Capítulo 70.
Múnich.
Pocas veces Stefan Levin se había sentido tan seguro de algo en su vida. Lo había pensado durante unas semanas, analizando cada detalle y probable escenario que pudiera conllevar su decisión y había llegado a la conclusión de que tenía la suerte de su lado, o al menos era lo que quería creer. Había incluso elegido la prenda perfecta para hacer su petición, sin consultarlo con nadie, y creía que había sabido arreglárselas bastante bien dejándose llevar por su instinto y por las sugerencias de la persona que lo atendió. No habló del asunto ni siquiera con Sho, quien se había convertido en un extraño confidente para él, porque temía que alguien lo hiciera cambiar de parecer al último momento.
"Y si alguien puede hacerte cambiar de parecer, ¿no significa que te estás precipitando o que no estás tan seguro de tu elección?".
"No necesito pensarlo demasiado para saber que esto es lo que quiero hacer", se reconvino Stefan a sí mismo. "Sé que ella también lo quiere, ¿para qué darle tantas vueltas al asunto? Además, Deb y yo no tenemos el problema que tienen Sho y Nela o Wakabayashi y Lily, así que no tiene caso seguirlo postergando".
Lo cierto era que Levin no había hablado con Débora acerca de su relación. El sueco pensó que, cuando la emoción de la reconciliación se asentara y la paz de la rutina se estableciera entre ellos, a cualquiera de los dos le daría por tocar ese tema, de qué querían a largo plazo y a dónde pensaban llegar. Al menos, Stefan pensó que Débora sí lo haría, que sería ella quien trajera el tema a colación. Era cierto que todavía eran jóvenes como para creer que lo suyo sería "para siempre" (no es de sorprender que, desde lo de Karen, Stefan no creyera que alguna relación podría durar "para siempre"), pero también era verdad que lo que ellos sentían era algo fuerte y especial, no era extraño que ambos pensaran que podían llegar más lejos si así lo deseaban. Y tras analizarlo detenidamente, Levin había llegado a la conclusión de que sí lo deseaba, faltaba ver si Débora también lo quería.
Se dice que la gente del Norte no es particularmente romántica y algo de cierto debe de haber en ello. Stefan era dolorosamente consciente de que no fue especialmente romántico con Karen, siempre se escudó en el fútbol y en sus partidos para no esforzarse al máximo en su relación, algo que ella comprendía y aceptaba de buen grado, a pesar de todo. Quedaba claro que con Débora la cosa no era diferente, aunque a diferencia de Karen, Deb era muy sentimental y cursi, lo que la movía a hacer detalles románticos por él. Y ahora que Stefan se había decidido a dar un paso tan importante, le parecía que debía ser menos seco, pero no sabía cómo cambiar esa faceta de su personalidad. Una vez más, el sueco decidió confiar en Sho y preguntarle qué hacía cuando deseaba hacerle sentir a Nela que era importante para él.
– Pues habitualmente lo que hago es cocinarle –había contestado Sho, tras pensarlo durante unos segundos–. Es algo que me gusta hacer, no sólo porque quiero que conozca la comida de mi país sino también porque sé que Nela me lo va a agradecer: con lo ocupada que está, rara vez tiene tiempo para comer algo decente. No soy bueno con las palabras, de hecho dudo de que alguno de nosotros lo sea, así que procuro hacerle detalles así para que sepa que es importante para mí.
– Ya se me hacía que el que hicieras tantos platillos para ella no era una casualidad –comentó Levin, sintiéndose como un tonto por no haber reconocido en este acto sencillo el amor que Sho le tenía a su novia.
– Sin embargo, no es algo que te recomiende hacer –continuó Sho–, porque es seguro que se te quema hasta el agua, por algo siempre comes en los comedores de las instalaciones.
– No se me quema el agua –se defendió Stefan, entre molesto y avergonzado–. Pero creo que cocinar se le da mejor a Débora que a mí.
– Oh, sí, de eso no me queda duda –asintió Shunko, burlón–. Tienes mucha suerte, se ve que ella es del tipo hogareño, lo que le viene bien a alguien que sólo sabe preparar sándwiches de queso rancio.
Levin le lanzó un potente balonazo, que el chino esquivó fácilmente con sólo mover la cabeza y la parte superior de su cuerpo hacia un lado.
– ¡Necesitas practicar tu puntería, Levin! –le gritó Schneider, desde lejos; Stefan contuvo el deseo de mostrarle el dedo de en medio a su capitán, mientras Sho se echaba a reír.
– Bien, si no es la comida, ¿qué más puede ser? –cuestionó Levin, más para sí mismo que para Sho.
– ¿Por qué no vas a verla al hospital? –sugirió Shunko–. Según lo que me han dicho Nela y tú, tu doctora tiene muchas guardias nocturnas, ¿no es así? Seguro que agradecerá que vayas a visitarla de vez en cuando.
– Pero no me gustaría interrumpirla, debe de estar muy ocupada –reconvino Stefan, dubitativo–. Sería una molestia más que una sorpresa agradable.
– No se trata de que te quedes con ella toda la noche –replicó Sho–. Bastaría con que le llevaras un buen café y la distrajeras unos cinco o diez minutos, seguro que ella te lo agradecería y la harías sentir que te preocupas por su bienestar.
– Bueno, viéndolo así… –comenzó a decir Stefan, pero se quedó callado después–. Sí, podría funcionar, ¿por qué no?
– No sé por qué te angustias tanto por estas cuestiones de ser romántico o no –comentó Shunko, mientras hacía algunas dominadas con un balón–. Le organizaste un picnic nocturno, ¿no? Eso para mí cataloga como un acto romántico.
– Fue una idea entre mil y recibí ayuda –replicó Levin–. Además, no puedo estar organizando picnics a diario, terminaría por perder su magia.
– Sí, eso es verdad, pero a lo que me refería es que si fuiste capaz de hacer algo así una vez, lo sabrás hacer una segunda –señaló el chino, con mucho acierto.
Lo que Stefan no había querido decirle a su amigo era que buscaba una forma romántica de hacerle una petición especial a Débora, pero no lo dijo con todas sus letras para que Sho no tuviera la oportunidad de dar su opinión. Aun así, con lo poco que habían charlado, Levin tuvo una idea más o menos clara de cómo llevar adelante su ambicioso plan.
Dos noches más tarde, Débora entró a trabajar al turno nocturno en el área de Tococirugía, como venía haciendo desde meses atrás. Si bien había elegido esos turnos como una manera de olvidarse de Stefan, al final acabó gustándole el horario y seguía eligiéndolos pues tenían sus ventajas, como que el servicio podía estar más tranquilo, que le daban más horas de descanso o que le pagaban cada guardia al doble. Levin lo había aceptado bien y encontraron la manera de verse a pesar de sus horarios, de forma que realmente no afectaba al progreso de su relación, algo que Débora agradecía sobremanera pues, tras haber sufrido tanto por Stefan, merecía que las cosas le marcharan bien con él.
Esa noche el servicio de Ginecología estaba particularmente tranquilo. Alrededor de las diez de la noche, dio a luz la única mujer que esperaba parir y, tras hacer la nota correspondiente, Débora se había marchado al cuarto de descanso de los médicos a ver la televisión. Poco más de media hora después, alguien tocó a la puerta y por ella entró Hope, la enfermera que solía estar de guardia en el área de Tococirugía junto con Débora.
Muy a su pesar, la doctora no podía evitar sentir cierto malestar cada vez que hablaba con Hope. No se le olvidaba que ella se había metido demasiado en su vida personal al cuestionarle su relación con Stefan y, si bien Débora estaba segura de que Hope no lo había hecho con mala intención, esa intromisión había hecho que la relación entre ellas fuese tirante. La doctora la trataba con cortesía, eso no había cambiado, pero no permitía que la enfermera le preguntara cosas ajenas a lo relacionado con lo laboral.
– Guten Nacht (buenas noches), doctora Cortés –saludó Hope–. ¿Cómo se encuentra hoy?
– Bien, Hope, muchas gracias –respondió Débora–. ¿Sucede algo, ha llegado alguna paciente?
– No, doctora, hasta ahora todo ha estado… eh, bueno, usted sabe… –titubeó la enfermera.
– Sí, Hope, ya sé cómo está, no lo digas en voz alta. –Débora se echó a reír.
Era una superstición muy conocida entre los miembros de casi cualquier hospital que, si un servicio está tranquilo y lo expresas en voz alta, en cuestión de minutos comenzarán a llegar pacientes, uno tras otro, hasta atascar las instalaciones con tantos enfermos que no habría espacio ni para un alfiler; cierto que esto no dejaba de ser superstición, pues no hay fundamento científico que justifique esta cuestión, pero aun así personas tan escépticas como Lily y Nela solían respetar esta regla y no decir en voz alta que no había trabajo.
Débora se dio cuenta de que Hope lucía nerviosa y le dio mala espina; la mujer se arreglaba constantemente su cabello rubio y se apretaba las blancas y finas manos como si estuviera angustiada. Si Hope acababa de decir que no había pacientes esperando, eso significaba entonces que quería hablar con la doctora Cortés de algún asunto personal.
– Si no hay parturientas, ¿qué te trae por aquí? –quiso saber Débora, tratando de sonar lo más neutral posible–. ¿Hay algún problema con alguna de las puérperas*?
– No, nada de eso, doctora –negó Hope, tras lo cual soltó una risita nerviosa–. Discúlpeme, me estoy comportando como una tonta, pero después de lo que pasó hace tiempo ya me da mucha vergüenza hablar con usted.
– Supongo entonces que lo que trae aquí es algo de índole personal –comentó Débora, no sin antes contener un suspiro.
– Algo así –admitió Hope–. La verdad es que he querido hablar con usted desde hace tiempo, básicamente desde que el doctor Lacoste regresó a Francia, pero me gana la pena. Le dije cosas que no debía y me metí en donde no me llamaron, estoy consciente de que sobrepasé los límites pero de verdad que yo quería lo mejor para usted. Le pido que acepte mis disculpas por haberla hecho pasar un mal rato.
– Sí, bueno, te agradezco que reconozcas que obraste mal –respondió Débora–. Y acepto tus disculpas de buena fe, ya no te sigas angustiando por eso.
– Gracias, doctora. –Hope se veía muy aliviada–. Si quiere que le diga la verdad, creo que el doctor Jean la quería de manera sincera, pero no estaba listo para hacer las cosas bien. Y fue la honestidad de su sentimiento lo que me impulsó a ponerme de su lado, aunque al final él no sabía lo que quería. Sin embargo, el que usted lo eligiera o no, no era mi problema, no puedo forzarla a sentir lo que no quiere sentir.
– Yo más bien creo que no soy la persona que Jean espera ni nunca lo fui –la contradijo la mexicana–. A mi parecer, hubiera sido un error que estuviéramos juntos pues, como bien has dicho, no podía forzarme a sentir amor por él y a la larga Jean habría acabado hartándose de mí, no estamos hechos para estar juntos.
– Probablemente eso sea cierto –suspiró Hope, desalentada, tras lo cual añadió–: Pero no quiero hacerla perder más el tiempo con mis cosas, agradezco mucho que me haya perdonado. No sólo vine a verla por eso, también quería avisarle que otra vez está ese futbolista sueco y rubio dando vueltas en la entrada de urgencias. Que yo sigo creyendo que él no se la merece, pero parece ser que al menos lo está intentando.
– ¿QUÉ? –gritó Débora; tuvo deseos de zarandear a Hope por no empezar por este punto, pero se las aguantó–. ¿Ha preguntado por mí?
– No, doctora, ni siquiera se ha acercado a recepción –explicó Hope–. Como le dije, lleva un rato dando vueltas en la entrada pero no se anima a acercarse; pareciera como si algo lo preocupara mucho, si no lo hubiera reconocido habría pensado que es el esposo de alguna mujer que acaba de tener a su bebé. No me crea tan desgraciada, si él hubiera preguntado por usted, no habría perdido el tiempo diciéndole mis cosas.
– Está bien, lo siento. –Débora se tranquilizó e inconscientemente comenzó a arreglarse el cabello–. ¿Qué estará tramando ese hombre ahora?
– Al principio pensé que era cinismo el suyo, ahora sé que no es más que simple timidez –comentó Hope–. Seguro que quiere hablar con usted pero teme acercarse, admito que quizás el ver que estoy yo en la recepción lo ha intimidado un poco, por eso vine a avisarle para que salga a verlo, que si no el hombre es capaz de quedarse ahí toda la noche.
– No me queda la menor duda de eso –asintió Débora, al tiempo en que se ponía en pie.
¿Qué rayos estaría haciendo Stefan ahí? ¿Y por qué no le había avisado que iría a verla? La joven verificó su celular para ver si tenía algún mensaje nuevo, pero no encontró ninguno. A ella le pasaban mil pensamientos por la mente y no encontró ninguna justificación adecuada de por qué Levin estaría ahí, a mitad de la noche, dando la vuelta en la sala de espera de Ginecología. La última vez que ella se lo encontró en un turno nocturno, Shunko Sho había tenido una indigestión y Stefan había ido para acompañarlo. ¿Sería que el chino estaba otra vez enfermo?
– Saldré a hablar con él –anunció Débora, al tiempo en que se ponía la bata sobre su uniforme quirúrgico–. Avísame si llega alguna paciente, por favor.
– Sí, doctora –asintió Hope.
Débora salió del cuarto de médicos y se dirigió hacia la recepción del área de Tococirugía. A esas horas, gracias a que la noche estaba tranquila en cuanto a partos se refería, la zona estaba casi vacía, sólo había dos o tres familiares trasnochando en las sillas de la sala de espera; aun sin buscarlo, la doctora vio a Levin a través de los ventanales de la recepción y supo por qué Hope lo vio sin mucho esfuerzo: Stefan no dejaba de dar vueltas cual león enjaulado, como si, tal y como lo había dicho la enfermera, su mujer estuviera a punto de dar a luz. Este pensamiento hizo que Deb sonriera y se apresuró a darle alcance.
– ¡Stef! –lo llamó ella, en cuanto puso un pie fuera de recepción–. ¿Qué estás haciendo aquí?
– ¡Deb! –exclamó él, azorado–. ¿Qué haces tú aquí?
– Aquí trabajo. –Ella se encogió de hombros.
– Bueno, sí, pero no me refería a eso. –Levin se acercó a la doctora y ella pudo darse cuenta de que se había ruborizado hasta la raíz del cabello–. Me refiero a que, ¿no deberías de estar adentro, atendiendo pacientes?
– Terminé con mis pendientes y alguien me avisó que estás planeando abrir un hoyo con tus pies en esta zona, así que vine a ver –aclaró Débora–. Estás tan nervioso que has llamado la atención de la enfermera de recepción; por fortuna no te han visto los policías, que si no vendrían para llevarte al pabellón de Psiquiatría.
– No es para tanto, ¿o sí? –El sueco se rascó la nuca, demostrando su nerviosismo–. Es decir, no estoy molestando a nadie.
– Y yo estoy tomándote el pelo, tonto –se rio ella–. Ya, en serio, ¿qué haces aquí? ¿Sho se ha puesto enfermo otra vez?
– No, ya aprendió la lección –sonrió Stefan–. Esta vez vine solo, porque quería verte.
– ¿A mí? –preguntó Débora, sorprendida.
– Lo dices como si fuera algo imposible –reclamó él.
– No es eso, es que se supone que tú deberías de estar durmiendo. –Esta vez fue ella la que se ruborizó–. ¿Quieres hablar conmigo de algo en especial?
– Sí. No. Tal vez. O sea, sí, pero también sólo quería verte y ya –fue la atolondrada respuesta de Levin–. Quería invitarte un café, seguro que te hace falta.
En ese momento, él levantó un termo que llevaba consigo y que Débora no había visto porque estaban en la penumbra. Stefan tenía la expresión de un niño que ha hecho bien una tarea y Débora experimentó un arrebato de ternura hacia él.
– No seré bueno cocinando, pero sí sé preparar café –explicó el joven–. A mi abuelo le encantaba, así que desde niño sé cómo hacerlo y caí en la cuenta de que nunca he preparado esta bebida para ti.
– ¡Oh! –exclamó Débora–. Eso nunca me lo habías contado, aunque no entiendo por qué has dicho eso de que no eres bueno cocinando.
– No importa en realidad –aseguró Stefan, quitándole importancia al asunto–. ¿Quieres café entonces o estás muy ocupada? Si tienes mucho trabajo puedo dejarte el termo, aunque me gustaría más que lo compartiéramos.
– Creo que puedo escaparme un rato –contestó Débora, tras pensarlo un poco–. Sólo deja que le avise a la enfermera que voy a estar aquí por si me necesitan.
Stefan esperó a que Débora regresara a recepción a dejar un mensaje y volviera junto a él, después de lo cual se alejaron hacia una banca, ubicada en un lugar no muy lejano a Tococirugía y desde donde se podía visualizar su entrada. Si Débora veía a alguna paciente llegar, le bastaría con caminar con rapidez para darle alcance. Stefan sirvió entonces el café en un par de recipientes de plástico que llevaba consigo y Débora pudo constatar que él tenía razón: la bebida estaba deliciosa y, a esas horas de la noche, resultaba estimulante. Ninguno de los dos dijo gran cosa durante un rato, se limitaron a beber el café en silencio, sentados en la banca, pero Débora notó que Stefan estaba demasiado nervioso por algo que no había revelado.
– Bien, Stef, ¿qué pasa? –cuestionó ella, al fin–. Sé que no has venido aquí sólo para traerme café, se te nota demasiado en tu manera de actuar así que, ¿qué es lo que quieres decirme?
– ¡Ah! –respingó él–. Lo siento, soy pésimo en esto.
– ¿En qué? ¿En tener relaciones amorosas? –preguntó Deb–. No eres malo, sólo te cuesta expresarte con palabras. ¿Qué es lo que pasa por tu mente?
– Bien, pues, eh… –Stefan titubeó. Seguía sin estar seguro de que ése fuera el mejor momento para tratar el tema, pero ella lo estaba presionando y no le quedaba mucho tiempo–. Es sólo que de un tiempo a la fecha me he dado cuenta de que no hemos hablado de nuestra relación, no como deberíamos.
– Ah. ¿Ya estamos en ese punto? –cuestionó ella, inquieta–. Espero que esto no sea porque quieres terminar conmigo.
– No, por supuesto que no –aseguró Stefan, serio–. Te dije hace tiempo que sí quiero estar contigo y no he cambiado de opinión, por eso estoy aquí.
– Bien, eso me alivia –sonrió Débora y le extendió su taza–. ¿Me puedes dar más café? Tu abuelo te enseñó bien, está delicioso.
– Gracias –sonrió Levin, mientras rellenaba su recipiente–. En fin, como te decía, he estado pensando en nosotros y en el hecho de que sí quiero estar contigo, no sólo por un rato sino durante muchos, muchos años. Sé que aún es pronto y que todavía somos jóvenes, pero…
– ¿Pero? –Débora estaba a la expectativa.
– Pero me he preguntado cuál sería el paso más conveniente a dar ahora –continuó el sueco, quien hizo una pausa para suspirar y darse valor antes de continuar–: Y he llegado a la conclusión de que quiero que lo nuestro sea más estable y oficial…
En ese momento, Stefan se puso en pie frente a Débora y sacó un estuche del bolsillo de su chaqueta, aunque no lo abrió. Ella, a pesar de no ver lo que contenía, supo al instante qué había en su interior.
– ¿Te casarías conmigo, Deb? –preguntó él, con más calma de la que en realidad sentía–. No voy a soltarte un discurso hueco y cursi sobre que te haré feliz, pero sí quiero asegurarte que, si aceptas, no te arrepentirás de estar conmigo, pues en verdad te amo.
A Débora se le cayó el recipiente con el café al suelo. De todas las cosas que podría haberle dicho Stefan Levin en ese momento, ésa era la que menos pensó que diría.
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Tokio.
Jean Lacoste cortó la llamada, ciertamente decepcionado. La empleada de Air France le había asegurado que resultaba imposible cancelarle o cambiarle el vuelo sin cobrarle múltiples cargos, por lo que se vería obligado a viajar en él o a dejarlo perder. Considerando que su futuro económico no se veía muy estable gracias a sus últimas acciones, Jean no podía permitirse perder ese dinero. Ciertamente que podría pedirle a su padre que le hiciera una transferencia, su familia no era lo que se dice pobre, pero presentía que el señor Lacoste ya estaba enterado de sus últimas meteduras de pata y seguramente se negaría a seguir patrocinando los desastres de su hijo.
"Además, en algún momento he de empezar a comportarme como adulto", pensó.
Frente a él se extendía una escalinata de piedra que llevaba a un jardín interior del hotel, que los huéspedes solían usar para descansar del bullicio general de una de las ciudades más grandes y contaminadas del mundo. La luz diurna todavía duraría un par de horas más y el ambiente en general era relajado, en ese pequeño y oculto lugar del mundo. Ahí, Jean podía estar a solas sin ser acosado, pero no encontraba la tranquilidad que había estado buscando.
Lo ocurrido la noche previa fue un desastre bien hecho, algo que nadie pudo haber previsto (aunque si se le preguntaba a Hana su opinión sobre el asunto, ella diría que fue la crónica de una muerte anunciada), Jean se quedó tan impactado ante la declaración de Misaki que no reaccionó a tiempo para evitar que Azumi se fuera de ahí, tan rápido como había llegado y sin dirigirle ni una mirada de compasión. Jean quiso seguirla, pero entonces Eriko intervino para decirle que, si armaba un escándalo, el personal del hotel terminaría echándolo de ahí y entonces perdería cualquier oportunidad de hablar con Azumi. Lacoste, de momento, se aguantó las ganas de empujar a Eriko e ir tras la joven, pero en cuanto la primera hubo desaparecido, Jean acosó a Taro hasta que él le reveló cuál era el número de su habitación.
– Me lo debes –había dicho Lacoste a Misaki–. Tú fuiste el que soltó lo que no debía, ahora tienes que darme la información completa.
El saber en qué habitación se estaba quedando Azumi no lo ayudaría de mucho, pues ella se negó a abrirle la puerta por más que él le suplicó. Jean llegó incluso a mandarle una nota por debajo para pedirle que hablara con él, pero Azumi se la regresó hecha pedazos. Al final, el cansancio y el largo viaje consiguieron lo que Misaki no pudo, es decir, que Jean se diera por vencido y dejara a la chica en paz. Por la mañana, Jean buscó a Azumi por todo el hotel, hasta que Hana se apiadó de él y le informó que la joven había salido. Debido a que su estancia en Japón iba a ser corta, en teoría, Lacoste tenía programado el vuelo de regreso para dentro de dos días, así que intentó cambiarlo para poder quedarse más tiempo y tratar de hablar con Azumi. No tuvo suerte, sin embargo, así que ahora debía considerar si debía dejar perder el boleto de avión o darse por vencido y esperar a que ella quisiera volver a Francia.
"Así que está embarazada, no me sorprende que haya huido", pensó Jean, al tiempo en que sacaba un último cigarro maltrecho de una aplastada y manoseada cajetilla de cigarros. "Debió de sentirse muy sola y asustada, es evidente que vino en busca de la única persona que la ayudaría sin juzgarla. Como siempre, he actuado como un verdadero idiota…".
Al darle una calada al cigarro, Jean se sintió mejor. Había intentado durante mucho tiempo quitarse el hábito y casi lo había conseguido, pero las recaídas emocionales que tuvo lo llevaban a fumarse un cigarrillo de vez en cuando. Sabía que estaba mal, pero también era ampliamente conocido que el porcentaje de médicos que fuman es increíblemente alto, es una manera de lidiar con el estrés.
– Veo que no se te quita ese mal hábito, Lacoste –exclamó Azumi, a sus espaldas.
Jean abrió tanto la boca por la sorpresa que el cigarro se le cayó al suelo; Azumi pasó por encima de él y lo piso casi como si hubiera sido un accidente, aunque quedaba claro que lo había hecho a propósito.
"¡Vamos, di algo!", se recriminó Lacoste. "¡Por fin está aquí, a tu lado, abre la boca, maldita sea!". Azumi se quedó parada a pocos metros de él, contemplando el jardín, mientras su zapato aplastaba una y otra vez el maltrecho cigarro.
– Vaya, creí que, cuando me vieras, me dirías todo lo que juras que quieres explicarme, pero veo que te han comido la lengua –comentó ella, apoyada en la escalinata–. Y por cierto, te ves fatal.
– Sí hay muchas cosas que quiero decirte, pero precisamente porque me has dado esta oportunidad es que temo abrir la boca y arruinarlo todo –contestó él, apretando la caja de cigarrillos vacía hasta convertirla en una bola–. Si me veo fatal, es porque no he dormido más que un par de horas.
– No eres el único, ¿eh? –suspiró Azumi–. Te recuerdo que pasaste gran parte de la noche tocando a mi puerta.
– Lo siento. –Jean se frotó el cuello con una mano–. Estaba desesperado por hablar contigo y no pensé en que necesitas descansar.
– Ya da igual, de cualquier manera. Intenta explicarme algo ahora, lo que primero que se te venga a la mente –lo instó Azumi–. Aun así creas que será algo muy idiota, porque por algún lado debes de empezar.
– Lo primero que se me ocurre decirte es que no sé por qué, si me estuviste evitando durante tanto tiempo, ahora de la nada te apareces para hablar conmigo –dijo Jean–. ¿Quién o qué ha operado este cambio, ha sido Misaki?
– Aunque no lo creas, no fue él, sino su novia –aclaró Azumi–. Sigo creyendo que no se merece a Taro, pero no es tan mala como creí en un inicio. No es que me haya dicho algo que no supiera ya, pero sí me hizo notar que me negaba a reconocer cuál era la solución a mi problema; por eso he decidido que voy a dejarte hablar, para saber si eres un caso perdido o si todavía hay esperanza.
Jean soltó algo que pretendió ser una risa y que acabó siendo un gruñido. A pesar de las palabras de Azumi, él no sabía si podía sentirse esperanzado o no. Sin embargo, al menos ella le estaba dando la oportunidad y eso ya era un buen comienzo.
– No sé qué requisitos deba cumplir para ser un "caso perdido" –comentó Jean, en voz alta–, pero seguro que los cumplo todos. Debí haberme dado cuenta antes de que algo pasaba contigo; quiero decir, sí había notado que estabas diferente pero no lo quise aceptar, quizás porque en esos momentos tú eras lo único estable en mi vida y me daba miedo perderte también. Una disculpa no bastaría para corregir mis errores, pero he tenido mucho tiempo para pensar desde ayer y ahora sé en qué te fallé.
– ¿Ah, sí? –Ella lo miró con cierto desdén–. ¿Y qué fue?
– No supe reconocer a tiempo que tú también necesitabas de mí –respondió Jean–. No supe ver que, aunque por fuera eres una chica ruda, por dentro eres muy sensible y necesitas de alguien que te cuide. Y yo no supe ser ese alguien, simplemente dejé que tú te hicieras cargo de mis problemas y yo me negué a cargar los tuyos.
– Ajá –soltó Azumi, desviando la mirada–. Continúa.
– Debido a esto es que, cuando supiste que estabas embarazada, no confiaste en mí para ayudarte –prosiguió Lacoste–. Preferiste huir en busca de quien sí pudiera hacerlo. Debiste sentirte muy sola, muy triste y muy desesperada, y yo no estuve ahí para ti.
– No es como si lo hubiera esperado –replicó Azumi–. Sabía que no se podía contar contigo en ese momento.
– Lo sé bien. –Jean agachó la cabeza, alicaído.
– No lo digo como ataque ni reclamo, simplemente estoy estableciendo una verdad –puntualizó Azumi–. No puedo culparte al cien por ciento de todo, porque yo sabía que no estabas en tus cabales y no podía exigirte que te comportaras de manera decente, también la culpa fue mía por no haberte puesto un límite, no es como si yo fuese una indefensa doncella y tú un infeliz que abusó de mí, lo cierto es que todo lo que pasó entre nosotros fue consensuado y eso me hace responsable a mí también. Y digo, si acepté tener relaciones contigo, ¿qué esperaba que pasara, que obtuviera un IPhone o un viaje a las Bahamas a cambio? Evidentemente no, era obvio que iba a tener otra cosa. Todavía así, de verdad que agradezco que reconozcas que no tomaste en cuenta mis sentimientos.
– Aun cuando sabes que soy un infeliz, encontraste una manera de aligerar mi carga –comentó Jean–. No sé por qué sigues haciéndolo.
– Porque soy una masoquista idiota, por eso –suspiró Azumi.
En ese momento, Misaki apareció en el campo de visión de ambos, al otro lado del jardín. El joven los vio a su vez y se detuvo a medio paso, sin duda sorprendido de estuvieran juntos. Tras un instante de titubeo, Taro decidió cambiar de dirección para ir hacia ellos, pero entonces Eriko apareció, lo tomó del brazo y lo obligó a seguirla para dejar a Jean y a Azumi a solas.
– ¿De verdad Eriko Wakabayashi y tú son amigas? –preguntó Jean, perplejo, pues era obvio que Eriko había hecho eso para ayudar a Azumi–. No acabo de creérmelo.
– No creo que cataloguemos como amigas, dejémoslo en que somos conocidas que se toleran por el momento –respondió Azumi; su rostro lucía una curiosa expresión divertida–. Como te dije, es quien más me ha ayudado a entender qué es lo que quiero hacer ahora.
– ¿Quién lo diría, eh? –se rio Jean, aunque después volvió a ponerse serio–. ¿Puedo preguntarte algo?
– Puedes, pero si la pregunta me desagrada, la ignoraré –respondió Azumi.
– Me parece justo –aceptó Lacoste–. ¿Cómo vas a llevar el embarazo? ¿Vas a decírselo a tus padres?
– No voy a llevar el embarazo de ninguna manera, porque no estoy embarazada –explicó ella.
– ¿QUÉ? –gritó el francés–. ¿Estás segura?
– Bastante segura –asintió Azumi–. Me hice análisis cuando regresé de Baréin, por consejo de Eriko, y el resultado fue negativo, así que sí, estoy segura.
– Pero si Misaki dijo que… –comenzó a reclamar Lacoste; en el fondo, se sentía ligeramente decepcionado de saber que no iba a ser padre.
– Taro sólo comentó lo que sabía hasta ese momento –lo interrumpió la chica–. Cuando le conté que había decidido arreglar mis problemas por mi cuenta, no le revelé que ya sabía que no estaba embarazada, no sé por qué. Y me di cuenta muy tarde de que fue un error, no habrías armado tanto escándalo si Taro no hubiera sido un hablador.
– Pudiste habérnoslo aclarado en el mismo momento en el que Misaki lo confesó –demandó Jean.
– Sí, lo sé, debí haberlo hecho, pero me sentía demasiado agotada para lidiar con los dos a la vez –suspiró Azumi–. Además, él no me contó que tú estabas aquí, así que me enojé y decidí mandarlos al carajo a ambos; debí imaginarme que me iba a salir el tiro por la culata y que ibas a armar un escándalo.
– Soy demasiado predecible –rio él–. O tal vez me conoces demasiado bien. En cualquier caso, si bien me decepciona un poco que no estés esperando un hijo mío, no soy tan estúpido como para no reconocer que es lo mejor que nos podría pasar a los dos.
– Sin duda alguna –aceptó ella.
El silencio que siguió después se instaló entre ambos de manera natural, ahora que habían aclarado muchas cosas importantes. Sin embargo, Jean sentía que todavía le faltaba decir una última cosa y esperó que ella aún tuviera ganas de escucharlo.
– Hay otra cosa más que quiero decirte, espero que desees escucharme –aventuró él–. Y quiero decirlo antes de que pierda el valor: me negaba a ver lo que significas para mí y cuando por fin lo admití, ya te habías ido. Por eso he venido hasta acá a buscarte, porque demasiado tarde me di cuenta de que no quiero perderte y de lo mucho que me importas.
– Gracias. –Azumi lo miró a la cara y él notó que la chica tenía los ojos húmedos–. Eso era algo que también quería oír. Pero, para ser sincera, es demasiado pronto para saber si siento lo mismo por ti o si estoy preparada para dejar esto atrás.
– Entiendo eso –aceptó Jean, con humildad; si perdía a Azumi, se lo tendría bien merecido, por mucho que eso le doliera–. ¿Qué pasará con nosotros entonces? ¿Volveremos a París, cada uno por su lado, y fingiremos que no nos conocemos?
– No dije eso –negó Azumi y le tendió la mano–. Pero podríamos, simplemente, empezar a conocernos de nuevo, sin alcohol y líos de por medio, y ver a dónde nos lleva esto.
Jean no podía creer en su buena suerte; sin dudarlo ni un segundo más, tomó la mano de Azumi y la apretó con delicadeza.
– Acepto esa oferta –dijo él, con suavidad–. Y prometo que no volveré a dejarte sola.
– Ya veremos –replicó ella, pero no retiró la mano.
Esa misma noche, Azumi buscó a Misaki para agradecerle su apoyo e informarle que iba a regresar a Francia, no en el mismo avión que Jean, pero sí se iría el mismo día. No dejó claro qué sucedería entre Lacoste y ella, pero le dio a entender que iban a intentar corregir sus errores o por lo menos tratarían de rescatar su amistad.
– No estoy diciéndote que ya nos amamos y que queremos estar juntos por siempre, porque no es así –puntualizó Azumi–. Ambos cometimos muchos errores y habrá que ver si eso a la larga llegará a perjudicar cualquier relación romántica que hubiéramos podido tener, pero deseo ver si es posible que podamos entendernos como antes.
– Es un buen comienzo –acordó Misaki–. Ser amigos es un buen objetivo, lo demás vendrá por sí solo, si es que llega.
– Así es –asintió la chica, quien hizo una pausa antes de proseguir–: Lamento no haberte dicho que no estoy embarazada, se habría evitado un problema grande de haberlo aclarado antes.
– Bueno, me da gusto saber que este desliz no pasó a mayores –señaló Taro–. Y al mismo tiempo me sorprende que Eriko haya sido capaz de callarse algo así durante tanto tiempo.
– Sí, a mí también me sorprende, al menos supo guardar el secreto mejor que tú –se mofó Azumi.
– ¡Lo siento, lo siento! –exclamó Taro, avergonzado, mientras Azumi se echaba a reír.
Después hubo una pausa que se volvió incómoda tras unos segundos. Ellos nunca tuvieron la oportunidad de arreglar sus diferencias como tal y Misaki no sabía si debía intentar hacerlo en ese momento. Él no quería perder a Azumi, pero no sabía si ella seguía molesta con él. Y de repente, sin previo aviso, Azumi se acercó a él y lo abrazó con fuerza. Al parecer, ella también creía que debían resolver ese asunto.
– Gracias por todo, Taro, y discúlpame por los problemas que te hice pasar –susurró ella, a su oído–. No sólo los de ahora, sino también los que te causé por haberme enojado contigo, jamás debí esperar que correspondieras a lo que hice por ti con un sentimiento que nunca ibas a poder experimentar por mí.
– No te disculpes, Azumi, también yo cometí errores –replicó Misaki, sujetándola–. Debí ser más sensible a lo que sentías y mostrar más empatía contigo. Aunque es cierto que sólo te veo como una amiga, debí haber sido más justo contigo y no ignorar tus sentimientos, espero que puedas perdonarme por eso.
– No hay algo que te deba perdonar –aseguró ella, alejándose un poco para mirarlo a la cara y sonreírle–. Si algo bueno saqué de este problema con Jean es que pude darme cuenta de mi error y recuperé tu amistad, pues me habría dolido mucho perderla.
– Jamás me hubieras perdido, Azumi –expresó Taro–. Siempre habría estado esperando a que tú quisieras perdonarme.
Tras decir esto, Misaki volvió a abrazarla, antes de que finalmente se separaran. Azumi se dio entonces la media vuelta y empezó a caminar, mientras Misaki se preguntaba si ella se habría despedido de Eriko. La relación actual entre las dos mujeres seguía siendo un misterio para Taro y él había desistido de la idea de convencer a Eriko de que le contase la verdad. Al final, supuso que ésa era una de las muchas cosas para las que quizás nunca obtendría una respuesta.
Después de la partida de Jean y Azumi, siguieron unos días de tranquilidad en los que Misaki creyó que no le quedaban más sorpresas por delante. Sin embargo, no pasó mucho tiempo antes de que la mala sensación que lo había estado acompañando desde hacía meses volviera a él con más fuerza que antes. Taro había creído que el pleito de sus amigos fue lo que estuvo ocasionando esos malestares, pero ahora que habían regresado a él sus corazonadas, se dio cuenta con horror de que, lo que fuera que fuese a pasar, no había ocurrido todavía. Y no le quedó la menor duda de que eso involucraría a la Selección de Japón.
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Riad, con enlaces a Múnich.
Tiempo después, el equipo viajaba a Riad, la capital de Arabia Saudita, para enfrentarse a la Selección de este país en la primera vuelta de la segunda ronda de las eliminatorias asiáticas. Para poder jugar la ronda con tranquilidad, el equipo debía anotarse una victoria en el país árabe y golear a su siguiente rival, Vietnam. La segunda parte del plan no representaba un problema, el lío sería el conseguir arrancarle la victoria a Arabia Saudita en su propia casa.
– Ya nos hemos enfrentado a los árabes antes y los hemos derrotado –les dijo Matsuyama a sus compañeros, para animarlos–. Es seguro que podremos hacerlo de nuevo.
– ¡Sí! –le respondió la mayoría.
Sólo unos cuantos, como Makoto Soda, pensaron que, en aquella ocasión en la que se enfrentaron y vencieron a Arabia Saudita, el equipo tenía a todas sus estrellas y no a unas cuantas y todavía así les costó trabajo derrotar a Mark Owairan y a su séquito. No sería fácil, pues, que ahora que jugaban en un estadio ajeno sin Tsubasa, Hyuga y otros caballeros, perdón, futbolistas, Japón pudiera alzarse con la victoria. Sin embargo, nadie estaba ahí para darse por vencido, Genzo al menos no permitiría que el príncipe saudí volviera a vencerlo.
"La primera vez que nos enfrentamos no pude evitar el gol de Owairan, pero no logrará anotarme una segunda vez", se dijo Wakabayashi, mientras se ajustaba las agujetas de los zapatos de fútbol. "No permitiré que otro gol penetre en mi portería".
El mantener el arco en ceros era importante no sólo por la victoria de Japón, sino también porque Wakabayashi llevaba un récord de partidos sin recibir una anotación y deseaba conservarlo y prolongarlo. Él acababa de hacer el nudo de la segunda agujeta cuando su teléfono móvil vibró y el aviso de un mensaje nuevo de WhatsApp apareció en la pantalla.
"Buena suerte", era todo lo que decía el mensaje.
Ya desde antes de abrirlo, Genzo supo que era de Lily. Él se quedó esperando a ver si ella agregaba algo más, pero no lo hizo. Wakabayashi hizo una mueca mientras escribía un simple "gracias" como respuesta, algo que seguramente a ella desalentaría.
"No sé quién de los dos es más infantil", se dijo Genzo, reconociendo sus propios errores. "Al menos la tendríamos reñida en un concurso de orgullo".
Lily, a su vez, había decidido ver el partido junto a Elieth y Karl, ya que el horario y el día les permitía a los tres el tener ese rato libre. La doctora, como era habitual en ella, vagaba entre el enojo y el deseo de apoyar a Wakabayashi así que buscaba la manera de mantenerse en un punto medio. Cuando recibió el escueto mensaje de Genzo, Lily hizo un puchero pero no hizo más comentarios, al fin y al cabo ella se lo había buscado.
Tras los rumores de su posible retiro debido a su próximo ascenso al trono, Mark Owairan reapareció en el estadio Rey Fahd con la dignidad de un príncipe de su estirpe. Si estaba con un pie o no sobre la Silla de su país, no iba a decirlo en ese momento en el que sólo le interesaban los Olímpicos. La alineación de Arabia Saudita no tuvo sorpresas para los japoneses, quienes suponían que los árabes jugarían con el mismo equipo con el que se enfrentaron en el Mundial Sub-19, incluido Vulcan, aquel futbolista altísimo y fornido que parecía un genio salido de una lámpara. Siendo así, éste y el príncipe saudí eran los dos únicos problemas reales de Japón, los cuales no causarían dificultades a las ya probadas habilidades de Wakabayashi.
– De cualquier manera no deben confiarse –advirtió Kira–. Siempre cabe la posibilidad de que la razón por la que Owairan estuvo desaparecido no fue porque estuviera preparándose para ser el próximo rey de Arabia Saudita, sino porque estuvo mejorando su técnica.
Misaki estaba decidido a conseguir la victoria a como diera lugar y la posibilidad de que Owairan hubiese mejorado no iba a detenerlo. Desde el primer minuto de juego, Taro hizo todo lo posible por anotar el primer gol y, si bien no fue él quien lo metió, sí influyó mucho para que Matsuyama pudiera mover el marcador a su favor.
– ¡GOOOL! –exclamó el ya conocido comentarista llamado Kunikazu Toda–. ¡Japón se pone a la cabeza con un precioso gol de Hikaru Matsuyama, hecho con su famoso tiro especial, el Eagle Shot! Los saudíes no lo pueden creer, pero su príncipe heredero no ha conseguido evitar que los visitantes les sacudan el marcador.
– ¡Bien, estamos empezando con el pie derecho! –exclamó Hana, emocionada–. ¡Si seguimos jugando así, es seguro que nos llevaremos la victoria!
– Todavía queda mucho tiempo de juego, no debemos confiarnos–. manifestó Kira, quien a pesar de sus palabras lucía ciertamente tranquilo.
Durante lo que quedó del primer tiempo, Owairan y sus compañeros intentaron igualar el marcador para después darle la vuelta, pero Wakabayashi no era el mismo portero contra el cual jugaron varios años atrás, esos años de experiencia (¿Cuáles, si se la pasó lesionado?) le ayudaban a detener sin problemas los ataques de los saudíes.
– Está jugando como nunca –comentó Lily, con la mirada clavada en la Smart TV de Elieth.
– ¿Quién, Mark Owairan? –preguntó Elieth, mordaz, aunque sabía que ella estaba refiriéndose a Genzo.
– Hazte la tonta, si bien que sabes de quién hablo. –Lily le lanzó una mirada furibunda.
– Pues sí, lo está haciendo bien –añadió Karl, también sin aclarar de quién hablaba, aunque lo que añadió después no dejó motivo de duda–. Va a ser difícil que Arabia Saudita iguale el marcador.
– Habrá que ver si ese principito de oro puro consigue hacer algo por el bien de su equipo –comentó Elieth–. No parece estar en su mejor forma.
– Es como si el peso de la corona ya le hubiera caído encima –opinó Lily–. No se le ve con la misma frescura de hace algunos años y da la impresión de que está dándose por vencido antes de tiempo.
– Combinar el fútbol profesional con otra actividad es prácticamente imposible –aseguró Karl–. Y todavía peor si esa otra actividad es prepararte para gobernar una nación.
– Pero eso a ti no te resulta imposible, ¿verdad, Emperador? –le dijo Eli, con un cariñoso dejo de burla.
Schneider, por respuesta, le jaló un mechón de su pelo rubio, también de forma cariñosa. Lily se sentía muy feliz por ellos: tras todo lo que habían pasado, merecían ser felices, pero al mismo tiempo no podía hacer menos que envidiarlos.
"No te rindas", le aconsejó su voz interior. "Si Eli y Karl encontraron la manera de dejar atrás sus diferencias y ser felices, seguramente tú también podrás".
"Sí, pero para eso, tuvo que hacer falta que ella se metiera al campo, a medio partido", pensó Lily. "¿Qué tendré que hacer yo para corregir mi problema con Genzo? De ninguna manera voy a ir hasta Japón o hasta algún país perdido de la mano de dios para meterme a un juego y hacerle saber que todavía lo amo".
Durante el medio tiempo, Kira no hizo grandes cambios en el plan preestablecido al ver que estaba teniendo un buen resultado. Había que admitir, sin embargo, que si bien los locales no habían conseguido empatar, también era cierto que Japón no había podido anotar otro gol.
– Un solo gol nos basta, pero lo ideal es asegurar la victoria con otro más –dijo el entrenador–. Esfuércense para afianzar el marcador.
La alineación para el segundo tiempo permaneció prácticamente igual para ambos equipos. Era como si Arabia Saudita tuviera un as bajo la manga, o quizás estaban dándose por vencidos antes de tiempo, tal y como había comentado Lily. Misaki, Wakashimazu y Nitta se lanzaron al ataque desde el primer minuto de la segunda mitad, pero, aunque el ataque de los saudíes estaba desorganizado, la defensa estaba mucho mejor planteada y estructurada, de manera que les fue muy difícil pasar.
– ¡Vamos, necesitamos un gol más! –gritaba Genzo, desde su arco.
– Tranquilo, Wakabayashi, lo tenemos todo bajo control –aseguró Ishizaki, desde su posición en la defensa.
Los minutos transcurrían y ninguno de los dos equipos era capaz de anotar en la meta del otro. Wakabayashi detenía sin dificultad los tiros de Owairan y, el que alguna vez le resultó un jugador intimidante y difícil de bloquear, Vulcan, en ese partido no resultaba ser más que un oponente más.
– ¡Bien, mantengamos este ritmo! –les ordenaba Kira a sus jugadores–. ¡Tengan cuidado en la media cancha!
Faltaban menos de tres minutos para el final. Owairan intentó hasta el último momento el anotar el gol que le diera vida a su equipo, pero comenzaban a hacerle efecto las largas horas de desvelo que pasó aprendiendo lo que necesitaba saber de política, de manera que, aunque no lo quería, su cuerpo empezó a cansarse. Su último disparo salió tan desviado que quedaba claro que no lograría entrar en la portería ni por asomo, aun cuando no estuviera Wakabayashi ahí.
– Yo me encargo –gritó Ishizaki a sus compañeros, cuando vio venir el esférico.
Confiado en que el joven conseguiría esquivar el peligro (y aunque no fuera así, la trayectoria del balón lo mantendría alejado de la portería), Genzo se descuidó en un momento crucial. No tendría por qué lamentarlo después, porque no había ni un solo jugador árabe que representara un problema, pero no habría de imaginar que el peligro vendría de su propio equipo. Ishizaki, demasiado confiado en unas habilidades que no poseía y que no poseería jamás, quiso detener la pelota con un toque de cabeza que, gracias al ángulo y a la fuerza del disparo de Owairan, acabó desviándose para terminar incrustado en las redes de la portería de Japón.
– ¡Gol de Japón, digo, de Arabia Saudita! –exclamó el señor Toda–. Aunque, por lo que ha sucedido, sí se podría decir que es gol de Japón. ¡Ryo Ishizaki lo vuelve a hacer y anota de cabeza en su propia meta!
– ¡NOOOOOOO! –gritó Hana, mientras se llevaba las manos a la cabeza–. ¡No ahora!
– ¡Ay, pero tenía que ser ese tipo otra vez! –vociferó Eriko, desde las tribunas–. ¿A quién carajos se le ocurrió meterlo en la alineación?
– ¡No otra vez! –soltó Urabe Hanji, al tiempo en que se golpeaba la frente con la mano–. ¡Ishizaki, tú no aprendes!
– ¿Cuántas veces tiene que cometer el mismo error para dejar de hacerlo? –manifestó Teppei Kisugi, muy molesto.
– ¡PERO SI ESTÁS BIEN PENDEJO! –le gritó Lily a la pantalla, en español–. ¡TÚ TIENES QUE EVITAR LOS GOLES EN ESA PORTERÍA Y NO ANOTARLOS, IDIOTA!
Fue una jugada tan tonta e imprevista que hasta los árabes se quedaron desconcertados y los aficionados japoneses comenzaron a entonar chiflidos de burla. Ishizaki se quedó tumbado en el pasto, sin atinar a levantarse, mientras que Genzo contemplaba atónito el balón, que continuaba dentro de su arco.
– ¡Maldita sea! –exclamó Wakabayashi–. ¡No lo vi venir!
"¡Pero si ya sabes que, estando Ishizaki en el campo, la posibilidad de un autogol se incrementa al doble!", le reclamó la voz de su conciencia. "¡No debes de bajar la guardia cuando él está cerca!".
Por supuesto, lo que más le molestaba a Genzo era que había roto su récord de partidos sin recibir un gol. Había estado al pendiente de Owairan y de Vulcan, pero no se imaginó que iba a tener que cuidarse de uno de sus propios compañeros. Y ni hablar del hecho de que a Japón se le iba a escapar la victoria de las manos, faltaba muy poco tiempo para que el árbitro diera el silbatazo final y los nipones tendrían que esforzarse al doble si querían conseguir otra anotación.
– No tenías por qué verlo venir –replicó Soda–. ¡Ishizaki debía sacarla, no meterla!
– Tranquilos, que todavía tenemos tiempo. –Matsuyama intentó apaciguar a sus compañeros–. Esto sólo ha sido un revés menor.
Quedaban menos de tres minutos de juego, más lo que agregara el árbitro como compensación, que no debía ser mucho pues el partido no se había detenido más que lo estrictamente necesario. Los japoneses se dieron cuenta de lo que significaría ese autogol: que los tres puntos se les escaparían de la bolsa sin que pudieran hacer algo para impedirlo.
– Lo siento, Wakabayashi –manifestó Ishizaki, sumamente acongojado–. Otra vez he perdido el control de mi cuerpo.
– A la próxima fíjate hacia donde despejas –lo amonestó Wakabayashi, con más dureza de la que pretendía–. No puedes seguir cometiendo este tipo de errores a este nivel.
– Lo sé –farfulló el muchacho.
– No pasa nada, Ishizaki, ánimo –le dijo Misaki, con una sonrisa–. Nos basta con anotar otro gol.
Sin embargo, era más fácil decirlo que hacerlo; a pesar de la buena voluntad de Matsuyama y de Misaki, los saudíes cerraron filas frente a su portería y se dedicaron a defenderla con uñas y dientes. Los japoneses hicieron hasta lo imposible para no dejar el partido en un empate, pero los ánimos se habían caldeado gracias a la actuación de Ishizaki y no lograban coordinarse adecuadamente. Hasta Matsuyama perdió una oportunidad clara de gol, estaba cansado física y mentalmente, y mantener el ánimo general del equipo le estaba resultando muy difícil.
– ¡Vamos, todavía nos quedan sesenta segundos! –El optimismo de Misaki parecía estar hecho a prueba de balas–. ¡Aún podemos conseguir ese gol!
Seguramente estaba recordando ese partido amistoso contra Nigeria, jugado algunos meses atrás, en donde Taro había conseguido anotar el empate en los últimos segundos. Sin embargo, en esta ocasión la diosa Fortuna no le sonrió y el joven sintió como si le hubiese caído un balde de agua fría sobre la cabeza cuando el réferi silbó el final del encuentro.
– Y Japón deja escapar así los tres puntos –comentó Toda, con decepción evidente–. Estando tan cerca del final, Ryo Ishizaki volvió a hacer lo que mejor sabe hacer: meter a su equipo en problemas. Lástima que en esta ocasión no les alcanzó el tiempo a sus compañeros para corregir su error.
Era difícil definir el ánimo general del equipo en esos momentos; Ishizaki quería que la tierra se lo tragara y Misaki se sintió tan descorazonado que perdió las ganas de consolarlo. El empate, si bien era mejor que sufrir una derrota, suponía un grave revés para los planes del entrenador Kira y del equipo preolímpico en general.
– Fue un partido muy complicado –le dijo Kira a Hana–. Realmente esperaba que los rumores de que Owairan estaba en mal forma fueran ciertos, pero su fuerza no disminuyó tanto como había creído.
– Aunque no fue él quien nos hizo perder –susurró alguien a sus espaldas, aunque Kira no supo definir quién fue.
– Ha sido un revés muy grande que Ishizaki haya cometido ese autogol al final –señaló Hana, queriendo suavizar el comentario del otro–. Este empate sin duda es un descalabro, pero al menos no perdimos y seguramente podremos recuperarnos en los próximos partidos.
Por supuesto, ninguno de los dos quiso mencionar lo obvio: con ese empate, tendrían que ganarle a Australia y a Vietnam por goleada, sí o sí, para poder asegurarse el pase desde la primera vuelta o tendrían que batallar mucho en la segunda.
– Australia viene fuerte –fue todo lo que comentó Kira–. Debemos aventajarlos un poco con Vietnam.
Las cámaras de televisión enfocaban a los jugadores japoneses que abandonaban el campo; la mayoría de ellos iba con la cabeza baja y cara de consternación, un golpe así es difícil de digerir en poco tiempo. Wakabayashi era de los pocos que llevaba la frente en alto, pero se ocultaba los ojos con la visera de la gorra y sus puños apretados dejaban traslucir su enojo y decepción.
– Ay, Gen, lo habías hecho tan bien –musitó Lily–. Ahora tu récord también está roto.
– Ese gol no ha sido culpa suya –señaló Elieth–, sino del otro idiota.
– ¿Cómo es que Ishizaki sigue siendo llamado para formar parte de la Selección? –preguntó Lily, sin dirigirse a alguien en particular–. No es la primera vez que ese imbécil comete un autogol en un partido importante, ¿por qué carajos lo siguen convocando o por qué no tienen más cuidado con él? ¿Qué no hay futbolistas en Japón que sean más capaces que ese idiota?
– Todos cometemos errores –manifestó Karl, aunque la expresión de su rostro no era precisamente benévola–. Supongo que sus otras habilidades compensan sus errores.
– Ay, por favor, ¿cuáles habilidades? Sí, todos cometemos errores pero este cabrón se pasa –insistió Lily–. Cometer un error es hacer un autogol en un partido de la fase de grupos de una Eurocopa (te estoy mirando a ti, Mats Hummels), pero lo de Ishizaki es falta de habilidad, mediocridad o ambas cosas. Es altamente probable que haya jugadores en Japón con un nivel más alto, con más experiencia o con menos tendencia a cometer fallos de esta categoría, pero por algún motivo los entrenadores de Japón siguen teniendo a este baboso dentro de la Selección. Qué frustrante sería para un futbolista de mayor rango, como Bryan Cruyfford, Pierre Le Blanc, Carlos Santana o incluso tú, Schneider, que Ishizaki llegase a ganar una medalla de oro cuando por sí solo no tiene el nivel para estar en unos Olímpicos mientras que ustedes, que se esfuerzan al máximo, tengan que ser relegados a segundo plano.
– Ya, tranquila. –Karl le dio unos golpecitos en la espalda–. No te enojes por algo que no puedes corregir, mejor tómatelo con filosofía, como hago yo.
– Además, creo que sería mejor que intentaras confortar a Genzo –señaló Elieth.
– ¿Ves? Elieth me apoya –sonrió Schneider.
– Oh, no, yo estoy de acuerdo con lo que ha dicho Lily –replicó la francesa, con el ceño fruncido–, pero en este momento el más frustrado debe de ser Genzo y por eso le digo que podría aprovechar para consolarlo.
Lily no respondió, pero tomó su celular tras un levísimo titubeo. Genzo tardaría en ver el mensaje pero, si no lo enviaba en ese momento, después perdería los ánimos para hacerlo.
"Hiciste un gran trabajo", escribió ella. "Sé que debes de estar enojado, pero lo que ha sucedido no ha sido culpa tuya y no debes sentirte mal por eso. En todo caso, deberías de sentirte mal por aquél que metió a Ishizaki a jugar en este partido".
"Me has hecho reír, doctora", le contestó Wakabayashi, una hora después. "Gracias por tu apoyo, en verdad".
Él no había querido decir más porque no estaba de humor, aunque sí que apreciaba las palabras de ella. Decir que estaba enojado era poco, pero no tenía caso seguir dándole vueltas al asunto.
Japón había sufrido un revés, pero no era el fin del mundo. Esa noche las cosas no les salieron como esperaban, pero tampoco marcharon tan mal; todavía les quedaban cinco partidos por delante y seguramente en ellos lograrían retomar la senda del triunfo, sólo era cuestión de mantener en alto el espíritu y la fe.
Tokio.
Para alivio de todos, la Fortuna volvió a sonreírle a Japón en el próximo partido, que se jugó en casa. El equipo nacional no tuvo problemas para meterle cuatro goles al visitante Vietnam, lo cual le dio un respiro al entrenador Kira y a la Selección en general. Esos cuatro goles serían muy importantes a la hora de elegir al primer lugar del grupo, pues la diferencia en la tabla de goleo era el primer criterio a usar a la hora del desempate.
– Para nuestra fortuna, sólo tenemos en contra ese autogol de Ishizaki –comentó Hana–. Wakabayashi ha hecho un trabajo excelente al mantener su portería en ceros, lo cual contará mucho a nuestro favor.
Por otro lado, Australia había ganado su primer encuentro contra Vietnam y, al medirse contra Arabia Saudita, no le resultó difícil obtener otra victoria, lo que significaba que se encontraban en el primer lugar del grupo, por el momento. Japón tendría que derrotar a Australia si pretendía pelearle el puesto, de manera que los nervios para el próximo partido estaban al máximo.
– No cederemos ni un ápice –comentó Kira a los jugadores, al final del encuentro contra Vietnam–. No vamos a disminuir el ritmo ahora que estamos tan cerca de la meta. La victoria en el partido contra Australia nos permitirá pasar a la segunda vuelta con tranquilidad, tengan esto en mente cuando estén cara a cara contra los australianos.
Todos y cada uno de ellos, por supuesto, querían derrotar a su último rival, pero habría que ver, sin embargo, qué era lo que les deparaba en realidad el destino.
Notas:
– *Puérpera es una mujer que acaba de parir.
– A este fic le quedan alrededor de cinco o seis capítulos para terminar, poco más, poco menos. Ha sido divertido escribirlo a lo largo de más de siete años, pero es hora de darle fin.
