Algunos fragmentos, párrafos o conversaciones de los capítulos están copiados directamente o modificados sutilmente de los distintos libros que forman la saga "Harry Potter" para poder abordar mejor la historia. No obstante, también hay ligeros cambios en el cannon (año arriba o abajo en las edades de los personajes), así como easter eggs o pistas para los más meticulosos.
Aclaración: La letra cursiva se utiliza para flashbacks.
6 — EL HEREDERO DE SLYTHERIN
Sentía que la habitación no paraba de dar vueltas a su alrededor a la par que las ganas de vomitar se acumulaban en su garganta y los oídos le zumbaban con ferocidad. Cada simple movimiento de su cuerpo tensaba hasta el extremo sus músculos, desgarraba sus fibras como un afilado cuchillo clavándose en su magullado cuerpo. Sentía el crujir de todos sus huesos y su respiración entrecortada cantando al ritmo frenético que marcaba su propio corazón. Así mismo, estaba empapado, y no sabía con certeza si se debía a la humedad del lugar o al trabajo realizado. Cada bocanada de aire se convertía en partículas de polvo rasgando su garganta, apenas podía entreabrir los ojos por toda la tierra que se acumulaba en su rostro... y un amargo sabor a sangre y salitre enjuagaba su boca y empapaba sus labios.
Aquello era todo lo que podía sentir en la húmeda y subterránea cueva bajo los cimientos del castillo de Hogwarts en la que se encontraba. Debía de estar muy alejado del colegio, a kilómetros de distancia y, probablemente, bajo alguna de las orillas del lago negro. Solo así se explicaba el continuo tintineo de gotas cristalinas y la cantidad de barro que se acumulaba en los muros negruzcos. Se trataba de un lugar perfecto y más que apropiado para esconder el "cuarto de juegos" que había atemorizado a todos los alumnos y preocupado a los profesores desde que comenzó el curso.
Pequeñas grietas en el techo de roca permitían entrever ligeramente la luz de la luna y las estrellas, y las sombras que producían proyectaban figuras monstruosas en las paredes que le hacían temblar de pánico... gracias a Merlín no se trataba de una noche de alta tormenta, no se habría sentido capaz de continuar con su labor sin un pequeño manto de luz que lo acompañase en su soledad bajo el sonido de los truenos. Porque así es como estaba, solo, en una misión imposible de rescate, un trabajo suicida... sobre sus hombros descansaba la difícil tarea de rescatar a su familia, de proteger a sus amigos y defender la escuela. Puede que fuera demasiado trabajo para un chico de doce años.
Sólo habían pasado siete meses desde que comenzaron las clases, pero parecía mucho más tiempo... siete meses desde que la gata parda del conserje apareció petrificada en uno de los pasillos del colegio junto a un mensaje escrito con sangre en la pared. Nada había sido igual en Hogwarts desde entonces.
Historia de la Magia era sin lugar a dudas la asignatura más aburrida del día, y de todas las que impartían en realidad. Como en el resto de clases que compartían con los alumnos de Ravenclaw, Ron se había sentado junto a Hermione, algo que su madre había agradecido profundamente al comprobar que sus notas del año pasado no habían sido el desastre que se había imaginado en un primer momento.
Hermione era la primera chica a la que consideraba su amiga, sin contar obviamente a su hermana Ginny, y aunque discutían más de la cuenta y no compartían la misma afinidad que con Neville, desde el incidente con el trol el año pasado no era capaz de imaginarse sentado en otro lugar. Ella era la voz de la lógica y la razón, la que ponía la calma y la pausa en todas sus pequeñas aventuras... no obstante, aquella mañana ni siquiera ella estaba centrada en el temario. No, estaba nerviosa, jugando con su pluma y la atención dispersa, como todos los demás, divagando en silencio en sus pupitres sobre lo acontecido la noche anterior, cuándo se descubrió el cuerpo de la señora Norris, la odiosa gata de Filch, colgando de una argolla en uno de los pasillos del segundo piso junto a una amenaza roja en el muro de piedra.
— ¿Profesor Binns? —interrumpió Hermione, todavía dubitativa, después de treinta minutos escuchando el sonsonete monótono del profesor de Historia de la Magia.
La cara del viejo fantasma era un poema, por lo que Ron imaginó que ningún estudiante lo había interrumpido jamás en todos sus años como docente... ni cuando estaba vivo, ni ahora que llevaba siglos muerto.
— Pensaba que, quizás, usted podría hablarnos sobre la Cámara de los Secretos —se atrevió a decir finalmente su compañera con su educación y buen estar.
En ese momento Susan Bones levantó rápidamente la cabeza, y a Ernie McMillan se le resbaló el codo de la mesa, despertando ambos de su somnolencia... pero al profesor Binns sólo se le movieron sus párpados transparentes.
— Mi disciplina es la historia de la Magia, señorita Granger —respondió el fantasma con voz seca y jadeante—. Me ocupo de los hechos fidedignos y contrastados, no de los mitos ni de las leyendas que se utilizan para asustar a los niños incautos.
— Disculpe, profesor —le replicó Hermione antes de que el fantasma pudiera retomar la Convención Internacional de Brujas y Magos de 1289—, ¿no tienen siempre las leyendas una base real sobre la que sustentarse?
— Señorita Granger... —empezó de nuevo el profesor Binns, enmudeciéndose de repente al comprobar, desconcertado, los ojos curiosos de todos sus alumnos, prestándole mucha más atención de la habitual.
En ese preciso momento, Ron sintió algo de lástima por aquel viejo fantasma: no debía de ser muy agradable estar hablando sin parar, sobre temas que supuestamente te apasionan, y comprobar que tus palabras se pierden por la estancia sin nadie que las escuche.
— Está bien —aceptó finalmente medio abatido—. Veamos... sí. Como por todos es sabido, Hogwarts fue fundado hace más de 1500 años por los brujos más grandes e importantes del momento, a saber, Godric Gryffindor, Helga Hufflepuff, Rowena Ravenclaw, y Salazar Slytherin —se detuvo durante un momento para cerciorarse de que la clase seguía, tristemente, entusiasmada con aquel tema—. Tres de los fundadores vivieron en completa armonía... uno de ellos no.
— ¿Adivináis quién? —preguntó Ron en un tono más alto del que había pretendido en un primer momento, sacando alguna que otra risilla floja por parte de sus compañeros.
— Salazar Slytherin deseaba ser más selectivo con los alumnos que se admitían en Hogwarts —continuó el profesor Binns haciendo caso omiso al comentario jocoso de Ron—. Pensaba que la enseñanza de la magia debía reservarse únicamente para las familias de Magos, y que no se debía de confiar en los hijos de muggles, después de todo, la magia seguía sin estar bien vista en aquella época, y cientos eran las brujas y magos que seguían ardiendo en las hogueras.
El fantasma se detuvo de nuevo y frunció la boca, como una tortuga llena de arrugas, deteniéndose un momento para retomar el aire, como si de verdad lo necesitasen sus decrépitos pulmones.
— Finalmente se produjo una seria disputa al respecto entre Slytherin y Gryffindor, abandonando el primero de ellos el colegio, no sin antes construir y sellar una cámara oculta de la que no sabían nada el resto de los fundadores. Según la leyenda, sólo el heredero de Slytherin puede abrir la Cámara de los Secretos y desencadenar el horror que guarda... purgando así el colegio de todos aquellos que, en opinión de Slytherin, no son dignos de estudiar magia.
Cuando terminó de contar la historia se hizo el silencio, pero flotaba en el aire un profundo desasosiego. Todos esperaban ansiosos que el profesor Binns continuase con el relato.
— Naturalmente, el colegio ha sido registrado muchas veces, y nunca se ha encontrado dicha cámara. ¡Es un mito, un cuento para asustar a los incrédulos!
— ¿Profesor Binns? —esta vez fue Padma Patil la que interrumpió su explicación—, ¿qué dice la leyenda que esconde la Cámara?
— Bueno... Insinúan que es algo que únicamente el heredero de Slytherin puede controlar. Dicen... dicen que es el hogar de un monstruo.
Después de aquella intervención el fantasma no aceptó ninguna pregunta más al respecto, a pesar de que los alumnos nunca se habían mostrado tan interesados en hacer preguntas. Ron observó a sus compañeros, tanto a los de su casa Hufflepuff, como a los de Ravenclaw, y todos intercambiaban miradas nerviosas. Hermione estaba, literalmente, temblando en la silla contigua, y nada le hizo sentir peor que esa sensación de impotencia por no poder ayudarla.
— Estaba claro que el viejo chiflado y retorcido de Slytherin empezó todo el asunto de la pureza de la sangre —señaló Ron en voz alta, de nuevo en la inmensidad de la cámara, escuchando como el eco le retornaba su propia voz tras retumbar en las paredes, mientras intentaba abrirse camino por la montaña de rocas y escombros que le impedía continuar—. Gracias a Merlín que no me seleccionaron, me habría cogido derecho el expreso de regreso a casa. No son más que escoria, todos ellos...
Se detuvo de inmediato sin terminar su afirmación. Precisamente, un compañero de Slytherin era su única vía de escape de allí, así como la única ayuda con la que contaba en aquellos duros momentos. Concretamente se trataba de uno de los pocos compañeros de los que nunca habría aceptado ayuda... pero circunstancias desesperadas requerían medidas desesperadas.
El chico le había abierto el camino, algo que jamás podría llegar a agradecérselo, y como recompensa él lo había arrastrado a su aventura suicida. Probablemente ambos morirían esa misma noche, alejados en diferentes estancias de aquel horrible lugar... todo por su cupla, todo por no haber sido mejor hermano, mejor amigo... los había condenado a todos.
— ¡Lo siento! —le gritó lleno de rabia a la estancia mientras pequeñas lágrimas empezaban a surcar de nuevo su rostro.
— Es él —Neville fue el primero en tomar la palabra cuando se alejaron lo suficiente del Gran Comedor como para que nadie más pudiera escuchar su conversación—. Tiene que ser él —repitió en un tono todavía más bajo.
Si bien aquello no importaba demasiado, probablemente el colegio entero, incluso los alumnos que se encontraban en clase, estarían ya al tanto de lo que acababa de acontecer en la primera sesión del Club de Duelo entre los estudiantes de primero y segundo.
— Obvio que era él —reafirmó Ron de inmediato—. Potter es el heredero de Slytherin.
— No saquéis conclusiones precipitadas todavía, chicos —intervino Hermione.
Ambos amigos se sorprendieron con aquella respuesta. Ninguno de los dos entendía todavía la extraña relación de amistad, forjada a través de momentos en la biblioteca, qué Hermione afirmaba mantener con "Cara Cortada".
— ¡Oh vamos, Hermione! ¡No puedes seguir defendiendo a tu "amigo" después de esto! —respondió Ron enfurecido por su actitud, con las orejas rojas y escupiendo con desprecio cada palabra, recalcando con comillas gestuales la palabra "amigo"—. ¡No después de lo que acaba de pasar!
— ¿Y qué acaba de pasar, Ron? —le cuestionó ella inmediatamente, elevando el tono de voz a un nivel similar al suyo.
— ¿Es que no lo has visto? —replicó él de forma irónica.
A Ron empezaba a molestarle seriamente que Hermione siempre defendiera a capa y espada a Potter sin importar lo que este hubiera dicho o hecho... como si azuzarle una serpiente peligrosa a un compañero no fuera suficiente. No entendía que la chica no aborreciera todo lo que "Cara Cortada" representaba.
Habla pársel, Hermione, y todo el mundo sabe que esa es una marca característica de los magos tenebrosos. ¿Sabes de alguien honrado que pueda hablar con esos asquerosos réptiles? Al mismo Slytherin lo llamaban "Lengua de Serpiente", por eso es el emblema de su casa. Acaba de hablar con la serpiente que Malfoy ha invocado en su duelo contra Justin, estaba incitándola a que le mordiera o atacara…
— ¡Eso no lo sabes Ronald! —le interrumpió su amiga igual de cabreada.
Sólo le llamaba por su nombre completo cuando estaba realmente disgustada con él. Los alumnos del pasillo que tenían la hora libre se giraban en su dirección buscando el origen de aquellos gritos.
— No puedes saber exactamente lo que ha dicho porque tú no hablas pársel —añadió Hermione—. Es más, puede que ni siquiera fuera pársel y sólo estuviera susurrando palabras incomprensibles, pretendiendo hacerse el gracioso... porque la serpiente no ha hecho nada más que quedarse parada, completamente inmóvil.
— ¡Estás siendo una ingenua, Hermione! —contestó Ron haciendo aspavientos con los brazos, encolerizado.
— No estoy siendo ingenua. Sólo intento analizar calmadamente todas las distintas posibilidades —matizó Hermione—. Si de verdad Harry odia tanto a los hijos de muggles ¿por qué no me ha atacado a mí en ningún momento? Ha tenido cientos de oportunidades en la biblioteca, durante dos cursos —recalcó la chica sin esperar que le respondieran—. ¿O por qué hizo callar a Draco, delante de todos cuando éste me llamó sangre sucia? Además, con lo que le gusta pavonearse, me parecería muy cutre darse a conocer con la serpiente de otro.
— En eso tiene razón, Ron —intervino de nuevo Neville después de un rato en silencio escuchándolos discutir a gritos. Había bajado intencionalmente el tono de su voz, intentando apaciguar la situación y servir de ejemplo a sus amigos—. Pero no puedes olvidar lo ocurrido con la señora Norris, Hermione. Le descubrieron en el pasillo pintarrajeado y a escasos centímetros del cuerpo petrificado.
— ¡Eso! —aplaudió Ron apoyando su brazo entre los hombros de este, celebrando que Neville estuviera de su parte.
— Se os olvida —empezó de nuevo Hermione aclarándose la garganta y recobrando la compostura—, que el propio Lockhart salió en su defensa, exculpándolo. Tenía coartada para el momento del ataque. Hasta el propio Dumbledore dijo que se trataba de magia negra muy avanzada, imposible de realizar para un alumno de segundo año.
— ¡Oh, por favor! Es de Potter de quien estamos hablando, toda su vida está manchada con magia negra, encontraría la forma de engañar a Lockhart —volvió a replicar Ron, completamente fuera de sí pero convencido de su argumento.
— ¡Claro, se me olvidaba que es el Diablo personificado!¡La reencarnación de Merlín en persona! —ironizó su compañera—. ¡Venga ya, Ron! Por muy buen alumno que sea Harry no podría hechizar a un profesor, y mucho menos sin que el resto de los profesores se percataran de ello.
— Bueno…quizás a Lockhart sí —matizó Neville con una sonrisa—, quiero decir, que por lo visto hasta ahora parece un inútil.
Sus amigos primero lo miraron confundidos, para terminar instantes después con suspiros y sonrisas flojas igual que él a costa del excéntrico profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras. Por lo menos Neville había conseguido rebajar toda la tensión que había entre ellos hasta ese momento.
— Pero… tienes que admitir Hermione, que todo es bastante sospechoso —añadió su amigo de Gryffindor, retomando la conversación.
— Por supuesto que lo es Neville —admitió finalmente Hermione—, pero también cabe la posibilidad de que sólo estuviera en el lugar y momentos menos oportun…
— ¡AGRESIÓN! ¡OTRA AGRESIÓN! ¡AGRESIÓN EN EL CORREDOR DEL CUARTO PISO! ¡NINGÚN MORTAL NI FANTASMA ESTÁ A SALVO! ¡SÁLVESE QUIEN PUEDA!
Sin lugar a dudas, la voz que había interrumpido a Hermione era la de Peeves, el poltergeist del colegio, cacareando cómo era su costumbre a los cuatro vientos. De inmediato, todas las puertas del pasillo en el que se encontraban se abrieron a la vez, y una ola enfurecida y curiosa de estudiantes salió de cada una de ellas en estampida, arrastrándolos hasta el pasillo en cuestión del que provenía la voz del poltergeist. Todo esto ante las infructuosas quejas de los profesores, que veían cómo se suspendían sus clases por la escampada de sus alumnos.
Sobre el suelo, rígido y frío, con una mirada de horror en el rostro y los ojos en blanco vueltos hacia el techo, mirando a la nada, yacía Justin Finch Fletchey, pero no se encontraba solo. A su lado había otra figura, más alta y más muerta, Nick "Casi Decapitado" flotaba verticalmente a un palmo del suelo, completamente inmóvil. El fantasma de la casa Gryffindor ya no era transparente ni de color blanco perlado, sino negro y neblinoso.
Al final del pasillo, todos los presentes pudieron distinguir claramente dos figuras que se alejaban y se perdían en la esquina del corredor. Parece que la profesora McGonagall había sido la primera en llegar al lugar del ataque, y acompañaba el presunto culpable en otra dirección, lejos de jurados y chismes de terceros. Podían alejarse infinitamente, pero Ron seguiría siendo capaz de distinguir al estudiante que se llevaba consigo la profesora de Transformaciones... se trataba, obviamente, de Harry Potter.
— ¿Necesitas más pruebas, Hermione? —preguntó finalmente Ron con un gesto de preocupación por su compañero caído mientras el resto del profesorado intentaba, sin mucho éxito, desalojar el bullicioso pasillo donde se había producido la agresión y recobrar el ritmo de las clases. Por una vez era él quien estaba en lo cierto y su amiga quien se encontraba equivocada—. Horas después de su incidente con Potter y la serpiente, Justin aparece misteriosamente petrificado, igual que la señora Norris —añadió mientras enumeraba las víctimas con los dedos—. Y sí, en ambos casos se encontró a "Cara Cortada" en la escena del crimen.
— Tiene que haber una respuesta lógica y sencilla que lo explique todo.
— ¡Sí, que Potter es culpable! —volvió a decir Ron de forma enérgica.
— ¡Cállate Ron, y déjame pensar! —mandó Hermione señalándolo con el índice, comenzando a andar lentamente en círculos como hacía siempre que tenía que reflexionar sobre algo o elaborar algún plan—. Si Harry es el heredero de Slytherin…y sólo estoy suponiéndolo —matizó al ver las caras de victoria que Ron y Neville se dirigían—, Malfoy y Greengrass deben de saberlo. Son sus mejores amigos después de todo.
— ¿Y piensas que alguno de los dos va a confesárnoslo? —cuestionó Neville sorprendido—. Malfoy nos detesta incluso más que Potter, y dudo de que Daphne sepa siquiera que existimos.
Neville tenía razón, el plan de Hermione no tenía ni pies ni cabeza. Ni en un millar de vidas conseguirían que alguno de los dos delatara a Potter, no sólo era su mejor amigo, sino que en Slytherin todos parecían idolatrarlo por los puntos que ganaba en las clases con sus respuestas y por ser la flamante estrella del equipo de Quidditch. La única serpiente que parecía tener tanta animadversión hacía "Cara Cortada" como ellos dos era, curiosamente, el profesor de Pociones y jefe de la casa Slytherin. Era, literalmente, una misión imposible. Además, tampoco es que a él le hiciera especial gracia hablar voluntariamente con alguno de ellos.
— Sí, Malfoy nos los dirá… siempre y cuando no sepa que somos nosotros a quien se lo dice —comentó Hermione con una sonrisa en su rostro. De tanto darle vueltas a la cabeza parece que se le había ocurrido un plan descabellado—. Por supuesto que será difícil, y peligroso, muy peligroso. Por no hablar de que quebrantaríamos unas cincuenta normas del colegio.
— Nunca creía que fuera a verte intentando persuadirnos de que incumplamos las normas del colegio, Hermione, no es algo propio de vosotros los Ravenclaw —contestó Ron.
— Y no es algo que me haga especial gracia sinceramente —replicó Hermione inmediatamente, aunque no parecía del todo convencida de su propio plan—. Yo no quiero saltarme las normas, pero tampoco me apetece esperar sentada a que un supuesto heredero intente matarme sólo por ser hija de muggles.
— Está bien… ¿cuándo empezados? —preguntó Neville.
Por el tono emocionado de su voz parecía, al contrario que su amiga, encantado de volver a vivir otra aventura como las del año pasado.
— ¡Esto es una mierda! —exclamó Ron, lanzando con rabia la corbata verde y plateada contra uno de los lavabos del baño de chicas.
Se miró en el espejo para comprobar que su cabello pelirrojo, su rostro blanquecino lleno de pecas y sus ojos azules le devolvían la mirada. Menos mal, estaba preocupado porque la poción no funcionase correctamente y tuviera que quedarse con la apariencia de Zabini por el resto de sus días.
— ¡No ha servido para nada! —añadió realmente cabreado.
Durante todo el tiempo que tardaron en robar los ingredientes de la poción multijugos, y el tiempo que estuvo ésta cociendo a fuego lento en los lavabos, el heredero de Slytherin había vuelto a atacar, y dos personas más ocupaban camas en la enfermería del colegio: Colin Creevey, un joven de primero de Gryffindor; y una prefecta de Ravenclaw amiga de su hermano Percy.
Hermione y Neville entraron tras de sí; Neville se sentó en el suelo cerca suyo, completamente abatido y con el uniforme robado de Slytherin todavía al completo, el tallaje de Goyle le venía literalmente enorme. Hermione, por otra parte, estaba ausente, intentando mirar a través de la puerta cerrada del baño. Era algo que hacía con frecuencia en los exámenes teóricos. No respondía a las preguntas de los demás, sino que expresaba mentalmente sus preocupaciones, siguiendo su propio camino lógico hasta la respuesta de una pregunta todavía no formulada.
— ¿Qué pasa ahora por tu cabeza, Hermione? —preguntó finalmente Neville.
— Pensaba en las cosas que nos ha dicho Malfoy —contestó la joven pausadamente.
— ¿No te creerás las tonterías que ha dicho sobre Hagrid, verdad? —preguntó Ron enfadado—. Me dan igual las historias que le haya contado su padre sobre el pasado. No me creo que Hagrid abriera la Cámara de los Secretos hace cincuenta años y que ese fuese el motivo de su expulsión.
— No, por supuesto que no. Dumbledore no le habría dejado seguir en el colegio, ni como guardián de los terrenos ni ahora como profesor —contestó con su tono pensativo—. Pero, de todas formas, deberíamos hablar con él, quizás saquemos algo en claro de todo esto.
— Entonces… ¿qué es lo que ronda por tu cabeza? —volvió a preguntar Neville.
— Lo que ha dicho sobre que Harry había escuchado voces en un par de ocasiones. No me ha comentado nada al respecto.
— ¡Bah! Seguro que es mentira. Un nuevo intento cutre de seguir llamando la atención —replicó Ron—. O quizás no te considera una verdadera amiga a la que contarle sus cosas —añadió, en un pequeño intento de desacreditar la relación de "amistad" que mantenían y que Hermione seguía defendiendo.
— No sé —comentó Neville—. Oír voces que nadie puede escuchar no es buena señal, ni siquiera en el mundo de los magos.
— En fin…será mejor que volvamos a nuestras salas comunes —señaló Ron mientras abría la puerta del baño y comprobaba que no había nadie en el pasillo—. Llevad cuidado de que no os pillen
Neville salió primero, sigilosamente hasta perderse por una las esquinas en dirección a la torre de Gryffindor.
— Hermione… —la llamó poco antes de que esta se alejara lo suficiente—, me alegro de que ya no te parezcas a Parkinson —se atrevió a confesar finalmente, corriendo en dirección contraria y dejándola parada en mitad del pasillo por su comentario.
Desgraciadamente, aquella fue la última interacción entre ambos.
Al día siguiente se despertó dolorido, cansado y con el asqueroso regusto de la poción multijugos todavía en la boca. Se vistió con su uniforme reglamentario de Hufflepuff y acudió con total normalidad al Gran Comedor, dispuesto a engullir el habitual desayuno de tostadas al estilo Weasley para recobrar ánimos y fuerzas.
Era día de partido, la gran final, y había quedado con Hermione y Neville en animar desde la grada de Gryffindor a Fred y a George: quizás ellos conseguían acabar con la racha de imbatibilidad que atesoraba el equipo de Slytherin desde el año pasado. Quería olvidarse, aunque fuera sólo durante unas horas del supuesto heredero. Ya tendrían tiempo después de aclarar con Hagrid sus asuntos con la Cámara de los Secretos durante sus años como estudiante. De una forma u otra tendría una victoria aquel día, la necesitaban, o más bien la merecían, una forma de revitalizarse de la cruel derrota que habían sufrido sus suposiciones la noche anterior en la fría sala común de Slytherin en las mazmorras.
No obstante, Hermione no hizo ademán de aparecer aquella mañana durante el desayuno, a pesar de que Padma Patil la había visto salir claramente de la torre de Ravenclaw. Tampoco apareció poco después a la hora acordada para dirigirse como todos los alumnos al estadio... Segundos antes de poner rumbo hacia campo de Quidditch sin ella, el profesor Flitwick les detuvo a la entrada del castillo y les pidió amablemente que le acompañaran. Divagaba sobre que el partido se había suspendido, y que lo más probable era que nadie volviese a volar alrededor de los postes de gol en lo que restaba de temporada. Rápidamente, y sorteando a los molestos alumnos que regresaban en busca de una actividad con la que suplantar el encuentro, les dirigió hasta la enfermería del colegio, situada en el último piso de la pequeña torre del reloj. Aquel hospital improvisado era un caos absoluto: varios profesores discutían acaloradamente alrededor de las camas de la enfermería, contemplando a su vez la que parecía ser la última víctima del heredero de Slytherin… se había producido un nuevo ataque a primera hora de la mañana, y esta vez, la suerte no había sonreído a Hermione.
Gracias a Merlín no estaba muerta, sólo petrificada, el mismo resultado que el resto de los atentados, por lo que podría recuperarse en cuanto estuviera lista la pócima de mandrágora de la profesora Sprout. Habían pasado meses desde el primer ataque, el curso estaba por finalizar, pero no había ninguna víctima mortal que lamentar…aquello sólo convertía al heredero de Slytherin en alguien todavía más peligroso.
— ¿Se puede saber que pretende Hagrid pidiéndonos quedar? —le preguntó Neville bastante confuso—. ¿No sabe que ya no nos dejan salir?
— En la carta no decía nada más, sólo que era urgente, pero tiene que saberlo, después de todo es profesor.
El recorrido por los oscuros corredores del castillo no fue en absoluto agradable, y mucho menos sencillo. Habrían tenido que esquivar, milagrosamente, prefectos y fantasmas que circulaban por los pasillos en parejas, buscando cualquier detalle sospechoso. Gracias a Merlín, Lockhart fue el único profesor con el que se encontraron, y estaba demasiado ocupado mirando su reflejo en las ventanas como para percatarse de sus alumnos.
Una vez en los jardines, golpearon la puerta de la cabaña de Hagrid, intentando hacer el menor ruido posible a pesar de encontrarse ya fuera del castillo, y éste les abrió, empuñando una ballesta y con Fang ladrando furiosamente detrás de él.
— ¿Para qué demonios es eso? —le preguntó Ron señalando el arma nada más entrar.
— Nada, nada… sólo los nervios —susurró Hagrid.
Se dispuso a preparar té, pero obviamente le pasaba algo: casi apagó el fuego al derramar sobre este el agua de la tetera metálica, y los trozos de varias tazas de cerámica estaban esparcidos por el suelo.
— ¿Estás bien, Hagrid? —preguntó finalmente Neville—. ¿Has oído lo de Hermione?
— ¡Ah sí, claro que lo he oído! —contestó claramente apenado y con la voz entrecortada y perdiendo su vista en la ventana, nervioso—. Es uno de los motivos por el que os he llamado, pero no el único... la madrugada del día que suspendieron el partido mataron a los nuevos gallos que hemos comprado para el colegio... me pareció ver de refilón al responsable... es fácil distinguir ese color de cabello, incluso en la oscuridad. Ron..., ¿cómo has visto a tu herman...?.
No llegó a completar la pregunta, pues se vio interrumpido por alguien aporreando la puerta de la cabaña con violencia.
— Abra la puerta, Hagrid, sabemos que está ahí —dijo una voz desconocida.
— ¡Mierda! Pensé que tendría más tiempo —se le escapó en un susurró—. ¡Rápido! Por la puerta trasera —se apresuró a decir, no contestando a las nuevas visitas hasta que ellos se escondieron detrás de la cabaña, intentando ver el interior de la misma a través de la ventana. — Pero no os vayáis sin escuchar lo que tengo que deciros.
— Buenas noches, Hagrid —dijo el profesor Dumbledore a la vez que entraba, muy serio y seguido por otro hombre bajo y corpulento, con el pelo completamente gris y expresión nerviosa en el rostro.
— ¡Es el jefe de mi padre! —musitó Ron en voz baja—. ¡Cornelius Fudge, el Ministro de Magia!
Neville le dio un codazo para que se bajara la voz o terminarían descubriéndolos. Hagrid estaba pálido y sudoroso, parecía saber lo que iba a ocurrir a continuación.
— ¡Feo asunto, Hagrid! —dijo Fuge telegráficamente—. Después de tantos ataques, el Ministerio se ve obligado a intervenir.
— Yo nunca... —contestó Hagrid implorando a Dumbledore—. Usted sabe que yo nunca, profesor Dumbledore, señor...
— Quiero que quede claro Cornelius, que Hagrid cuenta con mi plena confianza, así como la del resto de docentes —respondió el director con el entrecejo fruncido.
— Mira, Albus —dijo incomodo el ministro—. Hagrid tiene antecedentes. El consejo escolar se ha puesto en contacto... me están presionando. Tengo que acreditar que hacemos algo. Si se demuestra que no fue Hagrid, regresará y no habrá más que decir. Pero tenemos que llevárnoslo, sino estaría incumpliendo con mi deber.
— ¿Llevarme? ¿Adónde? —preguntó el guardabosques temblando. El suelo crujía y cantaba a sus pies—. ¿No será a Azkaban? —vieron cómo se sentaba abatido en su enorme sillón, pareciendo en esta ocasión un hombre de dimensiones normales.
Antes de que alguien pudiera responder, volvieron a llamar a la puerta. Dumbledore la abrió, Fang empezó a ladrar violentamente, y con la misma prepotencia que en el Callejón Diagón, Lucius Malfoy entró en la cabaña de Hagrid con paso decidido, envuelto en una capa de viaje negra y con una gélida sonrisa de satisfacción.
— ¡Ah, ya está aquí Fudge! —señaló complacido—. Me alegro, eso me pondrá las cosas más fáciles.
— ¿Qué hace usted aquí? —preguntó Hagrid, furioso—. ¡Salga de mi casa!
— Créame buen hombre, que no me produce ningún placer entrar en esta... ¿la ha llamado casa? —repuso Lucius Malfoy contemplando la cabaña con desprecio—. Solo estoy buscando al director.
— ¿Y qué es lo que quiere de mí exactamente, señor Malfoy? —cuestionó Dumbledore. Hablaba con cortesía, pero sus ojos azules irradiaban furia.
— Es lamentable, director —respondió perezosamente el señor Malfoy, sacando un rollo de pergamino—. El Consejo Escolar ha pensado que es hora de que usted se jubile. Aquí traigo una orden de cese con las doce firmas... me temo que este asunto se le ha escapado de las manos. A este ritmo no quedarán en Hogwarts alumnos de familia muggle, y todos sabemos el gran perjuicio que ello supondría para el colegio.
— ¿Y a cuanta gente ha tenido que chantajear y sobornar para conseguir esto? —preguntó Hagrid furioso, levantándose de un salto, con su enredada cabellera rozando el techo de la cabaña.
— Muchacho, muchacho, por Dios, este temperamento suyo le dará un disgusto un día de estos —repuso Malfoy—. Me permito aconsejarle que no grite de esta manera a los dementores. No creo que se lo tomen bien.
— No puede quitar a Dumbledore —dijo Hagrid, y Fang, el perro jabalinero, se encogió y gimoteó en su cesta—. ¡Lléveselo, y los alumnos de familia muggle no tendrán ninguna oportunidad!
— Cálmate, Hagrid —añadió bruscamente Dumbledore—. Si el Consejo Escolar quiere mi renuncia, me iré —añadió dirigiéndose al señor Malfoy—. Sin embargo, sólo abandonaré de verdad el colegio cuando no me quede nadie fiel. Y Hogwarts siempre prestará ayuda al que lo necesite.
— Admirables sentimientos —respondió Lucius Malfoy junto a una nefasta inclinación—. Todos echaremos de menos su peculiar forma de dirigir el centro. Sólo espero que su sucesor sea capaz de evitar futuros... asesinatos.
El señor Malfoy se dirigió con paso decidido a la puerta de la cabaña, la abrió y juntos abandonaron la casa. Fudge esperaba, sin dejar de manosear su sombrero verde lima, a que Hagrid pasara delante, pero el Guardabosques no se movió, sino que respiro profundamente y miró hacia la puerta trasera, despidiéndose.
— Está bien…, yo sólo digo que, si alguien quisiera desentrañar todo este embrollo, lo único que tendría que hacer es seguir a las arañas. Ellas lo conducirían hacía la respuesta, eso es todo lo que tengo que decir al respecto —dijo Hagrid en un tono lo suficientemente alto, demasiado para la conversación que se llevaba a cabo dentro de la cabaña, pero suficiente para que ellos pudieran escucharle desde fuera de esta.
— ¡Esto es una locura! —dijo Ron con voz ronca, intentando mantener un tono bajo para no llamar la atención de los adultos que se alejaban dirección al colegio—. Sin Dumbledore, habrá un ataque cada día.
Pero Neville no le estaba escuchando, sino que señalaba al suelo, apenas a un metro de distancia una fila de varias arañas correteaba por la tierra. Se alejaban desesperadamente del castillo, en dirección al bosque prohibido, y aquello a Ron le hizo todavía menos gracia que la repentina marcha del director de Hogwarts.
— Vale —soltó Ron en un suspiro, respirando profundamente para encontrar algo de valor en su interior—. Estoy dispuesto, vamos.
De esta forma penetraron en el bosque bajo la luz de sus varitas, siguiendo en completo silencio la hilera ininterrumpida de arañas que poco a poco abandonaba el sendero y se adentraban en la oscuridad. Caminaron durante una media hora por lo menos, enganchándose las túnicas en las zarzas de los árboles y bajo el sonido de cientos de susurros, hasta que finalmente notaron como el terreno descendía, aunque el bosque seguía siendo igual de espeso e indómito. Los pinos soldado y los centinelas dejaban paso a los enormes robles oscuros, las agujas caídas ocultaban el suelo blando de turba, de manera que tenían que avanzar muy despacio para evitar los barrancos traicioneros y las colinas pedregosas cada vez más abruptas.
Después de otro buen tramo, sin previo aviso más que un millar de crujidos a su alrededor, varias arañas del tamaño del Ford Anglia de su padre aparecieron de la nada; escondidas entre los árboles, les habían acorralado poco a poco sin siquiera darse cuenta, los agarraron por la cintura, levantándolos en el aire y arrastrándolos rápidamente hacia el corazón del bosque... donde sus gritos no pudieran escucharse. No supo cuánto tiempo pasó inmovilizado por el terror entre las garras de aquella asquerosa bestia, sólo que de repente hubo la suficiente claridad para ver el que suelo, anteriormente cubierto de hojas secas, estaba infestado de telas de araña. Se encontraban en el borde de una vasta hondonada cubierta de seda blanca en la que los árboles habían sido arrancados de cuajo y las estrellas brillaban, iluminando el paisaje más terrorífico que se pudiera imaginar. Cuando las arañas los soltaron, se quedó encogido y en silencio, ahogando un grito mudo en su garganta y con los ojos saliéndose de sus órbitas.
Del medio de la gran tela de araña que pisaban salió un ejemplar arácnido todavía más grande que los que los habían arrastrado hasta allí, que se acercaba lentamente hacia ellos, casi con languidez, mientras las "pequeñas" chasqueaban sus pinzas, emocionadas por su presa. El negro de su cuerpo y patas estaba manchado de gris, y los ocho ojos que tenía en su horrenda cabeza eran de un blanco lechoso. Obviamente era ciega.
Había oído hablar de la paralización a causa del miedo, pero nunca había imaginado que pudiera ocurrir completamente. No había el menor contacto entre su cerebro y sus piernas. Sus manos era unos estúpidos bloques de carne situadas al sur de sus muñecas, carentes de toda sensación. Se le escapó algo de orina, pero ni siquiera se percató de ella, exceptuando una vaga sensación de distante calor.
— No es Hagrid —dijo la araña en un torpe, pero comprensible lenguaje humano para su sorpresa—. Matadlos —ordenó a continuación.
— So… somos am... amigos de Hagrid —gritó Neville, desesperado, pues él se encontraba demasiado asustado como para poder hablar o suplicar por su vida.
Sentía como si el corazón se le hubiera escapado del pecho, y el sonido de todas las pinzas de las arañas a su alrededor no ayudaba en nada a recuperar la calma.
— Hagrid nunca ha enviado humanos a nuestra hondonada —respondió la araña gigante despacio.
— Está metido en un grave problema, por eso hemos venido nosotros —contestó Neville de inmediato, respirando muy deprisa—. En el colegio piensan que Hagrid ha atacado a algunos alumnos.
— Pero aquello fue hace mucho tiempo —replicó la araña con fastidio—. Hace muchos años... lo recuerdo bien. Por eso lo echaron del colegio, creyeron que yo era el monstruo que dormitaba en la Cámara de los Secretos.
— ¿No…no lo—lo er…eres? —preguntó finalmente Ron, todavía temblando. Se le había pegado algo del valor de Neville, pero no lo suficiente como para poder controlar el continuo tembleque de su cuerpo.
— ¿Yo? ¡No! —contestó la araña claramente enfadada—. Yo no nací en el castillo. Vine de una tierra lejana en el bolsillo de un viajero. Hagrid me encontró, me cuidó, me escondió y alimentó. Hagrid es un gran amigo mío y un gran hombre. Cuando me descubrieron y culparon de la muerte de aquella muchacha, él me protegió, me concedió esta parte del bosque y aún hoy día viene a verme.
— ¿Así que…tú…tú nunca atacaste a nadie? —cuestionó Neville sujetando a su amigo para que no se desmayase y abandonase en aquella conversación.
— ¡Nunca! —dijo la vieja araña con voz ronca—. Por consideración a Hagrid nunca hice daño a ningún ser humano. El cuerpo de la muchacha fue descubierto en los aseos, y yo nunca vi nada más que el viejo armario ropero en el que crecí.
— ¿Ent…entonces… qué... qué es? —volvió a preguntar Ron.
— No nos atrevemos a decir su nombre —respondió calmadamente la bestia mientras retrocedía lentamente hacia su guarida—. Es una antigua criatura a la que las arañas tememos más que a ninguna otra cosa.
— En ese caso…ya...ya nos vamos —dijo apresuradamente Neville mientras jalaba a su amigo del brazo.
— ¿Iros? No... mis hijos e hijas no hacen daño a Hagrid por orden mía, pero no puedo negarles algo de carne fresca cuando se pone voluntariamente ante ellos. Adiós... amigos de Hagrid.
Ron miró nerviosamente a todos los lados, a muy poca distancia había un frente de arañas chascando sus pinzas y con sus múltiples ojos brillando sin cesar en sus horribles cabezas negras y peludas. Al coger su varita, sentirla firmemente entre sus dedos, comprendió que no le iba a servir de nada, que había demasiadas arañas y que iba a morir igual que en la mayoría de sus pesadillas. Pero en aquel momento de angustia, cuando ya sentía todo perdido, un mar de flechas surgió de entre los árboles, ensombreciendo durante un instante la luz de la luna, clavándose con violencia contra el suelo de la hondonada, formando un círculo de virotes entre ellos y las arañas, espantando poco a poco a las hambrientas bestias de sus alrededores.
Escucharon cascos galopando a su espalda, y un centauro pardo saltó limpiamente desde la oscuridad de los árboles a su alrededor, cogiéndolos a ambos con sus enormes y musculosos brazos y depositándolos rápidamente en su lomo. La bestia viró sobre sus patas traseras y huyó a gran velocidad mientras algunas arañas se lanzaban contra ellos. Más centauros aparecieron para proteger su huida, pero las arañas eran tan superiores en número, que todos tuvieron que zafarse de muchas de ellas durante el trayecto de regreso.
Todo pasó tan deprisa que, hasta que su culo no golpeó violentamente contra el suelo, no se percató de que se encontraban en el límite del bosque prohibido, a escasos metros de la cabaña de Hagrid, que ahora se encontraba apagada y en silencio.
— ¡GRACIAS! ¡GRACIAS! ¡GRACIAS! ¡GRACIAS! —dijo Ron entrecortadamente entre lágrimas de felicidad al único centauro que había salido del linde del bosque. Por Merín, sería un milagro si el centauro lograba entender alguna palabra entre tanto lloriqueo.
— Ayuda a tu amigo. Le ha mordido una de las crías de acromántula durante la huida. Su veneno actúa rápido y es paralizante. Date prisa —respondió el centauro con una voz grave y profunda mientras giraba sobre sí mismo, encaminándose de nuevo hacía la oscuridad del bosque, donde varios pares de ojos y figuras altas los vigilaban—. Y no volváis a entrar en el bosque… la próxima vez, no intervendremos.
No dijo nada más. Les dejó allí plantados, temblando y heridos, pero más felices de lo que habían sido en toda su vida. En seguida se puso en pie y ayudó a levantarse a Neville, que tenía dos grandes y profundos cortes en la pierna izquierda por la que salía sangre a borbotones. No podía andar en aquel estado... apenas se mantenía en pie.
Cogió su varita con la esperanza de apuntar al cielo y pedir ayuda con luces rojas de emergencia, más se percató del pequeño ruido de chispas y humo negro que provenía de la misma. Visualizó que estaba partida en dos pedazos, en dos grandes trozos que sólo se mantenían unidos por pequeñas astillas que hacían de nexo de unión. Debía de haberse roto mientras forcejeaba con las arañas que los habían alcanzado mientras escapaban a lomos del centauro.
Pasó el brazo de Neville entre sus hombros, y con mucho esfuerzo, cargó con él mientras encaminaba dirección al castillo bajo enérgicos gritos de auxilio.
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