Capítulo 49.

Múnich.

Manteniendo como siempre su mentalidad de ganador, Schneider no permitió que la bomba de tiempo que tenía encima lo distrajera de sus obligaciones y encerró todos sus problemas detrás de una puerta enorme de metal que tenía en un apartado rincón de su mente. Detrás de esa misma puerta se escondía la fuerte depresión por la que Karl pasó, años atrás, cuando sus padres estuvieron separados y también la tristeza que experimentó cuando, en el Mundial Sub-19, Alemania fue tan dolorosamente eliminada por Brasil en semifinales. Esta puerta de metal (imaginario), tan impenetrable como el Muro de Berlín, era la causa por la cual Karl no se había vuelto loco aún.

Además de esta puerta de metal, el fútbol también lo ayudaba a mantener el equilibrio, el cual era su fuente máxima de relajamiento y distracción; para otros jugadores, el ser el capitán de un equipo podía llegar a ser una carga demasiado pesada, pero para Karl Heinz Schneider era algo perfectamente natural pues era un líder innato y no le resultaba difícil llevar la banda de capitán, o al menos no lo era la mayoría de las veces. Así pues, esa hermosa mañana, al llegar a Säbener Straße, él iba con muchas ganas de jugar fútbol al tope para sacar el estrés acumulado, aunque al parecer la vida tenía deseos de joderle un rato más la existencia ya que otra vez se les había autorizado a los fans a ingresar a ver los entrenamientos y, entre ellos, Karl distinguió a Leo Shanks, quien volvía a llevar la bufanda del Bayern Múnich que le vio la primera vez que habló a solas con él. Schneider supuso que Leo estaba ahí para volver a confrontarlo y se preguntó qué tan mal se vería que saliese de la ciudad deportiva, abordara su Porsche y no volviera jamás.

"Mucha gente me reconocería, por eso no lo hago", pensó Karl, con sarcasmo, y este pensamiento imbécil lo hizo sonreír un poco mientras se dirigía directamente hacia su cuñado.

Guten Morgen (buenos días) –lo saludó Shanks–. Lamento que las cosas con mi suegro no hayan funcionado.

– ¿Qué? ¿Cómo fue que te enteraste? –Karl se preocupó–. ¡Esto es grave, nadie debía saberlo!

– Tranquilízate, sigue siendo un secreto –replicó Leo, hablando en voz baja–. Pero, a como van las cosas, no lo será por mucho tiempo. Fue Otto quien me comunicó lo sucedido y yo no se lo he contado ni a su hija, así que no debes preocuparte porque ninguno de los dos se lo va a contar a alguien más.

Schneider, aprovechando que todavía le quedaban disponibles algunos minutos antes del comienzo de las actividades diarias, se llevó a su cuñado consigo para alejarse de oídos indiscretos y poder interpelarlo abiertamente.

– ¿El señor Heffner te habló de eso? –cuestionó Schneider, sorprendido, cuando se aseguró de que nadie los escuchaba–. ¿O tú se lo preguntaste?

– Él me lo contó. –El médico se veía avergonzado–. Me llamó por teléfono para comunicármelo porque el no haber podido ayudarte lo puso furioso, no creas que lo hizo por propagar el rumor; confieso que nunca lo había visto así de enojado pero Otto siempre ha dejado muy en claro que le molestan las injusticias, independientemente de si le ocurren a alguien pobre o a alguien rico, así que no me sorprendió mucho su actitud. De verdad esperaba que él pudiera ayudarte pero no sabía que te quedaba tan poco tiempo.

– Sí, algo así me dijo, que le enoja que la gente abuse de su poder –reconoció el alemán, sonriendo a medias–. Aún así no entiendo para qué te informó de esa cuestión.

– Porque siente empatía por ti y sabe que eres novio de mi hermana –explicó Leo Shanks–. Está preocupado porque puedas tener problemas con ella a causa de esa mujer oportunista y, dado que él no te pudo ayudar, me ha pedido que interceda por ti ante Elieth. Sin embargo, por mi código de ética masculina, no voy a interponerme entre los planes de otro hombre sin que éste lo pida directamente así que he venido a averiguar si deseas que te ayude con mi hermana, realmente no me cuesta gran cosa el contarle cómo ha estado esta situación pero depende de ti.

– Te agradezco el ofrecimiento pero prefiero que no intervengas –fue la respuesta de Karl–. He actuado cobardemente al esperar tanto tiempo para contárselo a tu hermana pero debo hacerlo yo. Confío en que entre Elieth y yo existe la suficiente confianza como para que ella entienda la situación en la que me encuentro sin que tu apoyo sea necesario.

– De acuerdo –aceptó el doctor Shanks, impresionado–. Me agrada tu actitud, lo admito, nunca pensé que algún día podría llegar a agradarme uno de los pretendientes de mi hermana. Con excepción hecha de Leonardo Del Valle, claro, pero tengo que reconocer que eres mejor partido para Elieth que él.

– Ah, sí, que Del Valle fue novio de tu hermana, ya lo había olvidado. –Karl bufó al recordar este detalle.

– Sí, pero lo suyo no iba a funcionar, los dos son demasiado impulsivos y necesitan parejas que los ayuden a estabilizarse. –Leo le restó importancia al asunto.

– ¿Y por eso es que ahora Del Valle quiere estar con mi hermana? –gruñó el alemán, enojado–. ¡No me hace gracia!

– Sé que es probable que esto te haga enojar mucho más pero no puedo negar que la presencia de Marie ha sido muy beneficiosa para mi amigo –continuó Leo Shanks–. Es decir, ha sido gracias a ella que él ha decidido madurar y buscar la manera de consolidarse en un trabajo fijo.

– ¿Y estás seguro de que eso ha sido gracias a Marie? –Karl continuaba frunciendo el ceño–. Pudo deberse también a que en Alemania no toleramos a los haraganes.

– Sí, pero Leonardo nunca ha sido un haragán, sólo es un tarado con mucho cinismo a cuestas –replicó el médico francés–. Es cierto que tener a Lily tan cerca ha hecho que mi amigo se comporte mejor para no hacer quedar mal a su hermana, pero ha sido Marie quien operó el mayor cambio en él.

– Sí, como sea. –Karl se dijo, por quién sabe cuánta ocasión, que tenía que hablar con el joven Del Valle pronto–. No quiero perder los pocos minutos que me quedan hablando de ese descarado, pues hay otra cosa más importante que quiero preguntarte, Leo: ¿Por qué me creíste cuando te conté lo que sucedía con Hedy Lims? Nunca pusiste en duda mi versión, pude haberte mentido con respecto a que me estaban obligando pero jamás lo cuestionaste.

– Porque no tenía motivos para desconfiar de ti. –Leo se encogió de hombros–. Es cierto que tu justificación pudo haber sido un mal pretexto pero hubo algo que me hizo saber que estabas hablando en serio.

– ¿Qué cosa? –quiso saber Karl.

– Tu expresión de desagrado –respondió Leo–. Ningún hombre heterosexual es tan bueno como para fingir a ese nivel que le molesta el acoso de una mujer así que no me quedó duda de que no te agrada la idea de salir con la Lims.

– Por supuesto que no, ni siquiera me fijé en ella cuando hicimos el anuncio de la Paulaner, si no es porque de repente le dio por volver, ni siquiera la recordaría –expresó Karl, con fastidio–. En cualquier caso, gracias por creerme.

– No debe ser fácil portar el título de "Emperador de Alemania", seguro que eso te acarrea muchas malas consecuencias. –Leo se encogió de hombros–. En fin, me voy al hospital, me tomé una hora libre para poder hablar contigo pero debo irme ya. Buena suerte con mi hermana y te reitero mi oferta de hablar con ella en caso necesario, sólo avísame si lo deseas.

– Muchas gracias pero no será necesario –asintió Karl.

Los dos hombres se miraron con beneplácito antes de estrecharse las manos de mutuo acuerdo. Schneider se sentía satisfecho de saber que, sin mucho esfuerzo ni escándalo, había obtenido la aprobación de su cuñado, así como éste se había ganado la suya al actuar de manera tan madura con respecto a su lío con Hedy Lims. Mientras se dirigía al campo de entrenamiento, Karl se preguntó si no tendría que comportarse de la misma manera con Leonardo Del Valle, pues éste había demostrado ser un buen hombre, alguien dispuesto a defender a Marie a toda costa.

"Además de que tengo que darle las gracias por haber ayudado a mi padre con el reportero de Blind", pensó Karl. "Eso se lo tengo que reconocer".

La práctica transcurrió de lo más normal y Karl pudo relajarse, concentrándose al cien por ciento en las jugadas, pases y tácticas que el entrenador Schneider les imponía para el próximo partido contra el Hamburgo y el de la Bundesliga que tendría lugar antes que éste. El Káiser se había concentrado tanto en su juego que se desconcertó mucho cuando, a media mañana, Lily se le acercó durante la pausa del entrenamiento para decirle que quería hablar con él.

– ¿Sobre qué, doctora Del Valle? –quiso saber Karl, extrañado–. ¿Qué he hecho esta vez? Juro que ya no me duele el hombro ni otra parte de mi cuerpo.

– ¿Ni tampoco el corazón? –replicó Lily, mordaz–. Elieth sigue sin hablarte, ¿no?

– ¡Y lo tenías que arruinar!. –Karl frunció el ceño–. Está bien, sí, ese asunto todavía me afecta porque no sé cómo acercarme a ella sin arruinarlo todo, pero eso ya lo sabías, no es algo nuevo.

– Y por eso es que no busco hablar contigo sobre eso, sólo estaba señalando el punto de que es mentira que no te duele ninguna parte de tu cuerpo –aclaró la doctora–. ¿Puedes hablar ahora o lo hacemos después? Aunque te advierto que, mientras más tiempo tardes en aceptar, más fastidiosa seré.

– Estoy muy consciente de eso. –Schneider suspiró–. Hagámoslo ahora.

"Al mal paso, darle prisa" –recitó Lily un conocido refrán–. Sabia decisión, capitán.

Los dos jóvenes se separaron del resto de los jugadores, lo suficiente como para no ser escuchados pero no tanto como para levantar sospechas. Por fortuna, a esas alturas ya eran bastante conocidos tanto la amistad entre Karl y Lily como los respectivos romances que ellos mantenían con otras personas así que ya estaban libres de cualquier suspicacia.

– Dispara ya, Del Valle –soltó el alemán, tras limpiarse la cara y el cuello con una toalla–. Que no tenemos mucho tiempo.

Ja, mein Káiser! –exclamó la doctora con cierta burla, aunque después se puso seria–. Genzo me ha contado que alguien le hizo saber que estás metido en un problema grave. Y como tanto él como yo estamos preocupados porque eres nuestro amigo, decidimos que yo te preguntaría qué es eso tan grave en lo que estás metido.

– ¿Qué? ¿Quién le ha dicho a Wakabayashi semejante cosa? –Karl palideció, temiendo que a alguien se le hubiese ido la lengua o que lo hubieran descubierto–. ¿Y qué clase de "problema grave" es el que tengo?

– No lo sé, por eso te estoy preguntando. –Lily se preocupó al ver su expresión–. No te angusties, a Gen se lo dijo alguien de fiar pero no le explicó qué era. Y a juzgar por la manera en la que te has puesto, sí se trata de algo muy serio.

– ¿Estás segura de que ese alguien sí es de fiar? –insistió Schneider–. Tú sabes mejor que nadie que hay que andarse con cuidado con los rumores, incluso recuerdo que te pusiste de lado de Elieth en nuestra última disputa por una razón similar.

– Ahí vas a reclamarme otra vez por eso. –Lily puso los ojos en blanco–. Está bien, te lo diré, fue tu cuñado quien se lo dijo a Gen, pero créeme cuando te afirmo que Leo no abrirá la boca con alguien que no debe. Además, como te conté ya, él no aclaró cuál es tu problema, sólo avisó que tienes uno.

– Empiezo a darme cuenta de que ese hombre conforma, por sí solo, una red grande de propagación de rumores –suspiró el alemán, resignado–. Supongo que a estas alturas ya no debería de sorprenderme.

– ¿Vas a decirme entonces qué pasa? –Lily no entendió completamente las palabras de su amigo pero lo dejó de lado pues no era importante–. ¿Qué tan serio es tu lío?

– Más de lo que te imaginas. –Karl se frotó los ojos y suspiró–. De acuerdo, no quería contarte esto, no porque no confíe en ti sino porque no quería dejarte otra vez en medio de Elieth y yo pero… supongo que de cualquier manera en algún momento te vas a enterar.

Así pues, Karl le narró a Lily el ya tan masticado asunto de la cena con Hedy Lims, incluyendo su fallida tentativa de usar a Otto Heffner. La cara de la doctora pasó por una serie de expresiones tan variadas que, si no fuese por lo pesado de su situación, Karl se habría echado a reír por lo cómico del asunto: desde la indignación porque Leo Shanks lo sabía y no se lo dijo, pasando por la sorpresa ante el hecho de que la Lims hubiera llegado tan lejos, y acabando con un intenso enojo por el abuso al que estaba siendo sometido Karl. Al final, Lily quería ir a armarle escándalo a Hedy Lims y al directivo de la Paulaner, pero Schneider le hizo ver que eso les traería consecuencias negativas tanto a él mismo como a ella.

– ¡Ya lo sé! –expresó Lily, muy enojada–. No estaba hablado en serio, no completamente, ¡pero es que se debe de poder hacer algo, caramba!

– No hay muchas opciones por ahora, por no decir que no hay ninguna –negó Karl, apesadumbrado–. Debo ir aunque no quiera, lo único que me consuela es saber que puedo interponer una demanda, así al menos me limpiaré un poco la porquería que me van a embarrar los de la Paulaner.

– Déjalos en la ruina, es lo mínimo que se merecen. –Lily caminaba de un lado a otro, como leona enjaulada, mientras mezclaba palabras en español con su retahíla en alemán–. ¡Son un montón de abusivos cabrones, eso es lo que son! ¿Por qué carajos esa maldita vieja está tan obsesionada contigo? ¿Qué no tiene a nadie más a quién ir a chingar, con un carajo?

– No te entendí más que la mitad de lo que dijiste, pero por el tono puedo asegurar que soltaste muchas malas palabras –señaló Karl, divertido–. ¿Quieres controlar tu lenguaje, doctora?

– Cálmate, Capitán América, ni me entendiste, lo acabas de decir. –Lily se detuvo abruptamente frente a él–. ¿Por qué rayos no nos hablaste de esto antes? Porque supongo que la Gatita no tiene idea de lo que pasa, o ya no estaría viva esa flacucha descerebrada. No, espera, no necesito que me expliques el porqué no se lo has dicho a Eli, es evidente que ella va a armar una guerra nuclear en cuanto se entere.

– Al menos todos estamos de acuerdo en ese punto –suspiró el alemán–. Como te dije, no quería dejarte en medio de los dos otra vez, por eso no te conté esto antes. Además, tenía la esperanza de solucionarlo sin que alguien se diera cuenta.

– Y no pudiste. –Lily lo miró con simpatía, mucho más calmada–. Lo siento mucho, en verdad. Y gracias por no querer dejarme en medio otra vez, pero sigo siendo tu amiga y te puedo ayudar cuando lo necesites.

– Gracias, pero debo solucionar esto solo –replicó Schneider–. A menos que sepas cómo hacerle para revelarle la verdad a Elieth sin que me mate en el proceso.

– Desgraciadamente, todavía no descubro cómo hacer eso –se disculpó la doctora–. Y para empeorar el asunto, a la Gatita no le va a hacer gracia que le salgas con esto después de que te enojaste con ella por culpa de Teigerbran.

– Lo sé perfectamente bien, gracias. –Karl se llevó las manos al rostro–. Primero tengo qué disculparme antes de revelarle lo de Lims, pero estoy seguro de que todo va a empeorar a causa de mis estúpidos celos por Teigerbran. Y de esto sólo tengo la culpa yo.

– Ya, no te juzgues tan severamente, los celos son realmente muy traicioneros. –La doctora trató de consolarlo–. Lo que puedo hacer es hablar con ella para hacerle ver que no debe tener miedo de que la vayas a cambiar por una modelo porque en verdad la amas. Si consigo convencerla, quizás no reaccione tan mal cuando se entere de la verdad. Eso sí, debes decírselo tú antes de que la prensa o la misma Lims lo hagan, de lo contrario Eli no te lo perdonará.

– Lo sé bien –aceptó Karl–. En otras circunstancias negaría tu ayuda pero quizás tú puedas convencerla de que la amo y de que no me interesa estar con otra mujer, que no me importa en lo absoluto que no sea modelo o actriz porque lo que quiero de ella va más allá de eso. ¡No sé por qué está tan negada a verlo!

– Porque en el fondo es ligeramente insegura cuando se trata de ti –suspiró Lily–. Cosas de mujer enamorada.

– Que sólo las mismas mujeres entienden –bufó el alemán–. Quisiera saber porqué siempre termino envuelto en este tipo de situaciones; desde que comencé mi carrera profesional, la prensa y el público en general me han tratado como si yo fuese un mujeriego que busca romperle el corazón a todas las mujeres de Alemania, a pesar de que en ese entonces yo apenas tenía quince años. Nunca he sabido porqué se dice eso de mí, si lo único que me interesaba en esas épocas era Wakabayashi.

– Por frases como ésa es que la gente cree que ustedes son pareja –replicó Lily, poniendo los ojos en blanco.

– ¿Qué? ¡No digas tonterías, Wakabayashi y yo no somos pareja! –protestó Schneider, avergonzado–. ¡Me refería a que lo único que me interesaba era vencerlo en la Bundesliga!

– Ya sé que te referías a eso pero la forma en la que lo dijiste da pie a malinterpretaciones. –Ella se echó a reír–. Ya, era una broma, lo siento pero no pude evitarlo.

– Bien, da lo mismo –bufó Karl, ligeramente ruborizado–. De cualquier manera nunca me ha importado lo que opine la gente, siempre y cuando no se metan con las personas que me importan.

En ese momento, el asistente del entrenador Rudy Frank les hizo una seña y ambos entendieron que era momento de reiniciar el entrenamiento, así que tuvieron que dar su plática por terminada. Lily reiteró su promesa de tratar de preparar el terreno con Elieth y Karl, a su vez, aseguró que hablaría pronto con ella para aclarar sus problemas. Antes de separarse, sin embargo, el Káiser tuvo una última pregunta para su amiga:

– ¿De verdad la gente piensa que Wakabayashi y yo somos pareja? –cuestionó.

– ¡Qué no, que era una broma! –bufó Lily–. ¡Ya vete a entrenar!

Más tarde, a los jugadores del Bayern Múnich los visitó el CEO de la prestigiosa joyería suiza Cavalli, Patrick Lorenz, quien trabajaba en conjunto con el club alemán en la elaboración de piezas de joyería, que tenían el logo del equipo estampado en alguna parte, para ser vendidas en las tiendas oficiales de ambas empresas. Lorenz llevaba unas muestras para los jugadores, con la finalidad de que vieran si deseaban adquirir algunas y mandarlas fabricar bajo pedido especial, con un notable descuento incluido. Había de todo entre los prototipos, desde fistoles, pines y mancuernas, hasta collares y relojes; sin embargo, a Sho y a Lily les llamó particularmente la atención una pulsera para dama, hecha de plata, que lucía adornos esféricos decorados con finos brillantes en los colores del equipo: azul, rojo y blanco, que escoltaban un corazón que tenía grabado el logo oficial del Bayern Múnich. Sho, sin titubear, encargó una pulsera a Patrick Lorenz, lo cual ocasionó que Levin se burlara de él.

– Te vas a ver muy varonil con ella –dijo el sueco, mordaz.

– Pensaba regalártela a ti, idiota –replicó Sho, echándose a reír–. Es para Nela, imbécil, llevo tiempo queriendo regalarle algo así pero no me había topado con la joya perfecta.

– ¿Y vas a obsequiarle una del Bayern Múnich? –cuestionó Levin, enarcando una ceja–. ¡Qué romántico de tu parte!

– Búrlate todo lo que quieras pero creo que es el regalo perfecto de un jugador del Bayern para su pareja –dijo Shunko, sin inmutarse.

– Yo estoy de acuerdo –apoyó Lily–. Si mi novio jugara en el Bayern, querría que me diera algo así.

"Aunque yo ya tengo mi propia joya personalizada", pensó ella, mientras acariciaba el dije del corazón azul.

– Te regalaría una pulsera a ti también, pero Wakabayashi es capaz de asesinarme –comentó Sho, en broma–. Y todavía quiero vivir.

– ¿De verdad creen que esto sería un buen regalo? –Levin tomó el brazalete muestra y lo analizó con extrañeza–. No sé mucho sobre joyas, realmente.

– A tu doctora le va a gustar cualquier cosa que tú le des, hasta tus calcetines sucios, así de enamorada está –contestó el chino, palmeándole el hombro–. Bueno, no, eso ya es mucho decir, ni ella los soportaría, pero sí le gustaría la pulsera, créeme.

Mientras Sho y Lily convencían a Stefan de encargar otra pieza para Débora, Karl miraba el brazalete desde cierta distancia, pensando en que le gustaría regalárselo a Elieth pero no sabía cómo se lo tomaría ella. Tanto podía emocionarse y aceptarlo de buena gana, como usarlo para tratar de estrangularlo. Este último pensamiento idiota lo hizo sonreír y decidió pedir una pulsera también.

– Por cierto, doctora, me gustaría hablar contigo sobre Débora cuando tengas oportunidad –le dijo Stefan a Lily, tan repentinamente que hasta Sho se sorprendió–. He dejado pasar demasiado tiempo y no está bien, debo hacerme responsable de mis actos como el hombre que soy.

– De acuerdo –aceptó Lily, con una sonrisa–. Pero no puedo hoy, quedé de verme con Genzo en la tarde para algo importante y no puedo aplazar esta cita. ¿Te parece bien si charlamos otro día?

– Por mí no hay problema –asintió Levin, más relajado–. Gracias.

– Así que tienes algo importante qué hacer con Wakabayashi hoy, ¿eh? –Sho agarró la oportunidad al vuelo–. Quizás va a darte otra joya, una más pequeña y redonda, que esté hecha para usarse en el dedo pero que combine con el collar que ya traes.

– No empieces con tus babosadas –lo cortó Lily, en seco, muy colorada–. No creo que vaya a regalarme más alhajas pero, si lo hace, no va a ser un anillo, o al menos no el que tú crees.

(N/A: Lily le respondió a Sho en doble sentido pero él no lo entendió)

La mención al corazón que Genzo le regaló a Lily, le hizo pensar a Karl que no debía conformarse con sólo regalarle la pulsera del Bayern Múnich a Elieth. "Creo que debería de buscar algo especial para ella, una joya que sea única, tal y como la que Wakabayashi le ha dado a Lily", pensó el alemán, tras lo cual decidió pedirle a Patrick Lorenz una tarjeta de presentación para contactarlo después.

"Los hombres que se portan mal son los que obsequian alhajas", había dicho Lorelei Schneider en alguna ocasión, lo cual resultaba irónico pues ella misma había regalado una medalla a su esposo. A pesar de esto, Karl prefería creer que la joyería podría ser usada como ofrenda de paz y como símbolo de la unión entre dos personas. Después de todo, así funcionaban los anillos de boda.

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Genzo comprobó, aliviado, que seguía teniendo acceso a su fideicomiso y que éste no había sufrido alteración alguna. No sabía si su padre no había tenido tiempo aún de cortarle los fondos o si no había querido hacerlo, pero el portero no quiso confiarse y abrió una cuenta en un banco alemán para traspasar gran parte de su dinero a ella. Él todavía conservaba una buena parte de las ganancias que recibió gracias al contrato con el Hamburgo pero se avecinaban grandes gastos y debía ser precavido.

Tras mucho pensarlo, Wakabayashi decidió hablar con el abogado de su padre, el señor Takamura, para preguntarle directamente si Akira planeaba hacer algún cambio monetario con respecto a él, como consecuencia directa de la última discusión que tuvieron. Como Genzo no estaba seguro de si su padre le habría contado a su abogado lo sucedido, tomó la precaución de enterar a Takamura sobre las cosas más básicas. El abogado escuchó con asombrada paciencia durante algunos minutos antes de interrumpirlo para decirle, con mucha sutileza, que sí sabía a qué problema se refería el joven y que no era necesario que entrara en detalles.

– Es bueno saberlo, no me agradaba la idea de tener que revelar todo –confesó Wakabayashi, incómodo.

– Tu padre no me ha pedido que cambie su testamento, si es lo que quieres saber –confirmó el señor Takamura–. Ni tampoco me ha dicho que vaya a eliminar tu fideicomiso. Eso no significa, por supuesto, que no vaya a hacerlo en un futuro, aunque no sé si el hecho de que te hayas negado a dejar a tu pareja vaya a influir en esta decisión.

– No habría otro motivo por el cual él quisiera hacer eso –replicó Genzo, enojado.

– Sí, puede ser –admitió el señor Takamura, con un tono de voz que daba a entender que no había querido ser tan rudo–. Pero por el momento no hay señales de que eso vaya a suceder en el futuro, Genzo. No puede quitarte el dinero que tienes ya, si lo hiciera tú podrías interponer una demanda, pero sí puede dejar de proporcionarte más. Yo te aconsejo que abras una cuenta independiente para traspasar parte de tu caudal ahí y que seas prudente con tus gastos.

– Eso lo he hecho ya –respondió el portero–. No pensaba esperar a que mi padre hiciera su primer movimiento para actuar yo.

El abogado lo felicitó por su decisión y prometió avisarle si Akira tomaba alguna decisión que pudiera perjudicarlo, aunque Genzo no se fio al cien por ciento de sus palabras; después de todo, a Takamura le pagaban para ayudar al padre, no a los hijos. El joven se preguntó si Shuichi y Keiji ya estaban enterados de su decisión de alejarse de la familia a causa de la intransigencia de Akira, pero se dijo que no importaba pues Genzo nunca había sido particularmente unido a sus hermanos, o por lo menos no lo era desde que se marchó a Alemania.

Wakabayashi se sintió más tranquilo con respecto a las cuestiones monetarias y corroboró que se hubiesen pagado en su totalidad las recientes adquisiciones que había hecho en los últimos días y que estaban relacionadas a la llave que llevaba en el llavero de guantes de portero. Ésa era una sorpresa que le tenía reservada a Lily y que estaba decidido a mostrársela ese día, considerando que quizás dentro de pronto ya no podría hacerlo. El dinero que le quedaba al portero tras liquidar esos últimos gastos le bastaba y le sobraba para cubrir sus viajes a Japón y su estancia en Alemania, por lo menos hasta que se decidiera su futuro futbolístico. No era como si él estuviese a punto de quedarse sin capital pero era su costumbre el ser precavido en todo, aún con el dinero a pesar de que siempre lo tuvo a su disposición.

"Todavía me queda lo suficiente como para poder jugar fútbol por gusto y no por obligación", pensó Genzo, con ironía. "No me veré obligado a filmar comerciales ni a hacer propagandas en revistas…".

Lily llegó con treinta minutos de retraso al De Angelis, de manera que encontró a Wakabayashi en el vestíbulo, esperándola con cierta ansiedad; esa tarde, él traía un pantalón vaquero deslavado y una playera azul marino de manga larga, dejando de lado el estilo urbano callejero que llevaba el día en que volvió a Múnich; sin embargo, todavía usaba la gorra negra con la "R" blanca y Lily sonrió al verla.

– Llegas tarde, ¿sucedió algo? –preguntó Genzo, acercándose a ella.

– No, fue simple exceso de trabajo –se disculpó Lily, besándolo en la mejilla para tranquilizarlo–. Hice todo lo que pude para salir pronto pero ya sabes cómo es esto, además de que Levin quería hablar conmigo sobre Débora y tuve que decirle que no podía.

– ¡Ah! ¿Ya formalizaron su relación? –Wakabayashi le devolvió el beso.

– Supongo que sí, tal vez por eso quería charlar conmigo –ella se encogió de hombros–. Más le vale a Levin el no volver a lastimar a mi Deb, porque si lo hace le voy a tronchar las pelotas, y no estoy hablando de las de fútbol.

– Es bueno saber hasta dónde eres capaz de llegar cuando te enojas, doctora–. Genzo rio, entre sorprendido y divertido–. Me aseguraré de no hacerte enojar mucho.

– "Mucho", es la palabra clave –suspiró Lily–. Pero en fin, ¿vamos a comer entonces?

– Si no te molesta, hay un lugar al cual quisiera ir primero. –Él se rascó la nariz–. Siempre y cuando no tengas inconveniente en retrasar la comida un poco.

– Claro, no hay problema –aceptó ella–. ¿Está muy lejos el lugar al que quieres ir? Para usar mi auto si es así.

– Contaba con eso. –Wakabayashi sonrió y le tendió una hoja de papel, en la cual había escrito la dirección del destino.

Lily dijo que sabía cómo llegar aunque nunca había ido hacia allá; antes de marcharse con ella, Genzo se dirigió al sillón en donde la había estado esperando y tomó un paraguas negro, lo cual asombró a la mexicana.

– Nunca te había visto cargar una sombrilla –señaló ella, curiosa–. Pensé que sólo usabas tu gorra para protegerte.

– No la uso cuando estoy solo, pero esta vez voy acompañado y tiene pinta de que va a llover –respondió Genzo, esbozando una media sonrisa.

– Entiendo. –Lily sonrió también y se ruborizó–. Por cierto, me da curiosidad saber: ¿por qué tu gorra tiene una "R"? ¿De qué es esa letra?

– De Ryusuke, por supuesto –contestó Genzo, muy serio, lo que hizo que ella soltara una risa alegre.

Durante el trayecto, el japonés le contó a la joven lo que charló con Takamura con respecto a su fideicomiso y la precaución que tomó de abrir una cuenta en un banco alemán. Lily se mostró visiblemente aliviada al escuchar las noticias pues sí le había preocupado la situación económica de su novio.

– Me tranquiliza saber que has resuelto tus problemas monetarios –comentó Lily, sin despegar la mirada del camino–. Considerando que por el momento estás sin equipo, me estresaba que también te fueras a quedar sin el dinero de tu fideicomiso porque entonces te iba a costar trabajo pagar los viajes a Japón, aunque en teoría la JFA debería de hacerse cargo de eso.

– ¿En verdad eso era lo único que te preocupaba? –cuestionó Genzo–. ¿Qué no pudiese viajar a Japón por falta de dinero?

– No, me estresaba porque, si te quedabas sin capital, se iría al caño mi plan de casarme contigo para que me mantengas y me compres todo lo que yo quiera –respondió Lily, entre ácida y sarcástica–. ¡Por supuesto que me preocupaba que no pudieras viajar a Japón por falta de dinero! Sobre todo porque, como estoy prestándole dinero a mi hermano, no iba a poder ayudarte con mucho.

– ¿Pensabas darme dinero para pagar mi vuelo, doctora? –Wakabayashi la miró con una mezcla de asombro y ternura, algo poco común en él.

– Algo así. –Ella se encogió de hombros–. Mi plan B era convencer a Leo Shanks de que te diera alguna contribución, considerando que es más probable que aceptes dinero de él que de Karl o de Elieth.

– ¡Qué bien me conoces! –Genzo soltó una carcajada–. Es muy considerado de tu parte que te preocupes por mi situación económica.

– Es lo que las parejas modernas hacen –replicó Lily–. Ya quedaron atrás esos tiempos en donde la obligación de él era dar dinero y la de ella era gastárselo. Creí que eso ya te lo había dejado en claro, Wakabayashi.

– Por supuesto que sí; desde la noche de la pelea con Ëkdal y el reportero de Blind, supe que no buscas eso de mí, Yuri. –Genzo habló sin titubear–. Aunque aún así a mí me gustaría poder darte todo lo que mereces.

– Mientras no quieras cobrármelo después, todo bien. –Ella se burló aunque después se puso seria–. Pero en verdad, no me interesa tu dinero ni tampoco deseo pedirte que me compres joyas o ropa o lo que sea, yo estaría contigo aunque te quedaras en la calle. Que espero que no pase porque no quiero eso para ti, por cierto, pero si sucede, no dudaría en darte lo que necesitas mientras te recuperas.

– No esperaría menos de ti, doctora. –Wakabayashi aprovechó que se detuvieron momentáneamente ante un cruce peatonal para acariciarle una de sus manos.

Después de unos veinte minutos de camino, Lily se detuvo frente al edificio que correspondía con la dirección que le había dado Genzo. Se trataba de un conjunto de departamentos nuevos, ubicados en una de las mejores zonas de Múnich. Al verlo, Lily recordó la plática que tuvo con Genzo semanas atrás y supo de inmediato en dónde se encontraban.

– Esto es… –comenzó a decir ella, pero se interrumpió.

– Sí. Lo es. –Él la tomó de la mano para entrar al edificio.

En el ascensor, Lily iba analizando cada detalle, dándose cuenta de inmediato de que el edificio era muy lujoso y moderno. Genzo permaneció callado para dejar que ella sacara sus conclusiones antes de revelarle la sorpresa que le tenía reservada. Al llegar al último piso, Lily se encontró en un pequeño vestíbulo elegante que tenía dos puertas ubicadas a cada extremo, derecho e izquierdo. Sin titubear, Wakabayashi se dirigió hacia la de la derecha, sacó el llavero de guantes de portero y usó la llave que había en él para abrirla, haciéndose después a un lado para permitir que la doctora entrara primero. Al hacerlo, Lily se sorprendió aún más porque el departamento estaba ya amueblado y se notaba que había sido recientemente acabado, pues olía a pintura, a madera pulida y a cuero nuevo.

– ¡Guau! –musitó ella, mirando a su alrededor–. Esto es… Lo es, ¿verdad?

– Supongo que recuerdas lo que te conté el día previo a mi viaje a Japón para jugar el partido amistoso contra Nigeria. –Genzo se paró delante de ella y comenzó a hablar–. En ese momento, te dije que había comprado un departamento en Múnich para poder estar contigo, aunque pasó más tiempo del que esperaba para que estuviese todo listo. Hace apenas dos días que terminaron los últimos detalles y me he encargado de comprar los muebles necesarios para traerte por fin a conocerlo. ¿Qué te parece?

– ¡Es maravilloso! –Lily vio que, a través del enorme ventanal de la sala se vislumbraban la ciudad y las montañas–. Confieso que han pasado tantas cosas desde que me lo dijiste que prácticamente lo había olvidado…

– Tal y como te dije, el plan es que este lugar sea tuyo y mío, Yuri –continuó Wakabayashi–. Aquí podremos pasar nuestros ratos juntos cuando me venga a Múnich sin tener que preocuparnos por la prensa.

– En otras palabras, es aquí en donde te quedarás cuando vengas a visitarme en tus días libres. –Aunque Lily estaba fascinada, no pudo evitar el comentario–. ¿No es así?

– Estás dando por hecho que no voy a aceptar jugar para el Bayern y eso no lo he decidido todavía –señaló él, asombrado de que ella lo conociera mejor de lo que creía.

– Gen, tratándose de ti, tengo que considerar cualquier opción –suspiró Lily–. Por eso sé que hay una alta probabilidad de que no elijas al Bayern como tu nuevo equipo pero está bien, ya estoy preparada para eso.

– ¿De verdad? –Él se acercó y la tomó de las manos.

– Ya te he dicho que no te voy a pedir que te vengas al Bayern por mí, Gen, y no he cambiado de parecer. –Ella lo miró a los ojos con determinación.- Porque eso es lo que yo quiero que hagas y no se trata de qué es lo que yo quiero que hagas sino lo que tú realmente deseas hacer. Así pues, no importa si no juegas para el Bayern Múnich: a donde sea que vayas yo te apoyaré y estaré esperando aquí por ti.

Con estas sencillas palabras, Genzo supo que Lily le estaba dando a entender que ella no dejaría su puesto en el Bayern Múnich aunque él decidiera irse a otro equipo y estuvo conforme con eso, pues él nunca le pediría que abandonara su trabajo para seguirlo, así como ella no le exigiría que aceptara la oferta del club bávaro para que al fin pudieran estar juntos en un mismo equipo.

– A donde sea que vaya, puedes estar segura de que daré lo mejor de mí –contestó Genzo–. Quiero que compartas mis logros y sentir que me he convertido en un hombre completo, alguien de quien te sientas orgullosa de tener a tu lado, Yuri. Ya sea en Múnich o en otra ciudad, puedes confiar en que voy a convertirme en el mejor, por mí y por ti.

– Siempre has sido ese hombre, Gen, pero comprendo lo que quieres decir. –Lily lo miró con ternura–. No dudes de que siempre festejaré tus éxitos.

– Por eso es que he puesto la llave que abre este departamento aquí. –Genzo la soltó para mostrarle el ya conocido llavero que ella le regaló.- Es el símbolo de porqué quiero volver a Alemania y porqué estoy esforzándome al máximo. Mientras tenga estoy conmigo, ten por seguro de que regresaré a ti.

Lily asintió y se puso en puntillas para darle un beso breve en los labios (a pesar de que ella era lo que se consideraría como una chica alta para los estándares mexicanos, Genzo seguía llevándole diez centímetros de altura), que él recibió con mucho gusto. Antes de que cualquiera de los dos pudiera añadir algo, el timbre sonó y el portero se dispuso a abrir, con una sonrisa misteriosa. Regresó con algunos paquetes de los cuales emanaba un delicioso olor, que hizo que el estómago de Lily le recordara que sí, muy bonito y muy romántico el asunto pero seguía teniendo hambre.

– Supongo que no te molesta que haya encargado comida para consumir aquí en vez de ir al restaurante del De Angelis –señaló Genzo, dejando los paquetes en la elegante mesa de la cocina–. Quería hacer de esto algo más simbólico.

– Por supuesto que no me molesta, considerando que tú no eres muy dado a tomarle simbolismo a las cosas –aseguró Lily, acercándose para ayudarle–. No sé porqué a últimas fechas has decidido hacerlo de vez en cuando.

– Te lo dije ya: me agrada la sensación de íntima cercanía que se crea con otra persona cuando ambas usan un objeto o suceso como símbolo de su unión–. explicó Wakabayashi, con una media sonrisa–. Me hace sentir que no soy un hombre frío y sin corazón.

– No lo eres, nunca lo has sido, a juzgar por las muchas cosas que tanto Karl como Elieth me han contado sobre ti y lo que yo misma he podido ver en este tiempo de ser tu novia –replicó Lily, aspirando con satisfacción cuando destapó un plato de camarones asados–. Es sólo que te gusta encerrarte demasiado en ti mismo y fingir que no tienes sentimientos.

– No seas tan dura conmigo, doctora. –Él la miró con cierta vergüenza–. Así fui criado y me está costando trabajo cambiar.

Mucho rato después, cuando ya habían acabado de comer, Lily quiso salir a observar la ciudad desde la enorme terraza del departamento y Genzo aceptó hacerlo, a pesar de que claramente se veía que no tardaría en comenzar a llover. La plática, que había pasado por varios temas, incluyendo los preparativos del Bayern para su próximo partido (sin que ella le diera spoilers para no traicionar al equipo), terminó desviándose una vez más al posible club al que pudiera irse Genzo para la próxima temporada. Sin embargo, en esta ocasión fue él quien sacó el tema a colación pues estaba ligeramente sorprendido de que Lily no hubiese intentado averiguar qué elección había tomado al respecto.

– Dime con sinceridad, doctora: ¿De verdad no te ha dado curiosidad de saber a qué equipo podría marcharme? –preguntó Genzo, con voz neutra.

– De que me ha dado, me ha dado –confesó Lily, mirándolo con extrañeza–. Pero creí que habíamos acordado que yo no me inmiscuiría en ese tema.

– Eso no significa que no quieras saber en cuáles equipos estoy pensando –replicó el portero–. O quizás crees saber qué decisión he tomado y por eso no estás interesada en averiguarlo. Te conozco lo suficiente para saber que te vas a esperar a ver qué club elijo y simplemente decirle al que tengas más cerca: "¡Ya sabía yo que se iría a ese equipo!".

– ¡Soy muy capaz de hacer eso! –La doctora soltó una carcajada–. Pero te voy a ser sincera: no se me ocurre qué camino puedas escoger. No he querido ponerme a pensar en eso porque sólo me causaría más ansiedad.

– Entiendo. –Genzo se veía desilusionado–. Tenía teorías sobre cuáles equipos pudiste haber escogido para mí.

– Sí tengo varias opciones en mente, pero temo que si te hablo de eso suene como a la campaña de "¡Vente a jugar al Bayern Múnich!", que tanto ha apoyado Schneider en el último año, así que preferiría no contártelas. –Lily suspiró–. Porque creo que hay otros clubes en los que podría irte muy bien pero no te los voy a decir para no "venderte al enemigo". Además, conociéndote, se está dando una de dos situaciones aquí: o bien ya sabes a cuál equipo te irás y nos mantienes en suspenso porque eres un trol de primera, o no piensas estresarte por eso porque prefieres concentrarte en los Olímpicos y lo decidirás de último momento, así que considero innecesario quebrarse la cabeza por ese asunto cuando definitivamente tú no lo estás haciendo, Genzo Wakabayashi.

– Tú, doctora Del Valle, eres una mujer muy inteligente. –Genzo le palmeó la espalda con suavidad, al tiempo que la miraba con satisfacción y cierta admiración.

– Ya lo averiguaremos en su momento –puntualizó Lily.

Genzo recorrió con su mano la espalda de Lily hasta llegar a sus hombros y cuello, los cuales acarició con ligereza. Ella se giró hacia él para abrazarlo y esconder su cara en el pecho de su novio.

– Es tan agradable cuando puedo hacer esto –musitó la doctora, cerrando los ojos–. La sensación de calidez que me produces cuando me abrazas no tiene punto de comparación con otra cosa.

– Lo mismo digo –murmuró Genzo, agachándose para besarla.

Lily y Genzo se besaron durante un tiempo no definido para ellos, algo que bien pudieron ser unos cuantos minutos o un par de horas; el encontrarse en un refugio seguro, alejado de los paparazis, de directivos de clubes y de cualquier mirada indiscreta los impulsaba a querer desquitarse de los muchos días que tuvieron que estar separados y de los otros tantos más en los que tendrían que volver a estarlo. Era agradable para los dos el sentir el calor de los labios del otro, la suavidad de sus cabellos y la tibieza de su piel y saber que podrían fácilmente fundirse en uno solo, compartir cuerpo, corazón y el ardiente aliento. Lily se separó cuando sintió que gruesas gotas de lluvia comenzaban a caer sobre su cabeza, lamentando que tuvieran que interrumpir su sesión amorosa por culpa del clima.

– Me parece que tendremos que entrar, está empezando a llover –comentó ella.

– Sí, ya lo noté –replicó Genzo, mirándola a los ojos–. Aunque eso no significa que tengamos qué entrar.

Sin esperar a que ella dijese algo, él tomó el paraguas que había llevado consigo hasta la terraza y lo abrió, preservándolos del aguacero que se soltó en ese momento. Lily sonrió antes de que Genzo la besara de nuevo, abrazándolo con fuerza y pegándose a él lo más que pudo para protegerse, al tiempo que el portero la sostenía con una mano mientras que con la otra se aseguraba de que el paraguas los cubriera a ambos, aunque principalmente a ella. Y así, Genzo y Lily continuaron besándose bajo la lluvia, sin importarles lo que sucedía a su alrededor, mientras las gotas de agua golpeteaban suavemente sobre el paraguas que los resguardaba.

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Hamburgo.

El doctor Kliegman, jefe del cuerpo médico del equipo Hamburgo, revisó los últimos datos recabados del ultrasonido y las radiografías y movió la cabeza negativamente, dándole a Hermann Kaltz una idea de lo que iba a decirle.

– ¿Está muy mal mi tobillo, doctor? –preguntó el muchacho, preocupado–. A mi parecer he presentado alguna mejoría.

– Pues tu parecer anda muy mal, Kaltz, menos mal que no eres médico –replicó el doctor Kliegman, frunciendo el ceño–. Lamento decirlo pero no estás en condiciones de jugar el partido de la DFB-Pokal.

– ¿Qué? ¡No puede estar hablando en serio! –protestó Kaltz, apretando los puños–. ¡Es un juego eliminatorio sumamente importante y el equipo cuenta conmigo!

– Pues ya no más –negó el galeno, enérgico–. No puedo autorizar a que juegues en estas condiciones pues de lo contrario sufrirías una lesión seria que te hará perder el resto de la temporada e incluso podría afectar tu participación en los próximos Juegos Olímpicos de Madrid. ¿Estás seguro que eso es lo que deseas, Kaltz?

– No –admitió Hermann, pesaroso–. No creí que fuese algo tan severo…

– No lo es aún, por eso es que no vas a poder jugar –replicó el doctor Kliegman–. Ya he platicado esto con el entrenador Zeeman y no hay marcha atrás.

– Ni hablar.- Kaltz sabía que no había algo que pudiera hacer y cedió–. Usted tiene la última palabra, doctor.

– Es lo mejor para tu cuerpo y para tu carrera. –El doctor puso punto final al asunto–. Ya me lo agradecerás después.

Con el ánimo decaído, Kaltz salió del consultorio del galeno, guardando todavía la esperanza de que al final Zeeman se decidiera a incluirlo en el grupo que viajaría a Múnich aunque fuese como suplente. No fue así, por supuesto, pues el entrenador ya estaba enterado del reporte médico final, tal y como había dicho Kliegman, y le anunció a Hermann que no contaría con él para ese partido tan importante.

– Prefiero tenerte en buenas condiciones para las finales –señaló Zeeman–. Nos hará falta tu habilidad para clasificar a la Champions League del próximo año y ganar la DFB-Pokal de éste.

"Cuando Gen estaba aquí, la meta era quedar como líderes de la Bundesliga y vencer al viejo Schneider", pensó Kaltz, fastidiado. "Y ahora, a lo más, aspiramos a clasificar a la Champions, es decir, a quedar dentro de los primeros cuatro lugares de la tabla general. ¿Cuánto tiempo más tendremos que fingir que no sabemos ya que Gen tenía razón y que el juego de este hombre es mediocre?".

– Si ésa es su decisión, no me queda más remedio que acatarla –fue lo que contestó Kaltz, tratando de poner una expresión neutral–. De cualquier manera he decidido ya que viajaré a Múnich para ver el partido como espectador.

– Como quieras, eso es algo que yo no puedo ni quiero impedir. –Zeeman hizo un gesto vago con la mano–. Sólo no te pongas en riesgo durante el viaje.

– No lo haré –negó el joven, pensando en que un viaje en avión no le acarrearía tanto problema ni cansancio físico como sí lo haría uno por carretera o en tren.

"Demonios, ¡tenía tantas ganas de enfrentarme al viejo Schneider!", pensó Kaltz, ofuscado, mientras se dirigía de nuevo al campo de entrenamiento. "Quería cobrar venganza en nombre de Gen por la derrota que sufrimos en el Allianz Arena a inicios de temporada y ahora no voy a poder hacerlo". Lo único positivo de esta situación era que Hermann podría pasar más tiempo con Bárbara, pues al ir al partido como espectador le iba a poder dedicar todas las horas que tendría que haberle dado al equipo si iba como jugador.

Cuando llegó al campo se topó con Ëkdal, quien le lanzó una mirada de rabia contenida. Kaltz sabía que ese enojo derivaba de lo sucedido en la noche del festejo de los médicos becarios del Bayern Múnich por lo que le lanzó una mirada petulante, pues desde esa ocasión el noruego había tomado la precaución de no volver a dirigirle la palabra, cosa que, si bien a Hermann le favorecía a nivel personal, complicaba un poco el funcionamiento del equipo en el terreno de juego. Y es que si bien Kaltz solía dejar de lado sus rencillas personales por el bien del grupo, como buen alemán que era, Ëkdal era un hombre particularmente rencoroso y no podía (ni quería), dejar de lado sus problemas a la hora de jugar. En esta ocasión, sin embargo, Ëkdal no tenía intenciones de seguir aplicándole la ley del hielo a Kaltz pues al fin tenía un motivo para fastidiarlo.

– Escuché que por fin nos vamos a quitar a una piedra de encima –soltó Ëkdal, cuando Kaltz pasó a su lado–. Una piedra muy pesada que no hace más que correr como idiota de un lado a otro.

– No sabía que por fin te iban a mandar a la banca, Ëkdal –replicó Kaltz, presto–. Considerando que tú eres experto en correr de un lado a otro como idiota.

– Estaba hablando de ti. –La sonrisa petulante del noruego flaqueó–. Por fin podremos jugar bien ahora que ese imbécil de Wakabayashi y tú no estarán para arruinar las cosas. Alguien tiene que poner orden en este club y no serán ustedes quienes lo hagan. Ya era hora de que el entrenador se diera cuenta de que no se le puede confiar la portería a un hombre que no puede ni abrir bien los ojos por ser japonés.

– ¿Se supone que eso es un chiste o un insulto racial? –Kaltz bostezó–. Qué aburrido y mediocre de tu parte el tener que recurrir a estos trucos baratos, Ëkdal, pero si es lo que te hace sentir más hombre, adelante. Por suerte para Gen, él posee trucos mejores para demostrar que sí es un hombre de verdad y no uno que finge serlo, como tú comprenderás.

Iba Ëkdal a responder con palabrotas alzadas de tono pero en ese momento apareció Zeeman con cara de pocos amigos, lo que le quitó al noruego cualquier gana de replicar. Se veía claramente que el entrenador no estaba de humor y Hermann no pudo evitar preguntarse si eso se debería a las muchas críticas a las que había sido sometido el hombre en las últimas semanas.

"La afición nunca le va a perdonar que se haya desecho de Gen de la manera en la que lo hizo", pensó Kaltz, mientras Zeeman pasaba a su lado, sin mirarlo ni a él ni a Alder. "Es cierto que él ya había cerrado su ciclo, incluso los hinchas lo saben, pero no están de acuerdo con que Zeeman lo haya botado sin darle la oportunidad de cerrar un ciclo de tantos años con un partido, después de todo Gen fue una pieza clave en muchos de los torneos que ganó el Hamburgo".

Antes de entrar a la cancha, Zeeman miró de reojo a Ëkdal y le ordenó que se incorporara al equipo, a lo cual el noruego obedeció sin chistar. Kaltz, a su vez, se dispuso a observar desde la orilla pues ya no tenía autorizado el participar en el entrenamiento por culpa de su lesión. Una leve sensación de desánimo recorrió al alemán cuando vio las tácticas que Zeeman planeaba usar contra el Bayern, pues conocía a los Schneider y sabía que no podrían ser detenidos con las armas que planeaba usar el entrenador del Hamburgo.

"Para bien o para mal, ése ya no es mi problema", pensó Kaltz, viendo cómo Schwaizer dejaba escapar un tiro relativamente fácil. "No me queda más remedio que confiar en que, a la hora de la verdad, las cosas se equilibren un poco".

Más tarde, Kaltz se comunicó con Bárbara para darle las noticias mixtas: si bien no iba a poder jugar, sí podría ir a Múnich a verla. Ella entonces le aseguró que le compraría una entrada para que pudiera acompañarlos a ver el partido pero Hermann le dijo que ya había conseguido un palco y que tanto Bárbara como sus amigos estaban invitados a ir a él.

– ¡Vaya que te vas por lo grande cuando tienes que estar de espectador! –rio Bárbara–. Yo sólo pude ofrecerte un humilde asiento en la tribuna general.

– Pues andas conmigo por mi dinero, ¿no? –se mofó Kaltz–. Aprovéchalo entonces.

– Por supuesto que lo haré. –Ella le siguió el juego–. Hay que darle a Gunther Schäfer nuevos temas para hablar, seguro que se muere de las ganas de hacerlo.

– Sí, ¡cómo no! –Kaltz se echó a reír–. Y hablando de eso, ¿qué ha sido de ese imbécil, ya te dejó de molestar?

– Sí, lo hizo, después de llamarme "maldita zorra naranja" como veinte veces y de amenazarme otras dos –contestó Bárbara, aburrida–. Creo que en algún momento se dio cuenta de que así sólo empeoraba la situación e intentó disculparse pero lo bloqueé definitivamente. Las demandas contra él están en proceso y le va a caer el mundo encima cuando empiecen a llegarle los citatorios. ¡Voy a disfrutar esto como nunca, te lo puedo asegurar!

– Creo que todos lo haremos, es lo mínimo que ese tipejo se merece –asintió Kaltz, aliviado de que ese asunto de Blind estuviera resolviéndose al fin y sin problemas.

– Estamos de acuerdo, pero no quiero seguir hablando de eso. Lamento lo de tu tobillo pero te dije que, si no te cuidabas, esto podía pasar –lo reconvino Bárbara, aunque con voz dulce–. Pudo haber sido peor, de cualquier manera, al menos no te perderás el resto de la temporada.

– Supongo –suspiró Hermann, resignado–. Es lo mismo que me dijo el doctor Kliegman y creo que ambos tienen razón. Sólo espero que el equipo no se confíe demasiado y sepa cómo contener a Schneider, a Levin y a Sho. No va a ser fácil detenerlos, a Gen y a mí nos costó trabajo hacerlo y aún así no pudimos evitar que ellos nos ganaran.

– Seguro que algo se le ocurrirá a tu inteligente entrenador –replicó Bárbara, con un tono que Kaltz no supo definir si era o no de sarcasmo.

Ambos se pusieron de acuerdo para reunirse un día antes del partido, en Múnich, para pasear un poco y pasar tiempo juntos, aprovechando que Kaltz no tendría que estar encerrado con el resto del equipo. Bárbara prometió acudir al encuentro con una camiseta del Hamburgo que llevara su nombre y su número en el dorsal, y Hermann le prometió que se la conseguiría. Después de eso, ellos intercambiaron rumores, chismes y otros datos sin importancia hasta que Bárbara tuvo que despedirse. Al cortar la conversación por Skype, Kaltz pensó que, a pesar de su lesión, de verdad que era un hombre muy afortunado.

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Múnich.

Elieth bufó, frustrada, cuando escuchó el timbre del departamento. Confiaba en que estaría sola durante esa tarde y gran parte de la noche (sino era que toda la noche, dependiendo de lo que Genzo y Lily planearan hacer), para avanzar en un artículo en donde criticaba duramente a Zeeman por sus últimas malas decisiones, pero no lograba concentrarse lo suficiente. Su cerebro insistía en seguir pensando en Karl, por mucho que ella intentara evitarlo, y en lo mucho que lo extrañaba. Sí, era verdad que Schneider se había pasado de celoso y posesivo pero, tal y como Genzo se lo había dicho, también era cierto que el que Karl actuara así con ella era una muestra de lo mucho que la amaba. Lily había insistido también en que Elieth no tenía motivos para creer que Karl la "cambiaría" por una modelo o artista, porque él la quería por su personalidad y no por su fama ni por su físico, aunque la francesa no era lo que se consideraría una chica poco agraciada sino todo lo contrario. Elieth quería creer firmemente en las palabras de su mejor amiga, aceptar que Karl Heinz Schneider la amaba profundamente y sin reservas, pero su miedo a ser herida continuaba poniéndole trabas.

En estas meditaciones estaba cuando el timbre sonó; maldiciendo en francés, Elieth se dispuso a abrir la puerta, asombrándose cuando vio a un repartidor con una caja mediana de cartón, envuelta para regalo y que iba acompañada de una orquídea metida dentro de otra caja, aunque ésta era de plástico transparente.

– Entrega especial para la señorita Elieth Nicole Shanks –anunció el hombre.

Que el remitente usara su segundo nombre la desconcertó, pues ella rara vez lo mencionaba y sólo era del conocimiento de sus amigos más íntimos, pero cuando averiguó quién le había mandado las cosas, supuso que esa persona simplemente habló con alguien que sí conocía su nombre completo. Suspirando, Elieth abrió la caja envuelta para regalo (después de haber despedido al repartidor), y sacó un estuche pequeño forrado de terciopelo rojo oscuro y bordes de oro. Sin poder contener su curiosidad, a pesar de que tenía ganas de golpear al remitente, abrió el estuche y vio una preciosa pulsera hecha de plata, que lucía adornos esféricos decorados con finos brillantes en los colores azul, rojo y blanco, que escoltaban un corazón que tenía grabado el logo oficial del Bayern Múnich.

– ¡Oh, qué hermosa está! –exclamó Elieth, sin poder evitarlo–. ¡Karl Heinz Schneider, esto es trampa!

Al sacar el brazalete del estuche para probárselo, se cayó una pequeña tarjeta blanca, en la cual Karl había escrito de su puño y letra: "Für meine kleine Kaiserin (para mi pequeña Emperatriz). Ich liebe dich (te amo)".

Elieth quería seguir estando enojada con Karl durante un rato más pero en ese momento le parecía que iba a ser una cosa muy difícil de lograr.


Notas:

– Patrick Lorenz es un personaje creado por Elieth Schneider y pertenece a mi historia original "El Sonido del Silencio".

– La pulsera del Bayern Múnich existe y se vende en las tiendas oficiales del club pero la joyería Cavalli fue creada por Elieth.

– En el manga, Kaltz no se lesiona en esta parte de la historia ni tampoco existe el partido de la DFB-Pokal entre el Bayern y el Hamburgo.