Algunos fragmentos, párrafos o conversaciones de los capítulos están copiados directamente o modificados sutilmente de los distintos libros que forman la saga "Harry Potter" para poder abordar mejor la historia. No obstante, también hay ligeros cambios en el cannon (año arriba o abajo en la edad de algún personaje), así como easter eggs o pistas para los más meticulosos.

16 — EL TORNEO DE LOS TRES MAGOS

El barullo y revuelo que se formó en cada una de las mesas del Gran Comedor, en el momento exacto en que el profesor Dumbledore les comunicó a sus alumnos que aquel año no se celebraría la copa de Quidditch, fue ensordecedor. Cientos de rostros estupefactos, voces, quejas e insultos de distinta índole se alzaron contra el director de Hogwarts. Por vez primera en todos sus años como estudiante, Harry sintió que las distintas casas del colegio actuaban y peleaban como una sola en favor de un objetivo común, derrocar a aquel majadero de su puesto de poder y recuperar el deporte favorito de brujas y magos... fue inútil. El griterío de todos los alumnos fue ahogado en sus gargantas con un simple y sencillo movimiento de varita por parte del profesor Dumbledore.

—Esto se debe a un importante acontecimiento que dará comienzo en octubre, y que continuará a lo largo de todo el curso, acaparando una gran parte del tiempo y la energía de los profesores —continuó el director con su explicación después de silenciar las protestas contra su persona—. Estoy seguro que terminaréis disfrutando enormemente de este... "contratiempo", pues tengo el placer de anunciar que este año, Hogwarts será...

No pudo continuar su explicación, irónicamente, sus palabras fueron silenciadas por uno de los truenos del vendaval que arreciaba fuera al mismo tiempo que las puertas del Gran Comedor se abrían de golpe. Harry, al igual que el resto de alumnos, dirigió la cabeza a la entrada del comedor, en la que destacaba parada la figura de alguien no tan extraño para él. Avanzaba lentamente por medio del pasillo que había entre las mesas centrales, apoyado en un largo bastón de madera y cubierto con una capa negra de viaje, en dirección a la mesa de los profesores, cojeando, replicando el ruido sordo de una pierna metálica en las distintas paredes del Gran Comedor.

Harry sabía quién era mucho antes de que se bajara la capucha en el momento en el que el resplandor de un rayo repentino iluminara su rostro, dejando a la vista su larga melena, en parte cana y en parte negra, así como su rostro lleno de cicatrices... y no pudo más que sonreír ante los gritos y miradas de horror de los compañeros que fijaban su vista en el ojo mágico de Alastor Moody. Parecía que alguien más que competente iba a hacerse cargo de la clase de Defensa Contra las Artes Oscuras aquel curso.

—¿Qué le ha ocurrido? —le preguntó Daphne en voz muy baja a su izquierda—. ¿Qué le ha pasado en la cara?

—Son heridas de guerra —le contestó Harry, rememorando los días que había estado bajo la protección del exauror escuchando la historia que había detrás de cada cicatriz.

No sabía si eran los libros y apuntes que le había regalado Tonks hacía justo un año, su admiración hacia "Ojoloco" o saber que tanto su padre como su padrino había sido aurores... pero sentía que cada vez había más motivos que le empujaban fervientemente hacia aquella profesión.

Moody avanzó lentamente hasta Dumbledore, le tendió la mano e intercambió con él un par de palabras que nadie logró escuchar. Ocupó el asiento libre que había en la mesa de profesores y empezó a olisquear el plato de verduras asadas que apareció enfrente suyo. A continuación, sacó del bolsillo de su túnica su vieja navaja de plata mientras su ojo mágico observaba a cada estudiante y cada rincón de la habitación... no había cambiado nada en el poco tiempo que llevaban sin verse desde que Harry se mudó a la casa de Sirius y cambió de protectores. Moody seguía siendo tan desconfiado, que incluso los latidos de su propio corazón podían sobresaltarlo en cualquier momento.

—Hago una pausa para presentaros a nuestro nuevo profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras —dijo animadamente el profesor Dumbledore ante el silencio del comedor—. Alastor Moody.

Lo normal era que los nuevos profesores fueran recibidos con saludos y aplausos, pocos lo hicieron aquella vez, ni entre los profesores ni alumnos, a excepción de Hagrid, Dumbledore y el propio Harry, ante la sorpresa de toda la mesa de Slytherin. El sonido de sus aplausos resonó tan tristemente en medio del silencio que enseguida dejaron de aplaudir. Parecía que a todos los demás los había acallado el miedo por la extraña apariencia de su nuevo profesor. Moody, como era de esperar, hizo caso omiso a aquella fría e indiferente acogida, volvió a buscar en su raída capa de viaje, y sacó de la misma su petaca con tapón de calavera, de la que vació su contenido de un largo trago, ignorando por completo la jarra que había delante de su plato.

—Como iba diciendo —regresó Dumbledore a su anterior discurso, aclarándose la garganta y sonriendo a la multitud de estudiantes que observaba detenidamente al exauror—. Este año tenemos el gran honor de ser la sede de un evento que no se celebraba desde hacía más de un siglo. Es un placer informaros de que este curso tendrá lugar en Hogwarts una nueva edición del Torneo de los Tres Magos.

La tensión que se había apoderado del Gran Comedor desde la entrada de Moody se quebró repentinamente. Los ligeros murmullos de cada una de las distintas mesas pronto se convirtieron en acaloradas discusiones de alumnos emocionados.

—No me puedo creer que mi padre no me haya dicho nada —le comentó Draco claramente ofendido en mitad del revuelo que se había formado en su mesa.

—El Torneo de los Tres Magos —volvió a comenzar Dumbledore, logrando rebajar el tono de voz de sus estudiantes—, para aquellos que no lo conozcan, fue creado como una competición amistosa entre las tres escuelas de magia más importantes de Europa, a saber, Hogwarts, Beauxbatons y Durmstrang hace más de setecientos años.

El silencio y la expectación que recibía el director del colegio era tal en aquel momento, que a los alumnos ya no parecía importarles que se hubiera cancelado el Quidditch ese curso.

—Para presentar a cada una de estas escuelas se elegía a un campeón, que debía participar en tres pruebas mágicas de distinta índole —prosiguió Dumbledore—. Los tres colegios se turnaban para ser la sede del Torneo, considerado como un medio excelente de establecer lazos entre los jóvenes magos y brujas de las distintas nacionalidades, así como las comunidades que representaban... hasta que el número de muertes creció tanto que se decidió interrumpir la celebración del Torneo.

Daphne le susurró algo asustada en relación al número de defunciones, pero la mayoría de compañeros no parecían compartir aquel miedo; al contrario, muchos sonreían emocionados ante la posibilidad de representar al colegio. Harry, en cambio, estaba más interesado en seguir escuchando los detalles sobre el Torneo en lugar de preocuparse por unas muertes que habían ocurrido a saber cuándo.

—Después de muchos intentos fracasados de volver a celebrar el Torneo, los departamentos de Cooperación Mágica Internacional y de Deportes Mágicos de sus respectivas comunidades han trabajado a fondo este verano para incrementar lo máximo posible las medidas de seguridad. Si bien toda participación conlleva sus riesgos, estamos seguros de haber minimizado el peligro mortal —añadió Dumbledore, tomándose unos segundos para recuperar el habla—. En octubre llegarán los directores de Dumrstrang y Beauxbatons junto con todos sus candidatos, y la selección de los tres campeones tendrá lugar la noche de Halloween. Un juez imparcial decidirá qué estudiantes reúnen más méritos para competir por llevarse a casa el ansiado trofeo, la gloria para su colegio, y el premio en metálico de mil galeones.

—¡Yo voy a intentarlo! —se escuchó como gritaba uno de los gemelos Weasley entusiasmado en la mesa de Gryffindor.

—Obvio. Ha sido escuchar el valor del premio y lanzarse desesperado a por el oro —señaló Draco arrancando alguna que otra risa en la mesa de Slytherin, si bien no la de Harry.

El Weasley de sexto no parecía ser el único que se estaba imaginando a sí mismo como campeón de Hogwarts. En cada una de las mesas, Harry veía a estudiantes observando al director con una expresión de arrebato, o susurrando con los vecinos completamente emocionados. Pero Dumbledore volvió a hablar, y en el Gran Comedor se hizo de nuevo el silencio, ansiosos por seguir escuchando.

—Me alegra mucho su entusiasmo, señor Weasley —contestó el director—. Pero los tres directores de las escuelas participantes hemos decidido, de común acuerdo, restringir los posibles participantes únicamente a los alumnos de séptimo curso.

En un segundo las mesas se llenaron de gritos de protesta en respuesta a aquella drástica medida, especialmente por parte de los gemelos Weasley, que se habían puesto de pie encima de sus bancos intentando agitar a las masas enfurecidas.

—Esta —empezó de nuevo Dumbledore amordazándolos en su asiento con otro ligero movimiento de varita—, es una medida que estimamos necesaria dada la dificultad de las pruebas, muchas de ellas superiores a los estudios de TIMO. Me aseguraré personalmente de que ningún estudiante menor de edad engañe a nuestro juez imparcial para convertirse en campeón de Hogwarts... así pues, os ruego que no malgastéis vuestro preciado tiempo en intentos fútiles.

Sus cansados ojos de color azul claro brillaron especialmente cuando los guiñó en dirección a los gemelos, que incapaces de articular palabra alguna por el encantamiento amordazante del director, mostraban una expresión de desafío en el rostro.

—Las delegaciones de Durmstrang y Beauxbatons llegarán en octubre, y permanecerán con nosotros la mayor parte del curso. Sé que todos trataréis a nuestros huéspedes extranjeros con extrema cortesía mientras están con nosotros —hizo una pausa para regresar a su asiento principal en la mesa de profesores—. También sé que estáis deseosos de empezar las clases mañana temprano, y que querréis estar despiertos y descansados para las mismas, por lo que no os entretengo más. ¡Todos a la cama!

Harry, que quería acercarse a Ojoloco, observó como el Dumbledore lo acaparaba en una charla privada mientras la marea enfurecida de estudiantes se ponía de pie en dirección al vestíbulo, haciendo el mayor ruido posible en forma de protesta y arrastrándolo con ella.


Con el transcurso de las clases, los días empezaron a acortarse, las mañanas se volvieron más frías, las noches más oscuras y el tiempo más húmedo... pero no había barro, viento ni lluvia que pudiera empañar la ilusión de la gente por conocer a los alumnos de Durmstrang y Beauxbatons, así como dar comienzo al Torneo. Sólo había un tema de conversación en todo el colegio, al margen de algún que otro comentario acerca del profesor Moody, las cicatrices de su cuerpo o las maldiciones imperdonables que había realizado en su aula. Los rumores pasaban de un alumno a otro como gérmenes altamente contagiosos; ¿quién se iba a proponer como campeón de Hogwarts? ¿en qué consistirían las diferentes pruebas? ¿en qué se diferenciaban ellos de los alumnos de otras escuelas?

El castillo parecía estar sometido a una limpieza especialmente concienzuda. Para irritación de los retratados, habían restregado algunos retratos mugrientos en los que solían esconderse. Las armaduras, que ya no chirriaban al saludar, brillaban como nunca antes, y Filch se mostraba tan feroz con cualquier estudiante que olvidara limpiarse los zapatos que varios alumnos estaban ingresados por ataques de ansiedad. Los profesores también parecían algo nerviosos, exigiendo mucho más de lo que podían realizar, todo en aras de no hacer el ridículo frente a sus distinguidos invitados.

Cuando subieron a desayunar la mañana del 30 de octubre, descubrieron que durante la noche habían engalanado el Gran Comedor. De los muros colgaban ahora enormes estandartes de seda representando los diferentes emblemas del colegio: rojos con el león dorado de Gryffindor, azul oscuro con el águila de color bronce de Ravenclaw, amarillos con el tejón negro de Hufflepuff, y la serpiente plateada de Slytherin sobre fondo verde. Detrás de la mesa de los profesores, un estandarte todavía más grande que los demás se alzaba mostrando el escudo de Hogwarts, con los animales de sus respectivas casas separados pero unidos en torno a una gigantesca hache.

Aquel día había en el ambiente una agradable impaciencia. Nadie estuvo pendiente de las clases, ni siquiera Hermione atendió en Aritmancia, dado que estaban todos mucho más interesadas en la llegada de los representantes de Beauxbatons y Durmstrang. Hasta la clase de Pociones fue más llevadera de lo normal, aunque no gracias a Snape y su amabilidad cortante, sino porque duró medio hora menos de lo habitual. Cuando sonó la campana de la torre, todos los alumnos de Hogwarts abandonaron sus tareas y se reunieron en la escalinata de la entrada como les habían enseñado. Los jefes de las casas recolocaron a algunos compañeros en filas delante del imponente castillo rodeado de estrellas y una pálida luna brillando sobre los terrenos del colegio.

—¡Aja! ¡Si no me equivoco, se acercan los representantes de Beauxbatons! —gritó Dumbledore, señalando una mancha negra en el cielo por encima del bosque prohibido después de diez minutos esperando en silencio.

Cuando la gigantesca forma negra pasó por encima de las copas de los árboles, arrancando algunas ramas a su paso, y la luz que provenía del castillo la iluminó, vieron que se trataba de un carruaje colosal, de color azul pálido y del tamaño de una mansión. Volaba tirada hacia ellos por una docena de caballos alados de color tostado, con las colas y la crin blanco roto.

Las tres filas delanteras de alumnos se echaron nerviosos hacia atrás cuando el carruaje descendió precipitadamente y aterrizó a tremenda velocidad... aquellos caballos debían de estar borrachos. Golpearon el suelo con sus herraduras reforzadas y al cabo de unos segundos el carruaje se posó en la tierra, rebotando y derrapando sobre sus enormes ruedas traseras. Antes de que las puertas del "carruaje" se abrieran Harry pudo distinguir un escudo pintando en ellas: un blasón verde turquesa con la "B" del colegio en el centro de la misma en un tono más oscuro, y todo rodeado por finas ramas y hojas doradas.

Un muchacho vestido con una túnica de color azul claro saltó del carruaje al suelo, hizo una inclinación al gentío que le observaba, y desplegó una escalerilla dorada sobre las puertas. Respetuosamente, retrocedió un paso, las puertas se abrieron, y de ellas surgió la mujer más alta que Harry había visto en su corta existencia ante gritos ahogados de asombro por parte de muchos compañeros. Cada paso que daba, acercándose más a la multitud atónita, le hacía parecer más grande que Hagrid. Entró de lleno en la zona iluminada por las luces del vestíbulo, y ésta reveló un hermoso rostro de piel morena, unos ojos cristalinos grandes y negros, así como una nariz afilada. Llevaba el pelo recogido por detrás en un moño reluciente, sus ropas eran de satén negro, y alrededor de su garganta colgaba una multitud de brillantes cuentas de ópalo.

El director empezó a aplaudir, y pronto sus alumnos siguieron el ritmo que marcaban sus manos, muchos de ellos de puntillas para poder ver mejor a la mujer. Sonriendo con gracia, la directora de Beauxbatons avanzó hacia Dumbledore y le extendió una mano reluciente en la que este depositó un suave beso de bienvenida.

—Mi querida Madame Maxime, —dijo después de separar sus labios de la mano de la susodicha—, bienvenida a Hogwarts.

—Muchas "gacias" "Dumbledog" —repuso Madame Maxime con una voz profunda y un denotado acento francés—. Estos son mis alumnos —añadió señalando tras de sí con gesto lánguido.

Harry, que al igual que la mayoría de compañeros, no se había fijado en otra cosa que no fuera Madame Maxime y sus enormes proporciones, se percató entonces de los veinte alumnos, chicos y chicas, que salían en tropel del carruaje y miraban el castillo enfrente suyo con aprensión. Estaban tiritando, lo que no era de extrañar viendo que sus túnicas parecían de seda fina y que ninguno portaba capa de viaje.

—¿Ha llegado ya Kagkagov? —preguntó Madame Maxime.

—Se presentará de un momento a otro —aseguró Dumbledore—. Por favor, pasen y esperen junto al fuego, sus alumnos deben de estar congelándose —comentó apartándose y señalando la entrada—. Nuestro profesor de Cuidado de Criaturas Mágicas se encargará de sus corceles encantado.

—Pero pog favog, dígale a ese pgfesog que estos caballos solo beben whiskey de malta pugo.

—Descuide —respondió Dumbledore, inclinándose a su vez.

—Allons y! —les dijo imperiosamente Madame Maxime a sus estudiantes.

Todos los alumnos de Hogwarts se apartaron para dejarles pasar y subir la escalinata de piedra. Para cuando los alumnos de Beauxbatons debían de estar ya acomodados frente a las chimeneas laterales del Gran Comedor, eran ahora ellos los que tiritaban de frío esperando ver algo. Durante unos minutos, el silencio sólo fue roto por algún que otro susurro y por los bufidos y el piafar de los caballos alados de Madame Maxime.

—¿No escuchas algo? —le preguntó Draco repentinamente, interrumpiendo una conversación entre risas con Daphne.

Harry y Daphne se detuvieron a escuchar atentamente: un ruido misterioso se apoderaba del ambiente, fuerte y extraño, llegando hasta ellos desde las tinieblas. Se trataba de un rumor amortiguado acompañado de un sonido de succión, como una inmensa aspiradora pasando por el lecho de un río.

—¡El lago! —gritó un alumno cualquiera de Ravenclaw señalando el horizonte perlado y brillante.

Desde su posición en lo alto de la ladera podían divisar los terrenos del colegio con una buena perspectiva de la lisa superficie negra del agua. Y en aquellos momentos dicha superficie no era lisa en absoluto. Algo se agitaba bajo el centro del lago, y grandes burbujas empezaron a emerger junto a olas que iban a morir a las embarradas orillas de piedra y arena. De pronto surgió un remolino, y del centro de este se empezó a elevar, muy despacio, una asta negra acompañada de varias jarcias... Lenta y majestuosamente, un barco de aspecto hundido y resucitado fue surgiendo del agua, con pálidas luces reluciendo en sus portillas y brillando a la luz de la luna. Finalmente, con un sonoro chapoteo, el barco emergió en su totalidad, balanceándose en las aguas turbulentas y surcándolas hacia tierra. Un instante después escucharon la caída de un ancla arrojada al bajío y el ruido sordo de una tabla de madera tendida hasta la orilla.

A la luz de las portillas del barco, divisaron las siluetas de gente desembarcando; eran bastantes más que los alumnos de Beauxbatons, y mucho más fornidos, tanto las mujeres como los varones. Subían por la explanada hacia la luz que provenía del vestíbulo, abrigados con enormes capas de algún tipo de piel muy pulida que Harry no pudo reconocer. Su emblema era de un color verde blanquecino sobre el que destacaba un cráneo rojo de venado y dos gansos amarillos posados a ambos lados de su asta.

—¡Dumbledore! —gritó efusivamente con voz pastosa y afectada el hombre que iba delante del grupo, bastante mayor que el resto—. ¿Cómo estás, viejo compañero?

—¡Estupendamente, gracias, profesor Karkarov! —respondió Dumbledore acudiendo a su encuentro y estrechando su mano.

Cuando llegaron a la zona bien iluminada, Harry observó que también era alto y delgado como el director de Hogwarts, pero llevaba corto el blanco cabello, e intentaba disimular su mentón poco pronunciado con una perilla que terminaba en un pequeño rizo. Tenía los dientes bastante amarillos, y la sonrisa de su rostro no incluía sus ojos, azules e inmóviles, que mantenían una expresión de astucia y frialdad... pero Harry debía de ser el único que estaba observando al director de Durmstrang, pues en la aglomeración de alumnos de Hogwarts sólo se escuchaba el susurro de un nombre.

—Ese es Viktor Krum. Krum. Krum. Ese de ahí... —era lo único que se escuchaba en la escalinata del castillo. Decenas de manos señalando a un muchacho bajo, de nariz prominente y curva con unas pobladas y espesas cejas negras.


La vuelta de los alumnos de Hogwarts, formando una eterna fila subiendo la escalinata de piedra tras la comitiva de Durmstrang, estuvo acompañada de comentarios y susurros en torno al joven jugador de Quidditch. Muchos alumnos parecían buscar entre los bolsillos de sus túnicas cualquier herramienta con la que el buscador pudiera rubricar su firma, desde tiza blanca, plumas impregnadas de tinta o lápiz de labios.

Llegaron a la entrada del Gran Comedor, y tanto Krum como sus compañeros de Durmstrang ocuparon el sitio contiguo a los alumnos de séptimo de Slytherin después de estar unos segundos indecisos y amontonados en la puerta a que el resto ocupara sus asientos habituales. Se quitaron las pesadas pieles y miraban con expresión de interés el negro techo repleto de estrellas y rodeado de velas colgantes. Dos de ellos cogieron los platos y copas bañadas en oro para examinarlos, aparentemente muy impresionados. Los alumnos de Beauxbatons, por otra parte, no parecían tan contentos. Se habían puesto en la mesa de Ravenclaw, y observaban el salón con expresión crítica en sus rostros, sujetando todavía bufandas o chales en torno a sus cabezas. El Gran Comedor parecía mucho más lleno de lo habitual, a pesar de que únicamente habría unos cincuenta alumnos más que de costumbre. Quizás fuera por el color de sus uniformes, muy diferentes de las túnicas negras de Hogwarts; los alumnos de Beauxbatons vestían uniforme azul claro roto de seda, mientras que los alumnos de Durmstrang mostraban chaqueta y pantalón de color rojo sangre.

Una vez sentados todos los invitados, llegó el turno de los profesores, que se encaminaron a la mesa del fondo con los directores de las tres escuelas cerrando el grupo... más solo uno de ellos se mantuvo en pie frente a todos los estudiantes.

—Buenas noches, damas, caballeros, fantasmas y, muy especialmente, buenas noches a nuestros queridos huéspedes —comenzó Dumbledore dirigiendo su típica sonrisa ladina a los estudiantes extranjeros—. Es para mí un placer daros la bienvenida a Hogwarts. Deseo que vuestra estancia aquí os resulte al mismo tiempo confortable y placentera. El Torneo que os ha traído hoy ante nuestras puertas quedará oficialmente abierto al finalizar el banquete —explicó el director—. ¡Ahora os invito a todos a comer, a beber, y a disfrutar como si estuvieras en vuestra propia casa!

Como de costumbre, las fuentes que tenían delante se llenaron de comida. Los elfos domésticos de las cocinas parecían haber ampliado sus registros aquella noche, ante ellos tenían la mayor variedad de platos que Harry hubiera visto nunca, incluidos algunos evidentemente extranjeros. A los veinte minutos del banquete, Harry observó como un ángel se levantaba de la mesa de Ravenclaw, era una joven de una belleza tan impresionante que el comedor entero parecía haberse quedado sin aire. Era alta, esbelta, con una larga caballera rubia que desprendía un débil resplandor plateado que le caía hasta la cintura, los ojos completamente azules. Caminaba entre las distintas mesas en busca de un plato en concreto, aunque más bien parecía deslizarse con la gracia de una bailarina de ballet... era una de las jóvenes más hermosas que había visto en toda su vida, y no sabía el motivo, pero algo en su interior le decía que no se trataba de una chica normal y corriente.

La cena transcurrió entre presentaciones, charlas animadas, emociones a flor de piel y susurros nerviosos. En un momento Harry observó que dos personas más se habían sentado en algún momento en la mesa de los profesores. El primero de ellos, de pose estirada y rígida, era un hombre mayor, delgado, de pelo canoso y rostro arrugado, peinado con la raya, extremadamente recta, hacia un lado, y un pequeño bigote en forma de cepillo. Su mirada denotaba agudeza y perspicacia, pero el tic nervioso de su pierna bajo la mesa mostraba dejos de impaciencia. El otro adulto, por otra parte, tenía la complexión de un hombre robusto, la nariz aplastada, los ojos redondos y azules, y su pelo corto y rubio lo hacían parecer un niño que se había negado a crecer.

—Ha llegado el momento —anunció Dumbledore levantándose una vez los platos estuvieron de nuevo vacíos, sonriendo a los rostros levantados—. El Torneo de los Tres Magos va a dar comienzo... pero antes, para aquellos que no los conozcáis, permitidme que os presente a dos de las personas que han permitido que estéis hoy aquí: el señor Bartemious Crouch, director del Departamento de Cooperación Mágica Internacional —hubo un asomo de aplauso cortés —, y al señor Ludo Bagman, director del Departamento de Deportes y Juegos Mágicos —sus compañeros aplaudieron mucho más a este, quizás por su fama como golpeador, o tal vez simplemente porque tenía un aspecto mucho más simpático que el primero.

Bagman agradeció los aplausos con un jovial saludo, mientras que Crouch no saludó a nadie ni sonrío al ser presentado.

—Los señores Bagman y Crouch han trabajado sin descanso durante los últimos meses en los preparativos del Torneo —continuó Dumbledore después de los aplausos—, y formarán parte del tribunal que juzgará los esfuerzos de los campeones junto a los directores de las distintas escuelas.

A la mención de la palabra "campeones", la atención de los alumnos aumentó todavía más si aquello era posible. Filch, que hasta ese momento había pasado inadvertido en un rincón del Gran Comedor aun con su frac viejo y enmohecido, se acercaba lentamente hasta el director empujando una gran caja vieja de madera marcada por decenas de joyas incrustadas.

—Nuestros invitados del Ministerio han dispuesto todos los preparativos e instrucciones para las pruebas que los campeones tendrán que afrontar —dijo Dumbledore mientras el conserje colocaba con cuidado el cofre en la mesa, justo enfrente suyo—. Serán tres pruebas, espaciadas en el curso escolar, que medirán las habilidades mágicas de los campeones, su osadía, sus dotes de deducción y su capacidad para enfrentarse al peligro.

Dumbledore sacó su varita mágica y golpeó con ella tres veces la parte superior del cofre, y la tapa del mismo se levantó lentamente con un crujido, expectante. Dumbledore introdujo una mano para sacar de ella un gran cáliz de madera toscamente tallada. No habría llamado la atención, ni siquiera en una tienda de antigüedades, de no ser por las temblorosas llamas de color blanco azulado que cubrían el borde. El director cerró el cofre con cuidado y depositó el cáliz sobre la tapa del mismo, para que todos los presentes pudieran apreciarlo independientemente del asiento que ocuparan en el Gran Comedor.

—Nuestro juez imparcial, el Cáliz de Fuego —gritó Dumbledore a pleno pulmón—. Todo el que quiera proponerse como campeón debe escribir su nombre y el de su colegio con su propia sangre en un pequeño trozo de pergamino y arrojarlo al fuego —explicó el director a continuación—. Los aspirantes dispones de 24 horas para decidirse y hacerlo. Mañana, después de la cena de Halloween, el cáliz nos devolverá los nombres de los tres campeones a los que haya considerado más dignos de representar a sus colegios. A partir de este momento, el cáliz queda expuesto en el vestíbulo, accesible a todos aquellos que quieran competir.

En ese instante las velas flotantes se apagaron a la vez, todas ellas. Las únicas luces que iluminaban la estancia provenían de los fantasmas de color plata moviéndose por todas partes, del techo encantado cuajado de estrellas, y de las llamas blanquecinas del Cáliz de Fuego.

—Por último, me gustaría disuadir a todos aquellos que no cumplan los requisitos de siquiera intentar inscribirse, así como recalcar a todos los que estén pesando en competir que deben meditarlo muy bien —señaló de nuevo el director Dumbledore—. Una vez el Cáliz haya seleccionado un campeón, él o ella estará obligado a continuar en el Torneo hasta el final. Al echar vuestro nombre en sangre al fuego estáis firmando un contrato mágico vinculante. Una vez declarados los campeones, nadie puede arrepentirse... así que pensadlo muy bien antes de presentar vuestra candidatura.

—¿Lo vas a intentar, Harry? —le preguntó Draco en un susurro apenas audible.

Harry pensó durante unos segundos en la insistencia de Dumbledore en que nadie se ofreciera candidato si no era alumno de séptimo y había superado los TIMOs de sexto... pero luego volvió a imaginarse a sí mismo ganando el Torneo. Era uno de los mejores y más prometedores alumnos de todo el colegio a pesar de cursar todavía quinto, sin duda estaba más preparado que muchos estudiantes mayores... sin embargo, algo en su interior rechazaba la posibilidad de intentar presentarse y disfrutar de un año tranquilo como mero espectador para variar.

—No —contestó finalmente y del todo convencido.

Sin pronunciar otra palabra, Dumbledore volvió a encender las velas del Gran Comedor y mandó a todos los estudiantes a sus respectivos dormitorios. Madame Maxime llamaba a filas a sus estudiantes para regresar a su carruaje volador, y lo mismo hacía Karkarov con sus alumnos y el barco de Durmstrang, aunque con mayor dificultad que el resto debido al corro de aficionados que arrinconaba a su alumno estrella.


Lo habitual los sábados era que la mayoría de los estudiantes llegaran tarde a desayunar. Sin embargo, Harry, Draco y Daphne no fueron los únicos en levantarse mucho antes de lo habitual ese fin de semana. Al llegar al vestíbulo vieron unas veinte personas agrupadas en el vestíbulo en torno al Cáliz de Fuego, que se erguía sobre el taburete en el que solían depositar el Sombrero de Godric Gryffindor durante las ceremonias de selección. En el suelo, a su alrededor, una línea de color dorado formaba un círculo de tres metros de radio: una línea de edad para asustar a los incautos.

—¿Ha dejado ya alguien su nombre? —le preguntó Harry a Hermione, que se encontraba allí con los inútiles de sus amigos, mientras Draco y Daphne se adelantaban en dirección al Gran Comedor.

—Todos los de Durmstrang —contestó su amiga—. Pero, de momento, no he visto a ninguno de Hogwarts.

—Haznos un favor a todos y echa tu nombre, Potter —escuchó como le decía Weasley desde detrás—. Quizás tengamos suerte y nos libremos de ti para siempre.

—Tu existencia dejaría de tener sentido si me perdieras de vista "Wesley" —le contestó con desprecio en su apellido sabedor de cuánto le molestaba al joven, sin apartar la vista de las llamas de color blanco azulado que refulgían en el borde del cáliz.

Madame Maxime entró en ese momento en el vestíbulo seguida por todos sus alumnos. Entre ellos destacaba el ángel caído del cielo que había visto la noche anterior. Sintió como Weasley y Longbottom se acercaban hasta él para poder ver mejor a la chica, y por primera vez, no le importó la presencia cercana de aquellos dos molestos sujetos. Los que estaban alrededor de cáliz de fuego se echaron para atrás para dejarlos pasar. Uno a uno los estudiantes de Beauxbatons fueron cruzando la línea de edad depositando en las llamas sus pedazos de pergamino. Cada vez que el fuego tocaba las letras sangrantes se volvía momentáneamente rojo y arrojaba chispas... era casi un ritual hipnotizador.

De improvisto, un picotazo en su mano derecha le despertó de seguir viendo aquel proceso... una lechuza revoloteaba a su alrededor con el periódico colgando, esperando a que lo desatase para poder marcharse.

—¡Hija de puta! —soltó después de ver la sangre fluir en su dedo índice.

Muchas protestas y miradas acusadoras le fueron lanzadas pensando que había insultado a la chica que introducía en ese momento su nombre en el Cáliz, pero Harry no les prestó atención. Recogió el periódico y se adentró en el Gran Comedor, cuya decoración había cambiado respecto al día anterior. Había una nube de murciélagos vivos revoloteando por el techo encantado mientras cientos de calabazas lanzaban macabras sonrisas desde cada rincón.

El resto de la mañana transcurrió como si se tratase de un sábado cualquiera durante otro curso distinto. Con el quidditch suspendido todo el año, tuvo tiempo de sobra para acudir a la biblioteca y finalizar las tareas semanales que le habían encomendado. Allí se encontró de nuevo con Hermione, pero sin la compañía de sus molestos amigos... con todo el caos y bullicio que se palpitaba en el colegio debido al Torneo, el silencio y la tranquilidad que se respiraba en la biblioteca eran como música celestial para sus oídos.

Por la tarde, después de comer, fiel a sus costumbres, se apresuró a degustar una taza de té en la cabaña de Hagrid. Si bien estuvo más tiempo sentando junto al fuego escuchando el suave golpeteo de lluvia contra los cristales de las ventanas, mientras su profesor se acicalaba con agua de colonia e intentaba peinarse usando grandes cantidades de lo que parecía aceite lubricante, limpiando el polvo de la vestimenta que pensaba llevar durante el banquete de selección. Consistía en un gigantesco traje peludo de color marrón, y una corbata a cuadros amarillos y naranjas. Era francamente horrible, pero al guardabosques sólo parecía importarle la opinión que tendría Madame Maxime al respecto... y sus intentos por llamar la atención de la directora de Beauxbatons conmovieron a Harry hasta el punto de sacarle una tímida sonrisa.

Las últimas horas antes de la cena y posterior selección las pasó junto a Daphne en la sala común de Slytherin. Estaban, como muchas otras veces, tumbados y descalzos en uno de los sofás de cuero negro que rodeaban la chimenea. Hablando con la vista apuntando a las hipnóticas lámparas de cristal de color verdoso que colgaban del techo mediante cadenas, esperando a que el calamar gigante hiciera acto de aparición en el enorme ventanal que daba al Lago Negro. Harry se preguntaba en voz alta por qué cada vez les costaba más volver a ser sólo a ser ellos tres como durante los primeros cursos, por qué ya no podían estar un mes entero sin discutir por cualquier tontería... ni siquiera recordaba por qué Draco se había ido en esta ocasión en busca de Nott y Goyle; y Daphne, que estaba muy callada al respecto, no parecía querer compartir su opinión.

Llegó la hora de la cena, rompiendo la tranquilidad y comodidad que había disfrutado con Daphne las últimas horas antes de un banquete que le pareció mucho más largo que de costumbre. Quizás porque era el segundo en apenas dos días, o quizás porque todos los presentes estaban deseando que terminara para dar comienzo a la selección de campeones... o, al menos, eso demostraban las expresiones de impaciencia, las piernas moviéndose nerviosas debajo de las mesas, y la gente levantándose a comprobar si Dumbledore había terminado ya de cenar.

Cuando los platos bañados en oro recuperaron su estado original e inmaculado se produjo cierto alboroto en el salón principal. Las puertas se abrieron de repente, dejando escapar el calor del ambiente, y permitiendo la entrada de Filch, que empujaba el taburete en el que descansaba el Cáliz de Fuego hasta la mesa de los profesores. Dumbledore se puso de pie, al igual que Karkarov, Bagman, Crouch y Madame Maxime. Los directores de los tres colegios parecían tan tensos y expectantes como los alumnos a los que estaban representando.

—El cáliz está preparado para tomar una decisión —anunció Dumbledore mientras se acercaba al mismo—. Cuando pronuncie el nombre de uno de los representantes, le ruego que venga a esta parte del Gran Comedor, pase por la mesa de los profesores y entre en la sala de al lado, donde recibirá las primeras instrucciones —añadió indicando la puerta que había a un costado de la mesa de los docentes.

Sacó la varita y ejecutó con ella un amplio movimiento en el aire, apagando todas las velas del comedor salvo las que estaban en el interior de algunas calabazas. La estancia quedó casi a oscuras, no había nada que brillara tanto como el Cáliz de Fuego, y el fulgor de las chispas y la blancura azulada de sus llamas casi hacía daño a los ojos. Todo el mundo miraba expectante, y otros tantos consultaban sus relojes.

—De un instante a otro —susurró Daphne a su izquierda, tomándolo fuertemente de la mano... extrañamente, no se sintió raro al respecto.

De pronto, las llamas del cáliz se volvieron rojas, y empezaron a saltar chispas moradas. A continuación, brotó en el aire una lengua de fuego, arrojando un trozo carbonizado de pergamino viejo. La sala entera se ahogó en un grito de expectación.

—El campeón de Durmstrang es... ¡Viktor Krum! —leyó Dumbledore en voz alta tras cazar el trozo de papel en el aire.

—Era obvio —señaló Draco enfrente suyo, rodeado por sus secuaces de poco nivel académico, al tiempo que una tormenta de aplausos y vítores inundaba el Gran Comedor.

—¡Bravo, Viktor! ¡Sabía que serías tú! —bramó Karkarov en el momento que el buscador de Bulgaria saludaba a los miembros del tribunal. Había gritado tanto, que todo el mundo lo escuchó incluso por encima de las ovaciones a su protegido.

Se apagaron los aplausos en el momento en que el campeón de Durmstrang cruzaba la puerta anteriormente mencionada por el director, y los comentarios y susurros regresaron en atención al cáliz, cuyo fuego tardó unos pocos segundos en volverse nuevamente rojo y escupir un segundo trozo de pergamino ennegrecido.

—La campeona de Beauxbatons es... ¡Fleur Delacour! —señaló el director.

—Es ella, Harry —dijo Zabbini a su izquierda, señalando a la chica que había atraído cientos de miradas durante el banquete de la noche anterior.

La joven sacudía la cabeza para tirarse hacia atrás la amplia cortina de pelo plateado, y caminaba entre las mesas de Hufflepuff y Ravenclaw entre sollozos de sus compañeros no elegidos, y silbidos de alumnos de Hogwarts.

Cuando Fleur Delacour hubo desaparecido también por la puerta, volvió a hacerse el silencio en la habitación, pero esta vez era tan tenso y lleno de emoción, que casi podía palparse... era el momento de elegir al representante de Hogwarts, y el Cáliz no se hizo de rogar lanzando el último nombre al aire envuelto en llamas.

—El campeón de Hogwarts es... ¡Cedric Diggory! —anunció Dumbledore por última vez.

El prefecto de Hufflepuff fue el único de los campeones que provocó discordancia en el público, pues la mayoría de estudiantes esperaban que un alumno de su propia casa fuera a representarlos... Más no Harry, que conocía al joven y lo creía perfectamente capacitado de dejar en un buen lugar a la escuela. Pronto se unió al jaleo estruendoso proveniente de la mesa de al lado, en la que todos y cada uno de los alumnos de Hufflepuff se habían puesto de repente en pie, gritando y aplaudiendo, mientras Cedric se abría camino entre ellos, con la sonrisa que tanto le caracterizaba, intentando llegar a la sala en la que ya debían de esperarle los otros dos contendientes.

Naturalmente, los aplausos dedicados a Cedric se prolongaron lo suficiente como para que Dumbledore tuviera que esperar un rato. Harry distinguió a Hermione y Cho Chang aplaudiendo en la mesa de Ravenclaw, y a la pequeña de los Weasley junto a los gemelos haciendo lo mismo en la de Gryffindor, estos últimos todavía con el cabello y las barbas blancas y largas por haber intentado sortear la línea de edad que Dumbledore había conjurado en torno al Cáliz de Fuego.

—¡Estupendo! —gritó Dumbledore, uniéndose a la algarabía del Gran Comedor cuando cesaron los últimos aplausos—. Bueno, ya tenemos a nuestros tres campeones. Puedo confiar en que todos vosotros, incluyendo a los alumnos de Durmstrang y Beauxbatons, daréis a vuestros respectivos contendientes todo el apoyo que podáis. Al animarlos, todos contribuiréis de forma muy significativa a...

Pero el director de Hogwarts se calló de repente, y fue más que evidente para todo el mundo el motivo que acallaron sus palabras... el fuego del Cáliz había vuelto a teñirse de rojo. De nuevo lanzaba chispas al ambiente, y una nueva lengua larga de llamas se elevó de repente en el aire, arrojando otro trozo de pergamino ahumado.

Dumbledore alargó la mano, rodeado por un súbito silencio y lo cogió, igual de sorprendido que el resto de comensales. Hubo una larga pausa, durante la cual el director contemplaba el trozo de pergamino aún en sus manos mientras el resto de la sala lo observaba con expectación. Finalmente, se aclaró la garganta.

—¡Harry Potter! —leyó en voz alta, dirigiendo una minuciosa mirada a la mesa de Slytherin.

Harry permaneció sentado, consciente de que todos cuantos estaban en el Gran Comedor lo miraban en aquel momento. Sintió más fuerte el apretón de Daphne en su mano, pero no era suficiente para despertarlo del aturdimiento en el que estaba sumergido... debía de estar todavía soñando o no había escuchado del todo bien. Si fijó entonces en su dedo índice, envuelto por un pequeño trozo de tela bañando en sangre, justo donde la lechuza de "El Profeta" le había herido aquella misma mañana.

—Tiene que ser una broma —susurró Harry a la par que el profesor Snape, que había llegado corriendo a la mesa de Slytherin, tiraba de él con fuerza para levantarlo de su asiento, rompiendo el horizonte de cabezas sentadas.

Se encontró entonces recorriendo el pasillo que había entre las mesas centrales con cientos de preguntas rebotando en su cabeza. Recogió el papel medio carbonizado que Dumbledore le entregó bajo una mirada estudiosa, y se dirigió a la misma puerta por la que habían desaparecido los otros campeones, sintiendo miles de ojos acusadores clavándose en su cicatriz.

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