temblar un poco. Carlos le inspiraba confianza pero aquel arrebato no lo esperaba y ella misma pensaba en empezar a provocarle, pero por lo visto no hacía falta. Ya sentía sus labios por su cuello—. Entonces vas a tener que tomar lo que te apetezca…
—¿Así? —dijo él, y pasó las manos por debajo del suéter de su amiga. Pero hubo algo con lo que no contaba. Sam no se había puesto sujetador. Una risita le indicó que así lo había planeado ella. Pero se recompuso, y apretó suavemente sus pezones, provocándole una ola de placer que manifestó con un gemido—. Como hagas eso otra vez nos van a pillar —bromeó mientras le masajeaba los pechos.
—Por tu culpa —protestó ella y se dio la vuelta. Le plantó un beso y le fue empujando hacia el colchón. Allí se dejó caer, permitiendo al chico quedar encima de ella—. Aquí mejor, ¿no? —preguntó, pero en ese momento Carlos le estaba quitando el suéter. Ella alzó las manos, dejándole actuar—. Joder...
Sí... justo como me había dicho, pensó Sam mientras disfrutaba de la boca de su amigo en uno de sus senos, que lo lamía, succionaba y apretaba con sus dientes su pezón mientras con la otra mano se aseguraba de seguir estimulando su otro pecho. Disfrutó unos minutos de la experiencia, pero en ese momento se acordó de algo que aún faltaba.
—Oye... si esto te gusta, quiero verlo —susurró. Se sintió liberada en ese momento, pues el chico se había incorporado. Contempló cómo se deshacía de su camiseta, para luego quitarse el pantalón. Observó complacida cómo se quitaba la última prenda, liberando su erección. Una cosa era verlo en todo y otra poder tenerla en directo. Ella se bajó los pantalones, tirando al mismo tiempo de su tanga, exponiéndose para él—. ¿Te gusta lo que ves?
—Sí... y ya sabía yo que se me había olvidado algo —respondió el chico—. El postre.
Y hundió la cabeza entre las piernas de su amiga. Disfrutó del sabor de sus jugos, de los ruidos que ella hacía. Probó a meter un dedo suavemente en su sexo, y sentía cómo aumentaban sus ganas por penetrarla. Pero se reprimió hasta que la escuchó llamarle.
—Carlos... por favor, quiero hacerlo —gimió ella.
Estese incorporó, apuntando con su erección hacia Sam. La chica estiró las manos y empezó a masturbarle despacio.
—¿Dónde... —suspiró él. Le encantaban las manos de Sam estimulándole—, dónde tienes los condones?
—No lo sé... —respondió ella con una sonrisa—. ¿Te parece bien hacerlo a pelo?
—¿Estás segura?
—Vamos... tengo muchas ganas.
Carlos apuntó con su pene al sexo de su amiga, y lo deslizó suavemente. Sam suspiró. Llevaba un buen rato deseándolo. Pasó las manos por la nuca del chico y le atrajo hacia ella. Se fundieron en un beso mientras él la acometía cada vez a mayor ritmo. Cerró las piernas alrededor de la cintura de su amigo. De dejó llevar por la situación, hasta que sintió que el chico eyaculaba, y su propio orgasmo se disparaba.
Aguantaron la posición un momento, mirándose con una sonrisa cómplice. Había sido una sesión intensa. Carlos se deslizó finalmente fuera de ella, y se tumbó a su lado. Ambos necesitaban recuperar el ritmo normal de respiración. Pasó una mano con cuidado por encima de la chica.
—¿Quieres quedarte? —le propuso Sam. En su fuero interno, deseaba que dijera que sí.
—Claro —respondió él, y se metieron bajo las mantas antes de enfriarse. Con cuidado volvió a envolverla en sus brazos y la atrajo hacia sí. Ella se volteó, mirándole directamente.
—¿Puedo preguntarte... qué opinas de mi? —. En ese momento se sentía especialmente vulnerable. Era extraño, no era la primera vez que se veía con el chico. Pero en aquella ocasión...
—Eres guapa... atractiva —valoró Carlos mientras recorría el cuerpo de su amiga con la mirada—, buena persona... inteligente —añadió mientras la tocaba en la sien.
—Creo que me confundes con Aelita o Laura —bromeó ella.
—Yo creo que no.
Sam estaba complacida. Y se dio la vuelta suavemente.
—Prefiero dormir de este costado —dijo mientras aprovechaba el brazo de su amigo para taparse. Y se sintió nerviosa cuando él se aproximaba más a ella, con sus cuerpos en contacto—. Si durante la noche quieres repetir, avísame.
—De acuerdo. Buenas noches.
—Buenas noches —respondió, y sintió un escalofrío cuando le notó darle un beso en el cuello.
—Y con eso es suficiente por hoy —anunció el profesor mientras cerraba su portátil—. Si alguien tiene dudas podemos resolverlas ahora, y a los demás, buen fin de semana y les veo el lunes.
Yumi cerró su tablet con la tapa y marchó rápidamente mientras los demás se tomaban su tiempo para recoger. Normalmente ella no iba con prisas, pero ese día era una excepción. Y menos mal que lo hizo.
Camile pasaba por el pasillo, a su ritmo habitual con el que podía alcanzar a los de una maratón. Dio una voz un poco fuerte pues empezaba a llenarse todo de alumnos deseosos de disfrutar de la libertad del fin de semana. Justo a tiempo su amiga se giró y sonrió al verla.
—¡Yumi! ¿Qué tal? ¿Vas para casa? —preguntó.
—Eh… sí —respondió la otra. Para ser deportista, le sorprendía lo que le costaba alcanzar a la chica.
—Te llevo —dijo Camile, y le mostró las llaves de un Renault—. Papá Noel se ha portado bien este año —bromeó—. ¿Qué tal todo? Apenas te he visto esta semana.
—He estado ocupada, pero quería hablar contigo hoy —dijo la japonesa. Habían alcanzado la puerta que daba a la calle y pronto distinguió un coche de segunda mano cuyas luces parpadearon. Se notaba en la pintura que no estaba a estrenar, pero estaba bien cuidado.
—Tú dirás —dijo Camile mientras echaba la mochila en el maletero. Pero Yumi no habló hasta que estuvieron dentro del coche.
—Quería saber algo sobre… el Círculo 34.
—Ajá —dijo Camile mientras metía primera y se ponían en marcha—. La invitación no caduca, puedes ir cuando te apetezca. Aunque supongo que si has vuelto con ese chico, Ulrich, no te veremos por allí. ¿Quieres devolver la invitación?
Decididamente no tiene filtros, pensó la japonesa. Pero no sabía por qué se sorprendía a esas alturas.
—Bueno, es verdad. He vuelto con él. Y no, no estoy pensando en ponerle los cuernos.
—Yo no he dicho eso —Camile giró a la derecha tras poner la intermitencia—. Y por cierto, no, la invitación no se puede devolver. Es una plaza sin uso, nada más.
—Vale, vale. No he dicho que quiera renunciar, en realidad... quería saber si… habría alguna posibilidad de que Ulrich fuera conmigo. Solamente un día.
—¿Él tiene los dieciocho? —preguntó Camile. Iba atenta a la carretera, pero el silencio largo de Yumi le dio la respuesta—. Ya veo.
—Sé que es una gilipollez. No sabía de hecho si preguntarte. Ya veré qué puedo hacer.
—¿Puedo saber qué idea tenías?
Qué tranquila está. No parece enfadada o escandalizada.
—Quería darle una prueba de que confío en él. Si íbamos los dos juntos, como pareja, podíamos decidir con quién hacerlo, o con quién no. Qué nada de lo que yo hiciera sería egoísta, sino idea de ambos. Ni siquiera se lo he propuesto aún, solo quería saber si pasaría algo.
—Mentiría si te dijera que Ulrich es el primer invitado que no pertenece al Círculo que participa en alguna ocasión —dijo Camile. Por fin enfilaba la calle de Yumi. Encontró un hueco para aparcar y se detuvo en él—. Yo no voy a chivarme. Llévale un día, sí. Si alguien os dice algo, que no lo creo, asumo la culpa.
—Pero... No tienes por qué hacer algo así...
—Yo te invité. Consideré interesante que participases algún día. Y si para eso tienes que venir con tu chico, me parece bien —aseguró la otra, y sonrió—. Lo único... ¿has pensado en Nigel?
—Apenas me habla desde que tuvisteis el encontronazo con mi amigo William. Solo lo justo, para trabajos de la universidad y poco más. Creo que se avergüenza de lo que ocurrió pero tiene demasiado orgullo como para reconocer nada.
—Una pena. No me hubiera importado una segunda oportunidad.
—¿Con Nigel? ¿O con William? —curioseó Yumi.
—Con cualquiera de los dos —confesó la otra—. En serio, me llevé muy buena impresión de William cuando cené con él, pero después de aquella noche no me ha vuelto a escribir... Y no me gusta presionar a los tíos, si no le ha apetecido quedar de nuevo, pues la vida sigue.
—Me encanta tu forma de ver la vida. Aunque me resulta difícil de entender a veces —confesó Yumi—. Bueno, gracias por traerme. Si a Ulrich le parece bien... te avisaré el día que vaya. Me sentiría más segura con una amiga allí en ese momento.
—Voy a contarte algo. Cuando empecé en la Universidad yo tenía un novio. Adrien. Él también era alumno. Íbamos los dos juntos a clase, todo parecía perfecto. Por las tardes, él quedaba con sus amigos, yo con mis amigas, otras veces nos juntábamos los grupos o nos veíamos a solas... vamos, que estábamos de maravilla. Teníamos una relación sin toxicidad, nos veíamos y veíamos a otras personas.
Yumi no dijo nada, pues suponía que la historia de Camile tenía que llegar a alguna parte.
—Y un día, a ambos nos invitaron al Círculo 34. Al principio nos iba todo bien. Íbamos juntos también, y como Ulrich y tú, teníamos sexo como pareja con otras personas. Al principio.
—Al principio... —Yumi empezó a entender.
—El problema no es cuando tu pareja tiene sexo con otras personas, Yumi. El problema es cuando quiere tener sexo con cualquiera menos contigo —concluyó Camile—. Si eso no os pasa, no pasará nada por que participéis en el Círculo 34.
—Comprendo. Gracias, Camile. Y confío lo suficiente en él.
—Perfecto. Pues... espero verte este fin de semana. Y también que me llames cuando vayas con Ulrich.
—Por supuesto.
Y le pareció un gesto tan natural en ese momento que no se apartó cuando Camile le dio un suave beso en los labios. Sonrió, halagada, y bajó del vehículo. Aquello probablemente se lo tendría que contar también a Ulrich. Solo esperó que no le dominasen los celos.
Los domingos por la mañana solían ser aprovechados por la mayoría de los alumnos para dormir un poco de más. Especialmente la primera semana después de unas vacaciones, que reajustarse a los ritmos implicaba mayor necesidad de descanso para los alumnos los días ociosos.
Por supuesto, siempre había excepciones. Milly Solovieff era de despertarse temprano por lo general. Le gustaba aprovechar los días para hacer algo más. Y en aquella ocasión quería aprovechar para ir un momento a la biblioteca de la academia, pues había un libro que debía consultar para unos deberes. La ventaja de ir un domingo era que había menos posibilidades de ser molestada.
Durante toda la semana había quitado de su cabeza las ideas que tenía Tamiya sobre la posibilidad de que hubiera algo extraño con el grupo de Jeremy. Se había fijado mucho en Samantha y en Patrick cuando les veía y tenía claro que no había nada entre ellos. Y podría haber continuado pensando aquello de no ser por lo que vio cuando llegó a la biblioteca.
Pensó que estaba vacía. Claro, ni siquiera Jim se animaba a ir los domingos temprano. Probablemente habría salido la noche anterior a marcarse sus bailes de Paco, el rey de la disco. Con ese pensamiento caminó por entre las estanterías. Aunque en su mayoría los libros que había allí formaban parte de las lecturas obligatorias, o manuales de apoyo para las asignaturas, se adquirían libros más enfocados hacia el ocio con cierta frecuencia. Pero ella buscaba un libro relacionado con el periodismo, una carrera a la que aspiraba y le resultaba frustrante no poder enfocarse tan temprano a esta vocación.
Llegó al final, y entonces las vio. Ella no era la única que madugaba aquel día. Algo la impulsó a no dejarse ver, de modo que se refugió tras la estantería. Desde ahí podía ver a Aelita y a Laura, con los ojos clavados en sendos libros. Pero entonces, ¿qué la había llevado a esconderse? Examinó la imagen con detenimiento y en ese momento se dio cuenta de un detalle: Laura tenía su mano encima de la de Aelita.
Aquello le extrañó. Sí, había sorprendido bastante en los rumores de Kadic el regreso de la chica rubia, y más aún que formase parte del grupo de Jeremy y los demás. La animadversión que había entre ambas era de sobra conocido, así que nadie entendía cómo se podían haber hecho amigas.
Aelita levantó la mirada. No sabían que Milly estaba ahí. Simplemente se fijó en un mechón de pelo que tapaba la orejita de Laura, y se lo apartó con cuidado. La otra sonrió, abandonando el mundo que su lectura le proporcionaba y miró a su amiga. Por suerte para ellas, hablando en susurros Milly no podía escuchar la conversación.
—¿Tan poco te entretiene el libro? —bromeó Laura.
—Ya me lo he terminado —respondió la otra, y sonrió—. Además llevas todo el rato distrayéndome con tus caricias —añadió mientras levantaba la mano, que aún tenía enganchada la mano de su amiga.
—Me gusta poder estar así a buenas contigo. ¿Eso es malo?
—Claro que no.
Laura soltó la mano de Aelita, solo para poder sujetar sus mejillas y la atrajo hacia sí para darle un tierno beso.
Aquello disparó todas las alarmas de Milly. ¿Qué estaba viendo? No, no podía ser verdad… solo podía ver la nuca de Laura al fin y al cabo. Se movió un poco intentando entender mejor la escena. Pero nada cambió, salvo que podía ver los labios de las chicas unidos.
No hay que sacar conclusiones precipitadas, pensó. Aelita está con Jeremy. Eso es un hecho. Ahora la apartará.
Sonrió cuando vio que Aelita rompía el beso. Eso es. Su intuición no podía fallar. O sí. La pelirroja se levantó en ese momento, pero no para dejar a la otra plantada, sino para sentarse sobre sus piernas. La rodeó con los brazos y volvieron a darse un beso.
—¿Lo ves? —dijo la voz de Tamiya en la cabeza de Milly—. ¡Están liadas! ¡Por eso Aelita aceptó que Laura entrase en el grupo! ¡Son amantes!
—Pero eso no puede ser. Todos hemos visto a Aelita con Jeremy…
—Claro, y él es el novio más cercano del mundo, ¿verdad? —ironizó la voz de Tamiya. Ciertamente, nadie que no les conociese pensaría que eran novios si les vieran a solas.
—Esto es raro —admitió Milly.
—Esto explica lo que te dije el otro día. Samantha besándose con Patrick. Y ahora Laura con Aelita. En ese grupo todos aparentan unas relaciones cuando en realidad tienen otra.
—Eso no tiene sentido tampoco.
—¿Ah, no? Sam parece liberal. Pero yo creo que les el rollito romántico y por eso se ve con Patrick. Emily… nunca la hemos conocido novio. Patrick sería su cortina de humo. Y Aelita se enamoró de Laura, pero ella la rechazó. Ahora se dan una oportunidad y usan a Jeremy para aparentar. ¡Seguro que Yumi rompió con Ulrich porque él está enrollado con Odd!
—¡NO! —Milly no soportaba ese pensamiento en su cabeza. Una cosa era aceptar que su crush era feliz con Yumi y otra muy distinta imagínaselo con otro chico.
—Claro que sí. Por eso se apresuró en acercarse de nuevo a Sissi. Para mantener su imagen de hetero…
—¡BASTA!
Milly tenía que dejar su conversación mental. Empezaba a parecerse a Tamiya. Tamiya… tendría que hablar con ella, pero lo peor es que se imaginaba que la conversación real no sería tan diferente de la de sus pensamientos. Dedicó una última mirada a las chicas. En ese momento, Aelita reposaba su cabeza en la de Laura, aún sobre sus piernas. Se dio la vuelta y se marchó, procurando no hacer ruido. Tenemos que dejar de ver tantas series de médicos donde todos se enrollan con todos, pensó la pelirroja.
—¿Qué plan tienes para hoy? —preguntó Laura. Aelita decidió que ya estaba incómoda y no quería hacer daño a su amiga así que volvió a su silla.
—Voy a comer con mi madre. Jeremy también vendrá.
—Uuuuh, comidita en casa de la suegra —bromeó la rubia—. Me alegro de que estéis así de bien.
—Es genial. Bueno. Siempre echaré de menos a mi padre —suspiró la pelirrosa—, pero al menos ahora me siento más en familia. Es decir…
—No ofendes. No es que nunca tuvieras una madre, es que te la arrebataron. Es normal desear poder estar con ella.
Aelita sonrió.
—Por cierto. Estaba pensando. Emily y Patrick hoy se van al cine por la tarde.
—¿Quieres ir con ellos?
—En realidad, pensaba que Jeremy tendrá la habitación a solas. Y podrías venirte con nosotros —le propuso con una sonrisa cómplice.
—¿Estás segura? —preguntó la otra, un poco cohibida. Aunque nadie dudaba de sus sentimientos por Sissi, temía que Jeremy aún pudiera tener por ella algún deseo o pensamiento residual hacia ella que pusiera en peligro su relación con Aelita. No quería perderlos como amigos por un malentendido.
—Lo estoy. Seguro que a él le encanta. Y… bueno, me gusta mucho hacerlo contigo. Salimos todos ganando. Siempre que a ti te guste.
—Será un placer.
Y con una sonrisa que solo comparten dos personas bien compenetradas, se dieron cuenta de que no iban a seguir la lectura, de modo que se pusieron en pie a buscar a sus amigos y un poco de café. No necesariamente en ese orden.
Más tarde, Aelita y Jeremy llegaban a la casa de Anthea. Ella les había dicho que enviaría a Muller a buscarles, pero su hija había declinado el ofrecimiento y habían ido en autobús. Por su parte, Jeremy había pensado vestirse con algo formal como una camisa. Su novia le había dicho que se dejase de tonterías y que fuera normal, que ya se habían visto más veces. Ella misma se había puesto un jersey (rosa, por supuesto) y su falda vaquera. Sólo para prevenir el frío del exterior, un abrigo tres cuartos para taparse las piernas.
Cuando llegaron, Anthea ya había preparado la mesa. La comida había sido mano suya, con cierta ayuda por parte de Müller, quien no quería molestar, pero su jefa se había negado en rotundo a que se marchase a su habitación a comer o que se gastara el dinero en un restaurante mientras ella recibía a sus invitados. Al fin y al cabo eran su única compañía mutua la mayor parte del tiempo.
—Qué bien huele —comentó Jeremy cuando entraron en la casa y la ropa de abrigo empezó a sobrar—. Le he traído…
—Jeremy, ya hemos hablado de esto. En clase soy tu profesora, pero aquí soy tu suegra. No seas tan formal.
Aquello no servía para aliviar la tensión en la espalda de Jeremy, pero hizo un esfuerzo.
—Vale. Anthea… te he traído una botella de vino —dijo mientras sacaba la botella de una bolsa.
—Ay, no tendrías que haberte molestado. Gracias —respondió la mujer, aceptando el regalo—. Anda que si te llegan a pillar con esto por la calle… ¿Cómo la has conseguido? —preguntó. Al no detectar Jeremy un tono de reproche sino de curiosidad, se lo dijo.
—Mi padre. Me dejé el portátil en casa tras las vacaciones, y vino a traérmelo. Como ya habíamos quedado, le pedí que me hiciera el favor.
—Pues gracias, en serio —dijo Anthea. Quizá fruto de la casualidad, pero la elección había sido buena—. Pero no hacía falta.
—Ya se lo dije —intervino Aelita, que había asistido a la conversación divertida—, pero ya te dije que es un caballero. No puede evitar tener estos gestos.
Jeremy fingió que no había escuchado nada fingiendo que contemplaba un cuadro que adornaba la pared del salón. Un lienzo blanco salpicado por notas negras de distinto tamaño y dispersadas en un patrón no distinguible. Anthea guardó la botella en la cocina y luego volvió con sus invitados. Müller simplemente se limitaba a estar, pero Aelita pensaba que al pobre hombre le rugía el estómago.
Por suerte para él, decidieron que era tan buen momento como cualquier otro como para traer la comida. Anthea llevó la bandeja con el pollo y sirvió la mesa como upbuena anfitriona. Y Jeremy y Aelita, como buenos invitados, no comentaron nada hasta dar el primer bocado y un gesto de aprobación. Estaba rico.
—Espero que no haya quedado muy seco —comentó Anthea mientras probaba su plato.
—En absoluto —dijo Jeremy—. Está muy bueno.
—¿Por qué no has invitado al señor Delmas, mamá? —preguntó Aelita de pronto. Anthea estuvo a punto de atragantarse—. ¿Qué pasa? En navidad lo pasamos bien, ¿no?
—Sí, a ver… —empezó la mujer, un poco azorada—. Jean-Pierre y yo... estamos bien, sí. Pero nos lo estamos tomando con calma. Al fin y al cabo él sigue siendo mi jefe, y eso lo complica un poco. No queremos que nadie piense que hay un conflicto de intereses.
—Es una pena... —comentó Aelita. No se le escapó que Müller estuvo a punto de intervenir pero se arrepintió en el último momento.
En ese momento, sonó un teléfono. Jeremy se miró el bolsillo, extrañado. Un número que no conocía. Pensó en dejarlo estar, pero Anthea le hizo un gesto para que respondiera la llamada.
—¿Sí? —preguntó mientras se levantaba y se apartaba para no molestar.
Aelita intentó volver a preguntar a su madre al respecto de su romance, pero antes de poder plantear la frase, un grito de sorpresa de su novio les sobresaltó a los tres.
¡Hola a todo el mundo!
Sí, sigo con vida. Sí, el título del capítulo es una mierda. No, no publico tanto como me gustaría. Sí, me odio por ello. Y lo peor es que quiero terminar el fanfic antes de final de año, pero va a haber tantos capitulos como en la primera parte. No me salen los números xD
Agoi Cafe: Ya me conoces, si tuviera a los personajes tranquilos no pasaría nada interesante de narrar ;) Tamiya y Milly... bueno, te puedes hacer un poco a la idea. Y Yumi y Ulrich les esperan... cositas. Al igual que con la pareja de Aelita y Jeremy, que os he dejado ahí con el intrígulis de que pasará en el siguiente capítulo. Y el acosador... Ay. Me cuesta, me cuesta escribir y desarrollar esa trama. Pero lo haré.
Gente, nos leemos pronto, o tarde, o en algún momento. Lemmon rules!
