Capítulo 54.
Múnich.
El abuelo Huan-Yue se tomó su tiempo para acabarse el té. Sabía que su nieto estaba por jugar un partido importante pero de cualquier manera aún era temprano, no importaba si se tardaba un poco más; además, así Junguang practicaría el arte de la paciencia, que parecía haber olvidado en el ajetreo de la vida occidental. Durante unos minutos, el hombre jugó con el temple de su nieto, preguntándose si en algún momento éste estallaría y le pediría que se apurase, pero Xiao aguantó estoicamente y no hizo ningún gesto que denotara que se sintiera impaciente. El abuelo Huan-Yue se sintió satisfecho pues su nieto continuaba practicando los dos preceptos más importantes que le había enseñado: valora el tiempo en su justa proporción y respeta a tus mayores.
– ¿Estás listo para el partido, Junguang? –preguntó el abuelo, dejando su taza de té vacía en el plato–. Sé que, como siempre, hoy también me harás sentir orgulloso.
– Por supuesto, abuelo –respondió Shunko, con una expresión serena–. Te aseguro que contribuiré con la victoria del equipo.
En ese momento el timbre sonó y abuelo y nieto intercambiaron una mirada extrañada. A juzgar por la reacción de Junguang, Huan-Yue concluyó que no estaba esperando a nadie pero también supo de inmediato de quién se trataba, pues sólo había una persona en la vida de su nieto que podría aparecerse tan repentinamente en su hogar y sin avisar. Cuando Shunko abrió la puerta, los dos chinos se toparon con Nela, quien lucía nerviosa como siempre pero muy dispuesta a seguir tratando con cortesía al abuelo Huan-Yue.
"Gana puntos por eso, no lo voy a negar", pensó el hombre mayor. "No he sido muy bueno con ella pero aquí sigue, insistiendo. O es muy persistente o muy testaruda o ama a Junguang de verdad. Tal vez es un poco de las tres".
No hubo besos o abrazos entre Nela y Shunko debido en gran medida a que ella era extremadamente reservada y no le agradaba demostrar su amor delante de alguien a quien no conocía muy bien, además de que consideraba que sería una falta de respeto para el abuelo Huan-Yue. Éste notó la reserva de ambos jóvenes y sonrió por lo bajo, aunque no hizo comentarios al respecto.
– Buen día –saludó Nela, esbozando la mejor de sus sonrisas–. Lamento de verdad el presentarme sin avisar, es una descortesía de mi parte pero todo ha sido tan repentino que no me ha dado tiempo de enviar un mensaje, de hecho temí que Shunko se hubiese marchado ya a la concentración del equipo.
– No te preocupes, sabes que siempre serás bienvenida aquí, ya sea que avises o llegues repentinamente –sonrió Shunko, tras lo cual miró su reloj–. Debo irme en unos quince minutos, más o menos, así que llegas a buen tiempo. ¿Qué necesitas?
– Vine a ofrecerme para llevar a tu abuelo al partido –contestó Nela–. Si es que él está dispuesto a ir, por supuesto.
– ¡Oh! –exclamó Sho, sorprendido–. Pensé que no ibas a poder acudir al juego de hoy por causa de tu trabajo.
– Me esforcé para terminar pronto mis labores así que tengo el resto del día libre. –Ella sonrió, antes de dirigirse al abuelo Huan-Yue–. Claro que, si no desea ir, podemos quedarnos aquí y verlo por televisión, puedo cocinar algo rico para usted.
– Eres muy amable, Nela, te lo agradezco –fue la contestación del hombre mayor, quien además le dirigió una cálida sonrisa a la joven–. Creo que mi pretensión es ir al juego de mi nieto pero no quisiera molestarte demasiado.
– No es ninguna molestia, señor –aseguró Nela, sorprendida, pues era la primera vez que el abuelo se dirigía a ella con tanta calidez y que la llamaba por su nombre de pila–. Gracias a que tengo acceso al palco de esposas y novias de los futbolistas del equipo, no tendré ni siquiera qué batallar para conseguir un boleto y abajo tengo el automóvil que me prestó una amiga así que tampoco tendremos que preocuparnos por el transporte.
– En ese caso, iré a prepararme. –El abuelo Huan-Yue se levantó de su asiento–. Pero antes de eso, hay algo importante que debo decirles a los dos.
– ¿Qué sucede, abuelo? –preguntó Shunko, extrañado.
– He pasado unas semanas extraordinarias en Alemania, no pensé que las disfrutaría tanto –contestó el hombre mayor, con expresión solemne–, pero una de mis más fuertes creencias es que los mayores no debemos entrometernos demasiado en las vidas de nuestros vástagos para que éstos puedan crecer adecuadamente, así que ha llegado el momento de que regrese a China.
Shunko y Nela se sorprendieron con la declaración del abuelo Huan-Yue. A pesar de que éste aseguró que estaría pocas semanas de visita en Alemania, no había establecido como tal una fecha de regreso a China o al menos no se las había comunicado a ellos, por lo que el aviso de que él estaba listo para volver a su hogar les resultó muy repentina. Nela se sintió descorazonada, esperaba tener más días por delante para tratar de ganarse a Huan-Yue pero había perdido su oportunidad. Shunko, a su vez, tampoco se sentía particularmente feliz con la partida de su abuelo pero no estaba en condiciones de protestar.
– No pongan esa cara, no esperaban que me quedara aquí para siempre, ¿verdad? –continuó el chino.
– A nosotros nos resultaría un verdadero placer el poder tenerlo de residente permanente aquí –dijo Nela, de una manera tan natural y sencilla que los dos hombres supieron que estaba hablando en serio–. Shunko se sentiría mucho más tranquilo de saber que usted está viviendo en el mismo país.
– Pero eso me convertiría a mí en una carga porque tendría que estar al pendiente de mi situación –replicó el abuelo Huan-Yue–. Y es lo que menos deseo. Además, seguro estoy de que mi nieto me extrañará más si me voy muy lejos de aquí.
– No digas eso, abuelo –se apresuró a añadir Shunko–. Mi amor y mi respeto por ti no cambiarán nunca y no depende de dónde decidas vivir.
– Entonces no habrá problema si me voy, Junguang. –El abuelo le dio una palmada cariñosa en la espalda.
– ¿Cuándo te marcharás? –quiso saber Shunko.
– Después del partido del martes, el cual espero que ganes –contestó el abuelo Huan-Yue–. Pero debo advertirles a ambos que, después de ese partido, hablaré con ustedes de algo muy importante.
Como era de esperarse, Shunko y Nela volvieron a respingar; ellos no pudieron evitar intercambiar una mirada de inquietud notoria, que por poco hace que el abuelo Huan-Yue soltara una carcajada.
– ¿A los dos? –inquirió Shunko, tratando de sonar lo más relajado posible–. ¿O sólo a mí?
– A los dos –contestó el hombre, contemplándolos–. Porque lo que tengo que decir les atañe como pareja.
Nela sintió que el estómago se le oprimía por culpa del estrés y tuvo que echar mano de su fuerza de voluntad para mantenerse impávida. ¿Por qué le inquietaba tanto lo que ese hombre tuviera que decir con respecto a su relación con Shunko? Porque eso fue lo que había querido decir, si el abuelo exigía hablar con ambos era porque tenía algún comentario que hacer con respecto a su noviazgo, no había otra opción.
"Pero mi relación con Junguang es sólo asunto nuestro, de él y mío", pensó Nela, ofuscada.
"No es así de sencillo y lo sabes…".
– De acuerdo, abuelo –aceptó Shunko, resignado–. A Nela y a mí nos gustará tener una última plática contigo pero, ¿podrías dar una pista para saber de qué quieres hablar?
– No –negó el hombre. Y sin dar otra explicación echó a andar hacia el dormitorio–. Voy a prepararme para salir y tú debes darte prisa, hijo mío, o llegarás tarde a la concentración de tu equipo.
Sho tuvo deseos de gritar de frustración pero consiguió controlarse, no era ésa la manera más adecuada de llevar el asunto y además podría ser que todo se tratara de una treta de su abuelo para probar su serenidad. El joven chino esperó hasta que el hombre mayor cerrara la puerta del dormitorio para dirigirle a Nela una mirada de tranquilidad que no sentía.
– Seguro que sólo quiere pedirnos que tengamos hijos lo antes posible –le dijo, tratando de bromear–. No hay de qué preocuparse.
– No estoy tan segura de eso. –Nela esbozó una sonrisa nerviosa–. Yo creo que lo que nos tiene que decir es algo mucho más importante.
– Tal vez –admitió Shunko–. Pero eso no es una señal inequívoca de que se tratará de algo negativo.
– ¿Realmente lo crees así? –cuestionó ella, sonriéndole apenas.
– No –contestó él–. Pero trato de ser optimista.
Quizás fue producto del estrés, pero Nela se echó a reír con su respuesta. Shunko la imitó y la abrazó, con lo que ella apoyó su cabeza sobre el pecho de él.
– Tranquila, que no es el fin del mundo, de eso sí estoy seguro –murmuró Sho a su oído–. Estaremos bien.
– Eso espero –suspiró Nela, con la mejilla pegada a la chamarra de su uniforme deportivo–. No quisiera tener que luchar por este amor contra una de las personas que más te importan en el mundo.
– Eso no sucederá –aseguró él, tras lo cual la besó en la frente–. Ten un poco de fe.
Ellos se separaron cuando escucharon que se abrió la puerta de la recámara y esbozaron sus mejores sonrisas de confianza al abuelo Huan-Yue, para que él no descubriera que, en el fondo, ambos estaban muy conscientes de que sus palabras habían conseguido infundirles miedo.
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Marie avanzó con rapidez una docena de metros antes de detenerse y mirar hacia atrás, tras lo cual hizo un puchero; Leonardo venía muy lejos, mirando con atención todo lo que veía a su alrededor.
– ¡Date prisa, Leo, por favor! –gritó la joven, ofuscada. A su lado, una buena cantidad de aficionados se esforzaban por encontrar los túneles que los conducirían a sus lugares en las tribunas–. ¡No es como si no conocieras este sito, trabajabas con el Bayern hasta hace unas semanas!
– Sí, pero rara vez vine al Allianz Arena y nunca lo hice como visitante –replicó él, apresurándose a llegar junto a su novia–. ¿Por qué estás tan deseosa de llegar, Marie? Nuestros lugares ya están apartados y dudo mucho que alguien los vaya a ocupar.
– ¡Sí, pero no quiero llegar tarde! –exclamó ella, tomando la mano del mexicano para apresurarlo a ir a su ritmo–. ¡Mi hermano va a jugar y hoy más que nunca debo darle todo mi apoyo!
– Menos mal que ya no estás enojada porque te ocultó lo de la cena con esa vieja. –Leonardo sonrió, dejándose conducir muy dócilmente.
– Ah, no, sigo enojada con él, eso no se me ha quitado –replicó Marie, enérgica–. Y se lo voy a cobrar más adelante, te aseguro que sí, pero cuando Karl juega todo lo demás debe pasar a segundo plano. Él necesita de mi apoyo y papá también, por tanto no voy a dejar de dárselos aunque los dos se merezcan que les pateé el trasero por mentirosos.
Leonardo se echó a reír y jaló a Marie de la mano, con lo cual ella se detuvo bruscamente; la chica emitió un sonido de queja que no pudo terminar pues él la envolvió en un abrazo que le hizo soltar una carcajadita de gusto.
– ¿Qué haces? –espetó Marie, dejándose abrazar.
– Eres única, Marie Schneider –le susurró Leonardo a su oído–. Me fascina que seas tan leal con tu familia y que los ames por encima de cualquier otra cosa.
– Me das demasiado crédito –musitó Marie, ruborizada–. Recuerda que no hace mucho le aventaba los zapatos a mi padre por oponerse a nuestra relación.
– Oh, ése fue un berrinche de niña pequeña, es normal en todas las mujeres –se burló Leonardo–. Pero cuando sabes que alguien de tu familia necesita apoyo, se lo das y dejas el enojo de lado, ésa es una de las cosas que más me gustan de ti.
– Ya deja de ser tan adulador y apresurémonos. –Marie le dio un breve empujón aunque después se acercó para darle un beso rápido–. ¡No quiero llegar tarde!
Leonardo prefirió no decirle que aún faltaban cuarenta y cinco minutos para que diera comienzo el partido y aceptó de buena gana que ella volviera a jalarlo hasta el "palco de honor". Dicho sitio era el que se reservaba para el grupo de esposas y novias de los jugadores del Bayern Múnich, mejor conocido como las WAG (wives and girlfriends: esposas y novias en inglés), al cual obviamente sólo tenían acceso las antes mencionadas aunque cada una solía llevar acompañantes. En dicho palco, además de las esposas de los jugadores más veteranos, se encontraban también Nela y el abuelo Huan-Yue, además de Débora. Leonardo se sentía incómodo por entrar a dicho compartimiento, considerando que él no era ni novio ni esposo de Schneider, por fortuna, pero Marie lo tranquilizó diciéndole que iba como su acompañante y que por tanto tenía derecho de estar ahí.
– Papá me ha dado un pase así que puedo estar aquí con un acompañante, tú relájate –manifestó Marie, en voz baja. Ella eligió no decirle que si él podía estar ahí era gracias a que Lorelei rechazó su sitio como esposa del entrenador para cedérselo a Leonardo.
– ¡Mira! ¿No es ése el emperador de Mulan? –preguntó Leonardo, señalando al abuelo Huan-Yue.
– No seas tonto, ése es el abuelo de Shunko Sho –respondió Marie, reprimiendo una carcajada–. No se te vaya a ocurrir repetir eso delante de él.
– ¡Pero míralo, si es igualito! –insistió el mexicano, mientras seguía a Marie hacia un par de lugares desocupados, ubicados junto a Débora.
Marie le dio un coscorrón en la cabeza, riéndose por lo bajo, tras lo cual saludó a Nela, a Débora y al abuelo Sho. En ese momento, ella escuchó que alguien la llamaba por su nombre y, al girar la cabeza, vio a Bárbara, a Kaltz y a Wakabayashi, quienes la saludaban desde el palco vecino, sólo separado del otro por una pequeña barrera. Junto a ellos se encontraban los doctores Leo Shanks y Gwen Heffner, a quienes Leonardo saludó efusivamente. Genzo aprovechó el momento para presentar a Kaltz y a Del Valle ya que ellos aún no se conocían de manera oficial.
– Ya habíamos tenido el gusto de coincidir antes, en esa fiesta de médicos del Bayern Múnich –dijo Leonardo, estrechando la mano del alemán.
– Recuerdo bien tu golpe de diestra –señaló Kaltz–. Eso es saber pelear.
– ¡Qué casualidad que ambos palcos sean contiguos! –exclamó Leo Shanks–. Así prácticamente podremos ver el partido juntos.
– Sólo faltarían las chicas de Gen y del viejo Schneider –añadió Kaltz, para quien Elieth seguía siendo la novia de Karl.
– Porque están trabajando arduamente –replicó Débora–. Casi hace que me de vergüenza estar aquí sin hacer nada. Casi.
– Aunque si Elieth no estuviera trabajando, sería poco probable que aceptara estar aquí, considerando lo que ha sucedido con el imbécil de Schneider –señaló Bárbara, con acidez, molesta por la referencia que hizo su novio con respecto a "las chicas de Gen y el viejo Schneider".
– Oye, estás hablando de mi hermano –replicó Marie inmediatamente–. Él no es ningún imbécil.
– Ay, lo siento, se me olvidó que estabas aquí, Marie –se disculpó la pelirroja–. No quería ofenderte pero, bueno, tú sabes que él no hizo las cosas bien.
– Eso es verdad pero no es motivo para llamarlo imbécil –bufó Marie; Leonardo le apretó la mano para sugerirle sutilmente que tratara de tranquilizarse–. Está bien, sí hizo mal al no contarle más que a papá lo que sucedía pero de cualquier manera él no lastimó a Elieth por puro gusto.
– Estoy de acuerdo –terció Wakabayashi, firme pero tranquilo–. Schneider podrá ser insistente como el demonio y despistado como niño en edad escolar pero no es un mal hombre, todo lo contrario. Esto simplemente se le fue de las manos.
– Yo creo que fue algo más que sólo "írsele de las manos" –contradijo Nela–. ¿De verdad nunca tuvo tiempo para hablar con Elieth sobre eso? ¿En qué estaba pensando, en decírselo cuando Hedy Lims anunciara su matrimonio con él?
En eso todos tuvieron que estar de acuerdo. Ni hablar, el gran error de Schneider fue pecar de confiado.
– Además, si lo obligaron a salir con esa modelo de cuarta, no había muchas cosas que Schneider pudiera hacer para evitarlo –señaló Leo Shanks, sorprendiendo a Bárbara y a Nela pues él era de los que deberían de estar más enojados con el alemán por ser el hermano de Elieth.
– ¿De verdad crees que eso sea cierto? –cuestionó Bárbara–. ¡Es tan estúpido que queda claro que es sólo una excusa!
– Yo creo que está diciendo la verdad –añadió Kaltz, con tanta delicadeza como si estuviera manipulando una bomba nuclear–. Conozco al viejo Schneider desde la infancia y puedo asegurar que pocas veces te vas a topar con persona más honesta que él.
– Puedo dar fe de eso –acordó Genzo.
– ¿Ah, sí? –Bárbara miró a su novio con el ceño fruncido–. ¿Y qué me dices de las fotos de Instagram? Realmente parece que "el viejo Schneider" estaba pasándola la mar de bien con Hedy Lims.
– Pero si todos sabemos que el noventa por ciento de lo que se ve en Instagram es una mentira –señaló Gwen, con timidez–. No se puede confiar en lo que se ve en las redes sociales.
– Eso es totalmente cierto –apoyó Débora–. Muchas de esas fotos sólo son montajes bien hechos que no revelan la realidad de las cosas.
– No me digas que estás del lado de Schneider. –Nela miró a Débora con la ceja alzada.
– Mira, si algo me enseñó mi reciente aventura con Stefan Levin es que los hombres son unos imbéciles y estúpidos de cabo a rabo. Perdón, quise decir que son criaturas raras y complicadas. –Débora se encogió de hombros–. Y que hay que tratarlos como niños de preescolar que no conocen el mundo, porque hay muchas cosas que nosotras las mujeres tomamos como lógicas pero que para ellos son tan desconocidas como los preceptos de la física cuántica.
– Vaya manera de llamarnos tontos –bufó Wakabayashi.
– ¡Pero es la verdad! –insistió Débora, mientras Marie soltaba una carcajada–. ¿O no están de acuerdo conmigo, chicas?
Todas las féminas asintieron, incluyendo un par de esposas de futbolistas que seguían la conversación con sumo interés. Hasta el abuelo Huan-Yue, quien fingía no comprender de qué se hablaba, afirmó con un gesto leve de cabeza.
– Incluso yo estoy de acuerdo con eso –comentó Leonardo–. Uno como hombre ve el mundo de manera muy simple, a un nivel diferente a como lo perciben las mujeres. Les sorprendería saber, estimadas damas, la cantidad de metidas de pata que cometemos los machos por causa de malentendidos. No juzguen tan severamente a Schneider, su único error es ser un tarado.
– Muy tarado –añadió Kaltz.
– Excesivamente tarado –terció Genzo.
– No sé cómo tomarme eso –resopló Marie, haciendo un puchero.
– Tómatelo como una muestra de solidaridad masculina –manifestó Leonardo, pasándole un brazo por los hombros.
En resumidas cuentas, Bárbara y Nela consideraban que Karl tenía culpa de lo ocurrido con Hedy Lims pero Débora y Gwen creían que debía de existir una explicación lógica para el comportamiento de Schneider. Leo, Genzo, Leonardo y Hermann apoyaban también al alemán porque ellos sabían la verdad, pero todos llegaron a la conclusión de que ese lío debían manejarlo exclusivamente Elieth y Karl.
– Siendo así, quizás sería prudente cambiar de tema –sugirió Gwen, con voz pacífica–. Considerando que no estamos solos aquí.
– A buena hora se les ocurre pensar en eso –musitó Nela, pensando en que acababan de darle un buen chisme al abuelo Sho.
"A ver si no le dice a su nieto que prepare sus maletas para llevárselo de regreso a China", pensó la inglesa.
Los demás estuvieron de acuerdo y al poco rato el tema se desvió hacia el partido que se estaba por jugar, en donde el Bayern Múnich se enfrentaría al Werder Bremen. Era éste un encuentro esperado, pues Ramón Victorino, mejor conocido como "la Pantera de Sudamérica", y dos de los compañeros de selección de Schneider, Manfred Margus y Franz Schester, se enfrentarían a su capitán en la selección con el objetivo de derrotarlo en su propia casa. Sin embargo, se sabía que el Bayern era muy difícil de vencer en el Allianz Arena, eso Wakabayashi y Kaltz lo sabían por experiencia propia, pero quizás el trío conformado por Victorino-Margus-Schester podría dar la sorpresa.
Aunque nadie había querido decirlo abiertamente, muchos expertos en el tema futbolístico pensaban que el asunto de Hedy Lims (es decir, la discrepancia que había entre sus declaraciones y las de Karl) podría afectar en alguna manera el desempeño del Káiser de Alemania y eso que ni siquiera conocían toda la verdad. Si dichos experimentados comentaristas deportivos hubiesen sabido que, además, Karl Heinz Schneider se había peleado con su novia auténtica por culpa de la modelo, habrían declarado sin dudarlo que el Bayern haría un mal juego si insistía en presionar a su jugador estrella a participar cuando estaba tan decaído. Los que sí estaban enterados del asunto en su totalidad, que eran básicamente aquéllos que vieron el drama de Elieth Shanks gritándole a Schneider durante ese fallido entrenamiento, estaban plenamente convencidos de que Rudy Frank no debía alinear a Karl Heinz Schneider en el once titular pues la depresión que le acarreaba el haberse peleado con su novia podría afectarlo a nivel futbolístico. Una de estas personas era el asistente principal del entrenador, Lukas Leno, quien le sugirió en más de una ocasión al técnico que dejara descansar a Schneider en ese partido de la Bundesliga para que "estuviese más fresco para el encuentro de la DFB-Pokal".
– Llevamos bastante ventaja con respecto al segundo lugar en la tabla general, un empate nos basta para mantenernos en la cima –aconsejó Leno–. Pero si perdemos el partido del martes, quedaremos fuera de la Pokal y eso no nos lo van a perdonar ni la directiva ni los fans.
– Karl-Heinz está perfectamente entrenado para resistir eso y mucho más –replicó Rudy Frank, con parsimonia–. Se ha entrenado para ser un futbolista de gran nivel y por tanto puede rendir bien en ambos partidos.
– Físicamente sí, está apto –aceptó el asistente–. Pero, ¿qué me dice de su estado emocional?
El entrenador Schneider miró a Lukas con seriedad, lo que hizo que éste se arrepintiese de haber mencionado el tema aunque lo hubiera hecho con la mejor de las intenciones.
– Sé lo que estás pensando: que Schneider no está en condiciones de mantenerse concentrado en el partido –fue la tranquila respuesta de Rudy Frank–. Y no me sorprende que creas eso, dado que estuviste presente cuando ocurrió aquél lamentable evento con la señorita Shanks. Sin embargo, puedo asegurarte que él estará al cien por ciento para este partido, pues ha pasado por situaciones peores en otras ocasiones y eso no ha mermado su capacidad.
Lukas Leno levantó las cejas en un gesto interrogativo. Si bien conocía la turbulenta historia de Rudy Frank Schneider como futbolista, su hijo no había seguido sus pasos y, por lo menos hasta antes de lo sucedido con Elieth Shanks, nunca había hecho un escándalo en público.
– Hace siete años, no, creo que ya son ocho, o algo así –comenzó a decir el entrenador–, cuando tuve problemas con el Hamburgo a causa de Schmidt y me separé por un tiempo de mi esposa, Karl-Heinz sufrió las consecuencias de mis decisiones y se vio afectado por el escándalo mediático que se suscitó a raíz de mi despido como entrenador del Hamburgo y por mi aparentemente inminente divorcio. No lo supe sino hasta mucho después, cuando él se sinceró conmigo una vez que hubo pasado todo, pero en esos días Karl-Heinz sufrió una depresión marcada a raíz de estos eventos y aún así el capitaneó con éxito a la Selección Juvenil de Alemania hasta la final del Mundial Sub-16. Es cierto que perdimos esa final pero no fue porque mi hijo no lo hubiera dado todo de sí.
– Si este mundo fuera justo, Alemania habría ganado ese torneo –concordó Leno–. Japón nunca estuvo a la altura de ninguna de las selecciones que dejó en el camino pero bueno, en el fútbol los resultados también dependen de la suerte. Sin embargo, me sorprende enterarme de que tu hijo estaba pasándola mal por esas épocas, cualquiera que lo hubiese visto jugar habría pensado que no había pensamientos negativos rondando por su cabeza.
– Pues ya sabes que no –negó el entrenador Schneider–. Y si él pudo llegar tan lejos a pesar de traer esos problemas encima, ten por seguro que podrá jugar este partido sin ningún inconveniente. Él no es de los que dejan que un problema personal afecte su desempeño como futbolista de alto nivel; en eso, Karl-Heinz es mucho mejor que yo.
– Lo has educado bien –observó Lukas.
– Más bien fue su madre quien hizo esa gran labor. –Rudy Frank sonrió–. En cualquier caso, la única manera en la que dejaría a Schneider fuera de la alineación sería que él mismo lo solicitara. De lo contrario, estará convocado para este partido.
Por supuesto, Karl no tenía intenciones de pedir que lo sustituyeran, mucho menos porque en el juego estarían dos de sus compañeros de Selección, ante los cuales no quería dar la impresión de que era un cobarde pusilánime a pesar de que ninguno de los dos entendía muy bien de qué iba el escándalo en el que estaba envuelto su capitán. Además, también estaría presente Ramón Victorino, a quien ya Schneider se había enfrentado en el Mundial Sub-16, en donde Alemania aplastó a Uruguay con un resultado de seis goles a uno, por lo que Victorino buscaba ansiosamente una revancha contra el responsable de esa humillación, el Káiser de Alemania (curioso era que no tuviera algo en contra de otros dos de los responsables, Margus y Schester). Así pues, Karl iba a jugar ese partido aún así se estuviese muriendo, era una simple cuestión de orgullo alemán.
Debido a un acuerdo no expresado entre hombres, ninguno de los otros jugadores del Bayern hizo mención a la escena que protagonizaron Karl y Elieth en el último entrenamiento. Todos y cada uno de ellos se enfocaron en el partido por jugar y escucharon atentamente las palabras del entrenador y de su capitán, dejando de lado cualquier cuestión de índole personal.
– Ganar este partido afianzará nuestro liderato pero no es tan importante –señaló Rudy Frank–. Siempre les digo que den el cien por ciento en todos los encuentros pero en este caso será prudente conservar energías para el juego del martes.
– No se preocupe, entrenador, aún jugando a medio gas conseguiremos ganar este partido –señaló Sho, a lo que varios asintieron–. Después de todo, somos el equipo más fuerte de Alemania.
Cuando estaban por salir al túnel que los llevaría al campo de juego, Lily se acercó a Karl con sutileza, aprovechando que él sería de los últimos en dejar el lugar. Él le lanzó una mirada tan triste que ella estuvo a punto de abrazarlo, pero se contuvo pues no era ése ni el mejor lugar ni el mejor momento para hacerlo.
– Yo te creo –le dijo la doctora, poniéndole brevemente la mano en el brazo derecho–. Y Genzo también.
– Gracias –respondió Schneider, con un atisbo de sonrisa–. No sabes lo que eso significa para mí.
Un poco menos triste, Schneider siguió a sus compañeros por el túnel y saltó a la cancha para comenzar con los calentamientos, pero él seguía teniendo una expresión ausente, como si su mente se encontrara a kilómetros de ahí. Levin le hacía señales a Sho, como preguntándose qué estrategia debían utilizar y el chino le indicaba con la cabeza que debían confiar en Schneider, al menos al comienzo.
"Si durante el partido vemos que su desempeño empeora, tendremos que hacernos cargo", pensó Shunko.
Elieth, que acudió al juego para cumplir con su contrato como cualquier persona profesional haría, trataba de ignorar a Karl con todas sus fuerzas. Ella habría podido simplemente reportarse enferma y desaparecer, pero eso habría sido darle gusto al mismo Karl y a la idiota de la Lims así que se presentó al estadio sin emitir ni una sola queja, tras haberse jurado que no derramaría más lágrimas por culpa de Schneider. La francesa se enfocó en hacer su trabajo para no pensar, se dedicó a preparar las cámaras y a pensar en posibles títulos para su reportaje (algo así como "Cae rayo del cielo y mata al Káiser de Alemania en el acto" o "Tras invasión alienígena, el Bayern Múnich se queda sin capitán") y en cavilar en cualquier cosa que no fuese Karl. Pero cuando él salió al campo, a Elieth le fue imposible seguir ignorándolo y lo miraba furtivamente, una vez sí y otra también; en un par de ocasiones, la chica volteó a verlo cuando él también le estaba echando un vistazo y entonces se establecía entre ambos una lucha interna: la de Karl para no ir hacia Elieth y la de Elieth para no gritar. Pero invariablemente era la rubia quien desviaba la mirada y entonces el alemán no tenía más remedio que suspirar, resignarse y volver a lo suyo.
"No te lo perdonaré jamás", pensó Elieth, mientras revisaba por millonésima vez la lente de su cámara. "Voy a ignorarte tanto que hasta tus nietos dudarán de su existencia".
Rato después, cuando los equipos ya se encontraban en el campo esperando a que diera comienzo el partido, Schester y Schneider se acercaron al árbitro para el procedimiento de elección de cancha y de posesión de balón; ahí Schester pudo darse cuenta de que Karl lucía entre deprimido y ausente, cosa que lo sorprendió. Hacía muchísimo tiempo que Franz no veía tan apagado al Káiser de Alemania y se preguntó cuál sería la razón de su actitud. Sin embargo, Karl le apretó la mano con fuerza y le hizo un saludo enérgico con la cabeza, como si la expresión de melancolía de sus ojos hubiese sido un truco de la imaginación de Franz.
– Juguemos limpio, Schester –le dijo Schneider a su compañero de Selección, como solía hacer con el capitán de todos los equipos a los que enfrentaba.
– Juguemos limpio, Schneider –asintió Franz, todavía dudando de si se habría imaginado lo anterior.
El Werder Bremen escogió cancha así como el Bayern sería quien tendría la posesión del balón. En el medio campo, Schneider y Levin esperaban a que diera inicio el partido y el sueco pudo ver que su compañero continuaba con una expresión ausente. Durante unos escasos segundos, Stefan se preguntó si no habría sido una mala idea el permitiri que Karl jugara, pero entonces éste miró por última vez hacia donde se encontraba la prensa, cerró los ojos durante algunos segundos y, cuando los abrió, su expresión había cambiado por completo.
– Muy bien, Levin –dijo el alemán–. Ganemos este juego.
Schneider desplegó todo su potencial en ese partido desde el primer momento. Tras darle un pase a Levin con un breve toque del balón, éste se lo regresó y haciendo regates se llevaron tras de sí a los del Werder Bremen, que estuvieron a punto de recibir un gol en los primeros minutos del partido. Si el disparo de Levin no dio en el blanco fue porque la Pantera de Sudamérica desvió la pelota en el último segundo, consiguiendo que el portero pudiera atraparlo. En respuesta al ataque del Bayern, el Bremen se lanzó con Schester y Margus a la cabeza, seguidos muy de cerca por Victorino, en una jugada que le recordó a Genzo la ocasión en la que se enfrentó a ellos.
– Si el portero no se cuida, será gol seguro –comentó Wakabayashi, atento a las jugadas de los tres futbolistas mencionados.
– Sería interesantísimo que el partido comenzara con un gol de los rivales –señaló Leo Shanks–. Aunque eso no les garantizaría el triunfo pues el Bayern puede darle la vuelta al marcador.
– Y que lo digas, compañero –bufó Kaltz, recordando que al Hamburgo le había sucedido exactamente eso varios meses atrás.
Sin embargo, los defensas del Bayern le quitaron eficazmente la pelota a los del Bremen y se la regresaron a Sho, quien hábilmente corrió por el campo sin inmutarse por los rivales. Cuando se ubicó frente a la portería, le mandó un precioso pase a Schneider, el cual lo recibió en el aire con elegancia y disparó a puerta con tal letalidad que el guardameta del Bremen ni siquiera lo vio pasar.
– ¡GOOOL DEL BAYEEEERN! –gritó Stephan Lehmann, el conocido comentarista del Allianz Arena–. ¡A los seis minutos de juego el equipo muniqués abre el marcador con un magnífico gol de Schneider!
– ¡Bien hecho, hermanito! –gritó Marie, eufórica–. ¡Eres el mejor!
– Hay que admitir que el pase de Sho fue soberbio –comentó Kaltz, haciendo que el abuelo Huan-Yue se llenara de orgullo–. Muy bien planeado y dirigido. No cabe duda de que él es uno de los pilares fundamentales del Bayern.
– Habrá que ver cómo reaccionan Margus, Schester y Victorino –añadió Wakabayashi.
Victorino era el que se sentía más indignado por el gol tempranero y contraatacó con fuerza. En cuanto se hizo con el balón gracias a un pase de Margus, el uruguayo pasó con agilidad entre los jugadores del Bayern, incluso pudo dejar atrás a Sho y a Levin. Sin embargo, cuando estaba frente a la portería, Schneider apareció como un rayo rojo y amarillo y le bloqueó el disparo cuando Victorino estaba seguro ya de que había conseguido el empate.
– ¡Wow! ¡Schneider ha realizado un regreso asombroso desde el área contraria para cortar majestuosamente el tiro de la Pantera de Sudamérica! – gritó el narrador–. ¡Qué manera de bloquear! ¡No cabe duda de que Karl Heinz Schneider es uno de los mejores futbolistas que Alemania le ha dado al mundo!
Las tribunas del Allianz Arena se encendieron en cánticos y ondeos de banderas para apoyar a sus jugadores. Lentamente, los del Werder Bremen comenzaban a sentir una presión difícil de ignorar, no sólo por el apoyo proveniente de las gradas sino también porque el Bayern, capitaneado por Schneider, comenzaba a cerrar filas. Lenta e implacablemente, el equipo local cercó a sus rivales y los dominó a su antojo, pasando entre ellos sin mucha dificultad. Al minuto veintiuno, tras un tiro de esquina ocasionado por el portero del Bremen que a duras penas pudo desviar un disparo de Corman, Schneider saltó más alto que los demás y remató con la cabeza el balón, que fue a incrustarse en lo profundo de las redes del Bremen.
– ¡Y cae el segundo gol de la noche! –aulló Lehmann–. ¡Y una vez más ha sido gracias al Káiser de Alemania!
Rudy Frank sonrió con satisfacción, al tiempo en que trataba de no mostrarse demasiado presuntuoso. "¡Miren que pensar que Karl-Heinz no estaría en condiciones de jugar debido a su situación sentimental!".
Tras el segundo gol, el Bremen se reacomodó y se dedicó a contener al Bayern, en una estrategia que podría parecer mediocre pero que era aceptable porque estaba resultando ser efectiva. Schester y Victorino tuvieron el suficiente sentido común para saber que, si no le ponían un freno a Schneider, a Levin y a Sho, ellos anotarían más goles de los deseados y por tanto estuvieron dispuestos a sacrificar la primera mitad del encuentro para empezar con la segunda con una estrategia nueva. El partido se fue al descanso con el resultado parcial de dos goles a favor de los bávaros, quienes habían insistido en seguir atacando sin poder culminar sus esfuerzos con otra anotación.
– El viejo Schneider lo ha intentado pero no ha podido vencer ni a Margus ni a Schester –señaló Kaltz–. A estas alturas, veo más probable que caiga el primer gol del Bremen a manos de Victorino que el tercero del Bayern.
– Sólo es cuestión de que aprieten un poco más –lo contradijo Leonardo, para gran gusto de Marie–. Dudo que los bávaros se conformen con este resultado.
– Todavía así, el encuentro ha sido por lo demás emocionante, con los enfrentamientos que ha tenido la tríada del Bayern contra el trío del Bremen –comentó Leo.
Y era que si los muniqueses tenían a Sho, Levin y Schneider, los del Bremen tenían a Schester, Victorino y Margus. ¿Quiénes habrían de llevarse la victoria? Cualquiera diría que la tríada de los bávaros era superior a la del Bremen, pero en un partido cualquier cosa podría suceder y tal vez el equipo visitante acabaría dando la sorpresa.
– Ha sido algo digno de ver, ciertamente –asintió Wakabayashi–. Schneider ha sido quien, por el momento, ha destacado sobre los demás.
El portero estaba aprovechando el medio tiempo para mensajearse con la doctora Del Valle para preguntarle sobre el estado anímico de Schneider. A Genzo no le gustaba interrumpir a su novia mientras ésta trabajaba pero de verdad que estaba preocupado por Karl, aunque no quisiera admitirlo.
"Sobrevivirá", fue la respuesta de Lily. "Aunque sea para ganarle a tu ex equipo el martes".
Wakabayashi esbozó una sonrisa torcida. Aunque ya no perteneciera al Hamburgo como tal, no deseaba que éste perdiera contra el Bayern pero ya no dependía de él el impedirlo.
Curiosamente, resultó ser que Kaltz tuvo razón: en el minuto cincuenta y cuatro de juego, Victorino se lanzó al ataque junto con Schester y Margus y entre los tres consiguieron derribar el muro defensivo del Bayern, con lo cual la Pantera de Sudamérica anotaría el gol que habría de equilibrar un poco el partido.
– ¡Ay, no puede ser! –exclamó Débora, tras lo cual se giró para ver a Kaltz–. ¡Brujo!
– Ey, que yo sólo hablo en base a lo que veo –replicó Hermann, encogiéndose de hombros.
– Veremos cómo reacciona Schneider ante esto –comentó Gwen, agitando una banderita del Bayern Múnich.
– ¡Reaccionará como siempre reacciona: anotando otro gol! –respondió Marie, poniéndose en pie–. ¡Vamos, hermano!
Cuando el partido se reanudó, Corman y Nimba coordinaron el ataque del Bayern para despistar a los del Bremen, quienes esperaban al trío Sho-Levin-Schneider. Corman se combinó con Nimba para llevar el balón al área rival, pero cuando éste vio que sus posibilidades de tiro estaban bloqueadas, lanzó un pase hacia atrás que fue a rebotar a los pies de Levin, quien se encontraba en el medio campo. Mientras la defensa del Werder Bremen trataba de adivinar cuál sería la siguiente jugada del sueco, Sho pasó a toda velocidad entre los contrarios y se posicionó frente al área de penales.
– ¡Estoy libre, Levin! –gritó Shunko, alzando la mano.
– ¡Va, Sho! –Stefan envió un pase directo con su Levin Shot.
La pelota llegó directamente hasta el chino, quien ni tardo ni perezoso se dispuso a hacer un Cañón con Retroceso, con lo cual un hermoso y flamante dragón voló ante los atónitos ojos de los del Bremen y se metió en la portería para conseguir así el tercer gol del Bayern Múnich al minuto sesenta y seis.
– ¡Bien hecho, Junguang! –gritó Nela, tan emocionada que no se acordó que su "abuesuegro" estaba sentado junto a ella–. ¡Ése fue un tiro hermoso!
– Muy bien hecho –concordó el abuelo Huan-Yue, cuyo rostro reflejaba su orgullo y su felicidad.
Con el marcador de tres goles a uno, los del Bremen comenzaron a desesperarse. Margus cometió varios errores que le hicieron perder buenas oportunidades de gol y Schester no conseguía acertar sus tiros; con respecto a Victorino, él mantenía un uno a uno con Schneider para bloquear su ataque a como diera lugar. Sin embargo, con esto sólo consiguió darle al Káiser la oportunidad de oro que buscaba: durante una jugada, Victorino le hizo una barrida a Schneider para quitarle el balón que ocasionó una falta sobre el bávaro. El árbitro marcó un tiro libre y el Werder se apresuró a formar la barrera, con Margus en ella pues su metro noventa de estatura le permitiría saltar más alto para bloquear el tiro de Karl. Cuando el árbitro pitó, Schneider lanzó un potentísimo Fire Shot que evitó limpiamente la barrera rival y fue a incrustarse en las redes de la portería, en un gol soberbio que hizo que el estadio se viniera abajo a tan sólo quince minutos del final del partido.
– ¡GOOOL! –gritó el locutor–. ¡SCHNEIDER HACE EL CUARTO PARA BAVARIA CON UN PRECIOSO Y LETAL FIRE SHOT, CONSIGUIENDO ASÍ UN HAT-TRICK PARA ESTA NOCHE!
– ¡Ése es mi hermano! –Marie estaba eufórica.
– Y esto se acabó –sentenció Leonardo, recargándose contra su asiento.
Mientras Schneider celebraba el gol con sus compañeros, Elieth revisaba que las fotografías que tomó del disparo hubiesen salido bien. Ella suspiró porque, a pesar de lo que se dijo una y otra vez antes del partido, acabó cayendo a la tentación de fotografiar el majestuoso desempeño del Káiser.
"Eres un magnífico futbolista, eso nadie lo puede negar", pensó ella, con una extraña mezcla de emociones rebullendo en su interior. "Independientemente de que como hombre seas un asco, como deportista eres increíble, el mejor jugador del mundo…".
Al terminar de celebrar, Karl giró la cabeza y miró directamente hacia en donde se encontraba ella. Con sorpresa, Elieth se dio cuenta de que la mirada de él estaba cargada de tristeza; la joven lo vio a los ojos durante unos segundos antes de cortar contacto para dedicarse nuevamente a su manoseada cámara. Con un suspiro resignado, Schneider volvió a concentrarse en el partido.
A esas alturas el juego estaba prácticamente sellado, sería una proeza imposible que el Bremen pudiera rescatar un empate, ya no hablemos de una victoria, pero aún así el trío Schester-Victorino-Margus siguieron insistiendo hasta el último minuto. Cuando faltaban siete minutos para el silbatazo final, Margus realizó un tiro directo a la portería que hubiese terminado en gol si no fuera por la intervención de Sho, quien detuvo el balón y se lo lanzó a Schneider. Éste y Levin atravesaron el campo a toda velocidad, esquivando a los rivales sin perder el tiempo y lanzándose pases; una vez que ambos se encontraron frente a la portería, los defensas decidieron que Schneider representaba un peligro mayor y se enfocaron en él, pero el alemán le pasó la pelota a su compañero, quien no tuvo reparos en meter el quinto y último gol del partido.
– ¡Bien hecho, Stefan! –gritó Débora–. ¡Así se anotan goles!
Después de esto ya no hubo más por hacer. El partido llegó a su final poco después, quedando con un resultado de cinco goles a uno a favor del Bayern Múnich. A pesar de haber jugado "a medio gas", al equipo muniqués no le costó trabajo embolsarse otra victoria que los afianzaría en el liderato de la Bundesliga.
– Tenía la esperanza de que Margus y Schester pudieran ponerle un alto al Bayern pero veo que no ha sido así –comentó Kaltz–. Contigo fuera, Gen, no habrá quién pueda evitar que el viejo Schneider se corone campeón otro año.
– Todavía queda Müller –negó Wakabayashi–. No olvides que él también es un magnífico portero.
– Sí, puede ser –admitió Kaltz, con incertidumbre–. Ya lo veremos después.
– Te preocupa el partido del martes, ¿verdad? –intervino Bárbara, adivinándole el pensamiento.
– Sería tonto decir que no –confesó Kaltz, con una sonrisa torcida–. Conozco bien al viejo Schneider y sé de qué es capaz, pero no esperaba verlo en su mejor forma hoy, no después de lo que ha vivido. Me frustra el saber que no podré estar en el campo para contenerlo y, considerando que tampoco tendremos a Gen, me temo que no nos va a ir muy bien que digamos en el partido del martes.
– "Crónica de una muerte anunciada" –susurró Leonardo, en voz baja.
– O sea que no crees que mi reemplazo vaya a hacerlo bien –señaló Genzo.
– Las cosas como son. –Kaltz se encogió de hombros–. No creo ni siquiera que Müller sea capaz de detener a este Schneider, mucho menos va a poder hacerlo alguien como Schwaizer.
– En resumidas cuentas, sabes que el Hamburgo va a perder, sólo falta ver con cuántos goles o hará –comentó Nela.
– Yo no dije eso –negó Hermann–. No me atrevería a augurar una derrota para mi propio equipo.
En ese momento Wakabayashi se disculpó pues quería ver a su novia, así que salió del palco reservado y se dirigió hacia la zona de enfermería del estadio; en cuanto el árbitro hubo pitado el final del partido, el portero le texteó a Lily para pedirle que se reunieran en un lugar en donde él pudiera estar sin tener que mostrar pases especiales y ella le dijo que lo vería en el pasillo que llevaba hasta la enfermería, al cual cualquier persona podía pasar por tratarse de un área de libre acceso. Mientras caminaba hacia el sitio mencionado, Genzo se preguntó qué tan prudente sería cuestionarle a la doctora Del Valle hacia dónde creía ella que se dirigía su relación. Las palabras de Shuichi habían germinado ya en la mente de su hermano menor y ahora éste estaba convencido de que era necesario que Lily y él aclararan cualquier punto con respecto al matrimonio antes de que la situación llegara más lejos. Quizás no era ése el mejor momento para tocar el tema pero Wakabayashi no deseaba marcharse a Japón sin resolver antes esta cuestión.
Al dar la vuelta para entrar al pasillo que lo llevaría al servicio médico del estadio, el portero vio una figura conocida que le llamó la atención, un rubio muy alto y atlético cuya expresión de seriedad le hacía parecer que era una persona malhumorada, aunque en la realidad no fuera así: se trataba de Schweil Teigerbran, delantero del Borussia Dortmund. ¿Qué carajos hacía Teigerbran en un partido del Bayern Múnich? Wakabayashi dudaba mucho que él estuviese ahí para analizar al rival pero todo era posible.
– ¿Qué hay, Teigerbran? –lo saludó Wakabayashi–. ¿Qué estás haciendo por acá?
– ¡Ah, Wakabayashi! –saltó el alemán, sorprendido–. Lo mismo podría preguntarte.
– Bien, yo tengo justificación. –Genzo esbozó una media sonrisa–. Pero tú no.
– Cierto, olvidé que tu novia pertenece al cuerpo médico del Bayern –sonrió Teigerbran–. Bueno, digamos que no eres el único que viene a los juegos de este equipo por una mujer, yo también estoy aquí por una chica que me trae vuelto loco, una de las reporteras del club.
– ¿Ah, sí? –Esto llamó la atención de Wakabayashi gracias a que estaba enterado del problema que tuvieron Schneider y Elieth por causa de Teigerbran–. ¿Quién es?
– Se llama Elieth Shanks –respondió Schweil–. La conoces, ¿no? Te entrevistó alguna vez.
– Sí, la conozco, de hecho es una amiga muy cercana –asintió Genzo, alzando las cejas.
– Preséntamela entonces, por favor –pidió Teigerbran, esperanzado–. Sé que tú y yo no hemos hablado muy seguido pero de verdad que me gustaría conocer a Elieth.
– Estás perdiendo tu tiempo –replicó Wakabayashi, con una sonrisa de burla–. Ella ya está enamorada de alguien más.
– ¿Qué? –exclamó Schweil, asombrado. Genzo vio cómo sus esperanzas se iban por el caño–. ¿Estás seguro? ¿Quién es?
– Muy seguro –asintió el portero–. De hecho lo conoces, es el mejor futbolista que ha dado Alemania en los últimos años y juega para el Bayern Múnich.
Wakabayashi no quería revelarle exactamente la identidad del enamorado de Elieth porque no le correspondía a él hacerlo así que esperaba que el alemán fuese lo bastante inteligente como para intuirlo. Sin embargo, Genzo no necesitó decir más para que Teigerbran entendiera de quién estaba hablando.
– ¡Ah! –exclamó Schweil–. Pero pensé que él estaba con esa modelo de la Paulaner, Hedy Lims creo que se llama.
– No hagas caso de todo lo que ves en los medios –replicó Wakabayashi–. Ahí tienes a Blind, que inventó muchas cosas sobre mí y casi ninguna fue cierta.
– Supongo que sí –admitió Schweil, notoriamente decepcionado–. Ya se me hacía extraño que esa modelo hiciera esas declaraciones cuando él nunca antes dio señales de saber que ella existe…
Mientras el alemán procesaba la información, Wakabayashi vio a Lily al fondo del pasillo, buscándolo con la mirada, así que se despidió de Teigerbran para ir a su encuentro. Cuando al fin lo vio, ella sonrió y se dirigió hacia él, aunque se mantuvo discreta para no llamar demasiado la atención. Aún llevaba puesto el uniforme del equipo médico y por tanto debía ser prudente para que no volvieran a inculparla de ser una "traidora".
– ¿Qué sucede, Gen? –preguntó la doctora, sonriéndole con dulzura–. Pensé que nos veríamos hasta mañana.
– Tenía ganas de verte hoy –respondió Genzo, acomodándole un mechón de pelo detrás de la oreja–. Y me dije que no sería mala idea el charlar contigo un rato antes de dejar el estadio.
– Mientras sea por poco tiempo, que tengo que volver por si al doctor Stein se le ofrece algo –aceptó Lily, dejándose acariciar.
– El Bayern hizo un buen juego, no cabe duda de que el entrenador Schneider ha estado afinando bien la maquinaria –comentó Genzo.
– Fue un buen partido aunque no esperaba este resultado –admitió Lily–. Schneider se lució hoy, a pesar de todo.
– Sí que lo hizo, pero es lo habitual en él –replicó Wakabayashi–. Siempre he admirado su capacidad para poder dejar sus problemas de lado y dar lo mejor de sí en cada partido.
– Lo mismo digo –asintió Lily, que lo miraba detenidamente con la cabeza ladeada–. Pero sospecho que no pediste que nos viéramos para hablar sobre Schneider, Wakabayashi, así que dime: ¿Qué es lo que pasa?
– ¿Tanto se me nota que pasa algo? –Él esbozó una media sonrisa.
– No es tan obvio como crees pero puedo ver en tus ojos que algo te inquieta –respondió ella–. ¿Qué sucedió? ¿Pasó algo con la Selección de Japón o con el Hamburgo?
– No, no ha habido cambio de planes con respecto a mí en ninguno de los dos equipos –contestó Genzo, en voz baja; él titubeó un poco antes de añadir–: No estoy seguro de si éste sea el mejor momento para decirlo pero a últimas fechas me da la impresión de que nunca habrá un período adecuado para hablar sobre ciertas cosas. El caso es que me llamó Shuichi hace poco.
– ¿Shuichi, tu hermano? –cuestionó ella. Cuando Genzo asintió con la cabeza, la joven agregó–: Él es el mayor de los tres, ¿cierto? ¿Qué te dijo? Porque debió decirte algo importante o no lo mencionarías siquiera.
– Muchas cosas que no voy a repetir, básicamente tiene la misma postura que mi padre con respecto a nuestra relación pero eso realmente no interesa. –Genzo no estaba muy seguro de seguir adelante pero lo hizo–. Lo importante es que me hizo pensar en algo que podría afectarnos en un futuro así que tengo una pregunta qué hacerte, aunque debería de decir que son dos.
– ¿Cuál es la primera? –quiso saber Lily, sintiendo que su corazón comenzaba a acelerarse.
– Yuri, ¿me pedirías que fichara por el Bayern para poder estar juntos? –inquirió Genzo, decidiendo que ésa era la cuestión menos "fuerte".
– Ya habíamos hablado de eso, ¿no? –La joven frunció el ceño–. Yo nunca te exigiré que cambies tus planes y deseos para estar conmigo. De hecho, me decepcionaría que me pidieras que eligiera por ti porque eso significaría que no tienes tus metas bien claras y perdería parte del respeto que te tengo. Creí que eso ya lo sabías.
– Lo sé bien, sólo quería confirmarlo. –Él suspiró entre satisfecho y preocupado pues venía la pregunta peor–. Lo segundo que quiero saber es: si yo te lo pidiera, ¿dejarías tu trabajo por mí? Es decir, si yo te dijera que quiero que te vayas conmigo a donde me fuera, ¿renunciarías al Bayern para hacerlo?
– ¡Oh! –exclamó ella. Genzo pudo ver cómo en la cara de Lily se dibujó la decepción. La doctora se quedó callada por unos instantes, pensando en si debía decir la verdad o mejor esquivaba el tema, tras lo cual se decidió a proseguir–. Pues siéndote sincera… lo cierto es que, lo siento, pero no, Gen. Te amo y lo sabes, pero me ha costado muchísimo llegar a donde estoy ahora, es verdad que he tenido suerte pero mucho tuve que ganarlo por mí misma, al fin estoy en mi trabajo soñado y no quisiera tener que renunciar a él por seguir a otra persona, aún así se trate de ti. Lo siento mucho, de verdad que sí, pero no voy a mentirte al respecto. Te lo dije cuando me llevaste al departamento que compraste en esta ciudad: aquí te estaré esperando cuando decidas volver. ¿Por qué repentinamente has vuelto a tocar estos temas? Me parecía que ya habíamos dejado bien establecido qué era lo que deseaba cada uno. ¿Qué rayos fue lo que te dijo tu hermano?
– Que si algún día queremos estar juntos como algo más formal, uno de los dos tendrá que ceder en sus metas. –Genzo no quiso usar la palabra "matrimonio" aunque estaba seguro de que Lily entendió que se estaba refiriendo a eso–. Y temo que tenga razón, pero temo más que ninguno de los dos esté dispuesto a ceder.
– No sabía que ya estábamos en ese punto –dijo ella, enrojeciendo vivamente–. No sé qué decir al respecto, Gen. No tenía idea de que tú estabas considerando dar otro paso más allá.
– No había pensado en eso pero creo que en algún momento deberíamos de tomarlo en cuenta –insistió Wakabayashi, aunque después reconoció que estaba metiéndose en un problema y de los grandes así que trató de corregir la situación–: De acuerdo, creo que definitivamente éste no es el mejor momento para hablar sobre eso, quizás deberíamos olvidarlo y…
– Ah, no, si ya tocaste el tema ahora lo terminas –lo interrumpió Lily, vivamente–. ¿Qué es lo que piensas al respecto? ¿Qué como ni tú vas a ceder por mí ni yo por ti, lo mejor sería que…? ¿Qué sería lo mejor, según tú?
– No lo sé –confesó Genzo, deseando con toda su alma que la vida tuviese un botón de "deshacer la última acción".
– Yo creo que sí lo sabes, Wakabayashi –lo contradijo ella, mirándolo con seriedad–. Cuando tú tocas un tema es porque ya tienes la respuesta preparada a cualquier pregunta que se te pueda hacer, no sólo hablas por hablar así que ahora dime: si yo no quiero seguirte y tú no quieres quedarte en el Bayern, ¿qué es lo que piensas que sería lo mejor para nuestra relación?
Genzo sabía que había dos opciones: o decirle que lucharía para que lo suyo funcionara o asegurarle que la dejaría seguir su propio camino sin que él le estorbase. En ese momento, el portero estaba plenamente seguro de qué era lo que deseaba, es decir, luchar para que su relación funcionara a pesar de todo pues no deseaba perderla, pero temió que Lily se lo tomara a mal, que creyera que era una especie de posesión de macho que no respetaba sus deseos, con lo cual obtendría un muy mal resultado. Así pues, Wakabayashi eligió la segunda opción a pesar de que no estaba conforme con ella porque estaba seguro de que así dejaría más satisfecha a su novia.
– Si llegara a darse ese caso, te desearía lo mejor –respondió Wakabayashi–. Aunque puedes estar segura de que nunca me olvidaría de ti.
Él se dio cuenta, demasiado tarde, de que había elegido la opción equivocada. Tras escuchar su respuesta, Lily lo contempló con una mezcla de incredulidad, tristeza, decepción y, sí, también rabia. "¡No, no era eso lo que quería decir, sólo no quería que te enojaras por esto!", pensó Genzo con cierta desesperación, pero ya era muy tarde para retractarse.
– ¿De verdad? –preguntó la doctora–. ¿Así de simple sería para ti? ¿Toda nuestra relación puede ser resumida en un "nunca me voy a olvidar de ti"?
– No es eso lo que quise decir –trató de decir Genzo pero ella no lo escuchó.
– Si eso es lo que nuestro amor significa para ti, ¿por qué seguimos juntos si al final no vamos a llegar a nada? –continuó Lily, cuya rabia y dolor se reflejaban en su voz.
– ¿Qué? No sé qué estás tratando de decir con eso pero no me agrada la perspectiva. –Genzo quiso tomarla por los brazos pero ella lo rechazó.
– Yo creo que sí lo entiendes –bufó ella, apretando los puños–. No tiene caso seguir con una relación por la cual no quieres luchar.
– ¡Basta! –la detuvo él, angustiado. No iba a permitir que eso se saliera de control–. No sigas diciendo cosas que no estoy dispuesto a aceptar, debemos hablar de este tema con más calma y aclarar cualquier malentendido.
– Tal vez, pero no quiero hacerlo. –Lily le dio la espalda–. Adiós, Wakabayashi.
Antes de que él pudiera detenerla, ella se echó a correr, abrió la puerta de la enfermería y la cerró tras de sí con fuerza, poniendo el cerrojo para que Genzo no pudiera abrirla por fuera.
"¡Buena la hiciste, Genzo Wakabayashi!", se burló su voz interior. "¡Que nadie ponga en duda que tienes mucha experiencia con las relaciones amorosas!".
Genzo se maldijo una y otra vez por haber sido tan estúpido. ¿Por qué demonios le hizo caso a su hermano?
Notas:
– El partido entre el Bayern Múnich y el Werder Bremen no aparece en el manga, me lo he inventado yo. En el manga, de la convocatoria que realiza Kira se salta directamente al primer partido de la Olímpica de Japón y no se vuelve a saber más sobre los jugadores de la Bundesliga (ya lo he dicho antes pero vale la pena recordarlo).
