Capítulo 59.

Múnich.

Marie Schneider tenía sentimientos encontrados: por una parte estaba muy feliz de que Leonardo al fin hubiese hecho las paces con su padre, pero por otra estaba muy angustiada por su hermano. ¿Por qué siempre que las cosas marchaban relativamente bien, sucedía algo que lo echaba a perder?

"Mi vida es peor que una novela", pensaba la joven alemana. "Parece que está siendo escrita por alguien inmensamente frustrado que se divierte haciéndonos sufrir".

No podía negarse que la plática entre Leonardo y su padre había salido muy bien, considerando las circunstancias. Si bien Marie no comprendió gran parte de la conversación por haberse realizado en español ("Y mi español es peor que el de un cerdo, hay que decirlo", se dijo Marie), sí podía entender que ellos estaban felices de reanudar sus interrumpidas relaciones de padre e hijo. El doctor Del Valle era un hombre severo, a juzgar por las descripciones que hicieron de él tanto Lily como Leonardo, pero no quedaba lugar a dudas de que amaba mucho a sus hijos y de que estaba arrepentido porque fue su inflexibilidad lo que hizo que Leonardo abandonara el hogar. Sin embargo, el mismo Leonardo parecía creer que haberse ido de casa fue la mejor decisión que pudo haber tomado pues maduró en el proceso de encontrarse a sí mismo y acabó conociendo a la mujer que actualmente lo volvía loco. Y bueno, que Alejandro parecía pensar lo mismo.

– Aunque sigo sin comprender cómo le hiciste para conseguir el dinero necesario para llegar hasta Alemania –señaló el médico.

– Detalles, detalles, no hablemos de cosas sin importancia –pidió Leonardo, rascándose la cabeza con mucho nerviosismo.

A pesar de que, en general, ya no hubo notas discordantes entre los dos hombres (había temas que seguían causando molestias en ellos pero eso se resolvería con el tiempo), Marie se puso nerviosa cuando Leonardo la presentó ante su padre como su actual novia. "Ay, así que así es como se siente", pensó la chica, tratando de esbozar su mejor sonrisa y resistir el intenso escrutinio de su suegro.

– Bueno, tan idiota no estás, es muy linda –comentó el doctor Alejandro, en inglés–. Pero no estoy seguro de qué gana ella con este intercambio.

– Gracias, papá –contestó Leonardo, con acidez–. ¡No soy tan mal partido!

– ¿Estás segura de que es con mi hijo con quien quieres estar? –le preguntó el hombre a Marie–. Estoy seguro de que te puedes conseguir algo mejor.

– Leo es un novio excelente –se rio Marie, avergonzada–. ¡No podría tener a alguien mejor que él!

– Al menos es evidente que tú lo harás mejorar, se ve que eres una buena chica –replicó Alejandro, suavizando su expresión–, pero lo que no me explico es cómo le hizo este baboso para acercarse a la hermana de alguien tan famoso. Es evidente que tengo un hijo suicida, no me imagino cómo se tomó tu hermano su relación.

– Ay, ¡preferiría no hablar de eso! –protestó Marie, riendo todavía más.

A Marie le gustó que el doctor Del Valle la tratara como una persona independiente y no como "la hermana del Káiser", el hombre sólo hizo el primer comentario a manera de burla para cortar el hielo pero después de eso se interesó por los planes de vida de Marie y no volvió a mencionar a Karl o a Rudy Frank en la conversación. En algún punto de la plática hizo un breve acto de presencia una mujer de edad madura y de cabello idéntico al de Lily, quien no podía ser otra que Emilia, la madre de los jóvenes Del Valle, quien se alegró de conocer a la "bella jovencita que había operado el cambio en su hijo". Marie tenía ganas de salir huyendo, no había tenido entre sus planes el conocer a sus suegros en ese momento pero aguantó bien y se mostró tranquila y natural como si no estuviera comiéndosela por dentro la maldita ansiedad. Casi al cortar la conversación, el señor Alejandro le pidió a Leonardo que volviera a México porque su madre quería verlo en persona (y él también lo deseaba, aunque no lo expresara abiertamente), y Leonardo le prometió que iría en cuanto tuviera vacaciones, porque en ese momento sus estudios y su trabajo eran muy importantes y no podía dejarlos colgados, cuestión con la que el médico estuvo de acuerdo.

– Por supuesto, la invitación va también para Marie, si lo desea –señaló Emilia.

Marie aceptó encantada y se puso la meta de aprender español para entonces. Lily ya le había dicho que este idioma era un tanto complicado y difícil de asimilar pero Marie creía que dentro de un año, que era el tiempo en el que Leonardo planeaba ir a México, podría tener aprendidas las frases más básicas.

– Ay, perdóname, Leo, por las veces en las que creí que exagerabas por tener miedo de hablar con papá o con Karl –musitó Marie cuando cortaron la llamada por Skype–. ¡Eso fue muy estresante!

– Vamos, que le caíste bien a mis padres. –Leonardo le pasó un brazo por los hombros y la besó en la frente–. Eres tan adorable que no pueden hacer menos que quererte.

– Deja de ser tan adulador –pidió ella, escondiendo la cara en su pecho–. ¡No creí que también tu madre haría acto de presencia!

A pesar de esto Marie se sentía muy feliz y así hubiera seguido si al llegar a su casa no hubiese estado esperándola una sorpresa no muy agradable, la situación que hacía que además de feliz se sintiera angustiada. Leonardo y ella habían ido a cenar y Marie tenía planeado invitarlo a quedarse a charlar un rato pero los dos vieron a Rudy Frank en la sala con expresión de angustia, de manera que Leonardo se despidió para dejar que los Schneider arreglaran cualquier asunto que tuvieran pendiente. En cuanto el joven se fue, Rudy Frank les confesó a su esposa y a su hija que Karl estaba encerrado en el Consulado Francés en Múnich, pues decidió que no volvería a cometer el error de ocultarles algo.

La primera reacción de Marie, al igual que la de Lorelei, fue la de querer hacer algo para sacar a Karl e incluso la primera alcanzó a marcar el número local de la Landespolizei antes de caer en la cuenta por sí sola de que eso no serviría de nada. Después de un rato de intensa discusión, ambas mujeres se convencieron de que no podrían ayudar ya que Rudy Frank les hizo ver que ese asunto era de carácter diplomático y que por tanto no cualquier persona podría conseguir la libertad de Karl. Rudy Frank no aclaró cómo fue que su hijo acabó en una celda francesa y Lorelei no quiso preguntarlo, pero Marie sospechaba que Elieth Shanks había tenido algo que ver en el asunto.

– ¿Y se supone que debemos quedarnos con los brazos cruzados a la espera de que nuestro hijo sea liberado cuando…? –comenzó a decir Lorelei–. ¿Cuándo qué? ¿Qué tiene que pasar para que Karl salga de ahí?

– Pues él tiene a un amigo haciendo todo lo posible para que lo suelten –aclaró Rudy Frank–. Confío en que podrá hacerlo pronto.

– ¿Qué amigo? –preguntó Marie, creyendo que se trataba de Leo Shanks o de algún otro francés.

– Genzo Wakabayashi –contestó el señor Schneider.

– No sabía que Wakabayashi fuese diplomático. –Marie frunció el ceño–. Ni que fuera francés.

– Sé lo que estás pensando: que él no es la persona más adecuada para resolver este problema –suspiró Rudy Frank–, pero según me aseguró, es amigo del embajador de Francia desde hace muchos años y confía en que podrá convencerlo de soltar a Karl sin necesidad de crear un conflicto internacional.

– ¡Al carajo la diplomacia, es de mi hijo de quien estamos hablando! –Lorelei se puso en pie–. ¿Qué me importa si se crea un conflicto entre Francia y Alemania? ¡Yo lo que quiero es que Karl esté libre!

– Tranquilízate, mi amor –pidió Rudy Frank, tratando de calmarla–. Tampoco se trata de crear una Tercera Guerra Mundial.

– Tiene razón, mamá –acordó Marie–. Tres guerras mundiales causadas por un mismo país es demasiado, con dos es suficiente. Particularmente yo le veo a Wakabayashi tanta cara de diplomático como yo la tengo de física nuclear pero supongo que es la mejor opción para sacar a Karl. ¿No es así, papá?

– Exactamente eso es –asintió Rudy Frank, aliviado–. O eso es lo que ha asegurado él.

– ¿Y le crees? –Lorelei Schneider frunció el ceño–. Después de todo es el portero del otro equipo, ¿no?

– Lo era, ya no lo es más –aclaró Rudy Frank–. No va a jugar en el partido de mañana.

– Además de que Wakabayashi no tendría por qué mentir, mamá, no es de ese tipo de personas –replicó Marie, tras lo cual se dirigió a su padre–: ¿Sabes por qué Karl acabó metido ahí? ¿Qué fue lo que hizo?

– No me quedó del todo claro –negó Rudy Frank–. Creo que tuvo problemas con alguien del consulado pero Wakabayashi no fue muy claro y yo estaba más interesado en sacar a Karl de ahí que en averiguar la razón de su encierro.

– ¿Qué clase de problemas? –cuestionó Lorelei–. ¿Y con alguien del consulado? ¿Cómo fue eso posible?

– Ya se lo preguntarás a tu hijo cuando lo liberen –bufó el entrenador–. Siempre he pensado que nuestro Karl-Heinz es un buen chico y que lo hemos educado bien, pero entonces repentinamente llegan sorpresas como ésta en donde acaba encerrado en el consulado de un país extranjero.

– No sé, de verdad, cómo es que eso pudo llegar a ser posible –suspiró Marie–. ¿Qué nunca vamos a poder tener una vida normal?

– Mucho me temo que no, hija –replicó Rudy Frank, esbozando una mueca–. No somos precisamente personas normales.

"¡Aunque sospecho que Elieth tuvo algo que ver en esto!".

– Debería de llamarle a Wakabayashi –anunció Marie, tomando su teléfono–. No tengo su número pero le pediré a Lily que me lo proporcione.

– No creo que te sirva de mucho, hija –negó Rudy Frank–. Yo envié a la doctora a que averiguara qué estaba sucediendo y me dijo que no se puede arreglar nada hasta que no llegue el embajador francés porque él es el único que puede liberar a Karl-Heinz, así que no servirá de mucho el estar presionando a Wakabayashi cada cinco minutos.

– ¿Lo dices porque eso es lo que tú estabas haciendo? –preguntó Marie, levantando una ceja.

– Algo hay de eso –confesó el hombre, tras un ligero titubeo–. En cualquier caso, he querido contarles esto porque no quiero que vuelva a haber discusiones en nuestra familia por culpa mía, por no informarles de todo lo que sucede; sé que cometí un error al no hablarles de Hedy Lims y lo siento. También me he encargado de hacérselo saber a Eva, no quiero que ninguna de ustedes vuelva a sentirse excluida por mi culpa.

– Gracias, cariño –le dijo Lorelei, dándole un beso en la mejilla no afeitada–. Eso era todo lo que queríamos, que no nos dejaras de lado por ser mujeres.

– Sí, papá, yo también te agradezco que seas más considerado –añadió Marie, sin rastros de sarcasmo en su voz–. Aunque ahora estoy estresada por Karl y no sé qué está peor: si saber o vivir en la ignorancia.

– Bueno, pero de eso ya no puedes culpar a mí, ¿cierto? –preguntó Rudy Frank, con expresión burlona–. Ahora sabrás a qué me enfrento yo a diario.

"Sí que está jodido el mundo", pensó Marie. "Sabemos en dónde está Karl pero no podemos hacer nada para ayudarlo. ¡Casi hasta hubiera preferido no haberme enterado de esto!"

– ¿Y qué sucederá con el partido de mañana? –preguntó Lorelei, como si repentinamente se hubiera acordado de eso–. ¿Podrá jugar Karl?

– Estoy contando con eso –respondió Rudy Frank–, pero en el caso de que él no sea liberado a tiempo ya tengo un plan emergente de ataque. No vamos contra un equipo particularmente fuerte, sobre todo porque no contará con sus pocas estrellas, pero se trata de un partido eliminatorio y no debemos confiarnos.

– Haces bien, papá –opinó Marie–. En estos momentos es mejor no dar las cosas por hecho.

Los tres se quedaron un rato haciendo comentarios aleatorios sobre el tema hasta que ninguno supo qué más aportar a lo ya dicho y se quedaron callados durante tanto tiempo que Lorelei decidió que era hora de irse a dormir, que al día siguiente sería muy pesado para todos no sólo por el partido sino porque Marie debía ir a clases. La hija menor de los Schneider pudo quedarse dormida casi de inmediato, con ese sueño tranquilo tan característico de las personas que nada deben ni nada temen, soñando con su futuro viaje a México (pobre, la que le espera), pero Rudy Frank la pasó fatal. No consiguió conciliar el sueño y se la pasó gran parte de la noche dando vueltas en la cama, sintiéndose culpable porque él estaba cómodo en su lecho mientras que su pobre hijo seguramente estaba durmiendo en un petate piojoso sobre el frío suelo, sufriendo de hambre y sed (ha de haber pensado que estaba encarcelado en México). Se sentía un mal padre por no haberse parado por el Consulado Francés en Múnich para que le permitieran ver a su hijo pero no sabía ni siquiera si lo iban a dejar pasar. Según lo que le había dicho Wakabayashi, a Karl-Heinz lo habían encerrado por ingresar sin permiso así que Rudy Frank podría correr con la misma suerte si se le ocurría hacer lo mismo y pararse a las afueras del edificio no reportaría mayores beneficios a los que podría conseguir Genzo Wakabayashi. Aún así, el señor Schneider se sentía como un padre terrible por no haber hecho más por su hijo.

Además, también era un entrenador responsable, de los mejores del ámbito actual, y esa parte suya le presionaba a repasar una y otra vez su plan B para el partido que tendría lugar en menos de 24 horas; Rudy Frank sabía bien que contaba con una plantilla que le daba diez vueltas a la del Hamburgo y estaba seguro de que Shunko Sho y Stefan Levin podían llevar sin problemas el peso de ser la punta de lanza del equipo, pero siempre existía una pequeña posibilidad de que el Hamburgo diera la sorpresa y para protegerse contra eso no había algo mejor que contar con Karl-Heinz, él sería capaz de revertir cualquier marcador adverso que pudiera ocurrir.

"Tranquilízate", se dijo, mientras cerraba los ojos con fuerza. "Karl-Heinz estará libre a tiempo para el juego y, en caso de no ser así, el equipo tiene la fuerza necesaria para clasificarse a la siguiente ronda sin él".

Faltaba poco para el amanecer cuando al fin el hombre pudo conciliar el sueño, pero su subconsciente le jugó la mala pasada de hacerle soñar que el Hamburgo les ganaba por diez goles a cero, en un marcador tan ridículo que era el responsable directo de que a Rudy Frank lo corrieran del Bayern Múnich con una patada en el trasero. Cuando despertó, sintiéndose más cansado que como se sentía antes de dormir, Rudy Frank Schneider maldijo brevemente a su destino antes de levantarse e iniciar el clásico ritual que solía hacer antes de un partido.

"Bien, la suerte está echada", pensó el hombre, mientras se disponía a darse un largo baño. "Es seguro que este día habrá una masacre, sólo habrá que ver quién resulta ser el verdugo y quién el ajusticiado".

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El mundo comenzó a verse gris para Elieth a partir de que Karl Heinz Schneider abandonó el Consulado de Francia en Múnich sin mirar hacia atrás ni una sola vez.

– Esta vez hemos terminado para siempre y la culpa sólo la tengo yo –musitó la francesa.

Lily miraba a Elieth, quien lloraba a lágrima viva, con una mezcla de compasión y, sí, también cierta desesperación; estaba muy preocupada por ella y por Schneider pero la doctora tenía ganas de zarandear a su amiga, había estado estirando mucho la liga y al final ésta se había roto. Además, también estaba enojada con Marcel Dubois por haber facilitado este embrollo pero eso era cosa aparte, a Marcel no podía zarandearlo y a Elieth sí; así mismo, también estaba enojada con Karl por haber sido tan terminante pero a él no podía culparlo, no totalmente.

– Lo he arruinado todo –hipeó Eli, secándose las lágrimas con un pañuelo–. Cometí un error y ahora Karl me odia, ¡nunca conseguiré que me perdone!

– No te odia, Gatita –suspiró Lily, dejándose caer a su lado en el sillón–. Pero sí está muy dolido.

Ambas se encontraban en el departamento que compartían después de que Lily fuese por Elieth al consulado. Tras haberse encontrado con Schneider y con Wakabayashi en dicho lugar y luego de que el alemán le asegurara que no iba a molestarla más, Elieth trató de comportarse como si nada hubiera pasado y se marchó a saludar a su padre, como tenía planeado, pero tras quince minutos de fingir que todo estaba bien ella había empezado a llorar y Rémy, que ya sabía lo que estaba sucediendo, le llamó a Lily para que lo apoyara con su hija, llegando a la conclusión de que las cosas habían salido mal con el alemán. La doctora acudió al rescate de su mejor amiga y le prometió al embajador que se haría cargo, si bien no podría cuidar a Elieth todo el día pero Leo aseguró que él iría a apoyarla más tarde para que Lily pudiera irse con el Bayern. Así pues, Lily se llevó a Elieth al departamento y en el camino ésta le narró los detalles de su encuentro. Lily escuchaba sin hacer muchos comentarios, si bien en su interior regañó a Genzo por no haber intervenido de una manera más activa.

"Ni siquiera me ha mandado un mensaje para avisarme sobre esto", pensó la doctora, molesta, ignorando el hecho de que quizás Wakabayashi había evitado hablarle porque sabía que ella seguía enojada con él.

Una vez que estuvieron en el departamento Elieth se derrumbó y se puso a llorar durante un rato; Lily la dejó desahogarse y después fue por un vaso de vino a la cocina, el cual Elieth se tomó de un jalón. Ahora la francesa se lamentaba por su comportamiento anterior, reconocía que había sido injusta con Schneider a pesar de que Lily le decía que él también había cometido sus errores y que por lo mismo no debía condenarse tan duramente.

Aunque eso no quitaba que la doctora quisiera zarandearla, por supuesto.

– Sí que me odia y lo sabes –insistió Elieth, tomándose otra copa de vino–. Y no es para menos, permití que lo humillaran y me negué a creerle a pesar de que se supone que es mi novio. ¡Soy una persona horrible!

– Mira, dice el dicho que "no hagas cosas buenas que parezcan malas ni malas que parezcan buenas" y Karl hizo ambas cosas –replicó Lily–. Es decir, ¿qué carajos le costaba avisarte sobre la cena con esa perra de la Lims? Eso nos habría ahorrado muchos problemas. Y es que en serio, ¿qué carajos esperaba? ¿Qué de verdad nadie se diera cuenta de eso?

– Aún así soy una mala novia por no creer en él –insistió la francesa–. ¡Debí de haberlo escuchado cuando me dijo que tenía una buena explicación!

– El "hubiera" no existe y si a ésas vamos, Leo también tiene la culpa por no habernos contado antes lo que pasó –suspiró Lily–. Gatita, en esta situación no hubo un único culpable pero de cualquier manera eso ya no importa. Lo hecho, hecho está y ahora hay que ver cómo corregir el problema.

– No hay forma, Karl ha terminado conmigo y me va a odiar para siempre. –Elieth se acabó la copa de vino y la dejó en la mesita de centro–. Y ya no me sirvas más de esto que no quiero acabar ebria tan temprano.

– No pensaba hacerlo, sólo te di un par de copas para ayudarte a pasar el trago amargo –aseguró Lily–. Y mira, no hay forma en la que Karl te odie, él te ama en verdad pero está muy dolido y no es para menos, se te pasó la mano con el castigo pero no es algo que no se pueda corregir. Digo, no creaste una guerra mundial ni lo mandaste a picar piedra al desierto o a trabajar de obrero a México, esos sí que hubieran sido castigos peores que el infierno.

– ¿Y qué se supone que debo hacer, rogarle para que me perdone? –preguntó Elieth, tras sonarse la nariz–. No creo que eso baste.

– No, no lo hará –reconoció Lily–. Pero si no quieres perderlo tendrás que hacer algo muy grande o muy estúpido para que se le pase el enojo.

– ¿Algo como qué? –Ella la contempló con escepticismo–. ¿Comprarle un estadio de fútbol o un Ferrari? ¿O tatuarme su nombre en el trasero?

– No tan estúpido. –Lily no pudo evitar sonreír–. Pero estoy segura de que se te ocurrirá algo, sólo es cuestión de que te relajes un poco para que puedas pensar las cosas con calma. Y también tendrás que esperar a que se pase este lío del partido, que en este momento Karl no tendrá cabeza para otra cosa.

– Y no estará bien que interrumpa su concentración, ya lo sé –añadió Elieth–. Así como también sé que me odia y eso no va a cambiar.

– Ahí vas otra vez. –Lily puso los ojos en blanco al tiempo que le daba un pequeño jalón de pelo–. Ya te dije: sólo está enojado. Dale oportunidad a que se le baje y piense las cosas con calma; cuando uno está molesto suele decir cosas hirientes que no siempre siente.

– Al contrario, Lapinette, yo creo que la gente es más sincera cuando está enojada –rebatió Elieth.

– Puede ser cierto en algunos casos, pero también es verdad que él no te dijo que te odiaba –insistió la doctora–. Sólo te dijo que te iba a dejar en paz, lo cual es una decisión que puede cambiar con el tiempo y con un poco de determinación por parte tuya.

Sin responder, Elieth se recargó en el hombro de Lily y ésta la abrazó; después de un rato, cuando ya estaba más calmada, la francesa le dijo a la mexicana que ya se sentía mejor y que podía irse a trabajar. Lily no estaba segura de que fuese buena idea dejarla sola pero Elieth le aseguró que se encontraba bien ya que no era una persona débil.

– Estoy triste pero no voy a tirarme por la ventana, puedes estar tranquila –señaló la rubia–. Sabes que no soy dada a tirarme al drama… por mucho rato.

– Si lo fueras, mi querida Gatita, ni siquiera seríamos amigas, odio el drama excesivo –replicó Lily, sonriéndole–. Muy bien, me voy entonces que el doctor Stein no debe de tardar en llamar para saber por qué no me he presentado en la concentración. De todos modos, si necesitas algo, llámame.

– Lo que haré será ir con mi padre para aclararle que no me he vuelto loca, que armé una buena frente a él –suspiró Elieth–. Además, ya tenía previsto comer con él, después de estar esperando tanto tiempo por su llegada no voy a permitir que se vaya sin verlo.

– ¿Irás al partido? –preguntó Lily.

– Por supuesto, es mi deber –asintió Elieth, muy seria–. A menos que Karl haya hablado ya con su papá para pedirle que me despidan.

– Karl no es de ese tipo de hombres. –Lily frunció el ceño–. En todo caso lo veo cambiándose de equipo si es que se sintiera incómodo de verte pero de ninguna manera harían que te corrieran.

– Gracias, no había pensado en esa posibilidad –bufó Elieth–. ¡Ahora tendré que lidiar con el hecho de que Karl se va a ir al Borussia Dortmund para no verme más!

– No exageres –pidió Lily, aguantando las ganas de reírse–. Tú y yo sabemos bien que Karl no se iría al Dortmund y lo que dije fue un ejemplo de lo que él podría llegar a hacer si se sintiera terriblemente incómodo en tu presencia, no dije que realmente lo fuera a hacer o que sea ya un hecho consumado.

– Pero ahora que lo has dicho no me será tan fácil hacer de lado esa posibilidad –musitó Elieth.

– Mira, eso lo dije por poner un ejemplo hipotético, pero tú y yo sabemos que las metas de Karl Heinz Schneider son muy grandes y que él no las dejaría de lado por culpa de un desamor –afirmó la doctora–. Pero si te preocupa la posibilidad, ínfima por cierto, de que él pida su transferencia a otro club, habla con él cuanto antes para evitar que cometa una idiotez.

– Lo intentaré –murmuró la francesa.

– Hazlo antes de que pase más tiempo –sugirió Lily, dándole un beso en la frente–. De cualquier manera Karl no va a tomar ninguna decisión hoy o mañana, ni siquiera puede salirse antes del mercado de invierno así que tómatelo con calma, ¿de acuerdo?

Elieth asintió y le dio las gracias a su mejor amiga, tras lo cual ésta se marchó, reiterándole que podía hablarle en caso necesario. En cuando Lily se hubo ido, Elieth se comunicó con su padre y prometió reunirse con él en media hora; Rémy, quien se moría de ganas de saber por boca de su hija qué era lo que le afectaba, acordó seguir con los planes que tenían con la esperanza de que Elieth se sincerara con él.

Lily iba ya en camino al hotel en donde se concentraba el Bayern Múnich cada vez que le tocaba jugar en casa cuando su teléfono sonó; como pensó que se trataba del Dr. Stein preguntándole por qué cuernos se estaba tardando tanto en llegar, la joven se estacionó en un acotamiento para recibir la llamada, sorprendiéndose mucho al descubrir que se trataba de Genzo.

– Espero no estar molestando, doctora –saludó él, con expresión neutra.

– No me estás interrumpiendo pero iba manejando –respondió ella, tamborileando con los dedos sobre el volante–. ¿Qué necesitas?

– Espero que te hayas detenido para contestarme –gruñó Genzo.

– ¿Por qué, temes que me detenga la policía por usar el teléfono mientras manejo? –preguntó Lily, con un ligero toque de burla.

– Me importa un demonio la policía vial, no quiero que tengas un accidente –replicó el portero–. De la cárcel te puedo sacar; de la morgue no.

– Supongo –musitó Lily, un poco sorprendida por el comentario–. Sonaste bastante dramático pero no te preocupes, detuve el auto para contestarte. ¿Qué sucede?

– Buena chica –aprobó Genzo, con un ligero toque de cariño en la voz que hizo que Lily se estremeciera y se ruborizara–. Sólo quería informarte acerca de lo que ha sucedido con Schneider y con Peque.

– Llegas tarde, ya me enteré por boca de Eli –reclamó ella, con cierta acidez porque continuaba ofuscada por el comentario de él–. Pensé que me informarías de inmediato en cuanto Karl fuese liberado.

– Lo siento, lo que sucedió después consumió mi tiempo y no tuve oportunidad de llamarte –se disculpó Wakabayashi; si notó el enojo en la voz de ella, no lo dio a entender–. Tuve que llevar a Karl al hotel y asegurarme de que no hubiese consecuencias de su encontronazo con Elieth.

– Ya veo –comentó Lily–. ¿Y cómo fue que lo llevaste a su hotel, por cierto? No me digas que tomaron el U-bahn, ¡eso sería algo digno de ver!

– Renté un auto –contestó el portero, con toda naturalidad–. Me cansé de estarme moviendo en taxi y además quería asegurarme de contar con un vehículo propio por si Schneider salía muy tarde y tenía que llevarlo directamente al estadio.

– Ah, vaya, ¿así que el niño rico rentó un auto? –se mofó Lily–. Muy propio de ti, señor Wakabayashi.

– Búrlate todo lo que quieras, yo no soy el que maneja un auto deportivo, doctora –Genzo le devolvió el golpe.

Touché, ahí sí me agarraste –rio Lily, tras lo cual se quedó callada durante unos segundos mientras dudaba en continuar.

Genzo, que sabía que cuando ella titubeaba era porque estaba a punto de decir algo importante, la dejó actuar sin presionarla, quedándose en silencio hasta que la médica se animó a decir lo que pensaba.

– Lo siento, no debí haberte reclamado hace un momento –suspiró Lily–. Sé que has hecho por Schneider mucho más de lo que te correspondía, no tenías por qué haber rentado un auto y lo hiciste, no debería de enojarme contigo porque no me llamaste.

– No te disculpes, no es necesario –aseguró Genzo, quitándole importancia al asunto–. Lo que cuenta es que Schneider fue liberado y que está ya con el equipo, lo he llevado directo al hotel en donde se reúnen antes de cada partido.

– Ay, llegó primero que yo, que no estuve encarcelada –bufó Lily, preocupada–. Me va a caer una buena por llegar tarde pero no podía dejar sola a Elieth hasta que me asegurara de que no iba a cometer una locura.

– ¿Locura de qué tipo? –preguntó Wakabayashi, extrañado.

– Del tipo de tatuarse el nombre de Karl en el trasero –respondió Lily.

– Sí, seguro, Peque no es de ese tipo de mujeres. –Él se rio brevemente, tras lo cual dijo en un tono más serio–: Intenté decirle a Schneider que no tomara una decisión de la que pudiera arrepentirse después pero fue como hablarle a la pared.

– Me lo imagino –suspiró Lily, mirando pasar a los automóviles por la avenida–. Yo traté de decirle a Elieth que le dé tiempo a Karl para que piense las cosas y que después hable con él pero, al igual que como te pasó a ti, sentí que le estaba hablando a la pared. En fin, de cualquier manera ya hicimos todo lo que estaba en nuestras manos, lo demás dependerá de ellos. Además, por hoy debemos dejar el asunto en paz y concentrarnos en el partido, que ya perdimos mucho tiempo con este lío.

– Estoy de acuerdo con lo que has dicho: nosotros hicimos lo posible, el resto les corresponde a ellos –acordó el portero–. Bien, no te entretengo más, doctora, no quiero que por mi culpa vayas a tener problemas con el equipo otra vez.

– Espero que no, pero seguramente el entrenador Schneider estará tan agradecido porque Karl fue liberado antes del partido que no se fijará en detalles sin importancia, como la hora en la que llego a la concentración –replicó la doctora–. Aunque será mejor que no tiente a mi suerte.

– Sólo quiero decirte una última cosa –pidió Genzo, antes de cortar la llamada–: Sé cuidadosa al manejar, Yuri, por favor, no quiero que vayas a sufrir un accidente.

Lily dejó su teléfono a un lado y suspiró antes de arrancar el auto e incorporarse a la avenida. Mientras se dirigía al hotel en donde el Bayern Múnich se reunía antes de cada encuentro (los jugadores salían directamente de ahí en su autobús para dirigirse al Allianz Arena), la mexicana trataba de concentrarse en el juego que estaba programado para la noche pero no podía dejar de emocionarse por haber escuchado la voz de Genzo pidiéndole que se cuidara porque no quería que sufriera un accidente. "Maldita sea, cuando se preocupa por mí me cuesta trabajo recordar por qué estoy enojada con él", pensó Lily, mientras esquivaba automóviles por la avenida. "¿Estaré exagerando? ¿Debería de aceptar las cosas como son y hacerme a la idea de que sólo estaré con él mientras no le estorbe a sus planes a futuro? ¡No, así no deberían de ser las cosas!".

Un automóvil pasó a su lado pitando el claxon con fuerza y Lily se dio cuenta de que se había distraído al punto de que le cerró el paso al conductor que la estaba rebasando, lo que lo obligó a hacer una maniobra evasiva. Dándose cuenta de que si no tenía cuidado podría tener un accidente, la doctora decidió encerrar sus pensamientos en el baúl de su mente y enfocarse en el camino que tenía por delante.

"Vamos un paso a la vez", se dijo. "Y el primero es llegar al hotel sin matarme en el proceso".

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Genzo no supo qué decir cuando Schneider y él salieron de la embajada; había sido testigo del intercambio de palabras que tuvieron Karl y Elieth y, al igual que Leo Shanks, prefirió no interferir porque no sabía cómo hacerlo. Los problemas amorosos no eran su especialidad (ni siquiera podía convencer a su novia de que dejara de estar molesta con él), así que no se le ocurrió una salida posible al dilema de los otros dos, además de que consideró que no le incumbía hacerlo. De tal manera que, tras intercambiar una mirada de reconocimiento con Leo, el portero se apresuró a seguir a Schneider hasta la salida del consulado. Genzo lo encontró después en el borde de la acera mirando confusamente hacia todos lados, quizás buscando un taxi. En ese momento parecía que Karl estaba tan obsesionado con salir que no se le ocurrió pensar en cómo se desplazaría desde ahí.

– Supongo que necesitarás que alguien te lleve –comentó Wakabayashi cuando llegó a su lado.

– Así es pero creo que ya hiciste mucho por mí –contestó Schneider, tratando de sonar tranquilo–. Me conformo con que me regreses el teléfono.

– Lo haré pero también puedo llevarte a donde necesites –ofreció Genzo, metiendo la mano al bolsillo de su pantalón para sacar el móvil y dárselo al alemán–. Renté un auto y está estacionado a una cuadra de aquí.

– Me siento ridículo por tener que aceptar tanta ayuda de parte de un rival –confesó Karl, apretando los puños–, pero supongo que no tengo más opción.

– ¿Es eso lo que realmente te hace sentir ridículo? –preguntó Wakabayashi, levantando ambas cejas en una actitud escéptica.

– No –aceptó Schneider, con una sonrisa mordaz–. Me siento ridículo por haber terminado en una cárcel francesa pero supongo que me lo busqué.

– Vamos ya, Schneider, que no hay tiempo que perder –señaló Genzo, palmeándole el hombro–. Enfócate en lo que tienes delante y después tratarás tus otros asuntos pendientes.

– Yo ya no tengo otros asuntos pendientes –replicó Karl, con seriedad–. Todo ha terminado.

– Cuando haya pasado el partido y hayas descansado verás las cosas desde otro punto de vista –insistió el japonés.

– No –negó Schneider, terco–. Todo ha terminado.

Wakabayashi puso los ojos en blanco y decidió que era mejor dejarlo por la paz así que empujó levemente al alemán para guiarlo hasta donde había estacionado el auto rentado. Por fortuna aún era temprano así que Karl podría acoplarse al equipo en el hotel de la concentración y ya ahí hablaría con el entrenador para tranquilizarlo y conseguiría el uniforme que usaría en el partido.

– No creas que no estoy consciente de lo mucho que has hecho por mí –comentó Schneider, repentinamente–. Cumpliste con lo que prometiste y no era tu obligación hacerlo, Wakabayashi.

– No te lo tomes tan en serio.- replicó Genzo.- Seguramente tú habrías hecho lo mismo estando en mi lugar.

– Seguro que sí –aceptó Schneider–. Aunque yo no le habría pedido al embajador de México que te agarrara a golpes para descargar su ira.

Ambos hombres se miraron fijamente durante un breve instante de silencio tras lo cual se echaron a reír, cortando así el estrés residual.

– Y por supuesto que me tomo en serio tu ayuda, si la prensa se entera te tratará de traidor –señaló Karl, cuando se controló.

– Supongo que eso haría si se tratara de Blind, pero a estas alturas ese periódico está más hundido que el Titanic. –Wakabayashi se encogió de hombros–. Además, fui muy cuidadoso y procuré pasar desapercibido; por fortuna, aún no soy lo suficientemente popular en Alemania para que la gente me reconozca con sólo verme.

– Eso crees tú –replicó Karl–. Podrás pasar desapercibido en Japón o en otro país de Asia pero no aquí, no tienes precisamente la fisionomía de un alemán.

– De cualquier forma oculté bien mi rastro y me encargué de decirle a la reportera de la Deustche Welle que no me iba a quedar para ver el partido –explicó Wakabayashi–. Se dará cuenta de que mentí si me llega a ver en el estadio pero para entonces ya no tendrá importancia.

– ¿Eso significa que vas a ir a vernos jugar? –preguntó Schneider, con interés.

– ¿Crees que me perdería este encuentro? –Genzo se echó a reír–. ¡Ni aunque me encarcelaran en un consulado!

Karl le lanzó una mirada asesina antes de volver a reír; estaba consciente de que estaba riéndose por idioteces pero eso era justamente lo que necesitaba, sacar en ese momento la tensión acumulada pues en cuanto pusiera un pie en el hotel no volvería a pensar en Elieth (debería de dejar de pensar en ella cuanto antes) ni en su injusto encarcelamiento y se enfocaría al cien por ciento en el juego que tenía por delante.

– Por cierto, se ha corrido el rumor de que estás desaparecido –comentó Genzo, como quien no quería la cosa–. Alguien dio aviso de que no estuviste en los últimos entrenamientos del equipo y se ha disparado una cantidad sorprendente de rumores acerca de qué ha sucedido contigo.

– ¿De verdad? –Karl se sorprendió–. ¿Qué tanto se ha dicho sobre mí?

– Mayoritariamente se piensa que te has lesionado y que tu padre no quiere darlo a conocer –respondió Wakabayashi–. Pero mucha gente cree que simplemente volviste a tu costumbre de no entrenar antes de un partido.

– Eso lo hice cuando estábamos en las ligas juveniles, de profesional ya no lo hago –bufó Schneider, frunciendo el ceño–. Pero supongo que es mejor que crean eso a que sepan la verdad.

– De eso puedes estar seguro –asintió Genzo–. En cualquier caso ten cuidado, no te convendría que algún reportero te viese llegar tan tarde al hotel.

– Lo sé –suspiró el alemán.

Media hora después, Genzo ingresaba al estacionamiento subterráneo de un conocido hotel de Múnich para favorecer que Karl pudiera pasar desapercibido; el portero no pudo evitar acordarse de las muchas ocasiones en las que Lily hizo lo mismo con él en la época en la que ocultaban su relación y Genzo se dio cuenta de que la vida estaba hecha de círculos que se repetían constantemente, una y otra vez, con tan sólo unas ligeras variantes.

– Te debo una, Wakabayashi –dijo Schneider una vez más, antes de bajar del auto–, pero no debes preocuparte, que voy a pagártela hoy mismo.

– ¿De verdad? –preguntó Genzo, con sorpresa.

– Por supuesto: voy a hacer trizas a tu equipo para demostrar que sin ti no son nada –contestó Karl–. Dejaré en claro que no hay mejor portero que tú en Alemania. O bueno, sin contar a Müller.

– Gracias, Schneider –musitó Wakabayashi, entre dientes–. Tienes una forma curiosa de pagar tus deudas.

El alemán echó a reír antes de bajarse del auto, tras lo cual el portero se apresuró a marcharse con el mayor sigilo posible, como Lily hizo tantas veces. El pensar en esto le hizo añorarla y, a pesar de que la noche anterior ella había dejado en claro que estaba enojada, decidió que le llamaría ya que de cualquier manera le había prometido que le avisaría cuando Schneider fuese liberado. Sin embargo, Wakabayashi esperó a volver a su hotel para ponerse en contacto con la doctora, aun cuando podía haberla buscado en el otro; si no lo hizo fue porque no quiso arriesgarse a ser visto, aunque al final supo que había hecho bien al no tratar de localizarla allá pues ella aún no llegaba a la concentración del equipo.

La conversación que Genzo y Lily tuvieron ya se dio a conocer así que no hace falta repetirla. Cuando él cortó la comunicación, le dio la sensación de que Lily estaba muy cerca de perdonarlo pero que su orgullo la seguía deteniendo. Sin embargo, ya le había quedado claro que tendría que esperar a que regresara de Japón para hablar con ella otra vez.

"Me hubiera gustado preguntarle si estaría mal que la llamara de vez en cuando, sólo para saber cómo está", pensó Wakabayashi, recostándose sobre la cama. "Bien, supongo que podré preguntárselo antes de marcharme".

Después de un rato el joven decidió llamarle a Elieth para preguntarle cómo estaba; ésta se encontraba mucho más calmada a como Lily la encontró pero de cualquier manera Genzo notó que su voz tenía un tinte ligero de tristeza.

– Supongo que llamas para decirme que soy una tonta, ¿verdad? –inquirió Elieth.

– No se me pasó por la cabeza –aseguró Wakabayashi, con sinceridad–. Sólo quiero saber cómo te sientes, en verdad estoy preocupado por ti.

– Gracias, Genzo –murmuró ella, conmovida–. Creí que estarías de parte de Schneider y que me quemarías en leña verde cual bruja que soy.

– Vaya que no has cambiado, Peque, sigues siendo bien dramática –se rio Genzo, sin poder evitarlo–. Vamos, que aunque creyera que tú tuviste toda la culpa no te juzgaría, no está en mí hacerlo, pero personalmente creo que Schneider también tuvo mucho que ver así que no te condenes tanto.

– Es lo mismo que me dijo Lapinette y de verdad que quisiera creerles a los dos pero me cuesta trabajo –confesó la francesa–. Supongo que tengo que esperar a que se calmen los ánimos para intentar arreglar este problema, o tal vez tendré que hacer lo que me sugirió Lily: una cosa bien grande y/o estúpida para que Karl me perdone.

– No sé en qué habrá estado pensando ella pero conociéndote he de advertirte que no sería conveniente que hicieras algo excesivamente estúpido –aconsejó Wakabayashi–. Mantente en algo que te permita estar alejada de la cárcel, ¿de acuerdo?

– ¿Por qué crees que voy a hacer algo que me va a mandar a la cárcel? –cuestionó Elieth, confundida.

– Porque esta vida está llena de ciclos y constantemente las cosas vuelven al mismo punto en un momento u otro –aclaró el japonés–. Si Schneider pisó la cárcel por ti, quizás en un futuro tú la pises por él así que ten cuidado con lo que haces.

– Gracias por el consejo, sabio gurú de la Filosofía de la Vida –se mofó Elieth–. Lo tendré en cuenta.

Al escucharla reír el portero supo que ella estaba mejor, por lo que se sintió más tranquilo al cortar la llamada. Al mirar la hora en el móvil, Genzo se dio cuenta de que apenas le quedaría el tiempo justo para ducharse, comer e irse a buscar a Kaltz para marcharse después al estadio. A pesar de que no iba a jugar, Wakabayashi sentía en el estómago la adrenalina que siempre le despertaba un partido, sin duda que la noche estaría llena de sorpresas y él no quería perdérselas.

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Milán.

Gino Hernández estaba por terminar de manera satisfactoria su sesión de rehabilitación del día bajo la atenta vigilancia de Erika. A él le agrada cuando era la doctora Shanks la residente encargada de llevar a cabo sus sesiones, pues le permitía pasar más tiempo a su lado y sentía que nadie lo atendía como ella. Él se sentía en confianza con la joven francesa, la confianza nacida de un amor fuerte y correspondido como el que ellos tenían y del amplio conocimiento que tenía Erika sobre el funcionamiento del cuerpo del portero.

No era precisamente una casualidad el que Erika Shanks fuese residente del área de Rehabilitación en uno de los hospitales más importantes de Milán, ella había escogido esa plaza por ser la que más se ajustaba a lo que quería, pero sí que era coincidencia el que el AC Milán hubiese solicitado los servicios médicos de dicho hospital para atender a sus jugadores. Gracias a esto, Erika tuvo la oportunidad de acceder al historial de Gino e involucrarse directamente en el tratamiento de sus lesiones, lo que le permitió viajar con él a Japón en busca del doctor Shibazaki, con la esperanza de que éste tuviese un tratamiento revolucionario que pudiese ayudar al portero. Desgraciadamente el médico japonés no fue de mucha ayuda pero al final esto terminó por no tener importancia debido a que Gino empezó a mejorar con los métodos aplicados por los galenos italianos. Erika tenía la esperanza de que el joven estuviese listo para jugar la segunda ronda de la Champions League, lo cual levantaría mucho el ánimo del portero.

– Bien, hemos terminado por hoy –anunció Erika mientras hacía algunas anotaciones en la Tablet que llevaba en la mano–. Tu recuperación va por buen camino, Gino. Sigue así y pronto estarás como nuevo.

– Si tú lo dices, así será –sonrió Hernández–. Gracias por haberme ayudado hoy.

– Es un placer. –Ella también sonrió–. ¿Tiene planes para esta noche, señor Hernández?

– Oh, ¿no hay alguna regla de la ética médica que impida que un doctor invite a salir a su paciente? –cuestionó Gino, con picardía.

– Si la hay, hace mucho que la mandamos al carajo –replicó Erika, sin inmutarse–. O por lo menos anoche no te acordaste mucho de ella.

– Era difícil hacerlo en ese momento. –Él se echó a reír.- ¿Qué tienes pensado para hoy, Riky?

– Algo más tranquilo: van a jugar el Bayern Múnich y el Hamburgo por el pase a la siguiente ronda de la DFB-Pokal y pensé que te gustaría verlo –respondió Erika, encogiéndose de hombros–. Puedo cocinar pasta y abrir una botella de buen vino.

– ¡Ah! ¿Es hoy? –se sorprendió Hernández–. Lo había olvidado por completo pero sí, tengo interés en ver ese partido, quiero saber cómo va a defenderse el Hamburgo del ataque del Bayern. Por no mencionar que la idea de la pasta con vino siempre resultará irresistible para un italiano.

– Se augura una masacre por parte del Bayern –dijo Erika, apagando la Tablet–. Pero habrá que ver qué tan cierto resulta.

Tras hacer planes para ver juntos el juego, Erika se despidió para atender a otros pacientes y Gino se dispuso a ver al médico encargado (pues Erika apenas era residente) para que le hiciera una evaluación exhaustiva e hiciera las pertinentes anotaciones en su expediente. El galeno le confirmó que, efectivamente, su recuperación avanzaba lenta pero segura y que era altamente probable que Gino pudiera volver a jugar muy pronto.

– Quizás puedas regresar cuando se reanude el torneo tras la pausa de invierno –comentó el médico–. Pero para eso debes continuar con tus ejercicios de rehabilitación y no suspenderlos por ningún motivo.

– Me voy a seguir esforzando al máximo, doctor –aseguró Hernández–. Puede contar con eso.

Lentamente iba desapareciendo en él la tristeza que hubo experimentado tras el fracaso de Italia para clasificarse a los Juegos Olímpicos. Convencido de que estaría recuperado para finales de ese año, Gino se hizo la promesa de conseguir la Champions League con el Inter de Milán y suavizar así la decepción que comenzaban a mostrar los italianos por su fútbol ancestral.

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Múnich.

Una vez más, Nela pasó a recoger al abuelo Huan-Yue al departamento de Shunko con el corazón en vilo. A ella no se le olvidaba que el hombre había solicitado hablar con su nieto y con ella al acabar el partido y Nela no sabía qué podía estar planeando el hombre.

"Lo único positivo es que él está por volver a China", pensó Nela, con cierto remordimiento. "Es decir, no me alegra que se vaya, a pesar de todo me agrada el hombre pero cuando lo haga dejaré de sentirme tan presionada por caerle bien. ¡Ojalá no fuera tan marcada la diferencia cultural entre nosotros!".

Al igual que como ocurrió en el partido del sábado anterior, el abuelo Huan-Yue llevaba puesta una camiseta del Bayern Múnich con el nombre y el número de Junguang en el dorsal. El hombre lucía emocionado, sin duda porque esperaba que su nieto anotara muchos goles y así se lo hizo saber a Nela. Ésta compartió su entusiasmo a pesar de lo tensa que se sentía; durante un momento tuvo el deseo de preguntarle sobre qué quería hablarles a Shunko y a ella al acabar el juego pero al final no se atrevió: habría sido peor que se lo dijera a ella sola. Así pues, puso al mal tiempo buena cara y decidió que haría todo lo posible para no continuar pensando en ello, aunque le iba a resultar muy difícil.

Bárbara y Kaltz esperaron a que Wakabayashi se reuniera con ellos para dirigirse después al Allianz Arena. Los aficionados comenzaban a hacer fila para entrar y ocupar sus respectivos lugares, por lo que había mucha gente que podría reconocerlos. Sin embargo, no fueron ni Kaltz ni Wakabayashi los que causaron conmoción sino Bárbara: la chica llamaba demasiado la atención no sólo porque llevaba una camiseta del Hamburgo entre fans del Bayern sino también por su belleza y su brillante cabellera rojiza. Kaltz estuvo a punto de irse a los golpes con algunos idiotas que le lanzaron piropos subidos de tono a la chica, pero Genzo y la misma Bárbara se encargaron de ayudarlo a mantener la cordura.

– Vamos, Kaltz, estoy seguro de que no quieres aparecer mañana en los periódicos –le decía Wakabayashi, al tiempo en que lo sujetaba por un brazo y lo jalaba para llevárselo–. No te convendría que se dijera que te peleaste con aficionados del Bayern mientras tu equipo se jugaba la clasificación.

– Además de que no vale la pena enojarse por esos orangutanes –añadió Bárbara, muy digna–. Les dolerá más saber que nunca me podrán tener.

– Bueno, eso es verdad. –Hermann pareció calmarse y le sonrió a la joven.

Wakabayashi, que estuvo a punto de reírse por el comentario tan poco modesto de Bárbara, prefirió quedarse callado.

En esos precisos instantes el autobús del Bayern Múnich se dirigía hacia el estadio, llevando en su interior a su preciosa plantilla. Rudy Frank pudo respirar tranquilo en el preciso momento en el que vio a Karl ingresar a su habitación para avisarle que ya había sido liberado. El entrenador se saltó los protocolos y abrazó a su hijo con fuerza sin decirle palabra durante varios minutos, tras los cuales Karl comenzó a sentirse incómodo.

– Papá, di algo, por favor –pidió el muchacho–. Y de ser posible afloja la presión que estás ejerciendo sobre mí, me está costando trabajo respirar.

– Lo siento, Karl-Heinz, es sólo que estaba muy preocupado por ti –dijo Rudy Frank, tras soltarlo–. Estuve a nada de llamar al ejército para que fuese a sacarte de ahí. Si no lo hice fue porque tu madre y Marie me convencieron de darle a Wakabayashi la oportunidad de actuar.

– ¿Se los contaste? –cuestionó Karl, poniendo cara de reproche.

– Y a Eva también, era lo mejor que podía hacer, no sólo porque no habría podido ocultarles mi estrés sino también porque no me pareció correcto seguirles escondiendo la verdad –confesó el entrenador.

– Sí, supongo que tienes razón –suspiró Karl.

– ¿Estás bien, te hicieron daño? –preguntó el hombre, analizándolo con la mirada–. Puedo pedirle al doctor Stein que te valore.

– No es necesario, estoy bien –aseguró el joven–. Fue casi como estar en un hotel de cuatro estrellas, si hubiera uno que tuviese barrotes en las puertas. Fue un trago muy amargo, no lo niego, pero al menos ya estoy libre.

Rudy Frank estuvo a nada de preguntarle qué había sucedido al final con Elieth Shanks pero alcanzó a contenerse, pues se dio cuenta de que ése no era el momento más propicio para hacerlo. Además, lo que fuese que hubiera sucedido entre ellos era asunto de Karl y de nadie más, Rudy Frank no debía meterse en la vida de su hijo más de lo necesario. Así pues, el señor Schneider le ordenó a su hijo que se marchara a descansar a la habitación que le habían asignado y que se concentrara en el partido que estaban por jugar. Karl le dijo que no debía preocuparse pues daría el cien por ciento en el encuentro, como siempre solía hacerlo.

– Tengo una deuda de honor que pagaré en este partido –anunció Karl, lo que asombró a su padre.

– ¿De verdad? –inquirió éste.

– Por supuesto: debo vengar a Wakabayashi en retribución por haberme sacado –asintió Karl–. Demostraré que tener a Schwaizer en la portería del Hamburgo será como no tener guardameta, al menos para mí.

Rudy Frank no pudo hacer menos que sonreír pues su hijo había vuelto a ser él: seguro de sí mismo hasta llegar al engreimiento. Así pues, mientras el equipo se dirigía al Allianz Arena Rudy Frank volvió a sentirse confiado, no habría manera en la que el Hamburgo pudiera ganar ese juego.

A un par de asientos de distancia viajaba Karl acompañado por Levin. El alemán había hecho este emparejamiento a propósito para evitar que Lily quisiera sentarse con él para reclamarle por lo sucedido con Elieth (en el fondo Schneider no creía que la doctora eligiera ese momento para fastidiarlo pero no quiso correr riesgos). Stefan era el mejor acompañante que él pudiera tener en ese instante ya que siempre viajaba con los audífonos puestos y su música "darketa" a todo volumen, cortando cualquier posibilidad de plática. Además, Schneider presentía que el sueco no se atrevería a hablar de relaciones amorosas ya que hasta hacía poco era bastante tonto para ellas. De esta manera, Karl tuvo mucho tiempo para pensar pero, aunque intentaba concentrarse en el juego, no dejaba de pensar en la cara que puso Elieth cuando le dijo que iba a dejarla en paz.

"¿Cómo fuiste capaz de lastimarla así?", se reprochaba a sí mismo. "Pudiste darte cuenta de que a ella le dolió que le dijeras eso, deja de fingir que no lo hiciste".

"¡Pero si ella fue la que empezó!", se respondió a sí mismo. "¡Por su culpa es que terminé encarcelado!".

"Pues sí pero fue en una cárcel de consulado, no cuenta", replicó su voz interna. "Además, tú también tuviste la culpa al entrar sin autorización en un edificio extranjero. Hasta un cerdo habría tenido más cerebro para notar que no fue buena idea el discutir con ella en un terreno que no era neutral para ti".

"Maldita sea mi conciencia", gruñó Karl, interiormente. "¡Déjame en paz por al menos cinco minutos!".

"La extrañas y lo sabes", insistió esa vocecilla molesta. "Piénsalo bien, cometerás un error grande si la dejas ir…".

"¡Basta o te apuñalaré con un hisopo!", amenazó Karl. "¡No es momento para pensar en esto!".

"Te doy la razón, pero no esperes mucho tiempo para hacerlo".

El autobús iba llegando al estadio y los fanáticos saludaron a los jugadores; Schneider suspiró de alivio porque pronto iba a entrar en su "modo fútbol" y dejaría sus pensamientos sobre Elieth de lado, al menos durante algunas horas.

Mientras tanto, Hedy Lims se estaba tomando su tiempo para llegar al Allianz Arena. Le parecía que lo mejor sería que llegara tarde, como suelen hacer las grandes estrellas, y así tendría además la atención de los fanáticos y de los reporteros. Con esto en mente, la modelo se retrasaba todo lo que podía en su arreglo, a pesar de que ya había recibido advertencias de Bernard Brunt acerca de que llegar tarde le podría resultar contraproducente, pero en la mente de la mujer sólo se reproducía una misma escena: la de ella siendo tratada con el respeto que se merece la pareja del Káiser de Alemania.

– Después de esta noche ya nadie pondrá en duda de que soy la novia oficial de Karl Heinz Schneider –se dijo Hedy en voz alta.

Y al tiempo que ella terminaba de arreglarse, Bernard Brunt era convocado a una reunión urgente. Esa misma tarde la secretaria de un peso pesado de la Paulaner había recibido un citatorio de demanda a nombre de Karl Heinz Schneider, dirigido específicamente contra el directivo que tenía el puesto de relaciones públicas entre el Bayern Múnich y la Paulaner, es decir, Bernard Brunt. Y los peces gordos de la cervecería no estaban para nada contentos.

Elieth, a su vez, estaba acomodándose en su espacio en la tribuna de reporteros, buscando el mejor ángulo para tomar fotografías. Tras haber pasado buena parte del día con su padre, la francesa consiguió convencerlo de que ya estaba bien y de que podría ir sin problemas a ver jugar a Schneider. Después de todo ése era su trabajo y sería muy poco profesional de su parte el que ella lo abandonara por culpa de una desilusión amorosa.

– ¿Qué soy, un personaje de una barata comedia romántica? –le había dicho ella a Rémy–. Mamá y tú no criaron a una mujer débil, papá.

Y si bien sí lo dijo en serio, mientras esperaba a que diera comienzo el partido Elieth sentía que el corazón amenazaba con salírsele del pecho por culpa de la ansiedad. ¿Cómo reaccionaría al ver a Schneider? ¿Sabría comportarse o tendría alguna reacción loca? Lo peor de todo era que no podía dejar de pensar en lo que Lily le había dicho, de que sería más probable que Karl se marchase del Bayern a que pidiera que corrieran a Elieth.

"Pero Karl no es de ese tipo de hombres", se recordó la francesa. "Como bien dijo Lily, las metas de Karl Heinz Schneider son tan grandes que él no las dejaría de lado por culpa de un desamor".

Pero a pesar de creer que esto era verdad, la mente de Elieth la traicionaba diciéndole que Schneider podría esperar al siguiente verano para cambiarse de equipo. "Tienes que hacer algo grande o estúpido pero ya", le dijo su subconsciente. "Antes de que lo veas usando el uniforme amarillo y negro del Borussia Dortmund".

Sí, eso Elieth lo sabía, que debía hacer algo muy grande para que Karl la perdonara, pero no tenía idea de qué podría ser.


Notas:

– A principios de abril se publicó en la revista de Captain Tsubasa el capítulo 2 de un spin-off llamado "Captain Tsubasa Memories", en el cual se habló de cómo Genzo Wakabayashi ganó su apodo de Super Great GoalKeeper; en dicha historia aparecieron también sus hermanos mayores, los cuales ya tienen nombre oficial: Shuichi y Eiji y estoy que me muero con esto porque desde el capítulo 35 de este fic bauticé a los hermanos de Genzo como Shuichi y Keiji. ¡JA! ¡Me fui de espaldas con la coincidencia! A partir de este momento llamaré al segundo hermano de Genzo como Eiji y paulatinamente iré corrigiendo su nombre en los capítulos previos para que quede acorde.