Capítulo 71.
Múnich.
Tal vez estaba precipitándose, pero Nela había comenzado a prepararse para volver a Inglaterra. Se sentía confiada, estaba segura de que sería aceptada en una de las dos prestigiosas universidades a las que había solicitado ingreso, o hasta podría ser que la aceptaran en las dos. ¿Qué haría en ese caso? Tanto Cambridge como Oxford eran excelentes opciones, sería difícil elegir sólo una. Bien, que ya se preocuparía por eso en cuanto llegase el momento.
– ¿Has hablado con tus padres sobre tu regreso? –preguntó Bárbara, mientras la veía ordenar y clasificar sus apuntes y otros papeles varios que Nela usó en su tesis.
– No todavía –negó Nela–. Pero sí saben que busco hacer una maestría en Inglaterra.
– Ya veo. –Bárbara acarició distraídamente la cabecita de Duke, al que tenía echado entre sus piernas–. ¿Piensas vivir con ellos?
– No –respondió Nela, aunque después se corrigió–: Bueno, sí, tendré que llegar a vivir con ellos porque no tengo otro sitio, pero pienso buscar un departamento para mudarme en cuanto pueda.
– Te vamos a extrañar –suspiró Bárbara–. Esto no va a ser lo mismo sin ti.
– Gracias, pero seguro que se acostumbrarán a no tenerme cerca –replicó Nela, abochornada–. Además, seguiré molestándolas mucho por teléfono, Skype y WhatsApp.
– Sí, pero no será igual –aseguró Bárbara–. Deb y yo ya nos habíamos acostumbrado a vivir contigo. Y, además, vas a llevarte a Food.
– ¡Se llama Duke! –la corrigió Nela, enojada–. ¡Es el colmo que nadie le llame así!
– Ya, ya, no te enojes –pidió Bárbara, con una sonrisita burlona.
– Qué más da. En fin, pueden ir a visitarme cuando quieran –aseguró Nela–, me dará mucho gusto llevarlas a conocer Londres. Y con respecto a Duke, podrían adoptar a un gato callejero que necesite un hogar. Es más, le pediré al abuelo Huan-Yue que me mande uno de China, así lo salvamos de que acabe sus días en un wok.
Bárbara soltó una risita mientras los ojos verdes de Duke la miraban con curiosidad. En poco tiempo, el animalito había ganado peso y su pelaje se había vuelto más sedoso, señales de que la buena alimentación estaban surtiendo su efecto.
– Supongo que podríamos adoptar uno, sí. –Bárbara acarició el lomo del felino–. También nos quedará Káiser, al que no le gustó la idea de perder el estatus de único gato del grupo.
– Seguro que no, pero se le pasará –se rio Nela–. Menos mal que no viven juntos.
La inglesa detuvo momentáneamente sus labores para ir a sentarse junto a Bárbara, tras lo cual se puso a rascar las orejas de Duke, con aire distraído.
– Lo mejor del caso es que, oficialmente, este gato es de Sho –señaló Nela, después de un rato–. Pero no me ha dicho nada con respecto a que no me lo lleve a Inglaterra.
– Tal vez está dando por hecho que lo vas a dejar –sugirió Bárbara.
– Sí, es posible, pero temo que lo eche a la sartén. –Nela cargó a Duke y lo acurrucó junto a su pecho–. Y el pobrecito ya ha sufrido bastante.
– ¿De verdad lo crees capaz? –preguntó la pelirroja.
– Claro que no –contestó Nela–. Confío en él, sé que ha cambiado mucho sus costumbres desde que está en Alemania, aunque no sé si de verdad llegó a comer gato o caldo de murciélago en China, nunca se lo he querido preguntar, pero sé que ahora no es capaz de lastimar a otro ser vivo, sólo no se lo vayas a decir.
– Oh, pero sería lindo que él supiera esto –sonrió Bárbara–. Merece saber que lo quieres mucho.
– Aish, seguro que lo sabe –replicó Nela, dejando a Duke en el regazo de Bárbara–. De otra manera no lo aguantaría tanto.
La joven se puso en pie y volvió a su actividad de ordenar los papeles que seguían tapizando el piso de su habitación. Aunque no lo quisiera admitir, la idea de dejar Alemania le causaba mucho pesar; llevaba poco tiempo viviendo ahí, en comparación a los años vividos en Inglaterra, pero en Múnich había hecho muchos amigos de verdad, por no olvidar que también ahí había conocido a Sho. Y decir que Sho había dejado una huella importante en su vida sería poco, él había revolucionado su existencia más allá de lo que la misma Nela llegó a esperar.
"Pero, al final de cuentas, lo que importa son las conexiones que hice y los buenos recuerdos", se dijo Nela, para consolarse. "El mundo no se detiene y uno tampoco debe de hacerlo, no me puedo quedar en el mismo sitio sólo porque me siento a gusto".
– Dime una cosa, Nela. –pidió Bárbara, tras unos minutos–: ¿Nunca consideraste la opción de hacer esa maestría aquí en Múnich?
– Sí lo hice, no voy a decir que no –reconoció Nela–. Pero no me pareció tan atractiva la oferta educativa.
– ¿Y por qué? –quiso saber la alemana–. Nuestras universidades no tienen algo que envidiarle a los estirados colegios ingleses, querida amiga.
– No dije eso. –A pesar de la queja, o precisamente a causa de ella, Nela se echó a reír–. Pero cuando me fui de Inglaterra para venir a estudiar a Alemania, me prometí que sólo estaría aquí un tiempo porque no quiero estancarme.
– ¿A qué te refieres con eso? –inquirió Bárbara, enarcando las cejas en un gesto de duda, mientras Duke saltaba de su regazo para ir a usar su caja de arena.
– A que, si me quedo en el mismo sitio, me acostumbraré y dejaré de aprender cosas nuevas –explicó la inglesa–. Siento que ya he aprendido aquí todo lo que podía y ahora debo buscar otros horizontes. Ya sabes, el mundo nunca deja de girar y por tanto uno tampoco debería de hacerlo.
Lo dijo sinceramente, expresando parte del pensamiento que justamente acababa de tener. Nela no tenía una segunda intención, pero se dio cuenta de inmediato de que a Bárbara no le había agradado su respuesta.
– Sí, es verdad que se debe mirar siempre hacia adelante –señaló Bárbara, con tacto–. Está mal estancarse, quedarse en lo mismo, este mundo es muy basto como para conformarse con sólo una de sus vistas, estoy de acuerdo en eso. Sin embargo, querida Nela, ¿no será que confundes el deseo de superación con la necesidad de nunca mirar atrás?
– ¿Qué quieres decir con eso? –Ahora Nela estaba confundida.
– Nadie dice que esté mal que quieras seguir superándote si así lo deseas –aclaró Bárbara, pensativa–, pero no es indispensable que para hacerlo tengas que dejar detrás de ti aquello que te ha hecho sentir bien. No tienes que estar saltando constantemente de un lado a otro para obtener lo que deseas: la estabilidad también viene bien si te asegura que podrás seguir persiguiendo tus objetivos, te puedes quedar en un mismo lugar y aun así seguir luchando por tus sueños.
Nela se quedó muy sorprendida. Hasta ese momento, no se le había ocurrido pensar en que existía esa posibilidad; había enviado las solicitudes a las universidades de Inglaterra con la idea en mente de que si se quedaba en Múnich corría el riesgo de estancarse, sin pensar que esto podría no ser verdad. Si había en Alemania algo por lo que valiera la pena permanecer ahí, ¿cuál era la necesidad de irse?
– No me digas que nunca se te ocurrió –continuó Bárbara, al ver que su amiga no hablaba–. Me da la impresión de que enviaste las solicitudes sin pensar demasiado en que pudiera haber otras alternativas.
– Oye, ¿quién es la psicóloga aquí? –preguntó Nela, antes de soltar una risilla nerviosa–. Pareciera como si quisieras psicoanalizarme.
– Jamás se me pasaría eso por la mente –señaló Bárbara–. Tú eres la psicóloga aquí, yo sólo estoy señalando lo obvio. Que alguien nos ampare de que las cosas fuesen al revés, porque entonces tú serías la nutrióloga y nos veríamos obligados a comer tus extraños platillos ingleses, como ese asqueroso pastel de riñones.
– ¡Oye, que no es tan malo! –protestó Nela, aunque reprimió un gesto que podría catalogarse como de asco–. Okey, sí, está bien, el pastel de riñones es horrible, ¿pero qué importa? ¡No cocino tan mal!
– ¿Ah, no? Por algo es Sho el que siempre prepara la comida, ¿no? –se mofó Bárbara.
La inglesa le aventó una almohada, que se estrelló sin ceremonias en la cabeza de la pelirroja.
– ¡Ya, lo siento, sólo bromeaba! –aseguró Bárbara, muerta de la risa.
– No sé ni siquiera por qué estoy justificando mi cocina ante ti –repuso Nela, mientras la alemana se acomodaba el cabello–. Estamos perdiendo el punto de lo que has dicho, lo cual es muy cierto: admito que no había contemplado esa posibilidad, pero ahora es tarde para hacer algo al respecto.
– Supongo que sí –asintió Bárbara, más seria–. Por más que las películas románticas te quieran hacer creer lo contrario, no es buena idea rechazar una excelente oportunidad de estudio o de trabajo por una persona. Si ya tomaste una decisión y te quieres aferrar a ella, está bien, simplemente para la próxima ocasión considera que puede haber otras salidas.
– Si es que llega a haber una próxima –suspiró Nela.
En ese momento, Duke volvió de hacer sus necesidades y se echó a dormir en una canasta que Débora y Bárbara habían preparado para él. Nela lo vio durante unos minutos y volvió a suspirar, tratando de clasificar el cúmulo de pensamientos que inundaban su mente en esos momentos. Nunca llegó a considerar que la partida podría ser tan difícil.
– La habrá, es casi seguro –opinó Bárbara–. Puede ser que, cuando acabes tu maestría, te dé por volver a Alemania. Y si eso llega a pasar, ten por seguro que los que nos quedamos aquí te recibiremos con los brazos abiertos.
Esa misma noche, Nela tomó una decisión. No era que no lo hubiese considerado antes, simplemente no le dio mucha relevancia hasta esa tarde. Era cierto que no supo ver a tiempo que siempre tuvo otras opciones, pero todavía podía mostrarle a Sho que, sucediera lo que sucediese, él nunca dejaría de ser alguien importante para ella.
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Habían pasado más de una hora desde que el entrenamiento del Bayern Múnich en Säbener Straße había concluido y la mayoría de los jugadores había terminado ya de bañarse y cambiarse de ropa, por lo que a esas horas los vestidores estaban casi vacíos. Stefan Levin era uno de los pocos que todavía estaba ahí, tomándose las cosas con una calma poco habitual en él. No estaba retrasándose a propósito, simplemente no tenía prisa en salir.
Al buscar su desodorante en la maleta, Stefan se topó con una cosa pequeña, dura y cuadrada que él reconoció aun sin verla: se trataba de la caja del anillo de compromiso que había comprado para Débora. El sueco la sacó, la tomó y la abrió; el frío ojo de la joya pulida lo miró y Stefan sintió una cierta incomodidad al verlo. Aunque como tal ella no había dicho que "no", a él le había quedado claro que su petición no había sido precisamente un éxito.
Noches atrás, Levin había acudido al hospital con ese anillo bien guardado en el bolsillo de su chaqueta. No había sido su intención original el pedirle matrimonio a Débora en ese momento, pero consideró que la ocasión era buena y se declaró antes de que pudiera darse cuenta de lo que estaba haciendo. Y casi desde antes de que acabara de pronunciar las palabras, se preguntó si lo que acababa de hacer había sido una buena idea. Débora ni siquiera tuvo la oportunidad de contestar; tras reponerse de la sorpresa que le produjo la visión de ese anillo, ella comenzó a pensar en qué respuesta darle cuando fueron interrumpidos por los gritos de una mujer que llegó en plena labor de parto. Sin pensarlo dos veces, Débora se paró de un salto, se disculpó con Levin y salió a todo correr hacia el área de Tococirugía para atender a la recién llegada. Stefan no podía culparla, después de todo ése era su trabajo, pero no supo qué hacer con el anillo, que ella no había alcanzado a ver. No fue sino hasta ese momento en el que él se dio cuenta de que ése fue un pésimo lugar para sacarlo, pues con la poca luz no se podía distinguir la joya. Durante diez minutos, Stefan estuvo debatiéndose entre irse o quedarse a esperar a que Débora acabara, para al final decidir que lo mejor que podía hacer era dejarla trabajar, así que se acercó a recepción y le entregó a la enfermera rubia (que no le caía muy bien, por cierto) el termo con el resto del café y una nota escrita de su puño y letra en la que le decía a Débora que la llamaría después.
– ¿No prefiere esperarla? –preguntó Hope, de lo más solícita.
– No, gracias. –Levin sonrió apenas–. Ya es tarde y mañana tengo entrenamiento. Además, no quiero interrumpir su trabajo.
Lo cierto era que podía haberse quedado toda la noche despierto (¡Ah, la juventud!), pero Stefan no creía que fuese lo correcto, sabía que había dado un paso en falso y necesitaba saber cuál sería la reacción de Débora. Al día siguiente, él se pasó una buena parte de la mañana preguntándose si ella le enviaría algún mensaje para hablar sobre esa petición de matrimonio, pero Débora no se comunicó. Stefan dejó pasar un tiempo prudente, tras pensar que ella debía estar descansando, pero cuando llegó la noche y no le habló, él comenzó a sentir que lo estaba evitando. Armándose de valor y tratando de actuar lo más despreocupado posible, Levin le llamó y, aunque Débora le respondió de manera cariñosa y hasta se disculpó por no haberse comunicado, no hizo mención alguna ni al anillo ni a la pedida de matrimonio.
"Bien, es pronto todavía y ésa es una decisión importante", se dijo Stefan, tras terminar la conversación. "Seguro que querrá pensar en eso cuando esté más descansada".
Sin embargo, los días pasaron y Débora continuaba sin mencionar el tema. Y mientras más tiempo transcurría, más incómodo se sentía Stefan ante la idea de mencionarlo, aunque quedaba claro que ninguno de los dos podía fingir que eso no había pasado. ¿Significaría eso que Débora no quería casarse con él o que simplemente estaba esperando a que Levin le repitiera la pregunta en mejores circunstancias? La interrupción de la otra noche no le permitió a ella disfrutar del suceso como tal.
"Tal vez deba planear algo mejor, alguna cena o algo más típico", pensó Stefan, mientras contemplaba la sortija. "Quizás ella esperaba algo mejor que una pregunta hecha de una forma tan repentina…".
En ese momento entró Sho a los vestidores, con el torso desnudo y una camiseta limpia en la mano. Stefan se sorprendió al verlo, pues creyó que su amigo había sido de los primeros en marcharse.
– Pensé que ya te habías ido –comentó el sueco, sin acordarse de guardar la caja que traía en la mano.
– Lo mismo digo –respondió Sho, mientras se ponía la camiseta–. ¿Qué es eso que tienes ahí?
– Nada importante. –Demasiado tarde, Stefan notó que había cometido un error.
– Yo no creo que no sea algo importante –replicó el chino y se acercó a él para intentar quitarle la caja.
– Deja de meterte en donde no te llaman. –Stefan movió la mano para ocultar el anillo, aunque Sho lo acosaba por todos los ángulos posibles–. ¡Esto no te interesa!
Tras unos instantes de lucha, Sho hizo uso de su superioridad física y le arrebató la caja al sueco. Para sorpresa de éste, Shunko se limitó a ver el anillo con una expresión extraña.
– Ya sospechaba que se trataba de esto –suspiró–. ¿Es para quien creo que es?
– No te importa –gruñó Stefan, aunque con su actitud le dio al chino la confirmación que necesitaba–. Regrésamelo ya.
– Hmm, tienes razón al decir que no me interesa lo que hagas pero, ¿qué obsesión tienes con querer casarte tan joven, Levin? –cuestionó Sho–. No has llegado ni a los veinticinco años y todavía eres una estrella en ascenso, por no mencionar que la doctora Cortés aún no termina su especialidad. ¿Estás seguro de que éste es el mejor momento para dar ese paso tan grande?
Levin maldijo en su interior. Sabía que, si alguien se enteraba de sus planes, era altamente probable que ese alguien le dijera que estaba cometiendo una insensatez, por eso le habría gustado que Débora le confirmara si aceptaba o no casarse con él antes de hacérselo saber a otra persona para evitar esos problemas. "Debí tener más cuidado con esa sortija, ni siquiera sé por qué demonios la traía en la maleta".
– Un matrimonio no tiene por qué interponerse en esas cuestiones –respondió Stefan, aparentando tranquilidad–. No es como si con eso se acabaran nuestras vidas; podemos seguir adelante con nuestros sueños, la diferencia radica en que lo haremos estando casados.
– Hmm –gruñó Sho, dubitativo–. En teoría tienes razón, pero no deja de ser una decisión muy grande que a la larga influirá mucho en los dos, así que repito: ¿Cuál es tu necesidad de querer casarte tan joven?
– No es una necesidad, es un deseo. –Levin se ruborizó–. Es cierto que todavía soy joven pero, ¿para qué esperar más tiempo si ambos lo queremos?
Para Stefan era algo muy simple, aunque entendía que para Sho no fuese así. Levin estaba consciente de que no quería morir solo, como solía ocurrirles a muchos suecos, además de que él sentía que sí era del tipo de persona que quería casarse y tener una familia. Así pues, ¿para qué esperar para hacerlo? Sin embargo, tal y como ya lo había temido, los comentarios de Sho estaban haciendo que Stefan dudara de su decisión.
– Oh, ¿entonces estás seguro de que Débora te dirá que sí? –cuestionó el chino–. En ese caso, pues felicidades, espero que me invites a la boda.
– Eh, quiero suponer que sí. –Levin no fue lo suficientemente rápido para inventarse una mentira y se delató–. No me ha respondido todavía.
– ¿QUÉ? –exclamó Sho, a viva voz–. ¿YA SE LO PEDISTE?
– Algo así –admitió Levin y se sintió terriblemente incómodo–. No fue la mejor de las pedidas pero sí, lo hice.
Él no tuvo más remedio que hablarle a Shunko de su peculiar experiencia con Débora. A pesar de que el chino se mantuvo con una expresión neutral, Levin pudo notar que él no creía que su impetuosa pedida de matrimonio hubiese sido buena, cosa que en realidad no le asombraba.
– No sé qué decirte, la verdad –comentó Sho, cuando el otro acabó de hablar–. Ahora entiendo por qué me preguntaste de qué manera podías ser más romántico con ella; si me hubieras dicho desde un principio cuáles eran tus verdaderas intenciones, habría podido ayudarte mejor.
– Pensé que ibas a decirme que no era una buena idea –replicó Levin–. Cosa que, efectivamente, ya hiciste.
– Es sólo mi opinión, pero veo que estás bien decidido a hacerlo y, si es así, me alegro por ti –dijo Shunko, con honestidad–. Aunque me llama la atención que ella no te haya contestado todavía.
– Lo sé –musitó el sueco–. Supongo que lo sigue pensando.
– O tal vez esperaba una petición mejor, más elaborada –sugirió Sho–. Quizás quería algo más romántico o efusivo, qué se yo.
Stefan estaba por preguntarle qué tenía en mente cuando Sho, que aún tenía el anillo en la mano, hincó una rodilla en el suelo frente a él y le ofreció la caja abierta con una mano, mientras que con la otra hacía un gesto teatral.
– ¡Oh, amor de mis amores, eres todo lo que quiero en la vida! –comenzó a decir el chino–. Eres la persona que ha sido destinada a mí por los mismos dioses y me resulta imposible seguir viviendo sin ti ni un día más. ¿Quieres casarte conmigo, vida mía? Dime que sí y me harás el más feliz de los hombres.
Antes de que Sho terminara de pronunciar estas palabras, la puerta principal de los vestidores se abrió y a través de ella entró a Schneider, quien alcanzó a escuchar más de la mitad de la pedida falsa de matrimonio. Durante unos incómodos instantes, Levin y Sho miraron a Karl, quien a su vez vio al segundo hincado en el suelo mientras le ofrecía la caja de una sortija de compromiso al primero. Ninguno de los tres se atrevía a romper el silencio y Stefan estaba buscando desesperadamente cómo zafarse de esa situación, pero entonces Schneider suspiró.
– Ni siquiera voy a hacer preguntas –soltó, antes de darse la media vuelta para irse y cerrar la puerta tras de sí.
Los otros dos se quedaron callados durante varios minutos antes de que Shunko soltara una carcajada.
– Vaya que es inoportuno este tipo –se burló–. ¡Ahora es testigo de nuestra unión!
– ¡Deja de decir idioteces! –protestó Levin, al tiempo en que empujaba al chino hacia atrás y le arrancaba el anillo de la mano–. ¡Menuda vergüenza me has hecho pasar!
Shunko se quedó tirado en el suelo, desternillándose de risa, mientras Stefan se apresuraba a guardar la caja en su maletín deportivo; su rostro estaba del mismo color de la chamarra del equipo que empezó a colocarse después y lo hacía lucir como un semáforo en alto, lo cual incrementaba la risa del chino.
– Sí, bueno, yo sólo trataba de darte ideas. –Al fin Sho se controló y levantó–. Puedes tomar mi sugerencia, si quieres, o inventar la tuya; lo que trataba de decirte es que la doctora Cortés es una mujer muy romántica, ya hemos hablado de eso antes, así que es probable que no te haya contestado porque tu declaración le pareció simple. Prepara una mejor y sorpréndela, quizás con eso te diga que sí.
– Supongo –aceptó Stefan, menos abochornado–. Gracias por el consejo, me será útil a pesar de lo idiota que fuiste.
– Para eso estamos los amigos –manifestó Sho, con un dejo notorio de burla en su tono de voz–. Si necesitas ayuda con cómo planear una cena romántica, llámame.
– Gracias, pero creo que ya has hecho bastante –aseguró Levin, furibundo.
A pesar de la vergüenza que pasó, Stefan se lo agradeció interiormente porque, aunque Sho había dramatizado el asunto, le ayudó al hacerle ver que quizás Débora no había respondido a su importante pregunta debido a que la había decepcionado la forma en la que Levin la realizó. Así pues, él planearía algo mejor y lo volvería a intentar, esperando que con eso pudiera cumplir con las expectativas de la joven.
"O quizás en realidad no quiere casarse contigo, ¿de verdad no has considerado esa idea?".
Stefan decidió ignorar a su subconsciente y, en vez de eso, se puso a pensar en qué forma podría hacer una mejor petición de matrimonio. Con Karen le había funcionado una vez, seguro que podría hacerlo bien una segunda, ¿o no?
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Tokio.
Faltaban pocas horas para que la Selección de Japón tomara el vuelo que los llevaría a Sídney para jugar en contra del combinado de Australia. Japón se jugaba el liderato del grupo en dicho partido, Australia había obtenido la victoria en sus dos primeros encuentros mientras que Japón había empatado uno y ganado el otro, de manera que ambos equipos iban con la intención de vencer al oponente.
En esos momentos en el que estaban tan cerca de marcharse, cada jugador se entretenía por su cuenta; el entrenador Kira había decidido darles unas horas libres para que buscaran una forma de relajarse y evitar que los nervios los traicionaran a la hora de la verdad. Misaki perdía el tiempo leyendo sus mensajes de correo electrónico, puesto que rara vez lo hacía por falta de tiempo; entre tantos emails procedentes de su media hermana Yoshiko y uno que otro de su padre, Taro encontró uno de Jean Lacoste, el cual lo sorprendió mucho. Jean se había marchado de Japón sin despedirse, así que Misaki suponía que él deseaba decirle algo que olvidó mencionar.
"¿Qué hay, Misaki? No sé cuándo leerás este mensaje, pero espero que no sea dentro de un par de años. Qué va, si te conozco lo suficiente como para saber que seguramente lo tendrás en la bandeja de 'Correo no deseado'. Ya hablando en serio, quería disculparme por no haberme despedido. Tras haber aclarado las cosas con Azumi, me sentí muy cansado por la mala noche que pasé, te consta que no dormí, así me fui a mi habitación a descansar (solo, lo aclaro) y cuando desperté ya te habías ido del hotel. Quise contactarte en cuanto me enteré de que ya no estabas, pero Azumi me comentó que ya te habíamos molestado demasiado y que debíamos dejarte en paz. A decir verdad, tiene razón. Tienes paciencia de santo, amigo, los dos estamos conscientes de eso. Decidí hacerle caso a Azumi por una vez en la vida y preferí dejarte tranquilo, estaba seguro de que no te molestarías por haberme marchado sin despedirme. Azumi me contó, sin embargo, que ustedes resolvieron sus problemas y me da mucho gusto saber que han decidido retomar su amistad. Ella siempre te va a querer más de lo que te imaginas, sin importar lo que suceda, así que me alegra mucho que no vaya a seguir sufriendo por ti.
Lamento no haberme disculpado como debía por lo que te dije con respecto a tu carrera futbolística, Misaki, no debí haberte hablado de esa manera. Lo que hagas con tu vida no es asunto mío; pienso que eres un gran futbolista y que tienes un gran futuro por delante, no dejes que nadie (ni siquiera un idiota como yo) te trate de convencer de lo contrario. Estaré apoyándote desde París, estoy seguro de que conseguirás que Japón clasifique a los Olímpicos; quizás después pueda darme una vuelta por España para ver alguno de tus partidos con la Selección Olímpica de tu país. Buena suerte, mi viejo amigo, que la Victoria esté contigo.
Jean".
Misaki sonrió al terminar de leer el mensaje. Ciertamente que le había sorprendido que Jean no lo hubiese buscado para decirle adiós e incluso llegó a pensar que quizás estaba molesto con él, pero con esto se aclaraba todo. Bien, que no había problema, ellos seguramente se volverían a encontrar en un futuro.
"Tranquilo, Jean, entiendo el por qué no te despediste", contestó Misaki. "No te preocupes por lo que pasó, ya todo está olvidado; además, como te comenté antes, no dijiste algo que no sea verdad. A mí también me alegra el haber arreglado las cosas con Azumi, trataré de no volver a lastimarla. Cuídala bien, por favor, y gracias por tu apoyo, verás que no me daré por vencido. Ya nos veremos en Madrid".
A pesar de lo seguro que se sentía de sí mismo, todavía una parte suya le hacía creer que no estaba preparado para llevar una carga tan grande. Del siguiente encuentro dependía el futuro de Japón y Taro estaba consciente de que tendría que ser él quien estuviera al frente del ataque. No era algo que no supiera, no era algo que no hubiera hecho antes, pero de todas maneras sentía que no estaría a la altura.
Unas horas después, la Selección de Japón estaba ya a bordo del Boeing 777 que los llevaría a la capital australiana. La mayoría de los jugadores eran víctimas del estrés, aunque lo manifestaban de distinta manera: Ishizaki y Urabe no dejaban de hacer bromas tontas, otros como Misugi y Matsuyama se habían encerrado en un mutismo absoluto y varios más, como Soda, no dejaban de repetir que sería muy difícil vencer a Australia. Sólo Wakabayashi parecía ser inmune a este tipo de nerviosismo, acostumbrado como estaba a retos más difíciles (o quizás estaba preocupado por otra cosa, también era posible). Sin embargo, al llegar a Sídney el ánimo general cambió y sólo había lugar para un pensamiento: ganar a como diera lugar.
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Múnich.
Gracias a la renuncia de Hedy Lims a ser la cara promocional de la Paulaner, a la cervecera le resultó más sencillo llegar a un acuerdo con Karl Heinz Schneider; quizás ése habría sido el resultado natural de las cosas, era lo más conveniente para ambas partes pues tendrían que seguir trabajando juntos, pero la ausencia de Hedy le permitió a la Paulaner demostrarle a Karl (y al Bayern Múnich) que estaban con la mejor disposición de corregir sus errores. Todavía no se elegía a la modelo que sustituiría a Lims en los próximos promocionales, pero se confiaba en encontrar a alguien que borrara el trago amargo que les hizo pasar esa mujer.
Por el contrario, Blind iba en picada y nada iba a poder evitar que acabara estrellándose contra el piso; el dinero que habían acumulado gracias a las ventas de anteriores números se les fue en pagar a un abogado. Tras la demanda original de Schneider otras más se sucedieron, de parte de otros deportistas que sufrieron difamación por parte del tabloide. Sin embargo, dos de los más afectados, el portero Genzo Wakabayashi y la doctora Lily Del Valle, decidieron no tomar acciones legales contra Blind, él porque estaba demasiado ocupado al otro lado del mundo y ella porque no quería seguir atormentándose con algo que ya había quedado atrás. Aun así, las demandas eran las suficientes como para que las finanzas de la revista empezaran a tambalearse. Al editor en jefe de Blind también se le hicieron cargos directos por difamación, las ventas del periódico fueron en picada y el hombre sabía que era cuestión de tiempo para que tuviera que declararse en bancarrota. Si las cosas continuaban de esa manera, las querellas interpuestas contra él lo harían polvo y no tendría forma de recuperarse.
Así también, la demanda interpuesta contra Schäfer procedió y al hombre se le prohibió salir de Alemania mientras no se solucionara su situación legal; si bien el reportero fanfarroneaba al decir que no le preocupaba este hecho, empezó a buscar a un aval en caso de que las cosas se le salieran en control, tendría que haber sido muy idiota como para no ver que las pruebas en su contra serían suficientes para hundirlo. En este punto, Otto Heffner le hizo saber a Schneider que era altamente probable que ambos hombres se fueran a la quiebra aun antes de ser obligados a pagar por daños morales, así que Karl debía estar consciente de que no llegarían a un acuerdo monetario.
– No importa –aseguró Schneider–, no hice esto por dinero y usted lo sabe.
– Sí, lo sé, pero quería que estuvieras consciente –asintió Otto–. Además, considero que la bancarrota para ese par constituye en sí solo un buen castigo.
El punto positivo de la cuestión era que al fin el periódico había dejado de inventar chismes para conseguir clientes, de manera que Karl sentía que había ganado mucho con el simple hecho de haber logrado que sus amigos pudieran vivir sin el temor de que alguien distorsionara sus actos para hacerlos quedar mal. Lily, que sufrió en carne propia las jugarretas de Blind, estaba eufórica ante el hecho de que ese periodicucho de cuarta no hubiese sacado nuevos números por falta de ingresos. Para ella, el karma había actuado ya sobre el editor en jefe y sobre el imbécil de Schäfer y no esperaba más castigo, aunque saber que podrían quedar en la quiebra era la cereza de su pastel.
El día en el que Schneider habló con su abogado fue el mismo en el que Japón mediría fuerzas contra Australia. La reunión le tomó más tiempo del que esperaba, así que Karl llegó al departamento de Elieth y de Lily cuando ya se estaba anunciando la alineación del partido. Los tres se preguntaban qué medidas tomaría Japón para enfrentar a un equipo tan fuerte como Australia; el descalabro sufrido contra Arabia Saudita les había afectado a los japoneses más de lo que deseaban y eso evidentemente se reflejaría en este juego, sobre todo porque a Australia le bastaría con el empate para quedarse con el primer puesto.
– La actitud de Japón debe ser agresiva desde el primer momento –señaló Schneider–. Estarán jugando en tierra ajena y bajo un calor extenuante, eso también les va en contra.
– Eso no le afectará a Genzo –aseguró Lily, con firmeza–. O por lo menos sé que dará todo de sí para que la portería de Japón quede en ceros, a pesar del calor.
– Lo sé –sonrió Schneider, ante la apasionada defensa de la chica–, pero quiero saber cómo actuarán sus compañeros. A ellos no los veo tan resistentes y tendrá un problema extra si ese Ishizaki está en el campo también.
– Pues Japón tendrá que acostumbrarse a la idea de que juegan con diez jugadores y en contra de doce –replicó Elieth–. Mientras ese tipo con cara de mono esté de titular, es como tener otro rival en el campo.
– Además, Australia ha ido mejorando en su fútbol –opinó Karl–. Han ganado ya la Copa Asiática en una ocasión y quedaron subcampeones en otra; aunque aún les falta mucho para estar al nivel de otros equipos, en Asia se han convertido en un rival de temer.
– Un rival que, al salir al mundo, sigue siendo un segundón, pero a Japón podría causarles problemas –replicó Elieth.
– Bien, pues ya veremos qué sucede –suspiró Lily–. Dentro de noventa minutos sabremos si Wakabayashi y su equipo consiguieron amarrar el primer puesto.
Lily estaba muy nerviosa pero no sabía la razón. Hacía ya tres días que no se comunicaba con Wakabayashi, en parte porque habían limitado sus interacciones al mínimo y en parte porque no había tenido tiempo de enviarle mensajes, así que no sabía cómo se sentía él en esos momentos. No había motivos para creer que Genzo tuviera problemas, pero era tan reservado y tan mula que podía tenerlos y no contárselos a Lily, bajo el pretexto de que estaban distanciados.
"Lo veo muy capaz de hacerme eso", pensó ella. "Sigue creyendo en esa tontería de que debería de pelear sus batallas solo".
Tal y como le había asegurado a Karl, Lily creía que Genzo era capaz de sobreponerse al calor australiano, pero todavía así se sentía incómoda por alguna sensación de calamidad que no quería dejarla en paz. Era como si supiese que algo fuerte iba a ocurrir y no tuviera manera de impedirlo.
"Déjate de tonterías, mujer", se recriminó. "No es más que un partido, como cualquier otro. Si no te envió mensaje fue porque está haciéndose el interesante, como siempre. Y en todo caso, ¿qué podría pasar? A lo más Japón perderá el partido, pero eso no los haría perder el boleto olímpico".
Los tres jóvenes vieron a los jugadores entrando a la cancha y se dispusieron a observar a detalle el encuentro, atentos a cualquier jugada que pudiese terminar en gol.
Sídney.
Cuando Misaki salió al terreno de juego, aspiró con fuerza el aroma a mar y se sintió revitalizado. Por fin estaban en el "Campo de la Batalla Decisiva" y no había marcha atrás. El equipo venía tranquilo, aunque Taro sabía que algunos de sus compañeros todavía no se sacudían por completo la desconfianza que Ishizaki les despertaba; el entrenador Kira, sin embargo, había decidido que el muchacho merecía otra oportunidad así que lo incluyó en la alineación. Era un voto de confianza muy grande para alguien que había demostrado muchas veces que no podía aprender de sus errores, así que Ishizaki debía hacerlo valer.
Taro sintió que alguien lo observaba y al dirigir la mirada hacia su izquierda, vio que a no muchos metros de él estaban Harry Konwell, Tim Shooker y Mark Duviga, mediocampistas y delantero de la Selección de Australia, respectivamente. Para Misaki no era desconocido que los tres eran estrellas de la Premier League: Konwell jugaba para el Liverpool, Shooker para el Everton y Duviga militaba en el Newcastle. Taro miró a los australianos y les hizo un gesto de reconocimiento, que los otros no respondieron, como si hubiesen querido intimidarlo. Sin quererlo ni pretenderlo, Taro volvió a sentir que entre ellos y él había mucha diferencia: Konwell, Shooker y Duviga jugaban en una de las cinco grandes ligas de Europa y él estaba en la J-League.
"Deja esas tonterías de lado y enfócate en lo importante", se dijo el japonés.
Sin embargo, él no podía ignorar el hecho de que el mal presentimiento que lo acompañaba desde hacía tiempo se había vuelto más intenso. Misaki no dejaba de repetirse que era una estupidez estar asustado de algo que ni siquiera sabía si iba a ocurrir, pero su sexto sentido no dejaba de atormentarlo en ese día, en el que el calor de Sídney lo golpeaba con tanta fuerza que no podía dar ni dos pasos sin sudar. Taro tuvo que realizar varios ejercicios de calentamiento para ayudarle a su mente a relajarse y a concentrarse en la meta que tenía por delante.
Cuando el árbitro dio comienzo al juego, Misaki ya estaba enfocado en éste y había dejado de lado sus sentimientos de inferioridad. El partido fue reñido desde el primer momento; el pivote del ataque australiano lo conformaban los tres jugadores antes mencionados, que tenían el curioso nombre de "Los Tres Mosqueteros de la Premier", cuánta originalidad. Para Wakabayashi, sin embargo, no fue difícil contener a los atacantes, dado que estaba muy bien calado en el fútbol europeo. Matsuyama mantenía unido al equipo con órdenes precisas y directas, consiguiendo que los australianos se replegaran en su área durante la primera mitad del encuentro. En general, la máquina japonesa funcionaba de maravilla, ningún engrane estaba fuera de su sitio y todo parecía indicar que era cuestión de tiempo para que la Fortuna les sonriera. Por fin, en el minuto 34 de la primera mitad, Misaki tuvo una oportunidad de oro y realizó su Explosive Jumping Volley, con lo cual anotó el primer gol.
– ¡Y es Japón quien abre el marcador! –vociferó el ya conocido comentarista Toda–. ¡Japón se pone a la delantera con un gol de Taro Misaki, quien estuvo presionando desde el comienzo hasta que por fin vio coronados sus esfuerzos!
– ¡Nadie se compara a ti, Taro! –gritó Eriko, desde su palco–. ¡Viva Japón!
– ¡Bien hecho, Misaki! –celebró Wakabayashi desde su portería–. ¡Defenderé ese gol con mi vida!
Conociendo los antecedentes del portero, sería mejor que se abstuviera de hacer este tipo de promesas.
Con el gol en contra, los australianos empezaron a salir más de su área para buscar el empate, estaban en casa y no pensaban rendirse sin dar pelea. Sin embargo, ninguno de los Tres Mosqueteros de la Premier consiguió romper la férrea defensa de Wakabayashi. Los defensores japoneses en sí no eran un problema real para los australianos, quienes habían tenido rivales más difíciles en el pasado, pero Duviga se topaba con un férreo muro cuando intentaba hacer que el balón sobrepasara la meta protegida por Genzo; los tiros que éste no podía detener con las manos, los paraba con los pies o los desviaba con cabezazos.
– Genzo está jugando como nunca –comentó Lily, desde Múnich–. Está muy consciente de que este partido hará la diferencia.
"Estaba preocupada por nada", pensó la doctora. "Él sabe lo que está haciendo".
De esta manera, la primera mitad del encuentro culminó con el marcador de uno a cero a favor de Japón. Parcialmente cansados pero satisfechos, los jugadores se dispusieron a relajarse durante unos minutos.
– ¡Bien, la fortuna nos sonríe! –exclamó Hana, quien estaba esperando en la banca junto al entrenador–. ¡Sigan así, muchachos!
– Todavía nos quedan cuarenta y cinco minutos de juego, así que no hay que bajar la guardia –señaló Kira–. Cualquier cosa puede pasar en ese lapso.
Misaki sintió un escalofrío. Era como si, con estas palabras, Kira hubiese dado paso a que ocurriera un desastre. Y tal vez así había sido.
Desde las tribunas, Eriko vio que Taro caminaba cabizbajo y con los hombros caídos, lo cual era para preocuparse puesto que fue él quien anotó el gol que ponía a Japón a la cabeza. "¿Se estará sintiendo mal?", se preguntó ella, mientras Misaki desaparecía en el túnel que conducía a los vestidores. "No tiene motivos para actuar así". Sin embargo, cuando los jugadores regresaron al campo al terminar el medio tiempo, Taro ya tenía la actitud luchadora de siempre. Lo que sea que lo hubiera afectado, había desaparecido en los vestidores. Eriko suspiró aliviada y esperó con confianza a que él anotara otro gol en la segunda parte, pero el destino tenía otra cosa planeada para los japoneses.
Tan pronto como inició la segunda mitad, Gakuto Igawa fue provocado por el jugador número 16 de Australia, al cual lanzó un golpe; el oponente quedó tumbado en el suelo, retorciéndose de dolor, e Igawa fue expulsado por conducta violenta. Matsuyama y Misaki intentaron reclamar, pero la falta de Igawa había sido muy evidente como para dejarla pasar y ellos estaban conscientes de eso. Sabiendo que su salida complicaría mucho la situación de Japón, Igawa se retiró con la cabeza baja y les pidió a sus compañeros que no intercedieran más por él.
– Me dejé engatusar y deberé pagar las consecuencias de eso –afirmó–. Me voy antes de que también los expulsen a ustedes por protestar.
Las cosas parecían ponerse lentamente en contra de Japón. No sólo estaban jugando con diez miembros, sino que también el calor sofocante de Australia empezaba a hacer mella en ellos.
– Esto es un duro golpe para los japoneses –comentó Schneider, desde Múnich–. La temperatura oscila alrededor de los 34 grados centígrados, según el reporte del tiempo, y con un jugador menos, los que quedan tendrán que esforzarse para cubrir el campo.
A pesar de esto, Japón resistió bastante bien durante un rato, aunque se vieron forzados a propasarse físicamente. Wakabayashi no dejaba de dar órdenes a la defensa y trataba de resguardar cualquier espacio posible por el que pudiera colarse un australiano; demasiado tarde se dio cuenta de que usar un uniforme negro en pleno sol no era precisamente una idea excelsa: estaba asándose cual pollo al carbón.
– ¡Resistan, muchachos! –gritó Genzo, para tratar de infundir ánimos y distraerse de su propio malestar–. ¡Tan sólo faltan treinta minutos!
Lo cual era mucho tiempo. Al poco rato, al ver el desbalance que había ocasionado la salida de Igawa (y también al hecho de que Ken no estaba acostumbrado al ritmo exigente de un delantero y menos bajo un calor tan extenuante), Kira decidió reemplazar a Wakashimazu con Mamoru Izawa, quien aportaría frescura al extenuado conjunto japonés. La entrada de Izawa pareció mejorar la situación, hasta que un suceso imprevisto volvió a torcer las cosas en un instante.
Corría el minuto 20 de la segunda mitad y los australianos luchaban por meter el balón en la portería de Wakabayashi. Shooker cobró un tiro libre que tenía toda la pinta de ser un pase, el cual Duviga y Konwell se apresuraron a rematar. Sin embargo, Genzo ya había adivinado que el tiro no iba a directo a gol sino que buscaba a uno de los australianos, así que se adelantó para recibir el esférico. Desgraciadamente, Duviga llevaba ya el impulso y empujó a Wakabayashi hacia adelante, con lo que hizo que éste se estrellara contra el poste de la portería. El sonido del hueso al romperse fue tan fuerte que Genzo sintió que se escuchó hasta Alemania.
– ¡NOOO, GENZO! –Lily olvidó que estaba a medio planeta de distancia y gritó con angustia, al tiempo en el que saltaba de su asiento –. ¡LO HAN LESIONADO!
(¿Qué no había escrito ya esto en otro lado?)
– Otra vez ese bendito poste –farfulló Elieth–. ¡No es la primera vez que se estrella contra uno!
– Ni tampoco es el único en hacerlo –añadió Karl, haciendo referencia a cuando Misaki se golpeó contra la portería en el partido amistoso entre Japón y Nigeria de hacía algunos meses.
– ¡Está lastimado! –exclamó Lily; el árbitro detenía el encuentro en ese instante para que a Genzo pudiera dársele asistencia médica–. ¡Se le está inflamando el pómulo izquierdo!
– ¿Cómo es que alcanzas a ver eso? –cuestionó Schneider y la tomó del brazo para forzarla a sentarse–. Tranquilízate, tal vez sólo sea una lesión menor.
– No es la primera vez que Genzo se golpea contra el poste, ¿qué no me oíste? –Aunque estaba preocupada, Elieth también trató de calmar a su mejor amiga–. No te preocupes antes de tiempo, Lapinette, quizás sólo se haga un moretón.
Pero no pasó mucho tiempo antes de que el cuerpo médico de Japón anunciara que sería imposible que Wakabayashi continuara jugando.
– Estamos recibiendo noticias desde la banca japonesa –anunció el señor Takahashi–. Y todo parece indicar que el portero Wakabayashi se ha fracturado el hueso occipito-frontal izquierdo.
– ¿Qué? ¡Ese hueso ni siquiera existe! –gritó Lily–. ¿Es una broma?
– Wakabayashi tiene una anatomía de lo más rara –murmuró Schneider, sin saber que dentro de algunos meses iba a tener la oportunidad de comprobarlo por su cuenta.
– ¡No estoy para chistes, Karl! –Lily le lanzó una mirada furiosa–. ¡Gen se ha lesionado de verdad!
– Lo sé, lo siento –se disculpó el Káiser–. Pero dime algo: ¿de verdad es tan grave esa fractura?
– Todo depende de cuál hueso se haya roto –respondió la médica–. Lo más seguro es que se haya fracturado el hueso cigomático o quizás el maxilar, ambos conforman la órbita del ojo en su parte inferior. No es grave como tal, ¡pero sigue siendo una herida de consideración!
– Ni siquiera sabemos si de verdad se rompió un hueso –replicó Elieth–. El comentarista lo dijo pero, ¿qué va a saber él de eso? No ha pasado tanto tiempo para que ya le haya llegado información, hay que esperar al veredicto del equipo médico.
– Sí, eso tiene lógica –admitió Lily–. Parece que se van a llevar a Gen a la banca para que sea atendido.
En esos momentos las cámaras enfocaban a un lesionado Wakabayashi, que estaba siendo escoltado por los médicos hasta la banca para hacerle una revisión. Exceptuando el hecho de que el pómulo izquierdo comenzaba a hinchársele, lo cual era notorio aun a través de la pantalla, Genzo tenía un aspecto bastante decente.
– Se le ve muy bien, a mi parecer –señaló Elieth–. No es como si estuviera desangrándose a través de una heridita en la espalda y hubiera que trasladarlo en ambulancia al hospital más cercano.
– No, supongo que no –farfulló Lily–. Espero que no se le ocurra regresar a jugar así como está.
– Con lo terco que es, no me sorprendería –musitó Karl.
– Querrás decir: con lo idiota que es –lo corrigió Elieth–. Sabemos bien que a Genzo le falta cerebro para estas cuestiones.
Sin embargo, al final de la evaluación médica se determinó que era altamente probable que Genzo Wakabayashi tuviese una fractura de cara, lo que le impediría regresar al partido; él tendría que ser reemplazado por Yuzo Morisaki, lo quisiera o no. Mientras Morisaki se preparaba para entrar, Wakabayashi no dejaba de darle indicaciones, como si quisiera pasarle su plan de juego para defender el solitario gol de Japón.
Misaki, que había contemplado la escena en el más absoluto mutismo, se dio cuenta de que ése era el evento catastrófico que estuvo presintiendo desde hacía tiempo. La lesión de Wakabayashi lo cambiaba todo: con él, para Japón no le sería difícil defender, pero sin él en la portería, proteger ese gol iba a resultarles poco menos que imposible.
"¡No digas eso!", se reconvino. "¡Debes confiar en que Morisaki lo va a hacer bien!".
Pero si tenía que ser sincero consigo mismo, Taro sabía que la salida de Wakabayashi iba a mandar todo al carajo. Se avecinaba una nube de problemas para Japón, Genzo había escogido el peor momento para lastimarse, aunque ciertamente no lo había hecho a propósito.
El ánimo de Japón cambió para mal en cuanto Genzo tuvo que dejar su puesto. Matsuyama hizo un esfuerzo sobrehumano para mantener en alto la moral del equipo y evitar que la defensa se resquebrajara. Misaki tuvo que forzarse a evitar que el sentimiento de negatividad que flotaba sobre su cabeza hiciera estragos en él.
– ¡Vamos, muchachos, debemos aguantar! –exclamaba Matsuyama a cada momento.
Sin embargo, aunque los japoneses resistieron y defendieron su gol, los australianos anotaron el empate en el minuto 40 de la segunda mitad, con un potentísimo disparo de Duviga que Morisaki no tuvo manera de bloquear. Los australianos lo recompensaron con una ovación tal que hizo vibrar las tribunas.
– ¡Y es gol para Australia! –Toda intentó mostrar entusiasmo, pero se notaba que la situación lo contrariaba–. ¡Al fin, a los ochenta y cinco minutos del tiempo regular, Duviga consigue empatar!
– ¡Tranquilos, muchachos! –gritó Genzo desde la banca, mientras se ponía una bolsa con hielo en el área lesionada–. ¡Solamente nos empataron, todavía hay tiempo para anotar otro gol!
"Wakabayashi tiene razón", razonó Taro. "Aun podemos ganar, ¡no debemos bajar la guardia!".
– El empate no nos basta –musitó Hana–. Espero que los muchachos consigan reponerse a tiempo.
Pero estaba claro que la Fortuna los había abandonado: en el minuto 43 de la segunda mitad, Konwell consiguió darle la vuelta al marcador. Los australianos estaban felices: ¡El equipo nacional había logrado revertir el resultado adverso para afianzarse en el liderato del grupo! A dos minutos del final del tiempo regular, esto era una sentencia de muerte para el visitante. Como era de esperarse, la moral de los japoneses decayó más de lo que ya lo estaba.
– ¡Vamos todos al ataque! –gritó Misaki–. ¡Nos quedan más de dos minutos, todavía falta lo que agregue el árbitro como compensación!
Lo cual no sería poco, considerando que se gastaron más de cinco minutos con la lesión de Wakabayashi. Aun cuando el réferi sólo agregara tres de compensación, eso les daba un total de cinco minutos, en los cuales Japón podría obtener el empate. Los nipones siguieron a Misaki en su alocada carrera, dispuestos a apoyarlo para cuando lo necesitara. Sin embargo, Australia no estaba dispuesta a ceder y sus defensas enviaron el balón por encima de la portería.
– Estamos en el tiempo de compensación y Japón tiene un tiro de esquina –narró Toda–. Ésta podría ser su última oportunidad de empatar el partido. Todos los jugadores japoneses han subido para quedar frente a la meta de Australia; incluso el portero Morisaki, quien entró en reemplazo de Wakabayashi, ha subido también, dejando su arco vacío. ¡Y el cobrador del tiro de esquina no es otro que Misaki!
– ¡Vamos, Taro! –gritó Eriko, con fuerza–. ¡Tú puedes hacerlo!
"¡Ésta es nuestra última oportunidad!", se dijo Misaki. Aunque cuando dijo que todos fueran al ataque con él, no esperaba que también lo hiciera Morisaki.
"Cuento con ustedes, Misaki y Morisaki", pensó Wakabayashi, sin dejar de sostener la bolsa con hielo contra su malherido rostro.
– ¡Misaki patea y envía lejos el balón! –exclamó Takahashi–. ¿Apuntó directamente a la portería, a la cabeza de Izawa o hacia el portero Morisaki, quien saltó frente al arco?
– ¡Ah, pero antes de eso está Duviga! –gritó Toda–. ¡El delantero y capitán de la Selección de Australia está despejando este balón muy lejos! Más aún: ¡El mediocampista Shooker aprovecha la situación y patea el esférico hacia la portería vacía de Japón! ¡Y es Ishizaki quien trata desesperadamente de alcanzarlo!
– Ay, Morisaki, ¿qué no aprendes de los errores de Genzo? –comentó Lily–. Si a él le anotaron un gol por dejar la portería vacía para ir al ataque, ¿qué te hizo pensar que a ti te iba a salir bien? Hasta a Manuel Neuer le pasó cuando era el mejor portero del mundo, era obvio que tú no ibas a ser diferente.
– Y Shooker no iba a desperdiciar una oportunidad así –señaló Schneider.
– Así como tú no la desperdiciaste en su momento, Emperador –sonrió Elieth.
Mientras tanto, Ishizaki corría a toda máquina hacia su propia portería para tratar de alcanzar la pelota. ¡Tenía que conseguirlo, se lo debía al equipo! Por su culpa estaban en esa situación tan difícil, fue él quien causó que Japón empatara con Arabia Saudita.
"Habíamos tenido una buena racha en la primera ronda y fui yo quien la cortó en el inicio de la segunda", pensaba un desesperado Ishizaki. "Esta mala suerte vino primero por mí".
Ishizaki, no le llames mala suerte a las cosas que te pasan por pendejo.
El japonés supo que no iba a llegar a tiempo; aun así no dejó de correr, con la desesperación de la persona que sabe que todo está perdido pero guarda una ínfima esperanza de que algún milagro ocurra, como que cayera un meteorito del cielo y tapara la portería de Japón o que la tierra se abriera y se la tragara. ¡Ese tercer gol resultaría letal faltando tan poco tiempo para el silbatazo final! Sin embargo, nada extraño ocurrió e Ishizaki se lanzó desesperadamente hacia adelante, deseando que en el último momento le surgiera la habilidad de volar, pero cayó pesadamente al suelo mientras el balón cruzaba la línea de meta.
– ¡Ishizaki corrió a toda velocidad pero no pudo alcanzar el esférico! –vociferó Toda–. ¡De verdad que se ha esforzado, pero ha sido inútil! ¡Australia anota su tercer gol durante el tiempo de compensación!
Con esto quedaba sepultado el sueño dorado de Japón. Se había acabado, no había manera en la que pudieran anotar dos veces más, ni siquiera con Tsubasa presente. El partido se reanudó, pero ya nadie se esforzó en tratar de conseguir un gol, hacerlo sería una necedad.
– Y ahí está el silbatazo del árbitro –anunció Takahashi– . La Selección Sub-22 australiana consiguió el triunfo en el último encuentro de la primera fase de la segunda ronda preliminar. Australia ha ganado sus tres juegos por mucha diferencia, extendiendo su total de puntos a nueve, mientras que Japón, con una victoria, un empate y una derrota, sólo obtuvo cuatro puntos. Como resultado, dado que sólo el primer equipo del grupo C calificará a los Olímpicos, Australia sólo necesita ganar dos de sus tres últimos partidos para ir a Madrid. ¡En este punto, el sueño de Japón de obtener la clasificación parece muy lejano!
Kira contemplaba el campo con una mezcla de angustia y perplejidad. ¿Se habría equivocado al no convocar a los jugadores que estaban en Europa? ¿De verdad la pared de Asia seguía siendo tan alta?
Lo irónico del caso era que, si Australia hubiera seguido formando parte de la Confederación de Fútbol de Oceanía, Japón no estarían metido en este aprieto.
Múnich.
Para desgracia de los tres jóvenes que miraban el partido desde Alemania, la transmisión se cortó sin que se dieran noticias sobre la salud de Wakabayashi. Ellos suponían que sería enviado al hospital, pero necesitaban confirmarlo.
– Habrá que esperar un par de horas a que haya alguna actualización en el Twitter de la Asociación de Fútbol de Japón –sugirió Elieth–, porque no creo que podamos comunicarnos directamente con él para saber lo que pasa.
– Intenta llamarle –propuso Karl–. Tal vez no lo atiendan en el hospital sino en la concentración.
Elieth hizo lo que le indicó su novio, pero la llamada se fue al buzón de voz. Ella lo intentó un par de veces más antes de darse por vencida: seguramente alguien había apagado el teléfono de Genzo, o quizás él mismo lo había hecho. Karl, por su parte, comenzó a buscar en las redes sociales alguna nota que hablara sobre el accidente, pero la mayoría sólo decía que Wakabayashi sería enviado a valoración y no se aclaraba qué tipo de lesión había sufrido. Repentinamente, tras casi una hora de haber concluido el encuentro, Lily se puso en pie, con su Smartphone en la mano. Ella había pasado los últimos diez minutos tecleando frenéticamente, con la vista fija en la pantalla.
– Me voy a Japón –anunció, sin dramatismo–. Hana me ha contado que Genzo tiene fracturado el hueso cigomático izquierdo y que será hospitalizado, así que voy a ir a apoyarlo.
– ¿Qué? ¿Estás loca, Lapinette? –exclamó Elieth, sorprendida–. Entiendo que estés preocupada por Genzo, ¡pero no puedes irte a Japón!
– ¿Por qué no? –cuestionó Lily–. Pediré mis vacaciones, que todavía me deben, y usaré el dinero que Leonardo me ha ido pagando de lo que le presté para comprar un boleto de avión; Hana me ha dicho además que ella me encontrará alojamiento, así que no tendré qué preocuparme por el hotel.
– ¿Estás segura? –La actitud de Elieth cambió al ver la determinación de su mejor amiga.
– Bien segura –asintió Lily–. Gen me necesita, no voy a dejarlo solo ahora que está lesionado. Yo soy médico, seguro que algo podré hacer allá.
– Pero vas a un hospital japonés, dudo mucho que puedas entrar en calidad de médico –señaló Elieth–. ¿Al menos sabes algo de japonés?
– Ni una palabra, pero ya me las arreglaré. –Lily estaba decidida y no iba a cambiar de parecer.
– Bien, qué remedio –suspiró Elieth y tomó su teléfono–. Iré contigo, yo sí sé lo suficiente del idioma como para comunicarnos; con un poco de suerte, quizás papá nos preste su avión. Y no estará de más que vea si puede ponerse en contacto con la embajada mexicana en Japón, algo me dice que lo vas a necesitar.
– Ustedes están hablando en serio, ¿verdad? –Schneider las miró a ambas alternadamente–. Por un momento pensé que estaban bromeando, pero luego recordé con quién estoy hablando y supe que no es así.
– Por supuesto que hablamos en serio –replicó Lily–. Lo dije ya y lo repetiré las veces que sean necesarias: Genzo está herido y me necesita, no voy a quedarme aquí viendo qué sucede con él a través de las noticias.
– Bien. –Karl estaba admirado por la férrea determinación de su amiga–. Ya que estamos en eso, ¿será que tu padre quiera llevarme también, meine Kleine? Tengo ganas de ir a Japón.
– ¿Qué? ¿Quieres venir? –se sorprendió Elieth–. ¿Qué pasará con los entrenamientos?
– Ya veré cómo lo soluciono –replicó Schneider, con cinismo–. Después de todo, el entrenador es conocido mío. Como Lily lo ha dicho, Wakabayashi va a necesitar apoyo y me gustaría poder ayudar con eso.
Él todavía no había acabado de hablar y Lily ya se había marchado a su habitación para hacer su equipaje. No había tiempo que perder, tenía que estar lista para partir en cuanto se pudiera; si Rémy les permitía usar su avión privado, tanto mejor, pero de no ser así, la doctora comenzaría a buscar el primer vuelo que saliera para Tokio. En esos momentos, a Lily le importa un carajo que tuviera problemas con Genzo, él estaba herido y ella no iba a abandonarlo.
Notas:
– Desde el año 2006, la Federación de Fútbol Australiana pertenece a la Confederación Asiática de Fútbol.
– Que yo sepa, en el manga no se aclara qué hueso se fracturó Genzo, saqué por conclusión que podría ser el cigomático.
