Capítulo 50.
Múnich.
Marie Schneider se apresuró a recoger sus libros y su computadora portátil cuando el profesor anunció que se había terminado la clase. A duras penas le quedaría el tiempo suficiente para pasar a su casa a recoger la comida que había preparado en la mañana y salir a toda prisa con rumbo al hospital. Si llegaba tarde, Leonardo no tendría otra hora libre y ella se quedaría con las ganas de verlo ese día, y tendrían que pasar varias tardes antes de que sus horarios volvieran a coincidir. Desde que él había comenzado con sus estudios para convertirse en paramédico, Marie lo veía cada vez menos pero no le molestaba pues sabía que Leonardo estaba buscando superarse. Él por fin había encontrado su vocación y ella estaba feliz de poder ayudarlo, aunque fuese llevándole de comer cuando tenía la oportunidad de hacerlo.
– ¡Marie! ¿No quieres acompañarnos a…? –comenzó a decir una de sus compañeras, una pelirroja de cara pecosa, pero no alcanzó ni a terminar la frase.
– ¡Lo siento, hoy no puedo, será otro día! –la interrumpió Marie, al tiempo que echaba a correr por el pasillo–. ¡Nos vemos mañana!
La pelirroja y su vecina de asiento, una joven de cabello pajizo, intercambiaron miradas entre sí. Cerca de ellas, un par de chicos lanzaron suspiros mientras miraban a la joven fugitiva, quien a esas alturas ya se había convertido en un brillante punto amarillo y rosa.
– ¿Qué cosa tendrá que hacer tan urgentemente que ni siquiera pudo despedirse adecuadamente? –preguntó la pelirroja, asombrada–. Marie agarró la costumbre de desaparecer al acabar las clases cada determinados días sin avisar a dónde va.
– ¿No lo sabes, Jennell? Marie va a ver a su novio –contestó la chica de cabello pajizo–. Es un joven que trabaja como paramédico en el Hospital Universitario, por eso es que ella sale a toda prisa al acabar las clases pues debe llegar al hospital antes de que acabe el horario de descanso de ese chico.
– ¿Qué dices, Leyna? ¿Marie Schneider tiene novio? –las interrumpió entonces uno de los dos muchachos que había visto a Marie con ojos de enamorado–. ¿Cuándo demonios sucedió eso?
– Estaba a punto de preguntar lo mismo –coincidió una asombrada Jennell.
– Uy, Gilbert, andas atrasado en noticias, Marie lleva viendo a este paramédico desde hace bastante tiempo –explicó Leyna, la chica del cabello rubio pajizo–. ¿Cómo es que no te habías enterado?
– Yo sí sabía que estaba viendo a alguien mayor que ella pero no pensé que la cosa llegaría tan lejos –comentó Jennell, enroscándose en el dedo un mechón de pelo rojo–. Creí que no pasaría de un enamoramiento pasajero.
– ¡No puede ser! –exclamó el acongojado Gilbert–. ¡Llevo más de medio año buscando la manera de declarármele!
– ¿Y por qué tardaste tanto en hacerlo? –preguntó Jennell–. Ahora has perdido tu oportunidad por lerdo.
– No me tardé por gusto ni porque fuera lento, sino porque Marie es la hermana menor del Káiser de Alemania –replicó Gilbert–. Sí saben eso, ¿no?
– ¿Cómo no lo vamos a saber? ¡Si nos morimos de ganas de que nos presente a su hermano! Pero esa envidiosa quiere reservarlo sólo para él, con los deseos que tenemos de que se convierta en nuestra cuñada –señaló Leyna, con picardía.
– Por favor, si ese tipo de hombres sólo salen con modelos o actrices, chicas guapas de verdad, no mujeres estándar –se burló Gilbert, lo que ocasionó que las jóvenes lo golpearan con sus libros–. ¡Auch! ¡Era broma lo de las mujeres estándar, pero sí es verdad que los futbolistas sólo buscan mujeres famosas!
– Bueno, se dice que el Káiser es así, ¿no? Un mujeriego de cabo a rabo –suspiró Jennell–. ¿Qué más da que yo sea otra de tantas? Sólo quiero probarlo un poco.
– Ni que fuera paleta, no exageres. –Gilbert la miró con reprobación–. El caso es que Marie es la hermana del Káiser, y a éste se le respeta. Uno, que es un humilde mortal, no puede llegar tan campantemente a cortejar a la hermana del mejor futbolista que ha dado Alemania en décadas, así que estaba buscando la manera más adecuada de convencer a Schneider de que soy la mejor opción para Marie.
– ¿Pero qué tú ibas tras él o tras Marie? –se burló Leyna–. Ahora veo porqué te ganaron la partida, mientras tú buscabas la forma de impresionar al Káiser, otro prefirió enfocarse en ella. ¡Qué tonto eres! Pero así es la vida, mientras unos piensan que es difícil conseguir una fruta porque es "prohibida", otros estiran la mano y la toman sin preguntar.
– Ni modo, para la otra no te dejes intimidar por cosas como ésas. –Jenell palmeó la espalda del desconsolado Gilbert.
– ¡Pero no es justo! –protestó Gilbert–. ¡De verdad que me voy a molestar mucho si resulta que el novio de Marie es un Don Nadie!
– No seas envidioso, la culpa es tuya y de nadie más –replicó Leyna–. Deja que Marie sea feliz con quien supo conquistarla en vez de perder el tiempo tratando de seducir al hermano.
– Oye, que nunca dije que quisiera seducir a Schneider –reclamó Gilbert–. Aunque, si él así lo quiere, con gusto me sacrificaré por el bien de Alemania y me le entregaré sin protestar.
Las muchachas se miraron desconcertadas antes de echarse a reír. Mientras tanto Marie, ajena a esta plática, se apresuró a tomar el U-bahn para llegar a su casa, en donde Lorelei ya la estaba esperando con la comida, recién calentada y empaquetada adecuadamente en un recipiente, junto al cual había un termo con bebida y un paquete hecho con una servilleta de lino.
– Gracias, mamá. –Marie sonrió al ver que su madre le había ahorrado tiempo y trabajo–. Regreso más tarde.
– Vete con cuidado –asintió Lorelei–. Y salúdame a Leonardo, por favor.
Leonardo le había dicho varias veces a Marie que no quería que se sintiera obligada a llevarle algo de comer en sus descansos, pero desde que Rudy Frank contó que aquél rara vez comía adecuadamente debido a su trabajo, Marie se propuso cocinar para el mexicano los días en los que sus horarios coincidieran con los suyos, por mero gusto y no porque fuese una "obligación de mujer". Leonardo no lo decía, pero agradecía que ella se tomara tantas molestias por él y eso la chica podía verlo en su mirada, lo que la alentaba a seguir llevándole comida cada vez que tenía la oportunidad de hacerlo.
En el hospital, Leonardo iba saliendo del área de urgencias cuando vio a Marie sentada en la sala de espera; él sonrió ampliamente al dirigirse a ella para llevarla después a un sitio menos concurrido, una pequeña zona solitaria y con bancas a la que se llegaba pasando por el patio de las ambulancias, un área que no a mucha gente le gustaba visitar. Tras acomodarse en una de las bancas, Marie le ofreció a Leonardo el paquete que traía consigo y él se sonrojó de vergüenza y de gusto.
– Mamá te incluyó un pedazo de struddel junto con sus saludos –dijo Marie, refiriéndose al envoltorio hecho con la servilleta de lino–. Guardó dos trozos, uno para Elieth Shanks y otro para ti, espero que a ambos les guste.
– De verdad que me da mucha pena que me traigas de comer, va a decir tu madre que soy un muerto de hambre –comentó Leonardo, al tiempo que desenvolvía el paquete–. Y o sea, sí lo soy pero no quiero que lo piense.
– No digas eso, sabes que mamá no cree esas cosas tan feas que dices. –Marie frunció el ceño–. Deja ya de menospreciarte tanto, por favor.
– Lo digo en broma, no te lo tomes en serio –replicó él y le guiñó un ojo–. Lo cierto es que me siento Juan de las Pitayas, pero para no verme demasiado egocéntrico finjo que no es cierto.
– ¿Juan de las Pitayas? –repitió Marie, confundida–. ¿Qué o quién es eso?
– Es una manera mexicana de decir que alguien se siente muy verg… que se siente el mejor de todos –aclaró Leonardo, reprimiendo una risa–. No me considero inferior a tu familia, si es lo que estás pensando, sólo no deseo comportarme muy cínicamente con ellos.
– Y por eso te vas al otro extremo, ¿no? –Ella protestó–. ¿No puedes encontrar un término medio?
– Lo intentaré –prometió Leonardo, mientras se comía lo que ella le había preparado con tanto entusiasmo–. Después de que tu padre vino a hablar conmigo y a agradecerme por haberlos ayudado, supe que en verdad que a él no le importa que un hombre sea rico ni de alta alcurnia, le basta con que sea honrado y eso me dio esperanzas, aunque todavía me falta hablar con tu hermano.
– Karl también es de ese tipo de personas, no le interesa de dónde vienes sino hacia dónde te diriges –aseguró la alemana–. Así que no debes preocuparte, sólo enfócate en ser tú mismo.
– Creo que hacer eso me acarreará más problemas, considerando que por poco y me gano una paliza de tu padre por "ser yo mismo", pero en fin, habrá que intentarlo –suspiró el hombre–. ¿Cuándo crees que sea buena idea el hablar con tu hermano? Estas últimas semanas he estado ocupado pero no quiero dejar pasar más tiempo para hacerlo.
– No lo sé a ciencia cierta, Karl ha estado muy extraño últimamente y siempre dice que está muy atareado –respondió Marie, preocupada–. Primero pensé que se debía a los entrenamientos y a los próximos partidos que va a jugar pero he visto que papá no está tan estresado por esta situación así que no sé qué pensar. Les he preguntado directamente a los dos qué es lo que ocurre y sólo me dicen que "hay cosas que a mí no se me pueden decir", figúrate. ¡Odio cuando hacen eso! Sólo espero que no estén teniendo problemas otra vez con Blind y que no me estén mintiendo para encubrirlo porque sí que me voy a poner furiosa.
– No creo que el asunto vaya por ahí, quizás en verdad sólo están muy ocupados. –El mexicano le acarició una mejilla con ternura para tranquilizarla–. Cuando dicen que hay cosas que no se te pueden decir, probablemente están refiriéndose a todo lo que esté relacionado con el equipo en sí, acuérdate de que las técnicas y planes deben ser secretos para evitar fugas de información, y de todos modos hay cosas que tú no entenderías.
– Sí, ya lo sé, pero me frustra que me traten como si fuera una niña –bufó Marie–. Da igual, puedo preguntarle a Karl cuándo tendrá un día libre para que hables con él.
– Quizás lo mejor sea que le caiga de sorpresa, para no darle tiempo a reaccionar –sugirió Leonardo–. Todavía me llevo bien con los vigilantes de Säbener Straße y estoy seguro de que me dejarán pasar sin problemas. Lo que sí, tal vez debería de ir preparado con un fusil o algo por si tu hermano me reta a un duelo.
– Eres un tonto, ¿sabías? –La broma idiota consiguió que Marie dejara de preocuparse–. No será necesario, aunque tal vez te convendría llevar un protector para el abdomen. Ya sabes, por si decide lanzarte su Fire Shot.
– Para el abdomen y para otro par de cosas más –protestó Leonardo, aunque después se echó a reír–. ¡Es bueno saberlo!
– Y dime, ¿has pensado ya en cuándo vas a comunicarte con tus padres otra vez? –preguntó Marie, como quien no quiere la cosa.
– ¿Qué? –Leonardo casi se atragantó–. ¿Para qué querría comunicarme con mis padres?
– Para que sepan que estás bien y que estás estudiando una carrera –contestó Marie, con naturalidad–. Merecen saberlo, después de todo son tus papás.
– Ahhh… –Él no supo qué decir–. Me estás tendiendo una trampa, ¿verdad?
– Quizás –admitió ella, encogiéndose de hombros–. Pero estoy segura de que a ellos les agradará saber de ti, sobre todo a tu padre.
– Pero ya saben que estoy bien, Lily les ha estado contando lo que estoy haciendo aquí –replicó Leonardo, sin dar su brazo a torcer.
– Sí, pero sería mucho mejor si lo supieran directamente de ti, ¿no crees? –insistió la muchacha–. Sé que no tuviste la mejor de las despedidas con tu papá pero creo que ya pasó el tiempo suficiente para que los ánimos se calmaran entre ustedes, quizás él esté tan ansioso como tú de hacer las paces.
– ¿Quién te dice que estoy ansioso de hacer las paces, pequeña tramposa? –preguntó Leonardo, con inquietud–. ¿De dónde sacas esa idea?
– Del hecho de que me dijiste que no quieres que cometa con mi padre el mismo error que hiciste con el tuyo –explicó Marie–. Me quedó muy en claro que estás arrepentido y que no sabes cómo solucionar las cosas con tu papá.
– No es lo que tú crees, sólo lo dije para convencerte –protestó el joven abochornado–. ¡No empieces a imaginar cosas que no son!
– Yo creo que sí lo son pero, como buen hombre que eres, no lo deseas admitir. –Marie lo miró con ternura.
– Estás acorralándome sutilmente para que vaya a donde tú quieras, fräulein –bufó el joven–. No es justo, porque crees que vas a convencerme con tu carita de muñeca pero no lo vas a conseguir.
– ¿Estás seguro? Puede que sí lo haga, después de todo soy muy persuasiva. –Ella lo miró con una sonrisa dulce–. Vamos, Leo, quiero conocer a mis futuros suegros, pero por sobre todo quiero que sepan que su hijo está luchando arduamente para alcanzar sus sueños.
– ¡Ya basta, Marie Schneider! –pidió Leonardo, ruborizado–. ¡Prometo que voy a pensarlo pero ya deja de manipularme!
– Muy bien –aceptó ella, con una expresión triunfal en el rostro–. Pero no tardes tanto pensándolo porque volveré a insistir si dejas pasar mucho tiempo sin hacer algo.
– Ya, de acuerdo –cedió él, derrotado–. Hablaré primero con mi hermana para tantear terreno y después le llamaré a mi padre. ¿Estás conforme?
– Mucho. –Marie se estiró y lo besó en la mejilla–. Así como tú me ayudaste a reconciliarme con mi padre, yo te ayudaré a hacerlo con el tuyo. Estoy segura de que el doctor Del Valle es un buen hombre, a pesar de que aparente ser muy estricto.
– Si tú lo dices. –Leonardo suspiró y sonrió–. ¿También vas a querer que le hable a mi otra hermana para presentártela? Sería más fácil que la conocieras a ella, pues se encarga de poner tras las rejas a todos los criminales de París.
– No sabía que Lara es policía –señaló Marie, asombrada.
– Más que policía, es agente de la Interpol –explicó Leonardo–. Es básicamente lo mismo pero ella quiere creer que tiene más nivel que un policía promedio.
Marie habló entonces de Eva y de su trabajo como modelo, dejando muy en claro que admiraba a su hermana mayor por su independencia y por su seguridad en sí misma, y que le gustaría mucho poder ser como ella, a lo que Leonardo respondió que Marie también era independiente y segura. La chica comentó entonces que le gustaría ir a Italia para ver a Eva y Leonardo le prometió que algún día la llevaría. Después, él le mostró con orgullo la calificación de su examen, la segunda nota más alta de su clase, lo que Marie celebró con mucho entusiasmo. A esas alturas, ambos sabían que, más que sacar una calificación perfecta, lo que importaba era el conocimiento aprendido durante la prueba y Leonardo estaba demostrando ser un paramédico con mucho potencial.
– Quizás, con un poco de suerte, podrías obtener después un puesto de paramédico en el Allianz Arena –dijo Marie–. Seguro que tendrás mucho trabajo si Genzo Wakabayashi se decide a jugar para el Bayern, él mínimo se lastima una vez por semana.
– Si mi hermana te oye decir eso, te cuelga. –Leonardo soltó una carcajada–. Aunque tienes mucha razón.
Rato después, cuando Marie tuvo que irse, Leonardo se dijo que pronto tendría que buscar a Karl para charlar seriamente con él, pues comenzaba a incubar la idea de tener algo mucho más formal que un noviazgo con Marie; era altamente probable que el Káiser lo quisiera moler a patadas en cuanto se enterara, pero Leonardo se dijo que ella bien valía todas las fracturas del mundo.
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Shunko Sho sentía que no había pasado suficiente tiempo a solas con su abuelo, lo cual se debía en gran parte a los compromisos que tenía con el Bayern, por lo que buscó una manera de dedicarle toda una tarde, sin tener otros invitados presentes. El abuelo Huan-Yue aseguraba que se la estaba pasando muy bien en Alemania, conociendo más sobre la cultura occidental que tan amablemente había acogido a su nieto. Sin embargo, el hombre rara vez hablaba de Nela, a pesar de que ella pasaba más tiempo con él que el propio Shunko. Éste se preguntaba constantemente cuál era el problema en sí con la joven, pues ella había hecho las cosas de manera correcta con el abuelo Huan-Yue, dentro de lo que cabía, y Sho se resistía a creer que el asunto se resumiese a un simple rechazo por cuestiones de raza. Él conocía bien la historia del repudio de los Wakabayashi hacia Lily por ser extranjera y se había sentido orgulloso de decir que su abuelo no haría lo mismo con Nela, pero conforme pasaban los días y ella no conseguía que aquél la aceptase, Shunko comenzaba a preguntarse, con dolorosa decepción, si lo que en verdad le molestaba a su abuelo con respecto a su novia es que ésta no fuese china.
Esta situación era tan confusa para la pareja como la presencia del mismo Duke/Food: si bien el abuelo Huan-Yue aseguró que lo recogió en el aeropuerto para que sirviera de platillo principal en alguna suculenta comida, Shunko insistía en creer que era una broma pero Nela decía que en las palabras del abuelo había algo de verdad. Sin embargo, a pesar de que el hombre seguía soltando comentarios acerca de que ese gato haría un buen estofado, al final los tres se acostumbraron a verlo como un miembro más de la familia.
En cualquier caso, Sho aprovechó una tarde libre para pasar tiempo a solas con su abuelo, algo que Nela aprobó con muy mal fingido alivio ya que necesitaba descansar un poco de la constante presión que Huan-Yue ejercía sobre ella. Shunko pensó detenidamente a dónde podría llevar a su abuelo a pasear y, tras mucho cavilar, decidió que la mejor opción sería que se quedaran en su departamento a tomar té. Huan-Yue comentó que le agradaba ver que su nieto seguía manteniendo la costumbre de preparar la bebida con hojas en vez de recurrir a las horrendas bolsas de té que tanto gustaban en la cultura occidental.
– Que me haya venido a Alemania no significa que voy a dejar de lado mis tradiciones, abuelo –señaló Sho, con mucho tacto pues sabía que cualquier paso en falso podría ser grave–. Es cierto que estoy abierto a modernizarme en algunos ámbitos, pero en otros sigo siendo tan chino como la pólvora.
– Es bueno saberlo, Junguang –aceptó el hombre mayor–. No me molesta que adquieras otras costumbres, siempre y cuando no afecten tu identidad.
Durante un rato se quedaron sin decir nada, saboreando el delicioso té. Shunko no tenía idea de cómo continuar la conversación, pero recordó el dicho de su abuelo de que las cosas, mientras más se presionan, menos salen y que todo ocurre en su debido momento, así que dejó que el tiempo transcurriera tranquilamente, a la espera de que a su mente llegaran las palabras adecuadas. Sin embargo, su abuelo hizo gala de su sabiduría y de su vasta experiencia, mucho mayores que las que podría tener su nieto, y abordó directamente el tema sin tapujos.
– ¿Y bien, Junguang? –soltó el hombre, con voz pausada–. ¿Cuándo vas a decirme qué es eso que tanto te aqueja?
– Pensaba hacerlo cuando me sintiera preparado para ello –respondió Shunko, ocultando muy bien su sorpresa–. No pensé que fuesen tan evidentes mis deseos de hablar contigo, abuelo.
– Es algo que quieres hacer desde hace tiempo, lo sé bien porque conozco tus actitudes y en la última media hora no has hecho más que revolver inútilmente el té –replicó Huan-Yue–. Tu habitual tranquilidad ha sido alterada y eso se debe a que estás inconforme con algo, ¿no es así?
– No sé si inconforme sea la palabra, me conformo con inquieto –confesó Shunko–. Quiero hablar contigo sobre Nela.
– Ya lo veía venir –aceptó el abuelo, con una sonrisa misteriosa–. ¿Qué es lo que tanto te inquieta sobre ella?
– No es sobre ella en sí sino más bien la actitud que has tomado con respecto a ella –rectificó Sho–. Antes de venir aquí no parecías estar en contra de que yo anduviese con una extranjera, pero ahora…
El joven se detuvo porque no supo cómo continuar, dado que no quería bajo ningún concepto el ofender a su abuelo ni ser irrespetuoso con él, lo amaba y lo respetaba demasiado como para hacerlo, pero Huan-Yue sabía bien qué era lo que pasaba por la mente de su nieto y lo animó con un gesto.
– Pero ahora sientes que estoy en contra –continuó el hombre mayor–. Sino fuera así, ni siquiera habría un motivo de inquietud por parte tuya.
– No sé si estás en contra de que esté con ella o es que hay algo en Nela que no te agrada –continuó Sho–. Quisiera decir que son imaginaciones mías pero conozco tu carácter, abuelo, y sé que no sueles ser tan exigente y analítico con las personas como lo estás siendo con ella. ¿Qué ves en Nela que no te gusta?
– Sólo quiero conocerla a fondo y saber con qué clase de mujer se está metiendo mi único nieto –contestó Huan-Yue, sin inmutarse–. Dices que a otras personas no las he tratado así pero eso fue porque ninguna de ellas ha sido tu pareja sentimental, Junguang, así que no me interesaba ser tan analítico. Ahora me gustaría que tú me respondieras la pregunta que acabas de hacerme: ¿Qué ves en ella que no te agrade?
– ¿Eh? –Sho parpadeó, confundido–. Pues… eh…
– No me vayas a responder que no hay algo en ella que te moleste porque, aparte de mentir, estarías cometiendo un error grande –lo regañó el hombre–. Ninguna relación es perfecta así como ningún humano lo es, todos tenemos nuestros fallos y el no verlos ni ser analíticos con los defectos de nuestras parejas nos acarreará decepciones dolorosas en el futuro, cuando llegue el golpe de la realidad.
– No pensaba decir que Nela no tiene defectos porque, efectivamente, te estaría mintiendo –admitió Shunko; Food apareció de quién sabe dónde, se estiró con ganas y fue a echarse a sus pies–. Pero sí estaba por decirte que, a pesar de que tiene sus defectos, no son lo suficientemente fuertes como para opacar sus virtudes. Viéndola todo en conjunto, para mí importan y destacan más sus cualidades que sus malas manías, quizás por eso es que no me fue tan fácil decir de primera intención qué es lo que me disgusta de ella.
– Continúa –pidió el abuelo, sumamente interesado.
– Nela es muy dada a meterse en donde no la llaman, aunque yo soy igual, y se preocupa demasiado por asuntos sin importancia –siguió hablando el chino, ya sin titubear–. Es perfeccionista en extremo, lo cual puede considerarse como virtud mientras no se convierta en un obsesión, además de que se toma las cosas demasiado en serio. Pero nada de eso es muy grave, al menos no para mí, porque Nela es una mujer increíble. Es inteligente, segura de sí misma, directa y honesta. Y cariñosa, aunque no lo demuestre abiertamente. Le gusta tener los pies sobre la Tierra, lo que la hace buena contraparte para un soñador como yo.
– Todo eso me parece muy bien pero, ¿estás consciente de que para ella no es una prioridad el formar una familia? –insistió el abuelo, quien se mantuvo imperturbable a pesar de las elocuentes palabras de su nieto–. Ella me ha dejado en claro que su carrera está por encima de muchas cosas, quizás incluso que de ti mismo. ¿Qué harás cuando se vea en la disyuntiva de tener que decidir entre sus estudios y tú, y no seas tú lo que escoja, hijo mío?
Shunko se tomó su tiempo para volver a hablar, no porque no supiera qué decir sino porque quería hacerlo adecuadamente; él ya había tocado ese punto con Nela y habían llegado a una especie de acuerdo que para ellos resultaba muy bien, pero que quizás para su abuelo no sería tan bueno. En ese instante, Food se levantó, volvió a estirarse y trepó de un salto a las piernas del joven, quien lo acarició con mucho gusto, parecía como si el felino pretendiera darle ánimos a su amo.
– Desde el comienzo de nuestra relación, Nela dejó muy en claro que se ha esforzado mucho para llegar al punto en el que está en su carrera y que no deseaba cambiarlo por una relación –dijo Shunko, con cautela–. Y yo estuve de acuerdo porque al fin y al cabo es la misma situación en la que me encuentro yo. No dejé China y me vine a Alemania para acabar casándome y teniendo hijos, eso es algo que puedo hacer allá, si vine hasta aquí es porque quiero jugar fútbol y ser el mejor. Y cosas como el matrimonio y los hijos pueden entorpecer ese sueño, aunque lo harían más con ella que conmigo. No te estoy diciendo que no quiero casarme ni tener hijos sino que no quiero hacerlo por ahora, de manera que me parece muy bien que Nela tampoco lo desee. ¿No me dices constantemente que para todo llegará su momento?
– Sí, eso es verdad. –Al fin, una sonrisa ligera apareció en el rostro del abuelo Huan-Yue–. Es bueno saber que eres lo suficientemente maduro como para usar mis propias enseñanzas contra mí.
– No pretendí faltarte al respeto, abuelo –se apresuró a añadir el joven–. No hay persona en el mundo a la que respete más que a ti ni a la que valore más; siempre estaré agradecido de que me hayas criado y enseñado lo mejor de ti cuando mis padres murieron.
– No me faltaste al respeto. –El hombre mayor lo miró con todo el cariño que le había prodigado durante tantos años–. Sólo quiero que seas feliz, Junguang, eso es todo, pero supongo que la vida cambia, lo viejo siempre da paso a lo nuevo, la gente ya usa a los gatos como mascotas en vez de alimento y las mujeres ya no se casan ni tienen hijos.
– ¿Eso es malo? –preguntó Shunko, acariciando la barbilla de Food.
– El cambio es inevitable, al igual que la Muerte –fue la enigmática respuesta del abuelo Huan-Yue.
Algo en su actitud le hizo saber a Shunko que la charla había concluido y él no sabía qué pensar al respecto. Huan-Yue no aclaró en ningún momento si aceptaba o no a Nela como pareja de su nieto, ni tampoco dijo qué era lo que le molestaba en sí de ella. Sin embargo, Shunko sacó la conclusión de que no era un caso de discriminación racial "inversa" sino más bien el de una persona mayor rechazando las ideas de la juventud. ¿Sería que al final el abuelo Huan-Yue acabaría aceptando la nueva tendencia que tenían los jóvenes de no casarse, o la falta de un compromiso serio sería un factor importante para el rechazo definitivo del hombre hacia Nela? Con cierta desazón, Shunko se dio cuenta de que no le quedaba mucho tiempo para averiguarlo, pues estaba cerca ya el día en el que su abuelo regresaría a China.
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Tokio.
Hana Aizawa suspiró para tratar de eliminar la sensación de opresión que tenía en el pecho. Estaba a punto de comenzar la rueda de prensa de la Selección Sub-23 de Japón, previa a la segunda ronda de las preliminares asiáticas para clasificar a los Juegos Olímpicos de Madrid y la expectativa estaba al máximo. Los rumores decían que Kozo Kira insistiría en su idea de no convocar a los jugadores que estaban en el extranjero, lo que había despertado la inquietud de más de un analista deportivo, pues consideraban que Japón no podría pasar con éxito la difícil ronda clasificatoria sin el apoyo de sus grandes estrellas. Y con esto, por supuesto, se referían específicamente a Tsubasa Ozhora y a Kojiro Hyuga, ya que a nadie le importan personajes como Tomeya Akai y Shingo Aoi.
– El entrenador Kozo Kira, de la Selección Sub-23 de Japón, va a anunciar a los veintitrés jugadores convocados para jugar las preliminares asiáticas, con miras a clasificar a los Juegos Olímpicos de Madrid –dijo Hana, con voz firme y clara a pesar de sus nervios–. Les pedimos atentamente que guarden silencio y que dejen las preguntas para el final.
La asistente se hizo a un lado para dejar al técnico a cargo de los micrófonos. Kira contempló fijamente a los reporteros, muchos de los cuales lo atacaban con sus flashes y con sus miradas de duda, antes de decidirse a hablar, creando una pausa dramática que quedó acorde con la solemnidad del evento.
– Bien, éstos serán los veintitrés miembros del equipo Sub-23 de Japón –anunció Kira.- Comenzaré nombrando a los porteros: el primer convocado es Genzo Wakabayashi.
Un murmullo de sorpresa se dejó escuchar tras este anuncio, pues la convocatoria de Genzo Wakabayashi rompía con el esquema que había anunciado Kira de no llamar a los jugadores que estaban en el extranjero. La mayoría de los periodistas intercambiaron miradas entre sí, una cosa era que el SGGK se hubiese unido al equipo para los partidos amistosos y otra muy diferente era que jugara los encuentros oficiales eliminatorios.
– Silencio, por favor. –La voz de Hana, fuerte y decidida, se impuso ante las de los demás–. El entrenador Kira había dicho que no tenía la intención de convocar para las preliminares a los futbolistas que estuviesen militando fuera de Japón, pero ha decidido hacer una excepción con Wakabayashi debido a que él ya no pertenece a la plantilla activa del Hamburgo y por tanto no está jugando por el momento en Europa.
Con esta explicación, los reporteros quedaron convencidos; si de cualquier manera el SGGK no iba a jugar en Alemania, era mejor que lo hiciera con su Selección en vez de estar desperdiciando su talento futbolístico en las gradas.
– Que Wakabayashi se una al equipo es algo importante, pues sin lugar a dudas el poder defensivo de Japón incrementará con su presencia –comentó uno de los periodistas, visiblemente emocionado.
– Los otros dos guardametas serán Ken Wakashimazu y Yuzo Morisaki –continuó Kira, como si nada hubiese ocurrido–. Con respecto a Wakashimazu, él también fue registrado como delantero; de esta manera, él podrá llevar a cabo sus dos modos de juego, es decir, como portero y como delantero.
La mayoría de los presentes aprobaron la decisión del técnico con sendos movimientos de cabeza, aunque hubo un par de personas que no consideraron que fuese buena idea el confiarse al cien por ciento en Wakabayashi como portero, pues una lesión o expulsión podrían poner en riesgo la seguridad de la portería japonesa (porque tener a Morisaki en el arco es lo mismo que no tener guardameta); sin embargo, nadie protestó en esta ocasión. Hana suspiró por lo bajo, aliviada de que no se hubiesen puesto objeciones con respecto a Ken.
– Los defensas serán Ryo Ishizaki, Makoto Soda, Mamoru Izawa, Hanji Urabe, Takeshi Kishida, Shingo Takasugi y Gakuto Igawa –anunció Kira–. Los mediocampistas convocados son Taro Misaki, Jun Misugi, Hikaru Matsuyama, Masao y Kazuo Tachibana, Kotaru Furukawa, Shinnosuke Kasami (N/A: a estos dos nomás en su casa los conocen), Mitsuru Sano y Takeshi Sawada.
– ¡Ohh! ¡Takeshi Sawada ha hecho el salto de la Selección Sub-20 a la Preolímpica! –exclamó un periodista, asombrado.
– No es para sorprender, considerando que Sawada ha sido discípulo del entrenador Kira desde que aquél estaba en primaria –replicó su compañero de asiento–. Era obvio que iba a considerarlo para esta promoción.
– Por último. –Kira carraspeó antes de seguir–. Nombraré a los delanteros: Shun Nitta, Kazuki Sorimachi, Teppei Kisugi y Hajime Taki. Éstos son los veintitrés convocados para jugar las preliminares asiáticas con el objetivo de conseguir la clasificación a los Juegos Olímpicos de Madrid. Como he expresado ya con anterioridad, tengo fe en que este equipo logrará obtener su boleto para la justa olímpica, aún cuando no cuente con el apoyo de los jugadores que están en el extranjero.
Los reporteros comenzaron a pedir turno para poder realizarle preguntas al técnico, aunque no había muchas dudas por aclarar. Cuando la conferencia terminó, cada periodista que estuvo presente se apresuró a dar a conocer la noticia al mundo, porque en esta serie la Selección de Japón es tan popular que la mayoría de los aficionados al fútbol sólo quieren enterarse de lo que sucede con este equipo.
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Reggio Emilia.
Maki Akamine terminó de leer la lista de los convocados de la Selección Sub-23 de Japón, en la versión en línea del periódico que ella solía comprar, y experimentó cierto interés mezclado con sorpresa pues no vio el nombre de Kojiro Hyuga ahí. La muchacha no estaba enterada de la decisión del entrenador Kira pues los últimos meses fueron muy duros para ella y estuvo desconectada de cualquier cosa que no fuera el softbol, el deporte que practicaba. Maki también tenía el sueño de ir a los Olímpicos de Madrid y ganar la medalla de oro para Japón junto a su equipo, de manera que no estaba enterada de las últimas noticias de la Selección Japonesa de Fútbol.
– ¿Por qué no te han mandado llamar en esta ocasión? –le preguntó la chica al mismísimo Hyuga, quien se encontraba tomándose una Coca Cola en lata junto a la ventana de la habitación en la que se encontraban.
– Porque el entrenador Kira desea clasificar a los Olímpicos sin la ayuda de los japoneses que juegan en el extranjero, entre los cuales me incluyo. –Kojiro, que había estado bebiendo con los ojos cerrados, abrió uno para mirar a la chica–. ¿No te lo había comentado ya?
– Quizás, pero confieso que, de ser así, no lo recuerdo. –Maki se ruborizó–. He estado muy ocupada últimamente y…
– Ya, no lo digas, no es necesario que te justifiques –la cortó Hyuga, dejando la lata de refresco a un lado–. Tuviste unos meses difíciles, es normal que andes atrasada en noticias.
En esos momentos, ambos se encontraban en la habitación de la pequeña posada en la que Maki se estaba hospedando durante su visita a la ciudad italiana de Reggio Emilia. Ella se había trasladado hasta Italia para tomarse unas vacaciones y ver a Kojiro Hyuga, quien a esas alturas ya era su novio formal; él, que no supo del viaje sino hasta que ella estaba ya en tierras italianas, se mostró encantado de recibirla, pues debido a sus respectivas carreras (él con el fútbol, ella con el softbol), no habían tenido mucho tiempo para verse. Por fortuna, tras conseguir la clasificación a los Olímpicos de Madrid, Maki obtuvo una pequeña suma de dinero para poder irse de vacaciones a Europa, negándose a recibir cualquier clase de apoyo monetario por parte de Kojiro ya que ella sabía que la mayor parte de su dinero se ocupaba en ayudar a la familia que él dejó en Japón.
– Aún así me siento mal por no estar al tanto de lo que te ocurre, Kojiro –insistió Maki, tras un breve titubeo. Ella llevaba poco tiempo llamándolo por su nombre de pila y todavía se cohibía al hacerlo–. El softbol me consumió por completo.
– Pero valió la pena, ¿no es así? Ayudaste a que Japón se clasificara en ese deporte y eso hace que me sienta muy orgulloso de ti, Maki Akamine –replicó Hyuga, mirándola con ternura–. ¿Quién diría que esa niña impertinente de Okinawa se convertiría en una gran atleta?
– No te burles de mí –balbuceó Maki, poniéndose más roja todavía–. No creo haber hecho gran cosa…
– No estoy bromeando, lo dije en serio. No comiences a menospreciarte, que sabes que eres una pieza importante del equipo –la amonestó él–. Quedamos en que los dos nos íbamos a esforzar al máximo y que obtendríamos la medalla de oro para Japón, no lo olvides.
– Nunca podría hacerlo –replicó ella, tras lo cual le sonrió–. Pero dime una cosa: ¿De verdad no te incomoda el no jugar las preliminares asiáticas? Yo me habría puesto muy nerviosa si no me hubiesen permitido jugar los partidos clasificatorios.
– No, de verdad que no me afecta –negó Kojiro, tomando la lata de refresco, ya casi vacía–. Confío plenamente en el entrenador Kira y sé que él llevará al equipo a Madrid. Además, no se te olvide que yo tengo el deber de jugar el partido que definirá si el Reggiana subirá de la Serie C a la Serie B del Calcio, está en mis manos el conseguir la victoria que necesita el equipo.
Debido al estrepitoso fracaso que tuvo Kojiro Hyuga con el primer equipo italiano que lo acogió, la Juventus FC, él fue cedido a préstamo al club AC Reggiana (N/A: actualmente llamado Reggio Audace FC), un equipo de la Serie C que estuvo más dispuesto a utilizarlo en sus esquemas de juego y que le dio la oportunidad de demostrar su valía en Europa. Hyuga había aprendido mucho del fútbol europeo gracias al Reggiana y quería pagarle el favor consiguiendo que ascendiera de la Serie C a la B, aunque para eso tendría que ganarle al equipo FC Albese, en el que casualmente militaba un compatriota suyo al que conocía muy bien, Shingo Aoi. Mientras se terminaba el refresco de un solo trago, Kojiro pensó que, si conseguía que el Reggiana subiera de nivel en el Calcio, demostraría que había mejorado con respecto a su desastroso debut en la Juventus.
– Sé que lo conseguirás, no me queda la menor duda –aseguró Maki, quien a pesar de sus palabras hizo una mueca de disgusto al ver cómo Hyuga se terminaba su tercera lata de refresco del día–. Aunque si sigues tomando eso no podrás jugar ni siquiera cinco minutos, tus riñones enfermos no te permitirán levantarte de la cama del hospital.
– ¡Ey, no me digas esas cosas! –protestó Hyuga, frunciendo el ceño de una manera tan cómica que Maki se echó a reír.
Kojiro aventó la lata vacía al cesto de basura, tras lo cual se separó de la ventana para acercarse a Maki; ella corrió a su encuentro y permitió que él la envolviera con sus brazos, soltando una risilla nerviosa cuando Kojiro le sugirió que pasaran a la cama. Ella le respondió que primero quería pasear por la ciudad, algo con lo que él estuvo de acuerdo pues quería mostrarle a su chica los lugares que él frecuentaba, como su restaurante italiano favorito, así que el sexo podía esperar por unas cuantas horas más; mientras aguardaba a que Maki acabara de alistarse, Kojiro le echó un vistazo a la nota que ella había estado leyendo y esbozó una media sonrisa. El desafío de las preliminares asiáticas al que estaba por enfrentarse Japón sería una buena manera de demostrar que Kozo Kira tenía todo lo necesario para llevar al equipo a ganar la medalla de oro en Madrid.
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Múnich.
La cita entre Karl Heinz Schneider y Hedy Lims, que inicialmente estaba fechada para un viernes, tuvo que ser reprogramada debido a un error. Se suponía que el partido de la Bundesliga de esa semana tendría lugar un domingo, de acuerdo al calendario que el directivo de la Paulaner le mostró a Rudy Frank, pero al parecer dicho almanaque tenía un error porque, cuando el entrenador verificó su propio calendario debido a que los días no le cuadraban, se dio cuenta de que el partido estaba programado para el sábado y no para el domingo. Rudy Frank se comunicó inmediatamente con la Paulaner con la esperanza de que se cancelara la cita y se reprogramara para más adelante, lo cual quizás le daría tiempo a Otto Heffner para detenerla, pero sufrió una decepción mayúscula cuando el representante de la cervecera se comunicó con él media hora después para decirle que la señorita Lims con gusto movería la cita para el jueves. Y era que la modelo tenía ya programada una entrevista con una conocida revista de chismes en donde hablaría de esa cena y, si ésta se movía para una fecha posterior, no podría tratar ese tema. Conseguir otra audiencia con el tabloide no era opción, pues Hedy quemó todos sus favores para que le dieran un espacio, por lo que prefirió mover sus otros compromisos con tal de no dejar escapar la oportunidad.
Así pues, Rudy Frank tuvo que decirle a su hijo que no sólo no podría librarse de la cita sino tendría que adelantarla una noche. Karl, que había estado contando con ese día extra para hablar con Elieth, se desesperó cuando se enteró de que ya no lo tendría y momentáneamente no supo qué hacer. La Lims no podía haber escogido peor momento para programar esa cena ya que el equipo tenía varios compromisos importantes en esos días, como el partido contra el Hamburgo de la DFB-Pokal que estaba agendado para el martes de la siguiente semana, de manera que Schneider no contaba con mucho tiempo libre. Karl estuvo tentado a pedirle al representante de la Paulaner que moviera la cena para el domingo, pero ese día lo necesitaría para reponer energías para el partido del martes, así que no era una opción viable. La única salida posible era que Karl hablara cuanto antes con Elieth, aunque por los horarios complicados de ambos iba a resultarle muy difícil.
Así pues, el delantero alemán intentó localizar a Elieth un día antes de la cena, aprovechando cualquier pretexto para escapar del entrenamiento; sin embargo, él no la encontró por los lugares en los que ella podría estar y se preocupó. Si bien Elieth le envió una nota de agradecimiento por la pulsera, no había contestado aún los mensajes que Karl le envió por Whatsapp, lo que le daba a entender que ella no estaba todavía muy dispuesta a perdonarlo aunque iba en camino de hacerlo. El no encontrarla por ningún lado comenzó a inquietar al alemán. ¿Se habría enfermado? Schneider buscó entonces a Lily para preguntarle pero ese día ella estaba trabajando con el equipo femenil y por tanto no se encontraba en los terrenos de Säbener Straße, así que no pudo esclarecer esa duda. Al fin, tras buscar por tres cuartos de hora a la reportera, Karl se topó con el jefe del departamento de prensa del Bayern Múnich, quien le informó que la francesa no había acudido ese día a Säbener Straße por la sencilla razón de que no era un día de trabajo para ella. Schneider maldijo por lo bajo y trató de llamarle por teléfono, pero Elieth no respondió.
– ¿Por qué tengo el presentimiento de que esto va a terminar mal? –bufó Karl, cuando la décima llamada se desvió al buzón de voz debido a que la línea estaba ocupada–. Bueno, no, es seguro que esto va a terminar mal, la pregunta en todo caso sería si esto va a terminar peor de lo que creo que lo hará.
Mientras se apresuraba a volver al entrenamiento, Schneider decidió que seguiría intentando contactar a Elieth el resto del día y también por la mañana del siguiente, a pesar de que sabía que ella se enojaría muchísimo más si él le hablaba de la cena el mismo día en el que ésta estaba programada. Además, se dijo que, como medida desesperada, le dejaría un mensaje de voz diciéndole que le urgía hablar con ella si no lograba contactarla para el anochecer.
Lo que Karl no sabía era que Elieth no contestaba el teléfono no sólo porque estuviese enojada con él (cosa que para esas alturas ya no lo estaba, o por lo menos no tanto), sino porque su padre, el embajador de Francia en Alemania, estaba planeando hacer una visita al consulado francés en Múnich el fin de semana y ella estaba muy ocupada combinando los preparativos que debía hacer para recibir a su papá con sus trabajos como corresponsal del Bayern y como redactora de Sport Heute. El teléfono de la joven sonaba cada cinco minutos y por eso fue que Karl no consiguió contactarla, y el mensaje de voz que éste le dejó se perdió entre otros tantos que le enviaron Marcel Dubois, el cónsul francés, y Rémy Shanks. Quizás, si la cena se hubiese llevado a cabo el viernes, Karl habría encontrado un pequeño hueco en la apretada agenda de su novia para ponerla sobre aviso, pero quiso la mala suerte (y la escritora de este fic), que las cosas no sucedieran así.
A esas alturas, Lily ya le había contado a Genzo todo el drama de la cita con la Lims. Wakabayashi vagaba entre la risa y la preocupación, pues se dio cuenta del alcance de un contrato profesional hecho con el Bayern Múnich. A él también le parecía increíble que la Paulaner hubiese encontrado una manera de obligar a Schneider a hacer algo que no quería, algo que ni siquiera estaba relacionado con el fútbol, lo cual le causó tanta indignación como a Lily. La noche previa a la cena, ellos tuvieron el departamento para su disfrute hasta altas horas de la noche pues Elieth se quedaría a trabajar horas extras en Sport Heute, así que hablaron largo y tendido sobre el asunto.
– ¿Ves por qué me he negado tanto a hacerle caso a Schneider y fichar por el Bayern? –dijo Genzo mientras acariciaba a Káiser, quien se había hecho rosca en las piernas del portero–. Un contrato con el Bayern es algo serio, estaría obligado a aparecer en eventos y situaciones promocionales aunque no lo quiera, como el Oktoberfest y el villancico de Navidad.
Era conocido en toda Alemania que, en el Oktoberfest, los miembros del Bayern acudían al festival usando el traje típico de la Baviera, sin importar si eran alemanes o no, y que en diciembre se grababa un villancico cantado por los jugadores y algunos niños escogidos, portando horribles suéteres navideños y gorros de Santa Claus. Para personas como Shunko Sho, estos dos eventos eran una fiesta, pero sin duda que para alguien como Genzo Wakabayashi, cuya personalidad fría y reservada no calzaba con este tipo de situaciones, resultaría incómodo el andar por ahí usando pantaloncillos cortos de cuero o un suéter tejido con un reno deforme y enorme en el pecho.
– Ay, vamos, seguro que en el Hamburgo también tenías que hacer cosas así.- replicó Lily, conteniendo la risa que le dio por imaginarse a su novio con un traje de la Baviera–. Además, ni que tú te vistieras muy bien, Wakabayashi, te he visto camisas que son más chillonas que el suéter navideño más feo.
– ¡Oye! ¡No soy modelo, no tengo por qué vestir bien! –protestó Genzo, mirándola con gesto ceñudo, lo que hizo que ella soltara al fin la carcajada–. Y aunque te sorprenda, en el Hamburgo no tuve ese problema, al menos nunca me vi presionado a filmar comerciales ni a aparecer en festivales de cerveza. En cambio, en el Bayern Múnich podrían obligarme a salir con alguien que no deseo. ¿Te gustaría acaso el verme con alguna modelo acosadora, cenando en el mejor restaurante de la ciudad?
– Si eso sucediera, pediría trabajo en ese restaurante para ser tu mesera y echarle a tu cita la sopa hirviendo sobre el vestido –fue la respuesta de Lily–. Lástima que es demasiado tarde para que Elieth lleve a cabo esta práctica.
– Mejor así, seguro que a ella se le "caerían" los cuchillos sobre Lims –replicó Wakabayashi, con una sonrisa–. Me gusta tu ingenio, doctora.
– Gracias, Wakabayashi, pero no quieras colgarte de esas cuestiones para descartar al Bayern. –Lily se dejó caer junto a él en el sillón–. Que lo de Karl ha sido algo excepcional y, por lo que sé, también es ilegal. No sé en qué va a terminar este lío pero no creo que sea en algo bueno.
– Sobre todo si dices que Eli no está enterada –suspiró Genzo–. ¿Cuándo se lo va a decir Schneider?
– No lo sé, ni siquiera estoy segura de que me haya dicho para cuándo tendrá esa dichosa cita –confesó Lily; Káiser alzó su cabecita y comenzó a olisquear la mano de la doctora–. Quizás me lo dijo pero no lo recuerdo, estaba muy indignada y creo que se me escaparon detalles, y ya sabes que Elieth en estos momentos anda muy ocupada con la visita de Rémy así que no puedo preguntarle si ha hablado con Karl.
– Además de que no sería prudente –asintió el portero.
– Platiqué con ella ayer e intenté hacerle ver que tiene que confiar más en Karl, creer que él en verdad la ama y que no va a cambiarla por la primera escoba con falda y con ínfulas de modelo que se le atraviese en el camino, pero no sé si haya logrado convencerla –continuó Lily–. Le prometí a Karl que haría todo lo posible para hacerle ver a Eli que su amor es sincero y pedirle que le dé la oportunidad de demostrárselo, pero si él no le cuenta pronto lo de la Lims, de nada servirá lo que hice.
– Yo también intenté persuadir a la Peque de lo mismo, le dije que Schneider hace cosas por ella que no haría si no estuviese enamorado, pero ya sabes que ella es una cabeza dura y hay cosas que se resiste a creer. –Genzo puso los ojos en blanco.
– No se te ocurra llamarla "cabeza dura" en su presencia o te dejará sin oportunidad de tener descendencia –respondió ella, tras lo cual se echó a reír–. Creo que ambos hemos hecho lo que hemos podido dentro de nuestras posibilidades y no nos queda más que rogar porque no estalle una bomba nuclear llamada Elieth Shanks.
– Y si eso sucediera, nos enfocaríamos en hacer control de daños, tú con Elieth y yo con Schneider –añadió Genzo, permitiendo que Káiser le mordisqueara el suéter.
– Sí, tienes razón –suspiró Lily y se recargó contra él–. No entiendo porqué tienen que ser tan complicados.
Káiser maulló como si quisiera decir que él tampoco entendía a su dueña.
Cuando Elieth regresó al departamento, Genzo ya se había marchado y Lily estaba dormida, así que la francesa se quedó con las ganas de hablar con cualquiera de los dos. Ella, a pesar de no saber que Karl estaba desesperado por contactarla, había pensado mucho con respecto a él y estaba más dispuesta a hacer las paces; si bien era cierto que la plática con Lily había influido, la inminente visita de su padre fue lo que la ayudó a decidirse. Soñando despierta, Elieth llegó a preguntarse cómo se tomaría Rémy el que su hija menor tuviese de novio al Káiser de Alemania, y una vez que los imaginó frente a frente, dándose la mano de manera cordial (cosa que, bien mirada, era poco probable que sucediera), ya no pudo sacarse el pensamiento de la cabeza y decidió arreglar las cosas con Karl, con miras a presentarle a Rémy Shanks ese mismo fin de semana. Quizás sería muy precipitado para Karl el que todo ocurriese el mismo fin, tanto la reconciliación como el conocer a su suegro, pero el presentarle a su padre sería la prueba que ella le daría para darle a entender que estaba tan comprometida como él.
– ¿Qué opinas, Káiser? –preguntó Elieth al gato blanco, que había ido a acurrucarse junto a ella para dormir–. ¿Crees que algo bueno salga de esto?
Káiser, que a pesar de saber la verdad era incapaz de decírsela a su dueña, se limitó a contemplarla durante unos segundos antes de acomodarse a su lado para entregarse al sueño.
Así pues, sin poder hacer algo para evitarlo, Schneider tuvo que acudir la noche siguiente al sitio en donde se estaba hospedando Hedy Lims, un hotel ubicado en uno de los distritos más céntricos de Múnich, para llevarla a cenar. Al final, Schneider escogió un restaurante de cuatro estrellas, Blue Lagoon, como un último grito de rebeldía pues ella no merecía ser llevada a uno de cinco; de cualquier manera, desde que se rechazó la idea de ir al Vendôme, había quedado en responsabilidad de Karl el elegir el sitio así que Hedy no podría quejarse. Así mismo, Karl se negó a ponerse su mejor ropa y se limitó a combinar un pantalón de vestir con una camisa sobria, pues para él la cita era obligada y por tanto no estaba obligado a impresionar. De buena gana se habría ido con ropa deportiva o con pantalones de mezclilla, de no ser porque el restaurante, a pesar de ser de cuatro estrellas, era estricto con el código de etiqueta, cosa que al alemán le parecía ilógica pero que la política del restaurante mantenía para tratar de aparentar que era un sitio con mucha clase.
– Es un lugar perfecto para Lims, tanto el restaurante como ella quieren aparentar lo que no son –murmuró Schneider, cuando estacionó su Porsche blanco frente al vestíbulo del hotel. Éste, si bien simulaba ser opulento, realmente no lo era tanto pues la mampostería y los decorados eran de baja calidad–. Si Hedy en verdad fuese la modelo famosa que dice que es, no se alojaría en un hotel como éste sino en un De Angelis.
Cuando Karl vio a Hedy bajar las escaleras principales, confirmó su idea de que ella estaba a años luz de ser una modelo de verdad. La primera impresión que tuvo al verla fue que Hedy estaba muy "Geschmückt wie ein Pfingstochse", que significa "adornada como un buey de Pentecostés", una frase que se usa mucho en Alemania para decir que alguien se ha arreglado excesivamente. En el caso de Lims, ella no sólo iba muy emperifollada sino que también se había aplicado un maquillaje que pretendía ser sensual y que sólo la hacía parecer como si quisiera hacerle la competencia al Joker y sembrar la anarquía en Gotham. Hedy sonrió ampliamente al ver a su acompañante y se dirigió hacia él, frunciendo levemente el ceño después cuando notó que Karl no iba vestido con el traje Hugo Boss que ella imaginó (tomando en cuenta que el Bayern Múnich es patrocinado por dicha marca, su idea no era tan descabellada). Sin embargo, Hedy decidió ignorar este hecho e iba a saludarlo como estuvo practicando durante todo el día cuando Karl la frenó en seco, mirándola con toda la indiferencia de la que fue capaz.
– Bien, terminemos cuanto antes con esta farsa –espetó él, de mala manera–. Que te quede claro que no me agradas.
Hedy no se desanimó. Le quedaba toda la noche por delante y seguro que en algún momento lo haría cambiar de opinión.
Notas:
– Maki Akamine es un personaje creado por Yoichi Takahashi ©.
– La visita que le hace Maki a Hyuga no sale en el manga pero el partido entre el AC Reggiana y el FC Albese ocurre en el manga Captain Tsubasa Kaigai Gekitō-Hen in Calcio, cuyos eventos transcurren paralelamente a los del Golden 23.
– En el capítulo 78 en español del manga Captain Tsubasa Golden 23, se dice que la Selección de Japón que va a jugar las preliminares asiáticas es la Sub-22, pero en el capítulo 79 se dice que es la Sub-23, cosa que también se repite en la versión en inglés por lo que concluyo que es un error de Takahashi. Para evitar confusiones, puse que es la Sub-23 ya que está implícito en el título de la saga.
– Que yo sepa, no existe un restaurante llamado Blue Lagoon en Múnich, me lo inventé.
