Algunos fragmentos, párrafos o conversaciones de los capítulos están copiados directamente o modificados sutilmente de los distintos libros que forman la saga "Harry Potter" para poder abordar mejor la historia. No obstante, también hay ligeros cambios en el cannon (año arriba o abajo en las edades de los personajes), así como easter eggs de otras sagas literarias para los más meticulosos.

10 — EL PRISIONERO DE AZKABAN

Abrió los ojos y contempló el sol, un ducado de oro de precisos bordes, en lo alto de un profundo color azul que teñía el cielo, brillando despiadado sobre las copas de los árboles, más allá de la cortina turbia y madrugadora de niebla que había hecho presencia durante el amanecer. Era ahora un mediodía cálido y sin nubes, en el que el calor dibujaba ondulaciones en los salientes rocosos de las colinas que bordeaban el Lago Negro. El viento, cuando soplaba, arrastraba consigo los deliciosos olores de la tierra y la hierba de los jardines, el olor del mismo musgo húmedo y esponjoso en el que se había quedado dormida bajo la dura raíz de un árbol que le lastimaba la espalda.

Había despertado con el recuerdo, o más bien la pesadilla, de su pobre actuación contra el boggart en el examen de Defensa Contra las Artes Oscuras: La criatura se había convertido en el jefe de su Casa, el profesor Fltiwick, que, decepcionado, le notificaba que la habían suspendido en todas las asignaturas, que no podría volver al colegio al año siguiente y que debía entregar la varita al Ministerio de Magia. Se había quedado en blanco, sin más opción que abandonar el recorrido llorando. Ron y Neville se encontraban ahora a su derecha, ocultos bajo la sombra de un mismo árbol, justo donde los había dejado antes de sumergirse en su descanso, hablando sobre los partidos de Quidditch del curso y organizando planes para las futuras vacaciones.

Habían acudido a la orilla del lago en busca del inusitado silencio y tranquilidad que se habían apoderado del colegio durante las últimas semanas, y que ahora, con los exámenes ya finalizados, había desaparecido. Los pasillos del colegio volvían a supurar vida, con conversaciones a gritos, el retorno de las actividades lúdicas y gente corriendo de un lado para el otro antes de verse obligados a regresar a sus hogares para las vacaciones de verano. Había sido un curso complicado para Hermione, y, si bien estaba orgullosa por cómo se había desenvuelto en todas las materias que había abarcado ese año, tenía decidido no repetir tan agotadora experiencia. Había estado demasiado ocupada con las asignaturas de más, viéndose obligada a mentir y esconderles secretos a sus amigos más allegados... no estaba por la labor de sacar un 320 de eficiencia en "Estudios Muggles" si ello comportaba pasar menos tiempo con sus amistades. Aquella era una de las clases que había decidido abandonar en cuarto curso, junto con Adivinación y la profesora Trelawney, si bien esta por considerarla una auténtica pérdida de tiempo.

Todas las mentiras dichas durante el curso escolar seguían opacando sus pensamientos cuando la breve brisa que los acariciaba se convirtió en un ligero viento con el paso de las horas, arrastrando consigo el frío del norte europeo acompañado de nubes y malas noticias. La nota de Hagrid que trajo una de las lechuzas del colegio estaba arrugada y mojada. Las enormes lágrimas del profesor de Cuidado de Criaturas Mágicas se habían derramado sobre el pequeño trozo de pergamino, y la mano del Guardabosques había temblado tanto al escribir la carta, que apenas resultaban ya legibles las manchas descoloridas de tinta. Buckbeak había perdido la revisión de su caso, y ya no había nada que ellos pudieran hacer para remediarlo, salvo actuar como amigos y apoyar al Guardián de los Terrenos en aquellos momentos de necesidad, impedir que aguardara solo la llegada del verdugo con la puesta de sol.

Un par de horas más tarde, después de asearse en sus respectivas Salas Comunes, Hermione salió con Ron en dirección a la cabaña de Hagrid recordando las palabras amables de Neville, incapaz de asistir, a su profesor de Cuidado de Criaturas Mágicas. Había sido un día claro y luminoso, soleado y cálido, pero era cierto que empezaban a acumularse nubes oscuras en el cielo del oeste, y el viento soplaba cada vez más fuerte. Salieron por la puerta trasera del colegio, mayormente vacío, excepto por dos adultos esperando en uno de los bancos del patio, observando con detenimiento la estatua de cuatro águilas de piedra que ocupaba el centro del mismo. Uno de ellos era tan anciano que parecía estar a punto de descomponerse ante sus ojos, llevaba unas gigantescas gafas redondas que ocupaban la mayor parte de su cara, y restaban la atención de su prominente calvicie. El otro, por otra parte, era alto y fornido, con un ridículo bigote fino encima del labio que destacaba en su cuadriculada cara, y acariciaba con la yema del pulgar el filo de un hacha que colgaba de su cinto. Atravesaron el largo puente techado de madera y descendieron, lentamente por miedo a acelerar los acontecimientos con su llegada, por los peldaños de piedra y musgo que hacían las veces de escalera en la colina posterior de los terrenos. Dejaban sus huellas marcadas en el césped húmedo y brillante, mientras los últimos retazos del sol doraban las copas más altas de los árboles del bosque prohibido y las luciérnagas daban vida al aire del ocaso. Hermione escuchó una voz conocida llamándoles desde la lejanía, cuando se aventuraban a dejar atrás el círculo de monolitos de granito negro que había a mitad del descenso.

— ¡Pareja! —la voz de Harry detrás suyo les detuvo y coloreó sus mejillas de un tono ligero, como siempre que su amigo de Slytherin le soltaba alguno de esos comentarios que tanto le molestaban en sus charlas de biblioteca—. ¿Dónde os habéis dejado al torpe de Longbottom? —preguntó con sorna cuando llegó hasta ellos a trote.

— Está cumpliendo condena con Snape —contestó Hermione a su encuentro, reprochándole con una mirada de desaprobación el insulto hacia uno de sus mejores amigos.

Unos meses atrás, durante una clase de Defensa Contra las Artes Oscuras en la que el profesor Snape había sustituido al profesor Lupin, Hermione contestó correctamente a una serie de preguntas que realizó el profesor de Pociones... después de estar más de un minuto esperando un turno de palabra que el jefe de Slytherin nunca le concedió. El profesor Snape no sólo le restó puntos a su casa, sino que la llamó insufrible sabelotodo delante de todos sus compañeros de Gryffindor y Ravenclaw. Neville saltó en su defensa al instante, y se llevó por ello un castigo de meses que todavía tenía que cumplir.

— Mira que me cuesta soportar a ese inútil, pero un castigo con Snape los últimos días del curso no se lo deseo ni al peor de mis enemigos —respondió Harry.

— ¿Y tú por qué coño vienes? —intervino mordazmente Ron dando un paso al frente, con claro enojo por los insultos de su compañero.

— Iba a ver a Hagrid —contestó Harry, sacando del bolsillo del uniforme un pequeño trozo de pergamino. La misma nota, las mismas lágrimas que el guardabosques había derramado aquella mañana—. Si te molesta ya sabes dónde queda el castillo, Weasley —replicó con la misma mirada desafiante.

La inclinación de la colina permitía que sus alturas se igualasen por momentos. Si no fuera imposible, parecía que estuvieran a punto de romper su enfrentamiento con un beso en los labios.

— Teniendo en cuenta que todo esto ha pasado por culpa de tu amigo, y que tú no has hecho nada para intentar remediarlo, mientras nosotros nos tirábamos horas en la biblioteca buscando precedentes... ¡Sí! ¡Claro que me molesta! —contestó Ron con energía.

— ¡Cabréate conmigo si quieres, Weasley! Pero Draco no tiene nada que ver con todo esto —replicó Harry resueltamente—. Ya le pidió disculpas a Hagrid, y también ha intentado, por activa y por pasiva, evitar que su padre continuara con la ejecución.

— ¡Me descojono yo con el concepto que tiene Malfoy sobre lo que es una disculpa! —gritó Ron sobresaltado.

— ¡Vete a la mierda! —respondió su compañero de Slytherin.

— ¿Por qué le sigues defendiendo, Harry? —intervino finalmente Hermione, interponiéndose entre ambos, esperando así apaciguar un poco la tensión de testosterona que había entre los chicos—. Dice más de ti que de él que sigas siendo su amigo.

— ¡No fue culpa suya, Hermione! —contestó inmediatamente. Hermione había visto durante muchas horas aquellos ojos verdes en la biblioteca para saber que la vergüenza empezaba a asomarse en ellos—. Fue culpa mía —añadió con la voz entrecortada—. Yo le reté a que lo hiciera mejor con el mismo hipogrifo. No era más que un pique entre nosotros... no pretendíamos que pasase nada de esto.

Poco importaba ahora que Harry reconociera su error e intentara asumir las culpas, aquella información nueva sólo consiguió crispar más el ambiente entre los tres estudiantes. El aura de Ron crecía desmesuradamente detrás de ella, podía sentir la ira de su amigo acariciando su nuca, haciendo grandes esfuerzos por controlarse... ella en cambio, sólo tenía un sentimiento en la cabeza, una profunda y enorme decepción.

— ¡Sí es que estáis hechos de la misma escoria! —gritó Ron enfurecido, incapaz de seguir aguantando toda la rabia contenida en su cuerpo.

— ¿Por qué no te callas de una puta vez, Weasley? —replicó Harry con ferocidad—. ¿No tienes nada mejor que hacer? Seguro que en algún rincón del colegio hay un miembro de tu familia que necesita ser rescatado por algún desconocido.

— ¡Basta ya de una vez! —intervino Hermione antes de que aquel golpe bajo condujera a los puñetazos—. ¡Los dos! —añadió al ver de reojo a Ron preparando una contestación—. ¡Dejad de comportaros como críos estúpidos! No importa como hemos llegado hasta esta situación, ya no podemos cambiarla. Centralizaros en el presente y apoyad a vuestro amigo. ¿O es que ni en eso sois capaces de poneros de acuerdo? —preguntó histérica y enfadada por el comportamiento y rivalidad de ambos.

Ninguno de los chicos se atrevió a contestarle ni llevarle la contraria. Harry la miraba perplejo, y entendía el motivo: cada uno de ellos respetaba las amistades del otro, por lo que nunca habían llegado a discutir desde que eran amigos... solían ser Ron y Neville los que terminaban por sacarla de quicio. Ron, sin embargo, giró sobre sí mismo y se adelantó hacia la cabaña, dejándolos plantados a mitad del trayecto descendente... sabía que estaba en problemas, los silencios de su compañero de Hufflepuff dolían más que mil discusiones a gritos.

— ¿No habrá huido con Buckbeak? ¿verdad? —preguntó Hermione tras llegar a la puerta principal después de que Ron no obtuviese respuesta a ninguno de sus golpes.

— No lo creo, me ha parecido escuchar un ruido extraño —respondió Ron con sequedad mientras pegaba la oreja a la puerta de madera, todavía enfadado por el suceso anterior—. Puede que se trate de Fang.

— ¡Hagrid! —llamó Harry apartándolos y golpeando de nuevo la puerta con la rabia acumulada del incidente en la colina—. ¡Hagrid! ¡Abre la puerta o la tiramos abajo!

El crujir de los tablones de madera con los pasos del semigigante arrastrando los pies hacia la puerta se hizo latente, y solo se detuvieron cuando la pesada entrada se abrió con un estridente chirrido. Allí plantado, con su enorme estatura, se encontraba el Guardián de las Llaves y Terrenos de Hogwarts, su profesor de Cuidado de Criaturas Mágicas... su amigo, con los ojos rojos e hinchados de los que todavía brotaban lágrimas formando ríos de gotas cristalinas que desaparecían en su barba revuelta. Les había suplicado en su nota que no asistieran, pero igualmente se hizo amablemente a un lado para dejarlos pasar, cerrando el portón de madera tras ellos para dejarse caer sobre una de las sillas y derrumbarse sobre la única mesa de la estancia, sollozando de forma incontrolada para alguien de su tamaño.

Hagrid no parecía saber dónde se encontraba, ni tampoco que hacer o cómo comportarse con sus invitados, conductas que a Hermione le partieron el corazón. Aquello resultaba más trágico que cualquier lágrima que le quedara por derramar... un hombre de su calidez y tamaño, tan empequeñecido por las circunstancias. Hermione lo miraba conteniendo el aliento, sin saber qué decir, sin saber qué hacer al respecto, y tanto Ron como Harry parecían estar sufriendo el mismo colapso mental. Estaban los tres perplejos, ninguno se atrevía a hablar del asunto que los había hecho coincidir en la cabaña por primera vez desde los sucesos con Norberto en primero. ¿Qué podían decir o hacer para animarlo? No eran más que unos críos de trece años sin la experiencia suficiente como para tratar adecuadamente la pérdida y su consuelo. Por suerte, ese sentimiento de impotencia se vio interrumpido por Fang, el jabalinero de Hagrid pareció leer la incomodidad en sus rostros. El perro se levantó torpemente del desgastado sillón de su dueño, en el que perfectamente cabrían los tres huéspedes sentados a la vez, y se acercó hasta Hagrid para lamer las lágrimas de su pantalón, para apoyar su cabeza en las rodillas del guardabosques y llenar de saliva los desgastados vaqueros de su amo. Una pequeña muestra de amor y comprensión por parte del único ser incapaz de razonar de todos los que había en el interior de la cabaña.

— Gracias chico, tú sí que me conoces, realmente lo necesitaba —dijo acariciando a su perro, rascándole detrás de las orejas con una mano, y limpiando sus lágrimas con la manga de la otra—. Vaya con mis modales... Voy a preparar té —recobró la compostura, si bien su voz sonaba todavía lacrimógena.

— Hagrid se levantó haciendo crujir la silla, e hizo ademan de coger la tetera, pero sus manos temblaban más que durante aquella primera y fatídica lección del curso.

— Ya lo hago yo, Hagrid —Ron se adelantó para arrebatarle la tetera de las manos antes de que prendiese de nuevo fuego a la cabaña como en primero.

— Te lo agradezco, Ron —respondió Hagrid con el primer atisbo de sonrisa desde que habían entrado en su hogar—. Hay varias botellas de leche abiertas en la nevera.

Ron tomó uno de los cazos que colgaban del mueble de la cocina y vertió una de las botellas de leche en su interior, lo depositó en los fogones junto a la tetera, y colocó en la mesa redonda cuatro tazas desiguales que había cogido de la estantería.

— ¿Qué ha pasado con la Comisión de Criaturas Peligrosas, Hagrid? —fue Harry el primero en atreverse a romper el incómodo silencio.

— Los expertos de la Comisión empezaron a enumerar los motivos por los que los hipogrifos son criaturas peligrosas no aptas para utilizar en la enseñanza —contestó Hagrid dubitativo y con la voz ahogada—. Una panda de necios y cobardes que la han tomado con todas las criaturas interesantes.

— Los tres chicos intercambiaron miradas durante un instante. Probablemente ninguno de ellos coincidía en lo que Hagrid llamaba "animales interesantes" y otras personas catalogaban como "monstruos terroríficos". Aunque Buckbeak no parecía encajar en aquella definición, al contrario. El hipogrifo permitió a Harry subirse a su espalda, los había visto sobrevolar juntos el cielo más allá de las nubes, rodear las altas torres del castillo y dibujar su reflejo en el Lago Negro.

— Después fue mi turno —tomó de nuevo la palabra—. Expliqué porque Buckbeak era un buen hipogrifo, enseñé todos los documentos y antecedentes que recopilamos juntos, Hermione... pero nada les convención más que la intervención de Lucius Malfoy.

La rabia de su voz denotaba el paripé que había sido aquel falso juicio. Los adultos estaban sumergidos en un sistema corrupto, manejado por los más poderosos, por personas como el padre de Draco, capaz de tener metido en el bolsillo a todos los diablos que conformaban la Comisión, ya fuera mediante su oro de Gringotts o infundiendo terror.

— Se atrevió a decir que Buckbeak era una criatura peligrosa y letal capaz de matarte solo con la mirada —añadió imitando la falsa galantería de Lucius Malfoy—. Finalmente... emitieron su fallo. Lo sentenciaron a mano alzada y de forma consecutiva.

La tetera empezó a silbar en ese momento en el fuego. Ron la apartó de los fogones y vertió la leche caliente del cazo en una jarra vacía. Sirvió el té en las diferentes tazas que había colocado con anterioridad y dejó la jarra de leche y el recipiente de terrones de azúcar sobre la mesa, para que cada cual se sirviera al gusto.

— Muchas gracias, Ron —le agradeció de nuevo el guardabosques—. La verdad es que llevo días sin tomar nada medio decente —añadió mientras llenaba su taza con más leche y edulcorante que otra cosa.

— ¿Por qué? —cuestionó Hermione—. Te necesitamos sano y en forma para las clases del año que viene.

— Las circunstancias me han arrebatado el apetito estos días —susurró mientras soplaba el aire caliente que desprendía su taza—. Además, me gusta más el menú de "Las Tres Escobas", pero ahora tengo que pasar siempre junto a los dementores si pretendo comer allí. Es como estar de nuevo en Azkaban —aclaró con un estremecimiento repentino.

Se mantuvo unos segundos en silencio, sorbiendo a pequeños tragos su té. Hermione pudo apreciar cómo se iba formulando lentamente una pregunta en el rostro de Harry. Lo conocía demasiado bien después de tantas horas en la biblioteca, y además sabía de la novedosa curiosidad que albergaba la prisión de magos en la mente de su amigo, concretamente un recluso en particular y su misteriosa huida. Sólo esperaba que no se atreviera a formularla, no creía que hacerle recordar al amable amigo que compartía con ellos una bebida caliente aquella trágica tarde a finales de curso fuera un tema de conversación mejor que la ejecución de Buckbeak.

— ¿Tan horrible es Azkaban, Hagrid? —preguntó finalmente su amigo muy a su pesar.

— No os podéis hacer una idea —respondió su profesor en voz baja después de observarles durante unos segundos—. Pensé que me iba a volver loco entre sus barrotes y paredes arañadas. Rememoraba una y otra vez los peores recuerdos de mi vida: el día que me volvieron a echar de Hogwarts por un crimen que nunca cometí, la noche que enterré a mi padre, a Norberto llorando en una jaula la noche que me lo arrebataron..—. buscó en el fondo de su taza una excusa para no añadir más pesares a su mente.

Hagrid intentó servirse otra taza, pero sus manos volvían a temblar tanto reviviendo aquellas experiencias, que vertió toda la leche caliente encima de la mesa de nogal.

— Las noches... las noches no eran mejores —continuó mientras Hermione limpiaba con un movimiento de varita y el encantamiento "Fregotego" el estropicio que había causado—. Las pesadillas se amontonan en tu cabeza. Empiezas a olvidar poco a poco quién eres, el deseo de seguir viviendo te abandona, como el calor de una mujer en las heladas noches de invierno... solo anhelas perder la consciencia de ti mismo para no seguir sufriendo.

Hermione sintió sus ojos humedecerse de nuevo observando a Hagrid con la vista perdida, fija en su taza vacía, sumergido en sus peores pensamientos sin que nadie le arrojara un salvavidas.

— Había pensado... había pensado liberar a Buckbeak, para que se alejara volando, ¿sabéis? —añadió al comprobar la atención que desprendía su historia—. Pero... pero ¿cómo se le explica a un hipogrifo que debe huir lejos y esconderse? Pero no me atrevo, me da miedo transgredir la ley... no quiero volver allí —apenas uno susurro en sus labios. Los miró con el lamento serpenteando de nuevo por su rostro—. Antes muerto que volver a Azkaban.

El tañido de la campana de la torre del reloj del colegio interrumpió ferozmente su discurso. Hasta en ocho ocasiones trajo el viento el eco de sus latidos... la hora estaba próxima.

— ¿Dónde está Buckbeak, Hagrid? —preguntó finalmente Hermione, vacilante por el plan de huida de su profesor, levantándose para buscar una segunda botella de leche con la que calmar sus lágrimas.

— Lo... lo tengo atado en el exterior, detrás de la casa —respondió con tristeza—. Está en el huerto, junto a las calabazas. Pensé... pensé que debía ver los árboles y respirar aire fresco una última vez antes de... antes de...

— ¿No hay nada qué se pueda hacer, Hagrid? —cuestionó Harry, estoico y apoyado en la ventana de la choza y con su taza también vacía colgando de su mano—. Dumbledore...

— No puede hacer nada para impedir una sentencia de la Comisión —contestó el guardabosques, recorriendo con sus ojos la cabaña en busca de algún retazo de esperanza—. Pero estará presente, quiere apoyarme en un momento tan difícil. Un gran hombre, Dumbledore.

Con la segunda, pesada y abierta botella de leche ya en la mano, Hermione dejó escapar un leve sollozo, quería mostrarse fuerte, ser un hombro en el que Hagrid pudiera secar sus lágrimas, pero se sentía incapaz de aguantarlas sin derrumbarse. Con la cabeza agachada por los lloros, de increíble casualidad, se encontró con unos diminutos ojos negros que la observaban desde el fondo del cartón de leche.

— Ro... Ron —empezó entre sollozos inaudibles—. No... no puedo creerlo, ¡es Scabbers! —gritó vertiendo el contenido del cartón en el fregadero.

Con un gruñido agudo y desesperado por volver a esconderse entre los utensilios de la cocina, la mascota de Ronald, completamente mojada, correteaba por la pileta, mientras su dueño acudía hasta ella claramente desconcertado. El chico cogió la rata y la examinó bajo la poca luz que quedaba bajo la ventana en la que se encontraba Harry, y en la que ahora se congregaban los cuatro. Tenía un aspecto horrible, peor incluso que la última vez que la vieron, cuando ya parecía encontrarse en los últimos días de su vida. Estaba más delgada que nunca, y presentaba varias calvas rosas por todo el cuerpo donde antaño hubo pelaje a montones.

— Menos mal que no hemos empezado con esa botella de leche —bromeó Hagrid, restándole importancia al asunto y olvidando por un momento la situación de Buckbeak.

— Scabbers, ¿qué demonios haces aquí? —señaló Ron sujetándola contra su pecho, esperando una respuesta que jamás llegaría.

— Creo que alguien me debe una disculpa —replicó irónicamente Hermione.

Meses atrás habían tenido una histórica bronca relacionada con la misteriosa desaparición de Scabbers y la posible intervención de Crookshanks en la misma que hizo temblar los cimientos de su amistad. Estuvieron semanas sin dirigirse la palabra, con Neville haciendo de interlocutor entre ambos. Semanas en las que sus distracciones se limitaron a Harry, Hagrid, y las charlas nocturnas con sus compañeras de dormitorio en la torre de Ravenclaw. De no haber sido por aquellos escasos salvavidas, se habría sentido como antes de ingresar en Hogwarts... sola y sin amigos. Por suerte o por desgracia, el juicio de Hagrid aceleró las disculpas, suponiendo una tregua en la discusión, y ambos chicos terminaron ayudándola a encontrar material jurídico para la defensa del hipogrifo.

— Ya vienen...—fue Hagrid quien interrumpió sus pensamientos.

Había dejado de examinar la mascota de Ronald, ahora observaba junto a Harry el serpenteante descenso hasta la cabaña del Guardabosques. Su cara, habitualmente rubicunda y llena de alegría, se había puesto del color de la ceniza. Tanto ella como Ron se silenciaron al momento, a tiempo de ver como por el final del puente de madera, empezaba a bajar un grupo de hombres. A la cabeza iba Albus Dumbledore con la barba plateada brillando al sol del ocaso, y justo detrás suyo marchaban el viejo débil miembro de la Comisión junto con el verdugo, que portaba el mango del hacha apoyado en el cuello.

— Es hora de que os vayáis —susurró Hagrid. Le temblaba todo el cuerpo—. No quiero que veáis esto. Salid por detrás, así podréis verlo una última vez —añadió dirigiéndose a la puerta trasera que daba al huerto.

Allí, rodeado de cuervos, entre calabazas gigantes, atado mediante una cadena de acero a la valla que delimitaba el recinto, virando su cara afilada de un lado para el otro, arañando nervioso la tierra con la zarpa, descansaba Buckbeak. Parecía presentir en su triste mirada el horrible destino que le aguardaba.

— No temas, chico, será un corte de nada —comentó Hagrid al animal con voz suave y melodioso, como recitando un cuento para dormir—. Venga, marchaos ya —dijo volviéndose hacia sus invitados, más Harry no se movió.

— Hagrid, no podemos... les diré lo que de verdad sucedió —replicó su compañero.

— ¡Marchaos! —ordenó con una firmeza que jamás habían escuchado—. La situación ya es bastante horrible por sí sola, sólo faltaría que te metieras en un lío con los de la Comisión por mi culpa —añadió dirigiéndose a Harry.

No tenían otra opción que hacer caso. Hermione cogió a su amigo de la túnica y le arrastró hacia donde estaba Ron, guardándose a Scabbers en uno de los bolsillos del uniforme. Lentamente, como en trance, rodearon silenciosamente la casa, al tiempo que Hagrid volvía a entrar en la cabaña para atender a la muerte que llamaba a su puerta. Cuando visualizaron de nuevo la entrada, escucharon como el portón se cerraba de nuevo con un golpe seco.

— Vámonos deprisa... sin broncas ni malos comentarios, por favor —les suplicó Hermione a ambos jóvenes—. No puedo seguir aquí, no lo puedo soportar.

En su camino de regreso hacia el castillo, bajo el cielo gris teñido de purpura, se detuvieron un instante en el círculo de monolitos donde se habían juntado anteriormente, para observar de nuevo la choza de Hagrid, por suerte el huerto no se veía desde su posición. Todos los adultos habían salido al exterior. Sus gritos discutiendo se mezclaban con el graznido de los cuervos y se perdían en la distancia. Hagrid y Dumbledore volvieron a entrar, al parecer incapaces de contemplar aquella injusticia... y el inconfundible silbido de un hacha rasgó el aire. Los cuervos del huerto desbandaron hacia el cielo, perdiéndose como puntos negros en el oeste, donde los destellos de rojo rubí teñían el horizonte, dejando la zona de la cabaña del Guardián de las Llaves sumida en un completo silencio.

— No me puedo creer que lo hayan hecho —susurró Ron, evitando que Hermione se desplomara, pues se había tambaleado en varias ocasiones durante la subida, y ahora su respiración era floja e irregular.

¿Có—cómo... han po—podido? —preguntó entre sollozos, ahogándose en un mar de sus propias lágrimas.

— Vámonos de aquí —respondió Harry fríamente y con tristeza.

Reemprendieron el camino de vuelta al castillo con pesadumbre en sus pasos y por el sendero más largo para que todos pudieran tranquilizarse. Tardaron tanto que la oscuridad se cernió casi por completo sobre ellos como un embrujo, y cuando pasaron cerca del límite del bosque prohibido los arrendajos se callaron, cesaron como cortados con un cuchillo los gritos de los pájaros, se interrumpió bruscamente el susurrar de los árboles. El bosque se quedó paralizado, presintiendo el peligro... y la rata de Ron empezó a chillar como loca desde el fondo de su bolsillo. Parecía estar aterrada, revolviéndose con todas sus fuerzas con tal de liberarse del agarre de su dueño. Un horrible crujido cortó el ambiente como un latigazo, sin proponérselo habían llegado hasta el perímetro del Sauce Boxeador, y el gato de Hermione hizo acto de presencia. Se acercaba sigilosamente, arrastrándose con sus grandes ojos amarillos destellando pavorosamente en la oscuridad... pero no estaba solo. El sonido de unas patas gigantes acercándose llegó hasta ellos, y del límite del bosque apareció un enorme perro negro esquelético de ojos claros. Tenía las fauces abiertas, mostrando sus afilados colmillos y el vaho de su cálido aliento se materializaba ante ellos.

— ¿Qué demonios...? —empezó a decir Harry alzando su varita.

Demasiado tarde: El cánido saltó velozmente hasta su posición, derribando al chico con un fuerte golpe en el pecho. Harry cayó de espaldas encima suyo, y juntos rodaron un par de metros colina abajo. Aturdida, sintiendo como si le hubieran roto un par de costillas, escuchó ladrar de nuevo al animal, preparándose para un nuevo ataque. El perro volvió a saltar, pero en esta ocasión contra Ron, con la puntería suficiente como para morder su brazo estirado. Empezó a arrastrarlo hacia el pie del Sauce Boxeador con tanta facilidad como si de un hueso o un muñeco de trapo se tratase, hasta un pequeño hueco que había en las raíces del árbol. Ron luchaba denodadamente, pero tanto su cabeza como su torso parecían estar siendo engullidos lentamente por la tierra.

— ¡Ron! —gritó Hermione, intentando seguirlo, más una gruesa rama le propinó un restallante y terrible trallazo en el rostro que la devolvió de bruces contra el suelo.

Las ramas del sauce crujían como azotadas por un huracán, y oscilaban de atrás hacia delante, de un lado para el otro, intentando golpear a todo aquel que se aproximase. Lo único que podía ver ya de Ron era la pierna con la que se había enganchado en una rama en un mero intento de impedir que el perro lo arrastrase hasta las profundidades. Un horrible crujido cortó el aire como un pistoletazo, la pierna de Ron se quebró, y el chico desapareció de su vista.

— Deberíamos buscar ayuda —sugirió Harry, ayudándola a levantarse.

— ¡No! ¡Ese perro es lo bastante grande como para hacerle más daño! —jadeó cogiendo fuerzas para volver a intentarlo.

— No conseguiremos pasar sin ayuda, Herms —replicó el chico.

Pero Hermione no se detuvo a escuchar la contestación del joven. Se dirigió de nuevo contra el árbol, corriendo y zigzagueando, tratando de encontrar un camino a través de las ramas, que lanzaban trallazos al aire contra cualquiera que deseara ganarle un centímetro de terreno. Una de ellas golpeó en su hombro, con las ramas más pequeñas enroscadas en forma de puño y mandándola lejos.

— Si ese perro ha podido entrar, yo también puedo —dijo decidida a rescatar a su amigo, con sangre brotando del último punto de contacto.

En ese momento, Crookshanks dio un salto al frente, adelantándose. Se deslizó como una serpiente por entre las ramas que azotaban el aire, y se agarró con las zarpas a un nudo del tronco. De repente, las ramas se tranquilizaron, como si hubieran entrado en un profundo sueño. Volvieron a una posición de reposo, como si el árbol se hubiera vuelto de piedra, dejó de moverse... ni siquiera el viento parecía capaz de mover sus hojas. Por primera vez Hermione tuvo tiempo de apreciarlo como era debido, sin miedo: el sauce parecía brotar de la propia roca que había a su espalda, y sus raíces blancuzcas surgían retorcidas de una miríada de fisuras y grietas finas como capilares, con las ramas haciéndose más afiladas a medida que ascendían hacía el cielo.

En apenas dos segundos de tranquilidad recorrió la distancia que le separaba del tronco, pero antes de llegar al hueco que había entre las raíces, mientras Crookshanks se perdía por el aguiero agitando su cola de brocha, se detuvo a observar a Harry, inmóvil en el mismo lugar en el que había recomendado buscar ayuda.

— Harry, por favor, ayúdame —le suplicó apelando a su amistad—. Ron está herido, y el perro es demasiado grande y peligroso.

— ¿Por qué siempre me toca rescatar a ese inútil? —preguntó retóricamente tras un instante de duda en sus ojos color esmeralda.

Finalmente, se encontró con ella en el hueco entre las raíces, entraron a gatas y se deslizaron por una rampa de tierra hasta la boca de un túnel de techo muy bajo. Crookshanks estaba ya al final del mismo, marcando el camino, siendo sus brillantes ojos amarillos el único retazo de luz a parte del que provenía de sus varitas. Avanzaba tan deprisa como podía, corriendo agachada y con las espaldas arqueadas casi hasta la cintura, carcomiéndose por dentro ante la idea de lo que podría estar haciéndole el perro a Ron. Se detuvieron un instante para coger algo de aire al cabo de unos minutos, justo en el momento en el que el túnel empezaba a elevarse y serpentear y una tenue luz penetraba hasta ellos por una pequeña abertura.

— ¿A dónde irá este túnel? —preguntó Hermione casi sin aliento.

— Creo que a la Casa de los Gritos —susurró Harry—. Pero no me preguntes por qué lo creo... jamás te creerías la verdad.

Harry salió primero por la misma y ella lo siguió decidida para encontrarse en una habitación desierta, desordenada y llena de polvo. Hermione observó en todas las direcciones: había una escalera desgastada a punto de desmoronarse, una silla inclinada en el suelo a la que la habían arrancado varias patas, ventanas tapiadas con tablones de madera por doquier, el papel de las paredes agrietado por garras arrastradas, trozos de muebles mordidos y desperdigados por un suelo repleto de manchas y gotas de sangre seca, y a su derecha, una puerta abierta que daba a un vestíbulo repleto de sombras.

— Esto no lo han hecho los fantasmas —observó Hermione.

Sus conjeturas se vieron interrumpidas por un crujido en el piso superior. Algo se había movido encima de sus cabezas, y no era Crookshanks, que los esperaba impaciente en el escalón más alto de la escalera. Harry la miró, y ella asintió con la cabeza.

— Nox —susurraron a la vez al tiempo que se consumía la luz de sus varitas.

Tan en silencio como pudieron sus nervios, subieron por la escalera, cuidando cada uno de sus pasos para evitar que los crujidos de la tarima revelasen su posición. Todo estaba cubierto por una gruesa capa de polvo, salvo el suelo, donde algo arrastrado hacia una de las habitaciones había dejado una estela de sangre fresca. Siguieron el rastro, despacio, y escucharon al otro lado de la puerta un ligero movimiento, los chillidos desesperados de Scabbers, y un gemido profundo de dolor. Intercambiaron una última mirada, compartieron un último pensamiento con la cabeza, y Harry abrió la puerta de una patada.

Crookshanks se deslizó rápidamente entre sus pies hasta una magnifica cama de matrimonio con dosel y colgaduras polvorientas situada a la izquierda de la puerta. En el suelo, al lado de la misma, sujetándose la pierna que le sobresalía en un ángulo anormal, estaba Ron, amordazado.

— ¡Ron!, ¿te encuentras bien? —preguntó Hermione cuando ambos llegaron rápidamente hasta él, retirándole primero la tela que cubría su boca y desatando el nudo de sus manos—. ¡Férula! —murmuró con un movimiento de varita.

Retales de las sábanas se le ataron mágicamente a la pierna rota junto a uno de los tablones del suelo que hizo las veces de tablilla.

— ¿Dónde está el perro? —preguntó Harry, estudiando todos los rincones de la habitación.

— No hay ningún perro —logró balbucear Ron entre gemidos de dolor—. Es... es una trampa.

La puerta se cerró con un golpe seco a sus espaldas, provocando que se giraran de nuevo para distinguir a un hombre oculto entre las sombras, con unos ojos grises brillando en unas cuencas oscuras y profundas. El pelo, largo, sucio y revuelto, le caía hasta más allá de los hombros, y la piel, blanca como la cera, estaba tan estirada sobre los huesos de su cara, que de no ser porque estaba sonriendo con los dientes más amarillos que Hermione jamás había visto, habría creído que se trataba de un cadáver en movimiento. Iba únicamente ataviado con una prenda de rayas grises y blancas de cuerpo entero, y una fina chaqueta de tela que se le pegaba al cuerpo hasta la altura de las rodillas. Se trataba de una versión muy estropeada del hombre que ocupaba casi todos los días la portada de "El Profeta", y que los dementores tanto ansiaban apresar... Sirius Black.

— ¡Expelliarmus! —exclamó el recluso con una voz completamente rota y la varita de Ron entre las manos.

Tanto su varita como la de Harry saltaron de las manos de sus legítimos dueños en dirección a Black, que las recogió en el aire mientras danzaba con gestos victoriosos hacia ellos y con los ojos fijos en Harry.

— Sabía que vendrías a ayudar a tu amigo —dijo con la voz ronca, como si llevara años sin utilizar la garganta más que para tragar—. Tu padre habría hecho lo mismo por mi... con los ojos cerrados —pareció perderse durante unos segundos en su mundo de locura—. Habéis sido muy valientes por no salir en busca de algún profesor... eso lo hará todo mucho más fácil.

— No es amigo mío —contestó Harry, adelantándose. Habría llegado hasta Black de no ser porque Hermione se había apresurado a sujetarlo con todas sus fuerzas.

— ¡Gracias por tu sinceridad, Potter! —replicó inmediatamente Ronald entre gestos de dolor—. ¡Ya no me siento culpable por conducirte involuntariamente a una muerte segura!

— ¿¡Queréis dejar de pelear por un instante!? —exclamó Hermione enfadada, casi histérica, mientras hacía esfuerzos porque Harry no escapara de su agarre.

¿Es que no eran conscientes de la situación en la que se encontraban? ¿Indefensos ante un homicida prófugo? ¿Así es como acaba todo? ¿Encontrarían algún día sus cadáveres? Se sentía estúpida por no haber aceptado el consejo de Harry de buscar ayuda... se sentía culpable por arrastrarlo involuntariamente hasta uno de los responsables de su orfandad.

— Sólo habrá un asesinato esta noche —respondió Black, acentuando una mueca horrenda, interrumpiendo sus pensamientos.

— ¿¡Por qué!? —preguntó Harry furioso, intentando librarse de su agarre—. ¿Acaso se ha ablandado usted en Azkaban? No le importó matar a todos aquellos muggles inocentes la última vez.

— ¡Harry! —sollozó Hermione—. ¡Por favor, cállate!

— ¡Traicionó a mis padres! —gritó su compañero, liberándose finalmente con esfuerzo gracias a una última sacudida.

Vio como Harry se lanzaba velozmente hacia Black, que, quizás por la impresión que le produjo ver a su amigo cometiendo aquella necedad, no levantó a tiempo ninguna de las varitas. Tampoco tuvo tiempo de esquivar el cabezazo que le propinó Harry a la altura de la barbilla. Ambos cayeron hacia atrás, chocaron contra la pared y empezaron a revolcarse posteriormente por el suelo. Harry sujetaba por la muñeca la mano libre de Black, desviando la trayectoria de las varitas, que lanzaban chispas y resplandores cegadores en todas las direcciones, no rozando por centímetros a todos los presentes. Pero, por mucho ímpetu que mostrase Harry, seguía siendo un chico de trece años frente a un adulto apretando los dedos alrededor de su garganta, ahogándolo lentamente.

— No —escuchó como susurraba Black—. He esperado demasiado tiempo.

En ese momento, con su amigo al borde del desmayo por la falta de oxígeno, Hermione se lanzó hacia Black, golpeándolo en el pecho con una patada en la que puso todas sus fuerzas, logrando que soltara a Harry profiriendo un alarido de dolor. Ron, que se había arrastrado hasta ellos con las pocas fuerzas que tenía, se abalanzo sobre la mano con la que Black sujetaba las varitas, logrando que se deslizaran de sus huesudos dedos y rotaran por el suelo. Hermione se unió a la pelea, dispuesta a separarlos mientras Harry recuperaba el aire y recogía sus pertenencias.

— ¡Apártate de ellos! —escuchó como le ordenaba al recluso mientras les devolvía a Ron y Hermione sus correspondientes varitas.

Hermione aprovechó que Black se rindió para hacerse a un lado y ayudar a Ron a llegar hasta la cama, que se derrumbó sobre ella, jadeando, con el labio partido y la cara casi de color verde, asiéndose la pierna rota en la férula con ambas manos.

Black yacía en el suelo, de cualquier manera y con la espalda apoyada en la pared. Tenía una contusión en el ojo izquierdo, le sangraba la nariz, y su estrecho tórax subía y bajaba con rapidez. Harry se le aproximó lentamente, saboreando cada paso hasta su destino, apuntándole con la varita directamente al corazón.

— ¿Tendrás el valor de matarme, Harry? —preguntó Black. Su descuidada sonrisa de color amarillo se convirtió en una risa irónica y estridente, imposible de esconder entre sus labios rotos y secos. Parecía feliz con que aquella cuestión fueran sus últimas palabras—. Que así sea.

— Usted traicionó a mis padres, a sus amigos... no se merece otro final —contestó Harry.

Pasaron unos segundos en completo silencio, si bien parecieron años completos. Harry seguía inmóvil, con la varita en alto, mientras Black lo miraba fijamente con Crookshanks descansando ahora sobre el pecho del recluso, el ronroneo del animal resultó un extraño contrapunto a la voz rota del recluso. Ron jadeaba de dolor en la cama de la habitación, y ella permanecía callada, esperando el momento en que Harry lanzara hacía atrás el brazo y una pequeña luz empezara a brotar de su varita para apartar la mirada. No quería ver a su amigo aprovechar la oportunidad de vengar a sus padres, pero perder a cambio su inocencia y echar a perder su alma.

Una pequeña explosión estalló en el dormitorio, la puerta que conectaba con el pasillo salió despedida hacia ellos en diferentes trozos y astillas diminutas que le arañaron el rostro. Todo el cuarto se llenó de un humo blanco, tan denso que apenas podía distinguir a sus amigos a escasos metros. Entre toses y confusión, vio como Harry era lanzado con violencia hacia una de las ventanas tapidas de la habitación. Hermione se giró hacia la entrada, buscando el origen de aquella explosión, preguntándose qué hechizo habría utilizado Harry para salir expulsado con tanta fuerza hacia atrás, cuando sintió su varita escapar de nuevo de su mano derecha, deslizándose hacia el lugar donde hasta hace escasos segundos estaba la puerta. Allí, cuando el humo por fin se perdió por el pasillo y la escalera, reconoció la figura alta de un adulto con la cara llena de cicatrices, una persona plantada en el hueco de la puerta que les apuntaba con la varita... un hombre que, hasta ese momento, ella creía digno de confianza.

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