Sin poder mirar, mirandote (Editado)

Angielizz

Pensamientos

Dedicado a: Maryluna y Lu40, gracias por los comentarios.


Bella

¿Cómo era posible que mi color de piel no volviera a su normalidad?

Habia intentado todo, me puse a leer un libro pero eso solo ayudo a recordar como leía Edward y mis mejillas volvieron a enrojecer; hice la cena mas temprano de lo normal, apenas la mitad de mi tarea por la falta de concentración; decidí entonces que podía avanzar con mis deberes, así que abrí los apuntes de la clase de biología, y lo unico que conseguí repasar fue la conversación con Edward. Encendí la televisión, pero como alguna clase de broma del destino la película que apareció en el primer canal era Ciego Amor. Apagué el televisor y subí a mi habitación, para mi sorpresa al mirarme en el espejo descubrí que mis mejillas tenían aun un rubor. Lo tenían desde que terminé sobre él en frente de toda la clase.

Decidí que la culpa de esto era mi nula vida amorosa.

En Phoenix los chicos apenas prestaban atención de mí, mis amistades se limitaban a la bibliotecaria de la escuela y a la secretaría a cargo del área estudiantil. Era retraída y antisocial, mi mejor amiga había sido mi madre durante mi adolescencia, lo que a su vez era patético.

Quizá sentirme familiarizada con mujeres mayores se debía a que había pasado mi niñez de la mano de Reneé a todos sus eventos sociales con amigas de su edad. Ninguna de ellas tenía hijos así que pasaba las horas escuchando conversaciones no aptas para mis oídos infantiles y pronto resultó evidente que no me divertía hablar de juegos y muñecas con mis compañeras de la primaria. Así fue como fui distanciándome.

Pero aquí en Forks, era todo diferente. La gente parecía querer conversar conmigo, o quizás solo estaban interesados en analizar al insecto nuevo del pueblo. Esperaba que su curiosidad se viera aplacada en unos días, aunque también deseaba que la falta de curiosidad en ellos no me volviera invisible del todo. ¿Tan difícil era pedir un término medio?

No parecía que yo pudiera tener en equilibrio la balanza de atención.

Aunque aquí estaba, ruborizada frente al espejo de mi baño.

Entonces hice lo único que parecía lógico en ese momento, me abofetée para recuperar el tono de piel o por lo menos deshacerme del rubor de mi mejilla. Abrí la boca con una mueca de dolor.

—Maldición.

Mi tono de piel regresó, pero apareció una marca colorada de mis dedos en toda mi mejilla. Pésima idea. Sobé mi mejilla intentando calmar el calor del golpe.

—¿Bella?... Ya llegué —Charlie.

Llevaba sólo unos días en Forks y aún estábamos intentando amoldarnos en la vida del otro, crear nuestra propia rutina y todo eso, debía darle tiempo para que se acostumbrara al hecho de que me tendría en su casa un largo tiempo más. Bajé las escaleras para encontrarlo colgando su chaleco de policía y quitándose el cinturón.

—Hola, Papá, ya está lista la cena.

—¿Necesitas ayuda? —aunque su pregunta sonaba sincera y seguramente él buscaba un pretexto para tener un tiempo padre-hija, sabía que lo que realmente él quería era ponerse al día con los deportes en la televisión, negué con mi cabeza y él sonrío, ¿aliviado acaso?

—Pondré la mesa y después te llamo a cenar –no tuve que añadir nada, mi padre caminó hacia la sala y un segundo más tarde escuché la voz de los comentaristas de un partido de béisbol. Fui a la cocina aun negando con mi cabeza, hombres.

La cena fue silenciosa y tranquila, a diferencia de lo que ocurría con mamá, con papá el silencio era más cómodo que la conversación. Después de tantos años sin venir a Forks habíamos olvidado cómo convivir con el otro. Con mamá siempre eran risas y conversaciones absurdas, pero eso parecía fuera de lugar aquí, además no imaginaba a Charlie hablando de lo atractivo que eran los beisbolistas ni nada parecido, y si mamá estuviera aquí ese sería el tema del día, estaba segura. Así que agradecí el silencio. Aunque duró poco.

—¿Conocistes al nuevo Cullen? –la pregunta de Charlie hizo que todos mis intentos fueran un fracaso y ahora también había sido en vano el golpe que me dí en la mejilla, sentí mis mejillas colorearse, así que intenté ocultarlas de la vista de papá con la cortina de mi cabello. Respiré profundamente intentando poner mi mente en blanco y no delatarme.

—Edward Cullen ¿no? —mi voz sonaba desinteresada, Charlie asintió sin dejar de ver su plato de comida. Charlie no tenía cabeza para prestarme atención a mí y seguir el hilo de una conversación.

—¿Tienes alguna materia con él? –su pregunta sólo hizo que mi rubor aumentara así que bajé mi cabeza e hice como si estuviera comiendo.

—Sí, es mi compañero en biología –di una cucharada a la sopa.

—Ya veo… es un buen muchacho —él seguía comiendo sin levantar la mirada del salero.

—¿Lo conoces? —pregunté interesada.

—Si, he hablado con el muchacho, es un gran chico, es muy maduro para su edad, ojalá pudiera decir lo mismo de su hermano, Emmet.

—¿Muy maduro para su edad? —sentí una pizca de culpa al preguntar, ahora no era muy diferente de Jessica Stanley, aquí estaba intentando sacarle las palabras a Charlie a la fuerza.

—No nació ciego, fue un accidente automovilístico, un carro lo atropelló en bicicleta. Ha sido valiente desde entonces.

Había perdido la vista, sentí mi corazón encogerse ante el descubrimiento. Había dicho esta mañana que tardó algunos meses en aprender a leer, no había supuesto que eso significara algo reciente, sino a la misma edad en que todos aprendemos a leer.

—Debió ser muy difícil —fue todo lo que fui capaz de decir.

—Tiene mucha suerte, la mayor parte de las familias adoptivas lo hubieran regresado después del accidente, pero su familia lo acepta tal y como es —arrugué la nariz mientras una sensación de molestia me recorría desde las puntas de los dedos por su insensible comentario. Me mordí la lengua para evitar la discusión que podría venirse.

Di una mordida a la comida con un poco más de brusquedad de la necesaria.

—Había escuchado que la ceguera es reversible, solo requiere una operación.

—¿En serio?

—Eso escuché, quizá es demasiado joven para ella —Charlie se encogió de hombros y supe que no había más información sobre el tema. Era un chismoso reservado, lo peor entre los chismosos de Forks.

—Iré a dormir —me levanté con mi plato vacio entre las manos, Charlie me lo quitó.

—Yo lavo esta noche.

No repliqué su ofrecimiento, en su lugar subí a mi habitación dispuesta a recurrir a una cachetada si ese era el único modo de recuperar la tonalidad de mi piel.

EDWARD.

No podía parar de pensar en nuestra conversación, en su voz, en su tono timido y suave, era como una pequeña caja musical, ¿qué mierda? Ugh. Mierda, tal vez la soledad estaba haciendo efecto, no podía estar pensando en ella si tan sólo nos habíamos dirigido un par de palabras.

Estaba sentado en el comedor cenando, ni siquiera prestaba atención a lo que comía o lo que escuchaba. Intentaba enfocarme en mis emociones, la verdad es que para ser el primer día de clases no había sido tan malo, tanto no. Esperaba que los siguientes días fueran cada vez más sencillos.

La voz de Emmet y el golpe en mi pierna, adiviné que de su parte, me regresaron a la realidad.

—¿Edward? Mamá te preguntó por tu primer día en la escuela.

Estaba demasiado distraído, aunque ellos podían pensar que era el cansancio.

—Muy bien… no fue tan horrible como dijeron Emmet y Jasper –aun estaba pensando en Bella así que debía prestar atención antes de decir alguna tontería.

—¿Qué aprendiste hoy? —insistió mamá. Me esforcé en ser un poco más amable con ella.

—Nada nuevo, los temas en los que van ya los había visto.

—¿De verdad? —su voz destilaba orgullo propio, ella era una buena maestra, aunque había insistido en contratar un docente especializado para mis clases particulares. Lo cierto es que Esme podría ser maestra y sería la favorita del instituto sin problemas.

—Eres una buena maestra —se lo dije y ella río.

—Eres el mejor alumno que he tenido —¿lo ves? Las relaciones perfectas entre madre e hijo consisten en mutua adulación. Podía con esto.

—Oye, estoy aquí —se quejó Emmet, no era una sorpresa que Emmet fuese el de las bajas calificaciones entre todos, aunque la apuesta de Carlisle y Esme con él eran los deportes, así que no le exigían calificaciones sobresalientes, sólo sobresalir en lo que sea que fuera bueno.

—Eres muy listo, también —dijo condescendiente—. ¿ya hiciste amigos, cariño?

Negué con mi cabeza, aunque mi sonrisa lo estropeó por completo.

—¿Cómo? —Alice se quejó con disgusto y sorpresa, había compartido conmigo casi todas las materias del día y le parecía increíble que fuese capaz de conocer personas sin su ayuda.

—Soy simpático —me encogí de hombros, restándole importancia.

—Yo soy simpática, Jasper dile —me reí.

—Eres simpática, Alice. Lo es, Edward —la voz de Jasper era un reproche por hacer molestar a mi hermana.

—Claro, lo eres —no había manera de negarlo.

—¿Cómo se llama? —preguntó mamá, me encogí de hombros fingiendo que no tenía idea.

—Bella Swan —le di un pequeño puntapié al talón de Emmet debajo de la mesa— detente —se quejó con voz infantil. Alice lanzó un grito de protesta.

—¿La hija de Charlie Swan? —preguntó papá, me encogí de hombros sin tener el dato.

—Sí —confirmó Alice. ¿Es que ella sabía todo de todos?— Ella acaba de llegar a Forks, pero antes vivía en Arizona –Alice sabía todo— su madre vive ahí.

—¿Y cómo es ella? —preguntó Esme con interés.

—No tengo idea, apenas compartimos un par de palabras —mentiroso— ¿Dónde está Rose?

—En la escuela, tuvo tarea en equipo—la excusó Jasper, lo que explicaba perfectamente la falta de comentarios sobre Bella en la mesa.

A partir de ahí, la conversación tomó varios rumbos, Emmet y Jasper se pusieron a hablar del equipo de béisbol que era el favorito de la temporada, Alice y mamá hablaron sobre unos jarrones que Alice vio en una tienda de Portland y que según ella se verían bien en el comedor. Y papá y yo, sobre un caso que papá tenía en el hospital y lo fácil que fue hacer la operación. Lo que me llevaba al tema que había estado barajeando en mi cabeza desde hace unas semanas pero que se había intensificado a lo largo del día, después de la cena lo acompañé a su despacho.

— ¿Quieres hablar conmigo, Edward?

—He estado pensando en esto un tiempo, y creo que ya es hora de intentar hacer la operación.

Silencio.

—¿Estás seguro?

—Sí.

—Tú conoces los riesgos de esta operación en especial, podemos esperar más tiempo, Edward. Quizá con tu regreso a la escuela puedas adaptarte a tu condición, no es necesario tomar una decisión apresurada —lo interrumpí.

—Ha pasado más de un año desde el ultimo doctor. En unos meses seré mayor de edad, seré apto para operarme entonces. Tal vez mi problema ahora sea permanente, pero necesito saberlo.

Lo escuché caminar alrededor del estudio.

— Tendremos que hablar con tu psicólogo y pedir su opinión —lo ultimo que papá quería es que mi decisión fuese tomada a la ligera por un arranque de mi parte—hablaré con tu doctor y con especialista de Los Ángeles, tomará un tiempo conseguir la consulta. Es uno de esos doctores cotizados.

—Gracias —sólo necesitaba una oportunidad.

—Sabes que podemos hablar de tus sentimientos cuando quieras –sabía que él había dejado de hablar del tema de mi vista y ahora solo se refería al tema de la razón por la cual me perdí la mitad de la conversación de la cena.

—Hoy no, quizás mañana, aun estoy mmm… ya sabes, cansado por el día, ahora sólo deseo dormir.

—Confío en que puedas adaptarte pronto —asentí.

—Buenas noches, papá —salí del despacho, contando los pasos hacia la escalera, mi pequeña libertad era poder moverme sin ese objeto metálico a donde fuera. Una de las ventajas de la ceguera, era la memoria adquirida con la práctica, sin esfuerzo sabía cuantos pasos dar y a que habitación de la casa llegar.

Después de bañarme, mientras intentaba atraer al sueño mis pensamientos corrían hacia una misma persona: Bella, o por lo menos su voz. Sentía una ansiedad por el día siguiente, por el reencuentro con ella, su voz suave y tranquila como el compás de una melodía para dormir, lo que daría por escucharla en ese momento.

El sonido de mi alarma me despertó, llevándose consigo la voz de Bella hablándome de la nieve y del desierto.

— Hola Edward, te levantaste más temprano, me alegro –la voz de Alice en la cocina sonaba como si acabara de hacer un maratón y estuviera dispuesta para una segunda carrera, era la única que podía estar así a esta hora. Llena de energía y tan temprano, debía ser un crimen.

— Si, ¿ya están listos todos?

— No, Emmet y Jasper al parecer no tendrán la primera hora y Rosalie se va a ir con ellos, parece que va a saltarse esa clase, por eso tú y yo nos iremos juntos.

Intenté que mi falta de emoción ante ese hecho no se notara en mi rostro. Alice era pésima conductora, no necesitaba verlo para saberlo, de alguna manera se las ingeniaba con caer en todos los baches, dar vueltas bruscas y frentar de golpe sin previo aviso. Eso no podía ser considerado saber conducir. Aun no entendía cómo es que había conseguido el permiso para hacerlo.

—Será divertido —dijo ella como si hubiera podido leer mi mente, yo no pensaba igual. Alice tomo mi mano para empujarme hacia uno de los bancos de la cocina, frente a mí tenía Hot Cakes y licuado para beber, terminé en poco tiempo, quería irme.

Sabía que estaba obsesionándome sin razón alguna, aunque en mi defensa era la primera persona fuera de esta familia que me trataba con normalidad.

El viaje a la escuela se desarrolló en silencio, aunque sentía la mirada de Alice sobre mi cada tanto tiempo, sabía que en cualquier momento comenzaría a hablar y yo deseaba que el viaje fuera en silencio.

—Vamos, escupelo… soy tu hermanita no me puedes guardar nada a mí —insistió cuando no respondí—, prometo no decir nada – Alice comenzó con su voz de puchero consiguiendo que riera en respuesta.

—¿Qué quieres saber?

—¿De qué hablaron?

—El clima —me encogí de hombros.

—¿De verdad? —asentí y lo creyó— ¿y te gusta?

Me reí.

—Apenas la conozco.

—¿Pero te gusta como para que sea nuestra amiga? —Alice no quería saber qué pensaba yo de ella por mí, sino por su deseo de tener una amiga. Sentí un poco de ternura por esta pobre chica llena de amor y nadie a quien desbordárselo todo.

—¿Para jugar a la muñeca con ella? No estoy seguro que sea ese tipo.

—No lo es, pero lo será —dijo con seguridad.

—¿Lo crees?

—Puedes apostarlo.

Seguimos el viaje escuchando la música de la radio hasta que ella volvió a hablar con una nueva idea en mente.

—¿Sabes? Podrías tener un conveniente cambio de horario ¿no lo crees?

—¿De qué hablas?

—Ya sabes, ponerte en clases diferentes… para que no estés todo el tiempo conmigo –no entendía ¿A dónde rayos quería llegar Alice con todo esto?

—No comprendo.

—No importa, yo sí me comprendo, ya tenemos que irnos, hemos llegado.

Cuando abrí la puerta y bajé del vehiculo podía escuchar sus voces, los susurros, murmuraciones y comentarios sobre mi persona. Alice apretó mi mano con fuerza. Saqué el bastón metálico del asiento y con un suspiro resignado comencé a caminar hacia mi nuevo pequeño infierno personal.