Algunos fragmentos, párrafos o conversaciones de los capítulos están copiados directamente o modificados sutilmente de los distintos libros que forman la saga "Harry Potter" para poder abordar mejor la historia. No obstante, también hay ligeros cambios en el cannon (año arriba o abajo en las edades de los personajes).

Aclaración: La letra en negrita se utiliza para textos escritos (cartas, notas, periódicos).

5 – VERDE ESMERALDA

Llevaba ya varias horas sentada encima de su pequeño escritorio, justo enfrente del enorme ventanal que ocupaba toda una pared de su habitación. Estaba descalza, con las piernas apoyadas contra el pecho, los brazos entrelazados bajo las rodillas y la mirada pérdida en el horizonte, contemplando como pasaba de rojo claro a rojo oscuro, como su madre cada vez que se ruborizaba de ira. Sin duda, aquel era su lugar favorito de la Madriguera, una pintoresca y desigual casa ubicada a las afueras de Oterry St. Catchpole, en Devon, Inglaterra, a la que sus padres habían ido añadiendo habitaciones aquí y allá de forma desordenada, conforme iban naciendo nuevos integrantes de la familia Weasley. Tenía varios pisos de altura, con cinco chimeneas en el tejado, si bien ninguna de ellas llegaba hasta su dormitorio, y estaba lo bastante torcida como para necesitar de medios mágicos para sostenerse en pie.

Cada mañana podía ver como el sol se alzaba por encima de las colinas y las tierras fértiles del valle desde su posición, contemplaba como se iluminaba la casa de la extravagante familia Lovegood situada al pie de la montaña, sentía el calor bañando las finas cortinas blancas de su ventana... impregnando de vida y color su pequeña habitación.

Se había quedado embobada mirando el jardín trasero de la casa, lleno de maleza y el césped todavía sin cortar, las madreselvas crecían sin orden ni concierto, y la hiedra del muro que delimitaba la casa se había desmelenado lo suficiente como para cubrirlo casi todo por completo. Allí abajo, junto al pequeño estanque de agua verde repleto de ranas, se encontraban sentados encima de un tronco enorme que hacía las veces de banco los gemelos junto a Ron, llevando a cabo la insatisfactoria tarea de desgnomizar el jardín y proteger así el huerto de frutas y hortalizas de su madre. No importaba las veces que echaran a aquellas pequeñas criaturas de piel curtida y cabeza grande y huesuda (muy parecidas a las propias patatas del huerto de los Weasley), éstas siempre regresaban, principalmente porque su padre era suave con ellas y las consideraba bastante graciosas.

Fred y George se habían vuelto increíblemente competentes en aquella labor, levantaban a los chillones gnomos y los volteaban como si de un ligero lazo se tratara, soltándolos por encima de los muros de la propiedad a una gran altura, de manera que caían mareados en el campo que había al otro lado del seto. Únicamente podían escuchar el ruido sordo y amortiguado que hacían en su vertiginoso trayecto hacia el suelo. Sin duda, haber heredado el físico pequeño y robusto con hombros muy marcados y brazos musculosos de Charlie era una ventaja enorme frente a la altura y delgadez de Ron, más propia de sus hermanos Bill y Percy.

A pesar de los gemelos y sus alborotadas locuras, la casa había perdido parte de su magia desde la independencia de Bill y Charlie. Ambos habían abandonado el hogar por el trabajo, por Egipto y Rumanía respectivamente..., habían cambiado la simpleza de la Madriguera por pirámides y dragones. Y aunque su madre les había dado la vara para que se buscaran un trabajo digno y respetable, era sin lugar a dudas la que más los echaba de menos. Lo único que quedaba de ellos en la casa era su ropa vieja y sus juguetes de trapo y madera, heredados por todos y cada uno de sus hermanos y que ahora la miraban llenos de polvo desde su estantería..., eso, y las innumerables postales que cubrían el frigorífico y todas las paredes de su dormitorio.

–¡Vamos Ginny! ¡Levanta o se te hará tarde para volver a acostarte! –era su madre quien había entrado en su habitación a gritos como un huracán con la única intención de despertarla–. ¡Ah!, ya estás despierta –añadió bastante sorprendida al verla sentada encima de la mesa.

Llevaba horas en vilo y preparada para marchar. Había sido incapaz de conciliar el sueño desde el momento en que se acurrucó en la cama y se cubrió con las finas sábanas de seda, es más, podría decirse que llevaba sin descansar desde que recibió su carta de Hogwarts. Innumerables nervios la habían acompañado desde entonces, tantos que había tenido tiempo de sobra para ordenar la habitación en repetidas ocasiones y dejarlo todo preparado para su marcha. Llevaba esperando ingresar en el colegio de magia desde su primer incidente de magia accidental, desde que Bill la cogía en brazos para contarle historias de clases y rumores de pasillos ocultos. En cambio, cada año había tenido que ver como sus hermanos cogían uno a uno el expreso escarlata con dirección al colegio, aquel viejo tren que nunca lograba alcanzar por muy rápido que corriese a lo largo del andén.

–Bajemos a la cocina cariño, he preparado emparedados de beicon y queso para todos –añadió su madre, depositando cariñosamente su brazo alrededor de sus hombros y mirando por la ventana en la misma dirección que ella–. Hemos quedado con los amigos de Ron enfrente de Gringotts. Tu padre nos esperará allí, ha tenido que salir pronto para terminar unos informes del trabajo.

Sí, los amigos de Ronald, o el trío problemático como los había bautizado su madre durante todo el curso anterior después de recibir varias lechuzas del colegio; Neville Longbottom y Hermione Granger: Neville era el mejor amigo de su hermano desde que ella tenía memoria, y vivía en una pequeña casa situada en la planicie al oeste junto a su abuela Augusta, apenas a unos veinte minutos andando. Sus padres estaban muy enfermos en San Mungo, o eso es lo que le había contado Ron en una ocasión, dado que sus padres no soltaban prenda sobre el asunto, por lo que el chico encontró en los Weasley una segunda familia en la que apoyarse después de perder también a su abuelo, y en Ron al hermano que nunca había tenido para divertirse. Por edad, ella había compartido muchos momentos con ambos, recorriendo el jardín fingiendo ser magos famosos empuñando pequeñas ramas de madera como varitas mágicas, revolcándose por el suelo y llenándose de barro desde la cabeza hasta los pies... simplemente jugando a ser niños. Pero todo eso quedaba ya muy distante, sus compañeros de juegos se habían marchado a Hogwarts el año pasado, donde, tristemente, la habían sustituido por un modelo distinto mientras ella ayudaba a su madre con las tareas del hogar. Habían formado un nuevo grupo de aventuras en el que ella no parecía tener cabida.

Bajaron juntas a la cocina justo en el momento en que la vieja radio de su madre que había al lado del fregadero anunciaba el último tema de Celestina Warbeck en "La hora de las Brujas". Sus hermanos ya estaban sentados en las distintas sillas no coincidentes de la gran mesa de madera: Los gemelos y Ron discutían alegremente sobre quien había ganado la competición de desgnomizar el jardín, mientras que Percy intentaba, sin mucho éxito, leer "El Profeta" entre sorbo y sorbo de su taza de café. Después de tomarse rápidamente, o más bien engullir, media docena de emparedados de beicon y queso cada uno, se pusieron las chaquetas y se situaron frente a la única chimenea con acceso a la Red Flu de la casa.

Cuando llegó su turno, cogió de la maceta de la repisa un pellizco de brillantes polvos flu, se acercó al fuego y los arrojó a las llamas. Produjeron un estruendo atronador, cobraron un color verde esmeralda y se hicieron más altas que sus hermanos. El fuego se percibía como una brisa cálida. Indicó claramente su destino, no era la primera vez que utilizaba aquel medio de transporte, ni sería la última. Las llamas la engulleron por completo mientras giraba a gran velocidad, vislumbró una sucesión de chimeneas y las distintas salas que albergaban mientras hacía esfuerzos por mantener los emparedados de su madre en el estómago. Finalmente, los brazos de su hermano Percy la sacaron sutilmente de una chimenea de Londres, en el callejón Diagón, muy lejos ya de la Madriguera.


–¡Mirad! ¡Por ahí viene Neville! –dijo Ginny señalando a un chico entre la multitud que se acercaba apartando torpemente al resto de viandantes del callejón.

Estaba repleto de ceniza y telarañas, desde la cabeza hasta los pies. Si su abuela lo viera en aquellas condiciones le castigaría por el resto de su vida... o probablemente le mataría.

–¿Se puede saber qué te ha pasado? –preguntó Ron preocupado y boquiabierto por su amigo–. Llegas 15 minutos tarde.

–Estaba discutiendo con mi abuela y he dicho mal la parada..., y he terminado en el callejón Knocturn –explicó el chico intentando recobrar la respiración por el esfuerzo de venir corriendo desde allí.

–¡Que pasada! –contestaron los gemelos al unísono bajo la mirada de reproche de su madre, que intentaba retirar toda la ceniza y suciedad que cubría la recién estrenada túnica de Neville–. ¿En qué tienda exactamente? –preguntaron en cuanto su madre dejó de asesinarlos con la mirada.

–En Borgin & Burkes, y eso no es todo, estaban allí Malfoy y su padre –contestó.

El chico se estaba dirigiendo únicamente a su hermano Ron mientras enfilaban las escaleras del banco, pero todos, especialmente su padre, se detuvieron y prestaron más atención en cuanto mencionó a la familia Malfoy.

–¿Sabes si compró algo Lucius Malfoy? –le preguntó su padre con acritud, interviniendo por primera vez en la conversación desde que se reunieran con él a las puertas de Gringotts.

–No, sólo intentaba vender un par de libros y artilugios al dependiente, o puede que sólo quisiera que se los guardara –contestó de nuevo Neville–. Pero Draco iba sujetando la nueva Nimbus 2001, fanfarroneando sobre que este año iba a ser parte del equipo de Quidditch porque tenían escobas para todos.

Los ojos de Ginny se abrieron como platos de sorpresa, había fantaseado con la Nueva Nimbus desde el momento en que la anunciaron en la revista "El Mundo de la Escoba". Gwenog Jones, golpeadora estrella de las Arpías de Holyhead, explicaba los motivos por los que era la mejor escoba que había probado con mucha diferencia. Podía recitar el artículo y la entrevista de memoria, palabra por palabra, pero no le convenía destapar su pequeño secreto con el escobero de la Madriguera o sus aventuras nocturnas de vuelo, y mucho menos delante de su cuidadosa madre y sus sobreprotectores hermanos.

–¿Parte del equipo? Si ni siquiera sabe volar –contestó Ron claramente indignado–. ¿Escobas para todos? Eso seguro que va contra las normas –su cara completamente roja–. Su padre le ha comprado un puesto en el equipo porque es un inútil para...

–¡Ron! ¡No digas esas cosas! –le interrumpió su padre–. Pero es bueno saber que Malfoy está preocupado por las investigaciones del Ministerio –añadió con satisfacción a pesar de todo–. ¡JA! ¡Cómo me gustaría ser yo quien le cogiera con las manos en la masa!

–Ten cuidado cariño –dijo severamente su madre mientras terminaban de subir los blancos peldaños de mármol de la escalera de Gringotts y cruzaban las enormes puertas de bronce bajo la atenta mirada del duende que custodiaba la entrada. El tono de su madre sonaba más a una amenaza que a preocupación en sí misma, y todos sabían lo que aquello significaba–. Esa familia es muy peligrosa, imagina que das un paso en falso y pierdes tu trabajo, o algo peor. ¿Qué haríamos si te pasase algo? ¿Es que no piensas en tus hijos?

–Oh calabacita mía, no tienes de que preocupart... Oh mira, esos deben de ser los Granger –dijo mientras se adelantaba a todos y dejaba a su sonrojada madre con la palabra en la boca.

Sí, sin duda debían de ser ellos, pues si bien la comunidad mágica había optado, desde la caída del señor tenebroso, por vestir con prendas más comunes para los muggles, la mayoría seguía utilizando sus ropajes habituales en zonas completamente mágicas como el Callejón Diagón, San Mungo, el Ministerio etc. Aquellas personas en cambio, llamaban la atención frente a todos los demás, y sus ropas, al contrario de cuando las llevaban los magos, no desentonaban por sus colores vívidos o extravagantes combinaciones.

–¡Ron! ¡Neville! ¡Qué alegría volver a veros! –escuchó como decía una voz.

Una chica, que parecía acompañar a la pareja de muggles se había acercado corriendo hacia ellos. Debía de tratarse de Hermione, la nueva e íntima amiga que Ron y Neville habían hecho durante el curso anterior y que había ocupado su lugar. Era apenas un poco más alta que ella a pesar de ser un año mayor, tenía los ojos color marrón claro y un espeso y rizado cabello castaño que le llegaba más debajo de los hombros. Era bastante linda, por lo que ahora entendía porque su hermano se ponía nervioso al hablar de ella.

–¡Mira Hermione! Estos son mis padres, y esta es Ginny, mi hermana pequeña –contestó Ron mientras los señalaba uno a uno–. Al resto ya los conoces.

–¡Encantada! –se adelantó Ginny forzando empatía en su voz y apretando un poco de más la mano de la chica–. Tenía muchas ganas de conocerte, dado que mi hermano no ha dejado de hablar de ti en todo el verano.

–¡GINNY! –le gritó Ron enfadado con una voz mucho más aguda y chillona de lo normal.

Ambos protagonistas empezaron a ponerse nerviosos y tremendamente colorados, mientras que el resto sonreían por la latente incomodidad de los chicos. Se fijó en los gemelos, que asentían y la miraban con complicidad y un gesto de orgullo que no les cabía en el rostro.

–¡Pero ustedes son muggles! –escuchó como mencionaba su padre al otro lado de la estancia, desviando la atención de Ron y Hermione, salvándoles de sus correspondientes sonrojos–. ¡Esto hay que celebrarlo con una buena copa! ¿Qué tienen ahí? ¡Mira Molly, están intercambiando dinero muggle! –volvió a decir mientras señalaba emocionado un billete anaranjado que el señor Granger sacaba de su cartera.

–¡No seas chismoso Arthur! –escuchó como le regañaba su madre, acercándose para retirarle el brazo y para que dejara de señalar el dinero–. Perdonen a mi marido, le fascina todo lo relacionado con su mundo. Venga cariño, tenemos que ir a nuestra cámara.

–Sí, por supuesto –contestó su padre todavía embelesado por el billete muggle de 10 libras–. Percy, te quedas al mando, vigila a tus descerebrados hermanos..., y a Neville también. Volveremos en seguida.

Su padre la cogió de la mano y la hizo subir a la pequeña vagoneta en la que ya esperaban su madre y un malhumorado duende. En cuanto se pusieron en marcha camino a las cámaras la oscuridad los engulló por completo, y las quejas de los gemelos por quedar al cuidado de Percy pasaron a no ser más que un lejano eco retumbando en la profundidad. Ginny disfrutó del vertiginoso descenso y la sensación de velocidad que alcanzaron encima de los oxidados y chirriantes raíles de la vagoneta hasta alcanzar la bóveda de su familia, pero sus padres bajaron del vagón con claros síntomas de querer vomitar.

La euforia se derrumbó por completo, cual castillo de naipes cuando el primero de ellos hace explosión, en cuanto puso un pie en la cámara de la familia Weasley. Allí dentro no había más que tres pequeñas torres de sickles de plata y un par de galeones de oro. Empezó a sentirse terriblemente mal por sus padres, por la ingente cantidad de trabajo que realizaban y la poca recompensa que recibían a cambio. Su madre no paraba en todo el día de hacer cosas para el huerto y el hogar, mientras que su padre llegaba casi siempre a la hora de cenar y se marchaba antes de que el resto se levantara a desayunar. No sólo habían conseguido cuidar y alimentar, vestir y educar a siete hijos, gracias a Merlín que Bill y Charlie se habían independizado y cubrían sus propios gastos, sino que habían llenado de amor y cariño su pintoresca e irregular casa en el campo.

Después de ver a su madre repasar las cuentas y quitar las telarañas de las esquinas, echarse al bolso, tejido a mano, las pocas monedas, se prometió a sí misma que jamás se quejaría de heredar material de sus hermanos mayores. Incluso aceptaría llevar las sudaderas de George, que obviamente le estaban enormes, si así pudiera contribuir en algo a la economía de sus padres. Agarró fuertemente la mano de su padre en señal de apoyo, sintiendo como le devolvía el apretón junto con una mirada cómplice y cariñosa, una pequeña sonrisa de agradecimiento por aquel diminuto gesto. No recordaba haber visto a llorar a su padre en toda su vida, ni siquiera en aquel momento en las oscuras profundidades de Gringotts. No, jamás se preocuparía por algo que no fuera verlos sanos y felices... o eso es lo que decía.

Subieron de nuevo al vagón que hacía de transporte para regresar al vestíbulo del banco y encontrar, obviamente, a Percy gritando a los gemelos por alguna de sus bromas o travesuras, y al nuevo trío dorado absorto en la que parecía alguna conversación privada. Salieron al alborotado callejón y quedaron en reunirse en la librería en el plazo de una hora, por lo que cada uno tomo un camino distinto.

Percy musitó vagamente que necesitaba otra pluma, mientras que Fred y George se dirigieron a la tienda de artículos de broma "Gambol & Jaspes", donde supuestamente les estaba esperando su compañero Lee Jordan. Por otra parte, Neville invitó a Ron y Hermione a comer helado de fresa y mantequilla de cacahuete en un diminuto establecimiento ambulante. A ella le hubiese encantado degustar con ellos tan apetecible tentempié y unirse a la aventura o conversación que estuviesen tramando, pero al contrario que el resto de hermanos, no tenía túnicas, uniforme ni varita con la que empezar la escuela, por lo que tuvo que acompañar a su madre a todas las tiendas de segunda mano que había en el callejón. Su padre, por el contrario, aprovechó el "abandonó" de su mujer para regresar al Caldero Chorreante e interrogar a los Granger sobre las costumbres de los muggles mientras tomaban una cerveza helada de mantequilla.


Una hora después, y tras probarse decenas de polvorientas túnicas demasiado grandes o desgastadas, se encaminaron a Flourish & Bloots con todas las compras ya realizadas, pero no eran ni mucho menos las únicas personas que se dirigían a la librería. Al acercarse a la tienda vieron para su sorpresa una multitud congregada en la puerta, tratando desesperadamente de entrar. El motivo de tal aglomeración venía rotulado en una gran pancarta dorada y negra que colgaba de las ventanas del primer piso que daban a la calle principal del callejón.

GILDEROY LOCKHART

Firmará hoy de 12.30 a 16.30 ejemplares de su nueva autobiografía

"EL ENCANTADOR"

–¡Podremos conocerle en persona! ¡Es el que ha escrito casi todos los libros de la lista este año! –escuchó como chillaba emocionada la amiga de su hermano cuando se reunieron con ellos en la abarrotada entrada.

Parece que la joven compartía con su madre la entusiasmada adoración por aquel mago de pelo rubio ondulado y ojos azules vivarachos que ocupaba últimamente todas las noticias y rumores de "Corazón de Bruja".

Cuando al fin consiguieron entrar su madre se posicionó en mitad de la cola junto a su padre, los gemelos y los Granger, todos cargados con los respectivos libros que debían comprar. En uno de los rincones descubrieron a su hermano Percy, sentando sobre una enorme pila de pergaminos, y absorto en la lectura de un más que probable aburridísimo libro que se titulaba "Prefectos que conquistaron el Poder".

–"Estudios sobre los prefectos de Hogwarts y sus trayectorias profesionales" –leyó Ron en voz alta en la contracubierta del tomo y sin disimular un bostezo fingido–. Suena fascinante Percy, ¿a qué lo escribió un prefecto? –puntualizó sarcásticamente.

–Marchaos –les contestó de mal humor y sin despegar las gafas del libro.

–Desde luego Percy es muy ambicioso, lo tiene todo planeado, quiere convertirse en el Ministro de Magia más joven de la historia –le dijo Ginny a Hermione, pues Neville ya conocía las altas ambiciones de su hermano mayor.

Avanzaron apenas unos pasos cuando de repente una decena de libros enormes cayeron enfrente suyo, rozando sus cabezas y golpeando fuertemente contra el suelo de madera.

–¡CUIDADO AHÍ ABAJO! –gritó tardíamente una joven de pelo corto y negro que recién asomaba por la barandilla del primer piso del que parecían provenir aquellos volúmenes. Desprendía juventud, y por su aspecto no parecía mayor que su hermano Charlie–. ¡Lo siento mucho en serio! ¿Estáis todos bien? –preguntó a modo de disculpa mientras bajaba corriendo por las escaleras laterales que tenían a su izquierda.

–¡Pero mira que eres torpe, Tonks! –añadió entre risas la voz de un chico sin dejarles contestar.

Un joven entró lentamente en su campo de visión, allí donde antes se encontraba la susodicha, apoyándose con ambas manos en la citada barandilla. Debía de tratarse de su hermano pequeño o de algún familiar cercano, pues el parecido en los rasgos afilados entre ambos era más que notable, tenían el mismo pelo negro corto y despeinado, dándoles un cierto toque de rebeldía, pero el chico llevaba unas gafas redondas que ocultaban los ojos verdes más bonitos que Ginny había visto en toda su vida.

–Pero mira a quien tenemos aquí, Tonks. A Neville "no sirvo para nada" Longbottom, y a su inseparable amigo, Ron "mi varita no me obedece" Weasley. Lástima que no les hayas golpeado la cabeza con los libros, quizás así habrían aprendido algo –la magia del momento que había sentido Ginny se quebró–. Hermione –añadió finalmente sin mirar a la amiga de su hermano, sin apartar la vista de los dos chicos a los que acababa de ofender.

–No seas cretino, Harry –respondió inmediatamente Hermione mirando hacia arriba antes de que Ginny pudiese contestar.

A pesar de ser la única a la que el chico había saludado con cordialidad y respeto, la joven Ravenclaw había sido la primera en saltar para defender a sus amigos. En ese momento Hermione le cayó un poquito mejor.

–Sí Harry, no te comportes como un CAPULLO INTEGRAL –esta vez fue la acompañante del joven la que recalcó el insulto, si bien podía notarse cierto tono amistoso en aquel reproche.

–¿Quieres qué te de una paliza "Cara Cortada"? Baja y te la daré si vuelves a insultarnos –amenazó su hermano.

Neville se mantuvo en silencio detrás de su hermano, pero inamovible como una montaña, parecía virtuosamente decidido a apoyar a Ron en todo lo que hiciera falta, incluso en una pelea si se daba el caso. Ginny nunca había visto aquella actitud en el chico, estaba convencida de que, si se dignaba a contestar, lo haría sin su habitual tartamudez con la que los tenía acostumbrados. Quizás aquel era el valor oculto por el que lo habían seleccionado para sorpresa de todos a la casa de Gryffindor.

–Por favor... sería como quitarle una rana de chocolate a un mocoso indefenso, o a ti mismo Longbottom –contestó el joven pelinegro de inmediato de manera mordaz, bajando con una delicadeza regia las escaleras hasta posicionarse a escasos centímetros de su hermano.

Era más alto que Neville, pero no que Ron, que había pegado un buen estirón ese verano, aunque sí algo más atlético. Aun así, seguía mirándolos cómo cuando apareció de la nada en el rellano del primer piso, con una sensación de superioridad impropia para alguien de su tamaño. ¿Quién se creía que era para hablarles así a Neville y a Ron?

–¡Déjales en paz! –replicó Ginny harta de la actitud del muchacho desconocido, fulminándole con la mirada y llamando su atención por primera vez. Grave error.

–Increíble, Longbottom, ¿no me digas que has conseguido echarte novia? ¡MIRACOLO! –contestó de inmediato con altanería.

¿Cómo? ¿Novia? ¿Se atrevía a enfrentarse a ella también? Tenía ganas de estrenar su nueva varita, quebrantar la norma de magia en menores y lanzarle alguno de los maleficios que los gemelos alguna vez habían mencionado... pero a su vez se sentía incapaz de hablar desde el momento en que los ojos esmeraldas del chico se encontraron con los suyos. Había abierto la boca dispuesta a mandarlo a la mierda, pero su lengua parecía haberse trabado consigo misma y firmar la rendición. Era algo completamente impropio de ella, que no solía callarse ni debajo del agua. Crecer con seis hermanos varones sin duda había endurecido su carácter, pero ni rastro había de aquella chica... en su lugar se encontraba una niña tímida y retraída de la que empezaba a avergonzarse.

–¡BASTA YA! –fue su hermano Percy quien, gracias a Merlín, había terminado por intervenir e interponerse entre su hermano y contrincante, evitando así una más que probable pelea entre los cuatro, y salvándola de su sorprendente mudez. Algo que agradeció profundamente–. Lamento mucho tu actitud, esperaba que alguien de tu renombre se comportara de forma más civilizada, más todavía en un lugar público, Potter.

¿Potter? ¿Era aquel chico Harry Potter? ¿Aquel capullo provocador era el protagonista de sus peligrosas aventuras imaginarias? El pedestal de cristal en el que tenía al "niño que sobrevivió" se fragmentó de repente, como si una bludger lo hubiese golpeado ferozmente. Siempre había tenido al joven como un auténtico héroe, repleto de amabilidad y dispuesto a sacrificarse por todos los demás, justo como lo catalogaban en las tertulias de radio y en la prensa escrita... Nada más lejos de la triste realidad con la que se había dado de bruces, y de la que su hermano pequeño ya les había avisado por carta durante su primer año escolar y que habían considerado como simples celos juveniles.

–¿Potter? ¿Ha dicho Potter? ¿No será ese Harry Potter? –preguntó una voz adulta con rotundidad por encima del ruido del local e interrumpiéndolos. Era Gilderoy Lockhart quien, tras levantarse del escritorio que utilizaba para dedicar y firmar libros, había identificado al chico.

La multitud se hizo a un lado, permitiendo el paso del mago y cuchicheando emocionada mientras Lockhart se dirigía hacia Harry y lo cogía fuertemente del brazo, llevándoselo hacia delante ante el inútil gesto de su acompañante femenina por retenerlo. Todos los clientes aplaudían bajo los fogonazos que realizaba un fotógrafo a las dos personalidades bajo sus propios aullidos de "exclusiva".

–¡Suélteme! ¿Quién demonios se cree que es? Famosillo de poca monta –soltó el chico.

–Sonríe, Harry –escuchó como le pedía Lockhart con su deslumbrante sonrisa–. Juntos nos ganaremos la portada del periódico. Señoras y señores –dijo casi gritando mientras retenía al joven estupefacto a su lado–. ¡Este es un gran momento! ¡El momento ideal para que les anuncie algo que hasta ahora he mantenido en secreto! Cuando el joven Potter entró hoy en Flourish & Blotts en busca de mi dedicada autobiografía –la multitud aplaudió de nuevo sin motivo aparente, pero Ginny sintió que el chico parecía seguir sin saber la identidad del hombre que lo tenía secuestrado al otro lado de la tienda–, él no sabía –continuó diciendo mientras zarandeaba a Potter de manera que las gafas le resbalaron claramente hasta la punta de la nariz–, que en breves iba a recibir a cambio mucho más que mi colección de libros completamente gratis. Sino también mis increíbles enseñanzas y experiencias como nuevo profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras durante este curso que está por comenzar en Hogwarts.

Los clientes volvieron a aplaudir y vitorear al mago al tiempo que la joven identificada anteriormente como Tonks lograba adentrarse entre el gentío y alcanzar a su acompañante, para arrastrarlo rápidamente lejos de allí dirección a la salida.

–Apuesto a que te encantó la escena ¿verdad, Potter? –le inquirió su hermano en el momento en que volvieron a pasar por su lado–. El famoso Harry Potter, ni siquiera en una librería evita ser el protagonista.

–¿Hueles eso, Weasley? –preguntó el chico olfateando el aire a su alrededor, fingiendo percibir algo más que el olor a pergamino y tinta que invadía la tienda–. Se llama envidia –añadió finalmente, no sin antes volver a examinarla por un instante.

Al segundo siguiente abandonó el establecimiento saliendo a empujones de su hermana o familiar por la puerta principal junto a un manto de invisibilidad que acompañó su huida. En cambio, ella seguía parada, con la boca entreabierta y sintiendo como la sangre calentaba todo su rostro, debía de estar más roja que las banderas de Gryffindor que ondeaban en la habitación de Fred y George.

Dado que sus padres parecían tener controlado el asunto de la compra de libros y su posición en la cola, optaron por abandonar el bullicioso jaleo de la tienda, por lo que Ron, todavía enrojecido por la ira, se dirigió bruscamente hacia la salida en busca de aire nuevo que respirar y algo de tranquilidad, más no llegó a pisar los adoquines de la calle.

–¡Mira por donde andas, imbécil! –gritó un joven enfurecido que recién entraba.

–¡Vaya, otra asquerosa serpiente! ¡Quizás con la tercera recibamos un premio! –contestó su hermano al comprobar la identidad del chico con el que acababa de chocar.

Al igual que Potter, este también era más bajo que su hermano, vestía una túnica negra e impoluta, una corta cabellera rubia echada hacia atrás, no había un solo pelo peinado en otra dirección. Por último, llevaba una escoba cuya vara de madera y fibras eran completamente negras, apoyada en uno de sus hombros. Se trataba de la nueva Nimbus 2001, y por la descripción de Neville sobre su "aventura en el Callejón Knockturn", este debía de ser Draco Malfoy. El desprecio mutuo que se respiraba entre los jóvenes era incluso mayor que el percibido anteriormente con Harry Potter, incluso podía cortar el ambiente... en este caso había auténtico odio. Su hermano miraba al joven rubio como quien mira un chicle pegado en la suela del zapato.

–Me sorprende verte sin tu dueño y su correa Malfoy, "Cara Cortada" acaba de largarse hace nada –mencionó Ron.

–A mí lo que me sorprende es verte a ti en una tienda WeaslyPIS –replicó el chico recalcando la última sílaba añadida a su apellido en forma de burla–. Supongo que tus padres pasarán hambre durante un mes para poder pagarte esos libros ¿no? –añadió mientras hacia girar el palo de su escoba–. Aunque visto lo visto, puede que a tu madre le venga bien dejar de comer durante un tiempo.

El rostro de Ginny empezó a arder como antes, tanto como el de su hermano, que había alcanzado ya límites inverosímiles de granate, y ambos se abalanzaron sobre el chico, no obstante, Neville y Hermione lograron detenerlos a tiempo de que le dieran una paliza al joven.

–¡RON! ¡GINNY! ¿Se puede saber qué hacéis? –preguntó su padre, surgiendo del fondo de la tienda y abriéndose camino a duras penas entre las personas de la cola para colocar los libros en el perol que cargaba Ginny.

Detrás suyo aparecieron los padres de Hermione y los gemelos, todos ellos cargados con más libros de los que podían abordar, y que fueron depositando en los respectivos calderos de transporte.

–Vamos afuera, ahí parados sólo molestáis al resto de clientes...

–Vaya, vaya..., ¡si es el mismísimo Arthur Weasley! –interrumpió un sujeto apoyado sobre el marco de la puerta de Flourish & Botts.

Debía de tratarse del padre de Draco, un hombre alto, delgado, con un cabello largo y rubio platino que le llegaba hasta los hombros, y unos ojos fríos y grises que compartían el mismo desprecio que su hijo. Portaba un largo bastón negro adornado con la cabeza de una serpiente plateada, enseñando su lengua y afilados colmillos, más no parecía tener problema alguno para andar erguido.

–Lucius… Malfoy –saludó su padre fríamente.

–Mucho trabajo en el Ministerio según tengo entendido –empezó el señor Malfoy–. Con tantas redadas… supongo que te estarán pagando las horas extras al menos ¿no? –preguntó mientras se acercaba lentamente a su caldero y sacaba de entre los libros su ejemplar usado de "Guía de transformación para principiantes"–. Pero al juzgar por el estado de esto… es evidente que no. "Querido amigo", ¿de qué sirve deshonrar el nombre de mago si ni siquiera te pagan bien por ello?

–Estoy seguro de que tenemos ideas muy distintas sobre lo qué significa deshonrar el nombre de un mago, Malfoy –contestó su padre recuperando su color habitual. Había llegado a sonrojarse por el enfado tanto como sus hijos instantes antes.

–Es más que evidente –dijo Malfoy mirando de reojo a los padres de Hermione, que habían llegado a la vez que su padre y le devolvían una mirada de aprensión–. Relacionarse con muggles… creía que ya no podías caer más bajo Weasley –escupió recalcando lentamente y con claro desprecio por su apellido.

De repente su caldero saltó por los aires con un estruendo metálico: su padre se había lanzado sobre el señor Malfoy llevándose el perol por delante y desparramando todos sus libros usados. Ambos chocaron contra uno de los estantes, provocando que docenas de pesados tomos sobre conjuros empezaran a caer mientras su padre y contrincante se revolcaban sobre el suelo ante los ánimos de sus hermanos y los desesperados reproches de su madre.

–¡Caballeros! ¡Basta ya! –exigió uno de los empleados del local.

La multitud había retrocedido en desbandada hacia la mesa de Lockhart, derribando más estanterías y provocando que este último se cayera. Todo el suelo estaba repleto de libros y pergaminos, podrían tardar horas en encontrar sus libros de texto.

–Toma niña, seguro que estos son tuyos, son los más destrozados puesto que tu padre no puede darte nada mejor –dijo el señor Malfoy mientras soltaba sin cuidado algunas de sus pertenencias en el interior de su caldero–. Vámonos Draco, aquí ya atienden a cualquiera –añadió mientras cogía a su hijo del hombro y juntos abandonaban el establecimiento, perdiéndose entre todo el gentío que recorría el callejón.

–No debería haberle hecho caso señor Weasley –dijo la señora Granger mientras ayudaba en la ardua tarea de recoger aquel caos–. Pero muchas gracias por defendernos, ha sido muy amable por su parte.

–En esa familia están podridos hasta la médula, papá –dijo George fingiendo golpear a su gemelo con un lento puñetazo que carecía de fuerza–. Sí, lo sabe todo el mundo, son como una mala hierba que nunca muere –contestó inmediatamente Fred continuando con la falsa pelea.

–¡Fred! ¡George! ¡No digáis esas cosas! ¡Y dejad de hacer el tonto por el amor de Merlín! –terminó diciendo su madre a la vez que limpiaba con un pañuelo rosado el leve corte en el labio que se había hecho su padre durante el alboroto–. ¡Y tú! –continuó señalando a su marido–. ¡Qué buen ejemplo para tus hijos y sus amigos… peleando en público como un salvaje! ¿Qué habrá pensado Gilderoy Lockhart?

–Estaba encantado mamá. ¿No le oísteis cuando salíamos de la tienda? –repuso George–. Le preguntaba al reportero de "El Profeta" si podría incluir la pelea en el reportaje. Decía que no hay publicidad mala, solo publicidad –finalizó Fred.


Los ánimos ya se habían calmado del todo cuando el grupo regresó al Caldero Chorreante después de finalizar el resto de las compras, dispuestos a utilizar la chimenea del local para volver a la Madriguera. La red Flu se tragó primero a Neville, bajo la atenta mirada de todos, esperando para comprobar si decía la dirección de manera correcta en esta ocasión. Poco después los Granger abandonaron el bar por la puerta principal hacia las calles del Londres muggle bajo las curiosas preguntas de su padre sobre el funcionamiento de los aviones en el aire.

Esperando a que llegase su turno, Ginny echó una mirada a su caldero, para descubrir un diario negro a nombre de Tom Riddle, fechado en 1942 pero sin una sola mancha de tinta en su interior. Alguien debía de haberlo perdido durante la batalla en la librería y ellos haberlo cogido por error, pero ya no tenía sentido regresar para encontrar a su dueño, por lo que volvió a guardarlo junto al resto de pertenencias mientras entraba en la chimenea. En cuanto arrojó los polvos flu contra las ascuas de sus pies a la vez que indicaba alto y claro "La Madriguera" como destino, las llamas volvieron a engullirla y hacerla desvanecer, llamas que hasta esa misma mañana aborrecía, pero que ahora le recordaban el color verde esmeralda que ocupaba su mente desde el primero de los incidentes en la librería.

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