Algunos fragmentos, párrafos o conversaciones de los capítulos están copiados directamente o modificados sutilmente de los distintos libros que forman la saga "Harry Potter" para poder abordar mejor la historia. No obstante, también hay ligeros cambios en el cannon (año arriba o abajo en las edades de los personajes), así como easter eggs de otras sagas literarias para los más meticulosos.

Aclaración: La letra en negrita se utiliza para textos escritos (cartas, notas, periódicos).

9 –AMISTADES PELIGROSAS

Cuando recobró la consciencia descubrió que había vuelto a despertar en una de las camas de la enfermería del colegio. Empezaba a pensar que dormía allí más que en la Sala Común de Slytherin, situada en las mazmorras del castillo, y no levantaba su ánimo que la señora Pomfrey insistiera en que se quedara todo el fin de semana en observación … blando y frágil le había llamado en una ocasión. Lo último que recordaba era volar en mitad de la tormenta, vivo de luz e inspiración … el aullido del viento en sus oídos era su voz, y los truenos los latidos de su corazón. Se encontraba persiguiendo una flecha amarilla y negra bajo la lluvia, rauda y veloz, y más que dispuesta a impartirle su primera derrota oficial desde que formara parte del equipo en el puesto de buscador hacía ya más de dos cursos completos. Pero no recordaba haber escuchado el silbato final de la señora Hooch. A la profesora de vuelo no le dio tiempo de interrumpir el encuentro cuando los dementores atacaron … en su cabeza sólo caía como un cuerpo inerte, repitiéndose el sonido de una voz estridente estallando en carcajadas en mitad de las nubes, y el grito lejano de una mujer mientras todo se tornaba blanco a su alrededor.

Sábado y domingo los pasó mirando el cielo a través del cristal de su ventana, intentando poner buena cara a las palabras de ánimo que le dedicaron todas sus visitas. Hagrid parecía haberlo perdonado por su participación en el incidente de Buckbeak, y le envío una maceta de flores verdes llenas de tijeretas plateadas … una extraña elección de colores, probablemente había utilizado de nuevo el enorme paraguas rosa que tanto intentaba esconder. Recibió de Ginny Weasley una tarjeta de pronta recuperación que cantaba con la voz más aguda que Harry había escuchado jamás. Hermione se acercó, bien entrada la tarde, para comparar sus redacciones semanales, todo bajo la atenta mirada asesina de Daphne, que pasó los dos días al pie de su cama, y que no se marchaba hasta la aparición de las primeras estrellas en el firmamento, cuando la señora Pomfrey la echaba, literalmente, a patadas. Draco, que poco a poco iba desmarcándose de las presiones de su padre para que echaran a Hagrid de su puesto de profesor y ejecutaran al hipogrifo, también apareció: Los tres se rieron a costa de su nueva habilidad, inaudita hasta entonces, de estrellarse contra el suelo, y planearon mil y una tretas diferentes para que Slytherin recortará la diferencia de puntos que ahora le sacaban el resto de casas.

No obstante, pocas fueron las palabras que lograron aliviar a Harry, que se carcomía por dentro por todo lo relacionado con los guardianes de Azkaban. Se sentía frustrado y decepcionado consigo mismo, avergonzado por el sentimiento de humillación que bailaba un vals infinito por los salones de su mente. Todo el mundo sostenía que los dementores eran unas criaturas espantosas, de las peores que existían en el mundo mágico, pero ningún otro alumno se desmayaba en su presencia … nadie más tenía que soportar en su cabeza las últimas palabras de sus padres la noche que los asesinaron. Porque Harry ya sabía de donde provenía el eco de aquellos gritos: En la enfermería, incapaz de conciliar el sueño, había identificado la voz de sus padres entre los pliegues de sus sábanas, veía el rayo verde que los silenció en la luz de la luna que se filtraba por la ventana … escuchaba la risa de Lord Voldemort ante las acciones de sus padres en su último intento de mantenerlo con vida en el silencio de la enfermería. Pero dormir no era mejor … Morfeo le sumergía en sueños plagados de manos corruptas y viscosas, acompañadas por gritos de terror hasta despertarse sobresaltado, sudoroso, para volver a escuchar los lamentos de sus antiguos familiares más cercanos.

No, no podía seguir así, sintiéndose indefenso ante aquellas criaturas, lamentándose posteriormente con los demás por no poder hacerles frente … temblando de miedo, como Longbottom cada vez que tenía que entrar en el aula de Pociones, únicamente con el recuerdo del lento vaivén de sus túnicas negras levitando por encima del suelo. Él, uno de los alumnos más brillantes del colegio, acorralado por las mascotas del Ministerio como si de un simple preso más se tratase. Le había pedido a Hermione material de la biblioteca para estudiarlos más detalladamente, pero todas las referencias eran vagas e imprecisas … como si escribir sobre ellos costase un trozo de alma. Por todo ello, aprovechó el alta en la enfermería y que la mayoría del curso se dirigía a su primera visita a Hogsmade, para dirigirse al aula de Defensa Contra las Artes Oscuras, en busca de ayuda del único hombre que, hasta el momento, sabía con certeza que podía combatirlos.

–¡POTTER! –escuchó como le llamaba una jovial voz mientras subía por las escaleras hacia su destino, situado en el tercero piso.

Era Cedric Diggory, buscador de Hufflepuff, imponente con su enorme estatura, un cuerpo bien construido y atlético … quizás demasiado musculado para el puesto que desempeñaba en su equipo de Quidditch. Llegó hasta él apretando el paso, al mismo tiempo que varías alumnas al pie de la escalera se giraban a su estela aguantando la respiración. Muchas chicas del colegio parecían suspirar por sus rasgos cincelados, su pelo oscuro, sus brillantes ojos grises y su actitud callada.

–Diggory –le saludó Harry cuando llegó a su posición en la escalera–. ¿No has querido ir a Hogsmade?

–No, el caos que provocan los de tercero, emocionados por su primera visita, hace el pueblo intransitable –contestó su compañero de Hufflepuff–. Además, la señora Pomfrey me ha comentado que saldrías hoy del hospital. ¿Cómo te encuentras? –preguntó siguiendo sus pasos.

Aquellas eran las cualidades que más sorprendía a Harry respecto al alumno de quinto: su sentido inquebrantable del honor y del deber, así como su verdadera modestia, que mantenía con todo el mundo a pesar de ser uno de los alumnos más prometedores de la escuela. A Cedric Diggory le esperaban grandes gestas en el futuro si continuaba siendo como era. Por no mencionar que había solicitado la repetición del encuentro en cuanto le vio caer por el ataque de los dementores, a pesar de haber ganado limpiamente la posición con una finta y una vaselina instantes antes de que todo acabase para él. Cuando se produjo la invasión del estadio, Diggory estaba a escasos metros y segundos de atrapar la pequeña snitch dorada y ganar el partido para su casa.

–Mucho mejor –contestó Harry cortésmente mientras le dirigía lentamente hasta el tercer piso–. Y gracias, por cierto. Me comentaron que solicitaste a la profesora Hooch la repetición del partido.

–Si bueno, sinceramente, tampoco es que me hiciera mucho caso –respondió dubitativo–. Lamento mucho lo de tu escoba. ¿Será posible arreglarla?

–No –replicó Harry–. El Sauce Boxeador la hizo trizas, y quemaron las pocas astillas que sobrevivieron. Aunque tampoco es que fuera mía en propiedad. Pertenecía al equipo.

–¿Te va a suponer eso algún problema? –le preguntó inquieto.

–No, pero sólo por la labia de Dumbledore –bromeó Harry, aunque en parte era verdad–. El padre de Draco se ruborizaba de ira, y Snape solicitó formalmente que repusiera la Nimbus 2001 con los galeones de mi cámara. Pero el director aclaró que la escoba era una donación al equipo de quidditch, por lo que existía la posibilidad implícita de que se deteriorase o destruyese con el paso del tiempo o por su uso. Así que estoy exento de cualquier responsabilidad –finalizó con una sonrisa.

–Ya conoces a Snape, sólo es feliz amargándole la vida a los demás –comentó el buscador de Hufflepuff.

–Cierto –replicó inmediatamente–. La suerte es que no haya solicitado mi expulsión por daños considerables a un árbol muy antiguo y valioso para la escuela.

–Tengo el último número de "El Mundo de la Escoba" –le ofreció el joven de quinto con amabilidad después de reírse con su ocurrencia–. Por si estás interesado en comprarte otra.

–No, gracias –respondió Harry con gentileza–. Todavía cuento con la Nimbus 2000 que compré en primero, y con ella sigo invicto...

–Sólo hasta el año que viene –le interrumpió Diggory bromeando–. Bueno, será mejor que me vaya –añadió cuando llegaban al aula de Defensa Contra las Artes Oscuras–. Me alegro de que estés bien.

Diggory se marchó por el mismo pasillo que acaban de transitar juntos, saludando amablemente a todas las personas que se encontró a su paso, mientras que Harry se adentró en el aula. Recorrió en silencio el estrecho espacio que había entre dos filas de pupitres, bordeó el escritorio del profesor y subió por la escalera de caracol que conducía hasta la puerta, abierta, del despacho y dormitorio de su nuevo profesor. Harry sólo había estado allí en una ocasión, el año pasado, cuando sacaron a Lockhart a patadas de la habitación y le condujeron hasta la Cámara de los Secretos... pero la decoración actual en nada se parecía a la de su antiguo docente: La estancia contaba apenas con una cama, dos armarios y un pequeño depósito de agua en el que nadaba un grindylow de color azul verdoso; tenía uno de los afilados cuernos roto, y hacía muecas contra el cristal mientras doblaba sus largos y delgados dedos. En el centro de la habitación estaba el profesor Lupin, corrigiendo redacciones detrás de un escritorio más pequeño, con su viejo y estropeado maletín encima de la mesa junto a una enorme copa que desprendía vapor azulado.

–¿Profesor Lupin? –se hizo notar Harry a la par que golpeaba con delicadeza la puerta de la habitación.

El susodicho separó la cabeza de sus tareas, enfocándose en la entrada de su despacho, claramente sorprendido, con el amago de una sonrisa en la cara y aquella mirada tan peculiar que a Harry tanto le inquietaba. Había algo extraño en su nuevo profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras, así como en la forma en la que lo observaba, pero todavía no había descubierto la causa.

–¡Oh! ¡Harry! Adelante, pasa, estás en tu casa –contestó con cortesía. Obviamente no esperaba visita durante la tarde de un domingo cualquiera –¿Puedo ofrecerte algo? Lamentablemente me he servido la última taza de té –añadió señalando la copa medio llena de su escritorio–. Pero puedo prepararte otro en un momento.

Era imposible saber con certeza qué líquido desprendía aquel oscilante humo azul, pero no era té ni ninguno de sus derivados, de eso estaba seguro. Podía notar el desagrado en la cara de Lupin sólo con pensar en su contenido... pero fuera lo que fuese, parecía lo suficientemente importante, o peligroso, como para verse obligado a mentir por ello.

–No, gracias –respondió Harry con frialdad a su mentira.

–Me han comentado lo del partido –empezó de nuevo su maestro–. ¿Estás bien?

Utilizó un tono más conciliador mientras guardaba el material evaluable en uno de los cajones de su mesa, centrando de nuevo toda su atención en él. Extrañamente, era de los pocos adultos que no se quedaban embobados mirando su cicatriz... el profesor Lupin siempre le miraba a los ojos.

–¿Ha escuchado también sobre los dementores? –le cuestionó Harry, sin responder a su pregunta.

–Sí –contestó rápidamente, no parecía un tema de conversación de su agrado–. Creo que nadie ha visto nunca tan enfadado al profesor Dumbledore. Los dementores están cada vez más rabiosos desde que el director les niega el acceso a los terrenos del colegio. Fue la razón por la que te caíste ¿no? –preguntó con sutileza.

–Sí –respondió con convencimiento, pero era otra la cuestión que rondaba su cabeza, una duda que terminó por secuestrar su voz y escapar de sus labios–. Pero no entiendo el por qué... ¿Por qué soy el único al que le afectan de esta manera? Yo no soy ningún cobarde –sentenció finalmente.

Otra diminuta sonrisa empezó a perfilarse en el rostro de Lupin, volviéndose con el paso de los segundos en una risilla descarada e imposible de contener por mucho que se esforzase. O bien el contenido de aquella copa le hacía extremadamente feliz, o por la mente de su profesor había circulado alguna ocurrencia que no parecía querer compartir. A Harry le cabreaba la incertidumbre, pero no se atrevía a indagar de nuevo en los pensamientos de su profesor... aunque tampoco es que dominara la técnica para hacerlo. La única vez que, involuntariamente, se adentró en la mente de su maestro, se sintió perseguido, como una presa huyendo bajo la luz de la luna de un depredador en mitad de un laberinto de imágenes y recuerdos que no comprendía.

–¿Por qué se ríe? –preguntó finalmente, desafiante.

–Nada, una tontería... me has recordado a una persona muy cercana –contestó después de unos instantes sonriendo en silencio–. No tiene nada que ver con la cobardía, eso ya me lo demostraste en nuestra primera clase –añadió antes de darle tiempo a preguntar de quien se había acordado.

–¿Por qué no me dejó enfrentarme al Boggart, entonces? –preguntó Harry con una frialdad cortante.

–No lo hice pensando que se materializaría en Voldemort, y no me apetecía tenerlo rondando por el aula durante la primera sesión, sinceramente –replicó intentando apaciguar el mal humor de su alumno.

Harry permaneció callado, completamente impresionado. No sólo era la respuesta que menos esperaba de su profesor, sino que además había pronunciado el nombre de Voldemort sin un atisbo de temor, ni siquiera un breve tartamudeo... y hasta ese momento sólo lo había escuchado así de dos pares de labios, probablemente los dos magos más poderosos que tenía el gusto de conocer: Albus Dumbledore y Alastor "Ojo Loco" Moody.

–En ese momento actué por instinto –declaró retomando la conversación–. Que el boggart se convirtiera en un dementor era algo que no tenía previsto ... sugiere que tu mayor temor es el propio miedo, Harry. Y eso es todo, menos un signo de cobardía, mucho menos de debilidad.

Harry, sin nada que aportar a su opinión, optó por seguir escuchando atentamente las explicaciones de su maestro, mientras un rayo de sol otoñal atravesaba la ventana, iluminando su joven rostro. Su profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras tenía más canas y arrugas desde que había comenzado el curso; algunos días su aspecto parecía estar más muerto que vivo... sin embargo, la primera impresión que había tenido de él iba mejorando poco a poco.

–Harry... los dementores te afectan más que a los demás porque en tu pasado hay cosas terribles que los demás no pueden llegar a imaginar. Están entre las criaturas más nauseabundas del mundo... infestan los lugares más oscuros y sucios, y disfrutan con la desesperación y destrucción ajenas.

Se detuvo un segundo para vaciar de un último trago el contenido de su copa. El olor que le llegó a Harry era tan desagradable, que por un momento pasó por su cabeza que se tratara de las aguas residuales del grindylow que los observaba. Curiosamente, el latón de la copa seguía echando humo a pesar de estar ya vacía.

–Si te acercas mucho a un dementor, éste te arrebatará hasta el último sentimiento positivo... hasta el más mínimo recuerdo dichoso –aclaró–. Se alimentará de ellos hasta el punto de convertir a su presa en una criatura semejante, en un alma en pena desalmada y maligna, condenada a revivir las peores experiencias de su vida. El peor de tus recuerdos, Harry, es tan horrible que derribaría hasta al mejor jugador del mundo de su escoba. No tienes nada de qué avergonzarte.

–Cuando hay alguno cerca de mi...–. observó detalladamente el escritorio del profesor, y con los músculos del cuello completamente tensos, decidió sincerarse con él– … escucho el momento en que Voldemort mató a mis padres.

Lupin hizo un movimiento brusco con el brazo, como si quisiera cogerle por el hombro y un muro invisible se lo impidiera. De la torpeza de su movimiento, y del silencio que le precedió, concluyó que era un tema más que delicado para su profesor. Tarde o temprano tendría que ganarse su confianza y sonsacarle respuestas a todas las preguntas que escondía su fachada.

–¿Por qué cree que acudieron al partido? –preguntó Harry, otorgándole a la mirada triste de su docente una escapatoria digna.

–Están hambrientos –explicó recobrando la compostura–. Dumbledore no los deja entrar en el colegio, de forma que su suministro de presas humanas se ha agotado. Supongo que no pudieron resistirse a la multitud del estadio … toda aquella emoción y el ambiente caldeado … un auténtico manjar para ellos.

–Azkaban debe de ser un lugar horrible –masculló Harry.

–La fortaleza está en una isla diminuta … apenas un peñasco perdido en mitad del mar del norte –respondió con voz melancólica–. Pero no hacen falta muros gruesos, rejas o montañas de agua para retener a los presos encerrados … todos y cada uno de ellos está atrapado en su propia cabeza, incapaz de albergar un pensamiento alegre, reviviendo una y otra vez los terribles crímenes que cometieron.

–Pero Sirius Black logró escapar –contestó Harry, despacio.

La mención de Black devolvió el tembleque al cuerpo del profesor Lupin, que terminó por tirar con torpeza el maletín de su mesa. Curiosamente se atrevía a pronunciar el nombre de Voldemort sin pestañear siquiera, pero el nombre de su más fiel seguidor parecía hacerle temblar hasta los dedos de los pies.

–Así es –replicó inmediatamente después de recoger sus pertenencias del suelo, intentando disimular los tics nerviosos de su rostro–. Black debe de haber descubierto la manera de hacerles frente … algo que yo no creía posible hasta ahora. En teoría los dementores quitan al mago todos sus poderes si conviven con ellos tiempo suficiente.

–Usted los ahuyentó en el tren –dijo de repente. Había llegado a un punto sin retorno, sólo debía seguir tirando de aquella idea–. Me salvó la vida.

–Hay algunas defensas que uno puede utilizar –masculló con modestia–. Pero en el tren había muy pocos dementores. Cuantos más hay, más difícil resulta defenderse.

–¿Qué defensas? –preguntó Harry nada más mencionarlo–. ¿Puede enseñármelas?

He aquí el motivo principal de su visita, había acudido a verle para aprender a defenderse de ellos, aprender a atacarlos si era necesario o si se presentaban de nuevo en uno de sus partidos de Quidditch. No podía depender siempre de que Albus Dumbledore se encontrara en las gradas … o de que algún adulto viajara de extranjis en el tren escarlata. Observó detalladamente a su profesor, notando en su rostro la duda peleando en su interior.

–No soy ningún experto en la lucha contra los dementores, Harry. Más bien lo contrario –se detuvo un instante, analizando la convicción de su alumno–. Está bien, de acuerdo. Intentaré ayudarte –cedió finalmente–. Pero me temo que no podrá ser hasta el próximo trimestre. Tengo mucho que hacer antes de las vacaciones.


Unas semanas después, para satisfacción del resto del curso, se había programado la última salida a Hogsmade antes de las vacaciones de Navidad. Resignado a ser el único de tercero que no iría al pueblo, se había despedido de Daphne y Draco en el patio interior del castillo, ataviados con capas y bufandas verdes para protegerse del frío, mientras Filch pasaba lista de los alumnos apuntados. Sin fecha todavía para su primera lección contra los dementores con el profesor Lupin, Harry se dirigía a la biblioteca para adelantar trabajos y redacciones en su cómodo silencio.

–¡Pss, Potter! –le llamaron dos voces al unísono, interrumpiendo su marcha.

Viró la cabeza en la dirección de la llamada, y de uno de los pilares de piedra de su derecha asomaron dos cabezas pelirrojas, una a cada lado del pilar. Eran los gemelos Weasley, de cuarto curso, si bien recordaba que tenían edad para cursar un año más. Estaban sonriendo, por lo que probablemente se traían algo entre manos.

–No queremos que te tomes esto como un secuestro –comenzó uno de ellos entre susurros mientras se acercaban. Le era imposible adivinar cuál de los dos. Sólo se le habían presentado en una ocasión tres años antes, e incluso entonces discutían entre parafernalias sobre quien de los dos era cada uno.

–… pero necesitamos que nos acompañes, inmediatamente … es cuestión de vida o muerte –finalizó el otro al tiempo que colocaban sus anchos brazos de golpeadores bajo sus axilas y lo levantaban en el aire.

Preocupado ante la idea de sufrir consecuencias si se resistía, intrigado en saber que pretendían, e interesado en saber porque no habían acudido a Hogsmade para restablecer su material ilegal de Zonko, se dejó llevar sin oponer resistencia, ligero como una pluma, hasta un aula vacía del tercer piso.

–Está bien, ¿qué es lo que queréis? –preguntó con curiosidad cuando sus pies tocaron de nuevo el suelo–. ¿Por qué no estáis de camino a Hogsmade con el resto de alumnos?

–Ahora después iremos –respondió uno de ellos con una sonrisa de confianza en el rostro–. Pero queríamos darte un poco de alegría antes de marcharnos … un regalo navideño por adelantado –añadió el otro–. A ver si así dejas de deambular por los pasillos como un alma en pena por no poder visitar el pueblo –continuó el segundo–. Quizás así nos perdones cuando recibas un suéter Weasley de parte de nuestra madre … nos ha preguntado tus medidas –finalizó el primero en alzar la voz.

Harry seguía sin comprender del todo de qué estaban hablando, cuando el gemelo situado a su izquierda sacó algo de debajo de su túnica de viaje y lo colocó en uno de los pupitres del aula con un gesto rimbombante. No era más que un gran pergamino, doblado cientos de veces y muy desgastado … no tenía nada escrito.

–¿Y bien? –preguntó, mirando con desprecio aquel trozo de papel, sospechando que se tratase de una de las típicas bromas por las que eran conocidos los gemelos en todo el colegio–. ¿Qué cojones es esto?

–Esto, Potter, es el secreto de nuestro éxito –señaló el gemelo de su derecha mientras se acercaba para acariciar el pergamino, como si de una criatura viva se tratase.

–Nos cuesta horrores desprendernos de él –continuó su hermano con la explicación–. Pero hemos llegado a la conclusión de que, quizás, tú lo aproveches más que nosotros.

–De todas formas, nos lo sabemos de memoria –añadieron a la vez en una sincronía perfecta–. Tuyo es si lo quieres. Nosotros no podemos sacarle más partido …, bueno, podríamos, pero no nos hace falta –divagó el gemelo de su izquierda.

–¿Y para qué coño quiero yo un pergamino viejo y arrugado? –intervino de nuevo Harry desplazando ligeramente el "presente" que le otorgaban. Estaba exhausto de perder el tiempo y harto de la sincronía en el habla de sus "captores".

–¡Un pergamino viejo! –exclamó uno de ellos completamente indignando, cerrando los ojos y haciendo una mueca desagradable de auténtico dolor, como si Harry hubiera ofendido gravemente a sus antepasados o le hubiera apuñalado directamente en el corazón–. Explícaselo George.

–Juro solemnemente que mis intenciones no son buenas –dijo el susodicho mientras golpeaba con delicadeza con la punta de su varita el pergamino sobre la mesa.

Inmediatamente, a partir del foco de contacto, del papel empezaron a aparecer una serie de finas líneas de tinta, como filamentos de telaraña. Se unieron unas con otras, se cruzaron y abrieron en abanico en todas las direcciones y esquinas del pergamino. A continuación, surgieron palabras con caracteres grandes y sombreados en la parte superior.

Los señores Lunático, Colagusano, Canuto y Cornamenta, proveedores de artículos para magos traviesos, están orgullos de presentar

EL MAPA DEL MERODEADOR

Líneas de tinta se expandieron en todas las direcciones del pergamino, surcando ríos negros en cada doblez dorada, dibujando meticulosamente el castillo de Hogwarts, mostrando cada ínfimo detalle de los terrenos del colegio hasta perderse en el Bosque Prohibido. Sin embargo, lo más extraordinario eran las pequeñas motas de tinta que se movían por el mapa ... zapatos diminutos paseando por los pasillos, descansando en las aulas de estudio o sus salas comunes, etiquetas escritas en letras cursivas, identificando a cada uno de los habitantes de la escuela.

–Me tomáis el pelo –dijo Harry estupefacto, inclinándose sobre su propio nombre y el de los gemelos Weasley.

–Esta pequeña maravilla nos ha enseñado más que todos los profesores de colegio –respondió Fred con una sonrisa de complicidad–. Juntos –añadió su hermano.

Una mota de la esquina superior izquierda mostraba al director Dumbledore caminando en círculos por su estudio; la gata del conserje, la señora Norris estaba en ese momento patrullando por la tercera planta, no muy lejos de donde se encontraban; y Peeves parecía estar divirtiéndose dando tumbos por la Sala de los Trofeos. Finalmente, los ojos de Harry se percataron en que aquel viejo mapa mostraba una serie de conductos ocultos, pasadizos en los que él nunca había entrado y que salían del castillo. Conducían directamente al poblado de Hogsmade.

–Hay siete formas de salir del colegio, Potter –dijo George al comprobar los dedos de Harry surcando las líneas de tinta–. Ahora bien, estamos seguros que Filch conoce estos cuatro –señaló en intervalos de un segundo–. Sin embargo, estamos convencidos de que nadie más conoce estos otros –continuó su otro hermano tomando la palabra–. Ahora bien, olvídate del que está detrás del espejo deformante del primer piso. Daba a unas alcantarillas que ahora están bloqueadas. Creemos que estaban cerca de …

–De la Cámara de los Secretos –le interrumpió Harry, comprendiendo el dolor que ralentizaba la explicación de los gemelos–. Hubo muchos derrumbamientos cuando el Ministerio vino a clausurar la Cámara y llevarse los restos del basilisco. Puede que alguno de ellos afectara a la estructura del pasadizo.

–Eso pensamos –comenzó de nuevo Fred–. En cuanto a éste, no creemos que nadie lo haya utilizado nunca, porque el Sauce Boxeador está plantado justo encima de su entrada. Por lo que sólo queda …

–El de la Bruja Tuerta –contestaron los tres al unísono.

–¿Seguro que no es un Weasley perdido, hermano? –preguntó uno de los gemelos a su idéntico con una mirada traviesa en los ojos–. En fin, lleva al sótano de Honeydukes, lo hemos atravesado cientos de veces.

–Lunático, Colagusano, Canuto y Cornamenta –suspiró George, señalando la cabecera del mapa–. Les debemos tanto.

–Hombres nobles que trabajaron sin descanso para ayudar a una nueva generación de quebrantadores de la ley –dijo Fred solemnemente.

–No olvides borrarlo después de haberlo utilizado –comenzó George–. De lo contrario, cualquiera podría leerlo –terminó Fred en tono de advertencia–. Travesura realizada –dijeron al momento que volvían a golpearlo con sus varitas.

Igual de rápido que se habían dibujado, las aulas y pasillos del colegio fueron poco a poco desapareciendo, dejando pequeñas motas y nombres caminando en la nada hasta tornarse del color del pergamino, ilegibles … sencillamente mágico.

–Está bien joven Potter –dijo George imitando el tono petulante del hermano Weasley que había terminado sus estudios unos meses atrás con la placa de Premio Anual debajo del brazo–. Esperamos que hagas buen uso de él –añadió mientras retrocedían lentamente hasta la puerta del aula.

Nada de aquello tenía sentido para Harry. ¿Por qué diablos le entregaban aquel tesoro a él? Debían de tener conocimiento de los continuos enfrentamientos con su hermano pequeño … y, aunque consideraba graciosas algunas de sus bromas (especialmente cuando no se veían alumnos de Slytherin envueltos), no recordaba haber intercambiado más de una o dos docenas de palabras con ellos. No se consideraba, precisamente, un amigo de la familia Weasley … al margen de lo ocurrido al final del curso anterior.

–Chicos … –les llamó Harry de nuevo justo antes de que abandonaran el aula–. ¿Por qué me entregáis esto a mí? ¿Por qué no mantenerlo en vuestra familia?

Los dos pelirrojos se miraron durante unos segundos, y Fred viró sus pasos de nuevo hacía donde se encontraba Harry sujetando el mapa ya borrado. El golpeador apoyó suavemente su mano en el hombro de este.

–Hace apenas unos meses tú nos devolviste a una hermana, Harry –dijo con un tono de seriedad que jamás habría imaginado en uno de los mayores bromistas del colegio. Parecía incluso al borde del llanto–. Esto … esto no es nada comparado con aquello. Únicamente un pergamino viejo.

–Además –empezó George apoyado en el marco de la puerta–. Si mi madre descubre que lo hemos tenido durante años nos matará de la forma menos graciosa e imaginable posible –añadió en un forzado intento de restarle importancia al asunto.

Fred Weasley se reunió de nuevo en la puerta con su hermano, uno de ellos giró el picaporte de la misma y se marcharon tomando direcciones distintas. Uno de ellos, ya no recordaba cuál de los dos, desapareció por el pasillo de la derecha, mientras que el otro tomaba el camino de la izquierda. Más pronto que tarde terminarían por encontrarse en algún lugar del castillo … pues era imposible imaginarse a uno sin el otro.

Como si acabaran de hechizarle con la maldición "Imperio", Harry enrolló el mapa y lo guardó en la cintura de su pantalón, en la zona de la espalda, oculto por la túnica del colegio. Palpó a continuación uno de los compartimentos interiores de la vestimenta, comprobando que la capa de invisibilidad seguía en el bolsillo que tenía asignado para ella, y salió a toda prisa del aula, como un resorte liberado del momento de tensión. Se apresuró a la estatua de la Bruja Tuerta lo suficientemente rápido para evitar que la señora Norris llegará hasta su posición … ese gato siempre sabía demasiado. Susurró el hechizo que había leído en el mapa a la par que golpeaba con su varita la joroba de piedra, haciendo que esta se abriera lo suficiente como para permitir el paso de una persona delgada. Cruzó el hueco abierto en la estatua y terminó deslizándose por un largo tobogán de piedra hasta aterrizar sobre tierra húmeda y fría … por suerte la inclinación le permitiría subir por el tobogán cuando quisiera regresar. Se encontraba ahora en un pasadizo muy estrecho y cubierto de barro que se doblaba y retorcía, como si de una madriguera de muaddibs se tratase. Harry avanzó por él, iluminado únicamente por la luz de su varita, sintiéndose al mismo tiempo temeroso y emocionado, ansioso por encontrarse con Daphne y Draco, dispuesto a contarles todo sobre aquel mapa mágico.

Después de un largo recorrido, cuando ya tenía la cara caliente y los pies fríos, el camino comenzó a ascender hasta llegar al pie de una escalara que se perdía en la oscuridad de las alturas. Procurando no hacer ruido, comenzó a subir lentamente los escalones de piedra, alcanzando un pequeño muro que debía dar al sótano de la tienda de dulces. Los ladrillos se disimulaban tan bien en la pared que era imposible que nadie, que no supiera ya de su existencia, se diera cuenta de que allí se ocultaba una puerta secreta.

Oculto en la vieja capa de invisibilidad de su padre, la única herencia que tenía de él, Harry ascendió sigilosamente por la escalera de madera, escuchando de fondo decenas de voces distintas, percibiendo el tañido de una campana y el chirriar de una puerta vieja cada vez que entraba o salía algún cliente del establecimiento. Aprovechó el momento en que uno de los empleados bajaba al almacén para reponer productos para colarse por la puerta y esquivar con sus reflejos de buscador a los alumnos de Hogwarts que abarrotaban la tienda. Había cientos de estantes diferentes, repletos de los dulces más apetitosos de su imaginación: cremosos trozos de turrón volcánico, alas de murciélago congelado con coco espolvoreado, gruesos caramelos de café con leche de erumpent, un barril enorme a rebosar de alubias de sabores y otro de meigas fritas, la rara seda dental con sabor a eucalipto que Hermione había enviado a sus padres dentistas, diablillos negros de pimienta … pero ni rastro alguno de sus amigos.

Harry se apretujó entre sus compañeros y abandonó el establecimiento, sintiendo de repente el frío navideño que golpeaba con fiereza el pueblo. Hogsmade era como una postal de Navidad: la nieve, que cubría todas las aceras y techos, crujía bajo sus pies con cada paso; las puertas de cada edificio estaban decoradas con adornos navideños y filas de velas embrujadas levitando alrededor de los árboles. Divisó a lo lejos la Oficina de Correos, o al menos a los cientos de lechuzas que volaban en círculos a su alrededor, justo en frente la tienda de artículos de broma de Zonko... y más alejada, en la cima de una colina, observando el pueblo con superioridad manifiesta, estaba la Casa de los Gritos. No obstante, era en las Tres Escobas donde Harry tenía más opciones de encontrar a sus amigos, probablemente degustando una jarra de cerveza de mantequilla alrededor del calor de una chimenea.

El ambiente del bar estaba caldeado, repleto de gente, restos y sudor de borrachos, pero entre todo el gentío logró divisar las cabelleras rubias de sus amigos. Se encontraban sentados en la parte trasera del local, entre la ventana que daba a la calle principal y un árbol de navidad, pero no estaban solos. Harry podía aguantar un rato a Zabini intentando ligar con Daphne, pero también se les había unido la insoportable de Parkinson, persiguiendo como de costumbre a Draco hasta los confines del mundo. Las ganas de sentarse con ellos y explicar su presencia se esfumaron rápidamente, igual que el humo de puro y cigarro de liar que desaparecía por los extractores del bar. Todavía a escasos metros de la entrada, una fría corriente de aire atravesó su capa de invisibilidad. Una pequeña figura había abierto de nuevo la puerta del establecimiento... el profesor Fkitwick avanzaba lentamente hasta su posición, acompañado por la profesora McGonagall y Hagrid, que depositaba los abrigos de piel de topo de todos en el perchero del local.

–Rosmerta querida –empezó la subdirectora–. ¿Nos pones el Ron de Grosella de 1887 en el reservado del fondo? Además, eres libre de sentarte y compartirlo con nosotros si te apetece.

Harry observó como la mujer de detrás de la barra, rodeada de pendencieros babeando por ella, sacaba una extravagante botella de un mueble cerrado con llave, y acompañaba a los profesores a un compartimento más alejado de los clientes habituales. Se trataba de una mesa mejor para determinadas personas que quisieran estar apartadas del resto en un ambiente donde poder hablar sin tener que elevar la voz por encima de un tono normal. Sin saber por qué, o quizás para averiguar más sobre sus profesores, prefirió seguirles, quedándose lo suficientemente cerca como para poder escucharlos, en lugar de reencontrarse con sus amigos como había planeado anteriormente.

–¿Es cosa mía Rosmerta, o hay menos clientela que de costumbre por estas fechas? –preguntó el profesor de Encantamientos una vez sentados y servidos.

–Pfff, no me hagas hablar, Filius –farfulló la dueña del local–. Los dementores han registrado ya dos veces mi local en busca de Black. ¡DOS VECES! –aclaró claramente ofuscada–. Y no es que su presencia sea beneficiosa para mi negocio.

–Rosmerta querida, a nosotros nos gustan los dementores tan poco como a ti –replicó con incomodidad la profesora McGonagall –Pero el ministro considera que son precauciones necesarias ...

–El ministro, ¡MENUDO INÚTIL! –interrumpió Hagrid con su portentoso tono.

Alzó tanto la voz, que la mayoría de comensales callaron inmediatamente para posar sus miradas en ellos, mientras que Harry tuvo que taparse la boca para amortiguar una carcajada por la torpeza y ocurrencia de su amigo semigigante.

–Pero ... ¿por qué lo buscan aquí? –preguntó la señora Rosmerta–. Sinceramente, no es el primer lugar que yo visitaría después de doce años encerrado. En los burdeles deberían buscar.

–Dicen ...–comenzó el profesor Flitwick mirando alrededor, comprobando que ya nadie los observaba–. Dicen que los últimos días antes de fugarse solo repetía una palabra ... "Hogwarts".

–Y creemos que sólo hay un motivo para tal obsesión –añadió Hagrid con cierto tono asustadizo secuestrando su voz.

–¿Cuál? –preguntó de nuevo la dueña del bar ante el silencio sepulcral de sus compañeros de mesa después de las palabras del guardabosques y profesor.

–Harry Potter –susurró por fin la profesora de Transformaciones en un tono casi inaudible. De no ser porque se había inclinado más hacia ellos, no habría escuchado su propio nombre de los labios de la profesora McGonagall.

–Verás –comenzó de nuevo el semiduende, aprovechando que el resto de comensales bebían tímidamente de sus copas repletas. Nadie quería continuar con la explicación–. Cuando los Potter descubrieron que llevaban el sello de la muerte decidieron esconderse ... y el único que conocía su escondite, era Sirius Black –añadió con gran pesar en sus palabras.

–No sólo condujo a "Quien Tú Sabes" a la casa de los Potter aquella noche –continuó con la explicación la subdirectora del colegio–. Sino que mató a uno de sus mejores amigos ... Peter Pettigrew.

–¿Peter Pettigrew? –preguntó confundida la señora Rosmerta.

–Un muchacho apocado, siempre pegado a Sirius Black –replicó ella–. Un chico gordito que iba con ellos a todas partes. La de veces que los pillé haciendo travesuras ... ¿Quién iba a decir ...?

–… Pettigrew intentó advertir al James y a Lily –esta vez fue Hagrid quien tomó la palabra. La jefa de la casa Gryffindor parecía estar bastante afectada, casi al borde del llanto–. Casi lo consigue. ¡De no haberse encontrado con semejante asesino! Incauto de mí que no sabía lo que acababa de hacer cuando me lo encontré entre los escombros ¡ME PUSE A CONSOLAR A AQUEL VULGAR TRAIDOR!

Todos los ojos del bar volvieron a reunirse en torno a su figura, sin embargo, en esta ocasión la risa floja no atacó a Harry, al contrario, la rabia empezaba a hacer presencia en sus apretados puños y en la cicatriz de su frente.

–Black era malvado –prosiguió con el relato el jefe de Ravenclaw–. No solo mató a Pettigrew, sino que lo despedazó. ¡Un dedo! Fue lo único que encontraron del pobre muchacho después de tantos años de amistad.

–Cuando un mago sucumbe al lado tenebroso, poco queda de la persona que fue antaño. No hay nada ni nadie que le importe más que su amo –completó Hagrid con un tono más amortiguado y suave que antes.

–Sirius Black tal vez no mató a los Potter –intervino de nuevo la profesora McGonagall ya más calmada–. … Pero por su culpa están muertos.

–Y ahora ... ahora pretende terminar lo que su amo empezó –sentenció el profesor de Encantamientos.

–No puedo creerlo –contesto la señora Rosmerta perpleja.

–Y eso no es lo peor, Rosmerta –dijo Hagrid con aspereza. La bebida empezaba a hacer estragos en él, era el único en haber vaciado el contenido de su vaso–. La gente desconoce lo peor.

–¿Qué podría ser peor? –susurró la dueña del local con la voz temblando en curiosidad.

–James Potter confiaba en Black más que en ningún otro. Más que en Dumbledore incluso, y nada cambió cuando dejaron el colegio –intervino la profesora McGonagall–. Fue su padrino de boda, y del chico cuando éste nació.

El mundo se detuvo en ese momento para Harry, sentía que sus rodillas no podrían aguantar el peso de su cuerpo. Las manos le dolían tanto que tuvo que soltar el apretón, y en su estómago empezaron a formarse burbujas de vómito. El frio que sentía cuando los dementores acechaban hambrientos golpeó con fuerza en su pecho, y el alma se le cayó lentamente a los pies.

–Entonces ... Black –continuó la dueña del establecimiento, más ninguna otra palabra salió de su boca, ninguna era lo suficientemente adecuada para expresar la crueldad que comportaba.

–Así es … –fue Flitwick quien comprendió su silencio–, Black se ha escapado de Azkaban para matar a su propio ahijado. Esperando que, con su muerte ...–aguantó la respiración durante unos segundos para asimilar internamente lo que faltaba por decir–, su amo pueda recobrar todo su poder.

No aguantó mucho más tiempo aquella cháchara de la camarera y el equipo docente, y tampoco es que recordara que le había conducido a las Tres Escobas en primer lugar ... en su mente solo había espacio para un pensamiento. Sólo quería regresar al colegio, y durante su frenética caminata de vuelta a la tienda de dulces, sintió veneno recorrer sus marcadas venas ... un odio que nunca antes había sentido, y que, sin embargo, le resultaba terriblemente familiar en el fondo de su corazón. No recordaría cómo se las había apañado para regresar al sótano de Honeydukes, atravesar el pasadizo de la Bruja Tuerta y entrar en el castillo sin dar la voz de alarma. Lo único que sabía era que el viaje de vuelta parecía no haberle costado apenas tiempo ni esfuerzo ... quizás porque en su cabeza resonaban las frases de la conversación que acababa de escuchar en el bar bajo la capa de invisibilidad. Podía sentir a Black riéndose de él en la oscuridad de cada pasillo que recorría, haciendo volar a su amigo en mil pedazos diferentes, al tiempo que una risa más aguda y malévola asomaba desde sus pesadillas más profundas. La misma risa hostil que retumbaba en su cabeza cada vez que los dementores se acercaban y debía revivir el momento en el que sus padres luchaban inútilmente contra su destino. El mismo destino al que se enfrentaría Sirius Black en cuanto se cruzaran sus caminos.

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