1. Travesía en solitario.

La carencia de luz en el cielo le provocó cierta sensación de desasosiego tan pronto como la fogata contrastó con los nubarrones grisáceos que bloqueaban las brillantes estrellas. La zona desértica en la que se encontraba no daba mucho a la imaginación y la pobre vegetación podría entrar en combustión si no mantenía el fuego bajo control.

Su esperanzador entrenamiento se había convertido en una prueba de supervivencia hasta nuevo aviso desde hace dos meses. Ni siquiera sabia lo que se suponía que tenía que hacer con el fin de hacerse mas fuerte, no contaba con alguien que le enseñará tan bien como su padre adoptivo; la tristeza lo embargaba al reconocer que estaba mas solo de lo que creyó estarlo nunca.

Happy dormía plácidamente en su regazo, ajeno a la serie de pensamientos inverosímiles que reafirmaban su decisión precipitada y poco consecuente después de irse con quedas explicaciones.

La imagen de su padre lo torturaba cada tanto, siendo un recordatorio de su inherente necesidad de derrotar a Acnologia a cualquier costo, de querer volverse mas fuerte.

Sus memorias de niño estaban plagadas de escamas escarlatas, ojos amables y una impredecible capacidad de empatía sin importar la especie. Igneel se lo enseñó de esa forma, le enseñó a aspirar por un futuro desprovisto de certidumbre pero lleno de esperanza. Un gremio, una familia, un equipo, todo ello no podría remplazar su ausencia y de alguna forma u otra representaba su futuro de forma inequívoca; la culpa lo carcomía por haberlos dejado a su suerte en circunstancias tan difíciles.

Fairy Tail fue destrozado, su padre y varios dragones fallecieron, perdió el libro de E.N.D y sentía que la promesa que hizo se desvanecía en el aíre cada día que pasaba intentando asentarse en un lugar fijo.

Sabía que no debía vivir de arrepentimientos, que se prometió a sí mismo vivir, pero cada bocanada de aíre que tomaba, cada escalofrío que recorría su cuerpo, cada paso que daba dolía el doble al saber que Igneel ya no estaría allí para saberlo. Su pecho se inflaba de orgullo al sobrevivir sin problema su primera semana, pero se sentía desfallecer al pretender que se encontraba bien, que se encontraban bien.

Cuando estuvo en el cuarto de Lucy sintió que le estaba fallando también, sus manos buscaron a tientas pergamino y tinta para poder explicarse, pero lo cierto es que no pudo explicarle con palabras lo culpable que se sentía al no poder estar allí para ella. Sabía que le estaba dando la espalda por culpa de sus deseos egoístas, que al igual que Happy, ella podría haberlos acompañado y todo estaría saldado entre ellos. Pero no era tan sencillo como parecía, nunca lo era cuando se trataba de Lucy.

Su sonrisa lo perseguía, su olor a vainilla, sus rarezas, su incondicional confianza, todo de ella lo perseguía de forma incesante hasta en sus sueños. Y era en esos momentos en los que se preguntaba por qué no la dejó convertirse en parte de su viaje, por qué no podía mirarla como al resto y excusarse por no ser lo suficientemente fuerte, por tener que dejarlo todo en sus manos e irse acobardado por su incipiente debilidad.

Estaba abrumado por haber dejado que Gray se sacrificara con el fin de derrotar al líder de Tártaros, estaba abrumado por lidiar con la repentina aparición de Zeref, por fracasar estrepitosamente y terminar siendo capturado por el enemigo poco después de intentar rescatar a sus amigas, por acabar atrapado en Alegría y dejar que Lucy terminara gravemente herida, por dejar que por poco Happy muriera intentando salvarlo...

¿De que servía derrotar a la alianza Baram, si a final de cuentas fueron ellos quienes perdieron mas?

La razón por la cual se fue sin avisar es que no sabría nunca que decir, sin importar los años que pasaran nunca sabría por qué su padre nunca fue capaz de decirle la verdad, o simplemente advertirle los años de angustia que pasaría a costa de su "ausencia".

Lo cierto era que no lo culpaba, pasó los mejores años de su vida junto a él, le enseñó todo lo que sabe y le dio a conocer el mundo bajo otros ojos. La calidez bajo sus alas lo arroparían bajo la penumbra, sus valientes ojos lo llenarían de coraje, su fuego iluminaría sus días eternamente porque ese era su legado después de todo; el fuego del rey dragón de fuego permanecería eternamente en su memoria y corazón.

Los dragones son libres de deambular por el mundo e Igneel no era la excepción, viviría por siempre para él, incluso si lo único que lo acompaña es su espíritu, incluso si ya no escucha el retumbar de sus pasos o la explosión de alguna cúspide montañosa provocada por su rugido. La flama de su amor permanecería con él hasta el final de sus días.


El día pasaba tan lento que incluso Happy se había puesto a nadar en un estanque contiguo mientras él revisaba el área en busca de alguna pelea para despejar su mente, pero sin obtener resultado alguno había encontrado un extraño pasatiempo en contemplar la inmensidad del bosque con aíre nostálgico. Sus pies colgaban de un risco mientras tocaba con reticencia su bufanda.

A la distancia un olor plagó sus fosas nasales con hierbas medicinales y alcohol, al mismo tiempo que Happy sobrevolaba su cabeza y admiraba a la distancia la imponente figura del mago mas respetado en el gremio: Guildarts Clive.

Su sonrisa volvió consigo mientras un aíre renovado lo envolvía y saltaba para saludarle. Su corazón latió con fuerza al ver que este le recibía con energía, preguntándole por sus amigos y los acontecimientos que precedieron su partida. Sus mejillas dolían de tanta felicidad que lo embargaba al ver un rostro conocido, su pecho parecía estallar al saber que Guildarts aun mantenía su fe puesta sobre él.

El atardecer se cubrió de historias fascinantes y aventuras interminables. El día que antes parecía contradecir el flujo vertiginoso del tiempo se doblegaba a la velocidad de la luz, haciendo que su tiempo juntos pareciera acabar antes de lo previsto.

Happy se había cansado de seguirles el ritmo, pero aun así se acurrucó a su lado e hizo amagos de dormir. Ahora eran solo ellos dos frente a la corriente de agua que caía en picado hacía un pequeño estanque.

—Puedes dejar de fingir que no lo sé; las noticias vuelan rápido en esta parte del continente.

Con el rostro cabizbajo observó el agua caer, consciente de la horda de recuerdos que se agazapaban en sus parpados y formaban espesos cúmulos de sal. Una lucha interna se debatía en liberarse del pasado y avanzar, quería aprender de lo que sucedió pero era demasiado doloroso repetir la escena una y otra vez. Abandonó a sus amigos, estaba condenado a perderse en solitario, justo como solía hacerlo cuando Igneel desapareció.

Estancarse o avanzar, de igual forma sería un recordatorio de lo que tenía que hacer.

—Mi búsqueda nunca fue en vano. Le prometí a Igneel que viviría, viviría por ambos, por mantener su legado y mirar hacía el mañana sin arrepentimiento alguno —suspiró derrotado —. No tengo idea de qué hago aquí, aun estancado en lo que sucedió.

—A pesar de todo sigues siendo el mismo, Natsu —aseguró con determinación —. Esta bien echar un vistazo hacía atrás, pero nunca niegues los pasos que has dado sin saber hasta donde te llevarán.

—Abandoné a mis amigos por temor a no poder protegerlos —musitó con tristeza —. Los echo mucho de menos.

—Te lo dije una vez, hace muchos años atrás, a veces es mejor correr que morir por causas perdidas. Si quieres derrotar a Zeref y Acnologia entonces hazlo de la forma en que mejor sepas hacerlo.

La respuesta dio un sabor agridulce a su reencuentro, pero aun así no dijo nada. La comisura de sus labios se curvaron de forma imperceptible, pretendiendo que sus palabras eran las que esperaba recibir.

Tal parece que no había aprendido nada desde que fue derrotado por Guildarts. No era como si las respuestas fueran a caer del cielo, ni mucho menos que decidiera transitar el camino fácil; él nunca era alguien fácil de lidiar, pero aguardaba pacientemente a que sus ánimos mejorarán, a que alguna voz muy en el fondo le dijera que no tendría de que preocuparse hasta regresar al gremio siendo mas fuerte.

Si, ese debía ser su deseo mas grande para iniciar una travesía de tal magnitud: poder.

Alzó su vista al cielo, consciente que el atardecer se pintaba de anaranjado mientras la otra mitad se oscurecía con pequeños haces de luz colmando la cúpula estelar con su inocente brillo, soñando por un momento que sus amigos contemplaran las mismas estrellas que él, preguntándose cuánto mas tendría que esperar hasta poder aceptar que el futuro que le sonreía estaba frente a sus narices.

El agua siguió cayendo hasta entrada la noche, pero para entonces ya no había nadie que la contemplara.