Capítulo 51.
Múnich.
Esa noche, el Blue Lagoon estaba semivacío, quizás porque el día no se prestaba para salir a cenar o, tal vez, porque el lugar iba perdiendo fama cada vez que era visitado por alguna estrella local que no le daba una valoración positiva. En cualquier caso, ése no era un sitio al que Karl llevaría a cenar a alguien a quien quisiera impresionar, a pesar de que a primera vista parecía ser un restaurante con clase.
– Espero que no tengamos qué esperar demasiado para tomar mesa –comentó Hedy, en un tono que daba a entender que deseaba que sucediera todo lo contrario, mientras Karl estacionaba el Porsche.
– No será así, para eso hice una reservación –replicó Schneider, secamente.
Como iba en plan de rebeldía total, Karl se bajó del coche sin hacer el intento de abrirle la puerta a su acompañante, que batalló durante unos minutos mientras adivinaba cómo funcionaba el mecanismo de apertura. El alemán experimentó una mezcla de maldad y enojo, y fingió no escuchar las peticiones de ayuda de Hedy, quien por fin consiguió abrir la puerta y salir como si nada hubiese sucedido. Tras arreglarse la ropa y hacer una mueca de enojo, la modelo salió corriendo tras Karl, el cual caminaba a paso rápido y sin mostrar consideración alguna por la muchacha.
– Espérame, que deben vernos entrar juntos. –Hedy llegó hasta él y quiso colgarse de su brazo.
– ¿Y para qué? –Karl lo retiró con cierta violencia antes de que ella lo tomara–. Eso lo hacen personas que vienen juntas como pareja sentimental y yo estoy aquí por obligación.
Hedy no respondió, dudando entre si debía hacer un escándalo o armarse de paciencia. Decidió tomar la segunda opción, de manera que puso al mal tiempo buena cara y una vez más actuó como si él no la hubiera retado. Schneider la miraba de reojo y se preguntó cuánto tiempo pasaría antes de que ella perdiera los estribos debido a su comportamiento majadero.
"Lo peor del caso es que me está presionando a actuar de una forma en la que no quiero", pensó Karl. "Me siento mal conmigo mismo porque yo no suelo ser así de descortés, pero no voy a darle a esta mujer los privilegios que no se merece. Después de todo, estoy aquí por culpa de arbitrariedades y caprichos suyos".
En la entrada del restaurante, el joven anunció que tenía una reservación a nombre de Enric Taylor, lo que hizo que Hedy hiciera un gesto de sorpresa. El hostess que los recibió miró a Karl de arriba abajo durante unos segundos con las cejas levantadas, como preguntándose si debía soltar la pregunta que traía en la punta de la lengua o si lo dejaba pasar sin agregar algo más.
– Síganme, por favor. –El hombre los condujo a través del lugar semivacío; ellos pasaron junto a un acuario enorme, que podría resultar espectacular viéndolo con muchas ganas, para poder llegar hasta una mesa ubicada junto a una ventana que daba a un jardín interior–. En un momento lo atenderá uno de nuestros meseros.
– Gracias –dijo Karl, tomando asiento, mientras el hostess le retiraba la silla a Hedy para que se sentara, lo que evitó que aquél se viera demasiado maleducado por no intentar hacerlo él mismo.
El hostess hizo un movimiento de cabeza y echó a andar, pero de inmediato regresó como si hubiese decidido sacarse la duda que tenía desde que lo vio llegar. En cuanto Karl le vio la cara, supo de inmediato qué era lo que el hombre le iba a preguntar.
– Disculpe, señor Taylor, ¿le han dicho alguna vez que se parece mucho a Karl Heinz Schneider, el futbolista? –inquirió el hostess.
– En más de una ocasión.- contestó Karl, con una sonrisa, la cual fue sincera a pesar de la situación.
"Espero que Hedy no vaya a contradecirme, ¡eso sería fatal!", pensó Schneider, pero para su sorpresa la modelo se quedó callada. En cuanto el hostess se fue, sin embargo, la Lims miró a Karl con una sonrisita de complicidad, como si fuesen cómplices de un crimen imaginario.
– ¿Así que te quieres hacer pasar por otra persona para que no te molesten con autógrafos y fotografías, Karl? –preguntó ella, con zalamería.
– Preferiría no gritar a los cuatro vientos que soy yo –aceptó Schneider, quien se sintió molesto por el hecho de que Hedy lo tuteara–. No deseo convertir esto en un circo mediático.
– Te comprendo perfectamente –aseguró Hedy, con falsa modestia–. Sé bien lo fastidioso que puede llegar a ser el que todos te reconozcan y te acosen con solicitudes de fotografías y autógrafos, ¡es tan difícil ser una figura pública!
– Seguro que sí –replicó Karl, con sarcasmo.
– Entonces por esta noche serás el señor Taylor –añadió ella, sin darse cuenta de la burla–. Es una fortuna que ese anfitrión haya tenido el buen tino de fingir que no sabe quién soy yo.
"No creo que haya fingido, pero si eso es lo que quieres creer…", pensó Karl, al tiempo que el mesero se acercaba para entregarles las cartas.
Él no sabía, por supuesto, que si Hedy aceptó seguirle el juego no fue tanto porque quisiera ayudarlo sino porque así su entrevista causaría más impacto y sorpresa en las personas que la leyeran. Esto no significaba, por supuesto, que Hedy no aprovecharía el momento para tomar cuantas fotos pudiera, las cuales serían usadas para adornar la mentada entrevista, aunque Karl hacía todo lo posible por boicotearle las imágenes.
– Vaya, la mayoría de los platillos de aquí están preparados con pescados y mariscos –comentó Hedy, tras analizar concienzudamente la carta y haberle tomado varias fotografías desde los mejores ángulos–. Sí que es muy pícaro de tu parte el traerme aquí, me compensa enormemente por no haber ido al Vendôme.
– ¿Qué? –Karl se sobresaltó–. ¿Por qué lo dices?
– Porque los mariscos son afrodisiacos –respondió Hedy, con una mirada sugerente–. Entiendo bien a dónde me vas a querer llevar después.
"¡Maldita sea!", pensó el joven, presa del horror. "¡Debí llevarla a un McDonalds!".
– No imagines cosas que no son –manifestó Karl, con excesiva dureza–. Recuerda que ésta es una cena obligada, al único lugar a donde voy a llevarte al acabarla será a tu hotel para que al fin me dejes en paz y después pueda marcharme a mi departamento a tratar de borrar este recuerdo de mi mente.
– ¿Por qué eres tan rígido? –Hedy le habló con voz melosa–. Vamos, seguro que si te relajas un poco disfrutarás más de esta velada. Sé que tuve que recurrir a ciertas medidas drásticas para conseguir que aceptaras salir conmigo pero, ya que estamos aquí, bien podrías relajarte y tratar de disfrutar el momento, ¿no crees?
– Ya te lo dije hace rato y te lo vuelvo a repetir: no me agradas –replicó Schneider, con frialdad–. Siempre me fuiste indiferente, al punto de que no recordaba ni tu nombre a pesar de haber trabajado contigo, pero ahora que llegaste al extremo de obligarme a tener una cita, no me agradas bajo ningún concepto y por tanto no voy a disfrutar esta cena. Acabemos cuanto antes, que no estoy obligado a tratarte bien ni a ser cortés contigo.
En ese momento llegó el mesero a tomarles el pedido, lo que evitó que Hedy tuviera la oportunidad de responder. A Karl no le sorprendió que ella eligiese lo más caro del menú, aunque no supo si lo hizo por venganza o porque pocas veces podía darse el lujo de comer lo que realmente deseaba (lo sabía bien por su hermana, Eva rara vez comía todo lo que quería). El camarero, como era su costumbre, ofreció la variedad de vinos que ofrecía la bodega del restaurante pero el alemán se negó a pedir alcohol para no agregarle un problema más a la ya de por sí caótica ecuación.
– Disculpe, señor –le dijo el mesero a Karl cuando acabó de tomar la orden–. ¿Le han dicho que se parece mucho a Karl Heinz Schneider, el futbolista del Bayern Múnich?
"Ésta va a ser una noche muy larga…".
Hedy intentó sacarle plática a Karl sobre temas variados, los cuales eran bastante superfluos y vanos, al parecer del jugador. La chica le hablaba de las fiestas a las que había ido y de los muchos famosos que había conocido, dando nombres que a Schneider a duras penas le resultaban vagamente familiares. Hedy le contó también sobre todo lo que tuvo que hacer para convertirse en una "modelo de renombre" y que el haber firmado contrato con la Paulaner para ser la figura de sus anuncios fue el golpe de suerte que había estado esperando por mucho tiempo. Karl masticaba su langosta, la cual no estaba tan mal como esperó, mientras Hedy soltaba su torrente de palabras previamente ensayadas, haciendo que pedacitos de comida saltaran por todos lados al mover el tenedor. Cualquiera que los hubiese visto en ese momento habría pensado que ellos podrían ser catalogados como una pareja normal, siempre y cuando pasaran por alto el hecho de que Hedy no dejaba de hablar y que Karl no podía ocultar su desagrado.
Schneider la escuchaba sin decir más que dos o tres palabras que revelaban lo poco que le importaba la cháchara de su compañera, pero en su interior se dijo que, si no fuera por lo muy molesto que se sentía debido a las circunstancias, él experimentaría cierta lástima por la Lims, pues no era más que una chica con delirios de grandeza que buscaba llegar a ser alguien a través de una vía deshonesta. Karl pudo leer fácilmente entre líneas y darse cuenta de que Hedy lo había elegido a él como "víctima" de sus acosos por dos razones importantes: no sólo era una de las figuras más importantes de Alemania sino que además era hermano de una de las top models más icónicas e importantes del momento. Tener de cuñada a Eva Schneider, la modelo que rompía con los esquemas de las pasarelas en toda Europa, le abriría las puertas del mundo del modelaje a Hedy en una manera en la que muchas sueñan pero pocas consiguen. Y tener de pareja al Káiser de Alemania sólo impulsaría mucho más su popularidad y su propia carrera, pues no cabía duda de que la Paulaner y otras marcas comerciales famosas usarían la dupla de Hedy-Karl para promocionarse y con eso conquistar al público alemán. El único problema aquí, por supuesto, es que Hedy estaba pasando por alto los sentimientos y planes del propio Karl, no era como si esperaba que él estuviera de acuerdo en amarla o en tenerla como pareja, era que ella daba por hecho que así sería, a como diera lugar.
– Supongo que tu hermana debe estar llevando una vida muy glamorosa en Milán –comentó Hedy, cuando se agotó su charla prefabricada–. Te ha de haber contado infinidad de historias sobre las fiestas a las que acude, ¿no? Me imagino lo muy interesantes que han de ser sus pláticas.
– No del todo –negó Karl, lo cual era verdad–. Cuando hablo con Eva, me habla sobre su vida personal y sobre su salud, casi no toca el tema de las fiestas a las que la invitan como no sea para decirme lo mucho que se aburrió.
– ¡Oh, vamos! Seguro que eso te lo dice en broma –se rio Hedy–. Debe de sentirse constantemente maravillada por todo el lujo y el glamour al que está constantemente expuesta. ¡Yo mataría por estar en su lugar!
– Bueno, para conseguir eso que tanto anhelas, sería mejor que te aplicaras en destacar más por ti misma y que te enfocaras menos en realizar trucos baratos que te ayuden a conseguir lo que quieres por la vía fácil –replicó Karl, ácido–. Mi hermana no llegó lejos a base de caprichos pagados por un patrocinador ansioso de tener sexo con una mujer más joven.
– Seguro que no. –Hedy lo miró con rabia contenida–. ¿Quién haría eso en su sano juicio?
– Mírate en el espejo y dímelo –contestó Schneider, mirándola con sorna.
Al alemán le sorprendió mucho su tenacidad; quedaba claro que la modelo se ofendió por las palabras de Karl (las cuales él dijo con toda la intención de que ella se enojara y cortara la cita), pero se tragó su rabia en aras de conseguir sus propósitos. "No me amas pero lo harás, sea por las buenas o por las malas", parecía decir la expresión de Hedy, lo que hizo que Karl se frustrara todavía más. Repentinamente, la chica sacó su celular, se estiró para colgarse del brazo de Schneider y se tomó una selfie con él, lo que hizo que éste soltara una maldición. Ignorándolo momentáneamente, Hedy subió dicha fotografía a su Instagram con la siguiente inscripción: "Cenando con Enric Taylor. ¡Sabemos que es el Káiser de Alemania pero es necesario mantener oculta nuestra relación para evitar el acoso de los fans!". Karl, en su enojo, no le prestó atención a lo que ella escribía y ni se le pasó por la mente que eso pudiera acarrearle problemas después.
– ¡Ya deja de tomarme fotografías! –exigió Karl, enojado–. ¡No estoy para tonterías!
– No es ninguna tontería, sólo quiero dejar constancia de este momento tan especial –contradijo Hedy, sin inmutarse–. No te quejes, que debes estar acostumbrado a que todo mundo te fotografíe. O al menos no te molesta que lo haga esa reportera rubia, ¿no es así?
Karl tuvo que hacer un enorme esfuerzo por controlarse y no insultar a Hedy; una cosa es que a él lo acosara pero no iba a permitir que ella metiera a Elieth en esa porquería ni que pretendiera ponerse a su nivel. Estaba decidido: saliendo de esa cita él iba a ponerse en contacto con Otto Heffner para pedirle que no tuviera piedad con esa mujer ni tampoco con el directivo de la Paulaner que lo forzó a estar ahí.
– Ella puede tomarme todas las fotos que desee –replicó Karl, con voz helada–. Pero esa reportera, por supuesto, está muy por encima de ti, aunque dudo que puedas entender hasta qué nivel lo está.
– No sé qué le ves, honestamente –bufó Hedy, muy digna–. No es alta ni agraciada ni hermosa, sólo cree que es hermosa porque tiene el cabello rizado de manera natural, pero el poseer ojos claros no le da belleza automática en la cara.
– En eso estamos de acuerdo, no son sus ojos lo que le da belleza automática sino todas sus facciones. –Karl sonrió al preguntarse si a Hedy le molestaba el no tener los ojos claros, como Elieth–. Y que no sea alta me conviene, puedo sostenerla mejor entre mis brazos. Pero no considero que valga la pena perder el tiempo hablando de esto, considerando que todo lo que dices es producto del deseo que tienes de que yo no sienta algo por ella.
– ¿Es broma? ¿Estás tratando de decirme que le tengo envidia? –protestó Hedy, enojada–. ¿Cómo podría yo envidiar a una estúpida como ella?
– Sigue insultándola y no te gustará lo que haré después –amenazó Schneider, en voz baja–. Me obligaste a venir aquí pero bajo ningún motivo permitiré que insultes a Elieth.
– Podría hacer que la despidieran –soltó Hedy, en un tono de voz tan patético que Karl se echó a reír a carcajadas.
– ¡Eso era lo único que te faltaba para que te comportaras como auténtica mujer despechada! –expresó Karl, divertido–. Por favor, Hedy, no tienes tanto poder como crees, sólo conseguiste seducir a un hombre medianamente importante pero eso no te abrirá todas las puertas que deseas, ya deja de hacer el ridículo y admite de una buena vez lo que eres, una persona con ínfulas de poder que duda tanto de su talento que tiene que recurrir a trucos sexuales de cuarta para conseguir lo que anhela.
– Estás cruzando la línea, Karl Heinz Schneider, ten mucho cuidado porque podrías arrepentirte después. –Hedy le lanzó una bofetada, que hizo que algunas de las personas que estaban cenando se giraran a verlos–. Me gustas y quiero estar contigo pero no voy a permitir que me hables así.
– ¿Dije algo que sea mentira? –Karl se sobó la mejilla con satisfacción–. Yo creo que no, finges tener dignidad pero no la tienes en realidad, tan es así que si yo al final de esta cita te dijera que quiero llevarte a mi departamento, no tendrías el decoro suficiente para negarte, inmediatamente me dirías que aceptas ir conmigo. ¿O me equivoco?
Una vez más, Hedy fue interrumpida por uno de los trabajadores del restaurante, evitándole el bochorno de tener que reconocer que él tenía razón; en esta ocasión, fue el hostess quien se acercó a preguntar si había algún problema.
– Hay muchos, pero no es algo que usted pueda resolver –respondió Karl, quien a esas alturas ya había perdido toda su paciencia–. Gracias de cualquier manera y no se preocupe, procuraremos no hacer más grande esta vil patraña mal actuada.
– Ehh, está bien, como usted diga, señor Taylor. –El hostess miró con duda a Hedy, cuyas mejillas estaban teñidas de rojo–. De cualquier manera, si necesita algo…
El hombre no terminó la frase porque le pareció ridícula e innecesaria. Lo que sea que estuviera ocurriendo entre el "falso" Káiser de Alemania y su acompañante, no había algo que alguno de los trabajadores del Blue Lagoon pudiera hacer para tratar de corregirlo.
– De acuerdo a lo que me has dicho, podría entender que deseas acostarte conmigo y que lo harás si te doy luz verde, ¿no es así? –dijo Hedy, cuando el hombre se fue. Estaba decidida a jugar todas sus cartas, había hecho ya sus planes y no iba a dejarlos perder sólo porque Schneider la había insultado.
"Es el Káiser de Alemania, él podría llamarle 'perra' a Ángela Merkel y nadie lo cuestionaría…".
– Esto debe ser una pesadilla –bufó Karl, frotándose la frente con fastidio–. No me interesa tener sexo contigo, me interesa que te des cuenta de lo patética que eres. Pensé que insultarte directamente te dejaría las cosas en claro pero veo que no es así.
– Me dejó en claro que, a pesar de tus palabras, quieres que esté en tu cama. –Hedy aprovechó para tomarle otra fotografía en el momento en el que él tenía la cara cubierta por su mano, que subió a su Instragram con la leyenda: "¡Es tan lindo cuando se apena por mí!"–. Ningún hombre se puede resistir a una mujer que está dispuesta a entregársele.
– No sé con qué clase de hombres has andado pero… no, espera, corrijo eso, sí puedo imaginarme con qué clase de hombres te has revolcado, pues gracias a uno de ellos es que estamos aquí –replicó el alemán, quitándose la mano de la frente–, pero no todos somos iguales. Muchos valoramos más a una mujer que se da a respetar y la preferimos por sobre otra que usa su cuerpo como moneda de cambio. De hecho, pocos hombres querrían casarse con una hure (prostituta), casi todos los varones que conozco pretenden tener de pareja estable a una mujer decente. Y de hecho, esos hombres que no pueden resistirse a una mujer que está dispuesta a entregársela son los más idiotas por creer que una hure dejará de ser una hure algún día.
– Te crees muy virtuoso y no eres más que un hipócrita –contraatacó Hedy, harta ya–. Quieres actuar como si fueses un hombre leal y fiel, pero puedo apostar a que ni siquiera le hablaste de esta cita a tu reportera, ¿o me equivoco? Pretendes darte ínfulas de moralista y de persona recta cuando todo mundo sabe que te acuestas con cualquiera. Si yo soy una hure, tú eres un maldito y falso santurrón.
– Creo que esta cena se ha acabado ya –dijo Schneider, haciéndole señas al camarero–. Me parece que aguantarte por una hora es más que suficiente.
– El trato era, como mínimo, dos horas –reclamó Hedy.
– El trato era traerte a cenar y ya lo hice –contradijo el alemán, señalando el plato vacío de la chica–. Ya fue suficiente.
Mientras esperaban a que el mesero les llevara la cuenta, Hedy le tomó varias fotografías a Karl, cuidando de poner en silencio su teléfono para que él no se diera cuenta. Ella seleccionó después aquélla en donde luciera más atractivo y enojado para subirla con la frase: "¡Se enojó porque los comensales no respetaron nuestra privacidad y nos tomaron fotos!". Si el alemán hubiese visto todas las publicaciones que hizo Hedy durante su cortísima cita, sin duda que habría estallado y la habría obligado a borrarlas, pero a él ni siquiera se le pasó por la cabeza que ella podría llegar a ese extremo, algo que a la larga habría de causarle muchos dolores de cabeza.
Cuando al fin estuvieron de regreso en el hotel en el que se hospedaba Hedy, la joven intentó una última y desesperada maniobra y le plantó un beso a Karl en los labios; éste de inmediato la rechazó, con cierta violencia, mirándola más asqueado que sorprendido.
– Sube conmigo a mi habitación –le soltó Hedy–. Te aseguro que vamos a pasarla bien.
– Adiós –fue la respuesta del alemán, quien le dio la espalda para regresar con paso vivo a su Porsche.
Todavía Hedy tuvo la indecencia de tomarle una última fotografía al veloz deportivo de color blanco y de quedarse esperando por varios minutos, aferrándose a la esperanza de que él volviera. Pero Karl no regresó y no pasó mucho tiempo antes de que el Porsche arrancara a toda velocidad, dejando tras de sí una fina lluvia de guijarros. Sin embargo, en vez de irse a su departamento, Karl estacionó el Porsche unas cuadras más adelante para tratar de tranquilizarse. La cena había sido un fracaso total, y no era como si él hubiese estado esperando lo contrario pero no pensó que podría resultar tan mala, la verdad era que Schneider estaba sorprendido de haber podido aguantar durante tanto tiempo, aunque también tuvo que reconocer que esa cita le ayudó a definir cuáles eran los planes de Hedy Lims y el porqué estaba tan obsesionada con convertirlo en su pareja. Al menos ahora podría ponerle un alto, incluso llegó a pensar que si Hedy insistía en fastidiar, Karl podría decirle a Eva que le bloqueara el camino en el mundo del modelaje.
"Aunque eso sería demasiado mezquino de mi parte", pensó Schneider, frustrado. "Si hiciera eso, a la larga acabaría sintiéndome mal conmigo mismo por ser tan ruin, aunque Hedy se lo merezca".
"Y de todos modos no es como si ella no tuviera la capacidad de arruinarse el camino por sí sola".
Tras unos quince minutos, Karl recuperó el control de sus emociones y se dijo que al menos ya había quedado atrás ese trago amargo; se preguntó entonces a dónde debía ir, no deseaba llegar a su departamento solitario y frío aunque quizás sería lo más prudente que podría hacer ya que tenía que descansar. Sin embargo, él no quería estar solo, se sentía miserable y ruin, como si Hedy Lims tuviese la facultad de bajarle la moral a cualquiera con sólo desearlo. En ese momento, la sonrisa de Elieth acudió a la mente de Karl cual poderoso bálsamo, lo que hizo que se sintiera mejor.
"¿Y si voy a buscarla?", se preguntó. "No pude hablar con ella antes de este desastre pero ahora tengo toda la noche por delante. Realmente ansío verla, ahora la necesito más que nunca pero no me va a perdonar que no le haya contado lo de esta cita obligada antes de que ocurriera…".
La parte racional de su cerebro le dijo a Karl que no era buena idea el ir a buscar a Elieth a su departamento a esas horas, pero aún así su cuerpo actuó de manera involuntaria y encendió el Porsche para dirigirse al hogar que compartían Lily y Elieth. Al estacionarse, su voz racional le dijo que probablemente Elieth ya estaría dormida y que de cualquier manera Lily estaría ahí también y por tanto él no podría hacer con Elieth lo que en verdad quería hacer, pero Karl vio que el Audi A5 de Lily no se encontraba en su cajón de estacionamiento, así que él dio por hecho que ella no estaba en el departamento. Con esto en mente, el alemán permitió que sus pies lo condujeran hasta la última planta del edificio, tras lo cual tocó el timbre una sola vez.
– ¿Quién es? –preguntó Elieth, mitad sorprendida y mitad preocupada.
– Soy yo –contestó Karl, sin titubear.
La francesa, al reconocer su voz, se apresuró a abrir la puerta y entonces él vio su rostro enmarcado por su cabello rizado, que tenía una obvia expresión de sorpresa; ella iba vestida con un pantalón corto y una camiseta de tirantes, y a él le pareció que se veía más hermosa que nunca. Karl, sin decir palabra, la tomó por el rostro para atraerla hacia él y la besó con intensidad. Elieth no dudó en corresponder y le echó los brazos al cuello; tras besarse apasionadamente durante un largo rato, ambos se separaron y se miraron a los ojos, respirando agitadamente, tras lo cual Elieth lo tomó de la mano y lo hizo pasar. Ella se aseguró de cerrar la puerta con llave antes de conducir a Karl a su habitación, en donde él comenzó a desnudarla sin decirle más que un "ich liebe dich".
– Karl, de verdad lamento que… –comenzó a decir Elieth, pero él no la dejó terminar.
– Shhh, lo hablaremos después –murmuró él, para después besarla con pasión.
Su mente le decía que eso estaba mal, que ella no le perdonaría que no le hubiese hablado primero sobre lo que acababa de pasar con Hedy Lims, pero Karl no quiso escuchar y se dejó llevar por sus deseos contenidos. Su suerte, pues, estaba echada. El joven recostó a Elieth sobre la cama y acarició su cuerpo con avidez, deleitándose con cada curva y recoveco; ella comenzó a jadear con fuerza cuando Karl empezó a prepararla para recibirlo, tras lo cual no dudó en hacerla suya. El ruido de sus cuerpos al hacer contacto y el sonido de los jadeos eran lo único que se escuchaba en la habitación, y en ese murmullo pasional, Karl diluyó los amargos recuerdos de la cena de esa noche.
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Genzo leía en la Tablet de Lily las últimas noticias futbolísticas, mientras ella se daba una ducha en la lujosa tina de mármol del enorme cuarto de baño. El portero ya había leído las respuestas que se desataron tras el anuncio de la convocatoria de Kira y su decisión de no llamar a los que jugaban en el extranjero, y le sorprendió darse cuenta de cuántos dudaban de que esta decisión fuese la más adecuada. La mayoría de los expertos aseguraban que, aún con Wakabayashi bajo los palos, las probabilidades de que Japón pudiera clasificarse a los Olímpicos de Madrid eran más bien bajas si no se incluían a las grandes figuras de Tsubasa Ozhora y Kojiro Hyuga. Genzo se sentía frustrado y molesto por los comentarios porque creía firmemente que Japón estaba en condiciones de ganar sin muchos problemas aún sin la presencia de Tsubasa y de Hyuga, pero eso sería algo que les demostraría a los expertos con hechos y no con palabras.
Para quitarse el mal sabor de boca, Genzo se enfocó entonces en los reportajes dedicados al próximo enfrentamiento entre el Bayern Múnich y el Hamburgo, pero le salió el tiro por la culata pues la mayoría de los comentaristas aseguraban que el Bayern tenía todas las de ganar, no sólo porque el Hamburgo ya no contaba con su portero estrella sino también porque tampoco tendría a Hermann Kaltz a causa de su lesión. Además, cada vez eran más fuertes los rumores que aseguraban que la gran mayoría de los jugadores del Hamburgo estaban descontentos con su entrenador, pues muchos lo acusaban de imprudente por haber corrido a Wakabayashi justo antes de los partidos más importantes. No había alguien, por supuesto, que confirmara esta teoría pues ningún jugador cometería un suicido profesional de ese nivel, pero sí existían fuentes anónimas que aseguraban que el ambiente en los entrenamientos no era particularmente bueno. Además, las quejas de los aficionados por los últimos movimientos de Zeeman eran cada vez mayores y éste se había limitado a asegurar que Schwaizer contaba con toda su confianza y que, por tanto, estaba seguro de que él podría contener el ataque combinado de Schneider, Levin y Sho tan bien o quizás de mejor manera de como lo había hecho Wakabayashi en el pasado.
"No hay que olvidar que gracias a Wakabayashi perdimos nuestro anterior duelo contra el Bayern Múnich por dos goles contra uno", fueron las declaraciones de Zeeman. "Sé que con Schwaizer no será así porque él sí va a seguir mis órdenes".
– Pues bien, ya veremos si Schwaizer lo hace mejor que yo –gruñó Genzo, frunciendo el ceño. Como buen hombre orgulloso y engreído que era, no le gustaba que su antiguo entrenador lo hubiese denigrado así ante los medios.
– ¿Con quién hablas? –preguntó Lily, quien apareció en esos momentos usando una playera y un pantalón deportivo, ambos en color azul marino, y llevando una toalla en la mano con la se estaba secando el cabello.
– Conmigo mismo –respondió Genzo, haciendo una mueca.
– ¿Qué sucedió? ¿Viste alguna noticia poco favorable? –preguntó Lily, acercándose a él.
– Muchas, más de las que me hubiera gustado –replicó el portero, teniéndole la Tablet.
Lily la tomó con la mano que tenía libre y leyó la última nota que había estado viendo Genzo, apretando los labios cuando llegó a la parte en donde Zeeman aseguraba que Schwaizer haría un mejor papel que aquél. Wakabayashi escuchó que ella soltó una palabra en español en voz baja y, conociéndola como la conocía, sonrió al darse cuenta de que se trataba de una mala expresión pues sonó a algo similar a "cabrón".
– ¿Qué opinas sobre esto, Gen? –quiso saber Lily cuando acabó de leer–. No sobre lo que dijo el estúpido de Zeeman porque ya sé qué es lo que has de estar pensando acerca de eso, sino sobre lo de que tus ex compañeros están molestos con él.
– Puedo asegurarte que Ëkdal no es de lo que me extrañan, doctora –respondió Genzo, con cierto sarcasmo–. Pero al menos sé que Kaltz está inconforme por cómo se han estado llevando las cosas en el club. Aún así, no estoy seguro de que la mayoría de mis antiguos compañeros estén molestos con el entrenador, pienso que los periódicos están exagerando.
– ¿Los reporteros exageran? ¡No me digas, eso sí que es información nueva! –exclamó Lily, con sarcasmo, lo que hizo que Genzo soltara una carcajada.
– ¿También piensas eso de Elieth? –preguntó él, con curiosidad.
– Lo pienso sobre todo por ella –replicó Lily, tras lo cual rio y añadió–: Pero no le vayas a contar que dije eso. Ya hablando en serio, en mi país hay un dicho que reza que "cuando el río suena, es porque agua lleva" y creo que se aplica bien a esta situación.
– ¿Lo que quieres decir es que, si la prensa lo dice, es porque probablemente sea verdad? –inquirió Genzo, tras analizar sus palabras.
– Exactamente eso. –Lily dejó la Tablet en una mesita y continuó secándose el cabello–. Son muchos los periódicos que lo afirman, así que por algo es; si sólo se tratara de uno o dos, se podría pensar que es puro chisme, pero si ya la mayoría lo apoya, debe haber algo de verdad en esas palabras. Por lo menos las quejas de los fans por tu salida son reales, muchos no consideran que Schwaizer esté a tu nivel.
– Ya se verá en su momento. –Genzo suspiró–. No tiene caso que me preocupe por eso ya que de cualquier manera el Hamburgo ha dejado de ser mi equipo. ¿Hay algún dicho en México que se aplique para esta cuestión?
– Sí: "No hay que llorar por la leche derramada" –contestó la doctora–. Es decir, que no tiene caso lamentarse cuando ya pasó lo malo, lo mejor es seguir adelante y no mirar hacia atrás.
– Me gusta, es un consejo muy sabio –admitió Wakabayashi, con una sonrisa, tras lo cual añadió–: Cambiando el tema, ¿sabes si Schneider habló ya con Elieth sobre su cena con esa modelo cuyo nombre ya no recuerdo?
– No tengo idea –suspiró Lily–. Hoy no pude hablar con ninguno de los dos, con eso de que va a venir Rémy a Múnich, Elieth está vuelta loca con los preparativos y Karl tampoco se encontraba muy desocupado que digamos.
– La cita es mañana, ¿no? –dijo Wakabayashi, cuyas pupilas se dilataron al percibir el aroma del cabello de Lily–. Si no se lo dijo hoy, mañana ya será demasiado tarde.
– Creo que eso Karl lo sabe muy bien –señaló la doctora, tras lo cual le sonrió coquetamente–. Mañana le preguntaré directamente.
– Muy bien. –Genzo le extendió una mano, que ella tomó–. Y dado que eso será hasta mañana, hay que aprovechar la noche en otras cosas.
– No me lo tienes que decir dos veces –contestó Lily, tras lo cual se echó a reír–. Aunque después tendré que volver a tomar otra ducha.
Tras haber pasado por el requisito del juego previo, Genzo se sentó en la cama y Lily se acomodó encima de él para apoyar sus manos en el pecho del portero y comenzar a cabalgarlo. A él se le hizo imposible pensar en otra cosa que no fuese ese acto tan íntimo y se perdió en el cuerpo de la joven, quien acabó empujándolo sobre la cama para tener mayor libertad de movimiento. Genzo no fue consciente de nada más hasta que ambos no llegaron al punto culminante, tras lo cual su mente volvió a enfocarse en el "ligero" problema que tenían por delante.
Lo cierto era que Genzo y Lily presentían que se avecinaba una masacre, una en la que los dos sólo iban a ser espectadores, pero ninguno tenía idea cabal de cuáles serían sus consecuencias.
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Esa noche, mientras cenaba con sus suegros y con su novia, Leonardo se dio cuenta de que algo andaba mal con Rudy Frank: el hombre se comportaba de manera extraña, como si estuviese ocultándole un secreto a su mujer, y saltaba cada vez que ella o Marie mencionaban a Karl, quien no estaría presente debido a que, aparentemente, "estaba agotado y necesitaba descansar". Leonardo no lo quería decir pero, si un futbolista profesional de su talla necesitaba "descansar" cuando no había tenido un partido importante el día anterior o ese mismo día, algo andaba mal con él. Por supuesto, estaba de más decir que Karl no era de ese tipo de jugadores así que, tal y como Marie lo había dicho, tanto aquél como el padre estaban ocultando algo serio que nada tenía que ver con el fútbol.
– ¿Estás seguro de que Karl no quiere venir? –preguntó Lorelei Schneider, mientras terminaba de preparar el platillo principal–. Sería bueno tenerlo aquí esta noche, ahora que Leonardo ha pasado a formar parte de la familia.
– No exageres, mi amor, eso sucederá cuando Marie se case, en todo caso –replicó Rudy Frank, fingiendo severidad para ocultar su nerviosismo–. ¡Qué rico huele lo que acabas de preparar! Ojalá supiera cocinar como tú, pero lo hago peor que un cerdo.
– No porque seas adulador te voy a dar mayor porción –se rio Lorelei–. Pero aunque nuestro hijo esté cansado, seguro que no lo estará tanto como para no querer cenar.
– Deja que Karl Heinz descanse, que ha estado sometido a mucho estrés –insistió Rudy Frank–. Por ahora le vendrá mejor dormir que comer.
– Recuerdo que tú te ponías igual antes de los partidos importantes –cedió Lorelei, suspirando–. Salió igualito a ti.
– "De tal palo, tal astilla" –murmuró Leonardo, en español, lo que hizo que Marie sonriera.
– ¿Dijiste algo así como "von so einem Stock, so einem Splitter"? –preguntó Marie, en alemán.
– Sí, eso dije. –Leonardo sonrió también–. ¿Cómo pudiste entenderme?
– Empecé a estudiar español este semestre y ya puedo comprenderlo si lo escucho, gracias a que tengo muchos compañeros provenientes de España que están de intercambio –explicó Marie, emocionada–. Aunque mi español hablado es peor que el de un cerdo.
– ¿Qué obsesión tienen los alemanes con los cerdos? –preguntó Leonardo, desconcertado–. ¡Es la tercera vez que escucho que los usan para compararlos con lo malos que son en determinada actividad! Que si hablo peor que un cerdo, que si entiendo menos que un cerdo, que si cocino peor que un cerdo, ¡pobres chanchitos, ellos sólo quieren revolcarse en su mugre!
Marie y sus padres rieron con el comentario, tras lo cual ella se apresuró a explicarle al mexicano que en Alemania la costumbre es compararse con los cerdos cuando se quiere dar a entender que se es malo en algo. Leonardo entonces dijo que en México se usa al burro para el mismo fin, comentando que incluso se usa el término "es un burro" para decir que alguien es muy tonto.
La cena transcurrió sin novedades, entre plática alegre y comentarios típicos de una familia normal; Leonardo entretuvo a los Schneider contándoles anécdotas de sus vivencias en México y en Francia, hablando también de sus padres y de sus dos hermanas. Mientras más hablaba, más se convencía Rudy Frank de que Leonardo era un buen muchacho y que no debía preocuparse más por él, lo cual era bueno considerando el problema que tenía encima por culpa de Hedy Lims, quien en esos momentos estaba cenando con Karl. Y hablando de la Lims, ¿durante cuánto tiempo podría ocultarle este hecho a su esposa? Porque no cabía duda de que Lorelei acabaría enterándose de la verdad tarde o temprano y era obvio que le caería una buena regañina a Rudy Frank y a Karl Heinz por ocultar la situación.
A pesar de todo, Rudy Frank no creyó que su mujer y su hija menor se enterarían de esta cuestión esa misma noche, esperaba que lo harían hasta después del partido de la DFB-Pokal, pero no contó con que Marie era una joven de los tiempos modernos, de ésas que usan las redes sociales tanto como en las épocas de sus padres se estilaba enviar cartas, por lo que acostumbraba a subir fotografías de sus momentos cotidianos a su cuenta de Instagram. Por las noches, tras ver cuántos favoritos habían recibido sus fotos, Marie revisaba los hashtags relacionados al Bayern Múnich, a su padre y a su hermano, por lo que no tardó en toparse con las últimas publicaciones de Hedy Lims y, como era de esperarse, gritó de la sorpresa.
– ¿Qué sucede? –preguntó Leonardo, quien era el que estaba más cerca de ella en ese momento–. ¿Te lastimaste?
– ¿Qué pasa, Marie?.- exclamó Rudy Frank, olvidándose de Karl aunque sólo sería durante un momento muy breve.
– Es que… ¿qué está haciendo esa estúpida de Hedy Lims cenando con Karl en un restaurante? –soltó Marie, casi a gritos.
– ¿Qué cosa? –Leonardo no podía creer lo que oía–. ¿Es una broma?
– ¡No lo sé!. –Ella lo miró con incredulidad y le mostró el teléfono–. ¡Si lo es, es una muy nauseabunda!
– Ay, no –musitó Rudy Frank cuando vio la última foto de Hedy Lims, la del Porsche de Karl alejándose de su hotel tras haberla dejado ahí–. No puede ser que haya sido tan idiota…
– ¿Qué quisiste decir con eso, querido? –preguntó Lorelei, a sus espaldas–. ¿Tú sabes algo sobre esto? ¿En dónde está Karl, realmente? ¡Y no me vayas a decir que está descansando en su departamento porque juro que ahora sí me divorcio!
"Ya empezamos mal, lo que significa que esto todavía puede ponerse mucho peor", pensó Rudy Frank, mientras su esposa, su futuro yerno y su hija menor no le quitaban la mirada de encima. Él lanzó un largo suspiro antes de darse por vencido y comenzar a buscar una explicación que no le acarrease tantos problemas con su familia.
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Débora vio a Stefan esperándola, cuando salió del hospital al terminar su turno, recargado contra el mismo árbol en donde ella lo encontró el día en que tuvieron la cita en la cafetería, llevando de igual manera unas gafas oscuras para ocultar su rostro aunque en esa ocasión traía puesto un gorro azul marino, calado hasta las orejas.
– Hola, Steph –lo saludó Deb, con una sonrisa emocionada–. ¿Llevas mucho tiempo esperando aquí?
– No –negó él, tras lo cual titubeó antes de agregar–. Me pidió Lily que te dijera que me des todo tu dinero y que no hagas escándalo si no quieres que te dé un navajazo.
– ¿Qué cosa? –Débora se echó a reír–. ¿Por qué te pidió que me dijeras eso?
– Porque dice que con este gorro parezco un asaltante "cholo" del metro de la Ciudad de México –respondió Levin, avergonzado–. He buscado en Google lo que es un "cholo" y… ¡Dime por favor que no me veo como uno!
– ¡JA, JA, JA, JA, por supuesto que no! –Débora no pudo contenerse más y soltó la carcajada–. ¡Lily sólo se estaba burlando de ti!
– ¡Menos mal! –Por debajo de sus lentes oscuros, se pudo ver que él se había ruborizado–. Con ella nunca se sabe a qué se está jugando.
– Quiero suponer que eso significa que has hablado ya con Lily –señaló Débora, tratando de ya no reírse.
– Sí, justo lo hice antes de venir –suspiró Stefan–. Me fue tan mal como esperaba pero creo que pudo ser peor.
– ¿Tanto así? –cuestionó Débora–. Vamos, si te hizo esa broma es porque no estaba tan enojada.
– No es que ella estuviera enojada, es que yo me sentí miserable por darme cuenta, una vez más, de lo infeliz que fui contigo –musitó Stefan, bajando la mirada.
– Ya deja de estarte culpando por eso, que la idea no es que dejes de sentir dolor por la partida de Karen para que comiences a experimentar culpa por la forma en la que me trataste –lo amonestó Débora con suavidad, al tiempo que le acariciaba una mejilla–. Que la vida no se trata de estar saltando de dolor en dolor, Stef, trata de disfrutar de los momentos de felicidad que hay entre uno y otro.
– Me parece que tienes razón. –Levin sonrió–. Me gusta más esta forma de pensar.
– Eso es bueno. –Ella lo miró con aprobación–. Ya decía yo que sí eres inteligente.
Stefan le acarició el cabello, en el único gesto romántico que se atrevía a hacer estando en público pues seguía siendo muy reservado, eso no iba a cambiar y estaba bien porque cada persona vive el amor de manera diferente, tras lo cual le dijo a Débora que iba a llevarla a comer a uno de sus restaurantes favoritos, un sitio que solía visitar con frecuencia desde que fue por primera vez con Sho al recién llegar a Múnich, cuando ambos estaban "solteros y sin compromiso". No sólo su comida alemana era excelente sino que además los meseros ya conocían a Levin, tanto por ser quien era como por ser cliente regular, y le ofrecieron una mesa apartada en donde no sería molestado ni reconocido, al menos no tan fácilmente. Débora se sintió un tanto ofuscada al ver el lujo del sitio pues no estaba acostumbrada a ese tipo de restaurantes, pero Stefan la tranquilizó al señalarle que él tampoco estaba vestido para la ocasión y que se relajara, pues el establecimiento no exigía ninguna etiqueta en el vestir.
– ¿Qué fue lo que le dijiste a Lily cuando hablaste con ella? –quiso saber Débora–. ¿Cómo se lo tomó, aparte de hacerte una broma sobre tu apariencia de cholo del metro de la Ciudad de México?
– Ehhh, pues le dije que me has perdonado y que estoy dispuesto a ir contigo en serio. –Stefan titubeó–. Y que voy a corregir mis errores de la mejor manera posible…
– ¿Y te creyó? –insistió ella, analizando su expresión.
– Pues… sí –dudó él–. Creo que ya no estaba tan reacia a perdonarme, quizás porque ya se dio cuenta de que esta vez estoy siendo sincero, tanto contigo como con ella. Y si bien no pudo evitar soltarme un último sermón sobre mi "agria actitud", al final se alegró de que hubiera podido abrir los ojos a tiempo.
– ¿Eso es todo? ¿No te insultó ni amenazó con cortar alguna parte de tu cuerpo? –La mexicana enarcó ambas cejas–. ¿Estás seguro de que hablaste con Lily Del Valle?
– No, eso no fue todo –confesó Stefan, avergonzado–. En cuanto comencé a hablar, me soltó muchas palabras en español, que mucho sospecho que algunas eran groserías y otras tantas fueron amenazas, pero al final se calmó, tras un buen rato de despotricar contra mí y contra todos mis ancestros, y me permitió continuar.
– Eso suena más a Lily –sonrió Débora, conteniendo apenas la carcajada–. Puedo creer que ella al final te hubiese creído, pero de primera intención sin duda que tendría ganas de colgarte. ¿Entonces puedo confiar en que ya no pretenderá clavarte algún bisturí por la espalda cuando menos te lo esperes?
– Yo creo que sí –respondió Levin, rascándose con incomodidad una oreja–. Aunque Sho me ha dicho que no me vendría mal el comprarme un chaleco blindado…
– Bueno, pudo haber sido peor –aseguró la médica, y esta vez sí se rio–. Me da gusto saber que has hecho las paces con ella, porque no me gustaría que hubiera problemas entre mi novio y una de mis mejores amigas.
La comida resultó agradable y ambos pasaron un buen rato, aunque no se escaparon del hecho de que un par de personas se acercaran a pedirle un autógrafo a Stefan; dichas personas miraron a Débora con curiosidad, como si quisieran saber quién era ella y qué relación tenía con el sueco, a lo que ella les decía, como respuesta a esa pregunta no formulada, que era su médico y que se estaba encargando de que él comiera adecuadamente para que no le diese un infarto; esta explicación, por supuesto, no convencía a nadie y Levin tuvo que hacer un gran esfuerzo para no reírse cada vez, aunque sus admiradores no se atrevieron a hacer ninguna pregunta y se marchaban tras haber conseguido lo que deseaban.
– No es fácil estar con una celebridad –se burló Débora al dejar restaurante, al tiempo que un par de teléfonos los enfocaban–. Me pregunto cómo le hacen Nela, Lily, Bárbara y Elieth para lidiar con eso.
– No veo que ellas lo pasen mal –replicó Levin, preocupado–. ¿A ti te resulta muy incómodo?
– No, para nada, no me molesta en lo más mínimo –negó ella, colgándose de su brazo–. Todo lo contrario, me parece divertidísimo.
– Me parece muy bien –aceptó él, claramente aliviado–. Porque no falta mucho para que en alguna entrevista declare que tengo una nueva pareja y no me gustaría que eso te afectara de alguna manera.
– Claro que me afectará, ¡pero de forma positiva! –exclamó Débora, emocionada.
La otra actividad que Levin tenía planeada ese día para Débora era llevarla a recorrer la ciudad en bicicleta, algo que de manera habitual se hacía con un guía pero Stefan consiguió que sólo les rentaran los aparatos para irse por su cuenta, pues ambos conocían Múnich relativamente bien. Así pues, la pareja dio un largo paseo por las orillas del río Isar y visitaron las plazas de Königsplatz y Odeonsplatz, tras lo cual se dieron una vuelta por el antiguo casco de Múnich. Débora se sentía muy feliz y realizada ya que eran ese tipo de actividades tan sencillas las que más disfrutaba hacer con Stefan, y le alegraba haber descubierto que en ese punto ambos se parecían, pues preferían las cosas sencillas de la vida en vez de los sitios excesivamente elegantes (con excepción del restaurante a donde la llevó, pero acudir de vez en cuando a uno de esos lugares no estaba mal tampoco). El pasear en bicicleta, con el sol acariciándoles la piel y el viento alborotando sus cabellos, los hizo sentirse enamorados y libres de toda culpa, compartiendo la dicha de estar vivos.
Al final, Levin llevó a Débora al Englischer Garden, en donde aprovecharon para descansar un rato, recostados sobre una pequeña manta que les prestó el guía que les rentó las bicicletas. Cuando el sol comenzó a ocultarse por el horizonte y en el cielo brilló la primera estrella, Stefan sacó una cajita de la bolsa de su chamarra y se la dio a Débora.
– No soy una persona romántica así que no sé cómo darte esto –comentó él, cuando ella tomó la caja con sorpresa–. Hace unos días nos ofrecieron estas joyas para regalarlas a nuestros seres queridos y quise comprar una para ti. Es algo sencillo y creo que es hasta cursi, pero sí lo hago de corazón.
Débora no contestó al ver la pulsera, pero sí sonrió al acariciarla. Pensando en que quizás no se atrevería a decir todo lo que quería decir si titubeaba, Levin no esperó respuesta por mucho tiempo y continuó hablando.
– Cuando Karen murió, sentí que había perdido una de mis alas –musitó el sueco, con la mirada perdida en la lejanía–. Ella y el fútbol eran las dos alas brillantes y blancas que me permitían volar muy alto, pero con su partida perdí una de ellas. Sin embargo, ahora siento que esa ala me ha vuelto a crecer y que es mucho más fuerte que la anterior, lo cual ha sido gracias a ti. Esta pulsera por sí sola es un detalle insignificante comparado a lo mucho que has hecho por mí, Débora.
Ella siguió sin hablar y continuó acariciando la pulsera, sin mirarlo. Los minutos pasaron sin que la doctora pretendiera cortar el silencio con alguna palabra, lo cual preocupó al sueco; temiendo haberla ofendido, Levin se aventuró a preguntarle el motivo de su mutismo.
– ¿He dicho algo que te haya lastimado? –inquirió Stefan, preocupado–. Si fue así, no era mi intención hacerlo.
– No es eso, todo lo contrario, me has conmovido mucho –respondió Débora, todavía sin mirarlo–. Pero creo que me estás dando un crédito que no me corresponde, Stef. Desde que te conozco, has tenido tras de ti ese par de alas brillantes y tan blancas como las noches de verano en Suecia, es una de las cosas que me cautivaron al instante de ti, pero creo que no lo habías querido ver. O quizás no podías hacerlo, también es posible. En cualquier caso, si de verdad perdiste un ala cuando Karen se fue, no fue gracias a mí que te ha vuelto a crecer sino a tu propia fortaleza. Tal vez he sido yo la que te hizo notarlo pero, créeme, siempre estuvo ahí.
Stefan se dio cuenta, con mucha sorpresa, de que Débora había conseguirlo conmoverlo a un nivel que no se imaginó que sería posible. No le gustaba comparar a Karen con Débora y de hecho debía dejar de hacerlo, pero a pesar de ser tan distintas, ambas se parecían en la nobleza y sencillez de sus propios corazones.
– Yo sé lo que siento y no estoy dándote más crédito del que te corresponde –contradijo Stefan, tomando la pulsera del estuche para colocársela en la muñeca–. Quizás sea cierto que esa ala ya la tenía, pero que hayas sido tú quien me ha permitido verla habla de lo mucho que el conocerte ha influido en mí.
– Ay, Stefan, ya no pases tanto tiempo con Sho, se te está pegando lo cursi. –Débora se ruborizó y se mordió el labio–. Y no es que moleste, ¡pero extraño al chico frío y sexy!
Por respuesta, Levin se echó a reír, tras lo cual se acercó a Débora y la besó en los labios, al tiempo de que comenzaban a encenderse las primeras bombillas de luz.
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Tokio.
Sentado en el quicio de la ventana, Misaki contemplaba la Luna, que flotaba en un cielo que todavía tenía luz solar. Detrás de él, Eriko dormía tranquilamente en su mullida cama, mecida por la música de Tchaikovsky que sonaba desde su Smartphone, situación que Taro había aprovechado para sentarse junto a la ventana a meditar.
Desde hacía días que él tenía una sensación extraña, un presentimiento de ésos que te hacen creer que el mundo va a cambiar, para bien o para mal, en los próximos días y él no sabía el porqué. Una sensación similar lo invadió días antes de tener ese accidente que le impidió jugar el Mundial Sub-19, pero en aquél entonces se lo atribuyó al hecho de que iba a reunirse con su madre y con su media hermana y por eso no le prestó la atención que debía. No fue sino hasta que estuvo en su cama de hospital, con la pierna izquierda destrozada y recién operada, que Taro aceptó que ese mal presentimiento estaba relacionado al accidente y no a la reunión con su madre. Sin embargo, ¿cómo habría podido adivinar que en esa ocasión la situación se le iba a tornar tan adversa? Misaki rio al recordar que su peor temor era enfrentarse a esa señora que lo dio a luz, pero al final eso resultó ser un juego de niños comparado a lo que tuvo que pasar después, con la difícil fisioterapia y la larga y dolorosa recuperación, que trajo como consecuencia la amargura de saber que había decaído su nivel futbolístico.
Tomando en cuenta este antecedente, Misaki temía que su presentimiento le estuviese advirtiendo sobre una nueva desgracia. La pregunta era: ¿A quién le tocaría ser señalado por la mala suerte esta vez? ¿Sería a él mismo, a su padre, a su madre, a su media hermana? ¿O quizás sería Eriko la afectada? Al pensar en ella, Taro no pudo evitar voltear hacia la cama, en donde yacía la muchacha de largo cabello negro, y el corazón se le encogió de angustia al pensar que algo podía llegar a sucederle.
"No, no será a ella, ni a ninguno de tus familiares… sabes bien que, una vez más, la desgracia volverá a caer sobre Japón… Siempre sucede así, cada vez que Tsubasa Ozhora se encuentra lejos, Japón es incapaz de evadir la mala suerte, como si él fuese su amuleto o la única razón por la que el equipo puede afrontar la adversidad…".
– Aunque sea verdad, estoy harto de que consideren que no soy capaz sacar adelante al equipo sin él –musitó Misaki, apretando los puños–. Japón clasificará a los Olímpicos sin Tsubasa, de eso me encargo yo.
La Luna, blanca como mancha de pintura sobre el cielo del atardecer, le regresó una mirada vacía, una mirada que le asegura que sí, que la tragedia estaba por caer en alguno de los miembros del equipo, otra vez.
¿Sería a Misaki a quien le afectaría esta nueva desgracia? ¿Volvería a sufrir otro accidente grave como el que tuvo hacía algunos años? ¿O sería otro jugador el elegido? Taro suspiró, apesadumbrado, y se preguntó si habría alguna manera de evitar ese destino.
Notas:
– Enric Taylor, el pseudónimo que le he puesto a Karl Heinz Schneider, lo saqué de Enric, que es la versión francesa de "Heinz", mientras que Taylor es una variante de la palabra "tailor", que quiere decir "sastre" en inglés, pues "Schneider" en alemán significa "sastre".
– Lo de que las dos alas de Levin eran Karen y el fútbol es algo que él mismo expresó en el manga Captain Tsubasa World Youth.
– En el capítulo pasado me preguntaron si Yuji Soga aparece como titular de la Selección de Japón en los Juegos Olímpicos de Madrid y la respuesta es sí, Soga es titular e incluso está jugando el último partido desarrollado en el manga Captain Tsubasa Rising Sun, que es el de Japón vs Alemania.
