Capítulo 53.
Tokio.
El entrenador Kozo Kira leía la información recabada sobre otras selecciones que le había hecho llegar Tamotsu Ide, un joven que trabajaba como analista de datos y que había colaborado grandemente con la Selección de Japón desde el Mundial Sub-19. Ide era un experto recopilando información sobre los equipos rivales y se había vuelto una pieza indispensable del cuerpo técnico desde que ayudó a que Japón ganara el ya mencionado Mundial, así que en cuanto Kira tomó el mando de la Sub-23 le pidió a Ide que investigara todo lo que pudiera sobre los equipos que tenían más probabilidades de participar en las Olimpiadas para que así Kira pudiera planear una estrategia en base a sus posibles rivales. Alemania, Francia, Países Bajos y España ya estaban clasificadas por parte de Europa, así como Estados Unidos y México serían los invitados de la Concacaf, mientras que Brasil y Argentina estaban en proceso de obtener su boleto también pero a través de la Conmebol. Quizás era pronto para comenzar a analizar a los rivales de la justa olímpica cuando Japón en sí todavía no conseguía su boleto pero Kira quería darse una idea general del nivel que habría en tan magno evento. Además, él ya tenía su plan bien definido para las preliminares asiáticas y sabía cómo guiaría el equipo para obtener la tan ansiada victoria, no había algo de malo en querer analizar a los rivales de la siguiente etapa si ya se estaba seguro de obtener la clasificación.
Justo cuando el hombre estaba por comenzar a revisar las notas relacionadas a los Países Bajos, alguien tocó la puerta con delicadeza y Kira exclamó un sonoro "¡Pase!", tras lo cual aquélla se abrió y entraron Hana e Ide; el joven llevaba un paquete grueso de hojas en las manos y las depositó en el escritorio de Kira tras hacer una reverencia.
– Estos son los últimos datos que recabé sobre nuestros rivales en las preliminares asiáticas, entrenador –informó Tamotsu–. Me pareció prudente volver a analizarlos ahora que varios equipos hicieron cambios en las alineaciones.
– Tal y como hicimos nosotros –asintió Kira, aprobatoriamente–. Muy bien hecho, Ide, gracias por tu colaboración.
– No tiene nada qué agradecer –exclamó Ide, guiñando un ojo–. ¡Siempre será un placer contribuir con la victoria de Japón!
No era desconocido para Kira que el joven había querido ser futbolista pero acabó siendo un analista muy eficaz, con lo cual había aportado mucho más al triunfo de la Selección de Japón que si hubiera sido goleador.
– ¿Y tú, Hana, tienes algo qué decirme? –preguntó Kira, mirando a su asistente–. Te noto preocupada.
– Wakabayashi no se ha presentado aún –contestó la chica–, ni tampoco se ha reportado a través de otros medios. He estado intentando comunicarme con él pero no responde a mis llamadas ni a mis correos electrónicos.
– Déjalo estar, todavía hay tiempo –replicó el técnico, sin inmutarse–. Me pidió tiempo para arreglar sus asuntos en Alemania y aún no se vence el plazo que me pidió, así que no te preocupes. Wakabayashi estará presente en el primer partido, que de eso no te quede duda.
– Como usted diga, entrenador –contestó Hana, aunque no se veía muy convencida.
Ella y Tamotsu intercambiaron miradas entre sí con cierta incomodidad, lo que ocasionó que Kira levantara ambas cejas en un gesto interrogativo.
– ¿Qué sucede? –preguntó el hombre–. Los noto preocupados, ¿ha pasado algo que no me están contando?
– No, entrenador –negó Hana, rápidamente–. Es sólo que Ide y yo hemos estado hablando y… y bueno, yo no soy la más indicada para comentarle esto, no estoy en posición de juzgar pero Ide sí se lo puede decir.
– Yo tampoco estoy en posición de juzgar –se apresuró a corregir Tamotsu.- Más bien, lo que queremos es expresar ciertas inquietudes que han surgido en base al reciente análisis que he hecho de los seleccionados, entrenador.
– Pues dilo entonces, Ide. –Kira lo animó a hablar, al tiempo que señalaba una de las sillas que se encontraban frente a su escritorio–. Te escucho.
El muchacho se sentó en el lugar señalado, mientras que Hana, más discreta, tomaba asiento en un pequeño banco de madera ubicado en un rincón de la oficina.
– Verá, entrenador, he estado analizando sobre todo el desempeño de los porteros –comenzó Ide–. Y me inquieta mucho la diferencia tan grande que hay entre la habilidad del primer guardameta, Genzo Wakabayashi, y la del tercero, Yuzo Morisaki, sus niveles son muy discordantes entre sí y creo que a la larga eso podría ser un problema, considerando que el segundo portero, Ken Wakashimazu, cuya diferencia con Wakabayashi es menor, va a jugar como delantero en algunos partidos.
– ¿Qué clase de problema podría haber con respecto a que Morisaki y Wakabayashi no estén al mismo nivel? –Kira no comprendía la situación.
– Que si Wakabayashi juega Japón no tendrá problemas, él fácilmente puede detener los disparos que haga cualquiera de los jugadores de las selecciones a las que nos enfrentaremos en las preliminares –explicó Tamotsu–. Pero si Wakabayashi por algún motivo no jugara y Wakashimazu no estuviera en posición de sustituirlo debido a que está como delantero, entonces Morisaki tendría que ocupar su lugar. Siendo así, nuestras posibilidades de clasificar a los Olímpicos caerían drásticamente ya que Morisaki en sí no tiene mucha experiencia en torneos internacionales.
– Hmmm –musitó el entrenador Kira, pensativo.
Él trató de recordar si Morisaki había tenido alguna actuación notoria en los últimos dos Mundiales que jugó Japón con su Generación Dorada, es decir, en el Sub-16 y en el Sub-19, pero falló al no acordarse de algún partido importante en el que Morisaki hubiese estado protegiendo la portería en cualquiera de los torneos mencionados. ¿Cuándo había sido la última vez que el joven Yuzo había defendido la camiseta en un partido oficial con Japón?
– Ya que no lo recuerda, permítame refrescarle la memoria –sugirió Ide, al notar que Kira no lograba hacer la conexión pertinente–. Con la Selección Sub-16, Yuzo Morisaki no jugó ni un partido oficial, sólo estuvo presente en los amistosos. Y con la Sub-19, el último encuentro que Morisaki disputó fue en la Copa Asiática, cuando entró a sustituir a Wakabayashi en el partido contra China. De ahí en más, sus participaciones han sido meramente en amistosos, Morisaki no tiene experiencia en torneos internacionales oficiales y eso no es muy bueno estadísticamente hablando, entrenador.
– Puede que tengas razón –concedió Kira, dándose cuenta al fin de cuál era el problema del que hablaba Tamotsu–. Pero ya es un hecho que contaremos con Wakabayashi, no hay motivo para preocuparse pues él cumplirá con su Selección ya que siempre ha demostrado ser uno de los jugadores más comprometidos con la misma, no nos va a dejar colgados aunque Hana así lo tema.
– Yo no dije eso –murmuró la aludida, en voz muy baja.
– Sí, es cierto que Wakabayashi no dejará plantada a su Selección pero, ¿y si se lesiona? –replicó Ide, alterado–. He revisado sus estadísticas y las probabilidades de que él se lastime es muy alta; de hecho, no hay saga del manga en la que no sufra alguna herida que lo obligue a mantenerse fuera de algún evento importante. ¡Genzo Wakabayashi es el personaje de esta serie que más se ha lastimado a lo largo de toda la historia! ¡Entre él y Gino Hernández está el puesto del "Portero de Cristal" debido a lo propensos que son a lesionarse!
En algún lugar de Italia, al otro lado del mundo, un portero rubio y de ojos azules se incorporó en su cama y estornudó tres veces sin motivo aparente, mientras su novia lo miraba preocupada, removiéndose inquieta entre las sábanas.
–¿Estás bien, Gino? –preguntó Erika Shanks al guardameta italiano.
– Creo que me voy a enfermar –respondió Gino Hernández, tras lo cual se sonó la nariz–. Es eso, o alguien está hablando mal de mí.
De vuelta en Japón, Kira y Hana contemplaban al agitado Tamotsu con los ojos muy abiertos tras haber escuchado su espontáneo discurso.
– Lo siento, creo que me entusiasmé un poco. –Ide se rascó la cabeza, avergonzado–. Pero lo que traté de decir fue que no hay que menospreciar la idea de que Wakabayashi pueda llegar a lastimarse en algún momento y, de ser así, la portería quedaría desprotegida.
– No, porque todavía tendríamos a Wakashimazu para reemplazarlo –rebatió el técnico–. Si Wakabayashi llegara a lesionarse, todavía puedo meter a Ken en su lugar.
– ¿Y si Wakabayashi resultara herido cuando Wakashimazu ya haya sido sustituido por haber estado jugando de delantero? –insistió Ide, acaloradamente–. De ser así, éste de ninguna manera podría ocupar el puesto vacante en la portería y entonces tendría que ser Morisaki quien lo hiciera. Sé que no tengo derecho a decirle qué hacer, entrenador Kira, pero basándome en los datos previos que tengo sobre estos tres porteros, yo sugeriría que no usara tanto a Wakashimazu como delantero para que esté en condiciones de suplir a Wakabayashi por cualquier eventualidad que pudiera ocurrir con éste.
– Las probabilidades de que suceda lo que mencionas son realmente muy bajas, Ide, no creo que lleguemos a tener tan mala suerte. –El hombre sonrió–. Confío en que Wakabayashi no se lesionará esta vez, es cierto que las estadísticas le juegan en contra pero también es verdad que un rayo no pega dos veces en un mismo sitio, así que verás que todo saldrá bien. No modificaré mi plan de ataque, Ken continuará como delantero y Morisaki como suplente directo de Wakabayashi, pues en algún momento debe empezar a tener experiencia internacional.
– Entonces quizás sería prudente que comenzara de una vez –sugirió Tamotsu, en voz tan baja que Hana apenas alcanzó a escucharlo–. Lo ideal es que Morisaki practique con los rivales asiáticos en vez de esperar a hacerlo con los de las Olimpiadas, a donde ya irán los mejores del mundo…
Esto último fue dicho con poca energía, pues Ide comenzaba a darse cuenta de que estaba propasándose con sus palabras, no estaba dentro de sus responsabilidades el decirle al entrenador qué debía hacer; sin embargo, Kira no lucía molesto, todo lo contrario, parecía que se tomaba las palabras de Tamotsu como lo que eran: una genuina preocupación por el bienestar del equipo y no una evidente falta de respeto.
– Está bien, Ide, no te preocupes –fue la respuesta del entrenador–. Es algo para tener en cuenta, ciertamente, pero como te he dicho, no creo que llegue a presentarse una situación en donde Wakabayashi se lesione y no pueda ser sustituido por Wakashimazu debido a que éste ya estuvo jugando de delantero. En todo caso, lo que haré será pedirle a nuestro entrenador de porteros que se enfoque más en Morisaki.
– Sí, entrenador, como usted diga –asintió Tamotsu, avergonzado–. Discúlpeme si dije algo que le faltara al respeto.
– No te angusties, no lo hiciste –negó Kira, de buen humor.
– En ese caso, me retiro. –Ide se puso de pie e hizo una reverencia–. Quedo a sus órdenes, entrenador.
El muchacho salió precipitadamente de la oficina, despidiéndose rápidamente de Hana al pasar. Al cerrar la puerta, Kira y Aizawa se quedaron en silencio durante algunos minutos, durante los cuales sólo fue perceptible el sonido que hacía el reloj de pared que había en la habitación.
– ¿Tú también crees que estoy haciendo mal, Hana? –preguntó el hombre al fin, mirando a su asistente–. Creo recordar que dijiste que a Ide y a ti les preocupaba la misma cuestión.
– Repito que no estoy en posición de cuestionarlo, entrenador –fue la respuesta de Hana, quien se puso en pie–. Es cierto que las estadísticas juegan en contra pero también influye la suerte y el desempeño de los jugadores; considero además que usted es un buen entrenador cuando está sobrio y por tanto sé que sabe qué es lo mejor para el equipo.
– Entendí la indirecta, Hana. –Kira se echó a reír–. ¿No lo hago bien estando ebrio?
– No es que no lo haga bien, es que no debería de hacerlo. –Hana se sonrojó por su atrevimiento–. Y es mucho mejor técnico cuando no bebe, además de que también le beneficia a su hígado.
– Gracias por tu sinceridad, Hana –dijo el hombre, de buen humor–. Y te repito lo que le dije a Ide: no debes preocuparte, que lo que él ha pronosticado no sucederá.
Hana asintió con la cabeza, tras lo cual hizo una reverencia y se dispuso a marcharse para dejar que Kira continuara revisando las notas. Muchos meses después, en el estadio Abanca-Riazor de la ciudad de La Coruña, en España, Kozo Kira habría de recordar este día y se lamentaría de no haber hecho caso de las premoniciones de Ide.
Pero ésa es otra historia.
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Múnich.
El celular volvió a vibrar, haciendo un sonido rítmico de golpeteo contra la mesa. Genzo lo tomó, preguntándose quién estaría buscándolo en esta ocasión, si Lily o Kaltz pues los dos habían estado enviándole mensajes constantemente, todos ellos relacionados a Schneider, Elieth y Hedy Lims, así que podría tratarse de cualquiera. Para ese entonces, Wakabayashi ya estaba enterado de que la bomba había estallado, mucho antes de lo previsto, y que el asunto había acabado muy mal. De hecho, había pasado la última media hora triangulando información con su novia y su amigo, preguntándose cómo fue que acabó metido en ese lío monumental.
Sin embargo, no eran ni Lily ni Kaltz quienes le habían enviado a Genzo un nuevo mensaje de WhatsApp, sino alguien cuyo número no tenía registrado. El portero, al mirarlo, se dio cuenta con sorpresa de que los dígitos tenían lada de Japón, lo cual era extraño porque, cuando el joven se consiguió un teléfono nuevo, se encargó de no retomar su antiguo número para que su padre no volviera a molestarlo, de manera que el nuevo sólo lo tenía un puñado de personas.
"¿Qué tal? Sigo sin tener una idea clara de qué hora es en Alemania, así que espero no estar interrumpiendo", decía el mensaje, redactado en un perfecto inglés.
"No escribes en un mal momento pero me gustaría saber quién eres", fue la respuesta del portero, cuyo dominio del idioma no eran tan bueno como el de su interlocutor.
"¿De verdad ya no recuerdas el número de tu hermano mayor? Está bien que nos hemos hablado muy poco durante todos estos años pero aún así no creí que no supieras quién soy", contestó su interlocutor.
"¿Shuichi?", Genzo casi se va de espaldas. ¿Qué carajos hacía su hermano mayor hablándole por WhatsApp? "¿De verdad eres tú? ¿Cómo conseguiste mi número y por qué estás escribiéndome en inglés?".
"Porque dudo mucho que tu teléfono europeo reciba adecuadamente los caracteres japoneses", aclaró el mayor de los Wakabayashi. "Y con respecto a cómo obtuve tu nuevo número, basta decir que no es tan difícil cuando se tienen los contactos adecuados. ¿Puedo llamarte? Te envié mensaje porque temía importunar pero ahora que veo que estás despierto, preferiría hablar contigo directamente".
"Sólo hay siete horas de diferencia entre Alemania y Japón", replicó Genzo. "Pero sí, puedes hablarme".
Shuichi ya no respondió pero en menos de un minuto le marcó por teléfono a su hermano. Genzo suspiró antes de contestar pues, al igual que Akira, Shuichi sólo le llamaba cuando consideraba que su hermano estaba comportándose de manera inadecuada. Caso diferente era el de Keiji, quien solía comunicarse con Genzo de vez en cuando para felicitarlo por sus actuaciones en los partidos que jugaba.
– Kon'nichiwa, otōto (Hola, hermano menor) –saludó Shuichi, con más alegría de la que Genzo esperaba–. ¿Cómo estás? ¿Sigues enemistado con nuestro padre?
– No creo que no estés enterado de eso, considerando que él siempre te mantiene al tanto de lo que hacemos Keiji y yo –replicó Genzo–. ¿Qué es lo que quieres exactamente, Shuichi?
– Sí que has cambiado, antes me contestabas con más educación –reclamó Shuichi, suspirando.
– Siempre he sido un niño maleducado, eso lo has sabido desde siempre. –Genzo no se inmutó–. Y más cuando sé que me ocultan algo y pretenden fingir que no es así.
– Sin rodeos entonces. –Shuichi exhaló con fuerza–. Quería ser menos agresivo que otōsan (padre) pero es cierto que tú nunca has sido de perder el tiempo con cortesías. Él piensa desheredarte si insistes en seguir siendo tan terco, ¿lo sabías?
– No me sorprendería –aceptó Genzo–. No es algo que me preocupe, realmente.
– ¿Quizás porque tienes el fideicomiso, que nuestro padre no te puede retirar por vía legal? –replicó Shuichi, con más acidez de la que esperaba.
– Tal vez. –Genzo no quiso decirle a su hermano que no tenía idea de que Akira no le podía quitar el fideicomiso. "Es curioso que el señor Takamura no me lo haya comentado", pensó, tras lo cual dijo en voz alta–: Pero aunque lo hiciera, tampoco me estresaría por eso.
– ¿En verdad no te preocupa ser desterrado de la familia ni que seas catalogado como una vergüenza? –inquirió Shuichi.
A través del teléfono se escuchaba el rumor de unas voces que hablaban en japonés y Genzo se preguntó si Shuichi estaría llamándole desde su oficina; el portero pudo imaginarse a su hermano de pie delante de un enorme ventanal, usando un costoso traje negro de ejecutivo.
– ¿Por qué exactamente se me desterraría de la familia? –Genzo se echó a reír–. ¿Desde cuándo enamorarse es motivo para sentir vergüenza? De mi padre no me sorprende que piense eso, pero esperaba que tú ya estuvieras viviendo en este siglo, hermano.
– He hablado con Keiji. –Shuichi ignoró el reclamo que le hiciera Genzo–. Y está tan preocupado por ti como lo estoy yo. Ninguno de los dos desea que otōsan te desherede ni que decida que ya sólo tiene dos hijos vivos. Nosotros sólo queremos lo mejor para ti pero hemos acordado que sería yo quien te manifestara nuestras preocupaciones, de verdad que no consideramos que una mujer, cualquiera que sea, valga lo suficiente como para que te comportes de esta manera.
– Dudo mucho que Keiji piense de una forma tan retrógrada, pero acepto que él haya pretendido estar de acuerdo con la ideología de papá para evitar problemas –concedió el portero; sus pasos lo llevaron hasta la ventana, desde donde dominó el panorama de la ciudad, en una pose que copiaba la de su hermano con exactitud a pesar de que ambos Wakabayashi estaban separados por medio mundo de distancia–. En cualquier caso, no es sólo por la doctora Del Valle por quien estoy "comportándome de esta manera", sino también por mi derecho a tomar mis propias decisiones en todos los aspectos de mi vida, sobre todo en aquéllos tan íntimos como lo es el elegir de quién me enamoro.
– Papá siempre te dio libertad para hacer lo que te viniera en gana, ¿y te quejas de que no te está permitiendo decidir en una cuestión sin importancia? –Shuichi sonaba incrédulo, como si Genzo hubiese dicho una barbaridad–. El amor no importa para un hombre japonés, lo único que cuenta es tener una esposa decente con la cual procrear descendencia.
Genzo se quedó reflexionando sobre las palabras que acababa de decirle su hermano y se dio cuenta de cuánto había cambiado su propia mentalidad durante el tiempo que llevaba viviendo en Alemania. Quizás si se hubiera quedado en Japón, Genzo habría crecido creyendo que Shuichi tenía razón, que el amor no importa para un japonés sino sólo el casarse con una esposa de su mismo nivel y raza para tener familia, pero el irse a Alemania le abrió la mentalidad al portero a un mundo diferente en donde cuestiones como la raza, la nacionalidad y la clase social no eran más que estupideces que no influían a la hora de compaginar con otra persona, no sólo en el amor sino también en la amistad. No por nada sus amigos más íntimos eran europeos, por mucho que la gente, y él mismo, creyera que los japoneses eran los más cercanos a él. Era curioso pues que, cuando Akira Wakabayashi mandó a su hijo menor al otro lado del mundo, no hubiese considerado que esto podría llegar a suceder, que no se podría esperar que Genzo siguiera pensando como japonés tras saber pasado tanto tiempo fuera de Japón.
– Hablas como si la doctora Del Valle no fuese decente –replicó Genzo, con dureza.
– No dije que no lo fuera –contradijo Shuichi–. Pero, ¿realmente piensas en ella como tu futura esposa?
– No creo que eso sea de tu incumbencia –fue la dura respuesta de Genzo.
– En eso te equivocas: sí es de mi incumbencia, porque después de todo eres mi hermano menor y para mí nunca estarás muerto aunque nuestro padre diga que sí lo estás –bufó Shuichi–. Y te pregunto si de verdad ves a esa doctora como tu esposa porque los hombres esperamos que nuestras mujeres se dediquen por completo a nosotros y a nuestros hijos, para lo cual deben dejar sus trabajos, si es que los tienen. ¿Tu doctora dejará su empleo para atenderte como se debe? ¿Se lo pedirás sin problemas y ella aceptará sin protestar?
Por primera vez en toda la plática, Shuichi tomó a Genzo con la guardia baja. En verdad que nunca llegó a considerar la cuestión que su hermano le planteaba, pues Genzo tenía bien presente que Lily no dejaría su trabajo por él y que él nunca se lo exigiría pero, ¿qué sucedería si cualquiera de los dos, o los dos, quisieran llevar su relación al siguiente nivel?
– No tengo por qué pedirle que deje sus sueños por mí, Shuichi –contestó Genzo, tras su leve titubeo–. Como se lo dije a nuestro padre, podrías cambiarte de siglo y aceptar que los roles del hombre y de la mujer en un matrimonio han cambiado notoriamente desde que nuestros padres se casaron. Me siento raro hablando de esto contigo, ¿en verdad estamos teniendo esta plática?
– La estamos teniendo, sí. –Shuichi no pretendía darse por vencido–. De acuerdo, no le pedirás que deje su empleo por ti pero en algún momento uno de los dos tendrá que ceder y lo sabes, Genzo. Ella está establecida en una ciudad y tú ni siquiera tienes equipo, si en algún momento quisieran casarse, tu doctora tendría que renunciar a su trabajo para seguirte a la ciudad a donde te hayas ido, la cual podría estar en otro país que no sea Alemania, o bien tú tendrías que aceptar jugar para el Bayern Múnich para que los dos estén en el mismo club. A como yo lo veo, en cualquiera de los dos casos uno de los dos va a salir perdiendo: o ella por renunciar a sus sueños o tú por ceder ante un deseo que no es el tuyo. ¿Estás seguro de que eso va estar bien para ambos a largo plazo?
Esta vez, el portero se quedó callado por más tiempo, algo que Shuichi seguramente notó. Genzo no se había planteado en ningún momento la situación que su hermano mayor le estaba pintando en ese momento, se había conformado con saber que, aunque él decidiera no jugar para el Bayern, podría seguir viendo a Lily gracias al departamento que había comprado en Múnich pues estaba seguro de que ella estaría esperándolo ahí mientras luchaba por alcanzar sus propios sueños. Sin embargo, si se agregaba la palabra "matrimonio" a la ecuación, ésta se complicaba al nivel que Shuichi había dicho ya: uno de los dos tendría que renunciar a su sueño si quería que su relación llegara a ese nivel.
"Pero la solución a eso es bien simple: no te cases y ya", le dijo a Wakabayashi su fría voz interior, la que solía tomar casi todas las decisiones importantes de su vida. "¿Para qué hablar de matrimonio si las cosas están bien como están? A menos que tú, claro, ya estés pensando que quieres llegar a ese punto…".
"Es muy pronto para hablar de matrimonio", se dijo Genzo a sí mismo, mientras contemplaba la ciudad y sus habitantes. "No quiero casarme todavía pero…".
"Pero quieres hacerlo en un futuro, con ella…".
El guardameta se sorprendió mucho con su propia respuesta, a pesar de que ya la sabía desde hacía mucho tiempo. Las cuestiones del corazón sí que eran una cosa bien curiosa.
– Que te quedes callado me hace darme cuenta de algo que esperaba que no fuera cierto –fue Shuichi el que inesperadamente rompió el silencio, sorprendiendo a Genzo –: Sí quieres casarte con ella.
– ¿Sabes, Shuichi? Eres bueno, siempre lo has sido –replicó Genzo–. Siempre has sabido cómo sembrar la duda en mí, eres la única persona que conozco que es capaz de hacer eso.
– Por algo soy tu hermano mayor –replicó el aludido–. Tengo más experiencia que tú y te conozco mejor de lo que crees.
– Supongo que sí –concedió Genzo–. Pero en esta ocasión no te daré el privilegio de saber qué fue lo que me hiciste pensar con tus enredos. Tendrás que conformarte con saber que, sea cual sea la decisión que tome con respecto a mi vida privada, te enterarás de ella en su debido momento. Y que a mí las cuestiones culturales me importan un rábano.
Shuichi fue el que se quedó callado esta vez, quizás porque estaba determinando si debía insistir más o si mejor lo dejaba por la paz. Al fondo continuaban escuchándose las acaloradas discusiones hechas en japonés y esta vez Genzo sí estuvo seguro de que hablaban de negocios.
– Siempre has sido un rebelde y siempre has hecho tu voluntad, Genzo –suspiró Shuichi, al fin–. Y eso sólo es culpa de nuestro padre, se lo he dicho muchas veces y sé que sabe que tengo razón. No se puede esperar que seas obediente cuando él siempre te dio carta abierta para hacer lo que se te viniera en gana sin que además te pusiera toda la atención que necesitabas. ¿Querías faltar a la escuela para entrenar? No hay problema. ¿Querías tener tu propio entrenador de porteros en casa? No hay problema. ¿Querías irte a Alemania para convertirte en el mejor portero del mundo? ¡Sin problema! No sé por qué se sorprende de que ahora no quieras seguir sus órdenes.
– Siempre he sido un malcriado, ciertamente. –Genzo esbozó una sonrisa sardónica.
– Otōsan te dejó crecer al cuidado del señor Mikami y éste nunca te puso el alto que te merecías porque no eres su hijo –continuó Shuichi, ignorándolo–. En fin, esto es sólo una consecuencia de los actos de nuestro padre y ahora le va a tocar lidiar con eso.
– Al menos lo admites –dijo Genzo, a quien le molestó la manera en la que su hermano habló de Mikami–. Y sólo para que quede constatado, Mikami ha hecho más por mí que nuestro padre y por tanto le tengo más respeto.
– Eso también lo sabemos, los dos –replicó Shuichi–. Así como estamos conscientes de que eso es culpa de papá.
Decidiendo que no tenía caso seguir discutiendo sobre un punto en el que nunca iban a estar de acuerdo, Genzo intentó cambiar el tema a uno más neutral y preguntó por Hotaru y por Kyoya, el primer hijo de Shuichi, pero si bien éste contestó de manera sincera, era evidente que no tenía ya mucho tiempo para hablar así que cortó pronto la comunicación, no sin antes decirle que su segundo hijo ya estaba por nacer.
– Nos gustaría mucho a Hotaru y a mí que pudieras venir al nacimiento –dijo Shuichi–. Ojalá que el niño nazca cuando todavía estés por aquí con tu selección.
– Ojalá –respondió el portero, aunque no le agradaba la idea de tener que volver a ver a su padre–. Y en caso de que no pueda hacerlo, les deseo lo mejor a Hotaru y a ti.
Su hermano mayor agradeció los buenos deseos y se despidió. Genzo se quedó contemplando el teléfono durante algunos instantes, preguntándose qué carajos acababa de suceder. Tal y como se lo había dicho al mismo Shuichi momentos antes, si había alguien en el mundo que consiguiera que Genzo Wakabayashi se sintiera inseguro con respecto a una cuestión, ese alguien era Shuichi y sin duda que una vez más su hermano mayor lo había vuelto a hacer. Con sus palabras, Shuichi había logrado abrir una pequeña, pequeñísima grieta en la plena seguridad que Genzo tenía acerca de su relación con Lily Del Valle. Que la grieta se ampliara y se convirtiera en un abismo dependería en gran medida de lo que sucediera en los días siguientes.
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Sho miraba con no poca compasión a la solitaria figura que insistía en permanecer sentada en el banco, con el sudado uniforme aún puesto y la toalla colgada alrededor del cuello. La rubia cabeza continuaba agachada y, desde su ángulo, cualquiera podría haber pensado que se debía a que el dueño de esa testa dorada estaba tan deprimido que era incapaz de alzarla, pero Sho sabía que en realidad ese joven estaba revisando su teléfono, en donde una y otra vez miraba y volvía a mirar las imágenes de Instagram que Hedy Lims subió de su cena de la noche previa. Karl murmuraba por lo bajo una frase que resultaba ininteligible para su compañero pero que sin lugar a dudas era una queja de incredulidad a juzgar por el tono con el que la decía.
– Me siento mal por él –susurró Stefan Levin, junto a Sho–. Por experiencia propia sé lo mal que se siente el estar en una situación así…
– Hmmm –bufó Shunko, por lo bajo–. Lo peor del caso es que a los dos les pasó lo que les pasó por pendejos. En serio, ¿cómo es que Schneider no se vio venir lo de las fotos de Instragram?
– Es muy despistado, a mi parecer –opinó Stefan.
– Yo diría que ya peca de ingenuo –replicó Sho–. ¿Cómo no pudo sospechar siquiera que esa babosa iba a querer tomar fotografías de esa supuesta cena? ¡Y mira que yo lo sospeché a pesar de que todavía nadie me ha explicado por qué carajos Schneider tuvo una cita con Hedy Lims!
– No todos fuimos bendecidos con un ingenio tan ágil como el tuyo –dijo Levin, con sarcasmo–. Dudo mucho que tú te lo hubieras visto venir si hubieses estado en su lugar.
– Tal vez no –admitió Sho–. Pero al menos le habría prohibido sacar el celular, la habría obligado a dejarlo en el automóvil o se lo habría tirado a la basura.
– Eso sí te lo puedo creer –asintió el sueco, tras lo cual agregó–: Pero Schneider funciona a un nivel diferente. Es como si hubiera dos personas viviendo en su cuerpo: al pisar el césped, él se transforma en un despiadado atacante, pero al salir de él, es tan inocente como un niño de preescolar y tan blando como un algodón.
– Tanto como un algodón, como que no, después de todo sigue siendo alemán. –Sho se encogió de hombros–. Recuerda que ha acosado a Wakabayashi hasta el cansancio para que se una al Bayern, seguro que éste piensa que Schneider es más molesto que un dolor de vesícula.
Levin estuvo a punto de reír pero, teniendo presente que Schneider estaba pasándola mal, se contuvo por respeto a él aunque esbozó una sonrisa. Tanto Stefan como Shunko se giraron para ver pasar a Rudy Frank, quien caminó hasta donde se encontraba sentado Karl, quedándose parado junto a él. Éste no levantó la vista para ver a su padre, pues seguía obsesionado con ver las fotografías que le tomó Hedy sin que se diera cuenta. Sho le hizo un gesto a Levin y éste asintió con la cabeza, tras lo cual se marcharon para dejar a los Schneider a solas.
– Es que no puedo creerlo, simplemente no puedo creer que ella haya podido agarrar el teléfono y tomarme estas fotos sin que yo me percatara de ello.- dijo Karl por quién sabe cuánta ocasión, pues ésta era la frase que había estado repitiendo sin cansarse desde hacía mucho rato y que Sho no alcanzaba a escuchar–. ¿Cómo pude ser tan idiota?
– No eres idiota, hijo –replicó Rudy Frank, poniéndole una mano en el hombro–. Creo que simplemente pensaste que ella jugaría siguiendo las reglas, tal y como lo haces tú.
– Aún así no puedo culparla por todo –musitó Karl, dejando el teléfono de lado–. No importaría cuántas fotos hubiera tomado si yo hubiese tenido la precaución de decirle la verdad a Elieth cuando debí haberlo hecho…
– Sigo sin entender el por qué no se lo contaste en cuanto la viste ayer por la noche. –Rudy Frank trató de no ser tan duro, aunque tenía ganas de sacudir a su hijo por los hombros–. Me dijiste que pasaste la noche con la señorita Shanks y aún así, ¿no encontraste ni cinco minutos para ponerla al tanto de este asunto? ¿Qué esperabas que fuese a suceder hoy, que hablarías con ella sin problemas en el momento en que tú lo quisieras? ¿Realmente creías que Hedy Lims se iba a contener las ganas de hacer esto público para que así tú tuvieras todo el tiempo del mundo para hablar con tu novia?
El entrenador sabía que estaba siendo rudo pero la impotencia lo estaba orillando a actuar así; él mismo había cometido muchos errores de pareja hacía algunos años, errores que estuvieron a punto de matar su matrimonio, errores de los que el mismo Karl fue testigo. ¿Cómo era posible que él no hubiese aprendido de eso?
– Los hombres Schneider somos idiotas en el amor, entrenador –fue la respuesta de Karl–. Espero que, si llego a tener un hijo, no sea tan idiota como yo… Sé que debí de haber hecho muchas cosas que no hice, pero no vale la pena seguir lamentándome por eso. Supongo que lo que debo de hacer ahora es encontrar una manera de corregir este embrollo antes de mañana, de ser posible.
– ¿Crees que puedas resolver este asunto para mañana? –Rudy Frank enarcó las cejas, escéptico.
– Independientemente de si lo logro o no, no debes preocuparte, entrenador –replicó Karl, poniéndose en pie–. Porque estaré al cien por ciento para los encuentros que tenemos pendientes, de eso puedes estar seguro. Y lamento haber causado el lamentable espectáculo de hace rato, por mi culpa has debido parar el entrenamiento y eso no ha estado bien, aunque te lo agradezco.
– De cualquier manera ya estamos en forma para mañana –replicó Rudy Frank, palmeando la espalda de su hijo–. Y evitar que se propague cualquier lío que pueda dañar la reputación del equipo también es mi deber como entrenador, así como mi deber de padre es apoyarte en cualquier circunstancia.
El técnico del Bayern Múnich decidió que ya se había hablado lo suficiente del tema, al menos por el momento, y se despidió, no sin antes sugerirle a su hijo que se cambiara de ropa. Karl aventó su teléfono a su mochila, tras lo cual tomó su toalla para irse a las duchas. La cabeza le dolía no sólo por la discusión que tuvo con Elieth sino también por el desvelo así que esperaba que un buen regaderazo de agua fría le ayudara a despejarse. ¿Qué podía hacer para corregir esa situación? Su cerebro trataba de encontrar una salida mientras el agua fría caía por su cuerpo musculoso. Él no sólo había estado repasando las fotografías en el Instagram de la Lims sino que también se había encargado de dejarle mensajes en cada una de ellas, en donde le dejaba en claro que ellos no habían salido porque él la hubiese invitado sino porque la cervecería Paulaner lo había empujado a ello. Karl no había dejado esos mensajes para desmentir las declaraciones de Hedy sino que lo hizo por pura rabia, por el simple deseo de reclamar y desahogarse. Sin embargo, esto bastaría para que aquéllos que pensaran que había algo raro con esa cita confirmaran sus presentimientos de que ese cuento estaba orquestado.
"Ahora más que nunca tengo ganas de demandar a esa mujer", pensó Karl, mientras se secaba el cuerpo. "Espero de verdad que Otto Heffner sepa lo que está haciendo porque no quiero que Lims quede impune después de esto…".
Siguiendo un impulso, Schneider tomó su celular del fondo de su maleta e intentó marcarle a Elieth; él era perfectamente consciente de que ella no le iba a contestar, la conocía demasiado bien como para asegurarlo, pero de cualquier manera quería intentarlo. Sería un milagro muy bello que ella tomara su llamada y estuviera dispuesto a escucharlo pero no, no iba a suceder.
Al tercer timbrazo, la llamada se cortó y, la siguiente vez que Karl intentó llamar, directamente fue enviado al buzón de voz así que, o Elieth había apagado su teléfono o lo había bloqueado, nada que él no hubiese esperado ya. Schneider volvió a arrumbar su teléfono en algún rincón de su maleta y se dispuso a vestirse, formando en su mente un plan de ataque que llevaría a cabo en cuanto se le presentara la oportunidad, entre los espacios libres que tuviera entre un partido y otro.
"Porque mi prioridad en este momento debe seguir siendo el fútbol, por más que me duela", se dijo a sí mismo. "Porque sigo siendo un jugador que se debe a su equipo, por mucho que eso rompa mi corazón…".
Al salir de Säbener Straße y dirigirse al estacionamiento para abordar su Porsche, Schneider fue acosado por un grupo pequeño de reporteros, los cuales obviamente querían entrevistarlo para tener la exclusiva sobre su "noviazgo" con Hedy Lims. Contrario a lo que se podría pensar, Karl tomó esto como un regalo del Cielo y aceptó que los periodistas lo entrevistaran, siempre y cuando fuesen breves ya que no tenía mucho tiempo disponible. Obviamente, los reporteros se lanzaron a hacerle preguntas sobre la modelo, deseaban saber cuándo, dónde y cómo se habían enamorado y por qué habían mantenido su relación en secreto, a lo que Schneider no tuvo reparos en responder con la verdad.
– No estamos saliendo –negó Karl, con una expresión de rabia contenida–. Esa cena fue un truco organizado por la Paulaner, algo que me vi obligado a cumplir gracias a mi contrato de futbolista.
– ¿Quieres decir que Hedy Lims y tú no son pareja y que ella está mintiendo? –preguntó un reportero, con las cejas enarcadas por el asombro.
– Exactamente eso es lo que estoy diciendo –aseguró Schneider, con una expresión muy seria–. No me queda duda de que Lims está aprovechándose de este evento tan desafortunado para tratar de impulsar su propia carrera porque ella sabe muy bien que entre nosotros no hay ni siquiera una amistad.
– ¿La Paulaner te ha obligado entonces a asistir a una cena con su modelo? –cuestionó otro periodista, con el ceño fruncido por la incredulidad–. ¿Por qué motivo?
– La razón la desconozco, eso es algo que deberían de preguntárselo a su representante –expresó Karl; sabía que estaba jugándose muchas cosas con esa declaración pero no le importaba–. Quizás, la persona que encarna los intereses de la directiva consideró que sería divertido abusar del poder que tiene la cervecera sobre nosotros los jugadores, que no podemos ni decidir con quién se quiere ir a cenar.
Estas palabras tomaron tan de sorpresa a los reporteros, quienes esperaban una historia diferente, que se quedaron callados durante algunos instantes. Karl los contempló con una expresión neutra, armándose de paciencia porque sabía que esa pequeña entrevista podría ayudarle más de lo que esperaba.
– Nos sorprende un poco lo que nos has dicho, considerando que Hedy Lims ha declarado abiertamente que ustedes acaban de formalizar la relación –dijo al fin uno de ellos.
– De toda historia siempre hay dos versiones y ella ha decidido deformar la suya –replicó Karl, ácidamente–. Hedy Lims no se caracteriza por ser una persona honesta pero sí que ha dejado en claro su patente interés por colgarse de la fama de otros, inventando rumores que la ayuden a escalar peldaños de popularidad. Desgraciadamente, esta vez he sido yo el que ha tenido la infortuna de toparse con ella y ahora me tocará desmentir sus deseos utópicos, porque yo jamás tendría de pareja a alguien que se vale de artimañas bajas y ruines para obtener lo que quiere.
Después de esto, los periodistas entendieron que no tenía caso seguir ahondando en un tema que resultó ser falso, así que dieron por terminada la entrevista, no sin antes agradecerle al Káiser por su tiempo y su amabilidad. Lo cierto era que nadie quería cometer un error como el que había hecho Blind, que por andar publicando notas falsas tenía encima varias demandas por difamación. Karl creía haber sido todo menos amable, pero al menos había logrado mantener a raya su ira contra Hedy Lims y no amenazarla en público, eso habría sido contraproducente. Eso sí, su desprecio hacia ella quedó muy evidente, pocas personas creerían que él estaba mintiendo.
Mientras conducía, Karl conectó el manos-libres de su teléfono y marcó una vez más el número de Elieth. No le sorprendió que la llamada se desviara nuevamente al buzón de voz.
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De buena gana Elieth habría lanzado su teléfono a la basura, pero lo necesitaba para seguir en contacto con su padre y con el cónsul francés de Múnich, y conseguir otro número sin tener que dar una explicación de por qué había tenido qué cambiar el anterior no era una opción viable. Sin embargo, a la segunda vez que Karl intentó llamarle, ella lo bloqueó y se aseguró de hacer lo mismo en cada medio de comunicación que hubiesen usado los dos, antes de dejarse caer en la cama y llorar amargamente todas sus lágrimas.
No le quedó muy claro a la francesa en qué momento llegó Lily al departamento, se dio cuenta de su presencia cuando ella se sentó sobre la cama y le acarició el cabello. Ese simple gesto hizo que Elieth se diera cuenta de que Lily lo sabía todo, que llevaba tiempo sabiéndolo todo por la manera en que la consolaba sin palabras, porque no llegó preguntándole qué había sucedido como siempre hacía Lily cuando no tenía ni idea de qué la había hecho molestar esta vez. ¿En qué momento se había enterado ella de lo que había pasado entre Karl y Hedy?
– ¿Estás bien, Gatita? –preguntó Lily al fin, en voz baja.
– No –respondió Elieth, con voz ronca–. Karl se acostó con Hedy Lims…
Lily, que sí sabía lo que había pasado, se sorprendió mucho al escuchar esta declaración, pero luego recordó la "ligera" tendencia de su mejor amiga a dramatizar las cosas y dio por hecho que ella estaba distorsionando un poco la situación. Porque Karl Heinz Schneider podría tener malos ratos, pero no malos gustos y de ninguna manera se habría acostado con la Lims, a menos que ella lo hubiese narcotizado.
– ¿Qué cosa? –preguntó Lily, tras un instante de silencio.
– Que Karl Heinz Schneider me ha engañado con Hedy Lims. –Elieth se giró y se sentó en la cama para quedar frente a Lily–. Ayer por la noche ese hijo de p*ta se largó a cenar con ella y seguramente después se revolcaron antes de que él tuviera el descaro de venir al departamento, todavía oliendo a ella, para tener sexo conmigo. ¡ES UN INFELIZ DESGRACIADO!
– ¿De dónde sacaste la idea de que Karl tuvo sexo con esa maldita vieja? –Lily frunció el ceño–. Tengo entendido que sólo fueron a cenar.
– O sea que tú sabías sobre esa maldita cena –la confrontó Elieth–. ¡Lo sabías y no me lo dijiste!
– Ay… . –La mexicana maldijo en su interior por haber sido tomada con la guardia baja–. Pues, ¿qué te puedo decir? La verdad es que sí, sí estaba enterada de eso pero no te lo dije porque…
– ¿Desde cuándo lo sabías? –La interrumpió la reportera, enojada–. ¿Durante cuánto tiempo planearon Karl y tú engañarme de esta manera tan vil? ¡Eres mi mejor amiga y no me lo contaste!
– Si me dejaras explicarte sabrías el por qué –pidió Lily–. En ningún momento Karl y yo estuvimos "planeando engañarte", las cosas no sucedieron así.
– ¿Ah, no? –la retó Elieth–. ¿Y entonces qué sucedió, traidora y mala amiga? ¡Eres tan malvada como él!
– ¡Ninguno de los dos es un traidor! Yo me enteré de esa cita hace como un par de días, si no es que menos –exclamó Lily; en ese momento, ella no recordaba las fechas–. Y me enteré porque Leo le dijo a Genzo que Karl tenía problemas serios así que Gen y yo acordamos que le preguntaría a Schneider qué carajos estaba sucediendo y entonces éste me lo contó todo.
– ¿Leo? –Eli se sobresaltó–. ¿Qué Leo, tu hermano?
– El tuyo –masculló Lily, a sabiendas que eso empeoraría la situación.
– ¿Leo también lo sabía? –chilló la francesa, fuera de sí–. ¿Cómo es posible? ¡Mi propio hermano!
– No sé si Leo lo sabía como tal o si sólo sospechaba que a Karl le estaba pasando algo grave –se apresuró a decir Lily–. No he hablado con tu hermano, no he tenido tiempo así que no sé qué tan enterado está del asunto, sólo sé que sabía, o por lo menos sospechaba, que Karl tenía problemas, tendrías que preguntarle tú qué tanta información poseía sobre ese lío aunque, en mi opinión, si Leo hubiese estado al tanto que Karl tendría una cita con la Lims, no le habría pedido a Genzo que lo ayudara sino que directamente te lo habría contado a ti, a menos que hubiera una razón de peso para ocultarlo. O quizás le hubiera roto la cara a Karl, también es posible, pero no se hubiera quedado sin hacer nada de haberlo sabido.
– Eso tiene lógica –tuvo que admitir Elieth, muy a su pesar.
– Lo que no entiendo es cómo fue que Leo se enteró de que Karl tenía problemas… –musitó Lily, pensativa–. En alguna parte hubo una fuga de información importante aunque no creo que eso sea muy trascendente.
– Además de que no explica el por qué tú actuaste como Judas –reclamó Elieth, mirándola con rabia–. Yo nunca te hubiera ocultado una información así de importante.
– Yo no te hablé sobre eso porque no me correspondía a mí el hacerlo –replicó Lily, suspirando–. Karl me prometió que lo haría y decidí darle la oportunidad, de haber sabido que no te lo diría, lo habría hecho yo en el mismo instante en el que me enteré, te lo aseguro. Si hubiese sido al revés la situación y fuera Genzo quien tuviese que cenar con otra mujer y tú te enteraras de eso, ¿me lo dirías o esperarías a que él aclarara la cuestión si te jurara que lo haría por su cuenta?
– Supongo que me habría esperado, si él me prometiera contártelo –acordó Elieth, tras un largo instante de silencio–. Aunque habría estado sobre él, acosándolo para que te contara la verdad.
– Si yo no acosé a Karl fue porque no me enteré de eso hace mucho –insistió Lily–. De hecho yo tenía entendido que la cena se llevaría a cabo hoy, no ayer, pero hubo un cambio de último minuto.
– Seguramente eso pasó porque Karl es tan embustero que hasta con la fecha de la cita te mintió. –Elieth frunció el ceño–. ¿De verdad ese traidor malnacido te juró que hablaría conmigo?
– Si no lo hubiera hecho, yo misma te habría puesto al tanto. –Lily la miró con toda la sinceridad de la que fue capaz–. Por favor, créeme.
Elieth la miró a los ojos durante algunos segundos, en los cuales determinó que ella estaba siendo sincera; la rubia soltó un suspiro prolongado y volvió a dejarse caer sobre la cama. No ganaba algo enojándose con su mejor amiga por una cuestión en la que ella no estaba involucrada.
– Tienes razón: no debo enojarme contigo porque no eres tú el enemigo, sólo fuiste otra víctima más de las manipulaciones de ese infeliz. –Elieth se cubrió los ojos para que Lily no notara que comenzaban a fluir lágrimas de ellos otra vez–. Él me traicionó de la manera más horrible y todavía tuvo el descaro de acostarse conmigo tras hacérselo a esa desgraciada…
– ¿Qué fue lo que sucedió con Karl, exactamente? –quiso saber Lily–. ¿En qué momento te contó lo de la cena?
– Nunca lo hizo, me enteré a través de Bárbara y Nela –explicó Elieth, sin dejar de sollozar–. Ellas me enviaron los enlaces de las notas en donde se hablaba de eso.
– Ah, sí, los mismos que me mandaron a mí –suspiró Lily, acariciándole el cabello–. De haber sabido que Karl no te lo dijo, les habría dicho que no te los enviaran… ¿Vino él a verte anoche?
– Sí –asintió Elieth–. Llegó muy noche, casi de madrugada. Yo pensé que venía a hacer las paces así que lo dejé pasar y… bueno, pues acabamos haciéndolo. ¡Y todavía olía a ella, el muy cínico!
– Eso ya lo dijiste y por tanto me queda claro que estás exagerando. –Lily le pasó un pañuelo–. Porque si Karl hubiera llegado a tu puerta oliendo a colonia barata de prostituta, ni siquiera lo habrías dejado entrar. ¿Ustedes tuvieron sexo entonces, sin decirse nada?
– Algo así. –Ella se secó los ojos–. No sé, pensaba que las palabras estaban de más, creí que él ya no deseaba hablar porque ya había dicho mucho con respecto a nuestra última pelea… ¡Y resultó que en realidad no quería abrir la boca porque no hallaba cómo confesarme que se había metido con esa estúpida Lims! Peor aún, como no se llenó con ella, tuvo sexo conmigo para completarse.
– ¿Cómo se le ocurre llegar a seducirte en vez de hablarte de ese tema tan importante? –bufó Lily, poniendo una expresión de fastidio–. ¡Si parece que los hombres tienen mierda por cerebro, caramba! ¿Qué tanto tiempo pudo haber perdido en decírtelo? ¿Cinco minutos, diez? ¿No pudo aguantarse ni tantito?
– No me lo dijo primero porque sabía que, de haberlo hecho, le habría dado con la puerta en la nariz –refunfuñó Elieth.
– Karl se pasó de imbécil por no habértelo confesado en su momento. –Lily se armó de paciencia al darse cuenta de que el asunto estaba peor de lo que imaginaba–. Eso no se lo vamos a quitar pero no creo que él se haya acostado con ella, puedo asegurarte que la detesta y que si acudió a esa cita fue porque…
Lily se detuvo. ¿Realmente estaba segura de que a Karl lo obligaron a participar? ¿En verdad la Paulaner tenía tanto poder sobre un futbolista? A ella la historia se le antojaba imposible porque no sabía mucho sobre los contratos de los jugadores, sonaba más a un pretexto estúpido que pondría algún imbécil para engañar a su novia, pero la doctora conocía bien a Schneider, o al menos creía conocerlo, y sabía que él no andaría con dos mujeres a la vez. Además, él era su amigo y la había apoyado en el pasado, al menos Lily le debía el beneficio de la duda.
– ¿Por qué? –quiso saber Eli.
– Porque lo obligaron –respondió Lily–. Aparentemente, gracias a su contrato de futbolista él está forzado a hacer lo que los patrocinadores quieren que haga.
– Ajá. ¿Y en qué beneficiaría a la Paulaner que el As del Bayern Múnich salga en una cita con la prostituta barata que tienen como modelo? –cuestionó Elieth, enojada–. ¡Eso no tiene lógica!
– Karl no se inventaría algo tan rebuscado –lo defendió la médica–. Ni tampoco es del tipo de hombres que saldrían con dos mujeres a la vez…
– Lapinette, por favor, abre los ojos –replicó la francesa, enojada–. Karl es un hombre como cualquier otro, un hombre con un miembro que le cuelga entre las piernas y con el cual piensa, si tiene la oportunidad de meterse con otra no la va a desperdiciar, ¡hasta crees que lo hará! Y además, es superficial como todo futbolista así que preferirá andar con una modelo que con una simple reportera. ¡Así son las cosas!
– ¿Sabes? Al decir eso también haces quedar mal a Genzo –comentó Lily, con tristeza–. Él también es futbolista, ¿significa que me engañará en cualquier momento con una modelo o actriz? Yo sólo soy una "simple médica".
– Genzo es diferente –contradijo Elieth, de inmediato–. Él no te haría eso.
– Y yo te digo que Karl es diferente y no te haría eso –aseguró Lily, sin inmutarse.
– He terminado con él y es definitivo. –Elieth se acostó nuevamente en la cama y le dio la espalda–. No me importa si dice que lo obligaron, yo no le creo ni una sola palabra. Nunca más volveré a hablarle ni a dedicarle otro artículo y si tengo que irme a otro país para no volver a verlo, que así sea.
Lily se quedó callada. La conocía demasiado bien como para saber que en ese momento no debía tratar de disuadirla ni llevarle la contraria, sino apoyarla y dejar que descargara todo su dolor y su furia. Además, independientemente de si Karl estaba mintiendo o siendo sincero, sí había cometido un error al no hablar con Elieth sobre esa maldita cena antes de que ocurriera y por tanto tendría que lidiar con las consecuencias de eso, le gustara o no.
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– De toda historia siempre hay dos versiones y ella ha decidido deformar la suya. Hedy Lims no se caracteriza por ser una persona honesta pero sí que ha dejado en claro su patente interés por colgarse de la fama de otros, inventando rumores que la ayuden a escalar peldaños de popularidad. Desgraciadamente, esta vez he sido yo el que ha tenido la infortuna de toparse con ella y ahora me tocará desmentir sus deseos utópicos, porque yo jamás tendría de pareja a alguien que se vale de artimañas bajas y ruines para obtener lo que quiere…
Las palabras de Karl resonaban, fuertes y duras, en el vídeo que subieron a redes sociales los periodistas que lo habían entrevistado hacía unas horas antes. Rápidamente, las opiniones comenzaron a dividirse entre aquéllos que creían que él estaba siendo sincero y entre los que pensaban que era ella la que decía la verdad. Daba igual, en cualquier caso el asunto era demasiado jugoso como para dejarlo pasar y se convirtió en uno de esos rumores que se hacen virales simplemente porque le suceden a alguien famoso. Además, teniendo tan cerca dos partidos importantes, era inevitable que el tema principal de conversación entre las personas fuese la supuesta nueva pareja del Káiser de Alemania.
Curiosamente, Hedy Lims era ajena parcialmente a este asunto. Había escuchado rumores relacionados a sus fotografías en Instagram pero no había oído ni una sola palabra sobre las declaraciones de Schneider. De lo único que sí se había enterado fue de las duras quejas que él dejó en dichas fotos, las cuales Hedy se apresuró a responder con frases similares a "Vamos, mi amor, es hora de que dejemos de ocultar nuestra relación". A Hedy le venía bien que Karl protestara, pues eso, a su parecer, equilibraría la balanza a su favor.
Así pues, ella llegó de buen humor, con veinte minutos de anticipación, a su cita con Cassandra Pedraza Larreta, la reportera de Mujer Ibérica, una española cuyo dominio de las lenguas le permitía encargarse personalmente de cualquier entrevista sin importar la nacionalidad del entrevistado. Y no era porque fuese una mujer muy responsable sino porque, literalmente, le encantaban los chismes. Cassandra era, además, la personificación de la amabilidad y le dio a Lims un trato tan especial que ella prácticamente se sentía la nueva Emperatriz de Alemania. Hedy, feliz de la vida, contestó a cada una de las preguntas que le hicieron con las versiones que tantas veces ensayó antes de llegar, actuando con tanta naturalidad que nadie podría tomar por falsas sus declaraciones.
– Debes sentirte muy feliz por tu relación con el Káiser –le comentó Cassandra–. Conquistar el corazón de ese hombre no debió de haber sido fácil.
– Por supuesto que no, pero cuando tienes carisma y personalidad, como yo, ningún hombre es inalcanzable –replicó la Lims.
Hedy estaba tan emocionada que no se dio cuenta de que, cada determinado tiempo, Cassandra tomaba su teléfono para checar algo en él, tras lo cual hacía un gesto de desagrado. Hedy no se imaginó que la culpable de esas muecas era ella sino hasta que Cassandra dio por terminada la entrevista y dejó de lado su careta de amabilidad.
– Bien, hemos acabado y realmente agradezco tu tiempo, pero quiero que te quede en claro una cosa –dijo la española; todo rastro de calidez había desaparecido de su cara–. Si esto llega a ser una noticia falsa, te juro que me encargaré de destruir tu carrera hasta que quede convertida en nada, escarbaré tan profundo en tu mierda de vida que no te quedarán ganas de volver a jugar con nadie, ¿entendiste? De mi sección nadie se burla, yo no soy como esos malditos de Blind.
La modelo no pudo evitar sentir un ligero escalofrío, a pesar de lo cual logró sonreír. No tenía por qué preocuparse pues todo estaba bajo control. Para final de mes, ella sería la novia oficial del Káiser de Alemania y nadie iba a impedírselo.
Notas:
– Tamotsu Ide es un personaje creado por Yoichi Takahashi ©, pero su plática con Kira la inventé yo como una burla a lo que ocurre en el partido entre Japón y Alemania en el manga Captain Tsubasa Rising Sun.
