Algunos fragmentos, párrafos o conversaciones de los capítulos están copiados directamente o modificados sutilmente de los distintos libros que forman la saga "Harry Potter" para poder abordar mejor la historia. No obstante, también hay ligeros cambios en el cannon (año arriba o abajo en las edades de los personajes), así como easter eggs o pistas para los más meticulosos.
Aclaración: La letra cursiva se utiliza para flashbacks.
11 —PREGUNTAS NO FORMULADAS
—No tengo la más remota idea de cómo ha llegado esto hasta tus manos, Harry —empezó Lupin, avanzando lentamente entre la fila de pupitres una vez entraron en la primera aula vacía que encontró—. Pero francamente, me sorprende que no lo hayas devuelto de inmediato —continuó, recriminándole con una mirada fría su imprudencia—. ¿No se te ha ocurrido pensar que el mapa, en las manos de Sirius Black, le conduciría directamente hasta a ti? —preguntó con su enfado creciendo más en su interior.
—¿Cómo sabe que es un mapa? —preguntó Harry, sin mostrar el mínimo rasgo de culpa o arrepentimiento. Al contrario, parecía crecerse enfrentándose a los profesores, y su mirada desafiante no desaparecía de su rostro.
—Ya existía cuando yo era alumno, chico. Todos los profesores lo conocemos. El señor Filch nos avisó de que algún alumno lo tenía en su poder, pero que no sabía con certeza cuál —mintió Lupin apresuradamente, si bien era una verdad a medias—.N o te lo puedo devolver, Harry.
—¿Por qué? —cuestionó el muchacho claramente ofuscado. El tono de sus palabras se asemejaba más a una exigencia que a una pregunta.
—Tus padres dieron su vida para salvar la tuya —empezó a decir más serio de lo que había estado en toda su vida—. Jugar con su sacrificio, deambulando de noche por el castillo, desprotegido y con un asesino suelto me parece un grave insulto a su memoria.
Por primera vez en la conversación, le pareció apreciar cierto arrepentimiento en su postura. Pasó de desafiarle con los ojos esmeralda de su madre a centrarse en los cordones desatados de sus zapatillas... durante unos segundos volvía a ser un chico de trece años deprimido porque le habían pillado en una de sus travesuras.
—Quiero que vuelvas a tu dormitorio y no te muevas de allí —ordenó en un tono más calmado, pero sin perder un ápice de autoridad—. Y nada de nuevas aventuras, porque ahora... lo sabré, y el profesor Snape será la primera persona a la que avisaré —le amenazó mientras guardaba el mapa en uno de los bolsillos de su túnica.
Por un momento le pareció ver un ápice de terror en los ojos de su alumno. Conocedor del odio que profesaba Snape a su apellido y todo lo que estuviera relacionado con él. Sin decir nada más, viró sobre sí mismo para abandonar la clase y tomar el camino hacia las mazmorras.
—Profesor —le llamó de nuevo agarrando con la mano el picaporte de la puerta—. Debe saber que ese mapa no siempre funciona... así que, si ve mi nombre y no estoy donde señala, por favor no me delate.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Lupin siguiéndole la corriente, pues imaginaba de las intenciones del chico de utilizar la vieja capa de invisibilidad de su padre para volver a las andadas.
—Hace un rato mostraba a alguien en los pasillos del colegio, y yo sé que está muerto —contestó el joven inmediatamente.
—¿De quién hablas? —volvió a preguntar Lupin, trastocado con su afirmación.
La curiosidad empezó a abrigar sus pensamientos. Después de todo, dos de las mentes más brillantes del colegio durante sus años como estudiante habían trabajado meticulosamente en su elaboración.
—Peter Pettigrew —susurró el chico.
—Eso es... imposible —replicó Lupin desconcertado.
—Yo solo le cuento lo que he visto —añadió su estudiante mientras abandonaba el aula.
Remus se quedó allí parado varios minutos, con la luz de la luna menguante atravesando los cristales de las ventanas, añadiendo más preguntas a su cabeza de las que podía responder en esos momentos. ¿Peter Pettigrew? El mapa no mostraba a ninguno de los fantasmas que rondaban por el castillo, únicamente reconocía a los humanos que vivían entre sus paredes. ¿Acaso estaba roto? ¿Alguien había sido capaz de mejorarlo? Esperaba que así fuese... pues la otra opción, que Harry hubiera visto a su antiguo amigo y compañero, le obligaba a plantearse muchas preguntas que en ese momento no se atrevía a formular.
Semanas habían pasado desde aquella noche en la que "capturó" a Harry en una de sus escapadas nocturnas. Había estado observando el Mapa del Merodeador cada día, cada hora libre desde entonces. Buscando en cada rincón del pergamino, en cada arruga del papel, en cada habitación oculta, el nombre de un antiguo amigo perdido mucho tiempo atrás. Más no había encontrado nada más que decepción. Si Peter de verdad estaba vivo y deambulando por el castillo se escondía demasiado bien... en ningún momento se acercó a Harry. Remus buscó también entre los alumnos de Hufflepuff, investigando entre ellos el motivo por el que Sirius se había adentrado en su Sala Común la noche de Halloween, pero tampoco se camuflaba entre los integrantes de la casa del tejón. Las dudas acerca de lo que había leído Harry aquella noche empezaban a golpear las paredes de su cerebro como bludgers locas junto a nuevas preguntas: ¿por qué alguien presuntamente inocente se pasa doce años escondido sin mostrarse al mundo? ¿cómo había llegado aquel nombre a los oídos del muchacho? ¿tenía algún conocimiento de los merodeadores? ¿por qué no le había preguntado nada de ser así? No tenía respuesta a ninguna de aquellas cuestiones, y no las tendría hasta dar con la verdad oculta detrás de todas ellas.
El tañido de la campana del reloj interrumpió sus pensamientos, resonando en las paredes de su dormitorio hasta en ocho ocasiones, justo en el momento en que sus ojos se fijaron en la figura del director. Dumbledore se dirigía con paso decidido hacia la entrada trasera del castillo, en aras de encontrarse con los dos individuos que había enviado el Ministerio una vez resuelto el caso del hipogrifo de Hagrid. Él había decidido mantenerse lo más alejado posible de aquellos invitados... cuanto menos conocimiento tuviera el Ministerio de Magia de su situación mucho mejor. Les observó cruzar el viejo puente de madera y bajar la colina rumbo a la cabaña del Guardabosques, de la que empezaron a emanar varios pares de zapatos y nombres etiquetados uno encima de otro, haciéndolos por momentos ilegibles. Mucho antes de que los primeros alcanzasen la puerta principal se separaron, permitiéndole leer el nombre de tres estudiantes de tercero... y de dos adultos. Un sentimiento de pánico se apoderó de su cuerpo, los temblores le hicieron derramar la taza de té que estaba tomando sobre el mapa, que expulsó el líquido en todas las direcciones mediante magia. Aquello era imposible... sus ojos debían estar bajo el engaño de algún hechizo. Asustado, se abalanzó de nuevo sobre el pergamino, para comprobar como otra figura acechaba al grupo de cuatro cerca del Sauce Boxeador... Sirius Black.
Guardó como pudo el mapa en el cajón de su mesa, palpó la varita en el interior de su túnica y salió disparado del despacho, sin percatarse siquiera del calendario marcado en rojo que colgaba de la puerta que acababa de cruzar. Bajó saltando las escaleras hasta llegar al vestíbulo, atravesó corriendo el puente techado con el corazón desbocado dentro del pecho sin percatarse de los quejidos de la madera bajo sus pies. Atropelló a varios alumnos que regresaban al colegio con la puesta de sol en los terrenos, y llegó hasta el sauce que habían plantado el mismo año que ingresó en el colegio.
—Inmmobulus —dijo con un movimiento de varita poco antes de que las ramas del árbol le golpeasen de lleno.
A continuación, golpeó con una rama rota el punto entre las raíces para abrir el hueco por el que tantas veces se coló de joven. Se deslizó por el angosto túnel hasta la casa encantada que durante mucho tiempo llegó a considerar como propia. Subió los escalones maltrechos del vestíbulo y se detuvo ante la puerta de uno de los dormitorios... el único que tenía rastros de sangre y barro seco en su camino. Recuperó la respiración, sujetó con firmeza la varita, y de un movimiento circular, acompañado de un estruendo, empujó la puerta hacia el interior en un intento de sorprender a las voces que se escuchaban al otro lado.
Cruzó el umbral, atrajo hacía sí las varitas de sus alumnos con otro encantamiento, y cuando el humo de la explosión se disipó, volvió a verlo. Ahí estaba, sangrando y derrotado por tres chiquillos, con la espalda apoyada en la pared y un gato en su regazo. Nada quedaba del joven alegre con el que compartió sus mejores años en ese cuerpo humano, famélico y sucio... salvo la sonrisa que se dibujó en su demacrado rostro cuando sus miradas se encontraron. Era la misma que había llevado pintada a todas las clases durante su época de estudiantes y travesuras... la auténtica. La diferencia era asombrosa, como si una persona diez años más joven se perfilase bajo la máscara de aquel consumido recluso. Dejó de apuntar a los tres adolescentes para tender la mano al hombre que yacía sentado a su derecha... éste le devolvió el apretón. Tiró de él para incorporarlo, y un instante después, lo abrazó como a un hermano perdido en los albores del tiempo.
—¿Podrás perdonarme, Sirius? —le preguntó finalmente, intentando contener la emoción de su voz, reteniendo las lágrimas que amenazaban con salir y humedecer sus ojos.
—¡Está aquí, Remus! ¡Yo lo encontré! ¡Matémosle! —contestó su amigo sumido en su locura. Ni siquiera parecía haber escuchado su triste intento de disculpa.
—¿Dónde está, Sirius? —le preguntó dejándose llevar.
Sirius, cuyo rostro asomaba una sonrisa lunática, levantó la mano muy despacio para señalar a Ron Weasley. El joven se encontraba tendido sobre la cama, gimiendo de dolor y con la cabeza de una rata asomando del bolsillo de la túnica de su uniforme. El inconfundible olor del roedor impregnó de nuevo su nariz, igual que había hecho durante el trayecto en el tren el día que los dementores atacaron, sin embargo, en esta ocasión sí reconoció el aroma que se mezclaba con el del muchacho. Que estúpido se sentía en ese momento.
—¡No lo puedo creer! —gritó Hermione de repente, señalándole y con una mirada de espanto—. Usted... usted —estaba temerosa, aterrorizada, no le salían las palabras.
—Hermione —empezó en un intento de tranquilizar a la joven.
—¡Yo confié en usted! —le gritó a Lupin, flaqueándole la voz—. Decidí creer que era buena persona, que merecía una oportunidad... y todo este tiempo ha sido su amigo. ¡Harry, no te fíes de él, es un hombre lobo! Por eso ha faltado a tantas clases.
El dormitorio se impregnó de un cortante silencio, y los otros dos jóvenes comenzaron a estudiarle con detenimiento. Aunque Lupin se sintió liberado por primera vez desde que había empezado el curso, la palidez se apoderó lentamente de su rostro. Su anonimato moría con la exposición de su secreto, al igual que la confianza que ya no le profesaban sus alumnos... allí, en la Casa de los Gritos, donde todo había comenzado hace ya tantos años.
—¿Desde cuándo hace que lo sabes? —preguntó intrigado.
—Desde que Snape nos encomendó el trabajo sobre los licántropos en una de sus sustituciones —contestó la chica—. Supuse entonces que la enorme perla blanca en la que se transformó el boggart cuando se interpuso entre Harry y su "dementor" era en realidad la luna llena... Después sólo tuve que comprobar que el mapa lunar coincidía con sus ausencias.
—Fascinante —respondió Lupin con una sonrisa forzada—.Nunca he conocido a una bruja de tu edad tan inteligente, Hermione.
—No soy tan inteligente al parecer —replicó su alumna—.De haberlo sido le habría dicho a todo el mundo lo que es usted.
—¿Y qué te hace pensar que el personal docente no lo sabe? —le cuestionó, haciendo temblar todos sus cimientos.
—¿Dumbledore lo contrató sabiendo que era usted un asqueroso licántropo? —preguntó Ron con la voz ahogada—.¿Está loco?
—Algunos profesores opinan que sí. Le costó convencer a varios de que yo era alguien digno de fiar, especialmente a uno —admitió.
—Una muesca más que añadir a la interminable lista de errores de nuestro "grandísimo" director —replicó Harry con sarcasmo y una mirada de odio—. ¡Ha estado ayudándolo todo este tiempo!
Sirius, que parecía ajeno a la discusión, se dirigía con un sigilo torpemente disimulado hasta la cama en la que descansaba Ron, provocando que este se levantara a tiempo y se dirigiera, todo lo rápido que le permitía su pierna herida, junto a los otros dos adolescentes de la habitación. Canuto lanzó un grito de frustración cuando el muchacho se le escapó entre los dedos... aporreó el colchón de la cama cómo un chiquillo enfurruñado después de recibir una reprimenda.
—No he ayudado a Sirius en ningún momento —respondió enfocándose de nuevo en los adolescentes—.Es más, no he querido saber nada de él en los últimos doce años... hasta que la verdad ha salido hoy a la luz.
—¿Cómo sabía entonces que nos encontrábamos aquí? —preguntó Harry señalando al que era su padrino, que se balanceaba sentado de delante hacía atrás y tapando su rostro con las manos.
—Por el Mapa del Merodeador, obviamente —confesó Lupin con franqueza. Era el momento de explicar muchas cosas—. Llevo examinándolo en mi despacho desde la noche en la que te lo confisqué, Harry.
—No me dijo que supiera utilizarlo —le replicó el chico con suspicacia.
—¿De qué está hablando, Harry? —intervino Hermione—. ¿Qué clase de mapa?
—Hay secretos que es mejor compartir —susurró Sirius con la mirada perdida. Parecía haberse vuelto loco por completo—. Nada en esta patética existencia vale dos galeones si no tienes con quien compartirlo.
Podía ver a su amigo perdiendo todavía más la cordura, impacientándose encima de la cama, temblando de emoción... y el comportamiento impertinente de los tres jóvenes no ayudaba a apaciguar sus nervios. Decidió devolverles sus varitas como un pequeño gesto para ganarse su confianza y calmar el ambiente. Las recogieron en el aire, claramente asombrados y confundidos, guardó la suya en el bolsillo de su túnica y alzó las manos en señal de rendición.
—Yo colaboré en su elaboración, Harry —tomó de nuevo la palabra. Paseaba lentamente por la habitación, levantando polvo a su paso y con tres varitas apuntándole—.Yo soy Lunático... es el nombre que me pusieron mis amigos en el colegio, entre ellos tu padre, Harry.
—¿Mi padre? —preguntó el chico confundido.
—Así es... fue uno de mis mejores amigos en el colegio. La de veces que nos metimos bajo su capa de invisibilidad para hacer novillos —un sinfín de recuerdos alegres estallaron en su cabeza como fuegos artificiales—. Podría decirse que tu padre era una mala influencia para los demás —añadió con una sonrisa.
—Cornamenta siempre fue el mejor de los cuatro —susurró Sirius con la mirada perdida en su memoria—.Ni siquiera Lily sobrevivió a sus encantos.
Lupin se detuvo a observar a su amigo, y comprendió que era imposible que Sirius hubiera traicionado a James hace doce años. No podía imaginarse por lo que había tenido que pasar su amigo... no había nada en su vida por la que profesara más amor que hacia los Potter. Sirius lo había perdido todo aquel fatídico día... y él, él no podía haber estado más ciego desde entonces.
—Sirius y Peter completaban el grupo —Lupin hizo un ademán de continuar.
—¡Maldito seas Pettigrew! —grito Sirius saltando de la cama e interrumpiéndole al escuchar aquel nombre, corriendo empujado por el odio hacia los adolescentes.
—¡Sirius, No! —le detuvo a tiempo, evitando que su amigo llegara hasta sus alumnos—.Todo a su debido tiempo, tienen que comprenderlo... tenemos que explicárselo.
—¡Podemos explicarlo después! —gruñó Sirius, intentando desprenderse de su agarre, dando zarpazos al aire intentando atrapar al roedor, que gritaba como un cochinillo tratando de escapar de un cuchillo en su garganta.
—No podemos matarle todavía, no hasta que se transforme y lo comprendan —dijo para calmarlo—. De lo contrario no tendremos pruebas, únicamente nuestra palabra —miró a los chicos de reojo, apuntándolos con sus varitas y manifiesta desconfianza en sus ojos—.Y no creo que les valga de mucho ahora mismo.
—¡Está bien! —gruñó su amigo dejando de forcejear, aunque mantuvo sus hundidos ojos fijos en el animal, al que Ron protegía con sus manos arañadas, mordidas y manchadas de sangre—. Pero date prisa, Remus. He esperado doce años, ¡en Azkaban!, no voy a esperar mucho más.
Ron parecía dispuesto a interrumpirle, pero vio como Hermione, que le observaba atentamente, se llevaba el dedo a la boca para que se callara. Parecía igual de interesada que Harry en toda aquella historia.
—Todo empezó cuando me mordieron —recordó Lupin. Los peores momentos de su vida—. Mi padre ofendió a la persona equivocada cuando era apenas un niño, y yo pagué las consecuencias como represalia —se apartó el pelo ceniciento de los ojos, meditando como continuar—. Mis padres lo intentaron todo, pero en aquellos días no había cura...
—La poción matalobos... —lo interrumpió Harry—. Eso era lo que estaba bebiendo cuando fui a pedirle ayuda a su despacho.
—Así es..., se trata de un descubrimiento reciente que me vuelve un lobo inofensivo si la tomo la semana anterior a la luna llena, pero antes de eso... —sentía unas pocas lágrimas humedeciendo sus mejillas. El miedo a tener que soportar de nuevo aquellas dolorosas transformaciones si perdía su puesto como profesor y acceso a la despensa del colegio—. Antes de eso era un peligro para todos. Yo ya había perdido la esperanza de venir a Hogwarts... pero entonces Dumbledore se presentó en mi casa y tomó las riendas del problema.
Lo único que se escuchaba, a parte de su voz, eran los chillidos asustados de la rata de Ronald. Los jóvenes lo observaban con gran interés, como si estuvieran en una clase normal y corriente, y el brazo con el que lo apuntaba Harry cada vez estaba menos firme.
—Esta casa...—pasó la mano melancólicamente por el papel despegado y roto de la pared—. Esta casa, el túnel que conduce hasta ella... se construyeron para que los utilizara yo. Los días de luna llena me sacaban furtivamente del castillo y me traían aquí con alguna excusa barata —intentó abarcar la estancia con la extensión de sus brazos—. Todos los mitos y leyendas sobre este lugar son una farsa, yo soy el causante de todos aquellos ruidos y destrozos... y aunque lleva años en silencio, la gente sigue sin atreverse a acercarse. Finalmente, mis mayores temores se hicieron realidad... mis amigos dejaron de creerse mis mentiras, descubrieron la verdad que había estado ocultando todos esos años —se centró en Sirius, y este le devolvió una mirada de complicidad—. Pero no me abandonaron como yo había temido, al contrario, convirtieron mis metamorfosis no sólo en soportables, sino en los mejores momentos de mi vida. Se hicieron animagos ilegales, animales capaces de controlarme juntos, animales con los que recorrer el bosque prohibido... un perro, un ciervo... y una rata.
El silencio se apoderó de la habitación. Los tres adolescentes lo observaban perplejos, girando las cabezas en dirección al único animal de la sala. El peso de la nueva información recayendo sobre ellos, destruyendo los pilares de su conocimiento, como si todo lo que había dicho fuera absurdo. Mientras, en lo más profundo de su interior se revolvía la emoción al fijar de nuevo sus ojos en la mascota de su alumno, una ira que había mantenido cuidadosamente bajo llave durante muchos años.
—Tiene que ser una broma...—empezó Hermione.
—Están ustedes dos locos —continuó Ronald.
—No —aseguró Harry—. Pettigrew está muerto. ¡Él lo mató! —añadió señalando a Sirius, apuntándolo con su varita.
—Eso pensé yo también hasta el día que dijiste que lo viste en el mapa —intervino de nuevo Lupin.
—El mapa mintió entonces —contestó el chico.
—¡El mapa nunca miente! —exclamó furioso Sirius, exasperado—. ¡Pettigrew está vivo, y está en este cuarto, aquí y ahora! —añadió señalando al animal en los brazos de Ron—. ¡Vamos, vamos, Peter! ¡Si te atreves muéstrate!
—Scabbers lleva en mi familia...
—¿Doce años? —interrumpió Sirius a Ronald—. Curioso, larga vida para una vulgar rata de alcantarilla —se acercaba lentamente hasta el joven—. ¿A qué le falta un dedo? —terminó por preguntar a escasos metros.
—Lo único que encontraron de Pettigrew fue un dedo —susurró Harry, casi para sí mismo.
En ese momento Lupin se alegró enormemente, parecía que el cerebro del chico empezaba a hundirse por el peso de la información novedosa, empezaba a aceptar la verdad que tanto intentaban explicarle.
—Mire, seguramente Scabbers tuvo una pelea con otra rata, o algo así —dijo Ron.
—¡NO! —replicó Sirius al instante—. ¡El muy cobarde se lo cortó para que todo el mundo pensara que había muerto! ¡Y después se transformó... en una asquerosa rata! —añadió con rabia y desprecio en su tono de voz—. Lo tenía arrinconado en el callejón, así que gritó a pleno pulmón que yo había traicionado a Lily y a James, que sólo quería matarle y terminar con el trabajo sucio —terminó por explicar Sirius.
—¡Pero lo hizo! ¡Traicionó a mis padres! —exclamó Harry sacando a todos de su ensimismamiento—. ¡ERA SU GUARDIÁN SECRETO!
Lupin se interpuso en ese momento entre su alumno y su amigo, evitando que Harry se abalanzara de nuevo sobre Sirius. Aquella era la última duda que faltaba por resolver, y necesitaban silencio y estar calmados para comprender la respuesta.
—Murieron por mi culpa, sí... y eso es algo que nunca podré perdonarme —afirmó Sirius con sus ojos brillando de dolor por las lágrimas—. Pero jamás los traicioné... Lily y James terminaron por nombrar guardián secreto a Peter porque... porque yo se lo pedí. Pensé que era una idea perfecta... una trampa para sus seguidores. Voldemort iría tras de mí, y no tras alguien débil como Peter, así los protegía a todos. Créeme, por favor...—miró a Harry esperando algún gesto de perdón en su ahijado, y el chico no apartó la vista.
Aquella era la verdad oculta que tanto tiempo había estado esperando en las sombras... la pregunta que nadie se había atrevido a formular. Si sólo una persona hubiera hablado en su favor, con que una sola persona hubiera puesto en duda la declaración de Dumbledore, si sólo hubiera habido un juicio justo, una investigación concienzuda, unas simples gotas de Veritaserum o un asomo de duda... Harry se fijó entonces en él, buscando su confirmación, y Lupin, con un nudo en la garganta y las mismas ganas de llorar, asintió con la cabeza.
—Demuéstralo —aceptó Harry dirigiéndose a su padrino, dejando de apuntarle con su varita—. Entrégales la rata, Weasley —exigió a su compañero, sentado en el suelo a su espalda, sin ni siquiera dignarse a mirarlo.
—No recibo órdenes de ti, Potter —replicó el chico, ofuscado, apretando todavía más al roedor contra su pecho.
—Eh... ¿Señor Black? —empezó tímidamente Hermione. Sirius quedó sorprendido por tanta amabilidad, como si nadie se hubiera dirigido a él con tanto respeto en los últimos años—. Si no le importa que le pregunte... Debe de haber millones de ratas heridas en el mundo. ¿Cómo sabía, estando en Azkaban, que era ésta en concreto la que debía buscar?
—¡Eso! —dijo Ron asintiendo con la cabeza—. ¡A mí también me gustaría saberlo!
—Sin ánimo de ofender, chiquilla ¿Cuántas familias de magos conoces que tengan como mascota un animal tan antihigiénico? —preguntó Sirius con los ojos en blanco—. No estoy diciendo que la culpa sea de los Wesley... seguramente Peter se hizo con una varita y hechizó a los hijos de Arthur para que se encariñaran de él y no lo sacrificaran —dijo sin darles tiempo a contestar—. Misteriosamente, y según lo que he podido sacar de este gato, cambió de manos hace tres años, justo cuando Harry comenzó el colegio, que maravillosa casualidad —añadió señalando al gato de Hermione—. Y después está esto.
Metió la mano dentro de la túnica que portaba, si es que se podía llamar así al trozo desgarrado de tela que cubría su cuerpo, y sacó una fotografía arrugada de periódico. Alisó el recorte con cuidado de no romperlo y lo mostró a todos los presentes. La imagen mostraba a Ron junto al resto de su familia, posando delante de las pirámides de Egipto, con la transformación de Peter descansando en el hombro del muchacho.
—¿Cómo lo conseguiste? —preguntó Lupin.
—Fudge... Le encanta alardear de sus éxitos y reportajes delante de los reclusos durante sus inspecciones a Azkaban. Me dio el periódico, y ahí estaba Peter... Lo había visto transformarse suficientes ocasiones para reconocerlo al momento —detuvo su explicación un segundo para tragar saliva—. Se prendió una llama en mi cabeza que los dementores no pudieron apagar, pues no se trataba de un pensamiento alegre... sino más bien de una obsesión. Yo era el único que sabía que Peter estaba vivo...
—Así que te escapaste —intervino Harry, tuteándolo por primera vez.
—Sí... me iba transformando en perro de vez en cuando, comprobando la reacción y la ceguera de los dementores. Atacan a las personas porque perciben sus emociones, y en forma animal estas se consideran... menos humanas —aclaró entre pensamientos. Un relato de la primera fuga en la historia de Azkaban—. Una noche, cuando mi condición física ya me permitía colarme entre los barrotes, escapé de mi celda y me lancé al agua. Nadé como perro hacia la orilla, crucé el país hasta Hogwarts alimentándome de sobras... He vivido en una cueva del bosque prohibido durante meses, salvo cuando iba a ver los partidos de quidditch. Vuelas incluso mejor que tu padre, Harry... aunque no te queda bien el verde —bromeó Sirius en un intento de congeniar con el chico.
Lupin observó que su alumna empezaba a creerse poco a poco de la verdad que trataban de contarles. Sólo les faltaba convencer a uno de los adolescentes.
—Le obligaré a transformarse, Ron —le dijo, acercándose con las manos en alto, señal de indefensión—. Si de verdad es sólo una rata, no sufrirá ningún daño. Te lo prometo.
—Ronald —intervino Hermione ante la duda y rencor en la mirada de su amigo—. Harry ha venido hasta aquí para rescatarte, igual que hizo el año pasado. Sólo te está pidiendo un momento a Scabbers para esclarecer una verdad de su pasado.
Lupin estaba convencido de que no habían sido los argumentos de los adultos ni la valentía de Harry los que inclinaron la balanza a su favor... sino los ojos acuosos de su amiga. Derrotado, el pelirrojo recortó cojeando el espacio que había entre ellos y depositó a su mascota con cuidado entre las manos de Lupin. El animal se puso a chillar de nuevo sin parar, con los ojos diminutos y negros a punto de salirse de las órbitas. Remus recuperó la varita del cinto, se acercó hasta la cama donde se encontraba ahora el gato de Hermione y apuntó con ella al animal.
Un destello de luz blanca y azulada salió de su extremo para golpear a la rata, que quedó tendida en el aire durante un instante, torcida en una posición extraña e incómoda para cualquier vertebrado. El grito momentáneo de Ronald fue silenciado por el caer del roedor contra el colchón, y con otro destello cegador una cabeza empezó a surgir de las sábanas, junto con un par de piernas y brazos que crecían aceleradamente de la criatura. Al cabo de un instante, un hombre se acurrucaba en la cama, al lado del felino de su alumna, que bufaba y gruñía con el pelo erizado. Peter estaba muy distinto a como lo recordaba: seguía siendo extremadamente bajo, apenas unos centímetros más alto que Harry. Había perdido su antaño cabello largo y rojizo, ahora tenía el pelo ralo y descolorido, con una creciente calva emergiendo de la coronilla. Remus tampoco recordaba sus ojos llorosos, la nariz puntiaguda ni el tono sucio de su piel, y mucho menos que estuviera tan delgado. La raída ropa que portaba le estaba enorme, signo de que había perdido peso últimamente y con mucha rapidez, quizás por el estrés de enterarse de que Sirius había logrado escapar de Azkaban. Los miró a todos, desconcertado, respirando rápida y superficialmente... si bien sus ojos repetían la puerta como destino cada pocos segundos.
—Hola, Peter —dijo Lupin finalmente, con la voz más amable que pudo entonar, colocándose entre su antiguo compañero y la salida—. Cuanto tiempo sin verte.
Volvió a mirar al hombre enfrente suyo, y después a Sirius de reojo, que observaba a Peter con sus ojos insondables y asemejándose más que nunca a una calavera. Ninguno de los merodeadores parecía haber envejecido bien durante aquellos doce años, al contrario... los tres aparentaban mucho más que sus treinta y cuatro primaveras. Parecía que la juventud de todos se había desvanecido con la muerte de James aquel 31 de Octubre de 1981.
—Si... Sirius. Re... Remus —tampoco recordaba su voz chillona. Muchos de sus rasgos compartidos con su forma animal—. Amigos, mis queridos amigos...
Lupin tuvo que hacer esfuerzos por no soltar a Sirius, que ansiaba abalanzarse sobre Peter y estrangularlo antes de que expulsara más ofensas y mentiras por la boca.
—Acabamos de tener una pequeña charla, Peter, sobre lo que sucedió la noche en que murieron Lily y James —escupió Lupin con un tono ligero y despreocupado—. Quizás te hayas perdido alguno de los detalles más interesantes mientras chillabas en las manos de este chico e intentabas huir.
—Remus —contestó Peter con la voz entrecortada. Cristalinas gotas de sudor bajaban por su descuidada cabellera—. ¿No lo creerás? ¿verdad? Intentó matarme, Remus.
—Francamente, Peter, le doy vueltas y vueltas —se acercaba poco a poco imitando el gesto de un círculo sin fin con la mano —, … y sigo sin comprender por qué un hombre inocente finge su propia muerte, y se pasa doce años convertido en rata, alejado de sus familiares y amigos.
—P...pa...para protegerlos —contestó Peter tartamudeando—. Si los mortífagos des... descubrían que estaba vivo irían tras ellos par... para castigarme, por... porque yo metí en Azkaban al espía que te... tenían infiltrado en la Orden, Sirius Black.
—Parece que doce años como rata te han infundido valor, Peter. Antes jamás te habrías atrevido a insultarme a la cara llamándome espía —intervino Sirius. Su voz se asemejaba a los ladridos de su forma de perro gigante—. ¿Cuándo he husmeado yo a los que eran más fuertes y poderosos? —la rabia se expulsaba a chorros por su boca—. En cambio tú... nosotros te protegíamos en el colegio, y así nos lo pagaste.
Lupin observaba a Peter negar con la cabeza y murmurar cosas, aturdido. Pudo captar palabras como "inverosímil" y "locura", pero no podía dejar de fijarse en el color ceniciento de su rostro, a punto de vomitar, y sus resplandecientes ojos buscando desesperados una salida en el hueco de la puerta o en las ventanas tapiadas.
—Va a matarme Remus... ¿vas... vas a dejarle? —suplicaba Peter esperando a que interviniera.
—Nadie va a matarte hasta que aclaremos algunos puntos —confesó Lupin, y la desesperación se hizo presente en el rostro de su antiguo compañero de Gryffindor.
—Debió de ser el mejor momento de tu miserable, asquerosa y patética vida, ¿verdad, Peter? —Sirius volvió a tomar la palabra, con tanto odio que Peter retrocedió hasta dar con la pared del fondo —Cuando le dijiste a Voldemort que podías entregarle a los Potter.
Peter, Hermione y Ronald retrocedieron con la mención al señor tenebroso, como si Sirius hubiera blandido un látigo cerca de ellos. Más Harry y Lupin, obsesionados en conocer lo acontecido doce años atrás ni siquiera se inmutaron.
—¿Qué te ocurre, Peter? ¿Te asustas al oír el nombre de tu amo? —preguntó Sirius, recortando la distancia que el susodicho se empeñaba en mantener—. No te culpo, Peter, sus secuaces no están nada pero que nada contentos contigo.
—No... no entiendo de qué... de qué hablas...—replicó este con la voz incluso más chillona que antes, sin atreverse a mirarlos a los ojos y secándose el sudor de la cara con la manga sucia.
—No te has estado ocultando doce años de mi —dijo Sirius castañeando los dientes lo bastante cerca de Peter como para hacer que saliera corriendo asustado en otra dirección—. Te has estado ocultando de los mortífagos. Todos piensan que les has traicionado, pues Voldemort acudió a la casa de James y Lily por indicación tuya, y allí conoció la derrota.
—¡Remus! —chilló Peter, volviéndose hacía él desesperado, retorciéndose, suplicando—. No puedes creerle. ¿No te habría contado Sirius que habían cambiado el plan?
—No si creía que el espía era yo, Peter. Voldemort había prometido muchas cosas a los licántropos —razonó Lupin, observando a Sirius claramente avergonzado.
—¿Podrás perdonarme, Remus? —preguntó su amigo.
—No hay nada que perdonar, Sirius —le tendió su varita—. Sólo Harry lo merece más, pero creo que deberías hacerlo tú.
—No lo haréis, no seréis capaces...—dijo Peter, arrastrándose posteriormente hasta los pies del alumno de Hufflepuff—. Ron, ¿no he sido un buen amigo?, ¿una buena mascota? No dejes que me maten ¡yo era tu rata!
Pero Ron, que miraba a Peter con repugnancia, apretando fuertemente los puños, alejó al adulto de su pierna malherida, y le empujó de nuevo hacia ellos.
—Si eras mejor como rata que como amigo... creo que no tienes mucho sobre lo que alardear —contestó el chico con la voz ronca.
—Harry, Harry...—Peter, quien había girado sobre sus rodillas y arrastrado hasta el chico, se atrevía a dirigirle la palabra—. Como te pareces a tu padre... igual que James, éramos amigos del alma...
—¿CÓMO TE ATREVES A HABLAR A HARRY? —bramó Sirius—. ¿TE ATREVES A MIRARLO A LA CARA? ¿A MENCIONAR A JAMES EN SU PRESENCIA?
—Harry —susurró veneno de nuevo, suplicando con las manos extendidas—. Harry, James no habría consentido que me mataran... James habría comprendido... habría sido clemente conmigo...
—¿Cómo pudiste? —preguntó Lupin. Se sentía asqueado con aquella imagen de Peter, suplicando por su vida... pero era peor imaginárselo susurrándole al oído de su amo la dirección de los Potter—. Lloré sobre tu tumba... consolé a tus padres. Tienen suerte de haber muerto creyendo que eras un héroe, sin llegar a saber lo que hiciste en realidad.
—¿Y qué otra cosa podía hacer? —confesó sollozando, turnando su cabeza entre ellos y Harry—. El Señor de las Tinieblas... no tenéis idea de las armas que posee... Estaba aterrado, yo nunca fui valiente como vosotros. Nunca quise que sucediera... El Que No Debe Ser Nombrado me obligó.
—¡NO MIENTAS! —bramó Sirius enfurecido—. ¡LE ESTUVISTE PASANDO INFORMACIÓN DURANTE UN AÑO!
—¡Estaba tomando el control en todas partes! —respondió Pettigrew entrecortadamente—. ¿Qué se ganaba enfrentándose a él?
—¡Justificación para todos aquellos que murieron en aras de hacer de este mundo un lugar mejor! —replicó Lupin furioso. Sentía la ira coloreando sus mejillas.
—¡No lo comprendéis! —gimió Peter—. Me habría matado.
—¡ENTONCES DEBERÍAS HABER MUERTO! —gritó Sirius—. ¡MEJOR MORIR QUE TRAICIONAR A TUS AMIGOS!
—Tendrías que haberte dado cuenta, Peter —dijo Lupin en voz baja, recuperando la compostura —de que si Voldemort no te mataba lo haríamos nosotros... juntos.
Tanto Sirius como él se dirigieron hacia su excompañero con paso firme, lo agarraron de las hombreras de su desgastado traje y lo apartaron del chico... había llegado la hora. Lo empujaron contra el suelo, de manera que quedó tumbado boca arriba, temblando de terror y con una última mirada de súplica. Sirius alzó la varita que Lupin le había prestado...
—No —dijo Harry detrás de ellos, lo suficientemente alto como para que todos lo escucharan. Se adelantó e interpuso entre los adultos, que se habían quedado de piedra—. No podéis matarlo.
—Harry, esta alimaña es la causa de que no tengas padres —gruñó sorprendido. Había observado al chico durante todo el curso, en las lecciones corrientes y en las extraescolares, y en ningún momento contempló un gesto de misericordia en el hijo de sus amigos—. Este ser repugnante te habría visto morir a ti también sin mover un dedo. Ya lo has escuchado, su propia piel maloliente significa más para él que toda tu familia.
—Lo sé —contestó fríamente. Los ojos fijos en el falso amigo que había sentenciado a sus padres—. Pero muerto la verdad muere con él. Lo llevaremos al castillo y lo entregaremos a las autoridades.
—Tú eres la única persona que tiene derecho a decidir, Harry —señaló Sirius, todavía apuntando a Peter con una varita ajena—. Pero piensa, piensa en todo el mal que ha hecho.
—Que vaya a Azkaban —repitió Harry—. Si alguien se merece la tortura de los dementores es él.
Sirius le tendió su varita, y Peter se arrastró hasta la cama, llorando y jadeando con la mano crispada en el pecho. Sus lágrimas mojaron las sábanas, pero nadie fue a ver como estaba, a nadie le importaba.
—Dos de nosotros deberían encadenarse a este traidor de mierda —escupió Sirius al cabo de uno minutos en silencio en los que solo se escuchó el llanto fingido de Pettigrew—. Sólo para estar seguros de que no intenta huir.
—Yo lo haré —se ofreció gentilmente Lupin mientras hacía aparecer unos grilletes macizos con la varita que había recuperado y encadenaba su brazo izquierdo al derecho de Peter.
—Yo también —fue Ronald quien intervino, acercándose hasta ellos apoyado en Hermione, pero sin hacer el más mínimo gesto de dolor.
Iba a contradecir al joven por la cojera de su pierna y proponer otra opción cuando se percató de la decisión en su mirada, escondía en ella una furia infinita. Parecía haberse tomado la verdadera identidad de su mascota como un insulto a su inteligencia, como un desprecio a toda su familia.
—Está bien, vamos allá —afirmó Lupin con decisión observando a los presentes—. Están todos de testigos, Peter, un paso en falso y...—dibujó con la varita un arco horizontal por su garganta.
El gato de Hermione fue el primero en alzarse. Saltó de la cama que gobernaba y enfocó el marco sin puerta con la cola alegremente levantada. El medio kneazle de color jengibre bajaba las escaleras a la cabeza de la comitiva esperando que el resto siguiera sus pasos. Aquel era el grupo más extraño y pintoresco del que Lupin había formado parte alguna vez. Detrás de la mascota de su alumna iban Hermione, Harry y Sirius, charlando animadamente. Por las pocas palabras que llegaron a sus oídos, parecían estudiar la posibilidad de que Harry se mudara con Sirius una vez su nombre estuviera limpio de nuevo y tuviera un lugar donde asentarse... una idea de la que querría formar parte cuando lograrse perdonarse por aquellos doce años en silencio. Cuidar a un adolescente no parecía una tarea sencilla para un solo hombre. Por último, más rezagados, tanto él como Ron arrastraban a Peter hasta su destino, caminando en hilera debido a la estrechez del túnel y vigilando con las varitas cualquiera de sus movimientos.
La luz empezó a filtrarse al final del camino, el gato debía de haber apretado las raíces del Sauce Boxeador y la extraña compañía empezó a salir del mismo sin que se produjera ningún rumor de ramas enfurecidas. La oscuridad era total en la superficie, la única luz parecía provenir del centenar de ventanas distantes del castillo. Atravesaban los terrenos del colegio en silencio y pesadez, empujando a Peter cada vez que hacía amagos de detenerse, cuando el viento se volvió más frío sin que hubiera reparado en ello. Los jirones de nubes corrían impulsados por él a través del cielo, permitiendo ver una decena de sombras bailarinas a su alrededor. Danzaban bajo la plateada luz con el aullido de los lobos de fondo, y Lupin alzó la vista al cielo. En lo alto del firmamento, parada encima de las copas de los árboles y de todas las estrellas, henchida en su brillante palidez como si estuviera a punto de caer sobre sus cabezas, observándolo como a un viejo amigo al que recibir con su traicionero beso, estaba la luna... y Lupin no tuvo más remedio que acudir a su llamada y sucumbir a sus encantos.
Sintió impotencia cuando la varita empezó a deslizarse lentamente entre sus dedos, vislumbrando a cámara lenta el trayecto de la misma hasta golpear una piedra del suelo. Escuchó el crujir de sus huesos alargándose, adoptando la forma propia de una mutación entre especies. Los hombros se le desencajaron con un ruido sordo, y el cabello empezó a brotar por todos los poros de su cuerpo hasta cubrir toda su piel... y dónde antes estaban sus manos ahora contemplaba unas afiladas garras. El raído traje que portaba se desgarró como en tantas otras ocasiones, cediendo por las costuras mil veces remendadas. Su pose bípeda cedió ante la gravedad, y sus cuatro extremidades se apoyaron en el suelo... no obstante, la longitud de sus patas delanteras le impedían adoptar la postura de los lobos corrientes. Las esposas que lo unían a Peter se quebraron durante el trayecto, y aquel al que alguna vez llamó amigo se lanzó en busca de la varita que Lupin había dejado caer anteriormente. Escuchó un estallido rompiendo el silencio, y tras el menguar de una luz cegadora, vio a Ron caer inmóvil sobre la tierra, aferrando en su mano los dos aros metálicos que conformaban los grilletes. Su varita, ahora en manos de Peter, volvió a salir por los aires, perdiéndose de su vista, debido a un hechizo que lanzó Harry... pero era demasiado tarde. La transformación en rata de su excompañero ya había comenzado antes de que la varita abandonara su mano. En su forma rastrera, y liberado de las cadenas que lo mantenía preso, un antiguo amigo se perdía entre la hierba en dirección a la oscuridad del bosque prohibido sin nadie a su estela que pudiera seguirle. Pettigrew había escapado... y la verdad se había marchado con él.
En un último momento de lucidez observó a un enorme perro negro adelantándose a su encuentro, interponiéndose entre él y los que hasta ese momento habían sido sus alumnos... protegiéndolos de su profesor. Finalmente, sus pupilas se dilataron por completo, y el último pensamiento que tuvo antes de perder la consciencia de sí mismo fue que, de nuevo, les había fallado a todos.
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