Algunos fragmentos, párrafos o conversaciones de los capítulos están copiados directamente o modificados sutilmente de los distintos libros que forman la saga "Harry Potter" para poder abordar mejor la historia. No obstante, también hay ligeros cambios en el cannon (año arriba o abajo en las edades de los personajes), así como easter eggs o pistas para los más meticulosos.

Aclaración: La letra cursiva se utiliza para flashbacks.

Aclaración: La letra en negrita se utiliza para textos escritos (cartas, notas, periódicos).

8 – OSCURAS MOTIVACIONES

Pocas eran las fuerzas que todavía le quedaban, pero no podía permitirse el lujo de detenerse. No importaba que cada "brazada" dada doliera más que la anterior, no iba a tolerar que todo terminará así, en un triste final, hundido con sus pensamientos en algún remoto lugar del Mar del Norte y rodeado por barcos naufragados. No, no pensaba ahogarse, y mucho menos después de haberlo localizado tras tantos años. Estaba en Hogwarts, a la vista de todo el que prestará un poco más de atención, sólo un poco más de la cuenta, regodeándose en su victoria y protegido por su anonimato.

No le importaba que aquella no fuera la forma más óptima de llegar hasta la orilla. Tampoco que el pelo de más que cubría todo su cuerpo terminará siendo más un lastre que una protección frente a las heladas mareas, ni que cada vez tuviese el cuerpo y las extremidades más entumecidos, o que le costase respirar sin tragar agua salada... No importaba que aquel páramo helado fuera un auténtico infierno en la tierra. Su comportamiento, su objetivo era más que necesario, era lo que debía hacerse, había llegado el momento... una voluntad inquebrantable, una fuerza que creía haber perdido mucho tiempo atrás le empujaba a continuar, sin descanso a pesar del transcurso de las horas en el mar. No pensaba rendirse frente a las embravecidas olas, ni sucumbir ante la fuerte tormenta que las provocaba, menos ahora que un profundo sentimiento había despertado de nuevo en su magullado corazón.

Sin darse apenas cuenta, divagando en el vaivén de sus pensamientos y planes, pero sin detenerse, terminó por descubrir una silueta más oscura e irregular en su horizonte. Estaba divisando tierra por primera vez después de doce largos años en la penumbra de su celda, un manto de árboles negros cubriendo la montaña bajo la blanca luz de las estrellas. Sus energías se recobraron milagrosamente con aquella vista... sólo albergaba la esperanza de no haberse equivocado de costa.

Probablemente en el futuro jamás recordaría cuanto tiempo de más estuvo nadando en aquella dirección, ni tampoco en qué momento el fuerte viento arrastró consigo el sonido de una chirriante alarma proveniente de una torre triangular perdida en mitad del mar a kilómetros de distancia... pero sí que recordaría el suave tacto de la superficie blanda de la tierra bajo el agua cuando sus garras rozaron el fondo.

Avanzó lentamente hacia la orilla, saboreando completamente agotado las primeras bocanadas de auténtica libertad, desprendiéndose poco a poco de todo el pelaje que cubría la mayor parte de su cuerpo, recuperando la combinación de colores, pero perdiendo a cambio la potenciación de la misma en la oscuridad, disminuyendo drásticamente sus receptores de olfato y sonido, cambiando de forma... mudando de especie. Llegó hasta la arena arrastrándose de nuevo con sus extremidades humanas, y vomitó, si bien en su estómago solo había agua salada, bilis y un trozo arrugado de papel, protegido mediante magia por la imprenta que lo acuñó en un principio. Se tumbo boca arriba en la tierra mojada, observando detalladamente el firmamento, devolviéndole la prejuiciosa mirada, y sus ojos se cubrieron de lágrimas. Recogió, todavía llorando, el recorte de "El Profeta" que había guardado en su estómago antes de aventurarse en su milagrosa escapada. Lo alisó con mucho cuidado y sonrió al ver de nuevo a nueve pelirrojos ante una enorme pirámide, sonriendo a la cámara. "Funcionario del Ministerio de Magia recibe el Gran Premio anual Galleon Draw" rotulaba el encabezado, pero su atención no se centraba en ninguno de los Weasley que saludaban. Pronto, sus sollozos se convirtieron en carcajadas histéricas e histriónicas mientras se alejada cada vez más la orilla, corriendo de nuevo como una figura negra a cuatro patas, ocultándose en la oscuridad de la noche. Había practicado lo suficiente a lo largo de los años, y mejorado tanto su técnica, que al contrario que muchos, ya no necesitaba de una varita para poder transformarse. Al amanecer se apartaría del camino, correría campo a traviesa, entre prados, arbustos y arroyos, para evitar a los perseguidores, completamente solo, infinitamente abandonado a su suerte en medio de un elemento extraño y hostil. Pero en ese momento la velocidad tenía mucho más valor que la discreción. No era como si pudieran imaginar hacia dónde se dirigía... o, al menos, eso es lo que pensaba.


La mañana había amanecido envuelta en sombras de perla y nubes color gris oscuro, a la vez que soplaba una breve brisa capaz de hacer mecer las hojas de los árboles alrededor de su hogar. No se trataba más que de una pequeña cabaña abandonada en mitad del bosque de los lobos, nombre que adecuadamente le habían puesto los ciudadanos de Yorkshire a aquel pequeño pulmón verde situado a las afueras de la ciudad. La choza no tenía puertas, muebles ni ventanas, sino que reflejaba a la perfección el momento de pobreza absoluta en el que vivía su inquilino ilegal, que apenas contaba con unos pocos utensilios de cocina, un colchón sucio, raído y lleno de pulgas, así como una única maleta con las pocas pertenencias y ropas que aún conservaba en su interior.

Remus Lupin no recordaba un solo día de su vida sin los sentidos potenciados, y así se encontraba: Sentado en el pequeño porche de madera de la entrada, respirando profundamente el fresco aire matinal, saboreando el aroma de su café negro junto con el rocío en el aire, escuchando el crujir de los árboles durante las primeras horas de la mañana mientras una escoba bailaba sola en el interior de la cabaña, barriendo las hojas y el polvo que el viento había arrastrado consigo durante la noche. Pequeños placeres gratuitos que siempre podría permitirse por su condición antes de comenzar con su rutina diaria.

Cuando se dirigió al baño de la vivienda, una cara pálida con arrugas prematuras y arañazos sin cicatrizar le devolvió una triste mirada dorada a través del trozo de cristal que hacía las veces de espejo. Apenas superaba los treinta años, pero cada vez el pelo castaño claro de su cabeza y su áspera barba se tornaban más grisáceos... cada vez aparentaba mucha más edad. Enjuagó su rostro con el agua del pequeño cubo metálico que ya debía de cambiar, y vistió su metro y noventa centímetros de alto con uno de los pocos trajes que todavía le quedaban. No importaba cuál de ellos, todos estaban andrajosos y parcheados, debido mayoritariamente a su latente incapacidad de encontrar un trabajo decentemente remunerado.

Cada mañana cogía la vieja y oxidada bicicleta azul que aparcaba en el poste de la entrada, y pedaleaba hasta el pueblo más cercano. Gracias a Merlín, aquella localidad tenía tantos ciudadanos extravagantes y eventos curiosos que él apenas destacaba entre ellos. Ayudaba en lo que podía a los muggles a cambio de alguna que otra libra esterlina o plato de comer, también aceptaba aquellos pequeños trabajos que el resto de vecinos se negaba a realizar y que, para él, con el uso de la magia, resultaban insignificantes. Se había convertido en el tipo persona que se alimentaba de restos y sobras, que pedía pan al presente y vivía del aire. No podía seguir así eternamente, aprovechándose de la amabilidad de aquellos muggles y dando la espalda tanto al mundo mágico como a su antigua vida... no podía hacerlo por mucho que se hubiera encariñado con la naturaleza de los árboles. No, pronto tendría que partir, que volver a mudarse, y antes de que empezaran las preguntas en torno a su figura, o sobre los misteriosos ruidos que rompían el silencio en la profundidad del bosque con cada luna llena.

La solución a la mayoría de sus problemas descansaba ahora mismo sobre la bancada de la destrozada cocina. Una lechuza había llegado el día anterior con una carta sellada con el lacre granate de Hogwarts; una oferta oficial de empleo por parte de Albus Dumbledore, que ponía a su disposición el puesto de Defensa Contra las Artes Oscuras si así lo deseaba. Se encontraba ahora en la disyuntiva de aceptar o no el cargo. Por una parte, trabajar en el colegio le otorgaría cierta estabilidad financiera, una mullida cama en la que descansar de verdad, y una provisión ilimitada de poción Matalabos en las despensas del castillo, cortesía del profesor de Pociones. Se trataba de un remedio relativamente reciente, pero que él no podía permitirse, y que, dada su dificultad, tampoco sabía realizar. Aceptar la oferta también supondría regresar al castillo, lugar donde había pasado los mejores años de su vida, el único sitio que había llegado a considerar su hogar... volver a pasear por los pasillos en los que entabló tantas conversaciones, recorrer de nuevo los terrenos en los que vivió tantas aventuras. Sin embargo, temía revivir todos aquellos momentos sin los fantasmas de su pasado, castigar sus recuerdos y reflotar la pérdida y el fracaso en su corazón por los amigos que ya no estaban. Por no mencionar que tenía miedo, sentía pánico ante la posibilidad de poner en riesgo a algún estudiante, o de que se descubriera del todo su condición. ¿Podría aquello manchar sus buenos recuerdos de Hogwarts? ¿Qué dirían los periódicos si así ocurriera? Perdería todo su anonimato si se diera el caso, sería registrado oficialmente como individuo peligroso... se vería obligado a renunciar a la poca magia que quedaba en su vida. Por no hablar de que nadie volvería a contratarlo jamás estando marcado. En cualquier caso... ¿acaso estaba lo suficientemente preparado para enseñar a las generaciones futuras?

Todos los contras revoloteaban sin cesar en su cabeza, ganando terreno y multiplicándose cada segundo, como si de una colonia de insectos se tratase. Por último... por último estaba Harry. Ansiaba volver a ver al chico, conocer el hombre en el que se estaría convirtiendo y narrarle las bonitas memorias que tenía sobre sus padres. Hablarle de la primera vez que lo sostuvo delicadamente entre sus brazos por miedo a romperlo, señalarle cómo rompió todas sus defensas la primera vez que le tomó de la mano. "Resucitar" a sus amigos a través de sus ojos. Pero a su vez le aterrorizaba sincerarse con él, confesarle que era uno de los culpables de la muerte de sus padres, perder una posible amistad y tener que olvidarlos para siempre.

Sus pensamientos se vieron interrumpidos con la impresión de un nuevo aroma en el aire; el inconfundible olor de plumas de lechuza, excrementos de pájaro y tinta mágica sellada sobre pergamino reciclado. Unos pocos segundos después, sus orejas se tensaron con el fuerte aleteo del ave que cargaba "El Profeta". Al margen de la carta de Dumbledore del día anterior, era el único correo que recibía. El animal entró velozmente a través del hueco de la ventana, y esperó tranquilamente en el respaldo de la silla a que Lupin depositara el pago preceptivo en la pequeña bolsa de cuero que el ave portaba atada a sus garras, emprendiendo el vuelo de regreso en cuanto así lo hizo. Diez knuts, o la décima parte de una libra si no tenías dinero mágico encima... toda una fortuna. A este paso, más pronto que tarde tendría que cancelar su suscripción a la prensa escrita.

Levantó la taza por última vez aquella mañana, dispuesto a terminar su contenido mientras desdoblaba el diario en busca de otras propuestas de empleo diferentes, pero el café ni siquiera llegó a mojar sus labios. La enorme taza amarilla se precipitó con rapidez hacia el suelo, quebrándose fácilmente y desparramando el líquido negro por el suelo de madera en cuanto fijó sus ojos en la portada del periódico. Un hombre bien formado, de tez pálida como la leche, atractivo, joven y altanero, con el cabello largo, negro y lustroso, y con cierto aire casual, vestigios de una belleza aristocrática pérdida en el tiempo, así como estropeada por varios tatuajes, ocupaba la página principal de la prensa aquella mañana. Sus llamativos ojos grises le miraban fijamente, estudiaban a los lectores de "El Profeta" mientras sostenía una tablilla de reconocimiento de presos... Doce largos años desde la última vez que contempló ese rostro.

¿HAS VISTO A ESTE MAGO?

SIRIUS BLACK, FUGADO DE AZKABAN

Sirius Black, quizás el recluso más malvado que haya albergado la fortaleza de Azkaban, y fiel seguidor de "El-que-no-debe-ser-nombrado" escapó la pasada noche, a las 00.37 AM, de su celda de máxima seguridad.

Los Aurores del Departamento de Seguridad, junto con los Dementores de la prisión, han montado un dispositivo de búsqueda y captura para localizar al preso de 33 años. Sirius Black fue condenado a cadena perpetua hace doce años por la matanza de once muggles y un mago en una concurrida calle de Londres con un solo hechizo de explosión.

Según han informado a "El Profeta" fuentes del Ministerio de Magia, todavía se están llevando a cabo las averiguaciones de como el recluso escapó de su celda al finalizar las rondas pertenecientes a las doce de la noche, pero aseguran que Black es el único preso que ha conseguido escapar en todos los años que Azkaban está activa.

Las mismas fuentes han asegurado que la conducta del detenido hasta el momento siempre fue correcta, y nunca les hizo sospechar de una posible huida, si bien últimamente, y de acuerdo con el Ministro de Magia, sólo balbuceaba una palabra (…)

El artículo divagaba a continuación con un informe detallado del crimen de Black: un listado con el nombre de sus víctimas, personas inocentes que sólo estaban en el lugar equivocado en el momento menos oportuno, así como antiguas entrevistas a sus captores, pero Lupin fue incapaz de seguir leyendo. Visiones y recuerdos empezaron a nublar su mente. Sacudió la cabeza, tratando de despejar la bruna de aquel sueño, tratando de reaccionar a aquella pesadilla en la que parecía haberse despertado.

Cuando recobró la lucidez, cuando comprendió la realidad de la situación actual, despejó todas las dudas que pululaban por su cabeza referentes a su delicada situación laboral. No importaba como Black había llevado a cabo la hazaña de escapar de los dementores, lo había hecho, y ahora Lupin tenía un motivo más para regresar a Hogwarts... debía de proteger a Harry Potter de aquel al que una vez considero un amigo, sin importar el resto de consecuencias que ello supondría.


Se encontraba sentado en el último vagón del viejo expreso de Hogwarts, fingiendo dormir con la cabeza apoyada en el cristal de la ventana y rememorando días pasados. Su pequeña maleta a la vista en el portaequipajes, desgastada y vieja, atada con una gran variedad de nudos sujetando sus pocas pertenencias y albergando la esperanza de un nuevo comienzo. Normalmente, los profesores llegaban al colegio a través de la Red Flu del despacho del director, rara vez habilitada. El uso del tren se reservaba para los estudiantes, tanto al inicio como al final del curso. Pero, dado que un asesino maníaco andaba suelto persiguiendo a uno de sus futuros alumnos, y puesto que su verdadera vida comenzó en aquel medio de transporte, Dumbledore no le había puesto impedimentos a disfrutar una vez más del largo trayecto hasta la escuela, traqueteo de railes incluido.

Ya no había marcha atrás, entre risas y ruidos el expreso comenzó a abandonar lentamente la estación 9 ¾ mientras Lupin observaba por última vez a la joven con el cabello rosa parada en mitad del andén. Aún después de veintiocho años arrastrando su maldición, todavía le resultaba extraño percibir el mundo del que tanto había intentado alejarse mucho mejor que los demás: Escuchó el potente silbido proveniente del vagón locomotora al tiempo que las puertas del tren se cerraban, el alboroto que crecía en los compartimentos de su interior con cada reencuentro, así como el llanto de varios padres despidiéndose de sus hijos o el sonido de los pasos sigilosos que se acercaban al vagón que ocupaba. Percibió el olor del vapor blanco que pintaba el poco cielo que podía ver desde su ventana, también el típico olor a laguna y humedad propia de los anfibios, o el característico aroma del pelaje de un felino metido en un porta mascotas, quizás un cruce entre gato y kneazle siberiano; así como el "perfume natural" de tres personas que se acercaban discutiendo, dos chicos y una chica de entre doce y quince años por las hormonas y feromonas que desprendían... pero era un olor peculiar el que más atención y quebraderos de cabeza le producía, un olor que no lograba identificar a pesar de haberlo olfateado en más de una ocasión. En ese momento, la puerta que lo separaba del pasillo se abrió de par en par.

–Si no hubiéramos tenido que buscar a tus hermanos no estarían todos los vagones ocupados, Ronald –escuchó como se quejaba una chica.

–Los gemelos me están haciendo el favor de guardar a Scabbers durante el trayecto –contestó un varón con cierto tono de enfado nada más entrar por la puerta–. ¡No pensaba traerlo con esa bestia que llamas gato persiguiéndome allá donde vaya para comérselo! ¡Así que esto es culpa tuya! –exclamó furioso.

–Crookshanks sería incapaz de comerse algo tan asqueroso como ese cepillo sucio y fétido que tienes como mascota –replicó la chica del grupo.

–Bajad la voz, que no estamos solos –ordenó con un susurro el tercer integrante del grupo que hasta entonces no había intervenido–. ¿Quién será? –preguntó al momento en que acomodaban sus equipajes y se sentaban lejos de él.

–Es el profesor R. J. Lupin –añadió la chica de inmediato.

–¿Cómo demonios puedes saberlo? –volvió a preguntar el chico identificado anteriormente como Ronald.

–Lo pone en su maleta –un suspiro acompañó su voz–. Quizás sea el nuevo profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras.

–Esperemos que dure más que los anteriores –dijo el más tímido de los chicos–. Aunque, sinceramente, no parece capaz de sobrevivir a un maleficio decente.

Lupin tuvo que hacer esfuerzos para contener la risa por aquel certero comentario contra su persona mientras el tren de Hogwarts seguía hacia el norte, sin detenerse. La luz que golpeaba su rostro fue desapareciendo poco a poco conforme más nubes negras oscurecían el cielo lo suficiente como para que se encendieran las lámparas del pasillo y del techo de los compartimentos.

–No entiendo porque Ginny no ha querido venir con nosotros –volvió a decir el primero en hablar–. No me gusta dejarla sin vigilar después de lo ocurrido el año pasado.

–Déjala Ron, estando encima de ella todo el rato sólo conseguirás agobiarla –contestó la chica con voz angelical–. Lo mejor que puede hacer ahora es volver a empezar, y juntarse con gente nueva y de su edad le hará bien.

–Si lo sé, pero... ¡Se ha ido con Lunática Lovegood! –replicó al instante. El sentido del oído de Lupin se refinó sólo con escuchar ese mote tan característico–. No creo que sea la persona más indicada para recuperar popularidad.

–¡No la llames así, Ronald! Es una chica encantadora, sólo que está pasando por una fase de animales inventados.

La lluvia empezó a arreciar a medida que el tren avanzaba hacia el norte; las ventanillas eran ahora de un gris brillante que se oscurecía poco a poco. El tren traqueteaba, la lluvia golpeaba contra las ventanas, el viento rugía... y él seguía fingiendo que estaba bajo los brazos de Morfeo.

–Estoy ansiosa por visitar Hogsmade este año –intervino de nuevo la chica después de que se calmasen sus ánimos–. He leído que es la única población enteramente mágica de Gran Bretaña.

–Yo sólo quiero entrar en Honeydukes –respondió Ron–. Se me hace la boca agua sólo de pensarlo.

–Un día de estos, tu estómago te matará, Ron –añadió en tono jocoso el tercer miembro del grupo–. Ahora en serio, mi abuela cree que era mejor si enviaba ella directamente mi autorización a la profesora McGonagall.

–No puedes perderte Hogsmade, Neville, es un lugar impresionante –presionó la chica con impaciencia después de las risas–. En "Lugares Históricos de la Brujería" se dice que la taberna fue el centro en que se gestó la revuelta de los duendes en 1612. Y la Casa de los Gritos se considera el edificio más embrujado del país.

– No cuentes conmigo si piensas entrar en ese lugar, Hermione –finalizó Ron.

Los recuerdos noquearon de nuevo a Lupin con violencia al mencionar Hogsmade y la Casa de los Gritos. La construcción estaba separada del resto del pueblo, elevada sobre una pequeña colina. Contaba con un jardín húmedo, sombrío, tenebroso y cuajado de maleza... como si hubieran decorado sus oscuros terrenos para una noche de Halloween perpetua. La realidad es que habían construido la casa a la par que Remus fue inscrito en Hogwarts, por lo que tenía poco más de veinte años de antigüedad, pero el mito había trascendido lo suficiente como para que algunos ilusos afirmaran que el pueblo de Hogsmade se había ido construyendo a su alrededor potenciado por la magia que desprendía... nada más lejos de la realidad. La casa ni siquiera estaba embrujada, no era más que un puñado de muros de madera, pero eran pocos los que sabían de donde provenían los horripilantes gritos y crujidos que se escuchaban en su interior tanto tiempo atrás. Estaba en silencio desde mucho antes de graduarse, pero los vecinos seguían afirmando que allí descansaban los fantasmas más crueles y terroríficos que uno se podía imaginar, lamentándose por los terribles crímenes que cometieron... llorando por las tareas que no pudieron acabar. No era más que una elaborada triquiñuela, una campaña de publicidad con la que mantener el turismo y vender postales hogareñas.

–¿Y no será peligroso visitar Hogsmade con Sirius Black suelto? –intervino el chico identificado como Neville, intentando disimular el tono de miedo en su voz. Lupin podía notar la palpitación de terror de su garganta al pronunciar aquellas palabras.

A raíz del silencio incómodo que se apoderó del vagón, y del vertiginoso latir de sus corazones, bombeando sangre frenéticamente hasta los oídos de Lupin, quizás no fuera el tema de conversación más adecuado para intentar evitar una discusión. Él mismo se estremeció en su propio asiento y tensó el cuerpo, completamente intrigado, al escuchar aquel nombre.

–¿Y por qué iba Sirius Black a ir a Hogsmade? –preguntó la chica a la que habían llamado anteriormente Hermione.

–A ti todavía no te lo he dicho –intervino Ron. Con el rabillo del ojo abierto pudo ver como el susodicho le lanzaba una mirada asesina a su amigo–. Resulta que el otro día escuchamos a mis padres hablar sobre el tema –comenzó de nuevo con pesadumbre en su voz, comprendiendo la delicadez del asunto–. Dijeron que van a apostar a los guardianes de Azkaban en todos los accesos al colegio, y que a Dumbledore no le hizo ni pizca de gracia, pero que finalmente accedió.

–¿Y por qué creen que se va a presentar en Hogwarts? –volvió a preguntar la chica casi en un susurro.

–Mi padre dice que era el seguidor más fiel de "Quien vosotros sabéis", y que lo perdió absolutamente todo, la noche en que Cara Cortada sobrevivió.

–¿En serio, Ron? ¿Vas a seguir llamándolo así después de lo que pasó hace unos meses? –interrumpió enojada la chica. Al parecer había ciertos roces entre sus compañeros de vagón y el hijo de sus mejores amigos.

–… el tipo se ha pasado años en Azkaban rumiando en silencio –continuó ignorando la interrupción–. Creen que Black irá tras Potter, esperando que tras su muerte "Quien vosotros sabéis" pueda regresar.

–Pobre Harry –dijo Hermione con empatía en su voz.

–Pero Hogwarts es el lugar más seguro del mundo ¿no? –preguntó el chico del anfibio en su bolsillo derecho.

–Pensaban que Azkaban era una prisión completamente segura. Si Black ha sido capaz de escapar de allí, creen que también podrá entrar en Hogwarts –sentenció.

Los adultos de la sociedad mágica tenían motivos más que suficientes para estar preocupados, pues había varias formas diferentes y poco convencionales de entrar en Hogwarts, y Sirius Black conocía todos y cada uno de los puntos de acceso que comunicaban el colegio con el propio poblado de Hogsmade. Una de sus obsesiones personales era que no utilizara ninguno de aquellos atajos para adentrarse en la escuela. La bruja tuerta del tercer piso conducía directamente hasta el sótano de Honeydukes, la de veces que lo utilizaron para festejar cada victoria de Quidditch con una cena golosa. Por otra parte, el espejo del primer piso conducía a las alcantarillas debajo de la estación de tren, donde cada primero de septiembre se detenía el expreso de Hogwarts, si bien no era el pasadizo más popular si querías llegar a Hogsmade con las túnicas impolutas. Sin embargo, el que más veces había utilizado el propio Lupin era el corredor que escondía la Casa de los Gritos, y que daba directamente a los terrenos del castillo, concretamente a las raíces y ramas del Sauce Boxeador.

Perdido en sus recuerdos, tardó en percatarse de que el tren iba cada vez más despacio, y a medida que el sonido de los pistones se amortiguaba, el rugido del viento y la lluvia sonaban con más fuerza chochando con violencia contra los cristales de su compartimento.

–No podemos haber llegado aún –dijo la chica llamada Hermione con la marcha reducida del tren.

–Entonces, ¿por qué nos estamos deteniendo? –contestó Neville.

El expreso se paró con una tremenda sacudida, los frenos chirriaron, algunos baúles cayeron de los portaequipajes, las bombillas explotaron y el tren quedó en completa oscuridad... en ese preciso momento la temperatura descendió a niveles insospechados para ser primero de septiembre, y Lupin decidió abrir los ojos.

–Algo pasa ahí fuera –dijo Ron–. Creo que alguien está subiendo al tren. Tengo que ir a ver si Ginny está bien.

–¡Silencio! –gritó Lupin mientras se levantaba con decisión–. No os mováis –añadió a la vez que elevaba su varita, de la que provenía una explosión de llamas blancas iluminando el compartimento. Contempló sus caras asustadas enfrente de él, no eran más que unos críos.

La puerta se abrió antes de que pudiera alcanzarla, arrastrada lentamente por unos dedos largos y afilados, una mano gris, viscosa y repleta de pústulas, como un cuerpo corrompiéndose durante días bajo el agua. Una figura se irguió en el umbral, iluminada únicamente por la varita de Lupin, una criatura enorme que llegaba hasta el techo, y que vestía una capa negra con la que cubría todo su cuerpo, de la cabeza hasta más allá de los pies. Pudo distinguir la membrana de su cara pegada a la piel, así como el orificio de su boca abierto, dispuesto a atacar.

–Ninguno de nosotros esconde a Sirius Black bajo las túnicas –dijo al dementor con voz enérgica, interponiéndose entre sus futuros alumnos y la criatura, pero esta no se movió, por lo que sólo le quedaba una opción–. Expecto Patromun –susurró casi para sí mismo con los ojos cerrados, concentrándose en algún bonito recuerdo.

Del extremo de su varita surgió una figura plateada, desplazándose claramente a cuatro patas, con una forma deliberadamente oculta entre retazos de niebla, enfrentó a la criatura hasta sacarla a golpes y gritos del vagón, atravesó las puertas metálicas y entreabiertas de un portentoso salto y corrió por el pasillo a toda velocidad en la única dirección posible, y Lupin no tuvo más remedio que seguirlo. Avanzaba con decisión por el corredor del expreso con su lobo blanco y grisáceo materializándose a su paso, comprobando rápidamente que los ocupantes de cada vagón se encontraban a salvo e ilesos, cuando vislumbró retales de otra capa negra levitando y entrando en uno de los compartimentos, al tiempo que gritos de horror y auxilio salían del mismo. Lanzó con fiereza al animal que lo acompañaba contra la horrible criatura que provocaba esos miedos, y cuando llegó al vagón, durante el ínfimo instante en que su patronus se desvanecía y dejaba el expreso de nuevo a oscuras, volvió a ver uno de sus mejores amigos, pero completamente rejuvenecido y con una túnica verde en lugar de la roja a la que lo tenía acostumbrado.

Allí mismo, tumbado en el asiento del vagón, y con la cabeza apoyada en el regazo de una joven rubia y preocupada de su edad, la viva imagen de James Potter yacía desmayado, mientras otro joven de cabello platino intentaba despertarlo.

–¡Harry! ¡Harry! ¿Estás bien? –dijo el joven dándole palmadas en la cara a la vez que Lupin reparaba las bombillas con un ligero movimiento de varita.

–¿Qué le pasa, Draco? –preguntó la chica asustada.

–Tranquilos –contestó Lupin inmediatamente, tomándole la temperatura con el dorso de la mano. Tenía la cara helada y cubierta de sudor–. Solo se ha desmayado.

Susurrando el hechizo, golpeó hasta dos veces la frente de Harry con su varita al tiempo que el expreso de Hogwarts retomaba la marcha y el joven despertaba. Sus amigos le ayudaron a sentarse, recogieron sus inmaculadas gafas redondas del suelo del compartimento, y por primera vez, dejó de ver a su antiguo amigo. Allí, en el lado derecho de su frente, un rayo descendiendo hasta su ceja con un origen común pero distintos destinos, y los hermosos ojos verdes de Lily Potter. Si bien no mostraban la calidez de años pasados, al contrario, desprendían una frialdad capaz de helar hasta un bosque en llamas. Perdido en la inmensidad de los mismos, apenas pudo escuchar las preguntas que le formulaba, mientras sus compañeros aseguraban su compostura.

–¿Qué ha sucedido? ¿Dónde está ese... ese ser? ¿Quién ha gritado? –preguntó confundido e increíblemente pálido mientras examinaba el vagón iluminado en busca del dementor.

–No ha gritado nadie, Harry –contestó la chica todavía más asustada que su amigo.

–¿Qué era esa criatura? –le preguntó directamente a Lupin.

–Un dementor –respondió mientras partía en trozos una tableta de chocolate y lo repartía entre todos, sin atreverse a mirarle de nuevo a los ojos–. Uno de los guardianes de Azkaban.

Los tres jóvenes lo miraron confundidos mientras arrugaba el envoltorio con liebres de la tableta de chocolate, marca "Somnus Leporinus" y la guardaba en el bolsillo de su túnica.

–Deberíais coméroslo –insistió mientras se dirigía a la puerta corredera–. No lo he envenenado ¿sabéis? Os vendrá bien. Ahora disculpadme, tengo que hablar con el maquinista y repartir el resto del chocolate a quien pueda necesitarlo.

Después de hablar con el viejo Trevor Reznik y aclararle que no hiciera ninguna otra parada no programada, así como entregar las onzas de chocolate restantes a sus compañeros de vagón, decidió hacer rondas en el pasillo del expreso. No sabía si era por el dolor, la culpabilidad, o la mirada penetrante del muchacho, pero no se atrevió a volver al compartimento que Harry compartía con sus amigos de Slytherin, ni siquiera para preguntar cómo se encontraban.

Poco antes de las ocho de la noche el tren se detuvo en la estación de Hogsmade, pero hasta que en el expreso no quedaron más que las pertenencias de los alumnos, sus lechuzas ululando, los gatos maullando, y los sapos croando, no abandonó su cometido. Una vez en el andén, los estudiantes fueron desarticulando poco a poco el barullo que formaron al bajar del tren. Salieron al camino desigual y embarrado, donde aguardaban unas cien diligencias con el emblema de Hogwarts arrastradas por Thestrals. Era la primera vez que veía aquellas criaturas de apariencia lúgubre, demacrada y fantasmal. Se asemejaban a caballos esqueléticos, alados y con rasgos reptilianos. Durante todos sus años como estudiante siempre pensó que los carruajes se movían fruto de algún encantamiento. No era hasta ahora, que había visto caer en combate a tantos amigos y compañeros durante la guerra, que comprendía la belleza de aquellos incomprendidos animales.

No fue hasta que su diligencia estaba ya a mitad de camino, que permitió que el frío le rodease, que su respiración se convirtiera en vaho con cada exhalación y alzó la vista más allá de la ventana de su carruaje para enamorarse, igual que había hecho hace ya tantos años. Allí estaba, a lo lejos, al borde del acantilado, encima del lago negro cristalino que reflejaba el castillo como si de un espejo interminable se tratase, con varias torres apuntando al cielo estrellado y desprendiendo calidez en mitad aquella noche tan helada... Su único y verdadero hogar.


Despertó muy temprano aquella mañana, tanto que la noche todavía se cernía sobre la entrada de su guarida en el Bosque Prohibido, repleta de restos de comida en descomposición. Demasiado débil todavía como para cazar algún conejo o ardilla incautos, había estado mendigando en su forma canina por los alrededores de Hogsmade, colándose en las despensas, husmeando en los contenedores de basura de los diferentes establecimientos en busca de algo tangible que llevarse a la boca, pero no había tenido mucho éxito... Sin duda, la opción de volver a entrar en Hogwarts le parecía cada vez menos cuestionable, a pesar de que la noche de Halloween, la noche de su primer intento, no había sido realmente exitosa.

Después de muchos días barajando la posibilidad, se había decidido a entrar en el colegio a través del pasadizo de la Bruja Tuerta después de allanar Honeydukes mientras los empleados hacían el conteo de la caja. Se había deslizado en silencio por los pasillos, ocultándose entre las sombras mientras alumnos y profesores festejaban en el Gran Comedor la víspera de todos los santos. Le pareció distinguir cientos de calabazas enormes adornadas con rostros terroríficos con velas en sus interiores, levitando por encima de las diferentes mesas. Había también decenas de murciélagos vivos volando por encima de las cabezas de los alumnos, y serpentinas de color granate cayendo desde el techo como ríos de sangre y lava. La mayoría de los fantasmas del colegio saltaban de los muros y mesas para llevar a cabo su habitual vuelo en formación... reconoció a Nick Casi Decapitado, el viejo fantasma de Gryffindor, representando su propia y desastrosa decapitación como tantas veces había visto... ciertas cosas nunca cambiarían. Pero, por mucho que le apeteciera, no podía quedarse a verla finalizar, su misión era otra bien distinta: había entrado en la escuela con el objetivo de colarse en las cocinas en busca de provisiones con las que aguantar un par de semanas, y, si tenía suerte, entrar en la sala común que había en el mismo corredor para perpetrar un asesinato.

Con los bolsillos a rebosar de toda la comida que su deshilachada vestimenta de preso le permitía transportar, se dirigió a la esquina derecha del pasillo que conducía a la cocina. Había cientos de barrilles amontonados en formas piramidales a lo largo del bodegón, y, si su memoria no le fallaba, en ese lugar se hallaba la Sala Común de Hufflepuff. Sólo había entrado en una ocasión en dicha estancia, durante su sexto año, mucho tiempo atrás, bajo la manta de invisibilidad de James y con el claro objetivo de memorizarla para poder trazarla en el mapa del merodeador. Golpeó el segundo barril de la parte inferior hasta en cinco ocasiones al ritmo de "Helga Hufflepuff" y durante unos segundos rezó para que no hubieran cambiado la forma de entrar a la Sala Común, de lo contrario se empaparía en vinagre de arce y se le prohibiría el acceso. Todo un bloque de barriles se desvaneció con un ruido chirriante, y en su lugar se hizo presente una puerta de madera, perfecta y circular, con un ojo de buey y una manilla de bronce justo en el medio. La estancia tras la puerta era también redonda, de colores cálidos y estanterías acomodadas en casi todas las paredes. Las ventanas, también circulares, permitían ver la ondeante hierba a ras del suelo mecida por el viento nocturno. Estaba repleta de grandes sofás y sillones, amarillos y negros representando sus colores, así como decenas de plantas colgando del techo bajo, bailando independientes en macetas de cobre, y que acariciaban delicadamente el cabello de todo el que pasara bajo ellas. Sobre la repisa de la chimenea, decorada con tejones danzarines de piedra caliza, seguía estando el retrato de Helga Hufflepuff, brindando por sus estudiantes con una reluciente copa dorada de dos asas.

Se dirigió a continuación al dormitorio de los varones, y examinó, sin éxito, las diferentes habitaciones que separaba los cursos. Ni con la ayuda de la luz artificial de las lámparas de bronce encontró lo que buscaba en las distintas camas. Estaba a punto de finalizar su empeño, cuando el fantasma de la casa Hufflepuff se materializó de repente a su derecha, mirándolo perplejo con su cara bonachona. No tuvo más remedio que huir precipitadamente del lugar mientras el Fraile Gordo salía corriendo en dirección al Gran Comedor, dando la voz de alarma a todos los integrantes del colegio, haciendo rebotar su nombre en todas las paredes del castillo.

De nuevo en la austeridad de su cueva, con el recuerdo de aquella desastrosa noche ya alejado de su mente, se dispuso a intentar descansar, más le fue imposible volver a dormir con el ruido de los truenos retumbando por encima de su cabeza, con los embates del viento golpeando las paredes irregulares de roca, con el crujir de los árboles del bosque prohibido y el lamento de algunas de las criaturas que vagaban por sus lindes. El bosque no merecía la terrible fama de la que gozaba. Cierto que era extraordinariamente espeso y difícil de atravesar, pero ésta era la dificultad típica de una espesura, en la que cada rendija, cada mancha de cielo que dejaban pasar los troncos y las ramas llenas de hojas de los árboles la utilizaban de inmediato para crecer decenas de tiernas abedules, alisos y ojaranzos, zarzamoras, enebros y helechos que cubrían con la de sus vástagos el crujiente cenagal de las ramas carcomidas, secas, y de los podridos troncos de los árboles más viejos, de aquellos que habían perdido la lucha, de aquellos que habían consumido ya su tiempo.

Horas después, con su estómago todavía rugiendo como la bestia de su interior, con la lluvia azotando el cielo y las nubes cubriendo las primeras horas de sol, se dirigió cuidadosamente a las proximidades del campo de Quidditch... era día de partido, quizás su única oportunidad de ver al chico más de cerca. Mientras escalaba lentamente, con las pocas fuerzas que aún conservaba, el árbol más alto que encontró, divisó entre las hojas un afluente de uniformes negros; alumnos y algunos adultos invitados corriendo en dirección a las entradas del estadio, con la cabeza agachada contra el feroz viento que arrancaba los paraguas de las manos, dejando sus distintas pisadas marcadas en el barro reciente.

Subido ya a la copa, arañado por cientos de hojas y ramas, podía distinguir a la multitud oculta bajo un mar de bufandas, capas y paraguas maltrechos. Sus rostros apenas iluminados con cada rayo, sus cánticos silenciados por el retumbar de los truenos, y las gradas formando una marea negruzca portando pancartas con los colores de los equipos contendientes. Nada había cambiado desde que él era alumno del colegio; la mayoría de los aficionados portaban mensajes de ánimo en amarillo y negro, mientras que los colores de Slytherin eran una minoría apartada en uno de los rincones del estadio.

Poco a poco, catorce figuras se elevaron lentamente sobre su horizonte, ocupando sus puestos, esperando que la señora Hooch, diera comienzo al partido con el sonido de su silbato... y entonces lo vio. Volaba por encima del resto, vestido de verde con retazos plateados, y montado encima de la misma escoba de color negro que el resto de sus compañeros de equipo. Sostenía su montura con firmeza frente a las oscilaciones que el viento producía en ella cuando dio comienzo el encuentro con un pitido que sonó muy distante y estridente. No sabría decir cuánto tiempo pasó sin ni siquiera saber la puntuación concreta del partido, viéndole volar, completamente hipnotizado hasta con el menor de sus gestos. Lo hacía incluso mejor que su padre tiempo atrás, con la gracilidad de una hoja marchita cayendo un día cualquiera de otoño, esquivando compañeros, bludgers y rivales con relativa facilidad, como si el agua no afectara al peso de su uniforme o no estuviera al borde la hipotermia en medio de la densa lluvia.

De repente, el cielo se oscureció todavía más, acompañado de más rayos y truenos, si aquello era posible, como si se hubiera precipitado de nuevo la noche. El chico cortó el viento justo en ese momento, apoyando su pecho en el palo de su escoba, enfilando la estela del buscador de Hufflepuff, dispuesto a pelear por la snitch dorada y ganar un partido marcado por el vendaval. Sirius apretó los puños, deseando por primera vez una victoria para Slytherin... y entonces la atención dejó de recaer sobre los jugadores de Quidditch. Un inquietante silencio en mitad de la tormenta, una ola de frio horrible y conocido penetró en su cuerpo, y unos treinta dementores con el rostro tapado aparecieron de la nada, invadiendo el campo, ocultándose entre las nubes con el objetivo de derribar a varios jugadores.

No quería hacerlo, pero debía salir corriendo de allí y esconderse de nuevo en su guarida por el bien de la misión. No podía permitirse que los dementores lo encontraran, y menos sin llevar a cabo el objetivo por el que se había escapado de Azkaban. Descendió rápidamente, dejándose caer entre las ramas, arañándose extremidades y cara... ya tendría tiempo de curar sus heridas. De nuevo en la firmeza del suelo, mentalizó cuerpo y mente con los ojos cerrados, abandonado poco a poco su figura de hombre adulto. El pelo empezó a brotarle por todo el rostro a partir de las cejas, y tanto brazos como piernas se retorcieron hasta convertirse en garras apoyadas en el suelo. Olfateó rápidamente el aire, comprobando la seguridad en los alrededores, y echó un último vistazo al estadio de Quidditch antes de perpetrar su huida. Observó como una escoba negra se dirigía sin montura empujada por el viento contra el sauce boxeador, y el chico al que tanto había estado vigilando caía vertiginosamente desde el cielo, un punto de luz plateado en medio de la tormenta, rodeado por capuchas negras en mitad de la niebla.

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