Capítulo 77.
Múnich.
Estar de vuelta en Múnich tras haber recorrido dieciocho mil kilómetros en tres días hizo que Schneider se sintiera fuera de lugar al volver a los entrenamientos del Bayern. Aunque experimentaba un cansancio pesado, que se le acumulaba sobre todo en las piernas, no quería perderse una práctica más y por lo mismo se presentó el lunes a Säbener Straße, aunque los trámites en el aeropuerto los retuvo a Elieth y a él más de lo esperado, con la consecuencia de que Karl llegó a los entrenamientos casi dos horas después de que hubieran comenzado. De tal manera que, cuando apareció en los campos, se encontró con que la mayor parte del equipo estaba reunido alrededor de Levin, quien reproducía una canción con tonos metaleros en su smartphone a todo volumen. Sus compañeros escuchaban la melodía en estado de concentración total, como si estuviesen preparándose para hacer algo, seguramente invocar al diablo a juzgar por lo que Schneider estaba escuchando.
Shades of a past not so far to forget
The rise of the demons from their bloody hell…
– ¿Qué está sucediendo aquí? –preguntó Karl, con una voz más autoritaria de la que esperaba.
– ¡Oh! ¡Nuestro aguerrido líder por fin ha regresado! –exclamó Sho, de manera teatral–. ¡Salve, querido capitán!
– ¿Qué carajos te pasa? –soltó Schneider, extrañado y avergonzado–. Bueno, qué digo, si ya sé cómo eres, ¿pero qué es eso que están escuchando?
Gloria, Gloria perpetua
In this dawn of Victory…
– Es una canción que nos mostró Levin –explicó Shiken, con cierta pena–. La hemos estado escuchando antes del entrenamiento para motivarnos.
– ¿Motivarlos con música metal? –Karl arqueó las cejas–. ¿Me voy tres días y de repente ya todos adquirieron los gustos raros de Levin?
– Oye, que mis gustos no son raros –protestó Stefan, ofendido–. Que tú seas demasiado estirado es otra cosa.
– Yo no soy un estirado, simplemente no entiendo por qué tan repentinamente decidieron que esa canción es buena para motivarse –se defendió Schneider, ofuscado.
– No fue algo repentino, la hemos estado escuchando desde hace tres días –replicó Shunko, lo que hizo que Karl le lanzara una mirada de hastío; esto hizo que el chino añadiera–: Oye, que cuando te fuiste y nos dejaste sin nuestra motivación, tuvimos que buscar la manera de suplantar esa ausencia y fue al compañero metalero aquí presente al que se le ocurrió poner esa canción.
– A mí no se me ocurrió poner esa canción –lo corrigió el sueco, muy digno–. Yo la estaba escuchando en los vestuarios y tú me quitaste el teléfono para conectarla a tus bocinas y ponerla a todo volumen porque te gustó y de ahí los demás también quisieron oírla.
– Detalles, detalles. –Sho se encogió de hombros–. El caso es que nos estimula a luchar cada día.
– Sí, ya veo cómo. –Karl puso los ojos en blanco.
Tragic and furious
The crash of the steel of the gods…
– No es una mala canción –opinó Corman–. Al menos el ritmo es alentador.
– Supongo –reconoció Schneider y señaló el teléfono de Stefan–. Aun así, ¿te molestaría apagar eso, Levin?
– Como digas –refunfuñó Stefan, todavía indignado porque el alemán le hubiese dicho que su música era rara.
– Yo ya les había comentado que esa canción no tiene nada de motivadora, pero nunca me hacen caso –intervino repentinamente Elieth, sorprendiendo a los otros; los jóvenes habían estado tan ocupados hablando que no la vieron llegar ni tampoco la escucharon gracias a la música–. La oí hace un rato y le dije a Sho que no estaba de acuerdo con sus ideas.
Tras decir esto, la francesa mordisqueó un palito de pan que llevaba en una bolsa de papel, lo cual desconcertó momentáneamente a Schneider aunque después volvió a concentrarse en la canción.
– Bien, de cualquier manera ya es hora de comenzar el entrenamiento –ordenó el Káiser–. Dejemos la música de lado y enfoquémonos en el fútbol.
– Yo quisiera que la canción se quedara como algo permanente, un ritual previo a las prácticas –opinó Minba–. Dicen que Pep Guardiola hacía que el vestuario del Barcelona escuchara Viva la Vida antes de los entrenamientos y que eso los ayudó a ganar todo lo que ganaron aquel año tan mítico para el conjunto culé. ¿Por qué no podemos nosotros tener una canción así?
– No estoy en contra de eso, pero me gustaría una melodía que fuese un poco menos, eh… –Karl se detuvo, al no saber cómo expresarlo sin ofender a Levin.
– ¿Demoniaco? –completó Elieth, sin tapujos–. ¿O prefieres el término "diabólico"?
– Oye, que mi música no es diabólica –volvió a quejarse Levin, más irritado que antes–. Y esta canción es de las más ligeras, voy a mostrarte auténtica música demoniaca para que notes la diferencia.
– Tranquilo, sólo bromeo –se rio la reportera–. No es una mala canción, de hecho es bastante buena, pero definitivamente no es para levantarle los ánimos a un equipo de fútbol antes de cada entrenamiento, a menos que pienses llevarlos a un campo de batalla a pelear contra los vikingos. Que tú seas uno no significa que los demás también lo sean, te recuerdo que eres el único nórdico en la plantilla.
– Muy graciosa –refunfuñó Levin, mientras Minba y Sho se reían a carcajadas y Karl se esforzaba por mantenerse serio, sin mucho éxito.
– Ella tiene un punto a su favor –expresó Minba.
– Aunque así fuera, si Guardiola puede poner una canción como Viva la Vida, que habla de la revolución francesa, yo podría escuchar una que hable de una batalla vikinga –replicó Stefan–. Suponiendo que esta canción hablara de una batalla vikinga, que no es así.
– Bueno, con eso ya nos callaste la boca a todos. –Sho le palmeó el hombro.
Stefan miró a Elieth, quien se encogió de hombros y, a su vez, Karl asintió con la cabeza; esto pareció satisfacer al sueco, quien ya no añadió palabra y guardó su teléfono antes de dirigirse al campo. Schneider pudo entonces enfocar su atención de nuevo en su novia, quien continuaba mordisqueando los palitos de pan.
– ¿Por qué estás comiendo palitos de pan? –preguntó él, con curiosidad–. ¿No tuviste tiempo de desayunar?
– No tuve dinero para desayunar –lo corrigió ella, con una risita nerviosa–. Sólo me alcanzó para esto.
– ¿Cómo que no tuviste dinero para desayunar? –Karl se preocupó–. ¿Qué sucedió? ¿Te asaltaron?
– No, nada de eso. –Elieth lucía avergonzada–. Mi papá me bloqueó mis cuentas bancarias y mi salario se fue en sufragar el costo del viaje y otros gastos, así que ando con poco dinero hasta la próxima fecha de pago y los palitos de pan es de lo más barato que se puede conseguir por estos rumbos.
– ¿Qué dices? –La preocupación genuina de Schneider se transformó en diversión–. ¿Por qué tu padre te bloqueó las cuentas bancarias?
– Eh, pues fue una especie de castigo –confesó ella–. Monsieur Shanks consideró necesario darme un escarmiento por haber terminado en la cárcel tras meterme a un juego oficial de la Bundesliga y me dejó sin dinero durante unos meses, por no mencionar que me hizo pagar la multa con mi salario de reportera así que también por eso es que no tengo tanto dinero en efectivo.
– ¿Me estás hablando en serio? –Karl ya no pudo contenerse y se echó a reír–. ¡Pensé que la multa la había pagado él!
– Pues no fue así, la pagué yo con mi dinero. –Elieth hizo un puchero–. Y claro que te estoy hablando en serio, ¿o qué te creías? ¿Qué soy una niña rica malcriada a quien papi le costea todos sus caprichos?
– Si te respondo lo que realmente pienso, ¿seguirás siendo mi novia? –aventuró Schneider, lo que ocasionó que ella lo golpeara en el hombro–. ¡Auch, era broma!
– Pues por las dudas –bufó la francesa, ruborizada–. Aunque te sorprenda, mi Emperador, Rémy Shanks sabe poner castigos ejemplares a sus hijos cuando considera que éstos han sobrepasado el límite y al parecer caer en la cárcel es una de ésas cosas que, para él, van más allá de lo moralmente permitido.
– ¿Y no lo es? –preguntó Karl, con una sonrisa.
– Dímelo tú, que también sabes de eso –replicó Elieth, con una expresión de picardía.
– Punto a tu favor –aceptó Schneider–. Pero ya pasó tiempo desde que sucedió ese evento tan inaceptablemente vergonzoso para un embajador francés, ¿cómo es que me vengo enterando hasta ahora?
– Porque por nada del mundo pensaba decírtelo –bufó Eli–. Lily había estado pagando por mi comida, pero ahora que ella no está y que, además, está gastando dinero debido a este viaje a Japón, no quise pedirle que me prestara y por eso me ves almorzando palitos de pan, no me alcanza para otra cosa si quiero tener comida tres veces al día.
Schneider no habló durante unos segundos y, en vez de eso, se dedicó a contemplar a su novia con una expresión de ternura que a ella la ofuscó todavía más.
– Te invito a comer –le ofreció–. Y te compraré lo que necesites mientras llega el día de pago, podemos ir a un súper mercado a conseguir lo que te haga falta.
– Oye, que no necesito que me mantengas –protestó Elieth–. Yo solita me metí en este lío y solita veré cómo me las arreglo.
– No te estoy manteniendo –negó Karl–. ¿No es lo que se supone que una pareja hace, apoyarse en las buenas y en las malas? Si yo necesitara dinero, sé que tú no dudarías en dármelo, así que no seas tan orgullosa y permite que haga mi parte. No porque sea el hombre ni porque con eso espere comprarte, sino porque cuidamos el uno del otro. ¿O no es así?
– Pues, ya que lo pones de esa manera… –titubeó ella–. Está bien, agradezco tu ayuda, pero lo que me prestes para los víveres te lo devolveré en cuanto me paguen.
– Claro, como quieras. –Él se acercó y le dio un beso en la frente–. Aunque bien podrías donar ese dinero a un banco de alimentos.
– Oh, esa idea me agrada más. –Elieth sonrió al fin–. Gracias, mi amor.
Karl sonrió al escuchar el mote cariñoso y estuvo a punto de abrazarla, pero entonces recordó que los demás lo estaban esperando y que no debía retrasar más el entrenamiento. Así pues, se tuvo que conformar con acariciar uno de los suaves rizos dorados de Elieth y sonreírle con ternura.
– ¿De verdad vas a dejar que escuchen esa canción antes de cada práctica? –cuestionó Elieth, curiosa.
– Bueno, yo no mando en el vestuario. –Karl se encogió de hombros–. Y mientras a Levin no le dé por pintar pentagramas en las paredes, supongo que estaremos bien.
Ambos se echaron a reír antes de acordar reunirse en un punto específico al acabar el día laboral para ir a comer juntos. Mientras comenzaba a trotar junto con sus compañeros, Karl se sintió muy motivado a pesar de lo cansado que estaba. Era difícil no sentir entusiasmo cuando la mujer que amaba le correspondía de igual manera.
Esa misma noche, tras haber llevado a Elieth a comer y a comprar lo que necesitaba, Schneider decidió visitar a su familia, a pesar de que casi no había dormido tras el largo viaje. Elieth se ofreció a acompañarlo, pero él se negó porque prefería que ella descansara; la joven insistió un par de veces más antes de que Karl aprovechara un semáforo en rojo para darle un beso rápido en la boca.
– Tenemos mucho tiempo por delante, Meine Kleine –sonrió él–. No hay prisa, después te llevaré a cenar y le diré a mamá que prepare alguna de sus delicias culinarias.
– ¡Oh! –Elieth se ruborizó–. Bueno, ya que me lo pides tan amablemente, está bien, pero tú tampoco deberías de permanecer tanto tiempo despierto, es un riesgo que manejes así.
– Dejaré el Porsche en casa de mis padres y tomaré un taxi desde ahí, ¿te parece bien? –sugirió Schneider.
– Me parece muy bien –acordó Elieth–. No quisiera que tuvieras un accidente por quedarte dormido al volante.
– Nada de eso –negó el alemán, serio, aunque repentinamente sonrió y añadió–: Sin embargo, la última vez que tuve un accidente me fue muy bien, hay que admitirlo.
– ¿De verdad? –Ella lo miró con extrañeza–. ¿No tuviste un esguince de cuello que te estuvo dando problemas durante semanas?
– Sí, es cierto –aceptó Karl–, pero también me permitió conocer a Lily y eso, a su vez, trajo como consecuencia que tú entraras a mi vida. Bien vale la pena pagar el precio de un esguince de cuello a cambio de conocerte, Meine Kleine.
Elieth, tomada por sorpresa, soltó una risita de complacencia y se acomodó los mechones rubios que le caían sobre la frente.
– Viéndolo así, tienes razón –reconoció ella–. Aunque esa vez tuviste suerte, no te confíes demasiado o te puede ir mal.
– Sí, tranquila –sonrió él, sin dejar de mirar al frente–. Te prometo que tomaré un taxi para volver a casa.
Karl condujo en silencio mientras ella se reponía de su turbación. En ese momento, como si el destino hubiera estado al acecho, empezó a sonar en la radio In this together, de Apoptygma Berzerk, la canción que estaba muy ligada a su relación. Schneider entonces subió el volumen y Elieth empezó a tararearla; al poco rato él la secundó y ambos acabaron cantando a todo pulmón, como la pareja enamorada que eran.
Don't you see? We're in this together!
You and me, one on one forever…
– Hemos recorrido mucho camino para llegar hasta aquí, ¿no es así? –preguntó Elieth, cuando acabó la melodía–. Pareciera que han pasado años desde que nos conocimos.
– Ciertamente ha pasado el tiempo –asintió Karl–. Aunque a mi parecer han sido unos meses maravillosos a tu lado.
– ¿A pesar de que te metí a la cárcel y te golpeé con unos bagels quemados? –aventuró ella, con timidez.
– Aun con eso –rio él–. ¿Qué importa el pasado? Lo que cuenta es que hemos dejado esos problemas atrás.
– Y que, sin importar lo que suceda en el futuro, vamos a afrontarlo juntos. –Elieth lo miró con ternura–. Seguiremos juntos en esto.
Mientras conducía hacia el distrito en donde se encontraba el departamento de Elieth, Karl pensaba que, efectivamente, muchas cosas habían pasado desde ese accidente que tuvo y que lo llevó a conocer a su novia y a su mejor amiga, es decir, a Elieth y a Lily. Eso le había traído nuevas experiencias y le había permitido conocer a personas que, estaba seguro, seguirían formando parte de su círculo de amigos en el futuro.
"Y también me trajo a la persona con la que quiero casarme algún día", pensó Karl, al tiempo en que le sonreía a Elieth con complicidad. "La mujer con la que quiero compartir todas mis victorias". A partir de ese momento, disfrutarían sus momentos felices y afrontarían juntos la adversidad como si fueran uno solo, un pensamiento que al alemán llenó de emoción ante la maravillosa perspectiva que se extendía ante ellos.
Diez minutos más tarde, Schneider dejó a su novia en su departamento y se dirigió después hacia la casa de sus padres, no sin antes asegurarle a Elieth que conduciría con mucho cuidado y que le avisaría en cuanto estuviera con su familia. Lo último que todos necesitaban en ese momento era que él tuviera un accidente pues, tal y como Elieth había dicho, pudiera ser que Karl no tuviera tanta suerte esta vez. Por fortuna, él llegó a casa de sus padres sin inconvenientes por lamentar y ya desde que estaba aparcando su Porsche en el espacio de estacionamiento vacío junto al auto de Rudy Frank, Karl alcanzó a escuchar el sonido de varias voces, entre las cuales identificó la de Leonardo Del Valle. Schneider esbozó una sonrisa resignada al darse cuenta de que iba a tener que aceptar a ese intempestivo extranjero como cuñado, era evidente que no iba a irse por mucho que se lo pidiera. Y, si era sincero consigo mismo, Karl tenía que admitir que no le desagradaba Leonardo, había demostrado ser un buen muchacho que además amaba y respetaba a Marie. A Schneider seguía sin agradarle la idea de que él tuviese su misma edad, le habría gustado que su hermana menor se consiguiera a un muchacho de su grupo (o que nunca consiguiera novio, a decir verdad), pero por lo menos Leonardo parecía estar dispuesto a esperar a que Marie acabara sus estudios antes de cometer la imprudencia de pedirle matrimonio.
"Llegué con mi familia", texteó Karl a Elieth, antes de bajar del Porsche. "Y por lo que veo, a Leonardo le falta poco para venirse a vivir aquí".
Iba acercándose a la entrada de la casa cuando Rudy Frank abrió la puerta para recibirlo. Éste se veía de buen humor, a pesar de la presencia del intruso.
– ¡Karl-Heinz! –exclamó el entrenador–. Pensé que ya te habías ido a dormir, debes de estar agotado a causa de tu aventurado viaje.
– No ha sido peor que atravesar el país en auto con un esguince de cuello, papá –replicó Karl, con cierto cinismo–. Precisamente a causa de ese viaje es que he venido a verte, no quería que pensaras que no me tomo las cosas en serio.
– Jamás se me pasaría eso por la mente –sonrió Rudy Frank y lo invitó a entrar–. Pasa, llegas justo a tiempo para que tu cuñado nos cuente sobre sus planes de convertirse en rescatista aéreo.
Karl se asombró mucho con el comentario pues, aunque ya sabía que Leonardo estaba estudiando para paramédico, no tenía idea de que su meta era volverse rescatista aéreo. Meterse a ayudar a la gente a zonas de difícil acceso ya requería un grado de valor, pero hacerlo desde las alturas lo exigía al doble. Quizás el mexicano no era tan caso perdido como el alemán llegó a pensar.
– ¡Cuñado! –lo saludó Leonardo, al verlo llegar–. ¡Qué agradable sorpresa!
"Actúa como si ésta ya fuera su casa", pensó Schneider. "Es evidente que nunca se le va a quitar lo cínico".
– Lo mismo digo: qué sorpresa verte aquí. Otra vez –contestó Karl, resignado–. ¿Qué no tienes en dónde vivir?
– Leo nos estaba contando que, gracias a sus excelentes notas en los exámenes, será considerado para especializarse como rescatista aéreo –anunció Marie, orgullosa, e ignoró la queja de su hermano.
– Eh, todavía lo estoy pensando. –Súbitamente Leonardo se avergonzó y lo demostró rascándose la nuca con inquietud–. Es una posibilidad que me gusta pero todavía no lo tengo decidido, también había considerado la opción de trabajar como paramédico del Allianz Arena, seguro que en el Bayern Múnich me extrañan.
– Bien, si tus deseos son convertirte en rescatista aéreo, ¿quiénes somos nosotros para detenerte? –intervino Rudy Frank de inmediato–. Te extrañaremos, sí, pero estaremos aliviados, quiero decir, felices de que sigas tus sueños.
– Lo mismo digo –apoyó Karl, con una sonrisa maliciosa–. Seguro que volar en helicóptero debe de ser más emocionante que estar esperando en una ambulancia a que suceda una desgracia en un partido.
– Si juega Genzo Wakabayashi, es casi seguro que sucederá una desgracia en todos y cada uno de los partidos en los que él esté presente –replicó Leonardo, lo que hizo que Karl soltara una carcajada–. Pero sí, no voy a negar que quizás sería más efectivo como rescatista aéreo que como paramédico de un estadio de fútbol.
– Todavía tienes tiempo para pensarlo, ¿no es así? –comentó Lorelei, al tiempo en que le servía a su hijo un trozo de struddel de manzana–. No te presiones y analiza las cosas con calma, no olvides que lo importante es que determines qué es lo que te hará sentirte más satisfecho contigo mismo.
– Sí, tiene usted razón. –Leonardo sonrió–. Gracias.
Marie continuó hablando un poco más sobre que el mismo responsable del curso de rescatista aéreo había buscado a Leonardo para ofrecerle el cupo en esa subespecialización, para después comenzar a hablar sobre sus propios estudios y reafirmara sus deseos de ser fisioterapeuta para ayudar a quien lo necesitara; si bien su idea original era y seguía siendo dar soporte a los deportistas, ahora también tenía el deseo de apoyar a personas que hubiesen quedado con secuelas de accidentes serios. Karl escuchaba a su hermana hablar y se daba cuenta de lo mucho que había crecido, Marie ya no era una niña y, al igual que todos, estaba ansiosa por explorar y conquistar el mundo.
– Si quieres trabajar con nosotros, estaremos encantados de recibirte en el equipo –señaló Rudy Frank–. A ti sí que te extrañaríamos.
– ¡Papá! –lo amonestó Marie–. Ni siquiera he trabajado ahí ni un día, ¿cómo podrían extrañarme?
– Ya se verá eso en su debido momento –intervino nuevamente la señora Schneider–. Todavía le faltan unos cuantos años a Marie para concluir sus estudios, en ese tiempo pueden pasar muchas cosas.
– Mientras no decidas quedarte a vivir en México, estaré conforme –suspiró Rudy Frank.
– ¿Qué? –farfulló Karl, confundido–. ¿Por qué habría Marie de quedarse a vivir en México?
– ¡Oh! Pues… –Marie se ruborizó y le lanzó a su padre una mirada furibunda–. Es que les he pedido permiso a papá y a mamá de acompañar a Leo en el viaje que hará para ver a sus padres.
– ¿Qué cosa? –soltó Karl–. ¿Quieres ir a México?
– Lo preguntas con un tono de alarma que resulta ofensivo –terció Leonardo, indignado–. No es un país de narcotraficantes ni de secuestradores… bueno, sí lo es, pero sólo en determinadas áreas y si te da por meterte con alguien con quien no debes.
– No ayudas, realmente. –Karl frunció el entrecejo.
– Lo que quiero decir es que México es seguro para viajar, no es una pocilga del infierno… la mayor parte de las veces –replicó Leonardo, aunque después se mordió la lengua por seguir siendo tan bocón, cosa que a Schneider le provocó una sonrisa: Lily hacía exactamente lo mismo–. Sólo vamos a ver a mis padres y ellos viven en una ciudad segura, de las mejores del país. Además, todavía no se ha decidido si ella vendrá conmigo o si me iré solo, pero en el caso de que Marie me acompañara, yo la cuidaría y me encargaría de que no le sucediera algo malo.
– No estoy hecha de cristal –protestó Marie, enfurruñada–. Sé cuidarme sola.
– Sí, mi amor, en Alemania –contestó Leonardo, sin inmutarse–. Pero México es otra cosa, por lo menos debo hacerme cargo de ti hasta que aprendas a sobrevivir tu sola allá.
– No es como si yo me pudiera oponer, ¿no es verdad? –suspiró Karl e ignoró las últimas palabras del mexicano–. Eso es algo de lo que seguramente se encargará papá.
– ¡Que todos los dioses me libren de oponerme! –exclamó Rudy Frank, teatralmente–. Marie no volvería a hablarme jamás por "macho opresor".
El hombre dijo esto de una manera tan cómica que los demás se echaron a reír. Lorelei preguntó entonces a Karl si se quedaría a cenar y éste le contestó que, aunque le encantaba su comida, en esos momentos sentía más sueño que hambre, así que ella le sugirió que se quedara a descansar en el cuarto de invitados en vez de volver a su departamento.
– ¿Y está libre todavía? –Karl señaló a Leonardo–. ¿No lo ha invadido él?
– ¡Deja de decir tonterías! –Marie se ruborizó y lo golpeó en el brazo.
– De hecho yo ya me iba –añadió Leonardo, de buen humor–. Todavía tengo trabajo pendiente, sólo pasé a saludar.
– En ese caso, me caerá bien dormir un rato –aceptó Karl, reprimiendo un bostezo.
– Quédate toda la noche, para que descanses bien –insistió Lorelei–. Mañana te prepararé un buen desayuno, a ti y a tu padre, antes de que se vayan a Säbener Straße.
– Caramba, Karl-Heinz, ven a visitarnos más seguido, por favor –pidió Rudy Frank, con voz lastimera–. ¡Por fin me va a tocar un desayuno caliente como se debe!
Karl rio otra vez y en esos momentos se sintió muy afortunado; no sólo tenía una novia que adoraba y que lo adoraba, también contaba con una familia unida y un futuro brillante. ¿Qué más se podía pedir?
Leonardo, a su vez, repitió que debía irse y se despidió de sus suegros y cuñado; Marie decidió acompañarlo a la puerta, supuestamente para decirle adiós pero en realidad quería hablar con él acerca de un par de cosas más. Sobre todo, había un tema que a la muchacha le interesaba tratar y que él estaba evadiendo con mucha sutileza.
– Ya dime en serio: ¿qué piensas realmente sobre la idea de volverte rescatista aéreo? –preguntó Marie, mientras cerraba la puerta principal de su casa para que los demás no escucharan–. Sé que la idea te atrae, pero actúas como si no fuera así y no sé por qué.
– Eh, pues… –Leonardo titubeó–. No he analizado bien ese asunto todavía.
– Mientes y lo sabes –replicó Marie, con el ceño fruncido–. Sé que has estado pensando mucho en eso, ¿por qué finges que no? ¿Qué te detiene realmente a tomar ese camino? ¡Espero que no estés dudando de tus capacidades otra vez!
– No, no es eso –aseguró él, con una sonrisa de disculpa–. Simplemente me gustaba la idea de que los dos estuviéramos en el mismo equipo, tú como fisioterapeuta del Bayern Múnich y yo como paramédico del Allianz Arena, pero si elijo ser rescatista aéreo, pues ese plan ya no se haría realidad.
– ¡Ay, no me puedes estar hablando en serio! –Marie intentaba mostrarse enojada aunque no lo consiguió, pues la enterneció el que Leonardo le confesara que esperaba trabajar cerca de ella–. Sabes que ésa no es una razón para negarte a hacer algo que quieres, ¿verdad?
– Sí, lo sé –admitió Leonardo, quien se puso repentinamente serio–. Mira, no me voy a andar por las ramas, la verdad es que sí me llama mucho la atención la idea de especializarme en el rescate aéreo, pero también quería estar cerca de ti, eres una de las mejores cosas que me han pasado últimamente y temo que en algún momento te des cuenta de que podrías estar con alguien mejor que yo.
– Tu hermana tiene razón: eres un idiota redomado –bufó Marie, enojada–. ¿Cómo se te puede ocurrir semejante tontería?
– Ustedes mismas lo dijeron: soy un idiota redomado. –Leonardo se encogió de hombros–. Tú sigues siendo una Deutsche Prinzessin (princesa alemana) y yo soy un trotamundos que está intentando encontrar su lugar.
– Sigo sin comprender cómo es que puedes actuar como si creyeras que no hay hombre mejor que tú en este planeta y que, al mismo tiempo, digas esas tonterías. –Marie puso los ojos en blanco.
– Es una de mis muchas cualidades –sonrió él, con descaro.
– Dirás que es uno de tus defectos. –Ella le dio un pequeño golpe en la mejilla derecha–. Pero ya que pareces estar hablando en serio, te repetiré lo que ya te he dejado en claro antes y que aparentemente se te olvida: no eres un fracasado y lo has demostrado al encontrar qué es eso en lo que eres bueno. Eres un excelente paramédico y si tienes una meta relacionada a esto, no deberías de abandonarla por razones tontas como temer que te voy a dejar si no estás cerca de mí. Yo te amo y tú lo sabes, así como también sabes que no te dejaría por otra persona, así que puedes irte a salvar a la gente que lo necesite y yo ayudaré a los deportistas lesionados; al final del día, nos reuniremos, nos contaremos nuestras anécdotas y nos reiremos o nos asombraremos con ellas, como lo hacen las personas que deciden compartir sus vidas.
El joven la miró durante unos instantes en silencio, con una sonrisa de oreja a oreja, y después la besó con mucha emoción.
– Tú, Marie Schneider, eres una mujer muy especial, ¿ya te lo había dicho antes? –murmuró él.
– Sí, pero me gusta que me lo repitas –respondió ella, con falsa modestia–. ¿Vas a seguir dudando sobre lo que quieres hacer?
– No –negó Leonardo–. Seré rescatista aéreo. Tienes razón al decir que sería una estupidez rechazar esta oportunidad sólo porque quiero trabajar contigo. Mi hermana y Wakabayashi, Elieth y tu hermano, entre muchos otros que conocemos, persiguen sus metas sin que les importe algo tan vano como eso porque están seguros de sus relaciones como parejas, ¿por qué con nosotros habría de ser diferente?
– Exacto. –Marie sonrió–. Menos mal que ya lo comprendiste.
Ellos se besaron una vez más y Leonardo la retuvo entre sus brazos para aspirar el aroma de su cabello y sentir que, ahora sí, por fin había hallado su sitio en el universo.
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Tokio.
Conforme fueron transcurriendo los días, Genzo fue sintiendo menos dolor en la herida, así que los médicos cambiaron los analgésicos que lo dormían por unos más ligeros, que le permitieron tener la mente más despejada. Gracias a esto, él recordó que Lily le debía una plática acerca de lo que había hablado con Shuichi, pero la médica no parecía estar muy dispuesta a platicar de algo que no fuera su recuperación. Si bien Wakabayashi estaba esperando a que ella se sintiera lista para tratar el tema, no pensaba permitir que Lily se fuera de Japón sin decirle una palabra al respecto, así que esperó pacientemente a que hubiera un momento en donde estuvieran a solas y él no estuviera atontado por los tratamientos. Si llegaba el sábado, día previo al que Lily viajaría, y ella no había tocado el tema, Genzo lo sacaría a colación sin importarle quién estuviera presente.
Sin que fuera una novedad para alguien, el integrante de la familia Wakabayashi que seguía sin aparecer por el hospital era Shuzou. Si bien Genzo no esperaba verlo por ahí, le causaba una ligera desazón el que su madre tampoco hubiera acudido para saber cómo estaba, aunque realmente no le sorprendía. El joven estaba consciente de que muy seguramente su padre le había prohibido a Kana que viajara a Tokio para ver a su hijo menor, seguramente a manera de castigo contra el hijo rebelde o, también era probable, a consecuencia del enfrentamiento que habían tenido Shuichi y Lily (aunque obviamente Genzo jamás la culparía a ella de esto). Sin embargo, a Lily parecía molestarle mucho esta explicación, porque a su parecer no había pretexto que valiera para que Kana no viajara hasta Tokio para ver a Genzo.
– Mira, yo sé que es común para ti que tus padres jamás se preocupen por tu salud –comentó Lily, cuando él sacó a colación el asunto–, pero eso no es normal, Gen, un buen padre se angustia por su hijo aun así sólo se haga un corte en la rodilla. Tú has acabado más de una vez en el hospital y ellos no se han molestado en ir a verte, de verdad no puedes creer que eso sea lo que se espera de todas las familias normales. Y mira, yo sé que hemos tratado este tema muchas veces y que Shuzou no es un padre amoroso y lo que quieras, pero a quien de verdad no comprendo es a tu madre. Ella debería de ser la primera en estar a tu lado y parece que es la última en interesarse por tu salud.
– Mi padre le prohíbe hacer muchas cosas y venir a verme debe ser una de ellas –respondió Genzo–. Ella no podría venir aunque quisiera.
– Perdóname, mi amor, pero ése me parece un pretexto muy flojo –rebatió Lily–. Una madre que sí quiera a su hijo hará lo que sea por ayudarlo, sin importar a quién se deba enfrentar para conseguirlo. No soy quién para juzgar a tu mamá y entiendo que quieras justificarla, pero no acepto que no se preocupe por ti sólo porque tu padre se lo prohíbe. Al menos podría haber llamado por teléfono para saber si estás bien.
– No voy a negar que es altamente probable que tengas razón, Yuri –suspiró Genzo y cerró los ojos–. Pero de verdad no me importa, ya estoy acostumbrado a este nivel de indiferencia y, aunque digas que esto no es lo normal, para mí siempre lo fue. No recuerdo que alguna vez mi madre se haya preocupado por alguna de mis lesiones así que tampoco es como si me decepcionara su ausencia.
Lily se quedó callada unos minutos, luchando por definir si debía decir algo más o dejar el asunto como estaba. Al final, soltó un largo suspiro también y cedió.
– Lo entiendo –dijo ella, con suavidad–. Discúlpame si fui demasiado ruda.
– No lo fuiste doctora. –Él abrió los ojos y le sonrió–. Sé que tu indignación viene del hecho de que me amas y eso me hace sentir bien.
– Aun así debo aprender a controlar mi lengua –insistió ella, aunque le devolvió la sonrisa con alivio y cambió el tema, cosa que Genzo agradeció.
La verdad era que en el fondo de la mente del portero se vislumbraba una verdad que él se esforzaba por mantener oculta debido a lo incómoda que resultaba: había una tercera razón por la cual Kana Wakabayashi probablemente no había ido a verlo y ésa era que ella tampoco aceptaba a Lily como su pareja y por tanto no se presentaría en el hospital para no tener que verse forzada a hablar con la mexicana. Kana era una mujer tímida, introvertida y muy sumisa, pero Genzo la conocía muy bien (después de todo era su madre) como para saber que no poseía empatía: si ella había tenido que casarse por compromiso con Shuzou Wakabayashi y dejar atrás sus propios deseos, no iba a tolerar que alguno de sus hijos evadiera esta responsabilidad por capricho, aun cuando ese hijo fuera Genzo.
En cualquier caso, el momento que Wakabayashi estaba esperando para hablar con Lily sobre lo que ocurrió con Shuichi llegó cuando faltaban sólo dos días para que ella volviera a Alemania, en una ocasión en la que la enfermera de turno conminó al portero a dar una vuelta por los jardines del hospital.
– Vamos, te hará bien tomar un poco de aire –señaló Lily, risueña–. Seguro que no has visto la luz del sol en días.
– No es para tanto, doctora –replicó Genzo–. Pero admito que pasear contigo es una perspectiva muy agradable, aunque no podamos salir del hospital.
Así pues, Genzo se puso la elegante bata de seda que Eiji le había llevado y que ocasionó que Lily le hiciera varios comentarios mordaces con respecto a lo mucho que los Wakabayashi gastaban en lujos como ése. Genzo soportó bien las burlas, hasta que la calló al decirle que, a como iban las cosas, también ella acabaría teniendo acceso a ese tipo de lujos, lo que hizo que Lily enmudeciera al instante. Si bien Genzo no lo dijo con mala intención, le preocupó la reacción que ella tuvo al hacer alusión al hecho de que podría acabar convirtiéndose en una Wakabayashi en un futuro no muy lejano, aunque bien esto podía deberse a que la situación con su familia era todo un lío.
"Supongo que no voy a encontrar mejor momento que éste", pensó el portero, mientras Lily y él se dirigían en silencio a los jardines. "Aquí no hay riesgo de que alguien de mi familia se presente de manera imprevista y es poco probable que otra persona nos escuche".
A pesar de que había varios pacientes paseando por la zona, a nadie parecía importarle que el portero de la Selección Nacional de Fútbol, Genzo Wakabayashi, estuviera dando vueltas por ahí en compañía de una extranjera. O bien la gente se sentía demasiado enferma como para andar en el chisme o bien el fútbol seguía sin ser muy popular en el país más allá de los Mundiales, lo que traía como consecuencia que nadie reconociera al dios protector de Japón.
– ¿Esos son árboles de cerezo? –preguntó Lily, mientras paseaban por una pequeña arboleda.
– Sí, lo son –asintió Genzo–. Te prometí que te traería a Japón a verlos en su época de floración, pero no he podido cumplir mi promesa.
– No te preocupes, no ha habido tiempo –sonrió ella–. Entre tu lesión y el hecho de que estuvimos distanciados por culpa de una tonta pelea, confieso que llegué a dudar de que la oferta siguiera en pie, pero ya lo haremos después, cuando tengamos tiempo libre.
– Siempre cumplo mis promesas, Yuri, no debiste dudar de eso. –Él le jaló un mechón de pelo de manera juguetona–. Aunque no te culpo por hacerlo; después de todo, mi familia te lo ha puesto muy difícil.
– Más o menos –comentó Lily, a la evasiva–. Estoy segura de que las cosas podrían llegar a ponerse peores.
– Todo depende de cómo hayan estado antes –replicó Wakabayashi–. Sigo esperando a que me hables de lo que tu encuentro con Shuichi.
– Ah, eso –suspiró Lily y contempló los árboles de cerezo. Unos cuantos metros más adelante había una banca de piedra y ella le hizo señas a Genzo para que la siguiera hasta ahí; una vez que se sentaron, la joven continuó–: Estaba aguardando a que estuvieras más recuperado para hablarte de eso, porque aun cuando no caí ante los trucos de tu hermano, sí comentó algo que me llegó a inquietar.
– Hmm –gruñó Genzo–. Algo me dice que no me va a gustar lo que voy a oír.
– Probablemente no, por eso quería esperar a que estuvieras mejor –señaló Lily, resignada, y se negó a mirarlo a la cara–. Aunque tampoco quería marcharme de Japón sin hablar contigo para aclarar este punto. En fin, en resumidas cuentas, Shuichi me dijo que nos vamos a estrellar contra la realidad por tercos y que algún día nos daremos cuenta de que lo nuestro no funcionará a largo plazo. Nada nuevo, realmente, así que eso no me preocupa mucho, lo que me inquietó es el hecho de que me aseguró que se espera que la mujer que se case contigo deje de lado su trabajo y sus metas, si las tiene, para convertirse en tu esposa de tiempo completo. Y yo no estoy muy segura de que esa perspectiva me emocione.
– Hmm –repitió Wakabayashi–. Sí, definitivamente no me ha gustado lo que acabo de oír. Espero que no hayas creído en sus palabras, doctora.
– No lo hice, pude darme cuenta de que estaba intentando tenderme una trampa porque tú ya me lo habías advertido –respondió Lily, con la mirada todavía fija en el árbol que tenía en frente–. Lo primero que pensé fue que tú no me pedirías que dejara mis sueños cuando nos casemos, confío plenamente en ti y por eso sé que no lo harías, pero eso me llevó a pensar en que ni siquiera estoy segura de que nos vayamos a casar porque no hemos hablado de ese tema, lo que a su vez me llevó a pensar, otra vez, en qué estamos haciendo y hacia dónde vamos si es que no tenemos contemplado casarnos en un futuro, próximo o lejano, sobre todo porque tú no has decidido a qué equipo piensas irte a jugar. ¿Qué tal si te vas de Alemania y nos distanciamos todavía más? Y me volví a formular la misma pregunta que me vengo haciendo desde hace un tiempo: ¿Qué estamos haciendo? ¿Está bien que sigamos así, sin definir el futuro de nuestra relación? Ni tú ni yo somos partidarios de dejar las cosas al azar, nos gusta saber a qué nos enfrentamos y a dónde vamos; yo, te lo dije, no pienso dejar al Bayern por ti, así que si me caso contigo no abandonaré mi futuro por tu carrera para seguirte incondicionalmente a otro país, pero Shuichi ha dicho que debe de ser así y eso me preocupa. Y todo esto me llevó a una última conclusión, que es que hablar con Shuichi resulta agotador porque me hizo ponerme a cavilar en cosas en las que no quería ni pensar, vaya que es manipulador.
– Estoy de acuerdo con esto último. –Genzo esbozó una sonrisa–. Por eso es que casi no hablo con él.
– ¿Y ya? ¿Es todo lo que vas a decir? –Ella se giró para confrontarlo, ofuscada–. ¿Te acabo de expresar mis más oscuras dudas y es lo único que se te ocurre contestarme?
– No, doctora, por supuesto que no. –Él se echó a reír–. Sólo estaba tratando de encontrar las palabras adecuadas para responderte. La última vez que tuvimos una disyuntiva importante, di un paso en falso y no quiero volver a cometer el mismo error. Mi contestación a tus preguntas es simple, Yuri: estamos juntos en esto. Es cierto que no hemos hablado de si vamos a casarnos o no, ni de qué sucederá conmigo cuando acaben los Olímpicos, pero estoy muy seguro de que, sin importar a dónde vaya yo o en dónde estés tú, seguiremos juntos en esto. Eso es todo lo que necesitas saber.
Lily le lanzó una mirada de extrañeza y Genzo supo que con eso no iba a ser suficiente, pero algo en los ojos chocolate de la chica le hizo saber que iba por buen camino. Ciertamente él no era hombre de muchas palabras, pero esta vez tendría que esforzarse.
– Supongo que quieres que sea más específico –suspiró Genzo–. Mira, Yuri, yo tengo decidido que quiero casarme contigo, lo supe en el mismo instante en el que Mikami me habló de que mi padre contrató a una casamentera. ¿Cuándo pienso pedírtelo? No lo sé. ¿Cuándo nos casaríamos? Tampoco estoy seguro, primero tengo que resolver mi propio futuro y esperar a que tú estabilices el tuyo antes de hacerlo, pero hago cálculos de que eso no debe de tomar más de tres años, cuando mucho.
– Estás dando por hecho que te voy a decir que sí. –Lily se puso muy colorada y nerviosa–. ¡Qué egocéntrico eres!
– ¿Y no será así? –Genzo esbozó esa media sonrisa que resultaba seductora–. ¿No quieres ser mi esposa algún día, doctora Del Valle?
Esto hizo que Lily enrojeciera aún más; ella se llevó las manos a la cara para tratar de ocultar su azoramiento pero era muy tarde, él ya se había dado cuenta de lo mucho que sus palabras la perturbaron. Sin embargo, en vez de vanagloriarse, Wakabayashi le dio tiempo para recomponerse, disfrutando de la sensación de saber que la mujer que amaba también lo amaba al grado de que se ponía nerviosa por su culpa.
"Sí, definitivamente quiero que ella sea mi esposa", pensó Genzo, con una determinación férrea. "Quiero que Lily sea la mujer a la que le pueda mostrar con orgullo mis triunfos".
– Supongamos que te digo que sí, que sí quiero casarme contigo –dijo Lily con cautela, tras recomponerse parcialmente–. ¿Me pedirás que deje mi trabajo por ti?
– Por supuesto que no, ya habíamos acordado eso –negó Genzo, muy serio–. Jamás te exigiría que abandonaras tus sueños por los míos, así como tú no me pedirías lo contrario, pensé que eso había quedado bien establecido desde hace tiempo, doctora.
– Sí, lo acordamos, pero eso fue antes de que apareciera tu familia en escena –señaló la mexicana–. Y no sé cómo eso nos ha afectado a los dos. A mí, al menos, me hace preguntarme si podré formar parte de un mundo como el tuyo, si seré capaz de adaptarme a un estatus socioeconómico que no he visto más que en las películas... Y en tu departamento, por cierto, por no mencionar que no sé qué tendría qué hacer para acomodarme a ese estatus.
– ¿Hablas en serio, Yuri? –Wakabayashi la miró con escepticismo–. Porque a mí me parece bastante obvia la respuesta.
– ¿Ah, sí? –Lily lo miró con extrañeza–. ¿Y cuál es esa respuesta obvia, según tú?
– Que te vas a adaptar perfectamente bien, sin que tengas que hacer gran cosa –señaló Genzo–. Eres una mujer educada, elegante y culta; si mi familia fuera menos terca, lo notaría en cuanto se tomara la molestia de conocerte, pero yo, que sí te conozco bien, sé que no tardarías en estar en tu elemento. Si no me crees, basta con ver cómo te has acoplado tan bien al ambiente de la Peque, quien también proviene de una familia con dinero.
– Eres un adulador de primera –replicó Lily, tan complacida como apenada–. Aunque me hace sentir bien que me tengas en ese concepto, no sé cómo es que puedes tomarte tan a la ligera ese asunto.
– Quizás porque conozco a mi familia mejor que tú –aclaró el portero–. Y por lo mismo puedo asegurarte que no debemos preocuparnos demasiado por ella; además, sé que superaremos este inconveniente como hemos superado otros en el pasado. Ya que eso te incomoda, te repito que no pienso pedirte que dejes de trabajar cuando nos casemos, ni tampoco lo haré cuando tengamos a nuestro primer hijo. Ni al segundo, ni al tercero ni al cuarto, o los que sea que tengamos. Ni tampoco seguiremos ninguna regla estúpida de la sociedad que no queramos seguir; si hemos tenido una relación a nuestra manera, con nuestras propias reglas y que nos ha funcionado muy bien, no tenemos por qué cambiarla para adaptarla a lo que alguien más quiere.
Esta respuesta pareció convencer a Lily, quien se quedó en silencio unos minutos, contemplando los árboles de cerezo, tras lo cual comenzó a tararear el que se había convertido en el himno de su relación, We're In This Together.
– My eyes are open, just like the ocean, from the people in need to the sun and the seas… –cantó ella, después de lo cual agregó–: Entonces, en resumidas cuentas, estamos juntos en esto. Y seguiremos juntos en esto, sin importar lo que suceda.
– Así es, doctora –sonrió Genzo–. Por fin lo comprendiste. We're in this together, forever.
– Las dudas me hacen ser cerrada de mente, ya lo sabes. –Lily puso una cara de disculpa–. Al menos ya había decidido que, antes de dejarme llevar por mi idiotez, primero tenía que hablar contigo.
– Me alegra que hayamos avanzado hasta ese punto. –Él le acarició el rostro–. Aunque no eres idiota, simplemente te has topado con mi familia y lo raro sería que no acabaras con la cabeza hecha un lío.
– Sí, estamos muy de acuerdo en eso –rio Lily y después le dio un beso en la mejilla–. Ahora que hemos aclarado algunos puntos muy importantes de nuestra relación, quiero preguntarte qué piensas hacer con respecto a los partidos que le faltan a Japón para la clasificación. Obvio es que no vas a jugar ninguno, más te vale que no se te ocurra hacerlo porque así te va a ir, pero quisiera saber si planeas ver alguno en vivo y en directo.
– No he pensado mucho en eso, dependerá de cómo evolucione esta herida. –Genzo se señaló la parte izquierda de la cara–. Me gustaría estar presente en la banca por lo menos en el partido contra Australia; como apoyo moral, por supuesto, pues no me arriesgaría a jugar, estoy bastante convencido de que te encargarías de hacérmelo pagar con sangre.
– Qué bueno que estás consciente de eso, mi amor. –Lily esbozó una sonrisa dulce y pícara–. El juego contra Australia es el último, no tiene por qué haber problema con que estés presente en la banca.
Después de esto, Genzo y Lily volvieron a tratar el tema de la rehabilitación y llegaron al fin al acuerdo de que él permanecería un par de semanas en Tokio mientras su herida se estabilizaba, lo que le permitiría tener las primeras sesiones de rehabilitación con el doctor Lawrence; mientras tanto, Lily volvería a Múnich y se encargaría de acondicionar el departamento que Wakabayashi recientemente había comprado ahí y de agendar cita con los socios del doctor Lawrence para que continuara con la rehabilitación en Alemania, una vez que éste hubiera establecido el patrón a seguir.
– Lo que me recuerda que debo darte esto. –Del bolsillo de su finísima bata, Wakabayashi extrajo el llavero de guantes de portero, que seguía portando una llave–. No podrás entrar a mi departamento en Múnich sin esto.
– ¿Lo traes siempre contigo? –preguntó Lily, divertida–. ¿Y en qué momento lo guardaste en el bolsillo de la bata?
– Por supuesto que siempre lo traigo conmigo –sonrió él–. Me lo obsequió una mujer a la que adoro. Y lo metí en cuanto Eiji me entregó la prenda.
– ¡Oh! Procuraré no perderlo entonces –aseguró ella, muy solemne.
Genzo tuvo ganas de besarla pero no podía debido a la cirugía, aunque Lily pareció leerle el pensamiento pues se acercó con cautela y rozó sus labios con suavidad. Él entonces la sostuvo con cuidado contra su cuerpo y aspiró el aroma de su cabello.
– No quiero interrumpir este momento, pero deberíamos regresar –comentó Lily, después de un rato–. Antes de que la enfermera reporte que te he secuestrado.
– Lo cual sería un auténtico problema –aceptó Wakabayashi–. Mi familia se encargaría de incluirte en la lista de los más buscados por la Interpol.
– Algo de lo que no me queda ninguna duda. –Ella se puso en pie, riendo, y le tendió una mano.
– Serías la secuestradora más sensual –opinó Genzo, con malicia–. Mucha gente querrá ser raptada por ti, pero les diré que ese privilegio sólo lo tengo yo.
– Seguramente hay secuestradoras más sensuales que yo –replicó Lily y lo tomó del brazo para empezar a caminar con él–. Y dudo que alguien más que tú quiera que lo rapte.
– Por lo menos a Ëkdal le gustaría. –Wakabayashi frunció el ceño–. No me digas que no.
– Hmm, puede que sí –admitió Lily, a regañadientes–. Aunque se ha mantenido bastante tranquilo a últimas fechas, al menos ya me dejó de molestar. ¿Tienes alguna idea de qué ha sido de él? Sé que ya no estás en contacto con tus compañeros desde que dejaste el Hamburgo, pero quizás te hayas enterado de algo.
– No está bien parado dentro del club, o eso es lo que me ha contado Kaltz –contó Genzo; con esto, le hizo saber a Lily que al menos seguía manteniendo comunicación con el alemán–. El nuevo entrenador está inconforme con su desempeño, así que tengo entendido que está en la cuerda floja. Supongo que por eso te ha dejado en paz, porque está demasiado ocupado intentando evitar que lo corran del equipo como para estar acosando a novias ajenas.
Wakabayashi no lo comentó porque no le vio caso hacerlo, pero había escuchado el rumor de que sus antiguos compañeros de club le habían mostrado una última lealtad al rechazar a Ëkdal por sus acciones. En el vestuario era persona non grata y eso también le estaba pasando factura.
– Te confieso que me siento aliviada por eso –suspiró Lily–. Es incómodo y hasta espeluznante cuando un hombre no entiende que no estás interesada en él y sigue insistiendo.
– Debiste habérmelo dicho para partirle la cara –gruñó Genzo–. Sabía que te molestaba, pero no a qué nivel.
– ¿Más? Si te agarraste con él a golpes más veces de las que puedo recordar. –Lily intentó disminuir el efecto de sus palabras con una broma–. No era necesario, Gen, sin que te dijera algo te encargaste de él, siempre me protegiste cuando lo necesité, aunque no sé qué tanto de eso fue por tu terco orgullo.
– Menos de lo que crees, te lo aseguro. –La estrategia funcionó, pues a Wakabayashi se le bajó el mal humor y se echó a reír–. Pero sí puedes estar segura que mi intención principal siempre fue cuidarte.
– Lo sé –aceptó ella y se detuvo para darle otro beso en la mejilla, tras lo cual cambió el tema–. ¿Me traerás después a ver los cerezos en flor?
– Por supuesto que sí, no necesitas ni preguntarlo, Yuri. –Él le jaló cariñosamente un mechón de pelo–. No te prometo que será para la próxima floración, porque es altamente probable que estemos ocupados los dos, pero sí lo haré para la que venga después de ésa.
– Muy bien –sonrió Lily–. Es una cita entonces.
Lily apoyó su cabeza en el hombro de Genzo y ambos reanudaron la marcha de regreso a la habitación de hospital, con la plena seguridad de que, sin importar lo que pasara en el futuro, seguirían recorriendo juntos un mismo camino aun en contra de la adversidad.
Hana se ofreció a llevar a Lily al aeropuerto el domingo para que Mikami pudiera quedarse en el hospital con Genzo. Rémy quiso enviar su avión privado a Tokio para recoger a Lily y llevarla de regreso a Múnich, pero ésta rechazó la oferta porque era demasiado desperdicio que el aparato recorriera medio mundo por una sola persona, por lo que se dispuso a buscar un asiento en un vuelo comercial. Mucha fue su sorpresa cuando Mikami apareció el sábado por la mañana y le entregó un pasaje de avión en primera clase para un vuelo que partía al día siguiente hacia Alemania.
– No puedo aceptar esto, señor Mikami –le aseguró la mexicana–. ¡Es un boleto de primera clase, no necesitaba pagar tanto! Con un asiento en clase turista estaba bien, ¿se puede cambiar?
– No lo pagó él, sino yo –replicó Genzo, sin inmutarse–. Mikami hizo el favor de conseguirlo a tu nombre por indicación mía, así que no debes preocuparte por el dinero.
– Estaba por aclararte eso, doctora –se rio Mikami–. Yo sólo cumplí con la petición que me hizo Genzo.
– Hmm, ya veo –comentó Lily, dudosa–. Con mayor razón no sé si aceptarlo.
– ¿Por qué no? –quiso saber el portero–. No es como si te lo fuera a cobrar.
– Pues porque no sé si sea un tanto, eh, hipócrita de mi parte que permita que mi novio me pague boletos de avión en primera clase –explicó Lily, enarcando una ceja–. Digo, con eso de que proclamo ser una mujer independiente.
– Eres una mujer independiente, es cierto, pero también eres inteligente, doctora –contestó Wakabayashi, con una sonrisa–. Estoy seguro de que, con todo y tu independencia, eres capaz de aceptar un regalo de alguien que está loco por ti y quiere darte lo mejor. No es como si fueras por la vida coqueteando con todos los hombres que se te atraviesan para obtener lo que deseas, la mayoría lo has conseguido por tu propio esfuerzo y lo sabes, pero aún así no evitarás que quiera malcriarte porque te amo.
– Bueno, viéndolo así… –lo meditó Lily unos momentos, con una sonrisita emocionada en los labios–. Tal vez pueda aceptar el regalo de alguien muy manipulador que me trae vuelta loca sin sentirme hipócrita. Sí que sabes cómo convencerme, Wakabayashi.
– El colmo sería que no lo supiera. –Genzo puso una expresión de autosuficiencia que le resultó divertida a Mikami.
Así pues, al día siguiente Lily partiría con rumbo al aeropuerto en compañía de Hana; Mikami las acompañó hasta el sitio de taxis más cercano para despedirse y poder hablar con Lily sin que Genzo los escuchara. Hana, de manera cortés, se mantuvo apartada a distancia prudente para que ellos platicaran sin ser molestados.
– Ha sido un verdadero placer conocerlo, señor Mikami –aseguró Lily, mientras le ofrecía una mano que él estrechó–. Genzo me ha hablado mucho de usted y fue gratificante comprobar que las cosas buenas que me dijo resultaron ser ciertas.
– Lo mismo digo de ti, doctora –sonrió Mikami–. Aunque no nos conocimos en las mejores circunstancias, fue un gusto tenerte aquí, a Genzo le benefició tu presencia en más de un sentido.
– Me alegra saber eso –dijo la mexicana, aunque su rostro se ensombreció levemente–. Temía que, por el contrario, hubiese creado más problemas con su familia. No dejo de preguntarme si, de no haber estado yo aquí, los padres de Genzo hubieran venido a verlo
– No, ten por seguro que tú no influiste en eso –negó Mikami–. No voy a negar que causaste cierto revuelo, pero no eres la causa por la cual ni Shuzou ni Kana acudieron al hospital, es algo más complicado que eso.
Lily notó que Mikami estaba justificando de manera muy cortés las malas acciones de los padres de Genzo, a pesar de que ambos sabían que no había pretextos que valieran para ninguno de los dos. Sin embargo, ella aceptó que eso formaba parte de la personalidad de Mikami, cosa que le agradó; sin duda, su diplomacia había sido una de las cosas que consiguieron domar un poco al rebelde y malcriado Genzo, la influencia de Tatsuo Mikami había resultado muy beneficiosa para el desarrollo de la personalidad adulta del portero, mucho más que la de Shuzou Wakabayashi.
– Supongo que sí –aceptó Lily, sin más.
– No debes preocuparte por eso –aseguró el entrenador–. Ni tampoco por el hecho de que Shuzou haya contratado una casamentera. Conozco bien a Genzo y sé que va a pelear por ti hasta el final, aun cuando todo se le ponga en contra. Y yo los apoyo a los dos así que haré lo posible para convencer a Shuzou de que ceda de hacer una tontería como ésa. A partir de ahora cuentas con mi aprobación incondicional, doctora, porque he visto con mis propios ojos lo mucho que te preocupas por Genzo.
Estas palabras conmovieron a Lily, quien repentinamente abrazó a Mikami con efusividad. Éste, poco acostumbrado a tales muestras de afecto, momentáneamente no supo qué hacer pero después le dio unas palmaditas cariñosas en la cabeza.
– Discúlpeme si fui muy atrevida –expresó Lily, al soltarlo–. Pero fue tan agradable escuchar algo así de alguien que es tan cercano a Gen que no pude evitar sentirme emocionada. Esta semana estuve muy a la defensiva y no me había dado cuenta hasta ahora.
– No te preocupes, lo entiendo –aceptó Mikami–. Pero ya puedes tranquilizarte un poco, que no todos estamos en tu contra.
Lily asintió con la cabeza e hizo una reverencia respetuosa a Mikami, para compensar su inesperado abrazo. Éste le devolvió el gesto y después ella le hizo una seña a Hana para indicarle que estaba lista para irse.
En el largo viaje en taxi, Lily aprovechó para agradecerle también a Hana por el apoyo que le dio durante los pocos días que estuvo en Tokio, cosa a la que Hana le restó importancia pues aseguró sentirse satisfecha de haber podido colaborar a que ella y Wakabayashi arreglaran sus problemas.
– De cualquier manera debo agradecerte por apoyarme sin detenerte a pensar en, eh, ciertas cuestiones –titubeó Lily–. Eres pariente de Eriko y no me queda la menor duda de que ella te ha compartido sus pensamientos sobre mí, los cuales no son precisamente halagadores.
– Bueno, Genzo también es primo de Eriko y está enamorado de ti, ¿no es así? –replicó Hana–. No porque ella y yo seamos parientes tenemos que compartir opiniones, yo sí trato de analizar las cosas desde varios puntos de vista antes de emitir un juicio y Wakabayashi se encargó de hablarme muy bien de ti. Y no sé si te has dado cuenta, pero confío mucho en su criterio y como él me aseguró que eres una persona que vale la pena conocer, le creí y no me arrepiento. Además, seamos sinceras, Eriko es una niña malcriada y caprichosa, ¿quién les pone atención a personas así hoy en día?
– Mucha más gente de la que crees –aseguró Lily, tras lo cual rio–. Gracias por tomarte la molestia de conocerme y no creer al cien por ciento lo que otras personas dicen de mí. Espero que de verdad podamos llegar a ser muy buenas amigas.
– ¿No lo somos ya? –sonrió Hana–. Por algo te he estado ayudando.
– Oh, yo pensé que lo hacías por Genzo –replicó Lily y ambas rieron; después de un rato, ella añadió–: Por favor, cuida bien de Gen dentro de lo que puedas. Sé que es un hombre irremediablemente terco y que por lo mismo es difícil convencer de que no haga un plan que ya se le haya metido en la cabeza, pero me da la impresión de que tú también sabes cómo manipularlo para conseguir que se esté quieto.
– No tan bien como tú, pero lo intento –señaló Hana–. Puedes estar tranquila, entre el señor Mikami y yo mantendremos a Wakabayashi en calma, pero en el caso de que no pudiéramos con él, yo sí soy capaz de convencer al entrenador Kira de que no haga algo que no debe y conseguiré evitar que incluya a Wakabayashi en las alineaciones, así que por mucho que él quiera jugar, no podrá hacerlo.
– Eso me alivia más de lo que crees –afirmó Lily–. Genzo podrá no obedecer a los médicos, pero no puede ir en contra de lo que dictamina el entrenador.
Hana se quedó con Lily en el aeropuerto hasta que llegó el momento en el que ésta debía pasar al área de embarque. Una hora después, Lily abandonaba Japón, secretamente agradecida de poder contar un asiento de lujo en primera clase. A pesar de lo agotada que se sentía, y de saber que llegando a Múnich no tendría oportunidad para descansar, la joven se sentía muy feliz porque en esa semana, a pesar del choque que tuvo con la familia Wakabayashi, Genzo y ella no sólo habían arreglado sus problemas sino que también habían dado un paso importante en su relación. Además, si bien era cierto que era altamente probable que Lily nunca obtuviera la aprobación de los Wakabayashi, también era verdad que contaba con aliados que, haciendo balance de cuentas, resultaban ser mucho más valiosos.
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Múnich.
Elieth revisó su teléfono y vio que Lily le había enviado un mensaje de WhatsApp para avisarle que ya había abordado el avión y que no faltaba mucho para el despegue. Así también, le informó que estaba viajando en primera clase gracias a Genzo y le confesó que se sentía rara por haber permitido que él gastara tanto en ella.
"Déjate querer", había sido la respuesta de Elieth. "No hay algo de malo en permitir que tu pareja te consienta de vez en cuando".
"¿Es lo que hace Karl contigo?", preguntó Lily, con evidente malicia.
"No. Yo lo consiento a él", replicó Elieth. "De los dos, soy la que tiene más dinero".
Lily, por contestación, envió varios emoticones de risa, tras lo cual le avisó que estaba por apagar el teléfono pues los pilotos habían encendido ya los motores de la aeronave.
"Envía la hora aproximada a la que llegarás, iré a esperarte al aeropuerto", escribió Elieth. "Y disfruta de la primera clase, ya que no quisiste viajar en el avión privado de papá".
"¡Era demasiado!", protestó Lily. "Además, eso me habría hecho tan malcriada como Genzo y tú".
La francesa se rio, aunque no por eso dejó de enviar su protesta en forma de emoticones de gato enojado, tras lo cual le deseó a Lily un buen viaje. Una vez que abandonó la conversación, Elieth miró por pura inercia el resto de sus pláticas de WhatsApp y vio la que había mantenido con Schweil Teigerbran varias semanas atrás y que había sido la responsable de que ella y Karl discutieran. Eli se sorprendió al notar que Teigerbran había cambiado su foto de perfil y ahora aparecía en compañía de una chica de cabello castaño claro. Llevada por la curiosidad, Elieth agrandó la imagen y vio que ambos miraban muy sonrientes hacia la cámara, en actitud amistosa. Sin embargo, él no habría subido una imagen con una mujer si no estuviera interesado en ella, así que seguramente debía ser su nueva novia o pretendienta cuando menos. La reportera no pudo contener las ganas de enterarse de qué ocurría y decidió enviarle un mensaje a Teigerbran.
"Bonita foto de perfil", escribió ella. "¿Es tu novia?".
Para su asombro, Schweil no tardó mucho en responder, casi parecía que había estado revisando su smartphone cuando Elieth le envió el mensaje.
"Es una amiga", contestó él. "Por el momento. Se llama Aliona".
"Oh, ya veo", comentó Elieth. "Se ven bien juntos, muy felices y todo".
"Eso dicen", aseguró Teigerbran. "Es linda y me agrada. Pero…".
Elieth vio que aparecía el aviso de que Teigerbran estaba escribiendo, pero pasó tanto tiempo antes de que apareciera un mensaje que ella concluyó que él se había arrepentido, así que decidió animarlo.
"¿Pero?", inquirió Elieth. "¿Qué hay de malo con ella?".
"Nada", negó él. "Es maravillosa y hermosa. Es sólo que no eres tú".
La reportera se quedó mirando la pantalla de teléfono, titubeando. Esta vez no iba a cometer el error de ser vaga con su respuesta, así que, tras pensarlo un poco, decidió ser directa.
"Estoy con Karl. Oficialmente somos novios y lo amo", puntualizó Eli. "Eso no ha cambiado ni cambiará. Pensé que ya estabas consciente de este hecho, o eso fue lo que me dijiste la última vez que nos vimos".
"Lo sé bien", fue la contestación de Teigerbran. "Yo también creí que así sería, pero qué te puedo decir; aunque no estoy tan loco como para intentar meterme con la novia del Káiser de Alemania y arruinar mi carrera profesional, eso no indica que no me sigas gustando. Pero tranquila, que no pienso molestarte más".
"Está bien", aceptó Elieth. "Pero no vayas a hacerle daño a esa chica, que no lo merece".
"Por supuesto que no", aseguró Schweil. "Nos lo estamos tomando con calma, ya veremos a dónde nos lleva esto".
"Les deseo suerte a ambos", dijo la francesa, con total sinceridad.
Teigerbran respondió con un "Danke (gracias)" escueto que Elieth no consideró necesario responder. Bien, era imposible que todo mundo encontrara pareja tan rápido, pero esperaba que Schweil Teigerbran fuera capaz de hallar a alguien que sí lo quisiera, ya fuese Aliona o alguien más.
Notas:
– La canción que Levin reproduce en su smartphone para motivar a sus compañeros es Dawn of Victory, del grupo italiano Rhapsody of Fire. Viva la Vida es una canción del grupo británico Coldplay.
– Según mis cálculos chafas, ahora sí estoy segura de que no le faltan más de dos capítulos a esta historia. Mi plan es acabar en el siguiente episodio para ya sólo dejar pendiente el epílogo, pero como no sé qué tanto me va a tomar desarrollar lo que falta, no puedo asegurar que no me vayan a salir dos capítulos en vez de uno. Ya veré que sucede.
