Capítulo 48.

Múnich.

Stefan abrió los ojos, experimentando una paz profunda como no la había sentido en mucho tiempo, básicamente, desde antes de que Karen muriera. Aún era de día pero la luz vespertina comenzaba a apagarse para dar paso a la noche y, al ver su reloj, él se dio cuenta de que no durmió tanto como creyó, pero lo hizo tan profundamente que parecía que lo había hecho durante toda la noche. A su lado reposaba Débora, tan plácida que parecía que no había pasado una mañana ardua trayendo bebés al mundo, luciendo además tan satisfecha que Stefan decidió no despertarla y, en vez de eso, se acurrucó junto a su espalda desnuda. Ese día las cosas le habían salido mejor de lo que esperó y ya estaba seguro de que podía comenzar a ser feliz de verdad.

Llevar a Débora al sitio en donde ella decidió darle otra oportunidad fue una idea que resultó mejor de lo que Levin pensó, a pesar de que Sho le sugirió fuertemente que no lo hiciera dado que era un lugar al cual ella solía acudir con frecuencia y por tanto podría llegar a pensar que él no se estaba esforzando. Sin embargo, para su buena suerte la chica que atendía la cafetería tenía la maña de actuar de casamentera, y en cuanto vio llegar a los dos jóvenes los hizo sentarse en la mesa con la mejor iluminación y ofreció prepararles el mejor platillo que se pudiera tener en un lugar modesto como ése, llevándoles también un par de sodas italianas preparadas al instante. Era tanto su servilismo que para cualquiera sería evidente que Stefan lo había preparado todo de antemano, pero curiosamente no era así. Débora, quien nunca había sido atendida así a pesar de ser cliente regular, le preguntó a Levin si también había puesto sobre aviso a la camarera y éste se negó.

– Estoy tan asombrado como tú –confesó él, sonriendo con vergüenza–. Es decir, ella me atendió todas las veces que acudí aquí para tratar de hablar contigo, pero nunca le dije que venía por ti.

– Quizás te ha reconocido y por eso quiere tratarnos bien –señaló ella–. Por lo que sé, eso le pasa mucho a Sho y a Schneider.

– Tal vez, pero lo dudo – negó Levin–. Porque, de ser así, me habría tratado bien desde el primer día que vine a este lugar.

Lo cierto era que la empleada no reconoció a Levin porque no era fan del fútbol ni tampoco solía hacer caso de chismes deportivos (le parecían sosos y aburridos), de manera que, aunque hubiese sabido que Stefan Levin, jugador sueco del Bayern Múnich, estaba en su cafetería, no lo hubiese tratado de manera diferente. La razón por la cual se estaba esforzando en atenderlos bien a Débora y a él era que había adivinado que el joven rubio y solitario que acudía a la cafetería de vez en cuando estaba enamorado de una de las doctoras del hospital y creía que él quizás era un paciente que no se animaba a dar el paso final para hablarle e invitarla a salir. En muchas ocasiones, la chica intentó ayudarlo de manera indirecta, pero Levin estaba tan ensimismado en sus reflexiones que nunca captó sus esfuerzos, aunque eso no le impidió a ella el creer que había colaborado en algo cuando él salió a defender a Débora de su acosador, alias Jean Lacoste. Así pues, la camarera estaba convencida de que había sido gracias a ella que esos dos por fin estaban teniendo su primera cita, así que hizo todo lo que estuvo en su mano para darles lo mejor (lo cual pensaba cobrarles a precio normal, por supuesto, porque negocios son negocios). En cualquier caso, esa pequeña ayuda hizo aún más especial la cita de Stefan y Débora, quienes estaban ya convencidos de que no hacen falta cosas espectaculares para pasarla bien.

– Ha sido una maravillosa idea el venir aquí –comentó Débora cuando salieron de la cafetería, ella tomada del brazo de él–. No creí que tuvieses la capacidad de ser cursi.

– Hace mucho tiempo lo fui pero olvidé que existe esa parte de mí –confesó Stefan, sin ahondar demasiado en qué fue lo que lo hizo cambiar porque sabía que no era necesario que lo hiciera–. Supongo que es bueno dejarla salir de vez en cuando.

– Claro que lo es –sonrió ella, con ternura.

– Bien, como yo escogí a dónde iríamos a comer, te toca decidir qué quieres hacer ahora –anunció el sueco.

– Oh, ¿en verdad? –Ella se sorprendió–. ¿Me llevarás a cualquier parte que quiera?

– Por supuesto. –Stefan se acomodó la capucha con el brazo que tenía libre–. Di a dónde quieres ir y te llevaré ahí.

– ¿Qué tal tu departamento? –sugirió Débora, con una sonrisa maliciosa–. Te diría que fuéramos al mío pero Bárbara debe estar ahí, quizás Nela también.

– ¿A mi departamento? –Stefan arqueó las cejas, asombrado–. Ah… ¿A qué quieres ir, exactamente?

– Tú dime qué se te ocurre –respondió ella, con picardía–. Se pueden hacer muchas cosas interesantes en un departamento con cama.

– ¡Oh! –Levin sintió que enrojecía–. Eh… ¿Estás segura? Quiero decir, ¿crees que ha pasado el tiempo suficiente como para no cometer el mismo error?

– Creo que ya estamos lo bastante mayores como para dejar eso de lado. –Débora rio, aferrada a su brazo–. Esta vez hemos hecho bien, y en orden, todos los pasos necesarios para reiniciar nuestra relación y nos merecemos un premio por nuestro buen comportamiento.

– De acuerdo. –Él no se hizo del rogar–. Si es lo que quieres, vamos entonces.

En el camino, Stefan trató de recordar qué tan sucio había dejado su hogar, pues con las prisas del entrenamiento y el estrés de la cita, no había tenido mucho tiempo para ordenar, aunque tampoco era como si la limpieza la hiciera él, tenía contratada a una persona que se encargaba de eso, pero Levin no recordaba cuándo fue la última vez que esa mujer limpió su apartamento. Sin embargo, para su enorme sorpresa, al llegar descubrió que el lugar estaba recién ordenado, como si alguien hubiese sabido que él iba a llevar a su cita ahí. Mientras Débora curioseaba en ese sitio que era casi como un santuario para ella, Levin encontró una nota en uno de sus libreros, junto con una cajita de condones.

"Si mi intuición no me falla, vas a terminar utilizando esta caja. No creas que va a ser gratis, luego te la cobraré junto con el costo de la limpieza de tu asqueroso departamento. Si te preguntas cómo sé que ibas a venir, te diré que es fácil de suponer considerando que tu doctora vive con mi psicóloga y con la nutrióloga de Hermann Kaltz, así que sé bien que la doctora Deb no iba a poder llevarte a su apartamento para tener sexo porque al menos una de esas otras dos profesionistas iba a estar ahí. Sé menos lerdo la próxima vez, que no siempre voy a estar detrás de ti para ayudarte con tus citas. Y por Buda, Levin, pídele una consulta con mi novia, el nivel de suciedad que manejas no es normal".

"Quisiera saber cómo es que Sho siempre consigue ir un paso por delante de mí", pensó Levin, esbozando una sonrisa, mientras arrugaba la nota y la botaba en el cesto de la basura. "Tengo que admitir que esta vez me ha salvado de una buena".

No tuvo mucho tiempo para pensar más en su amigo, porque cuando Débora vio que Stefan tenía una caja de condones, le saltó encima para besarlo apasionadamente y no perder más tiempo. Él también dejó de pensar en Sho en un instante, dejándose llevar por el deseo que creía perdido. Volver a fusionarse con Débora fue para Stefan la confirmación que necesitaba para aceptar de una vez por todas que la amaba con intensidad, tanto como había amado a Karen, aunque de una manera diferente. Era agradable y esperanzador saber que, a pesar de haber perdido a alguien importante, él pudo encontrar a otra persona igual de valiosa; le tomó tiempo y mucho dolor, pero por fin aprendió la lección. Ahora, mientras Stefan miraba a Débora dormir, cavilaba en las verdades que durante tanto tiempo se negó a ver.

"Cada amor es diferente, porque no existen dos personas iguales en el mundo, pero eso no significa que un amor va a ser menor que el otro, es simplemente de otro tipo. Y se puede ser perfectamente feliz con ello".

Lentamente Levin fue quedándose dormido, suavemente arrullado por la respiración de la hermosa mujer que descansaba a su lado.

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Schneider tardó mucho en darse cuenta de que tenía varios mensajes urgentes de su padre, pues una de las primeras cosas que hizo al despertar fue conseguir la información que necesitaba Otto Heffner para librarlo de su condena. Tal y como pensó, a Schneider no le costó trabajo conseguir que Karl Heinz Rummenigge le diese informes sobre el contrato laboral que había entre el Bayern Múnich y la Paulaner, dado que no era información clasificada, así que en cuanto tuvo lo que necesitaba, el joven Káiser de Alemania se la envió por correo electrónico a su nuevo abogado, junto con una copia electrónica de su contrato. Otto recibió la documentación y le dijo que iba a poner manos a la obra, así que Karl ya sentía que prácticamente se había librado de esa difícil situación. Esto explica el porqué la noticia que estaba por recibir fue tan inesperada como descorazonadora, era como si un náufrago se diera cuenta de que estaba condenado a ahogarse a tan sólo unos cuantos metros de la costa.

Fue a media mañana cuando Karl notó al fin que su padre había intentado comunicarse desesperadamente con él, tras lo cual lo llamó de manera inmediata al creer que a Marie o a su madre les había ocurrido algo serio. Sin embargo, el alivio que sintió cuando Rudy Frank le aseguró que ellas estaban bien no habría de durarle mucho tiempo.

– ¿Se trata de Eva? –Karl preguntó por su hermana mayor–. ¿Ha sufrido un accidente?

– No, Eva está bien –negó Rudy Frank–. De hecho, hablé con ella ayer, llamó porque se enteró de lo sucedido con el reportero de Blind y quería saber cómo estamos por acá. Estaba muy angustiada, al parecer en Italia se corrió el rumor de que Marie y yo tuvimos que ser operados a causa de las heridas que nos ocasionó ese hombre.

– Supongo que era imposible que Eva no se enterara de lo ocurrido, con el lío mediático que se armó –suspiró Karl, tras lo cual preguntó–. Si Eva, Marie y mamá están bien, ¿cuál es el problema urgente que hay que resolver, papá?

– Pues… –Rudy Frank no sabía cómo tratar el asunto–. Sé que no te va a agradar lo que te voy a decir pero…

En ese momento, el cerebro del delantero alemán hizo la conexión que le hacía falta. Sólo había otro tema por el cual Rudy Frank se pondría tan nervioso y ése era...

– ¿Es Hedy Lims, verdad? –preguntó Karl, temiendo por la respuesta que fuese a darle su padre.

– Sí –contestó Rudy Frank, con un suspiro–. Lo siento, pero ya hay fecha para tu cena con ella.

– ¡No, no, no! –exclamó Karl, casi gritando–. ¡No puede ser, justo ayer vi a un abogado que encontró una manera de sacarme de este aprieto!

– ¿Qué has dicho? –se sorprendió el entrenador del Bayern Múnich–. ¿Qué abogado? ¿Y por qué fuiste a verlo sin avisarme? De hecho, ¿por qué fuiste a ver a un abogado en primer lugar?

– Fui a buscar una segunda opinión –confesó Karl, ofuscado–. Nunca estuve de acuerdo con la opción que me dieron los expertos del club con respecto a que "no se podía hacer algo" con respecto a esa maldita cena así que acudí con alguien a quien me recomendaron. Y no te lo dije porque no estaba seguro de que no se tratase de una trampa, si hubiera sido una especie de broma al menos tu nombre habría quedado a salvo de toda perspicacia.

– No del todo, considerando que eres mi hijo –replicó el señor Schneider–. Ya no importa, aunque espero que para la próxima vez no me guardes secretos; si hubiese habido algún problema, me habría costado trabajo el cubrirte las espaldas.

– Yo espero que no haya una "próxima vez" –bufó Karl.

– En cualquier caso, ¿qué te dijo ese abogado? –cuestionó Rudy Frank, con curiosidad–. ¿Se podía haber hecho algo o no?

El joven le contó a su padre, a breves rasgos, lo que Otto le había dicho; cuando terminó, Rudy Frank comentó que ya se le hacía que los abogados del Bayern se habían dado por vencidos muy fácilmente, expresándose tan severamente de ellos que Karl se sintió inclinado a intervenir a su favor.

– Considera que ellos también están presionados por el club y por eso actuaron en medida de sus posibilidades –dijo Karl, repitiendo parcialmente algunas de las palabras que le dijo su cuñado–. ¡Ojalá me hubiese enterado antes de la existencia de Otto Heffner! ¿Estás seguro de que ya es demasiado tarde para intentar cualquier cosa?

– Totalmente, el directivo de la Paulaner lo ha confirmado ya –respondió Rudy Frank–. Lo siento, hijo, yo lo sabía desde hace algunos días pero no quise comentártelo para no distraerte de los partidos que debíamos jugar.

– No tienes por qué disculparte, papá. –Karl entendió que él sólo había tratado de suavizar el golpe–. Y de todos modos no se habría podido hacer gran cosa, ya no había tiempo suficiente para actuar.

– Me alegra que te lo tomes con esa filosofía, Karl-Heinz –comentó Rudy Frank, aunque su voz parecía todo menos alegre–. Porque esa mujer quiere que la lleves al Vendôme, ya te lo había dicho.

– Y yo ya había dicho que no pienso llevarla al Vendôme –replicó Karl, enojado–. Ese restaurante ni siquiera está en Múnich, ¡no pienso ir hasta Bergisch Gladbach sólo para cumplirle un capricho a esa mujer, son más de quinientos kilómetros hasta allá!

– Te diría que viajaste mucho más cuando fuiste a Hamburgo para tratar de convencer a Genzo Wakabayashi de que fiche para el Bayern, pero estoy de acuerdo contigo –lo contravino Rudy Frank, con cierta burla–. Yo tampoco estoy de acuerdo con que vayas hasta allá y de hecho voy un paso adelante en ese rubro, le dejé en claro al directivo de la Paulaner que no puedo arriesgar a que mi mejor jugador sufra un accidente en el camino y que, por tanto, la señorita Lims tendrá que conformarse con comer en un restaurante local. En este punto no hay discusión por las cláusulas de tu contrato así que el directivo tuvo que ceder.

– Gracias, papá. –El joven agradeció sinceramente el esfuerzo–. ¿Cuándo quiere esta mujer que la lleve a cenar?

– Se acordó que la cita será el próximo viernes –contestó Rudy Frank–. Se eligió esa fecha porque no choca con el calendario de partidos programados.

– ¡El viernes! –Karl saltó–. ¿Por qué tan pronto? ¡Maldita sea, de verdad que ya no hay oportunidad para que Heffner pueda hacer algo!

– Así es, pero de todos modos habla con él –suspiró el entrenador Schneider–. Quizás tenga un as bajo la manga.

– Lo dudo, pero lo intentaré –bufó Karl–. No pierdo nada con hacerlo. ¿Puedo escoger entonces a qué sitio llevaré a Hedy Lims en caso de que no suceda algo que lo impida, como que el mundo sea invadido por alienígenas?

– Por supuesto que sí. –Rudy Frank rio por la broma–. Tampoco es cuestión de que la lleves al sitio más caro, no se lo merece. Por cierto, ¿piensas hablar de esto con la señorita Shanks, o es que lo sabe ya?

– No se lo he contado –confesó Karl, trémulo–. Y no lo pienso hacer.

– Ya veo –fue lo que dijo el hombre–. Pero, si me permites darte mi consejo de padre, no es prudente que le ocultes una verdad como ésta, no es una buena manera de llevar una relación.

– Sé que tienes razón, pero aún así es poco probable que te vaya a hacer caso –replicó el joven, frustrado–. Principalmente porque presiento que, sin importar lo que haga o diga, ella no me va a creer.

Rudy Frank Schneider dudó entre insistir y dejarlo estar, al fin y al cabo su hijo debía tomar la decisión que mejor le pareciera y él ya había cumplido con darle su consejo. Sin embargo, sabía por experiencia que el no hablar de frente con la pareja podía llevar a malentendidos, fue por esta causa que él casi termina divorciándose de su mujer, así que al final el hombre decidió soltar un último comentario.

– Lo mejor que puedes hacer es hablar con la señorita Elieth y aclarar la situación –insistió–. Si le explicas cómo se han desarrollado los hechos, es muy probable que ella te crea y acepte la situación.

– Eso es lo que sucedería con una mujer normal, pero no estoy muy seguro de que también aplique para alguien como Elieth Shanks –suspiró Karl–. Pero gracias, otra vez, por el consejo.

Tras intercambiar unos cuantos comentarios más, Karl cortó la llamada para después comunicarse con Otto Heffner, pidiéndole que le permitiera reunirse con él nuevamente pues tenía información urgente y nueva por darle. El abogado tuvo una especie de asombrada decepción cuando se enteró de que ya no tendría tiempo para evitar el desastre que se avecinaba y comenzó a quejarse amargamente por eso, como si fuera él quien tuviese que ir a la cena con Lims.

– Le agradezco su compromiso pero no debe tomárselo a mal –le dijo Schneider, sorprendido por la actitud del hombre–. Se hizo lo que se pudo, pero desafortunadamente me enteré de que usted existe cuando era ya demasiado tarde para solucionar la situación.

– Eso es precisamente lo que me da rabia –reconoció Heffner–. ¡Ya tenía preparado mi discurso de ataque! Iba a pulverizar a estos tipejos, quien quiera que esté presionándote a hacer esto, está claramente abusando de su poder. ¡Y no hay algo que deteste más que a los abusivos! Muchacho, tienes que dejarme presentar una contrademanda a tu favor. ¡No podemos dejar que esto se quede así!

– ¿Me está hablando en serio? –Karl no estaba convencido–. ¿Qué ganaría yo con contrademandar a… pues a quien quiera que sea que se merezca la demanda? No me hace falta dinero ni me interesa obtener más, o al menos no a través de esa vía.

– Conservar tu dignidad, muchacho –le contestó Otto, serio–. Y evitar que la gente corrupta siga aprovechándose de su puesto, por no hablar de los problemas que tendrás con tu novia cuando la cena se haga pública. El dinero que consigas lo puedes donar, existen muchas fundaciones que gustosas lo recibirán.

– Viéndolo de ese modo… –Karl lo meditó durante unos instantes–. ¿Cree usted que se pueda hacer sin afectar mi contrato y mi imagen? Recuerde que también tengo pendiente una demanda por difamación contra el reportero del periódico Blind, cuyo nombre olvidé ya.

– Que tengas dos demandas contra dos organizaciones diferentes hará que la gente vea que eres un ser humano, como cualquier otro, que está siendo tratado injustamente sólo por ser famoso –dijo el abogado–. Cualquiera se lo pensará dos veces antes de volver a difamarte y las personas comenzarán a verte con otros ojos.

– Con eso ya me convenció. –Karl sonrió a medias–. Hagámoslo.

"Desgraciadamente, eso no me va a ayudar con Elieth", pensó Schneider. "Sospecho que, aunque sea sincero como papá me lo recomendó, ella jamás me va a perdonar que le haya ocultado esta cena durante tanto tiempo y en cierto modo tendrá razón, considerando que yo no reaccioné muy bien al asunto de Teigerbran".

Sin duda, mantener un noviazgo era mucho más difícil que jugar fútbol.

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Nela aguardaba, nerviosa, a que Sho hiciera acto de presencia. Le había enviado un mensaje para que se reuniera con ella en su departamento pues quería hablar con él, lejos de su abuelo, sobre ciertos detalles de su futuro. Que Nela mencionara el "futuro" hizo que las alarmas de Sho saltaran así que por primera vez se abstuvo de hacer algún comentario burlón o tonto y se limitó a responderle que iría en cuanto se asegurara de que al abuelo Huan-Yue no le hiciera falta algo. Mientras esperaba, Nela jugaba con Duke, cuya placa seguía teniendo pegado al reverso el letrerito con el nombre Food.

– ¿Qué voy a hacer, Duke? –preguntó Nela al gato, mientras agitaba una pluma frente a él–. ¿Te vas conmigo a Inglaterra? Por dios, que no sé ni siquiera si me van a aceptar y ya estoy pensando en cosas que no sé si van a suceder.

Entre la tesis, los líos de sus amigas, su propia relación con Sho y el miedo por la visita del abuelo Huan-Yue, Nela había olvidado por completo las solicitudes que metió para realizar una maestría en las dos mejores universidades de su país natal. Hasta antes de que llegara Sho a su vida, Nela prácticamente había dado por hecho que regresaría a Inglaterra al acabar su carrera y ahora no estaba tan segura de que realmente deseaba quedarse a vivir permanentemente allá. Modificar su carrera por una relación no era algo que quisiera hacer, por más que las estúpidas comedias románticas del cine así lo hicieran ver, en la vida real la situación era muy diferente y Nela sabía que a la larga ella se sentiría frustrada de hacer un cambio tan radical a causa de un hombre. Sin embargo, tampoco era como si quisiera acabar su relación con Sho en cuestión de algunos meses pues, aunque no lo quería admitir, lo cierto era que ella se había enamorado y esa parte de su ser le reclamaba que no quisiera poner más empeño para conservar a esa persona maravillosa que había llegado a su vida sin buscarla.

– Ahí voy otra vez, a pensar en posibles soluciones para algo que no depende totalmente de mí –suspiró Nela–. No tengo remedio…

– ¡Miau! –maulló el minino, sin aclarar si lo hacía para apoyar a su humana o si deseaba burlarse de ella.

Diez minutos después, el timbre sonó y Nela se tomó su tiempo para abrir, quedándose parada unos cuantos segundos junto a la puerta para armarse de valor. Al abrir, vio a Sho con expresión seria, llevando en las manos un recipiente grande y de color blanco, del cual emanaba un olor delicioso.

– Mi abuelo insistió en preparar algo de comer –explicó el chino, a manera de saludo–. Según sus creencias, no se deben tomar decisiones fuertes con el estómago vacío.

– ¿O sea que le dijiste que vamos a hablar sobre algo serio? –quiso saber Nela, quien no pudo evitar sonreír al ver el recipiente.

– No fue necesario que se lo especificara –suspiró Shunko–. Bien dice la doctora de Levin que "más sabe el diablo por diablo que por anciano".

– Creo que el dicho dice "más sabe el diablo por viejo que por diablo" –lo corrigió Nela, haciéndose a un lado para dejarlo pasar–. Tu abuelo es un hombre muy sabio.

– Sin duda que lo es. –Sho sonrió por primera vez.

El chino dejó que fuese Nela quien llevara la pauta de la conversación ya que, después de todo, él estaba ahí por ella. La ayudó a servir la comida, un exquisito Chow Mein de pollo, sin hacer más preguntas de las necesarias ni presionarla para que hablara de lo importante. Nela, que se dio cuenta de esto pues Shunko rara vez dejaba de parlotear cuando estaban juntos (y en general, el hombre casi nunca se quedaba callado), cosa que le agradeció con el corazón aunque al mismo tiempo hacía que se le dificultase más el revelarle cuál era el motivo por el que lo había citado.

– Como supongo que estás muriendo de las ganas de saber por qué te he mandado llamar, no voy a seguir retrasando esta plática por más tiempo –comenzó Nela, cuando ambos ya estaban sentados a la mesa con dos platos de Chow Mein frente a ellos–. El día del partido tuve una charla con tu abuelo sobre mis planes a futuro; en sí, no me tiene tan ofuscada el que él me haya preguntado qué pienso hacer de mi vida sino el hecho de que recordé que había tomado un par de decisiones antes de conocerte y…

– Y esas decisiones van a afectarnos ahora –completó Shunko–. ¿Es eso?

– Más o menos, sí. –Nela se rascó la nuca, inquieta–. Tal vez. No lo sé. Bueno, puede ser.

– Explícate. –Sho sonrió a medias–. Y no tengas miedo de decirlo todo.

– De acuerdo. –Ella suspiró–. Al iniciar el último semestre de mi carrera, comencé a buscar convocatorias para realizar una maestría en un par de universidades de Inglaterra, dado que soy de allá, ya lo sabes, porque vi de lo más natural el regresar a mi país de origen considerando que no hay algo que me ate a Alemania (N/A: gracias por lo que le compete a tus amigas, chica), además de que con los recientes rumores que hay sobre la posibilidad de que Gran Bretaña abandone la Unión Europea, me parecía de lo más lógico el buscar algo allá para no tener problemas y…

– Deja de darle vueltas al asunto –pidió Sho, cuando Nela hizo una pausa para tomar aire–. Pediste ingreso a alguna universidad inglesa y te han aceptado.

– Sí a lo primero, no a lo segundo –respondió Nela, revolviendo sus fideos con un tenedor. Por más que lo había intentado, no había conseguido aún el aprender a manejar adecuadamente los palillos chinos–. Es decir, todavía no se ha cumplido el plazo para saber si he sido aceptada, eso lo averiguaré en un par de meses, más o menos.

– ¿Y te irías en caso de que sí te acepten? –A su vez, Sho revolvió los fideos con sus palillos chinos, sin animarse a comerlos, pues perdió el apetito de repente.

– La verdad… –Nela estuvo tentada a mentir pero se rectificó–. No lo he pensado, no todavía; con todos los líos que hemos tenido en los últimos meses y el estrés de mi tesis, había dejado eso de lado pero tu abuelo me hizo recordarlo. Siéndote sincera, estudiar en Oxford o en Cambridge, que son las dos universidades a las que solicité ingreso, es algo que deseo hacer desde hace mucho y, si bien mi situación actual en Alemania ya cambió, mis ganas de irme no lo han hecho pero mentiría si dijera que no hay algo que me impida hacerlo sin que me sienta mal…

– ¿Estás diciendo entonces que ya tienes algo que te ate a Alemania? –Sho esbozó una pequeña sonrisa.

– Se puede decir que sí. –Nela enrojeció pero continuó hablando, con la sinceridad que la caracterizaba–. Aunque tampoco quiero dejar mi carrera de lado por ese "algo", me he esforzado mucho para llegar hasta aquí y no quiero dejar mis metas truncas. Podría cancelar las solicitudes y buscar algo en Alemania pero no sería lo mismo. Lo sé, soy una novia horrible y una persona egoísta por no pensar en ti, ¡pero te juro que no sé qué hacer! No deseo que creas que no quiero a ese "algo" porque sí lo quiero…

Sho se quedó mirándola fijamente durante algunos segundos, tras lo cual se echó a reír a carcajadas; esto ofuscó aún más a la inglesa, quien se hundió en su asiento y revolvió sus fideos. Las risas atrajeron a Duke¸ que se pegó cariñosamente a las piernas de su dueño.

– Hola, Food –lo saludó Shunko, tomando después una porción de pollo para dársela en el hocico–. ¿También vas a abandonarme?

– Se llama Duke –lo corrigió Nela, frunciendo el ceño–. Y por supuesto que se va a ir conmigo. ¿Quieres decirme por qué te echaste a reír?

– ¿Ya no recuerdas lo que te dije cuando empecé a cortejarte, ¿cierto? –dijo Sho, cuando terminó de darle pollo al gato–. Te dije que no era mi intención que dejaras tu carrera de lado por mí porque yo también tengo sueños por cumplir y no me gustaría que una mujer pretendiera que los cambiara por ella. Desde que supe que me gustabas, acepté el hecho de que eres una persona con metas, por lo que me hice la promesa de que nunca te pondría en la delicada situación de hacerte escoger entre tu carrera y yo. Me hace muy feliz saber que me amas lo suficiente como para dudar, pero yo también te amo lo suficiente como para no querer amarrarte a mí.

– Yo no te amo –replicó Nela de inmediato, más roja aún si era posible–. Yo amo a ese "algo".

– Sí, lo sé. –Shunko volvió a reírse, aceptando que ella evadiera ese punto–. ¿Quieres irte a Inglaterra? Vete, yo no te detendré. Sin embargo, no creas que por eso me voy a poner en plan de "no creo en los noviazgos a distancia", seguiré acosándote en todas las formas posibles cuando estés allá, no te vas a librar de mí tan fácilmente.

– No esperaba que lo hicieras. –Ella sonrió–. Aunque mentiría si te dijera que no se me pasó por la cabeza la opción de terminar la relación cuando llegara el momento, para dejarte libre en caso de que encontraras a alguna otra chica que te llamase la atención.

– ¿Todavía no sabes si serás aceptada y ya estás pensando en mandarme al carajo? –Sho la contempló con las cejas enarcadas–. ¡Vaya que eres una obsesiva de la planeación!

– Ya me conoces –bufó Nela, avergonzada.

– Mira, yo no estoy de acuerdo con eso de terminar sólo porque estaremos separados, suponiendo que se diera el caso –señaló Sho, tras engullir una porción de fideos con pollo. El saber que ella aseguró amarlo le devolvió las ganas de comer–. Pero hablaremos de eso en su momento, ¿te parece? A mí no me queda la menor duda de que serás aceptada, pero para que te sientas más tranquila, trataremos ese tema cuando lo confirmes de manera oficial. Sin embargo, desde ahora te lo dejo bien en claro: yo no voy a terminar esta relación, ni aunque me dijeras que te piensas ir por treinta años. Nos va a costar trabajo, pero estoy más que dispuesto a darlo todo para mantenerla.

– Supongamos que yo también aseguro que me voy a esforzar, pero los dos sabemos que no todo va a depender de nosotros y que influirán muchos factores en esto. –Nela lo miró con cierta tristeza–. ¿Y si las cosas no funcionan y a la larga decidimos que lo mejor es terminar?

– Si no funcionan, nos separaremos como buenos amigos –respondió Sho, dándole valor con la mirada–. Pero no será así sin que yo haya hecho hasta lo imposible para evitarlo.

– Perdón por actuar como una cobarde –se disculpó ella, sacando parte de su pollo para dárselo a Duke –. No quiero que pienses que lo nuestro no me interesa, es sólo que…

– Es sólo que tú eres realista y yo un soñador –la cortó él–. Yo busco dragones en el campo y a ti te interesa saber con cuántos goles se ganó un partido. Y esto está bien, porque alguien tiene que ponerme los pies en la Tierra y tú necesitas que alguien te enseñe a dejarte llevar. Ya veremos cómo solucionamos esto a su debido tiempo.

– De acuerdo –aceptó ella, sonriendo a medias.- ¿Te molesto si toco otro tema? Tampoco quisiera hablar de eso pero en verdad que me preocupa tu abuelo. He estado intentando caerle bien, ser respetuosa, contestar a sus preguntas con sinceridad, pero conforme más tiempo pasa, más me convenzo de que me odia. Me hace preguntas tan capciosas que es obvio que sólo está buscando hacerme pasar un mal rato, es evidente que no me quiere como pareja tuya.

– No creo que te odie pero… –comenzó a decir Sho, tras lo cual se llevó las manos a la cabeza y soltó un bufido de frustración–. Está bien, admito que hay algo raro con él, a mí también me hace preguntas extrañas y fuera de lugar con respecto a ti. ¡No sé qué es lo que le pasa! Nunca me dio a entender que no estuviera de acuerdo con nuestra relación, en sus llamadas todo marchaba bien pero supongo que no es lo mismo charlar con él en persona a hacerlo a través de una línea telefónica.

– Entonces a ti te hace lo mismo –dijo Nela, tras lo cual enrolló algunos fideos y se los llevó a la boca –. No me lo estaba imaginando entonces.

– Lamento esto, de verdad –aseguró el joven–. Tengo que hablar con mi abuelo antes de que se vaya y dejar las cosas claras, no quería hacerlo pero no tendré otra oportunidad para solucionar esta situación.

Ambos sentían que necesitaban una pausa así que se dedicaron a comer sus fideos, parcialmente fríos, al tiempo que le daban a Duke lo que les quedaba de pollo. Nela se dijo que tendría que preparar un almuerzo para el abuelo Huan-Yue como agradecimiento por la comida.

– Gracias –expresó ella, después de un rato–. Por comprenderme.

– No debes agradecerme por aceptar que tienes metas a futuro –replicó él–. Me enamoré de ti porque eres una mujer fuerte y decidida, sería una estupidez de mi parte el pretender que cambies por mí.

– Muchos hombres sí lo harían –señaló Nela.

– Pero yo no soy cualquier hombre. –Sho le guiñó el ojo–. Por cierto, en el caso de que llegaras a irte, ¿te llevarías a nuestro peludo hijo?

– Por supuesto que lo haré –respondió la inglesa, enérgica–. ¡No quiero enterarme después de que hiciste Chow Mein de gato con él!

Sho volvió a reír y Nela lo observó detenidamente, grabándose la expresión que tenía su rostro al sonreír. "Ciertamente que no eres cualquier hombre, Shunko Sho", pensó ella. "Eres uno muy especial".

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Elieth se sorprendió gratamente cuando Lily le dijo que Genzo quería aprovechar su estancia en Múnich para hablar con ella (en realidad, Lily le dijo que Ryusuke Nakamura quería verla pero como Eli obviamente no entendió, le explicó que se trataba de Wakabayashi), así que acordó invitarlo a almorzar en su departamento, aprovechando que tendría una mañana libre y que Lily debía trabajar. Sin embargo, la francesa no esperaba que su amigo quisiera hablar sobre Schneider, aunque tampoco le sorprendió mucho que deseara hacerlo.

– Lily te contó todo, ¿verdad? –preguntó ella cuando Genzo tocó el tema, mientras la ayudaba a llevar las cosas a la mesa–. Porque no creo que haya sido Karl, considerando que en estos momentos debe estarte buscando para obligarte a firmar contrato y por tanto tú debes estar evitándolo.

– Si por algo estoy escondiéndome de él, mira que me estoy arriesgando al permanecer tanto tiempo en Múnich –se rio Genzo –. No te enojes con Yuri, ella no consideró que estuviese mal que me hablara de lo que sucedió entre Schneider y tú.

– No me molesta que lo haya hecho, pero sí lo hace el que quieras hablar a favor de ese baboso –gruñó Eli, sirviendo los platos con comida–. ¿Por qué carajos quieres defenderlo? ¿Acaso piensas que yo hice mal y que él estuvo bien?

– No dije eso –negó el portero–. De hecho, considero que tú tienes gran parte de la razón.

– ¡Gracias! –exclamó ella, haciendo un gesto de victoria–. Ya sabía yo que no podía ser la que estaba equivocada.

– Dije "gran parte" –señaló Wakabayashi–. Pero entiendo el por qué Schneider actuó de esa manera tan, en palabras de Yuri, "manchamente".

– Será "machamente" –lo corrigió Elieth, quien no pudo evitar sonreír ante la mención de la palabra inventada por su mejor amiga–. O sea, como macho celoso e idiota.

– Exactamente eso. –Genzo también sonrió, comenzando a comer en cuanto su amiga tomó asiento–. Como te dije, tuviste razón al negarte a declarar a un desconocido que tienes una relación con Schneider, con los antecedentes que tuvimos Yuri y yo; fuiste prudente y mantuviste la cabeza fría, eso nadie te lo quita, pero no te negaré que yo actuaría igual que Schneider si me enterara de que mi novia no aclaró que está saliendo conmigo cuando otro hombre la pretendió. Es algo difícil de explicar, es como un impulso de idiotez que nos hace querer dejar muy en claro que algo que nos pertenece, nos pertenece.

– ¡Pero yo no soy un objeto que le pertenezca a alguien! –protestó Elieth en seguida, lo que hizo que Genzo se echara a reír.

– Lo mismo me dijo Yuri cuando se lo hice saber –continuó Wakabayashi –. Ya te dije que no es algo que se pueda explicar, o que ustedes como mujeres lo puedan entender, es como un impulso masculino básico y natural, algo que te brota de forma automática, como el deseo de protección cuando ves a un ser indefenso.

– O sea, el instinto de macho imbécil –señaló Eli, cometiendo la imprudencia de hablar con la boca parcialmente llena de lo molesta que la puso el comentario–. Ustedes los hombres creen que todo les pertenece.

– No creemos que todo nos pertenezca –la corrigió Genzo, imitándola–. Sólo aquello que amamos.

– ¡Bah! –exclamó Elieth, tras tomar un largo sorbo de Schörle–. Con eso quieren excusar todo. ¡Si realmente actuaran así por amor, no serían tan idiotas!

– Por eso dije que sería difícil que me entendieras –repitió el japonés, con paciencia–. Es evidente que Schneider te ama, de eso no me queda la menor duda, porque fueron sus celos los que hicieron que se comportara como un idiota ante un comportamiento perfectamente aceptable de tu parte. Y es por eso que te pido que no seas tan dura con él.

– Hmmm. –Elieth miró a Genzo con el ceño fruncido–. ¡Cómo se nota que es tu amigo! No estarías defendiéndolo ni intercediendo por él de no ser así, no sé porqué prefieren pretender que son rivales a muerte y que no se llevan bien.

– Schneider y yo no actuamos así –reclamó Wakabayashi, ofuscado–. Que nos guste enfrentarnos constantemente para probar nuestras habilidades es otra cosa.

– Sí, cómo no. –Eli hizo un gesto de escepticismo–. Niégalo cuanto quieras pero es evidente que no les gusta demostrar que ustedes dos se aprecian mucho.

– Quizás porque somos hombres. –Genzo esbozó una sonrisa culpable –. Y no somos dados a hablar de esas cuestiones.

– No, prefieren lanzarse retos y tiros para demostrarse su amor –se burló Elieth–. ¿De verdad crees que debo tratar de justificar las tonterías de macho de Karl?

– No que las justifiques, sólo que las comprendas –aclaró Wakabayashi–. Si Schneider se puso así por culpa de esos mensajes, es que en verdad te ama.

Elieth se quedó callada porque no supo qué contestar y para tratar de ocultarlo se metió un pedazo grande de carne a la boca. Sabía que se había puesto colorada y que Genzo lo había notado, así que agradeció que él no hiciera un alarde al respecto (como muy seguramente sí habría hecho Lily). Si al menos Karl reconociera que ella había hecho lo correcto, tal vez a Eli se le haría más fácil el comprender sus celos injustificados.

– ¿Sabes qué es lo más estúpido de este asunto? –soltó la francesa, repentinamente–. Que Karl no tiene porqué sentirse celoso. ¿Cómo podría fijarme en Schweil Teigerbran estando él cerca? Es decir, no me impresiona tanto que sea un excelente jugador, para mí vale su personalidad, su fuerza y su coraje, y por más que Teigerbran se esfuerce, nunca tendrá su mismo nivel de clase que tiene Karl. ¿Por qué éste no lo puede ver?

– ¿Se lo has dicho alguna vez? –preguntó Genzo, quien había esbozado una enorme sonrisa al escuchar a su amiga–. Somos pocas las personas que estamos capacitadas para conocer bien cuáles son nuestras virtudes y Schneider no es de ésas. Tal vez no puede notar lo mucho que lo admiras porque no está consciente de sus cualidades y no se ve a sí mismo de la manera en como tú lo miras.

– ¡Pero miren al egocéntrico! –exclamó Elieth, burlona–. O sea, "yo sí sé que soy bueno, pero no todos son como yo". ¡Te pasaste realmente, no sé cómo es que Lapinette te soporta, con lo mucho que ella detesta a los engreídos!

– No busques pretextos para desviar la conversación –replicó Wakabayashi, con autosuficiencia–. Responde a mi pregunta.

– ¿Qué, ahora ya la haces de casamentero? –preguntó Elieth, buscando evadirse un poco más–. ¿Primero ayudas a Bárbara y Kaltz y ahora pretendes hacer lo mismo con Karl y conmigo? ¡Sí que te hace daño el estar sin jugar fútbol!

– Siempre he sido dado a auxiliar a las personas que aprecio, aunque no de la manera en como ellas esperarían. –Genzo puso una sonrisa torcida–. Y mira que no veo que Kaltz o Bárbara se quejen al respecto.

– Pues ella dice que jamás se le va a olvidar que la llamaste "cobarde" –replicó Elieth, aunque él pudo darse cuenta de que se había ablandado –. A partir de ahora te llamaremos Genzo Wakabayashi, el Casamentero.

Él soltó una carcajada y ella, tras suspirar, lo imitó. Una vez aclarada esta cuestión, los dos amigos trataron otros temas menos comprometedores, entreteniéndose tanto con la plática que se sorprendieron mucho cuando la puerta del departamento se abrió y vieron a Lily entrar por ella. Genzo se levantó de inmediato y se acercó a ella para recibirla con un beso audaz en los labios.

– ¡Lapinette, llegaste temprano! –exclamó Eli, asombrada–. Pensé que ibas a quedarte más tiempo trabajando.

– No, no llegué temprano, ustedes se quedaron almorzando hasta tarde. –Lily señaló el reloj–. ¿Ya vieron la hora?

– ¡Válgame, si es tardísimo! –manifestó Elieth, levantándose apresuradamente de la silla –. Había pasado tanto tiempo desde la última vez que nos vimos debido a que este ingrato no se toma ni cinco minutos para llamarme porque sólo soy su humilde amiga, que ahora que por fin se dignó a anotarme en su apretada agenda me aproveché para quejarme de todo lo que se me ha ocurrido.

– Vaya que eres dramática, ahora entiendo el porqué tienes tantos problemas con Schneider –replicó Genzo, lo que hizo que Lily soltara una risita alegre.

– No la molestas, señor Nakamura –intervino la doctora–. Es cierto lo que dice de que la tienes abandonada.

– Síguele y Lily se quedará sin posibilidad de tener hijos tuyos –replicó Eli, haciendo un puchero –. Y por cierto que no entiendo eso del "señor Nakamura". ¿Quién carajos es ese tipo?

– Luego te explico –prometió Lily, tras reírse otra vez –. ¿Quieren comer pizza? Me figuro que ya deben de tener hambre otra vez.

– Gracias, Lapinette, pero me debo ir ya, tengo trabajo pendiente –negó la francesa–. Compártela con tu novio, seguro que él estará encantado de tener esas tres cosas juntas.

– ¿Tres? –Genzo enarcó las cejas, en un gesto interrogativo.

– Claro: Lily, la pizza y el departamento para ustedes solos –explicó Elieth–. Usen protección, por favor.

– No es necesario que te vayas, no vas a hacer mal tercio –intervino Lily–. Gen y yo podemos tener sexo en el hotel por la noche.

– Mira que te pasas de considerada, por no decir cínica, pero de verdad que tengo cosas qué hacer. –Eli se echó a reír –. Además, creo que él y yo ya agotamos todos los temas que teníamos por hablar, ¿no es así, Genzo?

El portero dijo que así era. Wakabayashi aceptó entonces que no había algo más qué decir con respecto a Schneider y dio por concluido el asunto, dejando que Elieth analizase lo que le había dicho para tomar una decisión definitiva con respecto al alemán.

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Tokio.

Hana Aizawa leyó, acongojada, la nota deportiva que anunciaba que Genzo Wakabayashi había terminado su contrato laboral con el equipo Hamburgo, a pesar de lo cual él no estaría en condiciones de fichar para otro club hasta que no concluyera la temporada de la Bundesliga que estaba en marcha. Muchas apuestas hacían los reporteros japoneses con respecto al equipo al que se iría, habiendo más de uno que deseaba verlo de regreso en tierras niponas, jugando para algún equipo nacional.

"Que Wakabayashi regrese a Japón sería involucionar", había dicho, con mucho tacto, Elieth Shanks en su nota, como una respuesta sutil a esos soñadores. "Considerando que él se ha fogueado en el fútbol de una de las cinco mejores ligas del mundo, el jugar para un club 'profesional' de Japón lo aburriría hasta el tedio por no encontrar un rival adecuado al cual vencer. Si Wakabayashi es inteligente, y ha demostrado muchas veces que lo es, se quedará en Europa…".

A Hana le molestaba que la señorita Shanks denigrara tan sutilmente el fútbol japonés, pero tenía que estar de acuerdo con ella con respecto a que la J1 League no tenía punto de comparación con las ligas europeas. Secretamente, Hana en el fondo anhelaba que Ken quisiera irse a Europa también (quizás a la inglesa Premier League), para mejorar de nivel y alcanzar a Genzo, aunque al mismo tiempo rogaba porque a él no se le ocurriera hacer semejante cosa pues eso significaría que ellos ya no podrían verse con mucha frecuencia. Por supuesto, la decisión sería sólo de Ken y Hana estaba dispuesta a apoyarlo en cualquier camino que él escogiera seguir.

– Aunque de verdad que me gustaría que llegaras mucho más lejos, Ken –murmuró Hana–. Siento que Japón está comenzando a quedarte chico…

Y probablemente así era, aunque Hana también estaba consciente de que era muy difícil que un jugador japonés fuera fichado por algún club en el extranjero y que además le fuese bien en él, las estadísticas demostraban que, de hecho, sucedía todo lo contrario. De los cinco futbolistas nipones que se habían ido a otros países con la esperanza de brillar en sus clubes de fútbol, es decir, Tsubasa Ozhora, Genzo Wakabayashi, Kojiro Hyuga, Shingo Aoi y Tomeya Akai, sólo Tsubasa había conseguido triunfar plenamente en un equipo de primera división. Hyuga, como ya era ampliamente conocido en Japón, había fracasado en su intento de brillar en la Juventus y fue enviado a un equipo de la Serie C del Calcio Italiano, que si bien subió a la Serie B gracias a Hyuga, seguía siendo un equipo de nivel inferior al que éste merecía; otro caso similar era el de Aoi, que a pesar de haber conseguido entrar al Inter de Milán en su rama juvenil, no pudo asegurarse un puesto en su rama profesional y fue vendido a un equipo de la Serie C, el cual, al igual que el de Hyuga, también había ascendido recientemente a la Serie B. Con respecto a Akai, él ayudó a su equipo de Serie B ascender a la Serie A del Calcio, pero a cambio recibió una lesión en el proceso que habría de mantenerlo inactivo durante mucho tiempo, y siendo ya muy conocido el problema que tuvo Genzo Wakabayashi en el Hamburgo, se daba por entendido que cuatro de los cinco jugadores que se marcharon a Europa no habían conseguido todavía el cumplir las metas que se establecieron al salir de Japón. Hana no sabía si esto se debía a la mala suerte o al hecho de que nadie los consideraba merecedores de protagonizar su propia historia de éxito, pero lo cierto era que este porcentaje tan bajo de triunfo le jugaba en contra a cualquier otro futbolista que quisiera jugar fuera de Japón.

– ¡Hola! Al fin te encuentro. –Wakashimazu apareció de repente y cortó sus pensamientos con un saludo–. Llevo rato buscándote, pensé que habías salido.

La joven se había refugiado en los límites de las instalaciones del campamento japonés, en un sitio parcialmente oculto por un par de frondosos árboles, los cuales no sólo le proporcionaban sombra sino también un suave y refrescante vientecillo. Si Ken la encontró fue porque recordó que a Hana le gustaba descansar en ese lugar, lejos del barullo del mundo y de la gritería de los jugadores de la Selección, porque de lo contrario no la hubiese visto gracias a dichos árboles.

– Lo siento, estaba en mi media hora de descanso y aproveché para ponerme al corriente con las noticias –contestó Hana, sonriéndole–. Hace mucho que no leía ninguna revista de fútbol y quería saber qué estaba pasando en el resto del mundo.

– ¿En el resto del mundo o sólo con Wakabayashi? –cuestionó Ken, al ver la noticia que estaba leyendo Hana.

– No te estarás poniendo celoso otra vez, ¿o sí? –preguntó ella, con voz calmada–. Creí que eso ya había quedado solucionado.

– No puedes culparme –sonrió él, avergonzado–. Wakabayashi y yo hemos peleado por las mismas cosas durante mucho tiempo y supongo que se me hizo costumbre pensar que será así en todo.

– Pues no lo será en lo que respecta a mi amor –replicó Hana, enérgica–. Aprecio a Wakabayashi pero a quien amo es a ti, Ken Wakashimazu. Además de que él ya tiene a su doctora, ya lo sabes.

– ¿Y por eso es que sigues su vida deportiva a través de los periódicos? –cuestionó Ken, más para que ella no notara que se había conmovido que para reclamar.

– Me gusta pensar que es mi amigo –respondió Hana, con suavidad–. También lo admiro y me gustaría que triunfara en Europa tanto como lo hace Tsubasa Ozhora, esto nunca te lo he ocultado.

– Sí, lo sé bien. –Ken se dejó caer junto a ella, en el pasto–. No creas que me emociona pero no tengo derecho a reclamarte.

– Oye, es verdad que admiro a Wakabayashi, pero no tanto como te admiro a ti. –Hana lo tomó de la mano–. Y eso te lo he dejado en claro muchas veces. Sí, Wakabayashi es bueno, pero no es tan polifacético como tú, que puedes triunfar en más de una posición en el campo de juego. Admiro que tengas tanta habilidad para adaptarte a tu entorno y sacarle provecho a tus destrezas para poder estar a la altura de tus compañeros, sin importar si estás de portero o de delantero. Y eso, Ken Wakashimazu, no lo puede hacer Wakabayashi a pesar de todo su talento.

– Siempre sabes qué decir cuando pretendo armarte una escena. –Ken la miró con ternura y le apretó la mano –. En serio que no sé cómo lo haces.

– Sólo digo la verdad y nada más. –Hana soltó una risita–. ¿Vas a dejar de tener celos de Wakabayashi? Sólo es un buen amigo, casi que lo veo como el hermano que nunca tuve.

– Cosa que no entiendo bien, considerando que no se vieron tantas veces cuando eran niños –dijo Wakashimazu, frunciendo el ceño.

– Es una de esas cosas que no se pueden explicar –contestó Hana, encogiéndose de hombros–. Pero créeme cuando te digo que no hay razón por la cual debas preocuparte, a quien amo es a ti, Ken.

– Dímelo otra vez –pidió el karateca, sonriendo–. Me gusta escucharlo.

– Te amo, Ken Wakashimazu –repitió Hana, en voz baja–. Te lo puedo decir las veces que quieras.

Ken tomó su rostro para acercarla a él y besarla con mucha suavidad. Hana se dejó llevar y ambos permanecieron abrazados por largo rato, intercambiando besos y caricias suaves que los recompensaban por tener que ocultar su amor al resto del equipo, a pesar de que prácticamente todos estaban enterados de su relación, tanto como sabían que Taro Misaki salía con Eriko Wakabayashi. Sin embargo, Ken y Hana eran partidarios de guardar las apariencias, más por una cuestión de profesionalismo que de pudor.

– Eres muy importante para mí, quiero que lo tengas bien presente –murmuró Ken al oído de Hana, después de mucho rato–. Y no quiero perderte. Sin importar a donde vaya ni lo que haga, siempre voy a amarte.

– Eso me tranquiliza más de lo que crees –suspiró Hana, feliz–. Porque el día que decidas irte para brillar en otras tierras, sabré que me llevarás en tu corazón.

– Hablas como si planeara irme muy lejos, cosa que no pienso hacer –replicó Ken, echándose a reír después–. O bueno, sí lo haré, tengo que viajar a Madrid pero tú irás conmigo.

– Me alegra que des por hecho que clasificaremos, ¡ése es el espíritu que necesitamos! –exclamó Hana, emocionada–. Vamos, es hora de volver. ¡Hay que seguir esforzándose al máximo!

Ella se puso en pie y le tendió la mano a su novio, quien no dudó en tomarla, tras lo cual ambos enfilaron rumbo a los campos de entrenamiento; dentro de poco el entrenador Kira anunciaría la lista oficial de seleccionados y los dos debían estar presentes. Las eliminatorias asiáticas estaban a la vuelta de la esquina y no había espacio para la derrota.


Notas:

– Eva Schneider es un personaje creado por Elieth Schneider; en el universo Captain Tsubasa que ella y yo manejamos, Eva es la hermana mayor de Karl y Marie.

– El Chow Mein es un platillo chino hecho con fideos que puede llevar verduras, pollo, carne y/o mariscos como complementos.

– El poblado de Bergisch Gladbach está cerca de la ciudad de Colonia, a 572 kilómetros de Múnich.