Algunos fragmentos, párrafos o conversaciones de los capítulos están copiados directamente o modificados sutilmente de los distintos libros que forman la saga "Harry Potter" para poder abordar mejor la historia. No obstante, también hay ligeros cambios en el cannon (año arriba o abajo en las edades de los personajes), así como easter eggs o pistas para los más meticulosos.

Aclaración: La letra cursiva se utiliza para flashbacks.

Aclaración: La letra en negrita se utiliza para textos escritos (cartas, notas, periódicos).

13 — UN NUEVO COMIENZO

— ¡Te ciega tu fanatismo! ¡Te recuerdo que fue un Gryffindor, y no un Slytherin, el que traicionó a mis padres! —le señaló Harry, incapaz de abandonar el tema y con las ganas de seguir discutiendo intactas.

— Esa es la excepción que confirma la regla —contestó Sirius. No respondió con gritos ni demostraciones de poder, pero el gélido vacío de sus ojos podría haber consumido la casa entera, dejando únicamente negrura.

— ¡Draco no es como su padre! ¡Y yo no soy James por mucho que te duela! —le contestó el adolescente abandonando el salón y enfilando el camino a las escaleras.

— Te pareces más a él de lo que crees —dijo Sirius casi para sí mismo mientras su ahijado llegaba furioso al rellano del primer piso, incapaz ya de oírle.

— ¡Esto es una mierda! —escuchó como se quejaba de nuevo su ahijado, con el que apenas llevaba unas semanas conviviendo—. ¡Estoy harto de vivir encerrado en esta casa! ¡Harto de la madera vieja que cruje! ¡Harto de los continuos susurros del viento!

El chico acompañó sus quejas con un fuerte portazo de su recién estrenada habitación, la misma que ocupó él durante muchos años. El ruido de la madera retumbó por toda la mansión, e hizo despertar al viejo retrato de su madre que había colgado en el pasillo y que nada ni nadie podía retirar.

— ¡Mestizos, monstruos y traidores de la sangre! ¡Contamináis la gloriosa casa de mis padres con vuestra presencia! —gritó la voz ronca de Walburga Black.

— ¡Tú! ¡Cállate ya, vieja arpía! ¡Por lo que más quieras, cállate o desaparece! —contestó Sirius, incapaz de aguantarle la mirada a su madre y regresando al asiento que había ocupado anteriormente en el salón comedor de la casa.

Sirius optó no por seguir a su ahijado escaleras arriba y continuar con la discusión a gritos. Si el chico estaba enfadado lo mejor sería darle tiempo y espacio para que se tranquilizara, para que entendiese las nuevas circunstancias que regían su vida. Uno de los dos debía hacer de adulto responsable... Le tocaba ser el ejemplo para Harry que James y Lily habrían deseado, aunque él tampoco estuviera contento con la situación actual.

Porque así era, no importaba la forma en que Dumbledore había maquillado sus palabras, no importaba como había disimulado la mentira. Cierto era que los aurores del Ministerio jamás podrían encontrarlo allí salvo que lo traicionarán de nuevo. Tampoco debería volver a preocuparse de los dementores de Azkaban... pero ninguna de esas dos cosas equivalía a ser un hombre libre. Únicamente había cambiado su pequeña celda en el Mar del Norte, rodeada por barcos naufragados y tesoros dispersos en el agua, por una mansión escondida en mitad de la capital. En Azkaban al menos le empujaba la pasión de escapar, el deseo incontrolable de encontrar a Peter y vengarse por la muerte de sus amigos... la posibilidad de criar a Harry como al hijo que nunca tuvo. En cambio, en el número 12 de Grimmauld Place solo había discusiones, peleas y recuerdos dolorosos de una infancia terrible y de una adolescencia aún peor.

Jamás desde que abandonó la ancestral casa de su familia se había planteado volver, ni tan siquiera después de conocer sobre la desaparición de su hermano Regulus... al que sentía que había abandonado a su suerte cuando se marchó a Godric´s Hollow con los Potter, permitiéndole caer en las garras de su manchado apellido. A pesar de sus diferentes ideales y continuos encontronazos, tanto en la mansión como en la escuela, seguía siendo su hermano pequeño, y durante su infancia compartieron algo más que lazos familiares. Ni siquiera en la oscuridad de su celda, indefenso contra el frío y el viento que se colaba entre los barrotes de la prisión, se le había pasado por la cabeza volver a poner un pie en aquella casa.

No fue hasta que Dumbledore le visitó en la torre del colegio para adentrarse en su mente que recordó que tenía una vivienda disponible, que no un hogar, en la que ocultarse. Al cruzar de nuevo la puerta principal de la mansión Black, después de varios lustros sin ver aquella puerta roja, se encontraron con capas de polvo y estructuras de telaraña decorando cada mueble de la casa. Las cortinas estaban repletas de huevos de doxy, y debajo del sofá yacía una familia entera de puffskeins. Un ghoul viejo y asesino se escondía en el baño de la planta baja, el armario del segundo piso estaba conquistado por un boggart, y el viejo elfo doméstico, que no parecía haber llevado a cabo su tarea de limpiar la casa durante años, les miraba con desprecio desde su rincón en la bodega de la mansión.

La limpieza de Grimnauld Place fue ardua y larga, si bien él ni siquiera pudo ayudar en demasía, pues seguía sin contar con una nueva varita que empuñar y que llamar propia. Lupin, cuando se hizo efectiva su renuncia como profesor, logró devolverle a la casa, antaño sombría, parte de la magnificencia de años pasados, pero poco importaba... Poco importaba que la mayoría de los muebles ya no fueran los mismos, que se hubieran desecho de la suciedad o arrancado hasta las láminas del papel pintado en las paredes. La esencia de la familia Black seguía impresa en cada rincón de la casa, recordándole a todas horas que no era bienvenido, que aquel no era su hogar, que solo era un extraño en una cárcel distinta.

Ahora lo sabía a ciencia cierta, el director le había dado gato por liebre durante su charla en aquella torre, le había engatusado con su lengua viperina como a tantos otros antes que él de los que pretendía sacar tajada. Había moldeado una mentira que le hiciese feliz, la había envuelto en papel de seda, y Sirius, incauto y desesperado, había pagado el sobrecoste encantado. Porque lo único que podía hacer Sirius con su tiempo infinito en aquella mansión era esperar en la mesa del comedor sintiéndose un inútil, chamuscarse las yemas de los dedos al frotar musgoradiente o beberse todo el vino de la bodega... esperar que el único amigo que le quedaba regresara algún día portando buenas noticias. Lupin marchaba durante días en busca de Colagusano, pero nunca llegaba a sus oídos ni el más mínimo rumor sobre su paradero.

En realidad, no era lo único que podía hacer en esas cuatro paredes: También servía de sustento monetario a los nuevos inquilinos de su casa con la generosa cantidad de dinero, escondido a buen recaudo, que había heredado de su tío Alphard en 1977. Con su hermano Regulus muerto en alguna cuneta sin nombre, el dinero de sus padres, del que había renegado al marcharse a casa de James con 16 años, también le pertenecía por derecho, puesto que era el único descendiente vivo en línea directa y sus padres, misteriosamente, nunca llegaron a firmar los documentos legales necesarios para desheredarlo. Ese dinero le pertenecía ahora a Harry por ser su ahijado, pero los contratos de Gringotts impedían al chico disponer de él hasta la mayoría de edad y Sirius había dejado de ser el guardador legal del dinero en el momento en que fue condenado a prisión. Gracias a Merlín, la siguiente persona en la que recaería la figura había sido descartada por la misma razón: Bellatrix seguía pudriéndose en Azkaban a apenas unos metros de distancia de la que había sido su celda. Por lo que el dinero estaba ahora en manos de su prima Andrómeda, la única de las hermanas con cabeza, y que ya había recibido la preceptiva visita de Dumbledore para aclarar el tema.


Remus caminaba ligero y feliz, silbando una alegre melodía por el municipio de Islington, llamando la atención de todos los transeúntes que vivían en aquel alegre vecindario muggle de Londres. Regresaba de una fructífera mañana de compras en el Callejón Diagón, con una jaula en su mano izquierda en la que dormitaba una pequeña lechuza, un regalo para un estudiante que había perdido a su mascota debido a su intervención el curso pasado. En la mano diestra agarraba fuertemente el palo de una escoba completamente nueva y excesivamente cara. Remus no podía creer como había cambiado tanto su suerte en tan poco tiempo.

— Eso es... increíble —Remus no terminaba de creerse las palabras de Dumbledore. El relato de todo lo que había acontecido la noche en que la luna llena le golpeó en mitad de los terrenos del castillo, poniendo en peligro a alumnos y viejos amigos y sin haberse tomado la poción matalobos era, sencillamente, difícil de asimilar.

Se había presentado en el despacho del director con la renuncia de su puesto de trabajo firmada de su puño y letra, sellada con el lacre de colegio, después de que en "El Profeta" se hubiese publicado que un miembro del profesorado de Hogwarts era un licántropo no registrado. Sabía que era Snape quien había filtrado la noticia, probablemente irritado porque Sirius había escapado, milagrosamente, del castillo... y con él había desaparecido la Orden de Merlín que creía merecer por capturar al único prófugo de Azkaban. Obviamente culpaba al amigo de la infancia, aún a sabiendas de que, en el momento de la huida, él ni siquiera era consciente de sí mismo... pero tampoco le importaba. Había sido un buen año después de todo: había aprendido mucho como profesor, una verdad que lo había atormentado durante años había salido a la luz para unos pocos (los necesarios), Sirius había logrado escapar de los dementores, había conocido a Harry y ayudado a este a conjurar un patronus corpóreo con la forma animaga de su padre. Cornamenta había vuelto a galopar una noche por el Lago Negro, y en parte se sentía orgulloso por todo ello... era mucho más de lo que tenía cuando aceptó el puesto de profesor.

Así es, Remus, una hazaña digna de su padre —señaló Dumbledore, estudiándolo detrás de sus gafas de media luna—. Y si todo sale como tengo planeado no será la única buena noticia para ambos. Estoy dispuesto a trasladar la morada habitual del joven Potter a Grimnauld Place y realizar el encantamiento "Fidelio" sobre la antigua casa de la familia Black —añadió con voz solemne el director del colegio enfrente suyo.

— ¿Por qué ahora? —preguntó Lupin.

— Creo que va siendo hora de que superéis la tragedia de vuestro pasado y tengáis una segunda oportunidad. Quizás sea la familia que todos andáis buscando —respondió el anciano—. Además, será mejor para todos que Harry empiece a generar más vínculos emocionales.

Entendía lo que pretendía Dumbledore con aquella maniobra: El chico se dejaba ver casi siempre rodeado de las mismas personas, un grupo reducido de compañeros de confianza. También sabía por sus clases privadas que no había una figura autoritaria o paternal en su vida más allá de un director del que desconfiaba. Tampoco había alguien esperándolo en el orfanato donde transcurrían sus veranos. Ahora bien, depositar la tarea de criar a un adolescente en los hombros de un recluso fugado e irresponsable y en los de un hombre lobo no parecía la mejor de las ideas. Ninguno de ellos había tenido buenas figuras paternales después de todo... ¿qué ejemplo podían ser para el chico?

— No obstante —interrumpió el director sus pensamientos tomando de nuevo la palabra — Espero que respetéis unas ciertas normas y medidas de seguridad.

— ¿Sirius? ¿medidas de seguridad? —repitió Lupin con escepticismo—. Creo que nunca llegó a comprender del todo a Sirius, profesor.

— Por eso espero que tú puedas controlarlo, Remus —replicó Dumbledore—. Que lo hagas mejor que en el pasado y sin tener que traicionar de nuevo mi confianza —añadió elevando su voz a un tono ligeramente más autoritario. No parecía un simple consejo.

¿Él? ¿controlar a Sirius? No había podido hacerlo durante sus años como estudiantes, ni siquiera cuando McGonagall lo nombró prefecto en sexto curso en un triste intento de que sus amigos no menoscabasen su autoridad.

— Os estoy ofreciendo mucho más de lo que podéis conseguir por vuestra propia cuenta ahí fuera, Remus —matizó Dumbledore—. Mendigando trabajo y comida, huyendo de la ley, escondidos en casas o cuevas abandonadas y perdidas en mitad de la nada.

— Sirius nunca lo verá así —respondió Lupin, convencido de sus palabras.

— Ambos sois lo suficientemente adultos como para que no tenga que obligar a nadie, Remus. La decisión final es sólo vuestra —añadió dando por finalizada aquella conversación.

Interrumpió sus recuerdos en el momento en que aparecía una escalera a sus pies, justo enfrente de una puerta de madera roja y desgastada con una aldaba de plata y forma de serpiente retorcida. No tenía cerradura, número ni buzón, aunque tampoco suponía un gran cambio. Ningún mago que no fuera Dumbledore o Sirius podía ver el número correcto de la casa o el nombre de la calle. Podían llegar hasta ella, incluso conducir a otra persona hasta la mismísima puerta, pero hasta ahí llegaban sus posibilidades.

Lupin subió los desgastados escalones de piedra y observó de reojo a sus alrededores, estudiando a los viandantes, comprobando que nadie estuviera vigilando sus movimientos. Finalmente, dejó la jaula del animal en el suelo y sacó su varita, golpeando con ella la aldaba de la puerta. Escuchó las decenas de cadenas girando al otro lado del umbral antes de abrirse con un chirrido al tiempo que un viejo tocadiscos empezaba a sonar en el piso superior al que se accedía por las escaleras que había a la izquierda una vez atravesabas la puerta. El resto de la planta baja era un salón comedor rectangular de concepto abierto que conectaba al fondo con la cocina. Esta última compartía pared con un aseo de invitados que había en el hueco debajo de las escaleras junto a dos alacenas roperas. Por último, había unos escalones en la cocina que daban al sótano, que los padres de Sirius habían remodelado para convertirla en una bodega y un pequeño rincón para que el elfo doméstico de la familia Black pudiera almacenar sus trastos inútiles, fotografías y utensilios que los nuevos ocupantes habían desechado al instalarse en sus respectivos cuartos.

El salón comedor era enorme: empezaba con una chimenea de pared con varios sofás a su alrededor y un mueble de centro en el espacio que había entre los mismos. Del techo colgaban varios faroles eléctricos simulando ser lámparas colgantes de cera, había también una cómoda con el emblema de la familia Black que ocupaba casi toda la pared del salón, y enfrente una enorme mesa de madera de sicomoro, lo suficientemente larga como para servir a dos docenas de personas a la vez. Encontró a Sirius donde esperaba, sentado en la misma, diminuto en comparación con la inmensidad de la mesa, bebiendo vino y con los dedos manchados de hollín negro.

— No ha habido suerte, ¿verdad? —le preguntó Sirius sin apartar los ojos de la copa de vino que hacía bailar entre sus dedos.

— No —contestó Remus con pesar—. Estuve observando a sus tíos un par de días más. Al final terminé por colarme en la casa cuando no había nadie. Pero no encontré ninguna señal de que Peter hubiera pasado por allí. Ni siquiera creo que sepan que sigue vivo. Pero ya tengo los regalos —añadió dejando las compras encima de la mesa en un intento de cambiar la conversación a un tema más alegre.

— Bien —fue la única respuesta de Sirius. Su mirada perdida en el vino de su copa, como si él fuera el líquido y la casa el cristal.

La lechuza que Sirius se había empeñado en comprar para Ronald Weasley se despertó en el momento en que Remus depositó la jaula sobre la isla de la cocina. La escoba que portaba en su otra mano, la nueva Saeta de Fuego, con el mango de ébano y cepillo de avellano era, en cambio, un regalo para Harry.

— ¿Qué es lo que le pasa ahora? —le preguntó a su amigo indicando con la cabeza el piso del que provenía la música.

— Lo mismo de siempre —contestó Sirius mirándolo por primera vez—. Piensa que no le dejamos cartearse con sus amigos sólo porque son de Slytherin. Piensa que por abandonar el orfanato ya no estamos de incógnito.

— Claro... y seguro que tú no has mostrado ningún tipo de recelo por sus amistades del colegio ¿verdad que no? —inquirió Remus.

— Culpable —respondió su amigo, elevando los brazos con una sonrisa, como si alguien estuviera amenazándole con la varita.

— Te conozco como si te hubiera parido. Intentaré hablar con él —sugirió Remus enfilando las escaleras.

— Buena suerte —escuchó como le decía Sirius con ironía.

Llegó al rellano del primer piso, en el que había un pequeño salón y tres dormitorios con sus respectivos baños privados y completos. Una de las habitaciones era suya, el dormitorio que antaño había pertenecido al hermano de Sirius, Regulus, un Slytherin más pequeño con el que habían coincidido durante sus años en el colegio. Cuando se instaló en la habitación en verano, se encontró con que las paredes de la misma estaban cubiertas con carteles propagandísticos de la supremacía de los Sangre Limpia. No obstante, algunos de ellos habían sido arrancados de cuajo.

Se adentró en el cuarto de Harry después de tocar la puerta y no recibir respuesta alguna. Al igual que su dormitorio, contaba con una enorme cabecera de madera tallada, cortinas de terciopelo y tapices finos. Durante muchos años había sido la habitación de Sirius, y sorprendentemente, la encontraron igual que Canuto la había abandonado. Sus padres no habían tocado ninguno de los adornos y colores de Gryffindor con los que su hijo había decorado la habitación. Sin embargo, ahora, el escarlata y dorado de Sirius había sido sustituido por el verde y plata de Harry y las chicas moteras muggles habían dejado de alegrar la habitación. También había banderines blancos y negros con la urraca de los Monstrose Magpies apoyada sobre uno de los aros de gol dibujados en ellos, así como bufandas del mismo con su emblema de quidditch, equipo del que Harry era aficionado. La vieja Nimbus 2000 colgaba horizontalmente encima de la cabecera de la cama apoyada sobre dos soportes, y el viejo tocadiscos de Sirius giraba en un rincón llenando de música el dormitorio, pegado al escritorio que había al fondo, debajo del enorme ventanal... pero no había rastro del chico.

Lo buscó a continuación en el salón del primer piso, cuyas ventanas daban a la calle principal por la que había llegado, si bien desde la acera no se podían percibir. Había una gran chimenea flanqueada por dos gabinetes adornados con fachadas de cristal, un viejo piano negro que Sirius solía tocar, y una pared completamente tapizada con el árbol genealógico de la familia Black... pero Harry tampoco se encontraba allí.

Subió las escaleras hasta el segundo piso, pasando frente a la Orden de Merlín de Primera Clase que la familia de Sirius había enmarcado en la pared, cerca de las cabezas colgadas de antiguos elfos domésticos que los Black habían decidido conservar y que tampoco podían retirar. En esa planta había otros dos dormitorios con sus respectivos baños, más grandes todavía que los del piso inferior, uno de invitados y el principal, en el que se había instalado Sirius con reticencias después de desechar todo el ajuar de su madre. Entre las puertas de los dormitorios había también una estantería repleta de sellos antiguos y dagas oxidadas, así como una pequeña caja de música que adormecía a todos los que escucharan su melodía ligeramente siniestra y tintineante. Por no mencionar el boggart que se escondía en el pequeño arcón del mismo rellano.

El tercer y último piso daba directamente a una biblioteca que ocupaba toda la planta. Del suelo se alzaban estanterías cuyas cimas se perdían en la penumbra de sus techos altos, abarrotadas de volúmenes encuadernados en cuero y antiguos pergaminos. El aire allí olía a papel, a polvo y a siglos de antigüedad... y allí se encontraba Harry, sentado en uno de los dos sillones de lectura de cuero rojo que había en el centro de la estancia.

Veo que has vuelto a tener tus más y tus menos con Sirius —señaló Remus sentándose en el otro sillón vacío.

La magia de los dos primeros días de convivencia, hablando de las aventuras del pasado en los sofás del comedor hasta caer rendidos por el sueño hacía tiempo que había desparecido.

— No pienso disculparme —respondió el joven en cuanto Remus ocupó el otro asiento—. No quiere darse cuenta de que no todos los Slytherin somos como Voldemort o sus seguidores. Tú los sabes, nos has dado clase durante un año, Remus, ¿no puedes explicárselo?

— Sirius siempre ha sido muy cabezota en lo que las casas de Hogwarts representan —contestó Remus—. Pero estoy seguro que tarde o temprano lo entenderá sin que sea necesaria mi intervención —se vio obligado a aceptar—. Me preocupa mucho más cuando empezarás tú a entender a Sirius.

El joven alzó la mirada, confundido por sus palabras, confrontándolo a través de los cristales redondos con los ojos de su vieja amiga.

— Sirius desea esta situación mucho menos que tú, Harry —señaló después de haber captado la atención del chico—. Ambos sois presos con la misma dolencia... pero mientras tú recuperarás tu libertad cuando terminé el verano, él seguirá encerrado en estas cuatro paredes, con los cerrojos y reglas de Dumbledore, sin la oportunidad real de volver a contemplar el cielo o respirar aire puro.

— Supongo... supongo que no lo había visto así —susurró el joven.

— No es tu enemigo, Harry, al contrario, es tu compañero de celda, y te quiere más que a nada en este mundo —recalcó Remus—. Pero puede que tenga una idea para liberaros de vuestras ataduras durante un par de horas al menos.


A Harry no le sorprendió la facilidad con la que Remus convenció a Sirius de escapar, aunque fuera sólo durante unas cuantas horas, de aquellas paredes opresoras que se abalanzaban lentamente sobre ellos. No era más que una escapada familiar para que Sirius pudiera hacerse con una varita nueva. La original de su padrino la habían roto en pedazos ante sus ojos el día que lo condenaron a Azkaban por un crimen que no había cometido. Remus había ocultado sus rostros bajo el mismo encantamiento óptico que Dumbledore, Tonks, Hagrid y Moody habían utilizado en alguna ocasión sobre él cuando descubrió que era un mago y debía pasar inadvertido mientras realizaba sus compras en el Callejón Diagón. Sólo habían pasado tres años, pero parecía toda una eternidad: Su vida había cambiado por completo, él había cambiado por completo. Ya no le gustaba pasar inadvertido, por lo que no dejaba que enmascarasen sus rastros heredados bajo ningún hechizo... salvo fuerza mayor como era el caso. Iba ahora en el asiento trasero de un coche que habían alquilado en un establecimiento muggle, y circulaban por caminos secundarios con colinas onduladas a ambos lados de la carretera después de abandonar la ciudad. Campos sembrados se intercalaban entre prados, bosquecillos y valles surcados por arroyos de aguas tranquilas bordeadas por sauces llorones. Remus había hechizado la radio para sintonizar canales mágicos, y en alguna que otra ocasión, ambos adultos se lanzaban a cantar algún tema popular de años y glorias pasados.

— ¿Cuándo aprendiste a conducir, Sirius? —se atrevió a preguntar finalmente Harry. Eran las primeras palabras desde su discusión mañanera.

— Pfff, unos años antes de que tú nacieras, mocoso —le respondió con una sonrisa.

El humo de su cigarro de liar se elevaba por el aire, pero sus ojos grises se encontraron con los suyos en el retrovisor central, y Harry comprendió que su encontronazo quedaba ya atrás.

— Adquirí y arregle por mi cuenta una Triumph Boneville cuando nos graduamos en Howgarts, incluso la truqué para que pudiera volar —añadió.

— Era un trasto oxidado que despertaba a todos los vecinos cada vez que la arrancabas, Sirius —intervino Lupin.

— No le hagas caso a Lunático, mocoso, me tiene envidia porque traía locas a todas las chicas que a él le gustaban —replicó su padrino.

— Serás fantasma y mentiroso —contestó Remus entre carcajadas—. La máxima acción que tuviste encima de ese trasto fue una persecución con James, con los mortífagos y la policía muggle pisándoos los talones.

Los minutos siguientes Sirius se limitó a quejarse de lo poco que le habían comprendido sus amigos durante su juventud, echándoles en cara que en lugar de ayudarle a arreglarla se habían metido con sus innumerables manchas de grasa y bebido su alcohol.

— En fin, tuve que sacarme el dichoso carnet muggle —retomó Sirius después de un par de caladas a su cigarro, — aunque, técnicamente, hechicé a mi examinador. El muy capullo quería suspenderme por saltarme una señal de STOP... y encima pretendía que llevara casco.

— Genial —intervino Harry reclinándose de nuevo en su asiento — vamos a morir en este coche.

— El chico no te tiene fe, Sirius —añadió Lupin con una sonrisa.

— Eso tiene fácil solución —respondió éste deteniendo el vehículo en el arcén. Apagó el motor y salió del vehículo—. Ponte delante, mocoso. Voy a enseñarte a conducir.

Harry no dudó en salir del coche y ponerse en el asiento que había ocupado su padrino. Ninguno hizo caso a las quejas de Lupin acerca de lo mala idea que era, ni al encantamiento para que no pudiera pisar a fondo el acelerador, ni su intento desesperado por abrocharse el cinturón de seguridad antes de que Harry arrancara el vehículo. Después de más de una calada y alguna que otra queja de la palanca de cambios por no pisar del todo el embrague, consiguió enderezar el coche entre las líneas que delimitaban los carriles.

— Tengo otra pregunta —comentó Harry después de pasar uno de los carteles de señalización dirección a Manchester—. ¿Por qué no vamos al Callejón Diagón a comprar la varita de Sirius?

— Jamás podríamos entrar en el Callejón, Harry —respondió Lupin—. Desde que Sirius escapó, el Ministerio ha instalado barreras mágicas en cada entrada y en los distintos edificios gubernamentales que impiden el acceso portando encantamientos ópticos de ocultación.

— Así es —recalcó Sirius tomando la palabra—. Los maravillosos disfraces que nos ha proporcionado Remus se desvanecerían en cuanto pisáramos uno de los adoquines. Cientos de Aurores se nos echarían encima... aunque no me importaría. A más de uno le tengo todavía ganas.

— ¿A dónde vamos entonces? —les preguntó intrigado.

— A un almacén de varitas clandestinas que tiene un viejo conocido de la Orden —señaló Sirius.

— ¿Varitas clandestinas? —cuestionó Harry, confundido.

— Ventas ilegales, varitas requisadas a presos que nunca llegaron a destruirse... Explícaselo tú, "profesor" Lupin —replicó Sirius tras observar que la confusión de su ahijado no se marchaba con su explicación.

— Las varitas mágicas funcionan como las tarjetas de identificación de los Muggles, Harry —empezó su antiguo profesor después de rascarse la cabeza—. El Ministerio cuenta con un Registro Mágico que se actualiza diariamente con cada varita vendida en las diferentes tiendas: Se incluye el nombre y edad del comprador, así como las características de cada varita en cuestión.

— ¿Es así como controlan que los menores no hagan magia fuera de la escuela? —le interrumpió Harry.

— Efectivamente —contestó Lupin—. Cuando alcanzamos la mayoría de edad a los dieciocho, nuestras varitas dejan de estar en observación completa por parte del Departamento de Control de Magia en Menores, por lo que el Registro vuelve a actualizarse —señaló.

— A partir de entonces sólo determinados hechizos que se realicen con esa varita pasan a ser perseguibles de oficio —añadió Sirius desde el asiento trasero.

— Las maldiciones imperdonables —supuso Harry.

— Dos de dos —afirmó Lupin—. Bien, a cambio de una generosa "donación", algunos vendedores de varitas, no Ollivander por supuesto, no actualizan el Registro con las ventas de su tienda.

— Otra opción es sobornar al funcionario correcto para que tu varita "desaparezca" mágicamente del Registro, de manera que ni siquiera las maldiciones imperdonables hagan saltar la alarma —volvió a añadir Sirius.

Aquella revelación insinuaba la existencia de una red ilegal y subterránea que potenciaba el tráfico de varitas mágicas. Suponía también la posibilidad de continuar realizando magia fuera del período escolar si te hacías con una segunda vara de la que no tuviera conocimiento el Ministerio de Magia.

— ¿Cómo es posible que no lo hayan detenido y cerrado el local? —preguntó Harry—. Tú eras Auror, y tenías conocimiento de esto.

— Nunca está de más tener a un sujeto de moralidad cuestionable de tu parte —señaló Sirius contestando a su pregunta—. Además, siempre aparece un funcionario corrupto para reemplazar al que acabas de detener.

— La información es poder, Harry —intervino de nuevo Lupin—. Que esa gente no actualice el Registro de Ministerio no significa que no conozcan a la persona a la que le están haciendo un favor.

Los campos y colinas agrestes dejaron paso a una zona industrial localizada varias millas antes de la ciudad de Manchester. Había fábricas allá donde posara sus ojos, en cada dirección, contaminando el aire y el ambiente con el ruido y humo que expulsaban sus chimeneas. Las nubes de ceniza que formaban se disipaban en la niebla, cubriendo el terreno y confiriéndole una atmósfera inquietante y desolada.

— Aquí es —señaló Sirius mandándole aparcar frente a una pequeña fábrica de taladros llamada Grunnings en mitad del polígono industrial—. Nos vemos en un rato —añadió mientras salía del vehículo.

— ¿No vamos con él? —preguntó Harry cuando su padrino ya estaba golpeando la puerta metálica de la entrada.

— No —respondió Lupin—. En cuanto Sirius cruce esa puesta estará bajo la merced de Mundungus. No nos conviene que también sepa quiénes son sus compañías.

Había aprendido más de varitas mágicas aquella mañana que el día en la que adquirió la suya en el Callejón Diagón más de tres años antes. Sin saber por qué, aquel recuerdo perforó su mente, al igual que habían hecho las palabras de Ollivander.

Lo último que les faltaba por comprar de la lista de alumnos primerizos era la varita mágica. Aquello era lo que Harry realmente había estado esperando cada día, si bien la tienda era estrecha y de mal aspecto. Sobre la puerta, en letras doradas podía leerse "Ollivander: Fabricantes de Excelentes Varitas desde el 382 a.C". En el polvoriento escaparate, sobre un cojín de desteñido color púrpura se veía una única varita.

Cuando cruzó la puerta, sintió como si atravesara y arrastrara consigo una pompa gigante de agua y jabón, y una campanilla dorada resonó en el fondo de la tienda.

— ¡Harry! ¡Tu rostro! —gritó Tonks abalanzándose sobre él.

Harry se llevó las manos a la frente, palpando de nuevo la cicatriz en forma de rayo que lo había acompañado toda su vida y que su nueva compañía escondía bajo un encantamiento ilusorio cada mañana antes de acudir al Callejón.

— No se preocupe, señorita Tonks —dijo la voz de un hombre desde el oscuro pasillo que había detrás del mostrador.

Un anciano apareció al fin de entre las sombras, tenía los ojos grandes y pálidos, y brillaban como lunas llenas en la penumbra del local.

— 29 centímetros de largo, flexible, abedul y la última varita con pelo de Kelpie que mis antepasados fabricaron. ¿No es así? —preguntó, al parecer, de memoria.

— Sí, señor —contestó Tonks—. ¿Cómo lo recuerda?

— Recuerdo cada varita que he vendido señorita Tonks, igual que recuerdo que los encantamientos ópticos de ocultación no funcionan en mi tienda —añadió señalando la campanilla de la puerta que acababan de atravesar—. Pero, si así lo desean, podemos brindar al señor Potter algo de intimidad.

— Sí, por favor —respondió Tonks antes de que Harry pudiera abrir la boca.

El señor Ollivander hizo girar el pestillo de la puerta con un movimiento horizontal de su varita y empezó a medir sus extremidades mientras Harry observaba todas las estrechas cajas que se amontonaban, cuidadosamente hasta el techo, en los diferentes pasillos y rincones. El vendedor midió a Harry del hombro al dedo, luego de la muñeca al codo, del hombro al suelo, de la rodilla a la axila y alrededor de su cabeza. De pronto, Harry se percató de que la cinta métrica, que en aquel momento medía la distancia entre sus fosas nasales, lo hacía sola, pues el señor Ollivander se había detenido sobre la cicatriz de su frente.

— Lamento decir que yo vendí la varita que hizo eso —comentó con pesar—. Una varita poderosa, muy poderosa... en las manos equivocadas. Bueno, si hubiera sabido el dolor que esa venta causaría..—. negó con la cabeza, y para el alivio de Harry, empezó a revolotear entre los estantes de su tienda sacando cajas polvorientas.

Desapareció de vista para volver a los pocos minutos con decenas de estuches individuales, sacando una varita tras otra, explicando el núcleo que contenía y el tipo de madera en la que estaban talladas mientras Harry las agitaba. Probó tantas como cajas había sacado el señor Ollivander sin entender que buscaba el propietario del local. De pronto, con la última que empuñó, sintió un súbito calor entre los dedos y una corriente de chispas rojas y doradas estallaron en la punta como pequeños fuegos artificiales, arrojando manchas de luz que bailaban en las paredes. Tonks, que había estado observándolo sentada en una silla pegada a la puerta, se levantó y lo vitoreó entre aplausos.

— Curioso —susurró el dependiente interrumpiendo la algarabía—. Muy curioso.

— Disculpe señor, pero ¿qué es curioso? —preguntó Harry, fijándose en los ojos velados del dueño de la tienda.

— Recuerdo cada varita que he vendido señor Potter, y resulta que el fénix que le dio la pluma a tu varita dio otra pluma... sólo una más —señaló mientras se la retiraba de las manos y la envolvía de nuevo en su estuche—. Es curioso que estuvieras destinado a esta varita, cuando fue su hermana la que te hizo esa cicatriz —añadió apuntando la herida en su frente.

En ese momento Harry observó a Tonks, que había empezado a temblar, y tenía la cara tan pálida como la leche pasada. La joven dejó el dinero en el mostrador, cogió la caja que le tendía el dependiente y tiró de Harry hasta la salida.

— La varita escoge al mago señor Potter —se apresuró a decir Ollivander antes de que Tonks abriera la puerta del establecimiento—. Nunca está del todo claro por qué, pero, lo que sí está claro es que podemos esperar grandes cosas de usted. Después de todo, "El que no debe ser nombrado" hizo grandes cosas... terribles sí, pero grandiosas.

No le dio tiempo a contestar ni a formularle ninguna pregunta al anciano, pues Tonks se había apresurado de sacarlos de allí lo más rápido posible y a realizar de nuevo el encantamiento óptico de ocultación. Ninguno de los dos dijo nada más al respecto, el misticismo que envolvía la varita de Harry se quedó como un pequeño secreto entre los dos.

— Ahí viene —dijo Lupin, sacándolo de sus recuerdos y señalando a Sirius, que se acercaba hasta el vehículo con su apariencia habitual. El escondite de Mundungus debía de tener la misma barrera para impedir los encantamientos ilusorios como habían mencionado respecto al Callejón Diagón, y como había recordado que pasaba en la tienda de Ollivander.

— Pues ya está —comentó su padrino entrando en el coche y dejándose caer sobre el asiento—. Volvamos a casa.

— ¿Y bien? ¿No nos vas a decir nada de tu nueva varita? —preguntó Harry, girándose para ver a Sirius sentado en el asiento trasero.

— Antes me comería un grindylow muerto —replicó este—. Sólo os burlarías más de...

No le dio tiempo a completar la frase, pues Harry se había abalanzado sobre la pequeña caja que Sirius había traído consigo de la tienda. Su padrino no pudo arrebatársela, en parte porque Remus lanzó sus largos brazos impidiendo que pudiera alcanzarla de nuevo.

— 23 centímetros de largo, cerezo, ligeramente curvada —leyó Harry con detenimiento el papel que acompañaba el estuche tras desenvolverla — … y pelo de veela como núcleo.

— Ya sabía yo que eras una diva, Sirius —comentó Remus intentando aguantar las risas—. Pero esto es demasiado femenino incluso para ti.

— JA JA JA —contestó sarcásticamente su padrino, recuperando al fin su nueva adquisición—. Volvamos a casa, cretinos, antes de que me dé por dejaros aquí —dijo indicándole a Harry que arrancara de nuevo el coche.

— Chicos —dijo Harry girándose de nuevo antes de introducir la llave—. ¿Podemos ir antes a otro sitio?


El trayecto hasta West Country, una región remota del Reino Unido ubicada al sudoeste del país, fue más largo de lo que había pensado en un principio. Incluso habían tenido que parar a comer en un triste bar de carretera muggle poco frecuentado. La zona de destino estaba habitada, mayoritariamente, por familias de magos y brujas dispersadas en los distintos condados que conformaban la región, por lo que debían de tener sumo cuidado con sus nuevas personalidades y aspectos. El sol estaba ya muy bajo cuando el coche volvió a detenerse. Harry podía notar perfectamente a su estómago intentando subir a través de su garganta, podía escuchar el ritmo frenético de su corazón cuando abandonaron el vehículo y se encontraron de golpe con el cartel de Godric´s Hollow.

Se trataba de una comunidad pequeña, como bien le habían indicado sus acompañantes durante el trayecto, pero Harry observaba con detenimiento cada una de las calles residenciales, bordeadas por pintorescas cabañas, estudiaba con curiosidad las puertas de cada casa, los tejados y los porches, preguntándose si recordaría alguno de ellos... aunque, en el fondo, sabía que era imposible. Apenas contaba con un año de edad cuando lo recogieron para siempre de aquel pueblo.

Lentamente, el camino por el que circulaban describió una cuerva hacia la izquierda, llegando hasta una pequeña plaza del pueblo. Alrededor de la misma había varias tiendas y puestos, una oficina de correos, un par de pubs abiertos, una iglesia compuesta por la catedral y un jardín que debía hacer de cementerio, así como otros pocos negocios pintorescos... y, en medio de la plaza, rodeado de luces de colores ensartadas, típicas de un festival veraniego, se erigía un monumento formado por tres figuras. Había un hombre de pelo revuelto y gafas redondas, una hermosa mujer con cara amable sosteniendo a un bebé acurrucado en sus brazos. Nunca hubiera imaginado que habría una estatua de la familia que había tenido tiempo atrás y que Voldemort le había arrebatado antes de tiempo.

— Estas tristes estatuas negras no les hacen nada de justicia —recalcó Sirius, intentando disimular con la respiración sus esfuerzos por no llorar.

— Tus padres están ahí, Harry —dijo Lupin, apuntando con la mano al enorme jardín que había detrás de la iglesia.

Harry notó un estremecimiento que superaba cualquier emoción pasada, algo parecido al miedo. Ahora que estaba tan cerca se preguntaba si de verdad quería pasar por aquello. Quizás Sirius, que tampoco había visto sus féretros, advirtió las dudas a las que se estaba enfrentando, pues le propició un ligero empujón en el hombro, un leve acompañamiento con los dedos para que continuara caminando.

En la entrada del cementerio había una cancela que Lupin abrió con cuidado, y pronto se encontraron con varias hileras de lápidas que sobresalían de un manto azul claro, salpicadas de brillantes motas de color rojo, verde y dorado producidas por los reflejos de las vidrieras de la iglesia. Se adentraron cada vez más dentro, dejándose guiar por Lunático, pero leyendo alguna que otra inscripción a su paso que le recordaba a algunos alumnos del colegio, mientras su corazón martilleaba fuertemente en su pecho. Siguieron paseando entre las distintas tumbas, sintiendo una pequeña punzada de aprensión y expectación cada vez que leía una fecha más reciente... hasta que Remus se detuvo y sintió como la penumbra y el silencio que los rodeaba se acentuaban. La lápida era de un mármol blanco que facilitaba la lectura de la inscripción, como si brillara en la reciente oscuridad. Harry no tuvo que arrodillarse ni acercarse mucho para distinguir las palabras grabadas en la piedra.

James Potter, 27 de marzo de 1960 — 31 de octubre de 1981

Lily Potter, 30 de enero de 1960 — 31 de octubre de 1981

El último enemigo que será derrotado es la muerte

Leyó despacio la frase que coronaba la tumba de sus padres, pero aquellas vanas palabras no camuflaban el hecho de que sus restos mortales yacían bajo tierra y piedra, indiferentes, reducidos a huesos y polvo... ignorantes de todo lo que sucedía en el mundo real a su alrededor, sin saber del hombre en el que se estaba convirtiendo su único hijo. Las lágrimas le empezaron a brotar de los ojos. Incapaz de impedirlas, las dejó caer por sus mejillas, apretando los labios y deseando en ese momento poder descansar eternamente junto a ellos.

Remus lo rodeó por los hombros y apretó con fuerza, haciendo esfuerzos por serenarse y recuperar una respiración normal. En ese instante, Sirius se desplomó de rodillas sobre el suelo entre jadeos. Describió un círculo en el aire con su nueva varita e hizo aparecer sobre la tumba una corona de eléboro. Harry agradeció enormemente aquellos pequeños gestos. Apretó las manos de ambos para compartir juntos aquel doloroso momento... se le hizo más valioso que mil bromas frente a la chimenea o cien abrazos incómodos. Sin darse cuenta, se descubrió sonriendo en el trayecto de vuelta hacia el coche bajo la luz de las primeras estrellas titilando en el firmamento.

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