Se encontraba en su oficina mirando cómo el cielo era matizado por el sol, pasando de un rojizo casi salmón, a un melancólico color malva, el cual anunciaba el anochecer.

Una extraña sensación invadió su pecho subiendo por su garganta. Sintió que se ahogaba, como si se le dificultara respirar y tragar saliva o como si hubiera olvidado cómo hacerlo. Ese no era él, y lo sabía.

Se tumbó sobre su asiento. Luchaba contra aquellos pensamientos inconexos que giraban en su cabeza.

Le irritaba la falta de ilación porque, eso sólo significaba una cosa para su compleja mente: estar perdiendo la lucidez que lo caracterizaba. Pero no era locura, no de la que te hace vivir sensaciones inexistentes, más bien, era de esa clase de locura que te hace desconocerte a ti mismo.

Era una fuga de ideas. Su cabeza iba de unos verdes ojos a unas largas y torneadas piernas para luego acabar con él clavado en el núcleo de aquella flor.

Se espabiló del sopor que lo invadía. Sus párpados casi caían por completo.

—No me entiendo ni a mí mismo —musitó con una de sus manos frotando su sien.

Ciertamente, sentía que «eso» se estaba saliendo de control. De los posibles lugares que ella pudiera habitar, su mente era uno, y era habitada parcialmente durante el día. Casi totalmente durante la noche. Pero su cuerpo, su corazón y su alma aún permanecían herméticos.

Pero aquellas imágenes mentales no se iban. Estaban ahí, tratando de revelar lo que él podría sentir si...

El motivo que lo hizo parar en aquél desordenado escenario mental fue la figura femenina que se posó delante suyo. Estaba de más saber de quien se trataba, su chakra era inconfundible.

—Aquí están los informes sobre salud mental que me solicitó, Kakashi-sensei —dijo Sakura dejando ver una media sonrisa curvando suavemente sus carnosos y perfectos labios.

Él la miró con su imperturbable rostro eclipsado tras aquella máscara, la cual a veces parecía fundirse con su piel, o al menos él lo sentía como una «extensión» de la misma, pero eso no impidió que esbozara una sonrisa y que su corazón latiera a una velocidad desconocida. Cerró los ojos a modo de saludo.

—Por cierto, disculpe la intromisión, es solo que cuando llamé a la puerta no respondió y me tomé el atrevimiento de entrar.

—Meh... —expresó y se rascó la nunca.

—Se ve cansado.

—Quizá un poco.

—Debería tomarse un respiro, trabajar tanto no es bueno.

—Lo dice la médico que casi no sale del hospital —dijo con sarcasmo.

Sakura rio efímeramente, se humedeció los labios, se llevó un mechón de cabello atrás de la oreja y lo miró fijamente.

—De acuerdo, me descubrió, pero no es mi culpa que alguien no me envíe a misiones —comentó divertida— Como sea, no olvide darse ese descanso. Me retiro.

Sakura desapareció de la vista de Kakashi pero no de sus pensamientos. Tenía que hacer algo con esa oleada de imágenes yuxtapuestas que le impedían triunfar en el mundo de las ideas.


Se instaló en su habitación. El pensamiento no mitigaba la sensación de vacío. Se sentó en la orilla de su cama y cerró lo ojos. Era un acto de intentar mirar dentro de sí mismo.

«Pero todavía me siento solo, tan impuro...», puso énfasis en la palabra impuro, como si quisiera resaltar los estragos que la vida como shinobi habían dejado en su ser.

Y el manto de un silencio que no podía soportar le pintó la sensación de nada... y nada, dando paso a la demencia o a la lucidez nocturna que lo mantenía despierto.

«Si tus labios sienten frío...»

Permaneció con el rostro hundido bajo esa máscara voraz. Cerró los ojos. ¿Cómo iba a saber sobre el proceder de su propio corazón?

La única certeza con la que durmió esa noche fue la de saber que la soledad no lo dejaría solo. Únicamente la muerte lo dejaría solo. Solo. Etcétera.


Espero que les haya gustado este capítulo.