Capítulo 60.

Milán.

Erika llevó la tabla de madera con carnes frías y quesos a la sala y la colocó en la mesa de centro, junto a la botella de vino que se enfriaba en una cubeta con hielo; la televisión encendida comenzaba a transmitir el previo al partido entre el Bayern Múnich y el Hamburgo y los comentaristas no hacían más que repetir lo que se había dicho ya en innumerables ocasiones en los días previos: que el encuentro prometía ser una masacre pero que habría que ver si el Hamburgo daba la sorpresa.

– Sí, cómo no, es más probable que Tsubasa Ozhora deje de ser un Gary Stu a que el Hamburgo dé la sorpresa –musitó Erika, mientras abría la botella de vino–. Esto va a ser peor que la goliza de siete goles a uno que le metió Alemania a Brasil en su propia casa.

Una vez abierta la botella, la joven rellenó un par de copas y las acomodó junto a la tabla. En ese momento un comentarista habló sobre el rumor de que Karl Heinz Schneider llevaba días sin acudir a los entrenamientos y que se creía que podría estar lesionado.

– Si con "estar lesionado" se refieren a que estuvo en la cárcel, pues sí, sí estuvo lesionado –comentó Erika, sin inmutarse–. Aunque es preferible que digan que está lesionado a que está preso.

– ¿Con quién hablas? –preguntó Gino, quien en ese momento llegó a la habitación con su celular en la mano, que lo hacía parecer romano de la antigüedad–. Por cierto, mi abuelo Nico y Gigi te mandan saludos.

– Gracias; cuando vuelvas a hablar con ellos regrésales el saludo de mi parte –sonrió Erika–. Y estaba hablando con la televisión, los comentaristas creen que Schneider faltó a los entrenamientos por estar lesionado.

– ¿Qué no estaba encarcelado en el Consulado de Francia? –preguntó Gino, confundido.

– Ésa es la versión no oficial, amour –se rio la francesa al tiempo en que le pasaba una de las copas de vino–. La cual casi nadie conoce así que ten cuidado de no andarla comentando por ahí.

– Oh, hubieras dejado que yo abriera la botella –manifestó el portero, un tanto desilusionado–. No soy tan inútil.

– No dije que lo fueras pero no tenía caso esperar. –Erika se encogió de hombros–. Además, la prensión fina de tus dedos aún no está completamente restaurada, no vale la pena que te esfuerces de más.

– Como tú digas, doctora –aceptó Gino, con un suspiro–. Y sabes que soy discreto, no le contaré a nadie que tu hermana metió a Schneider a la cárcel del consulado. Que por cierto no sabía que los consulados tuvieran cárcel.

Apenas unas horas antes, Erika se enteró a través de su hermano gemelo de que Elieth había encerrado a Karl en una celda por mero capricho. Erika quedó tan sorprendida que no pudo evitar contárselo a Gino, quien tampoco lo creyó de momento. La joven entonces le preguntó a su hermana directamente y ésta no pudo negarse a decir la verdad, aunque estaba molesta por el hecho de que Leo hubiera sido tan chismoso. Gino se abstuvo de decirle a Elieth su opinión al respecto pues era demasiado cortés y sentía que no tenía derecho a incomodarla, pero con Erika la cuestión fue diferente: ella no se limitó a la hora de regañar a su hermana y hacerle ver que se había pasado de la raya con Schneider.

– Casi no se usan esas celdas pero ahora ya lo sabes: ten cuidado conmigo o acabarás ahí algún día –se rio Erika.

– Desde ahora prometo seguir todas tus indicaciones médicas. –Gino le siguió el juego–. Al menos sabemos que Schneider no está lesionado pero me gustaría saber qué sucederá después de este partido, y no estoy hablando de la cuestión futbolística precisamente.

– Mi hermana es una malcriada, ya lo sabemos –suspiró Erika, tras mordisquear una rebanada de jamón serrano–. Le he dicho a papá que la consiente demasiado y esto es una prueba de ello.

– No seas tan dura con Elieth, es una buena chica –señaló Gino, conciliador, quien a su vez daba buena cuenta de una rebanada de fino queso–. Simplemente no pensó en las consecuencias de sus actos.

– Veremos si esto afecta a Schneider de alguna manera –comentó Erika, pensativa.

– Lo dudo: él es bueno escondiendo sus emociones –señaló Hernández–. Siempre ha sabido mantenerlas bajo control, seguramente hoy hará lo mismo.

En ese momento los comentaristas anunciaron las alineaciones oficiales de ambos equipos; la del Bayern no les causó sorpresa a los jóvenes, pues esperaban que Karl apareciera como capitán y la del Hamburgo no les despertó la más mínima emoción: el único jugador reconocible era Ëkdal y él no era lo suficientemente bueno como para llevar el peso del partido por sí solo. Erika recibió en ese momento un mensaje de WhatsApp y se sorprendió al descubrir que provenía de su padre.

"¿Estás viendo el partido?", le preguntó Rémy.

"Por supuesto", respondió la muchacha. "¿Por qué? ¿Quieres que te cuente el resultado?".

"No será necesario", negó Rémy. "Voy a verlo con Marcel".

"¿Y eso?", se sorprendió la joven. "Pensé que estarías muy ocupado".

"Voy a tomarme un pequeño descanso; quiero empezar a conocer a fondo a mi otro futuro yerno", fue la respuesta del embajador. "Voy a terminar emparentado con dos futbolistas, ¡quién lo diría!"

"Podría ser peor", se burló Erika, "podrías haber emparentado con mafiosos".

"Conociendo a mis hijas, ¡no me sorprendería!", se mofó Rémy.

Erika continuó charlando con su padre e intercambiando opiniones con Gino hasta que los jugadores comenzaron a salir al campo. Sí, ahí estaba el Káiser de Alemania aparentando mucha seguridad, aunque en sus ojos azules se podía ver claramente que no se encontraba bien. Gino había asegurado que él sería capaz de mantenerlo todo bajo control durante el partido, pero al ver su expresión Erika lo puso en duda y así se lo hizo ver a su novio.

– A ver qué sucede –fue la respuesta vaga de Hernández –. En cualquier caso, lo averiguaremos.

Erika sólo pudo estar de acuerdo.

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Múnich.

Los ocupantes de los palcos destinados a los familiares del Bayern Múnich y también aquéllos que estaban en el reservado por Hermann Kaltz se sorprendieron mucho de ver llegar a Hedy Lims a invadir un lugar en el privilegiado puesto de los patrocinadores. Wakabayashi, Kaltz, Nela, Bárbara, Leo, Gwen, Débora, Marie, Leonardo y demás agregados culturales miraban con sorpresa a la joven excesivamente maquillada y rubia pues no entendían cómo había logrado colarse en ese sitio, hasta que alguien corrió el rumor de que ella iba invitada en persona por Bernard Brunt.

– Ese tipo es el representante de la Paulaner que maneja las relaciones públicas con el Bayern Múnich –aclaró la esposa de algún jugador–. Tiene mucho poder e influencias y es común verlo aparecer en compañía de la amante de turno. No sabía que esa pariente de Peter la Anguila fuese su nueva adquisición.

Wakabayashi y los europeos, que no sabían quién era Peter la Anguila, intercambiaron miradas extrañadas, pero los mexicanos se echaron a reír en cuanto escucharon la comparación.

– Bueno, eso tiene lógica –aceptó una confundida Nela–. Pero si Hedy Lims es amante de Brunt, ¿cómo es que presume ser la novia de Schneider?

– Por eso es que yo nunca le he creído a esa chica –respondió la mujer–. ¿No se enteraron de que hace un par de días subió una foto truqueada a su Instagram para presumir que estuvo en el partido del sábado? Tuve que hacer la aclaración de que eso era mentira porque me consta que nunca se paró por aquí.

– Ah, ¿usted es AlissaCKR? –preguntó Bárbara–. Sí vi su comentario, me sorprendió que Lims llegara a ese extremo.

– Bueno, si es capaz de hacerse amante de un hombre que le dobla la edad para conseguir sus objetivos, trucar una foto suena como a un juego de niños –señaló Genzo, con acidez.

Los demás estuvieron de acuerdo y agradecieron que al menos no tendrían que tolerar a la modelo durante todo el encuentro, pues a pesar del poderío de Bernard Brunt, que no era poco, Hedy no tenía permitido el acceso al palco de las WAG del Bayern Múnich. De cualquier manera, ella dejó de ser punto de interés cuando los jugadores salieron al campo.

La hinchada del Bayern Múnich se puso a cantar a gritos y a agitar furiosamente las banderas y banderines, como una manera de meterle presión al equipo visitante. En comparación, los aficionados del Hamburgo lucían pequeños en un rincón del estadio, en parte porque pocos eran los que seguían creyendo en Zeeman y en parte porque no se podía contra la fuerza de los fans del Bayern Múnich en el Allianz Arena.

– Imagina el apoyo que tendrías de jugar aquí, Gen –le dijo Kaltz a Wakabayashi, con tono de complicidad.

– Sabes que eso no me interesa, Kaltz. –Genzo se encogió de hombros–. Siempre he agradecido el apoyo de los fans pero eso no será eso lo que haga que me decida por un equipo.

– No, es cierto –admitió Hermann, y tras pensarlo unos segundos, añadió–: A ti lo que te interesa es que te animen con un cartel en color azul que diga "We're in this together", ¿verdad?

Wakabayashi sonrió con cierta melancolía y con contestó.

Mientras tanto en la banca del Bayern, Lily escuchaba a Rudy Frank darles las últimas indicaciones a sus jugadores; la médica se acercó sutilmente a Karl, aprovechando que no estaba escuchando las órdenes que daba su padre pues él tenía la mirada perdida en otro punto del estadio.

– Planeta Tierra llamando al Káiser de Alemania –le dijo Lily, con cautela–. ¿Está usted consciente, mayor Schneider?

– Vaya, ¿así que merezco el grado de mayor? –sonrió el alemán.

– Por supuesto: con todo el tiempo que te pasas en la Luna, ya eres astronauta experimentado –se burló ella–. ¿Cómo estás?

– ¡Muy graciosa! Pero en fin, ¿quieres una respuesta sincera o una prefabricada? –suspiró Karl–. A ti sí puedo darte la primera.

– Quiero que me digas la verdad, obvio –aclaró la doctora–. Sé que no me vas a creer, pero de verdad que Elieth está muy arrepentida.

– Es lo menos que cabría esperar –replicó Schneider, con más dureza de la que pretendía–. No me sirve de algo mentir y decirte que esto no me está afectando, pero nada ganaré con pensar en eso una y otra vez, como si tuviera un disco rayado en mis pensamientos.

– Esto llegó en mal momento, nadie lo niega –reconoció Lily–. Pero sé que podrás sacar adelante este partido como siempre lo haces. No sé por qué hay personas que creen que no eres capaz de reaccionar cuando estás triste, quien te conoce sabe que no baja tu calidad ni siquiera en tus peores momentos.

– ¿Y tú como sabes eso? –cuestionó el joven, con una sonrisa.

– Tu padre se ha encargado de contarme lo que sucedió con ustedes cuando jugaste el Mundial Sub-16 y los detalles que faltaban se los pregunté a Genzo –explicó Lily, sin inmutarse.

Karl movió la cabeza de un lado a otro y puso los ojos en blanco, en un gesto que claramente decía "par de chismosos", tras lo cual se encogió de hombros.

– Ya veremos si todavía tengo esa capacidad –comentó él–. Y quiero que sepas que, aunque llegue a creer que Elieth está arrepentida, eso no significa que yo acepte olvidar lo sucedido.

Lily no respondió y permitió que el alemán se marchara, pues de cualquier manera no tenía caso seguir discutiendo el tema en ese momento. La doctora se acercó a su sitio en la banca y tomó su celular; tras pensarlo un momento, decidió aventurarse a enviarle un mensaje de WhatsApp a Elieth.

"¿Cómo estás, Gatita?", le preguntó. "Quiero creer que estás en el estadio".

"Por supuesto", respondió Elieth, tras unos minutos. "Te dije que no iba a dejar de venir sólo por lo que pasó".

"Supongo que tu papá sabe que estás aquí", comentó Lily.

"Ya se lo había dicho desde antes", contestó la francesa. "Incluso ofrecí conseguirle un boleto pero se negó, me comentó que verá el partido con Marcel desde su hotel".

"No sé si eso es ironía o exceso de cinismo", expresó Lily. "Hablo de Marcel, por supuesto".

"No te enojes con él, sólo hacía su trabajo", pidió Elieth. "En todo caso, enójate conmigo, me lo merezco".

"Deja el drama y concéntrate en tu labor", la regañó la doctora. "Y mejor piensa en una manera de hacer que Karl te perdone, tiene una pierna poderosa con la que gana millones, ¡no puedes dejarlo ir!".

Elieth le envió varios emoticones de risa y otros más de vergüenza, sin agregar algún comentario. Lo cierto era que ella no tenía ni idea de qué podía ser esa "gran cosa" con la cual conseguiría que Karl la perdonara.

Una vez que puso su celular en modo silencio y lo guardó, Lily se paró a las orillas del campo para ver el calentamiento de los jugadores y estar al pendiente por si había algún lesionado; en ese momento, una cámara del estadio la enfocó brevemente y ella puso todo su empeño en ignorarla. La verdad era que siempre le había incomodado que las cámaras la grabaran, aún así fuese de manera momentánea, y en esa ocasión no fue la excepción. Por alguna razón idiota, a alguien le llamaba la atención que el Bayern tuviese una médica joven y bonita en su equipo médico y por tanto las cámaras a veces la enfocaban por escasos momentos, seguramente para entretener a la afición masculina (similar a cuando grababan a las porristas o a alguna reportera de buen ver, como Elieth Shanks). En ese momento, sin embargo, Lily dejó de prestarle atención a la cámara cuando vio a Ëkdal dirigirse a ella con trote ligero y decidido.

"No, no viene hacia acá, sólo está haciendo su rutina de calentamiento", pensó la joven, desviando la mirada y echando a caminar por el borde del campo. "Hace tiempo le dejé en claro que si seguía molestando lo iba a acusar de acoso y él me llamó 'zorra' o algo similar. No creo que le hayan quedado ganas de hablarme después de eso".

Sin embargo, Lily pronto se dio cuenta de que Ëkdal modificaba su trayectoria para ajustarla a la de ella y eso la hizo maldecir. Bueno, que podía ser una coincidencia, ¿no? Él pronto le daría alcance y ella esperaba que pasara de largo, sin verla.

Hallo, doctora Del Valle –saludó el noruego cuando estuvo a su altura–. Hace mucho que no nos vemos.

– ¡Ay, no puede ser! –farfulló Lily–. ¿Es en serio? ¿Qué carajos te pasa por la cabeza?

– No me digas que me sigues guardando rencor –comentó Ëkdal, inocentemente.

– ¿Pero qué demonios debo hacer para que te entre en ese cerebro de macho troglodita que tienes que no me interesas bajo ningún concepto? –soltó Lily, enojada–. Desde el último teatrito que me hiciste no te trago ni con agua, ¡no puedo creer que tengas el descaro de hablarme!

– Sé que me porté mal pero no fue para tanto –se defendió Ëkdal, trotando en un mismo punto pues ella se había detenido.

– ¿Qué no fue para tanto? ¡Me dijiste que era una zorra o algo así y te peleaste con mi novio después de colarte en una fiesta a la que no fuiste invitado! –rebatió la mexicana–. ¿Por qué no puedes dejarme en paz?

Ninguno de los dos se dio cuenta de que la cámara los había seguido y estaba transmitiendo su pelea a todo el estadio (sólo aquí, pues no tenía conexión con el enlace satelital) y si bien no tenía sonido, las simples imágenes eran suficientes para llamar la atención.

– ¿Esto es una maldita broma? –preguntó Genzo, iracundo, al tiempo en que apretaba los puños–. ¿Qué carajos cree ese idiota que está haciendo?

– Qué escena tan más conveniente y más conveniente aún que la cámara los esté grabando –comentó Débora, muy divertida–. ¿Creen que ella le estampe el puño en la cara?

– Si no lo hace ella lo haré yo –exclamó Wakabayashi, dispuesto a levantarse, pero Nela lo detuvo jalándolo del brazo.

– ¿A dónde crees que vas? –lo reprendió ella–. Ni siquiera te van a dejar pasar. Además, Lily es perfectamente capaz de defenderse sola.

Y tal parecía que así era pues, tras unos instantes más de discusión, Lily le soltó a Ëkdal una bofetada que hizo que se encendieran las alarmas. Se acercaron a ellos los dirigentes de ambas escuadras e incluso el árbitro decidió ir a ver qué pasaba. Tras una charla entre los afectados, el réferi y los dos entrenadores, Lily aseguró que podría dejar pasar el asunto siempre y cuando Ëkdal se mantuviera alejado de ella y el árbitro estuvo de acuerdo, simplemente porque todavía no comenzaba el partido y no tenía motivos reales para castigar al noruego.

– Sin embargo, técnico del Hamburgo, más le vale controlar a sus jugadores si no quiere tener problemas –advirtió el árbitro.

Zeeman no contestó pero le lanzó a Alder tal mirada de rabia que a éste le quedó en claro que no debía volver a molestar a la doctora si no quería que le sucediera lo que le pasó a Wakabayashi.

– No hay nada como un caso de acoso en vivo para encender los ánimos –comentó Leo Shanks, con sarcasmo.

Genzo gruñó como respuesta y Gwen le pellizcó un brazo a su novio por bocón, a pesar de lo cual creía que tenía razón. Wakabayashi se preguntaba qué demonios le habría dicho Ëkdal a Lily para que ésta lo abofeteara, pero aunque lo carcomía la duda tendría que aguantarse a que acabara el partido para averiguarlo.

Como si nada hubiese sucedido, minutos más tarde los jugadores estaban ya en sus puestos, a la espera de que el árbitro diera comienzo al partido. En el sorteo, el Hamburgo ganó el derecho de hacer el saque de inicio, por lo que Ëkdal y Boisler se encontraban a medio campo con el balón en los pies. Schneider parecía mirarlos con indiferencia, como si fueran dos aficionados más en vez de dos rivales a vencer. Cuando el árbitro al fin pitó el comienzo del juego, los del Hamburgo se lanzaron al ataque y esquivaron a los jugadores del Bayern que les salieron al encuentro. Schneider ni se inmutó cuando Boisler y Ëkdal pasaron a su lado a todo correr; los que lo vieron no sabían si su actitud se debía a una estrategia o si era que simplemente no los consideraba peligrosos. En cualquier caso, los futbolistas del Hamburgo pudieron llegar sin mucho esfuerzo hasta la zona de meta del Bayern, en donde los defensas y el portero se prepararon para actuar.

– ¡Y parece ser que la primera jugada de riesgo será del Hamburgo! –gritó Stephan Lehmann, el ya conocido locutor del Allianz Arena–. ¿Será que el visitante dé la sorpresa, tal y como ocurrió en la jornada cinco de este torneo?

Boisler le envió el balón a Ëkdal con la finalidad de que coronara la jugada con un gol, pero el noruego apenas y pudo recibir la pelota cuando fue embestido por un rayo rojo y rubio que lo tumbó limpiamente y le arrebató el esférico. Schneider, sin mucha dificultad, bajó a su portería a toda velocidad para cortar el avance de Alder.

– ¿Pero de dónde ha salido Schneider? –manifestó Kaltz, asombrado–. Hace un momento se encontraba casi a medio campo.

– Ya sabemos que es muy veloz, Kaltz –comentó Genzo, quien sentía una maligna satisfacción por ver a Ëkdal en el suelo–. Para él no es nada recorrer esa distancia en poco tiempo.

Ajeno a estos comentarios, Karl se dirigía hacia la portería del Hamburgo, dejando atrás a los jugadores que no pudieron ponerle freno y, con un majestuoso Fire Shot, perforó la portería protegida por Schwaizer. Éste, a pesar de que alcanzó a reaccionar, no estuvo ni remotamente cerca de detener el tiro.

– ¡Y eso es un GOOOOOOOL! –gritó Lehmann, eufórico–. ¡Karl Heinz Schneider no sólo ha cortado la ofensiva del Hamburgo sino que además se la ha regresado de manera prodigiosa! ¡El Bayern Múnich se pone a la cabeza a los cuatro minutos de partido!

– ¡Bien hecho, hermanito! –gritó Marie–. ¡Ése fue un estupendo gol!

La afición coreó la anotación del alemán, quien se limitó a hacer un festejo breve con sus compañeros; por mera casualidad, Elieth estaba cerca de la portería del Hamburgo y alcanzó a tomar una fotografía estupenda de Schneider realizando su tan característico Fire Shot, lo que le causó sentimientos encontrados: por un lado estaba feliz de haber podido inmortalizar el momento, pero por el otro le hacía recordar lo que había perdido.

"¡No es momento para pensar en eso!", se regañó a sí misma. "¡Concéntrate, maldita sea!".

El partido se reanudó con el saque del Hamburgo a través de Amaruso, quien le envió el esférico a Emanilson. El Hamburgo supo reacomodarse tras el primer tanto y se organizó de tal manera que no cedió más balones a los del Bayern. Sin embargo, aunque de primera intención parecía que el Hamburgo tenía el asunto bajo control, lo cierto era que no conseguía acercarse a la portería contraria sin que alguien del Bayern le cortara las intenciones, parecía ser que era cuestión de tiempo para que el delicado equilibrio se rompiera.

– Bueno, ¿quién lo diría? Han resistido con un solo gol por más de veinte minutos –comentó Bárbara, asombrada.

– No va a durar –replicó Wakabayashi–. Pareciera como si el Bayern estuviera divirtiéndose por un rato para disfrutar de lo que van a hacer después.

– Ten un poco más de fe en nuestros compañeros, Gen –pidió Kaltz, en voz baja.

– Ex compañeros, en mi caso –replicó él, de inmediato.

En su palco Hedy Lims se tomaba selfies, que subía a Instagram a la velocidad de la luz. El flash de su teléfono comenzó a molestar a la gente que estaba a su alrededor, sobre todo a Genzo, quien no estaba particularmente de buen humor; ganas tenía el portero de ir hasta la localidad de la susodicha y arrojar el teléfono al vacío, cosa que seguramente habría acabado haciendo de no ser porque alguien dentro del mismo palco le pidió a gritos que se dejara de tonterías o le estrellaría el teléfono contra la pared. En el compartimiento de las WAG, Alissa se rio sin disimulo.

Mientras tanto, en el campo la acción iba incrementándose, aunque de forma dispareja; al parecer, los del Bayern ya se habían cansado de perder el tiempo y empezaron a subir la intensidad de su juego. En un mal pase realizado por Ëkdal, Sho se robó el balón, se lanzó a toda velocidad y se combinó con Levin; en dos toques de esférico llegaron frente a la portería de Schwaizer y el sueco le pasó el balón a su compañero y amigo, quien con un Cañón con Retroceso anotó un impresionante gol que dibujó un bello dragón chino en el campo.

– ¡Magistral jugada por parte del chino Shunko Sho, quien gracias a su habilidad le otorga al Bayern la segunda anotación de la noche! –vociferó Lehmann–. ¡El Hamburgo empieza a perder terreno!

A pesar de esto Amaruso no se desanimó; se sentía culpable por no haber podido parar al chino y le pidió el balón a Schwaizer, quien lucía bastante decaído.

– Ánimo, lo estás haciendo bien –le dijo Amaruso a su compañero–. No cualquiera puede detener los tiros de Sho y de Schneider.

Schwaizer asintió con un movimiento de cabeza para agradecerle, pero Amaruso estaba seguro de que estaba pensando lo mismo que él: Wakabayashi sí habría podido detener ambos disparos y, de estar jugando él, el partido seguiría empatado a cero. En cualquier caso, el portero le envió el balón a su compañero para que hiciera el saque, lanzándose después a la contraofensiva. No pudo ni llegar a medio campo, pues una ráfaga roja y dorada le arrebató la pelota y se lo llevó por delante. Combinándose con Corman, Schneider llegó frente a Schwaizer, el cual salió de su arco para achicar; Karl, quien ya se había previsto que el guardameta reaccionaría así, saltó para esquivarlo y sin problemas metió el esférico en la portería con apenas un toque de su bota.

– ¡Schneider, Schneider otra vez! –gritó el comentarista–. ¡Nuestro Schneider vuelve a demostrar su poderío como el mejor jugador de Alemania! ¡No, como el mejor jugador del mundo entero!

– Y otra vez el problema ha sido de Ëkdal –comentó Kaltz, frunciendo el ceño–. ¿Recuerdas ese partido contra el Augsburgo en donde un mal pase suyo ocasionó que te metieran un gol, Gen?

– Me acuerdo –fue todo lo que el portero dijo–. Ya habíamos dicho que el desempeño de Ëkdal disminuye en situaciones de estrés pero nadie quiso escucharnos aquella vez.

– Todo lo contrario: Zeeman lo usó de pretexto para dejarte fuera de su alineación regular –añadió Leo Shanks–. Parece que por fin empieza a quedar en claro quién tenía la razón… ¡Oh!

Mientras los jóvenes hablaban, Schneider había vuelto a robar el balón para anotar con un tiro estupendo de larga distancia. En esta ocasión su celebración fue por todo lo alto: había tomado el control del juego y nadie iba a detenerlo. ¡Y ya había conseguido un hat-trick! Los reporteros no dejaban de hacerle fotografías y las cámaras enfocaban su entusiasta celebración, que iba acorde a la cantidad de goles anotados hasta el momento.

– ¡Grande, Schneider! –El locutor estaba que no cabía en sí del gusto–. ¡Gracias a sus esfuerzos el equipo va muy por arriba en el marcador y ha realizado un estupendo hat-trick sin mucho esfuerzo!

"Hoy estás jugando mejor que nunca, Karl", pensó Elieth, mientras suspiraba con pesar. "Es como si quisieras demostrarme que a ti nada te detiene cuando se trata de fútbol y no me queda duda de que es verdad".

– Parece que no hay nada de qué preocuparse –señaló el doctor Stein a Lily, mientras Rudy Frank festejaba el gol anotado por su hijo–, Schneider está jugando de maravilla.

– Y le ha dado en la torre dos veces a Ëkdal –complementó la doctora con una sonrisa satisfecha–. Eso es lo que me ha gustado más.

– ¿Qué pasó entre ustedes dos hace rato? –preguntó el doctor alemán, con mucha curiosidad.

– ¿Sabe una cosa, doctor? Hay un dicho mexicano que dice que "la curiosidad mató al gato" –respondió Lily, muy digna–. ¿No ha escuchado hablar de él?

El doctor Stein, que entendió de inmediato el mensaje, se echó a reír y volvió a enfocarse en lo que sucedía en el campo.

Corría ya el minuto 38 de juego; el Bayern ya se había puesto a la cabeza por cuatro goles y el Hamburgo, en vez de reaccionar, comenzaba a caer en la desesperación. En las tribunas los banderines rojo y blanco ondeaban furiosamente y opacaban a los azules. Zeeman gritaba órdenes a sus jugadores pero parecía que éstos no lo escuchaban, pues cometían errores de novatos que estaban costándoles la pérdida de muchos balones. Si el Bayern no anotaba más era porque no quería, no porque no pudiera, pero antes de irse al descanso Stefan Levin se lanzó en solitario tras recibir un pase largo de Drener, el guardameta del Bayern, y tras quitarse a Ëkdal y a Emanilson sin dificultad, encajó el gol en la esquina superior derecha de la portería con la letalidad que fue su sello en el Mundial Sub-19 jugado varios años atrás en Japón. A estas alturas, la poca confianza que tenía Schwaizer en sí mismo se estaba yendo por el caño, junto con la paciencia y la serenidad del entrenador Zeeman.

– Cinco a cero, esto es una masacre pero que la de México en los mundiales –comentó Débora, maravillada por el gol de su amante –. ¡Bien hecho, Stef, demuéstrales cómo se juega al fútbol!

– Creo que eso lo está haciendo Schneider desde hace rato –replicó Leonardo–. Porque si a ésas vamos, él lleva tres goles y tu Levin sólo ha metido uno.

– Cállate, tú sólo quieres andar de lambiscón con tu cuñado.- gruñó Débora.- De todos modos nunca te va a aceptar como el novio de su hermanita.

En ese momento, de pura "casualidad" a Marie se le escapó la funda de su teléfono, la cual golpeó a Débora en la cabeza pues sentada delante de ella.

– Ups, perdón –se disculpó Marie, con una sonrisa de lo más inocente.

– ¡Cuánta agresividad! –farfulló la doctora, aunque dejó de discutir con Leonardo.

Como era de esperarse, Hermann Kaltz estaba francamente frustrado por cómo se estaba llevando a cabo el encuentro. Era cierto que seguramente su presencia no habría hecho un gran cambio pero de cualquier manera le habría gustado el poder estar en el campo junto a sus compañeros.

– ¡Qué desesperante es no poder jugar en este momento! –soltó Kaltz–. ¡Ver una goliza como ésta y no poder hacer nada es el mayor sentimiento de impotencia que puede experimentar un jugador!

– Lamento mucho que estés pasando por esto, amor. –Bárbara le apretó la mano–. Estoy segura de que tú habrías hecho una diferencia notoria de haber podido jugar.

– Gracias, Babs, pero los dos sabemos que yo solo no habría podido contra Schneider. –Hermann le sonrió a manera de agradecimiento–. Todavía si estuviera Gen en la portería las cosas podrían ser diferentes, pero no siendo así…

No concluyó la frase pero no hacía falta, Bárbara conocía muy bien lo que él estaba pensando. Faltando dos minutos para irse al descanso, Ëkdal intentó hacer algo por el maltratado honor de su equipo y se descolgó hasta la portería del Bayern; Drener se puso a la defensiva pero los defensas del equipo muniqués estaban preparados para cosas peores y se acercaron al noruego con el afán de quitarle el balón. Como resultado, Ëkdal terminó tumbado en el suelo, en una jugada que el árbitro marcó como penal.

– ¡Y es penal! –gritó Lehmann–. ¡El árbitro ha señalado la pena máxima a favor del Hamburgo!

– Desde aquí es difícil ver si eso era penal o no –señaló Leo Shanks, pensativo–. Pero sería extraño que el réferi se atreviera a marcarlo en el estadio que pertenece al Bayern Múnich sabiendo que se echará al público encima si no está justificado.

Tal y como Leo lo dijo, la decisión arbitral se mereció rechiflas, gritos e improperios por parte de los aficionados (a la mamá del pobre réferi le han de haber zumbado los oídos), pero el hombre se mantuvo firme y señaló el penal, que se dispuso a cobrar Ëkdal.

– Sólo por este momento me gustaría ser portero del Bayern Múnich –comentó Genzo en voz baja, lo que hizo que Leonardo esbozara una sonrisa divertida.

El noruego esperó a que Drener se acomodara para que el árbitro diera el silbatazo, mientras la afición del Bayern coreaba palabras de desaliento para uno y de ánimo para el otro. Cuando se escuchó el pitido, Drener puso toda su concentración en el salto que hizo, el cual realizó antes de que Ëkdal tirara pues decidió seguir su corazonada sobre hacia dónde tiraría. Ni siquiera fue necesario el esfuerzo, pues el jugador del Hamburgo lanzó el balón a la estratósfera, en donde se convertiría en una nueva luna de Saturno.

– Ni para eso sirve –bufó Kaltz, muy enojado–. ¡Yo habría podido anotar ese penal!

– Hasta Ishizaki podría haberlo hecho –susurró Wakabayashi.

La mayoría de los jugadores esperaban a que el árbitro pitara el final de la primera parte para irse al descanso; sin embargo, Sho le hizo señas a Drener para que le enviara el balón, tal y como había hecho Levin, y se descolgó a toda velocidad por la banda derecha, acercándose veloz a la portería de Schwaizer; el chino pasó de largo como si el campo le perteneciera y le metió tremendo disparo a puerta cerrada al guardameta, quien no tuvo ni idea de qué fue lo que lo atropelló. Lehmann comenzaba a quedarse afónico de tanto gritar pero aún así cantó el sexto gol del equipo, a escasos segundos de que se terminara el primer tiempo.

– Habrá que darles crema de óxido de zinc a estos pobres del Hamburgo para el ardor de trasero que van a tener al final del partido –comentó Leonardo–. El Bayern se las ha dejado ir seis veces y todavía les restan cuarenta y cinco minutos de juego.

– Esto se va a poner feo –repuso Leo Shanks–. Más de lo que ya lo está, digo.

– ¡Ojalá pudiera jugar! –farfulló Kaltz una vez más.

Wakabayashi, sin decir palabra, se puso en pie e hizo el ademán de salir del palco; Kaltz, extrañado, le preguntó a dónde se dirigía.

– Voy al vestidor del Bayern Múnich –anunció él, sin más–. Volveré para la segunda mitad.

– Dudo que te dejen pasar –repuso Kaltz–. Aunque creo saber por qué quieres intentarlo.

– Ya se lo dije pero el hombre es terco –añadió Nela, sin girarse a ver al portero.

Genzo no añadió otra cosa y se dirigió hacia el área de vestidores, pensando en que si aún jugara para el Hamburgo podría meterse al de este equipo y decirle unas cuantas cosas a Ëkdal. Por fortuna para él no podía hacerlo, lo cual agradeció pues Wakabayashi siempre había sido un hombre al que no le gustaba perder el control de sus emociones. En cualquier caso, sí deseaba hablar con Lily para preguntarle qué había sucedido con Alder antes del encuentro, aunque sospechaba que estaba perdiendo el tiempo, estaba seguro de que ni siquiera le permitirían entrar al túnel de jugadores. A medio camino se topó con Elieth, quien evidentemente tenía las mismas intenciones que él aunque por una razón bien distinta: gracias a alguna extraña razón que no entendía, ella había tenido el impulso de ir a hablar con Karl durante el medio tiempo.

– Aunque estoy consciente de que es altamente probable que me mande al cuerno pero al menos debo intentarlo –dijo la reportera.

Ésta había seguido el encuentro con el corazón latiendo como caballo desbocado pues Schneider había dado un espectáculo magnífico, lo cual había herido también el alma ya lesionada de Elieth, aunque ella sabía que se lo merecía. Sin embargo, si bien había jurado que esperaría a que las aguas se calmaran para intentar acercarse a Karl, al final sus sentimientos la traicionaron y por eso era que en ese momento se dirigía hacia el vestidor del Bayern con la esperanza de poder decirle al alemán aunque fuese unas palabras.

– No quiero ser rudo pero no te hagas esperanzas, Peque –le advirtió Wakabayashi–. Personalmente creo que los dos estamos perdiendo el tiempo.

– Y a pesar de eso seguimos aquí –replicó Elieth, mordaz–. No sé si eso nos hace patéticos o desesperados.

– Da prácticamente lo mismo. –Genzo se encogió de hombros.

Como era de esperarse, los asistentes del estadio no los dejaron llegar hasta los vestidores y, aunque uno de ellos aceptó llevar el recado hasta el del Bayern Múnich, no tardó en volver con la consigna de que no estaba permitido dejar pasar a nadie que no perteneciera al equipo. Elieth intentó colgarse de su puesto de periodista pero el asistente le dijo que ni siquiera a los reporteros del club se les tenía permitida la entrada por el momento.

– Está claro que me odia –musitó Elieth, desesperada–. No me queda duda de que Karl puso esta medida tan específica sólo por mí.

– No te lo tomes tan a pecho –pidió Wakabayashi, pasándole un brazo por los hombros para confortarla–. Es normal que no se les permita pasar a los reporteros en este momento tan crucial para el partido, pues es en el medio tiempo en donde se replantean estrategias o se crean otras nuevas y sería fatal que hubiera filtraciones.

– Tal vez tienes razón pero no puedo evitar sentirme mal –dijo la francesa, a pesar de lo cual se dejó consolar–. ¿Y por qué estás tú aquí, por cierto? No me digas que te ha hecho enojar la escenita que protagonizó Ëkdal hace rato. Y no hablo de su tiro estratosférico, por cierto.

– No estoy muy seguro de qué estoy haciendo aquí pero supongo que es por ese motivo –reconoció el portero–. Mira, no tengo derecho a armarle una escena de celos a Yuri por lo que sucedió, sobre todo porque me quedó claro que ella le puso un alto a Ëkdal y también porque en este momento nuestra situación es complicada pero todavía así…

– Pero todavía así eres hombre y no puedes evitar reaccionar como cavernícola –completó Elieth–. Es normal en cierto modo, así que no te preocupes. Además, estás reconociendo que quizás no estás haciendo lo correcto, de manera que no eres un hombre tóxico, si es lo que estás pensando.

– No llegué a ese extremo pero sí a algo similar. –Él se echó a reír–. Es bueno saber que no he rebasado el límite.

– Ni lo harás –afirmó ella–. Eres explosivo en ocasiones pero en general te sabes comportar decentemente.

– Pues gracias –dijo Genzo, con un ligerísimo toque de sarcasmo, tras lo cual añadió–: Dado que no hemos conseguido nuestros objetivos, lo mejor será que regresemos a nuestros respectivos puestos.

– Supongo que es lo mejor que puedo hacer –suspiró la joven–. De todas formas ya está por concluir el medio tiempo.

Genzo acompañó a Elieth hasta donde pudo hacerlo tras lo cual regresó a su palco, curiosamente más tranquilo que como había salido de él a pesar de no haber podido hablar con Lily. Al final, tuvo que admitir que habría sido peor hacerlo pues seguramente ella se hubiese negado a decirle lo que ocurrió con Ëkdal y tal vez hasta incluso se hubiera ofendido; por el momento era mejor llevarse las cosas con calma, por mucho que le disgustara tener un papel tan pasivo pues no calzaba con su forma de hacer las cosas.

Al llegar, vio que en el palco de la Paulaner había mucho barullo, y era que Hedy Lims estaba hablando con alguien, una mujer que parecía estar entrevistándola; cuando Wakabayashi le lanzó una mirada interrogante a Kaltz, éste simplemente se encogió de hombros.

– Esa mujer llegó a los pocos minutos de que te fuiste y se puso a hablar a grandes voces con esa modelo –explicó Kaltz, con parsimonia–. Hablan tan fuerte que hasta acá se alcanza a escuchar que están tratando el tema de la supuesta relación entre el viejo Schneider y esa modelo.

– Ah, ¿de verdad? –Genzo le lanzó una mirada extrañada a Hedy Lims y a su acompañante–. Es sorprendente hasta qué punto pueden llegar algunas personas para conseguir lo que desean. ¿Quién es esa mujer y qué poder tiene para que a la señora Lims le interese mentirle acerca de que está saliendo con Schneider?

– Una entrevistadora de una revista española de espectáculos muy famosa, Mujer Ibérica se llama –contestó Débora–. Pareciera como si ya hubiese programado previamente hablar con esa flacucha aquí porque la mujer llegó muy decidida apenas inició el medio tiempo. Supongo que lo que la Lims quiere es presumir ante la sociedad española que ya amarró al Káiser de Alemania, algo similar a orinarle encima cual perra que es.

– Ya veo –dijo Genzo, no sin antes reírse a carcajadas por el comentario de Débora–. Pobre Schneider, la que le espera.

– Me gustaría ir a callarle la boca –manifestó Marie, muy enojada–. Pero creo que si me planto ahí y la tacho de mentirosa podría empeorar las cosas con papá y con Karl, no se verá bien que siendo yo la hija de uno y la hermana de otro vaya y jale a esa tarada de las extensiones de pelo de camello que usa como cabello.

– Mi amor, creo que has pasado demasiado tiempo conmigo, empiezas a hablar como mexicana. –Leonardo le pasó un brazo sobre los hombros a su novia, al tiempo en que Genzo se volvía a reír con ganas–. Pero tienes razón en lo que has dicho: no se verá bien que vayas y la confrontes ahora, mejor después buscas la manera de hacerla quedar en evidencia.

El abuelo Huan-Yue permanecía muy callado pero Nela se dio cuenta de que parecía que se estaba divirtiendo mucho, a juzgar por su expresión. A pesar de eso, Nela temió que él se lo tomara a mal lo que los otros estaban hablando o que pensara que todos los amigos de Junguang estaban mal de la cabeza.

Cosa que, en cierto modo, era verdad.

Lo cierto era que Hedy Lims había planeado con sumo cuidado lo que haría durante ese partido al que había tenido la oportunidad de asistir; se había puesto de acuerdo con Cassandra Pedraza Larreta para que entrara al estadio a entrevistarla justo al medio tiempo, aprovechando que la española andaba de visita en la ciudad. A Hedy le había costado muchísimo convencer a Bernard el día anterior de que le autorizara el pase a Cassandra (lo cual fue muy conveniente porque, de haberlo pedido en ese preciso momento, Brunt no habría tenido oportunidad de hacer algo por ella dado que estaba luchando por su pescuezo ante los "peces gordos"), pero no cedió en su empeño hasta que logró su cometido. La intención original de Hedy era conseguirle otro boleto a Cassandra pero ésta no tenía tiempo para ir al juego pues tenía citas programadas antes y después de la entrevista; además, Bernard le advirtió que ni siquiera él podía conseguir una entrada con tan poca antelación y eso Lims ya lo sabía. Así pues, ésta tuvo que conformarse con la audiencia programada para el medio tiempo, pero eso sería más que suficiente para sus planes ya que bastaría para darle a entender al país entero de que había estado ahí para apoyar a "su novio" (y así le callaría la boca a esa maldita AlissaCKR, que la había dejado en ridículo en su última publicación). Nadie pondría en duda de que Hedy Lims había estado en el Allianz Arena pues Cassandra haría una grabación en vivo para que se comprobara que sí estaba en el estadio.

– Entonces, ¿cuáles son sus planes a futuro? –preguntó Cassandra en el momento en el que Wakabayashi regresaba a su palco–. ¿Habrá boda, niños, vacaciones románticas para los dos solos?

– La idea es casarnos, por supuesto –contestó Hedy, con altanería–. Pero eso será a largo plazo, Karl y yo queremos una ceremonia lujosa y enorme, con 500 invitados cuando menos y estas cosas hay que planearlas con mucha anticipación.

– Cualquiera que conociera al viejo Schneider sabría que es mentira –murmuró Kaltz–. A ése le dan alergia las cosas demasiado elaboradas y lujosas, a menos que se trate de un Porsche.

– Déjala que se crea su mentira –replicó Wakabayashi–. Le va a doler cuando la realidad la estrelle contra el piso.

– Lo que yo quisiera saber es por qué nadie le ha puesto un alto como tal a esta mujer –comentó Gwen, mirando disimuladamente hacia donde estaban Cassandra y Hedy.

– Schneider lo intentó y no le funcionó –señaló Leo–. Recuerda que nadie le creía que él hubiese ido a la cena por obligación, incluso hasta ustedes lo pusieron en duda. Y bueno, sí ha dicho que es mentira que Hedy y él sean pareja pero eso a ella no la detiene.

– Oh, ¡por supuesto que va a darme un anillo! –vociferó Hedy, a las grandes risas–. Uno hecho de platino y diamantes.

– Lo que le van a dar es una camisa de fuerza –replicó Bárbara–. Está pero bien loca esa mujer.

Al fin Cassandra pareció creer que ya había tenido suficiente y terminó la entrevista, cosa que agradecieron todos los que estaban a su alrededor pues Hedy Lims tenía la virtud de caer mal con sólo verla y ya sus compañeros de asiento estaban hartos de su presencia.

– Bien, está por empezar el verdadero espectáculo –comentó Genzo, cuando los jugadores salieron al campo–. Aunque debo admitir que esto no estuvo mal como show de medio tiempo.

– Si el equipo permite que les anoten más goles, en cuanto acabe el encuentro iré a decirles unas cuantas verdades a todos en los vestidores, incluido Zeeman –gruñó Kaltz, con el ceño fruncido.

– Si haces eso es probable que acabes como yo, buscando equipo –le advirtió Wakabayashi.

– ¿Y qué más da? No tiene caso seguir jugando en un club así de malo –fue la dura respuesta del alemán.

Ajena a lo que ocurría en los palcos, Elieth comenzaba a experimentar cierta desesperación en el área destinada a los reporteros. Al contrario de como le sucedió a Genzo, ella regresó peor de su visita al vestidor a como estaba antes de ir; a pesar de lo que su mejor amigo le había dicho, ella estaba muy convencida de que Karl había pedido explícitamente que no la dejaran pasar, como si supiera que la francesa planeaba ir a buscarlo (lo cual, pensándolo con calma, resultaba poco probable). No creía en verdad que si les negaban la entrada a los reporteros era más por cuestión de seguridad que por rechazo, estaba firmemente convencida de que era la manera de Karl de hacerle ver que no la amaba más. Elieth estaba consciente de que estaba perdiendo el poco control que le quedaba y no sabía qué hacer, no quería abandonar el partido pero tampoco estaba segura de poder soportar la otra mitad sabiendo que Karl no quería volver a verla. Estaba tan ensimismada que no se dio cuenta de en qué momento comenzaron a salir los jugadores al campo, listos para reiniciar la segunda parte, siendo los gritos entusiastas de los aficionados los que la hicieron volver a la realidad.

"Pero si no quieres perderlo tendrás que hacer algo muy grande o muy estúpido para que se le pase el enojo", decía la voz de Lily en la cabeza de Elieth. "Porque de lo contrario él pedirá su cambio al Borussia Dortmund".

Bien, que la última frase no la había dicho Lily, al menos no de esta manera y no en este contexto, pero Elieth creía que era como si sí lo hubiera hecho pues sabía que Karl sí era capaz de pedir su cambio con tal de no volverla a ver. En sus pensamientos, la imagen de Schneider vistiendo el uniforme amarillo con negro del Dortmund se hacía cada vez más nítida y eso le dolía más de lo que esperaba. ¿Qué debía hacer?

– ¡Y arranca la segunda mitad del partido! –anunció Stephan Lehmann con entusiasmo–. ¡Veremos si el Hamburgo es capaz de devolver aunque sea un gol o si el Bayern incrementará la diferencia! ¡Aún es pronto para decirlo, pero con este resultado prácticamente el Bayern tiene asegurado el pase a la siguiente ronda!

La francesa a duras penas puso atención a lo dicho; no notó cuando Boisler, en un desesperado intento de hacerse el héroe, puso en práctica la estrategia que Zeeman dio en el vestidor y fue duramente cortado por los defensas del Bayern. No se dio cuenta de cuando Levin, en un feroz contragolpe, barrió con lo que quedaba de la dignidad del Hamburgo y anotó un gol imparable para cualquiera que no fuera Genzo Wakabayashi o Gino Hernández. A duras penas y se percató de que los aficionados estaban eufóricos y de que los jugadores del Bayern estaban arrollando a los del Hamburgo, pues la francesa sólo tenía cabeza para Schneider, quien estaba parado a mitad del campo sin participar en las jugadas.

– Te encargo mi cámara, por favor –le pidió repentinamente al reportero que estaba a un lado suyo.

Al ver a Karl tan decaído y solitario, Elieth no pudo soportarlo más e hizo la primera cosa grande y estúpida que se le vino a la mente.

Se metió al campo de juego.

Era como si una fuerza ajena a ella la impulsara hacia adelante. Sus botas de tacón alto no eran precisamente las mejores para correr sobre pasto pero ya estaba acostumbrada y además no eran de tacón de aguja, de manera que no se atoraban tanto. No escuchó el silbido del árbitro que detuvo el partido abruptamente, ni los gritos de los guardias del estadio que le ordenaban que se detuviera en ese instante. Elieth sólo tenía un pensamiento en mente, uno tan poderoso que la llevaba a cometer la mayor de sus locuras.

– ¿Pero qué demonios…? –exclamó Leo Shanks cuando las pantallas mostraron la figura de Elieth a todo correr.

– ¿Ésa es la Peque? –farfulló Wakabayashi, tan asombrado como su amigo.

– ¡Se metió de espontánea esta loca! –soltó Débora–. ¡Ya perdió la cabeza!

En la banca del Bayern Múnich no era menos la sorpresa. Al darse cuenta de quién era la mujer que corría por la cancha, Lily se llevó las manos a la cabeza con desesperación.

– ¡Cuando te dije que tenías que hacer algo estúpido, no me estaba refiriendo a algo TAN estúpido! –gritó la doctora.

Desde su puesto privilegiado en el palco de la Paulaner, Hedy contemplaba con una creciente angustia lo que sucedía en la cancha. Sabía que la chica de cabello rizado y rubio era la reportera francesa que estaba enamorada de Schneider y su corazón de mujer le hizo ver que nada bueno iba a salir de eso. Sin pensarlo, Hedy gritó un "¡Que alguien detenga a esa mujer!", pero de inmediato sus acompañantes la callaron con un "¡Shhhh!" generalizado.

"¿Qué cree que hace esa infeliz?", pensó Lims, angustiada.

Aunque de manera habitual se hacen cortes en las transmisiones nacional e internacional cuando hay un espontáneo que invade el terreno de juego, en esta ocasión la cadena televisiva estaba convenientemente a cargo de alguien muy chismoso por lo que se siguieron transmitiendo las imágenes de la chica rubia corriendo por la cancha mientras iba esquivando a los guardias que trataban de atraparla. En Milán, Gino y Erika se quedaron con la boca abierta durante varios minutos antes de que él se atreviera a decir algo.

– Esa chica se parece a tu hermana –comentó el portero italiano.

– Por su propio bien espero que no lo sea –respondió Erika, ofuscada.

– ¿Por qué? –quiso saber Gino, extrañado.

– Porque papá la va a matar –suspiró Erika.

En el hotel de cinco estrellas en donde se estaba hospedando en Múnich, Rémy contempló atónito las escenas que veía en la enorme pantalla de plasma, tras lo cual se llevó la mano a la frente al comprobar que, efectivamente, la espontánea que había interrumpido el partido no era otra que una de sus hijas.

– ¿Ésa es Elieth? –preguntó Marcel, quien estaba sentado a su lado tan asombrado como él.

– Se parece –bufó Rémy, tras lo cual añadió–: No, corrijo: sí es. ¡Por todos los cielos! ¿Habrá alguna visita diplomática en donde no tenga que interceder por alguno de mis hijos? ¡Porque me queda claro que después de esto esa niña va a acabar en la cárcel!

– Si me permites decirlo, es algo que habrías hecho tú de joven –señaló Marcel, francamente divertido–. Me refiero a hacer alguna locura por la persona que amas; con lo que sucedió hace poco, no me queda duda de que Elieth está tratando de llamar la atención de ese futbolista alemán y tú habrías actuado igual de haber estado en su lugar.

– Ya lo sé, estoy consciente de que Susan tiene razón: Elieth salió igual a mí –suspiró Rémy, resignado–. ¡Lo que hacemos los tontos por amor!

– Realmente no puedes culparla –añadió Dubois.

– Sé que no. –Rémy le hizo una seña a su asistente personal–. ¡Todo esto es culpa tuya, Marcel, no debiste encerrar a ese muchacho!

El cónsul no aguantó más y se echó a reír a carcajadas, mientras Rémy le daba indicaciones a su asistente para que comenzara a movilizarse a la de ya para evitar que Elieth acabara presa, aunque el embajador estaba consciente de que eso sería casi imposible de evitar.

Mientras tanto, los jugadores de ambos equipos miraban la escena sin intervenir: los del Hamburgo por estar demasiado desmoralizados como para que les importara el hecho, los del Bayern porque estaban divirtiéndose de lo lindo; Sho aprovechó la pausa para acercarse a Schneider, pues estaba seguro de que él era el objetivo de Elieth y no quería perderse detalle de lo que sucedería. Levin, que tenía la misma idea, no tardó en darle alcance.

– ¡Vaya que Elieth es hábil para evadir a los guardias! –comentó el sueco–. Me parece increíble que no hayan conseguido atraparla todavía.

– Si se escapó usando una botarga de Berni, con mayor razón lo hará ahora que no la trae puesta –replicó Sho, divertidísimo–. Eso sí, los está dejando a todos en ridículo.

– ¡Deténganla! –les gritó un policía, muy molesto.

– ¿Y yo por qué? –gritó Sho, mientras se encogía de hombros–. Ése es trabajo de ustedes. ¿A poco yo les digo que se metan al campo a anotar goles por mí?

Le pareció que el guardia contestó con una mala palabra en alemán, pero esto hizo que Sho se echara a reír. Tal y como habían hecho Stefan y él, ningún otro de los jugadores del Bayern hizo algún esfuerzo para detener a Elieth, todos se hicieron a un lado y dejaron que la chica llegara hasta su objetivo final, es decir, el capitán del equipo. Para evitar ser atrapada, Elieth se mantuvo en movimiento constante alrededor de Schneider, como si él fuese el planeta y ella su satélite. Karl la contemplaba con incredulidad y duda, y no supo bien cómo debía reaccionar.

– ¡Karl, por favor, tienes que escucharme! –expresó ella sin demora, pues sabía que no le quedaba mucho tiempo antes de que los oficiales la atraparan –. ¡No sabes lo arrepentida que estoy por lo que hice!

– ¡Señorita, tiene que venir con nosotros! –gritó algún guardia.

– Déjenla terminar –ordenó Karl, haciendo un gesto autoritario con el brazo–. Yo me hago responsable.

Elieth, que se había escondido detrás de él, sintió que la esperanza renacía en su corazón al escucharlo defenderla, así que se armó de valor y se dispuso a continuar con su discurso ahora que los oficiales se habían detenido a varios metros de ellos.

– ¡Lo siento de verdad! –repitió ella–. No quiero que te transfieras al Borussia Dortmund, no quiero que cambies tus sueños por mi culpa, no quiero que dejes Múnich, no quiero que te vayas lejos de mí, ¡no quiero perderte! Sé que he sido una tonta, una cobarde, una malcriada y una insegura, pero te juro que te amo con toda mi alma. ¡Te amo, Karl, te amo! Jet'aime! Ich liebe dich! Por favor, perdóname.

Karl se limitó a contemplarla con tal seriedad que Elieth volvió a sentir que su corazón se le partía en pedazos, pues al parecer sus palabras no habían tenido el efecto que esperaba. Bien, ella había hecho algo muy grande y muy estúpido, ¿sería eso suficiente para que él la perdonara o Karl Heinz Schneider de cualquier manera seguiría firme en su decisión de dejarla definitivamente en paz?


Notas:

– Para la época en la que está sucediendo este fanfic todavía no existe el VAR.

– Aclaro que lo de Eli entrando al campo es algo que Elieth Schneider y yo tenemos planeado desde hace muchos años (incluso desde antes de que se me ocurriera escribir este fanfic), así que no se me ocurrió ponerlo gracias a los espontáneos que han aparecido en los últimos años en partidos de la vida real. De hecho, llevo tantísimo tiempo queriendo escribir esta escena que ahora que lo he hecho me siento realizada, ja.