Capítulo 57.
Múnich.
Pasaba ya del mediodía cuando comenzó a correrse el rumor de que el embajador de Francia no iba a hacer acto de presencia. Su arribo se había retrasado cuando menos un par de horas y la reportera de la Deutsche Welle estaba ya más que impaciente, constantemente se apoyaba en un pie y después en el otro para equilibrar el peso de su cuerpo y maldijo por quién sabe cuánta ocasión la estúpida idea que tuvo de usar zapatos de tacón ya que de todas maneras éstos ni siquiera iban a aparecer en la cámara.
– ¿Habrá tenido un accidente el embajador? –preguntó con curiosidad el camarógrafo y chófer que acompañaba a la mujer–. Es demasiado tarde como para que no haya llegado ya.
– Si hubiese habido un accidente ya alguien nos lo habría informado –negó la mujer–. Debe de estar retrasado.
– Ojalá no tarde –comentó el camarógrafo–. Que pronto será hora de ir a comer.
– Si en veinte minutos no llega, nos vamos –decidió la reportera–. De todos modos ya he conseguido una entrevista para hoy.
– Curioso que haya sido la de un deportista caído en desgracia en vez de la de un embajador –señaló el camarógrafo.
– Algo es algo. –La mujer se encogió de hombros–. Aunque no sea mi rubro, el jefe no se enojará conmigo por llegar con las manos vacías.
– Además de que eso incrementará el interés por el partido de mañana –señaló el hombre–. Aunque no creo que eso a ti te importe.
– Cualquier cosa que impulse mi carrera me importa, aun así se trate de la vida de un futbolista venido a menos –sentenció la periodista.
Parado a prudente distancia de ellos, Genzo Wakabayashi los vigilaba con todo el disimulo del que era capaz. Él sabía que la ausencia de Rémy no era normal, pero se dijo que, si aquél hubiese tenido algún inconveniente, los reporteros de la Deutsche Welle serían los primeros en enterarse. Él miraba alternativamente a la camioneta de la cadena así como a la entrada del consulado, esperando que Rémy se materializara por arte de magia o que Schneider saliera de ahí, lo que ocurriera primero. Además, ¿el hecho de que el alemán se estuviese tardando tanto en salir sería una buena señal? ¿Significaba que él estaba arreglando sus asuntos con Elieth? Wakabayashi tenía el mal presentimiento de que no sería tan fácil pero, ¿qué otra cosa podría estar haciendo Schneider allá dentro si no era hablar con la joven?
"Porque no creo que sea tan imbécil como para tomar el consulado de asalto y secuestrar a Elieth", pensó Genzo. "Aunque a últimas fechas ya no puedo asegurar nada de nadie…".
Repentinamente, Elieth apareció en la entrada del consulado y comenzó a bajar las escaleras. Wakabayashi se sorprendió al verla y miró detrás de ella hacia la puerta, esperando ver aparecer a Schneider en cualquier momento. Cuando se hizo evidente que el alemán no venía con ella, Genzo decidió acercarse a la francesa para preguntarle qué había ocurrido (o hecho) con él.
– ¡Elieth! –la llamó él, tras llegar a su lado con un par de zancadas–. ¿Qué ha sucedido?
– ¡Ah, Genzo! –exclamó ella, gratamente sorprendida–. ¿Qué haces aquí?
– ¿No estabas esperando a tu padre? –preguntó él, y sin esperar respuesta continuó–: ¿En dónde está Schneider?
– Mi padre ha tenido un imprevisto y no llegará hoy –contestó Elieth, frunciendo el ceño e ignorando deliberadamente la segunda pregunta–. Tuvo una reunión de emergencia con la canciller Merkel así que vendrá hasta mañana. Y como yo todavía tengo trabajo pendiente, me marcho ya.
– Es bueno saber que no lo ha retrasado un accidente –dijo Genzo, decidido a insistir en el punto sobre su amigo–. ¿Puedes ahora aclararme qué ha pasado con Schneider?
– ¿Por qué te interesa tanto lo que le pase a ese… imbécil? –bufó Elieth e hizo un puchero–. ¿Vienes con él o qué?
– En realidad, sí –aceptó Wakabayashi, parándose frente a ella para cortarle el paso–. Vine con él y pienso marcharme con él. ¿Qué ha sucedido entre ustedes, Peque? Y no me vayas a responder que "tuvieron un pleito por culpa de Hedy Lims" porque sabes bien que no me estoy refiriendo a eso.
– Maldita sea, Genzo, ¿qué quieres que te diga entonces? –soltó Elieth, tras lo cual se ruborizó–. Me has hecho maldecir en un lugar que no debería, suerte que mi padre no está cerca. Bien, te lo diré: tu amiguito está en la cárcel del consulado. ¿Ya estás contento?
– Buena broma, los consulados no tienen cárcel –replicó Genzo, con una mueca torcida.
– Es en serio –insistió Elieth, muy calmada–. Schneider está en la cárcel por invadir territorio francés sin permiso y acosar a una ciudadana francesa.
Genzo se dio cuenta entonces de que Elieth no bromeaba y tuvo que hacer un esfuerzo muy grande para no zarandearla; en vez de eso, se llevó las manos a la cabeza y soltó un bufido de exasperación.
– Cuando creo que te conozco y que se te ha quitado lo berrinchuda, vienes y me demuestras que no es así –dijo el joven, entre dientes–. ¿Es broma lo del acoso? Bueno, sí, es cierto que invadió el consulado sin permiso oficial pero, ¿eso es motivo suficiente para encarcelarlo?
– Oye, yo no tuve nada que ver, fue idea de Monsieur Dubois, el cónsul –replicó Elieth, a la defensiva–. Karl le faltó al respeto y el cónsul lo encarceló por derecho.
– ¿Tú estuviste presente cuando eso pasó? –Wakabayashi no se tragaba el pretexto.
– Así es –asintió la francesa, muy digna.
– ¿Y no hiciste algo para ayudarlo? –insistió el portero.
– ¿Por qué debería de haberlo ayudado? Es el cónsul, tiene más poder que yo –fue la "inocente" respuesta de Elieth.
– No te pases, Eli, por favor –pidió Wakabayashi, exasperado.
– ¿Y qué querías que hiciera? ¿Qué le pidiera a Dubois que no encarcelara a Karl? –cuestionó la rubia.
– ¡Por supuesto! –exclamó Genzo–. ¡Qué no hayas movido un dedo para ayudarlo indica que te aprovechaste de la situación!
– ¡Ni siquiera sabes bien qué pasó! –protestó Elieth, dando un golpe en el piso con su zapatilla de tacón–. Monsieur Marcel le dijo a Karl que no podía acceder al consulado sin un permiso especial y que podía meterlo a la cárcel si deseaba, Karl se burló asegurando que no hay celdas en un consulado y por eso es que Marcel decidió demostrarle que estaba equivocado. Y si a eso le agregas que acosó a la hija del embajador, queda claro el por qué está en la cárcel.
– ¿Me estás diciendo que en verdad hay una cárcel en el consulado? –preguntó el portero, incrédulo.
– ¿Y en dónde crees que tienen encerrado a Schneider? ¿En el baño? –se mofó la chica–. Mira, yo no puedo ir en contra de las decisiones de Dubois, no tengo tanto poder, el único que puede ordenarle que libere a Karl es mi padre y dado que él no va a venir pronto, poco puedo hacer por Schneider hoy. Y si me disculpas, tengo mucho por hacer.
Pero sí puedes hacer algo por mí: pide que me dejen pasar a verlo.- Genzo la tomó por un brazo para detenerla, pues ella ya había comenzado a andar.- Está claro que no te voy a convencer de que ayudes a Schneider pero al menos ayúdame a mí.
Ya te dije que eso no depende de mí y no te estoy mintiendo.- replicó Elieth, haciendo un gesto.- Y para que veas que te considero un amigo cercano, a pesar de lo que le dijiste a mi Lapinette, te llevaré con Marcel para que te permita ver a aquel baboso.
La francesa regresó entonces, con la digna frente en alto, hacia la entrada del consulado, al tiempo en que un asistente de Marcel Dubois avisaba a los reporteros de la Deutsche Welle que el embajador no acudiría ese día. Cuando los guardias de seguridad vieron volver a la hija de Rémy Shanks en compañía de otro extranjero, no supieron qué actitud tomar y se pusieron a la defensiva. Genzo disminuyó el paso y estuvo a punto de detenerse pero siguió caminando al ver que Elieth no se paraba.
– Él sí viene conmigo –les dijo Elieth a los guardias, lo cual confundió al portero.
Los hombres dejaron pasar a Wakabayashi aunque lo miraron con recelo, como si esperaran a que en cualquier momento la muchacha cambiara de opinión. Tras entrar en el edificio, Elieth llevó a Genzo hasta las oficinas de Marcel, solicitando a su secretaria que la anunciara ante el cónsul.
– ¿Te arrepentiste de haber metido a ese idiota a la cárcel, pequeña? –preguntó el hombre en francés, creyendo que Elieth estaba sola.
– No, Monsieur Marcel –replicó ella en alemán, ruborizándose por alguna inexplicable razón ya que Genzo no entendió lo que el otro dijo–. Le presento a Genzo Wakabayashi, quien solicita ver al encarcelado. Genzo, él es Monsieur Marcel Dubois, el cónsul francés de Múnich.
– ¿Para qué desea verlo? –cuestionó Marcel, enarcando una ceja y estrechando la mano callosa del portero.
– Genzo es amigo suyo y está preocupado por él –suspiró la rubia–. Y como este joven es amigo mío también, intercedo en su nombre para pedirte este favor.
– Hmmm. –Dubois miró a Genzo de pies a cabeza; éste le sostuvo la mirada sin pestañear y eso le agradó al primero–. Supongo que no habla francés.
– No, señor, sólo alemán y japonés –contestó Wakabayashi–. Y el suficiente inglés para hacerme entender.
– Muy bien –aceptó Marcel–. ¿Qué tema tiene qué tratar con el señor Schneider?
– Quiero asegurarme de que mi amigo se encuentre en buenas condiciones –respondió Genzo–. Porque vine con él y no me iré sin saber qué le ha ocurrido.
– Habla como si le hubiéramos hecho algo y no ha sido así. –Marcel frunció el ceño–. Si ese muchacho aprendiera a ser menos irrespetuoso, no se habría metido en este lío.
– ¿Podrías ayudarnos, por favor? –pidió Elieth, tratando de cortar la conversación lo antes posible–. No tardará mucho, ¿verdad, Genzo?
– Sólo el tiempo necesario –dijo éste–. El suficiente para saber el por qué el Consulado de Francia en Múnich se está arriesgando a un conflicto internacional por un supuesto caso de acoso.
– ¿Todos tus amigos son así de impertinentes, Petite? –preguntó Marcel, a quien a pesar de todo le causó gracia el asunto–. Nadie ha hablado de un conflicto internacional, señor Wakabayashi.
– Seguro que cuando alguno de los familiares del Káiser de Alemania se entere de que lo tienen encarcelado en un consulado francés, armará un lío grande con la canciller Merkel –replicó Wakabayashi, sabiendo que fanfarroneaba porque no creía que alguno de los Schneider fuese capaz de crear ese tipo de revueltas.
– Bien, que la canciller Merkel precisamente tiene una junta urgente en estos momentos con Monsieur Shanks así que tal vez podría hablarles de una vez para que agreguen este punto a su agenda a tratar –comentó Dubois, con moderado sarcasmo–. Me parece exagerada su perspectiva, señor Wakabayashi, pero ya que está tan preocupado por su amigo, lo llevaré con él para que vea que no lo tenemos picando piedra bajo el sol.
– Gracias. –Genzo se aguantó las ganas de responder como quería.
– Elieth: puedes marcharte con tranquilidad, yo me encargaré de llevar a tu amigo con el encarcelado –le dijo Marcel a la joven–. No es prudente que tengas contacto con él.
– Gracias, Monsieur Marcel, de verdad –reconoció ella, aunque a Genzo le dio la impresión de que le habría gustado acompañarlos–. Tengo mucho trabajo pendiente y si no me voy ya, no acabaré nunca.
"Habla como si Schneider estuviera infectado con el Coronavirus o la Peste", pensó Wakabayashi, tratando de mantenerse tranquilo pero toda la situación lo tenía al borde de su paciencia, le parecía que el cónsul estaba abusando de su autoridad por el simple hecho de que Schneider le había caído mal desde el principio; sin embargo, Genzo estaba consciente de que él no estuvo presente durante la confrontación así que no podía asegurar que Karl no hubiese actuado mal, además de que él también era extranjero y por tanto no le convenía armar un escándalo o acabaría en la cárcel junto al alemán.
– Bien, ya me voy. –Elieth se acercó a Genzo para darle un beso en la mejilla–. Después hablaré contigo sobre Lily.
– Claro. –La mención de la doctora hizo que Wakabayashi sintiera una ligera punzada de nostalgia–. Así como yo hablaré contigo sobre el hecho de que ya llevaste el problema con Schneider demasiado lejos.
– No sé de qué me hablas –aseguró Elieth, aunque él sabía que mentía.
– Déjate de niñerías y compórtate como adulta por una vez –la reprendió Genzo, con más dureza de la que pretendía–. Tú puedes sacar a Schneider de aquí si quisieras.
– Te equivocas: yo no tengo ese poder –replicó la reportera, fríamente–. Fue una orden del cónsul así que sólo alguien superior a él puede deshacerla.
Marcel asintió levemente, confirmando sus palabras. Genzo entendió entonces que, si quería liberar a Schneider, debía intentar convencer directamente a Dubois de que lo hiciera.
– Avísame cuando quieras hablar de otra cosa –pidió Elieth, al ver que Genzo no le respondía–. Pero ya te advierto que si sólo quieres charlar sobre Schneider, te colgaré el teléfono porque estaré muy ocupada.
– Como quieras –cedió Wakabayashi, con un suspiro.
Marcel los dejó despedirse sin intervenir, actuando como si fuese un trabajador más y no el cónsul con mil pendientes por hacer. Cuando Elieth se despidió de él también, el francés se dirigió al japonés con mucha cortesía.
– Sígame por aquí, señor Wakabayashi –pidió Marcel, echando a andar hacia la zona en donde tenían a Schneider–. Lo llevaré a las frías catacumbas francesas.
– ¿Hay alguna manera en la que mi amigo pueda ser liberado? –preguntó Genzo, a quien el chiste no le causó gracia–. Seguro que con el tiempo que ha pasado aquí, Schneider ya aprendió bien la lección.
– Todavía tengo que decidir si el señor Karl Heinz Schneider representa un peligro para una de nuestras ciudadanas francesas –fue la fría explicación de Marcel–. Lo vi acosar de forma agresiva a la señorita Shanks además de que invadió territorio francés sin permiso. Antes de soltarlo primero tengo que asegurarme de que no será un problema a futuro.
– Habla como si Schneider fuese un terrorista armado con una bomba –protestó Wakabayashi, entre dientes.
– En estas épocas ya no se sabe –sentenció Marcel, sin caer en la provocación.
Por fin los dos hombres llegaron al área de celdas del consulado y Wakabayashi se relajó al ver a Karl cómodamente acostado en la cama que había en una de ellas. A pesar de la broma que hizo Dubois sobre las catacumbas, las cámaras no eran oscuras ni pequeñas sino todo lo contrario, estaban bien iluminadas y espaciosas, se parecían más a cubículos de atención hospitalaria con barrotes que a calabozos de castigo; Genzo notó incluso que en una mesita cercana a la cama de Schneider había una bandeja de comida a medio consumir.
"Al menos no lo van a matar de hambre", pensó el portero, haciendo una mueca.
En una esquina, frente a una pequeña mesa, había un guardia que miraba distraídamente la televisión, el cual se cuadró al ver llegar a Marcel. Éste le preguntó que cómo se estaba comportando el huésped y el guardia reconoció que se había mantenido bastante tranquilo.
– Dice la gente que el Káiser de Alemania es noble y cortés y puedo constatar que es verdad –expresó el hombre–. Se ha comportado de una manera ejemplar, después de que la primera media hora intentó convencerme de que estaba cometiéndose una injusticia con él.
– Todavía lo creo –respondió Karl, sin levantarse–. Pero sospecho que no ganaré mucho repitiéndolo hasta el cansancio.
– Y tendrías razón –contestó Marcel–. Tienes visita, señor Schneider.
– ¡Ah! –Karl se sorprendió al ver a Wakabayashi–. Pensé que habías tenido el buen tino de marcharte.
– No pensaba dejarte solo –aclaró Genzo, sonriendo a medias–. Además, seguro que tu padre en estos momentos se está moviendo por cielo, mar y tierra para encontrarte y al menos soy responsable de ponerlo sobre aviso.
– Mi teléfono no ha dejado de sonar pero ni eso puedo conservar –dijo Schneider, haciendo un gesto con la cabeza para señalar el aparato que se encontraba en la mesa del guardia.
– Podemos dárselo a su amigo –ofreció Marcel, señalando a Genzo.
– Algo es algo. –Schneider se encogió de hombros.
– Hablaré con tu padre para informarle que estás bien –aseguró Wakabayashi, comprobando que en el celular de Schneider había muchas llamadas perdidas del mismo número–. Seguramente estará preocupado porque no llegaste al entrenamiento.
– Ya debe de estar acostumbrado, ¿no? –señaló el escolta–. Todo mundo sabe que Karl Heinz Schneider es tan bueno que no necesita entrenar.
– Eso ya no resulta cierto cuando eres deportista de alto rendimiento –negó Karl, aunque sin mucho entusiasmo.
– Bien, tienen diez minutos para hablar –anunció Marcel, tras lo cual se dirigió al guardia–. Cuando acaben, acompaña al señor Wakabayashi a la salida.
– Sí, señor Dubois –respondió el hombre.
Una vez que Marcel salió, el guardia se retiró prudentemente a su esquina para darles a los otros dos cierta privacidad. Por quién sabe cuánta ocasión, Wakabayashi comprobaba que ser futbolista profesional le daba ciertas ventajas que no obtendría alguien más "normal". Schneider parecía creer lo mismo aunque él seguramente también pensaba en que su poder futbolístico no le había bastado para no terminar tras las rejas.
– ¿Quieres explicarme qué carajos hiciste, Schneider? –preguntó Wakabayashi, en voz moderadamente baja–. ¿Cómo fue que acabaste aquí?
– Deberías de preguntarle a Elieth –refunfuñó Karl, de malas pulgas–. Es por ella por quien estoy aquí.
– Lo sé –suspiró Genzo–. He hablado con ella antes de que se marchara, de hecho intercedió por mí para que pudiera venir a verte.
– ¡Qué considerada! –expresó el alemán, con evidente sarcasmo que a Genzo le dio mala espina–. Si ya hablaste con ella, ¿para qué quieres que te cuente qué pasó?
– Porque quiero conocer tu versión de los hechos –aclaró el portero, guardando el celular de Schneider en el bolsillo de su pantalón–. Quiero buscar la manera de conseguir que te saquen de aquí.
– Pues suerte con eso –bufó Karl–. No lo veo muy probable pero si alguien puede lograrlo, serías tú.
El joven le relató a su amigo lo ocurrido con Elieth horas atrás; a pesar de que Karl suavizó el relato sobre su comportamiento, Genzo pudo deducir que él se había excedido lo suficiente como para que Marcel Dubois lo considerara como un potencial peligro. Claro que creer que Karl Heinz Schneider era un acosador y un secuestrador en potencia era risible, el hombre se caracterizaba por tener una reputación intachable en la cancha, pero el crear un escándalo en un consulado extranjero era una de ésas cosas que pueden cambiar la reputación de una persona de un momento a otro, además de que había un riesgo grande de que se creara un conflicto internacional por culpa de eso. Quizás estaba pecando de exagerado pero Wakabayashi sabía que se habían creado guerras por cosas más insignificantes, como ese conflicto en donde Francia invadió México por culpa de unos pasteles*, así que tendría que encontrar la forma de evitar que ese asunto pasara a mayores.
– Lo peor que puede pasar es que no me liberen a tiempo para el partido de mañana –finalizó Schneider–. Personalmente creo que el cónsul hizo abuso de su poder pero no me sirvió de mucho quejarme al respecto.
– Tal vez a ti no te sirvió pero seguro que el entrenador Schneider podría ser muy persuasivo –opinó Wakabayashi–. Me sorprende que no haya lanzado aún una orden de búsqueda y rescate.
– Porque debe suponer que otra vez estoy faltando por causa de Elieth –señaló Schneider, dando unos cuantos pasos en su celda–. De cualquier manera, si puedes hacerme el favor de decirle que no llegaré, te lo agradeceré mucho.
– Eso pensaba hacer, aunque no sé cómo evitar que se estrese por la idea de que estás encarcelado –respondió el portero, frunciendo el ceño–. ¿Tienes alguna idea?
– No tengo ni idea de cómo voy a salir de aquí, mucho menos sé cómo evitar que mi padre haga un escándalo. –Karl alzó las manos, exasperado, y las dejó caer.
– Ya veré qué se me ocurre, aunque no creo que sirva de mucho mentirle –señaló Genzo–. No hay muchas situaciones que pueda poner de pretexto para justificar tu ausencia por largo tiempo y las que existen sólo lo alertarán más, como que tuviste un accidente, por ejemplo.
Schneider no respondió y Wakabayashi no supo qué otra cosa decir; aunque el portero tenía muchas posibles soluciones a su dilema, no estaba seguro de si alguna de ellas resultaría.
– Al menos ya eliminé a Teigerbran del camino por ti –comentó Genzo, tratando de levantarle el ánimo–. Le he dejado en claro que Elieth y tú están juntos.
– Me da lo mismo –fue la decaída respuesta del Káiser–. Después de lo que ha pasado, me queda claro que las cosas entre Elieth y yo no van a funcionar, así que Teigerbran puede acercarse a ella si lo desea.
– ¿Qué? –exclamó el otro, sorprendido, tras unos segundos de silencio–. ¿Vas a darte por vencido, Schneider?
– No se trata de darse por vencido, Wakabayashi –replicó Karl, muy serio–. Tú mejor que nadie sabe que estos asuntos del amor son más complicados de lo que uno cree. No he dejado de amar a Elieth y no creo que pueda dejar de hacerlo algún día pero ya me cansé de esto. Hay personas que están destinadas a amarse pero no a estar juntos y tal vez ella y yo pertenecemos a esa categoría.
– Tal vez sólo necesitas alejarte por un momento para ver las cosas desde otra perspectiva –sugirió Wakabayashi.
– ¿Tú seguirías insistiendo en arreglar tu relación con Lily si ella te hubiese metido a la cárcel de manera injusta? –preguntó Schneider, muy serio.
– Tal vez no –concedió el portero, tras un momento de titubeo–. Pero aún así creo que estás pensando eso debido al estrés del momento, cuando esto se solucione es posible que pienses diferente.
Por respuesta, Karl se encogió de hombros y Genzo entendió que lo mejor era no insistir en ese punto. En ese momento, el guardia carraspeó y ambos futbolistas notaron que ya llevaban diecisiete minutos hablando, casi el doble del límite que les había impuesto Marcel Dubois. Así pues, Wakabayashi se despidió, asegurándole a Schneider que haría hasta lo imposible para sacarlo de ahí, así como también le prometió que evitaría que su padre intentara actuar por su cuenta para liberarlo. Karl se lo agradeció de manera sincera, confesándole que estaba sorprendido de que él estuviese ahí para ayudarlo.
– Para eso están los amigos, ¿no? –Esta vez fue Wakabayashi quien se encogió de hombros.
– Aunque todavía sigues siendo mi rival –señaló Schneider, acertadamente.
– Se puede ser ambas cosas a la vez –aseguró Genzo, con una media sonrisa sincera.
Mientras abandonaba el consulado, el teléfono de Schneider repiqueteó en el bolsillo de Wakabayashi, pero éste esperó a estar afuera para responderlo. No le sorprendió que su interlocutor fuese Rudy Frank, de hecho ya estaba esperando esa llamada de parte suya.
– ¿Quién es? –preguntó el entrenador, al no reconocer la voz de quien hablaba–. ¿Qué ha hecho con mi hijo?
Genzo detectó cierto grado de preocupación paternal en la voz de ese hombre y sintió una ligera punzada de tristeza, una muy leve pero tristeza al fin y al cabo, porque estaba casi seguro de que Akira Wakabayashi no mostraría ese nivel de preocupación si él desapareciera.
– Soy Genzo Wakabayashi, señor Schneider –aclaró Wakabayashi, muy formal-. Su hijo está bien pero ha tenido… ciertos inconvenientes y me ha pedido que le diga que se encuentra bien aunque de momento no podrá acudir al entrenamiento.
– ¿Genzo Wakabayashi? –preguntó Rudy Frank, muy asombrado–. ¿Es esto una broma?
– No, señor, no lo es –negó Genzo–. Para su desgracia.
Para que el alemán no continuara dudando de él, Wakabayashi le dijo cosas de los años en los que Karl jugó a su lado en el Hamburgo, cosas que sólo el mismo Genzo o Hermann Kaltz podrían haber sabido, con lo que comprobó su identidad. Un poco más tranquilo, Rudy Frank aceptó que no lo estaban engañando pero seguía sin entender por qué el japonés tenía el teléfono de su hijo.
– Es una larga historia –aclaró Genzo–. Una muy complicada pero estoy en proceso de resolverla.
– ¿Qué tipo de historia? –insistió Rudy Frank–. Si no me das una explicación convincente pronto, llamaré a la policía para que rastreen este teléfono y localicen a mi hijo.
– Es precisamente lo que intento evitar –bufó el portero–. Porque hacer eso empeorará las cosas.
– ¿En qué clase de problema está metido mi hijo? –El hombre ya no sabía ni qué pensar–. ¿Me lo vas a decir o tendré que descubrirlo por mi cuenta?
Tras soltar un bufido de frustración, Genzo procedió a explicarle a Rudy Frank lo que sabía de lo ocurrido. Y tal y como el portero esperaba, el señor Schneider puso el grito en el cielo y amenazó con hablar con Ángela Merkel para obligar al cónsul francés a soltar a Karl.
– Creo que puedo evitar ese paso si tan sólo me da la oportunidad –dijo Genzo, tratando de calmar al técnico–. Pero necesito tiempo.
– Tiempo es precisamente lo que menos tenemos, por si no lo has notado –gritó Rudy Frank–. ¡Y no voy a permitir que mi hijo esté encarcelado por una injusticia!
– Pero avisar a la canciller alemana no adelantará el proceso de liberación y, por el contrario, va a causar un conflicto entre países –insistió el portero–. Yo puedo evitar ese lío y tal vez consiga que liberen a Schneider, es decir a su hijo, antes de lo que lo haría la señora Merkel ya que hablar con ella no le va a resultar tan sencillo, aun para alguien como usted.
– Puede que en eso tengas razón pero, ¿cómo piensas hacerlo? –cuestionó Rudy Frank, incrédulo.
– Se me dijo que la orden del cónsul puede ser removida por alguien con más poder –señaló Wakabayashi–. Y conozco al embajador, el jefe del cónsul, desde que yo era un niño, casi estoy seguro de que puedo convencerlo de que liberen al encarcelado sin necesidad de recurrir a una autoridad alemana, pero para eso necesito que usted no haga más ruido del necesario y me deje apelar a mi larga amistad con el señor Shanks.
– ¿De verdad conoces al embajador francés? –Rudy Frank se sorprendió–. ¿Estás tomándome el pelo?
– No, señor –negó Genzo.- Es amigo de mi padre desde hace muchos años y mío también.
– De acuerdo pero, suponiendo que sea verdad lo que dices, ¿cómo sabré que puedo confiar en ti y que no intentarás boicotear a mi equipo? –preguntó el señor Schneider–. Hasta hace unos meses eras el portero titular del club al que vamos a enfrentarnos mañana.
– Es un riesgo que va a tener que correr, señor –fue la contundente respuesta del portero, quien no se tomó a mal la desconfianza del entrenador pues seguramente él habría pensado lo mismo de haber estado en su lugar.
Rudy Frank se quedó callado algunos segundos, sopesando la información que Genzo acababa de darle; éste esperó pacientemente a que el técnico acabara de decidirse ya que estaba seguro de que el hombre aceptaría su oferta, no tenía otra alternativa; como Karl no estaba encerrado en una cárcel alemana normal, su padre no podría apelar a su influencia para que lo liberaran.
– Sólo quiero saber una cosa –pidió el hombre–: ¿Mi hijo está bien?
– El término "cárcel" es un tanto fuerte para la zona en donde lo tienen –aseguró Wakabayashi–. No está sufriendo y el lugar es muy amplio y decente para lo que es.
– De acuerdo –cedió el alemán, tras soltar un suspiro–. Tendré que arriesgarme a confiar en ti, Wakabayashi.
– Lo mantendré al tanto de lo que suceda pero deberá tener paciencia –aclaró Genzo–. Que este asunto no va a ser algo fácil.
– ¿Por qué Karl-Heinz suele terminar metiéndose en este tipo de líos? –preguntó Rudy Frank, más de forma retórica que por duda real.
– Podría responderle muchas cosas a eso pero no ayudaría en algo. –Genzo esbozó una sonrisa torcida.
– Tengo una duda, Wakabayashi: ¿Ya habíamos hablado tú y yo antes? –preguntó el entrenador Schneider, dubitativo.
– Nos vimos un par de veces en Hamburgo, me parece, quizás más –le recordó el portero–. Mientras yo corría por la ciudad y usted acompañaba a su hijo a casa, nos encontramos por casualidad cerca del puerto e intercambiamos algunas palabras sobre fútbol.
– Sí, ya recuerdo –asintió el alemán, con inusitada nostalgia–. Me resultó sorprendente que supieras quién era yo. Bien, gracias por tu ayuda, Wakabayashi. Mantenme informado de cualquier eventualidad o avísame si tendré que movilizar a los diplomáticos alemanes para sacar a mi hijo de ahí.
– Espero que no sea necesario –negó Wakabayashi, y colgó.
Tras analizarlo a detalle, Genzo llegó a la conclusión de que resultaría más fácil convencer a Rémy que a Marcel de que liberaran a Karl, no sólo porque estaba seguro de que a Shanks le parecería una exageración el motivo de la encarcelación sino también por lo que le había dicho a Rudy Frank, que conocía al embajador desde hacía muchos años y por tanto Genzo sabía que podía apelar a esa amistad para convencerlo de que lo ayudara. Sin embargo, este plan tenía el punto flojo de que tendría que esperar a que Rémy Shanks llegara a Múnich para ponerlo en práctica; si Schneider no tuviese compromisos por cumplir, a Genzo no le importaría dejarlo un par de días en la cárcel (aunque tal vez a Karl no le agradaría tanto la idea), pero al día siguiente el alemán tenía un partido importante por jugar y por tanto era urgente sacarlo de ahí, UR-GEN-TE con mayúsculas, así que Wakabayashi tendría que pensar en otra alternativa más rápida.
"Curioso que esté ayudando al hombre cuyos disparos quería detener más que cualquier otra cosa en la vida hace apenas unos meses", pensó Genzo, mientras marcaba desde su propio celular el número de Leo Shanks. "Si alguien se enterara de lo que hago, me tacharía de traidor porque tengo muy poco de haber abandonado el Hamburgo. Pero siendo honesto conmigo mismo, quiero saber si el equipo es capaz de detener al Bayern, con todo y Schneider, sin mi ayuda, si de verdad mi suplente está al nivel requerido y eso hasta un auténtico fan lo querría averiguar".
Mientras esperaba a que Leo contestara, el joven tenía la esperanza de que él pudiera ayudarlo (si Elieth conocía a Marcel, muy seguramente Leo también y quizás tuviese más suerte que Genzo a la hora de convencer al cónsul), después de todo el francés podría asegurarle a Dubois que Schneider no era un potencial terrorista, pero para su desgracia (o la de Schneider), Leo le tumbó las esperanzas en unos cuantos segundos.
– ¡No puedo creer que mi hermana haya llegado a ese extremo! –farfulló Leo, atónito–. Estamos de acuerdo en que sobrepasó el límite, ¡mira que voy a hablar con ella muy seriamente en cuanto pueda, necesita un buen jalón de orejas! Sus berrinches ya llegaron al tope, ¡no puedo creer que no haya hecho algo para evitar que Marcel encarcelara a Schneider! Aunque tengo que confesarte que la idea me resulta de lo más divertida.
– A mí también –reconoció Wakabayashi–. Aunque eso no quita que el asunto sea una arbitrariedad por parte de Dubois.
– Lo sé, pero por mucho que quiera ayudar, no voy a poder hacerlo –soltó Shanks–. Lo lamento de verdad, Genzo, con respecto a Schneider no puedo hacer mucho más que tú, no sólo porque no puedo salir del hospital dado que, como mi padre canceló su visita, aproveché para cambiar turnos para estar libre mañana y hay muchísimas cirugías pendientes, me resulta imposible salir, sino también porque yo no voy a tener más suerte que tú a la hora de convencer a Marcel. Como bien has pensado, es más fácil que hablemos con mi padre y pedirle que remueva la orden del cónsul ya que, si éste aceptara liberar a Schneider como favor hecho a un hijo del embajador, Dubois podría tener problemas a nivel diplomático, parecerá que yo abusé de mis influencias para conseguir lo que quiero, no sé si me estoy dando a entender.
– Básicamente, podrían lanzar acusaciones de abuso de poder por parte tuya o de nepotismo por parte de Dubois –suspiró Wakabayashi–. No había pensado en eso.
– Así es, de manera que tu idea de convencer a mi padre es la mejor opción –concluyó Leo–. Yo voy a intentar hablar con mi hermana aunque no sé si sirva de algo.
– Mínimo podrías amonestarla como se merece, que yo no he tenido oportunidad de hacerlo –bufó Wakabayashi–. Si te enteras de que tu padre ha llegado a la ciudad, avísame para ponerme en contacto con él cuanto antes.
– Yo mismo le hablaré de Schneider de ser así pero sí, te avisaré –prometió Leo.
"A Schneider no le va a gustar esto", pensó el japonés, mirando distraídamente la pantalla de su celular. "No le va a caer en gracia el saber que probablemente va a tener que pasar la noche en la cárcel de la embajada".
– Bueno, al menos es un sitio acogedor –masculló Genzo, entre dientes.
En ese momento, el portero vio que Marcel se disponía a salir del consulado, quizás iba a comer o tal vez tenía algún asunto pendiente por resolver. Wakabayashi se preguntó qué debía hacer, si irse a su hotel y tratar de localizar a Rémy desde ahí o aparecerse por la Säbener Straße para hablar con el entrenador Rudy Frank en persona. Tras cavilar ambas opciones durante varios minutos, Genzo concluyó que ninguna de las dos era buena, no le parecía correcto dejar a Schneider a su suerte ni tampoco consideraba que fuese prudente el acudir a las instalaciones del Bayern Múnich, alguien podría reconocerlo y entonces sí que se armaría un lío porque se podría llegar a pensar que Wakabayashi ya estaba en tratos con la directiva del Bayern o que era un completo "traidor" que visitaba al "enemigo" el día previo a un encuentro decisivo para el Hamburgo. Como de cualquier manera ya llevaba varias horas sin comer, el hombre decidió buscar un restaurante cercano que no estuviese muy concurrido y decidir qué hacer una vez que tuviera el estómago lleno.
Mientras miraba la carta y se ocultaba tras ella, Wakabayashi recibió un mensaje de WhatsApp de Kaltz, quien le preguntó si quería reunirse con él más tarde y Genzo tuvo que contarle la verdad, tras decidir que Hermann no la revelaría. A Kaltz le tomó por sorpresa el saber que había riesgo de que Schneider no jugara el partido del día siguiente a causa de este imprevisto pero aseguró que no revelaría ese detalle a nadie, ni siquiera al entrenador Zeeman.
"Aunque no niego que el hecho de que el viejo Schneider no juegue equilibraría las cosas para nosotros, no es así como me gustaría que el equipo ganara", confesó Kaltz. "Si no somos capaces de contener al Bayern con su mejor plantilla, no podemos considerarnos dignos de competir por el liderato de la Bundesliga, así que te apoyo en tu decisión de ayudar a nuestro viejo amigo".
"Así se habla, Kaltz", manifestó Wakabayashi, satisfecho.
"¿Crees necesitar mi ayuda, Gen?", preguntó el alemán. "Soy bueno para armar escándalos".
Wakabayashi se negó; involucrar a otra persona en el asunto no ayudaría en nada y, por el contrario, complicaría las cosas. Así pues, Kaltz se despidió y le deseó suerte a su amigo, insistiéndole en que le llamara si podía ser de utilidad, aunque fuese para tumbar la pared del consulado para ayudar a Schneider a escapar.
"Ése es mi plan B", bromeó Genzo, pensando en que resultaría más fácil, efectivamente, amarrar una cuerda a los barrotes de la celda de Schneider y tirar de ellos con un vehículo (¿o con un caballo?) para arrancarlos y que así el hombre pudiera escapar.
Por fortuna, nadie pareció reconocerlo en el restaurante, de manera que Wakabayashi pudo comer tranquilo. Al acabar decidió volver al consulado porque quizás, por un golpe de suerte, Rémy podría haber llegado ya, aunque demasiado tarde a Genzo se le ocurrió que no tenía forma de volver a entrar al edificio. Mientras pensaba en si debía llamarle a Leo otra vez para que le consiguiera un pase, Marcel Dubois regresó y en ese momento Genzo vio a una figura muy conocida para él dirigirse hacia el cónsul. Le sorprendió tanto verla ahí que el corazón se le detuvo por un instante, mientras ella se dirigía grácil y segura de sí misma hacia Dubois.
– ¿Qué estás haciendo aquí, doctora? –murmuró Genzo, pendiente de los movimientos de la joven, que no era otra que Lily.
Al parecer, la doctora Del Valle conocía a Marcel Dubois, pues éste sonrió al verla y la saludó con mucha familiaridad. Sin embargo, aunque Lily era cortés, no actuaba de forma alegre y expresiva como solía hacer de manera habitual y Genzo pudo darse cuenta de que estaba irritada, aunque lo controlaba lo mejor que podía. Marcel la miraba con una mezcla de paciencia y frustración, como si supiera que ella tenía la razón en lo que sea que le estuviera diciendo pero no quisiera aceptarlo en voz alta. Su curiosidad pudo más y Wakabayashi decidió acercarse para saber de qué estaban hablando, aunque ya se lo sospechaba. Por fortuna, aunque el cuerpo de seguridad del cónsul había formado un discreto círculo alrededor de Dubois y su interlocutora, varios de los agentes reconocieron a Genzo y le permitieron acercarse.
– No voy a negar que Schneider actuó mal, pero lo hizo impulsado por sus emociones –decía Lily en esos momentos–. Él por lo habitual es un hombre tranquilo y educado.
– Pues aquí no actuó así –replicó Marcel–. Debiste haberlo visto, se comportó muy intransigente y altanero.
– Me cuesta trabajo creerlo –bufó Lily-. Pero aunque así fuera, considero que la opción de mandarlo a la celda de castigo fue excesiva. ¿No habría sido más prudente sacarlo del consulado, escoltado por guardias? No pretendo cuestionar sus decisiones, señor Dubois, pero me parecen muy excesivas y extrañas, tomando en cuenta que usted siempre ha sido un hombre muy correcto.
– Me acusas muy severamente, Lily –protestó Marcel; él sin duda debía conocerla bien para llamarla por su nombre de pila–. Tomando en cuenta que no eres francesa.
– El hecho de no ser francesa no me exime del derecho de reclamar por una injusticia cuando la veo –contraatacó la mexicana–. Sobre todo si esa injusticia afecta a alguien a quien aprecio.
– Me queda claro que Schneider debe ser alguien importante para ti o no habrías venido hasta acá para quejarte por él –aceptó Dubois, con una sonrisa extraña.
– Eso es obvio, señor Dubois –continuó Lily–. Y no pienso irme hasta no obtener por lo menos la confirmación de que él está bien.
– ¿Qué clase de bárbaros crees que somos? –Marcel fingió sentirse herido–. Somos un pueblo civilizado, tu amigo está en un buen lugar con comida y agua.
– Suena como si lo tuvieran en la perrera –siseó Lily, exasperada–. Empiezo a creer que sólo está dándome largas a pesar de que sabe que tengo razón: no hay motivo válido para encarcelar a Schneider y lo mantienen preso por mero capricho diplomático. Está siendo parcial y autoritario por un simple arrebato de cólera, señor Dubois, exponiéndose a una guerra entre Alemania y Francia sólo porque desea demostrar su autoridad frente a un hombre que cometió la estupidez de no pensar bien en las consecuencias de sus actos.
Por lo que Wakabayashi sabía, a Schneider lo habían metido a una celda por decir algo menor a eso pero a Lily no parecía importarle rayar en la insolencia con tal de defender a su amigo. Genzo sintió una repentina punzada de orgullo y admiración por ella, a pesar de que no le sorprendía que se comportara de esa manera. En japonés existe un verbo, khorenaosu, que se puede interpretar como "re-enamorarse" de alguien, cuando descubres o ves una faceta de la persona que amas que no le conocías y sientes que tu amor por ella ha incrementado al máximo; pues bien, así se sentía Wakabayashi en esos momentos, que esa faceta de Lily de insolencia y atrevimiento, llevada al extremo para defender a un amigo sin importarle que también pudiera salir afectada, le hicieron sentir a Genzo que amaba como nunca a esa joven doctora extranjera.
"Definitivamente esta mujer me encanta", pensó Wakabayashi, preguntándose después si no tendría que interceder también por ella ante Rémy Shanks. "Ojalá que Dubois no quiera darle una lección, aunque si la encarcela al menos le hará compañía a Schneider".
– No sé cómo tomarme eso –fue la contestación de Marcel–. Tú eres la segunda persona que ha venido a reclamar por ese hombre y que me asegura que no es una mala persona, pero el asunto no se limita a lo que ustedes conocen de Schneider sino a como él se comportó aquí y tú eso no lo sabes, ¿o sí?
– No –admitió Lily tras titubear, aunque se recompuso rápidamente–, pero conozco a Karl lo suficiente como para saber que no actuaría de una forma que ameritara un encarcelamiento.
– Para empezar, ¿cómo te enteraste de eso? –preguntó Dubois, mientras su escolta comenzaba a impacientarse–. Ni siquiera tenía idea de que conocías al Káiser de Alemania.
– Es una larga historia pero, eh, con respecto a cómo me enteré de que está aquí, me lo contó su padre y entrenador del equipo para el que juega: Rudy Frank Schneider –confesó Lily, sorprendida–. Pensé que había sido el mismo consulado quien se puso en contacto con él para avisarle en dónde se encontraba su hijo.
– No, yo no le he llamado a nadie –negó Marcel, también confundido–. Ni le he pedido a alguien que lo haga.
– Yo fui el que dio aviso al entrenador Schneider –terció Genzo, interrumpiéndolos.
Lily, que no esperaba verlo ahí, saltó y se puso de mil colores, perdiendo momentáneamente la concentración, situación que Marcel notó de inmediato pero se abstuvo de hacer algún comentario hasta no comprender mejor lo que ocurría.
– ¿Qué estás haciendo aquí, Wakabayashi? –preguntó Lily, olvidándose por un momento de Marcel, de Karl y de todo.
– Lo mismo que tú, doctora –contestó Genzo, íntimamente satisfecho al notar su turbación–. Yo también intento encontrar una solución al problema de Schneider.
– No tenía ni idea de que estabas aquí –musitó la doctora, visiblemente nerviosa.
– ¿Te ha mandado el entrenador Schneider? –preguntó el portero–. ¿O has venido por tu cuenta?
– He venido por mi cuenta, aprovechando que conozco al señor Dubois desde hace años –respondió Lily, mientras Marcel miraba alternativamente a uno y a otro y sacaba sus propias conclusiones–. Quería ver si lograba convencerlo de soltar a Karl o de que por lo menos me permitiera verlo.
– ¿Ustedes se conocen? –los interrumpió Marcel, con un destello de picardía en sus ojos verdes.
– Sí –asintió Lily, volviendo a enrojecer.
– Creo que resulta evidente –agregó Genzo.
– Ya veo –suspiró Dubois–. Es curioso que ambos hayan tenido la misma idea de ayudar aunque no supieran ni cómo sucedieron las cosas, lo que me hace sospechar que no me los voy a quitar de encima pronto. Agradezcan que me han encontrado afuera del consulado, que si estuviéramos dentro ya los habría mandado a hacerle compañía a Schneider.
– Lo cual también sería una arbitrariedad –replicó Lily.
– Fingiré que no escuché eso –dijo Marcel, quien a pesar de todo estaba de buen humor–. No voy a ceder en la cuestión de sacar a Schneider de la celda, que les quede claro, no importa lo mucho que me insistan en ese punto, pero soy un hombre sensato por lo que les daré un permiso especial para que entren a verlo y te asegures por ti misma, Lily, de que los franceses somos hospitalarios y razonables. Vengan conmigo.
Considerando la situación, eso ya era una victoria parcial. Genzo y Lily siguieron a Marcel hasta el interior del consulado, a cuyas puertas ya había dos guardias diferentes a los que encarcelaron a Schneider y que los dejaron pasar por indicaciones de Dubois. Mientras la asistente del cónsul redactaba los permisos, la pareja se quedó esperando a las afueras de la oficina de Marcel, entre un par de columnas antiguas que sostenían el enorme techo. Lily, que no sabía cómo comportarse, paseaba de un lado a otro sin mirar a Genzo, dándole a entender a éste que no pensaba dirigirle la palabra a menos que fuese estrictamente necesario.
– Me ha sorprendido tu actuación allá afuera, doctora –comentó Genzo, con mucha naturalidad–. No has vacilado en lanzarte al ruedo con tal de ayudar a un amigo.
– Por lo que puedo concluir en base a lo que me has dicho, tú también lo hiciste. –Lily detuvo momentáneamente su paseo–. Lo cual dice mucho de ti, considerando que Schneider en estos momentos es tu rival.
– Pero yo no me he puesto en riesgo de ser encarcelado a causa de mis palabras –replicó Wakabayashi, con una expresión maliciosa.
– Ah, ¿y crees que yo sí? –preguntó Lily, enarcando una ceja.
– No me vas a decir que lo de "crear un conflicto internacional por culpa de un capricho diplomático" es algo que habitualmente le dirías a un cónsul para saludarlo –dijo Genzo, irónico.
– No sabía que me estabas escuchando –bufó ella–. A la próxima te pregunto cuál es la forma adecuada de hablarle a un cónsul.
– Yo no he dicho que haya estado mal, simplemente que te expusiste por un amigo y no esperaba eso –replicó el portero, sonriendo a medias–. Es decir, te conozco bien y sé que ayudarías incondicionalmente a alguien a quien aprecias pero no creí que llegarías tan lejos. Eso me ha parecido admirable, me gusta cuando actúas así.
– ¿Así cómo? –preguntó Lily, ofuscada por la respuesta de su aún novio.
– Así de apasionada –aclaró Genzo, con un brillo especial en la mirada.
Él pudo notar que la doctora volvió a ruborizarse y se sintió complacido una vez más al notar que seguía causando impacto en ella con sus palabras; Lily seguía perturbándose por él, eso era innegable, por mucho que quisiera mantener una actitud fría y distante.
– ¿A qué juegas, Wakabayashi? –preguntó la doctora, mirándolo de frente–. Yo sigo enojada contigo.
– Eso lo sé –suspiró él–. Pero eso no significa que hayas dejado de amarme.
– ¿Qué? ¿Qué te hace pensarlo? –saltó ella, indignada.
– Que hace un rato, mientras discutías con Dubois, perdiste la concentración cuando te diste cuenta de que yo estaba escuchándolos –contestó Genzo, complacido.
– ¡Eso no es verdad! ¡Argh, odio cuando dices las cosas así, con tanta seguridad! –Lily le dio un golpe en el pecho, mitad avergonzada y mitad enojada–. ¡No deberías de estar tan seguro de mis sentimientos por ti!
– ¡Oh! ¿De verdad? –Genzo se echó a reír–. ¿Vas a atreverte a decirme que tu amor por mí es tan leve que una discusión seria lo ha esfumado por completo? No te creo, doctora, alguien que defiende con tanta pasión a sus amigos no podría amar a medias.
– ¡Ya cállate, Wakabayashi! –Lily estaba cada vez más avergonzada y comenzó a golpearlo repetidamente en el pecho–. ¡Aunque sea verdad, no tienes por qué decirlo en voz alta!
Genzo entonces la tomó por las muñecas, la jaló hacia él y le robó un beso; Lily se quedó sin saber qué hacer, quería apelar a su enojo y a su tristeza para no dejarse llevar pero sus sentimientos la traicionaron y le correspondió. Sin embargo, antes de que el asunto llegara más lejos, las puertas de la oficina de Dubois se abrieron y Genzo soltó a Lily de inmediato.
– Bien, está listo –anunció la secretaria del cónsul, una aburrida joven que si los vio besarse no le importó; ella les tendió dos hojas membretadas a los jóvenes con cara de burócrata fumigada–. Con esto pueden pasar al área de celdas durante el tiempo que el encarcelado esté aquí.
– Esto me suena a que va a durar ahí mucho tiempo –suspiró Lily, tratando de recobrar la compostura–. Pero lo agradecemos en verdad.
– Concuerdo –afirmó Genzo, quien a duras penas pudo ocultar su satisfacción.
Sin embargo, mientras se dirigían al área de celdas, Lily volvió a marcar su distancia con el portero y éste se dio cuenta de que tendría que ir muy despacio con ella.
– No te me acerques, Wakabayashi –ordenó Lily–. Sigo enojada contigo y unos cuantos besos no van a cambiar eso.
"Está bien, doctora, que sea como quieras", pensó Wakabayashi. "Conseguí bajar tus defensas aunque fuese por un momento y de cualquier manera por ahora es más importante sacar a Schneider de aquí".
– Me queda perfectamente claro –respondió Genzo, decidiendo cambiar de tema–: ¿De dónde conoces a Dubois, doctora?
– Yo también he sido amiga de los Shanks desde hace muchos años –explicó Lily–. Tantos, que sé que Marcel Dubois no siempre fue cónsul, hace mucho tiempo trabajó como asistente personal de Rémy y me acostumbré a verlo de manera recurrente, por eso es que no he dudado en venir a hablar con él en cuanto supe que ahora es cónsul en Múnich. En parte me da gusto por él porque consiguió llegar muy lejos pero al mismo tiempo me decepciona que sea tan arbitrario, aunque es verdad que no sabemos bien cómo se desarrollaron los acontecimientos que llevaron a Schneider a ser encarcelado.
– Supongo que debido a que lo conoces desde hace mucho es que no se ha molestado cuando lo acusaste de ser caprichoso –señaló Genzo.
– Y sigues con eso –protestó ella, avergonzada–. Pero sí, supongo que fue eso y el hecho de que Rémy es mi padrino.
– Así que Elieth no es la única en hacer uso de sus influencias, ¿verdad, doctora? –se burló Wakabayashi, sin poder evitarlo.
– Tal parece que así es –reconoció Lily, encogiéndose de hombros.
– Es curioso que ambos hayamos tenido amigos en común y que no nos hayamos conocido antes, ¿no te parece? –comentó el portero, pensativo.
– El mundo es un pañuelo –asintió Lily, desviando la mirada–. Tal vez el conocernos sólo era cuestión de tiempo.
En ese momento llegaron al área de celdas y, al igual que como les pasó a Karl y a Genzo, Lily se sorprendió de que no se tratara de un calabozo o una mazmorra en forma. Los dos jóvenes presentaron sus hojas membretadas al guardia y éste los dejó pasar, encontrando a Karl ejercitándose en su celda con una serie de abdominales, cual si se tratara de un ex militar preso que esperara ser liberado para comenzar una película de acción.
– ¿Ya tan pronto empezaste a perder la cabeza, Schneider? –preguntó Wakabayashi, con sorna.
– Tengo que estar en forma para el partido de mañana –replicó el otro, sin inmutarse ni dejar de entrenar.
– Sigue con la esperanza de que lo liberarán para entonces –comentó el guardia, quien seguía siendo el mismo que viera a Genzo en la mañana–. Si por mí fuera lo dejaría libre pero no depende de mí.
– Oh, pero si aquí no se está tan mal. –Lily le echó un vistazo al lugar y comprobó que no tenía el aspecto de una cárcel lúgubre–. Pensé algo peor, como grilletes atornillados a las paredes, techos con estalactitas y murciélagos y agua de dudosa procedencia estancada en el suelo.
– No sé en qué cárceles ha estado, señorita, pero esto es Europa –replicó el guardia.
– Pero si así eran las cárceles de la Bastilla, de su natal Francia, señor –contraatacó Lily, muy seria.
– Cuando acabes de pelearte con mi carcelero, ¿podrías decirme qué estás haciendo aquí, Lily? –pidió Schneider, poniéndose en pie, al tiempo que Genzo contenía una carcajada.
– Intenté conseguir que te soltaran pero no tuve suerte –suspiró Lily, yendo hacia la celda–. ¿Qué hiciste para enojar así al señor Marcel?
– Burlarme de su poder de encarcelar a un alemán en Alemania –contestó Karl, fastidiado–. No creí que eso pudiera ser posible.
– En estricto apego, joven, usted no está en Alemania sino en Francia –aclaró el guardia–. El consulado y la embajada le pertenecen a Francia, no a Alemania.
– Sí, eso ya lo sé, era una queja retórica –gruñó Karl–. ¿Realmente importa? Creo que mi "insolencia", como la ha llamado el cónsul, no fue más que un pretexto porque lo que en realidad ocurrió fue que se me ocurrió discutir con Elieth enfrente de todos. Considerando que ella es ciudadana francesa y yo soy un extranjero alemán, fue una idea muy estúpida de mi parte el perseguirla hasta aquí.
– Al menos lo admites –lo amonestó Wakabayashi–. Intenté detenerte pero no me escuchaste, en cuanto viste a la Peque saliste tras ella sin importarte nada.
– Bien, no volverá a ocurrir –sentenció Karl, serio–. Porque, tal y como te dije, voy a dejarla en paz después de esto, me ha quedado claro que no tengo nada qué esperar de esta relación.
Se hizo un silencio denso en el lugar, interrumpido tan sólo por el tic tac de algún reloj, probablemente el de Lily. Ella miró con angustia a su amigo, esperando a que dijera que había hablado en broma pero Karl no se retractó.
– Sé que Elieth sobrepasó el límite pero de ahí a que creas que ya no puedes esperar nada de ella es demasiado –comentó Lily, rompiendo la tensión–. Estoy segura de que ella se dará cuenta de que ha cometido un error.
– Tal vez, no lo sé –replicó Karl–. Pero ya me cansé de intentarlo.
– ¿Estás hablando en serio? –preguntó Lily, mirándolo con dureza–. ¿Vas a darte por vencido así nada más?
– Tú te estás dando por vencida con él. –Schneider señaló a Wakabayashi con la cabeza–. ¿Por qué no puedo yo rendirme con ella?
Karl sabía que le dio un golpe muy bajo pero no pudo (ni quiso) evitarlo, estaba demasiado deprimido como para fingir que no estaba harto de la situación. Sin embargo, se arrepintió casi de inmediato cuando vio que Lily no supo qué responder y se limitó a agachar la cabeza con tristeza.
– Lo lamento, no quise… –comenzó a decir Karl, pero ella no lo dejó seguir.
– Yo creo que sí quisiste decirlo –interrumpió Lily–. Y es lo más triste de todo.
Genzo se recargó contra la pared y se abstuvo de decir algo, pensando en que podría ayudar a Schneider a salir de esa cárcel pero no podría ayudarlo a resolver las dudas que tenía con respecto a Elieth, pues eso era algo que le correspondía sólo a él.
"¿Y qué harás si ella se ha dado por vencida contigo?", le susurró su voz interior, al tiempo que su mirada se clavaba en la larga cabellera castaña de Lily que caía por su fina espalda. "Tú podrás pelear con todo, pero si ella no lo hace también porque su enojo es más fuerte que su amor por ti, no te va a servir de gran cosa…".
Mientras tanto el tiempo seguía corriendo, las horas avanzaban con mucha rapidez y Rémy Shanks seguía sin aparecer. ¿Sería que el embajador podría llegar a tiempo para resolver el dilema o Schneider tendría que conformarse con ver el partido entre el Bayern Múnich y el Hamburgo por televisión?
-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-
Leonardo estaba tan nervioso que las palmas comenzaron a sudarle. Distraídamente se las secó sobre el pantalón, frotándolas de arriba abajo con un movimiento tenso que reveló aún más su inquietud.
– Todo va a salir bien –le dijo en ese momento Marie, con dulzura–.Estoy segura de que él no te va a gritar.
– ¿Cómo lo sabes? –cuestionó él, escéptico.
– Si tiene un par de hijos como Lily y tú, no puede ser un mal hombre –respondió ella, risueña–. Anda, llama ya, ten un poco de fe.
Leonardo inició sesión en la cuenta de Skype de su hermana menor, pues sabía que desde ahí nadie le negaría la llamada. Una vez que estuvo dentro, localizó al contacto que buscaba y al comprobar que estaba conectado, intentó establecer una video llamada con él. Mientras esperaba a que su contacto respondiera, Marie tomó la mano de Leonardo, ya seca, para darle ánimos y él se la apretó también. Tras segundos que parecieron eternos, al fin contestó la llamada un hombre moreno de cincuenta y tantos años, de cabello entrecano y bigote recortado, de expresión amable aunque formal.
– ¿Lily, eres tú? –El hombre entrecerró sus ojos antes de colocarse un par de gafas con montura dorada para ver mejor–. No, no eres Lily…
Y al reconocer al que lo llamó, el hombre se calló abruptamente. Marie sonrió a la pantalla para tratar de romper el hielo, aunque dejó que fuese Leonardo quien hablara primero.
– Hola. –Leonardo carraspeó y habló por fin–. Supongo que debe de sorprenderte esta llamada pero… necesito hablar contigo, papá.
El silencio del otro lado de la pantalla se hizo denso y eterno, tanto que hasta Marie comenzó a pensar que había sido una mala idea el convencer a Leonardo de que se comunicara con su padre. Pero al fin, tras un leve titubeo, el doctor Alejandro Del Valle sonrió. Y después de ahí, todo resultó de lo más fácil.
Notas:
– *Genzo se refiere a la Primera Intervención Francesa en México, también conocida como "La Guerra de los Pasteles", ocurrida entre 1838 y 1839. Como tal, Francia no invadió México por culpa de unos pasteles pero sí fueron uno de los varios reclamos que desencadenaron el conflicto.
– Nunca se ha aclarado en el manga que Rudy Frank Schneider y Genzo Wakabayashi se conozcan en persona, aunque claramente cada uno sabe que el otro existe.
