Algunos fragmentos, párrafos o conversaciones de los capítulos están copiados directamente o modificados sutilmente de los distintos libros que forman la saga "Harry Potter" para poder abordar mejor la historia. No obstante, también hay ligeros cambios en el cannon (año arriba o abajo en la edad de algún personaje), así como easter eggs de otras sagas literarias para los más meticulosos.

17 — RELACIONES PROBLEMÁTICAS

Un mes... apenas había pasado poco más de un mes desde que su nombre salió volando entre cenizas del Cáliz de Fuego. Al parecer alguien había manipulado el objeto mágico para que entendiera que eran cuatro los colegios que participaban en aquella edición... Ilvermorny se había presentado al Torneo sin invitación alguna, y con Harry como único y falso representante. Nada de todo aquello tenía sentido, mucho menos la actitud de los responsables del Torneo, entre ellos el mismísimo Dumbledore, que hizo caso omiso a las múltiples peticiones de cancelar el evento por parte de los adultos más responsables. No... se veía obligado a participar para no recibir una poderosa maldición en su sangre, la misma sangre que le habían robado y que ahora albergaba el Cáliz de Fuego... tenía que actuar como carnaza, probablemente idea de su propio director o de Snape, para descubrir quién o qué se escondía detrás de toda aquella elaborada conspiración.

Muchas cosas habían pasado en ese el último mes: Había tenido que soportar las miradas acusadoras de muchos de los alumnos de Hogwarts, del resto de casas principalmente, así como de algunos profesores, si bien estos de forma más discreta. Le habían llamado tramposo de mil formas diferentes, habían repartido cientos de chapas catalogándolo como falso campeón; había tenido que leer decenas de mentiras escritas sobre su persona y sobre sus amigos en periódicos y revistas... y había peleado por un huevo dorado contra las garras y llamas de un Colacuerno Húngaro enfurecido en medio de un campo de fuego.

No obstante, nada de todo lo acontecido esas semanas había sido tan difícil como lo acaba de soportar en la buhonera del colegio. Porque sí, tenía cierta experiencia y éxito con las chicas de su edad, especialmente desde que Sirius se había entrometido en su vida amorosa con sus múltiples consejos... pero pedirle a una chica más mayor, a la que llevas más de un año observando "disimuladamente", que sea tu acompañante en el Baile de Navidad era una situación muy distinta y complicada para la que no había forma de prepararse. Para ningún momento en toda su vida había necesitado armarse de tanto valor como la mañana en la que le pidió a Cho Chang que asistiera como su pareja... y ninguna herida, ninguna cicatriz infligida hasta la fecha le dolió más que su rechazo. Ni siquiera se había percatado de su negativa en un primer momento, perdido entre las pecas de su nariz y el vaivén de su brillante cabello, largo y negro. La pobre chica había tenido que repetirle que ya había aceptado la petición de otro pretendiente sin nombre.

—¡Ya verás cuando se entere Rita Skeeter! —señaló Draco atragantándose con el desayuno cuando le contó lo ocurrido en la lechucería con la buscadora de Ravenclaw a primera hora de la mañana. No había parado de reír en todo el desayuno.

La actitud de Draco había mejorado mucho desde que el nombre de Harry había surgido del Cáliz de Fuego como cuarto campeón. Le había apoyado en todo momento desde entonces, al igual que Daphne, sin dudar por un momento de su palabra. Su amiga estuvo con él mientras se curaba en la enfermería de las quemaduras que el dragón había provocado en parte del brazo izquierdo; también parecían haber recuperado sus cotilleos y conversaciones privadas que no compartían con él, callando de repente cuando les preguntaba; y ninguno de los dos se molestó cuando fue a pedirle ayuda a Hermione para la primera prueba del Torneo. Estaba convencido de que incluso habían apostado a su favor en la timba ilegal que organizaban los gemelos Weasley... sin embargo, ahora mismo solo deseaba raparle el pelo platino a su amigo para que dejara de reír.

—No me puedo creer que, la primera vez que eres tú quien va detrás de una chica, te den calabazas —añadió, todavía riéndose de él.

Le molestaba un poco que se divirtiera a su costa, pero tenía razón. Durante la semana previa varias eran las chicas que se habían acercado para pedirle que las llevara al baile: una Hufflepuff de cuarto con el pelo rizado con la que Harry jamás había hablado; una Ravenclaw de tercero muy atrevida; y una Slytherin de séptimo que le sacaba treinta centímetros y daba la impresión de que le arrancaría la cabeza si se negaba. Pero Harry tenía muy claro quién era la siguiente opción en su lista tras el descalabro de aquella mañana... o, al menos, eso pensaba hasta ese preciso instante.

Una ondulante ola roja llameante cruzaba en ese momento el Gran Comedor en dirección a la mesa de los leones. Tenía la tez blanca como la porcelana, el rostro lleno de pecas y los ojos de color miel. En ese tramo de dos interminables segundos siguiendo a la joven de Gryffindor, Harry se percató de que la pequeña de la familia Weasley había crecido, que ya no se trataba de una niña pequeña a la que rescatar de los colmillos y mirada mortal de una serpiente gigante en la oscuridad de una cámara subterránea.

—¿A dónde vas? —le preguntó Draco cuando lo vio levantarse de la mesa de Slytherin, todavía con la comida sin empezar, en la misma dirección que había tomado anteriormente la joven.

—A divertirme un rato —contestó Harry después de hilar un elaborado plan en su cabeza... de una forma u otra sacaría algo de provecho.

—Harry —le llamó Draco cuando ya se había alejado lo suficiente—, "In Omnia Paratus" —le recordó gritando cuando se giró para ver que quería su amigo.

—Sí, "In Omnia Paratus" —contestó a modo de susurro sonriendo durante el camino.

Comprobó a medio camino que la pelirroja no estaba sola, la acompañaba en la mesa de Gryffindor "Lunática" Lovegood, la extravagante Ravenclaw de cuarto año con ojos saltones y que iba a todas partes con el pelo desgreñado hasta más allá de la cintura. Estaba enfrente de Weasley, con su inconfundible aire de chiflada recién escapada del manicomio, leyendo una revista del revés, con la varita mágica colocada detrás de la oreja derecha y con un collar formado por corchos de cerveza de mantequilla.

Harry llegó hasta la mesa de Gryffindor mucho más nervioso de lo que esperaba, sin saber todavía qué decir o cómo abordar a la joven, por suerte, ninguna de las dos parecía haberse percatado todavía de su presencia. La pelirroja estaba absorta leyendo la sección de deportes de "El Profeta", contestando de vez en cuando a su amiga, pero sin levantar los ojos del periódico. Se acercó lentamente por detrás para comprobar que atraía tanto su atención, y el titular de la noticia en cuestión le sacó una sonrisa y un tema de conversación.

—"Harry Potter, ¿futuro buscador de Inglaterra? —leyó Harry en voz alta a escasos centímetros de su oído. La joven se sobresaltó con su cercanía, y el mismo tono rojo de su cabello coloreo sus mejillas—, podría ser —añadió fingiendo una pose y tono pensativos—. Después de todo, soy el mejor jugador de quidditch que ha tenido este colegio en siglos.

—¡JA! —respondió ella de inmediato dudando de su afirmación—. Por favor, baja humildad que sube Potter —añadió recalcando su arrogancia y dándole la vuelta al periódico, parcialmente indignada.

—Oh cierto, humildad, había olvidado que existía —contestó siguiéndole la corriente—. Pero tiene gracia que seas tú quien lo dude cuando sólo eres suplente y os dimos una auténtica paliza en el único encuentro que disputaste el año pasado —señaló sentándose a su lado con la sonrisa más seductora que tenía.

—¡Sería titular este año si no fuera por tu estúpido torneo! —replicó la joven con fiereza en su mirada. Al parecer esa chica ya no se amedrentaba con nadie, ya fuera amigo o desconocido.

—Lo dices como si lo hubiera organizado yo —contestó fingiendo sentirse atacado, dejando entrever la punta de su lengua mordida entre los dientes al tiempo que pasaba la mano por su pelo revoltoso y sin peinar—. Yo solo soy una víctima.

—Cierto, no es culpa tuya —reconoció Ginny medio derrotada, pero ignorando sus sutilezas—. ¡Pero sí lo que les pasó a Katie y a Wood el año pasado! ¡Sabemos que tuvisteis algo que ver con la intoxicación que sufrieron el día antes del partido! ¡Por eso nos ganasteis! —volvió a la carga cuando ya parecía haber bajado sus defensas.

—No sé de qué estás hablando —replicó Harry, haciéndose el loco.

Apartó la vista de los ojos color miel de la joven, temeroso de que pudiera ver en su mirada que habían sobornado a una chica de Hufflepuff para que le plantara un tremendo beso al capitán de Gryffindor con restos de poción lavativa en los labios. La culpa había sido exclusivamente de Wood por tragar saliva después de semejante morreo. Katie Bell, por otra parte, sólo había cometido el error de comer bombones enviados por un anónimo admirador secreto. Nadie le había obligado a engullirlos, salvo quizás, las buenas palabras y poemas llenos de sentimiento que cubrían la caja. Tenían que ganar el partido por una diferencia de más de doscientos puntos si querían revalidar su título... y así lo habían hecho.

Al girar la cabeza para volver a mirar a la joven, se percató de que Ronald Weasley se acercaba con paso decidido hasta su posición, acompañado de tres siluetas vestidas de negro y rojo. Aunque le estaba agradando la conversación y las pequeñas pullas con la menor de los Weasley, se le acababa el tiempo para decir lo que le había empujado hasta allí en un primer momento.

—¿Quieres ir al baile de Navidad conmigo, Weasley? —preguntó al fin.

La joven de catorce años, que había estado maldiciendo sin parar al equipo de Slytherin y sus conspiraciones, se quedó callada de inmediato, como si la lengua se la hubiese arrancado de repente un gato. Parpadeaba sorprendida, y hacía amagos de empezar a hablar sin saber siquiera que decir. Harry, que se levantaba para enfrentar al hermano protector de la muchacha, vio de reojo como "Lunática Lovegood" dejaba de fingir que estaba leyendo "El Quisquilloso", y miraba a su amiga, esperando una respuesta igual que él... una respuesta que nunca salió de sus delicados labios.

—Aléjate de mi hermana, Potter —dijo el Weasley varón más joven, parándose frente a él con imponente altura y sus amigos de Gryffindor: Longbottom, Finnigan y Thomas, detrás de él.

—Una respuesta suya y me iré por donde he venido —respondió Harry sin dignarse a mirar a su compañero de curso. Tenía los ojos puestos en Ginny, que, todavía sentada, intercalaba su mirada entre Harry y su hermano mayor.

—No tiene nada que responderte —replicó este de inmediato.

—¡No eres quién para hablar por mí, Ronald! —contestó su hermana enfurecida, levantándose de su asiento en el banco e interponiéndose entre ambos.

—Lárgate de aquí, Potter —amenazó de nuevo Weasley con una mirada de rencor y apartando a su hermana.

—¿O qué? —preguntó Harry centrando su atención en su compañero de curso, ignorando el motivo por el que había acudido. La magia del momento se había esfumado—. ¿Tú y tus amigos vais a darme una paliza al estilo muggle? ¿ese es el valor del que tanto presume Gryffindor?

Se estaba empezado a formar un pequeño corrillo entorno a ellos, y no únicamente por alumnos de Hogwarts, los uniformes azul y rojo de Beauxbatons y Durmstang no se camuflaban muy bien entre las túnicas negras de Hogwarts. Más la atención de Harry se centralizó en el profesor de pelo lacio y grasiento con aspecto de murciélago gigante que se dirigía hasta ellos desde la puerta principal del Gran Comedor atraído por la multitud. Sólo necesitaba un comentario cruel, y unos segundos para que el profesor de Pociones llegase hasta su posición.

—Pero espera... tú no eres de Gryffindor, ¿verdad? —preguntó sarcásticamente preparando su actuación, mostrando los brazos extendidos hacia la masa congregada de compañeros—. No, nunca lo fuiste, se lo pediste al Sombrero Seleccionador y te dijo que no. Te dijo que te faltaba valor —Snape ya se encontraba a escasos metros, en una posición perfecta para ver lo que estaba por venir con su próximo comentario—. No me extraña, ni siquiera tuviste pelotas para sacar a tu hermana de aquella cámara.

Ni siquiera con sus rápidos reflejos de buscador pudo escapar del alcance de los infinitos brazos del guardián de Hufflepuff. Sentía como el calor se acumulaba en su mejilla izquierda, entre pómulo y labio, justo donde había impactado el puño derecho de Weasley. Encorvado, sus ojos apuntaban ahora directamente a una baldosa del suelo en la que goteaba su propia sangre. Más allá del moratón que se le formaría con el paso de las horas, el segundo plan improvisado había salido exactamente como deseaba.

—¡50 puntos menos para Hufflepuff, Weasley! —escupió con su desprecio habitual la voz de Snape, logrando con su presencia que todos los no implicados huyeran despavoridos—, y espere que decida con la profesora Sprout un castigo más severo. Golpeando a un compañero como un barriobajero delante de los invitados —añadió el profesor de Pociones.

—Sí, profesor. Lo siento, profesor —respondió el chico, bajando la cabeza y enfilando la salida del Gran Comedor, acompañado por su hermana pequeña y varios amigos que intentaban, sin éxito, sujetarlo.

—No me has contestado, Weasley —le recordó Harry a la joven pelirroja antes de que se alejase demasiado como para no escucharle.

—¡Ni en un millón de años, Potter! —le gritó esta, roja de furia, antes de perderse en el vestíbulo entre la marea negra de alumnos. El hielo era cálido en comparación con sus ojos.

Aquel mazazo a su orgullo le hirió más que el puñetazo en el rostro. Llevaba cero de dos solo en una mañana, más le valía que Sirius jamás se enterase de aquel desastre en su lista de pretendientas, o sería la comidilla de la que reírse en futuras vacaciones.

—Quieto ahí donde estás, Potter —le advirtió el jefe de su casa con su lengua viperina cuando ya estaba a punto de marchar de regreso hacia la mesa de Slytherin—. No creas que vas a librarte de tu correspondiente castigo.

—Yo no he hecho nada, profesor Snape —contestó Harry, fingiendo los modales, a sabiendas de lo que significaba hablar a su profesor sin puntualizar su rango.

—¿Te crees que soy estúpido? —preguntó este, si bien ambos sabían que no era el momento de contestar.

Notó durante un instante como se introducía en su cabeza para rememorar lo acontecido hace apenas unos instantes desde el principio. Era completamente injusto que todo lo aprendido el año pasado con la profesora Morgana no funcionara ante Snape, que entraba en sus recuerdos sin cuidado, destrozándolo todo como una avalancha.

—Tú has provocado esto, Potter, y pagarás el mismo precio que Weasley —añadió finalmente.

—De acuerdo, profesor —contestó Harry, sintiendo una rabia infinita acumulándose en sus puños.

—Y, Potter —le llamó el jefe de Slytherin cuando ya había virado sobre sí mismo dispuesto a marcharse—, te recuerdo que representas a mi casa durante el baile. No toleraré ninguna clase de tontería, ni ciertas compañías... desagradables.

—Le recuerdo que también es mi casa, profesor Snape —le contestó Harry de inmediato. ¿Cómo se atrevía a cuestionar lo contrario? Es más, ¿cómo se atrevía, un asqueroso mortifago, a juzgar sus compañías?

—Ni en un millón de años, Potter —replicó su profesor con la misma frase que Ginny Weasley había utilizado anteriormente para rechazarlo, marchándose instantes después, hacia la mesa de los docentes.

Le dejó allí parado, solo, de pie entre las mesas de Ravenclaw y Gryffindor, sintiendo que había un océano entero entre los diferentes bancos, aguantando las ganas de coger la varita y estallar contra todos los alumnos que susurraban a su alrededor, apretando los puños para no coger los platos vacíos y lanzárselos a sus cabezas entrometidas.

—Oh, mira cuantos tristespren —dijo una voz cercana. Era Luna Lovegood quien lo había sacado de aquel mar de pensamientos negativos.

—¿Qué? —preguntó Harry confundido y despertando de aquella sensación de letargo.

—Tristespren —repitió la joven con la mirada perdida, señalando la nada alrededor de la cabeza de Harry, completamente maravillada—. No se dejan ver en público, y los tienes a montones.

—Ya, claro —replicó Harry alejándose de aquella chiflada, que todavía acariciaba el espacio en el que se había encontrado él hasta hace apenas unos segundos.

Cuando llegó a su lugar anterior en la mesa de Slytherin, se encontró a Draco de pie, aplaudiéndole lentamente con clara actitud de mofa.

—¿Ha merecido la pena el plan de joder a Weasley? —preguntó señalando el nuevo moratón de su cara—. ¿Y qué hubieras hechos si la chica te llega a decir que sí?

—Dejarla plantada, obvio —se apresuró a contestar sin mucha certeza mientras tomaba una servilleta para limpiarse el labio partido. Después de todo lo acontecido, no convenía dejar su sangre perdida por ahí.

—Bueno... ¿y a quién se lo vas a pedir ahora? —preguntó Draco, sentándose de nuevo frente a su plato.

—A Daphne —respondió de inmediato Harry—, es lo que tenía que haber hecho desde un principio.

—Pensaba preguntárselo yo —señaló Draco, si bien algo en su tono le hacía pensar que su amigo no lo decía en serio.

—¿Es eso lo que andáis cuchicheando? —le preguntó algo molesto ante aquella posibilidad—. Supongo que te dirá que sí, igual que Parkinson, ¿por qué no se lo preguntas a ella?

—¿A Pansy? ¿Estás loco? —se cuestionó su amigo, comprobando que la susodicha no se encontrara en las cercanías—. Con lo que me costó quitármela de encima el año pasado... si la invito al baile se pensará que quiero volver con ella y empezará a planificar la boda con mi madre.

La verdad es que Harry agradecía que la relación de Draco con la chica de Slytherin hubiera llegado a su fin. Si bien su compañera no era fea, su rostro travieso no compensaba las ganas de chismosear ni el dramatismo con los que aderezaba todos los acontecimientos de su vida. Además, durante el tiempo que estuvo saliendo con Draco, no hizo más que potenciar los prejuicios de este en torno a los hijos nacidos de muggles, lo que terminó provocando fisuras de más en el pequeño grupo de tres que tenían montando desde primero.

—Bueno, también puedes pedírselo a Astoria —sugirió Harry en busca de cualquier otra chica para Draco. La hermana de Daphne era un año más joven que ellos, de rostro angelical y cabello negro... no se parecía en nada a su hermana mayor—. Si bien te aconsejo que antes de intentar llevar a la pobre por el mal camino le pidas permiso a Daphne.

—Sí, puede que lo haga —rumió su amigo centrándose de nuevo en su plato—. Hablaré con ella de eso... y de muchas otras cosas —sentenció con una misteriosa sonrisa. Claramente sus amigos ocultaban algo que no querían compartir con él.


La larga y pulida mesa de madera de la biblioteca que se hallaba frente a ella estaba atestada de libros y pergaminos manchados con su caligrafía, pliegues, papeles y manuscritos, la mayoría polvorientos a causa de un largo período de almacenamiento por falta de ojos curiosos, otros desgastados por el uso de decenas de alumnos con el paso de las promociones, unos pocos reducidos ya a pequeños fragmentos difíciles de leer, y otros... otros en cambio jamás iba a necesitarlos, sólo los habías colocado allí a propósito, formando enormes columnas que le impedían tener que mirar a los ojos verdes de su habitual compañero de estudio al otro lado de la mesa.

—Así que no sólo no vas a ayudarme con el huevo del Torneo, sino que además vas a fingir que ni siquiera estoy aquí —se atrevió a señalar Harry en un tono adecuado para la biblioteca después de sentarse y no recibir ni una mueca a modo de saludo por su parte, ni un gesto que confirmara su existencia—. Al menos podrías decirme qué demonios son los spren, llevo varios días dándole vueltas.

Hermione desconocía qué había llevado a Harry a hablar con Luna Lovegood sobre las criaturas ancestrales que únicamente existían en los recovecos de la imaginación de su compañera de Ravenclaw... pero no era un tema lo suficientemente preocupante para levantarle el castigo de silencio a su amigo. Poco importaba que en esos momentos tampoco le dirigiera la palabra a Ronald por lo mal que estaba llevando su amigo todo el asunto del baile de Navidad y la búsqueda de pareja para el mismo... lo acontecido entre los hermanos Weaasley había sido bastante peor que las pequeñas rencillas de su grupo de amigos, lo suficiente como para olvidarse por unos días de la latente estupidez de Ronald y ponerse de su lado en aquella cuestión... aunque ello implicara enfadarse con Harry. Su compañero de estudio se tenía más que merecido el castigo con su profesor "favorito".

—Ni siquiera entiendo por qué estás enfadada en primer lugar —añadió en un intento de quebrar su pared de indiferencia, agotando su infinita paciencia.

—¿Te parece poco la forma que humillaste a Ron? —le cuestionó con una incrédula mirada y bastante enfadada con su compañero—. Estoy harta, HARTA del comportamiento de matón superior que escenificas con mis mejores amigos cuando te aburres.

—Yo no le pedí que interviniera, Herms —le contestó Harry intentando excusarse y manteniendo unas formas que ella ya había perdido—. Estaba hablando tranquilamente con su hermana y se metió en medio.

—Claaaaro, y molestar y degradar a Ginny no formaba parte de tu plan para joder a Ron, provocando así que lo castigaran, como no es algo que hayas hecho otras veces —exclamó ella con ironía, provocando que muchos estudiantes de la biblioteca les chistaran exigiendo silencio.

—¿Degradar? —repitió Harry, se notaba en su tono que estaba claramente ofendido por su afirmación—. No sé qué piensas que iba a hacerle a su hermana pequeña, Hermione, pero claramente estás equivocada —puntualizó su amigo.

—Pues exactamente lo mismo que le haces al resto de chicas que únicamente quieren recibir un poco de atención del "Niño que Sobrevivió", Harry —contestó ella en un tono de reproche. Al parecer era el momento de decir verdades—, Dejarla plantada la noche del baile, humillándola, o peor, utilizar tu sonrisa o el estúpido acomodo que haces con tu pelo alborotado para hacer que se enamore de ti y posteriormente romperle el corazón.

Sabía que aquellas palabras causarían más daño en el orgullo de su amigo que el corte provocado por el puñetazo de Ronald y que todavía se dejaba ver en el labio de Harry. Aquellas palabras podían enterrar su amistad bajo losas demasiado pesadas, pero ya iba siendo hora de que alguien le dijera la verdad que escondía la fama que se había labrado el último año con su larga lista de conquistas cuando empezó a interesarse por las chicas que siempre lo habían rodeado. Tener un nuevo sitio donde vivir había mejorado la actitud de Harry, pero había traído también algunas conductas nocivas consigo.

—Ginny es una de mis mejores amigas, Harry —añadió al cabo de unos segundos, quebrando la mirada perdida de su amigo, completamente sumergido en sus pensamientos—. No dejaré que te acerques a diez metros de ella y le hagas daño, y mucho menos por un burdo intento de fastidiar a Ron.

—Vamos, Hermione, jamás me preocuparía tanto para gastarle una broma a tu amigo, y si mi intención fuera joder a Weasley te habría pedido a TI que fueras mi pareja —puntualizó su compañero entre susurros, pero recalcando sutilmente las palabras.

—Eso es... eso es una auténtica estupidez... —contestó ella atropellando las palabras, sintiendo su cara sonrojarse de nuevo como cada una de las veces que Harry sacaba el tema en un intento de molestarla. Maldita fuera su capacidad de responder siempre con alguna ocurrencia y cambiar de tema—, una tontería que no merece ni ser respondida.

Aquel era un asunto peliagudo que todavía no estaba preparada para abordar. Sabía que a lo largo de los años las cosas se habían vuelto cada vez más raras entre ella y Ronald, todavía más si aquello era posible. Eran íntimos amigos desde que la salvaron del incidente con el troll en su primer año... pero sus palabras y encontronazos siempre le habían afectado más que las de Neville. Que se hubiera percatado de que era una chica y hubiera pensado en ella como último recurso para el baile de Navidad le había molestado más de lo que podía imaginar, más de lo que estaba, en esos momentos, dispuesta a admitir.

—Sólo para que conste —empezó de nuevo Harry, retomando la conversación y sacándola de sus pensamientos acerca de su, hasta ahora, inexistente vida amorosa—, fue una invitación sincera. ¿Te he mentido alguna vez como para qué pienses lo contrario, Hermione? —le cuestionó.

—Los mejores mentirosos son aquellos que dicen la verdad la mayor parte de las veces, Harry —respondió ella con firmeza—. Además, hay una enorme diferencia entre escupir lo que piensas sin importar lo que puedan sentir los demás, que es lo que haces tú con frecuencia, y sincerarte de verdad con los que te rodean.

Otro jarro de agua fría para la cabeza de su amigo, que no se atrevió a responder. Lo conocía lo suficiente como para saber que había dado por perdida aquella discusión, que ella tendría una réplica preparada para cualquier respuesta que pudiera pensar después de asimilar ese golpe. En su lugar, Harry evitó su mirada, fingiendo centrarse en los montones de libros esparcidos por la mesa, en busca de una solución al enigma del huevo dorado que tanto le estaba costando resolver. Todavía podría recordar en su cabeza el lamento chirriante y horrible que se había difuminado por los terrenos del colegio cuando destapó el huevo de oro en su presencia. Gracias a Merlín ella no tenía que descifrar aquella pesada tarea que Harry, desesperado, cargaba a todas partes consigo.

—Bueno, si no vas a hablar ni ayudarme, iré a quedarme sordo en soledad con ese dichoso aparato en otra parte —dijo al cabo de unos tantos minutos en silencio intentando convencerla con cara de pena.

Se levantó para marcharse, claramente ofuscado y enfadado por dejar las cosas sin arreglar entre ambos, cuando se quedó parado, observando un punto fijo del otro lado de la biblioteca.

—Krum pasa demasiado tiempo aquí, ¿no? —preguntó finalmente en un susurro que llegó hasta sus oídos. La perspectiva de estar de pie debía haberle permitido ver al campeón de Durmstrang—. Creo que es la quinta vez que lo veo en la biblioteca esta semana.

—Sí —respondió ella algo nerviosa por el tema de conversación, evitando mirar a la zona donde se encontraba el joven, intentando centrarse de nuevo en los apuntes que tenía delante—. No soporto a su séquito de seguidoras cuchicheando y haciendo ruido a todas horas. Este es un lugar para estudiar en silencio.

—Me pregunto si habrá descubierto ya el secreto de la segunda prueba —murmuró Harry, casi para sí mismo.

—No hemos hablado del huevo —se le escapó a Hermione de manera fortuita. Creía haber pronunciado las últimas palabras en voz suficientemente baja para que no lo oyera, pero en la pícara mirada de Harry advirtió una corrobación de sus temores—. Quiero decir... sólo hemos hablado una vez. Me... me... me dijo que volabas muy bien —se apresuró a decir sintiendo su cara enrojecerse como un amanecer, confesando una frase que había durado un minuto en medio de una conversación entre susurros que se había alargado durante horas.

—Mira cómo te está creciendo la nariz, Herms —respondió Harry con una mueca de incredulidad acompañada de una sugerente sonrisa—. Confraternizando con mi enemigo, me siento... altamente traicionado —añadió su compañero añadiendo una dramática y fingida puñalada en el pecho.

—¡Lárgate ya! —contestó Hermione en un tono jocoso, tirándole el montón de plumas usadas que había en el escritorio entre risas, miradas curiosas y cuchicheos que ya había escuchado alguna vez del séquito de admiradoras de Krum o del propio Harry.

Por un momento se había olvidado que estaba enfadada con Harry, y él debía de pensar lo mismo, pues logró vislumbrar una sonrisa mal disimulada en el rostro agachado de su amigo mientras recogía sus pertenencias... maldito fuera. Era consciente de que no podía estar mucho tiempo enfadada con él: La conocía lo suficiente para saber que había derribado fácilmente uno de los muros de indiferencia con los que estaba castigándolo... era cuestión de tiempo que derribara el resto.

—Harry —le susurró para captar su atención cuando se acercó a dejar el material de escritura que le había tirado de nuevo en la mesa—, es realmente majo, ¿sabes? No es lo que uno podría pensar en un principio... nos precipitamos al juzgar a las personas por el lugar del que provienen, por el dinero que tienen, por cómo visten o el lugar donde quedan colocadas —añadió finalmente, sin saber con absoluta certeza a qué chico, de los dos que ocupaban en esos momentos su mente, se estaba refiriendo.

Harry no dijo palabra alguna, pero tampoco hizo falta. Ella también lo conocía lo suficiente como para saber el significado de la silenciosa mirada que le devolvió. Había entendido lo que pretendía decirle desde hacía ya tanto tiempo, y que tarde o temprano terminaría descubriendo por sí mismo. Sólo necesitaba un pequeño empujón y un acto de sinceridad para ganarse definitivamente su perdón.


Aquel fin de semana de mediados de diciembre se llevaba a cabo la última salida a Hosgamde del año natural, y Ron, en lugar de poder disfrutar del pueblo nevado en compañía de sus amigos, tenía que quedarse en el colegio a cumplir con un castigo desproporcionado.

Si bien Ron estaba lejos de los récords que habían empezado a batir sus hermanos Fred y George en el momento en que pusieron un pie en la escuela un año antes que él, aquel no era el primer castigo que debía cumplir, y, probablemente, tampoco sería el último. La mayoría de las aventuras que había vivido junto a sus mejores amigos habían terminado de la misma manera; con alguno de ellos descansando en una de las camas de la enfermería bajo el cuidado de la señora Pomfrey mientras los otros se inventaban alguna rocambolesca historia que encajara con las heridas. Habían tenido que realizar más de una tarea infructuosa para los profesores del colegio mientras veían como descontaban una sangría de puntos de los diferentes relojes de arena dorada que puntuaban a las diferentes casas en el vestíbulo del colegio.

Aquella mañana era una de esas ocasiones: Snape, que no se había limitado a restarle cincuenta puntos a Hufflepuff por el incidente en el Gran Comedor, le estaba a obligando a limpiar, sin utilizar la varita mágica, los baños masculinos de todo el colegio un año en el que había más alumnos que de costumbre. Se había visto obligado a cambiar la comodidad de "Las Tres Escobas" por la humedad del baño que le tocaba limpiar en aquellos momentos, el sabor dulzón de los productos de Honeydukes por el olor a lavabos usados y restos de evacuaciones, la compañía de Hermione y Neville por la molesta presencia de Potter a su lado... el principal culpable de todo ese asunto en primer lugar.

Su compañero de Slytherin ni siquiera estaba cumpliendo con su parte correspondiente del castigo. No, había aprovechado la repentina ausencia de Snape para sentarse en el suelo y apoyar la espalda en la cristalera que daba a los terrenos del colegio, jugando con una pequeña snitch de un dorado desgastado, cogiéndola y dejándola escapar al momento mientras volaba enfrente suyo. Un comportamiento típico de la casa de las serpientes, aprovechar cualquier oportunidad para dejar de hacer las tareas encomendadas y salirse con la suya utilizando el trabajo ajeno.

—Weasley —escuchó como le llamaba débilmente su compañero, como si su nombre se le hubiera escapado sin querer de la garganta, interrumpiendo sus pensamientos—, quería decirte que...

—No me hables —respondió Ron rápidamente antes de que Potter pudiera continuar con un más que probable intento de sacarle de nuevo de quicio—. Si no vas a hacer tu parte del castigo al menos ten la decencia de no molestarme mientras yo cumplo con la mía —añadió sin siquiera mirarle, enfocándose en continuar limpiando la puerta que tenía delante suya.

—Las cosas que hago por amistad, Herms —escuchó como susurraba el alumno de Slytherin casi para sí mismo a su espalda, invocando el nombre de su compañera de Ravenclaw—. Puedes fingir no escucharme si quieres, Weasley... pero eso no va a impedirme hablar.

—Con otro puñetazo en la cara no dirías lo mismo —escupió Ron, recordando el incidente del Gran Comedor que había atado sus destinos aquella tarde.

—Sería la primera vez que me golpean por intentar disculparme —respondió su compañero de curso con una sonrisa algo forzada.

¿Disculparse? ¿Potter? No, aquello era imposible... no recordaba una sola palabra amable por parte del alumno de Slytherin desde el incidente en la Cámara de los Secretos a finales de segundo curso, y de aquello habían pasado ya más de dos años enteros. Desde entonces habían pasado por Hogwarts dos nuevos profesores de Defensa Contra las Artes Oscuras que no habían superado la maldición del puesto; se habían visto involucrados en una amistad traicionada cuando ambos apenas contaban con un año de vida, y una nueva mascota se había ganado el corazón de la familia Weasley. No... no quería confiar en las palabras de Potter, debía de tratarse de la primera parte de algún elaborado plan que tuviera como objetivo fastidiarle de nuevo, aunque la voz de Hermione le pidiera una oportunidad para "Cara Cortada" desde el fondo de su cabeza.

—No recuerdo una sola vez que le hayas pedido perdón a nadie... ni siquiera a los profesores. Ni un solo día desde que coincidimos en aquel vagón de tren —señaló con brusquedad—. ¿Por qué debería creerte?

—Porque... por primera vez en mi vida, no estoy de acuerdo con lo que dije —contestó con una seriedad en la mirada que jamás había visto antes en el rostro del buscador de Slytherin.

La snitch, que había estado volando alrededor de la cabeza de su compañero recortó las distancia que los separaba hasta posarse en la palma de su mano tras un movimiento de Potter en su dirección. Al contacto con su piel, la pequeña pelota mágica recogió las alas, apagándose por el momento. Todavía confundido, entendió aquel gesto como un diminuto intento de complicidad.

Aprovechó el momento para imitar la postura de su compañero de Slytherin y sentarse a escuchar el golpeteo pausado de las goteras del techo, cayendo a su alrededor sobre el suelo mojado y pavimentado de grandes losas de piedra gris claro, gastadas por los pies de las incontables generaciones de magos que habían estado allí antes que ellos.

—Es evidente que no nos llevamos bien, y probablemente cualquier cosa que pueda opinar sobre ti o sobre tus habilidades como mago te importen menos que un excremento de trol —empezó de nuevo su compañero de castigo—, y, aunque he de admitir que has mejorado bastante desde tercero... nunca has sido ningún cobarde.

No sabía qué le enfadaba más de aquel intento de disculpa: Que Potter hubiera escogido sus amistades únicamente en función de la habilidad mágica de sus compañeros, que no se hubiera percatado de su "presencia" hasta el momento en que sus padres tuvieron que comprarle una varita propia porque había roto la de su hermano Charlie huyendo de arañas gigantes en el bosque prohibido... o que el comportamiento del Slytherin de verdad le molestase.

—He visto como cada curso terminabais metidos en alguna extraña aventura que claramente os sobrepasaba para salir de ellas únicamente con algún que otro arañazo o maldición —añadió su compañero recuperando su atención—. Te he visto tragarte el orgullo cuando era necesario en aras de un bien mayor y poner tu vida y la de aquellos que más quieres en manos ajenas por las que no sentías ningún afecto... Es un símbolo de muchas cosas, pero no de cobardía.

—Si piensas todo eso... ¿por qué sigues metiéndote conmigo cada vez que tienes oportunidad? —le cuestionó Ronald, lanzándole de nuevo la snitch para que el buscador la cogiera al vuelo.

—Creo... creo que al principio era por envidia —si Ron hubiera estado sujetando en esos momentos algún objeto en las manos no habría podido sujetarlo como debería un guardián de quidditch decente—. He estado la mayor parte de mi vida sólo, sin apenas nadie con quien compartir apenas una historia... En cambio tú..., tú tenías todo lo que yo siempre había deseado, y parecías no valorarlo... siempre estabas quejándote por alguna posesión material sin importancia. Era algo que no podía soportar —dijo lanzándole de nuevo la snitch dorada—. Luego descubrí que eras un prejuicioso, como la mayoría de la gente de este colegio... y no resultó difícil descubrir un tema con el que poder hacerte rabiar cuando me molestabas.

—Tiene gracia que me digas eso cuando no hay peor persona que tu mejor amigo en este colegio —respondió Ron haciendo bailar la pequeña pelota mágica entre los nudillos de su mano.

—Hablas sin conocer, como siempre. Draco no es perfecto... pero es un buen amigo, y la mitad de prejuicioso de lo que la gente se piensa —contestó Potter, si bien su respuesta le parecía difícil de creer a Ron—. He aprendido a aceptar quién es y ha perdonarle por no ser todavía quien yo espero que sea... pero sé que mejorará... estoy seguro de ello.

—Permíteme dudar de tal afirmación —puntualizó Ron antes de que el silencio, se apoderara de ellos mientras el cielo se teñía de un tinte anaranjado envolviendo de llamas las nubes del horizonte más allá del cristal templado de la ventana.

Se le hizo extraño descubrir que continuaron hablando más allá de aquel tema de conversación, de cosas sin importancia principalmente, sin gritos ni insultos desde a saber cuándo. Estaban los dos a solas, sentados en la penumbra silenciosa del baño, rodeados de sombras y luces titilantes, y pese a que parecía que Snape no iba a regresar para controlar el castigo, ambos hablaban en voz baja... como si aquella conversación fuera un secreto a mantener entre aquellas cuatro paredes.

—Yo... siento haberte golpeado cuando estabas hablando con mi hermana —señaló Ron, regresando por un momento al tema de conversación que había provocado toda aquella situación, el origen de aquella conversación—. No debería haberlo hecho, pero... desde lo ocurrido en la Cámara de los Secretos, me cuesta no intentar proteger a Ginny de todo... protegerla de todos.

—No te preocupes... ya está olvidado —respondió Potter a la par que hacía regresar hasta su lado del baño su pequeña snitch con un rápido movimiento—, pero... si te sirve de ayuda, creo que así no conseguirás protegerla de nada. Sólo lograrás alejarla más de ti, y estropear la clase de amistad fraternal que tengáis.

—Por suerte no hemos avanzado lo suficiente en nuestros problemas como para estar dispuesto a hacer caso de alguno de tus consejos sobre hermanos —replicó Ronald, levantándose dispuesto a continuar, después de mucho tiempo, con el castigo impuesto.

—¿Estás seguro? —le cuestionó su compañero imitando su gesto con una sonrisa maliciosa— ¿ni aunque estén relacionados con Hermione?

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