Capítulo 73.
Múnich.
Débora sabía que no podía seguir posponiendo indefinidamente su "pequeño" asunto pendiente con Stefan Levin. Ella había conseguido esquivar la Pregunta con relativa suerte (sí, con "P" mayúscula, así de importante era), pero en algún momento Stefan volvería a hacérsela y Débora no sabía qué hacer.
"¿Pero qué carajos me pasa?", se preguntaba constantemente. "¿No es esto con lo que has soñado desde que eras una niña que jugaba a casar a sus muñecas Barbies con Ken, y no hablo de Wakashimazu, sino del muñeco? ¿Por qué estás dudando entonces, mujer?".
A diferencia de algunas de sus amigas, como Lily, quien estaba segura de que el matrimonio no era una meta indispensable en su vida, Débora siempre supo desde niña que ella sí quería formar una familia y tener hijos. ¿Por qué se había apanicado entonces cuando Levin le hizo esa propuesta? Al contrario, Débora tenía motivos de sobra para sentirse dichosa, pero había descubierto que cada vez que pensaba en ello, el estómago se le encogía por el estrés.
"Porque eres una cobarde", le dijo la voz de su conciencia, la cual sorprendentemente se parecía mucho a la de Nela. "Simplemente tienes miedo de ser feliz".
Lo cual, sorprendentemente, parecía ser cierto. Pero tampoco era como si pudiera culpársele a Débora de ello: ya había sufrido dos descalabros recientemente y uno de ellos estaba relacionado al mismo Levin, así que no debía de sorprender que estuviera un tanto inquieta por la Pregunta. Pero la gente decía que, si te caías del caballo, tenías que volver a subirte a él para perderle miedo, así que haber sufrido por amor no debía detenerla para aceptar la felicidad.
"Él es un gran hombre y será un buen padre", se dijo Débora. "Además, tiene un trabajo relativamente estable que le permitirá vivir bien y sin preocupaciones, siempre y cuando no se lesione la rodilla. ¿Pero qué estoy diciendo? Aun cuando Stefan no pudiera mantener nuestro hogar, yo puedo hacerlo con mi salario de médico. Ya estoy divagando horrible, por dios, no hago más que pensar en caballos y en el costo de la colegiatura de nuestros hijos no nacidos, cuando lo que importa ahora es reconocer que Stefan cambió de actitud y sé bien que me ama, no hay razón para que dude de sus intenciones".
Tras repetirse una y otra vez que no había motivos para tener miedo, Débora al fin se sintió lista para darle una respuesta a Levin. Sin embargo, ¿cómo debía hacerlo? ¿Debía llegar con él y decirle simplemente que sí, que sí quería casarse con él? ¿O debía invitarlo a cenar y soltar sutilmente la contestación entre el plato principal y el postre? La cuestión era difícil, había que decirlo, sobre todo porque la petición del joven quedó interrumpida oportunamente por una parturienta. Débora estuvo tentada a contarles el asunto a sus amigas para que éstas le dieran su opinión sobre lo que debía hacer, pero nunca encontró la oportunidad: Bárbara estaba enfrascada en ayudar a Kaltz con su recuperación y con el seguimiento de las demandas, Nela estaba preparando su posible regreso a Inglaterra y tanto Elieth como Lily se habían marchado a Japón a ver a Wakabayashi. Quedaba Gwen disponible y Débora estaba segura de que ella le podría dar un buen consejo, pero cuando fue a buscarla al servicio de Urgencias, la doctora Heffner estaba rebosante de trabajo y Débora decidió no molestarla por el momento, su "pequeña" disyuntiva podía esperar a cuando concluyera el turno de trabajo.
Sin embargo, menos de media hora después, Débora recibió un mensaje de WhatsApp de parte de Levin, quien le preguntaba si estaría disponible esa noche. Cuando la joven respondió que sí, Stefan le dijo entonces que la invitaba a cenar a su departamento. Débora supo de inmediato que él lo hacía con la intención de hablar sobre la Pregunta y, aunque tuvo un estremecimiento de pánico, aceptó. La doctora se ofreció a llegar al apartamento de Stefan a una hora determinada para ayudarle con los preparativos de la cena, pero el sueco se negó y le aseguró que él podría encargarse de eso. Conociendo como conocía las cualidades culinarias de Levin, Débora se preguntó si sería moralmente aceptable que lo dejara hacerse cargo de la comida, pero antes de que pudiera seguir cavilando sobre este punto, Gwen apareció en el área de Tococirugía, con la filipina quirúrgica manchada de algo que parecía ser tintura de yodo, o eso esperaba Débora.
– ¡Hola, Deb! Me dijo la enfermera Hope que me estabas buscando –comentó Gwen, a manera de saludo.
– ¡Ah! Sí, pero no quise interrumpirte, estabas ocupada con tus pacientes –contestó Débora. "Méndiga Hope, no se le va a quitar lo chismosa ni a patadas"–. No es algo importante de cualquier manera.
– ¿Es sobre algún paciente? –preguntó Gwen, de manera automática.
– No, es un tema de índole personal. –Débora se avergonzó–. Por eso me parece inapropiado hablar de eso ahora que estamos en turno laboral.
– Bueno, yo necesito un descanso –aseguró la alemana, al tiempo en que se dejaba caer en una butaca vacía junto a Débora–. Y por el momento mis pacientes están estables, así que puedo escucharte durante unos diez minutos, más o menos. Aunque digas que el tema es personal, no me habrías ido a buscar en horario de trabajo si no fuese importante.
Débora no era del tipo de persona que se hiciera del rogar, así que sin dudarlo le contó lo sucedido a Gwen, de manera atropellada y casi sin pausas. Gwen, que al principio la escuchaba con atenta cortesía, cambió su actitud drásticamente al saber de qué se trataba el asunto. Al final, la rubia estaba tan impactada que la otra casi se arrepintió de haber abierto la boca.
– ¡Pero ésta es una gran noticia! –exclamó Gwen–. ¿Se lo has contado a las demás?
– Todavía no, porque aun no le digo que sí a Stefan –suspiró la mexicana–. No me gusta hablar antes de tiempo.
– Sí, entiendo eso –asintió Gwen–. ¿Y qué vas a hacer, lo has pensado ya?
– Algo así, sí –aceptó Débora, tras un ligerísimo titubeo–. Es decir, creo que estoy segura de lo que quiero, pero…
– Pero por eso me estás hablando de ello –finalizó Gwen, con una sonrisa–. ¿Tienes dudas al respecto?
– En realidad, te iba a preguntar cómo podría hacerle para darle a Stefan mi respuesta sin que se viera demasiado extraño, pero ya resolví esa cuestión, él me ha invitado esta noche a cenar así que aprovecharé para hacerlo. –Débora se rascó el puente de la nariz–. Sin embargo, ahora que sabes lo que ha pasado, pues sí, tengo que confesar que me muero de miedo. Sé que estoy siendo injusta, pero Stefan ya me falló una vez, ¿qué haré si me vuelve a fallar una segunda?
– Bueno, todos cometemos errores y todos tenemos derecho a demostrar que aprendimos de ellos –contestó Gwen, pensativa–. Por lo que he visto y escuchado, Levin realmente está enamorado de ti y no me asombra que quiera casarse contigo, después de todo se ve que él es un hombre hecho para el matrimonio así como tú eres una mujer hecha para la vida hogareña. Es cierto que te falló una vez, pero eso no significa por fuerza que vaya a lastimarte una segunda; hay personas que en definitiva seguirán cometiendo los mismos errores una y otra vez sin aprender algo de ellos, pero Levin no pertenece a este grupo. Si los dos se quieren, no hay razón para que tengas miedo ni dudas.
– Supongo que tienes razón –sonrió Débora, tras analizar lo que su amiga le dijo–. Gracias por escucharme y por tus consejos.
– No hay de qué. –Gwen sonrió también–. Va a sonar muy cliché pero, si tienes dudas, escucha a tu corazón, él sabe mejor que nadie lo que quieres. Y creo que es momento de que me vaya, ya sabes que el servicio de Urgencias nunca está tranquilo durante más de diez minutos.
– Igual que el de Tococirugía –se lamentó Débora–. Buena suerte para lo que queda del turno.
– Lo mismo digo. –La rubia se puso en pie y se retiró.
Tras hablar con Gwen, Débora se dio cuenta de que se sentía casi segura de que sí deseaba darle a Stefan la oportunidad de corregir sus errores. Tal y como Gwen había dicho, ellos se amaban y querían formar una familia, no había que darle más vueltas al asunto. Así pues, consciente de que Levin iba a repetirle la Pregunta esa noche, Débora buscó un lindo vestido adecuado y se esmeró en su arreglo, mientras tarareaba "¿Qué pasará, qué misterio habrá? ¡Puede ser mi gran noche!" una y otra vez. Dentro de un par de horas, sería la prometida oficial de Stefan Levin y era necesario estar preparada para ello.
Por su parte, Levin había puesto todo su empeño en la preparación de la cena de esa noche. Como no quería arruinarla con una comida mal hecha y/o quemada y/o con mal sabor, el joven decidió contratar a alguien que supiera de eso para que cocinara los platillos que Stefan sabía que a Débora le gustaban. Además, se aseguró de limpiar a fondo su apartamento y de buscar un conjunto que resultara elegante y pulcro, aunque no en demasía, para ajustarse a las circunstancias. No estaba seguro de si ésa sería la mejor manera de repetirle a Débora su proposición, pero no se le ocurría algo mejor. Era demasiado tímido como para llevarla a un restaurante lujoso y pedirle que se casara con él delante de personas desconocidas, personas que además podrían propagar el evento a través de un vídeo, como ya le había sucedido a mucha gente que conocía. Levin apenas había podido aguantar las burlas de Sho, no soportaría que el resto de sus compañeros se mofaran también.
"¿Debería de poner velas o dejar todas las luces encendidas?", se preguntó Stefan. "¿Debería de ponerme la corbata vino o la gris? ¿Debería de esperar hasta el postre o pedirle que se case conmigo desde la primera entrada? ¡No recuerdo que con Karen hubiera sido tan complicado! Aunque, para ser honestos, se lo pedí en un impulso, en un momento cualquiera en el que me sentí inspirado. Lo hice de corazón, pero ahora que lo analizo a conciencia, me doy cuenta de que tampoco le hice una buena propuesta a ella, me sorprende que me haya dicho que sí…".
Al final, él optó por la corbata color vino, por dejar las luces encendidas y por repetir la Pregunta hasta antes del postre, para agarrar valor. Poco antes de que diera la hora en la que Débora había acordado llegar, Stefan recibió un mensaje de WhatsApp de Sho, quien le deseaba que sus planes resultaran como él quería. El sueco alcanzó a contestar con un "Gracias, eso espero", antes de que el timbre sonara para avisar que su dama había llegado. Stefan la recibió con una sonrisa nerviosa y la hizo pasar, cosa que Débora hizo con tanta precaución como si estuviera pisando un terreno minado.
– Vaya, qué elegancia la de Francia y qué finura la de Honduras –murmuró ella, al ver la majestuosidad con la que Stefan había arreglado la mesa–. ¿Estamos celebrando algo especial?
– Sí, se podría decir que sí –respondió Stefan, aunque casi de inmediato se mordió la lengua–. Toma asiento mientras me encargo de todo.
"¡Soy un completo idiota! '¿Sí, claro que sí?' ¿Qué clase de respuesta es ésa?", se recriminó el joven. "¡Debí haberle contestado que sí estamos celebrando algo especial!".
– Oh, ya veo. –Débora soltó una risita nerviosa–. Deja que te ayude a servir la cena, me sentiré rara si me quedo sentada sin hacer algo, no estoy acostumbrada.
– Supongo que no hay problema con eso –aceptó Levin, admitiendo que estaba perdiendo el poco aplomo que todavía le quedaba–. No quiero que te sientas incómoda.
Él estaba nervioso y era evidente que ella también. Las cosas no estaban ocurriendo como Stefan las había imaginado, pero no se desalentó por eso. No se había tomado tantas molestias para no llevar a cabo su plan y además en verdad que quería pedirle a Débora que se casara con él y no deseaba que su timidez fuese un impedimento. Si en ese momento Levin se retractaba, le iba a costar mucho trabajo el volver a agarrar valor para hacerlo.
"Tengo que ser honesto y admitir que no es por timidez por lo que temo pedírselo, sino porque lo nuestro no comenzó de la mejor manera posible", razonó Stefan, mientras le pasaba a Débora los platos con la comida ya servida. "Le rompí el corazón una vez y temo que eso le haga sentir que estoy queriendo burlarme de ella nuevamente…".
Al pasarle el último plato, Levin rozó ligeramente los dedos de Débora y ella le sonrió. Era agradable tener intimidad con alguien al punto de que hasta el más mínimo roce te generaba una oleada de calor. Había sido algo mínimo, pero esa cálida sensación hizo que Stefan se sintiera mejor y le permitió platicar con más tranquilidad durante la cena; Débora, como era su costumbre, le contó sobre algunos casos difíciles que tuvo en el hospital y Stefan le habló a su vez sobre los entrenamientos. Ambos sabían que había algo pendiente flotando entre los dos, un elefante blanco en la habitación, pero ambos lo esquivaban lo mejor que podían. Uno tras otro, los dos fueron dando cuenta de los platos y Débora alabó la habilidad de la persona que los preparó, lo que hizo que Stefan soltara una risita avergonzada porque ni por asomo podría haberle hecho creer que los había cocinado él.
"Bien, llegó el momento", se dijo Stefan, cuando Débora se levantó a servir el postre. "Es ahora o nunca… bueno, no, no será nunca, pero sí pasará tiempo antes de que vuelva a reunir el valor para hacerle esta Pregunta otra vez…".
Lo cierto era que, si bien al principio Levin tuvo algunas dificultades, la cena transcurrió en un ambiente ideal y perfectamente romántico, gracias a que, después de todo, ellos se conocían lo suficiente para sentirse cómodos aun con los silencios más prolongados. Débora se veía muy feliz y más relajada que cuando llegó, lo que contribuyó enormemente a que Stefan se sintiera igual; la confianza y la costumbre se acabaron imponiendo en ambos de manera tan natural que, cuando Débora se ofreció a servir el postre, él aceptó porque sintió como si ya fuesen una pareja que estuviera viviendo junta desde hacía mucho tiempo. No fue sino hasta que su subconsciente le recordó que tenía ese elefante blanco en la habitación que Stefan volvió a sentirse nervioso.
Levin se metió la mano en el bolsillo de su saco para tomar la muy manoseada caja que contenía el anillo y esperó hasta que ella estuvo sentada de nuevo para sacarla y ponerla sobre la mesa. Débora, que temía y anhelaba ese momento, clavó la vista en el plato, con la cucharilla para postres a medio camino entre éste y su boca.
– Débora, mi Deb, ya había intentado hacer esto antes, pero no lo hice de la manera correcta, ni en el lugar correcto ni en el momento correcto –comenzó a decir Stefan, con tanta calma que no parecía él mismo; sin dudar ni un instante, abrió la caja y le mostró a la joven el anillo–. Sé que eso fue un error, pero espero que me perdones por ello y que me des la oportunidad de pedírtelo de la forma en la que se debe, ahora que estamos solos. No voy a darle muchas vueltas al asunto: te amo y sé bien que quiero pasar mi vida a tu lado. Es cierto que ambos somos jóvenes, pero ansío formar una familia contigo, no quiero derrochar otro minuto de mi vida en indecisiones ni en pretextos ni tampoco quiero perderte por eso. Sé que te lastimé mucho en el pasado, pero te aseguro que, si me das la oportunidad, podría hacerte muy feliz. Así pues, ¿te quieres casar conmigo?
Débora se quedó sin saber qué decir. Se suponía que ella ya sabía que él intentaría repetirle esa Pregunta, estaba bien consciente de eso y de hecho una parte de su ser se pasó toda la cena preguntándose en qué momento Levin se la soltaría, pero aún así la mente se le quedó en blanco en el momento crucial. Su mano se movió de manera automática para tomar la caja y analizar la sortija, mientras interiormente agradecía el hecho de que él no hubiese llegado al extremo de hincar una rodilla en el suelo para hacer su petición. Deb no podía negarlo, el anillo era hermoso, discreto pero elegante, algo sencillo que era muy del estilo de Stefan y que sin duda calzaba bien con Débora. Ella acarició la joya con los dedos, al tiempo en que esbozaba una sonrisa dulce.
"Escucha a tu corazón", susurró la voz de Gwen en la mente de Débora. "Él sabe mejor que nadie lo que quieres".
– No –respondió Débora al fin, sin titubear–. Yo también te amo, Stef, pero no quiero casarme contigo.
Está de más decir que se hizo un silencio tan denso que podía haber sido cortado con el cuchillo para pan. Levin se preguntó si se habría quedado dormido y eso en verdad no estaba sucediendo, pero el sudor en las palmas de las manos le hizo saber que sí que estaba muy despierto. ¿Qué había hecho mal? La situación parecía estar bajo control, la cena había resultado mejor de lo que Stefan la planeó, a pesar de los tropiezos que tuvo al comienzo, las palabras que pronunció al hacerle la petición a Deb fueron sinceras y él estaba seguro de que ella sí se emocionó cuando le hizo la Pregunta. ¿Por qué entonces le respondió que no?
Stefan reunió el poco valor que le quedaba para mirar a Débora a los ojos. Ella, por supuesto, estaba a punto de explicarle el por qué rechazaba su propuesta y, aunque no le agradara la idea, él estaba dispuesto a escuchar la verdad, por más dolorosa que fuera.
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Tokio.
Elieth se sentía reconfortada por el hecho de que las cosas hubieran resultado mejor de lo que esperaba. Cuando Lily le contó el plan que tenía Hana de hacerla pasar por un miembro del cuerpo médico de Japón para que pudiera ver a Genzo, Elieth en verdad temió que su amiga acabara en la cárcel y le pidió a su padre que se pusiera en contacto con el embajador de México en Japón para pedirle su ayuda en caso necesario. Elieth sabía que Lily estaba arriesgándose a meterse en un lío por amor y la comprendía, pero al mismo tiempo le sorprendía que alguien tan prudente como ella estuviera dispuesta a arriesgar hasta la profesión por apoyar al hombre que amaba.
"¡Pero mira quién habla! ¡Tú hiciste exactamente lo mismo cuando entraste a ese partido de improviso para hablar con Karl!".
"Sí, sí, ya sé", se dijo la francesa. "No es lo mismo cuando lo ves desde el otro lado, ahora entiendo el por qué Lapinette quería matarme esa vez".
– Me parece que Lily está arriesgándose mucho –comentó Karl, en algún momento, casi como si le hubiera leído el pensamiento a su novia–. Esa chica, Hana, es japonesa y además es la asistente del entrenador Kira, a lo mucho la despedirán o la removerán de su cargo, pero Lily se arriesga a ser deportada y a que le prohíban volver a Japón.
– Tal vez lo segundo resulta exagerado, pero lo primero sí que es probable –suspiró Elieth–. Las cosas que se hacen por amor.
Al escuchar esto, Karl esbozó una sonrisa pero no hizo comentario alguno. Seguramente, él también se acordó de que Eli hizo una locura por su amor, lo que hizo que ella enrojeciera. Por fortuna, Lily salió del hospital al poco rato, con una expresión de satisfacción en el rostro que no dejó duda alguna de que las cosas habían salido tan bien como las esperaba. Tras informarles a los otros dos a detalle acerca del estado de salud de Genzo, la chica rompió la tarjeta falsa de la JFA y se guardó los trozos en el bolsillo de su bata.
– Pensé que ibas a usarla por más tiempo –señaló Elieth.
– No quiero tentar demasiado a mi suerte –sonrió Lily–. Soy más alta que una japonesa promedio así que destaco más de lo que deseo, no me gustaría que algún guardia me detuviera para analizar la tarjeta a conciencia o, peor todavía, que le hable a alguien de la JFA para asegurar que realmente trabajo ahí. Hana me ha dicho que tratará de conseguir que me den un pase permanente para poder estar con Gen, creo que es una opción más segura.
– Es bueno saber que sigues conservando algo de sentido común, doctora Salazar –aprobó Schneider, con ironía.
– Gen quiere verlos a los dos –informó Lily, ignorándolo–. Está sorprendido de que ambos estén aquí, no esperó que quisieran atravesar el mundo sólo para verlo.
– Es un reverendo idiota –replicó Elieth–. ¿Qué es lo que cree, que no nos preocupamos por él o qué?
– Lo mismo le pregunté –se rio la doctora–. Aunque no lo puedes culpar, considerando que ni su propio padre ni alguno de sus compañeros han venido a verlo.
– ¿Me debería de sorprender? –bufó Elieth–. Monsieur Shuzou se pasa de desobligado y ni hablemos de los otros integrantes de la Selección de Japón.
– Yo seré la última en defender al señor Wakabayashi, pero a mí no me asombra que no haya venido –suspiró Lily–. Sigue enojado con Genzo por estar conmigo y su manera de demostrarlo es ignorándolo hasta cuando está en el hospital.
– Eso lo hubiera hecho de cualquier manera, aunque Genzo no estuviera contigo. –Elieth puso los ojos en blanco–. Así que ni se te ocurra sentirte culpable.
– No lo hago –negó Lily–. Sólo digo que, esta vez, "tiene pretexto".
– No creo que un padre pueda decir que "tiene pretexto" para no ver a su hijo lesionado –opinó Karl, con cautela–, pero entiendo lo que quieres decir. En cualquier caso, al menos nosotros estamos aquí.
Menos de media hora después, Karl y Elieth ingresaron a ver a Genzo con los pases de visitantes y lo encontraron de muy buen humor, casi como si no lo hubieran condenado a permanecer fuera de las canchas durante varios meses. Wakabayashi les agradeció a los dos que se hubieran preocupado por él y, más importante todavía, que hubiesen acompañado a Lily hasta ahí.
– No íbamos a dejar que viniera sola ni tampoco íbamos a permitir que pasaras por esto solo –aseguró Elieth–. Somos tus amigos, aunque lo pongas en duda.
– Yo en realidad vine para asegurarme de que el futuro portero del Bayern Múnich esté en condiciones de seguir jugando –replicó Schneider, con sorna–. Porque, si no es así, tendré que buscar otro guardameta. ¿Creen que Donnarumma quiera dejar el PSG para fichar por el Bayern?
– Muy gracioso, Schneider –gruñó Wakabayashi–. Por partida doble.
– Tengo que certificar que mi equipo será el más fuerte, Wakabayashi, lo siento. –Karl se encogió de hombros, tras lo cual adoptó una actitud grave–. Ya hablando en serio, ésa fue una lesión muy seria.
– Mucho peor de lo que esperaba, pero menos grave de lo que podría haber sido. –Genzo se tocó levemente los vendajes que cubrían el lado izquierdo de su rostro–. He tenido suerte, dentro de lo que cabe.
– Si es que acaso puede considerarse que lesionarse a cada rato sea tener suerte –replicó Schneider, mordaz.
– Al menos esta vez no podrás saltarte las indicaciones médicas –señaló Elieth–. Lily nos ha contado que, si no obedeces, podrías perder el ojo.
– Ése sería el caso más extremo, pero sí –reconoció Wakabayashi, consternado–. Realmente no debo de tentar tanto a mi suerte; tengo que aceptar que a pesar de todo he sido afortunado, aunque hubo un momento en el que pensé todo lo contrario.
– ¿Afortunado por no haberte roto toda la cara sino sólo la mitad? –aventuró Elieth.
– Afortunado porque la mujer que amo cruzó el planeta para venir a verme, a pesar de que no me lo merecía –replicó Genzo, con una media sonrisa.
– Qué cursi eres, Wakabayashi –se mofó Schneider, aunque también sonreía–. No te puedo culpar por eso, sin embargo.
– Menos mal que has sabido apreciar ese gesto de mi Lapinette –añadió Elieth–. Que si no, iba a tener que fracturarte la otra mitad del rostro.
Genzo trató de reír pero el dolor se lo impidió; se sentía muy bien por el hecho de que, además del de Lily, tuviera el apoyo de amigos como Elieth y del mismo Schneider, con quien siempre había tenido una relación tan peculiar. No importaba que ellos no pudieran estar con él durante todo el tiempo que durara su recuperación, con el hecho de que se hubiesen tomado tantas molestias para ir a verlo era más que suficiente para el portero.
– También valoro mucho que ambos estén aquí –comentó Genzo–. Sé que por lo habitual soy muy desagradecido y que casi nunca demuestro lo mucho que aprecio estas muestras de amistad, pero me gustaría que supieran que sí las estimo.
– ¿Qué te están poniendo en el suero, Wakabayashi? –Karl se acercó a la bolsa de líquido que colgaba del porta sueros ubicado al lado de la cama para analizar su contenido–. No tengo idea de qué contenga, pero ya estás diciendo incoherencias, ése no eres tú.
– Lo mismo iba a preguntar. –A su vez, Elieth se aproximó a Genzo y le puso la mano en la frente–. ¿Tienes fiebre?
– Tal vez tuvo un contacto cercano con la Muerte y eso le abrió la mente –aventuró Karl–. Sea como fuere, éste no es el Wakabayashi testarudo y seco que conocemos.
– Váyanse al carajo los dos –protestó Genzo, de buen humor–. No puedo reír, no me estén provocando.
– Voy a sacar mi repertorio de chistes entonces –aseguró Elieth, aunque después le dio un beso en la frente–. Nos da gusto que al fin te hayas dado cuenta de que, sin importar lo que suceda, somos amigos y estamos juntos en esto. En las buenas y en las malas, ¿de acuerdo?
– Me ha quedado muy claro –asintió Genzo.
Los tres jóvenes intercambiaron impresiones sobre el partido contra Australia y lo que tenía que hacer Japón para clasificarse a los Olímpicos. Aunque el panorama era oscuro, no estaba todo perdido y los dos hombres confiaban en que el equipo consiguiera recuperarse tras su caída. Evidentemente, a Schneider le interesaba que Japón clasificara, pues ansiaba enfrentarse a Wakabayashi en ese escenario.
– La van a tener difícil, pero no es imposible –señaló el Káiser–. Sin embargo, espero que tu entrenador tenga algún as bajo la manga, porque de lo contrario no lo conseguirán.
– Ya veremos –dijo Wakabayashi–. No he sabido nada al respecto por obvias razones y, como no voy a poder jugar más, dudo mucho que comenten algo conmigo, pero espero poder sacarle alguna información a Aizawa.
– ¿Y para qué? –cuestionó Elieth–. Tú de cualquier manera no vas a jugar y no eres asistente del entrenador Kira, no es como si pudieras darle ideas de lo que debe y no debe hacer.
– No, ya aprendí que eso es una muy mala idea –sonrió Genzo, haciendo alusión a su problema con Zeeman–. Supongo que tienes razón, Peque, pero me sentiría menos ansioso si supiera que la Selección cuenta con alguna salida que resulte realista.
– Ya lo averiguarás en su debido momento –sentenció Karl.
El horario de visita estaba por concluir, de manera que Elieth y Karl empezaron a despedirse. Ambos aseguraron que volverían a visitarlo cuantas veces pudieran antes de que se les acabara el permiso y tuvieran que regresar a Alemania, pero quedarían al pendiente por si acaso ocurría alguna nueva eventualidad.
– Aunque, por lo que Lily ha dicho, basta con que dejes de hacerte el héroe y seas un buen niño –suspiró Elieth–. Lo cual es mucho pedir de ti, Genzo.
– Gracias por el cumplido –replicó Wakabayashi, con cinismo.
– Esfuérzate por recuperarte pronto –añadió Karl–. El fútbol estará de luto sin ti.
– Lo haré, Schneider, aunque no me he muerto –gruñó el portero, tras lo cual cambió su expresión–. Me gustaría que Yuri se marchara con ustedes para estar seguro de que no volverá sola a Alemania, pero no voy a negar que me agrada mucho la idea de tenerla aquí unos días.
– No podrías tener mejor médico de cabecera –señaló Schneider–. Procura tratarla bien y no abusar de su paciencia, que esperamos seguir contando con ella en el Bayern.
– Y por favor, no la saques de quicio con tus ideas extremistas sobre el amor –lo regañó Elieth.
– No, te aseguro que eso ha quedado atrás –afirmó Genzo, muy serio–. Le he hecho saber a Yuri que ella forma parte de mis planes a futuro y que, por lo mismo, sin importar lo que pase nunca la voy a dejar atrás.
Esta respuesta complació mucho a Elieth, quien sonrió con dulzura. Ella no había tenido tiempo de hablar con Lily sobre ese tema, pero era evidente que Genzo y ella habían solucionado sus problemas, las palabras que él acababa de pronunciar así se lo hicieron saber.
– Me da gusto escucharte decir eso –dijo ella–. Creo que, a pesar de que ambos son tan diferentes en algunos aspectos, se complementan muy bien y sabrán apoyarse mutuamente. Aun si sus metas los empujan por caminos distintos, sé que los dos son lo suficientemente testarudos para encontrar la manera de seguir juntos.
– Así es –asintió Genzo–. Algo similar a lo que ocurre con Schneider y contigo, Peque. Yo estoy seguro de que a ustedes también les va a ir muy bien juntos, aprovechen el hecho de que están en la misma ciudad y que trabajan para el mismo equipo.
Elieth soltó una risita nerviosa y enrojeció, al tiempo en que Karl sonreía muy complacido; Genzo pudo ver en ese momento que ellos también habían pasado el punto de quiebre y que lo que sucediera a partir de ese momento estaría destinado a unirlos y no a separarlos. Como no quería que Wakabayashi empezara a interrogarlos, Elieth cambió el tema.
– Me parece raro que Lily no haya entrado, se suponía que iba a tratar de conseguir un pase permanente –comentó ella.
– Quizás no le resultó tan fácil como esperaba –sugirió Schneider.
– En ese caso, mejor nos vamos para que pueda ver otra vez a Genzo –declaró la francesa.
Karl y Elieth se despidieron una vez más antes de marcharse; en esta ocasión, fue Genzo quien le dio a ella un beso en la mejilla y además entrechocó las manos con Schneider. Cuando la pareja se fue al fin, Wakabayashi se quedó con una agradable sensación en el pecho y un buen sabor de boca. Bien se dice que es en la cárcel y en el hospital en donde uno sabe quiénes son sus verdaderos amigos.
Mientras esto sucedía en el interior de la habitación de Genzo, Tatsuo Mikami llegaba al hospital tras haber estado en reunión con el entrenador Kira y con Munemasa Katagiri. Antes de dicha reunión, Mikami estuvo intentando comunicarse con el padre de Genzo, pues el señor Wakabayashi encontró la forma de esquivar hábilmente sus llamadas, no se sabía si por culpabilidad por no poder acudir al lado de su hijo lesionado o porque aun continuaba molesto ante su rebeldía, pero cuando por fin pudo hablar con Shuzou, Mikami deseó no haberlo conseguido nunca. El señor Wakabayashi había tomado una decisión que afectaría a Genzo y de verdad que Mikami no deseaba comunicársela en ese momento en el que necesitaba el apoyo de su padre y no un contraataque, pero parecía que no tenía muchas opciones. Si bien no era obligación del antiguo entrenador el darle ese tipo de noticias a su ex pupilo, Mikami se daba cuenta de que sería mejor que Genzo se enterara por él y no a través de otra persona.
Así pues, al dirigirse al hospital tras haber estado en la reunión de la JFA, Mikami buscaba la mejor manera de darle al guardameta esas malas nuevas. Tras pensarlo mucho, mientras el taxi se detenía en la zona reservada para el ascenso y descenso de pasajeros de este tipo de transporte, el entrenador decidió que no diría gran cosa ese día y que esperaría a que Wakabayashi librara por completo la opción de la cirugía para hablar con él.
"De cualquier manera, Shuzou no hará algo hasta que Genzo salga del hospital", razonó el hombre.
Mikami se dirigía con actitud distraída hacia la entrada principal del nosocomio cuando algo captó su atención a pesar de su ensimismamiento: apoyada contra una columna estaba una mujer joven, que destacaba no sólo por su estatura sino también por su largo cabello y por el color de su piel, era evidente que se trataba de una extranjera. Mikami nunca la había visto, pero Genzo se la había descrito las suficientes veces como para saber quién era. La muchacha iba ataviada de manera elegante y sobria, y llevaba una bata blanca colgada del brazo derecho, como si hubiese acabado de salir de trabajar o como si estuviera esperando el comienzo de su turno. Este detalle desconcertó un poco a Mikami, pero aun así se dijo que ella debía de tratarse de Lily Del Valle, la novia de Genzo. Sin dudarlo, él desvió su camino para ir hacia la joven y conocerla al fin.
"No creo que haya en Japón dos personas que se ajusten a su descripción", razonó Mikami. "Tiene que ser ella, aunque no entiendo por qué está vestida como si trabajara en este hospital".
– Guten tag –saludó Mikami en alemán, de manera respetuosa–. Sind Sie Dr. Del Valle? (¿Es usted la doctora Del Valle?).
– Ja, ich bin es (Sí, soy yo) –contestó una sorprendida Lily–. ¿Quién es usted, perdón?
– No nos han presentado todavía, pero me han hablado mucho de ti. –Mikami le tendió su diestra en un saludo occidental–. Soy Tatsuo Mikami, antiguo entrenador personal de Genzo.
– ¡Oh! –La expresión de Lily fue de sorprendida emoción–. ¡Qué gusto conocerlo al fin, señor Mikami! Genzo también me ha hablado mucho de usted, aunque, si he de ser sincera, esperaba que nos conociéramos en mejores circunstancias que éstas.
"O al menos me hubiera gustado estar prevenida", se dijo la doctora, quien sintió que la mano que le ofreció a Mikami estaba muy húmeda. Al menos tenía que agradecer el hecho de que estuviese bien vestida, sin duda que con esa ropa causaría una buena impresión.
– Yo también lo esperaba así, pero el destino nos ha empujado a otra cosa –asintió Mikami–. Me ha asombrado mucho verte aquí, pensé que estarías en Alemania.
– Allá seguiría, si Genzo no se hubiese lesionado –replicó Lily–, pero no hubiera podido quedarme en Múnich sabiendo que él está hospitalizado aquí, tenía que venir a verlo y asegurarme de que se pondrá bien.
– ¿No confías en nuestros médicos, doctora? –preguntó Mikami, en broma.
– ¡No, no es eso! –Lily se ruborizó, avergonzada; estaba tan nerviosa que no captó que el otro no hablaba en serio–. Lo que quise decir es que, por mucho que sepa que él iba a estar bien atendido, no habría podido fingir que todo estaba bien ni habría podido continuar con mis actividades diarias sin preocuparme por Gen. Tal vez esto resulte apresurado e imprudente para muchas personas, pero yo no podría haberme quedado en Alemania pensando en que Genzo podría necesitarme en Japón, aunque sólo fuese para darle ánimos. Creo que estoy sonando muy egocéntrica, pero en realidad sólo soy una persona muy angustiada por la salud de alguien que le importa.
Mikami contempló durante unos segundos a Lily con una sonrisa muy sincera. Le gustó que, con unas simples frases, ella hubiese dejado en claro lo mucho que amaba a Genzo. A diferencia de Shuzou Wakabayashi, que no era capaz de recorrer menos de 200 kilómetros para ver a su hijo menor, la doctora Del Valle había viajado más de 9000 kilómetros para ver al hombre que amaba, dejando de lado su trabajo como médico y sus ocupaciones diarias, todo porque creyó que él la necesitaría a su lado. "¿Cuál es tu excusa, Shuzou? El pretexto de que no lo haces por falta de tiempo se está quedando corto", se cuestionó Mikami. "Y sin temor a equivocarme, podría decirte que, si insistes en separar a tu hijo de esta mujer, no lo vas a poder conseguir por más que lo intentes".
– Creo que Genzo es afortunado por contar con tu apoyo –dijo Mikami, al fin.
– No creo que sea para tanto –negó Lily, todavía muy apenada–. Genzo estuvo viajando mucho en los últimos meses para ir a verme a Múnich, aprovechando su escaso tiempo libre, así que lo mínimo que yo puedo hacer es estar a su lado cuando lo necesita.
– Sigue siendo afortunado, hay muchas personas que no tienen esas consideraciones hacia sus parejas –insistió Mikami–. En cualquier caso, doctora, quiero suponer que has analizado ya el caso de Genzo. ¿Cuál es tu opinión médica al respecto?
– Sí, ya tuve la oportunidad de ver las placas –asintió Lily, aliviada de que la plática se desviase a un terreno que controlaba mejor–. No conozco toda la información médica porque el expediente está en japonés, pero con lo que me ha dicho Gen he podido sacar algunas conclusiones. ¿En verdad desea saber cuál es mi impresión diagnóstica?
El entrenador asintió con la cabeza y Lily procedió a contarle sus conclusiones acerca del estado de salud de Genzo. A ella le agradó mucho que Mikami le pidiera su opinión, pues significaba que valoraba su criterio profesional a pesar de que apenas la conocía; esto, por supuesto, sólo podía significar que Wakabayashi había hablado bien de ella con su antiguo entrenador o quizás éste sólo quería darle su lugar. Por su parte, a Mikami le gustó que la doctora fuese directa y concisa, pero sobre todo realista con lo que respectaba a la gravedad de la lesión de Genzo y su posible pronóstico. Mikami se había topado en varias ocasiones con médicos que temían dar información veraz y se iban por las ramas a la hora de dar explicaciones para no soltar malas noticias, lo cual resultaba frustrante.
– Ya sabíamos que no íbamos a poder contar con Genzo en los partidos restantes de la clasificación, pero conservaba una ligera esperanza –comentó Mikami–. Con lo que me has dicho, sin embargo, me ha quedado claro que debemos dejar de lado esa opción de manera definitiva.
– Es una desgracia, pero sí –suspiró Lily–. Genzo estaba muy emocionado por poder jugar con Japón tras el descalabro que tuvo con el Hamburgo y ahora tampoco podrá cumplir este deseo.
– Ha sido inesperado, pero no del todo sorpresivo –admitió Mikami–. Genzo es muy dado a lesionarse y no ha habido torneo importante en el que no lo haga, así que creo que sólo era cuestión de tiempo para que volviera a lastimarse.
– Eso pasa porque es un imprudente. –Lily puso los ojos en blanco–. Si tuviese más cuidado y se preocupara más por su cuerpo, no se lesionaría tan seguido. Es algo que le he comentado muchas veces y que creo que seguiré haciendo durante toda mi vida.
– No pensé que dirías algo como eso, doctora Del Valle –señaló el entrenador.
– ¿Por qué no? –inquirió ella–. Genzo es un hombre fuerte y seguro de sí mismo, pero también es irreflexivo y no suele pensar en las consecuencias de sus actos hasta que éstas lo han alcanzado; si fuese más consciente de que toda acción tiene una reacción, lo pensaría dos veces antes de inmolarse en cada partido como si fuera el último. Gen es muy importante para mí, eso es verdad, pero no por eso voy a negar sus defectos y a él no le hará bien que finja que no existen, hay que señalárselos para que trate de corregirlos, al menos los que lo ponen en peligro.
– Supongo que tienes razón. –Mikami volvió a sonreír–. Lo que me extraña es que Genzo te permita que le señales sus errores.
– Oh, no lo hace, pero eso es lo divertido del asunto. –Lily sonrió también.
En ese momento, ambos se dieron cuenta de que Schneider y Elieth se dirigían a ellos. Lily se sorprendió al distinguirlos, pues eso significaba que el horario de visita estaba por acabar. Mikami, a su vez, se asombró de ver al Káiser de Alemania en ese lugar, acompañado por una de las amigas de la infancia de Genzo.
– ¿Ése es Karl Heinz Schneider? –preguntó, con curiosidad–. ¿Y está acompañado de Elieth Shanks? Ellos son las dos últimas personas que esperaría encontrar aquí.
"Miento, Shuzou Wakabayashi y su esposa son las dos últimas personas a las que esperaría encontrar aquí", se corrigió Mikami.
– Oh, veo que los conoce a los dos –exclamó Lily–. Han venido a ver a Genzo también, se preocuparon por su estado tanto como yo.
Apenas hubo dicho estas palabras, Lily llegó a la conclusión de que era lógico que Mikami conociera a los susodichos: seguramente a Karl lo trató en Hamburgo, cuando Genzo y él eran adolescentes, y a Elieth en Japón, cuando Genzo y ella acudían a la primaria Shutetsu. Habían pasado varios años desde ambos hechos, pero al menos se ahorrarían las presentaciones y se evitarían los silencios incómodos. Mientras tanto, la pareja les dio alcance y tanto Karl como Elieth saludaron a Mikami, el primero con propiedad y la segunda con más confianza. Mikami les agradeció a ambos que se preocuparan tanto por la salud de Genzo, lo que le dio la impresión a Lily de que el hombre se comportaba más como un padre ansioso que como un antiguo entrenador.
– No hay nada qué agradecer, lo hacemos con gusto –aseguró Elieth–. Desgraciadamente no podremos quedarnos en Japón durante mucho tiempo, pero al menos hemos podido ver a Genzo y enterarnos bien de cuál es su condición, que a Alemania las noticias llegan a medias o deformadas.
– Agradezco que se preocupen por él, Elieth –insistió Mikami–. Él no lo va a admitir, pero en momentos como éste necesita de todo el apoyo que se le pueda dar.
– Lo sabemos, por eso es que hemos venido –replicó Schneider.
– Lamento que nos hayamos retrasado tanto hablando que haya perdido su oportunidad de ver a Genzo, señor Mikami –dijo Lily, a su vez.
– No hay problema por eso –respondió Mikami–. Tengo un pase de visitante permanente así que puedo entrar cuando lo desee, fue una coincidencia que justo llegara al inicio del horario de visita, aunque eso me ha permitido conocerte, doctora Del Valle. ¿Tú tienes un permiso permanente también o cómo es que pudiste ver a Genzo antes del horario programado?
– Eh, Hana me ayudó con eso –titubeó Lily–. Aunque no podré repetirlo una segunda vez, sobre todo porque no sé en dónde se ha metido ella, la estoy esperando desde hace veinte minutos.
– Tal vez pueda conseguirte un pase permanente –sugirió Mikami, pensativo–. Eres doctora, quizás pueda decir que vienes de parte de la JFA para convencer a los encargados de que te autoricen a entrar a cualquier hora. Si tienes tiempo para acompañarme, iremos ahora mismo a hablar con la persona que se hace responsable de eso, podemos aprovechar el hecho de que traes una bata blanca para confirmar mis palabras.
– ¿No tendrá problemas por eso, señor Mikami? –aventuró Lily, con timidez.
– No, mientras no se lo digamos a nadie, que quede entre nosotros. –El hombre contempló a los tres jóvenes con aires de complicidad–. Genzo necesita que alguien esté al pendiente de él y sé que tú harás ese trabajo mejor que cualquiera de nuestros médicos.
Schneider, Elieth y Lily intercambiaron rápidas miradas divertidas entre los tres. Al parecer, eso de deformar las reglas se les daba muy bien a los miembros de la JFA.
– Ve con él, Lapinette –la animó Elieth–, nosotros te esperaremos en el hotel. Si nos encontramos a Hana, le avisaremos que ya te han ayudado con lo del permiso.
– De acuerdo –aceptó Lily—. Muchas gracias por el ofrecimiento, señor Mikami.
Así pues, Karl y Elieth se retiraron del hospital, mientras que Mikami y Lily ingresaban al mismo para conseguir un pase permanente para la médica. A Mikami realmente no le costó tanto trabajo obtener el permiso correspondiente, básicamente porque era hombre y venía bien recomendado. La persona que se encargaba de ese trámite miró a Lily con suspicacia y ésta temió que su interlocutor ya estuviera enterado del truco que hizo anteriormente para entrar a ver a Genzo, a pesar de que ella no se topó con él la primera vez. Sin embargo, al parecer lo único que le llamaba la atención al administrativo era que la JFA tuviese un médico femenino y extranjero entre sus filas, pero se abstuvo de hacer comentarios y le otorgó a Lily el pase. Al poco rato, Mikami y Lily se dirigían a la habitación de Genzo y ella aprovechó para agradecerle al hombre por el favor. Cuando llegaron por fin con el portero, éste estaba recibiendo su primer alimento molido del día, lo cual no lo estaba poniendo de buen humor.
– ¡Ah! Mikami, no esperaba verte acompañado por mi doctora –señaló Genzo–. Supongo que ya tuvieron la oportunidad de conocerse.
– Ya nos presentamos, sí –asintió Lily.
– La encontré a la entrada del hospital y me has hablado tanto de ella que la reconocí casi al instante –añadió Mikami–. No consideré que fuera necesario esperar más para conocerla.
– Bien, eso me ahorra las presentaciones –comentó Genzo, complacido; tras echar otro vistazo a los licuados y las papillas que le habían llevado, protestó–: ¿De verdad esto es todo lo que voy a comer?
– Ya habíamos hablado de esto, no te enfurruñes –lo regañó Lily cariñosamente, al tiempo en que se disponía a ayudarlo–. No puedes comer cosas más duras para que no hagas demasiada presión con la mandíbula.
– Cuando me comentaste que iba a comer cosas blandas, estaba pensando en algo como una pizza, no en comida que ya fue parcialmente digerida, doctora –bufó Genzo, dejándose ayudar por ella.
– No divagues, ¿cómo crees que te van a dar pizza en un hospital? –Lily se echó a reír; ella tomó uno de los vasos con licuado y se lo acercó a Genzo para que sorbiera su contenido.
– Lo harían si les pagara por ello –replicó Wakabayashi, consciente de que estaba siendo un malcriado, lo que lo hizo soltar una risita corta. Él bebió un par de tragos antes de dirigirse a su antiguo entrenador–. Gracias por venir otra vez, señor Mikami.
– Te dije que iba a estar contigo todo el tiempo que pudiera –contestó el aludido–. Siento no haber podido llegar antes, pero veo que estuviste bien acompañado.
– Mejor de lo que esperaba, sí –asintió Genzo, con una media sonrisa luminosa–. ¿Qué noticias me tienes, Mikami?
El entrenador titubeó; llevaba para Wakabayashi una confidencia importante, pero no creía que decirla delante de Lily fuese conveniente, así que decidió esperar a que ella se marchara para tocar el tema. En vez de eso, Mikami procedió a hablarle de la decisión que se tomó de permitir que Kira continuara al frente de la Selección de Japón y de lo que tendría que hacer para lograr la clasificación. Wakabayashi fruncía el ceño cada vez que Mikami revelaba algún detalle sobre los avances de Morisaki y de Wakashimazu; Lily, que lo conocía bien, adivinó lo que Genzo estaba pensando.
– Espero que no estés planeando jugar el último partido contra Australia, Wakabayashi –lo amonestó la doctora, en una pausa que él hizo–. Dejamos muy en claro que cualquier movimiento brusco u otro golpe directo podrían moverte el hueso y empeorar la situación.
– No sé cómo es que has podido acertar con respecto a lo que estaba pensando –rezongó Genzo, enfurruñado–. Pero justamente estaba ocurriéndoseme que, si me cuido en estos días, quizás podría volver y…
– ¡Que no se te ocurra! –lo interrumpió Lily, enérgica–. ¡Un hueso no se cura tan rápido! ¡Acordamos que no volverías a jugar en lo que queda de esta ronda y, te guste o no, tienes que cumplir, no me obligues a tomar medidas drásticas, Genzo Wakabayashi!
– ¿Me vas a amarrar a la cama o qué piensas hacer? –la retó Wakabayashi, con un dejo de picardía–. Para ver si me arriesgo.
– Compórtate, por favor, Wakabayashi –lo amonestó Lily–. ¡Eres incorregible y a veces también eres francamente inaguantable!
Mikami, sin poder evitarlo, se echó a reír. Nunca había tenido la oportunidad de ver el tipo de interacción que tenían Genzo y Lily, de manera que le sorprendió gratamente el darse cuenta de que se compenetraban muy bien y que, a pesar de la férrea y testaruda personalidad del portero, la doctora había encontrado la manera de frenarlo cuando era necesario. Lily no era de esas mujeres que aceptaban cumplir todos y cada uno de los caprichos de sus parejas, lo que resultaba crucial cuando esa pareja era Genzo; como bien había dicho la misma doctora, había que señalarle a Wakabayashi sus defectos peligrosos para evitar que continuara haciéndose daño.
"Les va a ir bien", pensó Mikami, mientras los otros dos lo contemplaban con azorada vergüenza. "Ella, aunque enérgica en su negativa, está al pendiente de él y se hace cargo de sus necesidades. Y es evidente que Genzo está enamorado, nunca lo había visto comportarse tan descaradamente con una mujer ni ceder con facilidad".
– Lo siento, señor Mikami. –Lily fue la primera en disculparse–. A veces Genzo me saca de quicio.
– Es normal, estás loca por mí –replicó Wakabayashi, ya con menos vergüenza–. Pero no te preocupes por Mikami, él me conoce desde hace años y es más un miembro de mi familia que un extraño, así que no te apenes.
– Pero yo lo acabo de conocer, todavía debo mantener las apariencias –murmuró Lily, que había enrojecido cual tomate–. No vaya a creer que siempre somos así, señor Mikami.
– Como Genzo bien ha dicho, lo conozco desde hace años así que nada me sorprende con él –aclaró Mikami. "O casi nada, al menos"–. No te preocupes, doctora, me agrada comprobar que tienen una buena relación.
Lily le sonrió con cierta disculpa y continuó ayudándole a Genzo a comer. Mikami trató entonces de retomar el tema de la Selección, pero el ver qué tipo de relación tenían su antiguo pupilo y esa doctora extranjera le hizo recordar las noticias que le había dado el señor Wakabayashi horas antes y se sintió mal por la pareja. Realmente merecían tener un final elegido por ambos, no uno impuesto por el padre de Genzo, pero todo parecía indicar que así sucedería. Mikami comenzó a incomodarse tanto que Wakabayashi se dio cuenta de que algo extraño sucedía e intentó averiguar la causa.
– ¿Qué ocurre, Mikami? De repente has empezado a sudar, más de lo habitual –comentó Genzo, sin rodeos–. ¿Hay alguna otra noticia importante que tengas que darme?
– No, nada de eso –negó el hombre, tras echar un vistazo rápido a Lily–. Estoy bien, debe ser que ha empezado a hacer más calor, quizás el termostato está averiado.
Lily dejó de hacer sus labores para mirar detenidamente a Mikami, como queriendo analizar la veracidad de sus palabras; algo debió de haber visto ella en su expresión, porque no titubeó en intervenir.
– O tal vez es un asunto que no quiere comentar porque yo estoy aquí –terció Lily, muy tranquila–. Si es eso lo que le preocupa, los dejaré solos un rato.
– Oh, no, doctora, no es necesario –se apresuró a decir Mikami–. No quiero que te molestes.
– No es ninguna molestia –aseguró Lily–. Estoy consciente de que debe de haber temas que sólo les interesan a ustedes dos y en los cuales yo no tengo intervención, me vería muy mal si insistiera en escucharlos bajo el pretexto de que soy novia de Genzo. Somos una pareja, no un par de siameses, él tiene su vida y yo la mía, así que no es ningún problema para mí el dejarlos solos para que hablen. Además, me hará bien el conseguir un café, el jet-lag empieza a molestarme.
– De acuerdo, doctora –comentó Mikami, al tiempo en que inclinaba la cabeza con respeto–. Gracias por comprender.
– No es la gran cosa. –Ella, a su vez, hizo una reverencia más pronunciada–. Usted estaría hablando con Genzo de esos menesteres si yo no hubiera cometido la locura de venir a verlo.
– ¿Volverás antes de que tengas que irte al hotel? –preguntó Genzo, cuando Lily se disponía a retirarse.
– Seguro que sí, sólo voy por un café –respondió la joven, tras lo cual lo besó con ternura en la mejilla sana.
Lily salió entonces de la habitación y Mikami esperó unos minutos más antes de comenzar a explicarle a Genzo que había hablado con su padre un par de horas atrás. Por el tono de voz que empleó, el portero supo que no se trataba de algo bueno y se preguntó qué se podría traer el señor Wakabayashi entre manos. "Ni siquiera ha venido a verme y eso que llevo hospitalizado el suficiente tiempo como para que él se haya enterado del asunto y haya hecho espacio en su agenda para acudir al hospital", pensó Genzo. "Pero sí que es capaz de dar órdenes directas a Mikami, como si él fuese su vocero y yo estuviera obligado a obedecerlo".
– ¿Cuál es el problema, Mikami? No le des más vueltas al asunto –pidió el portero, cuando su interlocutor empezó a divagar–. ¿Cuál es la nueva idea que se la ha ocurrido a mi padre?
– No le doy vueltas no porque no sepa cómo decírtelo, sino porque me parece absurdo –aclaró Mikami, antes de soltar la información–: Quiere que te cases a la brevedad posible, con una mujer escogida por una casamentera de entre un grupo de candidatas disponibles y, recalco esto porque tu padre lo hizo, "adecuadas para tu estatus social". Hasta ridículo me siento al decir eso, no sé por qué he de ser yo el que te comente estas cosas, están por completo fuera de mi jurisdicción.
– Vaya, así que era eso. Bueno, ya se había tardado –fue todo lo que comentó Genzo, tras lo cual se echó reír–. Sí, tienes razón, es completamente absurdo y ridículo; ni siquiera sé por qué te lo ha dicho a ti, no tiene lógica, bien podría haber venido él en persona a decírmelo o enviar a mi madre o a uno de mis hermanos.
El entrenador se quedó callado y Genzo creyó que se debía a la incomodidad y a la estupidez del asunto. Al portero tampoco le había caído en gracia que su padre usara la herramienta de "voy a conseguirte una esposa" para amedrentarlo en un momento tan poco apropiado, pero no estaba decidido a dejarse ganar por Shuzou.
– Bien, no es como si me hubiera enviado a decírtelo, su idea es que te contacte la casamentera en algún momento y que te enteres de todo a través de ella –puntualizó Mikami, después de un rato–. Lo mencionó como si fuese una acotación hecha al azar, pero es evidente que esperaba que te lo dijera en algún momento.
– No sé por qué a mi padre le gusta perder el tiempo con estas tonterías –sentenció Genzo, serio–. En estas épocas, las casamenteras sólo les son útiles a las personas que no saben con quién se van a casar y yo ya sé con quién lo haré.
– Es decir que ya has decidido que vas a casarte –indicó Mikami, después de lo cual esbozó una sonrisa.
– Por supuesto que lo he decidido ya –asintió Wakabayashi–, así como también sé con quién lo haré, lo único que falta es definir cuándo.
– ¿Y la doctora Del Valle lo sabe? –cuestionó Mikami.
– No se lo he pedido, si es lo que estás preguntando –replicó Genzo–. Pero aunque el matrimonio no esté en los planes de ninguno de los dos por el momento, ella ahora sabe que forma parte de mis planes a futuro, así que debe de haber llegado a la conclusión de que en algún momento se lo voy a pedir. Y si no lo ha hecho todavía, lo hará pronto, es una mujer inteligente. Lo que mi padre haga o deje de hacer no afectará a mis planes.
Parecía que Mikami iba a comentar algo, pero se contuvo. En vez de eso, se quedó pensando durante un rato antes de volver a hablar.
– Ella me agrada –expresó, sin muchos aspavientos–. Si la hubiera conocido sin saber que está relacionada a ti, no pensaría que podría llegar a ser tu pareja, pero ahora que los veo juntos, no veo razón para que no sea así.
– Me gusta que te agrade –señaló Genzo, a su vez–. Tu opinión me importa más que la de mi propio padre, así que el que apruebes mi relación con Yuri me complace mucho más de lo que crees, Mikami.
El entrenador supo entonces que se había preocupado por una estupidez. Genzo siempre había hecho lo que le venía en gana y eso no iba a cambiar, sin importar lo mucho que su padre protestara. Era más probable que éste, a la larga, acabara aceptando el hecho de que su hijo menor y rebelde se casaría con una extranjera, a que intentara obligarlo a casarse con una japonesa. Y mientras más pronto Shuzou lo comprendiera, sería mucho mejor.
Notas:
– Según Google, hay 9369.91 kilómetros de distancia entre Múnich y Tokio en línea recta, mientras que de Tokio a la prefectura de Shizuoka hay 181.1 kilómetros aproximadamente.
