Algunos fragmentos, párrafos o conversaciones de los capítulos están copiados directamente o modificados sutilmente de los distintos libros que forman la saga "Harry Potter" para poder abordar mejor la historia. No obstante, también hay ligeros cambios en el cannon (año arriba o abajo en las edades de los personajes), así como easter eggs o pistas para los más meticulosos.

Aclaración: La letra cursiva se utiliza para flashbacks.

12 — EL RELOJ DE HERMIONE

Podría reconocer el patrón de figuras geométricas dibujado en el techo en cualquier momento. Lo había visto decenas de veces durante su corta existencia, no hacía más de un par de meses desde su última visita. Poco importaba que la sala estuviera prácticamente a oscuras, que él estuviera todavía medio aturdido, sintiendo como si sus huesos estuvieran hechos de plomo enriquecido, o que alguien le hubiera robado las gafas. Se encontraba acostado sobre uno de los mullidos colchones de la enfermería... otra vez. Distinguió una figura borrosa descansando sobre una silla a su derecha que, por el color y el encrespado de su pelo, dedujo que sería Hermione.

— ¿Qué ha pasado, Herms? —le preguntó incorporándose y recogiendo las gafas de la mesilla.

Su amiga tenía la vista petrificada. Estudiaba todos los movimientos de la señora Pomfrey al otro lado de la habitación, dándoles la espalda. La enfermera, vestida con su uniforme blanco impoluto, se inclinaba sobre un paciente inconsciente... Wesley probablemente, pues aquella mancha de pelo rojiza era inconfundible bajo la plateada luz de la luna que se filtraba por las ventanas de la enfermería. Debían de haber pasado unas horas desde lo ocurrido en los terrenos del colegio a juzgar por la posición de las estrellas en el cielo. Harry apenas recordaba nada, y Hermione parecía incapaz de entender hasta la más sencilla de las preguntas.

— Snape me encontró cuidado de Ron en los jardines del castillo —empezó la joven rememorando sus más recientes recuerdos—. Al parecer estaba buscando al profesor Lupin y escuchó mis gritos de auxilio. Le conté lo que acaba de ocurrir, se adentró en el bosque sin creerme... y al cabo de unos minutos apareció contigo levitando y con Sirius esposado.

No parecía que hubiera mucho más que decir, pero en el rostro de Hermione se apreciaba la misma impotencia que rugía en su interior... nada podía haber salido peor desde que abandonaron el túnel del Sauce Boxeador. Pettigrew estaba libre y desparecido a kilómetros del colegio; el profesor Lupin se había transformado en licántropo, probablemente estaría perdido en algún rincón del bosque prohibido; su padrino se encontraba engrilletado de nuevo, y Snape estaría recibiendo elogios y premios por una heroicidad que no había realizado.

El murmullo de su conversación captó la atención de la señora Pomfrey, que acudía enérgicamente hasta ellos portando el trozo de chocolate negro más grande que Harry había visto en toda su vida, parecía una enorme roca volcánica.

— ¡Ah, estás despierto! —señaló con voz animada. Colocó en la mesilla el trozo de chocolate negro y empezó a trocearlo con un pequeño martillo de hierro.

— ¿Cómo está Ron? —se aventuró a preguntar Hermione.

— Sobrevivirá, sólo necesita un par de días en la enfermería —contestó la señora Pomfrey con seriedad—. En cuanto a vosotros dos, permaneceréis aquí hasta que yo esté bien segura de que estáis... ¿Se puede saber qué hace, señor Potter?

Harry, obviando las recomendaciones de la enfermera, se había levantado de un salto y enfilaba la salida empuñando con firmeza la varita que había recuperado de la mesilla. No iba a permitir que acabara todo así, con Sirius encarcelado de nuevo a sabiendas de su inocencia, y él teniendo que regresar al mismo orfanato de siempre... menos todavía cuando habían acariciado con la yema de los dedos un futuro mejor para ambos, un ápice de esperanza de ser la familia que sus padres habían deseado el día que nombraron a Sirius su padrino.

— Tengo que hablar con el profesor Dumbledore —explicó con esfuerzo, le dolía todo el cuerpo.

— Tranquilo, señor Potter —empezó con su dulzura habitual la señora Pomfrey—. Todo se ha solucionado, ya no corre usted ningún peligro... tienen apresado a Sirius Black. El ministro ha venido de urgencia y está ahora mismo reunido con el director. Al profesor Snape probablemente le otorgarán la Orden de Merlín... debe sentirse muy orgullo del Jefe de su Casa. Los dementores le darán a Black el beso en cualquier momento y esta pesadilla terminará... recuperará su vida.

— ¿¡Qué!? ¡No puede ser! —gritó Harry, completamente fuera de sí—. ¡Han atrapado al hombre equivocado!

— Señora Pomfrey, por favor, escuche —rogó Hermione en un tono más apaciguador. Se había acercado a Harry en un intento de tranquilizarlo, y miraba a la enfermera implorante—. Yo también lo vi, era la rata de Ron. Es un animago no registrado, Pettigrew, quiero decir...

— Chicos, chicos, habéis vivido una experiencia horrible. Es normal estar confundidos y agotados después de una crisis...

— ¡No estamos confundidos! —gritó de nuevo Harry, interrumpiéndola—. ¡Sirius Black es inoc...!

Conocía las palabras, pero se quedaron trabadas en su garganta congelada, incapaces de salir, al mismo tiempo que la puerta de la enfermería se cerraba con un golpe seco. El profesor Dumbledore había entrado en la estancia en mitad de sus gritos. Tenía un aspecto imponente, y lo observaba con reproche detrás de sus gafas de media luna y con la varita levantada.

— No permitiré que trate así a ninguno de mis profesores, señor Potter —aclaró el directo dirigiéndole una mirada de hielo impenetrable—. Ahora, si me permites Poppy, necesito cambiar unas palabras con el señor Potter y la señorita Granger, a solas —añadió retomando su habitual y gentil tono de voz.

— Señor director —farfulló la enfermera de Hogwarts—. Lo que necesitan ahora es tratamiento y reposo.

— Cierto, señora Pomfrey, pero esto no puede esperar —replicó Dumbledore—. Me temo que debo insistir.

La enfermera, sintiéndose desplazada de su puesto de trabajo, frunció la boca en un gesto de reproche, se dirigió con paso firme al despacho que utilizaba ubicado al final de la sala, y cerró la puerta del mismo con un sonoro portazo. En ese momento, el director se volvió hacia sus alumnos, ansiosos y más que dispuestos a hablar a la vez.

— Profesor Dumbledore —empezó Hermione más calmada que antes—. Peter Pettigrew fingió su propia muerte hace doce años. Lo hemos visto esta noche, es...

— … una asquerosa rata —terminó la frase Harry con furia—. Sirius es inocente, nunca llegó a ser el Guardián Secreto de mis padres. No puede permitir que los dementores le...

— Ahora tenéis que escuchar vosotros dos y guardar silencio, porque no tenemos mucho tiempo —dijo Dumbledore, interrumpiendo sus explicaciones con la mano levantada—. Black no tiene ninguna prueba que demuestre esa historia, salvo vuestra palabra... y mucho me temo que las confesiones de dos magos adolescentes de trece años no convencerán a nadie.

— El profesor Lupin también puede corroborarlo —respondió Harry, incapaz de mantenerse callado.

— El profesor Lupin se encuentra en estos momentos perdido en mitad del bosque, incapaz de contarle nada a nadie, incapaz de reconocer su propio reflejo —replicó el director—. Cuando vuelva su raciocinio ya será demasiado tarde para Sirius. Además, la gente confía poco o nada en la palabra de los licántropos, sobre todo cuando llevan siglos ocultando su secreto... por no mencionar el hecho de que él y Sirius son viejos amigos.

— Pero usted nos cree —señaló Harry, podía notarlo en sus ojos.

En opinión de Harry, muy rápido había cambiado el director Dumbledore de parecer: O bien se había inmiscuido en los recuerdos de Sirius, o había indagado en los suyos mientras estaba inconsciente.

— Sí, yo os creo —respondió en voz baja el director—. Pero no puede convencer a los demás ni desautorizar al Ministro de Magia. Una calle llena de testigos juró haber visto a Black matando a Pettigrew, y yo mismo di testimonio de que Sirius era el Guardián Secreto de los Potter.

La rabia que surgía y se acumulaba poco a poco en el interior de Harry en ese momento era mayúscula. Estaba convencido de que Dumbledore podía arreglarlo todo a su antojo, siempre y cuando hubiera una motivación egoísta detrás con la que poder beneficiarse. Sin embargo, ahora se negaba a actuar.

— Misterioso asunto el tiempo, poderoso, y cuando se juega con él... peligroso. Prestadme atención si queréis salvar a Black —empezó de nuevo Dumbledore interrumpiendo sus pensamientos e incluyéndose en un hipotético plan de rescatar a Sirius... como si hubiese leído sus pensamientos, de nuevo—. Sirius se encuentra encerrado en una pequeña celda que hemos habilitado en lo alto de la torre norte. Conoce las normas señorita Granger, no debe ser vista, de lo contrario, las consecuencias serán espantosas para todos —añadió alternando su mirada entre ambos jóvenes—. Si todo va bien, otra vida inocente será salvada esta noche.

Harry no entendía nada en ese momento, pero la mirada firme de Hermione le transmitía que ella había comprendido perfectamente que pretendía el director con sus divagaciones.

— Tres vueltas deberían ser más que suficientes, señorita Granger —dijo consultando su reloj de bolsillo—. Buena suerte..., y ante la duda, desandar lo andado resulta siempre la opción más sabia —señaló antes de cerrar las puertas de la enfermería tras de sí. No obstante, a Harry le pareció escucharle murmurar algo al otro lado del umbral.

— ¿Buena suerte? —repitió Harry, mirando confundido a su amiga después de que la puerta se hubo cerrado tras Dumbledore, esperando de ella algún tipo de explicación—. ¿Tres vueltas? ¿Qué ha querido decir?

Pero Hermione no parecía escuchar ninguna de sus preguntas, sino que estaba rebuscando en el cuello de su túnica hasta dar con una larga y fina cadena de oro. Estiró la misma por fuera de su uniforme, y Harry pudo reconocer un pequeño reloj de arena que pendía de ella mientras la joven rodeaba el cuello de ambos.

— ¿Preparado? —preguntó la chica, jadeante.

— ¿Preparado? ¿para qué? ¿qué se supone que...? —no pudo terminar la frase. Hermione había dado tres vueltas al diminuto reloj de arena que portaba.

Todos los colores de la enfermería desaparecieron de repente, los muebles se convirtieron en manchas borrosas y deformes a su alrededor. Empezó a notar palpitaciones en los oídos, como si estuviera volando más rápido que nunca en dirección contraria al viento. Quiso gritar, pero no podía escuchar ni su propia voz.

Un segundo después volvió a sentir el suelo firme de la habitación bajo sus pies, pero todo era diferente: la sala estaba vacía, ninguna de las camas estaba ocupada, la silueta de la enfermera Pomfrey podía verse a través del cristal translúcido de su pequeño despacho... por no mencionar que la luz del sol de la tarde volvía a filtrarse a través de las muchas ventanas bañando el suelo pavimentando de la enfermería.

— Las siete y media —señaló Hermione en el gigantesco reloj de la torre mientras le quitaba la cadena del cuello—. ¿Dónde estábamos a las siete y media? —preguntó arrastrándolo hacia las escaleras que conectaban la enfermería con el vestíbulo.

— ¿Las siete y media? ¿de hoy? —repitió Harry, incrédulo, intentando conectar todo lo que acababa de suceder—. No lo sé... donde Hagrid quizás.

No le dio tiempo a decir mucho más, pues Hermione le agarró fuertemente de la túnica y le arrastró hacia los escalones. Bajaron rápidamente cerciorándose de que no había nadie a sus alrededores capaz de identificarles. Cruzaron el patio trasero escondiéndose de los dos miembros del ministerio que habían ejecutado a Buckbeak, y enfilaron la entrada del puente de madera en el mismo momento en que una figura conocida se detenía al final del mismo, dándoles la espalda.

— ¡Pareja! —escuchó el verdadero sonido de su voz proveniente de una versión menos sucia y cansada de sí mismo. Estaba llamando a alguien delante suyo y acudía a su encuentro... Ron y Hermione según sus recuerdos, justo como había ocurrido tres horas antes exactamente.

— Hemos retrocedido en el tiempo —susurró Harry en el momento en que llegaron al final del puente para observar su anterior encuentro en el círculo de monolitos negros desde otra perspectiva—. Tienes un giratiempo, por eso has podido cursar más asignaturas este año. Creía que estaban prohibidos.

— Altamente regulados, más bien. Me pasé las vacaciones rodeada de formularios. Los profesores me lo prestaron el día que comenzaron las clases, bajo juramento de que no se lo contara a nadie —explicó mientras le sujetaba para que sus versiones más jóvenes no pudieran verlos—. Pero no entiendo porque Dumbledore nos ha hecho retroceder tanto.

Harry la observó con curiosidad, estrujándose el cerebro, hasta que terminó por asomarse con cuidado para comprobar si su otro yo había continuado con su descenso hasta la cabaña de Hagrid después de su pasada discusión en la colina... y entonces lo comprendió.

— Buckbeak, Hermione. Debemos rescatar también a Buckbeak —señaló finalmente con alegría—. Debemos volar hasta donde se encuentra Sirius encerrado y conseguir que escapen juntos.

— Será un milagro si conseguimos hacerlo todo sin que nos vean. Nunca he pasado tanto tiempo en este lado —respondió aterrorizado.

Enfilaron, de nuevo, el camino hacia la cabaña del guardabosques, pero por un camino distinto al recorrido horas antes. Siguieron recto hacia el huerto y los invernaderos en lugar de bajar, y se ocultaron entre los árboles que delimitaban la frontera con el bosque prohibido. Aquella arboleda era oscura incluso a plena luz del día. Avanzaron lentamente hasta vislumbrar la pequeña cabaña de Hagrid, a tiempo de ver la espalda de su otro yo apoyada en el alfeizar de la ventana, dando largos sorbos a su gigantesca taza de té.

— Debemos acércanos un poco más a Buckbeak —susurró Hermione, tirando de él sigilosamente hasta ver al hipogrifo atado a la valla que circundaba la plantación de calabazas gigantes.

— ¿Ahora? —preguntó Harry imitando su tono de voz.

— ¡No! —replicó ella de inmediato—. Recuerda que nosotros lo hemos visto al salir de la cabaña. Además, si nos lo llevamos ahora los hombres de la comisión creerán que Hagrid lo ha liberado. Tenemos que esperar a que lo vean atado.

— Eso nos da un margen de actuación muy pequeño, Hermione —contestó Harry, al que la tarea la empezaba a parecer irrealizable.

— No te preocupes, saldrá bien —respondió ella bastante convencida.

En ese momento escucharon el grito de sorpresa de una chica provenir del interior de la choza. Hermione debía de haber encontrado a Pettigrew escondido en el segundo cartón de leche.

— Hermione —la llamó Harry mientras observaban, escondidos, acumularse a las cuatro personas en el alfeizar de la ventana—. Si sabemos dónde está Pettigrew ¿por qué no retrocedemos más y lo cogemos cuando no haya nadie observando? Así evitaremos también que Weasley salga herido, ¿cuál es el límite del giratiempo?

— Doce horas, las mismas que mancillas tiene un reloj —replicó Hermione sin mirarle. Tenía la vista fijada en el serpenteante descenso que había hasta la cabaña de Hagrid desde el puente techado—. Pero no funciona así. No lo entiendes.

— ¡Pues explícamelo! —respondió él, desafiante.

— Nada de lo que ya ha ocurrido se puede cambiar, Harry —empezó después de advertirle con la mirada que no utilizara ese tono con ella—. Si estamos aquí ahora es porque ya estábamos aquí antes. Si Dumbledore nos ha enviado a este preciso momento es porque ya sabe que Buckbeak ha escapado. Puede que nos haya visto, o puede que no sepa que hemos sido nosotros... pero algo ha ocurrido que ha impedido la ejecución.

Se calló en el preciso momento en que Dumbledore, el anciano de la comisión y el verdugo empezaban a bajar por los escalones de piedra, y cuatro personas salían por la puerta trasera de la cabaña. Se vio a sí mismo con Hagrid y sus dos compañeros de curso... aquella era, sin duda, la situación más extraña en la que se había encontrado jamás.

— Recuerda lo que ha dicho Dumbledore, Harry —susurró Hermione, completamente agachada detrás de una calabaza que le triplicaba el tamaño. Sus otras versiones continuaban hablando con el Guardabosques en un tono más alto que el suyo—. Ha dicho "otra vida inocente", por eso estoy convencida de que Buckbeak se va a salvar... Que lleguemos a tiempo de rescatar a Sirius sin que nos vean es una historia muy diferente.

Llamaron a la puerta principal de la cabaña de Hagrid, el grupo de ejecución había llegado. El Guardabosques dio media vuelta y se metió en la choza por la puerta trasera mientras Weasley y sus otras versiones se alejaban evitando la mirada de los adultos.

— ¿Dónde está la bestia? —preguntó una fría voz desde el interior del hogar.

— Fu... Fuera —escucharon como respondía Hagrid con voz temblorosa.

Harry escondió la cabeza cuando el verdugo apareció asomado en la misma ventana en la que él había estado apoyado, hasta hace apenas unos escasos minutos (y horas también), para observar al hipogrifo.

— Es un espécimen precioso —señaló el verdugo—. Espero que no le importe que me quede con la cabeza como trofeo.

— Tenemos que leer la sentencia —se escuchó decir al anciano de la comisión—. Macnair, tú también debes escuchar.

El rostro del verdugo desapareció en ese momento de la ventana, era ahora o nunca. Harry zigzagueó entre las calabazas gigantes hasta llegar a Buckbeak mientras en el interior de la cabaña se escuchaban partes contrapuestas, condenados y sentencias. Guardándose de parpadear, Harry volvió a mirar los feroces ojos naranja de Buckbeak e inclinó la cabeza, justo como había hecho durante aquella primera sesión de Cuidado de Criaturas Mágicas que desencadenó muchos de los acontecimientos del curso. Buckbeak dobló las escamosas rodillas y volvió a enderezarse en el momento en que Harry soltaba la cadena que ataba al hipogrifo a la valla del huerto.

— Vamos, Buckbeak —murmuró Harry, tirando con todas sus fuerzas, intentado que el animal desclavara del suelo las patas delanteras—. Ven, hemos venido a salvarte. Sin hacer ruido, sin hacer ruido...

El murmullo del interior de la cabaña se apagó a la vez que se incrementaba el sonido de unas pisadas acercándose a la puerta trasera por la que anteriormente habían huido.

— Un momento, Macnair, por favor —dijo la voz de Dumbledore consiguiendo que los pasos se detuvieran. El director se había colocado justo en la ventana que daba al huerto, impidiendo que cualquiera de los que estaban dentro pudieran ver que estaba ocurriendo fuera—. Usted también tiene que firmar.

Hermione apareció de repente a su lado y le ayudó a tirar de la cadena, consiguiendo ambos que el hipogrifo echara a andar agitando un poco las alas con cierto talante irritado. Aún se hallaban a varios metros del bosque y se les podría ver perfectamente en el momento en que la puerta trasera se abriera. Harry dio otro fuerte tirón a la cadena y Buckbeak empezó a trotar a regañadientes. Llegaron hasta los árboles al mismo tiempo que se escuchaba el girar de la manivela detrás de ellos. Por suerte, ya estaban fuera del alcance de las miradas indiscretas. No podían ver el huerto de Hagrid desde su posición.

La puerta trasera se abrió de golpe. Harry, Hermione y Buckbeak se quedaron inmóviles, petrificados, escuchando con atención el sorpresivo silencio de los cuatro adultos al pie de la cabaña.

— ¿Dónde está? —dijo la voz atiplada del anciano de la comisión—. ¿Dónde está la bestia?

— ¡Estaba atada aquí! ¡Exactamente aquí! —dijo con furia el verdugo.

— ¡Qué extraordinario! —dijo Dumbledore con un deje desenfadado. No sabía el motivo, pero Harry estaba seguro que el director podía verlos a pesar de estar ocultos entre los árboles.

— ¡Buckbeak! —exclamó Hagrid con voz llorosa—. ¡Se ha ido! Debe de haberse soltado solo. Alabado sea Merlín, Buckbeak que listo eres.

— ¡Lo han soltado! —gruñó el verdugo—. Deberíamos rastrear los terrenos y el bosque. Quien lo haya hecho no debe andar muy lejos.

— No tiene permiso para adentrarse en la propiedad del colegio, señor —aclaró Dumbledore—. Pero no puedo impedirle registrar los cielos si así lo desea. Mientras, yo tomaré una taza de té, o una generosa copa de brandy.

— Por... por supuesto profesor —contestó Hagrid, al que la alegría parecía haberle dejado flojo.

— Esto no quedará así —amenazó el anciano miembro de la comisión.

Se escuchó la leve maldición del verdugo y a continuación un sonido silbante y el golpe de un hacha a la par que la puerta se cerraba detrás de los docentes del colegio, y el vuelo de varios cuervos. El verdugo, furioso, había lanzado su arma contra la valla.

— ¿Y ahora qué? —susurró Harry, mirando a su alrededor.

— Habrá que moverse —dijo Hermione pensativa—. Tenemos que ir donde podamos ver el Sauce Boxeador o no nos enteraremos de lo que ocurre. Pero hemos de seguir ocultos, Harry, recuérdalo.

Se movieron por el linde del bosque prohibido, mientras caía la noche, hasta ocultarse tras un grupo de árboles entre los cuales podían distinguir el sauce y lo que estaba por venir. Ellos ya debían de encontrarse dentro del túnel que escondía el árbol, pues llegaron a tiempo de ver como el profesor Lupin bajaba corriendo por la colina y se dirigía hacia el sauce bajo una oscuridad cubierta por las nubes. Lupin alzó su varita contra las ramas y desapareció por el hueco que había entre las raíces.

— Ya está —dijo Hermione en voz baja—. Ahora sólo nos queda esperar que volvamos a salir.

Se sentaron en el suelo, sujetando la cadena de Buckbeak, que se tumbó junto a ellos a esperar el momento exacto en que las versiones menos experimentadas de ellos mismos brotaran de las raíces del Sauce Boxeador y se enfrentaran al aciago destino que les había preparado la luna.


— ¿Qué fue lo que sucedió, Harry? —preguntó finalmente Hermione, rompiendo el duradero silencio en el que habían estado inmersos—. Cuando te adentraste en el bosque, sin mí.

Aquella pregunta le tomó por sorpresa, sentado en el suelo, arrancando brotes de césped por la frustración de no poder intervenir, pero todavía más su aclaración. Había estado tan ocupado, ensimismado en sus pensamientos egoístas que ni siquiera se había percatado de que la había abandonado a su suerte, cuando nada podía ir ya peor. La había dejado sola en mitad de los terrenos con un peligroso traidor suelto... y ni siquiera se había disculpado por ello.

— Lo siento mucho, Hermione. No debería haberte...

— No tengas complejo de héroe, Harry —le interrumpió su amiga. Creía que estaría enfadada, que era una reprimenda, pero lo había dicho con una sonrisa—. Entiendo que tenías que rescatar a Sirius. Además, yo se cuidar perfectamente de mí misma —añadió sujetándole por el hombro—. No intentaba hacerte sentir mal... sólo te preguntaba por curiosidad. No pude evitar escuchar al profesor Snape cuando le relataba lo acontecido al director Dumbledore.

Curiosidad e incertidumbre... los mismos sentimientos que ocupaban la mente de Harry. Apenas habían transcurrido dos horas desde que perdió el conocimiento en una de las orillas del Lago, pronto su otro yo experimentaría la misma situación. Tenía ciertas suposiciones sobre lo que había ocurrido, pero seguía sin saber quién era aquella misteriosa figura que le había salvado la vida en el último momento.

Le temblaban tanto las piernas que sus rodillas golpearon el suelo sin darse apenas cuenta. Estaba arrodillado, derrotado... hundido por haber permitido que Pettigrew se hiciese con la varita de Lupin y escapase en forma de rata. Estaba demasiado absorto en la pelea que llevaban a cabo los dos amigos de su padre transformados como para escuchar los gritos de auxilio de Hermione. La chica estaba a su espalda, intentando sin éxito que Weasley recuperase la consciencia. El chico había caído inerte hacia arriba, con la boca abierta y los ojos entornados, respiraba con normalidad, pero parecía incapaz de reconocerlos. No había nada que pudieran hacer por él... se encontró de nuevo en una situación que les sobrepasaba enormemente.

Ambos cánidos chocaron una vez más en el aire, como dos fuerzas atraídas por su parte contrapuesta. Se enzarzaron en el suelo al caer, mandíbula contra mandíbula, rasgándose el uno al otro con sus colmillos y zarpas. A continuación se escuchó un lamento: una de las dentelladas había alcanzado su objetivo, el enorme perro tenía atrapado al licántropo por el cuello y lo arrastraba hacia la negrura del bosque prohibido, lejos de los adolescentes, hacia un lugar en el que batallar sin ponerles en peligro.

Sin saber por qué, y al contrario de lo que le gritaba su instinto, sus pies obtuvieron vida propia. Le hicieron levantarse y avanzar hacia la oscuridad por donde se habían perdido los animales, hundiéndose como en una sima, en un bosque negro, frío y húmedo, en las conocidas y amigables tinieblas, en una oscuridad que no parecía tener final. El bosque estaba lleno de susurros, la luz de la luna parpadeaba atravesando las copas entrelazadas de los árboles, dejando a la vista las señales de la cruenta batalla entre ambas bestias. Había troncos y ramas destrozadas por doquier, siluetas de garras marcando el suelo, restos de sangre manchando cada piedra del camino... y los pasos de una bestia acercándose lentamente por la espalda a su encuentro. Viró sobre sí mismo, cuidadosamente, con la esperanza de encontrarse con el enorme perro negro que era su padrino... No podía estar más equivocado.

La criatura enfrente suyo era lo más parecido a un lobo que Harry había visto en toda su vida. De mayor tamaño y pelo grisáceo, se acercaba sutilmente hasta él en forma cuadrúpeda y posición de alerta, ligeramente inclinado. Tenía las pupilas más pequeñas, casi humanas, y el morro algo más corto y ensangrentado. Cuando estuvo lo bastante cerca como para oler el hediondo aliento que desprendían sus fauces abiertas pensó, por segunda vez en su corta existencia, que iba a morir... pero un aullido lejano resonó en la distancia. El licántropo se detuvo de inmediato a la vez que alzaba sus orejas picudas. El animal dejó de prestarle atención, parecía estar completamente hipnotizado con aquella llamada. Finalmente, se alejó rápidamente en busca de su origen.

Otro lamento distinto y cercano llegó de pronto a sus oídos procedente del oeste, parecía el gemido de un perro lamiendo sus heridas, y tras un momento de indecisión, echó a correr en aquella dirección. Al cabo de unos segundos se encontró en uno de los límites del bosque, en una pequeña zona semicircular rodeada completamente de árboles con una pequeña entrada de agua al Lago Negro. Flotando en los pocos pies de profundidad del estanque, Sirius, de nuevo en su forma humana, yacía boca arriba, con el agua limpiando sus heridas, inconsciente y rodeado de decenas de figuras negras encapuchadas volando a su alrededor. Una de las sombras se deslizó con suavidad hacía su posición; suspendida encima del suelo, no se le veían los pies ni la cara, ambos tapados por la túnica, y a medida que avanzaba, parecía tragarse la noche consigo.

Un terror de muerte danzaba en el ambiente, un miedo que dejaba sin fuerzas, que paralizaba, que ahogaba. Poco importó las veces que Harry pronunció el hechizo que llevaba meses practicando, y pocos fueron los recuerdos felices que se cruzaron en ese momento por su mente. La débil luz de su informe patronus no conseguía disuadir a los dementores de su misión, ni proteger a su padrino, al contrario, la brumosa plata de su varita pareció captar la atención de aquellas terribles criaturas. Pronto se vio rodeado por todas ellas. Su encantamiento se esfumó como el humo esparciéndose en el cielo, y los gritos de su madre regresaron a sus oídos. Mientras caía de bruces contra la arena en mitad de la niebla que le ahogaba, le pareció ver una figura familiar, de pie sobre una enorme roca en la otra orilla del semicírculo. Haciendo acopio de todas sus fuerzas antes de desmayarse, levantó la cabeza lo suficiente como para ver a un animal plateado galopando sobre el agua. Los gritos comenzaron a cesar, el frío del ambiente desapareció por completo, y el animal retornó hasta la extraña figura de pelo negro azabache y gafas cuando sus parpados terminaron por cerrarse.

— Pero ¿qué era? —preguntó Hermione una vez finalizó su relato.

— Sólo hay una cosa capaz de hacer retroceder a los dementores —señaló Harry—. Un auténtico patronus corpóreo.

— Pero ¿quién lo hizo aparecer? —cuestionó de nuevo su amiga.

Harry no dijo nada, no quería preocupar a Hermione con sus suposiciones. Imaginaba quien podía ser, lo había visto decenas de veces en cada una de las fotos que Hagrid le había regalado... pero debía de haberse tratado de algún tipo de alucinación por el estrés del momento. De lo contrario, ¿cómo era aquello posible?

— ¿No viste que aspecto tenía? —preguntó Hermione con insistencia—. ¿Era uno de los profesores?

— No —contestó Harry con rotundidad a su segunda pregunta.

— Pero tuvo que ser un brujo muy poderoso para alejar a todos los dementores... ¿No lo iluminó el patronus? ¿No pudiste ver...?

— Sí que lo vi —replicó finalmente Harry—. Aunque tal vez lo imaginase. No pensaba con claridad, me desmaye inmediatamente después.

— ¿Y quién te pareció que era?

— Me pareció..—.Harry tragó saliva, consciente de lo raro e inverosímil que iba a sonar aquello—. Me pareció ver a mi padre.

Observó a Hermione, y vio que estaba con la boca cerrada, pero sus ojos la delataban. Tenía la misma mirada de inquietud y pena que le devolvía cada vez que, sin querer, mencionada alguna anécdota de sus padres en su presencia, y después se percataba de que él jamás podría comprenderla.

— Harry, tu padre está..., bueno..., está muerto —dijo en voz baja.

— Lo sé, y también sé que parece una locura —respondió Harry con determinación. Se volvió para acariciar a Buckbeak, que metía el pico en la tierra en busca de alguna lombriz—. Yo sólo te digo lo que he visto.

Las hojas de los árboles susurraban movidas por la ligera brisa, la luna aparecía y desaparecía entre las nubes, y su mente divagaba en su padre y los tres amigos que lo acompañaron durante su infancia: Lunático, Canuto y Colagusano... Los tres se había reencontrado aquella noche cuando todo el mundo daba por muerto a uno de ellos. ¿Acaso era imposible que su padre hubiera hecho lo mismo? ¿Había sido el hombre en el lago algún tipo de visión? La figura había estado a una distancia considerable para distinguirla del todo, y el brillo del patronus lo había difuminado todo a su alrededor. Sin embargo, había estado tan seguro de que era él antes de perder el conocimiento.

— Ya salimos —susurró Hermione para romper sus pensamientos. Sus padres estaban muertos, y confundirlos en mitad de la noche o recordar el eco de sus voces no los traería de vuelta.

Se pusieron de pie, Buckbeak incluido con la cabeza levantada. Observaron detalladamente a varias figuras salir con dificultad del agujero en las raíces del Sauce Boxeador y enfilar el camino de regreso a Hogwarts. Podía sentir su corazón latiendo desbocado dentro de su pecho. Levantó la vista al cielo... de un momento a otro pasaría la nube que les protegía del cielo y la luna quedaría al descubierto.

— ¿De verdad vamos a hacerlo? —cuestionó Harry apretando con rabia los puños y aguantando las ganas de lanzarle un puñetazo a alguno de los árboles que les ocultaban—. ¿Vamos a consentir que Pettigrew vuelva a escapar? Uno de los dos podría salir en su búsqueda... si Lupin no me hubiera quitado el mapa.

— Harry —le llamó su amiga en un triste intento de apaciguar su ira — tenemos que quedarnos aquí. Además, ¿cómo demonios esperas encontrar una rata en un bosque gigante? No podemos hacer nada —le atajó zanjando el tema.

La luna apareció entre las nubes, y el pequeño grupo de siluetas se detuvo en mitad de los terrenos. A continuación, las sombras empezaron a bailar en el suelo, Lupin se estaba transformando, al igual que Sirius... Pettigrew volvió a escapar enfrente de sus ojos, y un chico terminó por adentrarse en el bosque, persiguiendo a los únicos amigos de su fallecido padre.

— Hermione —dijo Harry de repente—. Siento joderte la idea de no intervenir, pero esos dos vienen hacía aquí. ¡Corre!

Esta vez se aseguró de no dejar a su amiga atrás. La cogió de la mano y tiró de ella mientras corría en una dirección cualquiera. No importaba cual fuera mientras se escondieran lo suficiente del profesor Lupin y sus sentidos superdesarrollados... hasta que se percató de que ninguno de los dos había sujetado la cadena del hipogrifo. Debía regresar cuidadosamente sobre sus pasos si querían tener la oportunidad de concederle una huida a Sirius. Avanzaron lentamente, aguantando la respiración con cada paso dado, encontrando escalofriante mirar sobre un inacabable paisaje de ramas y nubes. Al cabo de unos segundos, divisaron a un joven de pelo negro azabache siendo acechado por un enorme lobo gris. Sentía todavía el nudo en la garganta y el temblor en las piernas cuando Hermione se puso a aullar a su lado.

— ¿Pero qué haces? —le preguntó intentando taparle la boca sin éxito.

— Salvarte la vida, idiota —replicó ella inmediatamente—. Si estamos aquí es porque somos el aullido que has mencionado antes.

Lo que Hermione no parecía tener en cuenta era que la bestia se dirigía en esos momentos justo donde se encontraban ellos. Pronto se plantó enfrente suyo, arrinconándolos contra un grueso árbol que les impedía huir. Sin saber por qué, Harry se puso entre Hermione y la transformación de su profesor. Sabía que no tenía nada que hacer contra aquella criatura, y que el heroísmo no era más que un mito que se cuenta a los jóvenes idealistas... pero algo empujó sus pasos. El licántropo se acercó más hasta ellos, soltando su pútrido aliento a escasos centímetros de su cuello, dispuesto a lanzar la dentellada final... pero esta nunca llegó. De entre los árboles surgió Buckbeak rugiendo, galopando, quebrando ramas a su paso hasta embestir a la criatura. El lobo se levantó enseguida dispuesto a contratacar, pero el hipogrifo se elevó sobre sus patas traseras, incrementando enormemente su postura con las alas desplegadas. Sus pezuñas cayeron con fuerza y velocidad, arañando el rostro de su transformado profesor. Asustado y derrotado, el lobo gris giró sobre sí mismo y huyó lejos de su vista.

— Pobre profesor Lupin —señaló Harry observando cómo se perdía en el bosque, pudiendo al fin tragar saliva—. Debe de haber sido una de las peores noches de su vida.

— Harry —le llamó Hermione con la voz entrecortando y apuntando directamente al cielo.

Decenas de capas negras volaban encima de sus cabezas, rozando con sus ondeantes telas las copas de los árboles más altos. Harry cogió de nuevo la mano de Hermione y echó a correr en la misma dirección que los dementores, sin pensar en nada más que en Sirius y su padre. El bosque les respondió con susurros durante todo el trayecto.

Llegaron jadeando a la otra orilla del arroyo y se escondieron detrás de dos gigantescos troncos desde los que poder ver la misteriosa figura que les había rescatado. La luz de la luna parpadeaba en las agitadas aguas del lago, y al otro lado del arroyo se podían ver leves destellos plateados, sus propios y fútiles intentos de conseguir un patronus con el que seguir aferrándose a la vida... pero no había nadie encima de la roca.

— Esto es horrible —murmuró Hermione.

— No te preocupes —respondió Harry en un intento de tranquilizarla a ella y tranquilizarse a sí mismo. Llevaban demasiadas experiencias trepidantes en apenas unos minutos—. Mi padre vendrá, conjurará el patronus.

— Harry... nadie va a venir —replicó Hermione en el momento en que el chico de la otra orilla se rendía y la nube plateada que lo protegía se desvanecía en el cielo—. Estáis muriendo... morís los dos —añadió tapándose el rostro con las manos.

El frío era tan intenso que temblaba de pies a cabeza. Se le puso la carne de gallina en los brazos y se le erizó el vello de la nuca. Abrió los ojos al máximo buscando alrededor algún resquicio de su padre, pero no vio nada... y entonces lo comprendió. Hermione lo había dicho anteriormente: si estaban ahí era por un motivo en concreto. Salió a toda prisa de detrás del árbol, obviando las recomendaciones de su amiga, situó los pies bien firmes en la roca, extendió el brazo con la varita en alto y apuntó a la zona de conflicto al otro lado del arroyo.

— ¡EXPECTO... PATRONUM! —exclamó con las pocas fuerzas que le quedaban.

La punta de su varita empezó a iluminarse con fuerza, pero el hechizo provenía de un lugar mucho más profundo... de su propio corazón. Podía sentir el encantamiento vibrar en su interior: amor, amistad, felicidad y calor. La nube uniforme se convirtió en un animal plateado, deslumbrante y cegador. Galopaba en silencio, alejándose de él y haciendo contraste con la superficie negra del lago. Lo vio bajar la cabeza y cargar contra los dementores, que retrocedían, se dispersaban en todas direcciones huyendo despavoridos en la oscuridad.

El patronus dio media vuelta, volviendo hacia su dueño a medio galope, cruzando la calma superficie del agua, pero sin plasmar sus huellas en la misma. No era un caballo, tampoco un unicornio como le había parecido en un primer momento... Era un ciervo, y regresaba hacia a él brillando tanto como la luna. Se detuvo en la piedra y examinó a su dueño con los ojos grandes y plateados. Lentamente reclinó la cornamenta en un gesto de profundo respeto, y se desvaneció en el instante en que Harry alargaba hacia él las temblorosas yemas de sus dedos.

— Cornamenta...—susurró con la mano todavía extendida, sonriendo y acariciando el vacío que el animal había dejado.

— ¿Se puede saber qué demonios has hecho? —preguntó Hermione claramente enfadad mientras tiraba de él de nuevo hacia los arbustos—. Me prometiste que no intervendrías. ¿Te ha visto alguien? —cuestiono cuando ya estaban a buen recaudo.

— No... bueno, sí —matizó Harry sin poder disimular su sonrisa—. Era como has dicho antes Hermione. Si estamos aquí plantados es porque ya lo habíamos estado antes. Pensaba que era mi padre, pero me vi a mí mismo.

— No puedo creerlo... ¡Hiciste aparecer un patronus corpóreo! ¡Eso es magia avanzadísima!

— Sabía que podía hacerlo, porque... porque ya lo había hecho antes... ¿No es absurdo? —añadió riéndose.

— No lo sé, el destino es una ley cuyo significado se nos escapa... ¡mierda, Snape! —contestó de repente tirando de nuevo de él para agacharse entre los matorrales.

En la otra rivera del lago, donde descansaban la versión ingenua de Harry y Sirius, apareció Snape de entre los árboles, arrastrando por el terreno su túnica negra. Su profesor comprobó el pulso de ambos e hizo aparecer dos camillas: En una de ellas depositó a Harry con un cuidado que jamás le había mostrado estando despierto; en la otra soltó a Black con manifiesto desprecio, no sin encadenarlo antes con el mismo hechizo que había realizado Lupin horas antes. A continuación, les hizo levitar con un movimiento de varita en dirección al castillo, entre las largas y terribles sombras que proyectaban los retorcidos árboles por los que se perdieron sus figuras.

Harry y Hermione aguardaron en silencio, observando el movimiento de las nubes reflejado en el lago. La brisa susurraba entre las hojas de los arbustos que había a su alrededor, y Buckbeak se aburría tanto, que había vuelto a buscar lombrices ocultas entre las hojas del suelo.

— Ya casi es el momento —señaló Hermione, mirando nerviosa su reloj de pulsera—. Tenemos que rescatar a Sirius y volver a la enfermería antes de que Dumbledore cierre la puerta con llave.

Su amiga puso las manos en el lomo del hipogrifo y Harry la ayudó a subir. Luego apoyó el pie en una rama baja de un arbusto y montó delante de ella y agarró la cadena que Buckbeak tenía alrededor del cuello.

— ¿Preparada? —le preguntó a su compañera de Ravenclaw—. Será mejor que te sujetes fuerte a mí.

Espoleo a Buckbeak cuando su amiga todavía no le había dado tiempo a dejar de sonrojarse. El hipogrifo emprendió el vuelo hacia el cielo oscuro. Harry le presionó los costados con las rodillas y notó como el animal levantaba las alas. Hermione se sujetaba con fuerza a la cintura de Harry gritando al viento lo poco que le gustaba volar. Planeaban silenciosamente hacia las torres más altas del castillo, que parecían los dedos de un gigante acariciando el firmamento. Descendieron lentamente cuando divisaron la torre norte hasta aterrizar en el pavimento.

Sirius se encontraba sentado en el suelo de su celda minúscula, con la espalda apoyada en el muro y las piernas recogidas para no golpear la pared de piedras que tenía enfrente. Su padrino levantó la mirada con el ruido de las pisadas de la criatura y las suyas al desmontar. Boquiabierto, se levantó y aferró a los barrotes que los separaban.

— Alohomora —dijo Harry apuntando a la puerta, más esta no cedió ni un milímetro.

— ¡Échate hacia atrás! —le ordenó Hermione, sacando su varita sin dejar de sujetarse a la túnica de Harry—. ¡Bombarda! —exclamó.

El cerrojo de la puerta de la celda se destrozó cuando la joven terminó su movimiento, y cayó al suelo haciendo un ruido sordo. Sirius y Harry empujaron y tiraron de los pesados barrotes de hierro... y su padrino volvió a ser un hombre libre. Al cabo de unos segundos Buckbeak estaba de nuevo en el aire, pero en esta ocasión llevaba un pasajero de más. Navegaron hasta el techo de la torre oeste y aterrizaron tras las almenas con mucho alboroto, donde los alumnos de tercero se bajaron inmediatamente.

— Os estaré eternamente agradecido —dijo Sirius—. A los dos.

— ¿Nos volveremos a ver? —preguntó Harry sujetando todavía las riendas del hipogrifo.

— Mucho antes de lo que crees —contestó su padrino con una sonrisa ladina en el rostro, como si supiese de antemano muchas de las cosas que estaban por venir—. ¡Verdaderamente te pareces a tu padre, Harry!

Hermione y Harry se echaron hacia atrás a la vez que el hipogrifo volvía a desplegar las alas. Emprendió el vuelo tras un breve acelerón después de que Sirius le azuzara con los talones. Animal y jinete se empequeñecían a pasos agigantados, hasta que una nube pasó ante la luna y ambos fugitivos se perdieron de vista. Hermione tiró de su túnica para regresar corriendo a la enfermería, donde sus versiones más jóvenes pronto desaparecerían.

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