Capítulo 52.
Múnich.
Rudy Frank estaba sentado en un sillón de la sala de su casa, con una botella de cerveza Coronita a medio beber. Se suponía que él tenía como regla el no ingerir alcohol antes de un compromiso futbolístico importante pero en ese momento la necesitaba. Su mujer y su hija menor le habían armado tal escándalo por haberles ocultado que Karl había ido a cenar con Hedy Lims que el pobre hombre llegó a temer que Lorelei ahora sí se iba a divorciar de él para después tomar a Marie y llevársela de regreso a Hamburgo. Rudy Frank pocas veces había visto tan enojadas a su mujer y a su hija pero en esta ocasión tenían motivos para estarlo (en las otras también pero él no lo iba admitir). Y las publicaciones de la Lims en Instagram no hacían sino empeorar la situación pues en ellas parecía que Karl se la había pasado muy bien en compañía de la modelo y todos los Schneider sabían que eso no podía ser más que un truco de la mujer. Rudy Frank había intentado explicarles a Marie y a Lorelei que si no se les dijo nada con anterioridad fue porque sabía que se iban a molestar y tratarían de intervenir, lo cual podría empeorar la situación, pero ninguna de las dos quiso escucharlo y tras soltarle una buena tanda de reclamos y aventarle un par de objetos cocina, ambas se habían ido a atrincherar a la habitación de Marie, de donde parecía que no iban a salir nunca.
– ¿Interrumpo? –preguntó Leonardo con voz amigable.
El entrenador levantó la cabeza con sorpresa, pues con el lío se le olvidó que el mexicano estaba ahí, y notó que éste llevaba una botella de cerveza Paulaner en la mano. No sabía si Lorelei o Marie se la habían dado o si Leonardo la había tomado directamente del refrigerador pero no le importó, aunque no dejó de pensar en la ironía.
– Sólo las cavilaciones de un hombre sentenciado a muerte –respondió Rudy Frank, con una sonrisa amarga.
– Oh, vamos, seguro que ha estado en situaciones peores, a juzgar por lo que me ha contado Marie. –Leonardo se sentó en el sillón que estaba ubicado frente a aquél en donde se encontraba Rudy Frank, tras lo cual señaló la Coronita que tenía Rudy Frank en la mano–. Eso que tiene ahí es una cerveza de porquería, ¿sabía usted?
– Es curioso que digas eso, considerando que es una cerveza mexicana. –Esta vez, la sonrisa del señor Schneider fue genuina.
– Eso no quita que esa cosa sepa a orina de perro, es un asco –replicó Leonardo–. No me pregunte cómo sé a qué sabe la orina de perro.
– No lo haré –aseguró Rudy Frank, tras lo cual se echó a reír–. Yo creo que la Corona tiene un sabor diferente a las cervezas que tenemos aquí.
– Usted, como buen alemán que es, debe de saber que la cerveza de calidad se tiene que embotellar en un envase oscuro o se alterarán sus propiedades. –Leonardo se encogió de hombros–. Pero algún imbécil compatriota mío creyó que es buena idea vender cerveza en botellas transparentes, lo que cambia su sabor y la convierte en algo horrible. Yo no sé cómo es que la Corona es tan conocida a nivel mundial cuando es una reverenda porquería.
– Quizás precisamente porque es diferente a las demás –sugirió Rudy Frank, tras acabarse su Coronita de un trago.
– Supongo que, si no podíamos ser los mejores en cerveza, nos teníamos que conformar con ser los peores. –Leonardo frunció el ceño, tras lo cual añadió con voz más amable–. ¿Cómo se siente, señor? ¿Cómo si lo hubiera atropellado el tren del feminismo fúrico?
– Más o menos, sí. –El alemán suspiró, aunque ya no estaba tan desalentado como cabría esperarse–. Hubo un momento en el que mi mente se cerró a tanto reclamo, no hice más que decirme: "Rudy, tú te buscaste esto, te toca aguantar como hombre".
– Y aguantó muy bien, señor, lo admiro por eso, yo habría claudicado a los cinco minutos –sonrió Leonardo y luego se acabó su Paulaner–. Perdóneme si no fui de mucha ayuda pero supuse que lo mejor era no intervenir.
– Al contrario, lamento que hayas tenido que ver eso –negó Rudy Frank–. No se me ocurrió pedirles a mi mujer y a Marie que se comportaran delante de ti.
– No hicieron nada que no hubiera visto ya en mi propia familia –lo tranquilizó Leonardo–. Cuando mis hermanas discuten, el diablo toma nota de sus tácticas de guerra. Estuve considerando la posibilidad de irme y dejarlo solo, pero pensé que sería descortés marcharme sin despedirme y además pensé que quizás le haría falta compañía masculina una vez que se acabaran los reclamos.
– Te lo agradezco, tanto tu amabilidad como tu apoyo –dijo Rudy Frank, reconociendo que la charla amena y ligera de su casi yerno le estaba ayudando a relajarse–. Aunque no quisiera admitir ante ti que soy un pésimo jefe de familia.
– No se castigue así, no es para tanto –negó el mexicano, jugando con su botella vacía–. No digo que las mujeres no lo tengan difícil, pero uno como hombre tiene mayor estrés al tratar de conseguir que todos los miembros de su familia estén bien. Es como hacer malabares con bolas ardientes, esperas que no se te caiga ninguna pero al mismo tiempo te das cuenta de que esas bolas te queman un poco más cada vez que las tocas.
– Exactamente así me he sentido en estos días. –Rudy Frank tuvo que aceptar abiertamente que Leonardo le agradaba por sincero y directo–. Estoy muy preocupado por Karl Heinz, no sólo como padre sino también como entrenador y siento que le fallé como ambos, no pude protegerlo a ningún nivel. Y al mismo tiempo sé que fracasé también al ocultarle esta información al resto de mi familia, pero no pensé que fuese buena idea el enterar a mi mujer y a mis hijas del lío en el que él se vio inmiscuido ya que de cualquier manera no habrían podido hacer algo para solucionarlo.
– Bueno, por lo poco que sé en base a mi propia experiencia, habrá situaciones en las que usted no podrá hacer nada por sus hijos, más que rezar para que no se maten en el proceso de vivir –suspiró Leonardo, pensando en su propio padre–. Y este caso es un buen ejemplo, al menos en lo que respecta a su hijo, porque quizás sí hubiera sido mejor que usted mismo les contara la verdad a su esposa y a Marie.
– Ya lo sé. –Rudy Frank dejó la botella de Coronita en una mesa cercana y se tapó los ojos con una mano–. Espero que no haya una próxima vez, pero si la hay, ya sé que primero que nada debo contárselo a mi esposa para evitar que me ase como cerdo a la parrilla cuando se entere.
Ambos hombres rieron a carcajadas y Leonardo le preguntó al entrenador Schneider si quería una cerveza de verdad, a lo que éste contestó que sí pero que era su deber como anfitrión el dársela así que sería él quien iría a la cocina; sin embargo, Leonardo aseguró que tras lo que acababa de pasar ya estaban por encima de esos convencionalismo sociales y lo acompañó. Rudy Frank sacó de su compartimiento secreto del refrigerador un par de cervezas Spaten y las destapó, dándole una a Leonardo.
– Éstas las tengo bien escondidas, que no se vería bien que el entrenador del Bayern Múnich tome cerveza de una marca que compite directamente con la Paulaner –señaló, con sorna.
– Si me permite el comentario, señor, creo que después de lo que la Paulaner le ha hecho a su hijo, se merece que en los partidos del Bayern use una camiseta que diga: "YO SÓLO TOMO SPATEN" –replicó el mexicano–. Escrito con letras bien grandes y rojas para que resalten. Cuando los superiores abusan, es bueno hacer un poco de resistencia pacifista.
– Gracias por la idea pero no pienso ponerla en práctica, que quiero conservar mi trabajo, ya he cometido muchas estupideces en el pasado –rio Rudy Frank–. Y espero que nunca hayas aplicado esa regla tuya conmigo.
– ¿Lo de la resistencia pacifista? –cuestionó Leonardo, con cara de total inocencia–. No, señor, nunca. Sería incapaz.
– ¿Sabes? A pesar de lo cínico que eres, considero que eres un muchacho muy maduro para tu edad y eso me sorprende –comentó el entrenador Schneider, sin dejo de burla.
– Gracias, señor, pero usted sabe que no lo soy tanto –negó el mexicano–. Sólo me he limitado a repetirle las palabras que alguna vez me dijo alguien mucho más maduro y sabio que yo, a quien por cierto tengo mucho tiempo de no ver.
– ¿Tu padre? –aventuró Rudy Frank.
– El mismo –suspiró Leonardo.- Cuando veo los problemas que tienen su hijo y usted y cómo tratan de resolverlos, puedo entender muchas de las cosas que me decía mi papá y que no supe apreciar en su momento.
– Marie me dijo que vas a comunicarte con él pronto –señaló el alemán–. Espero que todo marche bien con él.
– Gracias. Y no se ofenda, señor, pero tiene una hija muy chismosa –contestó Leonardo, tras lo cual apuró su cerveza.
Fue esa charla tranquila con alguien que no quería ahorcarlo lo que le permitió a Rudy Frank calmarse y pensar en una estrategia para el control de daños. Porque sí, seguía siendo el padre de esa familia y como tal haría que todos sus integrantes afrontaran adecuadamente el desastre tropical conocido como Hedy Lims.
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Cuando Karl abrió los ojos, se dio cuenta con cierto pánico de que se le había hecho tarde. Muy tarde, en verdad, tanto que seguramente ya tendría el teléfono repleto de mensajes y llamadas perdidas, pero se había sentido tan seguro y protegido durmiendo en brazos de Elieth que no pudo evitar perder la noción de la realidad y entregarse plácidamente a un sueño que había estado evitando en las últimas noches a causa del estrés. A través de las cortinas parcialmente cerradas se colaba la luz del sol a raudales, lo que le indicaba a Karl que seguramente ya debía ser media mañana. Por todos los cielos, ¿cómo fue que pudo dormir tanto, por qué Elieth no lo había despertado?
Al incorporarse, Schneider notó que la francesa seguía dormida a su lado, acurrucada entre las sábanas; ella tampoco había dormido mucho en las últimas noches debido al trabajo y sin duda que le pasó lo mismo que a él, que se quedó dormida aprovechando que estaba en un lugar seguro con el hombre al que amaba. Por la mente del alemán pasó la posibilidad de despertarla en ese momento para decirle de una vez por todas lo sucedido con Hedy Lims; ése no era el mejor momento sin lugar a dudas pero, considerando de qué se trataba el asunto, ninguno lo sería y de todos modos él iba a llegar tarde a entrenar, qué más daba si se tardaba tres horas más. Pero Karl tuvo un momento de duda, una milésima de segundo que fue crucial para los acontecimientos que se desarrollaron posteriormente y que ya no se pudieron cambiar, pues durante ese breve instante de duda él sintió que su celular comenzaba a vibrar como condenado y no tuvo más remedio que levantarse para tomarlo de la mesita de noche de Elieth, en donde lo dejó en modo silencio la noche anterior. Al verlo, Karl se dio cuenta de que lo estaba llamando su padre y se apresuró a contestar, pues él debía estar muy preocupado.
– Hola, papá –saludó Karl, en voz baja–. Lo lamento, me quedé dormido…
– ¡Karl Heinz, por fin! –vociferó Rudy Frank, aliviado–. ¡Estaba a punto de mandar al ejército a atrapar a Hedy Lims, pensé que algo te había sucedido!
"De haberlo sabido, me tardo más tiempo en aparecer", pensó Karl, con una mueca irónica. "Así al menos le habrían metido un buen susto a esa mujer".
– Lo siento mucho, entrenador, de verdad –susurró él, saliendo de la habitación para no despertar a Elieth–. Pero anoche, tras botar a Hedy Lims en el basurero, fui a buscar a Elieth a su departamento y se me pasaron las horas sin sentir.
– ¿Estás con la señorita Shanks?. –El tono de voz del entrenador Schneider pasó de la preocupación a la perplejidad–. ¿Es por eso que no contestabas?
– Sí –musitó Karl, sintiendo cómo la sangre comenzaba a invadir su rostro–. Yo… me quedé dormido…
– Entiendo –dijo Rudy Frank, muy serio, tras lo cual se echó a reír a carcajadas–. ¡Me hubieras mandado un mensaje cuando menos para saber que te encontrabas con ella! Cuando no llegaste a la hora acostumbrada a Säbener Straße, me preocupé mucho porque pensé que Hedy Lims te había secuestrado pero no tenía manera de localizarla a ella y tú no contestabas el teléfono, lo cual por cierto me hizo pensar que mi idea del secuestro no era tan descabellada.
– Lo siento, de verdad que no escuché –lo interrumpió Karl en ese momento.
– Sí, sí, ya me imagino el porqué y realmente no te culpo–. El entrenador se escuchaba realmente feliz–. El caso es que me contacté tantas veces con el directivo de la Paulaner que creo que ya me bloqueó el número y créeme que ya estaba consiguiendo el número de la Bundespolizei para reportarte como desaparecido cuando decidí intentarlo una vez más y por fin me has respondido.
– Papá, la Bundespolizei se encarga de la seguridad nacional, no de los desaparecidos –replicó Karl, armándose de paciencia; tras pasarse la mano por el mentón, notó que le hacía falta una afeitada pues, en su plan de rebeldía mayúscula se había negado hasta a rasurarse antes de la cita con la Lims–. O de situaciones que involucren un acto terrorista.
– Un secuestro de una persona famosa puede ser considerado un acto de terrorismo, si la usan como rehén para tratar de conseguir un bien personal o la liberación de un preso político –replicó el señor Schneider, sin inmutarse–. Creo que el que tu teléfono siguiera recibiendo mis llamadas me hizo pensar que quizás estaba exagerando pues, si de verdad te hubiesen secuestrado, lo primero que esa gente habría hecho sería apagarlo.
"¿'Quizás' estabas exagerando?", pensó Karl, haciendo una mueca. "No, papá, para nada, llamar a la organización que se encarga de los actos terroristas sólo porque tu hijo se quedó dormido no es exagerar, para nada".
– Como digas, entrenador. –Karl no creía ser lo suficientemente importante como para que alguien quisiera secuestrarlo para solicitar la liberación de un rehén político pero prefirió ya no insistir con el tema–. Voy para allá en este mismo instante, espero que el tráfico ya no esté tan pesado a estas horas.
– De acuerdo, hijo, acá te espero –aceptó Rudy Frank–. Pero vente con cuidado, de cualquier manera vas a llegar tarde y no tiene caso que te arriesgues a un accidente por ahorrarte un par de minutos.
– Lo tendré, no te preocupes –respondió Karl, tras lo cual cortó la comunicación.
Rudy Frank, visiblemente aliviado, le avisó al doctor Stein, a Lily y a sus asistentes que Karl al fin había dado señales de vida y que no había de qué preocuparse porque ya se encontraba en camino. No se le ocurrió comentarle a su hijo acerca de las publicaciones de Instagram de Hedy Lims porque dio por hecho que él sabía sobre ellas y que debió de haberlas comentado con Elieth Shanks ya que ellos pasaron la noche juntos. De lo que Rudy Frank sí se encargaría sería de hablarle a Karl, en cuanto pudiera, sobre la mala reacción que tuvieron Lorelei y Marie cuando se enteraron de que a él lo obligaron a salir con la modelo, porque era casi seguro que las dos le dejarían caer una buena bronca a él también en cuanto las viera.
Karl, mientras tanto, se dio prisa para vestirse y salir cuanto antes con rumbo a Säbener Straße; por suerte, había tomado la precaución de seguir la costumbre de Lily de llevar una muda de ropa en la cajuela de su auto y tenía un cambio de uniforme deportivo, que fue el que se puso para no tener que perder tiempo en pasar a su propio departamento. Elieth debía estar muy cansada pues, a pesar de que Karl tomó sus precauciones para no hacer mucho ruido, estaba seguro de que ella tendría que haberse despertado con alguno de sus movimientos pero la chica ni se inmutó. Karl la contempló durante unos minutos mientras consideraba lo que debía hacer, tenía ganas de despertarla y decirle de una maldita vez lo sucedido con Hedy Lims, pero él sabía que no había tiempo y que una noticia así no se podía soltar cinco segundos antes de que se marchara y mucho menos tras haber hecho el amor con ella la noche previa. ¿Qué debía hacer? El tiempo pasaba y no había muchas opciones. ¡Si tan sólo no estuviese tan cerca el partido de la DFB-Pokal, él podría faltar al entrenamiento y quedarse para hacer estallar la Tercera Guerra Mundial! (La cual también sería ocasionada por un alemán, qué ironía). Pero por culpa de ese partido, Schneider no podía saltarse ningún entrenamiento, ya suficiente problema sería el llegar a media mañana y fingir que todo marchaba bien.
– Perdóname –murmuró Karl, besando a Elieth en la frente–. Te prometo que hablaremos en cuanto regrese del entrenamiento.
En la mesa de trabajo de la reportera, Schneider vio un bloc de notas y una pluma; siguiendo un impulso, el alemán garrapateó en una de ellas las frases "Wir sehen uns später. Ich liebe dich (Te veré más tarde. Te amo)" a manera de despedida, esperando que Elieth las viera al despertar. El joven tomó entonces su cartera, la mochila en donde metió la ropa sucia y su Smartphone y se dispuso a marcharse. Justo cuando estaba por cerrar la puerta del departamento, lo asaltó la terrible sensación de que se había activado la cuenta regresiva y de que sería imposible evitar que todo le estallara en la cara. Karl sacudió la cabeza para alejar esos pensamientos de su mente y se apresuró a salir del edificio, consciente de que en ese momento debía volver a activar su "modo fútbol" y dejar de lado, al menos de momento, todo el maldito lío con la maldita Hedy Lims.
Media hora más tarde, Elieth se despertó cuando un rayo de sol le pegó directo en la cara. Despertando con el sobresalto que es común en aquellos que han dormido demasiado, ella no conseguía ubicar qué hora del día era, no sabía si se había recostado a media mañana tras haberse trasnochado o qué carajos había sucedido. Al ver la hora en el elegante reloj de pared, gritó al darse cuenta de que era tardísimo, hasta que recordó que ese día no debía acudir a las instalaciones de Säbener Straße y que no tenía que pasar por las de Sport Heute sino hasta la tarde, así que se tranquilizó. A su mente acudieron con cierta lentitud las escenas eróticas que vivió con Karl la noche anterior, que fueron una de las razones importantes por las que se quedó dormida, y al recordarlas la francesa no pudo hacer menos que preguntarse qué había sucedido con su amante.
– ¿Karl? –preguntó, en voz alta–. ¿Sigues aquí?
Lo hizo más por mero requisito que por esperar una respuesta real, pues a esas horas Schneider debía de estar en Säbener Straße. Elieth soltó una risilla al aceptar que habría sido estúpido creer que él seguiría ahí, aunque no pudo evitar preguntarse el porqué no la había despertado al marcharse.
– Y sin embargo, juraría que me besó en la frente antes de irse –murmuró Elieth, al tiempo que se tocaba con los dedos el sitio exacto en donde la besó Karl.
La muchacha decidió prepararse un café para seguir trabajando y, mientras la cafetera hacía lo suyo, Elieth se acercó a su escritorio para revisar su computadora personal y su teléfono celular, encontrando así la nota que le dejó Karl. Ella sonrió al verla y se dijo que había sido una tonta por haber dejado pasar demasiado tiempo para hacer las paces con él, aunque no lamentaba el sexo de reconciliación que habían tenido la noche previa. La joven dejó ahí la nota y se fue a la cocina a servirse un café bien cargado, reconociendo que tendría que darse un baño en cuanto terminara de revisar su correo electrónico para asegurarse de que el cónsul de Múnich, su propio padre o alguno de sus jefes no le habían enviado mensajes durante el tiempo en que estuvo desconectada. Mientras Elieth estaba en la cocina, su celular comenzó a sonar repetidamente, avisándole que estaba recibiendo varios mensajes de chat. Ella, sorprendida por la insistencia de la persona que la buscaba, se llevó su taza de café a su área de trabajo y tomó el teléfono, preguntándose qué estaría sucediendo. Elieth vio entonces que eran mensajes de Bárbara y de Nela, quienes la habían contactado de manera casi simultánea para avisarle de algo que parecía ser muy grave.
"¿Ya viste esto?", era el mensaje que había enviado Nela, junto con un enlace. "Acabo de ver la noticia en la televisión. ¡Esto tiene que ser una broma!".
"¿En dónde carajos estás?", decía Bárbara, a su vez. "¡Tienes que entrar a Instagram a checar esto!".
La pelirroja alemana también había incluido un link, que era un enlace a una cuenta de la red social antes mencionada. El de Nela la enviaba a la página online de un noticiero muniqués y Elieth no sabía cuál de los dos ver primero. Al final se decidió primero por el de Instagram, porque sospechaba que el del noticiero no le iba a gustar para nada debido a que seguramente se trataba de algún chisme o rumor malintencionado relacionado a ella. Sin embargo, el enlace de Bárbara habría de ser mucho peor pues la cuenta era de Hedy Lims, en donde claramente se veían las fotografías que ella tomó durante su cita con Karl Heinz Schneider en el Blue Lagoon.
Elieth dejó caer la taza al piso, la cual se estrelló en varios pedazos y dejó una mancha oscura que pronto se expandió sobre el mosaico; ella tuvo que hacer un gran esfuerzo de voluntad para no gritar con todas sus fuerzas, mientras sostenía el teléfono con tanta fuerza que los dedos comenzaron a ponérsele blancos. Káiser, asustado, se dio cuenta de que acababa de desatarse la tormenta y fue a hacerse ovillo a un sillón.
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El teléfono de Wakabayashi pitó para avisarle que tenía un mensaje nuevo en WhatsApp. El joven había estado viendo el canal deportivo en la televisión del hotel, tras haberse despedido de Lily antes de que ella se marchara a Säbener Straße, para ponerse al tanto de las noticias del mundo del deporte y criticar los análisis que se hacían con respecto a la convocatoria lanzada por Kozo Kira. Las protestas continuaban por el hecho de que no se había mandado llamar a Tsubasa Ozhora, pero éste hizo una declaración en la que anunciaba que, aún si hubiera sido convocado, no habría podido aceptar el formar parte de la Selección debido a sus compromisos con el Barcelona, así que tendría que dejarle todo el trabajo de clasificar a sus compañeros, en quienes confiaba plenamente.
– Y no te vamos a fallar, Tsubasa, ya lo verás –musitó Genzo, mientras tomaba su celular para checar el mensaje, con ligera sorpresa pues no esperaba que alguien lo llamara a esas horas.
"La cena de Karl con Hedy Lims fue anoche. Al parecer, hubo cambio de planes y se adelantó un día debido a un error con el calendario de partidos del Bayern", había escrito Lily. "Ya se me hacía a mí que no era lógico que quisieran que Karl fuese a cenar la noche previa a un juego importante. En fin, esto no pinta nada bien…".
"¿La cita fue ayer? ¿Sabes si Schneider alcanzó a hablar con la Peque antes?", preguntó Genzo, haciendo una mueca al ver el mensaje.
"No lo sé, no he podido hablar con él porque no ha llegado aún y no contesta su teléfono", respondió Lily. "Pero lo dudo mucho, ambos estuvieron muy ocupados ayer".
"¿Dices que Schneider no ha llegado al entrenamiento todavía?", este comentario hizo que saltaran las alarmas del portero. "No sabía que había vuelto a su costumbre de faltar a los entrenamientos".
"No lo había hecho durante el tiempo en que llevo trabajando aquí, eso es nuevo", escribió Lily. "¿De verdad es cierta la leyenda urbana que dice que, cuando formaba parte del Hamburgo Juvenil, Karl Heinz Schneider no acudía a los entrenamientos porque es tan bueno que no necesitaba entrenar?".
"En parte, sí", tecleó Genzo, sonriendo involuntariamente al recordar esas épocas. "Aunque Schneider no faltaba porque no necesitara entrenar sino porque en ese entonces tenía problemas familiares serios, creo que él podrá hablarte sobre ese tema mejor que yo. En todo caso, ¿tiene justificación para no haber llegado ahora?".
"No. Y el entrenador está tan preocupado como yo", fue la contestación de Lily. "Nos estamos preguntando si no lo habrá secuestrado Hedy Lims…".
"¿De verdad crees que eso sea posible?", él no supo si ella estaba hablando en serio o no.
"No, estaba siendo irónica, no la creo tan inteligente", negó Lily. "Pensaría más bien en un accidente pero no hemos recibido noticias de alguno que haya ocurrido en las últimas horas, aunque tampoco es como si hubiera tenido oportunidad de checar las notas policíacas, te consta que anoche estuve muy ocupada".
"Mucho, pero no escuché que te quejaras", contestó Genzo, mientras sonreía con malicia. "Pero dado que te distrajiste por mi culpa, yo me ocuparé de eso, haré una búsqueda en televisión y en Internet y si encuentro algo te lo informaré".
"Gracias, Gen. Yo te avisaré si Karl llega en algún momento", agradeció Lily.
"De acuerdo. Sigue conquistando el mundo, doctora", se despidió él.
Wakabayashi tomó entonces el control remoto del televisor y se puso a hacer zapping, es decir, a cambiar canales para buscar alguno que le hablara sobre las noticias locales, encontrándolo en el canal número diez u once que revisó. Se trataba de un programa muniqués que comentaba las noticias de última hora, desde política hasta economía, pasando por espectáculos y deportes. En esta última sección, el comentarista se dedicó a hacer un análisis pre partido del Bayern Múnich y las posibilidades que éste tenía de ganarle al Hamburgo, mencionando que las herramientas pesadas del equipo muniqués estaban en su mejor momento y que por tanto sus probabilidades de ganar eran altísimas, sobre todo ahora que Karl Heinz Schneider había roto todos los récords habidos y por haber de la Bundesliga.
– Schneider está en su mejor momento y no bromea cuando habla de llevarse el triplete este año –dijo el comentarista deportivo, refiriéndose a que Karl quería ganar el trofeo de la Bundesliga, el de la DFB-Pokal y el de la Champions League en la misma temporada–. Y el Hamburgo, como sabemos, está pasando por su peor racha ahora que tiene lesionado a Hermann Kaltz, una de las piezas claves de su ataque, y que ya no cuenta con Genzo Wakabayashi, su pieza máxima en la defensa…
– Bien, que Schneider no se ha vuelto a estrellar en su Porsche o ya lo habrían dicho –comentó Genzo, aliviado–. Ni tampoco está en la cárcel o toda Alemania ya estaría enterada a estas horas…
– No sabemos si esto es una "crónica de una muerte anunciada", pero lo que es seguro es que será interesante ver si Schneider consigue ampliar la ventaja en la tabla de goleo que le lleva por el momento al griego Kages –finalizó el comentarista.
El portero estuvo a punto de cambiar de canal cuando el locutor principal del programa, al escuchar el nombre de Schneider, sonrió abiertamente a la cámara de manera burlona e hizo una seña para dar a entender que él iba a tomar el control de la charla a partir de ese momento.
– Y hablando de Karl Heinz Schneider, al parecer ha encontrado a una nueva pareja –anunció el hombre, con un tono de voz que a Genzo le pareció innecesariamente sarcástico–. Hoy por la mañana nos despertamos con la sorpresa de que el nuevo Káiser de Alemania ha encontrado al amor de su vida en la señorita Hedy Lims, modelo de talla internacional con quien ya trabajó alguna vez en los promocionales que el Bayern Múnich tuvo con la cervecería Paulaner al comienzo de la temporada.
– ¡¿PERO QUÉ DEMONIOS?!.- exclamó Wakabayashi, sin poder evitarlo.
Había muchas mentiras en esa declaración, como el decir que Hedy Lims era "señorita" o una "modelo de talla internacional", pero la que verdaderamente iba a traer problemas era la que aseguraba que ella era la nueva pareja del Káiser de Alemania.
"¡Más le vale a Schneider ya haber hablado con Elieth o esto va a acabar muy mal!", pensó Wakabayashi, preguntándose si Lily estaría enterada de este nuevo problema, tras lo cual se cuestionó si sería demasiado pronto para ir pensando en qué traje se pondría para el funeral, porque era segurísimo que Karl no estaría vivo para el final del día.
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Dado que Hermann Kaltz no formaría parte de la alineación oficial del Hamburgo para sus próximos encuentros, él decidió viajar a Múnich con anticipación para pasar esos días con Bárbara y analizar al Bayern no sólo en el partido de la DFB-Pokal sino también en el que tendría en la Bundesliga. A Kaltz le fastidiaba sobremanera el tener que vivir esos encuentros desde la tribuna pero no tenía más opción debido a su lesión; secretamente, Hermann también pensaba que el Hamburgo no tenía muchas posibilidades de ganarle al Bayern ahora que él, que funcionaba como eje de ataque, no estaría para iniciar jugadas de riesgo ni para contener a Schneider, pero se cuidó de comentarlo con alguien que no fuera Bárbara o lo habrían tachado de traidor. Desde que Zeeman corrió a Wakabayashi por llevarle la contraria, ya nadie en el equipo se atrevía a hablar de más ante el riesgo de que el entrenador les hiciera lo mismo que a aquél, pero eso no significaba que no hubiera inconformidades, sobre todo por el hecho de que el Hamburgo seguía descendiendo lugares en la tabla general de la Bundesliga.
Ciertamente, Schwaizer había mejorado mucho como suplente permanente de Wakabayashi pero seguía sin estar al nivel de éste; además, quedaba el hecho de que todo el plan de ataque actual del equipo se estaba basando mayoritariamente en Alder Ëkdal, cuyos problemas fuera de la cancha estaban afectando notoriamente su nivel futbolístico: de alguna manera, se hizo público que el noruego viajó hasta Múnich para acosar a la novia de Genzo Wakabayashi durante una celebración privada del Bayern Múnich, por lo que el portero tuvo que defenderla a golpes y esta noticia le acarreó a Ëkdal el repudio de sus compañeros y del resto de los futbolistas alemanes en general por haber violado la regla de oro de no meterse con la pareja de un compañero. Era obvio que la historia de lo ocurrido en la fiesta de médicos del Bayern fue deformada por los medios que publicaron la noticia, pero ni Lily ni Genzo se esforzaron mucho por desmentirla y a Ëkdal nadie le creyó cuando aseguró que todo era mentira; esto ocasionó que muchos no confiaran ya en él para ser el pivote de ataque en vez de Kaltz, lo cual afectaba en gran medida el desempeño general del equipo. Hermann intentó hacerles ver a sus compañeros que su actuación como conjunto debía estar por encima de cualquier cuestión personal (sin atreverse a desmentir la versión del abuso físico a Lily porque no estaba seguro de lo que sucedió cuando ella y Ëkdal estuvieron solos), pero aunque sus compañeros trataban de dar lo mejor de sí para compenetrarse con el noruego, el rendimiento del Hamburgo no era ni de cerca el que fue cuando se enfrentó al Bayern meses atrás, con Genzo Wakabayashi en la portería.
– Velo desde el punto de vista positivo: si pierden por goleada, seguro que a Zeeman lo botarán con una patada en el trasero –le dijo Bárbara, cuando Kaltz le externó sus preocupaciones.
– No me parece que eso sea un buen consuelo –bufó Kaltz, frunciendo el ceño.
A pesar de tenerlo todo en contra, Ëkdal estaba decidido a demostrar que era mejor que Kaltz en todos los niveles y que, por supuesto, el Hamburgo no necesitaba a Genzo Wakabayashi para recuperar la senda del triunfo pues él sabría darle la victoria que ni el portero ni Kaltz pudieron conseguirle; sin embargo, Alder había cometido varios errores en los últimos entrenamientos y parecía que estaba ganándole el estrés. Quizás Kaltz habría podido encontrar la manera de hacer que el juego en conjunto funcionara adecuadamente y actuar como el adhesivo que mantendría unido al equipo pero, estando lesionado, no le quedaba más remedio que ser el espectador que sabe que se avecina una catástrofe pero que no puede hacer algo para impedirla.
Lo único bueno de este asunto era que Hermann tendría la oportunidad de pasar tiempo a solas con Bárbara, lo cual lo recompensaría en gran medida considerando que ellos tampoco tenían muchas oportunidades para verse en persona dado que vivían en extremos opuestos del país. Bárbara no pudo recibirlo en el aeropuerto pero se reunió con él después y le dedicó todos y cada uno de sus minutos libres, y así sería mientras Kaltz estuviese en Múnich. El día posterior a la cena entre Schneider y la Lims, Hermann y Bárbara desayunaron juntos y después él la acompañó al hospital, en donde fue reconocido por algunos pacientes que le preguntaron si estaba ahí para espiar al Bayern. A Kaltz esto le causaba gracia y respondía de buen humor, hasta que alguien le preguntó qué opinaba del hecho de que su viejo amigo de la infancia y antiguo compañero de equipo, Karl Heinz Schneider, estuviese saliendo con una modelo desconocida.
– ¿De qué hablas? –preguntó Kaltz, extrañado. "Que yo sepa, Elieth Shanks es reportera, no modelo", pensó, tras lo cual añadió–: No te entiendo.
– Es de lo que todo mundo está hablando esta mañana, de las fotos del Instagram de Hedy Lims cenando con el Káiser de Alemania –contestó la persona con quien hablaba.
Hermann se volteó para mirar a Bárbara, que estaba parada detrás de él, y ambos intercambiaron una mirada de desconcierto. El alemán se despidió rápidamente de su interlocutor y se acercó a su novia, quien ya había sacado su celular para buscar la cuenta de Instagram de Hedy Lims. Y cuando la encontró, tanto ella como Kaltz gritaron de la sorpresa.
– ¿Qué carajos está pasando aquí? –espetó Bárbara, enojada–. ¿Qué clase de maldita broma de Blind es ésta?
– No lo sé, pero no creo que sea una broma de Blind –respondió Kaltz, muy asombrado–. Debe haber alguna buena explicación para esto.
– Elieth tiene que saberlo –resolvió Bárbara, empezando a teclear en su teléfono con mucha rapidez–. ¡Ese infeliz sinvergüenza!
Con "ese infeliz sinvergüenza", ella estaba refiriéndose a Schneider, por supuesto. Quiso Kaltz detenerla y decirle que, antes de juzgar, lo prudente sería averiguar primero si las fotos eran falsas y si habría alguna buena explicación para justificarlas en caso de que fueran verdaderas, como que quizás se trataba de algún promocional. Sin embargo, Bárbara ya había enviado el mensaje que había escrito para Elieth, asegurando que su deber como amiga era informar así como el de Schneider era aclarar la situación. Hermann no pudo hacer más que suspirar, al darse cuenta de que su novia tenía razón, al menos en parte.
"Ay, viejo Schneider, más te vale estar preparado para esto, porque te va a caer una buena", pensó Kaltz.
Bueno, que si Elieth Shanks mandaba a Schneider al hospital, al menos el Hamburgo ya no tendría que preocuparse de perder por goleada.
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Hedy Lims se levantó esa mañana sintiendo que al fin todo le estaba saliendo como quería. Lo primero que hizo, aún antes de someterse a su rutina de belleza, fue hablar con uno de sus contactos en el noticiero local para darle la información pertinente sobre su cena con Karl Heinz Schneider, haciéndole llegar las fotografías que subió a su cuenta de Instagram para que no se pusiera en duda la veracidad de su declaración. Hedy sabía que la gente del espectáculo era tan poco escrupulosa que no se molestaría en buscar la versión de Karl, al menos no de momento, así que estaba confiada en que, para esa misma tarde, toda Alemania sabría ya de su relación con el Káiser. Además, en unas cuantas horas más tenía programada la entrevista con la reportera de Mujer Ibérica, una revista española de chismes muy popular en Europa, en donde ella hablaría de su cita con Schneider con todo lujo de detalles. Eso sería el comienzo de un romance tórrido del que hablaría todo el mundo, al menos a su parecer.
Por supuesto, ella estaba perfectamente consciente de que Karl, en cuanto se enterara de estos chismes, se apresuraría a desmentir sus declaraciones, algo que no había contemplado en su plan original. Hedy en verdad había creído que conseguiría hacer caer a Schneider durante la cena, o después de ésta, pero él había resistido tan fácilmente a sus encantos que llegó a considerar la opción de que fuese gay, como tanta gente sospechaba debido a la relación de amor/odio que tenía con ese portero japonés llamado Genzo Wakabayashi. Sin embargo, la modelo descartó esa idea al recordar a Elieth Shanks; Hedy no lo quería admitir pero casi prefería que Karl fuese gay al hecho de que él hubiera resistido sus embates debido a que estaba enamorado de Elieth, porque eso habría sido reconocer que otra mujer le ganó limpiamente el juego.
– Como si esa francesa pudiera estar a mi altura –farfulló Hedy, mientras se limpiaba el rostro a conciencia–. No, por supuesto que no lo está ni lo estará jamás.
Hedy estuvo dándole muchas vueltas al asunto hasta llegó a una solución más o menos adecuada para contrarrestar las posibles declaraciones de Schneider: fingiría sentirse dolida ante el hecho de que él sólo la quiso para conquista de una noche. No sería difícil de convencer al público alemán, tan acostumbrado a los rumores de que Karl Heinz Schneider es un mujeriego, de que éste había vuelto a las andadas con una modelo que se había enamorado de él. En estos casos, la gente casi siempre se ponía del lado de la despechaba así que Hedy tenía más oportunidades de ganar que Karl. Era una lástima, sin embargo, que Blind estuviese en el ojo del huracán y que tuviera varias demandas de difamación en contra porque a la modelo le habría encantado contratar los servicios de su "reportero estrella" para que escribiera una historia jugosa al respecto.
Tras pasar varias horas preparando cuidadosamente su maquillaje, su peinado y su ropa, Hedy estuvo lista para continuar con la siguiente fase de su planificada agenda: había decidido aparecerse en Säbener Straße para estar presente en el entrenamiento de ese día. Su idea era llegar a media mañana para causar más impacto, tras lo cual se tomaría nuevas fotos para subirlas a su Instagram y afianzar así la idea que dejó con las que tomó la noche anterior (las cuales, por cierto, habían recibido muchos favoritos y comentarios). Así pues, la joven solicitó un Uber y llegó a las instalaciones deportivas del Bayern Múnich, las cuales estaban sospechosamente solas, al menos en la entrada. Pronto habría de descubrir la causa, lo cual supuso un golpe para su plan: debido a la cercanía del próximo partido de la Bundesliga, que se jugaría al día siguiente, el entrenamiento se estaba dando a puertas cerradas y, por tanto, nadie ajeno al campus podía ingresar.
– Pero yo soy la novia del Káiser y tengo derecho a verlo –dijo Hedy al guardia que le impedía la entrada, con su tono de voz más convincente–. Tengo entendido que a las esposas y novias de los jugadores no se les prohíbe la entrada.
– Usted lo ha dicho: a las novias y esposas pero usted no es ninguna de las dos cosas –replicó el hombre, con desgana–. No le creo ni una sola palabra de que usted es la novia de Karl Heinz Schneider.
– ¿Cómo se atreve a poner en duda lo que le digo? –espetó Hedy, enojándose–. ¡Soy la novia de Schneider!
– ¿Sabe usted cuántas mujeres han dicho eso en el tiempo que llevo trabajando aquí? –El guardia la contempló con aburrimiento–. Muchas, tantas que ya perdí la cuenta. Ya váyase y no me haga perder mi tiempo, que luego no les gusta cuando una las toma por el brazo para obligarlas a marcharse.
– ¡Esto es inaudito! –gritó Hedy, cada vez más furiosa–. ¡Karl se enterará de esto!
– Ajá. Así como se ha enterado de las veces que traté mal a sus "otras novias" –se burló el guardia, tras lo cual le dio la espalda.
Fue sorprendente la facilidad con la que Hedy perdió el aplomo y el buen humor; enojada como estaba, sacó su teléfono y buscó el número del directivo de la Paulaner, al cual le marcó con tanta rabia que dejó marcadas las huellas de sus dedos sobre la mica protectora. Una vez que el hombre le contestó, Hedy se descargó en insultos contra el guardia y en protestas contra Rudy Frank por hacer un entrenamiento a puertas cerradas, a lo que el directivo intentó tranquilizarla. Hedy, por supuesto, esperaba que el hombre le dijera que iba a hablar con quien fuera necesario para que la dejaran entrar, pero su amante le dio largas al asunto y eso la hizo enojar todavía más.
– Haré todo lo posible para que te den un boleto para el encuentro de la DFB-Pokal –ofreció el directivo–. No te prometo que también te conseguiré uno para el de la Bundesliga que se jugará mañana pero lo intentaré…
– ¡No me importan los partidos, el fútbol me aburre! –gritó Hedy, a través del teléfono–. ¡Lo que quiero es que me dejen entrar a este maldito entrenamiento!
– Lo siento, en verdad, pero no puedo conseguirte eso –respondió el hombre, tras un ligero titubeo–. La presidencia del club ha presionado para que no se interrumpan las prácticas de los jugadores bajo ningún concepto, lo que significa que no puedes aparecerte en Säbener Straße sin aviso y mucho menos antes de un partido, a menos que hayas recibido una invitación para hacerlo.
– ¿Qué? ¿Y por qué no puedo venir aquí en el momento que yo quiera? –cuestionó Hedy, a grandes voces–. ¡Se supone que tienes poder, demuéstralo! ¡Todos en el Bayern Múnich deberían de hacer lo que la Paulaner les ordene!
– Las cosas no funcionan así, linda, esta asociación es más complicada de lo que crees. –El hombre usó un tono paternal y se armó de paciencia para hacer entrar en razón a esa mujer caprichosa–. Tengo poder, sí, pero hasta cierto nivel. La Paulaner es patrocinador del Bayern Múnich, que es un equipo de fútbol, lo que significa que recibimos ganancias cuando ellos hacen lo suyo, es decir, jugar fútbol, por lo que no debo interponerme en las prácticas que les permiten ser los mejores del país, ¿entiendes? Nadie quiere patrocinar a un equipo segundón, linda. Además, el entrenador ha estado presionando en las altas esferas para que dejes de acosar a la estrella de Múnich y le permitas hacer su trabajo, lo cual es bastante lógico y ni yo puedo oponerme a ello, así que sé buena y aguántate, que después puedo conseguirte otras citas con el Káiser de Alemania si me dejas mover mis influencias.
Hedy hizo una rabieta cuando escuchó que Rudy Frank Schneider presionó para mantenerla alejada de su hijo. "Maldito entrenador chapucero de pacotilla", pensó, enojada. Sin embargo, una parte de su cerebro le decía que si continuaba haciendo escándalo, podría perder el apoyo del directivo así que tuvo que intentar calmarse.
– Además no entiendo por qué te quejas –continuaba el hombre–. Por lo que he visto, aprovechaste bien tu cena, ahora mucha gente cree que eres la nueva pareja de Schneider. ¿No era eso lo que querías? Deberías de estar contenta en vez de estarme pidiendo imposibles.
– Supongo que tienes razón –aceptó Hedy, modulando su tono de voz–. Pero mi historia sería más creíble si me permitieran entrar al entrenamiento para ver a mi nuevo novio.
– Pues si quieres entrar, pídeselo a él, que para esas cuestiones tiene más poder que yo –replicó el directivo–. Y discúlpame, pero tengo cosas importantes qué hacer.
Sin esperar respuesta, el hombre colgó y ocasionó que Hedy soltara una maldición muy poco propia para la "señorita" que aparentaba ser. Alguien menos terca se habría marchado para prepararse para la entrevista que tenía pendiente con Mujer Ibérica, pero Hedy estaba empeñada en conseguir fotografías del entrenamiento así que se puso a pensar en una manera de poder entrar a las instalaciones que tenía enfrente suyo, con lo cual comenzó a oler a quemado pues sus neuronas trabajaban al cien. Sin embargo, antes de que pudiera encontrar una respuesta a su dilema, Hedy vio llegar a Elieth Shanks, quien casi estrella su auto Mercedes Benz SL Class contra la valla del estacionamiento, tras lo cual descendió hecha una furia, revoloteando como un pequeño huracán hasta la entrada.
La modelo esperaba que a la reportera también le negaran la entrada, cosa que se quedó con ganas de ver porque Elieth trabajaba ahí y por tanto no le impidieron el ingreso, a pesar de que ése no era día laborable para ella. Hedy volvió a maldecir, furiosa, por la suerte de su supuesta "rival" y reanudó sus intentos para poder entrar a las instalaciones del club, decidida a pelearse con quien fuese necesario para conseguirlo.
– ¿Otra vez tú? –El guardia puso cara de fastidio al verla, como si pensara: "¿Por qué tengo que estar de guardia cuando vienen estas locas?".
Ajena a esto, Elieth recorrió a toda velocidad el camino que llevaba hasta los campos de entrenamiento. Estaba tan furiosa que ignoraba todo lo que sucedía a su alrededor: el jefe de prensa del Bayern se sorprendió al verla y le preguntó si había algún problema, a lo que la francesa no contestó. Otros más intentaron acercársele y ella los despechó sin ningún miramiento ni importarle si estaba siendo descortés, era tanto su dolor y su rabia que nada le importaba en ese momento. Es más que obvio que Elieth ya había visto no sólo las fotos del Instagram de Hedy Lims sino también la nota del noticiario local y los múltiples chismes que circulaban por Internet acerca de la nueva relación entre Karl Heinz Schneider y Hedy Lims. Elieth habría podido creer que todo era una trampa de la Lims, una más de sus jugarretas para intentar "robarse" a Karl, o que el estúpido reportero de Blind cuyo nombre le importaba un carajo había vuelto a las andadas a pesar de las amenazas, pero estaban esas fotos, ¡esas malditas fotos! No cabía duda de que Karl había estado cenando con Hedy en un restaurante la noche anterior, no se trataba de un doble ni de alguien que se le pareciera mucho, era él y nadie más que él quien estaba ahí, teniendo una cita romántica con esa maldita perra flacucha e interesada. ¡Y todavía ese infeliz mujeriego tuvo el descaro de ir a buscarla para acostarse con ella tras haber estado con la Lims! Ah, pero se lo haría pagar muy caro, ¡por supuesto que Schneider lo pagaría!
Karl supo que todo había terminado mal cuando vio a Elieth ir hacia él, con el aspecto de una valkiria enfurecida cuyo cabello rizado y dorado ondeaba como una bandera de guerra; el joven, que todavía no sabía sobre la existencia de las fotos de Instagram porque llegó tan tarde al entrenamiento que se acopló a él sin detenerse en nimiedades, se preguntó quién o qué la habría puesto sobre alerta, qué habría sido lo que lo delató. ¿Sería que acaso Hedy Lims le llamó personalmente a Elieth para hablarle sobre la cita o lo habría hecho el directivo de la Paulaner?
"Eso no tiene ningún sentido, no hay manera en la que alguno de esos dos haya podido conseguir el número de Eli tan pronto", pensó Schneider. Se había quedado clavado en su sitio, incapaz de moverse para evitar la catástrofe. "Mira nada más, sabes que estás en riesgo de perder a la mujer que amas y tú eres incapaz de pensar en otra cosa que no sea una estupidez…".
Todavía así, Karl conservó la esperanza de que estuviese equivocado y que Elieth en realidad no estuviera enojada con él; esto le permitió volver a tener control de su cuerpo y se movió para comenzar a caminar hacia ella. Schneider estaba consciente de que el entrenamiento no se había pausado y de que estaba en riesgo de recibir un balonazo por no estar poniendo atención pero no le importó. ¡Qué más daba! Si de cualquier manera se avecinaba una catástrofe, un golpe más en la cabeza no iba a marcar la diferencia.
"Quizás, si te pegan en la cabeza con un balón, Elieth termine apiadándose de ti y te perdone…", le dijo una voz a su oído.
"Sé perfectamente bien que eso no ocurrirá", se respondió Karl a sí mismo, casi de inmediato. "Conociéndola, lo más seguro es que tome ese balón y lo estrelle una y otra vez contra mi cabeza…". Este pensamiento estúpido casi lo hizo sonreír, aunque ése sería su último error: Elieth, al verlo, se tomó esa casi sonrisa como una burla e incrementó su enojo, lo que ocasionó que ella, al llegar frente a Karl, le estampara con tanta fuerza la mano en la mejilla que al alemán se le adormeció la mitad del rostro.
– ¡ERES UN MALDITO DESGRACIADO! –gritó Elieth, con tanta fuerza que los jugadores que se encontraban más cerca de ellos voltearon a verlos, asustados–. ¿CÓMO PUDISTE HACERME ESTO, CÓMO FUISTE CAPAZ?
– Por favor. –Karl echó mano de su autocontrol para no sucumbir–. Por favor, déjame explicártelo todo…
– ¡No me salgas con esas estupideces, Karl Heinz Schneider, esto no es una maldita novela romántica en donde haces cosas buenas que parecen malas y lo resuelves con una charla estúpida! –lo cortó ella, con fiereza, tras lo cual sacó su celular y le mostró la pantalla–. ¡No hay manera en la que puedas explicar lo de esta cena!
Había que decir que Elieth todavía conservaba un mínimo de esperanza de que las fotos estuviesen trucadas o que se tratara de un montaje, pero cuando vio la expresión de Karl supo que no era así: eran reales, muy reales, tanto como el dolor que en ese momento le carcomió las entrañas. Schneider no estaba seguro de cuándo y cómo le había tomado Hedy esas fotografías y supo que había pecado de ingenuo con ella.
"¡Maldita sea, debí haber roto ese maldito celular!", pensó.
– Sí que puedo. –A pesar de todo, Karl mantuvo la compostura. Él nunca había perdido la cabeza en las situaciones difíciles y ésta no sería la excepción, a pesar de que le estaba partiendo el corazón el ver a Elieth tan frágil. Tenía enormes deseos de abrazarla y de besarla pero sabía que un paso en falso sería fatal, así que tenía que pensar con cuidado sus palabras–. Sí fui a cenar con Lims ayer pero no fue por gusto sino por obligación, la Paulaner me forzó a hacerlo y…
– ¡No me mientas! –lo interrumpió Elieth, agitando el teléfono en su cara–. ¡No te atrevas a usar conmigo una justificación tan estúpida, no hay manera en la que te crea que te obligaron a salir con esa modelo de cuarta!
Para ese momento, el equipo entero ya se había dado cuenta de lo que estaba pasando y pusieron sobre aviso al entrenador Schneider, a quien sólo le hizo falta una revisión rápida de la escena para comprender la situación y se recriminó de inmediato, a pesar de que nada de lo que sucedía era culpa suya. Él recordó entonces las palabras que Leonardo Del Valle le dijo la noche previa: "Habrá situaciones en las que usted no podrá hacer nada por sus hijos, más que rezar para que no se maten en el proceso de vivir", pero aunque sabía que eran ciertas, Rudy Frank no pudo ponerlas en práctica. Sin importarle que estaba siendo nepotista al por mayor, ordenó que se detuviera el entrenamiento y mandó a todos los jugadores a los vestidores. Los únicos que se quedaron presentes, por ser los más cercanos a Karl, fueron Sho y Levin, además del mismo entrenador, quienes no pudieron hacer algo más que actuar como simples espectadores.
– ¡Es la verdad, créeme, por favor! –pidió Karl, alzando la voz no porque quisiera sino para hacerse oír–. ¡YO NO SALÍ CON HEDY LIMS POR GUSTO SINO PORQUE ME OBLIGARON A HACERLO!
– ¡No me grites, que no porque lo hagas voy a creerte! –espetó Elieth, escupiendo las palabras–. ¡Y lo peor de todo es que te acostaste conmigo después de haber estado con ésa! ¿Cómo pudiste ser tan cínico y tan infeliz?
– ¡Habla con tu hermano, él puede confirmar mis palabras! –pidió Schneider, a pesar de que no le gustaba involucrar a personas ajenas en sus batallas–. ¡Él sabe bien que intenté por todos los medios posibles escaparme de ese infierno!
– ¡No te rebajes a meter a Leo en esto! –Elieth lo golpeó en el brazo con el puño cerrado–. ¡Si bien sé que a los hombres les gustan las modelos flacas y esqueléticas como esa desgraciada, qué tonta fui al creer en ti!
– Elieth, por favor, escucha mis palabras –suplicó Karl, bajando el tono de su voz con la esperanza de que ella se tranquilizara–. La única mujer que me interesa eres tú, no me importan las modelos ni las actrices ni nadie que no seas tú. Reconozco que esto ha sido mi culpa, porque no te hablé de ello cuando debería, dejé pasar mucho tiempo y anoche, en vez de contártelo todo, me dejé llevar por lo que siento por ti. ¡Perdóname y dame la oportunidad de demostrarte que lo que te digo es verdad!
El truco de Karl funcionó, pero no de la manera en la que él pretendía: Elieth dejó de gritar y de gesticular, limitándose a mirarlo con los ojos llenos de lágrimas.
– Quisiera creerte, pero en verdad no puedo –contestó, para después darse la media vuelta y marcharse a todo correr–. ¡Ya déjame en paz y no te atrevas a buscarme!
– ¡Elieth, espera! –Karl, por supuesto, fue tras ella, pero aunque era más veloz y llevaba un calzado más adecuado, con lo que pudo darle alcance al poco tiempo, no se atrevió a detenerla y se limitó a seguirla, al tiempo en que le pedía que le dejara explicarse.
Rudy Frank, al verlos, movió la cabeza pesarosamente de un lado a otro, desanimado; a su vez, Sho y Stefan se miraron entre sí, sin saber muy bien qué hacer o decir.
– ¿Por qué siempre pasan estas cosas antes de los partidos importantes? –preguntó Sho, con un suspiro.
– Porque si no, no habría historia –replicó Levin, encogiéndose de hombros.
Karl siguió a Elieth hasta la salida, explicando, rogando, pidiendo, aguardando, pero ella no se detuvo ni aminoró su marcha, soltándole palabras de rechazo y de odio mezcladas con reclamos. Él sabía que, si ella se iba, nunca más volvería a verla ni tendría oportunidad de arreglar la situación. Una y otra vez, Karl maldijo interiormente a Hedy Lims y maldijo el día en el que ella puso sus ojos en él. ¿Por qué le costaba tanto entender que no la quería cerca y que él amaba a alguien más? Para alguien como Karl, cuya escasa experiencia en el amor lo convertía en alguien muy ingenuo, le era difícil comprender las motivaciones de alguien como Hedy, a quien no le importaba romper una relación siempre y cuando ella saliera ganando.
Fue cuando llegaron a la salida cuando Schneider al fin se animó a tomar a Elieth por los hombros para detenerla, girarla y obligarla a mirarlo. Para su sorpresa, ella no hizo algo para impedírselo pero al ver su rostro él se desmoronó: la joven tenía los ojos grises anegados en lágrimas y su expresión de tristeza le rompió el corazón.
– Una vez más te lo pido: déjame que te cuente todo –musitó Karl.
– Yo confié en ti y tú me traicionaste –fue la dolorosa respuesta de Elieth–. Yo de verdad creí que no eras un mujeriego, confié en que no eran ciertas todas las acusaciones que hacían sobre ti y, ¿qué gané por creerte? Que jugaras conmigo y me destrozaras el corazón. Espero que estés contento, ya soy una más de tus conquistas. ¡No te quiero volver a ver en toda mi vida!
Estas duras palabras calaron tan hondo en el corazón del alemán que fue incapaz de seguirla hasta su automóvil, Karl vio cómo Elieth se escapaba a toda velocidad en su Mercedez Benz SL Class sin que pudiera hacer algo para impedirlo. Y por primera vez en muchísimos años, se sintió perdido y muy solo.
Hedy Lims, que había estado observando las últimas escenas, no pudo hacer menos que esbozar una sonrisita de triunfo al ver el resultado de la confrontación entre Karl y Elieth. Bien, que no importaba que no la hubieran dejado entrar al entrenamiento, al final de cuentas la victoria ya era suya.
Notas:
– La cerveza Spaten es originaria de Múnich y es una de las más consumidas en el famoso Oktoberfest.
– La Bundespolizei es la policía federal de Alemania, encargada de la seguridad nacional y fronteriza, de la protección de edificios federales y embajadas extranjeras así como es la que toma el control en caso de actos terroristas.
– Mujer Ibérica es una revista ficticia que inventamos Elieth Schneider y yo para mi novela original "El Sonido del Silencio".
