Algunos fragmentos, párrafos o conversaciones de los capítulos están copiados directamente o modificados sutilmente de los distintos libros que forman la saga "Harry Potter" para poder abordar mejor la historia. No obstante, también hay ligeros cambios en el cannon (año arriba o abajo en las edades de los personajes), así como easter eggs o pistas para los más meticulosos.

Aclaración: La letra en negrita se utiliza para textos escritos (cartas, notas, periódicos).

14 — LECHUZAS MENSAJERAS

Animales salvajes y exóticos saltaban en sus parajes de óleo, paisajes lejanos seducían a cualquiera que detuviera en ellos sus ojos, y viejos nobles sin nombre ni recuerdos miraban orgullosos desde sus altos retratos a un anciano que caminaba por sus oscuros pasillos.

Durante el recorrido hacia su destino, la luz titilante de la varita de Albus Dumbledore parecía danzar sobre las paredes, hacía que los rostros que todavía dormían dentro de sus cuadros parecieran estar despiertos, retorcía y cambiaba sus sombras al antojo de cada paso. La larga alfombra mohosa por la que caminaba había tenido colores más vivos y maravillosos en otro tiempo, si bien todavía quedaban hilos de oro brillando entre el gris desvaído y los manchones verdosos. Lo que quedaba de la alfombra amortiguaba el sonido de sus pisadas, cosa no tan deseable en aquella nocturna soledad que le atormentaba.

La buhonera del colegio, su destino aquella noche, era una habitación circular con muros de piedra situada en el último piso de la torre oeste del castillo de Hogwarts. Hacía bastante frio en ella debido a la altura y las continuas corrientes de aire que atravesaban las ventanas que nunca se cerraron. El suelo estaba completamente cubierto de paja, excrementos de búho recientes que todavía no se habían limpiado y huesos regurgitados de ratones y campañoles. Durante los días de colegio, sobre las perchas, fijadas en largos pilares que llegaban hasta el techo de la torre, solían descansar cientos de búhos y lechuzas de todas las razas y colores imaginables pertenecientes a los alumnos. Sin embargo, en los días de verano como aquel, el número de aves se reducía drásticamente. Únicamente contaban en aquellos momentos con animales demasiado viejos para trabajar en la Oficina de Correos de Hogsmade... aves ancianas a las que se les brindaba la oportunidad de realizar un último viaje. En medio de la estancia a oscuras, mirando al techo y dándole la espalda, se encontraba el viejo conserje de Hogwarts.

— ¿No debería estar durmiendo, director Dumbledore? —le preguntó segundos antes de darse la vuelta y estudiar cada uno de sus movimientos.

Argus Filch era un hombre alto, delgado y de aspecto ordinario. Su cabello, de color castaño y rojizo los primeros años que trabajó a su servicio, se había vuelto ya completamente gris, del mismo tono que sus notables ojos, pálidos, misteriosos, incapaces de mostrar sentimiento alguno, y que hacían temblar hasta al propio Dumbledore en aquella oscuridad. Llevaba entre sus brazos a su vieja gata parda, flaca y de cuerpo esquelético, y que se relamía fijando con sus ojos amarillos a las aves encima de sus cabezas. Juntos conocían mejor que nadie los rincones y secretos que escondía el castillo, y solían deambular por las noches agudizando el oído en busca de estudiantes a los que poder atrapar y castigar con trabajos forzados... desanimándose demasiado cuando no lo lograban. Quizás les gustaba demasiado aquella labor.

— He descubierto que cuanto más viejo me hago, menos sueño necesito, señor Filch. Y soy ya viejo, muy viejo —señaló Dumbledore—. A menudo me paso la mitad de la noche con los fantasmas de mi vida, recordando eventos de décadas pasadas como si hubieran transcurrido ayer. Mucho me temo que hoy es una de esas noches —aclaró.

— No es la vejez lo que le impide dormir, director Dumbledore —contestó el celador deteniéndose un segundo a su lado en dirección a la salida—. Si no su conciencia —añadió saliendo por la puerta junto con su gata y dejándole solo mientras una ráfaga de viento nocturno lo acariciaba con dedos gélidos.

Dumbledore se inclinó sobre el alfeizar de piedra de una de las ventanas y contempló el paraje que le brindaba: las torres del colegio apuntando a un cielo negro con más estrellas de las que nadie se atrevería a contar, los patios desiertos teñidos por la luz de la luna, que flotaba sobre la torre de la campana y que hacía brillar el tejado de los invernaderos. Durante el día, las montañas a su alrededor eran de un color gris azulado con pinceladas de escarcha en sus cumbres, pero cuando el sol se ponía tras sus picos escarpados, se tornaban completamente negras. En aquel momento, la luna las tenía de blanco y plata mientras recordaba la carta que acaba de escribir, mientras pensaba en las palabras que recibiría una antigua amiga que nada quería saber de él.

Estimada Igraine:

Confieso que no es la primera vez que escribo esta carta. Muchas son las veces que me he parado frente a la soledad de mi escritorio con la mente en blanco, sin saber que decir. En todas y cada una de esas ocasiones he terminado a oscuras, distraído con el humo de las velas apagadas danzando por la habitación, o viendo el fuego de la chimenea convirtiendo en ceniza hasta el último borrador de mis pensamientos escritos. Decenas son las plumas que he deshilachado en el intento, y miles las palabras que nunca han superado el umbral de mi puerta.

Ya no recuerdo la última ocasión que nos vimos en persona, Morgana, y tampoco recuerdo correspondencia alguna desde entonces. Sólo recuerdo que éramos jóvenes los dos, todo lo joven que puede ser alguien en mitad de una guerra sin sentido. Quizás yo era demasiado airado por entonces, pero hacía todo lo posible por ser un buen hombre... hoy día sigo intentándolo a pesar de la interminable lista de errores que he cometido, que sigo cometiendo y que me perseguirán hasta mi último aliento. Creo que la única diferencia con mi yo de entonces es que mi juventud marchitó hace ya tiempo. Estoy cansado Morgana, muy cansado... noto que cada vez me pesan más los huesos, y mi mente ya no es la fiel compañera de antaño. Lentamente me he convertido en un viejo de barba blanca lleno de remordimientos, reviviendo recuerdos pasados y esperando el imposible perdón de todos a los que he lastimado en algún momento. He dedicado la mayor parte de mi vida a intentar arreglar los problemas ajenos, a pesar de la negativa de los involucrados o la contrariedad de terceros... evitando y retrasando a la vez los momentos en los que sí era imperiosa mi intervención. Siento que todo paso que he dado, toda trama que he urdido ha sido para proteger el futuro de nuestro mundo... ¿tan vergonzoso es ser el hombre que disfruta proporcionando información para los demás, en lugar de ser el encargado de utilizarla? Son preguntas que me hago y que nadie más se atreverá a responderme por miedo a la ofensa que puedan suscitar en mí. Mis pensamientos actuales hacen que me pregunte si dejaré esta mala costumbre algún día, hacen que me cuestione cuánto de lo que he hecho se ha desviado de mis intenciones originales... Quizás los sueños alocados de mi juventud no fueran tan afortunados después de todo.

Los últimos actos de la Junta Escolar, cansados de mis "dudosas decisiones" en lo referente a la contratación de un profesor adecuado para la asignatura de Defensa Contra las Artes Oscuras me obligan a romper una promesa que ha ocupado, prácticamente, la mitad de mi vida, y de la que todavía me arrepiento. No miento si dijo que he utilizado la oferta que te han hecho llegar, y que en estos momentos ya debe de ser ceniza en tu chimenea, como una excusa para quebrantar mi palabra en lo referente a mantenerme alejado tanto de ti como de tu familia. Sus intentos de que te persuada de aceptar el puesto, desconocedores de los hechos que motivaron el fin de nuestra amistad por tu parte, han podido más que mi promesa o infinita reputación. Más allá de las disputas que puedas concebir contra mi persona, admitiré que en pocas ocasiones he estado tan de acuerdo con una de las decisiones de la Junta Escolar: tus años de docente en Ilvermorny, tu tiempo de servicio en el MACUSA, y tus actuaciones en el campo de batalla dicen más de tu contrastada experiencia que cualquier halago que pueda salir de mis labios.

Espero que cualquier decisión que tomas relacionado con el puesto que se te ofrece no esté motivada por el rencor hacia mi persona o el cargo de Director del colegio que ocupo. Hogwarts es lo suficientemente inmenso para que dos personas no se encuentren por sus incontables pasillos si así lo desean, Morgana, y las cocinas siempre están abiertas para el profesorado que no quiere relacionarse en el Gran Comedor, nada obliga en el contrato a ser amable con el resto de la plantilla docente. La magia y belleza del castillo son capaces de sanar hasta el más resquebrajado de los corazones... y si no te encandilan sus pasillos, sus terrenos o bosques, puede que sus alumnos sacien tu curiosidad.

Un alumno en particular disfrutaría enormemente de tus lecciones en Legeremancia si deseases instruirle, Morgana. Todavía no sé el motivo, pero el joven Potter adquirió la noche que intentaron acabar con su vida con unos poderes que no le pertenecen y que no es capaz de controlar a voluntad. Toda la vida del chico se encuentra rodeada por una misteriosa neblina que la culpa no me permite atravesar. En ocasiones he tenido la esperanza de encontrar alguna verdad en los acontecimientos de su pasado... hoy, sin embargo, esa esperanza me parece muy lejana, hoy tengo más preguntas que respuestas. El chico es un prodigio en lo referente a sus estudios académicos, pero las llamas más brillantes son las que proyectan las sombras más oscuras. Un sentimiento aciago serpentea por mi estómago como un gusano negro y frío... no me atrevo a aventurar lo que eso significa.

Me despido de ti deseándote un largo porvenir en cualquiera de tus futuros proyectos, Morgana, sean estos cuáles sean, y preguntándome si esta carta recibirá respuesta. ¿Será una negativa impaciente como más me temo? ¿O sólo el silbido de un frío y solitario silencio? En cualquiera de los casos, aceptaré ambas con orgullo.

Tu amigo, hoy y siempre, Albus Percival Wulfric Brian Dumbledore.

El cielo había empezado ya a clarear cuando recobró la consciencia sobre donde estaba. La negra pared del bosque prohibido empezaba a surgir de la tiniebla sin forma como una clara y dentada línea de copas de árboles. La promesa celeste del amanecer que se arrastraba tras ella se extendía por el horizonte, sofocando lentamente las lámparas de las estrellas.

Dumbledore giró sobre sí mismo y avanzó por la lechucería, observando la decena de pájaros a su disposición, la mayoría completamente dormidos, si bien pudo distinguir algún que otro ojo ambarino fijo en sus movimientos. La lechuza que eligió para la labor era gris, pequeña y experimentada, por no utilizar un calificativo más cruel, pues tenía la fama de estrellarse o no aterrizar adecuadamente al llegar a su destino. El animal ululó suavemente cuando enrolló el pergamino en una de sus patas, extendió las alas hacia el sol que surgía y alzó el vuelo. Dumbledore la contempló mientras se perdía de vista, sintiendo la habitual molestia de culpabilidad, y esperando que la posible respuesta aliviara sus preocupaciones en lugar de incrementarlas.

— Esto es lo curioso que tiene llegar a alguna parte —dijo en voz alta para sí mismo en mitad de la buhonera—. Una vez que llegas, lo único que te queda por hacer es volver a marcharte.


El cielo en el techo del Gran Comedor seguía teniendo un aspecto triste y cansado aquella primera mañana de colegio, pero ni rastro quedaba de la tormenta que había asolado durante el banquete inaugural. Durante el desayuno, nubes enormes del color gris del peltre se arremolinaban encima de las cabezas de los alumnos, que rellenaban sus platos con la diversidad de alimentos que abundaban en las mesas del salón: Había miles de rebanadas de pan tostado y recipientes con mermeladas de decenas de sabores diferentes; capazos repletos con cereales "Cheeri Owls" y "Pixxie Puffs"; gachas con avena; bandejas de huevos fritos, revueltos y embutidos de toda clase; cuencos con las distintas frutas de la temporada; garrafas de zumo de naranja, melón y calabaza; miel de flores, granos de café y cientos de barriles con leche fresca.

Una vez sentado en la mesa de Slytherin con su plato a rebosar, la atención de Harry no se centró en ninguno de sus compañeros ni en sus comentarios jocosos, sino en la nueva figura que se sentaba, regia, en la mesa de los profesores. Con la escasa luz del nuevo día pudo estudiar más detalladamente a la mujer que Dumbledore había presentado como la nueva profesora de Defensa Contra las Artes Oscuras durante el banquete inaugural.

La profesora Igraine era de estatura baja y constitución delgada, tenía las manos menudas, pero estaba convencido de que albergaba más fuerza de la que aparentaban sus delicadas extremidades o las escasas arrugas de su piel. Su cabello era rizado, de color blanco ceniza y algún que otro mechón de negro azabache, retazos de una juventud que no quería dejar atrás. En su cuello, largo y delgado, colgaba una caléndula negra, como una estrella hecha de obsidiana que brillaba con multitud de pequeños diamantes incrustados en ella. Su rostro era muy pálido y de forma triangular, con una barbilla ligeramente pequeña y unos labios delgados y ligeramente curvados que parecían mostrar una sonrisa orgullosa y perpetua. Tenía la nariz un poco larga, los pómulos bastante pronunciados, las pestañas largas y los ojos... sus ojos eran fríos, y brillaba en ellos una mirada penetrante escondida detrás de un notable color violeta.

De pronto, sus pensamientos y divagaciones acerca de su nueva profesora se vieron interrumpidos por el batir de alas y el ulular de cientos de aves entrando por una de las ventanas altas y abiertas del Gran Comedor. Era el primer desayuno del curso, y las lechuzas volaban formando un río de plumas blancas, grises y negras, marrones y doradas, haciendo círculos alrededor de las diferentes mesas hasta encontrar a sus respectivos dueños, para soltar en sus regazos cartas y paquetes olvidados.

El búho real de Draco se posó cuidadosamente sobre el hombro de este, con el acostumbrado suplemento de dulces y pasteles procedentes de la mansión Malfoy. Instintivamente, Harry alzó la vista, pero no vio ninguna mancha blanca entre la masa parda y gris. Más allá de alguna nota esporádica de Hagrid, Harry no solía recibir correo los primeros días de colegio. En ocasiones Hedwig se presentaba para mordisquearle la oreja hasta conseguir alguna tostada untada con mermelada de lamprea antes de regresar a la lechucería con el resto de buhós del colegio... sin embargo, el ave que pasó volando entre el aceite y el azucarero aquella mañana, dejando caer sobre su plato un enorme paquete, demasiado grande incluso para una lechuza adulta, y una carta frente a su asiento, no era Hedwig.

— ¿Algún regalo de tus nuevas admiradoras? —preguntó Draco a su derecha, sonriendo con malicia, recordando el grupo de chicas que se habían arremolinado en torno a él en la parada del expreso de Hogwarts poco antes de subir al tren.

— No —respondió secamente Daphne a su izquierda, al parecer todavía molesta por aquel recuerdo que les había retrasado en su búsqueda de un vagón libre—. Es la caligrafía de Tonks.

Harry abrió de inmediato el sobre, no sin antes sorprenderse de que Daphne pudiera reconocer la mala letra de la auror únicamente con un par de cartas esparcidas a lo largo de 3 años... hasta a él le costaba identificar el significado de cada palabra escrita por su "hermana mayor".

Querido Harry.

¡Feliz Cumpleaños con retraso! Espero que estés bien, que hayas disfrutado de un buen verano y un cumpleaños todavía mejor, donde quiera que hayas estado. No es que me olvidara de felicitarte en tu día especial, flor del desierto, pero el director Dumbledore se negó a entregarme una dirección a la que enviar la tarjeta de felicitación, se negó también a entregártela en persona, y las lechuzas que envíe regresaron todas a mi habitación sin entregar el mensaje... espero que algún día puedas contarme del misterioso y mágico agujero en el que te has escondido de la sociedad.

Sin embargo, también he de admitir que en el fondo me sentí aliviada cuando me informó personalmente que este verano serías la carga y la responsabilidad de otra persona, y saber que no tendré que escuchar tus continuas bromas por haberme pasado ya en altura. Tienes que admitirlo, te estás volviendo un viejo huraño y cascarrabias con el paso de los años, parece que se te están pegando todas las malas costumbres de Alastor… me apiado del pobre desgraciado al que le ha caído la tarea de educarte y meterte en vereda a partir de ahora, estoy deseando conocerlo y darle ánimos en la tarea imposible que le han encomendado.

Hablando más en serio, ha llegado el día 1 de septiembre y se me ha hecho raro no estar contigo en el andén 9 ¾ para despedirte como de costumbre. He extrañado no haberte acompañado con las compras del Callejón Diagón, o sumergirnos en las aglomeraciones de viandantes para intentar dar esquinazo a Moody y a su ojo mágico. Aunque te cueste de creer, apuesto a que Alastor está pasando por lo mismo: puede poner todas las caras de enfurruñado que quiera, quejarse por tener que trabajar con magos jóvenes e imprudentes, soportar nuestra molesta compañía como suele decir... pero creo que echa mucho de menos su vida anterior, creo que estas misiones de escolta significaban mucho más para él que para nosotros, como si fueran un clavo ardiendo de su vida pasada, que ha tenido que soltar, pero a la que quería seguir aferrándose. Creo que con el tiempo valoraremos en mucha mayor medida todo lo que hemos aprendido de él estos años... todavía ando buscando una forma de agradecérselo.

No obstante, no creas que he perdido el tiempo mirando por la ventana de mi habitación, lamentándome y echándote de menos, más quisieras mocoso engreído. Al contrario, aproveché la paz de tu ausencia para estudiar para los exámenes finales de la Academia y darle el último retoque a mi tesis. Logré aprobar todas las materias, y algunas con una nota mucho mejor de lo que esperaba, por lo que mis días en la Academia de Aurores llegan ya a su fin... no puedo decir lo mismo de la mayoría de mis compañeros, a los que les va a tocar repetir alguna que otra asignatura. Cuando me incorpore en el Cuerpo dentro de un par de meses (faltan por publicar los resultados y firmar toda la reglamentación burocrática), será ya como una Auror de pleno derecho, y no como una estudiante en prácticas... Sólo espero que mis futuros compañeros me traten mejor de lo que me ha ido vendiendo Alastor a lo largo de los años.

Me despido esperando con toda mi alma que te guste mi regalo. Quizás no debería desprenderme todavía de ellos, es más que probable que los necesite de nuevo más pronto que tarde, pero es un paso al vacío que debo saltar... además, estoy convencida de que terminarás dándole un buen uso más pronto que tarde.

Un abrazo y un beso de la hermana que siempre has deseado, y recuerda tener siempre presente las palabras de Alastor, "In Omnia Paratus".

Tonks.

Harry se apresuró a rasgar el papel de color cartón que envolvía el enorme paquete. Se encontró de repente con cuatro grandes volúmenes de libros ocupando gran parte de la mesa, con las cubiertas de un color lila aterciopelado y enormemente desgastadas por su uso. Si no estaba equivocado, eran los mismos tomos que Tonks había estado estudiando durante los últimos tres años en la Academia de Aurores. El interior de cada uno de ellos estaba completamente garabateado, con un montón de tachones y flechas de tinta en cada página, en cada pergamino, así como apuntes en la mayoría de los márgenes con su caligrafía de medimaga.

— ¿Libros viejos? —preguntó Draco con escepticismo al contemplar el regalo de Tonks—. Más de una vez te he dicho que deberías elegir más cuidadosamente al resto de tus amigos, Harry... o por lo menos facilitarles una lista de deseos. Esto es lo que pasa por no tener una.

— No digas estupideces, Draco —respondió Daphne tomando la palabra antes de que pudiera rebatir a su amigo—. Harry nos ha dicho cientos de veces que no espera que le regalemos nada. Esto es un regalo precioso y muy personal, e indica lo mucho que le conoce —añadió la chica mientras tomaba uno de los libros de preparación de Aurores de las manos de Harry para echarle un vistazo—. Le está pasando el testigo.

— Sí —contestó Harry con una sonrisa en los labios—. Lo está haciendo.


Aquella mañana hacia un frio insoportable en la espesura, más propio de los meses de invierno que primeros de noviembre. La humedad en el ambiente se camuflaba con el perfume de las malas hierbas y matorrales que flotaba en el terreno, un jardín que poco a poco, y después de varios días de arduo trabajo, tenía total y prácticamente arreglado. Molly Weasley jamás había visto el patio de su casa tan ordenado: los calderos oxidados y las viejas botas de goma, que normalmente estaba esparcidas entre la hierba y los escalones de la puerta trasera habían desaparecido. En su lugar había ahora dos arbustos nerviosos y meticulosamente recortados, uno a cada lado de la puerta de la valla en sendos tiestos enormes. Había encerrado ya a las gallinas, barrido el patio, podado los árboles, recogido las frutas y verduras del invernadero, rastrillado y arreglado el jardín... en cuanto tuviera un segundo para descansar se pondría a tirar toda la chatarra muggle que su marido guardaba en el granero.

Cuando por fin se sentó en los escalones de piedra de la puerta que conectaba con la cocina a contemplar su obra, el hedor de los excrementos del gallinero se camufló con el olor del humo de la leña y la carne guisada que tenía en el fuego y que salía a bocanadas por la ventana. Allí sentada, sin brisa, pero con las hojas meciéndose perezosamente, tuvo la sensación de que, después de tantos años esforzándose en arreglar el jardín, este tenía un aire tristón sin su habitual contingente de gnomos saltarines y las pisadas de barro que dejaban sus hijos en el césped. Los terrenos de la Madriguera habían quedado mejor incluso de lo que había planeado en un primer momento, aunque en parte eso era gracias a la ayuda de su hijo mediano.

Percy, que después de un año de estudio enfermizo encerrado en su dormitorio, quedándose dormido a las tantas de la madrugada en la silla de su escritorio, había sido un pilar fundamental mientras esperaba los resultados de su entrevista para un puesto de ayudante en el Ministerio de Magia. Había sido sólo una pequeña distracción debido a la eficiencia que mostraba con la varita y la constancia de su pequeño ante cualquier problema que se le pusiera delante. Para ella, por el contrario, había sido como encontrar un tesoro perdido en el tiempo, como rememorar aquellos preciados momentos en los que su hijo, el más incomprendido de todos, volvía a ser ese niño que ella podía levantar en brazos. Sólo esperaba que la lechuza que esperaba ansiosamente Percy en la ventana de su habitación con su valoración final nunca llegase... tener un poco más de tiempo para disfrutar de su pequeño antes de que emprendiera el vuelo como ya habían hecho en su día Bill y Charlie. Por desgracia, su deseo jamás se cumpliría.

Más allá de donde alcanzaba su vista, por el sendero que marchaba de la verja y que se torcía ligeramente para conducir al pueblo de Otter St. Chapole, divisó dos manchas en el cielo, sobrevolando un claro de malas hierbas. Eran dos hermosos ejemplares de lechuzas que se dirigían a su posición: Una de ellas era un enorme búho de color negro ónice y retazos plateados, y avanzó hasta posarse en el alfeizar de la ventana de la habitación de su tercer hijo, situada en la segunda planta de su pintoresca casa. El otro animal, por el contrario, se posó en la madera del antiguo espantapájaros, inoperativo desde que habían trasladado su huerto al invernadero. Era una lechuza común, con las plumas del torso y rostro blanquecinas y las de la espalda y las alas coloreadas de un cobre dorado. Se acercó cuidadosamente al animal y desató la carta que portaba a su nombre con la caligrafía de su hijo Ronald.

Queridos Papá y Mamá:

Sabemos que, debido a los acontecimientos de los últimos años, deseáis saber de nosotros y conocer las cosas que nos ocurren en el colegio más a menudo, pero, sinceramente, este año ha habido poco que contar desde que nos despedimos de vosotros en la estación de King´s Cross. Por suerte, este año no hay ninguna cámara que abrir ni se ha escapado ningún recluso de Azkaban que ponga nervioso a los profesores... parece que va a ser uno de esos cursos que vosotros tanto recordáis de vuestra juventud.

Tanto Ginny como yo estamos bien, todo lo bien que se puede estar con profesores egoístas que creen que sólo tenemos tiempo para sus asignaturas. Las redacciones que nos mandan son cada vez más largas, y los ejercicios que realizamos cada vez más complicadas, y el tiempo para practicarlos cada vez más corto... Ni siquiera sé cómo voy a sacar tiempo para los entrenamientos de Quidditch, porque sí, habéis leído bien, esa es la mejor novedad del curso hasta ahora.

La semana pasada fueron las pruebas para conformar el equipo de Hufflepuff y me han cogido para el puesto de Guardián. Todavía no me creo que apenas me marcaran tres tantos en todo el entrenamiento, pero Cedric, el capitán del equipo me felicitó delante de todos los participantes. Estoy deseando que llegue nuestro primer partido.

Ginny también se presentó a las pruebas para el equipo de Gryffindor. Nunca la habíamos dejado jugar por miedo a que se hiciera daño... los gemelos pueden ser muy brutos cuando se lo proponen, pero resulta que lleva años volando y entrenando en soledad por la noche mientras todos dormíamos. Lo hizo increíble en su prueba, y la han cogido como cazadora suplente, por lo que, de momento, entrenará con el equipo y sustituirá a los jugadores que no puedan participar en algún encuentro por castigo o lesión.

El problema son las escobas del colegio... Fred y George, que ya nos prestaron las suyas para hacer las pruebas de acceso, se han ofrecido a cedérnoslas los días de entrenamiento o cuando no me toque enfrentarme contra ellos a cambio de una pequeña cantidad de dinero... espero que esto último sea broma, pero con los gemelos nunca se sabe. En cualquier caso, Ginny y yo hemos estado hablando sobre compartir una entre los dos para no tener que estar siempre detrás de Fred o George. Hemos mirado en los anuncios de "El Mundo de la Escoba" y hay un par de Barredoras de segunda mano a buen precio. Sabemos que la situación económica tampoco está para derrochar dinero en otra escoba, por lo que tampoco pasa nada si no es posible.

Darle un abrazo a Percy de nuestra parte e informarnos en cuanto sepáis algo de los resultados de su entrevista en el Ministerio de Magia.

Un beso de vuestros hijos que os quieren, Ron y Ginny.

PD: La lechuza que he utilizado es un regalo que me han hecho Neville y Hermione para superar la pérdida de Scabbers el año pasado. Se llama Pigwidgeon, un nombre horrible que he intentado cambiar, pero, por culpa de Ginny, el animal sólo responde a ese o a un diminutivo del mismo.

Sus pensamientos sobre como conseguir maniobrar con el dinero de la familia para comprarle a sus hijos, los que siempre habían sido los últimos en heredar juguetes y prendas, los que tenían pocas cosas que llamar propias de pleno derecho, una escoba con la que poder perseguir sus sueños, se vieron interrumpidos por el ruido de la puerta que daba acceso a la cocina cerrándose detrás suyo.

— ¡Mamá, lo he conseguido! ¡lo he conseguido, mamá! —gritaba su pequeño, corriendo hacia ella con el pergamino del ministerio sujeto en la mano—. ¡El puesto es mío! —dijo uniéndose a ella en un abrazo en mitad del jardín.

— Sabíamos que lo conseguirías, Percy —respondió ella aferrándose a esos últimos momentos con su pequeño—. Estamos muy orgullosos de ti, hijo —añadió con los ojos bañados en lágrimas de felicidad.


Era ya mediodía cuando Sirius recobró la consciencia en la enorme cama de la antigua habitación de sus padres, todavía se le hacía raro considerarla suya. Alargó el brazo, buscando encontrar a alguien entre las sábanas de seda, pero allí no había más que el recuerdo que había dejado en el sueño del que acababa de despertar. Notaba el sabor amargo de la bilis en la boca, y le cabeza le daba vueltas de dolor, como si hubieran estado durante horas golpeándole con un bate de Quidditch de acero, y la luz del sol de noviembre se filtraba a través de las diferentes ventanas colorando la estancia y dañando sus ojos.

Quería levantarse y cerrar las cortinas, o conjurar unas simples persianas que terminaran con su tortura, pero para ello primero debía encontrar su varita... una tarea harta complicada si tenía en cuenta que el dibujo del techo seguía dándole vueltas sin parar, debido, principalmente, al humo del musgoardiente que había aspirado durante la noche. A duras penas logró incorporarse de la cama, únicamente para descubrir que tenía el estómago todavía revuelto y sensible, y que en su garganta aún se repetían retazos de vino y vómito... pero no le importaba. Estaba dispuesto a aceptar todas y cada una de aquellas sensaciones como castigo a su fracaso, pues una vez más había fallado estrepitosamente en su promesa de dejar de beberse las botellas polvorientas que había en la bodega de la mansión... la única parte de la herencia de la familia Black que no despreciaba.

Consiguió arrastrar los pies hasta el rellano del tercer piso con los ojos todavía entreabiertos y ataviado únicamente con sus calzoncillos de cama y un albornoz de diario que ya olía a rancio. Bajó las escaleras hasta la habitación de Remus, dispuesto a maldecirlo o sacrificarlo por dejarle dormir hasta tan tarde, más en la habitación de su amigo no había nadie, ni rastro de la sombra que había ordenado meticulosamente cada centímetro del dormitorio. Observó el despertador que gobernaba con puño de hierro la mesita de noche de Lunático, las 15:39... demasiado tarde para la hora de comer, demasiado temprano para su habitual paseo disfrazados por el parque con la puesta de sol.

Continuó bajando hasta la planta baja, para encontrar en la isla de la cocina los restos de un té solitario junto a un caldero preparado para alguna poción, y cientos de papeles desperdigados: Estaba "El Profeta" abierto de par en par, con noticias sin importancia del Ministerio de Magia y todas las ofertas de empleo rodeadas con tinta mágica... el nombre de Sirius no aparecía hasta la página cuatro, en la sección de sucesos, culpándolo por unas misteriosas desapariciones en un bosque de Gales. Junto al periódico descansaba una pila de documentos personales de Lupin, referentes a su situación civil y laboral, el certificado de persona peligrosa que le había hecho llegar el Ministerio de Magia tras descubrir que se trataba de un hombre lobo, así como su libreta de cuero marón marcada con las direcciones que ofertaban trabajo. También había una pequeña hoja de libreta arrancada y escrita por la mano del propio Remus, indicando que estaba en el Callejón Diagón, reponiendo los ingredientes necesarios para elaborar la poción contra la resaca que cada vez se agotaba antes... así como una carta abierta procedente de Hogwarts, el maldito Cornamenta se había dignado por fin a contestar.

Queridos Lunático y Canuto:

Siento haber tardado tanto en responder vuestras cartas. Es algo que no os merecéis después de todo lo ocurrido los últimos meses, pero cada vez me resulta más complicado encontrar un minuto de tranquilidad en mitad de la locura que me rodea para ponerme a escribir. Me alegra saber que estáis bien, que no os habéis matado mutuamente, ni cometido ninguna de las muchas locuras de las que hablabais en verano.

Aquí, en Hogwarts, empieza a hacer un frío más propio del invierno que de los meses de otoño: los árboles del bosque prohibido empiezan a deshacerse de sus trajes color castaño y dorado, y un pequeño manto de nieve empieza a cubrir poco a poco Hogsmade, los terrenos y los tejados del colegio.

Desde que este inmenso mundo se abrió ante mis ojos, he sentido Hogwarts como mi verdadero hogar. Aquí encontré todo lo que siempre anduve buscando: libertad, reconocimiento y unos amigos con los que compartir experiencias... y, sin embargo, es la primera ocasión que me ha costado regresar a la "normalidad" y adaptarme al ritmo de las lecciones... siento que algo en el colegio ha cambiado. Camino por los pasillos, asisto a las clases y percibo las diferencias: las paredes de la escuela ya no desprenden la calidez de antaño; los discursos de los profesores ya no son tan interesantes; y las charlas con los compañeros de cuarto ya no duran hasta altas horas de la madrugada.

Un necio me dijo hace tiempo que debía dejar de creerme el ombligo del mundo, que había mucho más de lo que veía a primera vista en todo lo que me rodeaba... quizás tenía razón, o quizás sólo son excusas que plasmo en el pergamino para evitar enfrentarme a la verdad que lleva tiempo rumiando en mi cabeza y que frena mi pluma... quizás el saber que hay alguien en algún lugar esperando mi correspondencia, me haga ver las cosas de distinta manera. Saber que ya no tengo al alcance de la mano a todas las personas que consideraba importantes en mi vida... quizás soy yo el que está cambiando. Es extraño imaginar a Hedwig regresando a mí sin la correspondiente carta atada a sus garras como cada vez en que intentaba saltarme la prohibición de comunicarme con el exterior desde el orfanato. Puede que para ella nuestra casa no sea más que un retrete portátil muggle abandonado y hechizado a los pies de un edificio que nunca terminó de construirse, y que hace las veces de apartado de correos frente a la auténtica mansión oculta de la familia... pero para mí es mucho más. Sé que no debe de haber sido fácil, y no puedo ni imaginarme lo mucho que os debe de haber costado tragaros vuestro orgullo y aceptar vivir allí... especialmente para Canuto.

Lo que intento decir con todo esto es que me siento profundamente agradecido por la oportunidad que me habéis brindado de vivir con vosotros, así como por esas semanas de verano en vuestra compañía. Habéis transformado aquellos silenciosos días encerrado en el dormitorio del orfanato, tirado en la cama mirando el techo de mi habitación y aislado de un mundo que consideraba mío, en las mejores vacaciones de mi vida... solo desearía que hubiesen durado unas cuantas semanas más. Echo de menos nuestras escapadas ilegales, las charlas alrededor de la radio mágica, las discusiones y los enfados, la cabezonería del perro o los ronquidos del lobo haciendo retumbar los cimientos de toda la mansión. Aquí, en el colegio, tengo a mis amigos, y espero seguir teniéndoles cuando acabemos los estudios y nuestros caminos se bifurquen en aras de futuros distintos, pero ahora he experimentado por primera vez lo que significa tener una familia fuera, esperándome sin importar lo que pueda pasar... y creo que no había dos personas vivas más adecuadas con las que compartir este viaje.

En lo que respecta al inicio del cuarto curso, este ha empezado bien, como es costumbre en mí: La mayoría de los hechizos del temario suelen ser fáciles, y la tareas escritas cada vez son más largas, pesadas y aburridas... sigo sin entender como a Hermione le puede apasionar tirarse horas en la biblioteca frente a un pergamino en blanco, únicamente imaginando la estructura de su redacción... supongo que es un precio a pagar por ser la mejor alumna del curso.

Snape sigue odiándome más incluso que lo que odia al resto de alumnos de otras casas, saltando como un loco cada vez que respiro en su presencia o en la clase de Pociones, pero al menos ahora entiendo toda su frialdad... Ahora tengo un motivo de peso para soportar sus burlas y comentarios, y es saber que evoco en él el sentimiento de inferioridad que tuvo con mi padre durante toda su patética existencia.

En Defensa Contra las Artes Oscuras tenemos una nueva profesora. Al parecer impartió la misma asignatura en el colegio de Ilvermorny, pero sus clases no son tan entretenidas como las del año pasado. Si bien tampoco parece una incompetente como Lockhart o Quirrell... aunque tampoco creo que importe. Dado el historial reciente con los profesores de dicha asignatura y que afirma que ya era adulta cuando el director Dumbledore era un adolescente, algunos compañeros hemos apostado cuánto sobrevivirá. Hay algo raro en ella que todavía no he logrado adivinar más allá de estar gastando su núcleo mágico en disimular su vejez con un continuo hechizo ilusorio. Siempre viste de blanco y negro, e impregna las aulas que pisa con una fragancia de lila y grosellas. Ha solicitado una reunión conmigo antes de las vacaciones de Navidad, así que espero descubrir el terrible secreto que esconde para haber aceptado el puesto.

Por último, quisiera agradeceros de nuevo por la Saeta de Fuego que me regalasteis el día antes de coger el expreso de Hogwarts... es una escoba increíble, con un equilibrio insuperable y una aceleración vertiginosa, algo que parecen opinar todos los curiosos del colegio. Se elevó mucho más rápido que las Nimbus 2001 del resto del equipo en nuestro primer entrenamiento, y la profesora Hooch ha deshabilitado los frenos automáticos, de manera que ahora puedo derrapar todavía más... Espero que sea suficiente para volver a ganar la copa de Quidditch este año, porque Snape ha nombrado Capitán a Graham Montague, un cazador de sexto con el cerebro del tamaño de un mosquito. Iluso de mi por esperar que Snape dejara un lado su rencor y desprecio para otorgarme el puesto... habría sido lo mejor para Slytherin, aunque veo más probable que Pettigrew se entregue por voluntad propia al departamento de Aurores para confesar sus crímenes.

Os dedico un abrazo para ambos, la certeza de que espero con ganas regresar por vez primera durante las vacaciones de Navidad, y la promesa de que no pasará tanto lapso de tiempo hasta mi próxima carta.

Harry.

PD: No me puedo creer que las frases y consejos que me sugirió Sirius respecto a las chicas sigan funcionando hoy en día... aunque al parecer a Daphne lo he han hecho gracia ninguna de mis nuevas compañías.

PD2: Admito que como broma no me la esperaba, pero ya estáis tardando en anular la suscripción a "Corazón de Bruja" que habéis puesto a mi nombre si no queréis pagar las consecuencias.

Tardó unos segundos en percatarse de que las húmedas circunferencias que bañaban la carta provenían de sus ojos... un par de lágrimas surcaban rastros translúcidos por su rostro para caer en el pergamino.

Volvió a dejar la carta de Harry entre las notas y documentos personales de Lupin para dirigirse al baño de la planta baja para limpiar los restos que la correspondencia había evocado en él.

— Esto es lo que siempre has sido —escuchó como le decía el reflejo de un hombre adulto en el espejo.

Probablemente se trataba de una alucinación tardía provocada por el humo del musgoardiente o la melange que todavía quedaban en su organismo, pero dentro del marco había un hombre de piel pálida, nariz grande y ganchuda, dientes amarillos y desiguales, un largo cabello negro y grasiento que enmarcaba su rostro, con labios rizados y ojos penetrantes que parecían túneles oscuros.

— Un borracho... un vagabundo que se pasa las noches escondido y frotando hojas secas con las yemas de sus dedos... un patético intento de asegurarte un buen viaje al otro barrio —añadió la sombra de Severus Snape con una sonrisa maliciosa.

— Nadie ha pedido tu estúpida opinión, Quejicus —respondió Sirius lanzando un puñetazo al espejo.

El cristal del baño no pareció sufrir ningún desperfecto con el gancho de derechas de Sirius, y tampoco el mentón del hombre con el que había impactado, al contrario, el rostro del profesor de Pociones de Harry se había desvanecido. En su lugar estaba ahora la viva imagen de su ahijado, salvo porque tenía la nariz un poco más larga, los ojos de color castaño, y no había rastro alguno de la famosa cicatriz de su frente. Pero ambos tenían la misma cara delgada, la misma boca y las mismas cejas, el mismo remolino en el pelo y esa estúpida manía de estar tocándoselo todo el tiempo.

— James —susurró Sirius con voz ahogada y los ojos humedeciéndosele de nuevo. El recuerdo de su mejor amigo no había envejecido un solo día en esos 13 años.

— ¿Y bien, Canuto? Te odiaré de por vida si me obligas a darle la razón a Quejicus —le reprochó más serio que nunca su antiguo compañero de aventuras.

— Mira donde estoy, James —le señaló Sirius, intentando abarcar con los brazos los extremos de la nueva prisión en la que estaba recluido—. ¿Qué otra cosa puedo hacer en estas cuatro paredes? Un hombre sólo puede dar tumbos durante un tiempo hasta que se cae o hasta que se endereza...

— ¿Así que te has rendido? —le cuestionó su mejor amigo—. Todos tenemos motivos por los que no estamos a la altura de lo que deberíamos ser Sirius, y ninguno pone excusas tan banales. Ya has tocado fondo, Canuto... no es el momento de debatir entre quien debes o quien quieres ser... sino que es la hora de contentarte con quién eres ahora mismo —añadió mientras se desvanecía dejándolo solo de nuevo.

Remus lo encontró en ese mismo baño una hora después cuando regresó de hacer sus compras y recados en el Callejón Diagón. Estaba sentado en el suelo y con la cabeza apoyada en el retrete, los labios y los dedos manchados de vómito y con los brazos aferrando sus piernas encogidas. Estaba llorando, pero las lágrimas no las provocaban ni su puño ensangrentado ni los cientos de trozos de cristal esparcidos por el suelo del espejo roto, sino la aceptación de la realidad que le golpeaba... la reprimenda de un viejo amigo que jamás volvería, y del que nunca tuvo la oportunidad de despedirse.

Este capítulo ha sido, sin duda, el que más me ha costado y más quebraderos de cabeza me ha traído de todos los que llevo escritos, pero también creo que era la forma más indicada de esclarecer hechos importantes para capítulos futuros, aunque ello implique un curso tranquilo en Hogwarts. En cualquier caso, gracias por leer, si has llegado hasta aquí y te ha gustado, se agradece cualquier tipo de interacción, especialmente los reviews, para conocer vuestras opiniones o resolver vuestras dudas. Saludos, y felices fiestas.