Capítulo 58.
Múnich.
– … y en otras noticias, previo al enfrentamiento entre el Bayern Múnich y el Hamburgo en las eliminatorias de la DFB-Pokal, se ha corrido el rumor de que el goleador estrella del equipo muniqués, Karl Heinz Schneider, está desaparecido –anunció el comentarista de la televisión, un hombre de cabello corto y rubio que iba enfundado en un aburrido traje gris–. Se ha llegado a pensar que quizás está lesionado y que por lo mismo no se ha presentado a los últimos entrenamientos de su club…
Hedy Lims giró la cabeza, extrañada. No había estado prestándole atención a la televisión, había encendido el noticiario con la esperanza de que en la sección de espectáculos hablaran de ella y de su reciente "noviazgo" con el Káiser de Alemania pero se había llevado una decepción cuando descubrió que no le dedicaron ni cinco minutos; no perdió la esperanza, sin embargo, y dejó el noticiario puesto creyendo que quizás más adelante la nombrarían aunque su interés por las notas fue decayendo conforme los presentadores hablaban de finanzas y deportes sin acordarse de que la modelo existía. Ni siquiera el anuncio de la entrevista que le había realizado Cassandra Pedraza Larreta, próxima a publicarse en Mujer Ibérica, parecía haber llamado mucho la atención en Alemania (aunque eso podía deberse a que la revista era española y no tenía tanto en impacto en el país teutón) o por lo menos no había llamado la atención de todas las personas a las que Hedy había pensado impresionar. Aún así, ella tenía la esperanza de que esa entrevista llamara la atención en España, se hiciera famosa allá y que la fama fuese lo suficientemente grande para que la alcanzara hasta Alemania.
Es una ridiculez pero algunas personas no miden el alcance de sus sueños, ¿cierto?
En cualquier caso, la noticia que escuchó Hedy sobre Schneider no era la que ella esperaba oír. ¿Karl estaba desaparecido? ¿Sería cierto o una mera especulación? Que no lo hubieran visto en el entrenamiento no significaba gran cosa, quizás estaba practicando por separado o tal vez estaba lesionado, todo era posible.
– Bien, no es como si en verdad estuviese confirmado que él está desaparecido –replicó el otro conductor, un hombre afro-alemán–. Simplemente hay personas que afirman que no se ha presentado a los últimos entrenamientos y se han desatado las especulaciones sobre una posible desaparición pero nada está confirmado. Además, se sabe bien que Karl Heinz Schneider es dado a faltar a las prácticas debido a que él no necesita entrenar así que no hay motivo para creer que algo malo ha sucedido con él.
– Pero, ¿qué tan cierto sigue siendo eso de que Schneider no necesita entrenar? –replicó el comentarista rubio–. Eso pudo haber sido verdad cuando era un adolescente pero ahora que es un profesional de alto rendimiento tiene que cambiar esas costumbres.
– Es cierto, pero en el caso de alguien como él… –comenzó a decir su compañero pero Hedy dejó de prestar atención.
"¿Debería de preocuparme?", pensó la mujer, tamborileando con impaciencia sobre su teléfono. "¿Será que está con esa tipa? ¡Más le vale que no!".
Tras pensarlo durante un par de segundos más, Hedy se decidió a llamarle a Bernard Brunt para preguntarle sobre Schneider, quizás había un motivo poderoso para que éste hubiese desaparecido sin dejar huella antes de un partido muy importante. Brunt tardó tanto en contestar que la llamada estuvo a punto de desviarse al buzón de voz y, cuando habló, se notaba que no estaba complacido de escuchar a Lims.
– ¿Qué quieres? –soltó Brunt, bruscamente–. Estoy ocupado.
– Quiero saber qué tan cierto es eso de que Karl está desaparecido –respondió Hedy, con la misma rudeza–. ¿En dónde está?
– ¿Y por qué debería yo de saberlo? –cuestionó Bernard–. No soy su niñera, ni su madre, ni su entrenador ni la mujer con la que se acuesta. Quien por cierto tampoco eres tú o sabrías en dónde está.
– ¡No abuses! –soltó Hedy, indignada–. No te conviene que le hable a tu esposa para decirle que tienes una amante, ¿o sí? O quizás prefieras que lo declare en mi próxima entrevista.
– Tómatelo con calma, linda. –Brunt se apresuró a rectificarse pues el pánico no le permitió darse cuenta de que Hedy jamás revelaría al mundo que ellos eran amantes porque eso tumbaría cualquier esperanza que tuviera de ser pareja de Schneider–. Me dejé llevar por el estrés, no volverá a ocurrir.
– Más te vale que así sea –replicó Lims, con enojo–. Ya sé que tú no eres el entrenador del Bayern Múnich pero podrías investigar qué carajos ocurre allá dentro.
– No, no puedo hacerlo –manifestó el hombre, con cierto temor en la voz–. Gracias a la demanda que ha interpuesto tu maldito novio, ya no me permiten inmiscuirme en los asuntos del club ni averiguar sobre el paradero de los jugadores, sobre todo de Schneider, así que si se me ocurriera meter mis narices en los entrenamientos me sacarían a patadas.
– ¿No me aseguraste hace unos cuantos días que esa demanda era algo sin importancia? –cuestionó Hedy, asombrada–. ¿Por qué ahora es tan relevante que te prohíban ir a los entrenamientos por su culpa?
– Uno de los Peces Gordos de la Paulaner cree que este asunto va en serio –contestó Bernard–. Y me han dicho que, si el Bayern Múnich considera que estoy metiéndome en lo que no me importa y me acusan debido a esto, no meterán las manos al fuego por mí.
– Hmmm, ya veo –replicó Lims, quien seguía sin entender quiénes eran esos "Peces Gordos", su cerebro no alcanzaba para tanto aunque sí comprendía que quizás su amante no iba a salir bien librado de este problema–. Tal vez nos hemos excedido un poco, ¿no crees?
– Creí que esto te había quedado claro desde hace mucho pero todo ha sido por tu culpa –replicó Brunt, enojado–. ¡Tus malditos caprichos pueden llegar a costarme caro!
– Debes tranquilizarte un poco, querido, tu presión arterial debe de estar por las nubes –le dijo Lims, con voz melosa–. No todo ha sido cosa mía, fuiste tú quien quiso tenerme de amante. Pero no perdamos la cabeza por esto, te aseguro que la demanda terminará en nada, lo importante ahora es: ¿no hay una manera en la que puedas averiguar qué ha sucedido con Karl?
– Ya te dije que no –contestó Bernard, fastidiado–, pero seguramente ese rumor de su desaparición es un chisme que corrió el mismo entrenador para hacer publicidad, seguro que mañana aparece en el partido como si nada. Además, ¿no se supone que Karl Heinz Schneider es tan buen jugador que no necesita entrenar? Quizás prefirió darse un descanso previo a un partido tan importante.
– Todo mundo dice eso, que él está acostumbrado a faltar a las prácticas pero yo no me trago ese cuento –replicó Hedy–. Algo no me cuadra, quizás yo misma debería de ir a la instalaciones del Bayern Múnich a verificarlo.
Ella no tenía razones para asegurarlo y ni siquiera sabía lo suficiente de fútbol como para poder determinar si tenía razón el comentarista que dijo que Schneider ya no podía saltarse los entrenamientos ahora que era profesional, pero su instinto femenino le decía que había algo más ahí, aunque no supo qué. ¿Sería que Schneider estaría revolcándose con esa reportera francesa de cuarta? ¿Lo habría perdonado ella? Hedy lo consideraba poco probable pero no podía descartar la posibilidad así que la mejor manera de averiguarlo era ir con el equipo para sacar información.
– ¡Ni se te ocurra hacer semejante tontería! –exclamó Bernard, amenazador–. Si a mí me han dicho que debo mantenerme alejado de Säbener Straße con mayor deberás hacerlo tú. Ya tienes el boleto que querías, no lo desperdicies por un rumor no fundamentado, ya te dije que mañana seguramente Schneider estará en la alineación.
El tono de Brunt era el de un padre enojado que trata de evitar que su hija haga un berrinche innecesario por culpa de un capricho y quizás en cierto modo así era; después de todo, Hedy Lims era al menos unos veinte años más joven que él, fácilmente podría ser su hija aunque el hombre claramente no pensó en eso cuando la tomó de amante.
– Espero que tengas razón –replicó Hedy–. No me gustan las sorpresas.
– Eso no es culpa mía sino de tu enamorado. –Bernard iba a decir "víctima" pero se contuvo–. Si se está ocultando de todos, hasta de ti, es por algo. Ya deja de darle vueltas al asunto, vete al salón de belleza o al spa, relájate y mañana ve al partido sin preocupaciones. Y por lo que más quieras, ¡deja de llamar en horas de trabajo, tengo cosas más importantes qué hacer que batallar con tus ideas paranoicas!
Hedy colgó tras decirle que se fuera mucho al infierno, con palabras que resultarían poco apropiadas para una mujer "de su categoría". La modelo pensaba, no sin razón, que Bernard Brunt estaba acercándose a un punto de quiebre y que era momento de abandonar ese bote. "De todas maneras ya no me puede dar más", pensó ella. "Ojalá que Karl siga adelante con esa demanda y lo deje bien hundido en el lodo".
Una vez más, sus escasas neuronas no le permitieron darse cuenta de que esa demanda podría afectarla también a ella, o quizás era que en verdad creía que podría convencer a Karl de hacer cualquier cosa, siempre y cuando usara bien sus encantos.
"No sería mala idea el ir a buscarlo a su departamento y confirmar si de verdad está ahí, descansando", pensó la mujer. "No sé en dónde vive, es cierto, pero no debe ser difícil averiguarlo, así confirmo si está o no con esa infeliz".
Es bien sabido que las mujeres suelen ser mejores detectives privados que Sherlock Holmes y Hércules Poirot juntos así que para Hedy el descubrir en dónde vivía el Káiser de Alemania fue tan fácil como robarle una pelota a Ryo Ishizaki. En cuanto obtuvo la dirección, la joven se dirigió hacia allá a través de un servicio de taxi privado; Hedy se asombró por el moderno edificio en el que se aseguraba que vivía Schneider, era realmente un lugar hermoso y bien ubicado en Múnich pero carente de atractivo visual (aunque la mayoría de los edificios en Alemania en general eran de este estilo). Sin mucho problema, la joven subió hasta el piso indicado pero nadie le abrió la puerta y le resultó imposible echar un vistazo al interior. ¿Estaría Karl escondido ahí, durmiendo desnudo junto a Elieth Shanks? La sola idea hizo que Hedy hirviera de rabia y se puso a aporrear la puerta del departamento desesperadamente durante varios minutos pero ésta permaneció cerrada; ella no se dio cuenta de que estaba haciendo demasiado escándalo hasta que un par de no tan amables policías aparecieron detrás de ella para preguntarle si todo marchaba bien.
– Sí, oficiales, lo siento, es que estoy preocupada por mi novio que no me abre –respondió Lims, tratando de ser coqueta y persuasiva a la vez.
– ¿Usted vive aquí? –preguntó uno de los policías, ignorándola.
– Por supuesto que sí –aseguró Hedy, sin titubear.
– Bien, en ese caso le daremos una multa por perturbar la paz pública –declaró el oficial, sacando una papeleta.
– ¿Qué? ¿Por qué? –cuestionó ella, escandalizada–. ¡Si no he hecho nada!
– Un vecino ha reportado que lleva usted al menos unos veinte minutos golpeando la puerta de este departamento y llamando a grandes voces a su ocupante –contestó el segundo policía, una aburrida mujer que estaba desesperándose por culpa de la modelo–. Eso amerita una sanción por alterar el orden público, ¿no lo sabía?
– No, pero en realidad este departamento no es mío –se apresuró a explicar Hedy, asustada–. Dije que lo es porque prácticamente vivo aquí con mi novio pero no es mío.
– Si no es suyo, entonces le pediremos que se retire hasta que pueda contactar con su novio para que le abra la puerta –replicó la oficial, harta–. Porque de lo contrario nos la llevaremos por alterar el orden público.
– ¡Pero si les aseguro que él está ahí dentro! –bufó la modelo, golpeando nuevamente la puerta–. ¡Karl, amor mío, ya deja de hacerme bromas, la policía está aquí y quieren multarme porque te estás pasando de gracioso!
– Señora, es evidente que no hay nadie ahí adentro –replicó el primer policía, tomándola por un codo–. La invitamos a que se retire o nosotros mismos tendremos que obligarla a hacerlo.
"¡Señora lo será su abuela!", pensó Hedy, ofendidísima. Por un momento estuvo tentada a hacer un escándalo, ¿quiénes se creían que eran ese par de imbéciles asalariados con uniforme? Pero sus neuronas volvieron a funcionar y le dijeron que sería una malísima publicidad que ella terminara en la cárcel por culpa de un desaire así que echó mano de toda su fuerza de voluntad para no soltarles a ese par una buena dosis de palabrotas de verdulera.
– Haga el favor de no tocarme, ya me retiro. –A pesar de su determinación, Hedy se zafó de la mano del policía con brusquedad–. Pero en cuanto mi novio sepa lo que han hecho se pondrá furioso.
– Tome, no se le olvide su multa. –La policía le extendió la papeleta.
Mentalmente, Hedy la mandó a freír espárragos.
A pesar de su fracaso, la modelo se sentía confiada pues seguía teniendo su boleto para el encuentro entre el Hamburgo y el Bayern Múnich y había conseguido descartar que Karl estuviese durmiendo en su apartamento con Elieth Shanks; aunque no lo quiso admitir delante de los policías, era evidente que Karl no estaba ahí pero podría deberse a que sí estaba entrenando y como Hedy no sabía en dónde más podía buscarlo decidió no darle más vueltas al asunto. Así pues, su nuevo plan consistiría en asistir al partido para después buscar a Schneider en los vestidores y confirmarle al mundo entero que ellos eran una pareja real.
No sabía la que le esperaba.
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El teléfono de Schneider repiqueteó en el bolsillo de Wakabayashi y éste lo sacó para saber de quién se trataba, bajo la curiosa mirada de Lily. El guardia francés levantó las cejas al verlo y Genzo se apresuró a disculparse.
– Olvidé apagarlo, lo lamento –dijo él, tras lo cual notó que quien marcaba era Rudy Frank, por lo que acto seguido se dirigió hacia Karl–: Es tu padre, Schneider, supongo que quiere hablar contigo.
– ¿No le habías avisado ya que estoy aquí? –Karl hizo un gesto con las manos para señalar su celda.
– Lo hice y le aseguré que te sacaría pero creo que no me tiene mucha confianza –replicó Genzo con una mueca sardónica, mientras el teléfono seguía sonando.
– Contéstelo si quiere, me da igual. –El guardia se encogió de hombros y Wakabayashi se lo agradeció con un gesto de cabeza.
– Hallo? (¿Hola?) –preguntó Genzo; acto seguido, alejó bruscamente el aparato de su oreja.
– ¿EN DÓNDE ESTÁ MI HIJO? –gritó Rudy Frank, tan fuerte que todos lo escucharon–. ¡ME PROMETISTE QUE IBAS A SACARLO DE AHÍ!
– No es tan fácil como pueda usted creer –repuso Wakabayashi, frunciendo el ceño–. No puedo hacer nada si el embajador francés sigue atascado en Berlín. ¿Y podría bajar el tono de voz? Va a destrozarme los oídos.
– Lo siento pero han pasado muchas horas y estoy francamente desesperado –se disculpó Rudy Frank, quien a pesar de haber modulado su voz seguía escuchándose sin necesidad de que Genzo pusiera el altavoz–. ¡Incluso mandé a Lily a ver qué pasaba porque me aseguró que conocía al cónsul y tampoco he sabido nada de ella!
– Hablé con el entrenador hace apenas una hora, qué escándalo –refunfuñó Lily, dirigiéndose a Schneider–. Tu padre sí que es dramático.
– Un poco nada más –sonrió Karl, con cierta vergüenza–. No puedes culparlo realmente.
– ¿Un poco nada más? Así como las Cataratas del Niágara están un poco mojadas, ¿no? –se mofó Lily, lo que hizo que Genzo esbozara una sonrisa.
– Algún día tendrás un hijo que dirá exactamente lo mismo y será muy gracioso escucharlo porque me voy a acordar de este momento –auguró Karl, momentáneamente divertido–. Pero dejemos de darle vueltas al asunto: pásame a mi padre, Wakabayashi, trataré de tranquilizarlo.
– ¿Habrá algún problema si lo hago? –preguntó el japonés al guardia, alejándose levemente del teléfono.
– Basta con que me acerques la bocina, no necesito que me entregues el teléfono –sugirió Schneider, a lo que el guardia asintió.
El portero hizo lo que su amigo le pedía y Karl habló con Rudy Frank para pedirle que tuviera paciencia y que confiara en que Genzo o Lily podrían sacarlo de ahí; mientras tanto, los otros dos intercambiaron miradas de interrogación y duda, que demostraba que a pesar de estar distanciados ellos seguían sabiendo lo que estaba pensando el otro: Wakabayashi y la doctora se preguntaban si conseguirían ayudar a Schneider o si sólo estaban perdiendo el tiempo; ambos temían que en realidad sólo estuvieran haciendo lo último. Al escuchar a su hijo, el nivel de estrés y angustia de Rudy Frank cayó drásticamente y se dejó convencer por Karl de que tuviera paciencia, aunque sentía que debía hacer algo para ayudarlo. Al fin, tras varios minutos de plática, el entrenador cortó la llamada y esperó que su hijo no tuviera que pasar la noche en el consulado aunque, dadas las circunstancias, era altamente probable que eso terminara sucediendo. Cuando Genzo se guardó el teléfono en el bolsillo, el guardia les dijo a él y a Lily que era momento de que se retiraran.
– Lamento no haber podido ayudar, Karl –se disculpó Lily, al despedirse–. De cualquier manera voy a hablar con Elieth y tú, por favor, piensa en lo que me has dicho sobre eso de que vas a darte por vencido con ella, sabes que te ama y tú también, ¡no te rindas!
– Lo pensaré –respondió Karl, ambiguamente.
Lily suspiró y prefirió no insistir, tras lo cual miró a Genzo con un gesto de duda, titubeando además antes de decidirse a hablar.
– ¿Tienes manera de volver a tu hotel, Wakabayashi? –preguntó, asombrando al portero.
– Pensaba tomar un taxi pero voy a quedarme un rato más en los alrededores, por si Rémy llega de improviso –contestó Genzo, ciertamente conmovido–. Gracias por preocuparte por mí, doctora.
– No es la gran cosa. –Ella trató de restarle importancia al asunto aunque fue notorio que se ruborizó–. Si hace falta algo aunque se trate de algo mínimo, llámenme.
– Espero no tener que molestarte, tú también necesitas descansar para estar al cien por ciento mañana –dijo el portero–. Confío en que podré arreglármelas yo solo.
– Considerando lo que está sucediendo, dudo mucho que pueda dormir bien –confesó Lily, preocupada–. Me habría gustado que Karl hubiese salido ya para que todos pudiéramos relajarnos pero veo que no será así.
– Confía en mí, yo me haré cargo –aseguró Genzo, muy serio–. Te prometo que Schneider saldrá de aquí a tiempo para jugar el partido.
– Gracias, Wakabayashi. –La mexicana suavizó su expresión–. No es tu obligación el ayudarnos tomando en cuenta tus antecedentes con el Hamburgo, pero estoy segura de que lo haces porque no quieres que el Bayern juegue sin uno de sus mejores futbolistas por causa de un problema que no se relaciona con el fútbol.
– Me conoces bien, doctora –aceptó Genzo, esbozando una sonrisa ligera.
– A este paso tendré que pedirte que me traigas un uniforme, Lily –terció Schneider, considerando que ya los había dejado coquetear el tiempo suficiente–. No sé si alcance a salir de aquí a tiempo para irme al hotel con el resto del equipo.
– Creo que exageras un poco, seguro que Rémy estará aquí mucho antes –replicó Lily–, pero ya había pensado en eso. Sólo por si acaso.
Tras decir estas palabras, Genzo y Lily abandonaron el área de celdas y se encaminaron hacia la salida del edificio. Antes de dejar el consulado, Lily preguntó a la aburrida secretaria de Marcel si éste se encontraba en su oficina y ella le respondió que no, que el cónsul acababa de marcharse. La doctora soltó una maldición en español y reanudó su marcha hacia la salida junto con Genzo, ambos sumidos en el más absoluto silencio. Una vez que estuvieron afuera, Lily fue la que se atrevió a romperlo.
– Todo este asunto me parece tan surrealista –comentó ella, mirando distraídamente hacia el horizonte–. Todavía no puedo creer que Elieth haya encarcelado a Karl. No me sorprende que él esté tan enojado que no quiera volver a verla, no es para menos, pero me duele pensar que pueden terminar su relación por causa de un malentendido, ¡deberían de hablarlo en vez de mandarse mutuamente al carajo!
– ¿Tú crees? –bufó Genzo, con ironía–. ¡No me digas que eso es lo que se debe hacer en estos casos!
– Lo nuestro es diferente, Wakabayashi –replicó Lily, con dureza–. Tú sí planeabas dejarme de lado en caso de ser necesario.
– Y sigues con eso –suspiró Genzo–. No puedes estar segura de que eso sea cierto pero, ¿me has dado la oportunidad de explicarte qué fue lo que quise decir?
– No es necesario –negó la doctora–. O mejor dicho: no quiero escuchar tu explicación ahora mismo.
– No aplicas tus propios consejos, doctora –protestó el portero, mirándola con fijeza–. Tú y yo también necesitamos hablar pero te niegas a hacerlo.
– Yo, a diferencia de Elieth, no me estoy negando a entablar un diálogo con mi aún novio, simplemente considero que debemos calmar los ánimos primero –admitió Lily, derrotada–. Además, éste no es el momento más adecuado, no con Karl encerrado en una celda francesa. ¿O piensas dejarlo abandonado a su suerte?
– Por supuesto que no, en esto tengo que darte la razón. –Genzo se pasó una mano por el cabello recién cortado–. Pero al mismo tiempo me suena a que me estás poniendo pretextos. ¿De verdad quieres arreglar esto hasta que vuelva de Japón? Pueden pasar meses antes de que lo haga.
– Sí, sí quiero –respondió ella, sin titubear–. Los dos podremos pensar bien en nuestras prioridades y saber exactamente qué es lo que queremos.
– No voy a hacerte cambiar de parecer, ¿verdad? –Él suspiró, resignado.
– Lo dudo mucho –contestó Lily, inflexible.
– No quitaré el dedo del renglón, doctora –replicó el portero–. No voy a darme por vencido tan fácilmente.
– Lo sé. –Lily estuvo a punto de sonreír pero se contuvo y cambió el tema–. ¿Tratarás de comunicarte con Rémy?
– Sigue siendo mi plan –aseguró Wakabayashi.
– Bien, yo hablaré con el entrenador Schneider para calmarlo y después le diré a Elieth que busque una manera de arreglar su desperfecto –informó la doctora, echándole un vistazo al reloj antes de echar a andar–. Me voy ya que no quiero que al señor Rudy Frank le dé un derrame por culpa del estrés. Que tengas buen viaje, Wakabayashi.
– Me marcho dentro de un par de días –replicó Genzo, un tanto extrañado.
– Lo sé bien –dijo Lily, sin mirar hacia atrás–. Pero dudo mucho que pueda ir a despedirte al aeropuerto.
El portero se decepcionó por esto y se preguntó si debía mandar a Schneider al carajo e ir detrás de Lily para solucionar su propio problema. Al final, Genzo optó por dejar que su novia se marchara, sabiendo que mientras más la presionara, menos resultados favorables obtendría, Lily se negaría a dialogar con él por la pura gana de llevarle la contraria. Si algo había aprendido observando a sus amigos y a la doctora era que a las mujeres había que dejarlas ser en vez de obligarlas a ser.
"Extraño esas épocas en donde lo más complicado en mi vida era lesionarme por jugar fútbol", pensó Genzo, con ironía, tras lo cual se echó a reír con amargura de su propia estupidez.
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Elieth miraba a sus amigas con enojo mezclado con vergüenza pues, aunque sabía que lo que ellas decían era correcto, le molestaba tener que admitirlo.
Una hora antes, aproximadamente, cuando Lily llegó al departamento que compartía con su mejor amiga vio que ésta no estaba sola: Bárbara y Nela le hacían compañía. Al parecer, Bárbara se había enterado a través de Kaltz sobre el asunto de Schneider refundido en una celda del consulado y ella se había apresurado a buscar a Elieth para confirmar el hecho, encontrándose con que Nela había ido a ver a la francesa para saber cómo se sentía con respecto a Hedy Lims. Para esas alturas, Nela ya estaba enterada de lo que había pasado entre Schneider y ella así que se unió a Bárbara para decirle lo que Lily tenía planeado reclamarle también: que se le había pasado la mano.
– Y yo que pensé, cuando las vi aquí, que iba a tener una férrea oposición y resulta que piensan igual que yo –expresó Lily, con ligero asombro–. Supongo que encerrar a alguien que puede ser inocente resulta feo a cualquier nivel.
– Si tuviéramos la seguridad plena de que Schneider es culpable, pues aprobaríamos lo que Elieth hizo, pero con lo que Kaltz me ha contado pienso que hay una ligera probabilidad de que sea inocente y que todo haya sido producto de las circunstancias –confesó Bárbara, jugando con un mechón de su rojo cabello–. Y siendo así, lo que has hecho, Eli, fue una barbaridad.
– No es para tanto –replicó la aludida–. ¡Se lo tenía bien merecido por no contarme lo de esa estúpida cita! Al menos de eso sigue siendo culpable.
– Pero hay de castigos a castigos y esto ha sido una arbitrariedad –señaló Nela, muy digna–. Personalmente sigo creyendo que Schneider sí es culpable pero meterlo a una celda de castigo habla de un abuso de poder por parte del cónsul y también por parte tuya.
– Y como Karl sí es inocente, el caso empeora –añadió Lily, enérgica–. Gatita, sabes que esta vez has ido demasiado lejos.
– Ya, ya entendí que ustedes no están de acuerdo con lo que pasó, pero quiero recordarles que ni siquiera fue culpa mía –rezongó Elieth, sentada sobre un enorme almohadón con los brazos y las piernas cruzados–. Fue Marcel quien decidió encarcelarlo, yo no tengo tanto poder en un consulado.
– Pero si tú le hubieses pedido a Marcel que no lo hiciera, seguro que te hubiera hecho caso –insistió la doctora, dejándose caer en el sillón entre Nela y Bárbara–. Según lo que Karl y Genzo me dijeron, tú pudiste haberlo evitado y no lo hiciste.
– ¿Ahora les vas a creer más a esos traidores que a mí? –cuestionó Elieth, fingiendo sentirse dolida–. ¿Yo, que soy tu mejor amiga, casi tu hermana?
– No hagas drama. –Lily le aventó un cojín pequeño–. Aun cuando ellos no me hubieran dicho nada, de todos modos hubiese creído que Marcel te habría hecho caso de haberle pedido que dejara a Karl en paz.
– Yo estoy de acuerdo en eso también –acotó Nela–. Además, ésta no es la mejor manera de resolver un pleito de infidelidad.
– Sí, sí, ya, señoritas perfectas –bufó Elieth, quien había conseguido esquivar el cojín por muy poco–. ¿Qué se supone que debo hacer ahora? ¿Ir al consulado a pedirle a Marcel que libere a Karl?
– Según lo que me ha dicho Genzo, si cualquiera de los Shanks le pide a Marcel que libere a un preso podría haber un escándalo de nepotismo y favoritismo –fue Lily la que contestó.
– Ya lo sé, era una pregunta retórica. –Elieth puso los ojos en blanco–. ¿Qué debo hacer entonces, según ustedes?
– Hablar con tu padre, obvio –dijo Bárbara–. Él seguro que tiene el poder suficiente para deshacer la acción de un cónsul, ¿no?
– Sí, sí lo tiene –suspiró la francesa–. Pero no quiero decirle la razón por la cual Karl está en la cárcel.
– Pues en eso debiste haber pensado antes y no ahora –la regañó Nela–. Vas a tener que hablar con tu padre te guste o no, no hay más remedio.
Elieth se quedó callada un rato, buscando una réplica adecuada para darle a la psicóloga pero antes de que pudiera abrir la boca el timbre sonó y Lily se dispuso a abrir, sorprendiéndose un poco al encontrarse a Leo Shanks con cara de pocos amigos.
– ¿Está mi hermana aquí? –preguntó él, tras saludar a la doctora–. Tengo que hablar con ella muy seriamente.
– Sí, aquí está –señaló Lily, haciéndose a un lado para dejarlo pasar–. Pero si quieres regañarla tendrás que tomar un turno y esperar, o bien puedes unirte a la Sesión de Regaño Comunitario.
– Oh, no, ¿tú también? –protestó Elieth al ver a su hermano–. Esto ya es una injusticia, ¡cuatro contra uno!
– ¿Todos estamos aquí por lo mismo? –preguntó Leo, mirando a las chicas.
– Aparentemente sí –asintió Bárbara–. Aunque no nos hemos puesto de acuerdo en si Schneider es culpable o no con respecto al asunto de la Hedy Lims.
– Oh, ¿de verdad? –Leo se sentó en el espacio que había dejado Lily al levantarse–. Yo puedo ayudarlas a definirse con respecto a eso, conozco bien cuál es la verdad detrás de ese asunto.
– ¿Tú qué sabes al respecto? –preguntó Elieth, asombrada.
– Mucho más de lo que crees, hermanita –respondió Leo, tras lo cual suspiró.
Él se dispuso entonces a contarles a las chicas lo que Karl le había dicho sobre Hedy Lims: el cómo habían obligado al alemán a aceptar esa cena con la modelo, so pena de rescindirle el contrato o demandarlo por incumplimiento del mismo, los intentos de Karl para frustrar la cita, su desesperada demanda interpuesta a través de Otto Heffner y la incapacidad de éste de poder hacer algo debido al poco tiempo que tuvo para actuar. Leo incluso les dijo que fue él quien le sugirió a Schneider que fuese con Otto cuando se convenció de que el alemán estaba siendo sincero y que también le ofreció hablar con Elieth para enterarla del asunto. Además, aseguró que Karl estaba realmente desesperado por romper ese compromiso pero que hasta su propio padre estuvo atado de manos por culpa del contrato de patrocinio que había entre el Bayern y la Paulaner.
– Si lo pones en duda puedes hablar con el entrenador Rudy Frank para que te lo confirme, hermanita –finalizó Leo Shanks.
– No hace falta, yo misma lo comprobé cuando escuché al entrenador hablar con el doctor Stein acerca del poder que tiene la Paulaner sobre los jugadores –señaló Lily–. En ese momento no entendí a qué se refería pero queda claro que estaba hablando sobre la cita de Karl y la estúpida de Lims.
– ¿Y por qué demonios no me contaste esto antes, Leo? –preguntó Elieth, saltando en su sitio como gata enjaulada–. ¿Cómo pudiste esconderme esto durante tanto tiempo? ¡Tú sabías la verdad y no me la dijiste! ¡Se supone que eres mi hermano!
– No se supone: lo soy. Y por eso fue que busqué a Schneider para decirle que si se pasaba de listo contigo iba a pagarlo caro –aseguró Leo, sin inmutarse–. En ese momento fue cuando Schneider me reveló lo de Lims y puedo jurarte que estaba desesperado. Si no te lo dije antes fue porque él me aseguró que lo resolvería por su cuenta y yo estuve de acuerdo porque no es prudente que una tercera persona intervenga en cuestiones de pareja.
– Yo apoyo esa moción –señaló Nela–, aunque si hubieses dicho la verdad a tiempo se habrían podido evitar muchos problemas entre Schneider y Eli.
– Voy por unas cervezas –comentó Bárbara, poniéndose en pie para dirigirse a la cocina–. Esto no lo vamos a poder digerir sin alcohol.
– Si a ésas vamos, más bien necesitaríamos unas diez botellas de tequila –suspiró Lily, acompañando a Bárbara para ayudarle.
– Aun así debiste habérmelo dicho. –Elieth se levantó también y zarandeó a su hermano, tomándolo por los hombros–. ¿Cómo puedes estar tan seguro de que Karl no te estaba mintiendo?
– Porque lo sé y punto –replicó Leo, dejándose zarandear–. Y porque así como las mujeres tienen un don para entenderse entre ellas con pocas palabras, así los hombres sabemos interpretar un gesto o una mirada para darnos cuenta de si otro hombre miente o no. Y créeme, hermanita: Schneider no mentía. Pero si a pesar de eso todavía dudas de mí, a pesar de que Lily te ha confirmado lo del poder que tiene la Paulaner, puedes hablarle a mi suegro y preguntarle.
– Peor todavía: Gwen lo sabía y no me dijo nada. –Elieth lo soltó y se llevó las manos a la cabeza–. ¡Mi propia cuñada!
– ¿Quieres dejar el drama? Ella no estaba enterada –negó Leo, frunciendo el ceño–. Enójate conmigo todo lo que quieras pero no te desquites con Gwen. Su padre no tiene la costumbre de hablarle de sus casos por ética y yo tampoco le dije nada por respeto a Schneider.
– Ay, he cometido un error terrible –gimoteó la francesa, dejándose caer otra vez sobre su cojín–. ¡Karl no me lo va a perdonar nunca!
– Eh, hay que reconocer que las cosas se dieron a malinterpretaciones pero Schneider tampoco ayudó mucho al esconderlo todo –opinó Bárbara, mientras repartía unas cervezas Spaten con la ayuda de Lily–. Si él hubiese sido sincero con Elieth desde el comienzo, esto no habría llegado tan lejos.
– ¿Cerveza Spaten? –preguntó Leo, con una sonrisa irónica.
– Por razones obvias ya no compramos Paulaner en esta casa –aclaró Lily, encogiéndose de hombros.
– Los dos tuvieron la culpa a partes iguales –señaló Nela, directa como siempre–. Pero sí, si al menos él hubiese tenido una pizca de sinceridad o si ella hubiera tenido un poquito de cordura, esto no se les habría salido de control.
– Bueno, ya, que no vale la pena culparlos a los dos –añadió Lily, sentándose junto a Elieth para pasarle un brazo por los hombros–, porque no vamos a ganar algo señalando culpables: lo que pasó, pasó y ahora hay que ver cómo arreglarlo.
– Mañana llega papá, eso es seguro –dijo Leo–. Sería muy conveniente que hablaras con él, Peque.
– Eso pensaba hacer –aseguró Elieth, mordisqueándose una uña–. Pero, ¿bastará con eso para que Karl me perdone?
Nela, Bárbara y Leo le aseguraron que aún no era demasiado tarde y que seguramente podría arreglar las cosas con Schneider ya que él la amaba en verdad y, cuando hay amor, cualquier cosa puede resolverse. Lily, quien sabía que Schneider estaba pensando en tirar la toalla con respecto a su relación, prefirió quedarse callada pues no sólo tenía la esperanza de que él cambiase de parecer durante la noche sino que además estaba consciente de que no sacaría ningún provecho diciéndoselo a Elieth y que, por el contrario, sólo conseguiría hacerla sufrir más.
"Sólo espero que de verdad que Karl cambie de opinión y decida no darse por vencido…".
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Schneider pronto habría de darse cuenta de que la petición que le hizo a Lily de llevarle un uniforme no iba a resultar exagerada. Conforme fueron pasando las horas y la luz diurna desapareció para dar paso a la noche, el alemán fue haciéndose a la idea de que tendría que dormir en esa celda; considerando que el ruido y el movimiento del exterior iban disminuyendo acorde al paso del tiempo, era evidente que Monsieur Rémy Shanks no llegaría ese día y que Wakabayashi tampoco había podido ponerse en contacto con él.
"Al menos la cama es cómoda", reconoció Karl, comprobando que se estaba tan bien ahí casi como si estuviera en un hotel de cinco estrellas. Bueno, no exageremos, en uno de cuatro, pero por lo menos él no batallaría para obtener un buen descanso, siempre y cuando consiguiera conciliar el sueño. Tras haber consumido la cena que le llevaron en una bandeja (un tazón de algo que el guardia llamó "potaje de ragú", soufflé de espinacas y croissants, todo lo cual resultó estar delicioso, había que admitirlo), Schneider se recostó en la cama con las manos detrás de la cabeza; una y otra vez se preguntaba qué debía hacer con Elieth, si de verdad estaba dispuesto a alejarse de ella y mandar su relación al carajo o si tenía deseos de perdonarla. Karl tenía que reconocer que se sentía herido en su amor propio, Marcel Dubois había abusado de su poder con él y Elieth no hizo el intento de detenerlo por culpa de su orgullo. ¿Podría funcionar una relación en donde el orgullo era más fuerte que el amor? Schneider no estaba seguro de que sí se pudiera pero el sólo pensar que tendría que alejarse de Elieth hacía que el corazón se le encogiera.
"Bien, queda claro que no resolveré este asunto mientras esté encerrado aquí y de cualquier forma es más importante el partido de mañana", pensó el joven, cerrando los ojos con fuerza. "Un paso a la vez, ya veremos después lo que sucederá con Elieth".
Se quedó dormido sin darse cuenta, soñando que pequeños balones de fútbol con pies lo perseguían sin descanso por un campo enorme de tulipanes, hasta que él decidió deshacerse de ellos a patadas, ocasionando que los balones se encendieran y salieran despedidos al espacio exterior para convertirse en cometas. Sin duda que no era buena idea el comer soufflé de espinacas antes de dormir.
No sería sino hasta la mañana siguiente cuando al fin Genzo logró comunicarse con Rémy Shanks, quien estaba ya por llegar a Múnich para enorme alivio del portero. Éste se había quedado esperándolo a las afueras de la embajada hasta muy entrada la noche, cuando al fin comprendió que Rémy no llegaría de madrugada y optó por marcharse a su hotel, aunque no pudo dormir más que unas cuantas horas pues fue despertado por una llamada de Rudy Frank, realizada en plena madrugada, quien exigía saber por qué carajos Karl no había salido aún de la cárcel. A Genzo le costó mucho trabajo convencer al entrenador de que conseguiría sacar a su hijo del consulado a tiempo para el partido; si Rudy Frank acabó tranquilizándose fue básicamente porque no tenía más opción: a esas alturas el intentar hablar con cualquier autoridad alemana para que lo ayudara quedaba fuera de juego.
– Estoy confiando ciegamente en ti, Wakabayashi –le dijo el entrenador Schneider, antes de colgar–. Espero sinceramente que no me vayas a traicionar.
El portero apenas había vuelto a cerrar los ojos cuando recibió, por fin, un mensaje del embajador francés. Rémy Shanks se mostró curioso por saber qué problema orillaba a Wakabayashi a ponerse en contacto con él de manera tan urgente pero Genzo le dijo que sólo podría decírselo en persona debido a la gravedad del asunto. Si se hubiese tratado de alguno de sus hijos, Rémy habría pensado que el tema a tocar no era tan importante pero tratándose de Genzo Wakabayashi sí debía de ser algo de suma urgencia así que le dijo al portero que haría todo lo posible por llegar temprano y que lo pondría en el primer puesto de su lista de pendientes, citándolo en la entrada del consulado a primera hora de la mañana. Sin embargo, ni en sus más disparatadas teorías se habría Rémy imaginado que al llegar al Consulado Francés en Múnich se toparía con que Marcel Dubois había encarcelado al futbolista estrella de Alemania por acosar sexualmente a la hija menor del embajador. ¿Era eso una broma orquestada por sus hijos y estaría Genzo involucrado en el asunto o de verdad el Káiser de Alemania había estado hostigando a una de sus hijas?
Pensando en que Marcel podría distorsionar la situación, Wakabayashi hizo todo lo posible para hablar con Rémy antes que aquél pero no le fue posible hacerlo ya que el mismo Dubois apareció a las puertas del consulado para recibir a Rémy en persona, haciendo que Genzo se preguntara si habría pasado la noche ahí porque no se explicaba cómo fue que llegó tan temprano al lugar. Así pues, el portero tuvo que aguantarse y dejar que Marcel le diera una versión alterada de lo sucedido con Schneider, aunque después su propia mente se encargó de corregirlo: seguramente el Señor Embajador y el Señor Cónsul tenían cosas más importantes de qué hablar que de Karl Heinz Schneider. Y para su enorme sorpresa, se equivocó.
– Bien, Genzo, necesito que me digas qué ha sucedido aquí –manifestó Rémy, saliendo como un bólido de la oficina de Marcel–. Quiero que me des una buena razón para no mandar decapitar al imbécil que está en las mazmorras.
Rémy Shanks era un hombre que rondaba la cincuentena de años, cuyo cabello rubio oscuro seguía conservando su color y sus ojos verdes refulgían con energía. Era un hombre alto, atractivo y elegante que imponía respeto con su presencia, sin duda pertenecía al tipo de personas que habían nacido para mandar. Cualquiera que no lo hubiera tratado antes podría sentirse intimidado, pero Wakabayashi lo conocía de sobra y por tanto sabía que detrás de su carácter aparentemente enérgico se ocultaba una persona prudente e inteligente que siempre estaba dispuesto a escuchar a los demás por lo que no se alarmó por su reacción.
– ¿Es en serio? –Genzo puso los ojos en blanco y se armó de paciencia–. ¡Por favor, si precisamente lo que busco es que lo dejen libre, él no ha hecho algo indebido!
– ¿Acosar a mi hija no te parece que sea "algo indebido"? –bufó el embajador, muy molesto–. ¡Si me hubiese enterado antes, me habría quejado con la canciller Merkel por el comportamiento de este tipejo! ¡Es algo totalmente inaceptable!
– Ahí vamos de nuevo –bufó Wakabayashi, más para sí mismo–. Estoy contando con que tengas más cerebro que los demás, Rémy.
– No te pases conmigo, Genzo. –Monsieur Shanks lo regañó más como padre que como embajador de un país extranjero–. Puedo hacer que te metan a la cárcel a ti también para hacerle compañía a ese supuesto "Káiser". No porque te conozco desde que eras un niño significa que puedes hablarme ahora con tal desparpajo.
– Si me dieran un euro por cada vez que he escuchado esta amenaza, ya tendría dinero suficiente para pagar el contrato de Neymar –replicó Wakabayashi, sin inmutarse–. Precisamente porque te conozco desde hace muchos años es que me atrevo a hablarte así. ¡No tengo tiempo para andarlo perdiendo con historias falsas! Por favor, de verdad cuento con que tú pongas orden en este sitio de locos y si quieres déjame en la cárcel pero al menos haz justicia con la persona que tienen encerrada.
– Necesitas un buen jalón de orejas, hijo, pero eso ha sido así desde siempre, no es algo nuevo. –Rémy reprimió una sonrisa–. Aunque eso no me va a hacer cambiar de parecer con respecto a ese Káiser. ¡Nadie acosa a mi Petite y se queda tan campante!
– Dame diez minutos para explicarlo todo y después sacas tus propias conclusiones –pidió el portero–. Tú sabes que quiero a tus hijos como si fueran mis hermanos y jamás apoyaría a alguien que hubiese acosado a Elieth así que si estoy abogando por Schneider es porque es inocente.
– Te doy cinco minutos y me estoy arriesgando –replicó Rémy, golpeándolo en la espalda–. Y me dirás lo que ha ocurrido aquí mientras vamos a ver a ese hombre a su celda, quiero verle la cara.
Rémy empujó levemente a Genzo con la mano para obligarlo a andar; éste se dio cuenta de que detrás de ellos venían dos de los guardaespaldas que protegían al embajador, algo que le pareció excesivo debido a que estaban dentro de un consulado francés, el lugar debía ser seguro para Rémy. Cuando llegaron al área de cárcel, el nuevo guardia (que acababa de relevar al anterior) se cuadró de inmediato al ver a Shanks y Karl se dio cuenta de que ese hombre rubio era su suegro. El alemán notó también que Elieth había heredado su color de cabello de él, pero le sorprendió ver que, contrario a lo que esperaba, Rémy irradiaba confiabilidad y magnetismo; si no se tratase de su suegro y si fuera otra la razón por la que estaba encarcelado, Schneider no habría dudado en pedirle su ayuda pero considerando las circunstancias prefirió que fuese Wakabayashi quien manejara la situación.
A su vez, Genzo había pasado una buena parte del día previo repasando lo que le diría a Shanks cuando lo tuviera enfrente y llegó a la conclusión de que una explicación parca y sencilla sería mucho más exitosa que contarle cada detalle. Conforme él hablaba, la cara de Rémy iba pasando del enojo a la incredulidad y después a la resignación, terminando con una vergüenza poco notoria para alguien que no lo conociera a fondo.
– ¿Me estás diciendo que mi hija está saliendo realmente con ese hombre? –preguntó Rémy en voz baja cuando Wakabayashi acabó, al tiempo que señalaba la celda de Karl con un movimiento de cabeza–. Pensé que era una exageración de Dubois.
– Créeme, Dubois ha exagerado en todo menos en eso –bufó Genzo–. Elieth y Schneider están juntos desde hace varias semanas.
– ¿Y por qué carajos soy el último en enterarme? –quiso saber Rémy, enojado–. Es increíble pero nunca me entero de en qué andan metidos mis hijos.
– Eso es cosa que tendrás que ver con cada uno de ellos, pero con respecto a Elieth y a Schneider, ellos no han hecho pública su relación así que no eres el último en enterarte –replicó Wakabayashi–. Y dada la reacción que has tenido al hacerlo, no puedes culpar a tu hija por no decírtelo.
– Y yo no iba a enviarle una carta para comunicárselo –musitó Schneider, en voz baja. Si Rémy lo escuchó o no, éste fingió no haberlo hecho.
– Vamos, en esta ocasión tengo motivos para actuar así. –Rémy frunció el ceño–. ¡Por algo acabó ese novio suyo en la cárcel!
– Ese "novio suyo" tiene nombre –replicó Karl en voz alta.
– Pronto serás llamado "el alemán ejecutado por una guillotina francesa" si no te callas –amenazó Rémy.
– No cabe duda de a quién salió Elieth –bufó el alemán, en voz baja otra vez.
– Acabo de explicarte no hace ni cinco minutos que esto no fue más que una pelea de pareja que se salió de control. –Genzo estaba exasperándose pero se dijo que tenía que ser muy paciente para lograr su objetivo–. Si quieres puedes pasar las siguientes horas rumiando lo mismo, es decir, que no te agrada que tu hija pequeña tenga pareja pero primero libera a Schneider, él es inocente y además debe de jugar un partido en unas cuantas horas.
– O por lo menos déjeme jugar y después me vuelve a encerrar todo el tiempo que quiera –solicitó Schneider, siendo nuevamente ignorado por Rémy.
– Sospecho que es eso lo que te preocupa, ¿no? –cuestionó el embajador, mirando al portero con suspicacia–: Que tu equipo pierda si no está él.
– Hasta la última vez que revisé, Schneider seguía jugando para el Bayern Múnich y estoy muy seguro de que yo no tengo equipo así que no, no me preocupa si el Bayern pierde por culpa de Schneider. –Genzo comenzaba a impacientarse. Las manecillas del reloj avanzaban a una velocidad pasmosa y el entrenador Schneider no tardaría en volver a acosarlo. Además, Karl no lo estaba ayudando con su comportamiento–. Lo que no quiero es que se cometa una injusticia con él y que Elieth entienda que ha ido demasiado lejos. Por mucho que te moleste la idea de que ella tenga pareja, estoy convencido de que eres un hombre justo y que no vas a estar de acuerdo con la idea de cometer una arbitrariedad de este calibre con alguien inocente.
– Siempre has sido muy manipulador, Genzo, desde niño –suspiró Rémy, aunque parecía haber recuperado su buen humor–. Y sabes bien por dónde adularme, además, pero no se me olvida que ese futbolista amigo tuyo estuvo abusando de mi pequeña y no lo puedo dejar pasar.
– Tu pequeña ya es una mujer adulta, no vayamos a meternos en ese tema, por favor –bufó Wakabayashi, dándose cuenta de que los hermanos Shanks heredaron su terquedad de Rémy–. Después lo mandas golpear, si quieres, pero por ahora déjalo salir.
– ¿Qué? ¡No, eso no forma parte del trato! –protestó Karl, enojado.
– No es mala idea lo de los golpes, a mis dos guardaespaldas les encantará entretenerse un rato con él –aceptó Rémy, con actitud pensativa.
– Pueden hacerlo siempre y cuando le dejen las piernas intactas para que siga jugando fútbol –añadió Wakabayashi.
– ¡Oye, no! –gritó Schneider–. ¡Si a ésas vamos prefiero que me dejen encerrado!
En ese momento pareció que Rémy se había cansado de ignorar a su yerno pues se dirigió hacia él con paso seguro y una expresión de curiosidad en los ojos. Schneider se mantuvo firme y sin bajar la cabeza, como el orgulloso alemán que era.
– ¿Así que tú eres el nuevo novio de mi hija? –le preguntó.
– Lo era hasta antes de entrar aquí –contestó Karl, sin pestañear–, pero no estoy seguro de que lo siga siendo.
– De todas las formas en las que Elieth ha usado para presentarme a sus novios, ésta es la más original –confesó Rémy, mientras analizaba a Schneider a través de las rejas.
– No era así como esperaba conocerlo, señor, ciertamente. –Karl se cruzó de brazos, incólume ante el análisis–. Pero uno no siempre es dueño de su destino.
Algo en su respuesta debió de agradar a Rémy, pues éste suavizó su expresión.
– Alemán, ¿no? Y futbolista, además –continuó el embajador–. No me sorprende, siempre creí que ella se terminaría enamorando de un deportista pero creo que exageró en sus métodos para mantener vivo el interés.
– Creo que esto va más allá de eso –suspiró Karl–. No considero que esto mantenga vivo el interés de nadie, como no sea el de los guardias que han desfilado por aquí y que se han divertido mucho con mi desgracia.
– Si fueses diplomático, como yo, sabrías que eso es de lo más normal –replicó Shanks–. Ahora voy a hacerle un par de preguntas y quiero que las conteste con sinceridad, si veo que me está mintiendo lo mandaré a la guillotina. ¿Le queda claro?
– Sí –asintió Schneider, a pesar de que no creía que se siguiese usando la guillotina en Francia; sin embargo, también había creído que no había cárceles en los consulados y se había equivocado.
– ¿Acosó usted a mi hija o no? –preguntó el embajador con tono severo–. ¿Abusó o no de una ciudadana francesa en suelo francés a pesar de ser un extranjero sin permiso de estar aquí?
– Cometí un error al entrar aquí sin fijarme en las cuestiones de los permisos, lo admito –respondió Karl con cautela, tras mirar fugazmente a Genzo–. Pero si lo hice fue porque estaba desesperado por hablar con la mujer que amo y no me fijé que estaba rompiendo las reglas. Supongo que cuando nos enamoramos podemos actuar de la manera más estúpida aunque por regla general seamos personas prudentes.
– Ah, la carta del enamoramiento, ¡la maldita carta del enamoramiento! –suspiró Rémy, poniendo los ojos en blanco–. La he escuchado muchas veces y siempre funciona conmigo, maldita sea. No estoy convencido del hecho de que Marcel haya exagerado o que Petite haya llegado a estos extremos de berrinche pero sin duda que el que Genzo te esté apoyando habla a tu favor, él jamás intervendría por alguien que no lo mereciera. Ya, qué más da, dejen salir a este pobre cristiano que suficiente castigo tiene al pagar por los caprichos de mi hija menor.
Schneider se mantuvo tranquilo ante la noticia, aunque le lanzó a Wakabayashi una mirada de agradecimiento. Cuando el guardia al fin abrió la reja, Rémy contempló al alemán de arriba abajo y al final suspiró.
– Estaré viendo el partido –fue todo lo que el embajador dijo–. Si pierdes no vayas a echarle la culpa a tu encierro.
– Nunca haría algo semejante –negó Karl, con mucha dignidad–. Gracias por hacer justicia, señor Shanks.
– Sabía que podía contar contigo, Rémy –añadió Genzo, con una media sonrisa.
– Váyanse antes de que me arrepienta –bufó el francés, orden que los otros dos se apresuraron a cumplir.
Mientras recorrían la distancia que separaba la cárcel de la salida del consulado, Wakabayashi y Schneider comenzaron a hacer planes rápidamente. Todavía era relativamente temprano así que el portero podría llevar al delantero al hotel en donde el equipo solía concentrarse antes de cada partido; ahí, Karl hablaría con su padre y conseguiría un uniforme.
– Nunca podré agradecer lo suficiente lo que has hecho por mí, Wakabayashi –señaló Schneider–. Fue más de lo que te correspondía hacer.
– Como dije antes: para eso estamos los amigos. –Genzo se encogió de hombros–. Además, debo confesar que también lo hice por un motivo egoísta, pues quiero saber si Schwaizer es capaz de detener tus disparos y si el Hamburgo sin Kaltz y sin mí tiene las herramientas necesarias para ganarle a la mejor plantilla del Bayern Múnich.
– Vamos, no necesitas que yo juegue para saber eso –replicó Karl, con cierta altanería–. Mi equipo es capaz de derrotar a lo que queda del Hamburgo con y sin mí.
– Sabía que dirías eso. –El japonés se echó a reír–. No esperaba menos de ti, Schneider.
Iba Karl a contestar cuando una visión lo detuvo en seco: directamente hacia ellos se dirigían Elieth y Leo Shanks, hablando tan acaloradamente que parecía que discutían aunque en realidad no lo hacían. Genzo notó que Schneider disminuyó su paso aunque no se detuvo y por un momento temió que se repitiera la escena del día anterior, pero en esta ocasión Karl no fue tras Elieth y continuó caminando a su lado con mucha dignidad. Por el contrario, fue la francesa quien se paró al verlo, sorprendida de que Schneider estuviese afuera y, tras un ligero titubeo, encaminó sus pasos hacia él.
– ¡Karl! –lo llamó ella a grandes voces–. ¡Espera, por favor!
Muy a su pesar, Schneider interrumpió su andar, casi como si lo hubiese hecho en contra de su voluntad, y esperó a que Elieth llegara hasta él; Genzo y Leo, que se habían quedado atrás, intercambiaron miradas de duda entre sí antes de acercarse.
– ¿Qué quieres? –preguntó Karl a la francesa, con más dureza de la necesaria–. Pensé que ya no te vería más.
– Tenemos que hablar, por favor –pidió Elieth, con cierta congoja–. Tenemos que resolver nuestros problemas.
– No no hay nada qué resolver entre nosotros –replicó el alemán, suspirando.
– ¿De verdad? –Ella se sorprendió.
– Por supuesto, porque no volveré a darte más problemas –asintió Schneider, tratando de sonar lo más frío posible–. Voy a dejarte en paz, no volveré a molestarte. Después de lo que ha pasado ayer, me queda claro que lo nuestro nunca podrá ser.
Acto seguido el joven echó a andar de nuevo, dejando a Elieth con el corazón en vilo y a Genzo y a Leo con sendas expresiones de asombro. Al salir del Consulado Francés en Múnich para no volver jamás, Schneider sentía que se marchaba con el orgullo recuperado, pero el precio que pagó por ello era muy alto.
Notas:
– Sherlock Holmes es un detective creado por Sir Arthur Conan Doyle y Hércules Poirot es el detective protagonista de las novelas de Agatha Christie.
– Aprovecho para desearles mucha fuerza, esperanza y valor en estos tiempos de crisis. Ayudemos a controlar esta pandemia permaneciendo en casa y tomando precauciones para evitar contagiarnos. Estamos pasando por un mal momento pero seguro que saldremos adelante. Y Goshi: muchas gracias por tus buenos deseos, cuídate tú también.
