Capítulo 74.

Múnich.

¿Cuánto puede durar la eternidad? La respuesta a esta pregunta es relativa, como pudo comprobar Stefan Levin durante los minutos que siguieron a su fallida propuesta de matrimonio. La eternidad podría medirse en eones de años o reducirse simplemente a unos cuantos segundos, dependiendo del nivel de incomodidad de la persona que la calcula. Y para Levin, esos minutos fueron más largos incluso que la misma eternidad.

"Si Sho se enterara de las idioteces que estoy pensando, se burlaría de mí hasta morir", pensó Stefan. "Pero más se burlaría de que Débora me ha dicho que no. ¿Por qué me ha dicho que no quiere casarse conmigo, si dice que me ama? ¡Simplemente no lo entiendo!".

"¡Pues pregúntaselo y sal de dudas! No te rindas hasta que no agotes todas las posibilidades".

– Creo que no escuché bien –admitió Stefan, después de que transcurrieron esos incomodísimos minutos de silencio–. ¿Me amas, pero no quieres casarte conmigo?

– Lo siento, en serio que sí –respondió Débora; ella se veía muy afligida, como si lamentara haberle dicho que no quería ser su esposa.

– ¿Qué fue lo que hice mal? –preguntó Stefan–. Sé que la primera vez que te lo pedí no lo hice en el mejor momento, de hecho admito que sólo estaba siguiendo un impulso, pero eso no significa que no te lo haya preguntado en serio, por eso intenté corregirlo y hacer las cosas bien, me esforcé por hacer que esta pedida fuese especial y única. ¿Qué fue lo que falló?

– Tú no hiciste algo mal, Stef –aseguró Débora, con melancolía–. ¡No sé qué es lo que me pasa! Te aseguro que he estado esperando este momento toda mi vida pero, ahora que al fin ha ocurrido, me he dado cuenta de que algo no está bien. Desde niña sueño con el instante en el que el hombre al que amo me dé una hermosa sortija y me pida que sea su esposa, pero ahora que has hecho exactamente eso, lo único que pienso es que casarme contigo ahora sería un error.

– ¿Por qué? –Stefan cada vez entendía menos–. Si me amas y yo a ti, ¿por qué crees que estaría mal que nos casáramos?

– Porque creo firmemente que ninguno de los dos está listo –argumentó Débora, con suavidad–. Yo todavía no he terminado mi especialidad y tú apenas estás ganándote tu lugar en el fútbol mundial. ¿En serio crees que éste es el mejor momento para comprometernos?

– Pues sí –asintió Levin, aunque al decirlo no se sintió tan seguro de su afirmación–. Aun estando casados podemos cumplir nuestras metas, eso no tiene por qué detenernos.

– Sí, es cierto, muchos matrimonios han sabido salir adelante juntos cuando ambas personas se comprometen a apoyarse mutuamente, pero no sé si los dos estamos a ese nivel –replicó ella.

– Deb, sé que te fallé una vez, pero puedes estar segura de que haré todo lo posible para ayudarte a cumplir tus sueños –aseguró Stefan, dolido.

– No, no me refería a eso, déjame explicarme –pidió ella, con premura–. Creo que a los dos nos hace falta madurar primero, como personas y como profesionistas, antes de decidir que queremos compartir nuestras vidas. Si no somos capaces de sacar adelante nuestros sueños, mucho menos podremos ayudar al otro a conseguir los suyos. No estoy diciendo que no vayamos a hacerlo en un futuro, simplemente creo que no estamos listos justo ahora.

– ¿De verdad lo piensas? –cuestionó él, alzando las cejas.

– Sí, lo creo –suspiró ella–. Dios, de verdad que debo de estar loca por estarme negando a algo que he anhelado desde niña, pero ahora que soy adulta me doy cuenta de que se necesita más que amor y buenas intenciones para hacer que una relación esté lista para pasar al siguiente nivel. Sí te amo, Stef, sí quiero casarme contigo, pero no ahora, no es el momento. Primero debemos establecer nuestros objetivos, conocernos mejor y saber bien qué es lo que el otro quiere para poder dar ese paso con la seguridad de que hemos hecho todo lo posible para evitar que lo nuestro fracase porque no supimos ver nuestros errores a tiempo.

Estas palabras golpearon a Levin en el pecho con tanta contundencia que casi lo dejaron sin aire. Él había estado seguro de que ellos estaban preparados para ese gran suceso, pero el comentario de Débora hizo tambalear esa confianza. Levin miró a Débora con sorpresa durante unos instantes, durante los cuales analizó sus palabras, tras lo cual sonrió con una mezcla de ternura y amor. Ella supo que nunca nadie la había mirado antes de esa manera y que probablemente ninguna otra persona que no fuese él sería capaz de mirarla así en el futuro, por lo que estuvo a punto de arrepentirse de su decisión. Sin embargo, lo que Stefan le dijo a continuación la tomó desprevenida.

– Acabo de darme cuenta de que tú has madurado más en nuestra relación que yo –afirmó Levin–. Siempre supuse que nada había cambiado contigo tras las semanas que estuvimos separados, pero ahora veo que ahí fue en donde comenzaste a ver las cosas de manera diferente.

– Perdóname, Stef –pidió ella, con sinceridad.

– No tienes por qué disculparte –negó Stefan, enfático–. He sido yo el que, para variar, ha precipitado las cosas. No te dije lo anterior como algo negativo, sino todo lo contrario: estás más consciente de que en la vida real la gente no se mantiene unida sólo con amor.

– Es la base, más no lo único ni lo más importante –confirmó Débora–. Antes sí creía que sólo se vive de amor, ahora sé que no es suficiente.

– Y tengo que estar de acuerdo contigo –continuó él–. Cualquiera que piense que no es así, está condenado a fracasar en el romance. He tenido la suerte de que tú hayas podido verlo con tanta claridad en el momento clave, de lo contrario habríamos fallado y yo no habría sabido el por qué.

– Pienso que habrías llegado a la misma conclusión que yo, tarde o temprano –negó Débora–, cuando pudieras analizar las cosas con más calma y admitieras que no estamos listos para avanzar.

– Tal vez –admitió Stefan–. Creo que en el fondo siempre he estado consciente de que no he reparado el error que cometí contigo, no ha pasado tanto tiempo ni tampoco me he esforzado lo suficiente como para que pueda afirmarlo con toda seguridad. Y en vez de corregir mis fallas, he querido taparlas echándole encima algo grande como el matrimonio, como si eso mágicamente lo arreglara todo. Soy yo el que debería de excusarse por no hacer las cosas de la manera correcta, Deb, una vez más me he vuelto a equivocar.

– Sé que me has pedido matrimonio porque me amas, no hay motivo para que te disculpes. –Ella jugueteó con la caja del anillo y resistió la tentación de probárselo–. Y en serio que yo sí te amo y sí me quiero casar contigo, pero no en un futuro cercano.

Levin se sintió que la opresión que sentía en el pecho cedía y en su lugar experimentó un alivio profundo. Al final de cuentas, había una razón lógica por la cual Débora rechazó su propuesta y él tenía que reconocer que estaba de acuerdo con ella. Había estado a punto de cometer un error, pero Débora había resuelto la situación con mucha más confianza y madurez de la que Stefan podría esperar. Lo positivo del asunto era que al menos uno de los dos sabría mantener la cordura en momentos como ése, en donde algo que parece buena idea al final no resultaba serlo tanto.

– Retrocederé un paso para que hagamos como que esto no sucedió, ¿te parece? –sugirió el sueco–. Nos dedicaremos a construir nuestra relación con calma, a apoyarnos mutuamente y a ver a dónde nos lleva esto. Quiero que, cuando vuelva a pedirte que te cases conmigo, estés muy segura de que deseas hacerlo.

– Ese plan me gusta más –reconoció Débora, con una sonrisa–. Espero sinceramente que a la larga este camino nos lleve al matrimonio, pero si no lo hace, tampoco será el fin del mundo. Lo que importarán serán los momentos que podamos estar juntos.

Stefan asintió con la cabeza antes de acercarse a Débora para abrazarla y besarla en la boca, seguro de que ella no lo rechazaría; la joven, sin hacerse del rogar, se arrejuntó a él todo lo que la silla se lo permitió para poder corresponder al beso. Entre ambos quedó la sortija bien colocada en su cama de terciopelo, que brilló cual frío ojo multicolor. Mientras se besaban, Levin sintió que una oleada de amor hacia esa mujer lo recorría de pies a cabeza. A pesar de que su petición de matrimonio había fracasado, él sintió que en realidad los dos habían ganado.

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Tokio.

Cuando Lily regresó a la habitación de Wakabayashi, éste y Mikami se encontraban hablando de fútbol, de manera que ella concluyó que ya habían acabado de tratar su asunto secreto. Ninguno de los dos hombres dijo una palabra al respecto, pero la joven notó que intercambiaron miradas entre ellos, lo que la hizo sentir que el tema que habían charlado la involucraba de manera indirecta.

"¿Será que el padre de Genzo planea venir a verlo y no quieren que me encuentre aquí?", pensó Lily. "Eso sería terriblemente incómodo, pero en ese caso sería yo la que tendría que irse. Después de todo, ese señor es su padre, me guste o no, y tiene derecho a verlo".

No pasó mucho tiempo, sin embargo, antes de que el mismo Genzo carraspeara con la finalidad de llamar su atención. Lily trató de controlar los latidos de su corazón y lo miró con una expresión interrogante, mientras Mikami clavaba la vista en el techo.

– Doctora, hay algo importante que debes saber –comenzó a decir Wakabayashi–. Algo que probablemente te incomode.

– ¿Qué ocurre? –preguntó ella, tratando de aparentar calma–. ¿Has hecho alguna tontería que ha puesto en peligro tu vida o solicitaste ya tu alta voluntaria?

– Te conoce bien, muchacho. –Mikami reprimió una sonrisa.

– Ninguna de las dos cosas, aunque no negaré que la última idea pasó por mi mente –contestó Genzo, con una sonrisa torcida–. No, es sobre lo que Mikami acaba de contarme mientras estuviste fuera.

– ¿Y por qué quieres decírmelo? –quiso saber Lily, sorprendida–. Ya te había dicho que no necesito enterarme de todo lo que él tiene que hablar contigo.

– Lo sé, pero este caso sí te interesa –replicó Wakabayashi–. Mira, no le voy a dar vueltas al asunto: Mikami me ha contado que mi padre tiene planes de buscarme una esposa a través de una casamentera. No sé exactamente cuándo va a decírmelo a mí, pero calculo que aprovechará mi retiro momentáneo de las canchas para hacerlo.

– ¡Oh! –La expresión de Lily fue indescifrable para Mikami–. Eso sí que es nuevo. ¿Es algún truco suyo para separarte de tu oportunista novia extranjera?

– Supongo que sí. –Genzo se encogió de hombros–. No sé qué le hace pensar que eso le va a funcionar.

– Funcionó con tus otros hermanos, ¿no? –comentó Lily, pensativa.

– No estoy seguro de que les haya contratado casamentera a los dos –expuso el portero, con la misma actitud despreocupada que estaba mostrando ella–. Algún día se los he de preguntar.

"¿De verdad es así como se lo van a tomar?", pensó Mikami, atónito. "¡A la doctora no parece importarle en lo más mínimo que el padre de Genzo quiera casarlo con otra mujer!".

Minutos antes de que Lily regresara, Genzo le había asegurado al entrenador que ella no se vería afectada por la noticia de que su padre planeaba buscarle esposa, y tan seguro estaba de eso que le dijo a Mikami que le daría a conocer la noticia en cuanto Lily entrara. Mikami le preguntó si quería que los dejara solos para que ella pudiera digerirla, pero Wakabayashi le afirmó que no sería necesario, pues a Lily no le haría falta digerir algo que no iba a suceder. Aun así, Mikami no creyó que ella se lo tomara de buena manera y se preparó para un vendaval, por lo que se asombró mucho al comprobar que, efectivamente a la doctora parecía no interesarle el asunto de la casamentera.

– ¿Y qué vas a hacer al respecto? –preguntó Lily, con tanta calma como si le estuviese preguntando la hora.

– Fingir que no sabía sobre el asunto, indignarme y seguir adelante con mi vida –fue la respuesta de Genzo–. También podría enojarme con mi padre, armar un drama y gritarle que no puede obligarme a hacer lo que no quiero. ¿Qué te parece eso?

– Suena bastante bien –aprobó Lily–. Podrías añadir que sus prácticas son bastante medievales.

– Eso me agrada, se lo diré también. –Él sonrió y le tendió una mano para pedirle que se acercara–. Me da gusto que estemos de acuerdo en este punto, sabía que no te ibas a molestar por esto.

– Aunque no lo creas, me preparé para cualquier posible truco que me pudiera encontrar aquí, lo cual incluye a cualquier cosa que se le llegue a ocurrir a tu padre –suspiró Lily, mientras se acercaba a Genzo para tomarlo de la mano–. Admito que eso de buscarte una esposa sí se me pasó por la mente, pero pensé que, de querer hacerlo, lo habría hecho antes y no ahora. ¿No es ya un poco tarde para eso?

– Al parecer, no –suspiró Genzo y después la miró con cierta súplica–. De verdad, espero que sepas que no importa lo que él haga, no conseguirá que cambie de parecer con respecto a los planes que tengo contigo.

– Lo sé bien, Gen. –Ella lo miró con ternura–. No necesitas aclararlo.

Wakabayashi asintió, satisfecho, e inmediatamente después cambió el tema, no sin antes lanzarle a Mikami una mirada que claramente decía: "¿Ves? Te dije que no le iba a molestar". El entrenador no volvió a hablar de ese asunto, pero no dejaba de pensar en la actitud que tomó Lily al respecto, asombrado de que ella no lo considerara como algo grave. ¿Sería que la doctora estaba subestimando el asunto o de verdad no le interesaba?

Cuando se acercó la hora de que se decidiera quién iba a pasar la noche con el paciente y Lily empezó a cabecear debido al cansancio y al jet-lag, Mikami se ofreció a quedarse con el portero esa noche para que la doctora pudiera descansar. Ella titubeó un momento pero Genzo apoyó la idea, pues no quería que Lily se agotara demasiado por él, ya suficiente había hecho con recorrer los nueve mil kilómetros que separaban Japón de Alemania como para pedirle que además se desvelara esa noche.

– No voy a hacerme del rogar por esta vez –aseguró Lily, con una sonrisa de disculpa–. Muchas gracias por ofrecerse, señor Mikami, mañana llegaré temprano para que pueda irse a descansar.

– Tómatelo con calma –pidió el entrenador–. Tengo permiso especial de la JFA para apoyar a Genzo, así que no tengo mucha prisa por irme.

– ¿Podrás acompañarla a que tome un taxi, Mikami, por favor? –solicitó Genzo–. No me gustaría que se perdiera ya que no conoce bien el idioma.

– Por supuesto –aceptó Mikami–. Aunque no debe preocuparse, doctora, la mayoría de los japoneses estamos acostumbrados a tratar con extranjeros que no hablan japonés, así que más de uno la ayudará con gusto.

– Se supone que por eso Elieth vino conmigo, para ayudarme con estas cuestiones, pero no quiero molestarla para pedirle que venga por mí, debe de estar cansada también –dijo Lily–. Le agradezco en verdad, señor Mikami, por toda la ayuda que me ha brindado.

Mikami asintió con un movimiento breve de cabeza, tras lo cual Lily se acercó a Genzo para besarlo con delicadeza en la mejilla sana. Él, sin importarle que tenían compañía, aprovechó la cercanía y robó un beso fugaz de sus labios, lo cual ocasionó que Lily soltara una risita avergonzada.

– Compórtate, Wakabayashi, por favor, no estamos solos –lo amonestó ella, cariñosamente.

– Ya te dije que a Mikami no le molesta –replicó él, con una sonrisa pícara–. Forma parte de la familia.

– Sí, y yo te dije que apenas acabo de conocerlo, todavía tengo que guardar las apariencias –rio Lily.

Ninguno de los dos se dio cuenta de que Mikami los contempló con cierta melancolía, pero cuando Lily se separó de Genzo y se acercó al entrenador con el afán de retirarse, el hombre ya mostraba de nuevo una expresión calmada.

– ¿Nos vamos, señor Mikami? –preguntó Lily, cortésmente.

– Cuando esté lista, doctora –asintió el hombre.

Mientras ambos se dirigían a la salida del hospital, hablando de cosas vanas como la tasa de cambio del yen al euro o los mejores lugares para comer en Tokio, cada uno venía pensando en un tema que era más importante pero que no sabía cómo abordar, básicamente porque ellos todavía no se conocían lo suficiente como para preguntarse las cosas sin darle vueltas al asunto. Sin embargo, Mikami sabía que, si no aprovechaba ese momento para cuestionarle a Lily lo que le inquietaba, no tendría oportunidad para hacerlo después, así que cuando se encontraban ya en la explanada del edificio, él decidió abordarla sin rodeos.

– Doctora, antes de que te vayas me gustaría hacerte una pregunta que me está molestando desde hace rato –comenzó a decir Mikami–. Sé que estoy metiéndome en lo que no me importa, pero no puedo evitar cuestionarte al respecto.

– ¿Qué sucede? –inquirió Lily, con interés–. ¿Es sobre el estado de salud de Genzo?

– No, es una pregunta personal. –Mikami lucía incómodo, a pesar de todo–. Me ha sorprendido mucho la actitud que tuviste cuando Genzo te habló de los planes del señor Wakabayashi de conseguirle una esposa. ¿De verdad no te enoja?

– ¡Ah! Así que es sobre eso –respingó la mexicana–. Pues le mentiría si le dijera que no me importa en lo absoluto, porque una parte pequeña de mí, una parte pequeñísima, se siente amenazada ante esa idea, pero al mismo tiempo, una parte más grande y fuerte de mi corazón sabe que no tengo por qué preocuparme, confío plenamente en Genzo.

– Tengo que confesarte que me parece increíble la manera en la que te tomas este asunto, doctora –comentó Mikami, francamente asombrado–. Pensé que te angustiaría más saber que Shuzou tiene planes bien definidos para él.

– Me mortificaría más si supiera que Genzo es un hombre débil y/o fácilmente manipulable, pero no lo es –respondió Lily–. Por más que su padre diga que le va a buscar una esposa, es evidente que él no lo va a aceptar, los dos sabemos que Genzo no es de ese tipo de hombres.

– Veo que lo tienes en un alto concepto –señaló el entrenador–. Y que tienes mucha confianza en su relación.

– No siempre fue así, no lo voy a negar. –Lily sonrió con vergüenza–. Hasta hace poco, estaba cien por ciento segura de que Genzo me dejaría de lado en cuanto creyera que ya no sacaría algo bueno de nuestra relación. No sé si él se lo comentó, pero hasta antes de su accidente no manteníamos contacto frecuente porque le dije que necesitábamos tiempo para replantearnos este noviazgo.

– Algo me contó, sí –admitió Mikami, con expresión neutra–. Por eso me sorprendió tanto verte aquí, no sólo por lo mucho que tuviste que viajar sino también porque tenía entendido que ustedes estaban distanciados.

– La verdad es que cualquier diferencia que tuviéramos desapareció en cuanto Genzo se lesionó –confesó Lily, con la mirada perdida–. En el momento en el que lo vi herido, supe que mi amor por él era más fuerte que cualquier malentendido y que no podía darme por vencida sin luchar primero por este sentimiento. Y fue lo mejor que pude haber hecho, porque ahora sé que Genzo también desea pelear por este amor y ya estoy convencida de que, sin importar lo que suceda, los dos encontraremos la manera de seguir juntos. Ninguna pareja es perfecta y nosotros no somos la excepción, pero nuestro amor es lo suficientemente fuerte como para mantenernos unidos a pesar de los obstáculos.

– Entiendo. –Mikami asintió, muy complacido–. Tengo que reconocer que, cuando Genzo me habló de sus diferencias, pensé que eras una mujer de carácter débil, doctora Del Valle, pero ahora puedo ver que me he equivocado; me queda claro qué es lo que Genzo ha visto en ti y no me extraña que se haya enamorado de una mujer con tanto temple y autoconfianza, después de todo él se ha convertido en un gran hombre.

– Es cierto, Genzo es un hombre extraordinario –acordó Lily, con una sonrisa propia de una persona enamorada–. Es fuerte, seguro de sí mismo y tiene bien definidos cuáles son sus objetivos, estamos de acuerdo en que un hombre así no podría estar con una mujer débil, Gen buscaría como pareja a alguien que estuviera a su nivel, al menos en lo que se refiere a autoconfianza y a metas por cumplir. No voy a hacer tan egocéntrica como para presumir de que esa mujer soy yo, pero sí sé bien cuál es mi valor como persona y por tanto sé que no estoy por debajo de él.

– Estás consciente de que no la van a tener fácil, ¿verdad? –señaló Mikami–. Me satisface ver que te tengas en tan buen concepto, pero el padre de Genzo es un hombre muy testarudo y no va a aceptarte tan fácilmente por una cuestión de xenofobia muy marcada.

El entrenador temió haber sonado muy ofensivo, sobre todo porque Lily no respondió de inmediato, sino que se quedó contemplando durante un rato a las personas que entraban y salían del hospital. Mikami consideró el disculparse por haber sido tan brusco, pero después se dijo que de nada serviría endulzarle las cosas a la médica y que, si ella tenía tanto temple como Wakabayashi, no se sentiría ofendida por las palabras que acababa de decirle.

– Sí, estoy consciente, lo estamos los dos –suspiró Lily, al fin–. No estaba en los planes de Genzo, ni tampoco en los míos, el tener pareja, pero por cuestiones del destino nos enamoramos sin que nos importara que provenimos de diferentes culturas; es cierto que de primera intención tuvimos muchas dudas, no sabíamos si iba a funcionar una relación así, pero decidimos intentarlo porque queremos estar juntos y compartir nuestras victorias. Al menos yo quiero estar ahí cuando el hombre que amo triunfe, quiero que sea a mí a quien le dedique su victoria, quiero que él esté ahí cuando yo alcance mi sueño, quiero que sea el suyo el primer rostro al que voltee a ver para decirle: "¡Lo conseguí!". Y también quiero estar a su lado en la derrota, apoyarlo a él en sus malos momentos, así como yo obtuve su apoyo cuando pasé por los míos. Sin embargo, es difícil explicarle esto a alguien que cree que la nacionalidad es un factor fundamental a la hora de enamorarse; sé que cada persona tiene su propio concepto del amor y tal vez para Shuzou Wakabayashi su noción se limita a creer que sólo puedes enamorarte de alguien de tu misma cultura y yo no puedo forzarlo a que acepte mi percepción. Sin embargo, mientras Genzo y yo compartamos la misma idea de lo que debe ser el amor, lo demás no interesa.

– Bien, eso me deja mucho más tranquilo. –Mikami se acomodó sus gafas oscuras, tras expresar su aprobación con un movimiento de cabeza–. Disculpa si he sido tan persistente, doctora, pero quería saber qué tan fuertes son tus sentimientos por él. Como debes de suponer, considero a Genzo como el hijo que nunca tuve y me preocupo por él, así que cualquier cosa que le afecte es de mi sumo interés. Puedes estar convencida de que no busco una segunda intención ni tampoco ser un espía, ahora que sé cuáles son tus verdaderas intenciones, apoyaré sin dudar la relación que tienes con Genzo.

– Tengo que reconocer que me sorprende eso, señor Mikami –confesó Lily, con expresión de duda–. Es decir, usted también es japonés, ¿no preferiría que él estuviese con una japonesa?

– Eso es algo verdaderamente estúpido, doctora, los dos lo sabemos. –El entrenador sonrió con disculpa–. No todos los japoneses estamos tan retrasados de pensamiento.

– Sí, ya entiendo –musitó Lily–. Espero no haberlo ofendido.

– No lo haces –aseguró el hombre. Esta vez fue él quien se quedó en silencio, cavilando, considerando quizás si debía o no decir lo que quería decir y al final se atrevió a soltar una declaración inesperada–: ¿Sabes? La razón por la cual no me casé ni tuve hijos propios no fue porque me enfocara al fútbol al cien por ciento, como le hice creer al mundo. Lo cierto es que alguna vez estuve enamorado y fui correspondido, pero ella se casó por compromiso con otra persona; en aquella época, era impensable que una mujer de su nivel social rompiera un compromiso como ése para estar con alguien de mi estatus, así que los dos nos resignamos a la realidad. Y no me gustaría que eso le pasara también a uno de sus hijos.

Lily respingó y estuvo a punto de quedarse con la boca abierta. La confesión de Mikami fue concisa, pero dicha con la suficiente claridad para que ella pudiera atar los cabos sueltos. Sin embargo, no le correspondía a la joven hacer preguntas sobre un tema tan personal, así que se quedó callada y pudo ver cómo el entrenador le agradecía su discreción.

– Ya nos retrasamos mucho hablando, doctora, debes de estar cansada –continuó Mikami, tranquilamente–. Vayamos ya a conseguirte un taxi.

– Sí, muchas gracias –aceptó Lily–. Estaré mañana de regreso a las ocho.

Los dos empezaron a andar hacia el sitio de taxis del hospital, que se encontraba a pocos metros. Y Lily no pudo evitar preguntarse si Wakabayashi estaría enterado del enorme secreto que guardaba su antiguo entrenador.

Esa misma noche, a pesar del cansancio, Lily esperó hasta que Karl se quedara dormido para hablar con Elieth sobre la confesión de Mikami; la mexicana sabía que no estaba bien el revelar ese secreto a otra persona, pero quedó tan desconcertada por el suceso que se atrevió a hablarlo con su mejor amiga, pues sabía que Elieth no se lo contaría a alguien más, ni siquiera a Schneider. Lily aclaró que el entrenador no dio nombres ni datos que le permitieran esclarecer la identidad de la mujer que amó y que tampoco quiso preguntar sobre ella, pero que la última frase le dio a entender de quién se trataba. La declaración por sí sola no era relevante, a menos que esa mujer misteriosa sí fuese la persona que Lily sospechaba que era.

– Como dices, es difícil averiguarlo sin indagar más, pero entiendo que no estás en posición de preguntar –acordó Elieth, a quien la declaración también le causó mucho impacto–. ¿Crees tú que Genzo sepa sobre esto?

– No lo creo –negó Lily–. No es el tipo de confesión que Mikami le soltaría, además de que sería un tema muy delicado si la mujer de la que él estaba enamorado es quien creemos que es. Y ya que mencionas el tema, me gustaría conocer tu opinión: ¿Consideras que debería de contárselo a Gen?

– No –negó Elieth–. No puedes confirmar que la mujer que Mikami amó sea alguien cercano a él y, aun cuando pudieras hacerlo, no tiene caso que se lo digas, no serviría de algo.

– Sí, yo pienso exactamente lo mismo que tú –asintió Lily–, pero deseaba saber qué pensabas.

Ambas acordaron no hablar del tema con alguien más y que fingirían que nada sabían sobre el pasado de Mikami. Si él quería mantenerlo enterrado, era asunto suyo y de nadie más.

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Hamburgo.

La lesión de Kaltz mejoraba a pasos lentos, pero seguros, por lo que era probable que pudiera regresar a las canchas dentro de un par de semanas. Él ya había tenido tiempo de enterarse de todos los chimes que se suscitaron a raíz de la partida de Zeeman y de los cambios que hubo en el vestuario a consecuencia de esto. El nuevo entrenador, un ex jugador alemán de las épocas doradas del Hamburgo, tenía una mentalidad diferente y estaba consciente de que tenía mucho trabajo por delante, levantar al equipo y sacarlo de su mala racha iba a ser una proeza difícil, aunque no imposible, por lo que desde que llegó puso a la plantilla en pleno a entrenar al máximo. Debido a esto, Kaltz tuvo una charla con él para hacerle saber cuáles eran sus intenciones con respecto a su papel en el equipo.

– Supongo que lo sabes, pero eres uno de los mejores jugadores con los que contamos ahora, por lo que necesito que te comprometas al cien por ciento con el equipo, Kaltz –argumentó el hombre, de apellido Voller–. Esto es algo que ya has estado haciendo desde antes, lo sé bien, pero dado que estoy tomando las riendas de este equipo, me parece necesario que te señale qué es lo que espero de ti.

A Hermann le agradó la actitud del nuevo técnico, no vacilaba en decir las cosas de frente ni dar por hecho hasta lo más simple. Era una lástima que hubiese tardado tanto tiempo en estar al frente del Hamburgo, cuando el equipo parecía ir directo a una catástrofe.

– Puede confiar en que siempre doy lo mejor de mí, entrenador –acordó Kaltz–. Y será un placer seguir haciéndolo bajo su mandato.

– Muy bien, me alegra que estemos en la misma sintonía. –Voller lucía complacido–. Sé que todavía te faltan un par de semanas de recuperación, como mínimo, así que quiero que te lo tomes con calma y aproveches bien este descanso, cuando los médicos te den el alta veremos lo de reincorporarte a los entrenamientos. Estoy consciente de que debo armar estrategias sin ti para los próximos tres partidos, por lo menos, pero podremos arreglárnoslas mientras tanto.

"Habla como si de verdad yo fuera tan importante", pensó Kaltz. "Supongo que es lo que hace un buen dirigente, tratar a todas sus piezas como parte trascendental de un todo".

– Como usted diga, entrenador –contestó el joven–. Estaré listo para presentarme en cuanto ustedes lo ordenen.

– Procura no hacer tonterías mientras tanto –aconsejó Voller–. El número de futbolistas que se lesionan haciendo actividades secundarias mientras están de descanso es más alto de lo que cualquiera de nosotros está dispuesto a aceptar.

– Lo sé bien –se rio Kaltz–. Pero no se preocupe, tendré cuidado.

Voller continuó hablando de los planes generales que tenía para el equipo; esa temporada prácticamente podían darla por perdida, habían dejado ir el segundo puesto privilegiado que habían mantenido durante el comienzo y habían caído hasta un doloroso doceavo lugar, por lo que sus esperanzas de ganar la Bundesliga ese año estaban prácticamente aniquiladas. Como consecuencia de esto, tampoco sería posible que el club aspirara a clasificarse a la Champions League del próximo año, considerando que para hacerlo tendrían que quedar por lo menos en el cuarto lugar de la clasificación general, y ni hablar de la DFB-Pokal, el sueño de ganarla estaba bien enterrado bajo la goliza que les había propinado el Bayern Múnich en esa noche infame para el Hamburgo. Sin embargo, Voller quería mantener el optimismo en el club y visualizaba un panorama general mucho más benévolo para la próxima temporada. Kaltz deseó que así fuera, pero en el horizonte se vislumbraban oscuros nubarrones para el Hamburgo.

– Es una desgracia que no haya podido contactar a Wakabayashi antes, seguramente habría podido convencerlo de permanecer en el equipo una temporada más –comentó el técnico–, pero a estas alturas su relación con la directiva del club está tan dañada que ninguna de las dos partes quiere mantener esta relación por más tiempo.

– ¿De verdad no se puede hacer algo, entrenador? –quiso saber Hermann.

– Intenté hablar con los directivos y la mayoría de las respuestas que me dieron no fueron alentadoras. –Voller movió la cabeza en un gesto negativo–. No sé qué habrá sucedido con Zeeman, pero parece ser que antes de irse quemó cualquier posibilidad de reconciliación con Wakabayashi.

"Qué mezquino ha sido", se dijo Kaltz, pero se mordió la lengua para no expresarlo en voz alta. "Nada ganaba Zeeman haciendo eso, como no fuera fastidiar a Gen".

– Sí que es una lástima –coincidió Kaltz–, pero aun cuando hubiera podido convencer a la directiva, no lo habría logrado con Wakabayashi, es muy testarudo y una vez que ha decidido irse, con nada lo convencerá de volver.

– Estoy consciente de eso, pero de cualquier manera me habría gustado intentarlo –expresó Voller.

Una hora y media después, tras haber pasado a revisión médica de rutina, Kaltz abandonó las instalaciones deportivas del Hamburgo, más animado de como entró. La sensación de que el equipo había caído en una espiral descendente al fracaso no había desaparecido por completo, pero al menos Voller pretendía evitar que todo se fuera al carajo. Durante el tiempo que estuvo en el examen médico, Hermann alcanzó a enterarse de los rumores que circulaban sobre Zeeman en el club, desde que planeaba ser demandado por la directiva, cosa que bien vista resultaba ridícula, hasta que había tenido que dejar Alemania para evitar el odio de los fans más acérrimos del Hamburgo.

"Ambas cosas me parecen muy improbables", caviló Hermann, mientras se dirigía a la estación de metro más cercana. "A lo más, si se va del país es porque algún otro equipo de incautos decidió contratarlo como entrenador". Sin embargo, él no creía que Zeeman fuese requerido por algún club en un buen tiempo, había quedado tan quemado con sus últimos actos que pocos se atreverían a solicitar sus servicios; los periódicos lo hundieron sin piedad en los días posteriores a aquel partido infame, pero en la vida y en el fútbol todo era posible y tal vez Zeeman estaría de nuevo al mando de otro equipo en menos tiempo del que la mayoría de la gente creía.

"En cualquier caso, Zeeman ya pertenece al pasado, es momento de mirar hacia el futuro", razonó Kaltz. "Ya no tiene caso seguir regodeándose con su caída, por más merecida que haya sido".

Otro de los rumores que Kaltz pudo escuchar durante su breve estancia fue el que estaba relacionado a Alder Ëkdal. A los pocos días del descalabro monumental contra el Bayern Múnich, Kaltz recibió un mensaje de Amaruso que confirmaba que la directiva del Hamburgo quería sacar a Ëkdal del equipo (cosa que Hermann siempre puso en duda), pero ya estando en las instalaciones del club, Kaltz comprobó que ese rumor terminó en un callejón sin salida, quizás porque nunca fue cierto o tal vez porque el Hamburgo no encontró una manera de deshacerse del noruego sin desembolsar mucho dinero. En cualquier caso, Ëkdal seguiría ahí pero, a pesar de que todavía era considerado como uno de los mejores jugadores con los que contaba el Hamburgo, sus acciones fuera de la cancha lo llevaron a un rumbo que él no esperaba, pero que debió haber visto venir. Sin que se dijera una palabra al respecto, el entrenador Voller le aplicó a Alder un castigo similar al que el Inter de Milán le dio a Mauro Icardi, es decir, que lo condenó a las sombras por intentar meterse con la pareja de un compañero de equipo (aunque a Icardi le resultó mejor, al menos él sí se ganó a la mujer pretendida, a diferencia de Ëkdal). El noruego no había vuelto a pisar el terreno de juego vistiendo la camiseta del Hamburgo desde que Zeeman se fue y no parecía que fuera a hacerlo pronto. Partido tras partido, Ëkdal debía conformarse con ver todo desde la banca y Voller lo ignoraba tanto como ignoraba las llamadas de su esposa.

– Querer liarse con la esposa o novia de un compañero es cruzar el límite –comentó Emanilson, quien fue el que le pasó el cuento a Kaltz–, así que Ëkdal se tiene bien merecido que el entrenador lo bloquee. Si quiere volver a jugar, lo mejor sería que empezara a buscar otro club porque dudo mucho que aquí lo vaya a hacer.

– Aunque para eso tendría que encontrar una forma de romper su contrato –replicó Kaltz–. La directiva de este club no es tonta, sabe que no es tan fácil deshacerse de Ëkdal antes de tiempo, pero si el entrenador lo bloquea, lo orillarán a que tome otra salida por su cuenta.

– Igual que como hicieron con Wakabayashi –señaló su interlocutor–. Sin embargo, él no se merecía ese trato y Ëkdal sí.

No era desconocido para Kaltz que a ninguno de sus compañeros del Hamburgo le había hecho gracia el que Ëkdal acosara tan persistentemente a la novia de Wakabayashi, incluso el mismo Hermann se había quejado de eso en más de una ocasión, pero sí le asombraba que Voller, quien no estuvo presente cuando se desataron las mayores confrontaciones entre Ëkdal y Wakabayashi a causa de la doctora Del Valle, decidiera prescindir sutilmente del noruego. Eso explicaba el por qué, cuando Voller habló con Kaltz, no mencionara a Ëkdal ni por asomo, con esto dio a entender que no lo tomaba en cuenta para sus planes.

– Sin embargo, ya sea que se lo hayan merecido o no, que la directiva trate así a dos de sus mejores jugadores te hace replantearte qué tanta lealtad le debes a este equipo –señaló Kaltz, sabiamente–, cuando en cualquier momento podrían hacerte lo mismo.

– Sin duda –suspiró Emanilson–. Pero creo que todos los clubes de fútbol lo hacen, nosotros no somos más que meros peones y son ellos los que tienen el control de nuestras carreras profesionales e incluso también de nuestras vidas personales.

Hermann, que recordó lo sucedido con Schneider y la Paulaner, no podía estar más de acuerdo. Tras esta plática, el hombre siguió preguntándose si era momento de empezar a tomarse en serio la opción de abandonar el Hamburgo y buscar otras opciones. Si debía ser sincero consigo mismo, Kaltz tendría que admitir que el club ya estaba quedándole chico y que no veía muy probable que levantara cabeza la próxima temporada, pues no contaban con un jugador verdaderamente fuerte (además de él, claro, dado que Ëkdal estaba fuera del área de servicio) que pudiera darle al club el impulso que necesitaba y, peor todavía, tampoco era factible que el entrenador Voller pudiera amarrar un buen fichaje pronto, los mejores futbolistas preferían aceptar ofertas del Bayern Múnich o del Borussia Dortmund que irse con el Hamburgo. Hubo una época en donde los jugadores alemanes peleaban por ser aceptados en el legendario Hamburgo, pero esa era había quedado muy atrás y había que reconocer que el equipo ya no era ni remotamente la sombra de lo que fue alguna vez. En varias ocasiones el Hamburgo había rozado el descenso y sólo era cuestión de tiempo para que acabara abandonando la Bundesliga principal y pasara a formar parte de la rama Zweite, es decir, la Segunda División.

"Sin embargo, no he recibido ofertas de algún club importante y mi contrato expirará en dos años", continuó Hermann con sus cavilaciones. "Por muchas ganas que tenga de irme, lo cierto es que tendré que esperar un poco para hacerlo, pero puedo aprovechar este tiempo que me queda de contrato con el Hamburgo para destacar y llamar así la atención de otros grandes equipos, ya sean de Alemania o de otras ligas europeas, aunque preferiría seguir jugando en mi país".

Gracias a estos pensamientos, Kaltz se sintió más reconfortado y pudo poner una buena cara cuando llegó a la estación del metro y se encontró con Bárbara. La pelirroja había viajado con él a Hamburgo y había decidido esperarlo en las cercanías, pues ninguno de los dos consideró que fuera prudente que los vieran juntos en el club, no cuando los chismes que había propagado Blind estaban muy frescos todavía en las memorias de muchos alemanes. Ella estaba sentada en una banca, mirando con parsimonia lo que ocurría a su alrededor y, en el momento en el que vio a Hermann, le sonrió y lo invitó a acompañarla.

– ¿Cómo te fue, amor? –preguntó Bárbara, cuando él se sentó a su lado.

– Mejor de lo que esperaba, aunque no tanto como cabría esperar –contestó Kaltz–. Lo positivo es que los médicos me han dicho que mi lesión está casi curada y que podré volver a jugar en un par de semanas, además de que he hablado con el nuevo entrenador y me ha confirmado que espera contar conmigo.

– Son dos cosas bastante buenas –reconoció Bárbara, asintiendo con la cabeza–. ¿Cuál es lo negativo, entonces?

– Que no creo que esto tenga solución –suspiró Hermann–. Demasiado tarde se han dado cuenta de que se le dio mucho poder a Zeeman para arruinar al equipo y ahora dudo que pueda hacerse algo para cambiarlo.

– Por lo que dices, al menos lo están intentando –comentó Bárbara, tras unos instantes de silencio–. Podría ser peor.

– De que podría, podría –admitió Kaltz–, pero esto sigue estando bastante podrido. Sin embargo, trato de ver lo positivo del asunto.

– ¿Y eso qué es? –preguntó Bárbara.

– Que te tengo a ti. –Él tocó con suavidad su fina mano.

– Sí, eso es algo positivo –asintió Bárbara, tras soltar una risilla–. Eres un tipo con mucha suerte, viéndolo desde ese punto de vista.

– Eso lo sé bien –reconoció Kaltz, tras lo cual se quedó pensando un rato antes de continuar–: Tan lo sé, que se me había ocurrido pedirte una tontería.

– ¿Qué cosa? –inquirió ella, curiosa–. ¿Quieres que duerma contigo? Eso ya lo hago.

– Claro que no. –Esta vez fue Hermann quien soltó una risa tonta–. Bueno, sí, eso también lo quiero, pero no es lo que se me había ocurrido. Quizás es el temor que tengo de que algún día te des cuenta de lo especial que eres y de lo no tan especial que soy y que por eso decidas dejarme, pero se me había ocurrido pedirte que te mudaras conmigo.

– ¡Oh! –Esta repentina confesión dejó a Bárbara sin palabras durante unos segundos–. ¿Pensabas hacerlo o lo estás haciendo?

– Pensaba hacerlo, no lo estoy haciendo –aclaró Hermann, divertido ante su reacción–. Por la cara que pusiste debes de pensar que me he vuelto loco.

– No es eso, es que sí fue algo inesperado –contradijo la pelirroja–. No hemos hablado ni remotamente de lo que somos y ya te saltaste hasta ese punto.

– Por eso dije que pensaba hacerlo, no que lo fuera a hacer –repitió Kaltz. Ella no había retirado su mano, lo cual era una buena señal–. Pero tal y como acabas de decir, eso sería ir demasiado rápido. Sin embargo, sí me gustaría decirte que eres muy importante para mí y que me gustaría creer que tenemos un futuro juntos.

– A mí también me gustaría pensar eso. –Bárbara apretó con fuerza su mano–. Pero me gusta el ritmo que llevamos: despacio, aunque sin pausas. Constante y hacia delante, nunca en retroceso. ¿Quién sabe? Podría venir a Hamburgo a tomar un par de posgrados en su prestigiosa universidad. O en Dortmund, o en donde fuera.

– O podrías hacerlo en Múnich y yo te iría a ver –sugirió Kaltz–. Hay un mundo de posibilidades para dos personas que quieren estar juntas.

– Ciertamente, así es. –Ella se giró para verlo y sonreírle con ternura–. Lo mejor del caso es que podremos descubrirlo juntos.

Frente a ellos, una multitud de personas se apresuraban para tomar los vehículos que entraban y salían de la estación: empleados con retraso para ir al trabajo, madres con sus hijos, ancianos pensionados, algunos colegiales que escaparon de clases, todos habitantes de una ciudad como tantas que hay en este mundo. Pocas personas se detenían para contemplar a la pareja desigual que permanecía sentada con las manos entrelazadas y, las pocas que lo hacían, no se daban cuenta de que a él lo habían visto varias veces por televisión y, quizás, también en el estadio. Nadie les prestaba la atención que debían de haber recibido, tal vez porque, en ese momento, Kaltz y Bárbara eran tan sólo otra pareja que acababa de depositar su fe en el futuro y por tanto, se habían mimetizado muy bien con el resto de la gente que corría a su alrededor.

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Tokio.

A pesar del desastroso resultado, los ejecutivos de la JFA ratificaron a Kozo Kira como entrenador de la Selección Sub-23 de Japón para el partido contra Arabia Saudita, el primero de la segunda vuelta. Que él continuara al mando dependía del resultado contra este combinado; estaba de más decir que, si Japón perdía o tan siquiera empataba ese juego, Kira sería destituido de inmediato. A esas alturas no servía de mucho el buscar excusas, lo que debía hacerse era encontrar una estrategia casi infalible para lograr el objetivo impuesto. Desgraciadamente, para que cualquier plan japonés funcionara se hacía indispensable que Australia cometiera un error, es decir, que tuviera un empate o, más difícil aun, una derrota en alguno de sus partidos, que acortara la distancia entre ellos y Japón. Parecía algo improbable, pero ciertamente que no era imposible, después de todo los australianos también eran humanos.

Gracias a Hana, Genzo sabía que, en la reunión que tuvo Kira con el equipo, más de uno se culpó del mal resultado contra Australia, aunque al final fue Igawa el que acabó echándose sobre las espaldas el peso del fracaso. La prensa misma lo había hecho papilla al señalarlo como el que causó que la estrategia de Japón se fuera a la basura, aunque Wakabayashi creía que era incorrecto, además de injusto, el culpar de todo a un solo hombre, ya que en el fútbol había otros diez en el campo. Igawa, de cualquier manera, se había tomado como algo personal esa derrota y estaba más que dispuesto a corregir sus errores, aunque de nada le serviría si Japón perdía los otros dos encuentros en los que él no estaría. Así pues, a Igawa no le tocaría ser un héroe por el momento y tendría que dejar ese puesto a sus compañeros, al igual que Genzo.

– ¿Y tú qué planeas hacer, Wakabayashi? –preguntó Hana, cuando acabó de narrarle las noticias de las que disponía–. O sea, no me estoy refiriendo a qué harás con respecto a si jugarás o no, queda establecido que no puedes hacerlo, pero quisiera saber si piensas estar con el equipo en los tres partidos que quedan por jugar ya que no es obligatorio que nos acompañes. ¿O vas a volver a Alemania para recuperarte?

Genzo intercambió una mirada rápida con Lily, quien dejó de leer momentáneamente el libro que tenía entre manos para hacer contacto visual con él. Aunque la médica se mantenía apartada para que los otros dos tuvieran la libertad de hablar, Hana había insistido en charlar en inglés, por lo que Lily estaba entendiendo todo. Aizawa se dio cuenta de ese intercambio de miradas y se preguntó si había dicho algo inapropiado.

– He platicado mucho de eso con mi doctora, en base a lo que ha decidido el traumatólogo con respecto a mi tratamiento –contestó Wakabayashi, con seriedad–. Él desea que me quede hospitalizado por unos días más y después de eso me dará de alta, si es que mi fractura no empeora, con lo que tendré la libertad de hacer lo que deseo. Si bien el médico no me ha prohibido acompañar a la Selección a los partidos, la doctora no considera prudente que ande viajando de aquí para allá y estoy de acuerdo con ella. A lo más, dependiendo de cómo evolucione, podría estar presente en el partido contra Australia, pero no en los que serán contra Arabia Saudita y Vietnam.

– Empezando por el hecho de que el entrenador no te convocaría para esos dos juegos, Wakabayashi –comentó Hana, con sutileza.

– Sí, también eso –aceptó Genzo–. Así pues, tengo tres opciones: quedarme en Tokio en el departamento de Mikami o volver a Alemania para continuar recuperándome. Todavía estamos considerando cuál es la mejor.

– Ésas son dos opciones –corrigió Hana, asombrada de que Genzo dijera "estamos" en vez de "estoy"–. ¿Cuál es la tercera?

– Irme a Shizuoka –suspiró el portero–. He recibido un mensaje de Eiji, me ha dicho que nuestro padre quiere que vaya a recuperarme a nuestra casa.

– ¡Oh! Ya veo –exclamó Hana, tras lo cual le echó un vistazo rápido a Lily, quien seguía con la vista fija en su libro; la japonesa no pasó por alto el tono de sarcasmo con el que había hablado Genzo–. Supongo que esa opción no te parece muy buena, si no la estás tomando en cuenta.

– Me habría gustado que mi padre viniera a visitarme al hospital en vez de querer corregir este nuevo descuido de su parte ofreciéndome atención de primera línea en su hogar –replicó Wakabayashi, frunciendo el ceño–. Es la clase de cosas que hace él: ignorarme la mayor parte del tiempo para después hacer algo exagerado y con eso asegurar que le importo.

– Entiendo que estés enojado y no es para menos. –Hana escogió con cuidado sus palabras–. Pero me parece que él sí se preocupa por ti.

– Tiene una forma rara de demostrarlo –bufó Genzo.

– Sí, es cierto. –Hana decidió no seguir insistiendo en ese punto–. Si regresas a Alemania, ¿lo harías a Hamburgo?

– No. –Curiosamente, Genzo sonrió–. Tengo un departamento en Múnich que recién acabo de amueblar, me iría para allá, así estaría más cerca de mi doctora.

– Ésa es una mejor opción –sonrió Hana también–. Tal vez esté adelantándome a los hechos pero, ¿te acoplarás con nosotros para el partido contra Australia? Sé bien que te gusta hacer tu aparición estelar en los juegos importantes.

– Es correcto –asintió Genzo, divertido; Lily, a su vez, hizo un movimiento con la cabeza–. Probablemente estaré presente para ese encuentro, si es que el entrenador y los médicos lo permiten.

– No creo que haya problema por parte del entrenador Kira, aunque lo habitual es que los lesionados vean el partido desde las tribunas –señaló Hana.

– Hazlo entender –farfulló Lily por lo bajo, lo que ocasionó que los otros dos soltaran una risita.

– Ya lo veremos en su debido momento –señaló Genzo–. De cualquier manera, no me hará daño ver el encuentro desde la banca, siempre y cuando prometa no intentar salir a jugar.

Hana contuvo las ganas de volver a reírse. No quedaba duda de que Wakabayashi estaba prometiendo comportarse gracias a la influencia que la doctora Lily ejercía en él, lo cual, bien mirado, no era algo negativo.

– Le comentaré tus pensamientos al entrenador Kira en cuanto tenga oportunidad –dijo Hana–, pero espero que no te ofendas si no toma como prioridad el que permita que estés en la banca en el último juego.

– Por supuesto que no me ofenderé –suspiró Wakabayashi y miró por la ventana–. Estoy consciente de que en este momento tiene mejores cosas en las cuales pensar.

La gran pregunta que flotaba en el aire era si Kira al fin convocaría a los jugadores que militaban en el extranjero. Hacerlo podría cambiar el rumbo de la situación, pero algo le decía al portero que el técnico no se iría por esa vía. En cualquier caso, ya tendría tiempo de averiguarlo.

En ese momento, Lily comentó que iría a comprar una bebida y salió de la habitación, sin esperar a que Hana se ofreciera a acompañarla. Iba feliz, caminando con calma hacia la zona de máquinas expendedoras con la esperanza de que hubiera una que le diera una bebida fría de entre las muchas que vendían sopas instantáneas recién hechas y ropa de repuesto (era cierta la leyenda urbana que decía que en Japón podía encontrarse casi cualquier cosa en una máquina expendedora), pensando en las opciones que Genzo le había comentado a Hana. Cuando Lily llegó a Japón, tenía la idea fija de que Wakabayashi pasaría muchos días en el hospital y que al salir se iría con Mikami a su departamento para continuar con su convalecencia (y aparentemente Genzo había tenido la misma idea), pero tras hablarlo a detalle durante un buen rato, tanto Lily como Wakabayashi se preguntaron qué necesidad había de que él permaneciera en Japón. Como tal, Genzo no tenía contraindicación para tomar un vuelo de regreso a Alemania, así que no estaba condenado a permanecer en Japón por orden médica. Siendo así, él podría ocupar el departamento que recientemente había comprado en Múnich (al cual pertenecía la llave que colgaba del llavero de guantes de portero que Lily le había regalado) para llevar a cabo la recuperación de su cuerpo y también la de su revitalizada relación con la doctora Del Valle. Ella, por supuesto, tendría que volver al trabajo, pero si Genzo estaba en la misma ciudad, no le costaría nada pasar a verlo un día sí y otro también, tanto para ayudarlo como para recuperar el tiempo que habían perdido por culpa de una pelea estúpida. Y esto, por supuesto, ponía a Lily de muy buen humor.

Wakabayashi no lo había mencionado, pero Lily estaba segura de que, si ellos no se hubiesen conocido, él no habría dudado en volver a la casa paterna para ser mimado y atendido allá por los criados, por su madre y por quien se dejara durante el tiempo que durara su recuperación, o quizás habría permanecido al lado de Mikami, a quien consideraba como un segundo padre. Sin embargo, en ese universo la situación era distinta y el simple hecho de pensar que él confiaba su cuerpo y su salud a Lily, por encima de sus propios familiares, le hacía ver a la mexicana que Genzo en verdad la amaba.

Para su fortuna, Lily encontró una máquina que cumpliría sus deseos, entre una que vendía bebidas calientes y otra que despachaba fruta. No sin cierta dificultad, porque había demasiadas de sabores exóticos, la joven pudo elegir una bebida que le resultó atrayente y metió el importe exacto en la máquina. Justo cuando se estaba agachando para recoger la lata, que cayó en el receptáculo con un ruido sordo, Lily sintió la mirada penetrante de alguien clavada en su nuca y un escalofrío la recorrió de pies a cabeza. Se preguntó si acaso Shuzou Wakabayashi al fin había hecho acto de presencia en el hospital para ver a su hijo, pero luego se dijo que, de ser así, él no tendría por qué estar mirándola, ni siquiera la conocía, así que se giró para ver de quién se trataba. De pie, a pocos metros de ella, se encontraba una mujer joven, alta, bella y de piel muy blanca, cuyo ceño fruncido y su mirada enojada le dieron pistas a Lily sobre quién era: sin lugar a dudas, esa mujer era una Wakabayashi, esa actitud era su sello de familia. A Lily le pareció que ya había visto a esa joven antes en fotografías, pero no estaba muy interesada en comprobarlo.

"¿Esta mujer será Eriko?", se preguntó la doctora. "Sólo ella tendría razón para mirarme como si quisiera matarme con la vista. O bueno, mejor dicho, sólo ella creería tener un motivo para mirarme como si quisiera matarme con la vista".

Lily consideró sus opciones: darse la media vuelta, escalar las máquinas expendedoras y salir corriendo en sentido contrario, o pasar junto a Eriko como si no tuviera ni la remota idea de quién era ella y por qué la miraba de esa manera. Si bien lo de escalar las máquinas le resultaba interesante, Lily no tenía deseos de salir huyendo ante quien quiera que fuese esa mujer, aunque se tratase de Eriko, así que caminó con tanta naturalidad como pudo mientras enfocaba su atención en otra cosa.

Eriko, a su vez, sabía bien que la joven que estaba comprando una bebida era la extranjera que decía ser novia de Genzo. La había visto salir de la habitación de su primo y la había visto también en fotos las suficientes veces como para poder reconocerla (además de que ese cabello tan largo no dejaba lugar a dudas), así que decidió seguirla, aunque no estuvo muy segura de para qué. ¿Para confrontarla? ¿Para decirle que dejara a Genzo en paz? ¿Para repetirle que nadie en su familia la aceptaba? ¿Para reclamarle por el hecho de que, contrario a lo que Eriko pensaba, se había atrevido a atravesar el mundo para ver a Genzo? Y, en cualquier caso, ¿serviría de algo decírselo? Una mujer que había tenido el valor de viajar desde tan lejos para ver a un hombre sin duda que no se detendría ante cualquier reclamo. Durante un par de segundos, Eriko estuvo considerando la opción de darse la media vuelta e irse sin hablarle a Lily, pero entonces ésta se giró y aquélla supo que no habría más remedio que enfrentarla.

"No sé por qué, pero la detesto", admitió Eriko. "Quizás porque se comporta como si creyera que es digna de estar con Genzo".

Tal vez lo que en realidad le molestaba a Eriko era que Lily no hubiese actuado como pensó que lo haría (es decir, que no se quedó en Alemania sin preocuparse ni un ápice por Genzo), pues con eso había mostrado una determinación que la japonesa no tendría jamás. Y algo que Eriko Wakabayashi no toleraba era que una persona del sexo femenino se atreviera a ir más lejos de lo que ella misma estaba dispuesta a ir.

– Tú eres Lily Del Valle, ¿verdad? –la interrogó Eriko en inglés, cuando la muchacha pasó a su lado–. A ver si nos vas haciendo el favor de dejar a Genzo en paz.

En su mente, las palabras sonaron menos idiotas de lo que en realidad eran, pero Eriko las había soltado ya y no había manera de corregirlas. Aun así, no esperó la reacción que tuvo Lily al oírla: la extranjera se echó a reír a carcajadas, como si Eriko le hubiera contado el mejor chiste de su vida. Ésta enrojeció, era evidente que la doctora estaba burlándose de ella con muchas ganas.

– Y supongo que tú eres Eriko, ¿no? –contraatacó Lily, cuando acabó de reírse–. Me habían contado que eres prepotente pero no pensé que también fueses idiota. ¡Mira que creer que tienes el poder de decirme lo que yo debo hacer, qué tontería!

Eriko la contempló con mucha rabia y se sorprendió cuando Lily, lejos de amedrentarse, le devolvió la mirada. Alejar a esa mujer de Genzo le iba a costar a Eriko más trabajo del que creía.


Notas:

– Para la época en la que está ambientada esta historia, el Hamburgo no ha descendido todavía a la liga Zweite.

– En el manga no se aclara si Genzo acompaña a la Selección de Japón en los partidos contra Arabia Saudita y Vietnam, sólo se le ve aparecer en el encuentro contra Australia.

– Dije que esto se acababa en aproximadamente cinco capítulos, pero para variar me falló el cálculo, seguro que serán más.