Capítulo 63.

Múnich.

La lluvia comenzó a amainar y en su lugar cayó una pesadez húmeda que se colaba por la nariz hasta anidarse en los pulmones, pero Karl y Elieth no lo notaron. Él se había abierto la chamarra para que ella pudiera encontrar refugio en su pecho, a pesar de que el agua que caía del cielo ya no los molestaba tanto, si es que alguna vez lo hizo.

Ich liebe dich, mi pequeña francesa caprichosa –murmuró Karl–. No podría dejar de amarte, aunque quisiera hacerlo. No estaba seguro de cómo iba a conseguir sacarte de mi mente y borrar la huella que dejaste en mí. Una parte de mi corazón no deseaba hacerlo pero creí que era lo mejor para los dos. Sin embargo, ¡no tenías por qué irrumpir en el partido para que entendiera que estaba equivocado!

– Ay, ya no me digas nada, por favor –pidió Elieth, apoyando la cara en el pecho de él–. ¡Estaba tan desesperada que no sabía qué otra cosa hacer! Y es que Lily me dijo que ibas a pedir tu transferencia al Borussia Dortmund y eso me hizo perder la cabeza.

– ¿Qué cosa? –cuestionó Karl, sorprendido–. ¿Por qué Lily te dijo que voy a pedir mi transferencia al Dortmund? ¡Eso no es verdad!

– Ay, yo que sé, pregúntaselo a ella. –Elieth se encogió de hombros–. ¿De verdad lo vas a hacer?

– ¿Qué? No, por supuesto que no. –Schneider se echó a reír–. Después tendré que hablar con Lily sobre esto, ni siquiera sé por qué se le ocurrió decirte una cosa semejante pero, si eso consiguió que te atrevieras a declararme que me amas, me doy por bien servido.

A lo lejos se escuchó el sonido de los cláxones de un par de automóviles así como el rechinido de las llantas de uno de ellos, seguido de algunos griteríos; sin embargo, estos ruidos les parecían muy lejanos a los dos amantes, como si estuviesen ocurriendo en otro planeta. Ellos volvieron a besarse, con menos ansiedad y más calma, sabiendo que a partir de ese momento tendrían todo el tiempo del mundo para hacerlo. Un grupo de personas se acercaba a ellos, caminando tranquilamente por la calle, pero Karl estaba seguro de que no lo reconocerían pues nadie esperaría verlo ahí tras haber jugado un partido tan intenso. Sin embargo, un manchón rojo y borroso también se dirigía hacia ellos a paso veloz, haciendo resonar sus tacones sobre el mojado pavimento cual Bambi recién nacido. Hubo algo en ese repiqueteo que llamó la atención de Elieth y de Karl, como si ya lo hubieran escuchado antes, aunque ninguno supo reconocerlo hasta que ya fue demasiado tarde.

– ¡TÚ, MALDITA INFELIZ! –exclamó una mujer a viva voz–. ¡ME VAS A PAGAR LAS QUE ME DEBES! ¿CÓMO TE ATREVISTE A QUITARME A MI NOVIO?

Al escuchar el grito, Elieth y Karl se separaron por acto reflejo y de inmediato éste se dio cuenta de que cometió un error, pues al hacerlo permitió que Elieth quedara expuesta ante la persona que había gritado, ¡que no era otra que Hedy Lims! ¿Qué demonios estaba haciendo esa mujer ahí? ¿Qué otra cosa necesitaba, por amor de todo lo bueno, para que los dejara en paz de una vez por todas?

– ¡Ten cuidado, Eli! –gritó alguien a lo lejos.

Karl creyó reconocer a Lily en la voz de quien gritaba, pero no prestó atención debido a que estaba más concentrado en Hedy y en Elieth; él empezó a moverse para intentar interponerse entre ambas pero su ojo y su cerebro le hicieron ver que había reaccionado demasiado tarde y que no lograría intervenir a tiempo.

Hedy, a su vez, se sentía triunfal: las cosas no podían haberle salido mejor, ni aunque las hubiera planeado. Justo delante de ella había quedado Elieth Shanks a su completa merced, mientras que por detrás un grupo de personas eran testigos de la escena. Hedy apelaría a su talento actoral para armar un escándalo que llegara a oídos de la prensa, el escándalo de la mujer indignada que había sido engañada en público y de cómo cobró venganza contra la arpía que intentó bajarle al novio.

– ¿Cómo te atreviste a entrar al partido para insinuártele a mi hombre, maldita? –gritó Hedy, con las manos extendidas. En sus uñas afiladas brillaba el esmalte rojizo, que las hacían parecer garras–. ¡Esto no te lo perdonaré jamás!

Lily tuvo toda la intención de ir tras Lims, con la idea en mente de tomarla del impermeable, del cabello o de lo que fuera y así evitar que lastimara a Elieth, pero Genzo tuvo un arranque de inspiración y la detuvo tomándola por un hombro, como si hubiese presentido que lo mejor sería que Lily no se inmiscuyera.

– ¡Déjame! –pidió ella, enojada.

Pero Genzo no la soltó y se limitó a mover la cabeza. Todo sucedió en cuestión de segundos: Hedy dio un paso hacia adelante, con los brazos extendidos hacia el rostro de Elieth pues quería arañarle la cara y dejársela marcada, aunque fuese por pocos días (no era tan tonta como para creer que le dejaría cicatrices permanentes sólo con eso), pero antes de que pudiera pensar en otra cosa, sintió que algo la levantaba con fuerza del piso y la hacía volar por los aires. Durante unos segundos, el mundo giró y Hedy no supo en dónde quedaba el suelo y en dónde el cielo, tras lo cual fue a estamparse dolorosamente contra la dura acera, quedando como una muñeca vieja que ha sido arrumbada en un rincón.

– Oh, por dios, ¿vieron eso? –gritó alguien–. ¡Esa chica tan pequeña hizo volar a la otra por los aires!

Incluso Karl no pudo evitar quedarse con la boca abierta; su cerebro tardó un poco en comprender lo sucedido pero, en cuanto lo hizo, se echó a reír a carcajadas. ¡Se había preocupado por Elieth en vano! En cuanto Hedy se le acercó con los brazos extendidos, la francesa se apresuró a tomarla por un brazo, la jaló e hizo palanca con su propio hombro y su espalda para lanzarla por los aires, en una maniobra de defensa personal muy conocida. Hedy ni siquiera tuvo tiempo de enredar sus uñas en el cabello de Elieth pues se había estrellado contra el piso antes de que siquiera tuviera tiempo de entender qué había pasado.

– ¡Eso… no es… pelear… limpio! –farfulló Hedy, con la respiración entrecortada.

– ¿Y lo tuyo sí lo fue? –bufó Elieth–. No me digas que crees que lo hiciste estuvo bien, ¡tú me atacaste sin motivo!

– Te metiste… con mi hombre… –Hedy comenzaba a recuperar el aliento.

– Ajá, ¿y qué esperabas? ¿Que me enzarzara contigo en una "pelea de gatas"? –cuestionó la francesa–. A todos nos queda claro que estás más loca que una cabra, pero yo no soy igual que tú y no me voy a rebajar a jalarte del pelo y a cachetearte como si fuese una cualquiera. Eso de pelearse por un hombre es algo que hacen las mujeres que no tienen amor propio y yo sí lo tengo.

– ¡Pero me atacaste! –insistió Hedy, mirándola con odio desde su puesto en el suelo. Ya había conseguido sentarse al menos.

– Por supuesto que lo hice y lo volvería a hacer si fuera necesario: como dije, tú atentaste contra mí. –Elieth se cruzó de brazos–. Tengo dignidad, no me voy a agarrar a golpes con otra mujer por causa de un hombre por mucho que lo ame, pero eso no significa que no me voy a defender si alguien me agrede.

El escándalo hizo que salieran varios policías de la comandancia, por lo que Elieth se alejó de Lims para evitar que creyeran que se estaban peleando. Sin embargo, su precaución fue innecesaria, pues en cuanto un oficial preguntó qué carajos estaba sucediendo, más de un testigo estuvo dispuesto a decir que la mujer tirada en la calle había agredido a la otra chica y que ésta simplemente se había defendido. Este evento hizo que Karl consiguiera controlar su risa y se acercó a Elieth para defenderla de la policía en caso necesario. Otra vez.

– ¿Estás bien? No te hizo daño, ¿verdad? –preguntó él, en voz baja.

– Estoy bien –aseguró Elieth, acomodándose el cabello–. Sólo consiguió que me despeinara.

– Deberíamos irnos antes de que esto se convierta en un problema de proporciones épicas –sugirió Schneider, al notar que los policías los miraban insistentemente–. ¡Apenas acabas de salir de ahí!

– Karl, esto ya se convirtió en un problema de proporciones épicas –replicó Elieth, señalando a los testigos–. Más de uno grabó lo que sucedió y te apuesto lo que quieras a que al menos dos personas lo subieron ya a Internet.

– Bien, ya qué –admitió Karl, resignado–. Al menos esta vez Hedy Lims sí tendrá en su Instagram algo que será verdad.

Elieth no pudo evitar reírse con el comentario, a pesar de que se sentía muy estresada. Tal y como Schneider había dicho, los oficiales no dejaban de mirarlos con insistencia y eso hacía que tuviera ganas de huir a toda velocidad sin volver la cabeza.

– ¿Cómo has hecho eso? –preguntó Karl, cuando ella dejó de reírse–. Sucedió tan rápido que no estoy seguro de haber comprendido qué fue lo que hiciste.

– Le apliqué una técnica de defensa personal muy común –explicó Elieth y se encogió de hombros–. Cuando eres hija de un embajador, la defensa personal entra en tu enseñanza básica, pero te confieso que reaccioné más por instinto que por otra cosa, me di cuenta de que ella era una amenaza y mi cerebro actuó por sí solo.

– Me alegra mucho que lo hicieras –sonrió Karl–. No cabe duda de que estás llena de sorpresas.

Lily y Genzo se acercaron a ellos tras esquivar a los curiosos y a los policías, ignorando el hecho de que alguien les pidió que se detuvieran. Lily se veía aliviada, aunque seguía siendo palpable la tensión que había entre Genzo y ella, misma que posiblemente se había incrementado cuando él evitó que Lily saltara a defender a Elieth, a pesar de que al final había tenido razón.

– Preguntaría si estás bien pero ya vi que sí lo estás –comentó Lily–. Fue grandioso ver volar a esa mujer por los aires, pero pudiste haber escogido otro lugar menos comprometedor que a las afueras de una estación de la Landespolizei, Gatita.

– Oye, no es como si hubiera planeado que esa loca me agrediera –protestó Elieth–. Aunque lo tendré en cuenta para la próxima vez que una obsesionada con mi hombre quiera venir a arrancarme el cabello.

– Espero que eso no suceda muy seguido –repuso Genzo, apretándole cariñosamente un hombro a Elieth–. Estuviste fenomenal, pero siempre has tenido buenos reflejos y veo que los sigues conservando.

– ¿Por eso es que impediste que saltara a ayudarla? –reclamó Lily, con mirada furibunda.

– Sí –contestó Genzo, sin titubear–. Tuve la corazonada de que Elieth podría defenderse sola.

La doctora iba a quejarse de que Wakabayashi sí creía que Elieth podía defenderse por su cuenta pero que al mismo tiempo no pensaba que ella sí pudiera hacerlo; sin embargo, prefirió quedarse callada porque consideró que no era el momento más adecuado para hacerle reclamos. Después de todo, estaban a plena calle, delante de un grupo de personas y Lily odiaba hacer escándalos en público.

"Además de que eso sería una niñería, Del Valle, actúa como la persona adulta que se supone que eres", se regañó.

Para ese entonces, los policías que salieron a ver qué ocurría ya tenían una idea clara de lo que había sucedido y dos oficiales se acercaron a los otros cuatro para preguntarles su versión de los hechos, mientras otra policía, la misma que había hablado con Elieth unas horas antes, llegó hasta Hedy Lims para ayudarla a levantarse y evitar que huyera, pues según los testigos ella era la principal responsable. Cuando quedó establecido que fue la Lims quien comenzó el ataque, los oficiales le preguntaron a Elieth si deseaba interponer una denuncia y ella aceptó de inmediato.

– Debe ser ésta la primera vez en donde una persona que tuvimos encerrada regresa a los pocos minutos a interponer una denuncia contra otra –comentó la policía que llevaba a Hedy Lims, de buen humor–. Habitualmente siempre odio estar en el turno nocturno pero esta noche la voy a recordar toda mi vida, se las contaré a mis nietos cuando tengan edad suficiente para escuchar esta anécdota.

Los cuatro protagonistas de esta historia babosa sólo intercambiaron miradas entre sí.

Por si el lío no fuese poco, a los cinco minutos de que Elieth llegó al mostrador para interponer su denuncia, apareció Rémy Shanks con toda la disposición de pelear con uñas y dientes para defender a uno de sus retoños. Hubo un momento de tensión que resultó muy cómico para Karl, Lily y Genzo porque el policía intentaba explicarle a Rémy que Elieth no estaba detenida sino que estaba poniendo una denuncia, pero Rémy no le hacía caso y gesticulaba para tratar de convencer al otro de que su hija era una buena persona que no buscaba hacerle daño a nadie. El oficial intentó varias veces sacar al diplomático de su error pero había que admitir que todo se prestaba a confusión. Elieth, a su vez, quiso interrumpir a su padre en un par de ocasiones pero ya sabía que en cuanto Rémy comenzaba a hablar era difícil lograr que escuchara a los demás hasta que no se le pasara el primer impulso. En eso ambos eran iguales: no oían razones cuando una idea se les metía en la cabeza.

– Entienda, señor, por favor –masculló el policía de recepción, con agotada paciencia–. Su hija ya ha sido liberada, ahora es ella la que está denunciando a alguien que la atacó en cuanto salió de aquí.

– ¡Todo esto pasa porque se te ocurrió meterte al partido! –exclamó Rémy, mirando a su hija.

"Lo bueno es que dije que no tenía ganas de hacer otro espectáculo esta noche", pensó Elieth, frustrada, evitando responderle a su padre como quería hacerlo. "¿Cuánto tiempo pasó sin que me metiera en otro lío? ¿Cinco minutos?".

– Me parece raro que no se haya dejado ver ningún reportero por aquí –susurró Genzo, por lo bajo–. Esto sería una mina de oro para cualquiera.

– Ni los invoques –replicó Lily, en voz baja–, que aún es posible que alguien venga. ¡Qué bueno que ese infeliz de Blind ya no anda detrás de nuestros pasos!

– Ya me imagino los titulares de mañana –comentó Schneider, a su vez–: "Novia del Káiser de Alemania es arrestada por irrumpir en un partido y al salir de la cárcel fue atacada por una fan desquiciada".

– Sería un exitazo de ventas, no hay duda –aceptó Wakabayashi–. Podrían rematar con un "El padre de la novia pelea con un policía por culpa de un malentendido. El policía a cargo estuvo a punto de meterlo a la cárcel a él también por desacato".

– Dejen de estar de idiotas, por favor –pidió Lily, aunque se rio por lo bajo–. ¡Esto es serio!

– Es el estrés, lo siento –suspiró Karl–. Ha sido una noche intensa y por lo que veo está lejos de terminar.

– Podría ser peor –opinó Genzo–. No me preguntes cómo, pero podría ser peor.

– Yo sé cómo: podría estar aquí el idiota de Blind y decir que Elieth y Hedy acabaron en la cárcel por pelearse como gatas por culpa del Káiser –replicó Lily.

– Gracias –repuso Schneider, con sarcasmo–. Es bueno tener amigos como ustedes que sepan calmarle a uno el estrés.

– Estamos para servirte, Schneider –contestó Wakabayashi, con lo cual Lily tuvo un ataque de risa y tuvo que fingir que era de tos para que no la metieran a la cárcel también.

Para ese momento, el oficial de recepción se había rendido y se limitaba a esperar a que Monsieur Shanks acabara de hablar; ya le había quedado claro que el hombre era un embajador y que por tanto debía ser tratado con la mayor cortesía posible. Seguramente el policía pensaba algo como "¿Por qué tenía que estar de guardia yo precisamente hoy?", pero se cuidó bien de no expresarlo en voz alta.

– Papá, ya te dije que no soy yo la del problema –dijo entonces Elieth, con infinita paciencia–. Bueno, sí lo era aunque ya no más, Karl pagó mi fianza y por eso pude salir, pero al hacerlo me atacó una de sus locas fans y ahora soy yo la que quiere refundir a esa infeliz en la cárcel.

– ¿Qué? –Las palabras "me atacó una de sus locas fans" hicieron al fin que Rémy reaccionara–. ¿Cómo que te atacaron, Petite? ¿Estás bien? ¿Quién se atrevió a ponerte una mano encima? ¿Y por qué nadie me lo había dicho?

– Llevo unos diez minutos intentando explicárselo, señor embajador –suspiró el oficial, con cansancio–. Que su hija está aquí, de nuevo, porque otra mujer la atacó allá afuera.

Y entonces Rémy procedió a, ahora sí, enfurecerse porque alguien se había atrevido a querer lastimar a su hija, ¡y a las afueras de la estación de policía! Lo cual resultaba bastante lógico, había que decirlo, lo raro hubiera sido que no se indignara ante tal hecho. El embajador procedió a quejarse porque era inaudito que alguien sufriera un ataque afuera de las instalaciones de la Landespolizei, que cómo era posible que no tuviesen más vigilancia en los alrededores. Karl no podía culparlo, hasta él quería colgar a Hedy por haber agredido a Elieth y también creía que debería de haber más seguridad en las cercanías de la estación de policía, pero había que reconocer también que todo sucedió tan rápido que era difícil que alguien hubiera podido reaccionar a tiempo.

– Si estuviésemos en Francia, seguro que Rémy ya la habría mandado guillotinar –comentó Genzo, refiriéndose a Hedy.

– Hace años que ya no guillotinan a alguien en Francia, Gen –señaló Lily, a quien se le olvidó que a últimas fechas le llamaba a su novio por su apellido.

– Lo sé, pero conociendo a Rémy es capaz de conseguir que vuelvan a implementar ese método –replicó Genzo.

– Yo sí lo creo muy capaz –asintió Karl–. Si lo has visto enojado entonces estarás de acuerdo con nosotros, Lily.

La doctora ya no contestó pero por su expresión se podía inferir que estaba de acuerdo con los otros dos. En ese momento llegaron Leo y Gwen, con lo que el primero se unió al espectáculo que tenía lugar en el mostrador. Sin embargo, por alguna extraña razón parecía que Leo ya tenía cierta idea de lo sucedido, porque llegó a tratar de poner orden y de tranquilizar a su padre. Gracias a él, las cosas se calmaron lo suficiente para que Elieth pudiera interponer la denuncia por ataque contra Hedy Lims, la cual irónicamente había ido a parar a la celda en la que estuvo encerrada Elieth una media hora antes. Lily llamó a Gwen para que los acompañara y la chica se acercó al grupo con su celular en mano.

– ¿De verdad Hedy Lims atacó a Elieth y ésta la mandó a volar por los aires? –preguntó Gwen, tras saludar a los jóvenes–. ¿O se trata de alguna edición bien hecha?

– No es una edición, de verdad sucedió –respondió Wakabayashi, levantándose de su asiento para que Gwen se sentara–. Suena bastante desquiciado, pero irónicamente no es lo más loco en lo que ha estado involucrada Elieth hoy.

– ¿Cómo supiste que eso pasó? –preguntó Lily, asombrada–. No he tenido tiempo de avisarle a alguien lo que ha estado sucediendo aquí.

– Por esto. –Gwen les mostró la pantalla de su teléfono–. Lo vi en Instagram hace unos minutos y mucha gente lo ha estado compartiendo en Twitter y en Facebook también.

Se trataba de un vídeo hecho con un celular, seguramente tomado por alguien que fue testigo del suceso recientemente ocurrido; en dicha grabación, se notaba claramente cómo Hedy se acercaba a Elieth en actitud hostil y cómo ésta la levantaba por los aires, para acabar con la modelo arrumbada contra el suelo cual maniquí. Ahí no quedaba duda de que la atacante había sido Hedy y que Elieth sólo se había defendido, pero el morbo provenía del hecho de que la gente reconoció a Elieth como la persona que se metió de improviso en el juego recientemente concluido.

– Bueno, ahí se quedaron nuestras esperanzas de que esto no pasara a mayores –suspiró Lily, devolviéndole el teléfono a Gwen–. No hacía falta que un reportero viniese de metiche a sacar una nota, ya alguien más hizo de esto una noticia nacional.

– ¿Sigues creyendo que esto podría ser peor, Wakabayashi? –le preguntó Schneider al portero.

Por respuesta, Genzo se encogió de hombros. Qué más daba, el daño ya estaba hecho y no se podía corregir, era más que conocido por todos que cuando algo se volvía viral, era imposible detener la avalancha y no quedaba más remedio que soportar lo que viniera. Sin embargo, Gwen les hizo notar que la mayoría de los comentarios eran de apoyo hacia Elieth, incluso algunos hasta aplaudían su osadía de meterse al campo para conquistar al Káiser, aunque la opinión general era que hizo bien al defenderse de Hedy pero mal al no buscar otra manera de acercarse a Karl.

– Por cierto, Lily –comentó Schneider, recordando algo–. ¿Por qué Elieth me contó que tú le dijiste que yo iba a pedir mi cambio al Borussia Dortmund?

– ¿Qué? –exclamó Lily, sorprendida–. ¡Yo no le dije eso!

– ¿Entonces por qué tiene esa idea? –quiso saber Karl, levantando las cejas–. Porque de algún lado la sacó.

– Mira, antes del partido ella estaba preocupada por el hecho de que tendría que dejar su trabajo como corresponsal del Bayern Múnich porque seguramente harías que la despidieran –bufó Lily–. Y yo le dije que era más probable que te transfirieras al Borussia Dortmund a que pidieras que la dejaran sin trabajo, pero lo dije para señalar una cuestión imposible porque es obvio que tú jamás te irías al Dortmund. ¡No tengo ni idea de por qué deformó las cosas a ese grado!

– Porque así es la Peque. –Genzo se echó a reír–. Ya deberías de conocerla.

Lily hizo una mueca, Karl se rio por lo bajo y Gwen admitió que ese tipo de confusión era propia de los Shanks.

– Leo es igual –señaló la alemana.

Al poco rato mandaron llamar a Karl, Genzo y Lily para tomarles sus respectivas declaraciones, aunque sólo Schneider estuvo lo suficientemente cerca como para dar detalles que apoyaran la versión de Elieth. Genzo y Lily, a su vez, fueron testigos de que Hedy Lims llegó hecha una furia al lugar y que se notaba que ya traía malas intenciones. El tiempo pasaba más rápido de lo que cualquiera esperaba y el reloj de pared de la comandancia marcaba que faltaban cinco minutos para las dos de la mañana. En algún momento Karl bostezó sin poder evitarlo; no era su culpa, realmente se sentía agotado por la vorágine de sucesos del día, empezando por la goliza al Hamburgo de la que fue partícipe. Además, su estómago también rugía por la falta de alimento y de agua, pues apenas y pudo tomar una bebida hidratante antes de salir del vestidor.

– Debes de estar cansadísimo, Karl –comentó Lily, al verlo reprimir otro bostezo–. ¿Por qué no te vas a dormir ya? Yo me quedaré hasta que esto termine y no olvides que también están Rémy y Leo, por el momento Eli tiene todo el apoyo que necesita.

– Aún así no estaría bien que me fuera y la dejara aquí –negó Karl–. No quiero que piense que este problema no me interesa porque no es verdad.

– Entiendo eso, pero ella sabe que has estado bajo mucho estrés y que hiciste mucho esfuerzo físico y por tanto no se enojará si te marchas –señaló Lily.

– Y en todo caso puedes ir a hablar directamente con ella para preguntarle si te necesita –añadió Wakabayashi–. No está mal de vez en cuando admitir que no estás en tu cinco sentidos.

– Miren con el hombre que da consejos que no aplica para sí mismo –se burló la doctora–. ¿Te sientes bien, Wakabayashi? Tal vez necesitas ir al médico.

– Si eres tú la que me va a atender, con gusto te diré que me siento enfermo –replicó Genzo, presto.

– Baboso –musitó Lily por lo bajo, poniéndose de mil colores.

Tras pensarlo un poco, Schneider aceptó que no podía hacer mucho más ahora que ya había declarado, así que se acercó a Elieth aprovechando que su padre estaba hablando por teléfono. El alemán ni siquiera tuvo que empezar a explicar su predicamento pues su cansancio habló por él, se le veía tan agotado que Elieth lo notó de inmediato.

– Vete a dormir, que buena falta te hace –murmuró la francesa–. Esto va para largo y no es necesario que te quedes.

– ¿Estás segura? –preguntó Karl–. No quiero dejarte sola en esta situación.

– Bueno, no estoy sola –se rio la reportera–. Mi padre y mi hermano están conmigo, puedes estar seguro de que estaré muy bien cuidada con los muchos guardaespaldas que debe de haber traído el embajador.

– Sí, tienes razón. –Schneider rio también y se sintió más relajado–. Ha sido una noche peculiar, no esperé que terminaría así pero realmente no me quejo. Es decir, sabía que íbamos a golear al Hamburgo pero no esperaba todo lo demás, sobre todo no guardaba la esperanza de que me dijeras que me amas.

– Qué egocéntrico es usted, mi Emperador –se mofó Elieth, ligeramente avergonzada–. Hablaremos con calma mañana, cuando hayas descansado y se haya resuelto este problema. ¿Estás de acuerdo?

– ¿Qué te parece si comemos juntos? –inquirió Karl, con cierto nerviosismo.

– Me parece perfecto, pero yo cocino –aceptó Elieth–. No tengo ganas de ir a un restaurante y arriesgarme a que alguien me vea, de verdad que ya no estoy para soportar más atención mediática.

– Podríamos ir a uno y hacernos pasar por Enric Taylor y Nicole Dumas –señaló Schneider, quien se había enterado del pseudónimo que ella dio en el Allianz Arena porque figuraba dentro de las acusaciones que le hicieron al llegar a la estación, el usar un nombre falso–. ¿Qué te parece?

Por respuesta, Elieth le dio un pequeño golpe en las costillas, lo que hizo que Karl se echara a reír.

– Ya, era broma –aseguró él–. Me agrada mucho la idea de que vuelvas a preparar algo para mí, sólo por favor no hagas bagels, que no quiero que me los avientes de nuevo por la cabeza.

– Sigue de bromista y te daré tierra con gusanos. –Elieth hizo un mohín pero después suavizó su expresión–. ¿Te parece si nos vemos en tu departamento? Todavía no tengo el gusto de conocerlo; yo llevo todo lo necesario para preparar algo, estaré ahí alrededor del mediodía.

– Es una cita entonces –sonrió Karl.

Ella lo miró a la cara durante unos segundos, tras lo cual se puso de puntillas y le dio un beso fugaz en los labios. Karl se sorprendió sobremanera porque Rémy Shanks estaba de espaldas, parado a pocos metros de ellos, sin contar con que estaban a mitad de una estación de policía, pero a pesar de eso se sintió inmensamente feliz. Cuando volvió a donde lo esperaban Genzo, Lily y la doctora Heffner, Schneider vio que los dos primeros discutían en voz baja; al acercarse, Karl se dio cuenta de que lo hacían porque Genzo quería quedarse y Lily le insistía en que lo mejor era que también se fuera a descansar.

– Te recuerdo que vas a tomar un avión pasado mañana, o bueno no, considerando la hora, ya será mañana –señaló la doctora–. Y va a ser un vuelo largo así que deberías de descansar; no creo que esto vaya a concluir pronto, lo mejor que puedes hacer es llevar a Schneider a su hogar y de ahí irte a tu hotel.

– Puedo descansar en el avión –replicó Wakabayashi–. De hecho pensaba hacerlo.

– Pero no hay necesidad –insistió Lily–. En unos cuantos días comenzarán las eliminatorias asiáticas para los Olímpicos y debes de dormir bien ahora que puedes, ya te he dicho muchas veces que tienes que cuidarte más, que no estás hecho de acero.

– Con lo mucho que se ha lesionado, parecería más bien que está hecho de cristal –musitó Gwen, en voz muy baja.

– Estaré bien, doctora, ya sabes que soy un hombre fuerte –señaló Genzo, quien no escuchó o fingió que no escuchó a la doctora Heffner–. Prefiero quedarme aquí por si me necesitas.

"No sé si Lily no se está dando cuenta de que Wakabayashi está diciendo que quiere quedarse por ella, o si prefiere no darse cuenta", pensó Karl. "Pero ella tiene razón al decirle que tiene que dormir bien si está por viajar al otro lado del planeta".

– Contaba con que me llevaras a mi departamento, Wakabayashi –intervino Schneider, como buen pacificador–. Si no tienes inconveniente, por supuesto.

– Eso dalo por hecho, en estos momentos no me parece conveniente que te vayas en taxi –respondió Genzo–. Volveré después de dejarte.

– No es necesario que regreses, no puedes hacer más de lo que has hecho ya –repitió Lily, tras suspirar–. Si es necesario que vuelvas te llamaré, pero dudo mucho que eso suceda.

– Entonces vente conmigo –sugirió Genzo, sin darse por vencido–. Iremos a dejar a Schneider y después te llevo a tu apartamento.

"O a tu cama", pensó Schneider, mordaz. "Todos sabemos que básicamente es lo que estás buscando".

– Muchas gracias por la oferta, pero yo me quedaré a esperar a Elieth –negó Lily–. Necesitará a alguien que la apoye y yo soy la mejor opción.

– Pero tú también debes de estar cansada –señaló Wakabayashi–. Aunque no hayas hecho el esfuerzo físico de jugar un partido, tu trabajo también es arduo y así como dices que nosotros ya no podemos hacer nada, tampoco tú vas a marcar una diferencia. Además, Rémy y Leo están aquí, si Elieth requiriera ayuda seguramente ellos se la darán. Puedo notar que estás agotada, doctora, tienes los ojos enrojecidos por el sueño.

"¡Odio que me conozcas tan bien!", gruñó Lily en su interior, lanzándole a Genzo una mirada recriminatoria. "¿Y ahora cómo me zafo de esto? Usaste en contra mis propias frases, maldita sea".

– Si gustas yo puedo llevarte, Lily –intervino tímidamente Gwen, al notar que lo que su amiga no quería era caer ante los encantos de Genzo Wakabayashi, otra vez–. No tardaré en irme porque tengo turno mañana por la tarde y quiero dormir un poco antes de eso. No lo he hablado con Leo todavía pero, considerando que su padre está aquí, creo que lo más lógico es que yo me lleve su automóvil para que él se quede con su familia. Y no sé por qué todos quieren que alguien les llame por si llegaran a ser necesarios, en esta situación el señor Shanks es el mejor apoyo que Eli puede tener así que no se sientan tan indispensables.

– Eso fue duro y conciso –sonrió Karl–. Con eso nos has callado la boca a todos, doctora Gwen. Bien, ¿están de acuerdo ustedes dos con que lo mejor que podemos hacer es irnos a dormir?

– Esa opción me resulta mejor, Gwen –cedió Lily, quien se sentía agradecida con su amiga por haberle lanzado un salvavidas–, así no andarás sola a estas horas de la noche. Pero si me voy es porque Wakabayashi aceptará irse también.

– Por supuesto que se irá –aseguró Schneider, palmeando la espalda de su amigo–. No es tan terco como para insistir en volver, además de que si te vas ya no tendrá motivos para hacerlo, Lily.

Wakabayashi le lanzó a Schneider una mirada de notorio enojo, pero éste lo ignoró con mucho gusto, pues ya era tarde y no era momento para terquedades, vinieran de quien viniesen. Además, no fue él sino Gwen la que evitó que Lily tuviese el predicamento de marcharse con ellos, aunque Karl entendía que Wakabayashi prefería enojarse con él a hacerlo con la doctora Heffner, cuya timidez era ampliamente conocida. Así pues, tras una rápida charla entre Gwen y Leo, se afirmó el acuerdo de que Lily se marcharía con Gwen, mientras que Genzo se llevaría a Karl a su departamento. Y esta vez ni siquiera el portero pudo poner objeción. Al salir de la estación, los jóvenes se dieron cuenta de por qué no había entrado ningún reportero a cubrir la noticia: los guardias del embajador de Francia montaban guardia en un perímetro cerrado alrededor del edificio y no permitían que alguien se acercara ni que sacara fotos a corta distancia.

– ¿Debería de cubrirme el rostro? –preguntó Karl, de buen humor–. ¿O actuar como si fuese de lo más normal el estar en una estación de policía la madrugada de un miércoles?

– Lo segundo –contestó Lily–. Llamarás más la atención si tratas de ocultarte y de todos modos ya mucha gente debe de estar enterada de que estás aquí gracias a esa grabación del ataque fallido de Hedy Lims.

– ¡Qué pesado debe resultarte ser una celebridad, Schneider! –exclamó Gwen, acongojada–. Yo ya me siento acosada y eso que no soy el foco de interés, me imagino lo mucho que debes de sufrir a diario.

– Te acostumbras con el tiempo –dijo Karl, con resignación–. ¿No es así, Wakabayashi?

– Yo no soy tan popular como tú –replicó Genzo–. Al menos a mí no me reconocen a cada lugar donde voy.

– Claro, como Alemania está lleno de japoneses, pasas bien desapercibido –replicó Lily.

Karl y Gwen soltaron unas risitas divertidas, mientras que Wakabayashi no resistió la tentación de jalar un mechón del cabello castaño de la doctora a manera de protesta, a pesar de que ella tenía algo de razón.

Los automóviles de Genzo y de Leo estaban estacionados en lugares distintos, muy alejados el uno del otro, así que hubo un punto en donde los jóvenes tuvieron que separarse. Karl y Gwen sutilmente se adelantaron para dejar a los otros dos solos, aunque Gwen se quedó a prudente distancia por si su amiga requería su apoyo. Por un momento pareció que Lily seguiría caminando sin detenerse, pero se detuvo tras haber dado dos o tres pasos, lo suficiente para que Wakabayashi pudiera darle alcance.

– Creo que nuestra plática quedará pendiente para después –comentó la doctora, con voz neutra–. Aunque créeme que voy a pensar mucho en lo que me dijiste hace rato.

– ¿Qué parte específica de mis palabras se quedaron grabadas en tu mente, doctora? –quiso saber Genzo.

– La parte que dijiste acerca de que pedirme que deje todo por ti sería matar lo que más amas de mí –susurró Lily, al tiempo en que lo miraba a los ojos.

– ¿Por qué justamente eso? –preguntó entonces el portero, un tanto sorprendido.

– Porque cambia la perspectiva de muchas cosas, aunque sigo pensando en que puede haber alternativas a este predicamento y que no debes negarte a ellas –respondió Lily, con un suspiro–. Espero que tengas muy buen viaje, Gen, y que llegues a salvo a Japón. Sé que no lo necesitas, pero deseo que la suerte te acompañe en el largo y difícil camino que vas a recorrer allá.

– Gracias, doctora –reconoció Genzo, acercándose mucho a ella pero sin tocarla–. Espero que aguardes por mí hasta que regrese, porque puedes estar segura de que voy a volver por ti.

– Por algo te dije que esta charla queda pendiente, ¿no es así? –aceptó Lily, atreviéndose a acariciarle el rostro con los dedos–. Duerme bien antes del vuelo.

Genzo la miró marcharse, mientras pensaba que le gustaría pedirle que fuese a despedirlo al aeropuerto, pero su orgullo se lo impidió. Ella había dejado en claro que estaría ocupada y él no iba a rogarle para que lo hiciera, por muchas ganas que tuviese de pedírselo. Además, la breve caricia que Lily le hizo quedó como una cálida despedida adecuada para ese momento, aunque a Wakabayashi le hubiera gustado haberle dado un beso en toda regla.

– ¡Qué noche! –comentó Karl, cuando Genzo llegó junto a él–. No es de sorprender que esté tan agotado.

– Has resistido bastante, Schneider, tengo que admitirlo –reconoció Wakabayashi, mitad en broma y mitad en serio–. Con lo que hizo la Peque era suficiente para agotar mentalmente a cualquiera, pero por si eso fuera poco además tuviste que batallar con esa modelo.

– Ni lo menciones, aunque la que lidió con ella fue Elieth, no yo –replicó Karl, al tiempo en que subía al automóvil por la puerta del pasajero–. Por cierto, ¿de verdad intuías que ella iba a saber defenderse?

– No es noticia para mí que Rémy hizo que sus tres hijos aprendieran defensa personal. –Wakabayashi se encogió de hombros–. Y sabes que la Peque es una mujer de armas tomar.

– Sí, eso me queda claro. –Karl esbozó una sonrisa orgullosa; tras pensarlo unos instantes, se atrevió a hacer el comentario que Lily no quiso realizar en su momento–: Lo que me resulta peculiar, Wakabayashi, es que confías en que Elieth sabrá defenderse, pero no es así cuando se trata de Lily y tú también debes de saber que ella es otra mujer de armas tomar. ¿Por qué con la doctora actúas diferente?

– Porque la amo –fue la parca respuesta de Genzo–. ¿O me vas a decir que tu primer impulso no fue el querer defender a Elieth aun cuando sabes que ella no es una chica frágil?

Touché –aceptó Karl–. Aunque yo no estaba enterado de que ella sabe defensa personal.

– Seguramente hay muchas cosas que no saben el uno del otro –señaló Wakabayashi–, pero ya tendrán tiempo para averiguarlas. Aun así, siempre querrás proteger a Elieth, a pesar de que ya estás enterado de que sabe pelear.

Wakabayashi arrancó el auto y esquivó a un par de reporteros; Karl se dio cuenta de que uno de ellos les tomó un par de fotografías pero no le importó. Aunque se sentía agotado, el alemán también estaba muy satisfecho. No sólo había hecho trizas al Hamburgo sino que también había recuperado a Elieth y se había librado de Hedy Lims, no de la manera en como Karl quería pero era seguro que ella se lo pensaría dos veces antes de volver a acosarlos a Elieth o a él. ¡Nada mal para una sola noche!

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Desde muy temprano comenzaron a hacerse notorias las consecuencias de los hechos ocurridos la noche previa, durante y después del partido de la DFB-Pokal entre el Bayern Múnich y el Hamburgo. La primera noticia espectacular que apareció en los tabloides fue la de la destitución de Zeeman como técnico del Hamburgo, suceso que ocurrió en cuanto el país vio la luz del sol. Los directivos de dicho club estuvieron de acuerdo que era inadmisible que Zeeman continuara al frente del equipo después de la paliza que recibieran la noche previa a manos de su eterno verdugo, el Bayern Múnich, así que a primera hora de la mañana Zeeman fue convocado para entregarle su carta de despido. Dicen que el hombre llegó a las instalaciones del equipo con cara de pocos amigos, desvelado por la tortura del partido y por el largo viaje de regreso, con el rostro oculto por lentes oscuros para que nadie viese que tenía los ojos enrojecidos por la mala noche; al marcharse fue acosado por un grupo de reporteros que lo acosaron a preguntas, aunque Zeeman los ignoró a todos.

– Esto se veía venir –comentó un fotógrafo a un compañero–. ¿Qué clase de entrenador deja marchar a uno de los mejores porteros del país a causa de un berrinche sin buscar un adecuado reemplazo? Schwaizer nunca estuvo a la altura de Wakabayashi, eso todos lo sabíamos pero Zeeman se aferró a su estúpida decisión.

– Por supuesto –asintió el compañero–. Si Zeeman hubiese tenido una razón de peso para deshacerse del japonés se entendería su decisión, pero sus motivos fueron flojos y peor aún, lo hizo a mitad de temporada. ¡Al menos se hubiera esperado a la pausa invernal! Habría habido más oportunidades de encontrar a un buen reemplazo. Schwaizer lo hizo bien contra equipos menores de la Bundes, pero su prueba de fuego era el líder absoluto y fracasó miserablemente. Zeeman debió haber previsto que, si ni Wakabayashi pudo contra Schneider, mucho menos iba a poder hacerlo Schwaizer.

– Exactamente –concordó el fotógrafo–. Si antes la goliza no fue mayor, el Bayern tenía todo para meterles otros diez.

Las múltiples quejas contra el ex entrenador no se hicieron esperar; los periódicos alemanes se regocijaban en criticar el desempeño mediocre de Zeeman y acordaban en que la única opción viable para la directiva del Hamburgo era correrlo si pretendían conservar la poca dignidad que todavía les quedaba. En cuestión de horas, el técnico pasó a ser un personaje duramente desacreditado y menospreciado, quizás de manera un tanto excesiva pues había tenido un desempeño medianamente decente hasta antes de estrellarse de lleno contra el Bayern Múnich. Quizás su peor pecado fue el no encontrar una manera de reconectarse con Wakabayashi, un jugador que dio lo mejor de sí al equipo que lo lanzó como profesional, en vez de deshacerse de él como si fuese un objeto inservible. También es cierto que probablemente a la larga el mismo Genzo habría buscado su salida para ir en busca de equipos mejores, pero lo habría hecho estando en buenos términos con el club en vez de hacerlo de una manera espinosa, pues esto ocasionó que la opinión popular culpara a Zeeman de un mal manejo de sus jugadores.

Se decía que a las afueras de las instalaciones del Hamburgo había una multitud enorme de fans que pedían a gritos la destitución del técnico, así como otros tantos querían crucificar a los jugadores que participaron en la humillación histórica, entre ellos Ëkdal. Así también, muchos otros pedían a gritos el regreso de Wakabayashi a la portería, exigían a la directiva que reconsiderara la decisión de dejarlo ir, pero para ese entonces la ruptura entre el portero y el equipo era tan notoria que no habría manera de volver a pegarla lo suficientemente bien como para que se restaurara la confianza. Así pues, la directiva del club dejó de lado las peticiones para que regresara Genzo y se enfocó en buscarle un reemplazo a Zeeman, uno que evitara que el equipo se hundiera todavía más en el lodo.

Si es que acaso eso era posible.

Sin embargo, lo cierto era que ése sería el inicio de la decadencia del Hamburgo que habría de culminar, varios años después, con el descenso del equipo a la liga inferior por primera vez en su rica historia futbolística. Sin embargo, ¿qué futuro le depararía a su antigua estrella, el joven Genzo Wakabayashi? ¿Sería la decadencia del Hamburgo el intercambio justo que él necesitaba para convertirse en el portero de fama mundial que soñaba con llegar a ser algún día? Sólo el tiempo lo diría.

La despedida y humillación de Zeeman a manos de los medios locales no fue la única noticia impactante del día. Aunque los guardaespaldas de Rémy Shanks hicieron bien su labor de bloquear el acceso a la estación de la Landespolizei a todo aquél que no tenía nada que hacer ahí, no pudieron evitar que se fugara información con respecto a lo sucedido entre Hedy Lims y Elieth Shanks. Como era de esperarse, los reporteros que estaban apostados en los alrededores de la comisaría pudieron tomar fotos del Káiser de Alemania y del SGGK saliendo de ahí en compañía de dos doctoras, una que trabajaba para el Bayern Múnich y otra que resultó ser la novia del hijo del embajador de Francia. Con esto, los periodistas tuvieron más que suficiente para armar su propia versión de los hechos. Además, la presencia de los guardianes de la embajada jugó en contra de los involucrados, pues cuando los reporteros notaron este detalle no tardaron en investigar y descubrieron que Elieth era hija del embajador francés, con lo que terminó de confirmarse que ella se encontraba aún en las instalaciones de la Landespolizei.

Algún chismoso de los que nunca faltan filtró el dato de que Elieth Shanks tuvo que regresar a la estación porque fue víctima de un ataque, aunque no aclaró quién fue el atacante. Sin embargo, no hizo falta saberlo porque el vídeo que el testigo tomó de Elieth defendiéndose de Hedy Lims se filtró con rapidez y fue reposteado y reproducido miles de veces, lo cual añadió más chismes y teorías descabelladas al cuento principal. Una y otra vez aparecían personas que juraban haber estado presente en el ataque de la Lims y relataban con verdadero regocijo cómo la pequeña reportera de un metro cincuenta la hizo volar por los aires (esto era una exageración total, pues Elieth medía su buen metro con sesenta centímetros), dejando a Hedy como una muñeca rota con los calzones al aire. Una de las que más se divertían creando teorías y reproduciendo el vídeo era AlyssaCKR, quien disfrutaba a lo grande cómo por fin alguien había puesto en su lugar a esa mujer. Los medios ya comenzaban a llamar a Elieth como "la verdadera novia del Káiser", mientras que a Hedy la llamaban acosadora, aprovechada y mentirosa compulsiva, así como comenzaron a compadecer a Karl por haber tenido que sufrir el acoso de la modelo.

– Vaya que es hipócrita la gente –le comentó Débora a Levin cuando leyó los comentarios de la nota que ostentaba el título de "La auténtica novia del Káiser de Alemania es una reportera"–. Hace algunos días muchos creían que esa estúpida de Lims era su auténtica pareja y criticaban a Schneider por no haber hecho declaraciones al respecto, mientras que ahora la critican a ella por haberlos engañado a todos y compadecen al pobre hombre por haber tenido que soportar su acoso.

– La gente es maliciosa e hipócrita, sobre todo cuando se trata de personas que están bajo los reflectores –señaló Stefan, sabiamente–. Mira cómo trataron a tu amiga Bárbara hace algunas semanas sólo por fijarse en un hombre poco agraciado como Kaltz, pero ahora dicen que ellos hacen una pareja adorable.

– Sí, lo sé –bufó la doctora Cortés–, pero no puedo evitar que eso me moleste. ¿Te imaginas qué hubieran dicho de nosotros si se hubiesen enterado de nuestros líos?

– Tendrían material de sobra para escribir un libro –sonrió el sueco, a medias–. Habrían dicho que soy un desgraciado por haberte usado para borrar el recuerdo de mi novia muerta, lo cual no habría estado tan alejado de la realidad.

– O habrían dicho que yo estaba aprovechándome de tu fragilidad emocional para meterme en tus sábanas y quedarme con tu dinero –replicó Débora.

– También es bastante posible –aceptó Levin, con una sonrisa más amplia.

La reputación de Hedy Lims ya estaba bastante dañada gracias al vídeo de su fallido ataque a Elieth, pero el golpe mortal se lo dio Cassandra Pedraza Larreta, quien cumplió su amenaza de hacerla polvo si se atrevía a inventarle un cuento. Cuando Cassandra despertó a la mañana siguiente, con la disposición de editar la entrevista hecha a Hedy Lims la noche previa, se topó con el vídeo ampliamente conocido y, gracias a los chismes provenientes de Alemania y al beso ocurrido entre Elieth y Schneider a pleno partido (pues Cassandra fue una de las personas que no lo vieron), la española no tuvo más remedio que reconocer que había caído en una red de mentiras, urdida por la modelo para hacerse pasar como novia de Karl Heinz Schneider. La reportera de Mujer Ibérica ni siquiera se tomó la molestia de llamar a Lims para preguntar su versión de los hechos, sino que directamente la hizo puré en la nota que iba a estar dedicada a su romance con Schneider. La Pedraza Larreta no se contuvo a la hora de atacarla y la llamó trepadora social, abusiva y mitómana, así como señaló que era una mujer de dudosa moral de la que nadie sabía cómo había obtenido un puesto tan importante como el de ser la cara de la Paulaner y del Bayern Múnich. Como dicho reportaje saldría a la luz en el próximo número de Mujer Ibérica, Cassandra decidió dar un adelanto en su blog pues estaba tan enojada por el engaño que no quería esperarse para poner a Hedy Lims en su lugar.

– Buena suerte, perra –dijo Cassandra, tras darle un sorbo a su taza de té al tiempo que con el dedo índice derecho presionaba la tecla Enter de su laptop–. Después de esto, nadie va a querer contratarte de nuevo.

Y los contragolpes del karma apenas habían comenzado.

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Por una curiosa casualidad, el abuelo Huan-Yue y Genzo Wakabayashi partirían de Alemania el mismo día, aunque no lo harían en el mismo vuelo. El primero en irse fue el abuelo, quien fue acompañado al aeropuerto por Shunko, Nela y Duke. Nela todavía se sentía enojada y frustrada por la treta que les jugó el anciano, aunque sabía bien que él lo había hecho con la mejor de las intenciones y pensando en el bienestar de su nieto.

"Sin embargo, como ha dicho Lily en muchas ocasiones, el camino al Infierno está empedrado de buenas intenciones", pensó la inglesa, al tiempo que procuraba que no se le notara demasiado el enojo. "Nunca había entendido qué quería decir con esa frase pero ahora me ha quedado muy en claro".

Shunko, por su parte, estaba feliz y despreocupado; el saber que su abuelo aceptaba sin reservas su relación con Nela lo relajó y lo puso de excelente humor, a pesar de que Huan-Yue le hizo el recordatorio de que Nela todavía esperaba respuesta a sus solicitudes de ingreso a las universidades inglesas. Aún así, Shunko no perdía el optimismo pues estaba seguro de que, aun cuando ella se fuese a Inglaterra, ellos encontrarían una manera de conservar su relación. Cuando el amor es real, la distancia no importa.

– Deseo que tengas un buen viaje, abuelo –dijo el joven tras abrazar a su pariente–. Vuelve cuando quieras, siempre te recibiremos con mucho gusto.

– Gracias, Junguang –sonrió el anciano–. No sabes lo tranquilo que me marcho por saber que estás en el sitio correcto, con la persona correcta.

Cuando los dos hombres se separaron voltearon a ver a Nela, quien le hizo una respetuosa reverencia a Huan-Yue. Éste la miró con aprobación para después darle un abrazo corto pero fuerte a pesar de sus años.

– Cuídate mucho, Nela –pidió el hombre–. Y cuida bien de mi nieto, por favor. Sé que en estos momentos no puede estar en mejores manos que en las tuyas.

– Gracias, abuelo Huan-Yue –respondió Nela, conmovida a su pesar–. Estaremos esperando su regreso, pero para la próxima ocasión permita que seamos nosotros los que escojamos la comida, no es necesario que usted traiga su propia… eh, materia prima.

– ¿Lo dices por Food? –se rio el hombre–. Perdón, se llama Duke, ¿verdad? En realidad te estaba tomando el pelo y fue bastante divertido; no tenía planeado darte a este pequeño para que lo cocinaras, quería que tuviese un buen hogar y sabía que mi nieto cuidaría bien de él, pero superó mis expectativas que tú lo defendieras y quisieras protegerlo, pues eso me habla de la calidad de persona que eres. No te enojes conmigo, por favor, a mi edad sólo me queda hacer este tipo de bromitas pequeñas para reírme un rato.

Nela hizo un puchero pero consideró que al final el asunto sí tenía algo de divertido, así que no pudo hacer más que reírse y resignarse a su suerte. No cabía duda de que el abuelo Huan-Yue era igual de trol que su nieto.

– Sé que esto es algo que probablemente no te interesa tanto, al menos no por el momento, pero creo que serás una estupenda madre, Nela – añadió el anciano–. Puedo verlo en la manera en la que cuidas a mi nieto.

– Gracias –fue lo que contestó Nela y decidió que no se lo tomaría a mal porque Huan-Yue se lo estaba diciendo como un auténtico cumplido–. Créame que no es una tarea fácil.

– Estoy muy consciente de eso. –El abuelo Huan-Yue le guiñó un ojo con picardía.

El hombre volvió a abrazarlos una última vez y los bendijo a su manera, para después acariciar al gato en la cabeza y decirle que era un minino afortunado por haber conseguido unos padres tan amorosos. El abuelo Huan-Yue se dirigió entonces al área de abordar y antes de entrar se volvió a decirles adiós con la mano. Sho se quedó parado unos minutos más, contemplando la puerta por la cual había desaparecido su abuelo, tras lo cual pasó un brazo alrededor de los hombros de Nela, quien traía a Duke en sus brazos, para atraerlos a ambos hacia su cuerpo.

– Estaba pensando en hacerme un tatuaje, para celebrar que todo ha salido tan bien –comentó Shunko, como si tal la cosa, mientras los tres se dirigían hacia la salida–. Voy a hacerme uno que diga "chicken soup", ¿qué te parece?

– ¿Qué? ¿Por qué vas a hacer eso? –preguntó Nela, atónita–. Puedo entender que quieras ponerte un tatuaje pero, ¿por qué quieres que diga "chicken soup"?

– Porque los occidentales se tatúan caracteres chinos que dicen "sopa de pollo" o "verduras congeladas" –respondió Sho–, así que lo lógico es que yo, que soy chino, me tatúe "sopa de pollo" en inglés. ¿O prefieres "frozen vegetables"?

– Eres un idiota. –Nela le dio un golpecito en las costillas–. Ahora estoy segura de que tu abuelo te dejó caer de niño.

"Pero eres mi idiota, Xiao Junguang, y quiero que así siga siendo".

Un par de horas después, Genzo Wakabayashi llegaba al aeropuerto para abordar el vuelo que lo llevaría a Japón. Al entrar en el enorme edificio, buscó con la mirada a una mujer que correspondiera con la descripción física de Lily pero no la encontró. A pesar de que sabía que ella iba a cumplir su palabra de no ir a despedirlo, Wakabayashi no pudo evitar conservar la ligera esperanza de que la doctora se arrepintiera y se presentara a último momento, pero no sucedió así.

"Ni modo", pensó él, con cierta desilusión. "No me sorprende tanto en realidad, lo raro hubiera sido que ella sí hubiese venido".

Debido a este pequeño chasco, Wakabayashi no captó de inmediato que entre la gente que despedía a amigos y familiares sí había alguien a quien él conocía: un integrante de la familia Del Valle, aunque no era el que Genzo esperaba y ansiaba ver.

– Hola, cuñado –saludó Leonardo al acercarse a él, con un movimiento amistoso de la mano–. ¿Ya estás listo para partir?

– ¿Qué hay, Del Valle? –contestó Wakabayashi, con un asentimiento de cabeza–. Sí, lo estoy. ¿Qué estás haciendo aquí?

– Vine a despedirte y a desearte que tengas un buen viaje –explicó el mexicano–. Estoy seguro de que no soy el Del Valle que querías ver, sé que preferirías que hubiese venido mi hermana, pero ya sabes cómo es.

– Cuando se le mete una idea en la cabeza, es muy difícil sacársela –suspiró Genzo, aunque después esbozó una sonrisa curiosa–. En eso nos parecemos mucho, somos un par de tercos orgullosos.

– Tercos como mulas –asintió Leonardo–. Buena la tienen los dos, ambos se encontraron con la horma de sus zapatos.

– Siéndote honesto, sí tenía la esperanza de que Yuri viniera –confesó Wakabayashi–. Fue una idea muy tonta pero así ha sido, de verdad me hubiera gustado verla antes de irme.

– Mi hermana te ama más de lo que ella misma cree, pero está muy dolida –comentó Leonardo, tras suspirar–. Ya me enteré de lo que sucedió entre ustedes y he estado tanteando el terreno con ella, para saber cómo están sus ideas en este momento y lamento informarte que de verdad cree que la vas a mandar al carajo cuando llegue la hora de decidir sobre sus destinos. No sé en qué estabas pensando cuando le dijiste eso de que "nunca la ibas a olvidar" pero metiste la pata con todo y calcetín, cuñado.

– ¿Y si te digo que en realidad quería decirle que pienso luchar por ella porque no voy a permitir que algo nos separe, pero que me arrepentí porque no quería que creyera que soy un controlador? –cuestionó Genzo, con una mueca–. ¿Crees que decirle eso habría estado mejor?

Híjole, ya viéndolo así… –Leonardo lo pensó un momento antes de continuar–: Creo que ésta es una de esas veces en donde estabas destinado a equivocarte, sin importar la opción que eligieras. A veces sucede eso con las mujeres, por mucho que creas conocerlas.

– Es lo mismo que me dijeron Schneider y Kaltz –bufó el portero.

– Pero creo que te habría ido menos peor si le hubieses dicho lo segundo –continuó el mexicano–. Lily está dolida porque cree que no quieres luchar por ella, así que diciéndole toda esa cursilada de que no vas a permitir que se separen la habría hecho enojar por parecer que quieres controlar su vida, pero al final se habría sentido aliviada de que te importe lo suficiente como para pelear por ella.

Wakabayashi lo miró con un gesto que denotaba una evidente confusión, lo que hizo sonreír a Del Valle.

– Lo sé, las mujeres son complicadas. –Leonardo se encogió de hombros–. En cualquier caso no pierdas la esperanza, a Lily se le pasa pronto el enojo cuando razona con calma las cosas, así que cuando regreses estará más dispuesta a hablar contigo.

– Eso espero –gruñó Genzo, tras lo cual sonrió–. Gracias por la confianza y por haber venido; aunque no lo creas, me haces ver el panorama de una manera más optimista.

– No tienes por qué agradecer –aseguró Leonardo–. Me caes bien, cuñado, eres el mejor novio que ha tenido mi hermana menor.

– De eso no tengo la menor duda –replicó Wakabayashi con la típica soberbia que tanto lo caracterizaba, lo que ocasionó una carcajada en su interlocutor.

Los hombres entrechocaron las manos y Leonardo le deseó buena suerte en sus partidos con la Selección de Japón, asegurándole que los vería cuando pudiera hacerlo; Wakabayashi le agradeció una vez más el apoyo y le aseguró que no se rendiría en ningún aspecto de su vida. El portero tenía que reconocer que el que Leonardo hubiese ido a despedirlo lo había aliviado parcialmente de la desilusión de no haber visto a Lily.

Rato más tarde, cuando el avión que lo llevaría a Japón ya surcaba los cielos, Genzo sacó del bolsillo de su chaqueta el llavero que le regalase Lily y lo acarició. Ése seguiría siendo su talismán, sin importar que ella estuviera enojada con él, porque le recordaba el por qué estaba luchando.

"Iré a Japón, nos clasificaremos a los Olímpicos y después volveré a Alemania a pelear por la segunda parte de mi sueño", se dijo Wakabayashi. "Que desde hace mucho tiempo que eres tú, doctora Del Valle".

Cuando el avión aterrizó varias horas después, el portero se sentía lleno de renovada esperanza.


Notas:

– ¡Por fin! ¡El Bayern Múnich, el club de mis amores, es campeón de la Champions League!