Capítulo 61.
Múnich.
Bajo la mirada de miles de espectadores que estaban al pendiente de cada uno de sus movimientos, Karl escuchó con el corazón en vilo la declaración de Elieth y por un momento pensó que había entendido mal. O sea, él no creía que hubiera algo en el mundo que motivara a Elieth Shanks a meterse al campo e interrumpir un partido, como no fuera para avisarle que lo estaba persiguiendo el fisco, pero si lo había no sería precisamente una disculpa por su comportamiento. ¡Argh, que esa mujer era tan contradictoria e impredecible! ¿Por qué llegó a la conclusión de que ése era el mejor momento para meterse a la cancha a hablar con él? Es cierto que Karl le dijo que no iba a volver a molestarla, ¡pero pudo haberlo buscado al acabar el encuentro!
"¡Es tan temeraria que saca de quicio!", pensó el alemán. "¡Y es tan difícil saber qué va a hacer después porque nunca sé en qué está pensando!".
Pero Schneider tenía que admitir que esa manera de actuar tan imprevisible y contradictoria era una de las cosas que más le fascinaban de Elieth Shanks. ¿Realmente quería dejarla ir y no volverla a ver más? ¡Por supuesto que no, pero debía concentrarse en el partido y dejar ese asunto para después! Aunque la señorita Shanks decidió otra cosa, como era su costumbre. En ese momento Schneider sintió amor y frustración a partes iguales y se dio cuenta de que con ella nunca se aburriría. Al pensar en esto, una carcajada estuvo a punto de escapársele de los labios pero eso habría sido fatal considerando la situación (ella seguramente pensaría que él se estaba riendo de su confesión), así que puso su mejor cara de póker y respiró profundo para controlarse.
– Sé que no merezco que me contestes pero, dado que me van a meter a la cárcel por esto, ¿no podrías al menos decirme algo? –musitó Elieth–. Aunque sea mándame al diablo con todas las de la ley.
– ¿Nos la llevamos ya? –preguntó uno de los guardias, al ver que Schneider no reaccionaba.
– No, esperen un segundo, por favor –pidió Karl una vez más, consciente de que debía ser conciso y directo–. Tengo algo qué decirle a la señorita Shanks.
Ésta lo miro expectante; en sus ojos grises se había vuelto a encender una chispa de esperanza y eso lo animó a continuar a pesar de que no iba a decirle lo que ella esperaba escuchar.
– No estoy muy seguro de qué quisiste decir con eso de que no quieres que me transfiera al Borussia Dortmund –comenzó Karl, extrañado–. Ni tampoco entiendo por qué has hecho mención a mis sueños y metas pero agradezco que las tomes en cuenta. Si te soy sincero, no he pensado como tal en nosotros, en lo que sea que tengamos o hayamos tenido, preferí encerrar eso en algún oscuro rincón de mi mente para pensar en ello cuando hubiéramos ganado el partido así que de verdad por el momento no sé qué responderte, porque no estoy seguro de querer dejarte ir pero no sé si toleraré que me encierres en la cárcel cada vez que nos peleemos.
Por alguna razón a Karl le había parecido que esta última frase sonaba bien en su mente, pero al pronunciarla se escuchó tan idiota que no pudo evitar reírse. Y Elieth debió de haber pensado lo mismo porque lo secundó. Ambos rieron durante unos segundos en secreta complicidad, bajo la atenta y sorprendida mirada de los guardias de seguridad y la cara de cansancio del árbitro que parecía decir: "¡A ver a qué horas, no tengo todo el día!".
– ¿Qué les pasa a estos dos? –preguntó uno de los oficiales a sus compañeros.
– Todos los futbolistas están mal de la cabeza –contestó otro, encogiéndose de hombros–. Debe ser a causa de los pelotazos que reciben a cada rato.
– Prometo que no volveré a hacerlo –aseguró Elieth, juntando las manos en el gesto típico de plegaria–. Estoy muy arrepentida de haber permitido que mi enojo llegara a ese extremo, pero estoy dispuesta a hacer lo que sea necesario para compensarlo. De entrada ya me van a llevar a la cárcel ahora mismo pero si no es suficiente, empezaré a tirar basura al suelo y a rayar las paredes con grafitis para que me encierren las veces que sean necesarias.
– No hay necesidad de llegar a ese extremo. –Karl sonrió a medias; estaba a punto de hacer otro comentario pero al ver la cara de impaciencia del árbitro cambió de parecer–. No tenemos mucho tiempo así que no voy a extenderme más, sólo quiero decirte que no estoy seguro de qué es lo que debería de hacerse pero sí estoy seguro de qué quiero hacer. Sin embargo, no voy a decírtelo en este momento porque no quiero que sea apresurado, aunque puedes estar segura de que te daré mi respuesta muy pronto.
Al escuchar esto, a Elieth se le fue el alma a los pies y la luz desapareció de sus ojos grises. Al notar su cambio de expresión, Karl se arrepintió de sus palabras pero estaba consciente de que, si tardaba más tiempo en sacar a Elieth del campo, las autoridades comenzarían a presionar para que se usara la fuerza pública y él no quería que la lastimaran. Por supuesto, el Káiser tampoco quería cortar sus esperanzas así que hizo un último esfuerzo para contener a los guardias.
– Sólo dame tiempo a que termine el partido –pidió él, rápidamente–. Confía en mí, es que éste no ha sido el mejor lugar para intentar tratar este tema.
– Sí, lo sé –suspiró ella, sintiéndose derrotada.
Un pensamiento loco y fugaz pasó por la mente del alemán, quien se apresuró a descartarlo de inmediato; sin embargo, una voz en su oído le dijo que esa noche se habían roto muchas reglas y qué más daba si se quebraba una más, que se dejara llevar por su instinto en vez de obedecer a su raciocinio. Así que, dejando de lado por una vez la frialdad y el autocontrol que tanto lo caracterizaban, Karl atrajo a Elieth hacia su cuerpo y se fundió con ella en un beso que hizo detener el tiempo. Era como si hubiesen estado a solas en el rincón más alejado del mundo, para ellos no existían los guardias, los otros 21 jugadores, el desesperado árbitro y los miles de aficionados que los observaban, ellos habían creado su propia burbuja espacio-tiempo que los mantenía a salvo del resto del planeta.
Pero la realidad era que cada uno de sus movimientos fue transmitido a nivel mundial, convirtiéndose de inmediato en el espectáculo de medio tiempo que nadie esperó (y que no ocurrió al medio tiempo, por cierto). Algunas personas gritaron emocionadas, otras más se indignaron, las más pensaron que eso era una distracción un tanto bizarra y difícil de entender, no comprendían si la mujer rubia era una fan obsesionada o una persona que buscaba sus cinco minutos de fama, pero al menos casi todos estuvieron de acuerdo en que la escena de beso fue muy emotiva, como recibir el postre antes de que hubieran retirado los restos del platillo principal. Al nivel del terreno de juego, Sho comenzó a aplaudir y a gritar como si hubieran ganado la Champions y pronto Levin lo secundó, con lo que el resto de los jugadores del Bayern hicieron lo propio (los del Hamburgo ni se movieron, estaban demasiado deprimidos por su propia desgracia y preocupados por el hecho de que aún les esperaba una buena cogida como para preocuparse por la suerte de alguien más, sobre todo si ese alguien más era el capitán del equipo rival y su mayor verdugo). Los gritos y rechiflas de sus compañeros hicieron que Karl reaccionara y soltó a Elieth, no sin antes decirle unas palabras al oído:
– Confía en mí –le pidió.
A esas alturas, los guardias tenían cara de: "¡Apúrense que es para hoy!", a pesar de que no habían transcurrido más de cinco minutos desde que Elieth se metió a la cancha. Con mucha resignación, la francesa se separó de Karl con un suspiro y ofreció sus muñecas a los oficiales.
– Trátenla con cuidado, por favor –solicitó Schneider–. No quiero enterarme de que ha sufrido daños por abuso de poder.
– Por supuesto que tendremos cuidado –replicó uno de los guardias, cuya expresión parecía decir: "¿Por quién nos toma este igualado?".
Elieth no sabía ni qué pensar; Karl no le había dado una respuesta en concreto pero, ¿de verdad podía culparlo? Ella había cometido una estupidez bien grande y lo había tomado con la guardia baja, era lógico pensar que él no iba a decirle de manera inmediata que también la amaba y que sus problemas estaban solucionados. ¡No estaban en una comedia romántica ni en un fanfic de cuarta, maldita sea, sino en la vida real! Y en la vida real las personas tienen sentimientos reales con dudas reales, cualquier hombre se sentiría confundido si su pareja interrumpe su trabajo para decirle que lo ama, sobre todo si horas antes ella lo refundió en una cárcel.
"Pero a pesar de todo tengo algo de esperanza", se dijo la muchacha, mientras uno de los oficiales le esposaba las manos a la espalda. "No es mucho pero es lo que hay, tendré que aferrarme a eso…".
Cuando los hombres echaron a andar con ella casi a cuestas, el estadio estalló en rechiflas hacia los guardias y en frases de apoyo para Elieth. Expresiones como "¡Déjenla ir!" o "¡No ha hecho algo malo!" se hicieron escuchar, aunque la rubia sabía que no le servirían de nada, había violado la ley y debía pagar por eso. Al pasar cerca de la banca del Bayern, Elieth vio a Lily parada en el borde del campo con expresión extraña.
– ¡Lapinette, llámale a mi papá! –gritó ella, girando la cabeza en dirección a su amiga.
Lily no le respondió pero no era necesario que lo hiciera, Elieth estaba segura de que, a pesar de lo enojada que seguramente estaba, la ayudaría. Cuando a la reportera la sacaron al fin, Rudy Frank se paró a un lado de la doctora, con la perplejidad retratada en su rostro, tomándole varios segundos el poder formular la pregunta que tenía en mente.
– ¿Qué es exactamente lo que acaba de pasar con tu amiga, Del Valle? –preguntó–. ¿Interrumpió el juego sólo porque quería hablar con mi hijo?
– No tengo idea, señor –refunfuñó Lily, mintiendo parcialmente porque sí sabía que Elieth había cometido esa estupidez para poder charlar con Karl–. Sólo estoy segura de una cosa: de que la voy a colgar en cuanto tenga la oportunidad.
"Y de todas maneras no puedo ayudarla en este momento", pensó, echando un vistazo hacia donde se encontraba el doctor Stein, quien movió negativamente la cabeza al tiempo en que la miraba con severidad para darle a entender que estaba prohibido que abandonara sus labores para ir a ayudar a la fugitiva. "Tendrás que esperar a que acabe el partido, Gatita, ojalá que Leo pueda hacer algo por ti antes que yo".
Todas y cada una de las almas que llenaron el estadio en esa noche fría estuvieron al pendiente de lo que sucedió en el campo, pero sólo las personas que se encontraron más cerca de Elieth y de Karl se enteraron de que ella le había dicho que lo amaba y que le había pedido que lo perdonara, por lo que los demás sólo podían hacer conjeturas sobre lo que sucedió al nivel del césped. Quizás los amigos de la pareja tenían una mejor idea de lo que había pasado, pero se negaban a creer que Elieth hubiera llegado al extremo de invadir un partido para resolver sus problemas. Sin embargo, si había alguien capaz de hacer eso, esa persona era Elieth Shanks, sin duda.
– Válgame, para besar a Schneider no era necesario entrar en el campo –protestó Nela–. ¿Nadie le enseñó a esta mujer que interrumpir un juego es algo que NO debes de hacer bajo ninguna circunstancia? ¿Qué no encontró un mejor momento para decirle lo que sentía?
– Siendo honestos, pues no, ella no tuvo una mejor oportunidad para hablar con Schneider, estábamos muy justos de tiempo –comentó Wakabayashi, inesperadamente–. Aunque concuerdo en que pudo haberse aguantado unos treinta minutos más para intentar abordarlo.
– Hay ocasiones que ameritan invadir la cancha –opinó Débora–. Personalmente me parece muy romántico que haya llegado a este extremo sólo por él.
– ¡No es romántico, es una estupidez! –replicó Nela–. ¡A esta babosa la van a meter a la cárcel!
– ¿Tú qué opinas, Gen? –quiso saber Kaltz, con curiosidad.
– Yo me abstengo de hacer comentarios –contestó Genzo, como si hubiera estado frente a las cámaras–. Lo que ha hecho Elieth es inaudito, pero tampoco puedo decir que me sorprenda demasiado.
– ¿Quieres decir que esto es algo que se podía esperar de ella? –Kaltz levantó ambas cejas.
– ¡De eso no hay duda! –concordó Leo Shanks–. Yo tampoco estoy sorprendido aunque sí muy, muy avergonzado. La gente creerá que los hijos de embajador podemos hacer lo que se nos venga en gana sin tener consecuencias.
– Yo no estoy tan seguro de que no vaya a haber consecuencias –replicó Wakabayashi–, pero ya veremos qué sucede. De momento creo que iré a pagar su fianza hasta que finalice el partido.
– ¿Hasta el final del partido? –preguntó Bárbara, enarcando una ceja–. ¿Por qué no ahora mismo?
– Porque se merece un pequeño escarmiento –respondió Genzo, haciendo que Leo Shanks se echara a reír a carcajadas.
– Supongo que eso significa que tú tampoco la vas a sacar –señaló Gwen.
– No, yo sí tengo que ir a verla –negó Leo, poniéndose en pie–, después de todo es mi hermana.
– Iré contigo. –Gwen se levantó también, aunque Leo trató de detenerla.
– Quédate a ver el partido –le dijo él–. No me es desconocido que eres muy fandel Káiser y esta noche está dando un buen espectáculo… en más de un sentido, aunque algunas cosas sean culpa de mi hermana.
– Gracias, pero no voy a dejar que mi novio se vaya solo a tratar de sacar a mi cuñada de la cárcel –aseguró Gwen, con una sonrisita–. Vaya mala combinación de palabras que fueron ésas.
– Eso pasa cuando tienes una hermana como la mía –suspiró Leo, quien secretamente se sentía muy emocionado por el hecho de que Gwen lo hubiese preferido a él sobre Schneider.
– Además, esto ya está sentenciado –añadió Leonardo–. El Hamburgo ya está muerto, nomás no le han avisado.
Leo Shanks y Gwen Heffner salieron rápidamente del palco, tras lo cual aquél intentó comunicarse con su padre mientras se dirigían hacia la zona en la que creían que pudieron haberse llevado a Elieth, aunque lo cierto era que ninguno tenía idea de en dónde podía estar eso. Preguntando a algunos asistentes la pareja se enteró de que las personas que causaban problemas solían ser trasladadas al cuarto de vigilancia del estadio en lo que llegaba la Landespolizei, así que hacia allá se encaminaron Gwen y Leo, esperando que la imprudencia de Elieth no tuviera consecuencias más serias.
Mientras tanto, Hedy estaba a punto de sufrir una embolia en su palco. De por sí ya estaba furiosa por el hecho de que esa maldita reportera de cuarta se hubiese metido al campo, lo cual incrementó cuando ella llegó hasta Karl y su ira alcanzó niveles estratosféricos cuando él besó a esa estúpida. Los presentes en su compartimiento (y en el contiguo también) soltaron gritos de emoción cuando eso sucedió, por lo que casi nadie notó que Hedy gritó de rabia.
– ¡Maldita infeliz! –gritó hacia la pantalla, contra aquélla que una vez más le había ganado la partida de un solo golpe bien dado–. ¡Me las vas a pagar!
¡Y es que ese beso representaba una humillación monumental para Lims! No hacía ni media hora que Cassandra Pedraza Larreta la había entrevistado por ser la nueva pareja de Karl Heinz Schneider y él se besaba con otra en pleno partido, a medio campo, delante de cámaras que transmitían sus movimientos a todo el mundo. ¡Nadie iba a creer, después de ese beso, que Hedy era en realidad su novia! ¿Cómo era posible que Elieth Shanks hubiera vuelto a vencerla con el truco más barato posible, es decir, un buen beso dado en el momento adecuado?
Truco que, por cierto, Hedy nunca tuvo la oportunidad de aplicar pues Schneider siempre esquivó y/o bloqueó todas sus tentativas, lo cual la hacía sentirse todavía más humillada.
– ¡De seguro esa maldita lo hizo a propósito, ya lo tenía todo planeado! –bufó Hedy, presa de la ira–. ¡Seguro que ya tiene a alguien que va a sacarla de este lío sin problemas!
Casi nadie le prestó atención pues el 98% del estadio estaba al pendiente de lo que ocurría en la cancha, pero las pocas personas que advirtieron que Hedy hacía su rabieta sintieron una íntima satisfacción por verla tan enojada, entre ellas Alyssa, quien disfrutaba mucho con el hecho de que por fin se estuviese desenmascarando a esa mentirosa.
Por en medio de su enojo, una lucecita comenzó a brillar en la cabeza hueca de Hedy, sus escasas neuronas le hicieron ver algo que era mucho más grave que el hecho de que Elieth se hubiese besado con Schneider delante de medio planeta: cuando Cassandra se enterara del hecho, la acusaría de haberse burlado de ella y convertiría su entrevista en un artículo en donde la destrozaría sin piedad.
"Te va a hacer trizas. Puedes irte despidiendo de tu carrera, una nota negativa de parte de esa mujer puede hacer que nadie más quiera volver a contratarte…".
Si no hubiera estado tan furiosa Hedy se habría apanicado ante esa posibilidad, pero la rabia le hizo conservar la sangre fría. Su única opción era ir a buscar a Elieth Shanks a donde sea que se la hubiesen llevado (a la cárcel, lo más lógico) e iría a echarle pleito por haberse besuqueado con su novio. Actuaría como la mujer despechada que era y se enzarzaría en una pelea con esa estúpida, aprovechando que desde hacía tiempo traía ganas de jalarle ese maldito cabello rizado y dejárselo peor que nido de pájaros.
"¡De que me la paga, me la paga!".
Esta opción le pareció tan buena que se sintió repentinamente mejor, sobre todo porque los guardias ya se habían llevado a la reportera y el partido estaba por reanudarse. Ver a Elieth Shanks salir esposada le causó satisfacción a Lims y le dijo mentalmente que lo peor estaba por venir.
– ¡Qué lío! –exclamó Alyssa, en voz lo suficientemente alta para que Hedy la escuchara–. Pero sin duda que ha sido un espectáculo muy satisfactorio de ver.
Una vez que el campo quedó libre de intrusos, el árbitro intentó reiniciar el partido pero la banca del Hamburgo protestó, exigiendo un penalti a su favor. Al escuchar semejante petición, Rudy Frank saltó para ir a pelear con Zeeman, quien decía que las reglas así lo marcaban.
– Esa reportera es Elieth Shanks, que según sé trabaja para la división de periodismo del Bayern –declaró Zeeman al réferi–. Por tanto, pertenece a su banca y al haber entrado al campo en pleno partido nos concede a nosotros un penal.
Y es que las reglas marcan que, si alguien de la banca de cualquiera de los dos equipos interrumpe en un partido, se cobrará un penalti a favor del contrario. Sin embargo, esa norma aplicaba para el cuerpo técnico y los suplentes, quizás para el médico si su interrupción no estaba debidamente solicitada o no se debía a una urgencia extrema. Era cierto que Elieth Shanks trabajaba para el Bayern pero ese día su presencia en el estadio se debía a su otro trabajo con Sport Heute, por lo que no podía considerarse que formaba parte de la banca del equipo muniqués.
– Además, no sé en qué parte del mundo se deja que los reporteros se sienten con nosotros –reclamó Rudy Frank, señalando su propia banca–. Si se hubiese metido alguno de mis médicos lo aceptaría y bajo determinadas circunstancias, pero la señorita Shanks ni siquiera estaba aquí sino en el área destinada a la prensa.
Lily suspiró de alivio culpable y dio gracias de no haber sido tan imprudente, pues en su desesperación ante los actos cometidos por Elieth estuvo a punto de meterse al campo también con la finalidad de detenerla, pensando en que si ya se había metido una persona qué más daba que lo hicieran dos. No se le había ocurrido pensar que eso le habría traído consecuencias al equipo, no sólo a ella, aunque a esas alturas un gol del Hamburgo no iba a marcar diferencia.
– Suficiente: no habrá penal –sentenció el árbitro, harto ya de esa noche de locos y de tantas interrupciones–. Técnico del Hamburgo, si no se controla me veré obligado a expulsarlo.
– Gracias, señor –dijo Rudy Frank, regresando a su banca cuanto antes para evitar mentarle la progenitora a Zeeman; éste no tuvo más remedio que apegarse a la indicación del réferi pero estaba que echaba chispas por no haber podido conseguir una oportunidad para su equipo.
"Aunque seguramente que Ëkdal habría querido cobrar ese penal y seguramente lo habría vuelto a enviar al espacio exterior", pensó el enojado hombre.
Al regresar a su puesto, el entrenador Schneider vio a Lily con actitud contrita y no tuvo en reparos en volver a abordarla, aprovechando que la mayoría de los jugadores otra vez habían enfocado su atención en el partido que estaba por reanudarse.
– ¿Estás segura que no tienes idea de qué carajos pasó allá, doctora? –le preguntó, sin estar muy convencido de su supuesta ignorancia.
– Ay, entrenador, ¡ojalá lo supiera! –contestó Lily, alzando dramáticamente las manos hacia el cielo–. Pero estoy tan sorprendida como usted.
– Bien, ya veremos eso en su debido momento. –Rudy Frank tomó su puesto habitual junto a la línea blanca que delimitaba el borde del campo–. Terminemos con este partido de una buena vez.
El hombre le hizo una seña a Karl, quien asintió con la cabeza para hacerle saber que estaba bien. El joven había caminado detrás de Elieth y de los guardias que se la llevaron esposada hasta quedar a unos cinco metros al borde del campo; si no se atrevió a ir más lejos no fue por no querer asegurarse de que Elieth estuviera bien sino porque se dijo que debía volver a ponerse en modo fútbol y guardar sus sentimientos por un rato, así que ahí se quedó a esperar a que se reiniciara el encuentro. Una vez que hubo intercambiado gestos con su padre, Karl regresó al medio campo, en donde se encontró con Sho y con Levin.
– ¿Qué tal estás, capitán? –preguntó el chino, sin asomo de burla–. ¿Ya has tenido suficientes sorpresas por esta noche?
– Todavía no. –Karl sonrió a medias–. Aún no hemos acabado de aplastar a este equipo.
– Sí, pero eso no será una sorpresa para nadie –replicó Levin–. A estas alturas el Hamburgo ya no está en condiciones de darle batalla ni al equipo más débil de la más baja división japonesa.
Schneider se dio cuenta de que el resto de sus compañeros le lanzaban sonrisas complacientes o miradas de complicidad, que él no supo cómo interpretar. En cualquier caso, no hubo tiempo para más plática pues el árbitro ordenó el reinicio del juego, dándole al Hamburgo el privilegio de hacerlo aunque esto no calmó a Zeeman, pues seguía rumiando lo del penal que según se merecían.
Boisler y Amaruso pusieron en movimiento el balón, con la renovada intención de no irse en ceros. Estaban conscientes de que a esas alturas sería imposible revertir el marcador, ellos no eran Tsubasa Ozhora y por tanto no eran apoyados por la magia del guion, por lo que a ellos no les caería el milagro de darle la vuelta a un marcador tan adverso, pero al menos querían rescatar un poco de la dignidad perdida y anotarle un gol al petulante portero del Bayern. El receso ocasionado por esa loca reportera les había dado un breve respiro a los del Hamburgo y ahora se veían más animados que antes, así que quizás podrían valerse de eso para intentar una ofensiva que resultara letal. Sin embargo, Boisler y Amaruso no habían recorrido ni medio campo cuando otra vez ese rayo rojo y amarillo los atropelló sin que pudieran evitarlo. Al parecer no sólo los del Hamburgo habían renovado sus energías, pues Schneider parecía estar como nuevo a pesar de haber sido el objeto principal del escándalo ocurrido momentos atrás.
– ¡Vamos, Levin! –gritó Karl, haciéndole una seña a su compañero para después echar a correr hacia la portería contraria.
– ¡Sí! –gritó Levin, sin perder el tiempo.
Los dos atacantes esquivaron a los jugadores del Hamburgo que les salieron al encuentro, pasándose el balón entre sí en una combinación perfecta. El estadio volvió a encenderse y coreaban a su emperador y al joven vikingo de las tierras del Norte que tan buena dupla hacía con él.
– Hace unos años nadie hubiera pensado que Levin y Schneider podrían llegar a complementarse tan bien –comentó Genzo, atento a la jugada–. Parecía que sus estilos eran demasiado opuestos como para combinarse adecuadamente pero han sabido acomodarlos a la perfección.
– Se nota que han pasado muchas horas entrenando juntos –acordó Hermann–. Aunque hay que reconocer que el viejo Schneider tiene la habilidad de saber aprovechar las cualidades de sus compañeros de equipo.
– Sí, igual que Tsubasa –añadió Wakabayashi.
Bárbara puso los ojos en blanco ante la mención del jugador japonés con el que estaba tan obsesionado el novio de Lily y que, a su parecer, no era tan bueno como los alemanes, pero no podía culpar a Genzo por querer apoyar a su compatriota.
Al mismo tiempo, los dos jugadores del Bayern habían llegado ya frente a Schwaizer; Schneider tuvo un brevísimo momento de duda en el que no supo si tirar él o pasarle el balón a Levin; al final se decidió por esto último pero ese pequeño titubeo le costó que Schwaizer leyera sus intenciones de manera que, cuando Stefan recibió el esférico y tiró a la portería, el guardameta alcanzó a desviar el balón con la punta de los dedos.
– ¡Eso estuvo cerca! –manifestó el comentarista del Allianz Arena–. ¡El Caballero de la Noche Blanca hizo sudar al arquero del Hamburgo!
– ¡Eres un asco, Schwaizer y lo sabes! –gritó Débora, poniéndose en pie–. ¡Pero hasta el más lerdo puede tener sus golpes de buena suerte!
– Cálmate, mujer. –Nela la jaló de la ropa para forzarla a sentarse–. O me vas a obligar a decir que no vengo contigo.
– Aunque tiene razón: lo de Schwaizer no ha sido más que mera suerte –opinó Kaltz.
– ¡Maldita sea! –exclamó Levin, en el campo–. ¡Estuvo tan cerca!
– El error fue mío, por titubear –señaló Karl, cuyos ojos brillaban–. Pero te juro que no volveré a fallar.
– Ey, ustedes dos –les gritó Sho–. ¿Pueden con eso o necesitan ayuda?
– Podemos con esto, gracias, pero se te agradecería que nos apoyaras un poco –replicó Levin–. Se supone que tú también juegas con este equipo.
– Oye, que yo ya anoté dos goles pero, dado que no pueden vivir sin mis anotaciones, tendré que meter otros dos. –Sho se encogió de hombros.
"Valoro mucho tu estilo y lo mucho que le has aportado a este equipo, Sho", pensó Karl, caminando hacia medio campo. "Pero no serás tú quien volverá a anotar".
Algo sustancial había cambiado en él. A pesar de que le había dicho a Elieth que no estaba en momento de tomar una decisión, lo cierto era que se había encendido con sus palabras. Una sensación de emoción incontenible, de calidez, de euforia subía por su columna vertebral y se distribuía por todos sus huesos, sus músculos, sus venas, Karl tenía ganas de agarrar el balón y tirar una y otra vez hacia la portería de Schwaizer para demostrar que era el mejor, por la pura gana de hacerlo. ¡Elieth lo amaba! Bueno, que eso ya lo sabía pero su confesión dicha a medio campo, aunque no lo manifestó, lo había emocionado más de lo que esperaba. Así pues, en cuanto el Hamburgo volvió a poner en juego el balón de manos de Schwaizer, Schneider fue detrás del jugador que recibió el pase para quitárselo.
Mientras tanto, en el cuarto de vigilancia del Allianz Arena, uno de los guardias le tomaba una declaración preliminar a Elieth al tiempo que el otro se ponía en contacto con la Landespolizei. El hombre se veía de buen humor, a pesar de los dolores de cabeza que ella le hizo pasar, pero eso no le dio muchas esperanzas a Elieth, de cualquier manera iba a acabar en una celda y era probable que su trabajo en el Bayern se viese comprometido. ¿Qué sucedía cuando alguien del equipo ocasionaba un problema de ese nivel? ¿Lo corrían sin dilación o simplemente lo amonestaban? Elieth suponía que si el lío no era tan grave bastaba con lo segundo pero lo suyo había todo menos pequeño, seguramente que la despedirían en cuanto su jefe tuviera la oportunidad de hablar con ella.
"Al menos me quedará el trabajo con Sport Heute", pensó la francesa, soltando un suspiro. En ese momento en el que ya había pasado todo era cuando comenzaban a llegar a su mente las posibles consecuencias de su impulsivo acto.
"¡A buena hora!", le reclamó su conciencia, la que tenía la voz de Lily. "¡En eso debiste de haber pensado antes de entrar tan irresponsablemente al campo!".
– Muy bien, señorita, voy a preguntarle algunos datos y necesito que me responda con la verdad –demandó saber el guardia–. ¿Cuál es su nombre?
– Nicole Dumas –mintió Elieth, dando gracias de que su credencial de reportera estuviese adosada a la correa de su cámara, la cual le dejó a su compañero.
Ella no quiso dar su nombre real para no afectar al Bayern ni a su padre, con eso esperaba contener el daño durante un tiempo cuando menos; si de todos modos ya la iban a llevar presa por irrumpir en un partido, poco importaba que les mintiera a esos guardias, ya a los de la Landespolizei sí les diría la verdad. Además, no estaba engañándolos como tal sino diciendo una verdad a medias, pues Nicole era su segundo nombre.
– Vaya, qué curioso, se apellida igual que ese escritor que hizo "Los Tres Mosqueteros" –comentó el oficial, sin sospechar que la otra le hubiese mentido.
– Es que era francés, igual que yo –replicó la chica, sin inmutarse–. Dumas es un apellido común en Francia.
– Ya veo. –El hombre pareció tragarse el cuento–. Entonces es usted francesa. ¿Cuál es su oficio, señorita Dumas?
– Reportera –suspiró Elieth–. O por lo menos hasta hace un rato lo era.
Al oficial pareció caerle en gracia esto, pues soltó una risita aunque se recompuso rápidamente.
– ¿Fecha de nacimiento? –demandó saber.
– 27 de marzo –contestó Elieth, omitiendo deliberadamente el año.
– Muy bien –aceptó el hombre–. ¿Y es usted la novia del Káiser o nada más una fan loca?
– Oiga, no se pase –protestó Elieth, ofuscada, mientras el guardia que se había comunicado con la Landespolizei soltaba una risita.
– Le ofrezco mis disculpas –se retractó el hombre–. Es que a uno le gana la curiosidad…
– No se preocupe –respondió Elieth, restándole importancia al asunto–. Debe ser aburrido para ustedes estar aquí metidos todo el tiempo.
En ese momento se escucharon gritos de emoción provenientes de las gradas y el oficial interrumpió su interrogatorio para echar un vistazo hacia la puerta, a través de la cual se colaba el ruido. Se notaba que tenía deseos de ver qué era lo que sucedía pero su deber se lo impedía así que lanzó un suspiro de resignación y continuó con su labor. Sin embargo, el otro guardia salió de la habitación sin ventanas hacia el cuarto contiguo, en el cual el reflejo de una pequeña pantalla le hizo saber a Elieth que había una televisión, seguramente los oficiales veían ahí los encuentros cuando todo estaba tranquilo; el segundo guardia subió el volumen de esa televisión invisible y hasta el cuartucho sin ventanas se coló la voz de Stephan Lehmann.
– ¡El Káiser arranca a toda velocidad! –bramó el hombre–. ¡Deja detrás de sí a todos los jugadores del Hamburgo con una facilidad pasmosa! ¡Queda solo frente al portero Schwaizer! ¡Se prepara para tirar y es… GOOOOOOOOOL!
Tal y como Lehmann lo dijo, Karl volvió a hacer de las suyas y arrastró detrás de sí a los del Hamburgo, quienes no pudieron ni remotamente darle alcance. El joven no tuvo la necesidad de combinarse con ninguno de sus compañeros, haciendo una carrera a toda velocidad pudo llegar sin problemas hasta la portería rival y batir al guardameta con un toque preciso de su pierna. Schneider había dado tal muestra de calidad futbolística que el estadio no cabía en sí del gozo y del asombro.
– ¡Qué golazo acaba de meter ese muchacho! –exclamó alguien que Elieth no alcanzó a ver–. ¡No cabe duda de que es nuestro orgullo alemán!
– Él nos llevará a ganar el Mundial, estoy seguro –intervino uno de los guardias–. ¡Es nuestra gran esperanza!
Elieth sintió que el corazón se le llenaba de orgullo por ese bravo futbolista que había conseguido poner a su favor a todo el pueblo alemán, a pesar de que cuando comenzó a jugar mucha gente lo menospreciaba por ser el hijo de Rudy Frank Schneider. Ella estaba feliz de que, a pesar de la idiotez que hizo de interrumpir su juego, Schneider no se había visto afectado por esta intromisión. Sin embargo, lo que ella no sabía era que Karl estaba muy entusiasmado debido a su declaración de amor. La alegría que le proporcionó escucharla decir que lo amaba le había dado a Karl el impulso que le hacía falta para hacer papilla al Hamburgo y que no le quedaran ganas de volver a jugar en el Allianz Arena.
– Pareciera como si a Schneider le hubiesen dado alguna inyección de vitalidad –comentó Forster, uno de los suplentes del Bayern, al doctor Stein–. ¿No le habrá dado alguna en el medio tiempo, doctor?
– No, yo no hice nada pues no es vitalidad lo que se le inyectó a ese muchacho sino otra cosa –se rio el médico, siguiendo la broma–. Lo que tiene así a Schneider es el poder del amor; aunque no sé bien qué sucedió hace rato, es obvio que esa jovencita de la que está enamorado obró maravillas en su estado de ánimo.
– Ay, ¡pero qué cursi! –Lily hizo un gesto de asco–. No se pase, doctor, su melosidad me va a dar diabetes.
– Pero vamos, si tú también debes de saber lo que es eso –replicó el doctor Stein, guiñándole el ojo.
– Sí, pero no lo digo de una manera tan sentimentaloide. –Ella puso los ojos en blanco.
"Aunque parece ser cierto que, tras la irrupción de Elieth, Karl ha cambiado notoriamente", admitió Lily. "Se le ve más entusiasmado, más seguro de sí mismo, más radiante… Pero sigue siendo una cursilada decir que está así 'por el poder del amor', hay que decirlo".
Sin poder evitarlo, la doctora pensó en Genzo y en el hecho de que había ido a buscarla al medio tiempo a los vestidores, sin duda para hablar de lo sucedido con Ëkdal. Lily daba gracias por el hecho de que el entrenador Schneider hubiese sido quien corrió a los visitantes pues ella no habría tenido valor para negarse a ver a Genzo, aunque tampoco hubiera querido enfrentarse a él para hablar sobre Ëkdal, de todos modos no era algo que Wakabayashi pudiera solucionar y Lily ya no quería que éste fuese a pelear con el noruego por la razón que fuera.
"Mándale un mensaje y dile que todo está bien", le susurró la voz de su conciencia.
"¿Aunque sepa que eso es mentira?", Lily frunció el ceño. "No, de ninguna manera".
"Sí que eres terca", le respondió esa misma voz. "Ten cuidado, no vayas a perderlo por culpa de tu orgullo…".
Lily encerró sus miedos y ansiedades detrás del muro de hierro de su subconsciente y se enfocó en el partido; en ese momento, Levin había vuelto a robar el balón pues quería resarcirse del tiro que falló frente a Schwaizer y le hizo señas a Sho para que le ayudara en el ataque. El chino accedió y se combinó con su compañero para al final enviarle un estupendo disparo que Stefan detuvo con la pierna derecha y bajó el esférico al césped para poder acomodarlo mejor. Los defensas del Hamburgo se le fueron encima pero el sueco, con un elegante movimiento, se los quitó de encima y lanzó un potente remate de pierna izquierda que se fue a estampar en las redes de la portería.
– No puedo seguir viendo esta masacre –musitó Kaltz, frotándose los ojos, mientras Débora bailaba en su asiento una danza india a manera de festejo–. ¡Nos están haciendo polvo!
– Eso va a aparecer mañana en XYVideos –musitó Leonardo, haciendo referencia a una página porno–, como una de las peores cogid…
– Cállate –lo regañó Nela, jalándolo de una oreja, mientras Genzo sonreía por lo bajo por haber entendido la referencia.
– Lo lamento mucho, amor –le dijo Bárbara a Kaltz, acariciándole la espalda.
– No tienes por qué, Babs, esta noche el equipo ha sido un asco –replicó Kaltz–. Y es algo que ya todos sabíamos, pero una cosa es imaginar la situación y otra muy diferente verla de frente y comprobar que es peor de lo que se pensó.
– Y todavía quedan veinte minutos de juego –añadió Wakabayashi, concentrado en las jugadas–. Schneider todavía puede hacer mucho daño en ese lapso.
– Sabía que el equipo de Junguang era fuerte pero esto ha sido una masacre –comentó el abuelo Huan-Yue, muy entusiasmado–. Hacía mucho que no me divertía tanto.
– Es bueno saberlo –dijo Nela, pensando para sus adentros que era de temer que el hombre se entusiasmara con una liquidación de ese nivel, aunque bien podía deberse a que se daba cuenta de que su nieto estaba en un buen equipo.
Amaruso hizo un débil intento de acercarse a la portería del Bayern pero Drener detuvo su tiro sin problemas y se lo pasó a Schneider, quien le había hecho un gesto con la mano; por lo regular Drener solía despejar con un tiro largo pero vio que su capitán estaba ansioso por correr así que despejó en corto para que el Káiser se expandiera a sus anchas. Tal como si hubiera escuchado a Wakabayashi, Schneider estaba dispuesto a demostrar que no se iba a conformar con los nueve goles que llevaban a favor y lanzó su Fire Shot hacia la portería de Schwaizer, metiendo la anotación número diez en esa desigual lluvia de goles. En la banca del Hamburgo, Zeeman lucía francamente desmoralizado, su equipo estaba recibiendo una paliza que habría de pesarle mucho y acarrearle dolorosas consecuencias, estaba seguro de ello.
– ¡Fuera Zeeman! –A esas alturas, los aficionados del Hamburgo ya estaban bien conscientes de quién era el responsable de esa humillación y pedían su salida a gritos–. ¡Fuera, Zeeman, fuera!
– Si lo raro no es que Schneider esté imparable –opinó el reportero que se quedó con la cámara de Elieth, al escuchar los gritos–. Lo raro es que el Hamburgo, con este equipo tan deficiente, haya podido llegar tan lejos.
– Eso es porque llevaba el impulso dado por Wakabayashi –replicó un compañero–, el cual alcanzó y bastó para permitirle al Hamburgo llegar hasta aquí, pero ya se les acabó lo que él les dio. Ésa es la realidad y tendrán que aceptarla.
A su vez, Leo Shanks tuvo que resignarse a que no lo iban a dejar ver a su hermana; por fin había encontrado el sitio a donde se la habían llevado y, aunque estuvo dialogando para tratar de convencer al encargado, no le permitieron ver a Elieth aunque le aseguraron que "la señorita Dumas estaba en buen estado" y que, si quería verla, tendría que esperar a hacerlo en la estación de la Landespolizei a la que sería trasladada.
– ¿La señorita Dumas? –preguntó Gwen, por lo bajo.
– Es mi hermana, estoy seguro –respondió Leo–. Es fan de Alexandre Dumas, supongo que quiso usar un pseudónimo y no me sorprende que haya escogido el apellido de su escritor favorito. Ni modo, tendré que llamarle a mi padre para informarle de la situación.
Al mismo tiempo, en el hotel en donde se hospedaba Rémy Shanks, su asistente François había intentado inútilmente ponerse en contacto con alguien que pudiera darle informes sobre la hija del embajador pero nadie supo darle razón, pues no había ninguna Elieth Shanks encerrada en alguna parte por haber interrumpido en el partido. El asistente, sabiendo que le esperaba una buena reprimenda, se lo hizo saber a su jefe para que le diera nuevas órdenes.
– ¿Así que no tienen detenido a alguien con el nombre de mi hija? –preguntó Rémy, meditabundo–. ¿Y no preguntaste por Nicole Shanks?
– Sí, lo hice, pero tampoco hay alguien con ese nombre –respondió François–. Tienen detenida a una Nicole Dumas, más no a una Nicole Shanks.
– ¡Si serás! Ésa es mi hija, no hay duda. –Rémy elevó los ojos al cielo–. No hay que ser demasiado inteligente para saberlo, no debe de haber muchas Nicoles encerradas por la misma causa.
– Es cierto, señor, discúlpeme, debí de haberlo pensado –se apresuró a decir François, avergonzado–. Me pondré en contacto inmediatamente con el jefe de la Landespolizei de la ciudad.
– Te estás tardando, debiste de haberlo hecho hace tiempo –gruñó Rémy.
El sonido del teléfono personal del embajador evitó que éste continuara regañando al pobre François; Rémy hizo entonces el ademán de contestar y su asistente se esfumó sin tardanza. La llamada provenía de Leo, quien lo puso al tanto de la situación y del hecho de que no lo dejaron ver a Elieth en el estadio, por lo que Rémy le dijo que se dirigiera sin tardanza a la estación de policía y que se reuniría allá con él.
– Y por lo que más quieras, Leo: evita cometer alguna estupidez tú también –rogó Rémy–. Que no creo que las influencias me basten para sacarlos a los dos de la cárcel.
– Lo tendré en cuenta –afirmó Leo, tras lo cual cortó la llamada.
– Supongo que ya no verás el final del partido –comentó Marcel, quien había estado siguiendo con mucho interés las jugadas de Schneider–. Vaya que ese muchacho es bueno, me alegro de haberlo dejado salir ya que de lo contrario me habría perdido de este espectáculo.
– Evidentemente ya no lo voy a ver y tú tampoco –gruñó Rémy–, porque me vas a acompañar a sacar a mi hija de la cárcel, es tu castigo.
– Supongo que me lo tengo merecido –suspiró Marcel, aunque se levantó de buen talante–. Ya qué.
– Lily tiene razón: te pasas de cínico –lo amonestó Shanks.
– Procuraré tenerlo en mente –sonrió Dubois–. Daré órdenes de que preparen uno de los autos diplomáticos.
– No, los diplomáticos no –negó Rémy–. Si bien pienso usar mis influencias para liberar a mi hija, no quiero que se vea un automóvil con banderas de Francia afuera de una estación de la policía alemana.
– Bien, tienes razón en eso.- aceptó Marcel.- Pediré que preparen uno más discreto y sin emblemas.
Sin embargo, los preparativos tardarían más de lo esperado, de manera que ambos hombres alcanzaron a ver el final del juego. Después del gol número diez, el quinto anotado por Schneider, el Hamburgo ya no tenía moral ni energía para intentar algo, lo que fuera, y se limitó a sobrevivir y a contar de manera desesperada los minutos que faltaban para que el juego concluyera. Zeeman gritaba órdenes como energúmeno pero sólo Boisler le hacía caso, los demás habían perdido el rumbo incluyendo Ëkdal, quien se suponía que sería el pilar de ataque del equipo. El noruego perseguía el balón más por inercia que por una intención real de hacer algo; a esas alturas él estaba perfectamente consciente de que había sido humillado al extremo y que no pudo demostrar que era capaz de sacar adelante al equipo sin sus dos antiguas estrellas, es decir, Wakabayashi y Kaltz.
– ¡Faltan cinco minutos! –gritó un desanimado Amaruso a un más frustrado Schwaizer–. ¡Aguanta un poco!
Pero Karl no estaba dispuesto a dejarlos en paz, seguía teniendo el "impulso del amor" en la sangre y quería continuar anotando goles, ansiaba anotar un doble hat-trick y nadie se lo iba a impedir. Era casi la última jugada del encuentro y prácticamente todo el Bayern estaba en el área del Hamburgo, sólo Drener permanecía impávido (y aburrido) en su puesto. Debido a una falta ocasionada por Ëkdal, el Bayern tenía un tiro libre directo que sería marcado por Sho, cuya intención era llegar al arco pero el balón alcanzó a ser desviado por un defensa; Levin intentó rematar con un cabezazo pero Schwaizer pudo golpear la pelota y ya los del Hamburgo respiraban aliviados por haber evitado el peligro cuando Schneider apareció y remató el balón con un disparo de lado que agarró a Schwaizer descolocado, anotando así el undécimo gol del encuentro.
– ¡GOOOOOOOL! –Stephan Lehmann no cabía en sí del gozo–. ¡Con esto queda más que sellado el destino de este encuentro! ¡El Bayern Múnich le gana al Hamburgo por once goles a cero! ¡Karl Heinz Schneider hace su segundo hat-trick de la noche, coronando un partido perfecto!
– Ya déjalo, ya está muerto –comentó Marcel a la pantalla cuando vio que Schneider celebraba a lo grande–. Ya no puedes hacerlos sufrir más.
– A ellos no, por lo menos –refunfuñó Rémy, quien impaciente esperaba a que Leo le hablara o a que les avisaran que el auto estaba listo–. Pero habrá que ver cómo le va a mi hija.
– Seguramente le va a ir bien –suspiró Marcel–. Schneider es un caballero, lo demostró al evitar que los guardias maltrataran a Elieth; no sé qué tanto se habrán dicho en ese momento pero queda claro que él se preocupó por ella, por no mencionar que ese beso fue muy revelador.
Por respuesta Rémy gruñó, aunque Dubois no supo si fue por culpa del beso o de lo que dijo él. Para fortuna del embajador, menos de dos minutos después François les anunció que el vehículo estaba listo para partir.
En el estadio, Schneider saltó con el puño en alto en un claro festejo de victoria. No sólo había anotado un doble hat-trick sino que además había vapuleado al Hamburgo, dejando en ridículo a Zeeman y demostrando que, sin Wakabayashi y sin Kaltz, el equipo no valía ni cinco centavos.
– Esto ha sido peor que comerse tres burritos rellenos de chipotle y frijol –comentó Leonardo–. Les ha de estar ardiendo muy feo a los del Hamburgo.
– ¿Por qué todas tus referencias tienen que estar relacionadas al sexo o a cuestiones escatológicas? –volvió a regañarlo Nela.
– Porque soy mexicano –respondió Leonardo, esbozando una sonrisa curiosa.
– Vamos, que Lily no es así, ni Débora tampoco –bufó Nela, quien a pesar de todo también sonrió–. No te detienes ni porque el abuelo de Sho está con nosotros.
– Seguramente ya está acostumbrado, ¿verdad, señor? –replicó Leonardo, palmeando amistosamente el hombro del chino–. Sabe que somos buena onda.
El abuelo Huan-Yue, que no entendió el término "buena onda", miró al mexicano con amabilidad, aceptando que a pesar de sus extravagancias todos los amigos de su nieto eran personas decentes de la sociedad, dentro de lo que cabía.
– Como dije, hacía mucho que no me divertía tanto –acordó el hombre.
Mientras tanto, Kaltz esperaba con angustia a que el árbitro finalizara el partido, todavía restaban dos minutos de compensación y en ese tiempo cualquiera del Bayern podría meter un gol, hasta el mismo Schwaizer podría hacerlo por accidente, así de mal estaba jugando. Kaltz nunca antes se había sentido tan desesperado, tan impotente ni tan frustrado por presenciar una masacre de ese nivel contra alguno de sus equipos; tan deprimido estaba que se convenció de que su presencia en el campo no habría marcado la diferencia, el Bayern los habría machacado aún habiendo jugado él. Quizás habrían metido menos goles, eso sí, pero habría sido una capitulación dolorosa de cualquier manera.
– Dicen que de la derrota se sacan cosas buenas, Kaltz –comentó Wakabayashi, tratando de darle ánimos–. Hoy ha sido una mala noche pero mañana habrá que levantarse y reconstruirse para volver a dar batalla.
– Deberían de empezar por echar a ese entrenador –replicó Bárbara–. No podrán reconstruirse mientras sigan teniendo a ese imbécil cortando cualquier posibilidad de superarse.
– Eso dependerá de las decisiones que tomen los directivos –contestó Genzo, con un tono de voz que daba a entender que él pensaba lo mismo pero que no dependía de ninguno de ellos tomar esa decisión.
– Vamos, que si después de esto Zeeman sigue como técnico, renuncio –intervino Kaltz, fastidiado–. No podría seguir bajo sus órdenes después de lo que ha sucedido esta noche.
El árbitro dio al fin el silbatazo que marcaba el término del encuentro; si el Bayern no metió su doceavo gol fue porque no le alcanzó el tiempo pero tampoco le hacía falta: once anotaciones a favor eran más que suficientes para clasificar el equipo a la siguiente fase. La hinchada del Hamburgo comenzó a abandonar sin demora el estadio, por lo que prácticamente ya no había seguidor alguno del equipo en el Allianz Arena cuando los jugadores se dejaron caer, agotados y desmoralizados, en el terreno de juego. Y no era que los fans quisieran castigar a los once hombres que lo dejaron todo en la cancha, era al entrenador al que vapuleaban con su desprecio por haber echado del equipo al único que podría haberle hecho frente al Bayern Múnich y con ello haber evitado una masacre de ese nivel.
Sin embargo, no todos los jugadores del Hamburgo estaban desmoralizados: había uno que estaba particularmente furioso, alguien que había pretendido que era mejor que Wakabayashi y que al final sólo acabó haciendo el ridículo. Ëkdal estaba parado en el campo todavía, con las manos en las caderas y mirando con rabia hacia el tablero que anunciaba el marcador final, preguntándose cómo fue que pudieron caer tan bajo. En ese momento, con el rabillo del ojo alcanzó a ver que alguien se acercaba a él y con mucha sorpresa descubrió que se trataba de Lily. No era precisamente la persona que Alder deseaba ver, al menos no en ese momento, pero a pesar de eso experimentó una pequeña curiosidad por saber qué querría decirle ella. Sería muy agradable el poder descargar su frustración con la doctora en algún lugar privado y de una forma no apta para menores de edad, pero no creía que Lily lo buscase con esa intención.
"Aunque si mueve las caderas de esa forma…", pensó Ëkdal, clavando la mirada en las curvas de la muchacha.
– ¿Se te ofrece algo? –preguntó el noruego, dándose cuenta de que ella tenía una expresión de maldad–. No me digas que has cambiado de parecer con respecto a lo que te propuse hace rato y que tanto te ofendió. No me agrada que me tengan lástima pero no te rechazaré si es por eso que has decidido consolarme.
– No realmente –negó Lily con la cabeza ladeada, como si estuviese observando a un animal en peligro de extinción–. Sólo quiero decirte que, después de lo de esta noche, espero que te quede claro el por qué nunca podría estar interesada en ti: no salgo con perdedores sin dignidad, Ëkdal.
La joven médica se dio la vuelta y echó a andar sin esperar contestación por parte de Alder. Éste le lanzó un insulto salido desde lo más profundo de su corazón, que llevaba gran parte de la rabia y de la humillación que se había tragado esa noche:
– ¡Zorra! –escupió.
Si él hubiera alcanzado a escuchar que Lily se rio a carcajadas con su insulto, seguramente se habría enojado mucho más.
En la cancha se habían quedado la mayoría de los jugadores del Bayern, haciendo su habitual baile de victoria mientras los aficionados gritaban "¡Súper Bayern, Súper Bayern, hey, hey!", como solían hacer tras un triunfo tan apabullante. Al pasar junto a ellos, con una sonrisa de satisfacción en los labios, Lily se dio cuenta de que Schneider no se encontraba entre los que festejaban y se preguntó a dónde se habría ido. ¿Sería que se marchó a buscar a Elieth o se habría ido a las regaderas? Lily se apresuró entonces a volver a la banca para solicitarle al entrenador Schneider o al doctor Stein que le permitieran retirarse para ir a ver qué había ocurrido con Elieth. Pareciera que Rudy Frank le había leído el pensamiento, pues en cuanto la vio fue él mismo quien hizo alusión al tema.
– Supongo que irás a ver qué ha sucedido con Elieth –comentó el entrenador.
– ¡Ah, sí! –exclamó Lily, sorprendida–. ¿Cómo supo que venía a pedirle permiso para eso?
– Es que Karl-Heinz se acaba de ir por lo mismo –suspiró Rudy Frank–. Quizás todavía lo alcances y puedan irse juntos a ayudar a mi futura nuera.
– ¿Ya está dando por hecho que ella será su nuera? –Lily se echó a reír.
– ¿Tú no pensarías lo mismo después de lo que acaba de suceder? –El hombre contestó con otra pregunta.
– Punto a su favor –admitió Lily–. Bien, espero poder alcanzar a Karl antes de que se vaya, muchas gracias, entrenador.
– Suerte –deseó Rudy Frank–. Si no voy con ustedes es porque se vería mal que yo sacara a esa muchacha de la cárcel.
La doctora estuvo de acuerdo y, tras despedirse, se marchó a toda prisa hacia la salida que utilizaban los jugadores, el cuerpo técnico y el médico para salir del Allianz Arena. No sabía cuánto tiempo le llevaba Karl de ventaja pero temía no alcanzarlo, aunque se dijo que si no lo encontraba buscaría un taxi o alguien que la llevara, tal vez con un poco de suerte podría pedirle a alguno de sus amigos que lo hiciera. En ese momento, Lily recibió un mensaje de Leo Shanks en donde le informaba que ya se habían llevado a Elieth a la estación de la Landespolizei y que tanto él como su padre se dirigían hacia allá aunque en vehículos diferentes; ella le contestó que el partido acababa de terminar y que lo vería en la estación, aunque tal vez se retrasaría pues seguramente tendría que buscar un taxi. Para su sorpresa, al salir del estadio la médica se topó con Wakabayashi y con Schneider, quienes parecían estarla esperando.
– Hasta que por fin llegas –la regañó Karl–. Pensaba que no ibas a venir.
– No sabía que me estaban esperando. –La mirada extrañada de la chica paseó de uno a otro–. De lo contrario no habría perdido el tiempo diciéndole a Ëkdal que es un perdedor.
Genzo hizo una notoria mueca difícil de definir que para Lily no pasó desapercibida, pero no hizo ningún comentario.
– Yo quería que nos marcháramos cuanto antes, pero éste insistió en que era seguro que vendrías y que no tendrías cómo irte –aclaró Schneider, señalando a Wakabayashi–. Así que dijo que no se iría hasta que no te viera salir y pues como es él quien trae el auto rentado, me tuve que aguantar.
– Entiendo –asintió Lily, mirando a Genzo a los ojos–. Gracias por esperarme, Wakabayashi.
– ¿Nos vamos, doctora? –cuestionó él, queriendo restarle importancia al asunto–. Aunque mi teoría es que a estas alturas la Peque ya salió de la cárcel.
– Lo dudo, Leo acaba de decirme que tanto él como su padre van en camino apenas –informó Lily–. Algo debió retrasarlos a ambos así que seguramente Elieth sigue refundida en alguna sucia celda alemana.
Esta vez fue Karl el que prefirió omitir cualquier comentario.
Notas:
– Repito este dato debido a que mi amigo Miguel tuvo la duda en el capítulo pasado y no supe si le llegó mi respuesta: Alder Ëkdal es noruego, no sueco, al menos en este fic. Al principio le puse que era sueco pero le cambié la nacionalidad porque no quería que se confundiera con Levin ni que jugara en su misma selección.
