Capítulo 75.

Tokio.

Lily sintió que la acidez se le acumulaba en el estómago y se lo contraía al grado de hacerla sentir dolor. Esa maldita gastritis, que no quería dejarla en paz por más medicamentos que tomara, estaba dándole guerra otra vez, como sucedía en cada ocasión en que algo la estresaba o la hacía enojar.

"No estaba preparada para esto", pensó, mientras consideraba la opción de empujar a Eriko y dejarla hablando sola. "O sea, sí supuse que alguien de la familia de Genzo vendría a visitarlo, pero no esperé que uno de ellos me acorralara a solas, qué fastidio". Por supuesto, la opción de pasar por encima de Eriko, aunque tentadora, no era viable, pues le habría hecho creer que le tenía miedo, cuando no era así. "Nunca hay que demostrarle a un animal salvaje que tienes miedo y no cabe duda de que Eriko es bien animal, así que vamos a seguirle el juego".

– ¿Cómo te atreves a hablarme de esa manera? ¿No te da vergüenza? –espetó Eriko, cuando se repuso de la impresión que el causó el que Lily se riera en su cara–. ¡No estamos al mismo nivel!

– No, efectivamente, no lo estamos –replicó Lily, sin inmutarse–. Soy médica con una especialidad en proceso, mientras que tú, hasta donde sé, eres influencer de Instagram. Académicamente hablando, estás a años luz de mí.

La habitualmente pálida Eriko enrojeció al punto de que sus mejillas parecieron dos cerezas bien maduras. Daba la impresión de que quería estrellar sus tacones en la cara de Lily, pero no estaba tan loca para hacerlo, todavía no.

– Contigo no se puede –bufó Eriko, indignada–. Tienes el ego tan inflado que no te das cuenta de que estás actuando de manera absurda. ¿De verdad crees que Genzo se va a casar contigo algún día y que será feliz contigo? ¿En serio crees que te vamos a aceptar en la familia?

– Por lo que veo, el problema contigo es que das por hecho que lo que yo quiero es casarme con Genzo y que me muero por pertenecer a tu familia cuando no es así, ninguna de las dos cosas es cierta –rebatió Lily–. Él y yo no hemos pensado todavía en casarnos, no hemos llegado a ese punto, pero si lo hacemos y le digo que sí, no será porque me muera por tenerte de cuñada, ciertamente. Y si consideras que ya pienso eso siendo ésta es la primera vez que hablamos, es para preocuparse. En cualquier caso, a mí me importa un carajo la familia de Genzo, a quien amo es a él, no a su apellido.

– Pero, por más que quieras, no puedes ignorar que tiene una familia y una tradición que debe respetar –insistió Eriko, más enojada si era posible–. Nosotros no vamos a desaparecer sólo porque tú así lo deseas, Genzo no se crio solo y gran parte de lo que tiene se lo debe a mi tío.

– No, tienes razón en eso –admitió Lily, tras quedarse callada un momento. Eriko pudo notar que sus palabras la descolocaron–. No puedo fingir que ustedes no existen, tú serías la primera que no me lo permitiría.

– ¡Estoy hablando en serio! –Eriko hirió el suelo con su tacón–. ¡No sigas burlándote de lo que te digo!

– Lo dije totalmente en serio –aseguró Lily, cuya expresión desafiante desapareció de sus ojos chocolate–. Sería una necedad de mi parte pedirle a Genzo que corte cualquier relación con su familia para estar conmigo, por eso es que nunca se lo he pedido, ha sido él quien tomó esa decisión y aún así no estoy conforme con eso; contrario a lo que piensas, no quiero que Genzo decida entre ustedes y yo, porque preferiría que a la larga su familia me aceptara. Pero, si no llega a pasar así, y estoy consciente de que hay una alta probabilidad de que no ocurra, no me parece justo que por ideas de terceras personas yo tenga que renunciar a lo que quiero. Tú no lo harías, ¿por qué yo sí debo hacerlo? ¿Sólo porque nacimos en diferentes partes del mundo? ¿Eso en qué forma es culpa mía?

Eriko abrió la boca para responder y después volvió a cerrarla. En su mente, miles de escenarios se formaron cuando se imaginó hablando con Lily Del Valle, pero nunca pensó en uno en donde ella pudiera soltarle cosas que tuviesen sentido. Eriko no estaba segura de qué clase de persona creyó que era Lily, pero sí esperó que fuera alguien con menos sentido común y muchas más ganas de aprovecharse de una situación favorable, como lo era el tener un novio con dinero.

– Así es como son las cosas y tú no las vas a cambiar –habló Eriko en voz baja–. Te guste o no.

– Ya lo veremos –replicó Lily–. Yo, al igual que Genzo, no soy de las que aceptan las cosas sin pelear primero. Además, me fastidia bastante que saquen la carta de "somos su familia y tenemos reglas estrictas que deben ser respetadas", pero que al mismo tiempo pongan mil pretextos para no ayudar a Genzo cuando está lesionado, que es cuando más necesita a su familia. Sí, es cierto que no puedo ignorar que ustedes existen, pero es bastante hipócrita que lo digas cuando no toman en cuenta que Genzo también existe, ni siquiera cuando está en el hospital.

Muy a su pesar, Eriko se sintió profundamente dolida por el reclamo. ¿No estaba ella ahí para ver a Genzo? ¿Cómo se atrevía esa descarada a llamarle hipócrita? Sí, era verdad, Shuzou Wakabayashi no había tenido tiempo para ir a ver a su hijo, ¡pero era porque estaba muy ocupado! Y, además, Genzo estaba pasándose de rebelde, ¿cómo quería que su padre lo fuese a ver cuando tenía esas actitudes con él? La japonesa deseaba contestar con alguna frase o expresión que le bajara las ínfulas a esa mujer, pero ya se había dado cuenta de que ésta era tan ágil con la lengua como lo era Genzo, por lo que tardó mucho en intentar hablar y después ya no tuvo la oportunidad de hacerlo.

– ¿Qué carajos está pasando aquí? –las interrumpió una voz femenina, que Eriko identificó como la de Elieth Shanks–. Si no supiera que Lapinette nunca se rebajaría a eso, pensaría que están a punto de agarrarse del pelo.

– ¡Ah, Elieth! –exclamó Eriko, con efusividad; Lily notó cómo su expresión cambió en un instante al ver a la rubia–. ¡Cuánto tiempo sin verte! No sabía que estabas en Japón. ¿Estás aquí por Genzo?

– Sí, vine con Lily –respondió Elieth, con expresión de desconcierto–. No iba a dejar que viajara sola y, además, yo también estoy preocupada por él, es mi mejor amigo. Por otro lado, me sorprende verte aquí, para ser sincera.

– ¿Por qué? –cuestionó Eriko, alzando las cejas.

– Porque tenía entendido que toda tu familia estaba enojada con Genzo y que por lo mismo no vendrían a verlo. –Elieth frunció el ceño–. Bueno, no, hablemos con la verdad: aunque no estuvieran enojados con él, de todos modos no vendrían a verlo, simplemente ahora encontraron un buen pretexto para no hacerlo.

– Lo dices como si nunca nos preocupáramos por él –reclamó Eriko, dolida–. Yo siempre he estado al pendiente de su salud.

– Sí, lo haces mientras Genzo está en Japón. –Elieth se hizo a un lado para permitir que un familiar de algún paciente pasara hacia el área de máquinas expendedoras–. Pero no es así cuando él está en Alemania, lo que ocurre como en el 90% de las ocasiones.

Eriko hizo una mueca de disgusto. Por alguna extraña razón que no comprendía, ahora Elieth Shanks, a quien conocía de toda la vida, también le estaba haciendo reclamos sobre su nulo interés por Genzo. ¿Se trataba de alguna conspiración en su contra o la señorita Del Valle tenía algo que ver en la actitud arisca que estaba mostrando Elieth hacia ella?

– ¿Puedo hablar contigo a solas? –Eriko momentáneamente no tomó en cuenta la queja.

– No lo sé, no estamos solas –replicó Elieth, señalando a Lily–. A ella no la puedes hacer a un lado, por más que quieras.

– Por mí no hay problema –suspiró Lily, aliviada de poder quitarse a Eriko de encima, aunque fuese por un momento–. De todos modos ya me cansé de tanta tontería, es agotador discutir con alguien tan necio. ¿Karl no vino contigo, por cierto?

– ¡Oye, la necia aquí eres tú! –protestó Eriko.

– Está afuera, se quedó hablando con algunos fans que lo reconocieron y le pidieron su autógrafo, no debe de tardar en entrar –aclaró Elieth e ignoró a la japonesa–. ¿Estás segura de que no hay problema?

– Bien segura. –Lily le lanzó a Eriko una mirada furibunda–. Iré a buscar a Karl antes de regresar a la habitación de Gen, te veremos más tarde.

Lily y Eriko se lanzaron mutuamente miradas de advertencia cuando la primera pasó al lado de la segunda; la japonesa esperó hasta que la mexicana se hubo perdido de vista para llevarse a Elieth a un rincón más apartado.

– ¿De qué quieres que platiquemos tan urgentemente? –cuestionó Elieth, como si Eriko fuera una amiga que quisiese contarle el último chisme de la celebridad de moda.

– De esa chica –respondió Eriko–. Tienes que ayudarme a hacerla entrar en razón para que deje de ver a Genzo, debes hacerle entender que lo que más le conviene es dejarlo en paz.

Elieth la miró fijamente durante unos segundos con los ojos entrecerrados, tratando de adivinar si Eriko era idiota o si nomás fingía serlo. Al final, soltó un suspiro pronunciado, como si hubiera llegado a la conclusión de que su interlocutora era simplemente imbécil y ella tuviera que soportarla porque no le quedaba más remedio.

– ¿Y por qué quieres que yo te ayude? –inquirió la francesa–. ¿Yo que tengo que ver en tus ideas estúpidas?

– Es tu amiga, tú debes de saber cómo tratar con ella –explicó Eriko, enfurruñada.

– Hablas como si Lily fuese una persona difícil de tratar –replicó Elieth.

– ¡Lo es! Es muy cínica, con ella simplemente no se puede dialogar. –Eriko se cruzó de brazos, furiosa.

– Que no se deje amedrentar por cualquiera no la vuelve una cínica –rectificó Elieth–. Pero bueno, el punto no es ése, sino el hecho de que no sé por qué piensas que yo querría hacer algo tan desleal como convencer a mi mejor amiga de que abandone al hombre que ama y que la ama. ¿Qué clase de persona crees que soy? Además, yo tampoco entiendo qué problema hay en que Lily esté con Genzo y mejor será que no pongas ese pretexto idiota de la nacionalidad o el del status social porque ahora mismo voy y me busco un café bien caliente para aventártelo en la cara.

– ¿Y por qué no? –cuestionó Eriko, cuyas mejillas volvieron a enrojecer. Como era de esperarse, omitió responder a la pregunta que le hacía Elieth acerca de qué clase de persona creía Eriko que ella era–. En Japón tenemos tradiciones que deben ser respetadas y ella debería de entenderlo, no está a la altura de nuestra familia por ser mexicana.

– Es broma, ¿verdad? Porque si no lo es, me voy a ofender muchísimo. –Elieth la miró con el ceño fruncido–. Te recuerdo que yo también soy mexicana, así que explícame cuál es el problema con serlo.

– Pero tú eres diferente –se apresuró a añadir Eriko–. Tú no eres como ella.

– ¿Por qué no? –insistió la otra–. ¿Es porque soy rubia, mitad francesa o hija de un embajador? ¿O por todo a la vez? Vaya, que no pensé que fueras tan imbécil, mujer, de verdad.

– No es sólo por eso. –Eriko estaba tan ofuscada que no reaccionó al insulto de la otra–. El hecho de que provenga de un país tercermundista la hace a ella una aprovechada que está buscando la forma de salir del sitio de mala muerte en el que seguramente ha vivido toda su vida.

Esta vez la que enrojeció fue Elieth, aunque lo hizo de rabia y no de vergüenza. Ella tuvo que hacer un gran esfuerzo para no responder como quería y, en vez de eso, respiró profundo en varias ocasiones antes de hablar.

– Voy a pasar por alto el insulto tan racista que acabas de hacer, Eriko, y me limitaré a contestarte en el punto que te interesa –dijo la francesa–. ¿Realmente crees que Lily, que viajó desde Alemania para ver a Genzo, es una oportunista que anda tras su dinero o su estatus social o la estupidez que se te venga a la mente? ¿Cuántas mujeres interesadas conoces que harían algo así? Además, suponiendo que sí lo fuera, ¿en serio crees que él sería tan tonto como para aceptar a una persona así a su lado?

– Podría tenerlo engatusado –balbuceó Eriko, al darse cuenta de que las cosas no le iban a salir como quería, otra vez.

– Mira, dejemos esto aquí y no me hagas perder más tiempo –sentenció Elieth, con dureza–. Me ofende profundamente que creas que sería capaz de conspirar en contra de mis dos mejores amigos y me ofende todavía más que hables así de la patria de mi madre, que también es la mía y la de Lily. Si no te jalo yo misma del cabello es porque tengo dignidad, más que tú.

– Erika es mucho más coherente que tú, eso me queda claro –atacó Eriko, cuando la otra le dio la espalda–. Ella no se negaría a ayudarme y entendería que tengo razón.

– Erika no tiene ni idea de cuáles son tus ideas y prejuicios, querida –replicó Elieth, con sarcasmo–. Si los tuviera, ni siquiera te daría los buenos días, no insultes a mi hermana. Bueno, no, sí lo haría porque es la Señorita Elegante de Modales Perfectos, pero definitivamente no te seguiría considerando su amiga. Y mira, yo no puedo prohibirte que veas a Genzo, pero si vas a hacerlo cuando esté Lily presente, quiero que te quede claro que no voy a permitir que la insultes delante de mí.

Elieth no esperó por su respuesta y se marchó tan rápido como pudo, mientras trataba de mantener la compostura. Siempre estuvo consciente de que Eriko era una persona clasista y discriminativa, pero no consideró que sus segregaciones llegaran a un nivel tan alto; así también, una de las cosas que más la indignaban era que la japonesa creyera que los Shanks sí eran aceptables, a pesar de ser mitad mexicanos, por el hecho de tener sangre europea, dinero e influencias, mientras que Lily no lo era por no poseer ancestros europeos o una familia de alto renombre. Estaba muy claro para Elieth que, si sus hermanos y ella no fuesen mitad franceses, también serían discriminados por Eriko y por su familia.

"Qué me sorprende, si así funciona el mundo", se dijo la joven. "Aun así, es difícil aceptarlo de alguien que conoces desde hace muchos años y sobre todo porque Genzo, su primo, no es así".

La reportera respiró profundo en varias ocasiones para calmarse lo suficiente y entrar con una sonrisa más o menos sincera a la habitación de Wakabayashi, en donde ya se encontraban también Lily y Karl. Sólo Lily se dio cuenta de que Elieth estaba furiosa, quizás porque la conocía bien o tal vez porque suponía que lo que le dijo Eriko no fue algo agradable. Sin embargo, ambas actuaron con cierta naturalidad cuando la francesa le anunció a Genzo que se había encontrado con su prima.

– ¡Ah! Hana me avisó que también había venido a verme –respondió el portero–. Fue a buscarla, de hecho, dijo que ya se había tardado mucho en llegar y pensó que quizás había tenido algún problema para ingresar.

– Quién sabe si venga o no, comentó que tenía cosas importantes por hacer–. aclaró Elieth. Conocía a Eriko lo suficiente para saber que no haría acto de presencia, no tras el descalabro que acababa de darse–. Tal vez regrese otro día.

– Ya veo. –Wakabayashi parecía desconcertado, pero no le dio importancia al asunto.

Lily decidió que ése era un buen momento para revisarse las uñas a detalle y Elieth se preguntó si ella le habría contado a Genzo acerca de su enfrentamiento con Eriko. La rubia no tenía idea de qué tanto se habrían dicho esas dos, pero no se necesitaba tener mucha materia neuronal para saber que no se habían estado haciendo cumplidos mutuos. Elieth suponía también que Lily se habría ahorrado hacerle pasar ese mal rato a Wakabayashi por el momento, pero sería inevitable que tarde o temprano él se enterara de lo que había ocurrido.

– Pero bueno, eso no importa ahora –añadió Elieth, más animada–. Tenemos buenas noticias para ti.

– ¿De verdad? –Genzo enarcó las cejas–. ¿De qué se trata?

– En realidad, es ella la que tiene las buenas noticias, yo no hice gran cosa. –Schneider se encogió de hombros.

– Oh, tú diste el apoyo moral –se rio Elieth–. En fin, contacté a un estupendo cirujano, el doctor James Lawrence, y vendrá a verte en estos días.

– ¿De verdad? –Wakabayashi se asombró–. Te lo agradezco, pero mi lesión no es tan severa, o eso creo.

– Aparentemente no, pero este médico es uno de los más reconocidos especialistas en cirugía maxilofacial a nivel mundial y está haciendo un diplomado en Japón, lo llamé y me ha dicho que tiene tiempo para venir a verte –explicó Elieth–. Se lo comenté a Lily ayer y ambas acordamos que no es mala idea pedirle una segunda opinión.

– Eso no lo sabía. –Genzo se giró a ver a Lily–. No me lo habías comentado, doctora, creí que estabas conforme con el manejo que me están dando aquí.

– Lo estoy, creo que es bastante decente –aclaró Lily, quien dejó de mirarse los dedos para ver a su novio–. Pero Eli me ha asegurado que este cirujano maxilofacial es realmente muy bueno y, si es así, no te hará daño que te haga una valoración. Además, un especialista de este tipo está más capacitado que un traumatólogo, por lo que su enfoque de tratamiento en teoría será mejor.

– Bien –asintió Genzo, conforme, tras lo cual miró nuevamente a Elieth–. Siendo así, te lo agradezco mucho, Peque.

– Ya sabes, para eso somos amigos. –Elieth le sonrió con sinceridad–. Se pondrá en contacto con Lily en cuanto pueda para organizar su visita.

– Muy bien –aceptó el portero–. Lo estaremos esperando.

– ¿Ya decidiste en dónde vas a pasar tu convalecencia, si en Japón o en Alemania? –intervino Karl.

– Todavía no –negó Wakabayashi–. Es una decisión que debo meditar.

– No me digas que estás considerando la opción de irte con tu familia a Shizuoka –gruñó Elieth, quien volvió a recordar lo ocurrido con Eriko.

– Pensaba más bien en quedarme con Mikami –rebatió Genzo–. No creo que irme a casa de mis padres sea lo mejor que pueda hacer ahora.

– Menos mal que tienes algo de amor propio –aprobó Elieth–. Después de lo que tu padre ha hecho, no merece que seas complaciente con él.

– ¿Te has enterado de algo nuevo? –cuestionó el portero, extrañado–. Pareces estar muy molesta.

– No necesito enterarme de algo nuevo para estar enojada –contestó Elieth, escogiendo con cuidado sus palabras. Debía controlarse un poco si no quería que Genzo averiguara lo de Eriko–. Basta con lo que ha hecho desde que sabe que estás con Lapinette para que me enoje. Y bueno, mientras no se presente aquí a ver cómo estás, está dando otro motivo para que caiga en desgracia.

– Ya veo. –Por alguna razón, Wakabayashi no se mostró convencido–. Bien, ya decidiré en su momento qué haré, por lo pronto agradezco que me hayas conseguido esta valoración, Peque.

– Como había comentado ya, le dejaré los datos de contacto a Lily, porque no sé si el doctor Lawrence alcance a venir antes de que Karl y yo tengamos que volver a Alemania –aclaró la francesa–. He hablado ya con el administrador del hospital y me ha asegurado que no habrá problema con que venga un médico externo a revisar a un paciente, siempre y cuando tenga permiso para laborar en el país y el doctor Lawrence tiene su documentación en regla. De cualquier manera, si llega a haber problema, basta con que hablen a la embajada francesa para que se hagan cargo.

– ¿Nos harán caso aunque ninguno de nosotros sea francés, incluyendo el mismo doctor Lawrence? –preguntó Lily, preocupada.

– Por supuesto que sí, ¡qué pregunta! –replicó Elieth, muy digna–. Quisiera que alguien se atreva a decirles que no los pueden ayudar porque no son franceses.

– Eso sería lo lógico, pero no olvidemos que estamos hablando con la persona que hizo que me encarcelaran en un consulado –terció Karl, entre enfurruñado y divertido.

– Vaya que conviene tener amigos con influencias –bromeó Genzo, tras lo cual rio alegremente, aunque tuvo que detenerse pronto por culpa del dolor.

La mención de los amigos con influencias hizo que Elieth frunciera la boca, pero nadie más que Lily lo notó y el ambiente continuó siendo agradable. Además, por un increíble golpe de suerte, el doctor Lawrence le llamó a Elieth antes de que la visita se acabara para preguntarle si sería posible que acudiera a valorar al paciente en una media hora.

– Esto es perfecto, no esperaba que pudiera venir tan rápido –señaló la francesa, tras darles la buena nueva a los demás–. Todavía estamos en horario regular de visita, así que podremos estar presentes.

El médico llegó puntual a la hora que dijo que lo haría, aunque entró acompañado del traumatólogo de turno. En cuanto ambos hombres ingresaron a la habitación, Genzo anunció que Lily era su médica de cabecera y el traumatólogo confirmó que también era la doctora enviada por la JFA, por lo que la incluyeron en sus disertaciones médicas. El doctor Lawrence fue muy minucioso y al final concluyó que podía dar algunos ajustes al tratamiento ya establecido para favorecer una recuperación más rápida y disminuir al mínimo los riesgos.

– Me gustaría pasarte a cirugía para hacer una pequeña fijación –anunció el cirujano, mientras señalaba una zona del hueso lesionado del portero–. Sé que el primer médico que te atendió te dijo que prefería mantenerte en observación, pero considero que lo mejor es pecar de precavidos y no esperar a que sea muy tarde para hacer algo más invasivo.

– ¿Realmente es necesario, doctor? –inquirió Wakabayashi–. La fractura ni siquiera es fractura como tal, hasta donde sé.

– Mira, si te dedicases a un trabajo de oficina con un horario de nueve a seis, de ésos en los que te pasas todo el día sentado frente a una máquina, podría pasarlo –replicó el doctor Lawrence–. Pero eres futbolista y, por lo que la señorita Shanks me dijo, uno muy impaciente, así que a mi consideración el tratamiento conservador podría no ser el más adecuado. Además, los médicos a veces olvidamos que nuestros pacientes ríen, comen, sonríen y bostezan, lo cual también es un riesgo para lesiones como la tuya. No eres una máscara en un museo, los huesos y músculos de tu cara son de los que más se mueven en todo tu cuerpo y por eso es mejor ser revolucionario con el tratamiento.

El portero caviló unos minutos lo que el galeno acababa de decirle, tras lo cual miró a Lily; ésta asintió con la cabeza para apoyar las declaraciones del doctor Lawrence, lo que orilló a que Genzo tomara una decisión.

– Muy bien, doctor, hagámoslo. –Wakabayashi imitó el gesto afirmativo que hizo Lily con la cabeza–. Confío en su diagnóstico.

– De acuerdo –sonrió el doctor Lawrence–. Organizaré todo para que se te opere el lunes a primera hora de la mañana.

– Me encargaré de los detalles –ofreció el traumatólogo, feliz de poder aprender de un cirujano maxilofacial de tanto renombre.

– ¿No habrá problema por el hecho de que usted no trabaje en este hospital, doctor? –cuestionó Karl.

– Por eso digo que me haré cargo de los detalles –fue el traumatólogo quien contestó–. Dado que se trata de un paciente de alto nivel que además tiene tan buenas referencias, seguro que podremos hacer algo.

"En otras palabras, como dirían en mi país: con dinero baila el perro", pensó Lily, haciendo un esfuerzo para no reírse de su propia idiotez, mientras los dos médicos varones acababan de ponerse de acuerdo con el paciente sobre el procedimiento. En algún momento, el doctor Lawrence se giró hacia ella para preguntarle si deseaba entrar a la cirugía y Lily declinó el ofrecimiento.

– Creo que ya será suficientemente complicado incluir en la operación a un médico extranjero que no trabaja en este hospital como para intentar meter a otro –declaró la joven–. Estaré feliz de esperar a Genzo en el área de recuperación.

– Muy bien, doctora, que sea como quieras –asintió el doctor Lawrence.

Al poco rato, los galenos abandonaron la habitación y los cuatro jóvenes quedaron en la libertad de hablar sobre el asunto a sus anchas. En algún momento, Wakabayashi tuvo la curiosidad de saber en dónde había conocido Elieth al doctor Lawrence y ella le contestó que atendió a su abuelo cuando sufrió una fractura de cara debido a un accidente automovilístico. El señor Shanks quedó tan complacido con el tratamiento que había recomendado ampliamente las habilidades del doctor James Lawrence, motivo por el cual éste sentía que estaba en deuda con los Shanks.

– Así que, cuando mi padre me avisó que él estaba en Japón, no dudé en hablarle –concluyó Elieth–. Los dos supimos que era una oportunidad que no se podía dejar pasar.

– Me parece que mi suerte empieza a cambiar –sonrió Genzo, tras lo cual cambió el tema–. Por cierto, Aizawa ya no regresó, lo cual me extraña. Entiendo que Eriko tenía un asunto urgente por atender, pero esperaba que al menos Aizawa volviera para despedirse.

– Tal vez también tuvo alguna urgencia –aventuró Lily, tras intercambiar una rapidísima mirada con Elieth–. Ya sabes, de la JFA.

– Sí, tal vez –admitió Wakabayashi, sin estar muy convencido.

Genzo sentía que Lily y Elieth estaban ocultándole algo, pero al no poder averiguar qué era, tuvo que dejarlo pasar. No necesitaba pensarlo mucho para suponer que ese "algo" estaba relacionado a Eriko, pero él creía que, si Lily se hubiera topado con ella, seguramente le habría hecho algún comentario, sobre todo porque dudaba que Eriko se hubiese limitado a darle los buenos días. Aun así, cuando Schneider y Elieth se retiraron, Wakabayashi intentó interrogar a Lily acerca de si había visto a Eriko o si sabía de algo que hubiese ocurrido entre ella y Elieth.

– La verdad es que no quería hablarte sobre esto –suspiró Lily–. No mientras estés hospitalizado, pero ya aprendí que no debemos ocultarnos cosas importantes para evitar malentendidos entre nosotros, así que te diré que sí, vi a Eriko y no me dijo cosas precisamente agradables.

– ¿Qué tan malo fue, doctora? –preguntó Genzo, muy serio.

– Me soltó el discurso típico de que quiere que me aleje de ti y todo eso –respondió Lily, haciendo un gesto vago con la mano–. Ya sabes, la cantaleta aburrida de siempre, que no soy digna de ti y bla, bla, blá.

– Hmm –gruñó Wakabayashi, disgustado–. ¿No nos va a dejar en paz ni siquiera porque estoy herido?

– No es que esté defendiéndola, pero es la primera vez que nos topamos y quizás no quiso desperdiciar la oportunidad, qué se yo. –Lily se encogió de hombros–. De cualquier modo, lo que más me interesa contarte es que pidió hablar con Elieth a solas, no sé para qué.

– ¿De verdad? –se asombró el portero–. Ya se me hacía que algo raro estaba pasando con ella. ¿Por qué no me lo dijo?

– Ni a mí me ha platicado qué sucedió, tienes que admitir que no era el mejor momento para hacerlo –la justificó la médica–. Pero por la cara que puso, evidentemente no fue algo bueno y creo que ésa es la razón por la cual Eriko ya no vino a verte.

– Es probable –reconoció Genzo–. Piensas que Eriko se acercó a ti porque era la primera vez que te veía, pero yo creo que lo hizo porque estabas sola, no se habría atrevido a decirte algo enfrente de mí.

– Supongo que no –aceptó Lily–. Y supongo también que regresará por más.

– Lamento que tengas que pasar por esto. –El portero la miró abatido.

– Está bien, forma parte del paquete –replicó la mexicana, con una sonrisa–. Además, ella es tu pariente y tiene derecho a venir a verte, si quiere. Ya veremos qué pasará cuando regrese.

Él agradeció que ella fuese tan comprensiva, a pesar de que evidentemente la idea de volver a ver a Eriko no le agradaba a la doctora; sin embargo, Lily se preguntaba qué haría Eriko la próxima vez que se vieran, si la ignoraría en presencia de Genzo o si la trataría con desprecio. Ambas cuestiones eran malas porque Wakabayashi no toleraría ninguna de las dos cosas, pero no tanto como que Eriko volviera a insistirle con que lo dejara en paz, porque ahí sí que se armaría una guerra mundial. A Lily nunca se le ocurrió pensar, sin embargo, que también estaba una cuarta opción, es decir, que Eriko regresara con refuerzos, personas a las que Genzo no pudiera contener tan fácilmente como podría hacerlo con su prima.

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Todo parecía indicar que el entrenador Kira se retractaría de su decisión de no convocar a los jugadores del extranjero, o era lo que Makoto Soda insistía en declarar a los cuatro vientos, a todo aquél que quisiera escucharlo. Misaki se reservaba su opinión, pero pensaba que mandar traer a Tsubasa, a Hyuga y a Aoi no era tan fácil como muchos creían. Al final de cuentas, los jugadores profesionales se regían por estrictos contratos futbolísticos con sus equipos, ellos se debían enteramente a sus clubes, no a sus Selecciones, por lo que si el equipo en cuestión se negaba a ceder al jugador requerido por tratarse de un simple partido clasificatorio, el entrenador de la Selección Nacional tendría que resignarse a ello y prescindir del convocado. Y ésta era una verdad que muchos periodistas y mangakas japoneses se negaban a aceptar.

– La prensa cree que, como Tsubasa se salió con la suya aquella vez en la que abandonó al Sao Paulo para jugar con Japón el Mundial Sub-19, ya cualquier futbolista puede hacer lo mismo las veces que quiera –comentó Misaki a Matsuyama en alguna ocasión–. Y nosotros sabemos que no es así; si aquí en Japón el asunto es estricto, con los clubes de Europa es todavía peor.

– ¿Piensas entonces que eso hará desistir a Kira de su idea de traer a Tsubasa, Hyuga y Aoi? –cuestionó Matsuyama.

– Debería de tenerlo en consideración, si es el entrenador –replicó Misugi.

– Siempre y cuando en verdad tenga la idea de mandarlos llamar –añadió Taro.

La Selección de Japón en pleno había mantenido varias reuniones, en las cuales todos habían expresado sus variadas opiniones sobre el ya tan sonado fracaso. A Igawa le llegaron a lanzar tomatazos un grupo de fans iracundos cuando se lo encontraron en la calle, lo cual a Misaki le parecía demasiado, aunque tampoco era que lo sorprendiera mucho. Algunos fanáticos no alcanzaban a comprender que era el jugador el que más sufría con la derrota, pues se trataba del sueño de su vida, el camino que habían escogido seguir y el perder significaba el fin de ese sueño, pero los aficionados no lo veían así, sobre todo los más acérrimos, ya que ellos creían a ciegas que los futbolistas se debían enteramente a su público, así que era de lo más normal que ellos descargaran sus frustraciones contra un chivo expiatorio cuando las cosas se complicaban. Lo irónico del caso era que el amor que los fans tenían por sus jugadores era sumamente contradictorio: hoy odiaban a alguien a muerte por ser el culpable de la desgracia del equipo y el día de mañana esos mismos aficionados lo alabarían como a un semidios por haber logrado llevarlos de vuelta al camino de la Victoria. Por eso mismo, Taro le aconsejaba a Igawa que no se tomara las cosas tan pecho y que mejor se enfocara en sus propios deseos. Sin embargo, Igawa era un hombre sumamente sentimental y estaba dispuesto a inmolarse para expiar sus culpas, dispuesto a renunciar al fútbol si era necesario, por lo que sus compañeros se vieron obligados a hacerle ver que la culpa tendría que repartirse entre los once jugadores que pisaron el campo y no en uno solo.

– Lo único positivo de tanto drama es que los jugadores se sienten más calmados, al haber exteriorizado sus culpas –señaló Hana al entrenador Kira–. Sus almas están tranquilas y, por tanto, ya están en condiciones de volver a pelear al máximo.

– Eso parece –asintió Kira, parcialmente conforme–. Aunque me hubiera gustado no tener que llegar al extremo de que todos se inculpen por las decisiones que yo tomé.

Por su parte, a Taro le hubiese agradado enfocarse totalmente en el fútbol y en la clasificación. Ahora que Azumi y Jean habían regresado a Francia tras arreglar sus líos, el joven pensaba que ya no tendría motivos para preocuparse en lo referente a cuestiones personales, pero pronto descubriría que estaba muy equivocado. En cuanto tuvo unas horas libres y quedó en la posibilidad de volver a usar su teléfono, Eriko cayó sobre él como una tromba y lo atosigó con el tema de la mujer oportunista que andaba detrás de Wakabayashi. Misaki escuchó a su novia por espacio de una media hora, durante la cual no dijo gran cosa, para ver si tenía razón o no en sus quejas, aunque no le bastaron más que cinco minutos para llegar a la conclusión de que no la tenía.

– Mira, Eriko, Wakabayashi es lo bastante mayorcito para saber qué hacer –comentó Taro, en una pausa que ella hizo–. Tampoco es tonto, creo que si de verdad su novia estuviera interesada en su dinero, ya se habría dado cuenta de eso.

– Lo mismo me dijo Elieth, pero no me lo creo –rebatió Eriko, sin tomarse la molestia de explicar quién carajos era Elieth–. Sé bien que un hombre prudente pierde la cabeza cuando cae rendido ante los encantos de una mujer manipuladora, lo he visto muchas veces.

Irónicamente, Eriko no veía que ella misma encajaba en este patrón pues, cuando quería salirse con la suya, usaba sus encantos con Taro, los cuales funcionaban en el noventa y nueve por ciento de las ocasiones.

– ¿Cómo es que estás tan segura de eso, Eri? –insistió Misaki–. No conoces realmente a la novia de Wakabayashi, ¿o sí?

– No necesito conocerla para saber qué clase de mujer es ella –replicó Eriko–. Basta con saber de dónde viene para adivinar cuáles pueden ser sus intenciones. Además, si no fuera así, ¿por qué se habría acercado a Genzo en primer lugar?

– Lo estás dejando muy mal parado –señaló el muchacho–. Hablas como si fuese imposible que alguien pudiera notar sus cualidades.

– No es eso, no seas tonto –bufó ella–. No estoy diciendo que Genzo no tenga cualidades que valgan la pena, sino que las mujeres van a ver primero su fama antes que su personalidad.

Taro se quedó callado un momento, mientras se frotaba el puente de la nariz con los dedos. Amaba mucho a Eriko, en verdad que sí, pero en ocasiones era simplemente inaguantable, sobre todo cuando se le subía a la cabeza su estatus social. Esto no ocurría con frecuencia, había que reconocérselo, pero cuando sucedía, se convertía en un comportamiento muy difícil de controlar; en más de una ocasión, Misaki quiso preguntarle si en algún momento a ella le pesaría que él no fuese rico ni proviniese de una familia de renombre, dos cosas que parecían ser muy importantes para la joven, aunque en cada ocasión se contuvo para evitar un pleito.

– ¿Y qué es lo que quieres hacer, entonces? –preguntó, tras armarse de paciencia–. Me gustaría saber qué plan se te ocurre para evitar que Wakabayashi se salga con la suya; lo conozco desde hace mucho tiempo y nunca en todos estos años he visto que alguien consiga convencerlo de no hacer algo que quiere hacer.

– ¡Ya lo sé! –protestó Eriko, enérgica–. ¡Por eso es que voy a enfocarme en ella! La desenmascararé o la convenceré de que lo abandone, algo se me ocurrirá.

– Sólo te falta decir que le vas a ofrecer dinero. –Misaki tuvo que hacer un esfuerzo monumental para no reírse–. Ya para cumplir con el cliché, vamos.

– ¿Te estás burlando? –cuestionó Eriko; había en su tono de voz algo metálico que encendió las alarmas de Taro: estaba cerca de sobrepasar el límite.

– No. Lo que estoy diciendo es que estás siendo sumamente irracional por culpa de una estupidez –explicó Taro, serio–. A menos que te conste, con pruebas tangibles y no con presentimientos, que esa doctora es una arribista, no tienes derecho a entrometerte en la vida privada de Wakabayashi, por mucho que sea tu familiar. Esto parece más un capricho tuyo que una preocupación real, Eriko, ya debes dejar el asunto en paz.

Apenas hubo pronunciado estas palabras, una parte de Misaki se arrepintió de decirlas, porque sabía que su novia no se lo iba a tomar a bien. Sin embargo, otra parte de él, la más fuerte, se dijo que ella necesitaba que alguien le pusiera un alto. Eriko, por su parte, jadeó a causa de la sorpresa y después se quedó callada durante unos instantes. Taro se preparó mentalmente para la tormenta que seguramente se iba a desatar, ya la veía venir.

– Es evidente que no voy a obtener ayuda de tu parte –reclamó ella, con dureza–. Bien, tendré que hacerme cargo de esto yo sola, ya que Hana también ha rechazado apoyarme.

Antes de que él pudiera contestar, la joven cortó la llamada; a pesar del mal trago, Taro se sintió aliviado de que ella no le hubiera armado un escándalo antes de colgar, quizás también estaba cansada de tanta estupidez. Misaki se preguntó qué habría querido decir Eriko con eso de que "tendría que hacerse cargo sola", ¿acaso esperaba que Taro la auxiliara a conseguir que Wakabayashi renunciara a la única relación estable que había tenido desde que lo conocía? Bien, que tendría que agradecer que Eriko ya no contara con él, porque definitivamente no iba a inmiscuirse en un asunto que no era suyo, suficiente tenía con el drama de la clasificación a los Olímpicos para complicarse la cabeza con una terquedad de su novia. Una terquedad que, además, era injusta, discriminativa y absurda.

"Qué remedio", suspiró Taro, al tiempo en que contemplaba la pantalla de su teléfono. "Pero quizás sea lo mejor para ambos que en este momento que me mantenga apartado del problema".

Él dejaría pasar unos días antes de intentar acercarse a Eriko para aclarar ese lío; a los dos les haría bien el distanciamiento, aunque fuese para permitir que ella entrara en razón. Por más caprichosa e intransigente que Eriko fuera, siempre acababa por controlarse cuando se excedía en algo y Taro estaba seguro de que esta vez no sería diferente a las otras. Sin embargo, ¿debería Misaki comentarle a Wakabayashi que Eriko se había tomado como algo personal el deber de "salvarlo" de esa doctora extranjera? Tras analizarlo un momento, Taro decidió que no sería necesario hacerlo, pues así como él sabía lidiar con Eriko, era más que seguro que Genzo también sabría cómo contenerla.

"Ahora lo único que debo tener en mente es la clasificación", pensó Taro, dejando su teléfono a un lado. "Tenemos pocas semanas para prepararnos, así que debemos aprovecharlas al máximo".

Se levantó, se cambió la ropa que traía por el traje de entrenamiento y salió de su habitación para enfilar hacia los campos de práctica. Todavía era temprano y era casi seguro que ahí encontraría a alguno de sus compañeros, aprovechando las horas de vigilia que quedaban para mejorar sus técnicas, y Misaki no deseaba desaprovechar la oportunidad. Antes de salir, se aseguró de apagar el teléfono, por si acaso Eriko cambiaba de opinión y le volvía a llamar para continuar discutiendo.

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Hana suspiró aliviada cuando por fin entregó el último reporte que tenía pendiente. Los últimos días habían sido bastante pesados para ella (y peor porque, además, había tenido que aguantar el berrinche de Eriko, un tema en el que Hana no quería pensar de momento), aunque soportaba la carga de trabajo de buen grado debido a que le gustaba lo que hacía. Ser asistente del entrenador de Japón fue algo que la atrajo desde el primer momento y, si bien no era algo que pensaba que podría realizar como trabajo de toda la vida, sí se daba cuenta de que no le molestaría laborar a largo plazo en un puesto similar, aunque no en el mismo. Por supuesto, Hana estaba consciente de que seguiría siendo asistente durante el tiempo en el que Kira fuera entrenador, pero cuando éste dejase el puesto, obviamente ella también tendría que abandonar el suyo.

"¡Qué remedio!", pensó Hana, mientras caminaba por el pasillo que la llevaría al área de entrenamiento. "Aunque siempre lo he sabido, debería de pensar en serio en qué quiero hacer de mi vida a partir de ese punto. Si bien es cierto que sigo en la Universidad, tengo que empezar a considerar si lo que estoy estudiando me ayudará a seguir el camino que anhelo".

En ese momento, los gritos de varias personas la distrajeron de sus pensamientos; Hana giró la cabeza en busca del origen del ruido y vio a Nitta, Soda, Misaki, Sorimachi y Wakashimazu practicando algunos pases. Aun cuando Kira le había informado a Ken que pensaba ponerlo en la portería como sustituto de Wakabayashi, el joven seguía practicando su estilo como delantero, sin duda porque sabía que Genzo en algún momento volvería a proteger la meta de Japón y entonces Ken quedaría en la libertad de seguir el nuevo camino que se extendía ante él. Hana se quedó parada a un lado del campo, disfrutando las jugadas de los jóvenes y analizándolas a detalle. Era cierto que a Wakashimazu le faltaba mucho todavía para ser considerado un excelente delantero (Nitta y Sorimachi eran superiores a él y había que tomar en cuenta que ellos no eran los mejores del equipo japonés), pero de cualquier modo quedaba en evidencia la experiencia que el joven había adquirido en esos últimos meses.

– ¡Cuidado! –gritó Wakashimazu, repentinamente.

Nitta falló un pase que fue a estrellarse en la malla que separaba el campo, a escasos centímetros de la cabeza de Hana (si ella no se hubiera movido, muy seguramente el balón se habría estampado en su cara). Shun, al ver lo que había estado a punto de causar, miró con nerviosismo a Ken durante unos segundos antes de centrar su atención nuevamente en la chica.

– ¡Lo siento, Aizawa! –exclamó Nitta–. ¿Te he lastimado?

– No, no te preocupes, alcancé a moverme a tiempo –aseguró ella, sonriente–. Una de las ventajas de estar aquí es que se te entrenan los reflejos.

– ¿Estás segura? –cuestionó Wakashimazu, preocupado–. Puedo acompañarte a la enfermería si lo necesitas.

– Si Nitta pusiera más atención a lo que hace, no sucederían estas cosas –señaló Soda, con acidez.

– No, de verdad estoy bien –insistió Hana–. Y no fue culpa de Nitta, he sido yo la que apareció de la nada y no avisé que estaba aquí.

– Quizás sea hora de tomarnos un descanso –señaló Misaki, conciliador como siempre–. Hemos estado aquí el tiempo suficiente, al menos por hoy.

– Estoy de acuerdo –aceptó Sorimachi, tras mirar subrepticiamente a Wakashimazu–. Acabo de recordar que tengo algo urgente que hacer.

– Sí, yo también tengo un pendiente que necesito resolver urgentemente –apoyó Ken–. Dejémoslo por hoy.

Los jóvenes se acercaron entonces al área en donde habían dejado sus cosas y Hana, gustosa, les ofreció las toallas y botellas con agua que ellos habían llevado consigo. A pesar de que ella había asegurado que se encontraba bien, Nitta volvió a disculparse una y otra vez, a lo que Hana trató de quitarle importancia. Uno a uno, los jóvenes se retiraron y le desearon buenas noches a la chica; al final, sólo ella y Ken permanecieron a las orillas del campo.

– Creí que habías dicho que tenías que hacer algo urgente –señaló Hana–, pero has sido el último en irte.

– Eso urgente era hablar contigo –aclaró Ken–. Pero lo dije así para que los demás nos dejaran a solas.

– ¿En serio? –Hana se sorprendió. Si había habido alguna especie de código masculino en las palabras del muchacho, ella no lo había captado–. ¿De qué quieres hablar conmigo?

Wakashimazu no contestó de inmediato, sino que se sentó en el borde del campo y le hizo una seña con la mano a Hana para que se sentara a un lado suyo, cosa que ella hizo mientras él se acababa el agua de su botella. Ken todavía dejó pasar algunos minutos más antes de carraspear.

– He estado pensando mucho últimamente, Hana –inició él, sin mirarla–. En ti, en mí y en nuestro futuro.

– ¿Ah, sí? –inquirió ella, extrañada–. ¿Qué es lo que te inquieta de esos temas?

– Que tenemos más de veintiún años, ya no somos unos niños y debemos ver las cosas a futuro –contestó Ken, formal–. Eso de no decidirse por algo le va bien a Misaki, pero no a mí.

– No estoy segura de estar entendiendo –confesó Hana, aunque quizás en el fondo sí lo comprendía.

– Digo que muchos de mis compañeros están tomando decisiones importantes con respecto a sus parejas –aclaró Ken, y esta vez sí volteó a verla–. He hablado con el capitán y me ha confesado que va en serio con su novia.

Aunque Wakashimazu no especificó quién era "el capitán", Hana entendió que se estaba refiriendo a Kojiro Hyuga. Sin importar cuánto tiempo pasara, a Ken no se le quitaría la costumbre de seguir viéndolo como su capitán.

– Aún es novio de Maki, ¿verdad? –cuestionó Hana–. Nunca imaginé que durarían tanto tiempo juntos.

– ¿Conoces a Akamine? –cuestionó Ken y enarcó las cejas en un gesto de asombro–. La has llamado por su nombre.

– Bueno, sabía quién era ella antes de que se convirtiera en la novia de Hyuga –asintió Hana–. No puedo afirmar que somos las grandes amigas, no todavía, pero sí llegamos a vernos de vez en cuando durante las vacaciones, recuerda que mi tía tiene su posada en la ciudad en donde ella vive y no es que sea una localidad particularmente grande.

– Oh, ya veo –dijo él–. No me lo habías comentado.

– Porque no me lo habías preguntado –se rio ella–. Pero en fin, no tiene importancia, me estabas contando que el indomable Tigre tiene planes a futuro con Maki.

– Es lo que me contó, pero no es como si el capitán fuese muy comunicativo –asintió Wakashimazu–. A grandes rasgos, creo que está pensando en casarse con ella algún día.

– Oh, eso es algo grande. –En esta ocasión fue Hana la sorprendida–. Aunque eso de "algún día" puede ser un día ubicado entre mañana y el año 3287.

– No creo que vaya a esperar tanto. –Ken sonrió–. Pero la idea está ahí y creo que no es el único que está pensando en ese asunto de casarse con su pareja.

– Ajá. –Hana no quería adelantarse a los hechos, así que se abstuvo de dejar volar su imaginación–. ¿Eso te dio ideas para algo?

– Sí, he pensado en que yo también debería de tomarlo en cuenta –concluyo él.

– No estoy segura de estar entendiendo –confesó Hana, tras unos instantes de silencio–. ¿Qué es exactamente lo que estás considerando? ¿Ca-casarte?

Aunque lo intentó, no pudo evitar tartamudear al pronunciar la palabra, el tema la estaba poniendo muy nerviosa y no era para menos.

– Sí –respondió Wakashimazu, con seriedad.

– ¡Ah! –balbuceó Hana–. ¿Y con quién?

Por respuesta, él le dio un pequeño golpecito en la cabeza con la botella vacía. Ella se agachó por el efecto del golpe, aunque no fue fuerte, y no la volvió a levantar cuando después Wakashimazu le acarició el cabello.

– ¿Tú con quién crees? –cuestionó Ken–. ¡Pues contigo, tonta!

– ¿Es en serio? –Hana se acomodó el cabello–. ¿Cuándo pasamos del "mantener la relación en secreto" al "quiero casarme contigo"? ¡Me he perdido un poco en eso!

– Sé que, como tal, no hemos querido hacer pública nuestra relación, aunque es un secreto a voces a estas alturas, ya lo sabe todo el conjunto japonés –continuó Wakashimazu–. Pero no importa tanto si lo nuestro es público o no, sino lo que sentimos, ¿o no lo crees así? Lo de menos es anunciarlo, hay parejas que se casan en secreto; lo que a mí me gustaría saber es si a ti te gustaría casarte algún día. Conmigo, por supuesto, no vayas a preguntarme con quién.

Hana estaba muy impresionada, pero a pesar de eso, también estaba emocionada. Desde hacía algunos meses había comenzado a imaginarse un futuro junto a Ken, pero no había querido hacerse demasiadas ilusiones porque no sabía qué pensaba él al respecto. Sin embargo, había algo que le incomodaba un poco y que temía preguntar, pues no sabía qué quería decir él con eso de "casarse algún día", era tan inespecífico como lo que Hyuga había comentado con respecto a Maki. Además, si bien para muchas mujeres niponas bastaba casarse para ser felices, Hana estaba consciente de que ella necesitaría algo más que ser sólo una esposa, aunque sí que tenía muchas ganas de formar una familia.

– Me gustaría, sí –respondió ella, con cautela–. Pero no sé si a ti te moleste que no quiera conformarme con sólo ser tu mujer, desearía terminar la universidad y tener mi propio camino.

– ¿Por qué habría de molestarme? –cuestionó Ken–. Yo te apoyaré en lo que sea que tú decidas, jamás se me pasó por la cabeza la idea de forzarte a hacer lo que no quieres.

– Gracias. –Ella le sonrió con ternura–. ¿Estás seguro que quieres dar este paso? Digo, ni siquiera me has dicho que me quieres.

– De verdad que eres tonta. –Ken volvió a darle un golpecito con la vacía botella de agua–. No necesito decírtelo para que quede establecido, pero dado que andas de lo más quisquillosa, te lo diré: sí, te amo, Hana Aizawa, y quisiera que nos casáramos algún día.

– Eso está mucho mejor –rio Hana, feliz–. Yo también te amo, Ken Wakashimazu, y sí quiero ser la señora Wakashimazu algún día.

Él entonces le pasó un brazo por los hombros y la sujetó del rostro para darle un beso breve, algo que no se arriesgaba a hacer muy seguido en público. Hana se recargó contra su pecho y durante unos minutos permanecieron en silencio.

– ¿Quieres que lo hagamos oficial? –preguntó Wakashimazu, después de un rato–. ¿O prefieres que sigamos como hasta ahora?

– Como bien has dicho, hay gente que se casa en secreto, así que no es indispensable que todo el mundo se entere –arguyó Hana–. No estamos obligados a hacer público lo nuestro, sobre todo cuando nuestra fecha de boda es "algún día".

– Entre mañana y el año 3287 –puntualizó él, con una sonrisa burlona.

– Exactamente –volvió a reír ella–. Cuando sea algo más formal, entonces consideraremos si se lo decimos a alguien o no.

– Lo acepto –aseguró Ken, aunque seguía teniendo una incógnita por aclarar–. Ahora que hemos establecido este punto, ¿quieres decirme a qué te referías cuando dices que buscas tu propio camino? Me dio la impresión de que no hablabas de seguir siendo la asistente del entrenador.

– Me gusta el puesto, no lo voy a negar, pero no es algo que pueda hacer para siempre, por más que quiera –suspiró Hana–. Sabemos bien que lo tendré durante el tiempo en el que el señor Kira siga siendo el técnico de Japón, pero en cuanto él renuncie… bueno, yo no seré más su asistente.

– Sí, lo entiendo –reconoció Wakashimazu–. ¿Y has pensado qué quieres hacer cuando eso suceda?

– He tenido algunas ideas, pero muy vagas –confesó Hana–. Me gustaría ser preparador físico, es un puesto tan importante como el de médico o el de entrenador, pero mucho menos reconocido y no entiendo por qué, si asisten a los atletas y les brindan apoyo al enseñarles la forma correcta de hacer sus ejercicios para evitar lesiones. Digo, si soy honesta, me gustaría ser médico, pero no me alcanza la cabeza para tanto y no tengo estómago para eso; sin embargo, preparador físico es algo que sí podría llegar a realizar.

– Eso es más que tener una "idea vaga" –se rio Ken–. ¿Por qué no lo intentas? ¿Puedes hacer cambio de carrera en la universidad?

– No he preguntado, pero puedo hacerlo. –Hana comenzó a sentir que una emoción leve le bullía en el pecho–. Tengo entendido que son cuatro años de estudios en total, tendría que verificarlo, pero todavía estoy a tiempo de hacerlo, no estoy tan vieja.

– Nadie es viejo a los veintitantos. –Por tercera ocasión, Ken volvió a darle un golpecito ligero con la botella de agua–. Y aunque tuvieras cincuenta, aún podrías hacerlo si lo quisieras.

– Dame esa botella, eres un peligro con ella. –Hana, de manera juguetona, se la arrebató de las manos–. Supongo que tienes razón.

– ¿Sabes? Si te conviertes en preparador físico, ganarías una fortuna entrenando a Wakabayashi –comentó Wakashimazu–. Es conocido por todos que no tiene idea de cómo hacer sus ejercicios adecuadamente.

Hana se echó a reír y Wakashimazu aprovechó para darle un beso en la sien, pensando en que, si sus compañeros ya estaban haciendo planes para un futuro en pareja, él ciertamente no iba a quedarse atrás.

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Múnich.

Nela miraba con nerviosismo la bandeja de entrada su correo electrónico, a la espera de alguna confirmación de parte de Oxford o de Cambridge con respecto a sus solicitudes de ingreso. Revisó en dos ocasiones la carpeta de "Correo no deseado", por si acaso ahí había algo, pero no tuvo suerte. Sí, se suponía que todavía estaba en el plazo límite en el que podría recibir una respuesta, además de que era probable que la aceptación llegara por carta tradicional y no por correo electrónico, lo que la retrasaría más todavía, pero a su parecer ambas universidades ya estaban dilatándose demasiado en decidir si la recibirían o no.

"Sobre todo porque, mientras más tiempo tarden, menos tiempo tendré para hacer los trámites de regreso", pensó Nela. "Y ni siquiera puedo preguntar qué ha pasado con sus respuestas antes de que concluya oficialmente el tiempo determinado para eso, seguro me dirían que espere a que el plazo se venza".

Ese día, sin embargo, Nela no recibió algo que pudiera calmar su ansiedad, ni señales de humo o tan siquiera una paloma mensajera, y al día siguiente tampoco tuvo suerte. Ella trataba de no delatar su nerviosismo, apelando al estoicismo que tanto caracterizaba a los ingleses, pero aun así Bárbara le comentó en un par de ocasiones que no se pusiera nerviosa, que todo marcharía bien. Curiosamente, la alemana no especificó que se estaba refiriendo a las respuestas a sus solicitudes de admisión, pero ni falta que hacía, Nela sabía que de eso hablaba y le agradeció en silencio que no lo especificara con todas sus letras, para conservar el orgullo. Por fin, tres días después, Débora llegó al departamento que compartía con Bárbara y Nela con dos sobres de diferente grosor en las manos, entre facturas y promociones varias. En ese momento, Sho estaba de visita en el apartamento, así que Débora los encontró a él y a Nela en el sillón de la sala, hablando de cosas varias. Lo que estaba por suceder a continuación iba a ser a todas luces una bomba.

– Nela, han llegado dos cartas para ti –anunció Débora, con emoción contenida–, junto con una disculpa del servicio postal porque una de ellas debió de haber llegado hace diez días pero accidentalmente la enviaron a otra Neela, aunque no entiendo por qué cometieron el error, si ella se apellida Rasgotra y su nombre se escribe con una letra "e" extra.

– Oh, el servicio postal alemán, tan eficiente como siempre –se mofó Sho, para ocultar la conmoción que lo invadió–. ¿Crees que sea alguna carta de Su Majestad la Reina Isabel, querida?

– Deja de llamarla Su Majestad, ni siquiera es tu reina –gruñó Nela, al tiempo en que sentía que una corriente de ácido subía desde su estómago hasta la garganta–. Bien, eso explica el por qué no había recibido notificación alguna, una de las dos que esperaba andaba perdida en el correo.

– Bueno, ¿vas a abrirlas o no? –preguntó Débora, ansiosa, quien todavía sostenía los dos sobres.

– Sí, voy a hacerlo –contestó Nela, poniéndose en pie para tomar las cartas de las manos de su amiga–. Pero quizás más tarde, cuando esté sola en mi habitación.

– Oh, vamos, ¡no nos puedes hacer eso! –protestó Shunko, apoyado por Débora–. ¡Nosotros también queremos saber!

– ¿Y por qué quieren eso? –preguntó Nela; ella estaba consciente de que había hecho una pregunta tonta, por supuesto que conocía la respuesta.

– ¡Porque te queremos y ansiamos que tus deseos se hagan realidad, tonta, por eso! –exclamó Débora, dando un par de saltitos–. ¡Queremos festejar contigo a lo grande!

– No me llames tonta –reclamó la inglesa, aunque un ligero rubor de emoción tiñó sus mejillas–. Está bien, las abriré ahora mismo.

Sho y Débora respondieron con vítores y aplausos, aunque Nela se concentró más en la primera carta, la que debió de haber llegado diez días antes, que era la de Oxford. La joven suspiró pesadamente y la abrió, tras lo cual leyó su contenido sin emitir ni una palabra. Los otros dos la miraron, expectantes, pero ninguno pudo adivinar algo a través de sus expresiones: la cara de Nela parecía una máscara. Seguidamente, la inglesa dejó el sobre a un lado, con su contenido dentro, y procedió a sacar la segunda carta. De igual manera, Nela la leyó sin mostrar emoción alguna, lo que hizo que Débora y Sho se impacientaran.

– ¿Y bien? –se atrevió a preguntar Sho–. ¡Dinos ya qué dicen esas benditas cartas!

Nela los contempló a ambos con una sonrisa de satisfacción, disfrutando los pocos segundos que le quedaban antes de revelar la noticia, tras lo cual se echó a reír. Sí, eso a todas luces iba a ser una bomba.


Notas:

– Neela Rasgotra es un personaje de la serie estadounidense E.R.

– Como vengo haciendo desde hace algunos años, me tomaré un descanso para las fiestas decembrinas, así que éste será el último capítulo que publique en este año. Si todo sale bien, nos veremos en el 2022 con nuevo capítulo.