3. Delirio y esperanza.

Los dedos de sus pies pisaron la arena con decisión mientras estas iban acompañadas por unas mas pequeñas. Su rostro era adornado con una solemne sonrisa mientras la silueta de una mujer lo esperaba al borde de la costa, su coleta brillando tanto como el sol y su sonrisa dulce dándole la bienvenida.

Happy abrió sus alas, perdiéndose entre los rayos de luz hasta que su vista se desenfocó de su objetivo. Su cuerpo se sintió ligero, envuelto entre oscuridad giró su cuello de forma errática en busca de su compañero de aventuras, esta vez encontrándose cara a cara con el rostro borroso de la chica de cabellos dorados.

Su sonrisa se esfumó al intentar alcanzarla con sus callosas manos, encontrando en su lugar como su figura se desvanecía en el aíre.

Sintió un martilleo en su sien intentando llamar a la mujer por su nombre, tan solo para abrir de forma abrupta sus parpados a mitad de la noche, jadeando en respuesta a la pesadilla que volvía a repetirse con fuerza en su subconsciente.

Happy seguía durmiendo de forma perezosa sobre su bufanda mientras limpiaba con el dorso de su mano el sudor que perlaba su frente. Se sentó con las manos temblorosas y sacó de su mochila una foto con el retrato de su mejor amiga en una de las revistas de la Sorcerer Magazine, deleitándose con su nombre enmarcado en grandes letras negras.

Sintió el aíre gélido llenar sus pulmones al mismo tiempo que su cuerpo volvía a su postura original, llevando la revista a su pecho con una sonrisa agridulce.

«No he olvidado su nombre, eso es bueno»

Hacía ya tres meses desde que Guildarts partió a un destino incierto mientras él enfocaba sus esfuerzos en entrenar hasta el hartazgo. Empezó buscando información en distintas bibliotecas, algún indicio de cómo podía fortalecer su magia para así poder controlar su fuego interno a voluntad, buscó también historias de demonios poderosos y formas efectivas de erradicarlos.

Su búsqueda dio frutos mas pronto de lo que esperó, no obstante las consecuencias de ser un Dragon Slayer repercutieron en su salud. Al principio era normal sentirse fatigado por cargar tres toneladas de rocas en su espalda mientras peleaba contra las criaturas mas peligrosas del bosque. Era evidente que su condición física a pesar de ser muy buena no podía solventar todo su poder. Varias veces notó que sus brazos le fallaban, sus rodillas flaqueaban e incluso su propio fuego se negaba a seguir sus ordenes. Era de esperar que al canalizar todo su poder en una sola parte de su cuerpo este empezara a causarle problemas. Happy tuvo que cargarlo varias veces mientras la fiebre lo hacía delirar; las infusiones de hierbas medicinales no surtían efecto hasta después de varias horas, así que tenía que soportar los fuertes dolores de cabeza.

Las voces en su cabeza no se callaban, atormentándolo con palabras hirientes que su subconsciente no dejaba de ofrecerle mientras perdía la noción del tiempo y se estancaba frente al escritorio de su mejor amiga, sosteniendo la pluma en alto, esperando a que el temblor de sus manos parara para así despedirse como era justo.

Aborrecía tener que vivir la misma escena, recordando lo cobarde de su parte al no querer llevarla consigo, al sentirse incapaz de protegerla a medida que su travesía por hacerse mas fuerte lo arrastraba a su propia muerte.

—¡Natsu, estas ardiendo en fiebre!

La pequeña pata azulada que reposaba sobre su frente le dio a entender que estaba alucinando de nuevo. No por nada la noche anterior había colapsado por culpa de la pesadez en sus parpados, el cosquilleo incesante en su estómago y las estrellas que se vislumbraban aun estando de día.

Sabía que estaba sobrepasando sus límites, pero no había nada que pudiera hacer para detenerse; no quería detenerse.

—E-Esta bien, Happy. N-No hay d-de que preocu-

Las lágrimas de su compañero alado le dieron a entender lo contrario. La revista que sostenía entre sus manos se sintió mas pesada que de costumbre, levantando su rostro para ver como las letras que representaban el nombre de su mejor amiga seguían allí, vacías y etéreas, reemplazando la necesidad de querer estar pronto a su lado para seguir sus aventuras sin preocuparse por su debilidad. Sabía bien que una estúpida revista no podía traerla hasta allí en el momento en que mas la necesitaba; era estúpido de su parte querer estar a su lado cuando para empezar hizo todo lo posible para alejarla.

—¡No soporto ver como te lastimas a ti mismo! —exclamó—. ¡Si Lucy estuviera aquí las cosas serian diferentes!

—Lo se, yo también la extraño.

—¡Eres muy injusto, Natsu!

—Lo se, lo siento mucho.

Estaba cansado a pesar de tener un par de meses por delante para finiquitar el poder que forzaría para derrotar a Acnologia y Zeref.

Estaba muy cerca de poder superarlos, le gustaba pensar que lo conseguiría en cuanto dominara la magia de su fallecido padre, pero debía ser realista: carecía de voluntad para poder alcanzarlos. Con ayuda de sus amigos tendría una oportunidad muy pequeña de hacerlo, pero debía aferrarse a esa pequeña pizca de esperanza que le proporcionaba la calidez del gremio, de otra forma todos morirían.

El alba pareció extenderse hasta tocar tierra, abalanzándose sobre las sombras que los rodeaban, escuchando a la distancia el repiquetear de los pájaros. Sus parpados se cerraron con molestia, consiguiendo que su antebrazo cubriera su rostro para evitar que la luz fuera otro factor por el cual preocuparse además del amargo sabor a planta medicinal que cubría su boca.

—Natsu, ¿recuerdas cuando fuimos a ese bosque encantado cerca de Crocus?

—¡Claro, ese día Lucy se llevó un buen susto gracias a esa serpiente gigante!

—¿Sabes lo que mas me gustó de esa ocasión?

—¿El gran pescado que rosticé para tu cumpleaños?

—No, que para entonces no existían demonios, dragones malvados o magos oscuros; solo éramos nosotros tres.

El sabor a hierbas medicinales se dispersó mas pronto de lo que solía ser, la comisura de sus labios se curvó de forma irremediable y sus brazos adoloridos atrajeron a su pequeño compañero en un fraternal abrazo.

Todo lo que necesitaba era saber que sus amigos estarían bien siempre que aquellas memorias los acompañaran a dondequiera que fueran; el tiempo y la distancia no tenían porqué ser un impedimento, sus lazos eran mas fuerte que eso. Aquel sueño dónde vio a Lucy era un recordatorio de eso, debía dejar de culparse a si mismo por lo que no pudo ser; el futuro que aspiraba solo podía construirse si seguía esforzándose. No había prisa, esta vez iba a abrirse paso frente a la adversidad y aprender de sus errores, nada iba a detenerlo.

—¡Puagh, Happy esto sabe asqueroso!

—¡Lo siento, esas eran espinas de pescado!


Tomando sus cosas con parsimonia miró al vasto cielo con aburrimiento. Eran principios de otoño y las hojas caían como si el tiempo anduviera mas lento. Las agujetas en sus brazos y piernas parecieron recordarle el largo trecho que le quedaba transitar por tren; las nauseas no dieron tregua y doblo su cuerpo hasta caer rendido al suelo.

Sus manos temblaron al agarrar los boletos y abordar el maldito medio de transporte. Tomó su asiento con el mundo dándole vueltas mientras Happy sonreía de forma burlona observando su lánguida figura escurrirse hasta que su frente golpeó con mas fuerza de la necesaria la ventana. Maldijo por los aíres el día en que crearon los trenes y cerró sus ojos a la espera de que las horas de viaje pasaran en tan solo segundos.

—Me pregunto como estará el gremio después de tantos meses.

La pregunta resonó poco después de sonar el repiquetear de los rieles mientras se despedían de la estación.

Era evidente que su mente no podía evitar pensar en mantener al ras las arcadas y el sabor a bilis que subía por su garganta, pero un brillo peculiar contrastó el jade de sus ojos con fuerza, demostrando así que todo volvería a una relativa normalidad en cuanto pisaran el gremio; sus músculos se tensionaban de expectación al saber que finalmente podría retar a magos poderosos con los ojos cerrados y las manos atadas.

—¿Qué lugar esta mas cerca: Fiore o Crocus?

—No estarás pensando nada estúpido, ¿verdad?

Con una mano sudorosa intentando con todas sus fuerzas mantener la bilis en su interior, se encogió de hombros mientras el cielo pasaba a toda velocidad y el mundo se distorsionaba de forma errática. La gente se transformaba en fugases borrones con la misma rapidez con la cual sus parpados se cerraban, invitándolo a descansar después de un angustioso año.

Renaciendo de entre las cenizas, el fuego en su interior se removió con ímpetu, al igual que la sonrisa que creyó perdida mucho tiempo atrás.