Capítulo 62.
Múnich.
El silencio en el interior del automóvil era notorio y la tensión se podía cortar con un cuchillo. Bien, no era como tal tensión la que se sentía sino una especie de expectación inquieta, o de inquietud exasperada, como si la ansiedad que sentían los tres se hubiese combinado para crear una desesperación inaguantable que sólo la voluntad férrea de cada uno permitía mantener bajo cierto control. Genzo estaba consciente de que los tres se sentían ansiosos por diferentes causas pero daba lo mismo, la zozobra del ambiente era casi tan insoportable como el silencio. Él decidió encender la radio con la finalidad de escuchar los comentarios finales del partido recientemente jugado, aunque ni sus acompañantes ni él necesitaban oír más datos acerca de la masacre que acababan de presenciar o, en el caso de Schneider, de ejecutar.
– Y con seguridad el Bayern Múnich ha de haber roto algún récord al ganar un partido eliminatorio con un resultado tan abultado –dijo un comentarista por la radio–. Lograr eso a estas alturas es realmente digno de admirar.
– Eso sólo sería válido si hubiéramos jugado contra un equipo de verdad –replicó Schneider, sin pensar, pero al recordar con quién venía, añadió–: Lo siento, Wakabayashi, pero sabes que lo que dije es cierto.
– Ya no es mi equipo, ya no me interesa –contestó Genzo, sin ofenderse–. Además, habría que ser muy necio para negarse a ver la realidad de las cosas.
– Al menos sigues teniendo un poco de lucidez –suspiró Karl, mirando por la ventanilla.
– ¿Un poco? –cuestionó el portero, alzando las cejas.
– Sí, un poco –asintió el alemán–. Si tuvieras más hacía mucho que te habrías venido a jugar con nosotros.
– Ahí vas de nuevo. –Genzo hizo una mueca.
Lily permanecía callada en el asiento posterior, con la vista fija en la pantalla del celular. Ella rara vez se distraía tanto con el teléfono así que debía de haber algo muy importante en él como para que no levantara la mirada o quizás era que estaba usándolo como método de escape para evitar confrontar a los otros dos o, mejor dicho para evitar confrontar a Genzo. A éste no se le escapaba el hecho de que Lily declaró que fue a buscar a Ëkdal al finalizar el partido para decirle algo y Wakabayashi ardía en ganas de preguntarle qué había sucedido al inicio del mismo, por qué acabó golpeando a Ëkdal y por qué había ido a buscarlo al finalizar el encuentro. Quizás por esta razón era que la doctora se mantenía apartada de la conversación, para no tener que ser cuestionada con preguntas incómodas. Genzo le lanzaba miradas de manera frecuente a través del espejo retrovisor (siempre que el camino se lo permitiera), con la esperanza de que Lily se dignara a verlo alguna vez, pero la única vez que su mirada se topó con la de la doctora, ella se ruborizó al verse descubierta y volvió a perderse en el teléfono.
– No sé qué voy a hacer con Elieth.- comentó Karl repentinamente, ignorando la tensión existente entre los otros dos.
– ¿De verdad no sabes qué hacer? –inquirió Genzo, escéptico–. Parece lógico pensar que si vas hacia la comisaría es porque ya tienes tomada una decisión.
– Ya la tengo –replicó Schneider–, pero no me estaba refiriendo a eso.
– ¿Entonces a qué? –se sorprendió Wakabayashi.
– A que no sé si será prudente mantenerla en la plantilla del Bayern después de esto –respondió el alemán–. Tú sabes, habría un notorio conflicto de intereses.
– Por favor, como si eso importara –replicó Lily, sin levantar la vista del teléfono–. Es evidente para todo el mundo que ustedes se pasan el nepotismo y el abuso de confianza por el arco del triunfo.
Genzo soltó una carcajada y Karl gruñó por lo bajo, aunque después se rio también.
– Auch, doctora –comentó Schneider, con cierta sorna–. Andas afilada esta noche: primero Ëkdal y después mi padre y yo. Sólo me gustaría saber si a él le fue mejor o peor que a nosotros.
– Te irá peor si sigues preguntando –gruñó Lily–. ¿No deberías de estar pensando en lo que sucederá entre Eli y tú en vez de estarte metiendo en asuntos ajenos?
– Ya, tranquila. –El alemán se volvió a reír–. Me quedó claro el mensaje.
Lily no agregó algo más y en el relativo silencio que siguió (relativo porque la radio continuaba encendida), Genzo y Karl intercambiaron miradas, en la cual éste movió los labios para decirle "lo intenté", a lo cual el japonés respondió con un suspiro resignado.
– Hubo un accidente en la Maximilian Straße –anunció Lily, refiriéndose a una de las avenidas más concurridas de la ciudad–. Nada grave, por fortuna, pero está enlenteciendo el tráfico. Deberíamos de tomar otra vía si aún estamos a tiempo de hacerlo.
– ¿Cómo lo sabes? –preguntó Genzo.
– Me lo ha confirmado Leo –explicó la doctora–. Ha quedado atrapado en el tráfico y no puede continuar, y tal parece ser que le ha sucedido lo mismo a Rémy.
– Bien, gracias por comentarlo –dijo Wakabayashi–. ¿Qué otra ruta se puede tomar, Schneider? No estoy tan familiarizado con la ciudad como quisiera, lo poco que sé lo aprendí de las veces en que la doctora me llevó a pasear por las principales avenidas.
En ese momento Lily levantó la mirada para encontrarse con la de Genzo; ambos se miraron fijamente por el espejo retrovisor durante unos instantes antes de que fuese él quien tuviese que desviarla para concentrarse en el camino.
– En la siguiente salida da vuelta a la izquiera para evitar la Maximilian –ordenó Lily, en voz baja–. A menos que Karl conozca otra ruta.
– Está bien esa opción –repuso el aludido–. Es la más rápida.
"Por favor, dejen de comportarse como niños", pensó Karl, regañando mentalmente a los otros. "Se ve que tienen muchas ganas de decirse un par de cosas pero ambos actúan como si no les importara en lo más mínimo. Necesitan que alguien los ponga en su lugar aunque no seré yo quien lo haga, que si llego abrir la boca ambos me harán papilla sin tardanza y no es para menos, en estos momentos tengo 'mucha cola que me pisen', como diría Leonardo Del Valle".
Mientras tanto, Lily seguía chateando con Gwen, quien era la que le había informado acerca del accidente y de la tardanza que tendrían ellos y Rémy para llegar a la comisaría. Si mantenía la vista clavada en el teléfono era porque quería pasar lo más desapercibida posible aunque sabía que era imposible. Estaba consciente de que Genzo estaba mirándola frecuentemente por el retrovisor y por lo mismo mantenía la vista baja, con la esperanza de evitarlo y/o de que él entendiera que no era buen momento para hablar.
"Pero el cínico tuvo el descaro de mencionar las veces que hemos salido a pasear", pensó Lily, ofuscada. "Bien pudo decir que sólo conoce unas cuantas calles pero no, tenía que hacer alusión a las muchas veces que ha venido a verme. Seguro que se está muriendo de las ganas de saber qué pasó con Ëkdal, qué iluso fue Karl al creer que iba a caer con su estrategia tan obvia".
La radio seguía soltando las opiniones finales del partido, aunque esta vez los comentaristas estaban enfocados en el pésimo desempeño del Hamburgo. Quedaba claro desde antes del encuentro que la balanza estaba muy inclinada a favor del Bayern pero todavía así nadie vaticinó una masacre como la que acababa de ocurrir. Los primeros reportes de la directiva del Hamburgo no eran nada alentadores para Zeeman, cuya cabeza amenazaba con rodar tal y como había hecho la de María Antonieta cuando los franceses la culparon de los males de Francia.
– No pasó desapercibido para nadie el hecho de que los fans comenzaron a pedir la destitución de Zeeman desde el gol siete u ocho –argumentó uno de los expertos deportivos–. Y definitivamente después de este marcador final será muy difícil que Zeeman consiga mantenerse en su puesto.
– Si hay que buscar culpables podríamos empezar por el mal desempeño de jugadores como Alder Ëkdal, que falló un penal que pudo haber sido clave para su equipo –comentó otro experto–. Era cierto que quizás eso no habría cambiado el marcador pero habría mantenido en alto la moral del equipo; por el contrario, la impresión final es que el Bayern jugó con la reserva del Hamburgo de la cuarta división.
– ¡Auch! –dijo Lily, en voz baja–. Y luego dicen que las mujeres somos bien víboras.
– Decir la verdad no es ser víbora, doctora –reconvino Genzo, sonriendo a medias.
– Voy a decir eso la próxima vez que alguien se enoje conmigo por ser tan directa –replicó Lily.
– Zeeman debe de estar consciente de que su desempeño ha sido pésimo y que por lo mismo merece ser despedido sin tardanza –comentó un tercer locutor–. Es imperdonable que un equipo juegue tan mal en un encuentro eliminatorio de la Pokal¸ parecía que el Hamburgo sólo se presentó porque tenía que hacerlo, prácticamente sólo fue a perder el tiempo y a dejar por los suelos el prestigio de un club que alguna vez fue grande. Es una falta de respeto para los aficionados el jugar tan mal a estas alturas, es una vergüenza que el equipo se presente ante el rival con una estrategia tan mala, con once jugadores tan mal combinados y con falta de ideas ante el club que es el actual líder de la liga y de eso sólo puede ser culpable el entrenador, siempre ha sido así desde que el mundo es mundo.
– Por eso es que los rumores de su salida están sonando con fuerza –añadió el segundo experto deportivo–. Si el Hamburgo quiere conservar algo de la dignidad que el Bayern le ha quitado hoy, debe hacer salir al hombre que los puso en este predicamento.
– Seguramente que más de un directivo debe de estarse lamentando por haber dejado ir a Genzo Wakabayashi –opinó el primer comentarista–. Es probable que él haya disfrutado de esta goliza como ninguno; de estar en su lugar, yo lo habría gozado como nunca.
– No soy tan mezquino como para alegrarme con la desgracia de otros –repuso Genzo, aunque su voz tenía un ligero toque de duda–. No puedo decir, sin embargo, que me sienta mal por la posible salida de Zeeman.
– Tengo una pregunta para ti, Wakabayashi –dijo Lily–. ¿Serás tan amable de responderla?
– Sabes que sí, doctora –contestó el portero–. ¿Cuál es?
"¿Quieren dejar de ser tan formales? Se ven ridículos", pensó Karl, haciendo un gesto indefinido.
– ¿Qué harías si Zeeman fuese despedido y la directiva del Hamburgo te pidiera que regreses? –preguntó la médica–. Es decir, que te dijeran que te renuevan el contrato con un mejor sueldo. ¿Aceptarías?
En ese momento Schneider sintió el verdadero terror al pensar en esa posibilidad. Según lo que conocía de la personalidad del portero, Karl creía que Genzo no aceptaría el volver con el antiguo equipo que no lo valoró como debió de haberlo hecho, pero tratándose del terco e impredecible Genzo Wakabayashi todo era posible.
– Interesante pregunta la que has hecho, doctora –afirmó Genzo, con la mirada clavada en los autos que había frente a él–. Confieso que no me había planteado esa posibilidad.
A pesar de haber tomado una vía alterna no había conseguido esquivar el tráfico, pues todos los automóviles estaban desviándose por esa ruta gracias al accidente de la Maximilian Straße; esto le permitió a Wakabayashi tomarse su tiempo para responder al fingir que estaba concentrado en la avenida, aunque en realidad estuviese pensando más en la pregunta.
– Es bueno que todavía tenga la habilidad para sorprenderte –comentó Lily–. Aunque no creo que tengas que pensarlo mucho, incluso yo misma tengo una posible respuesta a eso pero quiero saber si coincide con lo que realmente piensas.
– ¿De verdad? –Genzo alzó las cejas–. ¿Y cuál es tu opinión al respecto, doctora?
– Que no regresarías aunque te ofrecieran un contrato de 500 millones –respondió Lily, evitando mirar el espejo retrovisor–. Porque eres orgulloso y no volverás al sitio en donde no te dieron el lugar que te corresponde.
– Sin duda me conoces bien, Yuri –afirmó Genzo, mirándola a través del retrovisor–. No necesitas que te confirme que tienes toda la razón.
"Por dios, si quieren me bajo en la esquina para que puedan empezar a desnudarse", pensó Schneider, quien a pesar de todo se sintió aliviado por la respuesta del otro. "No sé quiénes son más patéticos, si ustedes o Elieth y yo".
– En cualquier caso, es demasiado noche para que la directiva del Hamburgo dé una resolución inmediata –continuó el segundo experto–. Aunque para una humillación de este nivel la hora no debería de importar.
– Si yo fuese el presidente del consejo directivo del Hamburgo, estaría esperando a Zeeman en los vestidores con la carta de despido en la mano –replicó el tercer comentarista.
Al fin la larga hilera de vehículos comenzó a moverse y Karl soltó un suspiro de alivio. A pesar de que habían conseguido evitar el accidente, se habían retrasado mucho y no estaba seguro de llegar a la estación de la Landespolizei antes que Rémy y Leo Shanks; considerando las circunstancias, Schneider sentía que topárselos ocasionaría una situación muy incómoda. Una lluvia ligera comenzó a caer, entorpeciendo aún más el tránsito y Karl estuvo a punto de soltar una maldición. Pensó en pedirle a Wakabayashi que detuviera el automóvil para bajarse, pero sabía que eso sería muy cobarde de su parte así que se resignó. Además, él todavía no sabía qué iba a hacer con respecto a Elieth así que quizás no sería mala idea que comenzara a usar ese tiempo para encontrar la respuesta que estaba escondida en lo más profundo de su corazón.
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Todavía quedaban fans en el estadio, coreando a todo pulmón el "¡Súper Bayern, Súper Bayern, hey, hey!", pero la repentina lluvia había conseguido ahuyentar a la mayoría de ellos, los cuales de cualquier manera debían volver a sus hogares debido a que era martes y al día siguiente había que salir a ganarse el pan. En los vestidores del Bayern, por el contrario, todavía había muchos jugadores celebrando, pero aún así Sho se apresuró a salir para alcanzar a su abuelo y a Nela. Al joven chino no se le olvidaba que Huan-Yue estaba por volver a China así que quería pasar con él los últimos momentos de su estancia en Alemania. Tras teclear rápidamente en su teléfono, Shunko quedó de acuerdo con Nela en verse en una salida específica y se dirigió presuroso hacia allá. Al llegar, el joven vio al abuelo Huan-Yue y a Nela portando sobrios impermeables en color rojo con el escudo del Bayern.
– ¿De dónde han sacado eso? –preguntó Shunko, sorprendido.
– De la tienda de recuerdos del Bayern –respondió Nela, sin inmutarse–. Todavía estaba abierta y como comenzó a llover, decidí entrar a comprar tres.
– ¿Tres? –inquirió Sho.
– Sí, tres –asintió ella, teniéndole un paquete–. El tercero es para ti; si sales a la calle con esta lluvia y tras haber estado sudando, sin duda te resfriarás.
Huan-Yue no dijo nada pero miró la escena complacido; Shunko lo vio de reojo y volvió a asombrarse precisamente porque se quedó callado. En otras circunstancias, su abuelo habría dicho algo o incluso habría sido él quien le entregase la prenda.
– Has estado maravilloso –le comentó Nela, mientras él acababa de abrocharse el impermeable–. Tus pases fueron precisos, como siempre.
– Disfruté mucho con el juego –añadió el abuelo Huan-Yue–. No cabe duda de que el Bayern Múnich es un equipo magnífico que se acopla bien a tus necesidades, Junguang.
– Me alegra que te lo hayas pasado bien –señaló Shunko, riéndose para sus adentros por el hecho de que su abuelo haya dicho que es el equipo el que se acoplaba a él y no al revés–. Me hubiera gustado anotar más goles para ti pero Schneider se robó el espectáculo hoy.
– Oh, no importa realmente, de cualquier forma estuviste estupendo –replicó el abuelo, quitándole importancia al asunto–. Además, no podemos culpar a Schneider, yo me habría puesto igual si me hubiera besado una rubia joven y bonita como esa chiquilla. ¿Creen que tenga una hermana soltera?
– La tiene, pero no está soltera –contestó Nela, entre extrañada y divertida–. Lo lamento, señor.
– Es una lástima pero, ¿qué se le va a hacer? –El abuelo Huan-Yue fingió un suspiro resignado.
Sho pensó que sin duda su abuelo lo había sorprendido de muchas maneras en ese viaje, pero no tanto como en ese momento, en el que bromeaba y actuaba como un viejito bonachón. Cierto era que Huan-Yue no era un abuelo estricto e iracundo, era serio y le gustaba la disciplina pero quedaba claro que siempre había malcriado mucho a su nieto y que éste era su adoración. Sin embargo, esta descripción quedaba muy lejos de ser la de un viejito bonachón así que Shunko se preguntaba si ésa no sería la calma que precede a la tormenta.
– Te podríamos conseguir alguna bonita alemana, abuelo, si es lo que quieres –aventuró el joven chino, con cautela–. O si quieres una igualita a Elieth Shanks tendría que ser francesa entonces.
– De verdad que me gustaría pero ya estoy viejo para intentar una relación interracial con una linda jovencita –contestó el hombre, mirando a su nieto con malicia–. Pero no se puede decir lo mismo de ti, ¿verdad?
Nela se puso de mil colores a pesar de que estaba más que esclarecido que ella y Shunko eran pareja. De verdad que odiaba comportarse como novata colegiala pero no podía evitarlo, el abuelo Huan-Yue la sacaba por completo de su balance; lo peor del caso era que el hombre parecía darse cuenta de eso y hasta lo disfrutaba. En eso se parecía mucho a su nieto, a los dos les gustaba molestar a Nela sólo por el puro placer de verla ruborizarse.
– Eso ya lo sabes muy bien desde hace rato, abuelo. –Sho sonrió con la misma picardía–. Y dicen que el fruto no cae muy lejos del árbol, ¿no es cierto?
– Por supuesto que es cierto. –El abuelo se echó a reír–. ¡Si hubieras visto a tu padre!
"Por favor, sigamos hablando de sus cosas de machos en casa", pensó Nela, frustrada. "Si esto es un preludio de lo que el abuelo Huan-Yue nos tiene que decir, no quiero que suelte el resto aquí, que no quiero hacer un show delante de los compañeros de Shunko".
Para su fortuna, Sho estaba tan inquieto como ella pero lo ocultaba mejor, así que en cuanto pudo cortó el ritmo de la conversación y le sugirió a su abuelo regresar a casa para que éste pudiera descansar.
– Vas a realizar un vuelo largo muy pronto y necesitas dormir lo más posible –señaló Shunko, como quien no quiere la cosa–. Quiero que llegues descansado y feliz a China.
– Muy bien –aceptó el hombre, sin rechistar–. La verdad es que este espectáculo me ha encantado y tus amigos me cayeron muy bien, pero no voy a negar que mis pobres y viejos huesos necesitan reposar.
– Viejos los robles y siguen de pie –opinó Nela, casi sin pensar–. Usted sigue siendo un hombre fuerte que sólo necesita un pequeño descanso para estar bien otra vez.
El abuelo Huan-Yue le sonrió, complacido por el comentario, y le ofreció el brazo a Nela, quien lo tomó con mucha sorpresa. Shunko los siguió de cerca, presintiendo que tanta buena voluntad por parte del hombre le resultaba sospechosa.
"Sí, esto sin duda es la calma que precede a la tormenta…".
Nela se ofreció a manejar para que Shunko pudiera descansar; de esta manera, los dos hombres llevaron la batuta de la charla mientras que ella permaneció muy callada, pretextando estar concentrada en el tráfico (el cual era bastante denso debido a la lluvia pertinaz y a un accidente ocurrido en una de las avenidas importantes de la ciudad). A pesar de no formar parte de la conversación, Nela sentía que era el objeto de observación de los dos chinos, quizás porque al llegar a casa ella sería el centro del regaño y ambos lo sabían.
"No importa lo que suceda o lo que diga", se dijo Nela, tratando de darse ánimos. "Lo resolveremos Shunko y yo, sea lo que sea".
Al llegar al departamento, Food (¡Se llama Duke!) recibió a Nela pegándose a sus piernas y emitiendo un breve maullido de bienvenida. Se notaba que, a pesar de que el gato era de Shunko, era Nela a quien consideraba como Su Humana. El abuelo Huan-Yue se dejó caer en el sillón y le pidió a su nieto una taza de té. Nela preparó el agua, las tazas y las hojas y Shunko llevó todo a la sala para que cada quien se preparara su bebida correspondiente. Una vez que el abuelo tuvo lista su té, le dio un largo sorbo a la taza, la colocó en el plato y miró a su nieto y a Nela con la severidad de una persona que sabe que tiene el mayor rango de sabiduría de entre todos los presentes.
– Bien, creo que ha llegado el momento de que tengamos esa charla que les dije que tendríamos al acabar el partido –comenzó el abuelo–. Junguang, tengo que reconocer que no dejaste que el estrés de lo que te fuera a decir te afectara al nivel de que no pudieras jugar el partido y eso ha estado muy bien. Ya eres dueño de tus emociones y sabes cómo mantener a raya aquello que pueda estar preocupándote por dentro. Y tú también, Nela, has sabido comportarte bien y me has tratado con mucha cortesía a pesar de temer que pueda decir algo que vaya en contra de tu relación con mi nieto. Es cierto lo que dicen de los ingleses, que nunca dejan de ser corteses ni con sus enemigos.
– Usted no es mi enemigo, señor –se apresuró a responder Nela–. O al menos espero que no me visualice como tal.
– De ninguna manera, pero no vas a negar que no me he comportado bien últimamente –replicó el hombre–. Te he puesto muchas trabas y trampas para ver si caías en alguna, muchas muy evidentes por cierto, pero aún así no dejaste de comportarte con cortesía conmigo.
– Me da la impresión de que ya tuvimos esta plática antes y que habíamos acordado que no es así como sucedieron las cosas en realidad –dijo Nela, con mucha cortesía–. Por favor, le pido que deje eso por la paz, que yo no siento que usted haya sido grosero conmigo.
– No sé por qué has empezado con eso justo ahora, abuelo, pero no es algo por lo que debas preocuparte –aseguró Shunko–, pues Nela no se lo ha tomado a mal.
– Sé que no, pero si digo que les he tendido trampas, es porque ha sido así –insistió el abuelo Huan-Yue, esbozando una sonrisa de picardía–. Toda mi visita ha sido un examen sorpresa y ustedes lo pasaron con la calificación más alta.
– ¿Qué? –preguntó Sho, sorprendido–. ¿Qué quieres decir con eso, abuelo?
– Que una y otra vez estuve probando a Nela, usando los temas que podrían resultarle más incómodos, como el asunto de casarse, tener hijos y renunciar a sus propios sueños, con la finalidad de ver cuáles eran sus pensamientos al respecto, aunque también porque quería ver qué tan grande es su amor por ti –explicó el abuelo Huan-Yue, tras lo cual tomó su taza y le dio otro sorbo–. Y a ti te probé presentándote escenarios posibles en donde ella no estuviera dispuesta a dejarlo todo por ti, para saber qué tan grande era tu interés por ella. Y los dos han respondido de la manera en la que esperaba.
Se hizo un silencio denso durante el cual el hombre continuó bebiendo su té. Nela estaba tan atónita que se quedó mirando hacia la pared de enfrente, preguntándose si se trataba de una broma.
"Nada más falta que salga alguien detrás de la palmera a decir que esto está siendo televisado y que hay cámaras por todas partes", pensó la ofuscada mujer. "¡Seguro que es una trampa!"
– Veo que los he dejado sin palabras –comentó el hombre–. Y no es para menos, supongo que deben de pensar que ya estoy senil.
– Jamás pensaríamos eso, abuelo.- replicó Sho, con un tono de voz que decía todo lo opuesto–. Pero sí nos gustaría que nos explicaras lo que acabas de decir.
– No hay mucho por explicar, dije que durante toda mi estancia estuve lanzándoles a los dos temas incómodos para ver qué reacción tenían y qué tan fuerte era su amor –aclaró Huan-Yue–. Hasta pensé en tocar el tema de la cesión de Hong Kong a China por parte de Inglaterra, un tópico que puede resultar espinoso tanto para un chino como para un inglés, ¡habría sido divertido ver la reacción de los dos cuando lo hiciera! Pero consideré que era demasiado y lo dejé pasar.
– Sigo sin entender –protestó Nela–. ¿Por qué hizo eso?
– Porque ambos son jóvenes e inexpertos, sobre todo en temas de amor. –Huan-Yue los miró con la sabiduría propia de su edad–. Tienen toda una vida por delante y poseen metas propias que desean ver realizadas; además, Nela no es una joven tradicionalista china sino una inglesa moderna, sé que todo en conjunto podría afectar a cualquier amor que pudiera haber entre ustedes porque no importa lo fuerte que este sentimiento sea, si ambos no tienen la misma visión no les va a servir de nada. Para una relación se necesita compromiso y sacrificio, además de amor, pero sobre todo se necesita tener una idea compartida de lo que ambos esperan de esa relación y temía que ustedes no lo tuvieran, con lo diferentes que son.
– Bueno, tengo que admitir que lo que acaba de decir es verdad –replicó Nela, aún asombrada–. Pero, no lo sé, lo que tenemos Junguang y yo bien podría ser una más de sus relaciones, ¿por qué estaba tan interesado en ponerla a prueba?
– Porque no es una más de las relaciones de Junguang, es LA relación de Junguang –explicó el abuelo, con una paciencia propia de su sabiduría–. Él me habló lo suficiente de ti como para saber que esto no era un capricho pasajero sino que en verdad echaste raíces en su corazón. Por tanto, en cuanto me di cuenta de esto decidí venir para indagar cuáles eran los sentimientos que había en tu corazón, Nela, y qué tanto estabas dispuesta a alterar tu vida por mi nieto.
– ¿Y qué encontró? –inquirió ella, con el mismo temor con el que un alumno le preguntaría a su profesor la nota final de la materia.
– Que no estabas preparada para enamorarte de mi nieto pero eso está bien, rara vez alguien puede planear cuándo y cómo va a enamorarse de otra persona –respondió el hombre–. Que como tienes tu vida muy planeada, Junguang aparentemente no tiene cabida en ella porque todo lo programaste antes de conocerlo a él, pero a pesar de eso tu amor es tan grande que estuviste dispuesta a modificar un poco esos planes para hacerle lugar. Sin embargo, no estoy seguro de hasta dónde estás dispuesta a alterar tus metas porque el corazón de una mujer sigue siendo un misterio para mí; al menos, por lo que tengo entendido, quieres volver a tu país al concluir tu carrera.
– Sí, ése sigue siendo mi plan –asintió Nela, con cautela–. ¿Es eso realmente tan malo?
– Todo depende del cristal con que se mire –afirmó el abuelo Huan-Yue–, pero es algo que tendrán que definir mi nieto y tú a su debido tiempo.
– Abuelo, de verdad que no estoy comprendiendo –los interrumpió Shunko, muy ansioso–. ¿De verdad que sólo nos estabas probando? ¿No estabas demostrando que Nela te cae muy mal por ser inglesa?
– Gracias, yo también te quiero. –Nela le lanzó una mirada furibunda.
– Mira, hijo, como cualquier hombre chino, yo esperaba que al crecer te consiguieras una linda muchacha china que siguiera nuestras costumbres y que se dedicara a cuidarte a ti y a mis bisnietos –comenzó a decir Huan-Yue, ignorando la expresión de Nela–. Pero cuando te fuiste a Alemania a seguir tus sueños me dije que iba a ser muy difícil que en esa situación te consiguieras una esposa china, es más, ni siquiera estaba seguro de que te fueras a conseguir una novia, así que mis estándares tuvieron que cambiar. Claro que pensé en buscarte esposa con una casamentera, seguramente que habría encontrado a alguien que quisiera mudarse a Alemania contigo y seguirte por todo el mundo.
– Si quieren me voy para que hagan sus planes, sólo tomo a mi gato y ya –comentó Nela, enojada, agarrando a Duke por el lomo.
– Discúlpame, Nela, no es mi intención ofenderte o hacerte menos pero trata de comprender a este pobre viejo, que lo único que quiere es que su nieto sea feliz y me dé bisnietos –se disculpó el anciano–. Para alguien que fue criado en un siglo que ya no existe, me resultó de lo más lógico el buscar una esposa tradicional para él pero después pensé que así como acepté que Junguang se fuese a pelear por su sueño a tierras extranjeras, así debía de aceptar su relación con una mujer que no fuese china. Tal y como les he estado tratando de decir, necesitaba asegurarme de que su noviazgo fuese fuerte y sincero, que pueda perdurar con el tiempo y superar las adversidades. Me comporté de manera grosera y ruda con Nela porque deseaba conocerla a fondo en lo que me importaba, es decir, en sus ideales, y llegué a la conclusión de que es una mujer con los pies bien puestos sobre la Tierra, decidida y amorosa. Va a cuidar bien de ti, Junguang, tanto como tú cuidarás bien de ella.
Shunko y Nela intercambiaron una mirada que podía ser de frustración, de resignación o de ambas cosas. El abuelo Huan-Yue no pudo culparlos, había jugado con los sentimientos de ambos y debían sentirse heridos.
– Perdonen a este viejo por hacer cosas de viejo –continuó el hombre–, sólo quería asegurarme de que mi nieto será feliz. Y ahora que ya averigüé lo que deseaba saber, puedo darles mi bendición sin objeciones.
– ¡Menos mal! –exclamó Nela, sin pensar–. ¡Es lo mínimo que nos merecemos!
Huan-Yue y Junguang la miraron con sorpresa durante algunos instantes, tras lo cual se soltaron a reír. Nela sabía que no había razones para estar enojada, ¡pero vaya que lo estaba! Seguramente que en un futuro se reiría mucho de esto pero en esos momentos sólo quería golpearlos a los dos.
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Por fortuna para Elieth, la celda destinada a las mujeres estaba vacía así que podía sentirse relativamente tranquila. En la de hombres había un par de ebrios que portaban playeras del Hamburgo y del Bayern Múnich así que Elieth dedujo que se habían peleado por culpa del alcohol y de la goliza, aunque en ese momento estaban más perdidos que otra cosa. La joven nunca había estado en una cárcel así que en cierto modo sentía cierta curiosidad por la situación, incluso llegó a pensar en que podría escribir un reportaje sobre las cárceles alemanas aunque, ¿para qué lo haría? Su área era el periodismo deportivo, seguramente no conseguiría encajar una nota así en las páginas de Sport Heute.
Los policías de la Landespolizei fueron menos amables que los guardias del estadio, pero no la trataron con rudeza ni fueron descorteses con ella, simplemente se notaba que ya estaban hartos de los espontáneos que interrumpían los partidos. Desgraciadamente ya no pudo seguir ocultando que su verdadero nombre era Elieth Shanks y no Nicole Dumas, pero el policía que tomó sus datos sólo alzó las cejas cuando hizo la corrección, quizás porque no era poco común el que la gente se cambiara el nombre.
– Podrá salir libre si alguien paga su fianza –señaló la mujer policía que la revisó para asegurarse de que no llevaba una bomba nuclear escondida entre la ropa–. O cuando cumpla 36 horas de cárcel, lo que suceda primero.
– Gracias –respondió Elieth, con toda la amabilidad de la que fue capaz–. Si trajera mi bolso la pagaría ahora mismo.
– A la próxima no se olvide de él –recomendó la mujer, con cierta burla que a Elieth la hizo sonreír.
Por mucho que quisiera tomarse las cosas con filosofía, Elieth tenía que admitir que le causaba repulsión el tener que dormir en esa celda, pues estaba acostumbrada a sitios más elegantes y parecía que el delgado colchón no había visto la luz del sol desde los tiempos de la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, no iba a ponerse a protestar por eso y aceptó de buena manera su destino, el que ella misma se había buscado, aunque tuviese que dormir en el suelo. Además, en el fondo de su corazón guardaba la esperanza de que su padre, su hermano o Lily llegaran a ayudarla pronto. La francesa no tardó en sentir que el tiempo estaba transcurriendo con demasiada lentitud. A su parecer, habían pasado cuando menos tres horas pero el reloj de pared marcaba que sólo habían transcurrido treinta minutos. ¡Treinta minutos! ¿Por qué carajos el tiempo iba tan lento?
"¡Voy a volverme loca!", se dijo, mientras miraba las paredes descascaradas. "Si tan solo hubiera traído algo con qué entretenerme, pero no es como si hubiese planeado hacer este argüende con antelación… ni tampoco es como si esto fuera un hotel de lujo en donde me permitan conservar mis posesiones. Ni siquiera traje mi chaqueta, ya ni hablar de haberme traído el teléfono".
Estaba de más decir que le habían quitado todo lo que traía en las bolsas del pantalón e incluso se habían quedado con su cinturón, con los broches que traía en el cabello y con sus joyas (lo del cinturón lo entendía, seguramente había muchas historias graciosas de presos que intentaron usar sus cinturones como armas). No cargaba ni un céntimo pero las joyas valían lo suficiente como para pagar su fianza, si tan solo la policía aceptara alhajas en vez de dinero, aunque qué más daba, de cualquier manera de nada le servía el ponerse a pensar en eso si no la iba a ayudar a solucionar su situación. Sin embargo, cuando Elieth pensó que quizás no resultaría tan malo acostarse a dormir, a pesar de lo poco que esta idea le agradaba, la policía regresó a decirle que alguien había pagado su fianza y que por tanto se encontraba libre.
– ¿De verdad? –preguntó la francesa, sorprendida y esperanzada–. ¿No es una broma?
– De verdad –asintió la policía–. Por fin vinieron por usted.
"Eso sonó como si me estuvieran sacando de la perrera", pensó Elieth, ofuscada, pero se cuidó bien de externar su comentario. La mujer le entregó sus pertenencias y la francesa se tomó su tiempo para colocarse nuevamente sus joyas, para tratar de armarse de valor por si quien la había ido a rescatar era su propio padre.
"Aunque para eso tendría que haberse enterado de lo sucedido y espero que no haya estado viendo el partido", se dijo Elieth. "Me aseguró que lo iba a ver pero ojalá que la televisión se le haya descompuesto, que le haya fallado el servicio de streaming, que lo hayan llamado para alguna emergencia o que lo hayan secuestrado los aliens… Bueno, no, esa opción no, pero cualquiera de las otras estaría bien".
La joven tenía puestas sus esperanzas en que quien hubiese pagado su fianza fuera Leo. Todavía era muy pronto para que Lily hubiera llegado ya y, como se ha dicho antes, esperaba con toda su alma que Monsieur Shanks no estuviese ahí porque más le valdría quedarse encerrada cien años y dormir con garrapatas que enfrentarse a la ira de su padre.
"Por favor, que sea Leo, por favor, que sea Leo", pensaba Elieth, mientras se dirigía hacia la salida del área de celdas. "O que sea Lily, en todo caso, porque papá seguro que me mete en un convento de monjas saliendo de aquí o me manda a hacer trabajos forzados a la India…".
– Aquí la tiene, sana y salva –anunció la policía, insistiendo en referirse a ella cual si fuese un gato en adopción–. Es toda suya.
– ¿Quién pagó mi fianza? –preguntó la chica, para evitar que la oficial continuara comparándola con un animalito.
– Este joven –dijo la mujer, señalando a alguien que estaba parado a pocos metros de ellas.
Al darse cuenta de quién era la persona que la había sacado de la cárcel, Elieth casi se va de espaldas: ¡Frente a ella estaba el mismísimo Káiser de Alemania: Franz Beckenbauer! Ay, no, Káiser equivocado, no era Beckenbauer sino el otro Emperador, Karl Heinz Schneider, pero seguro que ella prefería ver a éste en vez de a aquél. De entre todas sus opciones, Schneider era la que consideraba la menos probable, sobre todo porque creía que debía seguir en el estadio, a pesar de que habían transcurrido casi dos horas desde que se había terminado el partido. Karl miró a la joven con curiosidad, como si esperara alguna reacción particular por parte de ella, aunque Elieth ya no estaba dispuesta a montar un espectáculo y menos ahí.
– ¿Qué haces aquí? –fue la pregunta que hizo Elieth cuando consiguió reponerse.
– Vine a pagar tu fianza. –Karl se encogió de hombros–. Veo que le gané a tu padre y a tu hermano, tengo entendido que también vienen para acá.
"¿Viene mi padre para acá? ¡Por favor, mátame de una vez!".
– ¿Qué? ¿Por qué pagaste la fianza? –exclamó ella, ignorando de momento la noticia de que su padre estaba por llegar–. Creí que ya no querías verme.
– Cambié de parecer –afirmó él–. Cuando quieres puedes llegar a ser muy persuasiva, señorita Shanks.
– ¿Qué me tratas de decir con eso? –insistió la francesa–. Si sólo quieres jugar conmigo te pido por favor que no lo hagas, suficientemente doloroso es saber que te he perdido por estúpida.
– ¿Quién te dijo que me has perdido? Por algo estoy aquí, ¿no? –replicó Schneider.
Elieth era consciente de que los policías no se perdían ningún detalle de la plática, todos los que estaban libres (y hasta los que no lo estaban) tenían los ojos puestos en ellos, lo que hacía más incómoda una situación que ya por sí sola resultaba humillante. Si Karl quería jugar con ella estaba eligiendo un momento muy malo para hacerlo.
– Sí, estás aquí, pero no sé si es por lástima o porque verdaderamente quieres hacerlo –musitó ella, mirándolo con expresión contrita–. Y si es lo primero, pues…
– Seguro que mi idea era desembolsar una gran cantidad de dinero para pagar tu fianza con la única finalidad de hacerte quedar en ridículo. –Karl sonrió a medias–. ¿Qué soy, el protagonista tóxico de una novela barata? De verdad que muchas veces no entiendo tu lógica pero empiezo a acostumbrarme a ella.
El joven echó una mirada por detrás de Elieth, en donde los policías los miraban como si no tuvieran nada mejor que hacer. Riéndose por lo bajo, extendió la mano para señalarle a Elieth la salida.
– ¿Qué te parece si salimos de aquí para hablar con más tranquilidad? –ofreció Karl–. A menos que quieras quedarte a dar espectáculo.
– No, gracias, creo que ha sido suficiente por una noche –suspiró Elieth, echando a andar.
– Diría que para todo un mes pero, conociéndote, seguro que mañana se te ocurrirá otra cosa para ser noticia nacional –se burló Schneider, de buen humor.
Antes de irse, Elieth tuvo que firmar algunos papeles para autorizar su salida. Karl tuvo la certeza de que esos papeles acabarían desapareciendo "misteriosamente" en cuanto Rémy Shanks hiciera acto de presencia, o bien terminarían olvidados en alguna mohosa caja de cartón en una oscura bodega. En cualquier caso, cuando acabaron con el papeleo la pareja salió de la estación sin prisa, pues no tenían una idea clara de a dónde deseaban ir. Elieth se paró a media acera y respiró el aire fresco con deleite, como si hubiese estado encerrada diez meses y no una hora. Estaba tan feliz de haber salido que no le importó que la lluvia comenzara a empaparle la ropa.
– ¿Quieres ir a algún otro lado o nos quedamos aquí? –preguntó ella, evitando su mirada.
– ¿Qué te parece si caminamos un poco? –sugirió él–. No mucho, pues Wakabayashi y Lily nos están esperando en el auto que él rentó.
Karl no hizo ningún comentario sobre la lluvia, pero se quitó la chaqueta del traje deportivo que llevaba puesto y se la colocó a Elieth sobre los hombros.
– Te vas a resfriar –señaló ella, mirándolo con timidez.
– Estaré bien, prefiero que la tengas tú –aseguró Karl–. Soy más resistente de lo que crees.
– Gracias. –Elieth sonrió con dulzura–. ¿Genzo y Lily han arreglado sus problemas entonces?
– No creo que lo hayan hecho ya –negó Schneider–. Y tampoco creo que eso vaya a suceder ahora; si se quedaron en el coche fue para permitirme a mí el hablar contigo a solas, no porque quisieran solucionar sus líos de pareja.
– Entiendo. –Elieth miró hacia el cielo–. Eso es algo que deberán de resolver ellos por su cuenta.
– Pensé que querías regañar a Wakabayashi por idiota, o eso fue lo que me dio a entender –comentó Karl, extrañado.
– Al principio deseaba hacerlo pero creo que no está en mis manos hacerle ver las cosas –negó Elieth–. Él mismo debe darse cuenta de qué es lo que quiere para sí mismo y para su relación; si Genzo es tan tonto como para no valorar la clase de mujer que es Lily, entonces no se la merece.
– Es cierto eso, pero también ella debe abrirse un poco a las posibilidades que quiera ofrecerle él –opinó Karl–. O que pueda ofrecerle, en todo caso, pero sí reconozco que decirle que "nunca la va a olvidar" no era la mejor respuesta que podía darle.
– Es curioso cómo somos capaces de juzgar la vida amorosa de nuestros amigos y no podemos solucionar la nuestra. –Elieth soltó una risilla nerviosa–. ¿No te parece?
Al escuchar esto, el alemán se detuvo a medio paso con solemnidad; Elieth entendió que esperaba lo mismo de ella así que se paró también, a medio metro de él.
– No es tan difícil, sólo es cuestión de que dejemos de hacernos tontos –comenzó Schneider–. Sé que para muchos nuestra relación podría ser considerada como dañina, pero yo no lo creo así. Es cierto que las cosas se nos salieron un poco de control pero creo que se ha debido a que no hemos sabido encauzar adecuadamente nuestros sentimientos. No sé por qué nos hemos negado tanto a lo que hay entre nosotros pero eso debe de cambiar, meine Kleine.
– ¿Meine Kleine? ¿Mi pequeña? –Elieth se ruborizó–. ¿Eso a qué vino?
– Siempre he querido llamarte así pero no me atrevía a hacerlo –explicó Karl–. Éste es un buen ejemplo de que si queremos que este barco llegue a buen puerto tenemos que dejar de comportarnos como niños y reconocer que lo que hay entre nosotros es real y que es más fuerte de lo que pensábamos. Y yo no quiero seguir conteniendo más lo que siento por ti.
– ¿Eso significa que tú quieres llevar este barco a buen puerto? –preguntó Elieth, en voz baja.
– He pensado mucho en eso durante el largo trayecto que hay desde el Allianz Arena hasta aquí –respondió Karl–. Y llegué a la conclusión de que siempre he sabido qué quiero, pero que me detenía el no saber qué quieres tú. Pensé que alejarme de ti era la mejor opción porque no podía soportar la idea de que tú no sintieras lo mismo que yo, llegué a creer que estaba forzándote a hacer algo que no deseabas hacer y por eso decidí dejarte en paz.
– ¡No, no es así! –se apresuró a decir Elieth–. Ya te dije que soy una tonta e inmadura, he tenido miedo de sincerarme ante ti pero eso no significa que no sienta lo mismo por ti. ¡Por supuesto que tengo sentimientos por ti, eso es tan cierto como que necesito oxígeno para vivir! No sé qué me pasó cuando estuvimos en la embajada, la rabia nubló mi buen juicio y acabé descargándolo contigo; sé que no es justificación pero estuve bajo mucho estrés en estos últimos días y me volví loca cuando me enteré de esa estúpida cena con Hedy Lims. ¡De verdad que quería colgar a esa tipa! Admito que cometí un error grande contigo, jamás debí permitir que Marcel acabara metiéndote en la cárcel.
– No sabes lo mucho que me agrada escuchar eso. –Él le sonrió con complacencia–. Tanto lo del encarcelamiento como que estabas celosa de Hedy Lims.
– ¡Ay! En lo que te fijas. –Ella hizo un puchero y se ruborizó.
En ese momento Elieth decidió devolverle la chamarra a Karl, pues la lluvia seguía cayendo y ella temía que él se resfriara.
– No, quédatela tú –pidió Schneider.
– Gracias, pero te recuerdo que acabas de jugar un partido y yo estaba encerrada –replicó Elieth–. Además, a mí no me pasará gran cosa si me enfermo, pero no podemos dejar al club sin su Emperador.
Él se rio y permitió que la joven volviera a ponerle la prenda, esperando a que ella terminara para continuar con la conversación.
– De verdad que estoy agradecido de que admitas que lo que pasó en la embajada estuvo mal, pero yo tengo que reconocer que tampoco actué de la mejor manera; como te dije, debí de habértelo confesado todo pero temía perderte –suspiró Karl–. En vez de confiar en lo que tenemos, tomé la salida del cobarde esperando que esto se solucionara de alguna manera. Ahora sé que lo que debí de haber hecho es decirte las cosas y pedirte que me ayudaras a encontrar una solución, en vez de hacerme el tonto y esperar a que la bomba me estallara en las manos.
– Creo que no tiene caso seguir torturándonos con eso. –Elieth estiró la mano y acarició la mejilla.
– Supongo que no. –Karl la miró con ternura–. Sé que hay muchas cosas en las que tenemos que trabajar pero no le temo a hacerlo porque estoy seguro de que quiero estar contigo a pesar de todo, porque creo que en el amor, como en el fútbol y en la vida en general, hay que luchar para obtener lo que deseas. Estoy consciente de que en esta ocasión debemos pelear los dos juntos para llegar a la relación que queremos tener, pero si ponemos de nuestra parte lo lograremos. Retiro mis palabras con respecto a que dije que iba a dejarte en paz, Elieth Shanks, porque quiero volver a intentarlo contigo, quiero llevar este barco a buen puerto.
– Bueno, no sé si esto sea un "volver a intentarlo" –replicó Eli, con los ojos grises brillantes por la emoción–, porque no he permitido que lo intentemos ni una vez, pero entiendo lo que me estás diciendo y sí, yo también quiero ponerlo todo de mi parte para que esto funcione. Porque, tal y como te lo dije en el estadio, jet'aime Karl Heinz Schneider.
En ese momento ya sobraban las palabras así que Karl acortó el medio metro que los separaba para después tomar a Elieth entre sus brazos y besarla con mucha intensidad. Ella entrelazó sus dedos en la nuca de él y dejó que fuesen sus labios los que le confirmaran sus sentimientos puros y auténticos, sellando así la promesa que hicieron de ser fieles a sus propios corazones. Tal y como sucedió en el estadio, el tiempo se detuvo y sólo quedaron ellos dos, sintiendo que el universo entero se sincronizaba con su amor y que la lluvia los dejaba limpios de sus errores anteriores.
Mientras tanto, a pocos metros de ellos, Genzo y Lily aguardaban por noticias en el automóvil, con la radio encendida a nivel moderado. Ella había decidido permanecer en el asiento trasero y él se dio cuenta de que lo hacía para mantener la mayor distancia posible entre ellos, señal clara de que deseaba seguir en su decisión de no arreglar sus problemas.
"De que eres terca, eres terca", pensó Genzo, mirándola por el espejo retrovisor. "Pero debes saber, doctora, que yo también lo soy".
– Deja de mirarme por el espejo –pidió Lily, sin levantar los ojos–. Me di cuenta de que lo estuviste haciendo durante todo el camino.
– Y si lo notaste, ¿por qué finges que no es así? –preguntó Genzo, frunciendo el ceño–. Creo que empiezas a actuar como una niña caprichosa y tú no eres así, doctora.
– ¿Disculpa? –Lily lo miró indignada a través del retrovisor–. ¿Yo estoy actuando como niña caprichosa? ¡Mira quién habla, el niño rico que siempre obtiene todo lo que quiere!
– Eso de mirar tu teléfono como si la vida se te fuera en ello y lo de no querer pasarte el asiento del copiloto para tratarme como si fuera un completo desconocido son actitudes de una niña caprichosa –replicó Wakabayashi–. Yo siempre he estado en la disposición de hablar contigo pero aún así no estoy obteniendo lo que quiero, que es que me permitas aclararte un par de cosas. Si quieres seguir haciendo un berrinche por eso está bien, pero no es propio de ti.
Estas palabras ofendieron mucho a Lily, quien sin decir palabra salió del auto para entrar después al asiento del copiloto, sentándose con los brazos cruzados en actitud enfurruñada. Genzo sonrió por lo bajo por anotarse una pequeña victoria, sabía que si picaba su amor propio ella iba a cambiar su actitud. Era cierto que había jugado sucio, pero en la guerra, en el amor y en el fútbol todo estaba permitido. O casi.
– Me gustaría saber qué fue lo que te dijo Ëkdal para que lo golpearas, doctora, pero mucho me temo que no me lo vas a decir –comenzó Genzo, como quien no quiere la cosa.
– No, no lo haré, porque no vale la pena –contestó Lily–. Ya lo puse en su lugar, no una vez sino dos, así que no será necesario que te vuelvas a partir las manos por su culpa. En algún momento ese imbécil debe de entender que un "no" es un "no" y que lo debe de aceptar sin que tenga que intervenir mi novio. Sé que estas preocupado por lo que sea que me haya dicho y por lo mismo no te lo pienso decir, porque no tienes por qué estarlo ya que no pienso ceder a ninguna de sus provocaciones.
– Bien, como quieras –masculló Wakabayashi, aceptando que si quería ganar la guerra tendría que perder esa batalla–. Hablemos entonces de nosotros ya que no quieres hacerlo sobre Ëkdal.
– Ya te dije que necesito tiempo para asimilar lo que me has dicho –musitó ella, mirando hacia el frente–. Y tú necesitas tiempo para pensar bien qué es lo que quieres de mí. Si es que sigues queriendo algo de mí, claro está, por eso es que te he aclarado que hablaremos cuando vuelvas de Japón.
– ¿Habías llegado a considerar qué iba a ser de nosotros en un par de años? –preguntó Genzo, optando por un ataque directo–. ¿Habías llegado a pensar en matrimonio, en vivir juntos o lo que fuera?
Afuera estaba lloviendo lo suficiente como para que Lily alcanzara a mojarse la cara en el simple acto de bajar y volver a subirse al auto, de manera que en su rostro había algunas gotas de lluvia; sin esperar a que ella contestara, Wakabayashi estiró la mano y le secó la cara con suavidad. Ella no se movió pero él pudo darse cuenta de que la joven se estremeció al contacto con su mano.
– No había llegado tan lejos –admitió la doctora, en voz baja–. Todo contigo sucedió tan rápido que no tuve tiempo de cavilar en estas cuestiones, Wakabayashi. Ni siquiera estaba segura de que quisiera casarme algún día, ni tampoco alcancé a pensar ni por asomo que fuera amarte de verdad y no como mero platónico. ¿Eso cambia las cosas en algo? Como te dije, es cierto que no estoy dispuesta a dejar mis sueños para ir a perseguir los tuyos, no porque no te ame lo suficiente sino porque sé que eso a la larga matará cualquier amor que pudiera haber entre los dos y lo mismo pasaría si tú dejaras tus sueños por mí. El amor no es suficiente para compensar la destrucción de un sueño, por mucho que las películas románticas quieran hacer creer que así es.
– Estoy de acuerdo con eso –afirmó Genzo, sin titubear–. Yo tampoco creo que el amor, por más fuerte que sea, consiga contrarrestar la desilusión de dejar tus sueños de lado por tu pareja. Y si estamos en la misma sintonía, ¿por qué estás tan enojada por decirte que, en caso de que llegáramos a la encrucijada de tener que decidir entre nuestra relación y nuestras carreras, nunca te voy a olvidar?
– Porque la vida no es negra ni blanca, sino gris –respondió Lily, enérgica–. Y porque esperaba que quisieras hallar una solución que nos permitiera evadir al mundo. Eres de la clase de hombres que encuentran salidas en donde no las hay, ya sea porque ve lo que nadie más ve o porque las construye con sus propias manos, ¿cómo crees que me sentí cuando me dijiste que no piensas hacer lo mismo con nuestra relación? Me hiciste sentir que no vale la pena, no tanto como lo valen tus propias metas. ¿De verdad esperabas que no me sintiera herida por eso?
Ella notó que las lágrimas afloraban a sus ojos y desvió la mirada hacia el cristal de la puerta de pasajero para que él no las viera. Genzo se sintió como un verdadero idiota porque, al tratar de evitar que Lily pensara que deseaba controlar su vida, terminó dándole a entender que no la quería. Bien, que al menos entendía por qué ella estaba tan herida y enojada, eso ya era un avance. Él estiró el brazo con la finalidad de abrazarla pero se contuvo antes de tocarla, sabía por experiencia que en ese momento sería mala idea hacerlo.
– Soy un idiota, lo admito –dijo Wakabayashi, recargándose contra el volante–. Pero en mi defensa te diré que soy nuevo en esto; recuerda que te dije que estaba acostumbrado a pelear solo mis batallas, es difícil que de la noche a la mañana me haga a la idea de que hay otra persona luchando a mi lado pero eso no significa que no te valore, que no te considere como algo especial, que no te ame. Porque sí te amo y a eso me refería con que nunca te podré olvidar, doctora Del Valle.
Lily no contestó pero relajó el cuerpo y Genzo supo que iba por buen camino; él esperó durante algunos instantes para ver si ella comentaba algo y, como no lo hizo, el portero siguió hablando.
– Nunca te podré olvidar porque ya estás más allá de cualquier razonamiento, porque ya estás grabada a fuego en mi piel y en mi corazón y eso no va a cambiar, por mucho que llegara a alejarme de ti, Yuri –continuó Genzo–. Ya me he enamorado en otras ocasiones, no eres la primera mujer con la que he estado así como sé que yo no soy el primer hombre con el que has mantenido una relación; sin embargo, en esta ocasión hay algo diferente, porque me complementas y me entiendes como nadie más lo ha hecho antes. Quizás esto se debe a que eres una mujer fuerte, como yo, una mujer que tiene bien definido qué es lo que quiere de la vida y de verdad que amo eso de ti.
Lily sintió que el corazón comenzaba a latirle muy deprisa. "Contrólate, maldita sea", se dijo a sí misma. "Espera a ver a dónde quiere llegar con esto porque lo conoces y sabes que hay un 'pero' detrás de sus palabras".
– Pero por eso mismo siento que cualquier cosa que haga para alcanzar mis sueños les cortará las alas a los tuyos –habló Wakabayashi en un tono sombrío–. Dices que no valoro nuestra relación porque no quiero pelear por ella como lo hago por mi carrera, ¿pero de verdad esperas que con toda tranquilidad destruya lo que más amo de ti? Si me dices que no dejarías tus metas por seguirme, me queda claro que pedirte que renuncies al Bayern para que me acompañes a donde vaya hará que te marchites. ¿Qué clase de hombre sería si aceptara eso sin replicar?
– ¡Ni siquiera hemos llegado a ese extremo! –protestó Lily, mirándolo–. No sabes qué vas a pensar realmente si llegara a suceder y eso es lo que me enoja: que puede haber opciones pero tú te estás negando a que las haya, para ti no existen y ya.
"¡Dile que vas a pelear por ella y que no la dejarás ir!", le dijo el subconsciente a Genzo. "¡Dile la verdad, que nunca permitirás que se separen, es lo que ella busca!".
Pero antes de que Wakabayashi pudiera decir cualquier cosa, un taxi se estacionó bruscamente delante de ellos, cortándole el paso a otro automóvil al tiempo que hacía sonar el claxon, lo que interrumpió la inspiración del portero. Genzo y Lily vieron cómo bajó del auto, ni bien se hubo detenido éste, una delgada mujer rubia echa una furia, vestida con un impermeable de plástico rojo. Ella gritó unas palabrotas por causa de la lluvia, a pesar de que ésta era ya muy ligera, y echó a andar con rabia por la acera mojada y resbaladiza.
– ¿Ésa era Hedy Lims? –preguntó Lily, sorprendida.
– Parecía serlo pero, ¿qué estaría haciendo ella aquí? –contestó Genzo.
Ambos se miraron en cuanto la respuesta les llegó a sus cerebros: si Hedy estaba ahí, sólo podía ser por una razón.
– ¡Hay que buscar a Eli! –exclamó Lily, abriendo la portezuela de su lado–. ¡No me queda la menor duda de que esa loca va a querer hacerle algo!
– ¡Más le vale que no se atreva! –bufó Wakabayashi a su vez, saliendo del lado contrario.
La pareja se dispuso a darle alcance a la mujer para evitar que hiciera lo que claramente quería hacer; a lo lejos, dos personas se estaban abrazando y Genzo y Lily reconocieron en ellos a Karl y a Elieth. Hedy Lims, quien ya estaba por llegar a la comandancia, los reconoció también, lanzó una maldición y corrigió su rumbo para ir tras la pareja.
– ¡TÚ, MALDITA INFELIZ! –gritó la enloquecida mujer, al ver a Elieth besar a Schneider–. ¡ME VAS A PAGAR LAS QUE ME DEBES! ¿CÓMO TE ATREVISTE A QUITARME A MI NOVIO?
En ese momento pasaron por la acera un grupo de personas, quienes se detuvieron al escuchar el grito de guerra de Hedy e impidieron que Genzo y Lily pudieran llegar hasta ella. Elieth y Karl se separaron más por inercia que por otra cosa; demasiado tarde Schneider se dio cuenta de que había cometido un error, pues al hacerlo había dejado a Elieth expuesta al ataque de la Lims. Antes de que pudiera hacer algo, la modelo se le dejó ir a la francesa, con las manos por delante. Lily, que estaba mucho más atrás, apenas y tuvo tiempo de lanzar un grito.
– ¡Ten cuidado, Eli!
Pero se dio cuenta de que ya era demasiado tarde.
Notas:
– Anteriormente Hong Kong le pertenecía a Inglaterra gracias a un tratado que firmó esta nación con China en 1842. Se suponía que esta cesión sería "para siempre", pero en 1984 ambos gobiernos acordaron que Hong Kong regresaría a manos de los chinos en julio de 1997, siendo éste el hecho al que hace referencia el abuelo Huan-Yue.
