Algunos fragmentos, párrafos o conversaciones de los capítulos están copiados directamente o modificados sutilmente de los distintos libros que forman la saga "Harry Potter" para poder abordar mejor la historia. No obstante, también hay ligeros cambios en el cannon (año arriba o abajo en la edad de algún personaje), así como easter eggs o pistas para los más meticulosos.
15 — HECTÁREAS DE EMOCIONES
Todavía estaba oscuro en su habitación cuando identificó la pequeña silueta de su madre abrir la puerta de la misma, sigilosa como un gato, con el ánimo de despertarlas. Era obvio que la Madriguera tenía huéspedes de más aquel verano, pues el despertar habitual en aquella casa era encender todas las luces entre gritos y arrebatar de golpe las sábanas a todo el que pretendiera arañarle unos minutos de más a los despertadores muggles.
Lo que no podía saber su madre era que Ginny, como fanática del quidditch que era, no había pegado ojo en toda la noche. Al contrario, se había pasado las horas nocturnas mirando el segundero del reloj de su cómoda, calculando cuanto descansaría si, milagrosamente, se quedaba dormida en ese instante, preguntándose si la falta de sueño se volvería en su contra cuando el árbitro diera comienzo al partido entre Irlanda y Bulgaria esa noche.
Todavía no podía creerse que tuvieran entradas para la final del Mundial de Quidditch, y en una de las tribunas principales para mayor sorpresa. Su padre, con el que habían estado escuchando por la radio mágica la mayoría de los encuentros, se había presentado la semana pasada con un pequeño fajo de entradas en la mano. A cambio, sólo había tenido que hacer la vista gorda en el trabajo con el director del Departamento de Deportes y Juegos Mágicos, Ludovic Bagman, un antiguo golpeador de las Avispas de Wimbourne venido a menos, y cuyo hermano había tenido la brillante idea de otorgar poderes sobrenaturales a una segadora muggle.
Su madre, sorprendida de verla con los ojos abiertos como platos observando cada uno de sus movimientos, se dirigió a despertar, cuidadosamente, a su compañera de habitación, después de dirigirle una mirada llena de reproche.
— Hermione, cielo, es hora de levantarse —susurró su madre en un tono maternal a la joven que dormía profundamente en la cama que habían conjurado.
— Cinco minutos más —suplicó la compañera de su hermano casi sin querer, todavía con los ojos cerrados y aferrándose con fuerza a la ligera sabana con la que se tapaba, avisada de las costumbres que tenía su madre con los dormilones.
Ginny no pudo más que sonreír ante el comportamiento de su amiga, porque sí, su relación con Hermione había cambiado lo suficiente a lo largo de los años como para considerarla como tal. Nada quedaba de la antigua rivalidad, ni del fuerte apretón de manos con el que se había autopresentado en el vestíbulo de Gringotts años atrás, ni del pequeño resentimiento que le tenía por haber ocupado su lugar en el pequeño grupo de aventuras que tuvo ella primero con Neville y Ron. Al contrario, la joven no solo se había esforzado de hacerla partícipe de muchas de sus conversaciones privadas, sino que había supuesto un enorme apoyo y consuelo en su segundo año, rodeada por los Dementores y recordando eventos pasados... La joven se había comportado como la hermana que nunca había tenido, aportando a su vida algo de feminidad y complicidad en medio de las bestias y borregos que tenía por hermanos. Desde entonces Hermione dormía en su cuarto los veranos que visitaba la Madriguera, y aunque no compartía su fanatismo por el deporte de brujas y magos, agradecía que sus padres le hubieran adjudicado una de las entradas para presenciar la final.
Se vistieron en completo silencio una vez fueron capaces de sacar a Hermione de la cama (con el pelo todavía más desenmarañado de lo habitual), y bajaron las escaleras dirección a la cocina entre bostezos y desperezos, incapaz de intercalar con su amiga dos palabras seguidas. En la planta baja ya esperaban algunos de sus hermanos junto a Neville alrededor de la mesa de comedor mientras su madre removía el contenido de una olla puesta sobre el fuego, y su padre, que vestía un jersey a rayas que Ginny no había visto en su vida, así como unos viejos vaqueros desgastados que le estaban gigantes, comprobaba el manojo de entradas de su mano.
— ¿Qué os parece, chicas? —preguntó su padre sonriendo al identificarlas, extendiendo los brazos para que pudieran apreciar con mejor detalle todo su conjunto—. ¿Parezco un muggle, Hermione?
— Sí, señor Weasley —respondió su compañera de cuarto tras pasarse las manos por la cara—. Está muy bien.
— ¿Dónde están Bill y Charlie? ¿Y Percy? —preguntó Ginny tras comprobar la falta de pelirrojos en la cocina.
— Siguen durmiendo —aclaró Fred con claro malestar en el rostro.
— Se aparecerán más tarde, sobre la hora de comer —contestó su madre, cargando con la olla de desayuno hasta la mesa y sirviendo gachas de avena en los distintos cuencos repartidos en la mesa.
— Sí, porque al parecer existe la discriminación y el trato de favor en esta casa —replicó George.
— El día que traigáis un sueldo y paséis el examen de aparición podréis dormir hasta las tantas y juzgar como os trato —contestó bruscamente su madre.
— Ya te hablamos de los "Sortilegios Weasley" —respondió George—. Sí, y lo único que hiciste fue cabrearte y gritarnos —matizó Fred.
Su madre no replicó a los gemelos, pero la gélida mirada que les dirigió y el sepulcral silencio que provocó equivalía a mil discusiones ganadas. Tanto Ginny como Ron captaron que era el momento de abandonar la cocina, por lo que se llevaron a sus acompañantes para ultimar las preparaciones para su partida antes de que comenzasen de nuevo los gritos en torno a las nuevas invenciones de sus hermanos.
— ¿Qué son los "Sortilegios Weasley"? —le preguntó finalmente Hermione mientras terminaban de prepararse en el baño.
— Mi madre ha encontrado un montón de cupones de pedido cuando limpiaba la habitación de Fred y George —explicó Ginny en voz baja—. Largas listas de precios de cosas que han inventado. Prototipos de artículos de broma que están fabricando —le contestó a través del espejo a la joven de Ravenclaw, que intentaba imponer cierto orden en su mata de cabello rizado—. Ya sabes: varitas falsas, caramelos con truco, calderos sin fondo. Es estupendo, y pensaban venderlos en Hogwarts para sacar dinero, pero mi madre se ha puesto furiosa y ha quemado todos los cupones de pedidos.
El rostro de Hermione mutaba rápidamente a un gesto de completa desaprobación, y eso que todavía no había escuchado el plan completo.
— Hace mucho tiempo que escuchábamos explosiones en su habitación, pero nunca supimos que estuvieran fabricando algo, creíamos que simplemente les gustaba el ruido. El problema es que todos los inventos son algo... peligrosos —añadió.
— ¿No deberían invertir su tiempo en prepararse para los TIMOs? —cuestionó su amiga.
— No —contestó Ginny, riendo ante aquella idea—. Están convencidos de abrir una tienda de artículos de broma cuando terminen el colegio, solo necesitan inversores —añadió después de escupir la pasta de dientes—. Además, nadie excepto tú empieza a estudiar durante las vacaciones, Hermione.
Una vez que el ambiente en la planta baja se apaciguó, y todos estuvieron preparados, salieron al jardín de la Madriguera, tímidamente iluminado por el pálido resplandor en el horizonte. De la mágica cena de la noche anterior solo quedaba la cera goteando sobre el césped de las velas colgantes que había conjurado su padre, varias polillas revoloteando sobre las mesas que Bill y Charlie habían destrozado al hacerlas entrechocar durante el espectáculo posterior, así como el olor a helado casero de fresas que había preparado su madre como postre perfumando el ambiente.
— Bueno, pasadlo muy bien, y llevad mucho cuidado —señaló su madre mientras los abrazaba uno a uno—. Y vosotros dos comportaos como Dios manda —avisó en un tono más alto a los gemelos, que ya habían comenzado a caminar por el sendero sin dignarse a despedirse—. Os enviaré a Bill, Charlie y Percy antes del mediodía —finalizó tras despedirse de su marido con un corto beso en los labios.
Caminaron con dificultad por el frío y húmedo sendero que ya habían iniciado Fred y George, acompañados únicamente por el sonido de sus pasos, evitando tropezar con las escondidas madrigueras de conejos o resbalar con las matas de hierba oscura mientras el cielo se iluminaba cada vez más, pasando de azul intenso e impenetrable a morado claro. Cuando emprendieron la subida por la colina de Stoatshead, su padre comenzó a mirar continuamente su reloj de bolsillo, mientras que ella empezaba a sentir las manos y los pies helados, aunque no sabía dilucidar si era por el frío del amanecer o por los nervios que la asolaban. Le costaba respirar cada vez más, y las piernas empezaron a fallarle instantes antes de encontrar suelo firme y plano bajo sus pies, pero fue Hermione la última en llegar a la cresta de la colina, con la mano puesta sobre el costado en un intento de calmar el dolor que parecía producirle el flato.
— Bien, hemos llegado con tiempo... faltan unos trece minutos para la hora de salida —dijo su padre entre jadeos, volviéndose a poner las gafas después de limpiar el vaho que las había oscurecido—. Ahora solo nos falta encontrar el traslador —añadió mirando a su alrededor.
Se desperdigaron en parejas para buscar cualquier objeto que a los muggles, por su simpleza, no les llamase nada la atención, cosas que solían calificar como basura tirada con la que contaminar todavía más el planeta.
— ¡Aquí, Arthur! ¡Lo tenemos nosotros! —escucharon los gritos de una voz rasgando el aire, interrumpiendo su búsqueda escasos minutos después de iniciarla, desde lo alto de una colina un poco más alta a su derecha.
— ¡Amos! —respondió su padre, dirigiéndose a zancadas hacia las dos altas siluetas negras que recortaban el horizonte.
Todos siguieron sus pasos hacia el mago de rostro rubicundo y barba escasa de color castaño. Tenía el pelo lacio hasta más allá de la mandíbula, pero escaso en la parte superior, en la que destacaban unas prominentes entradas y unas gafas doradas de montura redonda que empequeñecían sus ojos azules. Sostenía en la mano una vieja bota raída y enmohecida que Ginny supuso que era el traslador.
— Chicos, este es Amos Diggory, trabaja para el Departamento de Regulación y Control de las Criaturas Mágicas —enfatizó su padre tras un apretón de manos a modo de saludo—. Y creo que ya conocéis a su hijo, Cedric —señaló de nuevo su padre.
Su padre creía bien, todo Hogwarts conocía a Cedric Diggory, especialmente las chicas, pues no sólo se trataba de uno de los jóvenes más atractivos de la escuela, sino que su actitud callada envolvía al joven de rasgos cincelados en porcelana en un aura de misterio seductor. Tenía diecisiete años, iba a empezar su último curso en el colegio, y por suerte, debía de haber sacado todos los rasgos físicos de su madre y ninguno de su padre. Se trataba, además, del capitán y buscador del equipo de quidditch de la casa de Hufflepuff desde hacía años, prefecto de la misma desde el año anterior y más que posible premio anual.
— Buenos días —saludó al joven mirándolos a todos, aunque su mano fue a estrecharse con la de su padre.
Todos le devolvieron el saludo, en especial Ron, que compartía tanto casa como equipo de quidditch desde que formara parte del mismo el año anterior. Su hermano parecía haber encontrado en su prefecto y capitán un ejemplo de madurez distinto al del resto de los hermanos que todavía cursaban el colegio.
— ¿Son todos tuyos, Arthur? —preguntó Amos Diggory sonriendo.
— No, sólo los feos y los pelirrojos —bromeó su padre para que saltaran a su cuello—. Estos son Hermione y Neville, amigos de mi hijo Ron —añadió mientras los arrastraba hacia delante, exponiendo las vergüenzas de los dos jóvenes de quinto—. Ya debe de ser casi la hora, ¿sabes si viene alguien más de las cercanías? —cuestionó sacando de nuevo su viejo reloj de bolsillo.
— No —repuso el señor Diggory—. Los Lovegood llevan ya allí más de una semana, y los Fawcett no consiguieron finalmente las entradas.
La mención a la familia Lovegood transportó la mente de Ginny directamente a su extravagante amiga Luna de Ravenclaw, que acostumbraba a asistir a los encuentros de quidditch del colegio portando enormes sombreros que representaban a los emblemas de las diferentes casas, salvo la serpiente de Slytherin, a la que nadie apoyaba más allá de sus propios miembros. Se preguntaba con qué estrafalario atuendo la sorprendería aquel día si llegaban a encontrarse.
— En ese caso será mejor que nos preparemos. Chicos, acercaos —ordenó su padre—. No tenéis más que tocar el traslador.
Con cierta dificultad, debido a las voluminosas mochilas que portaban, los nueve se reunieron en torno a la vieja bota que agarraba el padre de Cedric. Todos permanecieron de pie, en un apretado y silencioso círculo, mientras una fría brisa barría la colina y el suelo bajo sus pies.
Ocurrió antes de que le diese tiempo a pensar lo ridículo que parecía que nueve personas, entre ellas dos adultos, se apretujasen al amanecer para sujetar una bota sucia y asquerosa. Sintió como un gancho, justo debajo de su ombligo, tiraba de ella hacia delante con una fuerza irresistible. Sus pies se despegaron de pronto de la tierra, y pudo notar a Ron y a Hermione, golpeando con sus hombros a los suyos a cada lado. Iban todos a enorme velocidad en medio de un remolino de colores y una ráfaga de viento que aullaba en sus oídos. Al momento siguiente, sus pies tocaron tierra de nuevo, y un momento después lo hizo el resto de su cuerpo, pues Ron se había tambaleado contra ella haciéndolos caer. El traslador golpeó el suelo con un ruido sordo, muy cerca de su cabeza.
Ginny levantó la vista a tiempo de ver como Cedric, y los dos adultos permanecían de pie sobre el aire, siendo zarandeados sutilmente por el viento, riéndose de todos los demás por haberse estrellado contra el suelo.
— Nueve personas desde la colina Stoatshead, a la seis y veintiocho de la madrugada —anunció una voz seca detrás de ellos.
Ginny se desembarazó del cuerpo de su hermano y se puso en pie en mitad de la zona de aterrizaje. Habían llegado hasta un páramo, y dos magos de aspecto cansado y malhumorados les hacían señales para que se acercarán a su posición. Uno de ellos, que vestía un traje de tweed y chanclos hasta los muslos, sujetaba un reloj grande de oro, mientras que el otro, con falda escocesa por encima de las rodillas y poncho mejicano, escribía con una pluma de ganso en un grueso rollo de pergamino.
— Buenos días, Basil —saludó su padre, cogiendo del suelo la bota que habían utilizado como traslador para echarla a una caja grande de cartón en la que había también un periódico viejo, una lata oxidada de refresco, y lo que parecía una quaffle blanca pinchada y con estrellas negras.
— Hola, Arthur —respondió el mago encargado de anotar las llegadas con voz apagada—. Has librado hoy, ¿eh? Qué bien viven algunos... Nosotros llevamos aquí toda la noche, y lo que nos queda. Será mejor que os apartéis, hay un grupo numerosos que llega dentro de unos minutos procedente del Bosque Susurrante. Esperad... voy a consultar dónde estáis instalados... Weasley... Weasley... —empezó a buscar su apellido en el rollo de pergamino, pasando la mano por cada uno de los nombres que desechaba—. Aquí, 687 B, segundo prado, ochocientos metros en aquella dirección.
— Gracias, Basil —respondió su padre, haciendo a los demás una señal para que lo siguieran. A continuación, se despidió de los Diggory, que esperaban su turno para consultar su localización con el encargado de la lista.
Se encaminaron por el páramo desierto que les había indicado el compañero de trabajo de su padre, incapaces de ver gran cosa a través de la densa y mágica niebla que había conjurado el Ministerio de Magia para mantener alejados a los posibles y curiosos muggles. La niebla era tan espesa que ni siquiera se veía el sendero, sólo unas cuantas luces tenues que brillaban difusas en medio del manto gris.
Después de quince minutos en aquella dirección, llegaron a la cima de un pequeño montículo de tierra y hierba, y bajo él, vislumbraron las formas fantasmales de millares de tiendas dispuestas en las laderas de varias colinas, en medio de un vasto campo que se extendía hasta el oscuro e irregular perfil de los árboles dibujando el horizonte. Caminaron con dificultad, ascendiendo por la cubierta y dejando atrás la neblina mágica, entre largas filas de tiendas. Había de toda clase de telas y tamaños: algunas tenían chimeneas instaladas; varios pisos de altura o pequeños torreones de piedra; jardines verticales adosados; pavos reales vigilando las entradas... y otras de aspecto casi muggle como la que portaba su padre a sus espaldas. Con los rayos de sol que los acompañaban, de la mayoría de ellas empezaron a surgir familias enteras, un inmenso mural de colores y gentíos diferentes, lenguas y culturas muy distintas, formando una única marea unida por el amor a un deporte único y maravilloso.
— Siempre hay algún tonto que hace caso omiso a las indicaciones del Ministerio y es incapaz de resistirse a la ostentación —comentó su padre después de pasar cerca de una peculiar casa de planta baja con una piscina en el tejado—. ¿A qué no adivináis a quién le tocará hacer horas extras por eso? —preguntó señalando a la pareja infractora, esperando que alguno de sus hijos o invitados diese pie a sus cavilaciones —. Ah, ya estamos, este es nuestro sitio, el 687 B —dijo deteniéndose al borde del bosque y depositando en el hueco del suelo todos los bártulos que portaban.
Una vez que terminaron con la instalación de la tienda de campaña, nadie que la viera podría adivinar que pertenecía a una familia de magos, y mucho menos que sirviera de morada para ocho Weasley y sus dos invitados. Ginny siguió al "trio Dorado" a través del umbral de cremallera y entró en lo que parecía un anticuado apartamento de dos habitaciones con tierra como suelo en lugar de láminas de madera. La mayor parte de la "edificación" la ocupaba una única estancia con una pequeña cocina incrustada en la pared del fondo, una mesa redonda rodeada por sillas aterciopeladas que olían igual que Crookshanks, el gato de Hermione, y varias literas pegadas al resto de paredes. La otra habitación consistía únicamente en un pequeño baño para todos.
— Bueno, es para poco tiempo —explicó su padre, pasándose un pañuelo por la calva y observando la austeridad presente—. Me la ha prestado Perkins, un compañero de la oficina. Ya no hace camping por culpa de la dracogripe, el pobre.
— Es más que suficiente, papá —se apresuró a contestar ella—. No necesitamos más.
— Bueno... puede que necesitemos comida —replicó Ron inmediatamente—. Me muero de hambre.
En las despensas de la cocina no había más que polvo y telarañas, y, a juzgar por la mirada de soslayo de su padre, adivinaron que, sin su mujer para salvarle el cuello, se había olvidado por completo de la supervivencia doméstica.
Ginny y el "trio Dorado" se aventuraron camino al mercado que habían montado en el centro del prado, rodeado por los distintos campamentos, caminando por las distintas filas de tiendas extendiéndose en todas direcciones, mirando con curiosidad cada centímetro de terreno de tierra a su alrededor. Por todas partes, magos y brujas de diferentes lugares del globo salían de las tiendas para disfrutar sus comidas y bebidas al aire libre. Aquello era una celebración de países, lenguas y culturas diferentes: Había magos africanos enfundados en túnicas blancas impolutas compartiendo conejo al fuego con franceses semidesnudos, ataviados únicamente con boinas negras para tapar sus vergüenzas; los irlandeses ocupaban íntegramente uno de los cuatro prados, y habían formado una eterna hilera de mesas vacías, pues todos estaban de pie, cantando y bailando borrachos a pesar de ser todavía bastante temprano. Pudo distinguir también entre la multitud a un grupo de brujas sentado bajo una destellante pancarta que las localizaba en Salem, pero sin duda alguna, los peor vestidos llevaban sombreros negros redondos y trajes apretados de seda de colores estrafalarios, recubiertos completamente por lentejuelas y una capa corta y roja que les cubría desde el hombro hasta la cintura... sencillamente ridículos.
Después de abastecerse con provisiones suficientes para todos, y una eterna cola que duró horas, regresaron a su campamento reconociendo por el camino un montón de rostros familiares de Hogwarts, pero ninguno de las pocas personas que Ginny podía considerar amigos de verdad dentro del colegio.
El sol estaba ya alto cuando empezaron a cocinar. Acababan de poner los huevos, las patatas y las verduras en la sartén del fuego cuando aparecieron por la entrada de la tienda Bill, Charlie y Percy, procedentes del bosque y con una barra de pan cada uno bajo el brazo.
Conforme avanzaba la tarde la emoción y el jaleo aumentaban en los distintos campamentos a la par que disminuía el alcohol disponible, haciendo desaparecer los últimos vestigios de serenidad. Poco antes del atardecer, el aire aún estival vibraba de expectación, y Ginny se aventuró junto con Bill y Charlie a la zona de comercios y vendedores ambulantes, si bien era una excusa que se habían montado entre los tres para no seguir escuchando a Percy hablar sobre el problema con el grosor de los calderos que tenía en el trabajo.
El paseo de los vendedores estaba repleto, cientos de bandejas y toldos tirados por el suelo, además de carros en los que se exponían todo tipo de cosas extraordinarias: escarapelas luminosas que gritaban los nombres de los jugadores; sombreros puntiagudos adornados con tréboles que se movían; bufandas de Bulgaria con leones estampados que rugían de verdad; banderas de ambos países entonando el himno nacional; Saetas de Fuego en miniatura que volaban de verdad; así como figuras y estampas coleccionables de jugadores famosos en actitud jactanciosa. Pero, lo que más captó la atención de Ginny fueron las miradas lascivas e indiscretas que muchas jóvenes dirigían a sus hermanos mayores, especialmente a Bill, en su camino de regreso con los bolsillos más ligeros y sombreros de Irlanda encima de sus cabezas.
Charlie, que tenía la constitución que habían heredado los gemelos, pero con una expresión bonachona en el rostro en lugar de la malicia que albergaban los golpeadores de Gryffindor, se había tostado bajo el sol de Rumanía y el fuego de dragón. Sus hombros y brazos eran ahora todavía más musculosos que cuando se marchó, y en uno de ellos se podía apreciar una enorme quemadura que le otorgaba cierto toque peligroso y digno de atención. Su hermano Bill era, por otra parte, y hasta que Ron tuviese algo que decir al respecto, el más alto de todos los Weasley, y también el más guapo. Hasta su madre, que afirmaba no tener favoritos entre sus hijos, se le había escapado alguna vez dicha afirmación en más de una ocasión. Además, era el más diferente... lejos de tener que escuchar las críticas de su madre, se había dejado crecer el pelo hasta necesitar de trenzas nórdicas para recogerlo. Se había perforado ambas orejas, y vestía como una auténtica estrella de rock sin afeitar.
Fueron los últimos en regresar a la tienda de campaña y descubrir que su padre había montado una pequeña fogata fuera de la misma en la que podían observar la marea de aficionados que se dirigía antes de tiempo al estadio, desesperados porque diese comienzo la final. Sus familiares y amigos estaban descansando, bebiendo cerveza de mantequilla y debatiendo acerca de lo que sucedería en el encuentro.
— Va a ganar Irlanda —pronosticó Charlie, abriendo con la fuerza de sus dedos el botellín que le ofrecía su padre y sentándose en el suelo.
— Por eso hemos apostado por ellos, hermano no tan alto como nosotros —repuso Fred, pese a que apenas le sacaban un par de centímetros a Charlie.
— Más os vale que vuestra madre no se entere de que habéis apostado todos vuestros ahorros —amenazó su padre—. No quiero ni imaginar lo que me haría si se entera que no os lo he impedido —las risas de todos silenciaron el crepitar del fuego.
— Yo creo que va a ganar Bulgaria —apuntó Ron, retomando la conversación—. Tienen a Krum.
— Krum es un gran jugador, Ron, pero Irlanda tiene siete estupendos jugadores —recalcó ella.
Entonces se escuchó el sonido de un profundo y retumbante gong al otro lado del bosque, y de inmediato, los cuatro campamentos enmudecieron a la vez. De entre los árboles se iluminaron dos filas de faroles, rojos, blancos y verdes, marcando un pequeño sendero que debía de conducir al estadio de Quidditch.
— ¡Ya es la hora! —anunció su padre, tan impaciente como ella. Fueron los únicos dos que se levantaron inmediatamente con el estridente sonido del instrumento metálico.
Su padre la cogió de la mano, y juntos se internaron en el bosque, seguidos de seis pelirrojos más, de Neville y de Hermione. Podía escuchar los gritos, las risas y los retazos de canciones que los miles de aficionados tarareaban como una marea de colores. Verde y blanco frente a negro y rojo por todas partes. La atmósfera de febril emoción se contagiaba fácilmente, y en más de una ocasión se encontró tarareando cánticos búlgaros de los que no entendía palabra alguna. Caminaron entre los árboles siguiendo el sendero de faroles, hablando y bromeando en voz alta unos diez minutos, hasta que, al salir por el otro lado del bosque se dieron de golpe con una de las paredes doradas del colosal estadio.
— Hay asientos para cien mil personas —le explicó a Hermione, que tenía la boca abierta y una expresión de asombro en la cara—. Unos quinientos funcionarios has estado trabajado durante todo el año para levantarlo. Cada centímetro del edificio tiene el mismo repelente mágico contra muggles que el utilizado para Hogwarts —añadió recitando de memoria el artículo especial sobre el campeonato de la revista "El Mundo de la Escoba", a sabiendas de lo que disfrutaba su amiga de aquellos pequeños detalles arquitectónicos.
Empezaron a subir junto a la multitud por escaleras tapizadas con una suntuosa alfombra de color púrpura hasta llegar al final de la escalera y encontrarse con una pequeña tribuna ubicada en la parte más elevada del estadio, justo a mitad de camino entre los dorados postes de gol ubicados a cada extremo del campo y elevados unos veinte metros sobre el suelo. La tribuna contenía una veintena de butacas de color bermellón y dorado repartidas en dos filas distintas. Ginny se apresuró a tomar asiento en la fila delantera junto a las demás, y observó el estadio que tenía a sus pies, cuyo aspecto era muchísimo más impresionante que el campo del colegio en el que sólo había disputado un encuentro, y con un desastroso resultado. Cien mil magos y brujas empezaron a ocupar sus asientos y colorear las gradas dispuestas en torno al largo campo ovalado. Todo estaba envuelto por la luz dorada de los diferentes anuncios que flotaban en el aire; y en el campo, que parecía recién forrado en terciopelo, terminaron por hacer presencia las distintas mascotas de los combinados nacionales.
El equipo de Bulgaria había traído consigo un centenar de veelas bailando al ritmo de la música. Mujeres jóvenes y hermosas que encandilaron a la mayoría de los hombres del estadio con su danza, con su piel brillando con un resplandor plateado o sus dorados cabellos agitándose en abanico detrás de sus cabezas. Sus hermanos parecían debatirse entre asaltar el terreno de juego y unirse a ellas de cabeza, o limpiar la saliva que goteaba continuamente de sus bocas abiertas... como si nunca hubieran visto una mujer hermosa. Irlanda, por otra parte, interrumpió el sensual baile de aquellas semihumanas invadiendo el cielo con leprechauns, miles de criaturas diminutas con forma de hombres barbudos y vestidos con chalecos rojos, que portaban lámparas diminutas de color verde u oro. Formaron un enorme trébol reluciente que se levantaba en el aire y sobre las tribunas.
Las mascotas se esfumaron en cuento el árbitro entró en el terreno de juego a zancadas proveniente del túnel de vestuarios, y acompañado por catorce personas que se alzaron rápidamente al cielo. El árbitro era de rasgos asiáticos, bajito y delgado, y portaba un silbato de plata que destacaba entre el uniforme dorado que hacía juego con el estadio. Bajo un brazo llevaba una caja de madera en el que debían de estar las pelotas del encuentro, y bajo el otro portaba su escoba voladora. Ginny observó atentamente como montaba en ella al momento en que abría la caja con una simple patada: cuatro bolas mágicas quedaron libres en ese momento; la quaffle de color escarlata, las dos bludgers de acero negras junto a la alada y minúscula snitch dorada. Soplando el silbato, emprendió el vuelo detrás de las pelotas, soltó la quaffle para el "salto" inicial y dio comienzo al partido.
El encuentro terminó mucho antes de lo que a Ginny le hubiera gustado. Victor Krum, el buscador estrellar de Bulgaria, a sabiendas que los cazadores de su selección jamás logarían remontar el encuentro, había dado caza a la snitch dorada cuando los irlandeses ya les aventajaban en doscientos puntos. Había dado por finalizado el partido con orgullo y un resultado menos abultado de lo que pronosticaban los primeros minutos del mismo.
A Ginny le deslumbró de repente una cegadora luz blanca que bañó mágicamente el palco que tenían justo debajo de la tribuna en la que se hallaban, para que todo el público presente pudiera ver el interior del mismo. Entornando los ojos y mirando hacia la entrada, pudo distinguir a dos magos que cargaban, entre jadeos, una gran copa de oro que entregaron al Ministro de Magia, Cornelius Fudge. Tan absorta habían estado en el encuentro que ni se había percatado de la poca distancia a la que se encontraban del jefe de su padre. Subiendo por las escaleras traseras que daban al palco, mientras la multitud aplaudía con aprecio y dirigían sus miles de omniculares hacia el Ministro, llegaron los siete jugadores derrotados de Bulgaria. Krum, que iba el último, parecía mucho menos ágil con los pies en el suelo que volando encima de una escoba... pero ahora sí parecía un joven de dieciocho años. Era alto y de perfil afilado, delgado y moreno, con el cabello y los ojos oscuros, tenía una nariz grande y curva, las cejas gruesas y negras... y se llevó la ovación más grande y ensordecedora del estadio cuando Ludo Bagman pronunció su nombre y le entregó la medalla plateada de subcampeón.
Una hora más tarde, y de nuevo bajo el calor y comodidad de su tienda, nadie tenía ganas de irse a la cama, y dada la algarabía que había en torno a ellos, especialmente por parte del campamento de aficionados irlandeses, su padre consistió en que tomaran todos juntos una última taza de chocolate con leche antes de acostarse. Salvo Percy, que alegó mucho trabajo al día siguiente, y Bill, que había desaparecido con un grupo de veelas al finalizar el partido, todos aceptaron la invitación.
No tardaron en enzarzarse en una agradable y silenciosa discusión sobre el encuentro: Ginny se mostró en desacuerdo con Ron y Charlie acerca del comportamiento violento del combinado irlandés, mientras que los gemelos, que habían acertado con su apuesta, contaban sus ganancias bajo la atenta mirada de su padre. De pronto, todas sus respuestas y comentarios se vieron silenciados por el eco de cánticos lejanos y ruidos extraños provenientes de uno de los campamentos. La afición de Irlanda debía de estar montando una fiesta digna de recordar... o eso pensaban ellos hasta que Bill entró en la tienda completamente sudado y con claros síntomas de haber llegado corriendo.
— ¡Todos fuera! ¡Rápido! —gritó su hermano después de recobrar el aliento y despertando de golpe a Percy.
— ¿Qué es lo que ocurre, Bill? —preguntó su padre, avanzando hasta la salida, iluminando la mitad de su cara con un reflejo naranja.
El gesto de preocupación en el rostro de su padre sólo confirmó las intuiciones de Ginny. Algo malo estaba ocurriendo: los cánticos de los aficionados habían cesado, y en su lugar empezaron a escucharse gritos de auxilio, abucheos escandalosos, carcajadas estridentes y gritos de borrachos. Salieron en tropel de la tienda para encontrarse con muchos habitáculos en llamas, las columnas negras se alzaban hacia un cielo azul oscuro inmaculado y sin estrellas. Las hambrientas llamas parecían emocionadas jugando con las tiendas moribundas, y había un regocijo en el crepitar del fuego, en sus rugidos y siseos, que dejaba rastros negros en los pilares de madera sobre los que se sostenía la estructura de las tiendas de campaña.
La gente corría sin orden ni concierto hacia el bosque, huyendo de un grupo de magos que marchaba a través del campo de fuego moviendo al unísono sus varitas. Ginny entornó los ojos para intentar distinguirlos mejor, pero el sofocante calor no la ayudaba en absoluta. Parecía que no tuvieran cara, hasta que comprendió que cubrían sus cabezas con capuchas negras y el rostro con máscaras cadavéricas de plata. Por encima de ellos, flotando en lo alto en medio del aire, una familia de cuatro integrantes se debatía y contorsionaba, adoptando formas grotescas e incómodas, como marionetas manejadas por los magos encapuchados. Al pequeño grupo se le iban juntando cada cierto tiempo otros magos con la misma indumentaria, riendo y arrollando tantas tiendas de campaña como había a sus pasos mientras el griterío de la gente iba en aumento hasta su posición.
— Vamos a ayudar a los miembros del Ministerio y a las Fuerzas de Seguridad —gritó su padre por encima de todo aquel ruido, arremangándose y tomando con firmeza su varita—. Bill y Charlie, vosotros juntos. Percy, tú conmigo —ordenó a sus hermanos mayores que lo imitaron—. Fred y George, conducid a los demás al bosque, y no os separéis. Cuando hayamos solucionado esto iremos a buscaros.
Ninguno de sus hermanos se paró a decir adiós, sino que se precipitaron velozmente junto con su padre al encuentro de esa pequeña multitud entre las llamas, luchando contra la marea enloquecida de gente que huía en dirección contraria, hacia el mismo bosque que ellos tenían como destino.
— ¡Vamos! —gritó George, cogiéndola de la mano y tirando de ella hacia el bosque.
Ron, Neville y Hermione iban detrás de ella pisándoles los talones, seguidos por Fred que cerraba el grupo vigilando que nadie se quedara atrás.
Las farolas de colores que habían iluminado anteriormente el camino al estadio estaban ahora apagadas, pero podían distinguirse oscuras siluetas dando tumbos entre los árboles bajo el llanto de niños atacados por el frío, gritos de ansiedad y voces aterrorizadas. Avanzaron con dificultad, empujados de un lado para el otro por personas cuyos rostros no llegaron a distinguir. Las ramas de los árboles, que se enroscaban unas sobre otras al crecer, densas y entrelazadas para afrontar cualquier vendaval, arañaban su rostro durante la huida.
Siguieron el oscuro camino, internándose cada vez más en el interior del bosque hasta que no hubo nadie más a sus alrededores, e iluminados únicamente por la plateada luz de la luna filtrándose entre las copas de los árboles. El aire estaba impregnado con los aromas del humo, de la tierra y de las hojas acariciando sus mejillas... todo estaba tan silencioso.
— Creo que podemos aguardar aquí —dijo George a su gemelo mientras sacaba su varita de la chaqueta, si bien todavía no podían utilizarla legalmente.
— Yo controlo lo que tengamos delante, y tú todo lo que haya detrás —replico Fred imitando a su hermano.
— Espero que los otros estén bien —susurró Neville.
— Estarán bien —afirmaron a la vez Ron y Ginny, intentando disimular el terror en su garganta y haciendo esfuerzos por creer dichas palabras.
— Pero esa familia... —comenzó Hermione con nerviosismo. Estaba temblando—. ¿Y si no pueden bajarlos?
— Podrán —le aseguró Fred—. Hallarán la manera.
— Es una completa estupidez hacer algo así cuando todo el Ministerio de Magia está aquí controlando la final —señaló Ginny preocupada—. ¿Y cómo pretenden salirse con la …?
El miedo la dejó sin palabras, pues durante un instante le pareció distinguir una silueta deslizándose entre los árboles, acercándose hasta su posición. Esperaron, escuchando en silencio el sonido de muchos pasos descompasados y el crujir de las hojas caídas bajos los pies, mezclándose con los frenéticos latidos de sus corazones. Unos segundos después, volvió a reinar el silencio.
— ¡MOSMORDRE! —se escuchó de repente y sin previo aviso con la voz de un hombre desgarrando el silencio.
No fue un grito de terror ni una petición de auxilio, sino que parecía un conjuro lanzado hacia el cielo en mitad de la arboleda... y algo le ocurrió a la noche: El cielo, salpicado hasta entonces de estrellas, se quedó de pronto completamente negro, sin una sola luz; la luna y el resplandor de las estrellas parecían haber desaparecido. El susurro de los árboles también cesó, y un frío glacial se apoderó del ambiente. Estaban rodeados por una oscuridad total, impenetrable y silenciosa, como si la mano de un titán hubiera cubierto el bosque con un grueso y frío manto.
Los arrendajos se callaron, cesaron como cortados con un cuchillo los gritos de las urracas, se interrumpió bruscamente el susurrar de los árboles. El bosque se quedó paralizado, presintiendo el peligro, y de repente, las hojas de todos los árboles empezaron a caer lentamente al suelo, despejando cualquier obstáculo que les impidiese ver el cielo. Durante un segundo, Ginny creyó que la niebla que cubría la luna era otra formación de leprechauns irlandeses, hasta que comprendió que se trataba de una calavera neblinosa de tamaño colosal, compuesta de lo que parecían estrellas color esmeralda y una lengua en forma de serpiente que reptaba lentamente desde sus fauces abiertas. Mientras miraban, la imagen se alzaba cada vez más, creciendo y acariciando las estrellas, resplandeciendo de una bruma de humo verdoso, estampada en el cielo como si se tratara de una constelación todavía por descubrir.
De pronto, cientos de siluetas empezaron a emerger de entre los desnudos árboles, gritando en el horizonte, familias despavoridas que habían logrado escapar del campamento en llamas y ahora huían de aquella gigantesca calavera sobre sus cabezas, que ya se había elevado lo suficiente como para iluminar incluso el estadio de quidditch.
— Que Merlín nos coja confesados —susurró Hermione a su costado. Su amiga era una de los centenares de cabezas que se habían congregado para observar el mismo punto en el firmamento.
— ¿Qué demonios es eso, Hermione? —preguntó Neville, impaciente ante la mirada de terror de todo el mundo a su alrededor.
— Es su marca —respondió Ginny temblando—. Es la marca de Quien Vosotros Sabéis.
No podía saber con certeza que le había empujado a decir aquello, pues al igual que el resto de sus hermanos que la miraban incrédulos, no había visto en su vida aquel símbolo iluminando el cielo... pero algo en su interior se estremeció al contemplar aquella serpiente mostrando sus afilados colmillos y saliendo de la calavera. Por un momento sintió de nuevo el frio, la humedad y la soledad que la abrazaba en la Cámara de los Secretos, rememoró las mentiras que un falso amigo le había escrito en un viejo diario durante su primer curso en Hogwarts... un momento de debilidad en el que había puesto en juego su desgarrado corazón y habían intentado apropiarse lentamente de su alma y cuerpo... recordó todo ello mientras un mar de lágrimas humedecía sus ojos. Gracias a Merlín, Hermione se había apresurado a agarrarla en un abrazo, y empujado su vista hacia cualquier otra parte para que dejara de observar lo mismo que todos los demás, impidiendo que sus rodillas flaquearan y se diera de bruces contra el suelo.
La gigantesca cabeza, inmóvil sobre los árboles, finalmente aulló, gritó y se disolvió en una humareda pulsante, en una gran nube de humo verdoso que poco a poco empezó a disolverse. Se hizo muy fina, y con asombrosa velocidad se lanzó volando por encima de los campamentos, dejando una estela vibrante a su paso. En unos pocos segundos desapareció en la lejanía, sólo el eco traía de vez en cuando algún aullido apagado de sus carcajadas.
No fue hasta que su padre apareció minutos después junto a sus hermanos y muchos otros adultos, que esa dolorosa sensación y angustia abandonaron por completo su pecho. Estaban ensangrentados y dejaban un rastro rojo en la tierra por la que caminaban: Charlie tenía un desgarrón muy grande en la camisa vaquera, la manga izquierda de Bill estaba destrozada y permitía ver un profundo corte del que brotaba sangre a montones, y Percy se sujetaba delicadamente con los dedos su nariz hinchada y ensangrentada. Los cuatro Weasley más jóvenes se abalanzaron rápidamente sobre los restantes miembros de su familia, y Ginny los apretujó fuertemente contra ella con las pocas fuerzas que todavía le quedaban, por miedo a que cualquiera de ellos se marchará de nuevo de su lado, hacia el peligro y la muerte... y sin decir adiós.
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