Capítulo 55.

Múnich.

Una cantidad considerable de aficionados continuaban todavía en las tribunas, entonando sus cánticos al tiempo en que bailaban y agitaban los banderines del Bayern Múnich, en un claro preludio de lo que estaba por venir en unos cuantos días. Aún había también algunos jugadores en el campo, cantando junto con los fans, pero eran relativamente pocos pues la mayoría había regresado ya a los vestidores para ducharse y cambiarse, se había obtenido un buen resultado y merecían descansar. Entre los futbolistas que estaban todavía en el campo se encontraba Shunko, cuyo abuelo agitaba una bandera que sacó de quién sabe dónde mientras coreaba a duras penas los gritos que un grupo de aficionados alemanes se esforzaban por enseñarle. El abuelo Huan-Yue se veía muy feliz y emocionado, compartiendo el espíritu de equipo que su nieto había conseguido inculcarle. Detrás de él, a una prudente distancia, Nela observaba todo con una sonrisa en los labios y grababa la interacción entre Junguang y Huan-Yue, con la intención de mostrársela a aquél después, sin duda que sería un buen recuerdo para cuando el hombre mayor regresara a China.

Elieth había decidido marcharse temprano del estadio, no sólo porque no quería estar ahí cuando Schneider saliera de los vestidores sino también porque tenía que avanzar en su artículo esa misma noche si quería estar libre para cuando llegara su padre, lo cual ocurriría el siguiente lunes o a más tardar el martes, si es que Rémy Shanks llegara a tener algún evento de última hora que retrasara su viaje a Múnich (¡Qué suerte la de Leo! Él sólo tendría que pedir un día libre en el hospital y listo, alguien más lo cubriría y no tendría que preocuparse por adelantar en su trabajo). A pesar de que la chica sabía que su hermano estaba en el estadio, decidió no esperarlo pues Leo seguramente se iría con su novia además de que de todos modos no podría hablar mucho con él, así que se limitó a enviarle un mensaje por WhatsApp para avisarle que volvería a casa temprano.

Cuando Elieth había salido ya del estadio y estaba por abordar su automóvil, vio a Schweil Teigerbran en las cercanías y, siguiendo un impulso malvado, decidió acercarse para saludarlo. Sin embargo, la reacción de éste no fue la que ella esperaba, pues al verla Teigerbran sonrió pero casi de inmediato la sonrisa se le congeló en el rostro y el joven hizo el intento de salir huyendo.

Servus*! –lo saludó Elieth–. ¿Qué hace en Múnich un jugador del Borussia Dortmund?

– Eh, vine a ver a un posible rival –respondió Teigerbran, con ligero nerviosismo–. Pero ya me iba, Dortmund queda lejos y debo estar de regreso para mañana.

– Es curioso que hayas recorrido seiscientos kilómetros sólo para ver al Bayern –replicó Elieth, alzando las cejas, pues realmente no creía que él hubiese viajado toda esa distancia sólo para verla a ella así que seguramente había una explicación mejor.

– Sí, lo sé, pero es necesario analizar a un posible rival en la DFB-Pokal –mintió el alemán–. Ya sabes, Schneider anda imparable.

– Pues sí, aunque no sólo él, todo el equipo lo está –gruñó la joven al escuchar el apellido de su tormento–. Pero eso bien pudiste haberlo visto por televisión. ¿De verdad viajaste desde el oeste del país sólo por ver a Schneider?

– En realidad, no. –Teigerbran decidió sincerarse–. No vine a verlo a él, realmente. Vine a verte a ti.

– ¡Ah!. –La respuesta fue tan inesperada que Elieth se sobresaltó–. ¿De verdad?

– De verdad –suspiró Schweil, desviando la mirada–. No debería decírtelo, pero me gustas más de lo que te imaginas.

– ¡Oh! –La chica se ruborizó–. Bueno, no es como si me sorprendiera por completo, lo dejaste muy en claro con tus mensajes de WhastApp.

– Ah, sí, eso. –El futbolista se echó a reír, avergonzado–. Espero que no lo hayas tomado como acoso, discúlpame por haberlo hecho.

– No entiendo por qué te estás disculpando –replicó Elieth, confundida.

– Porque seguramente eso no le ha de haber gustado al Káiser –explicó el alemán, más apenado aún.

– ¿Y él que tiene que ver en esto? –saltó la rubia, entre indignada por la segunda referencia a Karl que hacía Teigerbran y sorprendida por el hecho de que éste hubiera sabido que aquél sí se molestó por los mensajes–. A Schneider no tiene por qué importarle lo que haga con mis conversaciones de WhatsApp.

– ¿De verdad? –cuestionó Schweil.

– De verdad –afirmó Elieth categóricamente, tras lo cual añadió–: Mejor dime: si has venido hasta acá por mí, prácticamente atravesando el país, ¿por qué pensabas marcharte sin hablarme? ¿Es en serio eso de que te gusto o estás fanfarroneando?

(N/A: A los personajes de este fic les da igual atravesar el país por ver a alguien, se nota que les sobra el tiempo y el dinero)

– No estoy fanfarroneando –aseguró Teigerbran, muy serio–. Sí me gustas y más de lo que crees, pero prefiero retirarme ahora que estoy a tiempo, no quiero cometer un error.

– ¿Qué? ¿Por qué crees que estarías cometiendo un error? –preguntó Elieth, ofendida–. ¡Ni siquiera me conoces para asegurarlo!

– No lo dije por ti, discúlpame –se apresuró a responder el joven–. Sino por el hecho de que sé que estás saliendo con Schneider y por tanto no quiero interponerme entre ustedes.

– ¿QUÉÉÉÉÉ? –gritó la francesa, tan fuerte que llamó la atención de un par de guardias de seguridad que pasaban por ahí y que se acercaron a ver lo que ocurría. Una vez que la chica les aseguró que todo estaba bien y que se hubieran marchado, preguntó al futbolista–: ¿Quién carajos te ha dicho eso?

– Genzo Wakabayashi –explicó Teigerbran, con total inocencia–. Me lo ha contado hace un rato y quiero decirte que lo entiendo, pero de haber sabido que tú eres la chica del Káiser, ni siquiera te habría mandado los primeros mensajes.

– ¡Genzo Wakabayashi es un mentiroso de primera, yo no soy la chica del Káiser! –se sobresaltó Elieth–. ¡Es mentira que Karl y yo estamos juntos!

Sin embargo, el intenso rubor de sus mejillas y el hecho de que ella hubiese llamado a Schneider por su nombre le hicieron ver a Teigerbran que Elieth estaba mintiendo y pensó que trataba de encubrir su relación por temor a que se hiciera un escándalo público, como había ocurrido recientemente con las relaciones de otros futbolistas en Alemania.

– Oye, no debes preocuparte, que no le diré a nadie lo de Schneider y tú –aseguró el alemán–. Pero ésa es la razón por la que pensaba marcharme sin despedirme de ti. ¡De ninguna manera pretendo meterme con la novia del mejor futbolista de Alemania, mi meta es ser seleccionado para la Selección Olímpica que participará en Madrid y de ninguna manera seré elegido si tengo líos con el capitán por causa de su chica!

– ¡Eso que acabas de decir es una reverenda estupidez! –espetó Elieth, enojada–. ¡Yo no soy la chica de Schneider, entiéndelo! ¡Y que salgas conmigo no te causará problemas en la Selección, no seas idiota!

– Prefiero no arriesgarme. –Teigerbran se echó a reír de su propia estupidez–. De verdad no estoy tan loco como para arriesgarme a ir en contra del Káiser de Alemania. Además, aunque no lo parezca tengo dignidad, no me gusta perseguir a alguien que está interesada en alguien más, eres hermosa pero ya entendí que no eres para mí. Aunque si terminas tu relación con Schneider, quizás me atreva a invitarte a salir.

– ¿Qué parte de "no soy la novia de Schneider" no entiendes? –exclamó la reportera–. ¿Estoy hablando en chino o qué carajos? ¡Podemos salir justo ahora!

– Gracias, pero sé que mientes para tratar de cubrir tu relación. –Teigerbran volvió a reír–. Y lo sé porque ha sido Wakabayashi quien me ha confesado todo y sé muy bien que él jamás miente. En cualquier caso, no te quito más el tiempo, señorita Shanks. A pesar de todo fue agradable verte.

Schweil le hizo un gesto de despedida a Elieth, tras lo cual echó a andar hacia la avenida principal, seguramente para conseguir un taxi.

– ¡Cobarde! –le gritó la chica, muy indignada–. ¡Así no dan ganas de salir contigo!

Teigerbran, que alcanzó a escucharla, se giró y le lanzó una mirada de vergüenza y disculpa, a lo que Elieth por poco responde con una seña obscena aunque logró contenerse. La joven se marchó muy enfurruñada hacia su automóvil, no porque Teigerban hubiera decidido retractarse sino porque éste considerara que Schneider y él eran pareja por culpa de Genzo.

– ¡Ésta me la pagas, Genzo Wakabayashi! –bufó Elieth, mientras arrancaba su automóvil–. ¡Y la verdadera pareja de Karl Heinz Schneider es esa imbécil de Hedy Lims!

La chica se metió a la Werner-Heisenberg Allee, la avenida en donde se encuentra localizado el Allianz Arena, y aprovechando que aún no había mucho tráfico se marchó a toda velocidad, como si quisiera dejar atrás su rabia y frustración.

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En el palco que había reservado, Kaltz esperaba el regreso de Wakabayashi, quien tardó en volver mucho más de lo que esperaba y, cuando lo hizo, se notaba que algo lo perturbaba en gran medida. Bárbara y Hermann intercambiaron una mirada y ella le hizo una seña de que se iría con Débora para que él pudiera hablar con Genzo a solas.

– ¿Qué sucede, Gen? –preguntó Kaltz–. ¿Ha ocurrido algo?

– Nada grave. –Genzo quiso restarle importancia al asunto pero después se rectificó–: No, es mentira, sí es grave pero ha sido mi culpa.

– ¿Qué pasó? –quiso saber Hermann–. ¿Has tenido algún problema con otro reportero de pacotilla?

– Creo que he discutido con mi novia. –Genzo esbozó una sonrisa amarga–. A causa de una estupidez mía.

Wakabayashi le relató a Kaltz lo ocurrido con Lily minutos antes; como no quería señalar a Shuichi como el responsable directo de esta pelea entre Lily y él, porque eso habría sido admitir que cayó redondito en una trampa, Genzo mintió y dijo que la idea de qué sucedería con su relación si decidía llevarla al siguiente nivel había sido exclusivamente suya, lo cual Kaltz se creyó porque no iba tan discorde a la fría personalidad tan calculadora del guardameta, aunque sí le sorprendió que él no supiera el por qué no obtuvo el resultado que deseaba.

– En base a lo poco que sé de relaciones y de mujeres, Gen, en toda pareja habrá siempre un momento en donde, al estar frente a una disyuntiva, las dos opciones que escojas estarán mal –señaló Kaltz, serio–. Y creo que ésta es una de esas ocasiones: si le hubieses dicho a la doctora que lucharías por tenerla a tu lado, ella podría haberlo interpretado como que no la quieres ver superarse, pero decirle que "nunca la vas a olvidar cuando se separen" tampoco era la mejor opción.

– Sí, eso me ha quedado muy claro –gruñó Wakabayashi–. Pero yo pensé que sería lo mejor, lo que ella quería escuchar.

– Las mujeres son raras pero de todos modos te hubiera ido mal, independientemente de lo que le hubieras contestado –sentenció Kaltz, encogiéndose de hombros–. Así que no te recrimines tanto, estoy seguro de que las cosas se resolverán si charlas con la doctora Lily cuando esté más calmada, ella es una mujer inteligente y seguro que entenderá lo que quisiste decir. Sin embargo, para eso tienes que hablar con la verdad y no responder lo que tú crees que ella quiere escuchar.

– Supongo que sí –suspiró Genzo–. Aunque primero tendré que conseguir que quiera hablar conmigo.

– Deja que se le pase el enojo –sugirió Hermann, poniéndole una mano en el brazo a su amigo–. Seguro que cuando se calme estará más dispuesta a escucharte.

– No sé qué tanto caso hacerte, Kaltz –señaló Wakabayashi, mordaz–. La última vez que me diste un consejo amoroso, me sugeriste que me disculpara con la doctora por haberla besado sin su consentimiento ya que eso podría considerarlo como acoso sexual.

– Bueno, pero al final las cosas no resultaron mal, ¿no? –replicó Hermann, sin inmutarse–. Además, algo debo de saber sobre mujeres si conseguí que esa belleza pelirroja se fijara en mí.

– Yo diría que fue cuestión de suerte –se burló Genzo–. Fue eso o le falta una buena visita al optometrista a la pobre mujer.

Los dos hombres se echaron a reír y siguieron a sus amigos hacia la salida del estadio. Genzo se sintió un poco más animado pero estaba consciente de que debía resolver ese problema antes de que se le saliera de las manos.

"Vaya que es complicado mantener una relación", pensó. "Pero, tal y como suelo hacer con todo lo que me importa en la vida, no pienso darme por vencido hasta revertir el resultado a mi favor".

Del grupo que había estado presente en el juego, sólo Leonardo y Marie decidieron quedarse a las afueras de los vestidores, pues ella deseaba hablar con su hermano para felicitarlo y darle ánimos así que ellos se despidieron de sus amigos para dirigirse hacia dicha zona. Schneider tardó tanto en salir que Leonardo comenzó a preguntarse si no se habría suicidado o si planeaba quedarse a acampar en los vestidores hasta el partido del martes pero por fin, tras una espera que se le hizo eterna, se abrió la puerta del vestidor por enésima vez en la noche y por ella salió Karl, recién bañado y usando un uniforme deportivo limpio. Marie corrió a su encuentro y los hermanos se abrazaron con mucha efusividad, en un gesto fraternal que dejaba evidente que, sin importar el tiempo que pasara, siempre se apoyarían de manera incondicional. Leonardo, recargado contra una pared, contemplaba la escena con un poco disimulado gusto que mostraba que le agradaba que su novia ya no tuviese problemas familiares.

– ¡Has estado increíble, Karl! –expresó Marie, emocionada–. ¡Tus goles fueron geniales, nadie puede detenerte!

– Casi nadie –replicó Schneider, sonriendo–. Hay un guardameta testarudo que sí puede.

– Y por eso es que quieres reclutarlo en el equipo, ¿no es así? –Marie soltó una risilla.

– Dicen que si no puedes con el enemigo, únetele –sonrió Karl.

Si bien el alemán no daba muestras de que se hubiese dado cuenta de que Leonardo estaba ahí, sí que estaba bien consciente de su presencia y no sabía cómo tomárselo. Schneider estaba enterado de que, al parecer, Leonardo se había ganado ya la confianza de Rudy Frank y que por tanto éste ya no le ponía trabas a la relación que tenía aquél con Marie, pero Karl todavía estaba renuente a dar su visto bueno, a pesar de saber que Leonardo había intervenido para ayudar a Rudy Frank y a Marie cuando hubo aquel inconveniente con Gunther Schäfer, el reportero de Blind.

Sin embargo, si se ponía a pensarlo con detenimiento, ¿qué era lo que impedía que Karl aceptara sin reservas a Leonardo como uno de sus cuñados? ¿Era una mera cuestión de edad o se trataba de otra cosa? Bien, que cuando recién llegó a Múnich, Leonardo Del Valle parecía ser un bueno para nada, un vividor y mujeriego poco confiable que quería jugar con Marie por un rato, pero con el tiempo demostró que era digno hermano de la doctora Del Valle y que, a pesar de no estar seguro de qué iba a hacer de su vida, al final acabó encontrando el camino y esforzándose por superarse. Además, Leonardo había manifestado que adoraba a Marie y que la respetaba, a pesar de sus muchas bromas, y que no era para él una más del montón. A esas alturas, con todos los antecedentes que tenía sobre Leonardo, Karl llegó a la conclusión de que su problema con el mexicano era su edad, ya que en verdad que no le gustaba que Marie anduviera con alguien que tenía la misma cantidad de años que su hermano.

"Lo cual, si me pongo a pensarlo, es una estupidez", admitió Schneider. "Después de todo, Marie es mayor de edad y si quiere andar con un anciano, pues es su decisión".

– Bueno, sin contar a Wakabayashi, nadie puede detenerte, hermano –seguía diciendo Marie–. No hay guardameta en toda Europa que pueda contigo.

– Eso espero, aunque Müller podría darme problemas. –Karl se echó a reír y después, como quien no quiere la cosa, agregó–: ¿Vienes sola?

– No –negó la chica, tras un titubeo–. Vine con Leonardo, él me va a llevar a casa.

– Ya veo. –En ese momento, Schneider dirigió la mirada hacia donde sabía que estaba el mexicano–. Servus, Del Valle.

¡Hola! –saludó el susodicho en español, al tiempo en que se acercaba a los otros dos para después continuar hablando en alemán–: Dio un gran juego, Su Alteza, realmente lo felicito porque estuvo imparable.

– Gracias –aceptó Karl, aunque no supo cómo tomarse lo de "Su Alteza"–. Sólo hice lo que se esperaba de mí, no fue la gran cosa.

– Mira, los jugadores de la Selección Mexicana también tienen el mismo trabajo que tú y de todas formas no lo cumplen, por eso andamos dando lástima en cada competencia internacional en la que tenemos la desgracia de participar –replicó Leonardo, mordaz–. Así que hay que reconocer cuando alguien sí hace bien las cosas, no todos los días se tiene el lujo de ver jugar en vivo a un futbolista de tu nivel, realmente eres grande, Schneider.

– No sé si estás siendo sincero o si sólo buscas lisonjearme –dijo Karl, a pesar de lo cual sonrió–. Pero en cualquiera de los dos casos, agradezco tus palabras.

– Estoy siendo sincero –aseguró Leonardo, sin pizca de ironía–. Siempre he admirado tu estilo de juego, aun antes de enamorarme de tu hermana menor.

– Cuidado con lo que dices –advirtió Karl, al tiempo que Marie saltaba–. No te permitiré que actúes inadecuadamente conmigo.

– ¿Así cómo? –preguntó Leonardo, con sorpresa legítima–. No sabía que decirte la verdad era comportarse de manera inadecuada. ¿Qué tiene de malo que te diga que estoy enamorado de Marie? Tus padres lo saben ya, ¿por qué no habrías de saberlo tú también?

– Leo, creo que éste no es el mejor momento para hablar de eso –susurró Marie, en un intento desesperado por contener a su impaciente novio.

– ¿Y cuándo sí lo será? –quiso saber Leonardo, mirando a ambos Schneider con curiosidad–. Tu hermano es un hombre ocupado y yo también lo soy, no quiero perder el tiempo esperando a que haya un "momento adecuado" para decirle las cosas como son así que creo que éste es el mejor instante para confesarle al Káiser de Alemania que estoy enamorado como un idiota de su hermanita menor y que quisiera casarme con ella algún día.

Marie emitió un gemido que era una mezcla de emoción y preocupación a partes iguales, pues seguía entusiasmándole que Leonardo dijera que se quería casar con ella; Karl, a su vez, contempló a Leonardo con asombro, parpadeando un par de veces como si su cerebro le estuviese jugando una broma y así consiguiera despejar su mente. Leonardo le sostuvo la mirada, tratando de mostrarse decidido y valiente a pesar de que en el fondo no se sentía así, no del todo al menos. Durante unos minutos que a Marie le parecieron eternos y muy tensos, su hermano y su novio se calaron con la mirada, hasta que Karl cerró los ojos y se encogió de hombros, esbozando una sonrisita de complacencia.

– Tienes agallas, lo admito –reconoció el Káiser de Alemania–. Vienes aquí a decirme que amas a mi hermana y que quieres casarte con ella a pesar de que podría romperte las costillas con uno de mis Fire Shots.

– Tiemblo ante esa posibilidad, no lo niego –replicó Leonardo–. Pero no me voy a retractar de lo que dije.

– Marie es muy joven para casarse, apenas acaba de entrar a la universidad –señaló Karl–. ¿Estás consciente de eso?

– No es de mi interés truncar sus estudios, si es lo que estás pensando –contestó Leonardo–. No dije que me quiero casar mañana mismo pues yo deseo que los dos acabemos nuestras respectivas carreras antes de dar ese paso tan grande.

– Me agrada la idea de que pienses primero en sus estudios antes que en el matrimonio –aceptó Schneider–. ¡Y no quiero que mi hermanita acabe embarazada antes de los veinte años!

– ¡Karl, no digas eso! –espetó Marie, muy colorada–. ¡Sé muy bien lo que son los condones y las pastillas anticonceptivas!

– Decir que me quiero casar con Marie es sólo una prueba de que ella no es otra más sino la única –aseguró el mexicano, aguantando la risa–. ¡Y yo tampoco quiero que se embarace pronto, no estoy listo para ser padre!

En ese momento, se abrió la puerta de los vestidores y por ella salieron Levin, Shiken y Corman, quienes miraron al trío con curiosidad. Levin hizo una leve inclinación de cabeza a manera de saludo antes de seguir adelante, llevándose consigo a Shiken y a Corman a pesar de que éstos querían enterarse de qué estaba ocurriendo entre el Káiser de Alemania y sus dos acompañantes.

– Dejando en claro que estamos todos de acuerdo en que el matrimonio es una meta a largo plazo y de que no queremos ver a versiones pequeñas de mí corriendo por ahí, ¿será que al fin puedas aceptar que Marie y yo nos amamos? –aventuró Del Valle, mirando a través del hombro de Schneider para comprobar que no había más metiches por ahí–. No me gusta que Marie pelee con su familia por mi culpa.

– Supongo que no tengo más remedio que aceptarlo –suspiró Karl, resignadamente–. No eres el pretendiente que habría elegido para ella pero supongo que podría ser peor.

– ¡Karl! –protestó Marie, haciendo una mueca–. Leo no es un mal pretendiente.

– De todos modos todavía puedo romperte los huesos con mi Fire Shot si arruinas las cosas con Marie –continuó Karl, ignorando a su hermana–. Pero creo que eso lo tienes claro.

– Muy en claro, sí, señor. –Leonardo esbozó una enorme sonrisa, muy parecida a la de Lily–. Gracias, Schneider, en verdad. ¡Eres lo más grande que ha dado Alemania desde David Hasselhoff!

– David Hasselhoff es estadounidense, no alemán –replicó Karl, conteniendo las ganas de reírse.

– ¿Ah, sí? –cuestionó Leonardo, asombrado–. ¿Y por qué es tan famoso aquí?

– Porque nos gusta la gente que hace estupideces –respondió Karl, sin inmutarse–. Por eso le gustas a mi hermana.

– ¡Auch! –protestó Leonardo, al tiempo que los Schneider se echaban a reír–. Bueno, está bien, me lo busqué, aunque he vivido engañado toda mi vida, juraría que Hasselhoff es alemán.

Marie, agradecida de que todo hubiera salido mejor de lo que esperaba, volvió a abrazar a su hermano con fuerza para después besarlo en la mejilla.

– Gracias, Karl –le dijo en voz baja.

– ¿Por qué? –cuestionó Schneider, rendido–. ¿Por aceptar que arruines tu vida con un hombre al que pronto vas a tener que llevar al asilo?

– Sigo aquí, ¿eh? –protestó Leonardo–. ¡Y tú y yo tenemos la misma edad!

– Es broma –aseguró Karl, tras lo cual le dijo a su hermana–: Lo único que me interesa es que Eva y tú sean felices, y si tú has decidido que serás feliz con Del Valle, te apoyaré.

"Al menos uno de los tres podrá ser feliz", pensó Schneider, con cierta tristeza.

– Ahora que ya hemos dejado ese asunto de lado y que te he demostrado que te seguiré apoyando a pesar de todo, quisiera que me dijeras por qué no me contaste lo de Hedy Lims –reclamó Marie, poniendo las manos sobre las caderas–. ¿Qué esperabas, que no me enteraría nunca de eso?

– Es difícil de explicar el por qué no te lo dije, Marie. –Karl se frotó la frente con dos dedos–. Siempre mantuve la esperanza de que esa maldita cena se cancelara y por tanto no les avisé de ella porque confiaba en que no sucedería. Sé que estuvo mal pero espero que entiendas el por qué hice las cosas así.

– No, la verdad es que no lo entiendo –negó Marie, frunciendo el ceño–. Soy tu hermana, tengo derecho a saber lo que pasa contigo; así como siempre me has apoyado en todo, así quiero yo apoyarte a ti, aunque no pueda resolver tu problema por lo menos quiero que confíes en mí y me cuentes las cosas. Mamá también está muy enojada por eso, ya ni hablemos de Eva que se va a sulfurar en cuanto se entere, sabes que merecíamos conocer la verdad por ti y no por las publicaciones de Instagram de esa mujer.

– Sé muy bien que cometí un error y que tal vez no van a entender por qué actué de esa manera, así que sólo me queda esperar que me perdonen –suspiró Karl, tan apesadumbrado que hasta Leonardo sintió compasión por él–. De todas formas no puedo corregir el pasado, no me queda más que soportar las consecuencias de mis errores y prometerles que no volveré a ocultarles las cosas importantes.

Parecía como si Karl no sólo hablara por su madre y sus hermanas sino también por Elieth, aunque Marie prefirió no hacérselo notar porque sabía que estaba siendo sincero. Además, por mucho que lo quisiera no podía continuar enojada con él, al final de cuentas era su hermano y siempre le tuvo mucho respeto y adoración. Al principio le había dolido que su padre y Karl le hubieran ocultado algo tan grave pero después llegó a la conclusión de que muy seguramente Eva hacía lo mismo con ellos y que la misma Marie también habría hecho lo mismo estando en su lugar. Y en últimas cuentas, a quien realmente se debía odiar era a esa obsesiva flacucha de Hedy Lims, ella era el verdadero enemigo a vencer.

– Sólo te lo digo porque somos tu familia y queremos apoyarte –dijo Marie, tras suspirar–. Espero que lo tengas siempre bien presente y que para la próxima vez pienses en eso antes de ocultarnos las cosas.

– Te aseguro que lo haré –sonrió Karl, feliz de que su hermana menor lo hubiera perdonado–. Aunque espero que no haya una próxima vez.

– Yo también lo espero, es suficiente con tener a una Hedy Lims en nuestras vidas –acordó Marie–, pero una nunca sabe. Eso sí, mamá todavía quiere hablar contigo y aún tenemos planeado reclamarle a papá más tarde.

– Se lo diré, para que esté preparado –se rio Karl–. Sólo no sean muy duras con él y espero que mamá se apiade un poco de mí.

Como ya no había mucho más por decir pues lo demás podían resolverlo los Schneider con calma en otra situación más privada (considerando que los jugadores el Bayern seguían saliendo de los vestidores), Leonardo comentó que estaba haciéndose tarde y que sería mejor que se retiraran para no preocupar a Lorelei, cosa con la que los otros dos estuvieron de acuerdo ya que Karl no deseaba que su hermana estuviera en la calle tan tarde. Antes de marcharse, Marie volvió a abrazar a su hermano por tercera vez en la noche, negándose a soltarlo durante un buen rato.

– No te preocupes por Elieth, ella acabará por entender, al igual que yo –susurró Marie al oído de Karl–. Es terca pero te quiere de verdad y es normal que esté enojada, aunque al final comprenderá que no la engañaste.

Karl, por respuesta, besó a su hermana en la cabeza y le agradeció las palabras con una sonrisa. Leonardo le tendió la diestra y Schneider se la estrechó, tras lo cual la pareja se alejó por los pasillos del estadio. En ese momento, la puerta del vestidor se abrió y a través de ella se asomó Rudy Frank, sorprendiendo a Karl pues no esperaba verlo tan pronto.

– ¿Cuánto tiempo llevas ahí? –preguntó el muchacho.

– Lo suficiente para saber que tu madre y Marie piensan darme una buena en cuanto llegue a casa –respondió Rudy Frank, tras lo cual suspiró–. Me ha gustado cómo manejaste el asunto con tu hermana.

– ¿Cuál de los dos? –Karl esbozó una sonrisa irónica.

– Los dos –contestó su padre–. Manejaste muy bien las cuestiones que tenías pendientes con Marie, sobre todo su relación con Leonardo Del Valle.

– Alguien tenía que ceder y supe que debía hacerlo yo cuando me di cuenta de cuánto lo ama Marie. –Karl se encogió de hombros–. Ojalá así de sencillo fuese solucionar mis problemas con Elieth Shanks…

– Dale tiempo –aconsejó Rudy Frank–. En algún momento se le pasará el enojo y entonces estará más dispuesta a escucharte.

– Es lo que me dicen todos pero, ¿y si no lo hace? –preguntó Karl, en voz muy baja.

Por respuesta, el entrenador le puso una mano en el hombro y se lo apretó, tratando de darle apoyo. Tras unos instantes de silencio, Karl le dijo a su padre que era hora de retirarse y los dos se enfilaron hacia la salida del estadio.

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"¡Emocionada por haber visto ganar a mi amor! ¡Así se juega, Karlcito!", era la frase que acompañaba a la última fotografía que Hedy Lims subió a su Instagram.

En ella se veía cómo la chica sonreía a la cámara, teniendo de fondo el Allianz Arena con el partido recién terminado. De primera intención, parecía que Hedy había estado presente en el estadio para apoyar a Schneider (porque sería mentira decir que apoyaría al equipo, sólo le interesaba el Káiser), pero si se ponía más atención a la imagen se podía determinar que se trataba de un hábil trabajo de Photoshop, pues la Lims se había limitado a pararse delante de una enorme pantalla de plasma con imágenes del estadio para hacer creer que había estado ahí cuando en realidad nunca lo estuvo. Pues había que recordar que Bernad Brunt, el representante de la Paulaner responsable de que ella fuese a cenar con Karl Heinz Schneider, no le pudo conseguir un boleto para el partido entre el Bayern y el Werder Bremen. Sin embargo, esto no era un obstáculo mayor para alguien como Hedy, quien de inmediato contactó a la fotógrafa que solía retocar sus fotos y le pidió que le ayudara a crear una escena convincente para Instagram, lo cual era una tarea muy fácil para alguien acostumbrado a alterar imágenes. Así pues, en cuestión de horas Hedy tuvo una foto convincente para mostrar a sus seguidores y persuadirlos de que sí había estado presente en el recién concluido partido para apoyar a su "nueva pareja", el Káiser de Alemania.

Sin embargo, la muchacha no recibió la atención que deseaba, muchos le reclamaron que ella se hubiera ido a un partido vestida como si fuese a un evento de modelaje y otros le preguntaron por qué no se había tomado una foto con Schneider si se suponía que era su pareja. Al inicio, Hedy se había armado de paciencia para despejar cualquier duda pero no tardaron en aparecer los comentarios que aseguraban que la foto se veía rara. Mientras contemplaba la posibilidad de desactivar la opción de comentar la fotografía, Hedy recibió la llamada de Bernard Brunt, quien quería saber cómo carajos consiguió los boletos para asistir al partido cuando ni él pudo hacerlo.

– No estoy engañándote con otro representante, si es lo que estás pensando –aseguró Hedy. "Porque no me he encontrado a otro con más poder"–. Es un truco bien montado y que hayas caído en él significa que está muy bien hecho.

– ¡Ahh! –exclamó Brunt–. Ya se me hacía que algo no cuadraba ahí. ¿Para qué has hecho eso?

– ¿Cómo que para qué? Para reafirmar que Schneider es mío –replicó la Lims–. Ya que no me pudiste conseguir boletos para ese juego, tuve que apañármelas para continuar con mi plan.

– Ten cuidado con eso, no nos vayan a acusar de publicidad falsa –la amonestó el hombre, alterado–. Ya de por sí he recibido la noticia extraoficial de que el Káiser de Alemania va a interponer una demanda legal por haberlo obligado a cenar contigo.

– ¿De verdad? –Hedy sí se sorprendió, no esperaba ese movimiento por parte de Schneider–. ¿Estás seguro? ¿Quién te lo dijo?

– Alguno de los "peces gordos" –respondió Brunt, dejando más confundida a la Lims pues no sabía quiénes eran esos "peces gordos"–. No me lo había tomado como algo serio y es posible que no llegue a nada pero los rumores y las llamadas de atención son cada vez mayores, así que debes tener cuidado y mantener la boca cerrada acerca de cómo conseguiste esa cita con Schneider.

– Soy la menos interesada en revelarle al mundo que prácticamente lo obligamos a asistir –reclamó Hedy, enojada–. No me tienes que decir que tenga cuidado.

Gut, gut (bien, bien). –Bernard se escuchaba más tranquilo, aunque no mucho–. Si quieres puedo conseguirte boleto para el partido contra el Hamburgo, para que dejes de inventarte cosas en Instagram.

– Ya te había dicho que sí –bufó Hedy, molesta y herida por la acotación–. Esperaba que ya lo tuvieras.

– Lo tendré, no te preocupes –aseguró Brunt–. Y mantente con perfil bajo hasta no saber si lo de la demanda será verdad.

El hombre colgó sin oportunidad a que Hedy pudiera responder, lo que la puso de muy mal humor. La poca felicidad y autosatisfacción que tuvo con las reacciones positivas que había conseguido en Instagram se le esfumaron en un instante gracias al idiota de Bernard Brunt. ¿Qué habría una demanda? Bien, eso era problema de él, Hedy no obligó a punta de pistola a Schneider a ir a cenar con ella así que esa demanda, si existía, no la afectaría en lo más mínimo.

Ella volvió a mirar su Instagram y vio que tenía nuevos comentarios, entre ellos el de alguien con el nombre de usuario de AlissaCKR; según lo que Hedy pudo ver, se trataba de la esposa de uno de los jugadores del Bayern.

"Qué curioso", escribió Alissa. "Estuve en el palco que aparece en la imagen pero estoy cien por ciento segura de que nunca estuviste ahí".

Furiosa, Hedy borró el comentario, cerró la aplicación y botó el teléfono a una mesa cercana, en donde el aparato resbaló a través de su superficie y cayó al suelo con un ruido sordo.

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A la mañana siguiente al partido entre el Bayern y el Bremen, Schneider se presentó en el edificio de departamentos en donde vivía Elieth para tratar, por milésima vez, de arreglar las cosas con ella. Ese mismo día, mucho más temprano, Leo Shanks se comunicó con Karl para ofrecerle hablar con su hermana y decirle la verdad sobre Hedy Lims pero Schneider se negó: él se había metido solo en ese lío y debía salir solo de él, aunque le costara sangre, sudor y lágrimas.

– Si no tuve el valor para hablar con Elieth en el momento adecuado, no dejaré que nadie intente arreglar las cosas por mí –fue la respuesta que le dio Karl a Leo Shanks–. De verdad te lo agradezco, pero yo debo salir de esto por mi cuenta.

– Como quieras –le dijo Leo, internamente complacido–. Pero conozco bien a mi hermana y sé que la tonta no se va a dejar convencer tan fácil, cuando se le mete una idea no la sacas de ahí con nada aunque tú le estés dando pruebas tangibles de que está equivocada, así que no te sientas mal por pedirme ayuda si las cosas con la Peque se te complican.

A pesar de esta advertencia, Karl todavía tenía fe en que Elieth sería lo suficientemente razonable para escucharlo cuando se le bajara la rabia, contaba con eso y por eso era que ahora estaba ahí, frente al edificio de departamentos en donde vivía la chica, decidido a no moverse hasta que consiguiera hablar con ella.

Curiosamente, él no era el único que había acudido a dicho lugar para intentar corregir una "metida de pata" en su relación: cuando Karl estaba subiendo las escaleras (pues él siempre subía por ahí a pesar de que el edificio contaba con elevador), justo en el rellano del piso anterior a aquél en donde vivía Elieth, el alemán alcanzó a escuchar las voces de Genzo y de Lily, quienes gritaban como si estuvieran discutiendo, cosa que lo sorprendió. La pelea no parecía haberse iniciado ahí, más bien sonaba como si la pareja estuviera retomando en ese momento una rencilla previamente comenzada. Karl se detuvo en el rellano y al mirar hacia arriba por el hueco de la escalera pudo ver a Genzo recargado contra el barandal, con una extraña actitud de desesperación que aquél rara vez le había visto, y a Lily apoyada contra la pared con los brazos cruzados en actitud defensiva, aunque cada vez que hablaba los descruzaba para gesticular con las manos.

– Sé que ayer no dije las cosas como debí de haberlas dicho, pero te juro que en mi cabeza sonaba menos mal de lo que sonó en realidad –expresaba Wakabayashi en esos instantes–. No quería que sintieras que deseo presionarte a que dejes tus metas por mí.

– Tal vez en ese momento en específico no buscabas decir eso –contestó Lily–, pero lo que me molesta es que tú y yo sabemos que es altamente probable que ésa sea tu respuesta real en un futuro, si llegamos a decidir que lo mejor sería separarnos: que todo estuvo muy bonito pero que cada quien debe seguir su propio camino. ¿O me vas a decir que no es cierto? Eres un hombre frío y calculador, Wakabayashi, y cuando algo o alguien no va de acuerdo a tus planes lo haces de lado sin tentarte el corazón ni un poco y después te contentas con decir que "las cosas no se dieron como deberían". ¿O no es eso lo que sueles comentar con respecto a tu familia?

Aunque sabía que Lily era sincera y que era altamente probable que también estaba siendo cruda debido a su enojo, Karl se sintió mal por Genzo pues la acusación rayaba en lo cruel. Schneider pocas veces había visto a Lily enojada pero comenzaba a darse cuenta de que, cuando lo estaba, no le ponía frenos a su lengua.

– No puedo creer que estés diciéndome eso –fue la sorprendentemente calmada respuesta de Genzo–. ¡He peleado con mi familia por ti!

– ¡Sí, lo hiciste, pero tampoco es como si hubieras renunciado a algo que querías! –replicó la doctora, con acidez–. De cualquier manera tu relación con ellos ya era mala, con y sin mí, no los veías más que muy de vez en cuando y eso habría seguido igual aún cuando no estuvieras saliendo con una extranjera. Tienes que admitir que en algún momento sacrificaste a tu familia porque no iba de acuerdo a tus planes de vida y no te tentaste el corazón para hacerlo, los sacrificaste sin problemas para que no interrumpieran tu carrera hacia el éxito. Y yo no digo que hayas hecho mal pero, ¿qué me garantiza a mí que no me harás lo mismo en el futuro cuando yo te diga que no voy a renunciar a mis sueños para seguirte?

– ¡Que tú eres diferente! –bufó Genzo, pasándose las manos por el cabello–. Estás siendo injusta y lo sabes, me he esforzado para que esto funcione y todavía así crees que te dejaré de lado cuando me estorbes, según tú.

– Te recuerdo que me costó mucho trabajo convencerte de que confiaras en mí, antes me ocultabas los problemas que tuviste en el Hamburgo porque no considerabas que debías hacerme partícipe de eso –contraatacó Lily–. ¿O ya se te olvidó lo de "yo peleo mis batallas solo" que me dijiste cuando fui a verte a Augsburgo? No llevamos tanto tiempo juntos como para que hayas cambiado ya tu manera de pensar y yo estaba consciente de eso, pero creía que con el tiempo podrías ir confiando cada vez más en mí y permitir que peleara a tu lado pero, con lo que me dijiste ayer, otro panorama más real se abrió ante mí: es más probable que te dediques a disfrutar de nuestra relación durante el tiempo que dure para después hacerme un lado cuando te entren las ganas de "luchar solo" otra vez y entonces yo pasaré a ser un bonito recuerdo en tu vida.

"Está haciéndolo polvo", pensó Schneider, conteniendo las ganas de aparecer y llevarse a su amigo para evitar que la doctora siguiera masacrándolo. "Lo peor es que está usando la pura verdad para hacerlo, no está inventando excusas ni adjudicándole a Wakabayashi cosas que no hizo. Nunca había escuchado, sin embargo, que alguien le dijera sus verdades de esa manera tan directa".

– ¿Sabes? Justo en este momento me doy cuenta cabal de qué era lo que planeaba mi hermano al hablarme sobre nosotros y me siento un completo imbécil porque caí en su trampa –soltó Genzo, tras un instante de silencio–. No sé cómo no me lo vi venir.

– No culpes a tu hermano de esto, Wakabayashi –replicó Lily, sin titubear–. Él podrá haberte dicho las cosas con mala intención pero esos pensamientos ya los tienes desde antes. Me parece a mí, aún sin conocerlo, que ésa es la filosofía que Akira Wakabayashi les inculcó a sus hijos: todas las personas somos fácilmente sustituibles y/o eliminables si se interponen en tus objetivos o te dejan de servir o dar placer.

– Tú no eres una persona sustituible, no sé qué más tengo que hacer para que me lo creas. –Genzo alzó las manos al cielo–. He hecho muchas cosas por ti, como recorrer medio planeta para verte o comprar un departamento en una ciudad que no tendría más interés para mí si no fuera porque tú vives en ella pero todavía así piensas que eres fácilmente eliminable, según tus palabras. Tú no eres cualquier persona, tú eres especial para mí, eres alguien que realmente me importa, ¿por qué dejaste de creerlo en base a una simple y estúpida frase que dije? Habitualmente eres una persona razonable y lógica, ¿por qué ahora estás actuando tan contrario a lo que eres?

– Porque creo que en el fondo sí estás pensando lo que dijiste. –Lily bajó tanto la voz que Schneider apenas alcanzó a escucharla–. Siempre has sido alguien que sacrifica a los que ama en base a su ambición, Genzo Wakabayashi, y yo no creo ser tan especial como para ser la excepción a la regla. Yo sé que también dije que no cambiaría mis sueños por ti pero, cuando amas a alguien, sabes que siempre existirá la posibilidad de que tengas que tragarte tus palabras en algún momento, al menos estaba consciente de que tendría que ser flexible con la idea de no seguirte a donde quiera que fueras pues no pensaba renunciar a ti sin luchar. Si dos personas se aman en verdad, harán lo posible para seguir juntas a pesar de todo.

– ¿Y qué crees que estoy haciendo ahora? –cuestionó el portero, de inmediato–. ¿No te parece que estar aquí es luchar en vez de rendirme? ¿Por qué no puedes entender que lo que dije fue sólo una frase idiota y mal pensada? ¡No te obsesiones tanto con eso, por favor, sólo no quería parecer un hombre controlador!

– Claro, soy yo la que se obsesiona con una idea, ¿verdad? ¡Como si no tuviera motivos para hacerlo! –reclamó Lily, con todas las ganas de pelear pero repentinamente cambió de parecer y se quedó callada durante unos instantes antes de continuar–. ¿Sabes? Estoy muy cansada de esto, ayer fue un día pesado, como lo son todos los días en los que hay partido, y no dormí bien por darle vueltas a este asunto, por repetir una y otra vez tus palabras en mi mente. Tal vez no estoy pensando con coherencia y necesito darme un tiempo para razonar las cosas con la mente más despejada, pues creo que estoy siendo muy dura contigo y no te lo mereces por completo.

"¿Tú crees?", pensó Schneider, haciendo una mueca. "Ni los jugadores del Hamburgo fueron tan rudos con él, doctora. Qué delicadeza la tuya notarlo hasta ahora".

– ¿Qué quieres decir con eso? –preguntó Genzo, a la defensiva.

– Que por el momento me gustaría dormir –contestó ella, frotándose las sienes–. Dormir sin pensar en nada y después, cuando tenga la cabeza más despejada, analizar a dónde nos va a llevar esto. Y creo que tú deberías de hacer lo mismo.

– Yo no necesito analizar nada, yo sé bien qué es lo que quiero –protestó el portero, con el ceño fruncido.

– Bien, pues entonces sólo seré yo la que necesita pensar –reafirmó Lily, sin inmutarse–. No te negaré que tal vez estoy haciendo una tormenta en un vaso con agua pero en estos momentos sólo quiero llorar y golpearte y eso no nos va a conducir a algo bueno.

Karl se asomó un poco más por el hueco de la escalera y vio que la doctora se apretaba los brazos y mantenía la cabeza agachada, en una actitud muy defensiva, mientras que el portero apretaba y soltaba los puños continuamente, como si estuviera conteniendo las ganas de acercarse a ella y tocarla. A esas alturas, con lo que cada uno había dicho, Schneider ya había llegado a la conclusión de que Wakabayashi dijo o hizo algo que ocasionó que Lily pensara que él podía terminar con ella cuando se cansara de su relación. Por un lado, el alemán sintió compasión por Lily porque estaba tan consciente como ella de que la personalidad de Genzo hacía que éste se marchara sin mirar hacia atrás cuando así lo consideraba necesario, pero por otra parte también sintió empatía masculina por Wakabayashi, porque sabía muy bien lo que era meterse en problemas por no haber dicho bien las cosas (o no haberlas dicho a tiempo, pues).

– ¿Cuándo te vuelvo a buscar? –quiso saber Genzo, aunque se temía la respuesta.

– Cuando regreses de Japón –aclaró Lily, sin titubear–. Sabes que se viene un partido muy importante contra el que todavía es tu equipo y sería una pésima idea que nos vieran hablando antes del encuentro, no quiero arriesgarme a que vuelvan a tacharme de traidora una vez más porque quizás ahora sí Rummenigge me botaría del equipo con una patada en el trasero.

– No creo que lo haga porque sería muy estúpido, pero respeto que desees ser prudente –aceptó Wakabayashi–. Sin embargo, no me agrada la idea de esperar tanto para solucionar este problema, pasarán un par de meses como mínimo antes de que pueda regresar a Alemania.

– Pero no habrá oportunidad de que hablemos antes de que te vayas y lo sabes, tampoco quiero discutir esto mientras estás esperando tu avión a Japón –replicó Lily–. Además, creo que la separación nos vendrá bien a ambos, Wakabayashi, al menos nos hará ver hacia dónde queremos llegar con esto.

– La única que necesita tiempo eres tú –negó Genzo, claramente agotado–. Pero que sea como tú quieres, no volveré a molestarte de aquí a lo que me voy a Japón. Sin embargo, espero que te quede claro que cuando consiga la clasificación a los Olímpicos volveré a buscarte, de eso puedes estar segura.

– Ya veremos. –Lily le lanzó una mirada cansada–. Adiós, Wakabayashi.

La médica se dio la vuelta y, sin darle un abrazo o un beso a su aún novio, se metió a su departamento sin esperar tampoco a que él respondiera. Genzo soltó un bufido de frustración y comenzó a descender las escaleras rápidamente, dejando a Schneider sin saber qué hacer debido a que no tenía el tiempo suficiente para bajar algunos escalones y volverlos a subir para hacer creer que apenas iba llegando; tras pensarlo durante un par de segundos, Karl decidió permanecer en donde estaba, ocasionando que Wakabayashi frenara de golpe al verlo, sorprendido de ver ahí al alemán.

– ¡Ah, Schneider! –exclamó el japonés–. ¿Qué haces aquí?

– Vine a ver a Elieth –respondió Schneider–, para tratar de explicarle el asunto de Hedy Lims.

– Entiendo –fue la respuesta simple de Genzo.

Éste se quedó callado durante unos instantes, durante los cuales el alemán se dio cuenta de que su amigo sabía que llevaba rato ahí y que no acababa de llegar pero no estaba seguro de si debía hacerse el desentendido o no, así que Schneider tomó la decisión por él.

– Lo lamento, alcancé a escuchar la discusión que tuviste con Lily –comentó Karl–. No era mi intención pero no se me ocurrió irme y darles privacidad porque me sorprendió escucharlos pelear, no sabía que había problemas entre ustedes.

– Está bien, no te preocupes. –Wakabayashi le restó importancia al asunto–. Fue algo que se me salió de control, no esperaba este resultado si te soy sincero.

El portero le contó al Káiser a grandes rasgos lo ocurrido con Lily la noche anterior, decidiendo no omitir la intervención de Shuichi ya que de todas maneras Karl ya lo había escuchado de su propia boca. Schneider lo escuchó muy atentamente, sin interrumpir, y al final le dio un dictamen que coincidía mucho con el de Kaltz.

– Si quieres saber mi opinión, creo que habrías tenido problemas sin importar qué le hubieras contestado –expresó Schneider–. Las mujeres son criaturas complicadas y habrá ocasiones en donde no habrá una respuesta correcta, por más frustrante que esto sea.

– Es lo mismo que me dijo Kaltz –asintió Wakabayashi, recargándose contra el lujoso barandal de las escaleras–. Pensé que la respuesta que le di sería la mejor de las dos opciones y veo que eso desencadenó una tormenta mayor a la que esperaba. Yuri me dijo cosas que son ciertas, no voy a negarlo, pero no sé por qué mi estúpido comentario le ha hecho creer que voy a dejarla tan fácilmente de lado cuando me canse de ella. ¡Ni siquiera sé por qué cree que voy a cansarme de ella algún día!

– Supongo que, para una mujer no famosa, estar con un hombre famoso es cosa de mucho estrés –comentó Karl, recordando algunas cosas que le dijo Elieth en el pasado–. Siempre creerán que vamos a cambiarlas por alguien que sea famoso también.

– Yo no me siento particularmente famoso –bufó Genzo–. Eso es algo que me tiene sin cuidado.

– Realmente está dolida, ¿verdad? –preguntó Schneider, mirándolo de reojo–. Hablo de Lily, obviamente.

– Por supuesto que lo está. –El portero exhaló con fuerza–. Y puedes notarlo desde el hecho de que ahora me llama por mi apellido, cuando llevaba mucho tiempo diciéndome "Gen", a secas.

– Lo lamento, de verdad –dijo Karl, con sinceridad–. No sólo porque ambos son amigos míos sino también porque creo que ustedes se complementan bien a muchos niveles, tú le das la fuerza que ella necesita y Lily te da la humanidad que te hace falta.

– Gracias. –Genzo volteó a ver a su amigo y le sonrió–. Tengo confianza en que vamos a resolver esto. En fin, no es de mi interés detenerte, Schneider, tú venías a ver a la Peque, ¿o no?

– Así es, debo seguir intentando hasta que ella acepte escucharme –asintió el alemán.

– En ese caso, buena suerte. –Wakabayashi le mostró el camino con un movimiento de la mano.

– Gracias, la necesitaré –aseguró Karl, a pesar de lo cual sonrió.

Cuando Schneider subió al fin al piso en donde se encontraba el departamento de Elieth y de Lily, fue ésta quien abrió la puerta, lo que le dio al alemán cierta esperanza pues sabía que no le darían de lleno con ella en las narices.

– ¿Qué se te olvidó? –preguntó Lily. Quedaba claro que ella creía que quien tocaba no era otro que Genzo, dado que tenía poco tiempo de haberse marchado–. ¡Ah, eres tú! Hola, Karl, pensé que eras Wakabayashi.

– No te preocupes. –Karl carraspeó–. ¿Está Elieth en casa?

– Sí, sí está aunque… –titubeó la muchacha.

– Aunque no crees que quiera verme –completó el alemán.

– Básicamente, sí –suspiró Lily–. De todos modos le diré que estás aquí.

La doctora le pidió que lo esperara un momento y se retiró, dejando la puerta abierta para que él se quedara parado en el umbral; Karl pudo escuchar entonces cómo ella le decía a Elieth que él estaba ahí y que deseaba verla, y ésta contestó tan alto que Schneider alcanzó a oírla sin problemas. Seguramente que Elieth lo quiso así, quería que Karl supiera que sí estaba disponible pero que se seguiría negando a verlo.

– ¡Dile que se vaya por donde vino! –gritó la francesa–. ¡No pienso hablar con él!

– No te cuesta nada darle una oportunidad –insistió Lily–. Al menos dale el beneficio de la duda, se merece que lo dejes decirte su versión de los hechos.

– ¡Ése no se merece nada, por traidor! –espetó Elieth, con la puerta de su habitación parcialmente abierta.- ¡Tuvo muchas oportunidades para avisarme de esa cena y no lo hizo, ahora ya cualquier explicación no importa y se la puede meter por donde no le da el sol! Y si no le dices que se vaya, seré yo la que lo haga.

– Déjalo así, Lily –pidió Karl, agotado–. Lo último que deseo es correrla de su propio hogar.

– Lo lamento mucho, Karl –contestó Lily, mientras regresaba a la entrada del apartamento para hablar con el alemán–. En otras circunstancias te ayudaría pero hoy no estoy del mejor humor, discúlpame.

– ¿Estás bien? –Schneider ya sabía el por qué ella estaba tan decaída pero tuvo que fingir que no era así–. ¿Te puedo ayudar en algo?

– Eh, sí, estoy bien, gracias, no te preocupes, es algo que tengo que resolver por mí misma –asintió Lily, poniéndose la mano en la nuca para frotarse el área, como si le doliera–. Además, no quiero molestarte con mis problemas cuando tú tienes los propios.

– Aún así eres mi amiga y siempre estaré dispuesto a ayudarte cuando lo necesites –insistió el Káiser–. Si de verdad puedo apoyarte en algo sólo dímelo.

– En todo caso, te pediría que le dieras una buena patada a Wakabayashi de mi parte, a ver si así se le quita lo tarado –repuso Lily, aunque después se corrigió–: No, no es cierto, fue una broma, olvida lo que dije.

– ¿Tienes problemas con él? –preguntó Karl, con toda la inocencia de la que fue capaz–. Siempre he pensado que ustedes se complementan tan bien que cualquier problema que pudieran tener sabrían resolverlo adecuadamente.

– No somos perfectos, Karl, somos humanos. –Lily sonrió con desánimo–. El amor perfecto sólo existe en las novelas rosas y en las comedias románticas y esto no lo es. En la realidad, toda relación estable llegará a un punto en donde sus dos integrantes deberán replantearse sus prioridades; me duele mucho admitirlo, pero Wakabayashi y yo hemos llegado a ese punto y sólo nosotros debemos averiguar cómo salir de él.

– Suena serio –confesó Schneider, con auténtica preocupación–. Aunque de cualquier manera creo que los dos lo sabrán resolver, sólo es cuestión de que le pongan empeño y piensen con calma en sus opciones.

– Ya veremos –fue la respuesta vaga de Lily, quien lucía muy cansada–. De verdad lo siento, pero si no te molesta me gustaría que te marcharas ya. No es algo personal pero me duele la cabeza y quiero descansar.

– Claro, no te molesto más –aceptó el Káiser–. Espero que todo mejore con Wakabayashi y dile a Elieth que no me pienso dar por vencido.

– Se lo diré –asintió Lily, tras lo cual lo abrazó con fuerza–. No pierdas la fe.

– Tú tampoco –replicó él, devolviéndole el gesto–. Ni en ti ni en él.

La doctora le sonrió a manera de agradecimiento y cerró la puerta. Schneider se quedó parado un segundo frente a ella para suspirar con pesar. Cuando se decidió a bajar las escaleras se topó con Genzo a media escalinata, recargado con desgana contra el barandal.

– No me puedes culpar por querer saber qué pasaría –le dijo él, a manera de disculpa aunque no lucía avergonzado.

– Es lo justo, yo escuché tu plática con tu novia. –Karl se encogió de hombros–. Es una lástima que ninguno de los dos haya tenido suerte.

– Somos patéticos, Schneider –bufó Wakabayashi–. Cuando estábamos en el Hamburgo no batallábamos por esto. ¿Quién diría que algún día los dos estaríamos sufriendo por culpa de un par de mujeres obstinadas?

– Definitivamente yo me habría reído si alguien me hubiera dicho en aquellas épocas que algún día tú estarías sufriendo por una mujer –se rio Schneider con muchas ganas–. Y de mí ni siquiera lo hubiera pensado.

– Pues yo digo exactamente lo mismo –afirmó Genzo.

– Tengo ganas de una cerveza –comentó Karl, moviendo la cabeza de un lado a otro para liberar el estrés–. Vamos por un trago.

– De acuerdo, en este momento es lo que más necesito –aceptó Wakabayashi–. Pero con la condición de que no me hables de un posible contrato a futuro con el Bayern Múnich.

– No te preocupes, hoy no estoy de humor –resopló Schneider.

Los dos hombres bajaron juntos la escalera y salieron del edificio para ir a buscar un bar en donde pudieran distraerse por un rato de sus problemas. Suerte para ellos que estaban en Alemania, seguro que encontrarían un lugar abierto a esas horas del domingo.


Notas:

*"Servus" significa "hola" en alemán; este tipo de saludo es utilizado en la región de Bavaria, que es en donde se encuentra Múnich, mientras que en el norte de Alemania es más común usar el "Hallo".

– El nombre del directivo de la Paulaner, Bernard Brunt, fue ideado por Elieth Schneider, como se vio en su fic paranormal "Fiesta espeluznante".

– David Hasselhoff es un actor y "cantante" estadounidense que fue protagonista de las famosas series "El auto increíble" y "Guardianes de la Bahía", así como también ha hecho cameos en varias películas conocidas, como "Bob Esponja: La Película" y "Guardianes de la Galaxia Vol. 2". Según tengo entendido, en Alemania es bastante popular y fue el primer estadounidense en cantar en la antigua Alemania Oriental.